«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

sábado, 16 de enero de 2021

¿Qué pretenden los nacionalistas al reivindicar o manipular ciertos personajes históricos?


«Como la experiencia del movimiento obrero nos enseña, el oportunismo como regla va de la mano con el nacionalismo, y sobre todo en la forma de «socialnacionalismo». (...) Utilizando para ello, como hasta ahora, todos los residuos de prejuicios nacionalistas todavía no enterrados. (...) El contenido del oportunismo y del nacionalismo, es una u otra forma de acuerdo o acercamiento con la burguesía». (Bolesław Bierut; Para lograr la completa eliminación de las desviaciones derechistas y nacionalistas, 1948)

A Roberto Vaquero le parece una injusticia que el nacionalismo catalán pueda reivindicar sin complejos a ciertas figuras y que él no pueda revelar su admiración por las suyas sin recibir una dura reprimenda.

«Cuando los independentistas catalanes burgueses como el PDCAT, ERC o la CUP critican que la gente reivindique la historia de España como propia por ser reaccionaria o feudal, se contradicen así mismos. ¿Por qué ellos pueden reivindicar a Jaime I el conquistador, los almogávares, el reino de Aragón o el ducado de Atenas y, sin embargo, cuando se hace lo mismo con otras figuras históricas nos convertimos automáticamente en fascistas? (...) ¿Por qué esto sí es algo bueno mientras que reivindicar a Alfonso VIII de Castilla, la hispanidad, al Cid y otros muchos ejemplos es feudal y reaccionario?». (Roberto Vaquero; ¿Cómo reconstruir la izquierda revolucionaria en España? Combatividad, principios, organización y cultura, 2020)

¿Qué propone para contrarrestar las historias fantasiosas y anacrónicas del nacionalismo catalán? ¡Contraponerlas a las del nacionalismo español! Pero esta reivindicación infantil, meramente folclórica y acrítica, es repetir la línea oportunista del anarquismo durante los años 30; movimiento que, como sus integrantes reconocían, sentía no haber podido alcanzar un acuerdo táctico con el falangismo dadas las «semejanzas sobre la patria» que ambos anhelaban.

«Igualmente, en los cientos de poemas anarquistas de la guerra civil, obra de periodistas confederales como Antonio Agraz, Félix Paredes o el editor del periódico madrileño CNT José García Pradas, pero también de milicianos anónimos, adquirió frecuencia e intensidad crecientes desde 1937 la apelación a la «madre España», a la «raza indómita», a las gestas históricas del pueblo español y su pasado combativo e insurgente, incluyendo vindicaciones de personajes como el Cid Campeador, el conde Fernán González, los conquistadores de América o el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba». (Xosé Manoel Núñez Seixas; ¡Fuera el invasor! nacionalismos y movilización bélica durante la guerra civil española (1936-1939), 2006)

Roberto Vaquero siempre nos ha hablado de mantener un «patriotismo internacionalista», un sentimiento ni apátrida ni supremacista. ¿Qué busca entonces poniendo de relieve las figuras clásicas del nacionalismo español? En un manual franquista se podía leer:

«La personalidad del Cid se forja durante las etapas del aprendizaje caballeresco. Pone su espada al servicio de la unidad española. (...) Los esfuerzos seculares de la Reconquista española para cuajarse en la España unificada e imperial de los Reyes Católicos, de Carlos V y de Felipe II: aquella España unida para defender y extender por el mundo una idea universal y católica, un Imperio cristiano, fue la España que dio la norma ideal a cuantas otras etapas posteriores se hicieron para cobrar momento tan sublime y perfecto de nuestra Historia». (Formación del espíritu nacional, 1955)

Como todo revolucionario debería saber, la historiografía burguesa es una broma de mal gusto. Pero Roberto Vaquero está más cerca de relatos como la Crónica de Alfonso III o el Cantar del Mío Cid que de una exposición histórica científica del pasado. Ahora parece ser que deberíamos instruir a nuestra juventud enseñándole las historias legendarias de estos heroicos reyes. Para él, esto sería ser un buen patriota revolucionario. Esto no es extraño, ya que todo historiador nacionalista apoya los mitos de su burguesía consciente o inconscientemente. Por eso, las patéticas evaluaciones históricas de Armesilla o Vaquero son tan simplistas y están cualitativamente muy por debajo de autores progresistas de otros siglos, como Pi y Margall o Herzen.

«Herzen prestó la atención predominante en sus obras a los eventos en la historia de Rusia que tuvieron lugar después de las reformas de Pedro I. Con razón señaló que la historia de Rusia en los siglos XVIII y XIX fue en su época el menos estudiado por los historiadores y el más distorsionado por los esfuerzos del gobierno. «Cada leyenda verdadera», escribió Herzen, «cada palabra viviente, cada testimonio moderno relacionado con nuestra historia durante los últimos cien años, es extremadamente importante. Este tiempo apenas comienza a conocerse. La historia de los emperadores es un secreto clerical, se ha reducido a los elogios de las victorias y en la retórica del servilismo. El gobierno miente abiertamente en las historias oficiales y luego les hace repetir sus mentiras en los libros de texto». (...) Herzen no solo reveló persistentemente la completa antítesis y enemistad entre la Rusia gobernante y la Rusia oprimida, sino que también señaló la lucha incesante entre ellas». (Cuestiones de historia; Nº10, octubre de 1952) 

Pero la cuestión se torna más fácil. Si la burguesía catalana es capaz de rendir homenaje oficial no solo a Jaime I, sino a nacionalistas de tipo fascista, como los hermanos Badia, ¿por qué, sospechosamente, un «marxista» español iba a buscar competir contraponiendo tal reivindicación con figuras feudales de similar calado? ¿No tienen nada mejor en su acervo histórico estos pueblos? ¿Ni siquiera hay expresiones populares de aquel tiempo que recojan mejor el sentir popular? ¿O es que los paupérrimos conocimientos de historia y el nacionalismo de nuestro querido Roberto le impiden pensar tal cosa? 

martes, 12 de enero de 2021

Instituciones, ciencia y posmodernismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«¿Pueden ser las instituciones y centros del saber dominados por el posmodernismo referentes absolutos para los hombres de ciencia? 

«El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico. (...) La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica». (Karl Marx; Tesis sobre Feuerbach, 1845)

«Las clases dominantes están absolutamente interesadas en perpetuar esta insensata confusión. Sí, ¿y por qué si no por ello se paga a los charlatanes sicofantes cuya última carta científica es afirmar que en la Economía política está prohibido razonar?». (Karl Marx; Carta a Ludwig Kugelmann, 11 de julio de 1868)

Esto no ha cambiado demasiado. En el siglo XX se sucedieron, como si de modas se tratase, diversas escuelas filosóficas burguesas: el existencialismo, el estructuralismo y miles más hasta llegar, finalmente, como consecuencia lógica, el posmodernismo. ¿En qué se basa esta última corriente, en resumidas cuentas?

«En síntesis, quizás imposible, podemos resumir los rasgos constitutivos del posmodernismo como ideología del modo siguiente: 1) La tesis de que desde el punto de vista económico, cultural, sociológico y político se ha producido una transición de la modernidad a un nuevo estadio histórico o, incluso, más allá de la historia. El desarrollo cualitativo de las tecnologías y de los medios de comunicación y los cambios en la producción habrían dado luz a una sociedad «preindustrial». (...) 2) El rechazo del modernismo artístico y las vanguardias, postulando la liberalización de la estética de las servidumbres de la coherencia, la innovación y la funcionalidad y situando la significación, la referencia intertextual y la autorreflexividad como valores autónomos. (...) 3) La radicalización de las tesis del posestructuralismo como impugnación de la razón centrada en el sujeto soberano, las grandes narrativas, las pretensiones universales de validez, la idea de totalidad y completud, y en general de la racionalidad ilustrada clásica. 4) La crítica del fundacionalismo filosófico y teórico y la apuesta por una «nueva superficialidad» que se enfrenta a las vanas pretensiones de profundidad que tiranizan el pensamiento moderno; a saber: el modelo hermenéutico del interior/exterior, el modelo dialéctico de la esencia/apariencia, el modelo freudiano de lo latente/manifiesto, el modelo existencialista de la autenticidad/alienación, etc. 5) La tesis de la «diferencia» entendida como fragmentación, particularización de prácticas sociales, políticas y culturales, y de narrativas e interpretaciones locales, que se prolonga en un gusto indisimulado por las minorías nacionales, culturales, sexuales, etc., así como por los «nuevos» movimientos sociales». (Varios autores; Ideologías y movimientos políticos contemporáneos, 2016)

¿Cómo tratan, pues, la cuestión de la teoría, el conocimiento, o la verdad?

«En el campo de la Teoría entran en crisis los conceptos de representación y verdad –Rorty–, así como los dualismos basados en la dialéctica entre esencia y apariencia –Heidegger, Derrida–. La incredulidad respecto a las metanarrativas –Lyotard– y el abandono de la distinción clara entre objeto y sujeto –Baudrillard, Lyotard– supone otro importante golpe dirigido contra asunciones básicas del pensamiento ilustrado. Epistemológicamente los autores posmodernos rechazan el supuesto moderno de que el actor tiene un acceso no mediado a la realidad, en líneas generales, siguen a Nietzsche en la crítica sobre la autorreflexión, la autoidentidad o cualquier suerte de elemento racionalista que amortigüe los instintos físicos vitales –Deleuze, Guattari– y la disposición a vivir con la pluralidad». (Varios autores; Ideologías y movimientos políticos contemporáneos, 2016)

¿De dónde proceden este tipo de ideas tan «curiosas»? No es difícil de intuir:

«La semántica [o mejor dicho, las escuelas idealistas de la misma], niega, por tanto, que el pensamiento humano sea capaz de penetrar en la esencia de los fenómenos históricos. Proponen hablar de historia en un lenguaje que excluye fundamentalmente cualquier posibilidad de explicación de las causas y patrones de los fenómenos sociales. La semántica sostiene que es imposible comprender la realidad y, por lo tanto, uno debería contentarse con una sola declaración de percepciones sensoriales como estados puramente subjetivos. (...) Si los machistas se dedicaban principalmente a la falsificación del conocimiento sensorial –sensaciones–, entonces la semántica, habiendo adoptado plenamente la definición machista, subjetivo-idealista de la realidad objetiva como un agregado de sensaciones, eligió el lenguaje como objeto principal de sus especulaciones, alrededor de cuyos problemas levantaron un alboroto increíble». (M. G. Yaroshevsky; Idealismo semántico: la filosofía de la reacción imperialista, 1951)

El posmodernismo, como estamos leyendo, tiene una herencia notable de la filosofía analítica o de la filosofía estructuralista, de hecho, a veces es sumamente difícil distinguir entre los autores de una y otra bancada –algo normal si tenemos en cuenta que muchos de ellos evolucionaron de estas corrientes–:

domingo, 10 de enero de 2021

Causas y consecuencias del movimiento iconoclasta en el Imperio Bizantino


«Las desastrosas guerras de los siglos VI, VII y VIII, que exigieron, para reponer las pérdidas de los ejércitos, la cooperación de los terratenientes, reforzaron la posición de esta clase y llevaron también en Oriente a una especie de feudalismo. Faltaba aquí, es verdad, la mutua dependencia de los señores feudales y los vasallos, que es característica del sistema en Occidente, pero también el emperador pasó a depender más o menos de los terratenientes, en cuanto que ya no disponía de los medios necesarios para mantener un ejército de mercenarios [21]. El sistema de la concesión de propiedades territoriales como indemnización por servicios militares no se desarrolló, empero, en el Imperio bizantino más que en pequeña escala. Los beneficiarios fueron aquí, a diferencia de lo que ocurrió en Occidente, no los magnates y los caballeros, sino los campesinos y los simples soldados. Los latifundistas procuraban, naturalmente, absorber las propiedades así surgidas de campesinos y soldados, lo mismo que habían hecho en Occidente con la libre propiedad territorial de los campesinos. Y también en Oriente los labradores se ponían bajo la protección de los grandes señores, a causa de las a menudo insoportables cargas tributarias, lo mismo que habían tenido que hacer en Occidente a causa de la inseguridad de la situación. Por su parte, los emperadores, al menos al principio, se esforzaban por impedir la acumulación de la propiedad, ante todo, desde luego, para no caer ellos mismos en manos de los grandes terratenientes. Su principal interés durante la larga y desesperada guerra contra los persas, ávaros, eslavos y árabes fue el mantenimiento del ejército; cualquier otra consideración era subordinada a este interés primordial. La prohibición del culto a las imágenes no fue sino una de sus medidas de guerra. 

El movimiento iconoclasta no iba propiamente dirigido contra el arte; perseguía no al arte en general, sino a una manera determinada de arte; iba contra las representaciones de contenido religioso. La prueba de ello la tenemos en el hecho de que, aun en el momento de la más violenta persecución contra las imágenes, las pinturas decorativas eran toleradas. La lucha contra las imágenes tenía, ante todo, un fondo político; la tendencia antiartística en sí misma era una corriente subterránea y relativamente de poca importancia en el conjunto de los motivos, y quizá la menos significativa. En los lugares en que comenzó el movimiento, esta tendencia tuvo una importancia mínima, si bien en la difusión de la idea iconoclasta tuvo una influencia muy digna de consideración. Para el bizantinismo ulterior, tan entusiasta de las imágenes, la aversión contra la representación plástica de lo numinoso, así como el horror contra todo lo que recordaba a la idolatría no tuvieron mayor importancia que la que tuvieron para el cristianismo antiguo. Hasta que el cristianismo no fue reconocido por el Estado, la Iglesia había combatido el uso de las imágenes en el culto, y en los primeros cementerios sólo las había tolerado con limitaciones esenciales. Los retratos estaban allí prohibidos, las esculturas se evitaban y las pinturas quedaban reducidas a representaciones simbólicas. En las iglesias estaba prohibido en absoluto el empleo de obras de arte figurativas. Clemente de Alejandría insiste en que el segundo mandamiento se dirige contra las representaciones figurativas de todo género. Esta fue la norma por la que se rigieron la Iglesia antigua y los Padres. Pero después de la paz de la Iglesia ya no había que temer una recaída en el culto a los ídolos; la plástica pudo entonces ser puesta al servicio de la Iglesia, aunque no siempre sin resistencias y sin limitaciones. En el siglo III Eusebio dice que la representación de Cristo es idolátrica y contraria a la Escritura. Todavía en el siglo siguiente eran relativamente raras las imágenes aisladas de Cristo. Sólo en el siglo V se desarrolla la producción en este género artístico. La imagen del Salvador se convierte más tarde en la imagen del culto por excelencia, y al fin constituye una especie de protección mágica contra los malos espíritus [22]. Otra de las raíces de la idea iconoclasta, ligada indirectamente con el horror al ídolo, era la repulsa del cristianismo primitivo contra la sensual cultura estética de los antiguos. Este motivo espiritualista encontró entre los antiguos cristianos infinitas formulaciones, de las que la más característica es quizá la de Asterio de Amasia, que rechazaba toda representación plástica de lo santo porque, según él pensaba, una imagen no podía menos de subrayar en lo representado lo material y sensual. «No copies a Cristo –advertía–; ya le basta con la humillación de la Encarnación, a la cual se sometió voluntariamente por nosotros, antes bien, lleva en tu alma espiritualmente el Verbo incorpóreo» [23]. 

miércoles, 6 de enero de 2021

Perón, ¿el fascismo a la argentina?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

 [Enlaces de DESCARGA del texto en PDF al final del documento]

«La admiración de Perón hacia el fascismo es manifiesta y, como se comprobó antes, el peronismo no se quedó en una simple admiración, sino que cumplía con varios de los rasgos clásicos del fascismo en su modelo sindical, el pensamiento religioso, la relación entre masas y líder, su admiración por la violencia irracional, su hondo anticomunismo, su orgulloso chovinismo, etc. (...) Está más que claro que las ideas y las medidas que trató de instaurar el peronismo en sus diferentes períodos sí iban encaminadas hacia la constitución de un poder absoluto de los resortes del Estado. (...) Viendo en dicha salida la única posibilidad para mantenerse en el poder dado el punto de no retorno entre peronistas y antiperonistas, teniendo que acelerar el proceso de progresiva fascistización. Este se reflejaba en: concentración del poder en el ejecutivo y, en especial, en el líder, la eliminación de la toda oposición comunista y liberal, el ajuste de cuentas extraoficial con la oposición y las propias facciones del peronismo más a la izquierda del oficialismo, el progresivo control de los medios de comunicación y los cuerpos culturales del Estado, la absoluta sumisión de los sindicatos y su primacía en el sistema al estilo corporativista, la creación de organizaciones paramilitares, etc. (...) Una cosa son las intenciones del peronismo y algunas de sus medidas, y otra la capacidad real del peronismo para implementar tal proyecto, cosa que nunca se logró debido a la fuerte oposición con la que siempre se encontró. (...) Videla jamás alcanzó el carisma de Perón como caudillo de las huestes. Ello no quita que la junta militar de 1976-83 fuese la culminación de lo que Perón y la mayoría de la burguesía argentina buscaba en lo importante: un poder total, sin una oposición molesta para conformar esa «reorganización nacional», algo para lo que Videla y otros llevaban trabajando años bajo las órdenes de Perón. Podemos añadir más». (Equipo de Bitácora (M-L); Perón, ¿el fascismo a la argentina?, 2021)


Preámbulo

El estudio del peronismo es casi una asignatura obligada para todos los revolucionarios, pues este constituyó la quintaesencia del populismo, el falso antiimperialismo y el anticomunismo. Tarea verdaderamente hercúlea en Argentina, dado que se trata de una cuestión todavía muy arraigada entre la sociedad, aún dividida en peronistas y antiperonistas, una tarea que todavía está pendiente gracias a las ilusiones y conciliaciones que los pretendidos «revolucionarios» argentinos tuvieron hasta sus últimos coletazos –véase el caso de Montoneros, FAR, PRT y otros– con su seguidismo hacia algunos sectores del peronismo en diferentes etapas. Por supuesto, el problema del peronismo también ha arraigado a causa de la ineficacia de los revolucionarios antiperonistas a la hora enfrentarse al mismo, siendo incapaces de explicar metódicamente su carácter de una forma comprensible para los trabajadores. Todo esto fueron consecuencias «normales» –hablando objetivamente– dada la ausencia de figuras y organizaciones marxista-leninistas de peso, como pasó –y pasa actualmente– en otros tantos países que siguen afligidos por mitos de una índole similar. 

Tengamos en cuenta que el peronismo tuvo y sigue irradiando una influencia directa en los movimientos latinoamericanos del siglo XXI. Hemos sido testigos de cómo diversos líderes mundiales se dicen discípulos de esta corriente: desde Cristina y Néstor Kirchner, Menem, Fidel Castro, Hugo Chávez hasta Macri; todos ellos se han presentado como «peronistas» o simpatizantes, recogiendo de él aspectos interesantes para su política reaccionaria. La base ecléctica y demagógica del peronismo puede ser vista como una suerte de maoísmo: la «izquierda» y «derecha» burguesa de Argentina –y otros tantos países– pueden articular y emplear su discurso indistintamente. He aquí una anécdota que explica el eclecticismo y, a la vez, la influencia del fenómeno peronista:

«Los 70 años del peronismo se dividen en dos partes exactas: 35 años en el gobierno y 35 años en la oposición. De ellos, 18 años de proscripción y resistencia y 7 en democracia. De los últimos 32 años de democracia, el peronismo gobernó 23; de los seis últimos presidentes, cuatro fueron peronistas. Pero, además, hubo siempre varios peronismos, que fueron sedimentando década tras década. Hubo un peronismo «histórico» y tradicionalista, que se combinó –y confrontó- con otro «revolucionario». En los años 60 y 70 esta coexistencia estalló con violencia, con situaciones de verdadera guerra civil. Hubo luego un peronismo «renovador», de tinte socialcristiano, y otro populista que derivó con Menem en neoliberal. Finalmente, el componente populista viró hacia el nacionalismo estatalista con Néstor y Cristina Kirchner. Cada uno de ellos engendró su propia oposición, dentro y fuera de sus amplios perímetros. Hubo así, en cada etapa, un peronismo que se opuso a los peronismos en el poder, de tal modo que ante cada declinación de unos siempre hubo otros que se dispusieron a sucederlos disputando la representación del «verdadero peronismo». Como lo señaló uno de sus principales historiadores, Juan Carlos Torre, «en el peronismo hay un alma permanente y un corazón contingente». De tal modo, el famoso apotegma de Perón, respondiendo a una inquietud periodística mantiene su actualidad: «¿General, cómo se divide el panorama político argentino? Mire, hay un 30% de radicales, lo que Uds. entienden por liberales. Un 30% de conservadores y otro tanto de socialistas. Pero, General, ¿y dónde están los peronistas? ¡Ah, no, peronistas son todos!». (Fabián Bosoer; El 17 de octubre de 1945, 2015)

Nosotros pretendemos refutar el peronismo contraponiendo su discurso con la práctica y, sobre todo, aclarando todas las cuestiones desde la óptica marxista. 

Entre tanto, y en vistas al panorama, ¿qué servicio «internacionalista» nos brinda en España el «Movimiento Político de Resistencia» respecto a esta cuestión tan interesante y apremiante para el movimiento proletario? Pues, como no podía ser de otro modo, el de hacer un seguidismo a la propaganda tercermundista de turno, en este caso la peronista:

«Sin ninguna duda, el gobierno de Perón significó una auténtica revolución, y la importancia de la misma quedó de resalto, cuando la delegación argentina que viajó a la URSS. (...) Pero, ¿qué clase de revolución era esa? Era una revolución burguesa que había desplazado a la vieja y parasitaria oligarquía rural vinculada a los frigoríficos ingleses y al negocio de la carne. Esos frigoríficos manejaban el principal renglón de la economía nacional, y fueron nacionalizados, y en la provincia de Buenos Aires, se crearon los frigoríficos regionales, que pertenecían al estado provincial, y que estaban gestionados por el ministerio de asuntos agrarios como medida de protección a los pequeños ganaderos. Pero, ¿dónde estaba la «izquierda» argentina durante los gobiernos de Perón? Estaba enfrentada al gobierno peronista en un ejercicio de torpeza y ceguera absoluta. La clase obrera estaba masivamente apoyando a Perón y su gobierno y el Partido Comunista Argentino acusaba a Perón de fascista, aplicando categorías impropias de un país dependiente como era Argentina en esos tiempos. Mientras tanto, por la red ferroviaria nacional circulaban trenes arrastrados por las locomotoras soviéticas que llevaban en su frente una estrella roja, que era un emblema de la URSS. Ese era el gobierno fascista de Perón». (Movimiento Político de Resistencia; El proyecto antimperialista de Perón y sus relaciones con la URSS, 9 de enero de 2018)

Lo que nos quedaba por ver de estos señores «revolucionarios». De los creadores de: «Rusia es un bastión antiimperialista» y «Putin no es nacionalista burgués», la nueva película producida por los restos del Partido Comunista de España (reconstituido) es seguir, en realidad, ¡una secuela! Sí, una secuela de aquella cinta que rezaba que «Perón era antiimperialista» y su llegada al poder y sus reformas suponían una aproximación hacia la «revolución» que solo debía ser impulsada para, posteriormente, ser profundizada. ¡Claro que sí, señores! ¡La «revolución justicialista», como decían los peronistas de izquierda más ilusos! Ahora se entienden todas las vacilaciones que los restos del PCE (r) y sus simpatizantes tienen sobre otras experiencias nacionalistas-burguesas y tercermundistas, como el chavismo, el castrismo o el maoísmo, a los cuales siempre han aplaudido sin el más mínimo criticismo, calificándolos de tendencias «antiimperialistas» pese a su dependencia y sumisión a todos los imperialismos habidos y por haber.

Con estas publicaciones peronistas, el PCE (r) y sus restos vuelven a demostrar que son agentes de la burguesía. ¿Por qué hacen esto? No creemos ya que el PCE (r) se vaya a la cama con los imperialismos y revisionismos por verse en la necesidad de financiar sus restos, sino por mero vicio y lujuria revisionista.

Tipifican que Perón eran una esperanza progresista porque: a) se realizaron nacionalizaciones bajo su mandato; b) la delegación argentina fue recibida por Stalin y Argentina comerciaba con la URSS; c) el peronismo no podía ser un movimiento fascista o filofascista porque Argentina no tenía un alto nivel de desarrollo; d) gran parte de los trabajadores argentinos seguían a Perón.

Estos clásicos mitos del peronismo, sumados a otros nuevos que añade el PCE (r), merecen una amplia explicación. Intentaremos que ésta sea lo más ordenada posible, desglosando los temas en su íntima conexión.

Notas 

[1] Lectura Online AQUÍ [Scrib] ó Descarga en PDF AQUÍ [MEGA].

[2] Todos los documentos en PDF editados por el Equipo de Bitácora (M-L) en el apartado BIBLIOTECA.

domingo, 3 de enero de 2021

La burguesía contemporánea no necesita del colonialismo del siglo XIX para imponer su dominio o ser agresiva; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«En general, la palabra «materialista» sirve, en Alemania, a muchos escritores jóvenes como una simple frase para clasificar sin necesidad de más estudio todo lo habido y por haber; se pega esta etiqueta y se cree poder dar el asunto por concluido. Pero nuestra concepción de la historia es, sobre todo, una guía para el estudio y no una palanca para levantar construcciones a la manera del hegelianismo. Hay que estudiar de nuevo toda la historia, investigar en detalle las condiciones de vida de las diversas formaciones sociales, antes de ponerse a derivar de ellas las ideas políticas, del derecho privado, estéticas, filosóficas, religiosas, etc., que a ellas corresponden. Hasta hoy, en este terreno se ha hecho poco, pues ha sido muy reducido el número de personas que se han puesto seriamente a ello. Aquí necesitamos masas que nos ayuden; el campo es infinitamente grande, y quien desee trabajar seriamente, puede conseguir mucho y distinguirse. Pero, en vez de hacerlo así, hay demasiados alemanes jóvenes a quienes las frases sobre el materialismo histórico –todo puede ser convertido en frase– sólo les sirven para erigir a toda prisa un sistema con sus conocimientos históricos, relativamente escasos –pues la historia económica está todavía en mantillas–, y pavonearse luego, muy ufanos de su hazaña. Y entonces es cuando puede aparecer un Barth cualquiera, para dedicarse a lo que, por lo menos en su medio, ha sido reducido a la categoría de una frase huera». (Friedrich Engels; Carta a Konrad Schmidt, 5 de agosto de 1880)

Estas palabras de Engels siguen vigentes a día de hoy, pues no son pocos los que utilizan términos como imperialismo, antiimperialismo, capitalismo, socialismo, colonialismo o neocolonialismo sin comprender su significado, sin investigar o corroborar aquella «teoría» que les ha proporcionado un tercero, reproduciendo palabras que apenas logran sobreentender cual papagayo. ¿Qué espíritu marxista es ese? Recordemos una famosa obra de Gorki, «La madre», de 1906, que otro autor recogió y adaptó:

«¡No temas preguntar las cosas, camarada!

No te dejes influenciar,

averigua tú mismo.

Lo que no sabes por cuenta propia

no lo sabes.

Revisa la cuenta.

Eres tú el que la paga.

Pon el dedo sobre cada cifra.

Pregunta: ¿Cómo se llegó hasta aquí?

Prepárate para gobernar». (Bertolt Bretch; Elogio del estudio, 1932)

Estas palabras deberían ser interiorizadas por cualquiera que se diga marxista.

Lenin no edificó su obra sobre una lectura superficial de Marx y Engels. Además de estudiar sus obras en profundidad, también hizo un gran trabajo de recopilación de información que filtraría críticamente para poder llegar a sus certeras conclusiones. ¿Cómo hizo esto último? Consultando los cientos de noticias y obras de los expertos, periodistas, economistas y analistas que estudiaron el fenómeno del imperialismo –véase sus «Cuadernos sobre el imperialismo»–. Fue así, y no de otra forma, que plasmó sus excelentes resultados en sus obras de 1914-16. 

Entre estas referencias citaba:

«Métodos de explotación colonial: designación de funcionarios de la nación dominante; apropiación de la tierra por los magnates de la nación dominante; altos impuestos». (Dr. Sigmund Schilder; Tendencias del desarrollo de la economía, 1912)

Hoy, sorprendentemente, el señor Vincent Gouysse asegura que esto sigue vigente:

«Es un hecho que para Occidente el colonialismo es la regla, y sin él, la esfera de influencia occidental se habría dislocado desde hace tiempo». (Vincent Gouysse; Facebook, 6 de noviembre de 2020)

Para empezar, un marxista debería dejar de utilizar el término «colonialismo» indiscriminadamente: