jueves, 16 de septiembre de 2021

¿Nos podemos fiar de la veracidad de lo que aseguren los «expertos» sobre la música?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021


«Consiste, pues, en exponer el proceso real de producción, partiendo para ello de la producción material de la vida inmediata, y en concebir la forma de intercambio correspondiente a este modo de producción y engendrada por él, es decir, la sociedad civil en sus diferentes fases como el fundamento de toda la historia, presentándola en su acción en cuanto Estado y explicando a base de él todos los diversos productos teóricos y formas de la conciencia, la religión, la filosofía, la moral, etc., así como estudiando a partir de esas premisas su proceso de nacimiento, lo que, naturalmente, permitirá exponer las cosas en su totalidad –y también, por ello mismo, la interdependencia entre estos diversos aspectos–». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846) 

Aquí, para comenzar con contundencia, repasaremos mediante algunos ejemplos de la música del siglo XX cómo lo que pensaba la prensa «especializada» no siempre coincidía con la opinión de los artistas; o cómo, muy curiosamente, lo que demandaba el público y lo que querían introducir los «expertos» no siempre fueron de la mano. Este impase será importante, porque, aunque puede que descoloque a alguno, será imprescindible para intercalar con el debido sentido nuestra exposición posterior, la cual tendrá como foco central el fenómeno «trap» en el siglo XXI y su relación con el público, la industria musical, los medios masivos de comunicación, etcétera… por lo que conociendo esta parte de la historia comprenderemos mejor lo que hoy ocurre. Esta crítica a las instituciones y a las filosofías que rodean el análisis musical no difiere en su esencia de lo que ya dijimos sobre las «eminencias» de los diversos campos del saber –historia, filosofía, antropología y demás–. Muy por el contrario, está en la misma sintonía y debe verse como un todo. Véase el capítulo: «Instituciones, ciencia y posmodernismo» de 2021.

Comenzando con el ejemplo del «Rock and roll» y sus interminables ramificaciones, a poco que lo estudiemos su desarrollo nos daremos cuenta de que gran parte de las bandas hoy consagradas como «referentes del género», es decir, las que actuaron como vectores sumamente influyentes en el devenir del rock y posteriores subgéneros, en su día no fueron muy bien recibidas ni por los fans ni por los críticos musicales; es más, algunas fueron abiertamente vilipendiadas por parte del público, periodistas y otros «colegas de profesión». Véase el documental de Sam Dunn & Scot McFadyen: «Metal Evolution» de 2011.

a) Elvis y el «rock and roll» de los años 50

Estamos seguros que todos sabrán dar uno y mil casos en donde en primera instancia la banda o el subgénero musical fue detestado por la crítica; poco después comenzó a ser rehabilitado; y finalmente hasta fue laureado con todo tipo de premios y homenajes hipócritas. Este fue el caso del mismísimo «Rey del Rock n' Roll», Elvis Presley (1935-77), título que por cierto sería justo en cuanto a que fue el individuo que lo popularizó a nivel mundial, pero que sería sumamente injusto –para los Bill Haley o Chuck Berry– si a lo que nos estamos refiriendo es en cuanto a los «creadores» de la fórmula reconocible de lo que fue el rock cincuentero. Este «matiz» no solo fue reconocido por el propio Elvis, sino que, si uno observa sus primeros álbumes, su repertorio está repleto de versiones de las canciones de estos pioneros: «Money Honey» (1956) –de The Drifters–, «Tutti Frutti» (1955), «Rip It Up» (1956) o «Long Tall Sally» (1957) –de Little Richard– o «Ready Teddy» (1958) –de Buddy Holly–. Entonces, ¿por qué fue Elvis y no otro el icono de esta revolución musical? En sus memorias y entrevistas, su manager, Tom Parker, reconoció, no sin cierta arrogancia, que el futuro de Elvis podría haber sido muy diferente sin su presencia, ya que tras su fichaje en 1955 le consiguió inmediatamente un contrato con RCA, una gran discográfica de época, y de forma meteórica logró introducirlo en todas las radios y programas de televisión. Véase el documental de Movistar: «Elvis Presley. Buscador incansable» de 2018.

¿Existen más ejemplos concretos sobre esta ambivalente consideración acerca del rock dependiendo del momento y el lugar? Sin duda. Algunos de los personajes más influyentes en la opinión pública estadounidense, como el periodista y presentador Ed Sullivan, criticaban la «ruidosa» e «inmoral» música de este chico de Memphis, pero una vez se dieron cuenta de que su fenómeno mediático era imparable, todos invitarían a Elvis y a este tipo de artistas a sus medios de comunicación, ¿por qué? Simplemente para no perder más audiencia y dinero ante sus competidores. Si Frank Sinatra, considerado el mejor cantante de swing de la época, declaró su odio visceral hacia Elvis y todo el rock de mediados de los 50, paradójicamente una década después el primero sorprendió al segundo con una colaboración en un programa homenaje a su vuelta del servicio militar. Ya sabe uno la expresión: «¡Quién te ha visto y quién te ve!». Véase la obra de Gary Herman: «Historia trágica del rock» de 2009.

Pero no fue el único cambio en la percepción social que produjo este género. Es innegable que uno de los mayores logros de este género fue que en los Estados Unidos el rock sirvió para comenzar a romper las barreras de la segregación racial, pues dejó de verse tan extraño que los blancos y negros practicasen esta música, bailando y cantando juntos, como ocurría en los conciertos de Elvis y Cía. En el caso de este último, como bien se relata cualquiera de sus biografías, era algo normal, porque se había criado en un barrio pobre donde predominaba la gente de color; que este artista reconociese sus raíces en la música negra, e incluso reivindicase una de sus marcas más profundas: el góspel –la música religiosa de la comunidad afroamericana–, también ayudó a tender puentes entre ambas comunidades. Pero esto tampoco fue un éxito adjudicable a Elvis ya que, de una forma u otra, casi toda la música desarrollada entre la comunidad negra se acabaría convirtiendo en patrimonio de los blancos y de toda la cultura general estadounidense: así ocurriría con el blues, el jazz y el rock. 

En un primer momento, los gobernantes estadounidenses estuvieron muy preocupados con este nuevo sonido desenfadado que, como siempre se suele decir, también aspiraba a ser un «nuevo estilo de vida». Pero esto es como no decir nada: toda música nace y se liga a un estilo de vida determinado, otra cosa es que este sonido pueda acabar traspasando los diques de la comunidad que le vio nacer. Las altas esferas estadounidenses, en consonancia con su conservadurismo, se esforzaron para intentar censurar o vetar las producciones de rock, puesto que con sus bailes sugerentes, peinados atrevidos, ropa ajustada y ciertas líricas con connotaciones sexuales… se consideraba a estos músicos como unos «chicos rebeldes» que «atentaban contra las buenas costumbres». Para variar, algunos los acusaron de ser «subversivos comunistas», aunque nada más lejos de la realidad, simplemente eran chicos que no encajaban en la mentalidad de sus padres, desfasada ante una nueva realidad social como por ejemplo el auge de la lucha por los derechos civiles de los negros o las mujeres. Por ir concluyendo, la queja y el afán prohibitivo de algunos gobernantes y personajes de renombre coincidía con las protestas de los más puritanos y con el miedo de algunos artistas de otros estilos de perder su torno en el mundo de la música:

miércoles, 15 de septiembre de 2021

La «música urbana», ¿reflejo de la decadencia social de una época?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

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«Hoy la conclusión rápida en torno al famoso «trap», es que, tal y como se ha venido desarrollando y en la manera en que se presenta, es un movimiento con una filosofía nihilista para gente no demasiado exigente en lo musical, algo que nace como fruto del panorama social y los gustos musicales más generalizados. Pero quedarnos ahí supone sólo una síntesis de lo que hemos de abordar con rigor para entender un movimiento musical que arrastra siempre una pequeña particularidad y que, querámoslo o no, está marcando una época; en razón de esto hemos considerado pertinente indagar en lo que es la «música urbana» y en concreto en el presente «movimiento del trap» español. ¿Y por qué abalanzarnos sobre un aspecto cultural como este que pudiera parecer que será fugaz? El motivo es sencillo: de forma análoga a lo que sucedió otras veces –en la década de los 80 con fenómenos como la «Movida Madrileña» o en los años 90 con «La Ruta del Bakalao»–, existe un reparo muy grande a emitir un juicio contundente hacia este tipo de modismos y todo lo que arrastran tras de sí –que como veremos no es poco–, las cuales acaban teniendo un profundo poso en cada generación. Por su parte, la mayoría de los militantes e ideólogos de la «izquierda», se presente esta como «transversal» o «políticamente incorrecta», tampoco han considerado de interés abordar algo que toca de lleno a nuestra sociedad, especialmente a la juventud. La razón que se oculta tras este silencio quizás esté en que gran parte de estos sujetos lo consume –y se avergüenza de ello– pero, por encima de todo, y más importante, porque reproducen sus peores cánones. Seamos comprensivos: si esta supuesta «izquierda ilustrada» o «moralmente superior» no es capaz de proporcionarnos unas conclusiones certeras y originales sobre los aspectos político-económicos de la sociedad, bien sean estos de índole histórico o sobre nuestro día a día, ¿cómo vamos a exigirles que produzcan algo de valor sobre aspectos musicales? Para ellos esto es ya «terra incognita». (Equipo de Bitácora (M-L); La «música urbana», ¿reflejo de la decadencia social?, 2021)

Preámbulo

En la sociedad capitalista de la segunda década del siglo XXI se ha popularizado el término «música urbana», una acepción muy elástica que en realidad viene a englobar a casi cualquier estilo musical que haya nacido o se haya extendido en un ambiente urbano, como lo pudo ser en su momento la música disco, el rock o el rap; o como ha ocurrido más recientemente –en nuestro siglo– con el reggaetón o el trap. No nos gusta excesivamente esta denominación porque pareciera que el urbanita no pudiera hacer folk o que el pueblerino no puede hacer jazz. En todo caso, cabe mencionar algo más importante: cualquiera que sepa algo sobre historia de la música sabrá que desde que el hombre es hombre no existe ningún género musical «puro», dado que, sobre todo en su estado primigenio, estos contraen una deuda de por vida con infinidad de sonidos precedentes que han hecho suyos o han sido remodelados y adaptados. Ha de saberse, pues, que, en la modernidad, es decir, en cada momento presente, las sucesivas etiquetas que se van creando para denominar a los incontables géneros y subgéneros son el culmen de un proceso cuanto menos curioso. Si tomamos la etiqueta del «Rock and' Roll» a mediados del siglo XX, nos encontraríamos con que, en este caso: a) responde, por un lado, a una evolución objetiva en los antiguos estilos musicales –el blues, el jazz o el country–; b) pero, por el otro, la denominación es también una especie de «artificio comercial», la reacción de una opinión pública «especializada» de la industria musical que demandaba una nueva moda, un nuevo producto que poder anunciar y vender. Entonces, esto mismo debe de tenerse en cuenta para cada variante musical que asome la cabeza y vayamos a analizar. 

Aclarado esto, toca resumir en esta introducción lo que serán las dos grandes secciones de investigación en este documento. Esto facilitará enormemente al lector el conocer de forma detallada de qué se hablará en cada sección.

En el bloque A: «La música apolítica», escrito originalmente en 2021, analizaremos la «música urbana» a priori menos politizada: 

1) ¿Nos podemos fiar del análisis musical de los «filósofos librepensadores», «revistas especializadas», «radios y programas alternativos» que posan como jueces «neutrales» del arte?; 

2) ¿Es cierto que el perfil de los traperos le viene como anillo al dedo a la industria musical? ¿Se puede hacer una diferencia entre «músico artista» y «músico producto»? ¿Basta con tener habilidades innatas para ser un buen artista?; 

3) ¿Cuál es el origen social de los traperos, qué comportamientos y aspiraciones sociales tienen? ¿Es una cultura estrictamente lumpen o ha traspasado sus límites alcanzando una influencia notable entre todos los poros de la sociedad?; 

4) ¿Qué se esconde detrás del hecho de que la crítica musical y filosófica blanqueen la esencia objetiva del trap moderno? ¿Por qué estos intelectuales lejos de iluminar parecen confundir al público con sus paupérrimos análisis y recomendaciones?; 

5) ¿Debe considerarse al trap como el «nuevo» punk o su más inmediato heredero, como aseguran muchos?; 

6) ¿Supone esta «música urbana» una innovación espiritual o estética respecto a otros movimientos musicales del siglo pasado? ¿O son todos estos halagos producto de la propaganda?; 

7) ¿Son el nihilismo y el individualismo los principales rasgos del trapero en cuanto a actitud y pensamiento? ¿Siguen los traperos los pasos de los viejos existencialistas y similares?; 

8) ¿Se puede hablar realmente de «conciencia política» entre la mayoría de representantes de la «música urbana»? ¿Existen tantas diferencias entre el «trap apolítico» y los «raperos políticos»? 

9) ¿Por qué razón el trap es utilizado por los políticos tradicionales de «izquierda» o «derecha»? ¿Por qué al poder le beneficia promover varios perfiles diferentes de música, tanto polémicos y escandalosos como otros aceptables para casi todos los públicos?;

10) ¿Es serio hablar del trap como un «movimiento emancipador para la mujer»? ¿Tienen las «traperas feministas» algo de interesante o son aún más decepcionantes que las feministas a secas?

11) ¿Se puede considerar al trap como una especie de «realismo sucio», y hasta qué punto es consecuente con la realidad? Alguien que quiere cambiar las cosas, ¿puede contentarse con describir lo que le rodea con apatía?; 

12) ¿Qué transcendencia tendrá el trap dentro de la historia de la música? Actualmente, ¿es el trap un género limitado en lo musical o más bien lo son sus artistas?

13) ¿Puede el artista hacer trap y escapar a los vicios que le vieron nacer? ¿Existen «géneros degenerados» e imposibles de «rescatar» para la causa revolucionaria o dependen del enfoque consciente que le otorgue el artista?

En el segundo bloque B: «La música politizada», escrito originalmente en 2017, analizaremos en detalle el fenómeno del «haselismo» como paradigma moderno de la «música combativa», sin olvidarnos de otras tendencias similares, tanto pasadas como coetáneas: 

1) ¿Cuáles son las «bandas de música politizadas» que tenemos hoy? ¿Por qué se caracterizan en su conjunto?; 

2) ¿Cuál ha sido el mensaje político de estos «músicos politizados»? ¿Hasta qué punto representan un «avance» o un «obstáculo» para la elevación ideológica?; 

3) ¿Es compatible que el «artista del pueblo», sea un decadente en lo lírico y en lo estérico?; 

4); ¿A qué responde que la «izquierda musical» idealice el modo de vida lumpen, como hacen quienes se jactan de su apoliticismo y amoralidad?; 

5) ¿Por qué muchos de estos «artistas combativos» acaban siendo los «tontos útiles» del poder?; 

6) ¿En qué se parecen y diferencian los «raperos haselianos» de los grupos del «rock radical vasco» de los años 80?; 

7) ¿Por qué este tipo de expresiones musicales influyen especialmente entre los jóvenes más «radicalizados»? ¿Es un problema de «edad» y «generaciones» o va más allá?

Aunque este es un primer esbozo sobre la «música urbana», es más que suficiente para hacernos una idea del cuadro que tenemos delante, en todo caso, no descartamos, faltaría más, que conforme se vaya abordando al lector le vayan surgiendo incógnitas o quiera saber más sobre temas relacionados, por todo ello, téngase en cuenta que algunas de estas cuestiones han sido o serán desarrolladas en otro documento mucho más extenso, el cual estará dedicado en exclusivamente a la historia del arte. En todo caso, cualquier objeción o desarrollo que quede pendiente esperamos que sea comunicado por nuestros queridos lectores, puesto que para nuestra plataforma es fundamental el desarrollo del debate, la confrontación y acercamiento a la verdad, tanto con amigos como enemigos.

Notas 

[1] Lectura Online AQUÍ [Scrib] ó Descarga en PDF AQUÍ [MEGA].

[2] Todos los documentos en PDF editados por el Equipo de Bitácora (M-L) en el apartado BIBLIOTECA.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

El Imperio hispánico, un sistema ideal: «ni capitalista ni feudal ni esclavista», ¿el «reino de los cielos»?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Santiago Armesilla, reúne un totum revolutum de ideologías y argumentarios nacionalistas: maoísmo, castrismo, juche, falangismo… todo ello, por supuesto, sazonado con los argumentos estrella de su maestro Gustavo Bueno. A partir de este repugnante recetario acaba presentando una visión completamente distorsionada de su querido Imperio español, cometiendo verdaderos atentados contra la ciencia histórica. En realidad, su metodología de análisis no es novedosa: anacronismos, reduccionismos y comentarios vulgares, el clásico arsenal que usa todo revisor histórico. Veamos:

«El Imperio español fue la primera sociedad política anticapitalista exitosa que existió. Su resistencia a dicho avance capitalista, lento pero seguro durante casi cinco siglos –XIII-XVIII–, resistió del XVI al XIX. De aquella resistencia quedan remedos como el latinoamericanismo». (Twitter; @armesillaconde, 9 sept. 2019)

De esta burda forma presenta a un imperio colonial de la Edad Moderna como «la primera sociedad política anticapitalista» de la historia. Marx y Engels parecen ser que se equivocaron buscando los gérmenes del socialismo científico, que, al parecer, ya estaban imbuidos en la política de Carlos I, Felipe II o Carlos IV, o en Espartero y O'Donnell, a los cuales tanto criticaron por su fanatismo religioso, conservadurismo político y reaccionarismo cultural. Al leer esto cualquiera pensaría que es una broma, pero Armesilla realmente está diciendo que el atraso que supone la resistencia de las clases dominantes feudales al progreso capitalista es un ejemplo de «anticapitalismo» consecuente, y no de los intereses reaccionarios de las clases dominantes.

Y aunque también parezca increíble, cuando habla de que quedan remedos en las sociedades latinoamericanas de esa resistencia al capitalismo, tiene en mente a los gobiernos del «socialismo del siglo XIX», aquellos no solo entregados a la burguesía criolla de toda la vida, sino neocolonizados por empresas estadounidenses, españolas, rusas y chinas. Atentos:

«@armesillaconde: La encomienda, al convertirse en temporal, acabó con cualquier posible implantación del feudalismo. El Imperio hispánico no fue propiamente feudal ni capitalista, ni esclavista. Fue un Imperio de transición con formas sociales propias y peculiares, algunas socialistas, las misiones». (Twitter; Santiago Armesilla, 26 de octubre de 2019)

Suponemos que, si no fue feudalista, esclavista ni capitalista, y sí una pizca de «socialista», simplemente podemos celebrar que fue lo más parecido al «reino de los cielos» sobre la tierra, ¿no? La febril idealización de su nacionalismo le lleva a plantear que el imperialismo hispánico era un imperio de tipo «especial», esto es, por encima de las propias relaciones de producción de la época: 

«¿Por qué cae el Imperio español? Porque entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX era ya inviable resistir más, y prorrogar más, esa forma de sociedad mercantilista construida sobre las bases de la Reconquista frente al avance del modo de producción capitalista». (Twitter; @armesillaconde, 9 sept. 2019)

Si se reconoce que el Imperio hispánico acabó incorporando y generalizando el mercantilismo, ¿en qué se cree Armesilla que deriva siempre el mercantilismo del siglo XVI-XVIII de todos los países europeos? La respuesta es en el capitalismo moderno. La diferencia estriba entonces en el ritmo de su implementación o, mejor dicho, en que muchos lo quisieron adoptar, pero no lo pudieron aplicar consecuentemente, entre ellos España. He aquí una explicación del fenómeno mercantilista de la pluma de los economistas soviéticos:

viernes, 3 de septiembre de 2021

Unas reflexiones sobre la huelga de los trabajadores de LM Windpower en El Bierzo; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«La competencia, cada vez más aguda, desatada entre la burguesía, y las crisis comerciales que desencadena, hacen cada vez más inseguro el salario del obrero; los progresos incesantes y cada día más veloces del maquinismo aumentan gradualmente la inseguridad de su existencia; las colisiones entre obreros y burgueses aislados van tomando el carácter, cada vez más señalado, de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones. Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera». (Karl Marx y Friedrich Engels; Manifiesto Comunista, 1848)

En el capitalismo impera la llamada «ley del valor»; es decir, la economía se orienta principalmente hacia los sectores y actividades más rentables, pero no por ello necesariamente más útiles para la sociedad. Los recursos materiales y humanos acaban por concentrarse allí donde tenga lugar la explotación de las actividades económicas más rentables. Esto acaba suponiendo toda una serie de desequilibrios regionales que deriva en problemas que hoy a todos nos son de sobra familiares: 

a) Como paradigma del primer caso, tenemos a las zonas de la llamada «España vaciada». Comarcas que se encuentran cada vez más alejadas del foco productivo se producen paulatinamente fenómenos muy desagradables para sus habitantes: aumento de la falta de oportunidades laborales, escasez o pauperización de las vías de comunicación, carencia de centros de salud disponibles, trabas administrativas que impiden que los ciudadanos puedan ser atendidos con rapidez ante una urgencia de salud o en caso de un desastre natural, y como esto, un infinito etcétera. 

b) Como ejemplo contrario, podríamos tomar el área metropolitana de Barcelona, donde la concentración espontánea e irracional de las unidades productivas en una determinada crea otros problemas igualmente nocivos: aglomeración en las ciudades, elevación desorbitada del precio de la vivienda y el costo de vida general, gentrificación, deforestación, contaminación del aire y las aguas, etc.

Sabemos, así pues, que, según lo expuesto, la producción capitalista distribuye los recursos y a la población de forma desigual, lo que es el punto de origen de los problemas sociales tanto en la ciudad como en el campo. Pero esto también puede aplicarse a las relaciones entre países distintos e incluso entre el trabajador y la máquina; cuestiones estas últimas íntimamente ligadas con los recientes sucesos de Ponferrada, que más adelante abordaremos, pero primero que todo es menester detenernos sobre otros puntos: «mecanización» y «deslocalización», dos caras de la misma moneda, pero… ¿qué las ocasiona? 

La mecanización de la producción

Comencemos por la automatización de la producción –la llamada «mecanización»–. Como ya demostró Karl Marx en su ópera magna, «El Capital» (1867), así como en otras investigaciones, todo trabajo produce un excedente que, en el caso del modo de producción capitalista, por basarse en la propiedad privada sobre los medios de producción, es apropiado exclusivamente por el dueño de estos. Del mismo modo, la plusvalía misma es un fenómeno complejo que podemos dividir en dos tipos: «plusvalía relativa» y «plusvalía absoluta». 

En la producción capitalista, tenemos por un lado la llamada «plusvalía relativa», que «presupone un cambio en la productividad o intensidad del trabajo»; esta predomina sobre la «plusvalía absoluta» que el «alargamiento absoluto de la jornada laboral». ¿Por qué ocurre de este modo? Debido a que las innovaciones técnicas no tienen un límite claro, como sí lo tiene el tiempo que un individuo puede dedicar a un trabajo durante un día para estar en condiciones de volverlo a realizar al día siguiente. Como el día tiene las horas contadas y se requiere el poder extraer un mayor volumen de productos por hora, es aquí donde entran en juego las innovaciones técnicas, que cada vez permiten con un menor número de trabajadores producir más en menos tiempo del que antes requería el trabajo de una plantilla más numerosa. La necesidad de renovar la maquinaria para producir más y más plusvalía en un contexto de lucha entre capitalistas por acaparar las «oportunidades de negocio» –el control de los recursos y las cuotas de mercado– implica que la balanza entre «capital constante» –medios de producción– y «capital variable» –fuerza de trabajo– se incline cada vez más a favor del primero, que sustituye al segundo. Aquí es donde encontramos la razón de que el capitalista siempre busque reducir la plantilla de trabajadores de una forma u otra, sustituyéndolos por unas máquinas sobre las que estos trabajadores carecen de control.

sábado, 28 de agosto de 2021

Los polémicos debates entre los historiadores soviéticos sobre los orígenes del pueblo ruso; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Los orígenes de los Estados se pierden en un mito, en el que hay que creer y que no se puede discutir». (Karl Marx; La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850, 1850)

Hoy, hasta el más honesto de los historiadores se ve obligado a reconocer que la historia ha sido otro campo de batalla para las ideologías y las clases, una arena donde el nacionalismo burgués ha encontrado un nicho para promover su visión del mundo, el cual, por supuesto, siempre coincide con su proyecto político, económico y cultural del presente:

«El discurso identitario selecciona los padres, los héroes, las víctimas y también los villanos de la patria. Las costumbres tradicionales, los valores constituidos en nacionales, peculiares y distintos de la comunidad; es decir, la creación de un metapatrimonio de una metapatria. Es así como se surge la construcción de la doctrina nacionalista. (…) Un reconocimiento de antepasado remotísimos y, por tanto, del todo extraños de todo compromiso con el presunto corazón o raíces. (…) Y un afán por diferenciarse y distinguirse de los otros, que se traduce en rivalidad. (…) Esta forma de construir la evolución histórica obstaculiza la interpretación de una historia de Europa compartida de la que todos pudieran participar». (José Martínez Millán; La sustitución del «sistema cortesano» por el paradigma del «estado nacional» en las investigaciones históricas, 2010)

Si el lector nos ha seguido la pista, sabrá que no es la primera vez que analizamos las teorías de los distintos tipos de nacionalismos, especialmente los que recorren la Península Ibérica. En este ejercicio de intuición, mística y especulación encontramos de todo, desde aquellas ideas que consideran que sus respectivos «pueblos no sufrieron una mezcla racial con otros pueblos invasores», hasta las nociones que defienden que «ellos no recibieron préstamos culturales de pueblos vecinos», o «que solo asimilaron los mejores valores de ellos». Véase el capítulo: «Los conceptos de nación de los nacionalismos vs el marxismo» de 2020.

En Rusia, lamentablemente, esto no fue una excepción, ni antes ni después de la Revolución Bolchevique (1917). Como rasgo reconocible de la ideología burguesa, las interpretaciones nacionalistas –bañadas en el idealismo más fantasmagórico–, intentaron dominar la historia rusa incluso tras el derrocamiento del capitalismo, lo que demuestra que este peligro de distorsión y manipulación histórica no cesa ni en los momentos más favorables para las fuerzas de la emancipación. Pero para hablar del enconado debate que hubo en la URSS sobre el origen de los rusos, quizás antes deberíamos conocer un poco la historia de los pueblos eslavos, sus rasgos iniciales, territorios, economía y creencias –entre otros–:

«Los eslavos [=slovene; de slovo=palabra] constituyen una de las principales ramas de la familia de pueblos de habla indoeuropea. Su territorio originario se sitúa en la región pantanosa del Pripet –Rusia occidental–; posteriormente se extienden por Polonia, Rusia Blanca y Ucrania. División tribal: eslavos orientales –o rusos; posteriormente segregados en ucranianos, rusos blancos y grandes rusos–; eslavos occidentales –polacos, pomeranios, abodritas, sorabos, checos, eslovacos–; eslavos meridionales –eslovenos, serbios, croatas, búlgaros–. La denominación común de eslavos obedece fundamentalmente a un criterio lingüístico, ya que presentan una considerable variedad de etnias. (...) Los eslavos primitivos se agrupan en clanes familiares de carácter patriarcal, unidos a su vez en federaciones, dirigidas por los más ancianos; de las federaciones surgen las tribus, dotadas de organización militar –centena, unidad básica de la leva; quiliarquía = conjunto de 1.000 hombres– y culto –veneración de los antepasados– comunes. Los jefes de clan van constituyendo poco a poco la clase aristocrática, cuyo particularismo tribal impide asociaciones superiores y, posteriormente, la transformación de estos pueblos en una gran potencia. En los grandes espacios territoriales de que disponen se dedican a la agricultura, la caza, la pesca, la ganadería y la apicultura. Las explotaciones agrícolas de los orientales incluyen numerosos clanes que practican el régimen comunitario. Existen –sobre todo en las ciudades– los oficios artesanos: carpinteros, tejedores, alfareros, curtidores, peleteros. A lo largo de las vías fluviales navegables se desarrolla un activo comercio. (...) Hay constancia del culto a los árboles y del recurso a los oráculos». (Hermann Kinder, Werner Hilgemann y Manfred Hergt; Atlas histórico mundial, 2004)

Esta etapa Lenin la describiría como sigue:

«La autoridad, el respeto, el poder de que gozaban los ancianos del clan; nos encontramos con que a veces este poder era reconocido a las mujeres (…) En ninguna parte encontramos una categoría especial de individuos diferenciados que gobiernen a los otros y que, en aras y con el fin de gobernar, dispongan sistemática y permanentemente de cierto aparato de coerción, de un aparato de violencia» (Vladimir Ilich Uliánov; Lenin; Sobre el Estado, 1919)

A causa de su debilidad, los primeros pueblos eslavos sufrieron algunas derrotas y, finalmente, fueron divididos entre sí:

«Tanto la penetración colonizadora de los germanos en el valle del Danubio y en los Alpes orientales –tras aniquilar el reino de los ávaros– como la migración de los húngaros –empujados, desde el este, por los pechenegos, hacia las tierras bajas, alrededor del 900–, destruyen la unidad territorial eslava: los occidentales quedan separados de los meridionales». (Hermann Kinder, Werner Hilgemann y Manfred Hergt; Atlas histórico mundial, 2004)

A nivel general, las tribus originarias de las actuales Dinamarca y Suecia, en el siglo XIII, controlaban los enclaves comerciales más importantes desde el Mar Báltico hasta el Mar Negro –en la conocida Ruta comercial que iba desde los territorios varegos hasta los griegos–. Esta fue, precisamente, una zona de emigración para todo tipo de pueblos, por lo que no había una gran estabilidad étnica. Los varegos supieron hacerse poco a poco con un hueco entre todos los pueblos que iban pasando, bien a través de sus negocios, bien a punta de espada. 

lunes, 23 de agosto de 2021

Marx sobre los gastos del transporte

«No es necesario entrar aquí en todos los detalles de los gastos de circulación, como son por ejemplo el embalaje, la clasificación de las mercancías, etc. La ley general es que todos los gastos de circulación que responden simplemente a un cambio de forma de la mercancía no añaden a ésta ningún valor. Son simples gastos destinados a la realización del valor o a traducirlo de una forma a otra. El capital desembolsado para hacer frente a estos gastos incluyendo el trabajo movilizado por él figura entre los faux frais de la producción capitalista. Este capital debe reembolsarse del producto sobrante y representa, si nos fijamos en la clase capitalista en su conjunto una deducción de la plusvalía o del producto sobrante del mismo modo que el tiempo que un obrero invierte para comprar sus medios de vida representa tiempo perdido. Hay, sin embargo, una clase de gastos que tienen demasiada importancia para que no tratemos de ellos aquí, siquiera sea brevemente.

Dentro del ciclo del capital y de la metamorfosis de las mercancías, que constituye una fase del mismo, se opera el cambio de materia del trabajo social. Puede ocurrir que este cambio de materia determine el cambio de lugar de los productos, su desplazamiento real de un sitio a otro. Pero no es indispensable, pues la circulación de las mercancías puede realizarse sin que éstas se desplacen físicamente, del mismo modo que cabe la posibilidad de un transporte de productos sin circulación de mercancías e incluso sin intercambio directo de aquéllos. Así por ejemplo, si A vende una casa a B, esta casa circula como mercancía, sin moverse del sitio. E incluso tratándose de mercancías muebles como el algodón o el hierro fundido, vemos cómo se están quietos en el almacén mientras recaen sobre ellos docenas y docenas de procesos de circulación, mientras los especuladores los compran y los vuelven a vender. Lo que se mueve realmente, en estos casos, es el título de propiedad sobre la cosa, no la cosa misma. Y por otra parte, entre los incas, por ejemplo, la industria del transporte llegó a adquirir gran importancia, a pesar de que en aquellos pueblos el producto social no circulaba como mercancía ni se distribuía tampoco por medio del trueque.

Por tanto, aunque dentro de la producción capitalista la industria del transporte aparezca como causa de los gastos de circulación, esta forma especial de manifestarse no altera para nada los términos del problema.

Las masas de productos no aumentan por el hecho de ser transportadas. Y aunque sus cualidades naturales puedan cambiar por efecto del transporte, esto no constituye, con ciertas excepciones, un efecto útil deliberado, sino un mal inevitable, Sin embargo, el valor de uso de las cosas sólo se realiza con su consumo y éste puede exigir su desplazamiento de lugar y, por tanto, el proceso adicional de producción de la industria del transporte. Por consiguiente, el capital productivo invertido en ésta añade valor a los productos transportados, unas veces mediante la transferencia de valor de los medios de transporte y otras veces mediante la adición de valor que el trabajo de transporte determina. Esta última adición de valor se descompone, como ocurre siempre en la producción capitalista, en dos partes: una es la que repone los salarios, otra es la plusvalía.

El desplazamiento del lugar del objeto sobre que recae el trabajo y de los medios y fuerzas de trabajo necesarios para ejecutarlo –por ejemplo, del algodón al trasladarse de la sección de cardado a la sección de hilado, o del carbón al salir del pozo a la bocamina– tiene una gran importancia en todo proceso de producción. El traslado del producto terminado como mercancía elaborada de un centro independiente de producción a otro geográficamente alejado de aquél, representa el mismo fenómeno, aunque en mayor escala. El transporte de los productos de un centro de producción a otro va seguido por el de los productos terminados de la órbita de producción a la órbita de consumo. Mientras no se realiza este movimiento, el producto no está en condiciones de ser consumido. Es ley general de la producción de mercancías, como más arriba hemos dicho, la de que la productividad del trabajo y su creación de valor se hallan en razón inversa. Esta ley es aplicable a todas las industrias, incluyendo la del transporte. Cuanto menor es la cantidad de trabajo, muerto y vivo, que reclama el transporte de la mercancía para una distancia dada, mayor es la productividad del trabajo, y viceversa.

martes, 17 de agosto de 2021

¿Qué es necesario comprender para superar la «etapa de círculos y dispersión»?

«La unidad en cuestiones de programa y en cuestiones de táctica es una condición indispensable, pero aún insuficiente para la unificación del partido, para la centralización del trabajo del partido –¡Dios santo, qué cosas elementales hay que masticar en estos tiempos en que todas las nociones se han confundido!–. Mientras no hemos tenido unidad en las cuestiones fundamentales de programa y de táctica, decíamos sin rodeos que vivíamos en una época de dispersión y de círculos, declarábamos francamente que antes de unificarnos teníamos que deslindar los campos; ni hablábamos siquiera de formas de organización conjunta, sino que tratábamos exclusivamente de las nuevas cuestiones –entonces realmente nuevas– de la lucha contra el oportunismo en materia de programa y de táctica. Ahora, esta lucha, según todos reconocemos, ha asegurado ya suficiente unidad, formulada en el programa del partido y en las resoluciones del partido sobre la táctica; ahora tenemos que dar el paso siguiente y, de común acuerdo, lo hemos dado: hemos elaborado las formas de una organización única en la que se funden todos los círculos. ¡Se nos ha arrastrado ahora hacia atrás, destruyendo a medias estas formas, se nos ha arrastrado hacia una conducta anarquista, hacia una fraseología anarquista. (...) De lo que se trata es de saber si nuestra lucha ideológica revestirá formas más elevadas, las formas de una organización del partido obligatoria para todos, o las formas de la antigua dispersión y de la antigua desarticulación en círculos. Se nos ha arrastrado hacia atrás, apartándonos de formas más elevadas, hacia formas más primitivas, y se justifica esto afirmando que la lucha ideológica es un proceso y las formas son sólo formas. (...) El marxismo, como ideología del proletariado instruido por el capitalismo, ha enseñado y enseña a los intelectuales vacilantes la diferencia que existe entre el factor de explotación de la fábrica –disciplina fundada en el miedo a la muerte por hambre– y su factor organizador –disciplina fundada en el trabajo en común, unificado por las condiciones en que se realiza la producción, altamente desarrollada desde el punto de vista técnico–. La disciplina y la organización, que tan difícilmente adquiere el intelectual burgués, son asimiladas con singular facilidad por el proletariado, gracias precisamente a esta «escuela» de la fábrica. El miedo mortal a esta escuela, la completa incomprensión de su valor organizador, caracterizan precisamente los métodos del pensamiento que reflejan las condiciones de vida pequeñoburguesas, a las que debe su origen el tipo de anarquismo que los [marxistas] alemanes llaman «edelanarchismus», es decir, anarquismo del señor «distinguido», anarquismo señorial, diría yo. Este anarquismo señorial es algo muy peculiar del nihilista ruso. La organización del partido se le antoja una «fábrica» monstruosa; la sumisión de la parte al todo y de la minoría a la mayoría le parece un «avasallamiento» –véanse los folletos de Axelrod–; la división del trabajo bajo la dirección de un organismo central hace proferir alaridos tragicómicos contra la transformación de los hombres en «ruedas y tornillos» de un mecanismo –y entre estas transformaciones, la que juzga más espantosa es la de los redactores en simples periodistas–, la mención de los estatutos de organización del partido suscita en él un gesto de desprecio y la desdeñosa obstinación –dirigida a los «formalistas»– de que se podría vivir sin estatutos. (...) ¿Por qué no necesitábamos antes los estatutos? Porque el partido se componía de círculos aislados, no enlazados entre sí por ningún nexo orgánico El pasar de un círculo a otro era simplemente cuestión de la «buena voluntad» de este o el otro individuo, que no tenía ante sí ninguna expresión netamente definida de la voluntad del todo. Las cuestiones en litigio, en el seno de los círculos, no se resolvían según unos estatutos, «sino luchando y amenazando con marcharse»: esto es lo que decía yo en la «Carta a un camarada» (1902) fundándome en la experiencia de una serie de círculos en general, y en particular en la de nuestro grupo de seis que constituíamos la redacción. En la época de los círculos, tal fenómeno era natural e inevitable, pero a nadie se le ocurría elogiarlo ni hacer de ello un ideal: todos se quejaban de semejante dispersión, todo el mundo sufría a causa de ella y ansiaba la fusión de los círculos dispersos en una organización de partido con una forma definida. Y ahora, cuando esta fusión ha tenido lugar, se nos arrastra hacia atrás. (...) No se precisaba ni era posible revestir de una forma definida el nexo existente en el interior de un círculo, o entre los círculos, porque dicho nexo estaba basado en un compadrazgo o en una «confianza» incontrolada y no motivada. El nexo del Partido no puede ni debe descansar ni en el uno ni en la otra; es indispensable basarlo precisamente en unos estatutos formales, redactados». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Un paso hacia adelante dos hacia atrás, 1904)

Anotaciones de Bitácora (M-L):

«Y no es que los estatutos sean inútiles por el mero hecho de que el trabajo revolucionario no siempre admita ser reglamentado. No, la reglamentación es necesaria y debemos esforzarnos por dar forma, en la medida de lo posible, a toda la labor. La reglamentación es admisible en proporciones mucho mayores de lo que generalmente se piensa, pero no se alcanzará mediante estatutos, sino única y exclusivamente –no nos cansamos de repetirlo– mediante el envío de informes precisos al centro del partido: sólo entonces serán reglamentaciones efectivas, enlazadas con una responsabilidad y una publicidad –dentro del partido– reales. Porque ¿quién de nosotros ignora que en nuestras organizaciones los conflictos y discrepancias serios, de hecho, no se resuelven nunca por votación «de acuerdo con los estatutos», sino por la lucha y mediante amenazas de «retirarse»? De estas pugnas internas está llena la historia de la mayoría de nuestros comités en los últimos tres o cuatro años de vida del partido. Es muy deplorable que no se haya registrado esa lucha: hubiera sido mucho más aleccionadora para el partido y aportado mucho más a la experiencia de nuestros sucesores. Pero tal reglamentación, beneficiosa y necesaria, no se logra con estatutos, sino exclusivamente por medio de la publicidad dentro del partido. (...) Sólo cuando hayamos aprendido a aprovechar ampliamente esta publicidad, podremos sacar en efecto experiencia del funcionamiento de unas u otras organizaciones, sólo sobre la base de esa amplia experiencia, atesorada a lo largo de muchos años, se podrá elaborar estatutos que no sean papel mojado». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a un camarada acerca de nuestras tareas de organización, 1902)

viernes, 13 de agosto de 2021

La época de las «desapariciones» no empezó con Videla, sino con Perón; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Durante los últimos tres años, más de 2.000 argentinos han muerto como resultado de la violencia política. El mayor número de estas muertes fueron causadas por terroristas de izquierda y derecha. Los terroristas de izquierda en particular hicieron de la policía, los oficiales del ejército y otros funcionarios del gobierno uno de sus principales objetivos. Los terroristas de derecha, en cambio, han dirigido su fuego contra estudiantes de izquierda, dirigentes sindicales, congresistas y personas simpatizantes de las causas de izquierda en general. Del lado del gobierno, hay evidencia que indica que, frente a la violencia subversiva a gran escala, la policía y los oficiales del ejército han recurrido en ocasiones a ejecuciones extralegales, detenciones y encarcelamientos durante largos períodos y torturas a presuntos terroristas. (...) En cuanto a la libertad de expresión, el gobierno federal ha cerrado en los últimos tres años casi una veintena de publicaciones de extrema izquierda y derecha del espectro político». (CIA; Aerograma A-32 de la Embajada en Argentina al Departamento de Estado, Buenos Aires, 9 de marzo de 1976)

El gobierno peronista, en sus distintos mandatos, ya practicaba las desapariciones con todo aquel que se dijera comunista o mínimamente contrario a sus postulados. Véase el «caso Bravo», referido a Ernesto Mario Bravo, quién fue secuestrado y torturado en 1951; el caso de Juan Ingalinella, secuestrado y asesinado en 1955, o el abogado comunista Guillermo Kehoe, tiroteado por las bandas peronistas en 1964. En el primer gobierno peronista ya existía la llamada «Sección Especial», un cuerpo encargado de la represión concreta del comunismo, como orgullosamente proclamaban en sus discursos. Las campañas de propaganda anticomunista no tenían nada que envidiar a las del maccarthysmo en EEUU o a las del franquismo en España. Recomendamos el visionado de los vídeos anticomunistas de la época peronista recogidos en el documental de Eduardo Meilij: «Permiso para pensar» de 1989.

martes, 10 de agosto de 2021

Heinrich Heine sobre la esencia del arte del cristiano

«Las artes recitativas, espiritualistas por naturaleza, pudieran florecer bastante bien bajo la sombra del cristianismo. Menos ventajosa fue esta religión para las artes plásticas. Porque allí también se vieron obligadas a representar la victoria del espíritu sobre la materia y, sin embargo, debieron utilizar precisamente esta materia como medio de su representación; tuvieron que resolver, por así decirlo, una tarea antinatural. Por eso aquellos temas repulsivos en la escultura y en la pintura: imágenes de mártires, crucifixiones, santos agonizantes, mutilación de la carne. Esas mismas tareas fueron un martirio de la escultura, y cuando veo aquellas obras deformadas en las que cabezas devotamente inclinadas, brazos largos y delgados, piernas magras y escrupulosos y rústicos ropajes eran utilizados para representar la abstinencia cristiana y el ascetismo sensorial, me embarga una compasión indecible por los artistas de aquel tiempo. (...) A decir verdad, cuando contemplamos alguna colección de pinturas y no vemos representadas más que escenas sangrientas, flagelaciones y ejecuciones, tenemos la impresión de que los antiguos maestros pintaron estas imágenes para la galería de un verdugo. Pero el genio sabe transfigurar incluso lo antinatural; muchos pintores lograron  resolver con belleza y elevación la tarea antinatural; y particularmente los italianos supieron honrar la belleza un poco a costa del espiritualismo, y elevarse hasta aquella idealidad que alcanzó su florecimiento en tantas representaciones de la Virgen. La clerecía católica siempre ha hecho algunas concesiones cuando se trataba de la Virgen. Esta imagen de una belleza inmaculada, transfigurada por el dolor y el amor maternal, tuvo el privilegio de ser celebrada por poetas y pintores y adornada, además, con todo el atractivo sensual. Porque esta imagen era un imán que podía atraer a la gran muchedumbre hacia el regazo del cristianismo. La Virgen María fue, por así decirlo, la «bella dame du comptoir» de la Iglesia Católica, que con su sonrisa celestial atrajo y retuvo a sus clientes, especialmente a los bárbaros del Norte. La arquitectura tiene en la Edad Media el mismo carácter que las obras de artes, porque en ese entonces todas las manifestaciones de la vida armonizaban entre sí del modo más extraordinario. Aquí, en la arquitectura,  se revela la misma tendencia a la parábola que en la poesía. Cuando ahora entramos en una catedral antigua, apenas percibimos ya el sentido esotérico de su pétrea simbología. Sólo la impresión de conjunto penetra de inmediato en nuestro estado de ánimo. Sentimos la elevación del espíritu y el aplastamiento de la carne. El propio interior de la catedral forma una cruz hueca, y deambulamos allí en el interior del instrumento del martirio; las coloridas ventanas arrojan sobre nosotros sus luces rojas y verdes, como gotas de sangre y pus; cantos fúnebres gimotean a nuestro alrededor; bajo nuestros pies, sepulcros y descomposición». (Heinrich Heine; La escuela romántica, 1833)

jueves, 5 de agosto de 2021

Cuando la izquierda condena la tecnología y el progreso es igual o más reaccionaria que la derecha; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«En el desarrollo de las fuerzas productivas, se llega a una fase en la que surgen fuerzas productivas y medios de intercambio que, bajo las relaciones existentes, sólo pueden ser fuente de males, que no son ya tales fuerzas de producción, sino más bien fuerzas de destrucción –maquinaria y dinero–». (Karl Marx; El capital, Tomo III, 1894)

¿Podemos concluir que la tecnología y el progreso son sinónimos de «deshumanización»? La respuesta corta es un rotundo no. Las condiciones sociales cambian, por tanto, actualmente no puede ser más «humano» comer solo vegetales o leer libros sólo en formato papel, que manejar un iPhone o pilotar una nave espacial, esto no debería ser difícil de comprender en principio, aunque para cierta gente sea una polémica a discutir. El problema no puede ser nunca el desarrollo de las fuerzas productivas, que precisamente el capitalismo hereda y desarrolla a partir de los mejores conocimientos y esfuerzos de la humanidad, sino las relaciones de producción que rigen el entramado económico y social, la distribución de los productos ligados a ella; todo lo demás es palabrería en manos de un ignorante o de un cínico. 

O si se quiere, explicado desde otro punto de vista, la deshumanización del sujeto en el capitalismo no es a causa de los avances tecnológicos –como muchos hippies y ácratas mantienen–, sino de un uso privativo y especulativo de dichos avances –solo hay que verlo en campos como la industria farmacéutica o alimentaria–. Recapitulando, el nudo gordiano está entonces, damas y caballeros, en la propiedad privada de los medios de producción que existe en este sistema, el mismo que mercantiliza sin escrúpulos la salud o los alimentos, algo que, bajo las leyes del capitalismo, como la ley del valor, es del todo normal y solo puede conducir al atolladero que conocemos: ricos y pobres, privilegiados de esas innovaciones y parias que jamás llegarán a disfrutar de esos avances. 

En «Late Motiv», el programa nocturno del Andreu Buenafuente, tenemos un buen ejemplo de estas peligrosas nociones. Para quien no lo conozca, este es el programa idóneo para todo ser de «izquierdas» que, aunque sumamente aburguesado, quiere hacer parecer que no es parte del problema y sentirse moralmente superior a la «patética derecha». Pero resulta que a veces, y sin ser nada consciente, este «hombre de izquierdas» actúa como el más rancio conservador. En este programa se tuvo como invitado al excéntrico «humorista», escritor y crítico televisivo Bob Pop, quien realizaba una «demoledora crítica» al consumismo capitalista, echándole la culpa, cómo no, al trabajador medio, a lo que en España se le denomina popularmente como el «currito»:

«Bob Pop: Tengo la teoría de que hay ricos porque los pobres somos unos vagos. (…) Hay ricos porque nos da pereza hacer la revolución comunista, porque nos da pereza. Porque hemos hecho una cosa terrible, hemos pasado de comprar en el mercado a ir al supermercado. Nosotros tenemos la culpa de la concentración actual de la riqueza. Si lo piensas antes íbamos al mercado y comprábamos cada cosa en un puesto diferente con lo cual ayudábamos a que señores distintos de ese mercado con sus puestos tuviera una vivienda digna, pero no se forraban, no tenían un monopolio. ¿Ahora qué pasa? Ahora vamos al supermercado y compramos todo en un solo sitio… y claro se forran, por nuestra culpa. (…) Lo que pasa es que estamos muy cansadas, porque el capitalismo actual es la tormenta perfecta, nos han empujado a la precariedad, a las horas extras sin cobrarlas, horarios imposibles y nos han quitado la posibilidad de tener una vida donde poder ir al mercado tranquilamente y elegir en cada puesto cosas diferentes. (…) Les hemos hecho millonarios con nuestras miserias y encima se lo tenemos que agradecer porque es más cómodo. (…) Todo esto es culpa de los pobres que hemos sido muy vagos, pero, ¿qué hacemos? ¿Boicoteamos a los ricos? ¿Dejamos de comprar low cost en días festivos, dejamos de consumir? No podemos, Andreu, porque parte de ese dinero de nuestro consumo sirve para que los ricos se forren y parte de su fortuna vaya a fundaciones benéficas, nosotros también tenemos el bien consumiendo, dotan de bienes a la sanidad pública, dan donaciones al tercer mundo. Porque los ricos pagar impuestos lo menos que puedan, pero caridad hacen un rato (…) ¿Tú sabes qué tienen los ricos que no tenemos nosotros? Conciencia de clase». (Spanish Revolution; ¿Tú sabes lo que tienen los ricos que no tenemos nosotros?, 4 de julio de 2021)

jueves, 29 de julio de 2021

¿Sabrías cuáles son las diferencias entre el sentido y el significado de las palabras?


«Paulhan ha prestado un gran servicio al análisis psicológico del lenguaje al introducir la distinción entre el sentido de la palabra y su significado. Para Paulhan, el sentido de la palabra es la suma de todos los sucesos psicológicos evocados en nuestra conciencia gracias a la palabra. Por consiguiente, el sentido de la palabra es siempre una formación dinámica, variable y compleja que tiene varias zonas de estabilidad diferente. El significado es solo una de esas zonas del sentido, la más estable, coherente y precisa. La palabra adquiere su sentido en su contexto y, como es sabido, cambia de sentido en contextos diferentes. Por el contrario, el significado permanece invariable y estable en todos los cambios de sentido de la palabra en los distintos contextos. Las variaciones del sentido representan el factor principal en el análisis semántico del lenguaje. El significado real de la palabra no es constante. En una operación la palabra actúa con un significado y en otra adquiere un significado distinto. El dinamismo del significado es el que nos lleva al problema de Paulhan, a la cuestión de la relación entre el significado y el sentido. La palabra en su singularidad solo tiene un significado. Pero este significado no es más que una potencia que se realiza en el lenguaje vivo y en el cual dicho significado es tan solo una piedra en el edificio construido. (...) La palabra está inserta en un contexto del cual toma su contenido intelectual y afectivo, se impregna de ese contenido y pasa a significar más o menos de lo que significa aisladamente y fuera del contexto: más, porque se amplía su repertorio de significados, adquiriendo nuevas áreas de contenido; menos, porque el contexto en cuestión limita y concreta su significado abstracto. El sentido de la palabra, dice Paulhan, es un fenómeno complejo y móvil que, en cierta medida, cambia constantemente de unas consciencias a otras y de unas situaciones a otras para la misma consciencia. En este aspecto, el sentido de la palabra es ilimitado. La palabra cobra sentido en el contexto de la frase, pero la frase lo toma a su vez del contexto del párrafo, el párrafo lo debe al contexto del libro y el libro lo adquiere en el contexto de toda la creación del autor. El verdadero sentido de cada palabra está determinado, en definitiva, por la abundancia de elementos existentes en la conciencia referidos a lo expresado por la palabra en cuestión. Según Paulham, el sentido de la Tierra está en el Sistema Solar, que complementa la idea de la Tierra; el Sistema Solar tiene sentido en la Vía Láctea y el sentido de la Vía Láctea..., todo lo cual quiere decir que nunca abarcamos el sentido completo de las cosas y, por consiguiente, tampoco el sentido completo de las palabras. La palabra es una fuente inagotable de nuevos problemas, su sentido nunca está acabado. En definitiva, el sentido de las palabras depende conjuntamente de la interpretación del mundo de cada cual y de la estructura interna de la personalidad. Pero el mérito principal de Paulhan consiste en haber analizado las relaciones entre el sentido y la palabra y en haber sido capaz de demostrar que entre el sentido y la palabra las relaciones son mucho más independientes entre sí que entre el significado y la palabra. Las palabras pueden disociarse de su sentido. Desde hace tiempo se sabe que las palabras pueden cambiar de sentido. Más recientemente se ha observado que es también necesario estudiar cómo el sentido puede modificar las palabras, o, mejor dicho, cómo los conceptos cambian de nombre. (...) El sentido puede separarse de la palabra que lo expresa con la misma facilidad con que pueden sumarse a cualquier otra. (...) Por eso sucede que podemos sustituir una palabra por otra sin alterar el sentido. El sentido se separa de la palabra y de ese modo se conserva. Pero la palabra puede existir sin sentido, así como el sentido puede existir sin palabras. (...) En «Infancia, adolescencia y juventud» y en otras obras suyas, Tolstoi relata cómo entre personas que conviven, las palabras adquieren fácilmente significados convencionales, se desarrolla un dialecto especial, una jerga solo comprensible para quienes han participado en su creación. (...) En determinadas condiciones, las palabras modifican su sentido y significado habituales y adoptan un significado especial proporcionado por las condiciones específicas de su aparición». (Lev Vygotsky; Pensamiento y lenguaje, 1934)

jueves, 22 de julio de 2021

El romanticismo y su influencia mística e irracionalista en la «izquierda»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

Somos conscientes que parte de esta exposición excede lo necesario para la refutación del mariateguismo, y aunque este apartado será de una considerable extensión, todo ello lo consideramos sumamente necesario para comprender por completo lo que vendrá a continuación en los apartados económico, artístico o histórico sobre un neorromántico empedernido como fue Mariátegui, funciones que serán abordadas en los siguientes capítulos. Apelamos, pues, a la paciencia del lector, aunque bien es cierto que podrá ir comprobando poco a poco la importante relación que hay entre este apartado y los siguientes. Estudiar la mitomanía, el irracionalismo o el misticismo de la «izquierda», se diga esta «política», «filosófica» o «cultural», tiene toda la actualidad. Véase por ejemplo nuestro análisis previo sobre el fenómeno del «posmodernismo», donde ya notamos que en su origen filosófico tomaron parte activa todas estas tendencias, por lo que consideramos este capítulo filosófico como un añadido al mismo. Véase el capítulo: «Instituciones, ciencia y posmodernismo» de 2021.

¿Cómo computamos la historia de la filosofía?

«Los elementos intermedios y los charlatanes conciliadores, cualquiera que sea su rótulo, ya se trate de espiritualistas, de sensualistas, de realistas, etc., etc., en su camino caen bien en una o bien en otra corriente. Nosotros exigimos decisión, queremos claridad. (…) Toda la lucha contra Dühring la llevó a cabo Engels por entero bajo el lema de la aplicación consecuente del materialismo, acusando al materialista Dühring de enturbiar la esencia de la cuestión con palabras, de cultivar la verborrea, de usar unas formas de razonar que implican una concesión al idealismo, el paso a las posiciones del idealismo. O el materialismo consecuente hasta el fin, o las mentiras y la confusión del idealismo filosófico. (…) No se puede por menos de ver la lucha de los partidos en la filosofía, lucha que expresa, en última instancia, las tendencias y la ideología de las clases enemigas dentro de la sociedad contemporánea. La novísima filosofía está tan penetrada del espíritu de partido como la filosofía de hace dos mil años». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

Como se podrá ir comprobando durante toda la exposición que veremos más adelante, las ideas de la Revolución Francesa (1789) fueron la piedra de toque entre los pensadores del siglo XIX, un cambio de paradigma que no dejaba indiferente a nadie, pues no hay término medio: o bien causaba una gran admiración o bien una enorme repulsa. Y bien, ¿cuál fue el cómputo general de este evento histórico para los revolucionarios del siglo XX? En Rusia los bolcheviques proclamaban que:

«La filosofía del marxismo es el materialismo. A lo largo de toda la historia moderna de Europa, y especialmente a fines del siglo XVIII, en Francia, donde se libró la batalla decisiva contra toda la morralla medieval, contra la servidumbre en las instituciones y en las ideas, el materialismo se acreditó como la única filosofía consecuente, fiel a todas las teorías de las ciencias naturales, hostil a la superstición, a la beatería, &c. Por eso los enemigos de la democracia intentaban con todas sus fuerzas «refutar», minar, calumniar el materialismo, y defendían diversas formas del idealismo filosófico, que conduce siempre, de un modo o de otro, a la defensa o al apoyo de la religión, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, 1913)

No pocas veces se han alzado interrogantes tipo: «¿Se puede afirmar que los marxistas son los legítimos sucesores de los racionalistas, los ilustrados o cualquier otro movimiento anterior que adujese la razón como su guía?». Otros se preguntarán lo mismo, pero sustituyendo la razón por la «observación». Centrándonos en estos últimos siglos de la Edad Moderna, es obvio que el materialismo histórico y dialéctico, las herramientas filosóficas del socialismo científico compilado por Marx y Engels, siempre han reconocido el trabajo que en su día hizo el racionalismo de Leibniz, Spinoza o Descartes, el empirismo de Bacon, Condillac, Locke o Hobbes, y por encima de todos ellos, destacando el legado de pensadores como Diderot, Helvétius o Holbach, autores tan profundamente materialistas como todavía metafísicos. 

Claro está que en su momento todos contribuyeron con su imprescindible labor en varios campos específicos –no solo en la filosofía sino también en las diversas ciencias– para rescatar o hacer avanzar el conocimiento humano científico. Plantaron cara al oscurantismo general de aquel entonces, pero en parte también contribuyeron a seguir manteniendo otros prejuicios que debían finalizar –unas veces influyó más la ignorancia generalizada en el ambiente de su tiempo y en otras fue decisivo el empecinamiento personal de los autores–. No por casualidad en la «La sagrada familia» (1845), el primer trabajo conjunto de Marx y Engels, ambos autores rinden homenaje a varias de estas figuras destacadas de los siglos XVII-XVIII sin que ello suponga dejar de mostrar sus limitaciones. También en la obra de Gueorgui Plejánov «La concepción monista de la historia» (1895) tenemos una magnífica investigación sobre esto exponiendo las descabelladas teorías que por aquel entonces permeaban entre los reformadores sociales y los pensadores bienintencionados. Aquí se daba un repaso nítido tanto a las ideas de los materialistas del siglo XVIII como a los socialistas utópicos del siglo XIX, que si bien no fueron las únicas tendencias, sí las más recordadas y transcendentes. Por último, podríamos citar la obra de M. Shirokov: «Libro de texto sobre filosofía marxista» (1937) o la del Prof. A. V. Scheglov y un grupo de catedráticos de la Academia de la Ciencias de la URSS: «Historia de la filosofía; De Sócrates a Scheler» (1942). En ambas encontraremos conclusiones similares. Para no extendernos con más referencias, resumiremos con un extracto de la fina pluma de Antonio Labriola la enorme línea de diferenciación que siempre ha existido entre estos autores y los padrinos del socialismo científico. De esta forma captaremos cuán incompatibles son ambas visiones en infinitas cuestiones de enjundia –los corchetes son nuestros–:

«Otra cosa se necesitaba para penetrar las razones efectivas de la relatividad del progreso. Se necesitaba ante todo renunciar a aquellos prejuicios implícitos en la creencia de que los obstáculos a la uniformidad del devenir humano descansan exclusivamente sobre causas naturales e inmediatas [geografía]. (…) Los consecutivos impedimentos a la uniformidad del progreso han de buscarse en las condiciones propias e intrínsecas de la misma estructura social. (…) Es siempre, por diferentes que sean sus formas y modos, la oposición de la ciudad y del campo, del artesano y del campesino del proletario y del patrono, del capitalista y del trabajador, y así hasta lo infinito, y va siempre a parar en una jerarquía, tanto si es el privilegio fijo de la Edad Media, como si con las distintas formas del derecho presunto igual para todos se revela en la acción automática de la competencia económica. (…) A esta jerarquía económica corresponde de modo vario un los diferentes países, tiempos y lugares, una: estoy por decir, jerarquía de los ánimos, de los intelectos, de los espíritus. Esto equivale a decir que la cultura, en la cual precisamente los Idealistas sitúan la suma del progreso, estuvo y está por necesidad de hecho bastante desigualmente distribuida. La mayor parte de los hombres, por la cualidad de sus ocupaciones, son así como individuos desintegrados, incapaces de un desarrollo completo y normal. A la económica de las clases y a la jerarquía de las situaciones, corresponde la psicología de las clases. La relatividad del progreso es, pues, para nosotros, la consecuencia inevitable de las antítesis de clase. (...) El progreso fue y es aún parcial y unilateral. Las minorías que salen beneficiadas sostienen que esto es el progreso humano, y los soberbiosos evolucionistas llaman a esto naturaleza humana que se desarrolla. Todo este progreso parcial, que basta el presente se ha desarrollado en la presión de hombres sobre los hombres, tiene su fundamento en las condiciones de oposición por la cual las antítesis económicas han engendrado todas las antítesis sociales, y de la relativa libertad de algunos ha nacido la servidumbre de muchísimos, y el derecho ha sido protector de la injusticia». (Antonio Labriola; Del materialismo histórico, 1896) 

domingo, 18 de julio de 2021

Las causas de la derrota de la Guerra Civil (1936-1939); Partido Comunista de España (marxista-leninista), 1986

El presente texto se puede decir que tiene su base en otra la obra del Partido Comunista de España (marxista-leninista): «La guerra revolucionaria del pueblo español contra el fascismo» (1975). La parte que hoy traemos corresponde a uno de los dos fragmentos publicados en el órgano de expresión «Vanguardia Obrera» durante el año 1986; uno de ellos analizaba los condiciones internos y el otro los externos de esta guerra civil iniciada el 18 de julio de 1936. 

El documento:

«Con la guerra civil y todo lo que la misma representó, es también necesario hacer un análisis crítico desde el punto de vista de la clase obrera y el pueblo, que nos permita estudiar y sintetizar sus aciertos y sus fracasos, sus victorias y sus errores y que nos permita componer las causas fundamentales por las que fueron derrotadas las fuerzas populares. Algunos de esos errores han sido mencionados en los anteriores capítulos. De lo que ahora se trata es de hacer una panorámica general de las causas de la derrota.

Los errores fueron tanto políticos como militares, si bien aparecen ligados. Aunque por razones de espacio y claridad, podemos sintetizar los fundamentales.

Principales causas políticas generales

–La guerra y el Frente Popular estuvieron dirigidos, en lo fundamental, por la media y la pequeña burguesía, y no por la clase obrera y su partido. Las diversas capas de la burguesía y sus correspondientes partidos se caracterizaron por su ambigüedad, sus vacilaciones y su gran temor a la clase obrera. Esto condicionó todo lo demás. No bastó en efecto, con desarrollar con elevada combatividad y entusiasmo la lucha, sino que para poder llevar ésta a buen puerto era necesario también que la clase obrera y su partido asumieran la dirección de la misma, más cuando la guerra civil al ocurrir en la época de las revoluciones proletarias iniciada con la Revolución de Octubre de 1917 se inscribía y formaba parte de la revolución socialista mundial.

–Las propias contradicciones y la división en el seno de las fuerzas populares y republicanas que no se pudieron, o no se supieron resolver correctamente, lo cual llevó a continuos enfrentamientos políticos entre las organizaciones del Frente Popular, e incluso provocaron enfrentamientos armados entre ellas.

–El pesimismo y el espíritu de claudicación que se manifestaron sobre todo durante la etapa final de la guerra y desde la pérdida de Cataluña entre diversos factores burgueses derrotistas del lado republicano, comenzando por el propio Manuel Azaña, Indalecio Prieto, Julián Besteiro, el General José Miaja, etc., lo cual llevó a minar progresivamente el espíritu de resistencia de la población y del mismo ejército republicano y facilitó el golpe traicionero de Segismundo Casado en 1939 [1].

–Las ilusiones que el Gobierno, las organizaciones del Frente Popular, incluso el mismo Partido Comunista de España (PCE) hicieron concebir a las masas de conseguir la victoria y la paz rápidamente. Al no llegar ésta, los sectores menos politizados y más vacilantes, se desilusionaron, perdieron firmeza y se cansaron de la lucha, posibilitando las condiciones para la derrota.

Principales causas militares

Son numerosos los errores estratégicos y tácticos que condujeron a la derrota de las fuerzas populares. Fueron también numerosos los problemas que no se supieron enfocar y no se resolvieron correctamente, tales como la cuestión de los cuadros de mando, no construir cuerpos de reserva para el Ejército, solucionar los problemas de logística armamento, industria de guerra, transporte, etc.–, despreciar los problemas de información fidedigna sobre el campo enemigo mientras los fascistas sí que la tuvieron del campo republicano, no tomar medidas para continuar la guerra en otras formas, etc. La lista seria demasiado larga. Por ello vamos a centrarnos en tres cuestiones:

–Una guerra con las características que tuvo la nuestra no podía, no debía, al menos en sus planteamientos generales iniciales, ser un tipo de guerra clásico para las fuerzas del pueblo. El tipo de guerra de posiciones, de trincheras, daba superioridad al Ejército enemigo, al estar éste mejor armado, entrenado y organizado para ello, tal como se demostró. El hecho de que en Madrid se pudo resistir no significaba que eso se debiera hacer en todo momento, pues en Madrid se daba una situación particular y era al excepción que confirmaba la regla. La guerra que debían llevar a cabo las fuerzas populares era, ante todo, una guerra de movimientos combinada con la acción en la retaguardia del enemigo [2]. Sin embargo, el Ejército republicano, dirigido por militares profesionales de formación tradicional, utilizó en lo esencial la guerra de posiciones, la guerra de desgaste, que ya sabemos qué resultados nos dio.

jueves, 8 de julio de 2021

¿Revitalizó Sorel el marxismo como proclamó Mariátegui?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

¿Cuál fue para José Carlos Mariátegui la fuente de la revitalización del marxismo en el siglo XX? Atentos, porque no tiene desperdicio:

«Georges Sorel, tan influyente en la formación espiritual de Lenin, ilustró el movimiento revolucionario socialista –con un talento que Henri de Man seguramente ignora, aunque en su volumen omita toda cita del autor de «Reflexiones sobre la violencia»– a la luz de la filosofía bergsoniana, continuando a Marx». (...) Vitalismo, activismo, pragmatismo, relativismo, ninguna de estas corrientes filosóficas, en lo que podían aportar a la Revolución, han quedado al margen del movimiento intelectual marxista. (…) A través de Sorel, el marxismo asimila los elementos y adquisiciones sustanciales de las corrientes filosóficas posteriores a Marx. Superando las bases racionalistas y positivistas del socialismo de su época». (José Carlos Mariátegui; En defensa del marxismo, 1928)

El autor peruano ignoraba u ocultaba que Sorel fue el precursor del «sindicalismo revolucionario», ideología que tanto influenciaría a las huestes anarquistas y fascistas por su violencia, vitalismo y pensamiento irracional. En sus escritos, el francés simpatizaba con la religión, se declaraba favorable a la «intuición» de filósofos idealistas como Bergson y la «moralidad» de reformistas como Proudhon. De hecho, dedicaría varias obras atacando los fundamentos del socialismo científico de Marx y Engels. 

En 1908, Lenin, jefe de los marxistas rusos, calificó a Sorel como un mero charlatán:

«Se equivoca usted, señor Poincaré: sus obras prueban que hay personas que no pueden pensar más que contrasentidos. Una de ellas es Georges Sorel, confusionista bien conocido». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

En cambio, para el señor Mariátegui, fueron Sorel y el resto de escuelas idealistas irracionales... ¡quienes revitalizaron el marxismo y al propio Lenin! 

Para muestra un botón: los estudiosos del fascismo español, como Julio Gil Pecharromán, reconocían que la obra de Georges Sorel: «Reflexiones sobre la violencia» (1908) fue absolutamente clave para la formación del ideario de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de Falange Española. Esto no es ningún secreto ya que dicha obra también formaba parte del plan de lecturas del líder fascista destinado a los falangistas de las prisiones de Madrid o Alicante. Véase la obra de Francisco Bravo Martínez: «Historia de FE-JONS» de 1940. 

Hasta el propio Benito Mussolini reconoció la influencia del pensamiento de Sorel en el fascismo:

«Reformismo, revolucionarismo, centrismo, incluso los mismos ecos de estos neologismos, se han debilitado, mientras que en el gran torrente del fascismo se encuentran las corrientes que nacen de Sorel, de Peguy, de Lagardelle, el del «movimiento socialista» y de las fuentes del sindicalismo italiano, que entre 1904 y 1914 aportaron una novedad en el ambiente socialista italiano». (Benito Mussolini; La doctrina del fascismo, 1932)

a) El contexto histórico-político que da luz al sorelismo es fruto de la bancarrota reformista

Bien, aunque comencemos desviándonos algo del tema central, la cuestión de Mariátegui, este ejercicio será necesario para profundizar sobre Sorel y conocer cuanto daño han hecho este tipo de nociones basadas en el practicismo ciego, siempre muy ducho en frases de alta sonoridad revolucionaria, pero de esencia más que discutible. Solo así podremos comprender hasta qué punto Mariátegui estaba promocionando la ideología soreliana, que como iremos comprobando, no solo era absolutamente incompatible con el marxismo, sino abiertamente antagónica a ella.

Pero, para empezar, ¿cómo surge el «sorelismo» en Francia y por qué influye a posteriori a tantas corrientes reaccionarias? Uno de los principales motivos es que Georges Sorel buscaba «limpiar su cabeza» de los «dogmas saint-simonianos y positivistas». Más tarde, sabedor de las osadías que en su momento cometió el socialismo utópico y la sociología burguesa para intentar «hacer ciencia» –por medio de sus fórmulas infantiles y sus metodologías rudimentarias–, intentará justificar su acercamiento a la «filosofía de la intuición», capitaneada por su estimado compatriota Henri Bergson. 

Pero esta frustración hacia los movimientos y filosofías precedentes no termina ahí ni es su único motivo de «rebeldía» contra el «racionalismo», pues, aunque parezca un tópico, debemos tener en cuenta –entre otros motivos– la fuerza desmoralizadora que supuso para muchos como él la práctica de los partidos marxistas, quienes por aquellos entonces se denominaban de distintas formas: «socialdemócratas», «socialistas», «obreros», etc. A menudo él mismo reflexionó sobre la crisis que asolaba al movimiento marxista, que en aquel momento destinaba gran parte de sus energías a batir a sus enemigos internos, mientras otros parecían estar a un pie del abismo, en la delgada línea entre el marxismo y su revisión. Véase la obra de Sorel: «La polémica por la interpretación del marxismo: Bernstein y Kautsky» de 1900.