[Post publicado originalmente en 2022. Reeditado en 2026]
«Los subcapítulos a exponer en la siguiente publicación serán los siguientes:
a) Los revisionistas y sus antecedentes históricos para intentar revisar la «ortodoxia»;
b) Entonces, ¿existe eso que se le llama «ortodoxia» o es un mito?;
c) ¿Por qué hay elementos vacilantes que adoptan el marxismo por bandera, por qué otros degeneran?;
d) Efectivamente, la teoría científica necesita de un factor humano que la tramite y actualice;
e) ¿Cómo los «reconstitucionalistas» derriban la «ortodoxia marxista-leninista» para introducir su «heterodoxia»?;
f) ¿Qué es eso de que «el marxismo-leninismo está podrido de revisionismo»?;
g) ¿De verdad alguien puede tomar a Althusser como un representante de la «ortodoxia marxista»?;
h) Entonces, ¿es serio o justo achacar al marxismo-leninismo los fracasos ajenos?
Los revisionistas y sus antecedentes históricos para intentar revisar la «ortodoxia»
Los conservadores, liberales, socialdemócratas y tantos otros llevan repitiendo durante siglos la misma retahíla sobre el «fiasco objetivo del marxismo», argumentos que a todos nos resultan muy familiares. Suelen recurrir a dos variantes: a) «Dado que su movimiento político no está en su mejor momento... habríamos de reflexionar sobre si esto es fruto de unas bases doctrinales ya de por sí utópicas»; b) «Dado que el marxismo se ha equivocado en ciertas cosas, ¿no habría que desconfiar de todo y dejar en suspenso sus supuestos axiomas?».
¿Qué contestar a esto? Incluso aceptando sus premisas −algo que los críticos rara vez pueden corroborar, porque cuando lo intentan, suele ser a través de reduccionismos que nada ayudan a identificar un supuesto fallo−, ambas sugerencias presentan muchísimas lagunas. Nos explicamos.
Esta forma de proceder equivaldría en el mundo de la arquitectura a que cuando haya una grieta, una gotera o una columna se muestre débil, los «expertos» decretasen automáticamente que hay que tirar abajo todo el edificio «por el bien de la seguridad de sus habitantes» −sin más estudio de si esta estructura estaba mal diseñada desde un principio o si sus elementos se han resentido con el paso de los años−, ¿y qué puede ocurrir? Que quizás este edificio no solo sea habitable, sino que aun con todo sigue siendo el más seguro de la manzana gracias al resto de los mecanismos bien conocidos que se usaron para distribuir correctamente el peso y resistir el paso del tiempo.
Entiéndase, que para refutar de forma inmediata este infantilismo acusatorio, lo mejor sería preguntarse: ¿qué movimiento nace, crece y se desarrolla sin incurrir en falsos pronósticos, teorías inexactas o fracasos políticos? En honor a la verdad, nosotros no conocemos a ninguno que bajo este mundo terrenal no se haya visto obligado −tarde o temprano− a rectificar o matizar sus planteamientos, que no haya cosechado derrotas y que tampoco se haya visto necesitado de estudiarlas para reformularse y fortalecerse. Ahora, nada de esto significa que dicho movimiento deba abjurar de los aciertos de su pasado, ni que todas sus creencias sean automáticamente falsas, ni mucho menos que no se pueda distinguir una «ortodoxia» reconocible −que es ya el colmo de la palabrería o relativismo intelectual−.
En realidad, estos debates son tan antiguos como el marxismo mismo, y existen multitud de ejemplos históricos que vale la pena rescatar.
En España el movimiento revolucionario cometió el lamentable error de aceptar a un intelectual como Miguel de Unamuno (1864-1936), una figura que debido a su pensamiento relativista todavía se sigue enseñando en la educación oficial como «un gran filósofo a estudiar», siendo en realidad una variante muy poco original del idealismo filosófico. Este en 1894 celebró su adhesión al PSOE declarando al marxismo como «la religión de la humanidad» (sic). Y cuando a este señor se le dejó claro que esta cosmovisión del mundo no podía ser más que el fruto de una terrible equivocación, muy seguramente fruto de su enorme desconocimiento, no tuvo otra que desertar, no sin antes dejarnos una colección de todo tipo de jeremiadas:
«Yo también tengo mis tendencias místicas, pero éstas van encarnando en el ideal socialista, tal cual lo abrigo. Sueño con que el socialismo sea una verdadera reforma religiosa cuando se marchite el dogmatismo marxiano y se vea algo más que lo puramente económico». (Miguel de Unamuno; Carta a Clarín, 31 de mayo de 1895)
¿A dónde condujo su visión «no dogmática» de las cosas? Dos años después, en 1896 Unamuno ya proclamaba la unión de:
«Socialistas colectivistas; libertarios, socialistas anarquistas; socialistas cristianos; evangélicos; católicos, sindicalistas; societarios etc., etc. Cuantos más, mejor». (Miguel de Unamuno; Signo de vida, 1896)
Para entender el destino de un intelectual tan inestable como Unamuno el lector bien puede repasar las obras de Pablo Iglesias Posse «Programa socialista» (1886) o «Falsos revolucionarios» (1889), en donde se anticipaban el comportamiento de estos breves compañeros de viaje que siempre uno se va encontrando, especialmente si no toma medidas preventivas. El resto es conocido por todos: Unamuno acabaría en las filas de la reacción, sus ideas serían clave en lo sucesivo para inspirar al fascismo español y terminó apoyando y financiado el golpe del 16 de julio de 1936. Véase la obra de Bitácora (M-L): : «El fascismo español, ¿una «tercera vía» entre capitalismo y comunismo?» (2014).





