sábado, 26 de septiembre de 2026

La pedantería en el lenguaje para aparentar sapiencia, el vicio incurable de los intelectualoides; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

[Post publicado originalmente en 2022. Reeditado en 2026]

«La filosofía alemana, en su aspecto más diluido pasó a ser patrimonio común de los «instruidos», y cuanto más se convertía en patrimonio común, tanto más desleídas, incoherentes e insípidas se hacían las opiniones de los filósofos y tanto mayor era el prestigio que esta confusión insipidez les creaban entre el público «instruido». (…) La confusión de las formas y del contenido, la vulgaridad altanera y el absurdo grandilocuente, la trivialidad indescriptible y la miseria dialéctica, peculiares de esta filosofía alemana en su última fase, superan todo lo aparecido en cualquier momento en este terreno. Sólo puede compararse con ello la credulidad de la gente que toma en serio todo eso y lo considera la última novedad, «algo nunca visto». (Friedrich Engels; La consigna de abolición del estado y los «amigos de la anarquía» alemanes, 1850)

En su momento, también Karl Marx denunció a esos entrañables seres que de tanto en tanto asomaban la cabeza dándose a conocer con las etiquetas de «reformadores sociales» o «libre pensadores». Hoy esto aún nos suena, son aquellos tipejos caracterizados por anunciar fórmulas milagrosas en un lenguaje rimbombante con la intención de aparentar distinguida sapiencia. A la hora de la verdad, a lo sumo solo logran meterse en el bolsillo al público más impresionable, valiéndose para ello −con mayor motivo de vergüenza− de los mismos trucos argumentativos que han podido copiar en otros estafadores anteriores:

«Quiero denunciar al señor Grün, de París. Pretende haber aclarado los axiomas más importantes de la ciencia alemana. (…) Este hombre más que un caballero de la industria literaria, es una especie de charlatán que quiere hacer comercio con las ideas modernas. Pretende ocultar su ignorancia con frases pomposas y arrogantes, pero no ha conseguido más que ponerse en ridículo con su galimatías». (Karl Marx; Carta a Proudhon, 5 de mayo de 1846)

«Su literatura teórica sólo puede ser entendida por quienes se hallen iniciados en los misterios del «espíritu pensante». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

Cualquiera que haya ojeado alguna vez ese lenguaje estrafalario y endogámico que se hallaba en «La Forja» y se halla hoy en «Línea Proletaria», no podrá sino estar de acuerdo con nosotros que, aunque la historia no se repite exactamente dos veces, estos paralelismos y paradojas de la historia resultan extremadamente cómicos e instructivos. El desarrollo político de los «reconstitucionalistas» es análogo al de muchos personajes históricos que destacaban por una estética y discurso muy pintoresco, pero que debido a la vacuidad que se escondía detrás de sus gestos y proclamas no solo no triunfaron, sino que pronto acabaron pasando a mejor vida −políticamente hablando−:

«Weitling se trasladó a Bruselas a comienzos del año 1846. Cuando su campaña de agitación en Suiza se paralizó, por efecto de sus contradicciones internas y de la brutal represión de la que luego fue objeto, buscó refugio en Londres, donde no pudo llegar a entenderse con los integrantes de la Liga de los Justicieros. Fue presa de su cruel destino precisamente por querer huir de él acogiéndose a un antojo de profeta. En vez de lanzarse de lleno al movimiento obrero inglés, en una época en la que la agitación cartista alcanzaba una gran altura, se puso a trabajar en la construcción de una gramática y una lógica fantásticas, preocupado por crear una lengua universal, que en lo sucesivo habría de ser su quimera preferida. Se arrojó precipitadamente a empresas para las que no poseía capacidad ni conocimientos de ninguna especie, y así fue cayendo en un aislamiento espiritual que lo separaba cada vez más de la verdadera fuente y raíz de su fuerza: la vida de su clase. (…) El tribuno del pueblo, semanario publicado por Kriege en Nueva York, promovía, en términos infantiles y pomposos, un fanatismo fantástico y sentimental que nada tenía que ver con los principios comunistas y que solo podía contribuir a desmoralizar en el más alto grado a la clase obrera». (Franz Mehring; Karl Marx. La historia de su vida, 1918)

Y, aun así, ubicándolo en su contexto concreto, es una afrenta para la memoria de gente como Wilhelm Weitling el que lo compararemos con estos revolucionarios de poca monta. Este personaje, al menos durante sus inicios, se prodigó en un abnegado trabajo de masas y propagó escritos de interés e importancia para la incipiente concienciación del proletariado de su tiempo. En todo caso, lo que queda claro es que estos maoístas contemporáneos comparten los mismos pecados del utópico Weitling, entre los que sobresale: a) en primer lugar, la incapacidad de extraer las lecciones de la historia, lo que siempre deriva en acabar rezagado de las necesidades reales; b) a partir de ahí, se empecinan en sus opiniones sin sentido por tradición, devoción o apego a terceros, perdiendo todo rédito político que alguna vez se hubiera cosechado. Eso sí, hemos de ser justos una vez más: ser Weitling en el siglo XIX es algo hasta comprensible; en cambio, ser maoísta en el siglo XXI es un atentado contra toda lógica. 

sábado, 12 de septiembre de 2026

Paul Lafargue; «El dinero» de Zola, 1891

La siguiente es una recopilación de escritos sobre la tendencia literaria del naturalismo analizados desde una óptica marxista: 

1) Paul Lafargue; «El dinero» de Zola» (1891); 

2) Plejánov; «Arte y vida social» (1912);

3) Lina Blumfeld; «El naturalismo», (1934); y 

4) Alfred Uçi; «Laberintos del modernismo: crítica de la estética modernista» (1978).

Esta resulta especialmente interesante en tanto que el naturalismo se fraguó a nivel artístico presentándose con gran afán de originalidad, en teoría, basándose en nuevos descubrimientos científicos. Sin embargo, acabó incurriendo en los mismos vicios y limitaciones que sus predecesores: a) el lenguaje lejos de ser una herramienta para reflejar la realidad y vislumbrar una nueva, se usó para crear nuevos estilos y juegos lingüísticos; b) a falta de un conocimiento sólido del material de estudio, se contentó por plasmar lo aparente e intentó impresionar al lector con un descriptivismo de los paisajes y personajes que resulta tan increíble como insulso; b) popularizó el embelesamiento de lo horripilante, patológico y anecdótico que tanto gustó a los románticos, decadentes, morbosos y espíritus lastimeros en general; c) para intentar explicar las pasiones nobles o cuestionables de sus personajes cayó preso de un fatalismo del ambiente o hereditario; d) en suma, equiparó lo social y lo biológico a través de un fisiologismo y un materialismo mecanicista tan propio del positivismo y el darwinismo social.

Lo que debe la novela a Émile Zola

«Una manía encantadora e inocente corre rampante en el clan de los escritores parisinos: cada uno de ellos se considera creador de un nuevo género literario, uno en el terreno del lirismo, el otro en el de la novela; todo el mundo tiene derecho a ser director de escuela; cada uno es considerado a sus propios ojos tan original que él mismo se sitúa en las antípodas de todos sus honorables colegas. Sin embargo, a estos señores les une estrechamente el desprecio con el que honran recíprocamente las obras de genio de los demás y el miedo a que se ponga en duda su pretensión de originalidad. Cuando se dirigen entre sí, no dejan de referirse unos a otros como «maestros», con la mayor cortesía y la mayor seriedad. Los hermanos Goncourt, tan hábiles en el arte de la escritura aburrida, creen que la Academia oficial es demasiado pequeña para contener a todos los genios en busca del espíritu que vagan por las calles, y fundaron junto al «Teatro libre» de Monsieur Antoine, y a su imagen, una fábrica libre de «inmortales». ¡Le dotaron de una suma que, por cierto, sólo debe pagarse después de su muerte!

Para ganarse los laureles con los que ellos mismos coronan sus cabezas −los mejores elogios son los que se dirigen a uno mismo−, letristas y novelistas no se han cargado con un incómodo bagaje de pensamientos y reflexiones originales, ni siquiera se han molestado en crear una nueva forma literaria. El público en general, cuyos aplausos y dinero en efectivo codiciaban estos caballeros, no debería desconcertarse ni sorprenderse por la originalidad: se contentaba con cultivar las formas utilizadas y vestidas por sus predecesores. La historia verá en la absoluta falta de imaginación la característica más destacable de los «líderes» de las diferentes «escuelas» contemporáneas. Todos sus esfuerzos y sus aspiraciones se limitaban a quitar del verso y de la novela −en cuanto al drama habían sido expulsados de los teatros a silbatos por el público− el entusiasmo juvenil y la fantasía desbordante que hacían el encanto del romanticismo de 1830: en su lugar, ofrecieron muestras de sus pacientes y esfuerzos dolorosos. Nos dieron una literatura de magistrados aburridos y sucios.

Lenin discutiendo con Noskov sobre el capital humano disponible para acometer las tareas de «Iskra»

La siguiente carta de Lenin trata de un tema cotidiano, sobre problemas comunes en el trabajo organizativo y centrada en mejorar a los individuos, corrigiendo sus malos hábitos y el caos reinante en su proceder político, para así no sumir en la anarquía también a aquellos con quienes se coordina. Tanto a aquellos que hayan vivido las dificultades de lidiar con perfiles problemáticos, como a quienes adolezcan de los vicios o defectos descritos, les será de gran utilidad conocer la actitud que exigía Lenin para corregir a sus allegados. 

Daremos un brevísimo contexto al lector, la carta data de 1902, época en la que el periódico «Iskra» estaba construyendo los cimientos del futuro Partido Bolchevique, constituido en 1903. Lenin, como parte del consejo de redacción, ya tenía una gigantesca carga de trabajo a sus espaldas, siendo el segundo redactor del periódico que más artículos aportó a este. Aquello no impedía a algunos de sus camaradas en reclamarle ayuda ante diversos problemas, muchas veces ajenos a su competencia y que correspondían a ellos solucionar. Aunque parezca surrealista, un Lenin lejos de Rusia, en el extranjero donde se publicaba «Iskra», debía sacar tiempo de su agenda para reiterar e insistir en aplicar las directrices contenidas en su recién publicado «Qué hacer» (1902), pues algunos «iskristas» del interior de Rusia obraban por libre. Así, por ejemplo, en 1901, sin haber pasado un año desde que empezó la publicación de «Iskra», se le sugirió a Lenin detener la publicación del periódico en todo el país para sustituirla por un nuevo periódico nuevo de alcance solo regional. Ante tal perspectiva, de dar marcha atrás con lo que costó montar un periódico para todo el país y volver a la dispersión previa, Lenin fustigó: 

«La razón de ser de la organización de «Iskra» es apoyar e impulsar el periódico y, por medio de él, unir al Partido, y no dispersar nuestras fuerzas, que ya lo están bastante sin esa organización. (…) Es absurdo y criminal dispersar fuerzas y fondos; «Iskra» no tiene dinero, sus agentes rusos no le suministran un kopek y, sin embargo, cada uno de ellos proyecta una nueva empresa que requiere nuevos fondos. Todo esto revela falta de firmeza». (Vladímir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a S. O. Tsederbaum, julio de 1901)

Reflexionando sobre la situación en la que se hallaba recalcó: 

«La experiencia nos ha demostrado los pocos que somos para fundar un verdadero órgano político, qué pocos colaboradores y periodistas tenemos, qué pocas personas con vinculaciones políticas, qué pocos prácticos que se hagan cargo de la distribución y la expedición. Hay pocas personas de esta clase en Rusia, sin necesidad de que las desperdiguemos aún más y abandonemos una empresa de toda Rusia, que ya está empezada y que necesita apoyo general, para dedicarnos a fundar una nueva empresa local». (Vladímir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a S. O. Tsederbaum, julio de 1901)

La solución de Lenin consistía en dos axiomas, paciencia y disciplina. Entregarse en cuerpo y alma a «Iskra», aumentar su difusión, contribuir a ella, mantener el horizonte político general por encima de las estrecheces locales y lograr con la suma de esfuerzos mejorar su regularidad, pues Lenin planeaba conseguir su publicación mensual pronto y algo más tarde la quincenal. Había que armarse de empeño, no «saltar con impaciencia de un plan a otro» y no «desanimarse por reveses temporales», no abandonando sus cometidos solo por «dos o tres fracasos» partiendo de nunca haberse intentado. El plan de impulsar la «Iskra» requería paciencia, donde seguir lo previamente acordado y mantener cada cual su compromiso daría sus frutos: «lograremos nuestro objetivo, si bien no tan pronto». 

Puesto todo el mundo sobre la misma página, ¿cuál es, entonces, la actitud personal que se ha de tomar con un cometido así? ¿Han de actuar los revolucionarios ante el órgano de expresión pasivamente, desde la distancia y tomándolo como asunto ajeno, o han de involucrarse plenamente con este para mejorar su éxito? El documento reproducido responderá a estos interrogantes.

«Usted se queja de nuestros «agentes». Quiero hablar de eso con Usted; también a mí me preocupa mucho este tema. «Los agentes han sido reclutados demasiado a la ligera»… Lo sé, lo sé demasiado bien, jamás lo olvido, pero esa es precisamente la tragedia −¡créame, no es exagerada la palabra tragedia!− de nuestra situación consistente en que nos vemos obligados a proceder en esta forma, en que somos impotentes para superar la desorganización que impera en nuestros asuntos. Sé muy bien que sus palabras no implican un reproche a nosotros. Pero trate de ponerse del todo en nuestro lugar y adopte una actitud que le haga decir «nuestros agentes» y no «los agentes de ustedes». Usted puede y −en mi opinión− debe adoptar esa actitud, y sólo entonces desaparecerá, de una vez para siempre, toda posibilidad de malentendidos.

Sustituya la segunda persona por la primera, vigile Usted también a «nuestros» agentes, ayude a encontrarlos, a cambiarlos y a sustituirlos y entonces Usted no hablará de la «antipatía» de nuestros agentes −ese lenguaje por fuerza ha de ser entendido: se lo considera como una expresión de alejamiento, se lo considera así en general y así lo consideran los miembros de nuestro cuerpo de Redacción que no han tenido la posibilidad de aclarar las cosas con Usted−, sino de los defectos de nuestra causa común. Hay infinidad de estos defectos y a medida que pasa el tiempo, siento cada vez más su peso. Se va acercando la hora −lo presiento− en que nos enfrentaremos de lleno con el problema: o Rusia destina su gente, designa personas para que nos ayuden y resolvamos las cosas, o… Y aunque sé y veo que se está designando a esas personas y que crece su número, eso se hace con tanta lentitud y con tantas interrupciones, y el «chirrido» de la maquinaria tortura tanto los nervios, que… a veces resulta muy penoso. 

«Los agentes han sido reclutados demasiado a la ligera». Sí, pero después de todo nosotros no fabricamos el «material humano», sino tomamos, y tenemos que tomar, lo que nos dan. No podemos prescindir de eso. Viaja un hombre a Rusia; «quiero trabajar para «Iskra», dice. Es un hombre honrado, fiel a la causa. Bien, parte, por supuesto, y pasa por «agente» nuestro, aunque ninguno de nosotros le haya conferido jamás ese título. ¿y con qué medios contamos para controlar a los «agentes», dirigirlos o destinarlos a otros lugares? Por lo general, ni siquiera logramos que nos escriban y en nueve casos de cada diez −lo digo por experiencia propia− todos nuestros planes respecto a la actividad futura del «agente» se convierten en humo no bien atraviesa la frontera, y el agente trabaja como Dios le da a entender. Créame, prácticamente estoy perdiendo la fe en las suposiciones, los itinerarios, planes, etc., que se elaboran aquí, porque sé de antemano que nada resultará de eso. Nos vemos «obligados» a hacer esfuerzos denodados para realizar −por falta de personas adecuadas− las tareas de otros. Para poder designar a agentes, atenderlos, responder por ellos, unirlos y dirigirlos en la práctica, hay que estar en todas partes, correr de un lado a otro, verlos a todos ellos en su tarea, trabajando. Para eso se necesita un equipo de organizadores y guías prácticos, pero no los tenemos, es decir, los hay, pero, claro, son poquísimos... Esa es toda nuestra dificultad. Resulta a menudo tan irritante comprobar nuestra falta de organización que se nos quita la capacidad de trabajo; el único consuelo es que si avanza −y evidentemente avanza− a pesar de todo ese caos, tiene que ser una causa vital. Ello significa que cuando haya fermentado tendremos buen vino.