«Si bien anteriormente comprobamos que las estadísticas de inversión extranjera directa de China en América Latina confirman que gran parte eran con fines especulativos y rentistas, esta es justamente la misma estrategia que el gigante asiático sigue en África:
«Las industrias extractivas −entre las que se incluye la petrolera− suponían 22.5% del PIB en 2010. Frente a ello, se contraponen sectores marcadamente tradicionales, como la agricultura o parte importante de los servicios (gráfica 4). Al ser China el comprador casi exclusivo del petróleo sudanés, se volvió en el gran financiador externo de la economía del país. Así, no sólo era el principal inversor, sino también el principal mercado del petróleo y, por lo tanto, de las exportaciones sudanesas (gráfica 5) [de un 3% de las exportaciones hacia China en 1999 a un 80% en 2010]. (...) Llama la atención que esta «lluvia de millones» no haya ido acompañada de un nuevo equilibrio del sector exterior, sino que hubiera déficits comerciales importantes. Esto no fue más que resultado del crecimiento sin precedentes de las importaciones como respuesta a la momentánea superación de la falta de liquidez. (...) China actuó como el primer financiador de la economía sudanesa y aportó un volumen creciente de manufacturas. Sin embargo, no desplazó del todo a los países europeos como fuente de aprovisionamiento industrial, ni se implicó en el desarrollo de sectores productivos propios más allá del petróleo ni en la construcción de infraestructuras (Bosshart, 2007). (...) Además, ha apoyado activamente con asistencia tecnológica y cesión de patentes el desarrollo del Complejo Industrial Militar. Todo ha favorecido al nuevo Estado islamista de corte neoliberal a partir de los años noventa». (Alfredo Langa Herrero & Daniel Coq Huelva; Renta petrolera y dependencia económica. El papel de China en los nuevos procesos de crecimiento en África: el caso sudanés (1989-2011), 2018)
El señor Gouysse no solo se ha vuelto prochino, sino que ahora también se ha vuelto católico y cree en los milagros. ¡Aleluya! Por eso asegura que existe, por un lado, un cierto «altruismo chino» que «impulsa» la economía de estos países mientras que, por el otro, existe una burguesía nacional en los países latinoamericanos con la predisposición de abandonar la rentabilidad a corto plazo, recortar los lujos y la corrupción de sus dirigentes «por el bien común». Resulta que ahora, gracias a las «desinteresadas inversiones chinas», la mayoría de estos Estados construirán lo que llevan siglos sin conseguir: una industria nacional independiente de los imperialismos foráneos −extracontinentales o regionales−. Parece que, a estas alturas, el señor Gouysse no es consciente de aquello que hasta los chavistas venezolanos reconocen: que el país, tras varias décadas de «socialismo del siglo XXI», no ha sido capaz de escapar del modelo extractivo del petróleo, quedando su economía sujeta a los vaivenes del precio del crudo en el mercado internacional. Vamos, lo que él mismo se encargó de reportar en su obra: «Imperialismo y antiimperialismo» (2007). Véase nuestro capítulo: «Las causas reales de la permanente crisis político-económica venezolana» de 2018.
Parece ser que el nuevo lacayo de Pekín intenta disimular algo tan simple como que la división internacional del trabajo también genera superganancias a China, pero solo gracias a una balanza comercial favorable en detrimento de América Latina o África. Los gobiernos latinoamericanos son presionados constantemente por esa supuesta China «librecambista» para que, en lugar de exportar sus productos procesados, se centren en la producción y exportación de materias primas. ¿Qué sorpresa, verdad?
«Existen otros factores que no permiten la diversificación del comercio y afectan su composición. China impone barreras comerciales, incluyendo aranceles relativamente altos e instrucciones a las empresas de propiedad del estado para que prioricen la compra de bienes nacionales. Las restricciones comerciales también tienden a aumentar con el grado de procesamiento y el valor agregado del bien comercializado. Por ejemplo, Argentina entró en una disputa comercial con China cuando trató de exportar a ese país aceite de soya en lugar de soya en grano. Cuando el embarque fue considerado inaceptable debido a supuestas preocupaciones sanitarias, Argentina tuvo que ceder y volvió a enviar soya en grano. Finalmente, las políticas cambiarias de China, que mantienen bajo el valor del yuan, sirven para aumentar el precio de las exportaciones de América Latina a China. Todas estas restricciones en conjunto hacen más complicados los esfuerzos para ampliar las exportaciones de bienes procesados y manufacturados. (…) El auge en las exportaciones basado en solo unos cuantos productos primarios tiene sus riesgos. Una contracción significativa en la economía de China tendría un impacto importante en el crecimiento en América Latina, ya que los flujos comerciales y de inversión disminuirían. Además, más allá del hecho de que el incremento de las exportaciones basado en solo unos pocos productos primarios deje al país vulnerable a la volatilidad de precios». (Econ South; El comercio estrecha vínculos entre China y América Latina, Volumen 13, N2, 2018)
Países potentes como Brasil, una potencia regional −aunque incapaz de rivalizar con el dragón asiático−, demuestran que el comercio con China y la política de su gobierno no conducen, precisamente, a su industrialización, sino a la desindustrialización progresiva, lo que, como es de esperar, levanta aireadas reacciones:
«El aumento galopante en importaciones de China, que creció 61 por ciento entre los años 2009 y 2010, y 47 por ciento en los dos primeros meses del 2011, ha causado una alarma considerable entre los fabricantes brasileños y ha creado continuas tensiones entre los dos países. En 2010, el 84 por ciento de las exportaciones de Brasil a China fueron materias primas, entre las cuales el hierro, la soya y el crudo representaban tres cuartos de las exportaciones. Por otro lado, el 98 por ciento de las importaciones de China fueron productos manufacturados, encabezando la lista los televisores, pantallas LCD y teléfonos. La política cambiaria de China, que sirve para mantener subvaluada su moneda, combinada con la fortaleza de la moneda brasileña, el real, exacerbaron las presiones sobre los fabricantes brasileños. El fuerte impacto sobre las industrias textiles y de calzado ha llevado a la Confederación Nacional de Industrias a realizar advertencias sobre la desindustrialización en aquellos sectores. Algunos sectores manufactureros han logrado tener éxito al pedir protección del gobierno, tal como sucedió en diciembre de 2010, cuando Brasil aumentó sus aranceles de importación aplicables a una lista de juguetes, pasando de 20 a 35 por ciento. Brasil también ha iniciado una serie de investigaciones anti-dumping contra productos chinos». (Econ South; El comercio estrecha vínculos entre China y América Latina, Volumen 13, N2, 2018)
¿Cómo han evolucionado las relaciones comerciales entre ambos países? ¿Ha cesado ese intercambio desigual y desindustrializador en detrimento de la independencia económica de Brasil o por el contrario se ha seguido en la misma línea?
«En 2018, solo tres productos −soja, petróleo, mineral de hierro− sumaron el 82% de las exportaciones brasileñas a China (Figura 1). En el sentido opuesto, las importaciones brasileñas de China son casi 100% de productos manufacturados, sobre todo productos electrónicos, productos químicos, máquinas y equipos». (Luis Antonio Paulino, revista relaciones internacionales; las relaciones Brasil-China en el siglo, 2020)

















