jueves, 29 de abril de 2021

La cuestión educativa y el liberalismo de la «izquierda»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

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«Preguntar–y dar respuesta– sobre los fenómenos naturales o sociales es el deber de todo revolucionario. La pregunta implica que el individuo reconoce sus dudas y debilidades, sí, pero también su voluntad de saber, su aspiración a forjar una defensa o ataque consciente sobre algo o alguien. La respuesta bien articulada es la prueba de que el sujeto ha hecho un trabajo previo, que ha adquirido una competencia que le permite demostrar que no actúa por inercia o por creencias tradicionales de dudoso sostén. Puesto que nuestro conocer es finito, las preguntas y dudas son algo que recorrerán la vida del individuo mientras esta dure. A esto deberíamos añadir una nota, una cuestión que los «nietzscheanos» parecen olvidar los sobre los «genios»: el sujeto puede ser netamente superior a otro u otros en un campo específico, pero, ¿significa esto que no puede equivocarse en su tema fetiche? ¿Significa que no existen otros sabios que puedan contradecirle? Inevitablemente, el que es especialista en uno o varios campos es ignorante en muchos otros, dado que la capacidad de conocimiento para el ser humano en una sola vida es limitada. Por tanto, este «astro», por mucho que alumbre a sus satélites, siempre necesitará «la luz de otro astro» en otro campo». (Equipo de Bitácora (M-L); La cuestión educativa y el liberalismo de la «izquierda», 2021)


Preámbulo

«La investigación ha de tender a asimilarse en detalle la materia investigada, a analizar sus diversas normas de desarrollo y a descubrir sus nexos internos. Sólo después de coronada esta labor, puede el investigador proceder a exponer adecuadamente el movimiento real». (Karl Marx; El capital, 1867)

Durante febrero de 2020 tuvimos la «fortuna» de asistir a un bochornoso debate educativo sobre el llamado «pin parental» en la escuela pública. Hubo cruce de ideas tanto de la derecha tradicional como de su presunta «rival» la «izquierda» burguesa que sobrepasó lo cómico, contando, para variar, con un nivel paupérrimo de argumentación desde ambas bancadas. Meses después, en diciembre de ese mismo año, el debate fue reabierto por la cuestión de la nueva ley de educación, la Ley Celaá, impulsada por el gobierno del PSOE-Unidas Podemos y llamada así por la Ministra de Educación, la socialista Isabel Celaá. Llegados aquí cabe preguntarse varias cuestiones en relación con estos debates y otros anexos:

1) ¿Qué aspectos tiene la nueva ley educativa? 

2) ¿Acaso existe un rigor científico en la educación actual? 

3) ¿Es o puede ser neutral la educación, sin sesgos ideológicos de ningún tipo? 

4) ¿Qué papel juegan el feminismo y el posmodernismo en los centros educativos? 

5) ¿Es el pin parental un método nuevo y extraordinario en la educación española? 

6) ¿Se puede confiar en un gobierno burgués para mejorar la educación o defender la ciencia? 

7) ¿Por qué modelo deben apostar los marxistas en el tema educativo en la nueva sociedad que ha de venir? 

8) ¿Qué aciertos y errores hubo en la experiencia educativa soviética? 

miércoles, 28 de abril de 2021

Un trabajo de idéntico contenido puede ser productivo e improductivo

«Lo que constituye el valor de uso específico del trabajo productivo para el capital no es su carácter útil determinado, como tampoco las cualidades útiles particulares del producto en el que se objetiva, sino su carácter de elemento creador de valor de cambio –plusvalía. El proceso capitalista de producción no es meramente producción de mercancías. Es un proceso que absorbe trabajo impago, que toma a los medios de producción en medios para succionar trabajo impago. De lo que precede resulta que ser trabajo productivo es una determinación de aquel trabajo que en sí y para sí no tiene absolutamente nada que ver con el contenido determinado del trabajo, con su utilidad particular o el valor de uso peculiar en el que se manifiesta. Por ende un trabajo de idéntico contenido puede ser productivo e improductivo. Milton, pongamos por caso, que escribió «El paraíso perdido» (1667), era un trabajador improductivo. Al contrario, el escritor que proporciona trabajo como de fábrica a su librero, es un trabajador productivo. Milton produjo «El paraíso perdido» tal como un gusano produce seda, como manifestación de su naturaleza. Más adelante vendió el producto por 5£ y de esta suerte se convirtió en comerciante. Pero el literato proletario de Leipzig, que produce libros por ejemplo compendios de economía política por encargo de su librero, está cerca de ser un trabajador productivo, por cuanto su producción está subsumida en el capital y no se lleva a cabo sino para valorizarlo. Una cantante que canta como un pájaro es una trabajadora improductiva. En la medida en que vende su canto, es una asalariada o una comerciante. Pero la misma cantante, contratada por un empresario que la hace cantar para ganar dinero, es una trabajadora productiva, pues produce directamente capital. Un maestro de escuela que enseña a otros no es un trabajador productivo. Pero un maestro de escuela que es contratado con otros para valorizar mediante su trabajo el dinero del empresario de la institución que trafica con el conocimiento, es un trabajador productivo. Aun así, la mayor parte de estos trabajadores, desde el punto de vista de la forma, apenas se subsumen formalmente en el capital: pertenecen a las formas de transición. En suma, los trabajos que sólo se disfrutan como servicios no se transforman en productos separables de los trabajadores y por lo tanto existentes independientemente de ellos como mercancías autónomas–, y aunque se les puede explotar de manera directamente capitalista, constituyen magnitudes insignificantes si se les compara con la masa de la producción capitalista. Por ello se debe hacer caso omiso de esos trabajos y tratarlos solamente a propósito del trabajo asalariado, bajo la categoría de trabajo asalariado que no es al mismo tiempo trabajo productivo». (Karl Marx; El Capital Libro I, Capítulo VI, Inédito, 1867)

jueves, 22 de abril de 2021

El proletariado solo es progresista cuando tiene conciencia de su papel revolucionario


«En lugar de acudir a la lucha abierta, directa y basada en principios, contra las tesis fundamentales del socialismo, en nombre de la absoluta intangibilidad de la propiedad privada y de la libertad de la competencia, la burguesía de Europa y América, representada por sus ideólogos y políticos, acude, cada vez con mayor frecuencia, a la defensa de las llamadas reformas sociales, oponiéndolas a la idea de la revolución s0cial. No se trata ya de liberalismo contra socialismo, sino de reformismo contra la revolución socialista: ésta es la fórmula de la burguesía instruida y «avanzada» de nuestros días. Y cuanto más elevado es el nivel de desarrollo del capitalismo en un país, cuanto más puro es el dominio de la burguesía, cuanto mayores son las libertades políticas, tanto más amplio es el terreno para la aplicación de la «novísima» consigna burguesa: reformas contra la revolución, remiend0s parciales el régimen que sucumbe, a fin de dividir y debilitar a la clase obrera, a fin de mantener el poder de la burguesía contra el derrocamiento revolucionario de este poder. (...) Las tareas del proletariado dimanan de esta situación de forma completa y absolutamente definida. El proletariado –como la única clase revolucionaria hasta el fin en la sociedad contemporánea–, debe ser el dirigente, mantener la hegemonía en la lucha de todo el pueblo por la revolución democrática completa, en la lucha de todos los trabajadores y explotados contra los opresores y explotadores. El proletariado es revolucionario sólo cuando tiene conciencia de esta idea de la hegemonía y la realiza. El proletario que adquirió conciencia de esta tarea es un esclavo alzado contra la esclavitud. El proletario, que no tiene conciencia de la idea de la hegemonía de su clase o que reniega de esta idea, es un esclavo que no comprende la condición de esclavo en que se encuentra; en el mejor de los casos, es un esclavo que lucha por mejorar su situación de tal, pero no por el derrocamiento de la esclavitud. De aquí se deduce que la famosa fórmula de uno de los jóvenes líderes de nuestro reformismo, el señor Levitski, de la revista Nassha Zariá, quien declaró que la socialdemocracia rusa «no debe pretender a la hegemonía, sino a ser un partido de clase», es una fórmula del más consecuente reformismo. Más aún, es la fórmula de la apostasía completa. Afirmar: «no debe pretender a la hegemonía, sino a ser un partido «de clase», significa pasarse al lado de la burguesía, al lado de los liberales. (...) Pero la renuncia a la idea de la hegemonía es la variedad más burda del reformismo en las filas de la socialdemocracia rusa, por lo que no todos los liquidadores se deciden a manifestar abiertamente sus ideas en forma tan determinada. Algunos de ellos –como el señor Mártov– intentan incluso, burlándose de la verdad, negar la ligazón que existe entre la renuncia a la hegemonía y el liquidacionismo. (...) Predicar a los obreros: «hegemonía, no; partido de clase, sí», significa traicionar, en favor de los liberales, la causa del proletariado, significa predicar la sustitución de la política obrera socialdemócrata por una política obrera liberal. (...) El auge del movimiento proletario atrae inevitablemente a las filas de sus partidarios a cierto número de elementos pequeño burgueses, esclavos de la ideología burguesía, los cuales se van liberando de ella con dificultad y que siempre vuelven, una y, otra vez, a caer en sus redes. No es posible ni siquiera imaginarse la revolución social del proletariado sin esta lucha sin hacer en vísperas de esta revolución sin ese preciso deslindamiento de principios. (...) Sin la completa ruptura, en el curso de esta revolución, entre los elementos oportunistas, pequeño burgueses y los elementos proletarios, revolucionarios, de la nueva fuerza histórica». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El reformismo en el seno de la socialdemocracia rusa, 1911)

domingo, 18 de abril de 2021

El giro nacionalista en la evaluación soviética de las figuras históricas; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Las anotaciones anteriores [*] de Stalin, Zhdánov y Kirov emitidas en 1934 sobre el campo de la historia advertían del peligro de ignorar el pasado colonialista del zarismo ruso y la opresión que ejerció sobre otros pueblos.  Véase el capítulo: «La aparición del bolchevismo y su trato de la cuestión nacional» de 2020.

Sin embargo, en 1937 hubo un cambio, e inexplicablemente se pasó al extremo contrario, ahora se pasó a revisar la historia con una profunda condescendencia hacia las aventuras del zarismo:

«Los autores no ven ningún papel positivo en las acciones de Bogdán Jmelnitski en el siglo XVII, en su lucha contra la ocupación de Ucrania por parte de los señores de Polonia y la Turquía del Sultán. El hecho de la transición de Georgia, digamos, a finales del siglo XVIII al protectorado de Rusia, así como el hecho de la transición de Ucrania al dominio ruso, son vistos por los autores como un mal absoluto, sin ninguna conexión con las condiciones históricas específicas de la época. Los autores no ven que Georgia tenía entonces la alternativa de ser engullida por la Persia del Sha y la Turquía del Sultán o convertirse en un protectorado ruso, al igual que Ucrania tenía la alternativa de ser engullida por el dominio de los señores de Polonia y la Turquía del Sultán, o caer bajo el dominio ruso. No ven que la segunda perspectiva era, sin embargo, el mal menor». (Enseñanza de la historia. Resolución del jurado de la comisión gubernamental para el concurso del mejor libro de texto para los grados 3 y 4 de la Historia de la URSS, 1937)

Es decir, para una comisión del gobierno, el levantamiento de 1668 del cosaco Jmelnitski era algo a celebrar porque fue contra el dominio de la Mancomunidad de Polonia-Lituania. Al mismo tiempo, la absorción de ucranianos y georgianos por Rusia en los siglos XVIII y XIX, fue una «buena noticia» para los pobladores. ¡Debían elegir por cuál de los lobos querían ser despiezados! Lo cierto es que las Guerra del Cáucaso (1817-1864) indicaron lo contrario: hubo una feroz resistencia georgiana, armenia y azerí al nuevo mandato ruso, esos pueblos no deseaban ser absorbidos.

No nos detendremos con la teoría del «mal menor», ya que más adelante volverá a salir. Pero a partir de aquí debemos prestar atención, pues todos los pasos en falso que se darían en materia histórico-nacional no serían casuales, sino que una y otra vez volverían sobre esta visión. Gracias a la válvula de oxígeno del gobierno, nos encontraremos con que un «revivido» nacionalismo ruso utilizaría esta fórmula del «mal menor» para camuflar la rusificación histórica del resto de pueblos, intentando, de paso, repetirlo ahora, como quedaría reflejado en las violentas discusiones que hubo en campos como la historia o la filosofía sobre la transcendencia de Rusia en el mundo y celebrando la «fortuna» y el «progreso» alcanzado por estos pueblos al haber sido anexionados por el zarismo.

Esto nos lleva a la siguiente cuestión que deseábamos abordar: los nacionalistas –algunos travestidos de «rojo»– como el Sr. Armesilla o el Sr. Roberto Vaquero, quienes intentan acreditar su filia por personajes pasados que nada tienen que ver con las aspiraciones del pueblo trabajador y sus mejores tradiciones revolucionarias. Estos, haciéndose eco de los fallos y posiciones falsas de otros comunistas, los cuales, en algún momento de su vida, incurrieron en desviaciones nacionalistas, intentan justificar lo injustificable ¡Pero ellos son los que luego juran a todas horas que a diferencia del resto no se mueven por otros intereses que no sea la verdad objetiva! ¡Que la crítica hacia sus ídolos y la autocrítica está presente en las sectas que lideran! ¿Cómo no íbamos a creer las soflamas de tan honestos muchachos? Véase el capítulo: «¿Qué pretenden los nacionalistas al reivindicar o manipular ciertos personajes históricos?» de 2021.

sábado, 10 de abril de 2021

¿Cuál es la relación entre el capital y la jornada laboral del asalariado?

«El capitalista ha comprado la fuerza de trabajo por su valor diario. Le pertenece el valor de uso de la misma durante una jornada laboral. Ha obtenido el derecho, pues, de hacer que el obrero trabaje para él durante un día. ¿Pero qué es una jornada laboral? En todo caso, menos de un día natural de vida. ¿Y cuánto menos? El capitalista tiene su opinión sobre esa última Thule, el límite necesario de la jornada laboral. Como capitalista, no es más que capital personificado. Su alma es el alma del capital. Pero el capital tiene un solo impulso vital, el impulso de valorizarse, de crear plusvalor, de absorber, con su parte constante, los medios de producción, la mayor masa posible de plustrabajo. El capital es trabajo muerto que sólo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa. El tiempo durante el cual trabaja el obrero es el tiempo durante el cual el capitalista consume la fuerza de trabajo que ha adquirido. (...) El capitalista, pues, se remite a la ley del intercambio mercantil. Al igual que cualquier otro comprador, procura extraer la mayor utilidad posible del valor de uso que tiene su mercancía. La variación de la jornada laboral oscila pues dentro de límites físicos y sociales. Unos y otros son, sin embargo, de naturaleza muy elástica y permiten la libertad de movimientos. Encontramos, así, jornadas laborales de 8, 10, 12, 14, 16, 18 horas, o sea de las extensiones más disímiles. (...) Ni qué decir tiene, por de pronto, que el obrero a lo largo de su vida no es otra cosa que fuerza de trabajo, y que en consecuencia todo su tiempo disponible es, según la naturaleza y el derecho, tiempo de trabajo, perteneciente por tanto a la autovalorización del capital. Tiempo para la educación humana, para el desenvolvimiento intelectual, para el desempeño de funciones sociales, para el trato social, para el libre juego de las fuerzas vitales físicas y espirituales, e incluso para santificar el domingo y esto en el país de los celosos guardadores del descanso dominical. Pero en su desmesurado y ciego impulso, en su hambruna canina de plustrabajo, el capital no sólo transgrede los límites morales, sino también las barreras máximas puramente físicas de la jornada laboral. Usurpa el tiempo necesario para el crecimiento, el desarrollo y el mantenimiento de la salud corporal. Roba el tiempo que se requiere para el consumo de aire fresco y luz del sol. Escamotea tiempo de las comidas y, cuando puede, las incorpora al proceso de producción mismo, de tal manera que al obrero se le echa comida como si él fuera un medio de producción más, como a la caldera carbón y a la maquinaria grasa o aceite. Reduce el sueño saludable necesario para concentrar, renovar y reanimar la energía vital a las horas de sopor que sean indispensables para revivir un organismo absolutamente agotado. En vez de que la conservación normal de la fuerza de trabajo constituya el límite de la jornada laboral, es, a la inversa, el mayor gasto diario posible de la fuerza de trabajo, por morbosamente violento y penoso que sea ese gasto, lo que determina los límites del tiempo que para su descanso resta al obrero. El capital no pregunta por la duración de la vida de la fuerza de trabajo. Lo que le interesa es únicamente qué máximo de fuerza de trabajo se puede movilizar en una jornada laboral. Alcanza este objetivo reduciendo la duración de la fuerza de trabajo, así como un agricultor codicioso obtiene del suelo un rendimiento acrecentado aniquilando su fertilidad». (Karl Marx; El Capital, Tomo I, 1867)

jueves, 8 de abril de 2021

¿Por qué la Escuela de Bueno desprecia la historia cultural de otros pueblos?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

William Shakespeare (1564-1616)

«La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal». (Karl Marx y Friedrich Engels; El manifiesto comunista, 1848)

«La consigna de la democracia obrera no es la «cultura nacional», sino la cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1914)

Antes de continuar, hemos de recordar que el patriotismo mal entendido lleva al nacionalismo, y de este al chovinismo solo hay un paso. ¿Desean un rápido ejemplo ilustrativo? 

«El alemán tiene intimidad con el espíritu del universo. Para él está destinado lo más elevado… Él es el escogido por el espíritu del mundo, durante la lucha del tiempo para trabajar en la eterna construcción de la formación humana». (Friedrich Schiller; Grandeza alemana, 1801)

El nacionalismo, en especial el nacido en los albores del romanticismo, veía en el odio y destrucción hacia el vecino, en el desprecio a su idioma y cultura particular, como uno de los impulsos reafirmadores para la propia nación. Aniquilando lo ajeno revitalizo lo mío. En toda una oda al chovinismo, el poeta alemán Arndt, del siglo XIX, proclamaba:

«Ernst Moritz Arndt: Odio a los extranjeros, odio a los franceses, a su arrogancia, a su vanidad, a su ridiculez, a su idioma, a sus costumbres; sí, odio ardiente a todo lo que venga de ellos; eso es lo que debe unir fraternal y firmemente todo lo alemán y la valentía alemana, la libertad alemana, la cultura alemana, el honor y la justicia alemanes, deben flotar sobre todo y adquirir de nuevo la vieja dignidad y gloria con que nuestros padres irradiaron ante la mayoría de los pueblos de la tierra». (Rudolf Rocker; Nacionalismo y cultura, 1962)

Este también podría decirse que es el grito de guerra de la Escuela de Gustavo Bueno contra Gran Bretaña, la «Pérfida Albión», sin olvidar, claro está, la lucha contra el catalanismo, el galleguismo y el vasquismo.

Jesús G. Maestro, el presunto «experto en temática artística» del oficialismo buenista, repite este tipo de visiones mesiánicas sobre la nación española:

«Por un lado, la literatura española, por otro lado, todas las demás. Cuando hablamos de literatura hablamos de España, es imposible hablar de literatura sin hablar de España». (Jesús G. Maestro; Cómo la Universidad anglosajona posmoderna destruye la literatura española e hispanoamericana, 2018)

Claro, según él, los literatos, filósofos, poetas españoles del siglo XVIII como Jovellanos, Feijoo, Cadalso o Moratín tuvieron la misma transcendencia que Voltaire, Diderot o Rousseau. En el siglo XIX, siempre según Jesús G. Maestro, grandes autores como Espronceda, Zorrilla o Larra tuvieron el mismo eco que Goethe, Hegel, o Fichte. Pero es que la historia de la literatura, que según la RAE es «el arte de la expresión verbal», no es la historia de los autores que a cada uno más le agrada, no es tampoco la historia de quién debería haber destacado más por su progresismo o por su virtuosismo, sino que es la que es. La realidad indica que autores ultrarreaccionarios como Schopenhauer o Nietzsche tuvieron muchísimo más eco que cualquier autor español de ese tiempo. Unamuno y Ortega y Gasset, que eran otros reaccionarios de tomo y lomo, fueron los «filósofos españoles del siglo XX» –de hecho, Bueno no es sino la marca blanca de ambos–. Eso no se puede cambiar, es historia, lo que no quita que el deber de los revolucionarios sea reevaluar y colocar a cada filósofo, político o economista en el escalafón de importancia que le corresponde en la historia de la humanidad, pero desde luego tal ejercicio jamás podrá hacerse dejándose llevar por los sentimentalismos o bajo un prisma nacionalista a riesgo de volver a realizar una selección interesada y artificial de «filósofos transcendentes», como acostumbra hoy y siempre la burguesía nacional y sus prostitutas intelectuales.

lunes, 5 de abril de 2021

De «leyenda negra» a «leyenda blanca» sobre el colonialismo hispano; Equipo Bitácora (M-L), 2021

«La Hispanidad es el conjunto de los pueblos descubiertos, civilizados y evangelizados por España, que tienen un mismo modo de ser. (…) Lo cierto que nunca fue España tan grande como cuando se entregó totalmente a la obra de ganar para la fe y la civilización cristiana a los indios americanos y a los isleños de Oceanía, y se enfrentaba con los protestantes o los turcos, a fin de librar a la Iglesia y a la Cristiandad de tales enemigos». (Formación del espíritu nacional, 1955)

Advertimos al lector que tome asiento y se prepare para la batería de disparates que los nacionalistas pueden llegar a soltar para escurrir el bulto sobre sus referentes y figuras de culto.

Para empezar, ¿qué considera el «buenismo», en boca de Armesilla, un «imperio positivo», un «imperio generador»?

«En el caso de los Imperios Depredadores de la última fase del capitalismo del siglo XIX, entre 1884 y 1900, nos referimos a los Imperios Británico, Alemán, Holandés y el Imperio Colonial Francés –no confundir con el Primer Imperio Francés o Napoleónico, cuyos caracteres eran los propios de un Imperio Generador, pero ya nos referiremos a esto más tarde–, el excedente de capital no se dedicó en ningún momento a elevar el nivel de vida de los habitantes de las colonias ya que eso hubiera mermado considerablemente las ganancias de los capitalistas británicos, alemanes, holandeses y franceses, sino que se dedicó a acrecentar esas ganancias a través de la exportación de capitales a los países atrasados, es decir, les volvían a vender a las colonias el excedente de capital que extraían de las mismas». (Santiago Armesilla; Reescritos de la disidencia, 2012)

Y en el caso del Imperio hispánico, Armesilla reclamaba reivindicar tal imperio alegando la:

«La organización de los caminos como rutas comerciales terrestres que convergían en las Plazas de Armas de las ciudades, la promoción del mestizaje sexual, el otorgamiento de tierras comunales a indios y peninsulares, los más de 150.000 licenciados que salieron de las más de veinte Universidades generadas por el Imperio en América, el establecimiento del Real de a Ocho como moneda-mercancía de cambio universal, e incluso las reducciones jesuíticas de corte socialista». (Santiago Armesilla; Rosa Luxemburgo y España. Escrito para la Razón Comunista, 2019)

Atribuir en el caso del Imperio hispánico o de cualquier otro en cualquier época unas intenciones que no fueran el pillaje, la acumulación de tierras y la fama, es una completa tomadura de pelo, solo posible para un ultranacionalista sin escrúpulos que busca el blanqueamiento del imperio que defiende. 

Ver preocupación por los súbditos en la creación de infraestructuras de las colonias es tan estúpido como querer ver conatos de humanismo en el esclavista romano que daba comida al trabajador de su hacienda, cuando es claro que el único fin con que lo realizaba era el de que su propiedad –el trabajador eslavo–, no se muriese de hambre y pudiese retornar al día siguiente a su jornada laboral, una cuestión de puro interés basado en el beneficio económico. Pero bueno, qué esperar de gente como Bueno que niega hasta el concepto de plusvalor de Marx, o de Armesilla, que niega la teoría imperialista de Lenin.