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miércoles, 7 de enero de 2026

¿Cuáles eran las causas y móviles que yacían detrás de la revolución iraní de 1979?; Partido del Trabajo de Irán, 1985

Manifestantes anti-sha corren en la plaza Esfand después de que el ejército abrió fuego en Teherán - 27 de diciembre de 1978

«La revolución de 1979 fue el acontecimiento histórico más importante de nuestro país que acabó con el dominio de 2.500 años de Monarquía y la hegemonía del imperialismo sobre Irán. Esta grandiosa revolución se llevó a cabo como resultado de las implacables luchas y valor sin precedentes de millones de personas con la clase obrera a la cabeza, y a lo largo de un año de heroica lucha que se ganó la admiración y apoyo de los pueblos del mundo entero.

¿Cuales eran las causas y móviles que yacían detrás de la revolución iraní de 1979?

Sin lugar a dudas, no puede aceptarse el Islam como la causa de la revolución como lo reclama Jomeini (1).

Aunque el movimiento tuvo apariencias religiosas, el pueblo no hizo la revolución por el Islam. Las contradicciones objetivas de la sociedad fueron las causas principales de la revolución. Nuestra sociedad estaba sufriendo de dos contradicciones fundamentales y eran estas las principales causas de la opresión en Irán. Estas eran:

a) Residuos de feudalismo y atraso.

b) El imperialismo y el capitalismo dependiente.

Aunque Irán había comenzado el camino capitalista hacía ya tiempo, sin embargo nunca consiguió librarse de todas las viejas y corrompidas relaciones sociales.

La revolución democrática de 1906 (2) y los movimientos posteriores fueron todos ellos intentos para acabar con estas relaciones pero ninguno de ellos consiguió su objetivo. La reforma agraria del Sha, que tuvo lugar siguiendo las órdenes del Gobierno norteamericano –el Gobierno de Kennedy– en 1962 con el fin de reducir las contradicciones sociales, no acabó con el problema agrario en Irán y la tierra permaneció como una de las demandas más importantes de los campesinos. La política agrícola del Sha y la política de hacerse más y más dependiente del imperialismo, empobreció aún más a los campesinos, obligándoles a emigrar las ciudades. En un corto período de tiempo, la proporción de población rural en comparación con la población urbana descendió a un 55 por 100 en 1977 en comparación con un 85 por 100 en 1963. Una serie de aldeas se arruinaron completamente y sus habitantes marcharon a las ciudades en busca de empleo. De otro lado y como resultado del saqueo imperialista, la pobreza de las masas trabajadoras, especialmente la clase obrera, aumentó aún más. 

Nuestros recursos naturales, especialmente el petróleo, la minería y la pesca fueron ferozmente saqueados y las ganancias del país entregadas a los EE.UU. en concepto de pago por la entrega de armamento o saqueado por la llamada «familia de los mil» –familiares y asociados a la familia real–. 

Señalaremos como datos recogidos de cifras oficiales:

1. Los contratos militares entre Irán y EE.UU. realizados directamente con el Ministerio de Defensa estadounidense en el transcurso de once años (1968-79) ascendieron a 23 billones de dólares –debe tomarse en cuenta que se establecieron otros contratos militares con Gran Bretaña, Francia, la URSS, Italia, creando así la «colonización colectiva» de Irán–.

2. Según cifras facilitadas por funcionarios del Banco Central de Irán, en el transcurso de la revolución de febrero, 144 destacados capitalistas transfirieron 2,4 billones de dólares –una quinta parte de los ingresos totales de Irán en petróleo– a bancos en EE.UU., Suiza, Francia, Israel, etc., –una vez más hay que resaltar que la cifra mencionada fue transferida únicamente a través del Banco Central de Irán. Billones de dólares fueron transferidos a través de bancos y filiales iraníes en Inglaterra, Japón, Holanda, etc., o fueron sacados directamente del país–.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Engels reflexionando sobre la religión, su origen, evolución y solución


«Pero la religión no es más que el reflejo fantástico, en las cabezas de los hombres, de los poderes externos que dominan su existencia cotidiana: un reflejo en el cual las fuerzas terrenas cobran forma de supraterrenas. En los comienzos de la historia son las fuerzas de la naturaleza las primeras en experimentar ese reflejo, para sufrir luego, en la posterior evolución de los distintos pueblos, los más complejos y abigarrados procesos de personificación. Este proceso está documentado en detalle, por lo menos para los pueblos indogermánicos, por la mitología comparada, desde su origen en los vedas indios y en su continuación entre los indios, los persas, los griegos, los romanos, los germanos y, según la suficiencia del material, entre los celtas, los lituanos y los eslavos. Pero pronto entran en acción, junto a las fuerzas de la naturaleza, también las fuerzas sociales, fuerzas que se enfrentan al principio al hombre como tan extrañas e inexplicables como las de la naturaleza, y que le dominan aparentemente con la misma necesidad natural que éstas. Las formaciones fantásticas en las que al principio se reflejaron solo las misteriosas fuerzas de la naturaleza cobran así atributos sociales, se convierten en representantes de poderes históricos. A un nivel evolutivo aún superior, todos los atributos naturales y sociales de los muchos dioses se transfieren a un único Dios omnipotente, el cual no es a su vez sino el reflejo del hombre abstracto. Así nació el monoteísmo, el cual fue históricamente el último producto de la tardía filosofía vulgar griega y halló su encarnación en el Dios exclusivamente nacional judío Jahvé. En esta forma cómoda, manejable y adaptable a todo, la religión puede subsistir como forma inmediata —es decir, sentimental— del comportamiento del hombre respecto de las fuerzas ajenas, naturales y sociales, que le dominan, y ello mientras los hombres estén bajo el dominio de dichas fuerzas. Pero hemos visto varias veces que en la actual sociedad burguesa los hombres están dominados, como por un poder ajeno, por las relaciones económicas que han creado ellos mismos y por los medios de producción que ellos mismos han producido. El fundamento real de la acción refleja religiosa sigue, pues, en pie, y con él el reflejo religioso mismo. El hecho de que la economía burguesa permita cierta percepción de las conexiones causales de ese dominio externo no cambia objetivamente nada. La economía burguesa no puede ni impedir las crisis en su totalidad ni proteger al capitalista individual de pérdidas, malas deudas y bancarrota, o al trabajador individual del paro y la miseria. Aún sigue valiendo que el hombre propone y Dios es decir, el extraño poder del modo de producción capitalista dispone. El mero conocimiento, aunque sea más amplio y profundo que la economía burguesa, no basta para someter fuerzas sociales al dominio de la sociedad. Para ello hace falta ante todo una acción social. Y cuando esa acción está realizada, cuando la sociedad, mediante la toma de posesión y el manejo planificado de todos los medios de producción, se haya liberado a sí misma y a todos sus miembros de la servidumbre en que hoy están respecto de esos mismos medios de producción, por ellos producidos, pero a ellos enfrentados como ajeno poder irresistible; cuando el hombre pues, no se limite a proponer, sino que también disponga, entonces desaparecerá el último poder ajeno que aún hoy se refleja en la religión, y con él desaparecerá también el reflejo religioso mismo, por la sencilla razón de que no habrá nada ya que reflejar» (Friedrich Engels; Anti-Duhring, 1878)

jueves, 26 de septiembre de 2024

Jesuitismo, luteranismo y calvinismo; Franz Mehring, 1894

«Se ha convertido en una tradición llamar a la Guerra de los Treinta Años guerra religiosa. Sin embargo, un rápido vistazo sobre el curso de la guerra muestra la debilidad de este punto de vista. El resultado europeo de la guerra fue que la hegemonía francesa sucedió a la española, y Francia era una potencia católica tanto como España. Los príncipes protestantes de Alemania quedaron bajo el dominio del rey católico de Francia y hasta del Gran Turco de Constantinopla [5]. Cuando Gustavo Adolfo entró en Alemania, con el falso propósito de salvar al protestantismo, los Países Bajos, protestantes, le negaron su apoyo. Pero, por el contrario, al principio tuvo la bendición del Papa. Y así se podría seguir con docenas de ejemplos, en los que católicos luchaban contra católicos, protestantes contra protestantes, católicos a favor de protestantes, protestantes a favor de católicos.

Pero sería arrojar el chico con el agua del baño si se dijera que la religión no tuvo nada que ver con la Guerra de los Treinta Años. Por el contrario, hay muchas pruebas de ello en los propios combatientes. Innumerables fueron los que con entusiasmo fueron a la muerte por la santa madre de Dios, por la «doctrina pura» o por algún otro símbolo religioso que hoy en día ya no podemos entender. Se pueden citar decenas de casos en los que los seguidores de la misma religión se enfrentaron entre sí, de la misma manera que también se pueden señalar decenas donde la convicción religiosa separaba o unía. Inglaterra y Holanda lucharon bajo la bandera del protestantismo contra la católica España, a la vez que los jesuitas unieron a España con Austria. La afirmación de que se debe abandonar completamente la religión para poder juzgar de manera correcta la Guerra de los Treinta Años es tan errónea como la afirmación de que esta guerra fue una guerra religiosa. El materialismo histórico no niega de ninguna manera, como ignorantes o mal intencionados individuos le suelen acusar, que las convicciones religiosas han jugado un gran papel en la historia. Por el contrario reconoce plenamente esta pluma caudal del desarrollo histórico. Sólo afirma que la religión, tanto como cualquier otra ideología, es la base más exterior de este desarrollo, cuyo fundamento sólo puede buscarse en la región de la economía.

Con este hilo conductor se halla también un camino de salida al desesperante matorral de contradicciones que cada uno encontrará si al juzgar a la Guerra de los Treinta Años o bien se le da exclusivamente importancia al punto de vista religioso o bien se lo ignora por completo. Se trata, según Marx, de separar entre la revolución material en las condiciones económicas de producción y las formas ideológicas, en la cual los individuos se hacen conscientes de este conflicto y le dan batalla [6]. Esas formas eran en el 1600 abrumadoramente religiosas, ya no tan fuertemente religiosas como en el 1500, pero mucho más fuertes que en el 1700, a cuyo fin la Revolución Francesa recién develó completamente el velo religioso y se llevó a cabo bajo formas de pensamiento puramente secular. Pero si se pregunta por qué las clases y el pueblo europeos desde el 1500 al 1700 fueron conscientes de sus contradicciones materiales precisamente bajo formas religiosas, entonces la respuesta es: porque la iglesia cristiana que resultó de la caída del imperio universal romano salvó los restos de la antigua cultura para esas clases y pueblos, porque ella dirigió durante siglos la vida material completa del occidente europeo, y porque, por ello, impregnó completamente esta vida con el espíritu religioso. 

La iglesia medieval era un poder económico bajo formas religiosas. Este poder se rompería en pedazos tan pronto sus especiales condiciones de producción, a saber, las feudales, cayeran hechas añicos. Pero esto ocurrió tanto más irreversiblemente cuanto más rápido creció el modo de producción capitalista. Después del Manifiesto Comunista este proceso histórico mundial ha sido descrito tan a menudo y con profundidad en la literatura socialista, que nos atrevemos a suponer que es conocido por nuestros lectores. Una verdadera revolución del modo de producción cambió profundamente la actitud de los pueblos europeos hacia la iglesia medieval. De haber sido la palanca de la producción feudal, la iglesia se convirtió en un escollo para la producción capitalista. Ya no cumplía sus antiguos servicios, pero exigía, como antes, sueldo por ellos. Mantuvo más firmemente su poder, a medida que el derecho que alguna vez había sostenido este poder se disolvía en el aire. La Curia Romana chupaba de las venas de los pueblos la última gota de sangre, el último tuétano de sus huesos. Un acuerdo con el Papado se convirtió para todos en una incómoda necesidad. 

miércoles, 15 de mayo de 2024

Kautsky resumiendo el auge y decadencia del poder del papado

A continuación, ofrecemos al lector un extracto de la obra de Karl Kautsky «Tomás Moro y su utopía», (1888), en la que se dan unos apuntes precisos sobre las circunstancias que impulsaron a la Iglesia romana y al papado tras la caída del Imperio romano de Occidente, así como de aquellas que llevaron a su posterior pérdida de influencia en la Edad Moderna. El capítulo se divide en los siguientes subapartados: a) La Iglesia en la Edad Media: su necesidad y poder, b) La base del poder del papado c) El derrocamiento del poder papal.

La Iglesia en la Edad Media: su necesidad y poder

«Los antagonismos de clase indicados en el capítulo anterior asumieron las más diversas formas en el curso de su desarrollo, cambiando según el tiempo y el lugar, y sus elementos combinados según las influencias externas, las tradiciones históricas y los intereses del momento, de la forma más variada. Pero por confusa que pueda parecer la historia de los siglos XV y XVI, un hilo escarlata la atraviesa y marca esa época: la lucha contra la Iglesia Papal. No debe confundirse la Iglesia con la religión, de la que nos ocuparemos más adelante. La Iglesia había sido el poder predominante en la época feudal y su destino estaba ligado al del feudalismo.

Cuando los teutones invadieron el Imperio romano, se enfrentaron a la Iglesia como heredera de los Césares, como organización que mantenía unido al Estado, como representante del modo de producción de la época agonizante. Por reducido que fuera este Estado y por regresivo que fuera el modo de producción, ambos eran muy superiores a las condiciones políticas y económicas de los bárbaros teutones. Los teutones eran superiores moral y físicamente a la decadente Roma, que, sin embargo, los sedujo por su prosperidad y sus tesoros.

El saqueo no es un modo de producción. El mero saqueo a los romanos no podía satisfacer permanentemente a los teutones; por eso comenzaron a producir a la manera de los romanos. En la medida en que lo hicieron, cayeron imperceptiblemente en dependencia de la Iglesia, que era su maestra, y cuando se hizo necesaria una organización política correspondiente a este modo de producción, sólo la Iglesia podía proporcionarla.

La Iglesia enseñó a los teutones métodos agrícolas mejorados: los monasterios fueron instituciones agrícolas modelo hasta finales de la Edad Media. También eran los sacerdotes quienes enseñaban a los teutones las artes y la artesanía. No sólo los campesinos prosperaron bajo la protección de la Iglesia, sino que la Iglesia también protegió a la mayoría de las ciudades hasta que éstas fueron lo suficientemente fuertes para protegerse a sí mismas, y fomentó el comercio.

Los grandes mercados se celebraban principalmente en las iglesias o cerca de ellas. La Iglesia buscó por todos los medios atraer compradores a esos mercados. También fue la única potencia que en la Edad Media se ocupaba del mantenimiento de las grandes rutas comerciales y facilitaba los viajes gracias a la hospitalidad de los monasterios. Muchos de estos últimos, como los hospicios de los pasos alpinos, se dedicaban casi exclusivamente a promover las relaciones comerciales. La Iglesia consideraba que las relaciones comerciales eran tan importantes que, para facilitarlas, se alió con influencias que representaban la cultura del último Imperio romano en los Estados teutónicos: el judaísmo, que los Papas protegieron durante mucho tiempo. Si bien los alemanes siguieron siendo teutones poco sofisticados, los judíos fueron recibidos cordialmente como mensajeros de una civilización superior. Los comerciantes cristianos teutónicos no se convirtieron en hostigadores de judíos hasta que entendieron el comercio ambulante tan bien como los judíos.

Es bien sabido que todo el conocimiento de la Edad Media se encontraba en la Iglesia, que ella proporcionó constructores, ingenieros, médicos, historiadores y diplomáticos. Toda la vida material de la humanidad, así como su vida mental, fue un flujo de la Iglesia: no es de extrañar que ella capturara a toda la humanidad y determinara cómo los hombres debían pensar y sentir. No sólo el nacimiento, el matrimonio y la muerte le dieron ocasión de intervenir, sino que también el trabajo y las fiestas estaban regulados y controlados por ella.

Además, el desarrollo económico hizo que la Iglesia fuera necesaria no sólo para el individuo y la familia, sino también para el Estado. Ya hemos señalado que cuando los teutones pasaron a un modo de producción superior, a una agricultura desarrollada y a una artesanía urbana, se hizo necesario un nuevo sistema político. Pero la transición a un nuevo modo de producción avanzó demasiado rápido, especialmente en los países romances, Italia, Hispania y la Galia, donde ya estaba arraigada en la población nativa, para permitir a los teutones formar el nuevo órgano político a partir de su primitiva constitución. Las funciones políticas recayeron casi por completo en la Iglesia, que se había convertido en una organización política a finales del Imperio Romano.

domingo, 30 de octubre de 2022

¿Fue Jesús el representante del «comunismo primitivo» o del «esclavismo primitivo»?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«En esta sección repasaremos varias dudas legítimas que se suelen tener los lectores acerca del cristianismo: a) ¿qué relación tuvieron sus primeras comunidades con el comunismo primitivo y el esclavismo?; b) ¿qué conceptos tuvieron los primeros cristianos sobre la usura, el comercio, el celibato o la mujer?; c) ¿a qué se debe que la Biblia contenga tantos pasajes aparentemente contradictorios?; d) ¿en qué errores suelen incurrir los investigadores al analizar los orígenes del cristianismo? Esto nos servirá una vez más para comprobar que, en cuanto a los «reconstitucionalistas», no solo no aportan nada significativo al tema, sino que hacen pasar por novedoso lo ya descubierto hace cientos de años o vuelven a nociones equivocadas y ya superadas.

En primer lugar, cualquiera sabrá que el cristianismo nació como una herejía del judaísmo, aunque en todo momento se alimentó de los conocimientos, mitos y ritos greco-romanos y orientales, desde el gnosticismo, el mitraísmo, el zoroastrismo, el estoicismo, el neoplatonismo y otros ismos, ganando esta última tendencia sincrética y universalizadora −especialmente por los esfuerzos de Paulino− sobre la que era más tradicional o judaizante −capitaneada por Santiago−. En segundo lugar, estas influencias no podían dejar de reflejar en la nueva religión una noción abiertamente conciliadora con el esclavismo, por tanto, el cristianismo era, ya de primeras, incompatible con un comunismo primitivo que, para más inri, para aquel entonces hacía tiempo que se había extinguido en la mayoría de pueblos en que habitaban los primeros núcleos de feligreses. En tercer lugar, si el ambiente decadente de la época entre las clases pudientes del Imperio romano era de un gran temor por el porvenir −o un hedonismo para escapar de la vorágine de desastres−, entre las clases bajas el creciente pauperismo, la desilusión e impotencia por las rebeliones esclavistas fallidas, así como el contacto con la propaganda de todo tipo de sectas y predicadores que prometían algún tipo de consuelo o mejora en otra vida, terminaron por crear un caldo de cultivo idóneo para una expresión como lo era el cristianismo. Véase la obra de Serguéi Kovaliov «Historia de Roma» (1948).

En el siglo II el filósofo griego Celso ya describió a los cristianos primitivos, quienes, como hoy los «reconstitucionalistas», se caracterizaban por la incredibilidad que profesaban y la iracunda irracionalidad de su actuar:

«Agrupó en torno suyo, sin selección, una multitud heterogénea de gentes simples, groseras y perdidas por sus costumbres, que constituyen la clientela habitual de los charlatanes y de los impostores, de modo que la gente que se entregó a esta doctrina nos permite ya apreciar qué crédito conviene darle. (…) Es preciso incluso que las creencias profesadas se fundamenten también en la razón. Los que creen sin examen todo lo que se les dice se parecen a esos infelices, presas de los charlatanes, que corren detrás de los metragirtos, los sacerdotes de Mitra, o de los sabacios y los devotos de Hécate o de otras divinidades semejantes, con las cabezas impregnadas de sus extravagancias y fraudes. Lo mismo acontece con los cristianos. Ninguno de ellos quiere ofrecer o escrutar las razones de las creencias adoptadas. Dicen generalmente: «No examinéis, creed solamente, vuestra fe os salvará»; e incluso añaden: «La sabiduría de esta vida es un mal, y la locura un bien». (Celso; Discurso verdadero contra los cristianos, siglo II)

Esto no es ninguna exageración, sino que se puede constatar leyendo sus textos clásicos, como la Primera Carta a los Corintios de San Pablo, en donde señala que «no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles». Esto también fue recogido por Friedländer en su obra «Vida y costumbres romanas bajo el Imperio primitivo» (1913). Aparte de todo esto, si revisamos otros pasajes de la Biblia nos encontramos con pruebas de un fanatismo inusitado:

«Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna». (Biblia; Mateo 19:29, escrito entre los años 80 y 90 d. C)

«Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo». (Biblia; Mateo 14:24, escrito entre los años 80 y 90 d. C)

Si esto le sabe a poco al lector también puede repasar la obra de Engels «Contribución a la historia del cristianismo primitivo» (1894), en donde se repasa la vida de tropelías y estafas de Peregrino Proteo, uno de los primeros jefes cristianos en Palestina. Este pasó en tiempo récord de ser un errante y cínico a una de las mayores autoridades del cristianismo, siendo curiosamente expulsado de la comunidad por no cumplir los preceptos extremos que él mismo predicaba. En todo caso, en su momento de mayor apogeo, la devoción de sus fieles llegó a puntos tan delirantes que, según el testimonio del siriaco Luciano de Samosata, escritor y humorista del siglo II: «Estos infelices creen que son inmortales y que vivirán eternamente, en consecuencia, desprecian los suplicios y se entregan voluntariamente a la muerte», se les «convence de que todos son hermanos»; de manera que si «entre ellos se presenta un impostor, un bribón hábil, no tiene ningún problema para enriquecerse muy pronto, riéndose con disimulo de su simpleza».

Esta extrema candidez de los primeros cristianos, como ya hemos visto atrás, tiene su explicación no tanto en la ignorancia personal de estos −que también−, sino más bien por el momento histórico tan particular en que aparecieron y se difundieron las primeras comunidades [*], así como su origen social −proviniendo de las capas menos ilustradas−. Engels se encargó de recordar esto al lector describiendo cual era el ambiente social en que se redactó el famoso libro del «Apocalipsis» −escrito en el año 95 aproximadamente−: «Fue [esta] una época en la que, en Roma y en Grecia, pero incluso más en Asia menor, en Siria y en Egipto, una mezcla absolutamente aventurada de las más groseras supersticiones de los pueblos más diversos era aceptada sin examen y completada con piadosos fraudes y un charlatanismo directo, en la que los milagros, los éxtasis, las visiones, la adivinación, la alquimia, la cábala y otras hechicerías ocultas actuaban como el protagonista principal»; ergo «en esta atmósfera nació el cristianismo primitivo, y esto en una clase de personas que, más que cualquier otras, estaban abiertas a estos fantasmas».

martes, 10 de agosto de 2021

Heinrich Heine sobre la esencia del arte del cristiano

«Las artes recitativas, espiritualistas por naturaleza, pudieran florecer bastante bien bajo la sombra del cristianismo. Menos ventajosa fue esta religión para las artes plásticas. Porque allí también se vieron obligadas a representar la victoria del espíritu sobre la materia y, sin embargo, debieron utilizar precisamente esta materia como medio de su representación; tuvieron que resolver, por así decirlo, una tarea antinatural. Por eso aquellos temas repulsivos en la escultura y en la pintura: imágenes de mártires, crucifixiones, santos agonizantes, mutilación de la carne. Esas mismas tareas fueron un martirio de la escultura, y cuando veo aquellas obras deformadas en las que cabezas devotamente inclinadas, brazos largos y delgados, piernas magras y escrupulosos y rústicos ropajes eran utilizados para representar la abstinencia cristiana y el ascetismo sensorial, me embarga una compasión indecible por los artistas de aquel tiempo. (...) A decir verdad, cuando contemplamos alguna colección de pinturas y no vemos representadas más que escenas sangrientas, flagelaciones y ejecuciones, tenemos la impresión de que los antiguos maestros pintaron estas imágenes para la galería de un verdugo. Pero el genio sabe transfigurar incluso lo antinatural; muchos pintores lograron  resolver con belleza y elevación la tarea antinatural; y particularmente los italianos supieron honrar la belleza un poco a costa del espiritualismo, y elevarse hasta aquella idealidad que alcanzó su florecimiento en tantas representaciones de la Virgen. La clerecía católica siempre ha hecho algunas concesiones cuando se trataba de la Virgen. Esta imagen de una belleza inmaculada, transfigurada por el dolor y el amor maternal, tuvo el privilegio de ser celebrada por poetas y pintores y adornada, además, con todo el atractivo sensual. Porque esta imagen era un imán que podía atraer a la gran muchedumbre hacia el regazo del cristianismo. La Virgen María fue, por así decirlo, la «bella dame du comptoir» de la Iglesia Católica, que con su sonrisa celestial atrajo y retuvo a sus clientes, especialmente a los bárbaros del Norte. La arquitectura tiene en la Edad Media el mismo carácter que las obras de artes, porque en ese entonces todas las manifestaciones de la vida armonizaban entre sí del modo más extraordinario. Aquí, en la arquitectura,  se revela la misma tendencia a la parábola que en la poesía. Cuando ahora entramos en una catedral antigua, apenas percibimos ya el sentido esotérico de su pétrea simbología. Sólo la impresión de conjunto penetra de inmediato en nuestro estado de ánimo. Sentimos la elevación del espíritu y el aplastamiento de la carne. El propio interior de la catedral forma una cruz hueca, y deambulamos allí en el interior del instrumento del martirio; las coloridas ventanas arrojan sobre nosotros sus luces rojas y verdes, como gotas de sangre y pus; cantos fúnebres gimotean a nuestro alrededor; bajo nuestros pies, sepulcros y descomposición». (Heinrich Heine; La escuela romántica, 1833)

lunes, 5 de julio de 2021

La Escuela de Gustavo Bueno y su promoción de la religión como «esencia de la españolidad»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021


[Publicado originalmente en 2020 y reeditado en 2021]

«Falange Española no puede considerar la vida como un mero juego de factores económicos. No acepta la interpretación materialista de la historia. Lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos. Aspecto preeminente de lo espiritual es lo religioso. Ningún hombre puede dejar de formularse las eternas preguntas sobre la vida y la muerte, sobre la creación y el más allá. A esas preguntas no se puede contestar con evasivas; hay que contestar con la afirmación o con la negación. España contestó siempre con la afirmación católica. La interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera; pero es, además, históricamente, la española. Por su sentido de catolicidad, de universalidad, ganó España al mar y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a quienes los habitaban a una empresa universal de salvación. Así, pues, toda reconstrucción de España ha de tener un sentido católico». (José Antonio Primo de Rivera; Falange Española número 1, noviembre, 1933)

Después de Falange, parece ser que ahora, gracias al inestimable servicio de Vox y la Escuela de Gustavo Bueno, ellos nos enseñan cuál es y debe de ser la esencia de España –nótese la ironía–:

«España desde su constitución como Imperio –es decir, desde su constitución como sociedad política– ha sido siempre una monarquía. (...) España es una sociedad católica –y no protestante, ni islámica, ni judía, por ejemplo– en cuanto que buena parte de las costumbres de sus habitantes están determinadas por el ceremonial católico». (Santiago Abascal y Gustavo Bueno; En defensa de España. Razones para el patriotismo español, 2008)

Por si alguien quiere seguir riéndose a carcajadas con las ilusiones de estos monaguillos, dejaremos una última cita:

«@armesillaconde: La gente que dice que la religión católica no les influye, pero luego no tienen problemas en irse de puente en festividad religiosa, tienen nombres de santos, o comen jamón y beben vino sin darse cuenta de que esto es producto de la Reconquista contra el Islam. En fin». (Twitter; Santiago Armesilla, 20 de octubre de 2020)

Este es su nivel de razonamiento. Esta es la forma en que este «sujeto», por ser bondadosos, enlaza y conjuga los conceptos que milagrosamente llegan a su masa encefálica. 

¡Los discípulos del señor Bueno no cesan de hacer el ridículo! Preguntamos a Armesilla, ¿acaso el musulmán que se salta su código religioso y consume jamón está cometiendo un acto de conversión al catolicismo? Es infinitamente absurdo creer seriamente que reproducir las herencias totalmente secularizadas de la tradición cristiana —nombres, fiestas y demás— implica «ser católico», ni siquiera «ser católico culturalmente». Es de una chapuza intelectual increíble.

«@armesillaconde: En las religiones no se cree. Se cree en deidades, pero lo positivo –empírico– de las religiones no son los dioses, sino sus instituciones históricas que moldean sociedades enteras». (Twitter; Santiago Armesilla, 19 de octubre de 2020)

Una vez más Armesilla mostrando su antimarxismo: lo que define y moldea una sociedad son las relaciones de producción y el grado de desarrollo de las fuerzas productivas, pero para estos discípulos de Bueno no fueron los intereses de clase los que hicieron que una u otra religión fuera la dominante, sino la religión en sí y sus cualidades «innegablemente positivas» sobre el pueblo. Y claro, si el pueblo español el mejor, también tendrán que tener la máxima religión, ¿para algo Jesús nació en Albacete y no en Nazaret como dice la «Leyenda negra» judeo-británica, no? Armesilla está inmerso en una ardua investigación sobre eso, ya verán. Lo bueno, lo positivo según Armesilla, son las instituciones religiosas, es decir, debemos dar gracias a la Iglesia Católica y el «nacionalcatolicismo» de Franco por su gran labor en «moldear» toda una generación. Qué se lo pregunten a las mujeres revolucionarias que fueron ultrajadas y obligadas a la reeducación de la Sección Femenina de Falange y, para más inri, en muchas ocasiones apartadas de sus hijos. ¡Oh, Dios, damos a ti las gracias!...  ¿por el fascismo?

Esta es la misma gente que defiende la tauromaquia o el catolicismo, porque son «marcas inalterables de España, su esencia». ¿Es esto compatible con el discurrir del pensamiento marxista? Ni de lejos:

«Y no es, ni mucho menos, fortuito que el programa nacional de los socialdemócratas austríacos imponga la obligación de velar por «la conservación y el desarrollo de las particularidades nacionales de los pueblos». ¡Fijaos bien en lo que significaría «conservar» tales «particularidades nacionales» de los tártaros de la Transcaucasia como la autoflagelación en la fiesta del «Shajsei-Vajsei» o «desarrollar» tales «peculiaridades nacionales» de los georgianos como el «derecho de venganza»! Este punto estaría muy en su lugar en un programa rabiosamente burgués-nacionalista». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

jueves, 4 de febrero de 2021

El revolucionario debe terminar con la adoración mística hacia los líderes

«Sin embargo, dejemos de lado las parábolas y las alegorías, y acabemos con el lenguaje metafórico. La cosa es demasiado grande y demasiado prominente para necesitar cortinas místicas. Nos ocupamos aquí de la salvación de la humanidad en el verdadero sentido de la palabra. Si hay algo santo, aquí estamos ante el lugar santísimo. No es ni un fetiche ni un arca de la alianza, ni un tabernáculo ni una custodia. Es la salvación real y positiva de toda la humanidad civilizada. Esta salvación no fue inventada ni revelada, ha surgido del trabajo acumulado de la historia. Consiste en la riqueza del día que surgió gloriosa y deslumbrante a la luz de la ciencia, de las tinieblas de la barbarie, de la opresión, superstición y miseria del pueblo, de la carne y la sangre humanas, para salvar a la humanidad. (...) Los grandes inventos y descubrimientos, que están ligados a ciertos nombres, son nominalmente propiedad de esos personajes famosos. De hecho, como los logros materiales, son el resultado del trabajo colectivo, el producto de la sociedad. Y no es más que una supervivencia del pasado bárbaro considerar a los grandes nombres históricos no solo como líderes brillantes, sino también como semidioses, aunque tales opiniones todavía prevalecen entre muchos hombres eruditos e ignorantes. (...) Si la religión consiste en la creencia en seres y fuerzas sobrenaturales, en la creencia en dioses y espíritus, entonces la socialdemocracia no tiene religión. En su lugar ponemos la conciencia de la insuficiencia del individuo, que necesita, por tanto, para su plenitud y perfección la cooperación del todo y, en consecuencia, reconoce su sumisión al todo. La sociedad humana civilizada es el ser supremo en el que creemos; en su transformación al socialismo construimos nuestra esperanza». (Joseph Dietzgen; La religión de la socialdemocracia, 1875)

Anotaciones de Bitácora (M-L):

«No me enojo. (...) Engels tampoco. No damos un penique por la popularidad. Como prueba de ello, citaré, por ejemplo, el siguiente hecho: por repugnancia a todo culto a la personalidad yo, durante la existencia de la Internacional, nunca permitía que llegasen a la publicidad los numerosos mensajes con el reconocimiento de mis méritos, con que me molestaban desde distintos países; incluso nunca les respondía, si prescindimos de las amonestaciones que les hacía. La primera afiliación, mía y de Engels, a la sociedad secreta de los comunistas se realizó sólo bajo la condición de que se eliminaría de los Estatutos todo lo que contribuía a la postración supersticiosa ante la autoridad –Lassalle procedía más tarde de modo exactamente contrario–». (Karl Marx; Carta a Guillermo Bloss, 10 de noviembre de 1877)

martes, 10 de noviembre de 2020

Sobre la afirmación que la religión es innata en el hombre


«El ente distinto e independiente de la esencia humana o Dios –en cuya descripción consciente mi obra: «La esencia del cristianismo» de 1841–, el ente que no posee esencia humana, propiedades humanas, individualidad humana no es otro, en realidad, que la naturaleza [1]. El sentimiento de dependencia del hombre es el fundamento de la religión; el objeto de dicho sentimiento de dependencia y por tanto, del que el hombre depende y se siente dependiente no es otro originariamente que la naturaleza. Es la naturaleza el primer y originario objeto de la religión, como la historia de todas las religiones y de todos los pueblos prueba abundantemente. La afirmación de que la religión es innata en el hombre, de que es algo connatural en él es falsa si por «religión» se están entendiendo las distintas formas del «teísmo», es decir, la creencia y la de en un dios. Sin embargo, dicha afirmación es absolutamente verdadera si por «religión» lo que se entiende es el sentimiento de dependencia, el sentimiento o la conciencia que tiene el hombre de no existir ni poder existir sin un ente distinto a si y, por tanto, de no deberse a sí mismo su propia existencia. (...) La religión hace profesión y es la declaración de todo lo que soy; y lo que soy ante todo es un ente que no existiría sin luz, sin aire, sin agua, sin tierra, sin alimento, esto es, un ser por entero dependiente de la naturaleza. Esta dependencia es inconsciente e irracional en los animales y en los hombres todavía en su estado animal; hacerla llegar hasta el nivel de la conciencia, representársela, tenerla en cuenta y reconocerla significa erguirse ante la religión. Así por ejemplo, cualquier forma de vida depende del ciclo de las estaciones, pero únicamente el hombre celebra este ciclo de las estaciones con representaciones rituales y celebraciones solemnes. Y resulta que estas celebraciones que no expresan ni representan otra cosa que el sucederse de las estaciones anuales o de las distintas fases lunares son las más antiguas, las primeras y las más auténticas manifestaciones religiosas de la humanidad». (Ludwig Feuerbach; La esencia de la religión, 1845)

Anotaciones de Ludwig Feuerbach:

[1] Para mi «naturaleza» –exactamente igual que espíritu– no es más que un término general para designar entes, cosas, objetos que el hombre diferencia de sí mismo y de sus propias producciones y que agrupa así bajo el nombre colectivo de «naturaleza»; pero en absoluto un ente universal, extraído y separado de la realidad, ni personificado ni mistificado.

Anotaciones de Bitácora (M-L):

La religión nace como satisfacción a la insatisfacción del hombre primitivo ante la naturaleza, por ello intentó ejercer una influencia sobre los objetos circundantes que creía divinos a través de plegarias, ceremonias y rituales para ganarse su favor. Pero cuanto más avanza el ser humano, cuando más aprende a usar sus capacidades para la comprensión de los fenómenos y «dominio» de la naturaleza, menos necesita de la religión, más rápido quita a la religión ese manto de «necesidad y dependencia» para vivir, o mejor dicho, sobrevivir, sobrellevar sus penurias.

martes, 3 de noviembre de 2020

¿Es el Islam una religión «pacífica», de «amor» y «tolerancia»?


[Post originalmente publicado en 2017]

«Estos días los medios de comunicación en España –salvo los más fascistoides como 13TV o Intereconomía– han dado voz a ideólogos liberales que defienden la religión musulmana y califican el yihadismo y el Daesh, como «una mala interpretación del islam». Estos comentarios ya han venido abundando y propagándose desde los primeros brotes de atentados yihadistas en Europa:

«Son los primeros que no siguen los preceptos; entre otras cosas, las muertes», reprocha Javier Rosón, analista del islam en Europa de Casa Árabe. Sin embargo, los terroristas del grupo «Estado Islámico» (EI) invocan el nombre de Dios al cometer atentados y pretenden erigirse como principales valedores del islam. Por culpa de ello, comunidades musulmanas de todo el mundo se ven obligadas a recordar que no los representan. Así, «el Corán tiene una ciencia aprobada mundialmente por todos los científicos. Lo que los terroristas hacen es un corta y pega al gusto», lamenta Abdelaziz Hammaoui, uno de los mayores estudiosos del islam en España: imán, teólogo musulmán, profesor de la Cátedra de las Tres Religiones en la Universidad de Valencia y presidente del Centro Cultural Islámico de Valencia... (...) «El islam es una religión de paz. Lo primero y principal es no matar a otro», subraya Javier Rosón. (...) Otro referente en España es Mounir Benjelloun, presidente de la Comisión Islámica de España y de la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas: «Someter el islam a interpretaciones literales del Corán, sería injusto y equivocado». (...) Las excepciones en las que el Corán sí justifica matar a otra persona se resumen en una motivación por defensa propia. Se producen en el contexto histórico bélico en los inicios del islam y hoy sólo podrían ser aplicables si lo ordenase una autoridad estatal, coinciden todos los expertos consultados». (El español; Estado Islámico contra el Corán: las pruebas de que no tiene nada que ver con el islam, 14 de diciembre de 2015)

domingo, 6 de septiembre de 2020

Dos cartas a Gorki; Lenin, 1913


Carta I

«Querido Alexei Maximovich:

¿Qué se propone usted? ¡Es sencillamente horrible!

Ayer leí en el Riech su respuesta a los «rugidos» sobre Dostoievski y estuve a punto de alegrarme; pero hoy llegó el periódico liquidacionista conteniendo un párrafo de su artículo que no había sido publicado por el Riech.

He aquí un párrafo:

«En cuanto a la «busca de Dios» debe ser abandonada por el momento [¿tan sólo por el momento?]. Es una ocupación estéril. De nada sirve buscar algo que no ha estado oculto. Sin sembrar es imposible recoger. No tenéis dios, no lo habéis creado aun [¡aún!]. A los dioses no se los busca, sino que se los crea; ¡la vida no los inventa, los crea!».

¡¡Así, pues, según parece, usted es contrario a la «busca de Dios» únicamente por el momento!! ¡¡Al parecer, pues, usted se opone a la busca de Dios nada más que para sustituirla por la creación de Dios!!

Ahora bien, ¿no es horrible pensar que usted razone de esta manera?

lunes, 4 de mayo de 2020

¿Qué es la Escuela de Gustavo Bueno?; Equipo de Bitácora (M-L), 2020


[Publicado originalmente en 2020 y reeditado en 2021]

«
¿Qué nos vamos a encontrar en este extenso documento? Principalmente nos centraremos en su visión sobre la cuestión nacional, ya que es verdaderamente la idea que nuclea todo el pensamiento del «materialismo filosófico» de Gustavo Bueno, pero durante la exposición se observará también las bases filosóficas, las recetas económicas, las nociones políticas o las propuestas culturales de esta escuela de sofistas. Consideramos que el combate sin piedad hacia todos los nacionalismos habidos y por haber no es algo opcional sino imprescindible. ¿El motivo? Unos y otros se complementan y retroalimentan para desviar a los trabajadores de su camino de emancipación social: la abolición de las clases sociales. En concreto, en lo tocante al nacionalismo español, la Escuela de Gustavo Bueno ha sido sin ningún género de duda la cuna de muchos de los personajes, libros y argumentarios que han salido de esta bancada, por lo que viene siendo hora de desnudar sus más que evidentes contradicciones. Esta última es una labor ideológica que lamentablemente no hemos visto registrada en ninguno de sus supuestos enemigos ideológicos, al menos no en una profundidad argumentativa y pedagógica que sirva como referencia, y esto es justamente lo que nosotros –sin ninguna falsa modestia– reconocemos que buscamos con el contenido de la presente obra. Al igual que en cualquiera de las otras ocasiones queremos advertir a los sujetos que serán objeto de crítica que a aquí priori no hay ninguna inquina personal: la crítica frontal y demoledora realizada hacia los distintos personajes de turno que irán apareciendo en el texto –Gustavo Bueno, Santiago Armesilla, Pedro Ínsua o Jesús G. Maestro– es solo la excusa, el pretexto idóneo o el marco de referencia para abordar una problemática mucho mayor que transciende a estos personajes, pues solo son unos de tantos representantes de una postura equivocada, de una visión distorsionada del mundo, de un vicio a eliminar.

Aunque en todos y cada uno de los planteamientos de Gustavo Bueno se subyace un vitalismo avasallador e irracional –típico del fascismo del siglo XX–, él intentó conjugar dicho instinto –a todas luces ramplón y reaccionario– con una bonita carcasa filosófica, cuyo fin no era otro que disimular las barbaridades que deseaba implantar. Así, pues, mediante un lenguaje «técnico» y una explicación aparentemente «racional» estuvo mucho mejor pertrechado para relativizar o disimular las opiniones tan polémicas que acostumbraba a lanzar. Pero ahí no acababa este ejercicio maquiavélico: trató de justificar sus complicadas y enmarañadas teorías como algo solo apto para «entendidos», no para el vulgo, según él, incapaz de entender y aceptar su «trascendental filosofía». En el «materialismo filosófico» hay una clara inspiración en autores mundialmente conocidos, pero se nota especialmente la influencia de Ortega y Gasset y Unamuno, quienes no parece casualidad que en su momento hayan sido las fuentes castizas que estimularon el pensamiento falangista en España. Gustavo Bueno creyó preciso que para coronar su empresa debía aspirar a algo más cercano a Hegel que a Unamuno: no bastaba con intentar elaborar reflexiones fragmentarias, chocantes o elocuentes, sino que debía construirse un gran bloque compacto con un argumentario definido, en definitiva, un gran sistema filosófico que causase asombro por la infinidad de temas a abordar y que crease un nuevo lenguaje que le hiciera reconocible ante sus adeptos. No obstante, si por fortuna nuestro amado lector no es una persona fácilmente impresionable, podrá detectar a las primeras de cambio que los representantes de esta escuela no tienen nada de eruditos, a lo sumo son charlatanes profesionales, y la mayor prueba está en que intentan defender lo indefendible con una retórica de secta endogámica, la cual comienza y acaba por un constante ritual de culto a la personalidad hacia su «maestro» que acaba resultando enfermizo. Paradójicamente hablamos de una de las debilidades que también ha adolecido el marxismo y otras doctrinas político-filosóficas en el siglo anterior, pero que ellos, lejos de superar, parecen perpetuar sin complejo alguno. A la vista está también que si tuviesen algún tipo de pretensión popular no utilizarían teorías y conceptos tan sumamente complejos como estúpidos, los cuales no se molestan en adaptar o disimular frente a los trabajadores de a pie.

¿Cuál es el perfil de los adeptos a la Escuela de Gustavo Bueno? Muchos de ellos son orgullosos seguidores de las tesis del asturiano y se reconocen como fervorosos nacionalistas españoles, pero algunos otros, como ocurría con el propio Sr. Bueno, tienen la desvergüenza de autodenominarse «marxistas» o al menos prometen estar muy influenciados por dicha corriente… en la práctica no hay nada más lejos de la realidad. Esta escuela filosófica se declara «ni de izquierdas ni de derechas», otras, se presenta como valedora y superadora de los «límites del marxismo», sea como sea, sus planteamientos son tan sumamente reaccionarios y excéntricos que se refutan a sí mismos, pero sin una ordenación y exposición correcta, no todos tendrán esto tan claro. He aquí una de las razones por las que era hora que refutar este mito de Gustavo Bueno como «gran filósofo», uno que, como era de esperar, también ha calado muy hondo entre el revisionismo patrio, y entiéndase que podemos englobar en este bloque a todos aquellos que se hacen pasar por marxistas para introducir luego mejor su mercancía antimarxista, aunque en honor a la verdad existen algunas excepciones donde este es un actuar inconsciente fruto de la ignorancia.  

Si bien su influencia es ínfima entre los verdaderos revolucionarios, los argumentos de la Escuela de Gustavo Bueno sí han permeado entre parte de la población, quizás no tanto por su propio esfuerzo ni su alcance, sino porque recuperan y continúan el legado del nacionalismo español decimonónico y los viejos dogmas del falangismo, asimilados por la población durante siglos. En consecuencia, mientras continúe el sistema actual, siempre hay posibilidad de que este discurso tenga repercusión entre las capas de trabajadores más atrasados, en el joven romántico, y por supuesto, entre la intelectualidad conservadora. Por ello debe realizarse un esfuerzo en desenmascarar su demagogia y su hipocresía, sus intentos de establecerse como quinta columna bajo cualquier excusa aparentemente inocente, como en este caso pudiera ser «combatir el supremacismo del nacionalismo catalán» o «cultivar un sano amor a la tierra, su cultura y sus gentes».  

La burguesía española siempre ha estado muy complacida con las actuaciones de estos mercenarios académicos, y tiene toda lógica puesto que la Escuela de Gustavo Bueno le sirve –en el sentido de vasallaje y en el sentido de utilidad– para confundir y seducir a propios y extraños, es por esta razón y no otra que financia sus asociaciones con dinero público y privado para mantener ese nicho seguro. Pero, seamos francos, el poder necesita algo menos frívolo y más cercano a las masas como para hacer que el trabajador asalariado consuma el narcótico nacionalista. Recordemos que un buen propagandista no es aquel que convence a quienes ya están convencidos, sino aquel que persuade a quienes todavía dudan o son abiertamente hostiles. Por ello, una corriente ideológica más centrada en propagar y emular las epopeyas de un imperio colonial pasado que en plantear planes eficaces para solucionar los atolladeros de la política burguesa presente, nunca puede resultar útil del todo. Cumplirá un gran papel en las universidades y será un gran pasatiempo para distraer a los exaltados, nostálgicos y similares, pero nunca será la plataforma idónea para embaucar en masa a todos esos millones de trabajadores anónimos.

En conclusión, la Escuela de Gustavo Bueno tiene un techo de crecimiento muy evidente. Entiéndase que personas cuya mayor emoción es disfrazarse de un soldado de los tercios y que tiene como insignias de referencia a figuras de la realeza de siglos pasados, no solo es anacrónico y reaccionario, sino completamente freak para cualquier persona con dos dedos de frente, sepa de política o no. Dicho lo cual, el capitalismo nacional, aunque les agradece sus esfuerzos, prefiere apostar mayores cuotas de dinero en otras corrientes políticas de mayores garantías. Puestos a elegir, opta más por los clásicos políticos que salen a escena vestidos de corbata, que manejan discursos fáciles y emocionales; no a gente extraña que habla de «Imperios Generadores», «Dialécticas de Estados», «Izquierdas Indefinidas» y patochadas de ese estilo, algo que para el trabajador medio de Amazon, Repsol o Zara ni capta ni tiende tiempo de detenerse en tratar de comprender de qué demonios le está hablando. En su conjunto los capitalistas se fían más de los políticos modernos que en sus redes sociales sonríen, cocinan, toman café, juegan con el perro o hacen alpinismo para aparentar cotidianidad, eso tiene gancho, crea afinidad con la masa social; todo lo contrario de lo que ocurre con las redes sociales de los gustavobuenistas quienes respiran más folclore que una zarzuela, engalanándose con imágenes y simbología de reyes, conquistadores y exploradores castellanos muertos que hoy el ciudadano medio ni conoce. La pregunta es, ¿en serio no se dan cuenta de su bufonada teórica y estética que portan? ¿Serán así de imbéciles o es porque les pagan? Misterios sin resolver». (Equipo de Bitácora (M-L); El viejo chovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno, 2020)

miércoles, 8 de abril de 2020

Sobre los científicos religiosos que han pasado a la historia...


«Para estudiar los procesos físicos y químicos de cuerpos y materias diversas, es imprescindible que nuestros científicos, ingenieros, agronómos, etc., tengan una concepción cabal y profunda del mundo en su conjunto. Podría continuar insistiendo en la necesidad, de que el escritor y el artista conozcan las leyes de desarrollo del pensamiento, los procesos psíquicos del ser humano, el papel de las condiciones de vida materiales en la formación de las ideas de los personajes que crean en sus obras. (...) Hay en el mundo ignorantes y reaccionarios que pretenden que nosotros los comunistas queremos atribuir al marxismo-leninismo también las obras de aquellos científicos viejos y nuevos que no sabían ni saben qué es el marxismo-leninismo, que no son marxistas, siendo algunos de ellos hasta adversarios de esta ideología. Eso no es en absoluto verdad. No se trata de apropiarse de las obras de éste o de aquél científico, nacido en tal o cual país, hijo de éste o de aquél pueblo. Pero es un hecho que ni Descartes ni Pavlov, ni el jansenista Pascal ni el científico Bogomoletz, ni otros miles y miles de científicos renombrados de todos los tiempos, son conocidos por la humanidad porque iban a la iglesia o porque hubieran rezado alguna vez a dios, sino por sus obras racionales, progresistas, materialistas, anticlericales, antimísticas. Su método en general, en ciertos aspectos, ha sido dialéctico, mas, sin embargo, no tan perfecto como nos lo proporciona el marxismo-leninismo. La doctrina marxista-leninista es el summum de la ciencia materialista y del desarrollo de la sociedad humana; es la síntesis de todo el desarrollo anterior de la filosofía y de manera general, del pensamiento creador de la humanidad; es la síntesis de todo lo racional y progresista que en todas las épocas y en diversas formas ha luchado contra las supersticiones, la magia, el misticismo, la ignorancia, la opresión moral y material de los hombres. Actualmente esta doctrina se ha convertido en faro que ilumina el camino de los pueblos hacia el socialismo y el comunismo. Por eso hoy, cuando existe una ciencia hasta tal punto completa como el marxismo-leninismo, que nos proporciona la correcta concepción materialista sobre el mundo y el mejor método científico, el método dialéctico marxista, es imperdonable que nuestros científicos y especialistas no la utilicen en beneficio de sus estudios en todos los terrenos, y, a nadie debe darle vergüenza comenzar el estudio inclusive desde las primeras nociones del marxismo-leninismo o, cuando no sepa alguna que otra cuestión, consultar a algún especialista en la materia, sin importarle si es más joven que él. En aras de la causa del Partido y del pueblo, cada uno de nosotros está dispuesto a soportar esta «vergüenza». (Enver Hoxha; Nuestra intelectualidad crece y se desarrolla en el seno del pueblo; Extractos del discurso pronunciado en el encuentro con los representantes de la intelectualidad de la capital, 25 de octubre de 1962)

miércoles, 25 de marzo de 2020

Marx sobre los principios sociales del cristianismo


«Los principios sociales del cristianismo han tenido ya dieciocho siglos para desenvolverse, y no necesitan que un consejero municipal prusiano venga ahora a desarrollarlos. Los príncipes sociales del cristianismo justificaron la esclavitud en la antigüedad, glorificaron en la Edad Media la servidumbre de la gleba y se disponen, si es necesario, aunque frunciendo un poco el ceño, a defender la opresión moderna del proletariado. Los principios sociales del cristianismo predican la necesidad de que exista una clase dominante y una clase dominada, contentándose con formular el piadoso deseo de que aquella sea lo más benéfica posible. Los principios sociales del cristianismo dejan la desaparición de todas las infamias para el cielo, justificando con esto la perpetuación de esas mismas infamias sobre la tierra. Los principios sociales del cristianismo ven en todas las maldades de los opresores contra los oprimidos el justo castigo del pecado original y de los demás pecados del hombre o la prueba a que el Señor quiere someter, según sus designios inescrutables, a la humanidad. Los principios sociales del cristianismo predican la cobardía, el desprecio de la propia persona, el envilecimiento, el servilismo, la humildad, todas las virtudes del canalla; el proletariado, que no quiere que se lo trate como canalla, necesita mucho más de su valentía, de su sentimiento de propia estima, de su orgullo y de su independencia, que del pan que se lleva a la boca. Los principios sociales del cristianismo hacen al hombre miedoso y trapacero, y el proletariado es revolucionario». (Karl Marx; El comunismo del Rheinischer Beobachter, 12 de septiembre de 1847)

jueves, 15 de agosto de 2019

El humanismo del marxismo no toma como base el humanismo del cristianismo


«Atacando al marxismo-leninismo, a la revolución, al socialismo, la propaganda burguesa y revisionista habla en nombre de un humanismo al margen de las clases, por encima de ellas, «para todos», del humanismo de la benevolencia cristiana. Mas un «humanismo» tal es falso y fraudulento, porque justifica el régimen de opresión y explotación burgués y revisionista, porque aleja a las masas trabajadoras de la lucha revolucionaria por su derrocamiento, porque predica la sumisión, toma bajo su defensa a los enemigos del pueblo exigiendo que éstos tengan campo libre de acción a fin de minar y derrocar el poder del pueblo allí donde ha sido instaurado y restaurar la esclavitud capitalista.

Nuestro humanismo socialista no es para todos y no puede estar por encima de las clases, tampoco es el humanismo de la misericordia cristiana hacia el enemigo. En la sociedad de clases no hay ni puede haber humanismo general, al igual que no hay ni puede haber democracia para todos, hay para la mayoría trabajadora o para la minoría explotadora, o para el pueblo o para sus enemigos. En nuestra, sociedad no hay humanismo ni piedad hacia el enemigo que atenta contra el pueblo y el socialismo. Contra él actúa con puño de hierro la dictadura del proletariado.

En la sociedad socialista el método general de la actitud hacia los trabajadores que cometen errores, es el de la crítica como camaradas, de la persuasión y educación, a fin de combatir la enfermedad y salvar al enfermo, sin negar la necesidad de las medidas legislativas y administrativas contra los que persisten en sus errores e infracciones». (Agim Popa; El socialismo, régimen verdaderamente humano, 1987)

viernes, 21 de junio de 2019

La filosofía de la Edad Media; O. Trajtenberg, 1942


«La filosofía de la Edad Media.

I

Sobre los escombros de la formación esclavista comienza a formarse en los siglos V y VI en la Europa Occidental la sociedad feudal. Finaliza en la historia europea el período Antiguo y comienza el de la Edad Media. El régimen feudal alcanzó su florecimiento entre los siglos X y XV.

«Bajo el régimen feudal, la base de las relaciones de producción es la propiedad del señor feudal sobre los medios de producción y su propiedad parcial sobre los productores, sobre los siervos, a quienes ya no puede matar, pero a quienes sí puede comprar y vender. A la par con la propiedad feudal, existe la propiedad personal del campesino y del artesano sobre los instrumentos de producción y sobre su hacienda o su industria privada, basada en el trabajo personal. Estas relaciones de producción se hallan, fundamentalmente, en consonancia con el estado de las fuerzas productivas durante este período. El perfeccionamiento progresivo de la fundición y elaboración de metales, la difusión del arado de hierro y del telar, los progresos de la agricultura, de la horticultura, de la viticultura y de la fabricación de aceite; la aparición de las primeras manufacturas junto a los talleres de los artesanos; tales son los rasgos característicos del estado de las fuerzas productivas durante este período.

Las nuevas fuerzas productivas exigen que se deje al trabajador cierta iniciativa en la producción, que sienta cierta inclinación al trabajo y se halle interesado en él. Por eso, el señor feudal prescinde de los esclavos, qué no sienten ningún interés por su trabajo^ ni ponen en él la menor iniciativa, y prefiere entendérselas con los siervos, que tienen su propia hacienda y sus herramientas y se hallan interesados en cierto grado por el trabajo, en la medida necesaria para trabajar la tierra y pagar al señor en especie, con una parte de la cosecha.

Durante este período, la propiedad privada hace nuevos progresos. La explotación sigue siendo casi tan rapaz como bajo la esclavitud, aunque un poco suavizada. La lucha de clases entre los explotadores y los explotados es el rasgo fundamental del feudalismo». (Stalin. Sobre el materialismo dialéctico e histórico. «Cuestiones del leninismo», versión española, Moscú, 1941, págs. 659 y 660)

El nivel de la cultura, particularmente durante los primeros tiempos de la Edad Media, era extremadamente bajo. Pero la Edad Media no fue, de ningún modo, «una simple interrupción en el curso de la historia». Durante el período de la Edad Media, aunque muy lentamente, avanzó el desarrollo económico y político de la sociedad y, en consonancia con ello, también progresó la cultura. El movimiento ideológico de esta época reflejaba la encarnizada lucha de clases de los campesinos y vecinos contra los feudales eclesiásticos y seculares, y también las contradicciones existentes entre los diversos grupos dentro del propio campo de la clase explotadora.

miércoles, 9 de enero de 2019

La naturaleza no está en disposición de realizar cualquier cosa a placer en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia


«La Tierra no siempre ha sido como es ahora; al contrario, ha llegado hasta el estado en que ahora se encuentra tras una serie de evoluciones y revoluciones, y la geología ha descubierto que a lo largo de estos diferentes estadios evolutivos existieron muchas especies vegetales y animales que ahora ya no existen y que quizás tampoco existieran ya en épocas anteriores a esta. Así, hoy ya no existen trilobites ni escrimites ni ammonites, no hay pterodáctilos ni ictiosaurios ni plesiosaurios, ni tampoco megaterios ni dinoterios. Pero ¿cuál es la razón de ello? Evidentemente, que no han subsistido las razones que hacían posible su existencia. Y si la extinción de una vida va a la par con la extinción de las condiciones que la hicieron posible, también el comienzo, la génesis de estas vidas, tendrá que haber coincidido con la génesis de sus condiciones. Y ahora que los vegetales y los animales vienen al mundo sólo por generación orgánica –esto es inobjetable, al menos para las especies superiores podemos ver que basta con la presencia de sus condiciones vitales peculiares para que por todas partes, de un modo extremadamente singular y todavía no explicado, vegetales y animales se presenten ante nuestros ojos en cantidades innumerables. En la base del desarrollo de la naturaleza, en la génesis de la vida orgánica, no debemos pensar un acto aislado, un acto inmediato a la génesis de las condiciones vitales, sino más bien el acto o el momento en el cual la temperatura, el aire, el agua o más ampliamente la Tierra, asumió una determinada disposición, y el oxígeno, hidrógeno, carbono y nitrógeno se unieron en esas precisas combinaciones que produjeron la existencia de la vida orgánica; y debemos también pensar en el momento en el cual todos estos elementos se unieron a un tiempo para formar cuerpos orgánicos. Así pues, si por la fuerza de la propia naturaleza, a lo largo de los tiempos, la Tierra ha evolucionado y se ha cultivado de tal forma que haya finalmente tomado unas características que la hagan compatible con la existencia del hombre y afín a la naturaleza humana, si hasta ha asumido, por así decirlo, un carácter humano, está la Tierra en condiciones de generar con sus propias fuerzas al hombre. El poder de la naturaleza no es ilimitado como la omnipotencia divina, lo que es decir como el poder de la imaginación del hombre: la naturaleza no está en disposición de realizar cualquier cosa a placer en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia. Todo lo que crea y produce está ligado a ciertas condiciones». (Ludwig Feuerbach; La esencia de la religión, 1845)

sábado, 29 de diciembre de 2018

Dios es un ser misterioso e incomprensible solamente para el hombre religioso, para el cual la naturaleza es un ente incomprensible


«No es que la naturaleza sea sólo el primer y originario objeto de la religión sino que es su principio generador más seguro, su subsuelo permanente aun si no se hace obvio. La creencia de que Dios, presentado como un ser sobrenatural y distinto de la naturaleza, tenga una existencia independiente de la del hombre y de que sea, como dicen los filósofos, un ente objetivo tiene su raíz en el hecho de que originariamente el ente objetivo y que existe aparte del hombre, esto es, el mundo, la naturaleza, es considerado Dios. La existencia de la naturaleza no se basa de ninguna manera –como se engaña el teísmo– en la existencia de Dios, o mejor dicho, la creencia en su existencia tiene su único fundamento en la naturaleza. Tu estas obligado a creer que Dios es un ser existente porque te ves obligado por la naturaleza a reconocer que por encima de tu conciencia y de tu existencia está la suya, y el primero concepto base de Dios no es ningún otro sino este: el de que es un ser cuya existencia precede a la tuya; tu existencia presupone la suya. En otras palabras: cuando hablas de la existencia de Dios como algo ajeno al corazón y al raciocinio del hombre, como algo que existe y está independientemente de que exista o no el hombre, piense o no en Dios, sienta o no anhelos de él, en realidad no estás hablando de otra cosa que de la naturaleza, cuya existencia no se apoya en la del hombre y mucho menos en los racionamientos del ser humano. Los teólogos, especialmente los racionalistas, propugnan que el principal honor de Dios viene dado por el hecho de que tiene una existencia autónoma respecto del pensamiento humano, y además, reflexionando, llegan a al conclusión de que también las divinidades de los ciegos paganos –las estrellas, las piedras, los árboles, los animales– cuenta con una existencia de este tipo; por lo que en este sentido el Dios de los teólogos y el Apis de los egipcios no se diferenciarían: ambos cuentan con y una existencia independiente del pensamiento de sus cultores. (...) Dios es el ser no determinable según dimensiones humanas, es el ser inconmensurable, infinito, o al menos así se le aparece al hombre. La obra alaba a su autor: la gloria del creador tiene su raíz exclusivamente en la magnificencia de la criatura. «¡Qué grande es el sol, pero cuánto más grande es aquel que ha creado el sol!». Dios es el ser supraterrenal, sobrehumano, supremo; pero también este ente supremo, por su origen y principio, no es otro que el entre supremo desde el punto de vista espacial y óptico: el cielo, con todo el esplendor que aparece. Todas las religiones que tienen algo de ímpetu, por poco que sea, sitúan la sede de sus dioses en la región de las nubes, en el éter o en el sol, en la luna y en las estrellas y, finalmente, todos los dioses se pierden en la atmósfera azul del cielo. Y por cierto: el Dios de los cristianos tiene su sede, su base última, arriba, en el cielo.  Dios es el ser misterioso e incomprensible, pero solamente porque para el hombre, y particularmente para el hombre religioso, la naturaleza es un ente misterioso e incomprensible. «¿Sabes tu como se difunden las nubes –le pregunta Dios a Job–? ¿Has llegado hasta el fondo del mar? ¿Has averiguado la anchura de la tierra? ¿Acaso has visto de dónde proviene el granizo?». En fin: Dios es el ser superior al arbitrio humano, no perturbado por las necesidades y las pasiones de los hombres, eternamente igual a sí mismo, que actúa según leyes invariables, que mantiene de manera inalterable a través de todas las épocas. (...) A Dios entendido como el artífice de la naturaleza se le representa como un ente distinto de esta; pero lo que este ente contiene  expresa, el verdadero contenido del mismo, es únicamente la naturaleza». (Ludwig Feuerbach; La esencia de la religión, 1845)

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