viernes, 29 de mayo de 2026

¿Existe una doctrina revolucionaria identificable o esto es una búsqueda estéril?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

[Post publicado originalmente en 2022. Reeditado en 2026]

«Los subcapítulos a exponer en la siguiente publicación serán los siguientes: 

a) Los revisionistas y sus antecedentes históricos para intentar revisar la «ortodoxia»

b) Entonces, ¿existe eso que se le llama «ortodoxia» o es un mito?

c) ¿Por qué hay elementos vacilantes que adoptan el marxismo por bandera, por qué otros degeneran?;

d) Efectivamente, la teoría científica necesita de un factor humano que la tramite y actualice;

e) ¿Cómo los «reconstitucionalistas» derriban la «ortodoxia marxista-leninista» para introducir su «heterodoxia»?

f) ¿Qué es eso de que «el marxismo-leninismo está podrido de revisionismo»?;

g) ¿De verdad alguien puede tomar a Althusser como un representante de la «ortodoxia marxista»?;

h) Entonces, ¿es serio o justo achacar al marxismo-leninismo los fracasos ajenos?

Los revisionistas y sus antecedentes históricos para intentar revisar la «ortodoxia»

Los conservadores, liberales, socialdemócratas y tantos otros llevan repitiendo durante siglos la misma retahíla sobre el «fiasco objetivo del marxismo», argumentos que a todos nos resultan muy familiares. Suelen recurrir a dos variantes: a) «Dado que su movimiento político no está en su mejor momento... habríamos de reflexionar sobre si esto es fruto de unas bases doctrinales ya de por sí utópicas»; b) «Dado que el marxismo se ha equivocado en ciertas cosas, ¿no habría que desconfiar de todo y dejar en suspenso sus supuestos axiomas?». 

¿Qué contestar a esto? Incluso aceptando sus premisas −algo que los críticos rara vez pueden corroborar, porque cuando lo intentan, suele ser a través de reduccionismos que nada ayudan a identificar un supuesto fallo−, ambas sugerencias presentan muchísimas lagunas. Nos explicamos. 

Esta forma de proceder equivaldría en el mundo de la arquitectura a que cuando haya una grieta, una gotera o una columna se muestre débil, los «expertos» decretasen automáticamente que hay que tirar abajo todo el edificio «por el bien de la seguridad de sus habitantes» −sin más estudio de si esta estructura estaba mal diseñada desde un principio o si sus elementos se han resentido con el paso de los años−, ¿y qué puede ocurrir? Que quizás este edificio no solo sea habitable, sino que aun con todo sigue siendo el más seguro de la manzana gracias al resto de los mecanismos bien conocidos que se usaron para distribuir correctamente el peso y resistir el paso del tiempo. 

Entiéndase, que para refutar de forma inmediata este infantilismo acusatorio, lo mejor sería preguntarse: ¿qué movimiento nace, crece y se desarrolla sin incurrir en falsos pronósticos, teorías inexactas o fracasos políticos? En honor a la verdad, nosotros no conocemos a ninguno que bajo este mundo terrenal no se haya visto obligado −tarde o temprano− a rectificar o matizar sus planteamientos, que no haya cosechado derrotas y que tampoco se haya visto necesitado de estudiarlas para reformularse y fortalecerse. Ahora, nada de esto significa que dicho movimiento deba abjurar de los aciertos de su pasado, ni que todas sus creencias sean automáticamente falsas, ni mucho menos que no se pueda distinguir una «ortodoxia» reconocible −que es ya el colmo de la palabrería o relativismo intelectual−.

En realidad, estos debates son tan antiguos como el marxismo mismo, y existen multitud de ejemplos históricos que vale la pena rescatar. 

En España el movimiento revolucionario cometió el lamentable error de aceptar a un intelectual como Miguel de Unamuno (1864-1936), una figura que debido a su pensamiento relativista todavía se sigue enseñando en la educación oficial como «un gran filósofo a estudiar», siendo en realidad una variante muy poco original del idealismo filosófico. Este en 1894 celebró su adhesión al PSOE declarando al marxismo como «la religión de la humanidad» (sic). Y cuando a este señor se le dejó claro que esta cosmovisión del mundo no podía ser más que el fruto de una terrible equivocación, muy seguramente fruto de su enorme desconocimiento, no tuvo otra que desertar, no sin antes dejarnos una colección de todo tipo de jeremiadas:

«Yo también tengo mis tendencias místicas, pero éstas van encarnando en el ideal socialista, tal cual lo abrigo. Sueño con que el socialismo sea una verdadera reforma religiosa cuando se marchite el dogmatismo marxiano y se vea algo más que lo puramente económico». (Miguel de Unamuno; Carta a Clarín, 31 de mayo de 1895)

¿A dónde condujo su visión «no dogmática» de las cosas? Dos años después, en 1896 Unamuno ya proclamaba la unión de:

«Socialistas colectivistas; libertarios, socialistas anarquistas; socialistas cristianos; evangélicos; católicos, sindicalistas; societarios etc., etc. Cuantos más, mejor». (Miguel de Unamuno; Signo de vida, 1896)

Para entender el destino de un intelectual tan inestable como Unamuno el lector bien puede repasar las obras de Pablo Iglesias Posse «Programa socialista» (1886) o «Falsos revolucionarios» (1889), en donde se anticipaban el comportamiento de estos breves compañeros de viaje que siempre uno se va encontrando, especialmente si no toma medidas preventivas. El resto es conocido por todos: Unamuno acabaría en las filas de la reacción, sus ideas serían clave en lo sucesivo para inspirar al fascismo español y terminó apoyando y financiado el golpe del 16 de julio de 1936. Véase la obra de Bitácora (M-L): : «El fascismo español, ¿una «tercera vía» entre capitalismo y comunismo?» (2014).

viernes, 22 de mayo de 2026

¿Bajo qué condiciones pueden participar los revolucionarios en un gobierno provisional?

«El problema de la participación de la socialdemocracia en un gobierno provisional revolucionario ha adquirido actualidad, no tanto por la marcha de los acontecimientos como por las consideraciones teóricas hechas al respecto por socialdemócratas de cierta tendencia. Hemos analizado en dos artículos −núms. 13 y 14− las manifestaciones de Martínov, el primero que puso sobre el tapete este asunto. Pero parece que el interés por este problema es tan grande, y los malentendidos originados por las manifestaciones del citado autor −véase, en especial, el núm. 93 de Iskra− alcanzan proporciones tan tremendas, que es indispensable volver a ello. Sea cual fuere la opinión que les sugiera a los socialdemócratas la probabilidad de que en un futuro próximo tengamos que resolver este problema, y no sólo en teoría, en todo caso el partido necesita ver claro en cuanto a sus objetivos inmediatos. Si no se da una respuesta clara a esta pregunta, no será ya posible realizar una propaganda y una agitación coherentes y libres de vacilaciones u oscuridades.

Tratemos de reconstruir la esencia de la controversia. Si no deseamos sólo concesiones por parte de la autocracia, sino su efectivo derrocamiento, debemos proponernos la sustitución del gobierno zarista por un gobierno provisional revolucionario, que por una parte convoque una asamblea constituyente basada en el sufragio universal, igual, directo y secreto, y que por la otra se halle en condiciones de asegurar una libertad completa durante el período de elecciones. Pues bien, surge la pregunta de si es lícito que el Partido Obrero Socialdemócrata participe en un gobierno provisional revolucionario de este tipo. Este interrogante lo formularon por primera vez los representantes del ala oportunista de nuestro partido, en particular Martínov, antes del 9 de enero, y tanto él como Iskra se pronunciaron por la negativa. Martínov procuró llevar hasta el absurdo las concepciones de los socialdemócratas revolucionarios, a quienes intentó amedrentar con la perspectiva de que, en caso de organizar con eficacia la revolución y de asumir nuestro partido la dirección de la insurrección popular armada, nos veríamos obligados a participar en un gobierno provisional revolucionario. Y esta participación sería, según ellos, una inadmisible «toma del poder» una «vulgar actitud a lo Jaurès», intolerable en un partido socialdemócrata de clase.

Detengámonos en las argumentaciones de los partidarios de este concepto. Si entramos en el gobierno provisional, se nos dice, la socialdemocracia tendrá en sus manos el poder, y la socialdemocracia, como partido del proletariado, no puede tener en sus manos el poder sin tratar de poner en práctica nuestro programa máximo, es decir, sin tratar de llevar a cabo la revolución socialista. Ahora bien, si se lanzase a semejante empresa, sufriría inevitablemente, hoy, un descalabro, se desacreditaría y no haría más que favorecer a la reacción. Por consiguiente, debe considerarse inadmisible la participación de la socialdemocracia en un gobierno provisional revolucionario.

Esta argumentación se basa en un error: confunde la revolución democrática con la revolución socialista, la lucha por la república −incluyendo todo nuestro programa mínimo− con la lucha por el socialismo. En efecto, la socialdemocracia sólo conseguiría desacreditarse si se trazase como objetivo inmediato la revolución socialista. Pero la socialdemocracia ha luchado siempre precisamente contra estas ideas oscuras y confusas de nuestros «socialistas revolucionarios». Por ello insistió siempre en el carácter burgués de la revolución inminente en Rusia, y por ello sostuvo la necesidad de distinguir en forma rigurosa entre el programa mínimo democrático y el programa máximo socialista. Algunos socialdemócratas, que se inclinan a ceder ante la espontaneidad, podrían olvidar todo esto en el curso de la revolución, pero el partido en su conjunto no lo olvida. Los partidarios de esta opinión errónea se prosternan ante la espontaneidad y creen que la marcha de las cosas obligará a la socialdemocracia, en semejante situación, a emprender la realización de la revolución socialista contra su voluntad. De ser así, nuestro programa sería falso, no correspondería a la «marcha de las cosas», y precisamente a esto le temen los adoradores de la espontaneidad; temen que nuestro programa sea falso. Pero sus temores −cuyo fondo psicológico hemos procurado analizar en nuestros artículos− no pueden ser más infundados. Nuestro programa es correcto. Y la marcha de las cosas se encargará de confirmarlo indefectiblemente, con tanta mayor fuerza cuanto más tiempo pase. La marcha de las cosas nos «impondrá» la imperiosa necesidad de luchar con tenacidad por la república y, en la práctica, orientará en esta dirección nuestras fuerzas, las fuerzas del proletariado políticamente activo. La marcha de las cosas nos impondrá de modo inevitable, en el curso de la revolución democrática, una muchedumbre tal de aliados procedentes del campo de la pequeña burguesía y el campesinado, y cuyas necesidades reales exigirán la realización del programa mínimo, que los temores de un paso demasiado apresurado al programa máximo resultan sencillamente ridículos.

sábado, 2 de mayo de 2026

Antonio Labriola sobre el Estado: «No es más que la ordenación positiva y forzada de un determinado dominio de clase»

«Exceptuando algunos momentos críticos en que las clases sociales, por extrema incapacidad para mantenerse en una condición de relativo equilibrio por adaptación, entran en una más o menos prolongada crisis de anarquía, y haciendo excepción de aquellos singulares catástrofes hacia las cuales se precipita todo un mundo, como cuando la caída del imperio romano de Occidente, o cuando la disolución del Califato; desde que tenemos memoria de historia escrita, el Estado aparece, no sólo como el ápice y como el vértice de la sociedad, sino como el regidor de ésta. El primer paso que el ingenuo pensamiento ha dado en orden tal de consideraciones, consiste en este enunciado: el regidor es el autor. 

Haciendo además abstracción de ciertos breves períodos de democracia ejercida con la viva conciencia de la soberanía popular, como sucedió en algunas ciudades griegas, y señaladamente de Atenas, y en algunas comunas italianas, de Florencia sobre todo −que eran, no obstante, de hombres libres, dueños de esclavos las primeras, y los segundos de ciudadanos privilegiados que explotaban al forastero y la campiña−, la sociedad regida por el Estado fue siempre de una mayoría en manos de una minoría. De modo que la mayoría de los hombres ha aparecido en la historia como una masa regida, gobernada, guiada, explotada y maltratada, o por lo menos, como una multicolor conglomeración de intereses que unos pocos individuos debían reglamentar, manteniendo en equilibrio las divergencias, por presión o por compensación.

De aquí la necesidad de un arte de gobernar, y como este arte es lo primero que se evidencia a los observadores de la vida colectiva, natural era que la política apareciese como autora del orden social y como el índice de la continuidad en la sucesión de las formas históricas. Quien dice política, dice actividad, que hasta cierto punto nos conduce con designio, es decir, hasta que los cálculos no chocan con ignoradas o inesperadas resistencias. Convertido el Estado, por lo que sugería la imperfecta experiencia, en autor de la sociedad, y la política en autora del orden social, era consiguiente que los históricos narradores o razonadores estuviesen inclinados a reponer lo esencial de la historia en el sucederse de las formas, de las instituciones y de las ideas políticas. No importaba al común raciocinio saber dónde se había originado el Estado y en donde se encontraba el fundamento de su perpetuación. Es sabido que los problemas de índole genésica surgen bastante tarde. Existe el Estado y encuentra su razón en su actual necesidad: y tan verdad es esto, que la fantasía no ha podido adaptarse a la idea de su desaparición, y ha podido adaptarse a la idea de su desaparición, y ha prolongado su existencia conjetural hasta los primeros orígenes del género humano. Dioses o semidioses y héroes fueron sus institutores, por lo menos en la mitología; como en la teología medieval, el Papa actúa de fuente prima, y por esto divina y perpetua, de toda autoridad. En nuestros tiempos actuales aún hay viajeros inexpertos y misioneros idiotas que en todas partes encuentran al Estado, allí donde, como entre los bárbaros y los salvajes, no es más que la gens, o la tribu de las gens, o la alianza de las gens.