domingo, 30 de octubre de 2022

¿Fue Jesús el representante del «comunismo primitivo» o del «esclavismo primitivo»? ; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«En esta sección repasaremos varias dudas legítimas que se suelen tener los lectores acerca del cristianismo: a) ¿qué relación tuvieron sus primeras comunidades con el comunismo primitivo y el esclavismo?; b) ¿qué conceptos tuvieron los primeros cristianos sobre la usura, el comercio, el celibato o la mujer?; c) ¿a qué se debe que la Biblia contenga tantos pasajes aparentemente contradictorios?; d) ¿en qué errores suelen incurrir los investigadores al analizar los orígenes del cristianismo? Esto nos servirá una vez más para comprobar que, en cuanto a los «reconstitucionalistas», no solo no aportan nada significativo al tema, sino que hacen pasar por novedoso lo ya descubierto hace cientos de años o vuelven a nociones equivocadas y ya superadas.

En primer lugar, cualquiera sabrá que el cristianismo nació como una herejía del judaísmo, aunque en todo momento se alimentó de los conocimientos, mitos y ritos greco-romanos y orientales, desde el gnosticismo, el mitraísmo, el zoroastrismo, el estoicismo, el neoplatonismo y otros ismos, ganando esta última tendencia sincrética y universalizadora −especialmente por los esfuerzos de Paulino− sobre la que era más tradicional o judaizante −capitaneada por Santiago−. En segundo lugar, estas influencias no podían dejar de reflejar en la nueva religión una noción abiertamente conciliadora con el esclavismo, por tanto, el cristianismo era, ya de primeras, incompatible con un comunismo primitivo que, para más inri, para aquel entonces hacía tiempo que se había extinguido en la mayoría de pueblos en que habitaban los primeros núcleos de feligreses. En tercer lugar, si el ambiente decadente de la época entre las clases pudientes del Imperio romano era de un gran temor por el porvenir −o un hedonismo para escapar de la vorágine de desastres−, entre las clases bajas el creciente pauperismo, la desilusión e impotencia por las rebeliones esclavistas fallidas, así como el contacto con la propaganda de todo tipo de sectas y predicadores que prometían algún tipo de consuelo o mejora en otra vida, terminaron por crear un caldo de cultivo idóneo para una expresión como lo era el cristianismo. Véase la obra de Serguéi Kovaliov «Historia de Roma» (1948).

En el siglo II el filósofo griego Celso ya describió a los cristianos primitivos, quienes, como hoy los «reconstitucionalistas», se caracterizaban por la incredibilidad que profesaban y la iracunda irracionalidad de su actuar:

«Agrupó en torno suyo, sin selección, una multitud heterogénea de gentes simples, groseras y perdidas por sus costumbres, que constituyen la clientela habitual de los charlatanes y de los impostores, de modo que la gente que se entregó a esta doctrina nos permite ya apreciar qué crédito conviene darle. (…) Es preciso incluso que las creencias profesadas se fundamenten también en la razón. Los que creen sin examen todo lo que se les dice se parecen a esos infelices, presas de los charlatanes, que corren detrás de los metragirtos, los sacerdotes de Mitra, o de los sabacios y los devotos de Hécate o de otras divinidades semejantes, con las cabezas impregnadas de sus extravagancias y fraudes. Lo mismo acontece con los cristianos. Ninguno de ellos quiere ofrecer o escrutar las razones de las creencias adoptadas. Dicen generalmente: «No examinéis, creed solamente, vuestra fe os salvará»; e incluso añaden: «La sabiduría de esta vida es un mal, y la locura un bien». (Celso; Discurso verdadero contra los cristianos, siglo II)

Esto no es ninguna exageración, sino que se puede constatar leyendo sus textos clásicos, como la Primera Carta a los Corintios de San Pablo, en donde señala que «no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles». Esto también fue recogido por Friedländer en su obra «Vida y costumbres romanas bajo el Imperio primitivo» (1913). Aparte de todo esto, si revisamos otros pasajes de la Biblia nos encontramos con pruebas de un fanatismo inusitado:

«Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna». (Biblia; Mateo 19:29, escrito entre los años 80 y 90 d. C)

«Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo». (Biblia; Mateo 14:24, escrito entre los años 80 y 90 d. C)

Si esto le sabe a poco al lector también puede repasar la obra de Engels «Contribución a la historia del cristianismo primitivo» (1894), en donde se repasa la vida de tropelías y estafas de Peregrino Proteo, uno de los primeros jefes cristianos en Palestina. Este pasó en tiempo récord de ser un errante y cínico a una de las mayores autoridades del cristianismo, siendo curiosamente expulsado de la comunidad por no cumplir los preceptos extremos que él mismo predicaba. En todo caso, en su momento de mayor apogeo, la devoción de sus fieles llegó a puntos tan delirantes que, según el testimonio del siriaco Luciano de Samosata, escritor y humorista del siglo II: «Estos infelices creen que son inmortales y que vivirán eternamente, en consecuencia, desprecian los suplicios y se entregan voluntariamente a la muerte», se les «convence de que todos son hermanos»; de manera que si «entre ellos se presenta un impostor, un bribón hábil, no tiene ningún problema para enriquecerse muy pronto, riéndose con disimulo de su simpleza».

Esta extrema candidez de los primeros cristianos, como ya hemos visto atrás, tiene su explicación no tanto en la ignorancia personal de estos −que también−, sino más bien por el momento histórico tan particular en que aparecieron y se difundieron las primeras comunidades [*], así como su origen social −proviniendo de las capas menos ilustradas−. Engels se encargó de recordar esto al lector describiendo cual era el ambiente social en que se redactó el famoso libro del «Apocalipsis» −escrito en el año 95 aproximadamente−: «Fue [esta] una época en la que, en Roma y en Grecia, pero incluso más en Asia menor, en Siria y en Egipto, una mezcla absolutamente aventurada de las más groseras supersticiones de los pueblos más diversos era aceptada sin examen y completada con piadosos fraudes y un charlatanismo directo, en la que los milagros, los éxtasis, las visiones, la adivinación, la alquimia, la cábala y otras hechicerías ocultas actuaban como el protagonista principal»; ergo «en esta atmósfera nació el cristianismo primitivo, y esto en una clase de personas que, más que cualquier otras, estaban abiertas a estos fantasmas».

martes, 18 de octubre de 2022

Ni los «reconstitucionalistas» ni sus competidores han logrado tener jamás un «órgano de expresión» a la altura de las circunstancias; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«En esta sección aprenderemos muy rápidamente que los «reconstitucionalistas», emulando a sus competidores, no solo no han aprendido nada significativo de la experiencia bolchevique a la que tanto se remiten, sino que todas y cada una de sus especulaciones en materia de organización, formación, agitación y propaganda van a contracorriente, y no precisamente porque nos traigan algo mejor. 

Aquí nos detendremos especialmente sobre la importantísima labor del «órgano de expresión», el cual hace las veces de aglutinador y organizador, desgranando a grosso modo cuales son las mejores formas de adaptarlo a las necesidades del siglo XXI. Demostraremos cómo todo grupo político que no es capaz de proveer a este «órgano de expresión» de una regularidad en su publicación, y una calidad en su contenido, acaba pereciendo más pronto que tarde. De igual modo, repasaremos las dudas más típicas sobre la relación que ha de darse entre «redactores» y «lectores», entendiendo cómo se condicionan los unos a los otros −superando los métodos escolásticos y la dependencia en unas cuantas personas−. Estudiaremos la polémica «teoría de los cuadros» de los «archiomarxistas», muy popular entre los grupos trotskistas, quienes, como los «reconstitucionalistas», niegan que pueda darse una «práctica revolucionaria» hasta tener una nueva y ultimísima «teoría revolucionaria» libre de errores. Por último, aclararemos que, en lo referente a las labores de «traducción» y «divulgación» de la «literatura clásica», estas han sido facilitadas con la eclosión de las nuevas tecnologías y el acceso masivo a la información, pero dichas herramientas sirven de muy poco sin una tramitación crítica de todos los fenómenos −pasados y presentes−. 

¿De verdad han aprendido algo los revisionistas modernos de los «bolcheviques» y otras experiencias?

Empecemos por retroceder hasta el año 1901 y repasar cuál era, según Lenin, la condición sine qua non, para que el movimiento político revolucionario pudiera echar a andar y, con el tiempo, tomarse en serio:

«Sin un órgano político, es inconcebible en la Europa contemporánea un movimiento que merezca el nombre de movimiento político. Sin él, es absolutamente irrealizable nuestra misión de concentrar todos los elementos de descontento político y de protesta, de fecundar con ellos el movimiento revolucionario. (...) La misión del periódico no se limita, sin embargo, a difundir ideas, a educar políticamente y a conquistar aliados políticos. El periódico no es sólo un propagandista colectivo y un agitador colectivo, sino también un organizador colectivo. En este último sentido se le puede comparar con los andamios que se levantan alrededor de un edificio en construcción, que señalan sus contornos, facilitan las relaciones entre los distintos constructores, les ayudan a distribuirse la tarea y a observar los resultados generales alcanzados por el trabajo organizado». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Por dónde empezar?, 1901)

Una vez llegados a cierto punto de capacidad operativa, los revolucionarios rusos podían afirmar que su propaganda y agitación llegaba ya a todas las capas de la sociedad:

«¿Tenemos bastantes fuerzas para llevar nuestra propaganda y nuestra agitación a todas las clases de la población? Pues claro que sí. Nuestros «economistas», que a menudo son propensos a negarlo, olvidan el gigantesco paso adelante que ha dado nuestro movimiento de 1894 −más o menos− a 1901. (...) En todas las provincias se ven condenadas a la inactividad personas que ya han tomado o desean tomar parte en el movimiento y que tienden hacia [el marxismo] −mientras que en 1894 los [marxistas] rusos podían contarse con los dedos−». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a un camarada acerca de nuestras tareas de organización, 1902)

Aquí debemos matizar varias cosas. ¿Cuántos de los actuales grupos políticos de «izquierda» tienen «corresponsales permanentes entre los obreros» y «mantienen estrecho contacto con el trabajo interno de la organización», como comentaba Lenin en dicha carta? ¿Cuántos reciben en las diversas provincias del país a varias personas que «desean incorporarse al movimiento»? Si la mayoría de «grupos subversivos» actuales apenas tienen capacidad para ser conocidos fuera de su zona de confort, deberían no lanzar las campanas al vuelo. ¿Qué hay que hacer en una situación así, donde tal cosa no se ha logrado, y donde además no se tiene la capacidad de llegar a todo?

«Toda la vida política es una cadena infinita compuesta de un sinfín de eslabones. Todo el arte de un político estriba justamente en encontrar y aferrarse con nervio al preciso eslaboncito que menos pueda ser arrancado de las manos, que sea el más importante en un momento determinado y mejor garantice a quien lo sujete la posesión de toda cadena». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902)

¿Se ha sabido buscar este «eslabón» clave? Está claro que no. Incluso en tal época de «ascenso y participación de las masas», Lenin ya dejó patente en el «Proyecto de declaración de la redacción de Iskra y Zaria» (1900), que el problema que enfrentaba el movimiento revolucionario era su «fraccionalismo», su «carácter artesano». Cada círculo local tenía sus medios de expresión donde sus literatos manifestaban sus opiniones sin más, cada agitador realizaba su actividad basándose en un «practicismo estrecho», totalmente divorciado del «esclarecimiento teórico». La forma de agitación predominante, los panfletos sobre cuestiones locales y económicas, se habían vuelto ya «insuficientes», y gran parte de los artículos publicados en los periódicos locales eran por su bajo nivel una «caricaturización del marxismo». No había apenas conexiones ni entre los diversos círculos ni muchas veces entre los propios miembros de un mismo círculo. Estos aparecían fulgurantemente en escena y al poco tiempo fenecían sin apenas haber cogido impulso. ¡Vaya! Uno no puede evitar comparar automáticamente estas descripciones de hace más de un siglo con la triste actividad de los grupos actuales, ¿verdad? En aquel entonces, como hoy, para abandonar tales defectos no cabía otro camino que crear una plataforma ideológica centralizada que representase la «línea política conjunta», una «literatura común», en definitiva, un medio que dejase claras las aspiraciones del colectivo unificado:

«El Centro dirigente del Partido −y no sólo de un comité o de un distrito− es el periódico Iskra. (…) Yo desearía señalar tan sólo que el periódico puede y debe ser el dirigente ideológico del partido, desarrollar las verdades teóricas, las tesis tácticas, las ideas generales de organización y las tareas generales de todo el Partido». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a un camarada acerca de nuestras tareas de organización, 1902)

En el «¿Qué hacer?» (1902), Lenin definió así los términos «propaganda» y «agitación» en su aplicación cotidiana. Sobre el primero dijo que un «propagandista» debe «proporcionar muchas ideas, un número tan grande de ideas, que al primer golpe todas estas ideas tomadas juntas no podrán ser asimiladas más que por un número −relativamente− restringido de personas». Mientras que, «tratando del mismo problema», el «agitador» en cambio «se apoyará en el hecho más conocido por sus auditores y, apoyándose en dicho hecho conocido por todos, realizará el máximo esfuerzo para dar a la masa una sola idea». ¿Cómo se traslada y aplica eso a la prensa?

«Lo que aquí resulta importante subrayar es que la prensa, entendida como un sistema de prensa, sirve a la vez para la agitación y la propaganda. (…) El proyecto esbozado aquí −antes de cualquier publicación efectiva− no se realizará más que una vez alcanzada la plena madurez del partido revolucionario. A la espera de ello conviene, a modo de primera piedra, crear un periódico reservado a la franja politizada, a los militantes que harán despertar a su vez a nuevas capas. (…) Gracias a su carácter central, el periódico permite realizar la síntesis de toda la experiencia del partido: documentos, correspondencias, hechos de actualidad son analizados, seleccionados y sistematizados a través del periódico». (Madeleine Worontzoff; La concepción de la prensa de Lenin, 1979)

jueves, 6 de octubre de 2022

El arte prehistórico y su origen: otro campo de debate entre el idealismo y el materialismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


«En este capítulo abordaremos varios temas: a) demostraremos cómo el arte prehistórico tampoco está a salvo de la cosmovisión del autor; b) recordaremos que los progresos y atrasos en el campo del conocimiento prehistórico no son ajenos a cualquier otra ciencia; c) repasaremos si el materialismo histórico de Marx y Engels ha sido un método «muy limitado» para abordar y explicar los fenómenos artísticos; d) explicaremos por qué la mera existencia de la religión no resuelve las incógnitas del arte prehistórico; e) resumiremos los hitos del arte paleolítico y neolítico; f) y, por último, aclararemos ciertos malentendidos que se suelen dar en la relación entre fuerzas productivas y arte.

El arte prehistórico tampoco está a salvo de la cosmovisión del autor

En prehistoria han existido –como en cualquier campo de estudio– varias explicaciones a lo largo de los siglos sobre un mismo fenómeno, como en este caso es del arte paleolítico. Repasemos brevemente cuales de ellas han tenido más influencia y por qué es tan importante que el marxismo y sus herramientas de análisis –es decir, en este caso las que puede aportar el materialismo histórico– aborden todos estos temas con sumo cuidado para ir poniendo las cosas en orden. Gran parte del arte prehistórico se compone –aunque no en su totalidad– de las famosas pinturas rupestres; es decir, frescos en las paredes de las cuevas entonces habitadas por la humanidad y que representaban figuras de todo tipo, tanto con las que las sociedades primitivas se hallaban en relación frecuente como las que anhelaban. Y es precisamente sobre estas pinturas donde recelan la gran mayoría de teorías acerca del origen del arte prehistórico y su significado. Todas estas, pese a la variedad de sus postulados y a lo complejas que puedan llegar a ser, acaban pasando por –cuando no directamente centrándose– en la siguiente cuestión: ¿guardan estas pinturas una relación causal con las condiciones materiales de vida de los grupos humanos pretéritos o, por el contrario, son meramente un ejercicio casual, individual?

En su momento, el antropólogo escocés J. G. Frazer presentaría la idea de que las pinturas rupestres representaban un tótem. Este vendría a ser la figura abstracta de respeto y veneración hacia generaciones anteriores. Pero esto, como afirmó el historiador de arte prehistórico José Luis Sanchidrían, supondría que debería de haber al menos un tótem por cada clan, cosa que no siempre se daba según las evidencias arqueológicas. Las propias cuevas mostraban que en el arte parietal la «figura totémica» muchas veces ocupa un lugar no privilegiado de las pinturas −por sus dimensiones o posición respecto a otras figuras o símbolos−, algo inconcebible para el estatus del objeto central de veneración. Pero esta idea pudo sostenerse durante unos años más, entre tantos factores, debido a la eclosión del psicoanálisis en antropología y el arte prehistórico. ¿Y qué traían de novedoso? Según ellos, en algún momento las comunidades prehistóricas habían pasado por el proceso en que los jóvenes hubieran sufrido el «Complejo de Edipo», matando a los mayores y acostándose con sus madres, construyendo dicho tótem un reflejo de la culpa y de la figura paterna. Esta peregrina explicación era aún más inverosímil porque presuponía que se diera este fenómeno poco común de forma consecutiva. Además, presuponía que los valores que consideramos universales en torno a los roles y deberes del parentesco se traduzcan a las demás culturas.

Una de las hipótesis propuestas por los arqueólogos y expertos en arte en el siglo XIX, como Lartet y Christy, es que las representaciones artísticas de la prehistoria estaban desprovistas de todo sentido, que eran mera acción lúdica, un divertimiento similar al de los bohemios de finales de su siglo. Ridell o Luquet también sostuvieron estas tesis en el próximo siglo XX. Dicha noción tuvo un gran influjo, aunque breve, lo que no ha impedido que sus hipótesis se hayan reavivado de tanto en tanto. ¿Por qué? De nuevo, no tanto por las evidencias arqueológicas −que cada vez acumulan más datos en contra de esta teoría− como por el arte en boga entre los creadores de tales ideas. Tengamos en cuenta que muchos de estos intelectuales se movían en esferas y ámbitos modernos como las famosas «vanguardias artísticas» del siglo XX, justo en un momento de un hondo debate sobre el significado del arte. Así, por ejemplo, Hauser señalaba lo que para él era un error muy habitual:

«La convención de que lo mejor tiene que ser también lo más antiguo es tan fuerte aún hoy, que muchos historiadores del arte y arqueólogos no temen falsear la historia con tal de mostrar que el estilo artístico que a ellos personalmente les resulta más sugestivo es también el más antiguo». (Arnold Hauser; Historia social de la literatura y el arte, 1951)

En muchos casos estos deseos subjetivistas de «un arte por el arte» se intentaron trasladar al mundo prehistórico, con el fin de buscar en ese «arte puro» la «esencia del sujeto». Con ello deseaban que volviéramos a la «verdadera esencia humana», pero dudosamente podemos encontrar una «esencia fundamental» entre los seres humanos de hoy respecto a los de hace milenios. Es todavía más improbable que sociedades que no tenían el sustento asegurado, pudieran dedicar su tiempo a labores artísticas de «improvisación» para «matar» el tedio del tiempo. Incluso si aceptamos que nuestros antepasados no hubiesen tenido intención alguna con su arte, pese a todo, debemos tener en cuenta la irrupción de la religión que, como cualquier producción ideológica, no deja de ser un reflejo de las condiciones materiales de su tiempo. En consecuencia, incluso en el caso de que algunas deidades y profecías nazcan de las formas más insospechadas como sueños, trances o delirios, etcétera, estos, por muy extraños que sean, no pueden abstraerse por ejemplo de las formas geométricas y de los colores existentes de nuestro mundo material; y lo más normal es que reproduzcan ideas de poder o deseos acordes a cada mentalidad individual y colectiva, según su época determinada y su idiosincrasia propia. Si profundizamos en cada pueblo un poco, no es cuestión de azar que posteriormente los dioses etíopes fueran representados con la tez negra a semejanza de sus adoradores, o que en el arte íbero aparezca el toro, animal fundamental de su entorno y economía.

Los soviéticos recogieron este pertinente análisis ya que tuvieron que salir al paso ante este tipo de especulaciones que eran clásicas, pero no por ello menos equívocas:

«Los sociólogos burgueses y los teóricos del arte generalmente explican el origen del arte ya sea por algunas misteriosas «propiedades del alma humana» o «sentimientos de belleza» estéticos «innatos», «eternos», luego por intuición, o «subconsciente», luego por «inspiración de los elegidos», etc. No es difícil ver que la base teórica de tales puntos de vista sobre el origen del arte es el idealismo filosófico, mistificando la vida social, separando la conciencia del ser.

Algunos de los teóricos burgueses buscan los orígenes del arte en el mundo animal. Al mismo tiempo, hacen referencia al canto de los pájaros, su vistoso plumaje, los juegos de los animales, etc.

Estas teorías idealistas y metafísicas tergiversan el origen del arte. El marxismo enseña que la explicación del origen del arte debe buscarse en la propia vida social. El arte surge de las necesidades de la vida social. El arte primitivo de los pueblos de los niveles inferiores de cultura – danzas, dibujos en las paredes de las cavernas, representaciones escultóricas– es una reproducción de su actividad laboral. Por ejemplo, en los bailes de las mujeres nativas australianas se reproducen atrapar una zarigüeya, atrapar conchas, recoger las raíces de plantas nutritivas, alimentar a un niño, etc.

Los pueblos primitivos decoraban sus cuevas con dibujos, imágenes de los animales que cazaban. A veces las paredes de estas cuevas son una especie de «galerías de arte». El canto de los pueblos primitivos también estaba asociado a las actividades productivas y acompañaba su trabajo. Aquí el vínculo entre el arte y la producción social de la vida es inmediato, evidente, indiscutible. El arte aquí es sólo una forma idealizada de práctica social». (Partido Comunista de la Unión Soviética; Materialismo histórico, 1950)

También en el siglo XIX hubo figuras que trataron de buscarle un sentido más racional al arte prehistórico, explicando las pinturas como un ritual religioso. El propio Reinach, que anteriormente no parecía muy favorable a esta idea, se retractó de esa postura y adoptó este nuevo posicionamiento. Calificaba así la representación pictórica de la caza como:

«Una idea mística de la evocación por medio del dibujo o del relieve escultórico, análogo al de la invocación por medio de la oración, lo que hace investigar el origen del desarrollo del arte. (…) Estas manifestaciones artísticas no significaban, pues, lo mismo que para nosotros, pueblos civilizados, un lujo o un juego; eran la expresión de una religión muy primitiva de prácticas mágicas por medio de arpones y azagayas». (Salomón Reinach; Repertorio de arte cuaternario, 1903)

Esta idea la sacó de una comparación con las sociedades actuales más atrasadas:

«Si los trogloditas pensaban como los Aruntas de la Australia actual, las ceremonias que cumplían delante de estas efigies, debían tener por objeto asegurar la multiplicación de los elefantes, de los toros salvajes, de los caballos, de los ciervos que les servían de alimento». (Salomón Reinach; Repertorio de arte cuaternario, 1903)