martes, 11 de mayo de 2021

¿Puede ser «el apoyo de los pueblos» un país que viola el derecho de autodeterminación en su casa?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Para abordar este capítulo referente a la cuestión de Xinjiang, Tibet o Hong Kong, no podemos dejar de mirar hacia el pasado. Así, entenderemos que como se suele decir «de aquellos barros estos lodos».

En los años 30 el Partido Comunista de China (PCCh) a priori destacaba por haber aceptado la visión bolchevique sobre la cuestión nacional, algo sumamente importante en un Estado multinacional como el suyo:

«Lucha por la correcta solución revolucionaria de la cuestión nacional hacia los pueblos no chinos, el PCCh debe tener en cuenta los principales pueblos no chinos –mongoles, khoi, coreanos, tai, nose, mon, etc.– lo que representa la abrumadora mayoría de la población de las regiones periférica de China –Manchuria, Mongolia Interior, Gansu, Guizhou, Yunnan– y las minorías nacionales de los territorios de Guandong, Guangxi, Hunan, provincias occidentales de Sichuan, etc. (…) El PCCh lucha por el derecho a la autodeterminación, hasta la secesión estatal de todos los pueblos no chinos que sufren la opresión por parte de las clases poseedoras chinas y el imperialismo». (Del acta Nº307 de una reunión extraordinaria de la comisión política de la Secretaria del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, Moscú, 21 de abril de 1933)

Antes de continuar, deberíamos hacer un inciso sobre China y la cuestión nacional. La etnia mayoritaria en lo que hoy se conoce como China es –y siempre ha sido– la han, pero no ha sido la única, existiendo otros pueblos. Previamente a que Mao Zedong llegase a la cima de poder, el PCCh había defendido el derecho de autodeterminación hasta sus últimas consecuencias –véase las tesis del VIº Congreso del PCCh de 1928–. En los comunicados de los territorios liberados por los comunistas chinos, la República Soviética de China de 1931-37, no se dejaba lugar a dudas:

«Esto significa que las regiones como Mongolia, Tibet, Sinkiang, Yunnan, Kweichow y otras, en las que la mayoría de la población pertenece a nacionalidades no chinas, las masas trabajadoras de estas nacionalidades tienen derecho a determinar si desean separarse de la República Soviética China y establecer su propio estado independiente o ingresar a una Unión de Repúblicas Soviéticas o formar una región autónoma dentro de la República Soviética China». (Primer Congreso Nacional de la República Soviética de China, 1931)

Sobre Mongolia

Pero a partir de 1936 la nueva política maoísta sobre las fronteras rechazaba el derecho de autodeterminación que antaño había abanderado el PCCh: 

«Cuando la revolución popular» haya salido victoriosa en China, la República de Mongolia Exterior pasará a ser automáticamente una parte de la Federación China por voluntad propia. Los pueblos mahometano y tibetano también formarán repúblicas autónomas unidas a la federación china». (Edgar Snow: Estrella roja sobre China, 1937)

martes, 4 de mayo de 2021

Los fascistas. ¿Quiénes son ellos?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Hay naciones que han encontrado dictadores geniales, que han servido para sustituir al Estado; pero esto es inimitable y en España, hoy por hoy, tendremos que esperar a que surja ese genio». (José Antonio Primo de Rivera; «España y la barbarie». Conferencia en el teatro Calderón, de Valladolid, 1935)

«El sistema jerárquico del Falange Española Tradicionalista y de las JONS está in
tegrado por los siguientes elementos y órganos: 1. El Caudillo, jefe nacional del Movimiento; responsable de sus actos ante Dios y la Historia. (...) Toda autoridad o poder viene de Dios». (Formación del espíritu nacional, 1955)

«España es una unidad de destino en lo universal. El servicio a la unidad, grandeza y libertad de la Patria es deber sagrado y tarea colectiva de todos los españoles. (...) La Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación. (...) La participación del pueblo en las tareas legislativas y en las demás funciones de interés general se llevará a cabo a través de la familia, el municipio, el sindicato y demás entidades con representación orgánica que a este fin reconozcan las leyes. Toda organización política de cualquier índole al margen de este sistema representativo será considerada ilegal. (...) Se reconoce al trabajo como origen de jerarquía, deber y honor de los españoles, y a la propiedad privada, en todas sus formas, como derecho condicionado a su función social. La iniciativa privada, fundamento de la actividad económica, deberá ser estimulada, encauzada y, en su caso, suplida por la acción del Estado». (Ley de Principios del Movimiento Nacional, 17 de mayo de 1958)

En 1976 los que habían sido los gestores de estos principios –cada uno bajo su interpretación– terminaron aprobando en las Cortes franquistas la famosa Ley para la Reforma Política, que ponía el primer paso para inmolar el sistema fundado en 1939. Esto forzó a que muchas personas, todavía fieles a los valores del viejo orden, ocultasen sus inclinaciones políticas para adaptarse a los nuevos tiempos democrático-burgueses. Aun hoy existen personas que por diversas razones siguen aspirando a emular los principios básicos de lo que en su día fue el fascismo español. En su mayoría el catecismo ideológico que profesan reproduce, en mayor o menor medida, los nueve puntos que Falange Española anunció al mundo en 1933. Y aunque algunos antifascistas se resistan a creerlo, estos nostálgicos pueden abarcar a todo tipo de personajes imaginables, incluso podemos hallar a seguidores de esta doctrina entre las capas sociales más bajasHagamos una breve descripción de estos perfiles que seguro que al lector que resultarán muy familiares. Así que, sin más dilación, comencemos:

a) El empresario fascista 

En España podemos hallar, por ejemplo, del clásico empresario que cambió de chaqueta en la Transición de los 80: este camaleón dejó en el armario su querida camisa azul falangista y –no sin remilgos– se compró la chaqueta de pana socialista. Retiró del salón la foto de José Antonio Primo de Rivera y la puso a buen recaudo en su alcoba –para que así sus nuevos compañeros de militancia no le mirasen mal–. «¿¡Todos tenemos derecho a cambiar, no!?», repite desde entonces constantemente para justificar sus acrobacias políticas. Pongamos que a este sujeto número uno se le conoce en sus círculos como Don Rafael. 

Bien, pues este hoy tiene el valor de presentarse a sí mismo como «demócrata, apolítico, conservador en lo económico» y –en su delirio– hasta se llega a considerar hasta «progresista en lo social». En realidad, todo su alrededor se puede ir al infierno, solo le preocupa que se mantengan un «orden» y una «disciplina» social que a él le permita contar tranquilo sus ganancias, aunque bien es verdad que en el fondo echa de menos poder apretar las tuercas a los trabajadores sin tanta «burocracia» de por medio. ¡Qué tiempo aquellos cuando no eran necesarias tantas florituras para despedir o prolongar la jornada laboral! Está de acuerdo con esos ideólogos que dicen que eso los «derechos laborales» son «pamplinas marxistas» que van en contra de los propios trabajadores y de todos, ¡pues impiden el crecimiento de la economía! O sea, la de su empresa. Vende al mundo exterior que él es un «hombre humilde» que «se ha hecho a sí mismo» aunque haya tenido un camino de rosas junto a una serie de facilidades inimaginables para el común de los mortales. 

Nuestro protagonista, Don Rafael, es más «patriota» que nadie, ¡faltaría más!, por eso lleva la «rojigualda» hasta en los tirantes. Pero, ¡ay amigo! «business is business», su «españolidad» se resquebraja cuando tiene que mover ficha para mantener o aumentar sus beneficios, entonces ordenará a su capataz que comunique que «por motivos de la reciente restructuración de la empresa» el jefe va a «tomar medidas»: arrojar a la calle a varios de sus «compatriotas», reducir las medidas de seguridad, cuando no, directamente mandar la fábrica a alguna recóndita zona de los Cárpatos. La cuenta de Don Rafael en Suiza o Andorra tampoco debe darnos a equívocos, todo eso es por la «comodidad y servicios especiales» que estos países ofrecen, ¡allí sí que saben tratar a un «hombre de bien», aquí deberíamos aprender de su «cortesía»! En resumidas cuentas, en realidad la «Patria» de Don Rafael empieza y acaba en su bolsillo. Pero no pasa nada, porque las migajas y un buen asesor publicitario puede ocultar todo esto con campañas de beneficencia, parte del pueblo incluso le adorará. 

Entre tanto, si es cierto que a veces Don Rafael es filántropo. A ratos le gusta jugar a ser mecenas y financia a unos alegres jóvenes de cabeza rapada que le tratan como un Dios. Para él son su debilidad ya que le recuerdan a sus años de mozo en los campamentos del «Movimiento», y por supuesto, adora recibir todo tipo de halagos, incluso aspira a dirigirlos. Sobre esto, comenta orgulloso a sus amigos: «¡Hay que apoyar a la España sana que forjará el glorioso mañana!».

Don Rafael mima a su hijo, Mateo, que asume sin problemas que es –y será toda la vida– un bohemio o un lumpen sin oficio ni beneficio, aquel que ha decidido que dilapidará gran parte de la herencia familiar simplemente porque puede, cosa que al padre no le preocupa demasiado porque siempre podrá reponer las pérdidas y travesuras del «niño».

jueves, 29 de abril de 2021

La cuestión educativa y el liberalismo de la «izquierda»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

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«Preguntar–y dar respuesta– sobre los fenómenos naturales o sociales es el deber de todo revolucionario. La pregunta implica que el individuo reconoce sus dudas y debilidades, sí, pero también su voluntad de saber, su aspiración a forjar una defensa o ataque consciente sobre algo o alguien. La respuesta bien articulada es la prueba de que el sujeto ha hecho un trabajo previo, que ha adquirido una competencia que le permite demostrar que no actúa por inercia o por creencias tradicionales de dudoso sostén. Puesto que nuestro conocer es finito, las preguntas y dudas son algo que recorrerán la vida del individuo mientras esta dure. A esto deberíamos añadir una nota, una cuestión que los «nietzscheanos» parecen olvidar los sobre los «genios»: el sujeto puede ser netamente superior a otro u otros en un campo específico, pero, ¿significa esto que no puede equivocarse en su tema fetiche? ¿Significa que no existen otros sabios que puedan contradecirle? Inevitablemente, el que es especialista en uno o varios campos es ignorante en muchos otros, dado que la capacidad de conocimiento para el ser humano en una sola vida es limitada. Por tanto, este «astro», por mucho que alumbre a sus satélites, siempre necesitará «la luz de otro astro» en otro campo». (Equipo de Bitácora (M-L); La cuestión educativa y el liberalismo de la «izquierda», 2021)


Preámbulo

«La investigación ha de tender a asimilarse en detalle la materia investigada, a analizar sus diversas normas de desarrollo y a descubrir sus nexos internos. Sólo después de coronada esta labor, puede el investigador proceder a exponer adecuadamente el movimiento real». (Karl Marx; El capital, 1867)

Durante febrero de 2020 tuvimos la «fortuna» de asistir a un bochornoso debate educativo sobre el llamado «pin parental» en la escuela pública. Hubo cruce de ideas tanto de la derecha tradicional como de su presunta «rival» la «izquierda» burguesa que sobrepasó lo cómico, contando, para variar, con un nivel paupérrimo de argumentación desde ambas bancadas. Meses después, en diciembre de ese mismo año, el debate fue reabierto por la cuestión de la nueva ley de educación, la Ley Celaá, impulsada por el gobierno del PSOE-Unidas Podemos y llamada así por la Ministra de Educación, la socialista Isabel Celaá. Llegados aquí cabe preguntarse varias cuestiones en relación con estos debates y otros anexos:

1) ¿Qué aspectos tiene la nueva ley educativa? 

2) ¿Acaso existe un rigor científico en la educación actual? 

3) ¿Es o puede ser neutral la educación, sin sesgos ideológicos de ningún tipo? 

4) ¿Qué papel juegan el feminismo y el posmodernismo en los centros educativos? 

5) ¿Es el pin parental un método nuevo y extraordinario en la educación española? 

6) ¿Se puede confiar en un gobierno burgués para mejorar la educación o defender la ciencia? 

7) ¿Por qué modelo deben apostar los marxistas en el tema educativo en la nueva sociedad que ha de venir? 

8) ¿Qué aciertos y errores hubo en la experiencia educativa soviética? 

miércoles, 28 de abril de 2021

Un trabajo de idéntico contenido puede ser productivo e improductivo

«Lo que constituye el valor de uso específico del trabajo productivo para el capital no es su carácter útil determinado, como tampoco las cualidades útiles particulares del producto en el que se objetiva, sino su carácter de elemento creador de valor de cambio –plusvalía. El proceso capitalista de producción no es meramente producción de mercancías. Es un proceso que absorbe trabajo impago, que toma a los medios de producción en medios para succionar trabajo impago. De lo que precede resulta que ser trabajo productivo es una determinación de aquel trabajo que en sí y para sí no tiene absolutamente nada que ver con el contenido determinado del trabajo, con su utilidad particular o el valor de uso peculiar en el que se manifiesta. Por ende un trabajo de idéntico contenido puede ser productivo e improductivo. Milton, pongamos por caso, que escribió «El paraíso perdido» (1667), era un trabajador improductivo. Al contrario, el escritor que proporciona trabajo como de fábrica a su librero, es un trabajador productivo. Milton produjo «El paraíso perdido» tal como un gusano produce seda, como manifestación de su naturaleza. Más adelante vendió el producto por 5£ y de esta suerte se convirtió en comerciante. Pero el literato proletario de Leipzig, que produce libros por ejemplo compendios de economía política por encargo de su librero, está cerca de ser un trabajador productivo, por cuanto su producción está subsumida en el capital y no se lleva a cabo sino para valorizarlo. Una cantante que canta como un pájaro es una trabajadora improductiva. En la medida en que vende su canto, es una asalariada o una comerciante. Pero la misma cantante, contratada por un empresario que la hace cantar para ganar dinero, es una trabajadora productiva, pues produce directamente capital. Un maestro de escuela que enseña a otros no es un trabajador productivo. Pero un maestro de escuela que es contratado con otros para valorizar mediante su trabajo el dinero del empresario de la institución que trafica con el conocimiento, es un trabajador productivo. Aun así, la mayor parte de estos trabajadores, desde el punto de vista de la forma, apenas se subsumen formalmente en el capital: pertenecen a las formas de transición. En suma, los trabajos que sólo se disfrutan como servicios no se transforman en productos separables de los trabajadores y por lo tanto existentes independientemente de ellos como mercancías autónomas–, y aunque se les puede explotar de manera directamente capitalista, constituyen magnitudes insignificantes si se les compara con la masa de la producción capitalista. Por ello se debe hacer caso omiso de esos trabajos y tratarlos solamente a propósito del trabajo asalariado, bajo la categoría de trabajo asalariado que no es al mismo tiempo trabajo productivo». (Karl Marx; El Capital Libro I, Capítulo VI, Inédito, 1867)

jueves, 22 de abril de 2021

El proletariado solo es progresista cuando tiene conciencia de su papel revolucionario


«En lugar de acudir a la lucha abierta, directa y basada en principios, contra las tesis fundamentales del socialismo, en nombre de la absoluta intangibilidad de la propiedad privada y de la libertad de la competencia, la burguesía de Europa y América, representada por sus ideólogos y políticos, acude, cada vez con mayor frecuencia, a la defensa de las llamadas reformas sociales, oponiéndolas a la idea de la revolución s0cial. No se trata ya de liberalismo contra socialismo, sino de reformismo contra la revolución socialista: ésta es la fórmula de la burguesía instruida y «avanzada» de nuestros días. Y cuanto más elevado es el nivel de desarrollo del capitalismo en un país, cuanto más puro es el dominio de la burguesía, cuanto mayores son las libertades políticas, tanto más amplio es el terreno para la aplicación de la «novísima» consigna burguesa: reformas contra la revolución, remiend0s parciales el régimen que sucumbe, a fin de dividir y debilitar a la clase obrera, a fin de mantener el poder de la burguesía contra el derrocamiento revolucionario de este poder. (...) Las tareas del proletariado dimanan de esta situación de forma completa y absolutamente definida. El proletariado –como la única clase revolucionaria hasta el fin en la sociedad contemporánea–, debe ser el dirigente, mantener la hegemonía en la lucha de todo el pueblo por la revolución democrática completa, en la lucha de todos los trabajadores y explotados contra los opresores y explotadores. El proletariado es revolucionario sólo cuando tiene conciencia de esta idea de la hegemonía y la realiza. El proletario que adquirió conciencia de esta tarea es un esclavo alzado contra la esclavitud. El proletario, que no tiene conciencia de la idea de la hegemonía de su clase o que reniega de esta idea, es un esclavo que no comprende la condición de esclavo en que se encuentra; en el mejor de los casos, es un esclavo que lucha por mejorar su situación de tal, pero no por el derrocamiento de la esclavitud. De aquí se deduce que la famosa fórmula de uno de los jóvenes líderes de nuestro reformismo, el señor Levitski, de la revista Nassha Zariá, quien declaró que la socialdemocracia rusa «no debe pretender a la hegemonía, sino a ser un partido de clase», es una fórmula del más consecuente reformismo. Más aún, es la fórmula de la apostasía completa. Afirmar: «no debe pretender a la hegemonía, sino a ser un partido «de clase», significa pasarse al lado de la burguesía, al lado de los liberales. (...) Pero la renuncia a la idea de la hegemonía es la variedad más burda del reformismo en las filas de la socialdemocracia rusa, por lo que no todos los liquidadores se deciden a manifestar abiertamente sus ideas en forma tan determinada. Algunos de ellos –como el señor Mártov– intentan incluso, burlándose de la verdad, negar la ligazón que existe entre la renuncia a la hegemonía y el liquidacionismo. (...) Predicar a los obreros: «hegemonía, no; partido de clase, sí», significa traicionar, en favor de los liberales, la causa del proletariado, significa predicar la sustitución de la política obrera socialdemócrata por una política obrera liberal. (...) El auge del movimiento proletario atrae inevitablemente a las filas de sus partidarios a cierto número de elementos pequeño burgueses, esclavos de la ideología burguesía, los cuales se van liberando de ella con dificultad y que siempre vuelven, una y, otra vez, a caer en sus redes. No es posible ni siquiera imaginarse la revolución social del proletariado sin esta lucha sin hacer en vísperas de esta revolución sin ese preciso deslindamiento de principios. (...) Sin la completa ruptura, en el curso de esta revolución, entre los elementos oportunistas, pequeño burgueses y los elementos proletarios, revolucionarios, de la nueva fuerza histórica». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El reformismo en el seno de la socialdemocracia rusa, 1911)

domingo, 18 de abril de 2021

El giro nacionalista en la evaluación soviética de las figuras históricas; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Las anotaciones anteriores [*] de Stalin, Zhdánov y Kirov emitidas en 1934 sobre el campo de la historia advertían del peligro de ignorar el pasado colonialista del zarismo ruso y la opresión que ejerció sobre otros pueblos.  Véase el capítulo: «La aparición del bolchevismo y su trato de la cuestión nacional» de 2020.

Sin embargo, en 1937 hubo un cambio, e inexplicablemente se pasó al extremo contrario, ahora se pasó a revisar la historia con una profunda condescendencia hacia las aventuras del zarismo:

«Los autores no ven ningún papel positivo en las acciones de Bogdán Jmelnitski en el siglo XVII, en su lucha contra la ocupación de Ucrania por parte de los señores de Polonia y la Turquía del Sultán. El hecho de la transición de Georgia, digamos, a finales del siglo XVIII al protectorado de Rusia, así como el hecho de la transición de Ucrania al dominio ruso, son vistos por los autores como un mal absoluto, sin ninguna conexión con las condiciones históricas específicas de la época. Los autores no ven que Georgia tenía entonces la alternativa de ser engullida por la Persia del Sha y la Turquía del Sultán o convertirse en un protectorado ruso, al igual que Ucrania tenía la alternativa de ser engullida por el dominio de los señores de Polonia y la Turquía del Sultán, o caer bajo el dominio ruso. No ven que la segunda perspectiva era, sin embargo, el mal menor». (Enseñanza de la historia. Resolución del jurado de la comisión gubernamental para el concurso del mejor libro de texto para los grados 3 y 4 de la Historia de la URSS, 1937)

Es decir, para una comisión del gobierno, el levantamiento de 1668 del cosaco Jmelnitski era algo a celebrar porque fue contra el dominio de la Mancomunidad de Polonia-Lituania. Al mismo tiempo, la absorción de ucranianos y georgianos por Rusia en los siglos XVIII y XIX, fue una «buena noticia» para los pobladores. ¡Debían elegir por cuál de los lobos querían ser despiezados! Lo cierto es que las Guerra del Cáucaso (1817-1864) indicaron lo contrario: hubo una feroz resistencia georgiana, armenia y azerí al nuevo mandato ruso, esos pueblos no deseaban ser absorbidos.

No nos detendremos con la teoría del «mal menor», ya que más adelante volverá a salir. Pero a partir de aquí debemos prestar atención, pues todos los pasos en falso que se darían en materia histórico-nacional no serían casuales, sino que una y otra vez volverían sobre esta visión. Gracias a la válvula de oxígeno del gobierno, nos encontraremos con que un «revivido» nacionalismo ruso utilizaría esta fórmula del «mal menor» para camuflar la rusificación histórica del resto de pueblos, intentando, de paso, repetirlo ahora, como quedaría reflejado en las violentas discusiones que hubo en campos como la historia o la filosofía sobre la transcendencia de Rusia en el mundo y celebrando la «fortuna» y el «progreso» alcanzado por estos pueblos al haber sido anexionados por el zarismo.

Esto nos lleva a la siguiente cuestión que deseábamos abordar: los nacionalistas –algunos travestidos de «rojo»– como el Sr. Armesilla o el Sr. Roberto Vaquero, quienes intentan acreditar su filia por personajes pasados que nada tienen que ver con las aspiraciones del pueblo trabajador y sus mejores tradiciones revolucionarias. Estos, haciéndose eco de los fallos y posiciones falsas de otros comunistas, los cuales, en algún momento de su vida, incurrieron en desviaciones nacionalistas, intentan justificar lo injustificable ¡Pero ellos son los que luego juran a todas horas que a diferencia del resto no se mueven por otros intereses que no sea la verdad objetiva! ¡Que la crítica hacia sus ídolos y la autocrítica está presente en las sectas que lideran! ¿Cómo no íbamos a creer las soflamas de tan honestos muchachos? Véase el capítulo: «¿Qué pretenden los nacionalistas al reivindicar o manipular ciertos personajes históricos?» de 2021.

sábado, 10 de abril de 2021

¿Cuál es la relación entre el capital y la jornada laboral del asalariado?

«El capitalista ha comprado la fuerza de trabajo por su valor diario. Le pertenece el valor de uso de la misma durante una jornada laboral. Ha obtenido el derecho, pues, de hacer que el obrero trabaje para él durante un día. ¿Pero qué es una jornada laboral? En todo caso, menos de un día natural de vida. ¿Y cuánto menos? El capitalista tiene su opinión sobre esa última Thule, el límite necesario de la jornada laboral. Como capitalista, no es más que capital personificado. Su alma es el alma del capital. Pero el capital tiene un solo impulso vital, el impulso de valorizarse, de crear plusvalor, de absorber, con su parte constante, los medios de producción, la mayor masa posible de plustrabajo. El capital es trabajo muerto que sólo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa. El tiempo durante el cual trabaja el obrero es el tiempo durante el cual el capitalista consume la fuerza de trabajo que ha adquirido. (...) El capitalista, pues, se remite a la ley del intercambio mercantil. Al igual que cualquier otro comprador, procura extraer la mayor utilidad posible del valor de uso que tiene su mercancía. La variación de la jornada laboral oscila pues dentro de límites físicos y sociales. Unos y otros son, sin embargo, de naturaleza muy elástica y permiten la libertad de movimientos. Encontramos, así, jornadas laborales de 8, 10, 12, 14, 16, 18 horas, o sea de las extensiones más disímiles. (...) Ni qué decir tiene, por de pronto, que el obrero a lo largo de su vida no es otra cosa que fuerza de trabajo, y que en consecuencia todo su tiempo disponible es, según la naturaleza y el derecho, tiempo de trabajo, perteneciente por tanto a la autovalorización del capital. Tiempo para la educación humana, para el desenvolvimiento intelectual, para el desempeño de funciones sociales, para el trato social, para el libre juego de las fuerzas vitales físicas y espirituales, e incluso para santificar el domingo y esto en el país de los celosos guardadores del descanso dominical. Pero en su desmesurado y ciego impulso, en su hambruna canina de plustrabajo, el capital no sólo transgrede los límites morales, sino también las barreras máximas puramente físicas de la jornada laboral. Usurpa el tiempo necesario para el crecimiento, el desarrollo y el mantenimiento de la salud corporal. Roba el tiempo que se requiere para el consumo de aire fresco y luz del sol. Escamotea tiempo de las comidas y, cuando puede, las incorpora al proceso de producción mismo, de tal manera que al obrero se le echa comida como si él fuera un medio de producción más, como a la caldera carbón y a la maquinaria grasa o aceite. Reduce el sueño saludable necesario para concentrar, renovar y reanimar la energía vital a las horas de sopor que sean indispensables para revivir un organismo absolutamente agotado. En vez de que la conservación normal de la fuerza de trabajo constituya el límite de la jornada laboral, es, a la inversa, el mayor gasto diario posible de la fuerza de trabajo, por morbosamente violento y penoso que sea ese gasto, lo que determina los límites del tiempo que para su descanso resta al obrero. El capital no pregunta por la duración de la vida de la fuerza de trabajo. Lo que le interesa es únicamente qué máximo de fuerza de trabajo se puede movilizar en una jornada laboral. Alcanza este objetivo reduciendo la duración de la fuerza de trabajo, así como un agricultor codicioso obtiene del suelo un rendimiento acrecentado aniquilando su fertilidad». (Karl Marx; El Capital, Tomo I, 1867)