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viernes, 22 de mayo de 2026

¿Bajo qué condiciones pueden participar los revolucionarios en un gobierno provisional?

«El problema de la participación de la socialdemocracia en un gobierno provisional revolucionario ha adquirido actualidad, no tanto por la marcha de los acontecimientos como por las consideraciones teóricas hechas al respecto por socialdemócratas de cierta tendencia. Hemos analizado en dos artículos −núms. 13 y 14− las manifestaciones de Martínov, el primero que puso sobre el tapete este asunto. Pero parece que el interés por este problema es tan grande, y los malentendidos originados por las manifestaciones del citado autor −véase, en especial, el núm. 93 de Iskra− alcanzan proporciones tan tremendas, que es indispensable volver a ello. Sea cual fuere la opinión que les sugiera a los socialdemócratas la probabilidad de que en un futuro próximo tengamos que resolver este problema, y no sólo en teoría, en todo caso el partido necesita ver claro en cuanto a sus objetivos inmediatos. Si no se da una respuesta clara a esta pregunta, no será ya posible realizar una propaganda y una agitación coherentes y libres de vacilaciones u oscuridades.

Tratemos de reconstruir la esencia de la controversia. Si no deseamos sólo concesiones por parte de la autocracia, sino su efectivo derrocamiento, debemos proponernos la sustitución del gobierno zarista por un gobierno provisional revolucionario, que por una parte convoque una asamblea constituyente basada en el sufragio universal, igual, directo y secreto, y que por la otra se halle en condiciones de asegurar una libertad completa durante el período de elecciones. Pues bien, surge la pregunta de si es lícito que el Partido Obrero Socialdemócrata participe en un gobierno provisional revolucionario de este tipo. Este interrogante lo formularon por primera vez los representantes del ala oportunista de nuestro partido, en particular Martínov, antes del 9 de enero, y tanto él como Iskra se pronunciaron por la negativa. Martínov procuró llevar hasta el absurdo las concepciones de los socialdemócratas revolucionarios, a quienes intentó amedrentar con la perspectiva de que, en caso de organizar con eficacia la revolución y de asumir nuestro partido la dirección de la insurrección popular armada, nos veríamos obligados a participar en un gobierno provisional revolucionario. Y esta participación sería, según ellos, una inadmisible «toma del poder» una «vulgar actitud a lo Jaurès», intolerable en un partido socialdemócrata de clase.

Detengámonos en las argumentaciones de los partidarios de este concepto. Si entramos en el gobierno provisional, se nos dice, la socialdemocracia tendrá en sus manos el poder, y la socialdemocracia, como partido del proletariado, no puede tener en sus manos el poder sin tratar de poner en práctica nuestro programa máximo, es decir, sin tratar de llevar a cabo la revolución socialista. Ahora bien, si se lanzase a semejante empresa, sufriría inevitablemente, hoy, un descalabro, se desacreditaría y no haría más que favorecer a la reacción. Por consiguiente, debe considerarse inadmisible la participación de la socialdemocracia en un gobierno provisional revolucionario.

Esta argumentación se basa en un error: confunde la revolución democrática con la revolución socialista, la lucha por la república −incluyendo todo nuestro programa mínimo− con la lucha por el socialismo. En efecto, la socialdemocracia sólo conseguiría desacreditarse si se trazase como objetivo inmediato la revolución socialista. Pero la socialdemocracia ha luchado siempre precisamente contra estas ideas oscuras y confusas de nuestros «socialistas revolucionarios». Por ello insistió siempre en el carácter burgués de la revolución inminente en Rusia, y por ello sostuvo la necesidad de distinguir en forma rigurosa entre el programa mínimo democrático y el programa máximo socialista. Algunos socialdemócratas, que se inclinan a ceder ante la espontaneidad, podrían olvidar todo esto en el curso de la revolución, pero el partido en su conjunto no lo olvida. Los partidarios de esta opinión errónea se prosternan ante la espontaneidad y creen que la marcha de las cosas obligará a la socialdemocracia, en semejante situación, a emprender la realización de la revolución socialista contra su voluntad. De ser así, nuestro programa sería falso, no correspondería a la «marcha de las cosas», y precisamente a esto le temen los adoradores de la espontaneidad; temen que nuestro programa sea falso. Pero sus temores −cuyo fondo psicológico hemos procurado analizar en nuestros artículos− no pueden ser más infundados. Nuestro programa es correcto. Y la marcha de las cosas se encargará de confirmarlo indefectiblemente, con tanta mayor fuerza cuanto más tiempo pase. La marcha de las cosas nos «impondrá» la imperiosa necesidad de luchar con tenacidad por la república y, en la práctica, orientará en esta dirección nuestras fuerzas, las fuerzas del proletariado políticamente activo. La marcha de las cosas nos impondrá de modo inevitable, en el curso de la revolución democrática, una muchedumbre tal de aliados procedentes del campo de la pequeña burguesía y el campesinado, y cuyas necesidades reales exigirán la realización del programa mínimo, que los temores de un paso demasiado apresurado al programa máximo resultan sencillamente ridículos.

sábado, 2 de mayo de 2026

Antonio Labriola sobre el Estado: «No es más que la ordenación positiva y forzada de un determinado dominio de clase»

«Exceptuando algunos momentos críticos en que las clases sociales, por extrema incapacidad para mantenerse en una condición de relativo equilibrio por adaptación, entran en una más o menos prolongada crisis de anarquía, y haciendo excepción de aquellos singulares catástrofes hacia las cuales se precipita todo un mundo, como cuando la caída del imperio romano de Occidente, o cuando la disolución del Califato; desde que tenemos memoria de historia escrita, el Estado aparece, no sólo como el ápice y como el vértice de la sociedad, sino como el regidor de ésta. El primer paso que el ingenuo pensamiento ha dado en orden tal de consideraciones, consiste en este enunciado: el regidor es el autor. 

Haciendo además abstracción de ciertos breves períodos de democracia ejercida con la viva conciencia de la soberanía popular, como sucedió en algunas ciudades griegas, y señaladamente de Atenas, y en algunas comunas italianas, de Florencia sobre todo −que eran, no obstante, de hombres libres, dueños de esclavos las primeras, y los segundos de ciudadanos privilegiados que explotaban al forastero y la campiña−, la sociedad regida por el Estado fue siempre de una mayoría en manos de una minoría. De modo que la mayoría de los hombres ha aparecido en la historia como una masa regida, gobernada, guiada, explotada y maltratada, o por lo menos, como una multicolor conglomeración de intereses que unos pocos individuos debían reglamentar, manteniendo en equilibrio las divergencias, por presión o por compensación.

De aquí la necesidad de un arte de gobernar, y como este arte es lo primero que se evidencia a los observadores de la vida colectiva, natural era que la política apareciese como autora del orden social y como el índice de la continuidad en la sucesión de las formas históricas. Quien dice política, dice actividad, que hasta cierto punto nos conduce con designio, es decir, hasta que los cálculos no chocan con ignoradas o inesperadas resistencias. Convertido el Estado, por lo que sugería la imperfecta experiencia, en autor de la sociedad, y la política en autora del orden social, era consiguiente que los históricos narradores o razonadores estuviesen inclinados a reponer lo esencial de la historia en el sucederse de las formas, de las instituciones y de las ideas políticas. No importaba al común raciocinio saber dónde se había originado el Estado y en donde se encontraba el fundamento de su perpetuación. Es sabido que los problemas de índole genésica surgen bastante tarde. Existe el Estado y encuentra su razón en su actual necesidad: y tan verdad es esto, que la fantasía no ha podido adaptarse a la idea de su desaparición, y ha podido adaptarse a la idea de su desaparición, y ha prolongado su existencia conjetural hasta los primeros orígenes del género humano. Dioses o semidioses y héroes fueron sus institutores, por lo menos en la mitología; como en la teología medieval, el Papa actúa de fuente prima, y por esto divina y perpetua, de toda autoridad. En nuestros tiempos actuales aún hay viajeros inexpertos y misioneros idiotas que en todas partes encuentran al Estado, allí donde, como entre los bárbaros y los salvajes, no es más que la gens, o la tribu de las gens, o la alianza de las gens.

martes, 3 de marzo de 2026

Lenin criticando la negativa izquierdista de Béla Kun de trabajar en los sindicatos


«Ciertamente he llegado en buen momento, en el momento del discurso de Bela Kun. He venido para combatir los puntos de vista de Bela Kun pues sé, con una total certeza, que si Bela Kun abre la boca es para defender a los izquierdistas. Y hubiese querido saber a quién iba a defender. Para el camarada Bela Kun el comunismo consiste en defender a los izquierdistas. Se equivoca. Hay que intervenir muy seriamente contra tal error. Hay que decir abiertamente que si todavía hay oportunistas en el Partido Comunista Francés (PCF) –y estoy seguro que los hay–, los izquierdistas cometen un error deseando mantenerse a la izquierda siguiendo el modelo de su amigo Bela Kun y de algunos camaradas franceses. El camarada Bela Kun considera que únicamente los oportunistas se equivocan pero, en realidad, los izquierdistas también se equivocan. (...) El camarada Bela Kun piensa que ser revolucionario significa defender a los izquierdistas dondequiera y en todo lugar. La preparación de la revolución en Francia, en uno de los países europeos más pujantes, no puede hacerse con cualquier partido.  La conquista de los sindicatos por los comunistas franceses, eso es lo que más me gusta. (...) Cuando miro el magnífico trabajo del PCF, cuando veo todas esas células formadas en los sindicatos y en otras organizaciones, digo: la victoria de la revolución está garantiza en Francia si los izquierdistas no hacen burradas. Y cuando se dice, como lo hace el camarada Bela Kun, que la sangre fría y la disciplina no están justificadas, eso es una burrada en el espíritu de los izquierdistas. He venido para decirles a los camaradas izquierdistas: si seguís tal consejo, mataréis al movimiento revolucionario como lo hizo Marat. No defiendo al PCF, no digo que sea un partido totalmente comunista. (...) Cuando las masas se aproximan a nosotros cada vez más, cuando avanzáis hacia la victoria, es necesario ganar los sindicatos. La mayoría de los sindicatos se prestarán magníficamente a la preparación, y si la obtenemos eso será una muy gran victoria. La democracia burguesa no vale ya nada y los sindicatos están hoy en día dominados por dirigentes burócratas de la Segunda Internacional y Media. En los sindicatos hay que conquistar en primer lugar una mayoría marxista sólida. Y entonces comenzaremos a hacer la revolución no a partir de los llamamientos del 1919 ni con la ayuda de las burradas de las que Bela Kun se ha hecho especialista sino con la lucha contra el oportunismo, contra las burradas que hacen los izquierdistas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Discurso al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, previo al III Congreso de la Internacional Comunista, 17 de junio de 1921)

Anotaciones de Bitácora (M-L):

jueves, 26 de febrero de 2026

¿Por qué no escribió Marx un libro donde resumiera desde la antigüedad hasta nuestros días, y examinara todos los campos? Plejánov responde a Mijailovski

«Pero, ¿por qué no escribió Marx un libro en el que expusiera, desde su punto de vista, toda la historia de la humanidad, desde la antigüedad hasta nuestros días, y examinara todos los campos del desarrollo económico, jurídico, religioso, filosófico, etc.?

El primer signo de todo intelecto culto, reside en saber formular preguntas, con el conocimiento previo de cuáles respuestas pueden y cuáles no pueden ser reclamadas de la ciencia contemporánea. Y, aquí vemos, que los adversarios de Marx, al parecer, no dan señales de poseer dicho signo, pese a sus títulos de extraordinarios, o a veces aun solamente de ordinaria cualidad. ¿Acaso creen que en la literatura biológica existe ya un libro en el que se expone toda la historia de los reinos animal y vegetal, desde el punto de vista de Darwin? Pregúntenlo a cualquier botánico o zoólogo, y, tras de reírse de la candidez infantil de ustedes, les contestará que, presentar toda la larga historia de las especies, desde el ángulo de miras de Darwin, constituye el ideal de la ciencia contemporánea, que aún no sabe cuándo lo alcanzará. Ahora, lo que se ha encontrado, es el punto de vista, merced al cual, solamente puede ser comprendida la historia de las especies. Otro tanto sucede también en la ciencia histórica contemporánea.

«¿En qué reside toda la labor de Darwin? −pregunta el señor Mijailovski−. Unas cuantas ideas de síntesis, vinculadas entre sí del modo más íntimo, que coronan todo un Mont Blanc de material práctico. ¿Dónde está la respectiva labor de Marx? No la hay. (...) Y no sólo que no hay un trabajo de esta índole de Marx, sino que tampoco lo hay en toda la literatura marxista, no obstante toda su extensión y difusión. (...) Los principios básicos mismos del materialismo económico, una multitud innumerable de veces repetidos como axiomas, hasta hoy día siguen no conectados entre sí y, prácticamente, no verificados; cosa que merece una atención -especial en la teoría, la que, en principio, se está apoyando en los hechos materiales, tangibles, y a la que se da, presentemente, el título de «científica». (Nikolái Konstantínovich Mijailovski; Literatura y vida, 1894)

Que los principios básicos mismos de la teoría del materialismo económico permanecen no conectados entre sí, es una mentira patente. No hace falta más que echar una lectura al «Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política» (1859), para ver hasta qué punto, armoniosa e íntimamente están vinculados entre sí. Que estos postulados no están verificados, tampoco es cierto: están verificados por medio del análisis de los fenómenos sociales, tanto en el libro «El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte» (1952) como en «El Capital» (1867), y, más aún, no, «especialmente», en el capítulo relativo a la acumulación originaria, como lo piensa el señor Mijailovski, sino decididamente, en todos los capítulos desde el primero hasta el último, Si esta teoría, a pesar de eso, no fue expuesta ni una sola vez en relación con «todo el Mont Blanc» del material práctico −lo que, a teoría de Darwin−, hay aquí una vez más un malentendido. Con ayuda del material práctico, involucrado, digamos, en el libro «El origen de las especies» (1859) se demuestra, principalmente, la variabilidad de las especies; en cambio, la historia de algunas especies por separado, Darwin la refiere solamente de paso y eso también tan sólo hipotéticamente. Por así decirlo, esta historia pudo haber marchado de esa manera, como pudo haber marchado ele modo distinto. Pero hay una sola cosa fuera de toda eluda, que hubo una historia, y que las especies habían variado. Ahora preguntaremos al señor Mijailovski si Marx tuvo necesidad de demostrar que la humanidad no permanece en el mismo lugar, que las formas sociales van cambiando y que las concepciones de les hombres van reemplazando unas a las otras. En una palabra, ¿hubo necesidad de probar la mutabilidad de este género de fenómenos? Por supuesto que no hubo necesidad, aun cuando, para demostrarlo, se pudo haber amontonado, fácilmente, toda una decena de «Mont Blanc de materiales prácticos». ¿Qué es lo que Marx tuvo que haber hecho? La historia precedente ele la ciencia social y de la filosofía social había acopiado «todo un Mont Blanc» de contradicciones, que requerían apremiantemente su solución. Marx, efectivamente, las solucionó con ayuda de una teoría, que al igual que la de Darwin, está integrada «por unas cuantas ideas de síntesis, vinculadas entre sí del modo más íntimo». Cuando aparecieron estas ideas, quedó  en evidencia que, con su ayuda, se resolvían todas las contradicciones que habían turbado a los anteriores pensadores. Marx no tuvo que haber amontonado montañas de material práctico, seleccionado por sus antecesores, sino, utilizando, entre otros, también ese material, emprender el estudio de la verdadera historia de la humanidad, desde el nuevo punto ele vista. Eso es lo que Marx hizo, al haber procedido al estudio de la historia de la época capitalista, y de esos estudios apareció «El Capital» (1867) −sin hablar ya de las monografías, como «El Dieciocho Brumario…» (1852)−.

miércoles, 4 de febrero de 2026

El fenómeno de la emigración de trabajadores entre los países capitalistas

«Entre las particularidades del imperialismo relacionadas con los fenómenos de que hemos hablado, figura la disminución de la emigración de los países imperialistas y el aumento de la inmigración −afluencia de obreros y transmigraciones− a estos últimos, procedente de los países más atrasados, donde el nivel de los salarios es más bajo. La emigración de Inglaterra, como lo hace observar Hobson, disminuye a partir de 1884: en este año, el número de emigrantes fue de 242.000, y de 169.000 en 1900. La emigración de Alemania alcanzó el máximo entre 1881 y 1890: 1.453.000, descendiendo en las dos décadas siguientes hasta 544.000 y 341.000. Por el contrario, aumentó el número de obreros llegados a Alemania procedentes de Austria, Italia, Rusia y otros países. Según el censo de 1907, en Alemania había 1.342.294 extranjeros, de los cuales 440.800 eran obreros industriales y 257.329 agrícolas. En Francia, una «parte considerable» de los obreros mineros está constituida por extranjeros: polacos, italianos, españoles. 

En los Estados Unidos, los inmigrados de la Europa oriental y meridional ocupan los puestos peor retribuidos, mientras que los obreros norteamericanos su ministran el tanto por ciento mayor de capataces y de los obreros que tienen un trabajo mejor retribuido. El imperialismo tiene la tendencia a formar categorías privilegiadas también entre los obreros y a divorciarlas de la gran masa del proletariado.

Es preciso hacer notar que, en Inglaterra, la tendencia del imperialismo a escindir a los obreros y a acentuar el oportunismo entre ellos, a engendrar una descomposición temporal del movimiento obrero, se manifestó mucho antes de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Esto se explica porque, desde mediados del siglo pasado, existían en Inglaterra dos importantes rasgos distintivos del imperialismo: inmensas posesiones coloniales y situación de monopolio en el mercado mundial. Durante decenas de años, Marx y Engels estudiaron sistemáticamente ese lazo existente entre el oportunismo en el movimiento obrero y las particularidades imperialistas del capitalismo inglés. Engels escribía, por ejemplo:

«El proletariado inglés se va aburguesando de hecho cada día más; por lo que se ve, esta nación, la más burguesa de todas, aspira a tener, en resumidas cuentas, al lado de la burguesía una aristocracia burguesa y un proletariado burgués. Naturalmente, por parte de una nación que explota al mundo entero, esto es, hasta cierto punto, lógico». (Friedrich Engels; Carta a Karl Marx, 7 de octubre de 1858)

Casi un cuarto de siglo después, en su carta del 11 de agosto de 1881, habla de «las peores tradeuniones inglesas que consienten ser dirigidas por individuos vendidos a la burguesía o que, por lo menos, son pagados por ella». Y en la carta del 12 de septiembre de 1882 a Kautsky, Engels escribía:

«Me pregunta usted qué piensan los obreros ingleses acerca de la política colonial. Lo mismo que piensan de la política en general. Aquí no hay un partido obrero, no hay más que radicales conservadores y liberales, y los obreros se aprovechan, junto con ellos, con la mayor tranquilidad, del monopolio colonial de Inglaterra y de su monopolio en el mercado mundial». (Friedrich Engels; Carta a Karl Kautsky, 12 de septiembre de 1882)

domingo, 25 de enero de 2026

Pierre Villar sobre la idea de una economía campesina por encima del feudalismo y del capitalismo

«Hace algunos años ha aparecido una tendencia a utilizar, en el vocabulario histórico-sociológico, la noción de «economía campesina» para caracterizar ciertos tipos muy extendidos de sociedades, sea antiguas, sea actuales. Fue mi malogrado colega y amigo Daniel Thorner, eminente especialista de la India contemporánea quien, explícitamente inspirado por el vocabulario del ruso Chaiánov, agrónomo y economista de los años 1910-1930, propuso el concepto de «economía campesina», en 1962, a la Conferencia de historiadores-economistas de Aix-en-Provence, y después en un artículo de la revista Annales en 1964. Más tarde, en 1973, poco antes de su defunción, Thorner me comunicó, con ocasión de una reunión interna de la Escuela de Altos Estudios, un papel que ha quedado inédito donde, con referencia a Chaiánov y al concepto de «economía campesina», denunciaba como inútil y ya rebasado el concepto marxista de «modo de producción», incapaz, según él, de aclarar los rasgos fundamentales de países como la Rusia de los Zares, India, Indonesia, China, Japón hasta 1914 o México hasta 1930.

Confieso que reaccioné con cierta viveza. La suerte, desgraciadamente, no permitió que el papel de Thorner pasase a la discusión pública. Lo que le opuse en 1973, en breves momentos de conversación, fue aproximadamente lo siguiente: es posible que inmensas sociedades, como las citadas, presenten una dominante económica campesina aplastante, que ya no pertenezcan estrictamente al modo de producción feudal, sin pertenecer todavía plenamente al modo de producción capitalista, pero ¿cómo vamos a creer que aclararemos sus rasgos específicos con llamarlos «campesinos» a secas?

El concepto instrumental de «modo de producción» tiene sus defectos si se entiende superficialmente. Es posible que haya incitado en distintas ocasiones al «esquematismo». Pero no es esquemático por su propia naturaleza, pues es un concepto global, que hace de las contradicciones internas de todo sistema el principio mismo de su dinamismo, el origen de su transformación. Debe, pues −y puede− transmitir los mismos caracteres a los modelos que ha de inspirar, de igual forma que, en sentido contrario, los modelos de economía «pura» −mercado, concurrencia perfecta, teorías del «equilibrio»− expresan lo económico fuera de lo social y ocultan las contradicciones creadoras. El concepto de «economía campesina», por su propia denominación, descubre que se está buscando, ante todo, un modelo económico -y solamente económico. Tal modelo puede ayudar a la descripción, a la explicación tal vez, de mecanismos parciales, pero es muy dudoso que pueda aclarar los orígenes, las crisis, y el destino de una sociedad. En suma, no nos parece un instrumento adecuado para el análisis histórico global. Volveremos, en las conclusiones a este tipo de consideraciones.

Es normal que, observadores de la India o de China, ante campesinados tan enormes y con tantos siglos de inmovilidad aparente, hayan intentado traducir en términos teóricos semejante originalidad. Por mi parte, mi ignorancia en cuanto a los problemas asiáticos me aconseja prudencia. 

Pero he aquí que para regiones más cercanas a nosotros, y evoluciones relativamente recientes, las «cuestiones campesinas», los «problemas agrarios», inspiran tendencias parecidas a las que acabo de señalar. Se intenta aislar los problemas del campo: ¡Cuantos libros, sea históricos, sea orientados por la actualidad, llevan títulos adornados con las palabras «rural», «agrícola», «campo», «campesino», «campesinado»! 

jueves, 20 de noviembre de 2025

¿Cuáles son las quejas de Lunarcharski respecto al enfoque del arte y la vida social de Pereverzev?

«La esencia de nuestra postura marxista en la crítica literaria, como es bien sabido, radica en que, en primer lugar, consideramos todo arte, incluida la literatura, como un reflejo de la vida social. Para nosotros, la literatura forma parte del proceso social y está totalmente determinada por el entorno social en el que surge y se desarrolla.

En segundo lugar, consideramos la literatura una gran fuerza social, por lo que el marxismo no solo debe investigar los orígenes de la literatura −tal o cual libro o autor−, sino también su significado social, su propósito consciente o semiconsciente y los resultados verdaderamente objetivos, los cambios verdaderamente objetivos, que un libro, un autor o una escuela determinados son capaces de producir en la sociedad. Así pues, abordamos la literatura dialécticamente: primero, desde la perspectiva del origen, como sociólogos, como monistas, como personas que creen que la sociedad es un todo integrado, con el cambio económico como factor y fundamento fundamental y determinante. Por otro lado, abordamos la literatura como personas interesadas en el proceso sociopedagógico en el sentido más amplio del término, en el proceso de maduración y formación de la conciencia humana según ciertos ideales y actitudes.

Esto es lo principal que distingue a todo marxista: todo marxista ve las cosas exactamente de esta manera, y estas son las características principales de nuestro enfoque literario marxista.

Hay que decir que nosotros, los marxistas, en nuestra inmensa mayoría, con la excepción de muy pocos entre nosotros, creemos que esta base económica, este cambio en el poder del hombre sobre la naturaleza a través del crecimiento de su trabajo, sus herramientas y, dependiendo de ello, la organización económica del hombre, no influye directamente en la literatura, es decir, que en muy raras ocasiones es posible pasar directamente de la tecnología de un tiempo determinado y de la estructura económica de un tiempo determinado a la literatura.

Existen excepciones entre los marxistas que creen que tal conexión puede establecerse. A esto se le suele llamar «shulyatikovismo», en honor a Shulyatikov, quien, en los albores de nuestros estudios literarios marxistas, cometió tales errores y a menudo derivó formas artísticas de la tecnología o de hechos económicos.

He aquí uno de los ejemplos más burdos que se pueden dar: creía que la industria fabril, al crear una enorme cantidad de chimeneas, actúa en una dirección tal que en el arte las líneas verticales comienzan a prevalecer sobre las horizontales; un ejemplo de una transferencia burda y primitiva de cambios técnicos al arte.

Otro ejemplo: Shulyatikov creía que todos los escritores pertenecientes a la clase burguesa o de alguna manera bajo la influencia de la burguesía engañan deliberadamente a la gente, poniéndose máscaras de hipocresía, máscaras de liberalismo mercantil, e intentando disfrazar su verdadera naturaleza.

Esto, por supuesto, no es marxismo en absoluto, y en aquel entonces, cuando objeté a Shulyatikov −éramos jóvenes por aquel entonces−, señalé que aquello no era marxismo, sino misantropía, que intenta encontrar tras cada palabra elocuente un alma humana vil y cree que, con la excepción de los revolucionarios y los proletarios conscientes, todos los demás son oportunistas interesados en su propio beneficio, bastardos que se disfrazan bajo nobles ideales. Cabe decir que, en la actualidad, se han formulado reproches contra el camarada Pereverzev −de quien hablaré brevemente más adelante− por semejante shulyatikovismo, o una versión debilitada del mismo, debido a que evita cuidadosamente establecer la fórmula de Plejánov con la que este principal fundador de la crítica literaria marxista vinculó la economía y la literatura.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Engels reflexionando sobre la religión, su origen, evolución y solución


«Pero la religión no es más que el reflejo fantástico, en las cabezas de los hombres, de los poderes externos que dominan su existencia cotidiana: un reflejo en el cual las fuerzas terrenas cobran forma de supraterrenas. En los comienzos de la historia son las fuerzas de la naturaleza las primeras en experimentar ese reflejo, para sufrir luego, en la posterior evolución de los distintos pueblos, los más complejos y abigarrados procesos de personificación. Este proceso está documentado en detalle, por lo menos para los pueblos indogermánicos, por la mitología comparada, desde su origen en los vedas indios y en su continuación entre los indios, los persas, los griegos, los romanos, los germanos y, según la suficiencia del material, entre los celtas, los lituanos y los eslavos. Pero pronto entran en acción, junto a las fuerzas de la naturaleza, también las fuerzas sociales, fuerzas que se enfrentan al principio al hombre como tan extrañas e inexplicables como las de la naturaleza, y que le dominan aparentemente con la misma necesidad natural que éstas. Las formaciones fantásticas en las que al principio se reflejaron solo las misteriosas fuerzas de la naturaleza cobran así atributos sociales, se convierten en representantes de poderes históricos. A un nivel evolutivo aún superior, todos los atributos naturales y sociales de los muchos dioses se transfieren a un único Dios omnipotente, el cual no es a su vez sino el reflejo del hombre abstracto. Así nació el monoteísmo, el cual fue históricamente el último producto de la tardía filosofía vulgar griega y halló su encarnación en el Dios exclusivamente nacional judío Jahvé. En esta forma cómoda, manejable y adaptable a todo, la religión puede subsistir como forma inmediata —es decir, sentimental— del comportamiento del hombre respecto de las fuerzas ajenas, naturales y sociales, que le dominan, y ello mientras los hombres estén bajo el dominio de dichas fuerzas. Pero hemos visto varias veces que en la actual sociedad burguesa los hombres están dominados, como por un poder ajeno, por las relaciones económicas que han creado ellos mismos y por los medios de producción que ellos mismos han producido. El fundamento real de la acción refleja religiosa sigue, pues, en pie, y con él el reflejo religioso mismo. El hecho de que la economía burguesa permita cierta percepción de las conexiones causales de ese dominio externo no cambia objetivamente nada. La economía burguesa no puede ni impedir las crisis en su totalidad ni proteger al capitalista individual de pérdidas, malas deudas y bancarrota, o al trabajador individual del paro y la miseria. Aún sigue valiendo que el hombre propone y Dios —es decir, el extraño poder del modo de producción capitalista— dispone. El mero conocimiento, aunque sea más amplio y profundo que la economía burguesa, no basta para someter fuerzas sociales al dominio de la sociedad. Para ello hace falta ante todo una acción social. Y cuando esa acción está realizada, cuando la sociedad, mediante la toma de posesión y el manejo planificado de todos los medios de producción, se haya liberado a sí misma y a todos sus miembros de la servidumbre en que hoy están respecto de esos mismos medios de producción, por ellos producidos, pero a ellos enfrentados como ajeno poder irresistible; cuando el hombre pues, no se limite a proponer, sino que también disponga, entonces desaparecerá el último poder ajeno que aún hoy se refleja en la religión, y con él desaparecerá también el reflejo religioso mismo, por la sencilla razón de que no habrá nada ya que reflejar» (Friedrich Engels; Anti-Duhring, 1878)

jueves, 30 de octubre de 2025

¿Puede el «órgano de expresión» ser el «organizador y educador colectivo»? Lenin responde las objeciones de los «economicistas»

«En el primer período del movimiento de masas (1896-1898), los militantes locales intentan publicar un órgano destinado a toda Rusia: Rabóchaya Gazeta; en el período siguiente (1898-1900), el movimiento da un gigantesco paso adelante, pero los órganos locales absorben totalmente la atención de los dirigentes. Si se hace un recuento de todos esos órganos locales, resultará por término medio un número al mes. ¿No es esto una prueba evidente del primitivismo de nuestros métodos de trabajo? ¿No demuestra eso de manera fehaciente el atraso que nuestra organización revolucionaria lleva del avance espontáneo del movimiento? Si se hubiera publicado la misma cantidad de números de periódicos por una organización única, y no por grupos locales dispersos, no sólo habríamos ahorrado una inmensidad de fuerzas, sino asegurado a nuestro trabajo infinitamente más estabilidad y continuidad. Olvidan con demasiada frecuencia este sencillo razonamiento tanto los militantes dedicados a las labores prácticas, que trabajan activamente de manera casi exclusiva en los órganos locales –por desgracia, en la inmensa mayoría de los casos, la situación no ha cambiado–, como los publicistas que muestran en esta cuestión asombroso quijotismo. (...) No se constriñan al principio indiscutible, pero demasiado abstracto, de la utilidad de los periódicos locales en general; tengan, además, el valor de reconocer francamente sus lados negativos, puestos de manifiesto en dos años y medio de experiencia. Esta experiencia demuestra que, en nuestras condiciones, los periódicos locales resultan en la mayoría de los casos vacilantes en los principios y faltos de importancia política. (...) Un buen mecanismo clandestino de imprenta exige una buena preparación profesional de los revolucionarios y la más consecuente división del trabajo, y estas dos condiciones son de todo punto irrealizables en una organización local aislada, por mucha fuerza que reúna en un momento dado. (...) El predomino de la prensa local sobre la central es síntoma de penuria o de lujo. De penuria, cuando el movimiento no ha cobrado todavía fuerzas para un trabajo a gran escala, cuando aún vegeta en medio del primitivismo y casi se ahoga «en las pequeñeces de la vida fabril». De lujo, cuando el movimiento ha podido ya plenamente con la tarea de las denuncias en todos los sentidos y de la agitación en todos los sentidos, de modo que, además del órgano central, se hacen necesarios numerosos órganos locales. (...) Nadiezhdin no está de acuerdo y dice: «Iskra cree que el pueblo se reunirá y organizará en torno a ese periódico en el trabajo para él. ¡Pero si le es mucho más fácil reunirse y organizarse en torno a una labor más concreta!» Así, así: «más fácil reunirse y organizarse en torno a una labor más concreta». Dice el refrán: «Agua que no has de beber, déjala correr». Pero hay gentes que no sienten reparo en beber agua en la que ya se ha escupido. ¡Qué de infamias no habrán dicho nuestros excelentes «críticos» legales «del marxismo» y admiradores ilegales de Rabóchaya Mysl en nombre de este mayor concretamiento! ¡Hasta qué punto coartan todo nuestro movimiento nuestra estrechez de miras, nuestra falta de iniciativa y nuestra timidez, que se justifican con los argumentos tradicionales de que «¡es mucho más fácil… en torno a una labor más concreta! (...) Vean en qué consiste ese «algo más concreto» en torno al que –cree él– será «mucho más fácil» reunirse y organizarse: 1) periódicos locales; 2) preparación de manifestaciones; 3) trabajo entre los obreros parados. A simple vista se advierte que todo eso ha sido entresacado totalmente al azar, por casualidad, pro decir algo, porque, comoquiera que se mire, será un perfecto desatino ver en ello algo de especial utilidad para «reunir y organizar». Y el mismo Naidezhdin dice unas páginas más adelante: «Ya va siendo hora de hacer constar sencillamente un hecho: en el plano local se realiza una labor pequeña en grado sumo, los comités no hacen ni la décima parte de lo que podrían... los centros de unificación que tenemos ahora son una ficción, son burocracia revolucionaria, sus miembros se dedican a ascenderse mutuamente a generales, y así seguirán las cosas mientras no se desarrollen fuertes organizaciones locales». No cabe duda de que estas palabras encierran, al mismo tiempo que exageraciones, muchas y amargas verdades. ¿Será posible que Nadiezhdin no vea el nexo existente entre la pequeña labor realizada en el plano local y el estrecho horizonte de los dirigentes locales, la escasa amplitud de sus actividades, cosas inevitables, dada la poca preparación de los mismos, puesto que se encierran en los marcos de las organizaciones locales?». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902)

martes, 2 de septiembre de 2025

¿Cómo era la estratificación y comportamiento de la intelectualidad albanesa en 1939? ¿Qué dificultades tuvo que sortear el PTA?

«En cuanto a la intelectualidad, naturalmente, debía realizarse un trabajo amplio, cualificado, diferenciado y a diversos niveles. En general el terreno para trabajar entre ellos era apropiado. Excepción hecha de los empleados de alta posición, quienes no sólo aceptaron el fascismo, sino que al mismo tiempo obtenían de él pingües beneficios materiales. Este tipo de empleados «con cultura», en general fueron corrompidos por todos los regímenes y fueron entre los primeros que, conscientemente, se apuntaron en el partido fascista «albanés» creado por el ocupante. 

Sin embargo, la mayoría de la intelectualidad de nuestro país era patriota, antifascista, estaba contra la ocupación del país, por ello el Partido dedicaría gran atención a esta capa del pueblo, porque también a través de ella continuaría forjando y estimulando cada vez más el patriotismo entre los jóvenes de uno y otro sexo. Estos amplios y detallados análisis de las situaciones, de la correlación de fuerzas, etc., fueron fruto de los debates que realizábamos tanto en las reuniones de la dirección, en los encuentros con los camaradas del Partido de la capital, como con los de las regiones. Estos constituían una gran ayuda en nuestro trabajo cotidiano y de cara al futuro, porque lo primordial e imprescindible para realizar nuestra tarea como comunistas, es decir como dirigentes de las masas, consistía en orientarse correctamente en aquella difícil situación de subyugación, de terror, de intrigas, de sufrimientos y miserias espirituales y físicas, que abrumaban a nuestro pueblo. (...)

Nuestro Partido, desde el principio, determinó con justa razón que en la lucha por la liberación del país debían participar todo el pueblo, todas las clases y las capas sociales sin distinción de puntos de vista políticos, ideológicos, religiosos, etc. Lo principal que podía y debía unir a estas fuerzas era la actitud hacia los ocupantes extranjeros, la lucha sin compromiso contra ellos. Sobre esta base se organizaría también el Frente Antifascista de Liberación Nacional, en el que participarían, además de las masas trabajadoras de la ciudad y el campo, todas las demás fuerzas y elementos, que estuvieran interesados en la libertad y la existencia de Albania y de la nación albanesa. Y, precisamente por ello, tuvimos que desarrollar un grande y vasto trabajo, a menudo extremadamente complejo, difícil y fatigoso, con los elementos patriotas o con los que presumían de tales, es decir, con todos aquellos que entonces se denominaban nacionalistas. 

No hay que confundir el término «nacionalista», como lo utilizábamos en aquel período, con el significado que ha adquirido hoy en la literatura política como definición de los elementos con posiciones nacionalistas burguesas en oposición al principio marxista-leninista del internacionalismo proletario. El término «nacionalista» era un apelativo para denominar a aquellos combatientes que en el pasado lucharon contra los ocupantes extranjeros, que pretendían liquidamos incluso como nación. Precisamente de la palabra «nación», tomada de las lenguas latinas y que corresponde a nuestra palabra «komb», se derivó el término «nacionalista», que hemos utilizado a lo largo de la lucha y se encuentra en mis escritos de aquella época. 

En realidad, esta denominación incluía una amplia gama de personas, desde las gentes con pasado y actividad patrióticos, hasta los intelectuales conocidos o que se exhibían como personas de sentimientos patrióticos y democráticos. Así que, con el término «nacionalista», en cierto modo establecíamos la diferenciación entre los comunistas, por un lado, y otras personas con las que teníamos contacto y trabajábamos, por otro. Desde la época de los grupos, pero sobre todo tras la fundación del Partido, el trabajo con los «nacionalistas» era una tarea que correspondía a todos los comunistas. Naturalmente, este trabajo se hacía según las posibilidades de cada cual, según el entorno social, los conocidos y familiares. En las células de las que formábamos parte rendíamos cuentas de toda nuestra actividad y también del trabajo con los intelectuales y los patriotas, intercambiábamos opiniones y nos aconsejábamos mutuamente sobre nuestra actuación. Cuando alguien encontraba dificultades con la persona con quien se le había encomendado trabajar, se la pasaba a otro camarada y encontraba el modo de presentársela

Esta fue una de las labores más difíciles que han tenido que realizar el Partido y todos sus miembros, desde la dirección hasta el simple militante. No me refiero aquí únicamente al peligro que nos acechaba en este trabajo, a la posibilidad de la traición y la delación, de que se infiltrara algún agente provocador en nuestras filas. Estas posibilidades, naturalmente, existían, pero ¿qué labor realizaban los comunistas y los patriotas honrados sin correr peligro? Ya habían calculado estos peligros, puesto que se habían empeñado en la lucha contra un enemigo feroz, cruel y astuto.

martes, 8 de julio de 2025

Cuando una obra de arte tiene como base una idea falsa, ésta aporta contradicciones internas que inevitablemente menoscaban su valor

«El misticismo es enemigo irreconciliable de la razón. Pero no sólo los que caen en el misticismo están en pugna con la razón. También son hostiles a ella los que por una u otra causa, de un modo u otro, defienden una idea falsa. Y cuando se toma como base de la obra de arte una idea falsa, ésta aporta contradicciones internas que menoscaban inevitablemente el valor estético de aquella. Ya he hablado de la pieza de Knut Hamsun «A las puertas del reino» (1895); como ejemplo de una obra de arte empequeñecida por la falsedad de su idea fundamental [32]. El lector me perdonará que vuelva a hablar de ella. 

Ante nosotros aparece como héroe de esta pieza Ivar Kareno, joven escritor que tal vez no tiene talento, pero al que, en cambio, sobra suficiencia. Dice ser un hombre de «ideas libres como un pájaro». ¿Sobre qué temas escribe este pensador libre como un pájaro? Sobre la «resistencia». Sobre el «odio». ¿A quién aconseja que se resista? ¿A quién enseña a odiar? Aconseja que se resista al proletariado. Enseña a odiar al proletariado. ¿No es cierto que se trata de un héroe totalmente nuevo? Hasta ahora, en la literatura habíamos encontrado muy pocos héroes de este tipo, por no decir ninguno. Pero el hombre que predica la resistencia al proletariado es el más indudable ideólogo de la burguesía. Ivar Kareno, este ideólogo de la burguesía, se considera él mismo y es considerado por su creador, Knut Hamsun, un gran revolucionario. Ya hemos visto en el ejemplo de los primeros románticos franceses que hay tendencias «revolucionarias» cuyo principal rasgo distintivo es el conservadurismo. Théophile Gautier odiaba a los «burgueses» y al propio tiempo arremetía contra quienes decían que había llegado la hora de suprimir las relaciones sociales burguesas. Evidentemente, Ivar Kareno es un descendiente espiritual del célebre romántico francés. Sin embargo, el descendiente fue mucho más allá que su antepasado. Él odia conscientemente lo que en su antepasado despertaba tan sólo una hostilidad instintiva [33].

Si los románticos eran unos conservadores, Ivar Koreno es un reaccionario de pura cepa. Y además un utopista del tipo de aquel salvaje terrateniente de Schedrín. Él quiere exterminar al proletariado como éste quería exterminar a los mujiks. Esta utopía llega al colmo de la comicidad. Por lo demás, todas las «ideas, libres como un pájaro», de Ivar Kareno llegan al límite de lo absurdo. Para él el proletariado es una clase que explota a las otras clases de la sociedad. Es ésta la más errónea de todas las ideas, libres como un pájaro, de Kareno. Y la desgracia consiste en que, al parecer, Knut Hamsun comparte la errónea idea de su héroe. Kareno padece todas las desventuras precisamente porque odia al proletariado y se «resiste» a él. Por eso no puede obtener la cátedra y ni siquiera editar su libro. En una palabra, se atrae toda una serie de persecuciones de aquellos burgueses entre los que vive y actúa. Pero, ¿en qué parte del mundo, en qué utopía vive esa burguesía que castiga tan implacablemente la «resistencia» al proletariado? Tal burguesía no ha existido ni puede existir jamás ni en ninguna parte. Knut Hamsun ha tomado como base de su obra una idea que se halla en contradicción irreconciliable con la realidad. Y tal circunstancia ha perjudicado hasta tal punto a la obra, que ésta provoca risa precisamente en aquellos pasajes que según la intención del autor debía adquirir un giro trágico. 

Knut Hamsun posee un gran talento, pero ningún talento es capaz de convertir en verdad algo diametralmente opuesto a ella. Los enormes defectos del drama A las puertas del reino son una consecuencia lógica de la absoluta inconsistencia de la idea que le sirve de base. Esta inconsistencia es debida a la incapacidad del autor de comprender el sentido de la lucha de clases en la sociedad contemporánea, lucha de la cual su drama es un eco literario. 

sábado, 28 de junio de 2025

Plejánov sobre el origen y limitaciones de los realistas y naturalistas del siglo XIX

«Los primeros realistas franceses se esforzaron ya por suprimir el principal defecto de las obras románticas: el carácter irreal y artificioso de sus personajes. En las obras de Flaubert −a excepción, tal vez, de «Salambó» y de los «Cuentos»− no hay ni rastro de la irrealidad y la artificialidad de los románticos. Los primeros realistas también se sublevan contra los «burgueses», pero lo hacen a su manera. No oponen a los adocenados burgueses héroes imaginarios, sino que tratan de crear fieles imágenes artísticas de esos mismos seres adocenados. Flaubert consideraba que su deber era tratar el medio social descrito por él con la misma objetividad con que un naturalista se sitúa ante la naturaleza. «Hay que considerar a los hombres [dice] como se considera a los mastodontes o a los cocodrilos. ¿Acaso puede uno descomponerse a causa de los cuernos de aquéllos o de las mandíbulas de éstos? Hay que mostrarlos, convertirlos en espantajos, meterlos en frascos de alcohol, y nada más. Pero no lancéis condenas morales, pues ¿quién sois vosotros mismos, ranas minúsculas?». Y en la medida en que Flaubert lograba ser objetivo, los tipos presentados en sus obras adquirían la significación de «documentos», cuyo estudio es absolutamente indispensable para todo el que quiera hacer un estudio científico de los fenómenos de la psicología social. La objetividad era el lado fuerte de su método, pero aun siendo objetivo en el proceso de la creación artística, Flaubert no dejaba de ser muy subjetivo en la apreciación de los movimientos sociales de su época. Tanto él como Gautier [romántico y precursor del parnasianismo], despreciaban profundamente a los «burgueses», pero al mismo tiempo eran acérrimos enemigos de todos los que, de un modo u otro, atentasen a las relaciones sociales burguesas. Y Flaubert incluso más que Gautier. Flaubert estaba resueltamente en contra del sufragio universal, al que calificaba de «vergüenza de la inteligencia humana». «Con el sufragio universal [escribía al romántico George Sand] el número prevalece sobre la inteligencia, la instrucción, la raza e incluso el dinero, que vale más que el número». En otra carta dice que el sufragio universal es más estúpido que el derecho por la gracia de Dios. Para él «la sociedad socialista es un monstruo enorme que devorará toda acción individual, toda personalidad, todo pensamiento, que todo lo dirigirá y todo lo hará». Vemos por esto que su actitud negativa ante la democracia y el socialismo, hacía coincidir enteramente a este detractor y los «burgueses» con los más limitados ideólogos de la burguesía. Y ese mismo rasgo se observa en todos los partidarios del arte por el arte contemporáneos de Flaubert. En su ensayo sobre la vida de Edgar Poe, Baudelaire, que ya había olvidado desde hacía tiempo su revolucionario «Le salut public», dice: «En un pueblo sin aristocracia, el culto de la belleza sólo puede corromperse, aminorarse y desaparecer». En otro lugar afirma que sólo hay tres seres dignos de respeto: «el cura, el soldado y el poeta». Eso ya no es espíritu conservador, sino reaccionario. Tan reaccionario era también Jules Barbey d'Aurevilly. En su libro «Los poetas» (1862) se refiere a las obras poéticas de Laurent-Pichat y dice que éste podría haber sido un gran poeta: «Si hubiese tomado el partido de pisotear el ateísmo y la democracia, esos dos oprobios del pensamiento».

Desde la época en que Teófilo Gautier escribiera su prefacio a «Mademoiselle de Maupin» (1835) había corrido mucha agua. Los sansimonianos, que según él le habían aturdido los oídos con sus propósitos acerca de la perfectibilidad del género humano, proclamaban a gritos la necesidad de una reforma social. Pero, al igual que la mayoría de los socialistas utópicos, eran decididos partidarios de un desarrollo social pacífico, y por lo tanto, adversarios no menos decididos de la lucha de clases. Además, los socialistas utópicos se dirigían sobre todo a la gente acomodada. No creían en la actuación independiente del proletariado. Pero los acontecimientos de 1848 demostraron que esta actuación independiente podía llegar a ser muy amenazadora. Después de 1848 ya no se planteaba la cuestión de si las clases poseedoras querrían o no encargarse de mejorar la suerte de los desposeídos, sino de quién −los poseedores o los desposeídos− habría de triunfar en la lucha entablada entre unos y otros. Las relaciones entre las clases de la nueva sociedad se habían simplificado en medida extraordinaria. Ahora, todos los ideólogos de la burguesía comprendieron que de lo que se trataba era de saber si esa clase conseguiría mantener a las masas trabajadoras en el sojuzgamiento económico. La conciencia de este hecho había calado en la mente de los partidarios del arte para los poseedores. Ernest Renan, uno de los más notables entre ellos por su significación en la ciencia, exigía en su obra «La reforma intelectual y moral» (1871) un gobierno fuerte «que obligase a los buenos rústicos a realizar nuestra parte del trabajo, mientras nosotros nos entregamos a la especulación.

jueves, 26 de junio de 2025

La burguesía francesa en 1789; Karl Kautsky, 1889

«El Tercer Estado estaba también tan dividido como los dos primeros órdenes. Hoy en día está de moda considerar a la clase capitalista como el Tercer Estado y oponerle al proletariado como Cuarto Estado. Ahora bien, para empezar, el proletariado es una clase y no un orden; es un grupo social, separado de los otros grupos por una situación económica particular, y no por instituciones jurídicas especiales. Después, es inadmisible hablar de un cuarto estado porque el proletariado ya existía en el seno del Tercer Estado, el cual incluía a todos aquellos que no entraban en los dos primeros órdenes, desde los capitalistas hasta los artesanos, campesinos y proletariado. Puede uno figurarse fácilmente qué masa heterogénea formaba el Tercer Estado; en su seno encontramos los antagonismos más agudos, se proponen los fines más diversos, se preconizan los medios de combate más diferentes. No era cuestión, entonces, de una lucha de clases única.

La misma clase de los capitalistas, que hoy en día se designa bajo el nombre de Tercer Estado, no constituía una clase homogénea.

A su cabeza estaba la alta finanza. Siendo como era el mayor acreedor del estado, tenía todos los motivos para empujar hacia las reformas, que habrían preservado al estado de una bancarrota, elevado sus ingresos y disminuido sus cargas. Pero esas reformas debían hacerse según el principio muy conocido de «lávame la cabeza pero sin mojarla». De hecho, esos señores de las finanzas tenían muchos motivos para oponerse a las reformas financieras o sociales realmente profundas.

La mayor parte de ellos poseía grandes dominios feudales, títulos de nobleza, y no querían renunciar voluntariamente a los privilegios e ingresos que iban aparejados. Pero, además, en la conservación de los privilegios de la nobleza tenían ese interés benevolente del acreedor que no quiere ver quebrar a su deudor. No solamente eran los acreedores del rey sino, también, de la nobleza endeudada. Los economistas podían muy bien demostrar que los ingresos de la tierra tenían que aumentar si ésta era explotada según los principios capitalistas en lugar de serlo siguiendo los métodos semifeudales. Pero pasar al modo de explotación capitalista en la economía rural exigía cierto capital: había que cubrir los gastos de establecimiento, adquisición del ganado, de los útiles, etc. Ese capital lo poseían muy pocos nobles. La abolición de los derechos feudales amenazaba con arruinarlos. Sus acreedores no tenían ningún motivo para trabajar a favor de esa ruina. Además, socialmente, como ya hemos visto, nobleza y finanzas estaban cada vez más estrechamente unidas. Toda reforma financiera tenía que llevar a la sustitución de los recaudadores de impuestos por la administración del estado. Se habían arrendado todos los ingresos públicos más importantes, la gabela, las ayudas, las aduanas, el monopolio del tabaco. Los recaudadores le pagaban cada año al estado −en los últimos años anteriores a la revolución− 166 millones de libras, pero le sacaban al pueblo puede que el doble de esa suma. La administración de los impuestos era uno de los métodos más productivos de explotación pública: ¡cómo iban a renunciar de buen grado esos señores de las altas finanzas! Habrían sido los últimos en levantarse contra ella.

Por añadidura, no tenían ningún interés en acabar con el déficit y la deuda del estado. De las inscripciones de deuda pública se guardaban sólo una parte. Sabían cómo volver a pasar el mayor número de ellas, con un alto interés, al «público», a los capitalistas pequeños y medianos, especialmente a los rentistas. Si se hacía un nuevo empréstito, la alta finanza sabía así hacer recaer en las espaldas de los otros el riego. Pero era enorme el beneficio que sacaba de la conclusión de un empréstito, ya directamente, ya indirectamente, mediante la explotación del estado o del público. Cada nuevo empréstito le reportaba grandes beneficios a la gente las finanzas. Nada le hubiera sido más desagradable que un presupuesto sin déficit que hubiese hecho inútil la conclusión de nuevos empréstitos.

Por consiguiente, ¡qué sorprendente que las simpatías de la alta finanza, como clase, estuviesen del lado del Antiguo Régimen, de los privilegiados! Reclamaba reformas, ¡pero quién no las reclamaba en vísperas de la revolución! La aristocracia más terca estaba convencida de que había reformas necesarias, que la situación era intolerable; el descontento era general; pero cada clase quería «reformas» que, lejos de exigirle sacrificios, le asegurase ventajas.

martes, 24 de junio de 2025

La revuelta de los privilegiados; Karl Kautsky, 1889

«La lucha entre los parlamentos, defensores de la nobleza burocrática, y la administración fuertemente centralizada del estado despótico, se ampliaba algunas veces desde un simple compló de la corte, del que el pueblo no sospechaba nada, a una lucha de todos los privilegiados, a un movimiento de revuelta que levantaba hasta a las masas populares.

El capítulo más importante de esos levantamientos fue La Fronde, del que ya hemos hablado en el capítulo precedente. Estalló en la primera mitad del siglo XVII, cuando la nobleza todavía tenía fuerza y orgullo. Un levantamiento análogo se produjo en el último cuarto del siglo XVIII; pero si en 1648 La Fronde tuvo como resultado un mayor afianzamiento del poder real, en 1787 la revuelta de los privilegiados llevó a la victoria del Tercer Estado y puso en marcha la gran revolución.

En el segundo capítulo ya hemos visto la actitud dubitativa de Luis XVI.

«La doble alma» de la monarquía absoluta en el siglo XVIII encontró en ese príncipe su más tópica encarnación, y sus dos ministros, Turgot y Calonne, tradujeron de la forma más notable la «duplicidad». El primero, tan gran pensador como gran carácter, trató en su ministerio de poner el estado al servicio del progreso económico, apartando los obstáculos que le ponían trabas, y realizar aquello que los teóricos habían reconocido como absolutamente necesario para la conservación del estado y de la sociedad. Quiso que la administración dejase de ser, en manos de la nobleza de la corte, un instrumento de explotación de las finanzas públicas. Suprimió las corveas, las aduanas interiores, las corporaciones, y liberó a la industria de la opresión de los reglamentos. Quería hacer pagar impuestos a la nobleza y el clero como lo hacía el Tercer Estado, someter los gastos públicos al control de los Estado Generales. Se trataba de insoportables injerencias en los «derechos sagrados». Conducido por la reina, el ejército de los privilegiados se levantó contra el ministro reformador, y Turgot sucumbió a la tempestad (1776).

Tras una serie de experiencias, de ensayos, el rey llamó a Calonne al ministerio (1783). Era un hombre a imagen de la reina; superficial pero charlatán retorcido y sin escrúpulos, tenía por regla sacrificar los ingresos actuales y también los futuros del estado en aras de la nobleza de la corte, de saquear no solamente las finanzas actuales sino, además, el crédito público. Un empréstito sucedía a otro; durante los tres años que fue ministro, tomó prestado del tesoro público 650 millones de libras −ver el informe de Louis Blanc, I, 233−, suma enorme para aquellos tiempos. Y la corte, el rey, la reina y sus favoritos se tragaban casi todo. «Cuando vi que todo el mundo alargaba la mano, yo alargué mi sombrero», dice un príncipe que narra la borrachera de entonces. La corte nadaba en medio de delicias y no se alzaba ninguna voz advirtiendo y mostrando a dónde debía llevar tal locura. El mismo Luis XVI rendía testimonio de toda la satisfacción que sentía por tener tal ministro de finanzas, que pagaba sus deudas, que se elevaban a 230.000 libras. Todo el mundo en la corte admiraba con qué facilidad y prontitud el «gran hombre» había logrado resolver la cuestión social.

La extravagante conducta de la corte precipitó naturalmente la caída de todo el régimen. Tras tres años de insensata gestión, Calonne había quemado ya todas sus soluciones; el déficit anual había ascendido a 140 millones de libras y el mismo Calonne se vio forzado a confesar que ningún empréstito podía ya conjurar la inminente bancarrota y que sólo había un medio para evitarlo: aumentar los ingresos y bajar los gastos. Pero ello sólo era posible tocando a los privilegiados: del pueblo ya no se podía sacar nada más.

Cuando Calonne comunicó esta noticia a los notables que había reunido (febrero de 1787), desde las filas de los privilegiados ascendió un rugido de furor: no para condenar la falta de escrúpulos con los que Calonne había gestionado hasta entonces las finanzas públicas, sino para protestar contra el final que quería ponerle a su administración escandalosa. Calonne cayó, pero sus sucesores debieron seguir la política de aumento de impuestos a los privilegiados: éstos acabaron teniendo la convicción de que la realeza ya no podía asegurarles como en otros tiempos la explotación de Francia, y se alzaron contra la misma realeza. La cosa es increíble, pero, sin embargo, cierta: nobleza, clero, parlamentos, todos los privilegiados, cuya situación era ya tan comprometida y que no tenían otro apoyo más que la realeza, se unieron para derrocarla. Tanto puede cegar la avaricia ante la inminencia de su caída a una clase que se sobrevive a sí misma: ¡ella misma es la primera en precipitar su caída!

Los privilegiados no tenían ni idea de los profundos cambios que se habían realizado en la sociedad, creían que no había cambiado nada desde los tiempos en que podían desafiar a los reyes y al Tercer Estado, y reclamaron virulentamente una nueva convocatoria de los Estados, siguiendo el modelo de las de 1614. Sin tener más sostén que el poder real, ahora querían defender sus privilegios con sus propias fuerzas. Y en el mismo momento en el que deberían unirse lo más estrechamente posible con la realeza, y en el que su posición estaba amenazada más seriamente, ¡desde su seno se alzó una rebelión por el reparto del botín!

Cegados por el furor, los privilegiados se colocaron en un terreno revolucionario. Los parlamentos de mayo de 1788 fueron a la huelga general, el clero rechazó cualquier contribución a las finanzas públicas hasta que los estados fueran convocados; la nobleza se levantó en armas en las provincias, y se produjeron graves disturbios en el Delfinado, Bretaña, Provenza, Flandes y el Languedoc.

domingo, 1 de junio de 2025

Lenin criticando la falta de responsabilidad y sentido del deber


«Le escribo bajo la impresión reciente de su carta, que acabo de leer. Su palabrerío irreflexivo es tan indignante que no puedo resistir el deseo de expresarle francamente mi opinión. Por favor, haga llegar mi carta a su autor, y dígale que no debe sentirse agraviado por el tono duro. Después de todo no está destinada a ser publicada.

La carta merece respuesta, a mi juicio, porque pone especialmente de relieve uno de los rasgos característicos del modo de ser de muchos revolucionarios de hoy: esperar instrucciones, reclamar que todo venga de arriba, de otros, de afuera; quedarse pasmados ante los fracasos provocados por la inactividad local, acumular quejas sobre quejas e inventar recetas para una cura barata y simple de los males.

¡No inventarán nada, señores! Si ustedes mismos permanecen inactivos, si permiten que se produzcan escisiones ante sus propias narices y luego se ponen a suspirar y a lamentarse, ninguna receta les servirá. Y es absurdo colmarnos de reproches por ello. ¡No vayan a creer que nos sentimos agraviados por sus acusaciones y ataques: han de saber que ya estamos acostumbrados, tan endiabladamente acostumbrados que no nos conmueven!

Publicaciones «de masas», «por decenas de puds» [unidad de masa equivalente a 16,38 kilogramos]: este grito de guerra de ustedes no es otra cosa que una receta inventada para que otros los curen de su inactividad. Créanme, ¡ninguna de esas recetas dará jamás resultados! Si ustedes mismos no se muestran despiertos y enérgicos, nadie les ayudará de ninguna manera. Es muy poco razonable clamar: dennos esto y lo otro, entreguen eso y lo de más allá, cuando ustedes mismos deberían ocuparse de adquirir y entregar. Y es inútil que nos escriban, pues nosotros desde aquí nada podemos hacer, mientras que ustedes mismos pueden y. deben resolverlo: me refiero a la entrega de las publicaciones que editamos y de que disponemos.

Algunos «activistas» locales –llamados así por su inactividad–, que sólo vieron algunos números de lskra y que no trabajan activamente para recibirla y difundirla en masa, inventan una débil excusa: no es eso lo que queremos; ¡dennos publicaciones de masas, para las masas! ¡Mastíquenlo por nosotros, pónganlo en nuestra boca y quizá podamos tragarlo nosotros solos! 

sábado, 24 de mayo de 2025

Dobroliúbov: ¿qué es el fenómeno del oblomovisimo? La inoperancia y apatía por excelencia

«¿Cómo se ha expresado, en qué se ha invertido el talento de Goncharov? El examen del contenido de esta novela debe servir como respuesta a esta pregunta.

Por lo visto, Goncharov no ha escogido una esfera muy amplia para su representación. La historia de cómo yace o duerme el buen holgazán de Oblómov y de cómo ni la amistad ni el amor pueden desperezarlo y levantarlo, Dios sabrá cuán importante historia pueda ser. Pero en ella se ha reflejado la vida rusa, en ella se ha presentado ante nosotros un tipo ruso contemporáneo vivo, acuñado con rigurosidad y corrección implacables; en ella se ha dicho una palabra nueva en torno a nuestro desarrollo social, pronunciada de manera clara y firme, sin desesperación y sin esperanzas pueriles, sino con plena conciencia de la verdad. Esta palabra es el oblomovismo; ella sirve como clave y solución de muchos fenómenos de la vida rusa y ella otorga a la novela de Goncharov una significación considerablemente mayor que cuanto tienen en esto todas nuestras novelas de denuncia. En el tipo de Oblómov y en todo el oblomovismo, vemos algo más que la simple creación acertada de un talento fuerte: encontramos en él una obra de la vida rusa, un signo de los tiempos. (…)

¿En qué consisten los rasgos principales del carácter de Oblómov? En la más completa inercia, que procede de su apatía hacia cuanto ocurre en el mundo. Sin embargo, la causa de esta apatía se encuentra parcialmente en su situación externa y en parte en la imagen de su desarrollo intelectual y moral. Por su situación externa es un señor: «tiene un Zajar y trescientos Zajar más», según expresión del autor. (…)

La historia de su educación sirve toda ella como confirmación de sus palabras. Desde que tenía muy pocos años acostumbra a ser un haragán porque tiene quien le dé y le haga; aquí, hasta en contra de su voluntad, no es extraño que haraganee y lleve vida de sibarita. (…)

Es comprensible la influencia que esta situación ejerce sobre todo el desarrollo moral e intelectual de un niño. Las fuerzas internas «se marchitan y se ajan» necesariamente. Si el niño las alimenta de vez en cuando, es quizás por capricho o por exigencias arrogantes de que los demás cumplan sus órdenes. Y es notorio que la satisfacción del capricho desarrolla falta de carácter, y la arrogancia es incompatible con la capacidad de mantener seriamente la dignidad propia. 

Al acostumbrarse a enunciar exigencias irrebatibles el muchacho pierde con presteza la medida de la posibilidad o la conveniencia de sus deseos, se despoja de toda capacidad de hacer corresponder los medios con los objetivos y se coloca después, al primer inconveniente, en un callejón sin salida, para cuya superación es necesario hacer un esfuerzo propio. Cuando crezca, se convertirá en un Oblómov, cubrirá en un grado mayor o menor su apatía y falta de carácter bajo una máscara más o menos habilidosa, pero siempre con una cualidad invariable: la negativa a la actividad seria e independiente.

Mucho ayuda en esto el desarrollo intelectual de los Oblómov, orientado también, por supuesto, por una situación externa. Una vez que han mirado al revés la vida, ya después no podrán alcanzar una comprensión racional de su actitud hacia el mundo y hacia la gente hasta el final de sus días. Después se les darán muchas interpretaciones, y algo llegarán a comprender; pero los puntos de vista que han arraigado desde la infancia se mantendrán en algún rinconcillo, y siempre mirarán desde ellos, estorbando a los nuevos conceptos y no cediendo espacio a éstos en el fondo del alma... Y en la cabeza se hace un cierto caos: en otra ocasión aparece la decisión de hacer algo en el hombre, pero no sabe éste cómo comenzar, a dónde dirigirse... Y no es raro: el hombre normal siempre desea sólo aquello que puede hacer; en cambio, sí hace inmediatamente todo cuanto desea... Pero Oblómov... él no está acostumbrado a hacer una cosa cualquiera, y por tanto no puede definir adecuadamente qué puede y qué no puede hacer; en consecuencia, tampoco puede, de una manera seria, activa, desear cosa alguna. Su deseo se encuentra sólo en la forma: «Estaría bien hacer esto»; pero cómo se puede hacer esto, no lo sabe. De aquí que guste de soñar y que tema horriblemente al momento en que sus sueños entren en contacto con la realidad. Aquí comienza a tratar de echar el asunto sobre los hombros de algún otro, y si no existe ninguno, pues al azar... (…)

viernes, 16 de mayo de 2025

Joan Comorera analizando en 1943 la supuesta «no beligerancia» de Franco y Falange en la Segunda Guerra Mundial

«La crisis profunda del régimen franquista no significa que ya está vencido, que su caída sea inminente, que caerá solo troceado por las propias e insolubles contradicciones internas. ¡No, compañeros! Nunca debemos olvidar que el régimen de Franco y Falange es fascista, que nunca se dará por vencido, que nunca dejará voluntariamente el poder. El régimen de Franco y Falange, como el de Mussolini y el de Hitler, morirá matando. (...)

Desde hace un año, todos los actos y medidas de Franco y Falange no tienen otro objetivo que el de rehacer el bloque descuartizado del régimen. Las declaraciones de Franco en Montserrat, en las que prometió un ensanchamiento del régimen, pidió la colaboración de los sectores derechistas catalanes, dejó entrever la posibilidad de una restauración monárquica; la convocatoria de una caricatura de Corts, traspasando a ellas la facultad legislativa reservada en la estructura teórica del régimen en el Consejo Nacional de Falange; la última crisis gubernamental, con la caída aparente de Serrano Suñer y el nombramiento del General Francisco Gómez-Jordana Sousa, aparentemente menos nazi; la última reorganización del Consejo de Falange con el intento de presentarlo como un símbolo del bloque originario del régimen, por cuanto son miembros designados por Franco, generales, obispos, monárquicos, requetés, que no formaban parte de lo anterior, esfuerzo oficial para poner de manifiesto una unidad inconmovible del régimen que no existe: los rumores de restauración monárquica que se acentúan o debilitan según el buen querer de Franco y Falange. (...)

¡No, compañeros, Franco y Falange no son, ni quieren ser neutrales Franco y Falange son beligerantes del Eje! Oficialmente Franco y Falange son «no beligerantes», como lo fueron Mussolini antes de herir por la espalda a la Francia vencida e Hirohito antes de agredir traicioneramente a los EE. UU. dormidos por apaciguadores y muniqueses. (...)

Sin embargo, en la práctica Franco y Falange han sido y son desde el comienzo de la guerra, beligerantes. Son beligerantes por los actos y por las definiciones oficiales del régimen. La firma del Pacto Antikomintern [el 27 de marzo de 1939] por el General Gómez-Jordana Sousa, presentado hoy cuanto menos nazi que Serrano Suñer, es un acto de beligerancia. La organización oficial de la División Azul [el 26 de junio de 1941], es un acto de beligerancia. El envío coercitivo de obreros españoles a las fábricas de guerra alemanas, es un acto de beligerancia. Comprar víveres, materias primas, combustible en América y por la cuenta de Alemania y con dinero entregado por Hitler a Franco, es un acto de beligerancia. Romper el bloqueo aliado en beneficio de la Alemania hitleriana, es un acto de beligerancia. Poner a disposición de los técnicos alemanes y de los submarinos piratas del Eje Baleares, Canarias y Fernando Poo, los puertos gallegos y andaluces del Atlántico, es un acto de beligerancia. Proveer de combustible en alta mar en los submarinos nazis, es un acto de beligerancia. (...) 

Entregar a los alemanes toda la producción de guerra de los altos hornos y de las minas del norte de España, es un acto de beligerancia. Aceptar el control nazi en los aeródromos, en las comunicaciones, en los transportes de España, es un acto de beligerancia. Que la Gestapo controle los centros vitales de la policía terrorista de Franco, es un acto de beligerancia. Es tan poco neutral Franco, que en el mes de julio propuesto el embajador norteamericano para justiciar las restricciones al envío de petróleo, dijo oficialmente, que eran debidas a:

«Ya temor comprensible de una nación que está en guerra, que los productos esenciales para la contienda, exportados libremente a un país que no está en guerra, sean reexportados a una tercera nación en guerra con la primera».

Es tan poco neutral Franco que el «New York Times», el mes de julio pasado [1943], cuando el VIII ejército británico se retiraba en derrota, denunció que:

«El ministro español de El Cairo colabora de forma importante en los esfuerzos que hace Alemania para sembrar la discordia entre los ingleses y los gobernantes de Egipto».

Es tan poco neutral Franco que en el «New York Post» del último septiembre se afirmó concretamente como:

«Los falangistas, valiéndose de las comunicaciones y valijas diplomáticas, facilitan a la Gestapo toda la información que consiguen sobre los movimientos de los barcos mercantes y de la marina de guerra».

martes, 22 de abril de 2025

Plejánov explicando la conjunción histórica de casualidades y procesos generales

«El futuro no puede pertenecer a concepciones confusas e indefinidas; tales, precisamente, son las de Monod y, sobre todo, las de Lamprecht. No es posible, naturalmente, dejar de saludar la tendencia que proclama que la tarea primordial de la ciencia histórica es el estudio de las instituciones sociales y de las condiciones económicas. Esta ciencia irá lejos, cuando dicha tendencia arraigue en ella definitivamente. Pero, en primer término, Pirenne se equivoca considerando que esta tendencia es nueva. Ha surgido en la ciencia histórica ya en la segunda década del siglo XIX: sus representantes más destacados y consecuentes fueron Guizot, Mignet, Agustín Thierry [20] y, más tarde, Tocqueville y otros. Las ideas de Monod y Lamprecht no son más que una copia pálida de un original viejo, pero muy notable. En segundo término, por profundas que hayan sido para su época las concepciones de Guizot, Mignet y otros historiadores franceses, muchos puntos han quedado sin esclarecer. No dan una solución precisa y completa a la cuestión del papel del individuo en la Historia. Ahora bien, la ciencia histórica debe resolver de una manera efectiva esta cuestión, si es que sus representantes quieren librarse de una concepción unilateral del objeto de su ciencia. El futuro pertenece a la escuela que mejor resuelva este problema. 

Las ideas de Guizot, Mignet y otros historiadores pertenecientes a esta tendencia, eran como una reacción frente a las ideas históricas del siglo XVIII y son su antítesis. Los hombres que en aquel siglo se ocupaban de la filosofía de la Historia lo reducían todo a la actividad consciente de los individuos. Ciertamente, existían también entonces algunas excepciones a la regla general: el campo visual histórico-filosófico, por ejemplo, de Vico, Montesquieu y Herder [21] era mucho más amplio. Pero nosotros no nos referimos a las excepciones, la enorme mayoría de los pensadores del siglo XVIII interpretaban la Historia tal como lo hemos expuesto. Es muy interesante a este respecto volver a leer hoy las obras históricas de Mably [22]. Según este autor, fue Minos el que organizó la vida social y política y las costumbres de los cretenses, mientras Licurgo prestó el mismo servicio a Esparta. Si los espartanos «despreciaban» los bienes materiales, esto es debido a Licurgo, que «penetró, por decirlo así, hasta el corazón mismo de sus conciudadanos y ahogó en ellos todo germen de pasión por las riquezas» [23]. Y si más tarde los espartanos abandonaron la senda señalada por el sabio Licurgo la culpa es de Lisandro, que les había convencido de que «los tiempos nuevos y las nuevas circunstancias exigen, nuevas leyes y una política nueva» [24]. 

Las obras escritas partiendo de este punto de vista, no tenían nada que ver con la ciencia y se escribían, como sermones, únicamente con vistas a las «lecciones» morales que de ellos se desprenden. Contra estas concepciones fue contra las que se levantaron los historiadores franceses de la época de la Restauración (1815-1830). Después de las convulsiones de fines del siglo XVIII, era ya en absoluto imposible considerar a la Historia como obra de personalidades más o menos eminentes, más o menos nobles e ilustradas, que arbitrariamente inculcaran a una masa ignorante, pero sumisa, estos o los otros sentimientos e ideas. Contra tal filosofía de la Historia se rebelaba además el orgullo plebeyo de los teóricos burgueses. Eran los mismos sentimientos que todavía en el siglo XVIII se pusieron de manifiesto en la naciente dramaturgia burguesa. En la lucha contra las viejas concepciones históricas, Thierry empleaba, entre otros, los mismos argumentos que fueron empleados por Beaumarchais y otros contra la vieja estética [25]. 

Por último, las tempestades que poco tiempo antes habían estallado en Francia, demostraban claramente que la marcha de los acontecimientos históricos estaba lejos de ser determinada exclusivamente por la actividad consciente de los hombres; ésta sola circunstancia debía ya sugerir la idea de que los acontecimientos tienen lugar bajo la influencia de cierta necesidad latente que actúa de manera ciega, como las fuerzas de la naturaleza, pero conforme a determinadas leyes inexorables. Es interesante −aunque hasta ahora, que nosotros sepamos, nadie lo ha señalado− el hecho de que la nueva concepción de la Historia, como proceso que obedece a determinadas leyes, fue defendido de la manera más consecuente por los historiadores franceses de la época de la Restauración, y precisamente en las obras dedicadas a la Revolución Francesa.