«El problema de la participación de la socialdemocracia en un gobierno provisional revolucionario ha adquirido actualidad, no tanto por la marcha de los acontecimientos como por las consideraciones teóricas hechas al respecto por socialdemócratas de cierta tendencia. Hemos analizado en dos artículos −núms. 13 y 14− las manifestaciones de Martínov, el primero que puso sobre el tapete este asunto. Pero parece que el interés por este problema es tan grande, y los malentendidos originados por las manifestaciones del citado autor −véase, en especial, el núm. 93 de Iskra− alcanzan proporciones tan tremendas, que es indispensable volver a ello. Sea cual fuere la opinión que les sugiera a los socialdemócratas la probabilidad de que en un futuro próximo tengamos que resolver este problema, y no sólo en teoría, en todo caso el partido necesita ver claro en cuanto a sus objetivos inmediatos. Si no se da una respuesta clara a esta pregunta, no será ya posible realizar una propaganda y una agitación coherentes y libres de vacilaciones u oscuridades.
Tratemos de reconstruir la esencia de la controversia. Si no deseamos sólo concesiones por parte de la autocracia, sino su efectivo derrocamiento, debemos proponernos la sustitución del gobierno zarista por un gobierno provisional revolucionario, que por una parte convoque una asamblea constituyente basada en el sufragio universal, igual, directo y secreto, y que por la otra se halle en condiciones de asegurar una libertad completa durante el período de elecciones. Pues bien, surge la pregunta de si es lícito que el Partido Obrero Socialdemócrata participe en un gobierno provisional revolucionario de este tipo. Este interrogante lo formularon por primera vez los representantes del ala oportunista de nuestro partido, en particular Martínov, antes del 9 de enero, y tanto él como Iskra se pronunciaron por la negativa. Martínov procuró llevar hasta el absurdo las concepciones de los socialdemócratas revolucionarios, a quienes intentó amedrentar con la perspectiva de que, en caso de organizar con eficacia la revolución y de asumir nuestro partido la dirección de la insurrección popular armada, nos veríamos obligados a participar en un gobierno provisional revolucionario. Y esta participación sería, según ellos, una inadmisible «toma del poder» una «vulgar actitud a lo Jaurès», intolerable en un partido socialdemócrata de clase.
Detengámonos en las argumentaciones de los partidarios de este concepto. Si entramos en el gobierno provisional, se nos dice, la socialdemocracia tendrá en sus manos el poder, y la socialdemocracia, como partido del proletariado, no puede tener en sus manos el poder sin tratar de poner en práctica nuestro programa máximo, es decir, sin tratar de llevar a cabo la revolución socialista. Ahora bien, si se lanzase a semejante empresa, sufriría inevitablemente, hoy, un descalabro, se desacreditaría y no haría más que favorecer a la reacción. Por consiguiente, debe considerarse inadmisible la participación de la socialdemocracia en un gobierno provisional revolucionario.
Esta argumentación se basa en un error: confunde la revolución democrática con la revolución socialista, la lucha por la república −incluyendo todo nuestro programa mínimo− con la lucha por el socialismo. En efecto, la socialdemocracia sólo conseguiría desacreditarse si se trazase como objetivo inmediato la revolución socialista. Pero la socialdemocracia ha luchado siempre precisamente contra estas ideas oscuras y confusas de nuestros «socialistas revolucionarios». Por ello insistió siempre en el carácter burgués de la revolución inminente en Rusia, y por ello sostuvo la necesidad de distinguir en forma rigurosa entre el programa mínimo democrático y el programa máximo socialista. Algunos socialdemócratas, que se inclinan a ceder ante la espontaneidad, podrían olvidar todo esto en el curso de la revolución, pero el partido en su conjunto no lo olvida. Los partidarios de esta opinión errónea se prosternan ante la espontaneidad y creen que la marcha de las cosas obligará a la socialdemocracia, en semejante situación, a emprender la realización de la revolución socialista contra su voluntad. De ser así, nuestro programa sería falso, no correspondería a la «marcha de las cosas», y precisamente a esto le temen los adoradores de la espontaneidad; temen que nuestro programa sea falso. Pero sus temores −cuyo fondo psicológico hemos procurado analizar en nuestros artículos− no pueden ser más infundados. Nuestro programa es correcto. Y la marcha de las cosas se encargará de confirmarlo indefectiblemente, con tanta mayor fuerza cuanto más tiempo pase. La marcha de las cosas nos «impondrá» la imperiosa necesidad de luchar con tenacidad por la república y, en la práctica, orientará en esta dirección nuestras fuerzas, las fuerzas del proletariado políticamente activo. La marcha de las cosas nos impondrá de modo inevitable, en el curso de la revolución democrática, una muchedumbre tal de aliados procedentes del campo de la pequeña burguesía y el campesinado, y cuyas necesidades reales exigirán la realización del programa mínimo, que los temores de un paso demasiado apresurado al programa máximo resultan sencillamente ridículos.






.jpg)