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jueves, 5 de agosto de 2021

Cuando la «izquierda» condena la tecnología y el progreso es igual o más reaccionaria que la «derecha»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«En el desarrollo de las fuerzas productivas, se llega a una fase en la que surgen fuerzas productivas y medios de intercambio que, bajo las relaciones existentes, sólo pueden ser fuente de males, que no son ya tales fuerzas de producción, sino más bien fuerzas de destrucción –maquinaria y dinero–». (Karl Marx; El capital, Tomo III, 1894)

¿Podemos concluir que la tecnología y el progreso son sinónimos de «deshumanización»? La respuesta corta es un rotundo no. Las condiciones sociales cambian, por tanto, actualmente no puede ser más «humano» comer solo vegetales o leer libros sólo en formato papel, que manejar un iPhone o pilotar una nave espacial, esto no debería ser difícil de comprender en principio, aunque para cierta gente sea una polémica a discutir. El problema no puede ser nunca el desarrollo de las fuerzas productivas, que precisamente el capitalismo hereda y desarrolla a partir de los mejores conocimientos y esfuerzos de la humanidad, sino las relaciones de producción que rigen el entramado económico y social, la distribución de los productos ligados a ella; todo lo demás es palabrería en manos de un ignorante o de un cínico. 

O si se quiere, explicado desde otro punto de vista, la deshumanización del sujeto en el capitalismo no es a causa de los avances tecnológicos –como muchos hippies y ácratas mantienen–, sino de un uso privativo y especulativo de dichos avances –solo hay que verlo en campos como la industria farmacéutica o alimentaria–. Recapitulando, el nudo gordiano está entonces, damas y caballeros, en la propiedad privada de los medios de producción que existe en este sistema, el mismo que mercantiliza sin escrúpulos la salud o los alimentos, algo que, bajo las leyes del capitalismo, como la ley del valor, es del todo normal y solo puede conducir al atolladero que conocemos: ricos y pobres, privilegiados de esas innovaciones y parias que jamás llegarán a disfrutar de esos avances. 

En «Late Motiv», el programa nocturno del Andreu Buenafuente, tenemos un buen ejemplo de estas peligrosas nociones. Para quien no lo conozca, este es el programa idóneo para todo ser de «izquierdas» que, aunque sumamente aburguesado, quiere hacer parecer que no es parte del problema y sentirse moralmente superior a la «patética derecha». Pero resulta que a veces, y sin ser nada consciente, este «hombre de izquierdas» actúa como el más rancio conservador. En este programa se tuvo como invitado al excéntrico «humorista», escritor y crítico televisivo Bob Pop, quien realizaba una «demoledora crítica» al consumismo capitalista, echándole la culpa, cómo no, al trabajador medio, a lo que en España se le denomina popularmente como el «currito»:

«Bob Pop: Tengo la teoría de que hay ricos porque los pobres somos unos vagos. (…) Hay ricos porque nos da pereza hacer la revolución comunista, porque nos da pereza. Porque hemos hecho una cosa terrible, hemos pasado de comprar en el mercado a ir al supermercado. Nosotros tenemos la culpa de la concentración actual de la riqueza. Si lo piensas antes íbamos al mercado y comprábamos cada cosa en un puesto diferente con lo cual ayudábamos a que señores distintos de ese mercado con sus puestos tuviera una vivienda digna, pero no se forraban, no tenían un monopolio. ¿Ahora qué pasa? Ahora vamos al supermercado y compramos todo en un solo sitio… y claro se forran, por nuestra culpa. (…) Lo que pasa es que estamos muy cansadas, porque el capitalismo actual es la tormenta perfecta, nos han empujado a la precariedad, a las horas extras sin cobrarlas, horarios imposibles y nos han quitado la posibilidad de tener una vida donde poder ir al mercado tranquilamente y elegir en cada puesto cosas diferentes. (…) Les hemos hecho millonarios con nuestras miserias y encima se lo tenemos que agradecer porque es más cómodo. (…) Todo esto es culpa de los pobres que hemos sido muy vagos, pero, ¿qué hacemos? ¿Boicoteamos a los ricos? ¿Dejamos de comprar low cost en días festivos, dejamos de consumir? No podemos, Andreu, porque parte de ese dinero de nuestro consumo sirve para que los ricos se forren y parte de su fortuna vaya a fundaciones benéficas, nosotros también tenemos el bien consumiendo, dotan de bienes a la sanidad pública, dan donaciones al tercer mundo. Porque los ricos pagar impuestos lo menos que puedan, pero caridad hacen un rato (…) ¿Tú sabes qué tienen los ricos que no tenemos nosotros? Conciencia de clase». (Spanish Revolution; ¿Tú sabes lo que tienen los ricos que no tenemos nosotros?, 4 de julio de 2021)

jueves, 27 de septiembre de 2018

China como un «país pacífico que no se mete en asuntos externos»; Equipo de Bitácora (M-L), 2018


«Ahora, desde la concepción leninista, China es una potencia imperialista, acomete el imperialismo contra otros países. La única característica que China no posee con respecto a la ideología del imperialismo es la agresividad militar-colonial que Lenin endilgaba a esos países. Por ello, por su no militarización y lo «amistoso» de los convenios, y la no «injerencia en las políticas internas». (Manuel Sutherland; Comentarios, 15 de febrero de 2015)

Manuel Sutherland ha reconocido abiertamente que no sabe mucho sobre China y que por ello no acostumbra a hablar, así en las entrevistas recibidas en la TV china, sus comentarios solo versaron sobre Venezuela, pero no es debido al desconocimiento que tiene sobre la política del gigante asiático, sino al miedo de contrariar al medio chino. Pero en otras ocasiones aun sabiendo que desconoce la política histórica de China, se atreve a comentar con algunas pinceladas la naturaleza del régimen chino en círculos más informales, llegando a soltar comentarios ignorantes y verdaderas barbaridades que solo las habíamos visto a reconocidos agentes del socialimperialismo chino como es el caso de José Antonio Egido.

La voracidad imperialista de los políticos chinos ha demostrado que solo los necios o los traidores conscientes pueden afirmar que China no es una superpotencia socialimperialista. Los planes para convertir a China en lo que es hoy, puede vislumbrarse en la doctrina del revisionismo chino o Pensamiento Mao Zedong que expresaban: el chovinismo, la promoción de la burguesía nacional y el desarrollo del capitalismo como algo «bueno para el pueblo» y la idea de una alianza política con la potencia imperialista de los Estados Unidos para acometer la industrialización y modernización de China. Allí encontraremos respuesta a los interrogantes de como se ha acabado así. Hagamos un breve resumen del desarrollo del maoísmo sobre todo en lo concerniente a su aspiración y problemas a formarse como potencia regional y mundial:

domingo, 15 de julio de 2018

Sobre el llamado ecologismo y ecosocialismo; Equipo de Bitácora, 2017


[Publicado originalmente en 2017. Reeditado en 2021]

«Los ecologistas pretenden defender la existencia del planeta y su fauna, deber que atañe ciertamente a la humanidad, pero que es imposible de resolver sin un cambio de modelo productivo. Muchas corrientes oficiales del ecologismo eluden la importancia del factor económico y lo derivan todo a teorías psicológicas que vendrían a explicar el carácter del ser humano, ignorando el factor del medio en que se desarrolla el mismo, y que, al fin, determina su forma de comportamiento. 

¿Es la tecnología y el progreso un sinónimo de deshumanización?

Para empezar, habría que ver qué consecuencias ha tenido el desarrollo de las fuerzas productivas respecto al medioambiente. Karl Marx demostró que el capitalismo creó y ahondó las diferencias entre campo y ciudad, entre trabajo físico e intelectual, y entre tanto, se certificó el agotamiento progresivo de los recursos:

«Es en la esfera de la agricultura donde la gran industria opera de la manera más revolucionaria, ya que liquida el baluarte de la vieja sociedad, el «campesino», sustituyéndolo por el asalariado. De esta suerte, las necesidades sociales de trastocamiento y las antítesis del campo se nivelan con las de la ciudad. Los métodos de explotación más rutinarios e irracionales se ven remplazados por la aplicación consciente y tecnológica de la ciencia. El modo de producción capitalista consuma el desgarramiento del lazo familiar originario entre la agricultura y la manufactura, el cual envolvía la figura infantilmente rudimentaria de ambas. Pero, al propio tiempo, crea los supuestos materiales de una síntesis nueva, superior, esto es, de la unión entre la agricultura y la industria sobre la base de sus figuras desarrolladas de manera antitética. Con la preponderancia incesantemente creciente de la población urbana, acumulada en grandes centros por la producción capitalista, ésta por una parte acumula la fuerza motriz histórica de la sociedad, y por otra perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra, esto es, el retorno al suelo de aquellos elementos constitutivos del mismo que han sido consumidos por el hombre bajo la forma de alimentos y vestimenta, retorno que es condición natural eterna de la fertilidad permanente del suelo. Con ello destruye, al mismo tiempo, la salud física de los obreros urbanos y la vida intelectual de los trabajadores rurales. Pero a la vez, mediante la destrucción de las circunstancias de ese metabolismo, circunstancias surgidas de manera puramente natural, la producción capitalista obliga a reconstituirlo sistemáticamente como ley reguladora de la producción social y bajo una forma adecuada al desarrollo pleno del hombre. En la agricultura, como en la manufactura, la transformación capitalista del proceso de producción aparece a la vez como martirologio de los productores; el medio de trabajo, como medio de sojuzgamiento, de explotación y empobrecimiento del obrero, la combinación social de los procesos laborales, como opresión organizada de su vitalidad, libertad e independencia individuales. La dispersión de los obreros rurales en grandes extensiones quebranta, al mismo tiempo, su capacidad de resistencia, mientras que la concentración aumenta la de los obreros urbanos. Al igual que en la industria urbana, la fuerza productiva acrecentada y la mayor movilización del trabajo en la agricultura moderna, se obtienen devastando y extenuando la fuerza de trabajo misma. Y todo progreso de la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino a la vez en el arte de esquilmar el suelo; todo avance en el acrecentamiento de la fertilidad de éste durante un lapso dado, un avance en el agotamiento de las fuentes duraderas de esa fertilidad». (Karl Marx; El Capital, Tomo I, 1867)

martes, 15 de mayo de 2018

El negacionismo del cambio climático y la influencia del hombre en él; Equipo de Bitácora (M-L), 2017


«Hemos presenciado como los teóricosa del Partido Comunista de España (reconstituido) fallan a la hora de distinguir o reconocer que es y que no es terrorismo, fascismo, oportunismo y demás conceptos. En el mismo sentido, en lo referente al «cambio climático» no nos decepcionan y saltan a la palestra ideólogos del resto de esta formación con las clásicas teorías negacionistas del cambio climático que no tienen nada que envidiar a las de los mayores ideólogos del denominado neoliberalismo moderno.

En su «medio no oficial» donde publican toda su bazofia expresan:

«Cambios climáticos ha habido toda la puta vida. A ver si lo que va a haber es lo contrario y nos están engañando: enfriamiento global. Algo que cierta agricultura agradece como el espárrago, al igual que el tomate precisa de calor en verano, al menos en las huertas naturales. Hace algunos años, no muchos, nevó en el desierto del Sahara argelino. ¿Increíble? No, por cierto. Pero sí noticiable, porque es más excepcional que habitual y, sin embargo, no se dijo apenas nada cuando, curiosamente, vendría -la noticia- de perlas a los defensores del terrorífico «cambio climático». También nevó en 2005 en Melilla. Y en los valles de Kenia y no solamente en las montañas nevadas del Kilimanjaro. ¿Diremos que es la mano del hombre la que daña y destroza la Naturaleza? Para mí tengo que es la rapiña del capitalismo, fundamentalmente, básicamente, quien lo hace que, encima, nos quiere acojonar con inventos como el «cambio climático» mientras la crisis galopa y corta el viento». (Movimiento Político de Resistencia; ¡Jodé, qué caló!, 4 de julio de 2015)

Este artículo ridículo ha sido escrito por Olarieta o al menos ha sido escrito por otro bajo sus mismas ideas. Véase las mismas tesis pseudocientíficas que Olarieta expone en su artículo: «El enfriamiento global» de 2009, para comprobar que el pensamiento y la forma de escribir es calcada. Sinceramente, sabíamos que Olarieta suele salir con estupideces pero no imaginábamos que esas estupideces fueran colosales.

Con este lenguaje de tasca nos pretenden vender que no existe el llamado «cambio climático» bajo varios sofismas:

a) El primer argumento que se utiliza es que ha habido «cambios climáticos ha habido toda la puta vida», con lo que parece ser que se ignora entre cambios climáticos producidos debido a causas internas o externas al planeta y el actual cambio climático que se produce debido por encima de todo a la actividad humana y a su abuso de los recursos de la naturaleza. Los cambios climáticos más conocidos son: el que sufrieron en la época de «Pangea» I y II; en la etapa de la desaparición de los dinosaurios –hace 65 millones de años–; en el óptimo climático medieval –que duró desde el siglo X hasta el siglo XIV–, o en la pequeña edad de hielo –que abarcó desde comienzos del siglo XIV hasta mediados del XIX–, pero lo esencial es que ninguno de los cambios climáticos de estas épocas sucedió a causas exactamente iguales a las del cambio climático que hoy vivimos. En los dos primeros casos queda descartado toda analogía y responsabilidad del hombre por la inexistencia del homo sapiens, y en los otros dos casos pese a la existencia del hombre, la incipiente industria y otras actividades económicas no tenían unos niveles en que pudiesen influir en el medio ambiente hasta los puntos que hablamos. En cambio el actual cambio climático sí se debe a causas directamente relacionadas con las actividades humanas. Desde el año 1990 –y viene sucediendo desde los años 50– la temperatura media del clima terrestre no ha dejado de aumentar. Unos cambios tan repentinos y rápidos que nada tiene que ver en comparación con otros cambios históricos.

¿Por qué ocurre? Tras la revolución industrial se implementó un modelo que potenciaba aún más el derroche de recursos dentro de la lógica del crecimiento económico constante y máximo beneficio propio del capitalismo, esto abarcó la explotación intensiva de los seres vivos –flora y fauna– acompañada de un uso creciente y exponencial de «combustibles fósiles»; todo ello sostenido por la moral proporcionada por la reforma cristiano-protestante, recordemos que la moral capitalista se impulsa por el protestantismo cuyo primer paso fue quitar la carga de pecado que tenía el ejercicio de la «usura», basando su idea en que «el hombre es el centro de la creación, por tanto tiene a libre disposición los recursos, si tienes éxito en los negocios es porque has sido elegido por Dios, y que en caso de agotamiento dios proveerá soluciones acorde». Las nuevas tecnologías requerían de un gran aporte de energía: se cambió la leña por el carbón y el petróleo. Los combustibles fósiles se empezaron a gastar más rápido de lo que se generan –no son renovables–. Algunos de los impactos más importantes fueron los monocultivos con empleo de plaguicidas y fertilizantes, que aumentan la deforestación, la contaminación y la erosión, o el hacinamiento de la población en las grandes ciudades, que dificulta el aporte de recursos y el tratamiento de los residuos, y aumenta las enfermedades, de hecho los marxistas del siglo XIX ya analizaron en su época muchos de estos problemas y plantearon soluciones lejos de utopías como las actuales. Lejos de ser casualidad, bajo el capitalismo este panorama era y es totalmente normal, pues el capitalismo solo busca la rentabilidad a cualquier coste, inclusive obtener superganancias en detrimento del ecosistema natural, no se detiene ante nada, ni siquiera ante una posible perspectiva de un planeta inhabitable en próximas décadas o decenios.