«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

viernes, 22 de febrero de 2019

Sobre algunas cuestiones de principio del marxismo-leninismo; Elena Ódena, 1967


«En nuestra época la lucha revolucionaria de los pueblos atraviesa por un período de intensas luchas políticas ideológicas de importancia decisiva para el curso de todo el desarrollo histórico de nuestra sociedad. Actualmente, el revisionismo, al igual que en la época de Lenin, no constituye un fenómeno nacional sino internacional. Tras la derrota sufrida por el revisionismo, gracias esencialmente a la demoledora denuncia de Lenin, el revisionismo y el oportunismo de toda laya dejaron de tener en aquel momento una influencia decisiva entre los elementos más avanzados de la clase obrera.

Pero desde el final de la II Guerra Mundial, y con la agudización de la lucha de clases en todo el mundo y la creciente agresividad del imperialismo, cada vez más aislado y fustigado por la lucha revolucionaria de los pueblos oprimidos, las distintas corrientes de la ideología reformista y burguesa se han hecho más virulentas en el seno de la clase obrera y han llegado a penetrar en la cabeza misma de los Partidos Comunistas. Gran parte de los dirigentes de los partidos han caído así bajo la influencia de las ideas oportunistas, revisionistas, dándose el hecho agravante de que esas corrientes se han manifestado en sumo grado y en primerísimo lugar entre los actuales dirigentes del Partido Comunista de la Unión Soviética, quienes han servido de punta de lanza y de base al revisionismo.

La lucha contra las tergiversaciones y falsificaciones ideológicas y teóricas de los revisionistas modernos es una obligación ineluctable para todo Partido marxista-leninista; es imprescindible y urgente arrancar de esas corrientes reformistas a extensas capas de la clase obrera particularmente en los países más desarrollados, y también de las capas bajas de la pequeña y media burguesía. Los marxista-leninistas hemos de inspirarnos en estos momentos, en la tenacidad y la perseverancia demostradas por Lenin en su lucha por los principios revolucionarios, y contra todos los revisionistas y oportunistas, ya que de otro modo, sería difícil movilizar a las amplias masas del proletariado para la lucha revolucionaria.

El apasionamiento y la intransigencia que Lenin manifestó en esa lucha por los principios, es para nosotros el mejor punto de apoyo para perseverar en nuestros esfuerzos por desenmascarar hoy a los revisionistas y oportunistas que en España, concretamente, constituyen sin duda alguna un obstáculo considerable, por cuanto que, sirviéndose de un pasado revolucionario, tratan de infundir a las luchas obreras corrientes pacifistas, economicistas, revisionistas, etc. Pero el revisionismo de Carrillo, al igual que el de Bernstein, Kautsky y otros semejantes, será, en definitiva, vencido por la corriente revolucionaria, y como en el pasado, el proletariado encontrará el cauce revolucionario del marxismo-leninismo. Sólo pretendemos abordar en este trabajo algunas de las cuestiones de principio más urgentes que creemos necesarias plantear hoy a la luz del marxismo-leninismo con objeto de disipar los negros contornos con que el revisionismo moderno pretende ocultar a la clase obrera la senda de la revolución proletaria.

jueves, 21 de febrero de 2019

Sobre el seguidismo entre los partidos



«Habla usted de la línea del P.C. de Alemania. Indudablemente –me refiero a su línea política–, es acertada. Ello, propiamente, explica las relaciones íntimas, amistosas –y no sólo de camaradas– entre el P.C.(b) de Rusia, y el P.C. de Alemania, esas relaciones de las que usted mismo habla en su carta. Pero ¿significa esto que debamos ocultar ciertos errores en la labor política del P.C. de Alemania o del P.C.(b) de Rusia? Natural-mente que no. ¿Puede afirmarse que el C.C. del P.C. de Alemania o el C.C. del P.C.(b) de Rusia no cometen algún que otro error? ¿Puede afirmarse que la crítica de una parte de la actividad del C.C. del P.C. de Alemania –utilización insuficiente del asunto Barmat, la conocida votación de la minoría comunista en el parlamento de Prusia en el problema de la elección del presidente del parlamento, el problema de los impuestos relacionados con el plan Dawes, etc.– excluye la plena solidaridad con la línea general del C.C. del P.C. de Alemania? Claro que no. ¿Qué sería de nuestros Partidos si al encontramos nosotros en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, supongamos, cerrásemos los ojos a los errores de nuestros Partidos, nos entusiasmásemos ensalzando nuestro «acuerdo completo» y nuestra «bonanza» y nos pusiéramos a decir amén en todas las cuestiones? Creo que semejantes partidos nunca llegarían a ser revolucionarios. Serían momias, pero no partidos revolucionarios. Me parece que algunos camaradas alemanes se sienten a veces inclinados a pedimos que demos nuestro asentimiento a todo lo que hace el Comité Central del P.C. de Alemania, estando por su parte siempre dispuestos a asentir a cuanto haga el Comité Central del C.C.(b) de Rusia. Yo me opongo enérgicamente a ese asentimiento mutuo. A juzgar por su carta, usted es de la misma opinión. Tanto mejor para el P.C. de Alemania». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; Carta del Camarada Me-rt, 8 de noviembre de 1925)

miércoles, 20 de febrero de 2019

Sobre el hecho de haber militado en partidos revisionistas o sobre el hecho de separarse de ellos


«No queremos que se nos malinterprete en esta cuestión. No estamos diciendo que los elementos que hayan militado parte o gran parte de su vida en organizaciones revisionistas están condenados de por vida. No, el haber mantenido posturas ajenas al marxismo o el haber militado en organizaciones no marxistas es un proceso lógico que puede ocurrir en el desarrollo dialéctico de la vida, formación y maduración de un revolucionario desde sus inicios hasta que toma consciencia real y total de las cosas, y de ello dependen varios factores como el origen social, el contexto cultural del individuo, el ambiente en que se desarrolla, y los rasgos de personalidad que porta, que puede hacer que ese viraje sea más corto o más largo, tenga más ziz zags o menos. Pero tampoco nos equivoquemos, el mero hecho de separarse de un partido revisionista no significa que seas un verdadero marxista-leninista. Tal elemento debe realizar una autocrítica y examinar las razones de su salida; y si es motivada por razones de incompatibilidad ideológica debe preguntarse por qué ha militado entonces en esa organización; en caso de darse cuenta de esa incompatibilidad ideológica tiempo después de entrar a militar en dicho partido revisionista, entonces debe exponer qué es lo que ha llevado a dicho elemento a discrepar de la línea política revisionista de su partido; si finalmente se ha comprendido y expuesto correctamente el carácter revisionista de su vieja organización, debe demostrar en la práctica que no tolerará caer en el mismo lodazal de nuevo; del mismo modo que no debe obsesionarse ni dejarse deslumbrar con las desviaciones y corriente revisionista de su vieja organización, sino también estudiar y comprender el resto de desviaciones y corrientes revisionistas, así como ser consecuentes y exponerlas en igual medida». (Equipo de Bitácora (M-L); Antología sobre Reconstrucción Comunista y su podredumbre oportunista, 25 de septiembre de 2017)

lunes, 18 de febrero de 2019

El neocolonialismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2018


El neocolonialismo como hemos venido explicando durante todo el documento tiene una explicación muy plausible:

«La Segunda Guerra Mundial produjo un cambio radical en la correlación de fuerzas en el mundo. Condujo a la destrucción de las grandes potencias fascistas, pero también estremeció los fundamentos y debilitó considerablemente a las viejas potencias colonialistas. La guerra antifascista planteó en todas partes, incluso en los países que no se habían visto envueltos en su torbellino, el problema de la liberación nacional. Los pueblos de las antiguas colonias que, conjuntamente con los países de la coalición antifascista, habían participado en la guerra para sacudirse el yugo fascista, ya no podían dar pasos atrás y soportar por más tiempo el yugo colonial (...) Obligados por la situación, muchos países colonialistas comprendieron que las viejas formas de explotación y administración de las colonias eran anacrónicas, sin concederles la más mínima libertad e independencia. Las potencias imperialistas, colonialistas, no llegaron a esta conclusión movidas por sus sentimientos democráticos y por su deseo de conceder la libertad a los pueblos, sino presionadas por los pueblos colonizados y a causa de su debilidad militar, económica, política e ideológica, que no les permitía conservar el viejo colonialismo. Pero, el imperialismo francés, inglés, italiano, estadounidense, etc., no quería renunciar a la explotación de esos pueblos y países. Cada potencia imperialista se vio obligada por las circunstancias creadas a conceder la autonomía a estos pueblos o prometerles la libertad y la independencia después de un cierto plazo. Este plazo, que fijaron supuestamente para permitirles tomar conciencia de su capacidad de gobernarse por sí mismos y formar a este fin los cuadros locales, tendía de hecho a preparar nuevas formas de explotación imperialistas, el nuevo colonialismo, dando a los países y a los pueblos la falsa impresión de que habían conquistado la libertad. (…) Muchos pueblos ex coloniales, a pesar de haber obtenido esta «independencia» y esta «libertad», tal como se las habían dado las antiguas potencias colonialistas, tuvieron que empuñar las armas porque los imperialistas no estaban dispuestos a conceder de inmediato esa «libertad» y esa «independencia». Particularmente los imperialistas franceses pretendían conservar también después de la guerra la fuerza o la «grandeza» de Francia. Así fue cómo los pueblos de Argelia, Vietnam y muchos otros dieron inicio a una prolongada lucha de liberación y, por último, lograron liberarse». (Enver Hoxha; El imperialismo y la revolución, 1978)

Queda de sobra demostrado históricamente que una revolución anticolonial es un acto progresista, eso es indudable, pero hay que dejar claro que aunque ello sea per se un acto antiimperialista, no siempre el nuevo Estado resultante llega a consolidarse como tal si no es dirigido por el proletariado y su partido:

sábado, 16 de febrero de 2019

El leninismo sobre los movimientos nacionales


«El principio de la nacionalidad es históricamente inevi­table en la sociedad burguesa, y, teniendo presente la exis­tencia de esta sociedad, el marxista reconoce plenamen­te la legitimidad histórica de los movimientos nacionales. Pero, para que este reconocimiento no se transforme en una apología del nacionalismo, es preciso que se limite rigurosa y exclusivamente a los elementos progresivos de tales movimientos, con el fin de que no contribuya a enturbiar la conciencia del proletariado con la ideología bur­guesa.

Es progresivo el despertar de las masas después del le­targo feudal; es progresiva su lucha contra toda opresión nacional, su lucha por la soberanía del pueblo, por la sobe­ranía nacional. De aquí, la obligación incondicional para todo marxista de defender la democracia más resueIta y más consecuente en todos los aspectos de la cuestión na­cional. Es ésta una tarea fundamentalmente negativa. Pe­ro más allá de este límite el proletariado no puede apoyar el nacionalismo, pues más allá empieza la actividad «po­sitiva» de la burguesía en su afán de consolidar el nacio­nalismo.

La liquidación de toda opresión feudal, de toda opre­sión de las naciones y de todo privilegio para una de las naciones o para uno de los idiomas es una obligación in­discutible del proletariado como fuerza democrática; en ello residen los intereses indiscutibles de la lucha de clase del proletariado, velada y frenada por las querellas na­cionales. Pero apoyar el nacionalismo burgués más allá de estos límites, firmemente establecidos y encuadrados en un determinado marco histórico significa traicionar al proletariado y pasarse al Iado de la burguesía. Existe aquí un límite, a menudo muy sutil, del que se olvidan por com­pleto los socialnacionalistas ucranianos y los del Bund.

Sí, indiscutiblemente debemos luchar contra toda opre­sión nacional. No, indiscutiblemente no debemos luchar por cualquier desarrollo nacional, por la «cultura nacio­nal» en general. El desarrollo económico de la sociedad capitalista nos muestra en todo el mundo ejemplos de mo­vimientos nacionales que no han llegado a desarrollarse plenamente, ejemplos de grandes naciones formadas a par­tir de varias pequeñas o en detrimento de algunas peque­ñas naciones, ejemplos de asimilación de naciones. El prin­cipio por que se rige el nacionalismo burgués es el desa­rrollo de la nacionalidad en general; de aquí el carácter exclusivo del nacionalismo burgués, de aquí las estériles querellas nacionales. El proletariado, en cambio, no sólo no asume la defensa del desarrollo nacional de cada na­ción, sino que, por el contrario, pone en guardia a las ma­sas contra semejantes ilusiones, defiende la libertad más completa del intercambio económico capitalista y celebra cualquier asimilación de las naciones, excepto la que se realiza por la fuerza o se basa en privilegios». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas criticas sobre la cuestión nacional, 1913)