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jueves, 29 de diciembre de 2022

¿Era la «República» de Platón un ideario comunista de sociedad?; Equipo de Bitácora (M-L), 2020

«Después de «poner del revés a Marx», Santiago Armesilla proclamaba ante su público lector que la República aristocrática de Platón es algo parecido al «comunismo» al que él aspira:

«¿Cómo entender, entonces, el socialismo y el comunismo desde nuestra propuesta de «vuelta al revés» de Marx? ¿Cómo entenderlos desde nuestra concepción materialista de la vida política? (…) Una de las primeras obras en mostrar esta conexión es la República, de Platón. (…) Concibe su República, en realidad, como una comunidad política de una única clase social, los productores, conformada a su vez por geomoros –campesinos– y demiurgos –artesanos y obreros–. (…) De los productores tienen derecho a propiedad privada personal y a familia, se extraen sus mejores representantes los sujetos que conformarán a los guerreros guardianes, los cuales viven en comunidad y no pueden tener posesiones y familias. A su vez, de ellos surgen los gobernantes, que viven en el mismo régimen comunitario sin posesiones ni familia. Más que un corporativismo, la República platónica es una sociedad comunista». (Santiago Armesilla; La vuelta del revés de Marx: el materialismo político entretejiendo a Karl Marx y a Bueno, 2020)

Tomar el misticismo e idealismo del platonismo para organizar la sociedad es otra demostración de que este hombre no está en sus cabales. Solo alguien de la calaña de Nietzsche o Armesilla se atrevería a proponer tal locura. Cualquiera que haya leído esta obra de Platón sabrá que ese «interés general» que plantea el filósofo griego es el mismo que esbozan los capitalistas cuando juran que la ordenación social existente y sus actos gobernando obran en pro del «interés común» de la sociedad. 

Platón nos habla que en su polis Calípolis, la clase de los «gobernantes» serán elegidos de entre la clase de los «guerreros guardianes» que vivirán en «barracones» y «a expensas de los ciudadanos», es decir, los militares, la capa social que Platón presupone que debe llevar una vida austera para no corromperse en exceso. Esto último es algo imposible en toda sociedad de clases, ya que las personas que componen la élite militar han vivido siempre como pequeños reyezuelos, entre otras razones, porque provienen de familias ricas y controlan el poder de coacción del Estado, asegurándose el operar de generación en generación dentro de estas instituciones como una casta endogámica bien remunerada. 

Estos «gobernantes» deben ser «viejos», porque, según Platón, los «jóvenes» deben por naturaleza «obedecer»; aquí automáticamente se da por hecho que todo aquel de 45 años será más sabio que alguien de 25 por una mera cuestión de edad, sin comprobar el tiempo dedicado y las habilidades mostradas. Además, este Estado «comunista» enseñaría religión de los Dioses Olímpicos a los ciudadanos, y los gobernantes tendrían privilegios como poder «mentir por el bien del Estado», mientras los artesanos serían severamente castigados por hacer esto mismo. ¿No nos suena esto demasiado familiar como para tomar tal propuesta como una «nueva sociedad»? Igualmente, sigamos. 

Los «guerreros guardianes» se consideran aquí necesarios para la «invasión de territorios vecinos para satisfacer las necesidades de todos», dado que «no habrá recursos para todos». Entendemos que aquí Armesilla se excite, pues, Platón parece adelantar algo parecido a la «Dialéctica de Estados» de Armesilla, pero no es nuestro objetivo crear un sangriento «imperialismo generador comunista» que se fije tales misiones de ir expoliando a terceros. Este bien puede ser el propósito de vida para un esclavista del siglo V a.C., pero no para un internacionalista del siglo XXI. 

Y a todo esto, ¿cómo se decidirá quién pertenece a cada clase social? Bueno, el platonismo nos hablaba cómo el oráculo mirará qué parte del alma predomina en cada uno de nosotros, si la racional, irascible o concupiscible. En los «gobernantes» predominaría el primer rasgo –la sabiduría–, en los «guerreros» el segundo –la bravura–, mientras que en los «artesanos» y otros productores el último de los rasgos del alma –la templanza–. Para Platón, la «virtud» en los trabajadores manuales residirá en que serán dóciles y obedientes, en que sabrán cuál es su lugar y soportarán la carga de los trabajos menos apetecibles y más despreciados por la sociedad. En su obra político-filosófica se aseguraba que solo la suma de todas estas virtudes –alojadas en cada extracto social– daría un perfecto «equilibrio» al régimen estatal, por eso cada uno debía comprender la función «para la que ha nacido» –tengamos en cuenta que Platón seguía las ideas de sectas como la de los pitagóricos, creyentes en la reencarnación y, por tanto, de la existencia de habilidades innatas de los hombres, como retazos de otra vida–. Esto aplicado a las condiciones de hoy, sería algo así como si un listillo averiguase si vamos a mandar de por vida en Moncloa o asfaltar carreteras mirándonos los chacras o los posos del café. ¿Adivinas qué le salió a él y qué te saldrá a ti? «Oh, ¡Lo siento, la parte concupiscible de tu alma te condena a remar en galeras!». 

En resumen, para el armesillismo, una sociedad petrificada por la división del trabajo y la estratificación de clases es algo parecido al ideal de «comunismo». Para Armesilla solo faltaría, pues, que la actual Constitución de 1978 dijese que todos los ciudadanos son parte de una «única clase» o una «república de trabajadores» como la Constitución de 1931; ¡y así el «comunismo» en España sería una realidad consumada! Por ir finalizando, en su tratado Platón es muy explícito dentro de sus descripciones: «lo importante es que cada ciudadano y cada clase se mantengan en su puesto», por lo que el aristocratismo de su pensamiento es lo suficientemente clarividente como para que sea confundido por cualquier lector. Entonces, ¿qué ha pasado aquí? Pues que el sofista Armesilla intenta vendernos utopías reaccionarias del siglo V a.C. como el no va más. 

Inspirado en la «comunista» República de Platón, un joven Nietzsche concluiría en uno de sus vomitivos escritos:

«Todo hombre, con toda su actividad, sólo tiene dignidad en la medida en que, de una forma consciente o inconsciente, es instrumento del genio; de donde se ha de sacar inmediatamente la conclusión de carácter ético de que el «hombre en sí», el hombre absoluto, no posee ni dignidad, ni derechos ni deberes: sólo como un ser totalmente determinado que sirve a fines inconscientes puede el hombre disculpar su existencia». (Arsenio Ginzo Fernández; F. Nietzsche y la República de Platón, 2002)

Evidentemente, en toda sociedad dividida en clases sociales, mediatizada por el capital, todos no poseerán la misma dignidad, los mismos derechos ni deberes. ¿Entonces? En vez de preocuparnos si los «genios» que están «arriba» lo son por su sabiduría, influencia familiar, propaganda o parné, nosotros debemos volar por los aires la estructura burguesa por dos motivos principales. En primer lugar, para que más allá de las diferencias biológicas o sociales desarrolladas por cada uno, la sociedad pueda brindar una igualdad de oportunidad real y no ficticia. Y, en segundo lugar, para demostrar a seres repugnantes como estos el manantial de virtudes y capacidad de mando que se esconde detrás de muchos de los trabajadores que antaño tanto disfrutaron explotando y humillando. Como dijo una vez un marxista español:

domingo, 6 de febrero de 2022

Cómo el armesillismo rechaza a Lenin y ataca su teoría del imperialismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


[Publicado originalmente en 2021. Reeditado en 2022]

«En esta sección analizaremos varias cuestiones clave que son importantes o recurrentes en torno a la teoría del imperialismo: a) ¿Existe hoy el «imperialismo» que describe Lenin, ha existido «desde siempre» o simplemente es una entelequia? b) Repasaremos a los economistas como Manuel Sutherland y sus métodos subjetivos de investigación. c) Partiendo de lo anterior, analizaremos cómo a la hora de distorsionar la historia existe o bien una tendencia «igualatoria» o una tendencia «particularista». d) Revisaremos las ideas de Jon Illescas y otros que niegan el proceso de monopolización y daremos datos actualizados de la economía actual. e) Sintetizaremos, pues, cuáles son los rasgos generales del imperialismo moderno. f) Por último, para comprender la interrelación entre imperialismo y oportunismo, repasaremos quiénes suelen ser aquellos que consideran las teorías de Lenin como «caducas» o «superadas».


¿Existe hoy el imperialismo que describe Lenin, ha existido «desde siempre» o simplemente es una entelequia?

Según la RAE un imperio es, según su sexta acepción: «Conjunto de Estados o territorios sometidos a otro»; mientras en la tercera acepción se da por hecho: «Organización política del Estado regido por un emperador». Históricamente ya hemos visto que se ha utilizado la palabra imperio para designar a la primera definición que hemos visto, sin que sea necesario la existencia de un emperador o monarca. 

Por ese motivo los imperios que se dan en el capitalismo actual, en su etapa monopolística, no tiene nada que ver con los imperios de la Edad Antigua, Edad Media, ni siquiera son del todo acertadas las comparativas forzadas con los de la Edad Moderna. No ver esta contraposición es todavía más burdo si tenemos en cuenta que la política económica de muchos de estos viejos imperios del pasado se basaban principalmente en una política rentista del suelo combinada con una expansión colonial, mientras que en cualquier imperialismo actual prima a toda costa la máxima rentabilidad del capital, además de que el papel del capital financiero es aquí de mucha mayor importancia. Siendo este un «detalle» que ya explicó Friedrich Engels en obras como la mencionada «Del socialismo utópico al socialismo científico» (1880). 

También, como hemos visto hasta aquí, debería haber quedado claro que por «imperialismo» no debemos imaginarnos siempre un imperio como el de Gengis Kan ni como el de Napoleón. En efecto, Lenin utilizó tal palabra que ha causado tanto debate y dolor de cabeza. ¿Por qué? Seguramente porque era idóneo en su momento, ya que reflejaba esa imponente expansión del imperialismo europeo y estadounidense, donde la cuestión colonial era objeto de debate en los parlamentos, prensa y cafeterías. Pero el mismo autor se encargó se refutar en «Imperialismo, fase superior del capitalismo» (1916) los paralelismos históricos sin demasiado sentido entre el imperio de Roma de la antigüedad y el de Gran Bretaña en su época. Empezó por aclarar que: «El imperialismo −el dominio del capital financiero− es la fase superior del capitalismo», lo que ya nos daba a entender la diferencia histórica de este último aspecto −aunque él mismo aclararía que este no era el único factor importante a tener en cuenta−. 

martes, 16 de noviembre de 2021

¿Qué propone el reformismo «patriótico» en materia económica?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«En esta sección repasaremos dos expresiones travestidas de «marxistas» y herederas de una forma u otra del pensamiento chovinista de la Escuela de Gustavo Bueno: primero, El Jacobino, y después lo que en su momento fue Izquierda Hispánica y ahora es la Razón Comunista. De esta forma veremos cómo toda la parafernalia nacionalista que se preocupa de lo «social» no oculta la triste realidad de que proponen como solución las mismas pamplinas capitalistas que nada cambian. Y es que a estos idealistas cuando les toca lidiar con aspectos de la cotidianeidad material, ese discurso heroico de que van salvar a la «patria», aquella damisela siempre en peligro, no solo se torna dudoso, sino que se vuelve muy cómico al demostrarse que, más que ante caballeros de reluciente armadura, estamos ante distintos Don Quijotes modernos Armesilla o Guillermo del Valle con sus correspondientes Sancho Panzas como comparsa Paula Fraga, Javier Maurín, Pedro Insúa y demás ralea.

El Jacobino y su redistribución fiscal para «arreglar España»

El Jacobino, comandado por Guillermo del Valle, define a su proyecto como «izquierda racionalista, centralista y definida en España», aja, ¿y más allá de todo ese galimatías qué propone para solucionar sus males?:

«Con la actual situación de deuda pública, la habitual propuesta de mágicas rebajas fiscales es un engaño que responde al clásico populismo fiscal del neoliberalismo. Si se bajan masivamente los impuestos, la recaudación también baja. Y de paso, llegan los recortes sociales y la degradación de los servicios públicos, acentuando la nefasta senda de los últimos años. (…) Hay que acabar con la creciente y preocupante brecha entre la tributación entre las rentas del capital y las del trabajo en el IRPF, que perjudica a las últimas, como fiel reflejo de las políticas fiscales más reaccionarias aplicadas en las últimas décadas. El sistema tributario ha de recuperar y blindar un Impuesto de Patrimonio y un Impuesto de Sucesiones y Donaciones verdaderamente progresivos, que nunca más vuelvan a transferirse a las Comunidades Autónomas, dinámica que sólo fomenta el «dumping» y la competencia desleal a la baja, y que termina expulsando del sistema dichos instrumentos fiscales. Deben eliminarse múltiples deducciones del impuesto de Sociedades, acometer una armonización fiscal general, y plantear la imperiosa necesidad de que las grandes corporaciones multinacionales y plataformas tecnológicas dejen de encontrar fórmulas de elusión fiscal y deslocalización, que destrozan las arcas públicas de los Estados y ponen en cuestión la sostenibilidad del Estado social». (El Jacobino; Redistribucción, 2021)

Es decir, son un grupo en contra del fraude fiscal, en pro de una eficacia administrativa y se consideran muy «patriotas», pero en todo esto no hay diferencias de peso respecto a los «planes sociales» de múltiples asociaciones de «izquierda» o «derecha». Prueba de ello es que en su web publicitan con orgullo que Pedro Ínsua de la Escuela de Gustavo Bueno, Ángel Pérez exIU o Antonio Miguel Carmona del PSOE apoyen su proyecto, personas totalmente en las antípodas de un pensamiento progresista y revolucionario.

El socialismo científico de Marx y Engels, sin negar el uso de los impuestos en el periodo de transición del capitalismo al comunismo –véase la obra de ambos: «El Manifiesto Comunista» (1848)–, difiere completamente de la ilusión del socialismo utópico, aquel que considera que, sin necesidad de una revolución con mayúsculas, los impuestos pueden ser la palanca decisiva para conquistar un futuro mejor, dejando intacta, eso sí, la «armonía entre trabajo y capital»: 

jueves, 4 de noviembre de 2021

El intelectual y su papel a la hora de blanquear la esencia del movimiento trap; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«En este bloque analizaremos el porqué de la alianza entre cierta parte de la intelectualidad y los traperos; la metodología y los argumentos que utilizan aquellos «filósofos» y «expertos musicales» que lo defienden, etc.

Algunos a estas alturas del documento seguro que espetarán: «Pero si tan poco os gusta el movimiento trap actual, si os parece zafio, entonces, ¿¡qué hacéis dedicándole un artículo!?». A esto bien podríamos responder con la famosa frase de Terencio que el mismo Marx hizo suya: «Nada humano me es ajeno», ante lo cual tendríamos que aclarar para algunos despistados: «Y porque no nos gusta que nuestra juventud tire su futuro en balde». Reproduzcamos unos versos de un conocido y admirado músico en el mundo rapero y trapero:

«Me busco la vida para tener mis caprichos / Mi chándal, mis zapas mis temas de Los Chichos. (...) Soy el carterista que tiene tu cartera / Yo soy lo más kinki de la escena navajera». (Jarfaiter; Sonido Kinki, 2011)

Lo primero de todo, pedimos perdón al lector por adelantado por la ristra de jerga lumpen que mostraremos en este artículo. Esperemos que no se pierda y, en medida de lo posible aclararemos ciertos términos para que no abandone la lectura, pero debe entender que es algo necesario para comprender las letras y el vocabulario habitual de estas tribus urbanas y su forma de ver las cosas. En palabras de sus autores:

«¿Que es el trap? Cocaína y follar», resume Fernando, alias Yung Beef, uno de los cuatro componentes de Pxxr Gvng». (El Mundo; El 'trap', la música que odian los padres 2015)

Ernesto Castro como «filosofo del trap»

«E.C.: El público es tan ignorante que se queda en la pura superficialidad de la provocación, algo que por otro lado es una reacción habitual de la gente ante las expresiones de vanguardia». (Diario de Sevilla; «El público es tan ignorante que no va más allá de la superficie provocadora del «trap», 17 de octubre de 2019)

En efecto, que actualmente se le intente dar un barniz filosófico y un trasfondo a algo como el trap que no lo tiene por ningún lado, es bastante triste. No se veía nada tan lamentable desde el intento de lavado de cara que Deleuze –autor posmoderno– y muchos otros intentaron hacer con la filosofía de Nietzsche, al cual poco menos que quisieron presentar –a este reaccionario consumado– como una especie de «coach motivacional», intentando ocultar la mayor parte de su ideario supremacista e individualista, hablándonos de cosas anecdóticas y distorsionadas. Pues hoy, tarea similar emprenden los intelectuales como Ernesto Castro, al cual con su permiso usaremos una y otra vez, porque nos parece magnífico como paradigma. Este autor alcanzó su cuota de fama por su libro «El trap: Filosofía millenial para la crisis en España» (2019), en el cual intentó realizar un estudio filosófico, sociológico y en menor medida musical sobre dicho fenómeno. Lo que salió de tal «intento» fue uno de los mayores blanqueamientos culturales que se han visto jamás. Cuando le preguntaron en una entrevista con Javier Blánquez si era, como decían, el filósofo del trap, este filósofo madrileño, con su pedantería característica, respondió: «Más bien soy el trapero de la filosofía». Entonces, ¿quién mejor que él para continuar con nuestro recorrido sobre este género?

Pero antes de seguir hemos de poner el contexto al lector, puesto que para quien desconozca quién es este elemento, Ernesto Castro, resulta que él es un filósofo que imparte clases en la Universidad Autónoma de Madrid y que se hizo famoso por dar conferencias a favor de la ideología de la Escuela de Gustavo Bueno, pero de una forma peculiar: lo mismo iba vestido de torero a la facultad para explicar a Tomás de Aquino, que se cambiaba el color del tinte de pelo semanalmente para llamar la atención. Sin duda hace honor al himno no oficial del posmodernismo: «¡Ya que no tiene nada interesante que decir al menos procura que hablen de sus histriónicas performances!». Sobre la ideología que porta, diremos, sin querer ser demasiado duros, que todavía hoy nos es inexplicable entender cómo es posible que él, siendo ya un curtido estudiante de filosofía, se dejase engañar por esa pantomima tan rancia y simplona como es el nacionalismo de Gustavo Bueno, su «materialismo filosófico» –nombre cuanto menos de chiste pues de «visión materialista del mundo» tenía más o menos la misma que sus predecesores inmediatos, Unamuno y Ortega y Gasset, es decir, poco o nada–. Aunque hace tiempo que el señor Castro afirma haber abandonado tal secta y la critica con ahínco, todavía no ha superado su idealismo inherente –por eso, entre otras cosas, es admirador de las ideas religiosas de Francisco Suárez, o rinde aún pleitesía a su antiguo maestro Bueno enseñando sus dogmas fundamentales en cuanto a estudios sobre arte–. El problema es que este filósofo, de por sí, es alguien que acostumbra a dejarse maravillar por cualquier charlatán de turno, procurando adoptar sus mismos sofismas. Así, declaraba sin vergüenza:

«Ernesto Castro: Yo no escribo para que me entiendan, sino que también escribo para lanzar ciertos mensajes encriptados en una botella que ya llegarán a quien tenga que llegar». (Relatos Sonoros; Con Javier Blánquez y Ernesto Castro: Trap, música y filosofía en tiempos de crisis, 2020)

¡Este es el tipo de «filósofos» que los niños temen tanto como al hombre del saco! Los que hacen complicado lo que es sencillo, los que son «incomprendidos» por la «masa» y solo esperan la llegada de «verdaderos» discípulos de su «círculo de fieles». Por este tipo de pamplinas no es extraño ver las aulas de filosofía de las universidades vacías. Pese a su teórico «abandono» de los postulados de la Escuela de Gustavo Bueno, el señor Castro ha conservado lo peor de su bagaje: el idealismo subjetivista, la invención de palabras complejas innecesarias y la no adecuación del registro a lo que pide el ambiente. Sobre esto último, recomendamos mirar cualquiera de sus entrevistas y tertulias. En una, concedida a la Cadena SER en 2019, recibió varias señales por parte de los entrevistadores que daban a entender que el público no se estaba percatando de nada de su discurso en clave de catedrático de filosofía, pero él, pese a todo, continuaba igual, contra viento y marea, ¿cómo era aquello? «¡Show must go on!». No por casualidad su ídolo es ese idiota de Slavoj Žižek, aquél que instaba a votar a Trump porque en un delirio de «fatalismo revolucionario», según él, «cuanto peor, mejor», como si el trumpismo por su reaccionarismo fuese a elevar mágicamente la conciencia de clase de los obreros mecánicos de Boston o los obreros de la construcción de Kentucky. Si las cosas fuesen tan estúpidamente simples, haría siglos que en el Capitolio hondearía una bandera roja. 

jueves, 14 de octubre de 2021

El gustavobuenismo como guardián del orden económico capitalista; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«La Escuela de Gustavo Bueno, también llamada «materialismo filosófico», pese a todas sus peroratas bajo una retórica «revolucionaria», nunca ha tenido entre sus pretensiones políticas el eliminar la propiedad privada sobre los medios de producción; siempre se ha valido de todo tipo de diatribas de la economía burguesa para justificar la explotación del hombre por el hombre. Este capítulo servirá para contraponer la postura marxista y antimarxista en los clásicos debates sobre «crisis económicas»«plusvalía»«fuerzas productivas»«materia fiscal», etc.

¿Tienen los trabajadores la culpa de las crisis económicas?

Para empezar, argumentando como un vulgar economista liberal, Gustavo Bueno se mofaba de todos nosotros señalando que:

«En un Estado de derecho, el trabajo es libre, la libertad de la famosa Revolución Francesa, entonces, el trabajador es libre para vender su fuerza de trabajo que es lo que tiene. (…) Si la fuerza de trabajo vale tanto». (Gustavo Bueno; Esbozo sobre las categorías de la economía política, 2010)

¿Han leído bien? El trabajador es «libre» de vender su «fuerza de trabajo», solo que claro, quizás el burgués también es «libre» de no requerir sus servicios y dejarlo vegetando en la cola del paro durante semanas, meses o años. El trabajador es «libre» –según los santísimos «derechos del hombre», sancionados en todas las cartas magnas burguesas– para elegir el oficio que guste –de nuevo, sin tener en cuenta el «detalle» de si puede o no costearse la formación requerida para el puesto–. El trabajador es, asimismo, «libre» de aceptar trabajar en otros tantos oficios que detesta y aguantar carros y carretas por necesidad personal y familiar. En pocas palabras: el trabajador goza de todas estas «libertades» porque estas parten de su rasgo más característico y que lo hace realmente «libre»: ser un sujeto desposeído de los medios de producción. ¡Maravilloso!

Quizás, derivado por su admiración hacia los jonsistas españoles, Bueno deja caer su carácter de esquirol y rompehuelgas, restaurando el papel honorífico del empresario, que, según él, ha sido demonizado injustamente:

«Parece que el empresario es una figura de un extorsionador, un tipo miserable, que está explotando a los trabajadores, mientras que los sindicatos son los que tienen la razón. (…) Y entonces los buenos y los malos. ¡No! (…) La razón de la crisis la tienen los trabajadores. ¡Claro que la tienen! (…) Como si los empresarios fuesen ratas que están explotándoles, coño, ¡montad una empresa vosotros! Protestan cuando una empresa se deslocaliza y se marcha a otro país. (…) ¡Pues cobrad menos! No tienen actitud política». (Gustavo Bueno; Conferencia de Gustavo Bueno, Esbozo de un epílogo a Ensayo sobre las categorías de la Economía Política, 2010)

Dejando a un lado el carácter amarillista de los grandes sindicatos españoles, este tipo de declaraciones alumbran lo que es el buenismo sin trampa ni cartón: el «amigo filosófico» de la patronal. Damas y caballeros, la culpa de los males sociales −paro, precariedad, externalización, subida de precios y demás− es principalmente de los trabajadores, porque algunos de ellos eligen tener a malos líderes sindicales reformistas como representantes −¿y qué ocurre con la gran mayoría de ellos, que no están sindicados?−, y también porque no aceptan cobrar el salario mínimo de Zimbabue con el coste de vida de España. ¡Qué insolidarios! ¡Vaya apátridas! 

miércoles, 8 de septiembre de 2021

El Imperio hispánico, un sistema ideal: «ni capitalista ni feudal ni esclavista», ¿el «reino de los cielos»?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Santiago Armesilla, reúne un totum revolutum de ideologías y argumentarios nacionalistas: maoísmo, castrismo, juche, falangismo… todo ello, por supuesto, sazonado con los argumentos estrella de su maestro Gustavo Bueno. A partir de este repugnante recetario acaba presentando una visión completamente distorsionada de su querido Imperio español, cometiendo verdaderos atentados contra la ciencia histórica. En realidad, su metodología de análisis no es novedosa: anacronismos, reduccionismos y comentarios vulgares, el clásico arsenal que usa todo revisor histórico. Veamos:

«@armesillaconde: El Imperio español fue la primera sociedad política anticapitalista exitosa que existió. Su resistencia a dicho avance capitalista, lento pero seguro durante casi cinco siglos –XIII-XVIII–, resistió del XVI al XIX. De aquella resistencia quedan remedos como el latinoamericanismo». (Twitter; Santiago Armesilla, 9  de septiembre de 2019)

De esta burda forma presenta a un imperio colonial de la Edad Moderna como «la primera sociedad política anticapitalista» de la historia. Marx y Engels parecen ser que se equivocaron buscando los gérmenes del socialismo científico, que, al parecer, ya estaban imbuidos en la política de Carlos I, Felipe II o Carlos IV, o en Espartero y O'Donnell, a los cuales tanto criticaron por su fanatismo religioso, conservadurismo político y reaccionarismo cultural. Al leer esto cualquiera pensaría que es una broma, pero Armesilla realmente está diciendo que el atraso que supone la resistencia de las clases dominantes feudales al progreso capitalista es un ejemplo de «anticapitalismo» consecuente, y no de los intereses reaccionarios de las clases dominantes. Y aunque también parezca increíble, cuando habla de que hoy quedan remedos en las sociedades latinoamericanas de esa resistencia al capitalismo, tiene en mente a los gobiernos del «socialismo del siglo XXI», aquellos no solo entregados a la burguesía criolla de toda la vida, sino neocolonizados por empresas estadounidenses, españolas, rusas y chinas. Pero mejor sigamos leyéndole para tratar de comprender su pensamiento:

«@armesillaconde: La encomienda, al convertirse en temporal, acabó con cualquier posible implantación del feudalismo. El Imperio hispánico no fue propiamente feudal ni capitalista, ni esclavista. Fue un Imperio de transición con formas sociales propias y peculiares, algunas socialistas, las misiones». (Twitter; Santiago Armesilla, 26 de octubre de 2019)

Suponemos que, si no fue feudalista, esclavista ni capitalista, y sí una pizca de «socialista», simplemente podemos celebrar que fue lo más parecido al «reino de los cielos» sobre la tierra, ¿no? La febril idealización de su nacionalismo le lleva a plantear que el imperialismo hispánico era un imperio de tipo «especial», esto es, por encima de las propias relaciones de producción de la época: 

«@armesillaconde: ¿Por qué cae el Imperio español? Porque entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX era ya inviable resistir más, y prorrogar más, esa forma de sociedad mercantilista construida sobre las bases de la Reconquista frente al avance del modo de producción capitalista». (Twitter; Santiago Armesilla, 9 de septiembre de 2019)

Si se reconoce que el Imperio hispánico acabó incorporando y generalizando el mercantilismo, ¿en qué se cree Armesilla que deriva siempre el mercantilismo del siglo XVI-XVIII de todos los países europeos? La respuesta es en el capitalismo moderno. La diferencia estriba entonces en el ritmo de su implementación o, mejor dicho, en que muchos lo quisieron adoptar, pero no lo pudieron aplicar consecuentemente, entre ellos España. He aquí una explicación del fenómeno mercantilista de la pluma de los economistas soviéticos:

lunes, 5 de julio de 2021

La Escuela de Gustavo Bueno y su promoción de la religión como «esencia de la españolidad»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021


[Publicado originalmente en 2020 y reeditado en 2021]

«Falange Española no puede considerar la vida como un mero juego de factores económicos. No acepta la interpretación materialista de la historia. Lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos. Aspecto preeminente de lo espiritual es lo religioso. Ningún hombre puede dejar de formularse las eternas preguntas sobre la vida y la muerte, sobre la creación y el más allá. A esas preguntas no se puede contestar con evasivas; hay que contestar con la afirmación o con la negación. España contestó siempre con la afirmación católica. La interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera; pero es, además, históricamente, la española. Por su sentido de catolicidad, de universalidad, ganó España al mar y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a quienes los habitaban a una empresa universal de salvación. Así, pues, toda reconstrucción de España ha de tener un sentido católico». (José Antonio Primo de Rivera; Falange Española número 1, noviembre, 1933)

Después de Falange, parece ser que ahora, gracias al inestimable servicio de Vox y la Escuela de Gustavo Bueno, ellos nos enseñan cuál es y debe de ser la esencia de España –nótese la ironía–:

«España desde su constitución como Imperio –es decir, desde su constitución como sociedad política– ha sido siempre una monarquía. (...) España es una sociedad católica –y no protestante, ni islámica, ni judía, por ejemplo– en cuanto que buena parte de las costumbres de sus habitantes están determinadas por el ceremonial católico». (Santiago Abascal y Gustavo Bueno; En defensa de España. Razones para el patriotismo español, 2008)

Por si alguien quiere seguir riéndose a carcajadas con las ilusiones de estos monaguillos, dejaremos una última cita:

«@armesillaconde: La gente que dice que la religión católica no les influye, pero luego no tienen problemas en irse de puente en festividad religiosa, tienen nombres de santos, o comen jamón y beben vino sin darse cuenta de que esto es producto de la Reconquista contra el Islam. En fin». (Twitter; Santiago Armesilla, 20 de octubre de 2020)

Este es su nivel de razonamiento. Esta es la forma en que este «sujeto», por ser bondadosos, enlaza y conjuga los conceptos que milagrosamente llegan a su masa encefálica. 

¡Los discípulos del señor Bueno no cesan de hacer el ridículo! Preguntamos a Armesilla, ¿acaso el musulmán que se salta su código religioso y consume jamón está cometiendo un acto de conversión al catolicismo? Es infinitamente absurdo creer seriamente que reproducir las herencias totalmente secularizadas de la tradición cristiana —nombres, fiestas y demás— implica «ser católico», ni siquiera «ser católico culturalmente». Es de una chapuza intelectual increíble.

«@armesillaconde: En las religiones no se cree. Se cree en deidades, pero lo positivo –empírico– de las religiones no son los dioses, sino sus instituciones históricas que moldean sociedades enteras». (Twitter; Santiago Armesilla, 19 de octubre de 2020)

Una vez más Armesilla mostrando su antimarxismo: lo que define y moldea una sociedad son las relaciones de producción y el grado de desarrollo de las fuerzas productivas, pero para estos discípulos de Bueno no fueron los intereses de clase los que hicieron que una u otra religión fuera la dominante, sino la religión en sí y sus cualidades «innegablemente positivas» sobre el pueblo. Y claro, si el pueblo español el mejor, también tendrán que tener la máxima religión, ¿para algo Jesús nació en Albacete y no en Nazaret como dice la «Leyenda negra» judeo-británica, no? Armesilla está inmerso en una ardua investigación sobre eso, ya verán. Lo bueno, lo positivo según Armesilla, son las instituciones religiosas, es decir, debemos dar gracias a la Iglesia Católica y el «nacionalcatolicismo» de Franco por su gran labor en «moldear» toda una generación. Qué se lo pregunten a las mujeres revolucionarias que fueron ultrajadas y obligadas a la reeducación de la Sección Femenina de Falange y, para más inri, en muchas ocasiones apartadas de sus hijos. ¡Oh, Dios, damos a ti las gracias!...  ¿por el fascismo?

Esta es la misma gente que defiende la tauromaquia o el catolicismo, porque son «marcas inalterables de España, su esencia». ¿Es esto compatible con el discurrir del pensamiento marxista? Ni de lejos:

«Y no es, ni mucho menos, fortuito que el programa nacional de los socialdemócratas austríacos imponga la obligación de velar por «la conservación y el desarrollo de las particularidades nacionales de los pueblos». ¡Fijaos bien en lo que significaría «conservar» tales «particularidades nacionales» de los tártaros de la Transcaucasia como la autoflagelación en la fiesta del «Shajsei-Vajsei» o «desarrollar» tales «peculiaridades nacionales» de los georgianos como el «derecho de venganza»! Este punto estaría muy en su lugar en un programa rabiosamente burgués-nacionalista». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

lunes, 28 de junio de 2021

La «izquierda» retrógrada y la «izquierda» posmoderna frente al colectivo LGTB; Equipo de Bitácora (M-L), 2021


[Documento publicado originalmente en 2020. Reeditado en 2021]

«En lenguaje político, el término «izquierda» y «derecha» se utilizaban respectivamente para mostrar una posición más progresista o conservadora respecto a una ideología o postura concreta. Dentro del marxismo el binomio «izquierda» o «derecha» también se ha utilizado, pero ha de saberse el qué se está a la izquierda o derecha y respecto a qué, por ejemplo, la socialdemocracia estaría más a la izquierda que el liberalismo, pero más a la derecha que el anarquismo. Esto no son sino conceptos del lenguaje, herramientas que nos ayudan a comprender mejor ciertas realidades. Así, cuando desde el marxismo, por ejemplo, se habla de desviación de «izquierda» o de «derecha», normalmente se refiere a algo que se escora fuera del marxismo y su eje central. Generalmente, cuando se habla de «desviaciones derechistas» nos referimos a concesiones ideológicas hacia el enemigo, a su adaptación, a pecar de una relajación de la disciplina individual o de grupo. Por contra, cuando hablamos de «desviaciones izquierdistas» solemos referirnos a maximalismos de o todo o nada, a cuando se intentar encajar mecánicamente una situación del pasado con una actual que no tienen nada que ver, a no saber calibrar nuestras fuerzas y las del contrario. Es cierto que la primera se suele identificar con el reformismo y el posibilismo político, mientras la segunda casa mejor con el anarquismo y el aventurerismo. Huelga decir que quien conozca al anarquismo sabrá lo poco disciplinado que es, así como cualquier que sepa cómo se las gastan en las filas reformistas conocerá que el exceso de optimismo bien puede ser una de sus señas perfectamente. Conclusión: ningún movimiento político es plenamente de «izquierda» o «derecha» en lo ideológico; ningún grupo pseudomarxista sufre solo de desviaciones «izquierdistas» o «derechistas», aunque, como en todo, se tiende más hacia uno u otro. 

Al marxismo, como ideología abanderada de los movimientos obreros del siglo XIX se la englobó rápidamente con los movimientos políticos de izquierda. Nosotros no traficamos ni especulamos por lo que ha de considerarse «izquierda» en nuestra época. Si identificamos el término «izquierda», como también se ha venido haciendo históricamente, como sinónimo de progreso, y a este, como superación de la sociedad actual, hay que ser concisos en el análisis para no dar lugar a equívocos, puesto que no podemos caer en el juego de otras corrientes antimarxistas conocidas por su cariz conciliador. Para los nuestros, la única «izquierda» verdadera, la única «izquierda» revolucionaria, que está con la clase obrera y el resto de las capas trabajadoras y útiles de la sociedad, la única corriente que además representa sus intereses de forma real –científica–, y honesta –sin ocultar sus errores–, es el marxismo, socialismo científico o como guste, el nombre es lo de menos. Y este tiene un nudo troncal muy definido que no puede ser disimulado. La cuestión es, pues, aprender a distinguir su esencia de su interesada adulteración. 

Es esta doctrina y no otra la única capaz de presentar una alternativa real y seria. Dado que no puede haber dos verdades, el ser humano que quiera emanciparse a sí mismo y a los suyos del sistema capitalista no podrá adoptar dos ideologías para tal fin
». (Equipo de Bitácora (M-L); Fundamentos y propósitos, 2020)

Siendo consecuentes, si ligamos el término izquierda a lo revolucionario, al progreso, y esto es el marxismo, ninguna «izquierda» que contenga en su seno pensamientos retrógrados y posmodernos puede ser una verdadera izquierda. Pero antes de continuar deberíamos aclarar algo que se olvida con demasiada facilidad. 

jueves, 8 de abril de 2021

¿Por qué la Escuela de Bueno desprecia la historia cultural de otros pueblos?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

William Shakespeare (1564-1616)

«La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal». (Karl Marx y Friedrich Engels; El manifiesto comunista, 1848)

«La consigna de la democracia obrera no es la «cultura nacional», sino la cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1914)

Antes de continuar, hemos de recordar que el patriotismo mal entendido lleva al nacionalismo, y de este al chovinismo solo hay un paso. ¿Desean un rápido ejemplo ilustrativo? 

«El alemán tiene intimidad con el espíritu del universo. Para él está destinado lo más elevado… Él es el escogido por el espíritu del mundo, durante la lucha del tiempo para trabajar en la eterna construcción de la formación humana». (Friedrich Schiller; Grandeza alemana, 1801)

El nacionalismo, en especial el nacido en los albores del romanticismo, veía en el odio y destrucción hacia el vecino, en el desprecio a su idioma y cultura particular, como uno de los impulsos reafirmadores para la propia nación. Aniquilando lo ajeno revitalizo lo mío. En toda una oda al chovinismo, el poeta alemán Arndt, del siglo XIX, proclamaba:

«Ernst Moritz Arndt: Odio a los extranjeros, odio a los franceses, a su arrogancia, a su vanidad, a su ridiculez, a su idioma, a sus costumbres; sí, odio ardiente a todo lo que venga de ellos; eso es lo que debe unir fraternal y firmemente todo lo alemán y la valentía alemana, la libertad alemana, la cultura alemana, el honor y la justicia alemanes, deben flotar sobre todo y adquirir de nuevo la vieja dignidad y gloria con que nuestros padres irradiaron ante la mayoría de los pueblos de la tierra». (Rudolf Rocker; Nacionalismo y cultura, 1962)

Este también podría decirse que es el grito de guerra de la Escuela de Gustavo Bueno contra Gran Bretaña, la «Pérfida Albión», sin olvidar, claro está, la lucha contra el catalanismo, el galleguismo y el vasquismo.

Jesús G. Maestro, el presunto «experto en temática artística» del oficialismo buenista, repite este tipo de visiones mesiánicas sobre la nación española:

«Por un lado, la literatura española, por otro lado, todas las demás. Cuando hablamos de literatura hablamos de España, es imposible hablar de literatura sin hablar de España». (Jesús G. Maestro; Cómo la Universidad anglosajona posmoderna destruye la literatura española e hispanoamericana, 2018)

Claro, según él, los literatos, filósofos, poetas españoles del siglo XVIII como Jovellanos, Feijoo, Cadalso o Moratín tuvieron la misma transcendencia que Voltaire, Diderot o Rousseau. En el siglo XIX, siempre según Jesús G. Maestro, grandes autores como Espronceda, Zorrilla o Larra tuvieron el mismo eco que Goethe, Hegel, o Fichte. Pero es que la historia de la literatura, que según la RAE es «el arte de la expresión verbal», no es la historia de los autores que a cada uno más le agrada, no es tampoco la historia de quién debería haber destacado más por su progresismo o por su virtuosismo, sino que es la que es. La realidad indica que autores ultrarreaccionarios como Schopenhauer o Nietzsche tuvieron muchísimo más eco que cualquier autor español de ese tiempo. Unamuno y Ortega y Gasset, que eran otros reaccionarios de tomo y lomo, fueron los «filósofos españoles del siglo XX» –de hecho, Bueno no es sino la marca blanca de ambos–. Eso no se puede cambiar, es historia, lo que no quita que el deber de los revolucionarios sea reevaluar y colocar a cada filósofo, político o economista en el escalafón de importancia que le corresponde en la historia de la humanidad, pero desde luego tal ejercicio jamás podrá hacerse dejándose llevar por los sentimentalismos o bajo un prisma nacionalista a riesgo de volver a realizar una selección interesada y artificial de «filósofos transcendentes», como acostumbra hoy y siempre la burguesía nacional y sus prostitutas intelectuales.

lunes, 5 de abril de 2021

De «leyenda negra» a «leyenda blanca» sobre el colonialismo hispano; Equipo Bitácora (M-L), 2021

«La Hispanidad es el conjunto de los pueblos descubiertos, civilizados y evangelizados por España, que tienen un mismo modo de ser. (…) Lo cierto que nunca fue España tan grande como cuando se entregó totalmente a la obra de ganar para la fe y la civilización cristiana a los indios americanos y a los isleños de Oceanía, y se enfrentaba con los protestantes o los turcos, a fin de librar a la Iglesia y a la Cristiandad de tales enemigos». (Formación del espíritu nacional, 1955)

Advertimos al lector que tome asiento y se prepare para la batería de disparates que los nacionalistas pueden llegar a soltar para escurrir el bulto sobre sus referentes y figuras de culto.

Para empezar, ¿qué considera el «buenismo», en boca de Armesilla, un «imperio positivo», un «imperio generador»?

«En el caso de los Imperios Depredadores de la última fase del capitalismo del siglo XIX, entre 1884 y 1900, nos referimos a los Imperios Británico, Alemán, Holandés y el Imperio Colonial Francés –no confundir con el Primer Imperio Francés o Napoleónico, cuyos caracteres eran los propios de un Imperio Generador, pero ya nos referiremos a esto más tarde–, el excedente de capital no se dedicó en ningún momento a elevar el nivel de vida de los habitantes de las colonias ya que eso hubiera mermado considerablemente las ganancias de los capitalistas británicos, alemanes, holandeses y franceses, sino que se dedicó a acrecentar esas ganancias a través de la exportación de capitales a los países atrasados, es decir, les volvían a vender a las colonias el excedente de capital que extraían de las mismas». (Santiago Armesilla; Reescritos de la disidencia, 2012)

Y en el caso del Imperio hispánico, Armesilla reclamaba reivindicar tal imperio alegando la:

«La organización de los caminos como rutas comerciales terrestres que convergían en las Plazas de Armas de las ciudades, la promoción del mestizaje sexual, el otorgamiento de tierras comunales a indios y peninsulares, los más de 150.000 licenciados que salieron de las más de veinte Universidades generadas por el Imperio en América, el establecimiento del Real de a Ocho como moneda-mercancía de cambio universal, e incluso las reducciones jesuíticas de corte socialista». (Santiago Armesilla; Rosa Luxemburgo y España. Escrito para la Razón Comunista, 2019)

Atribuir en el caso del Imperio hispánico o de cualquier otro en cualquier época unas intenciones que no fueran el pillaje, la acumulación de tierras y la fama, es una completa tomadura de pelo, solo posible para un ultranacionalista sin escrúpulos que busca el blanqueamiento del imperio que defiende. 

Ver preocupación por los súbditos en la creación de infraestructuras de las colonias es tan estúpido como querer ver conatos de humanismo en el esclavista romano que daba comida al trabajador de su hacienda, cuando es claro que el único fin con que lo realizaba era el de que su propiedad –el trabajador eslavo–, no se muriese de hambre y pudiese retornar al día siguiente a su jornada laboral, una cuestión de puro interés basado en el beneficio económico. Pero bueno, qué esperar de gente como Bueno que niega hasta el concepto de plusvalor de Marx, o de Armesilla, que niega la teoría imperialista de Lenin.

lunes, 15 de marzo de 2021

El viejo chovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno; Equipo de Bitácora (M-L); 2021

[Enlaces de DESCARGA del texto en PDF al final del documento]

«¿Es el Imperio español el mayor imperio que hubo jamás en cuanto a qué señor Bueno? ¿Más trascendente en la historia que el Imperio romano? ¿Más extenso que el británico o el mongol? Ni en lo uno ni en lo otro acertaría. ¿Qué nos ofrecen aquí los libros y comentarios de Bueno? Paparruchas de un simio extremadamente territorial que se golpea el pecho sin que nadie sepa por qué. (...) ¡Claro! ¡Todo el mundo quiere ser español! ¿Empezando por los catalanes, vascos y gallegos, verdad? Los ciudadanos de Cuba, Venezuela, Filipinas, y las Islas Marianas ruegan reincorporarse al Imperio hispánico todos los días, mientras los ciudadanos de Laponia se lamentan de no haber disfrutado del privilegio de haber formado parte del «imperio generador» de Felipe II. ¿En qué mundo paralelo vive este ser? Para más ridículo habla de que ser español vendría a proporcionar al sujeto una especie de superpoder que le hace sentirse seguro, pues… le decimos que ciertamente no creemos que esa españolidad haya salvado a nadie cuando los reyes, nobles, obispos, burgueses y todo tipo de parásitos han arrastrado a los trabajadores de la península a guerras, hambre, paro, represión y desolación. Las conclusiones a las que llegan estas personas jamás podrían ser calificadas como productos de una visión pertrechada en el materialismo histórico –naturalmente que ultraderechistas como Jesús G. Maestro están exentos de esta riña–, pues como vamos exponiendo en el presente documento, no se trata de un discurso patriota e internacionalista, sino de la clásica prédica antimarxista que bebe del nacionalismo más subjetivista y distorsionador de la verdad histórica, la cual intenta estirar hasta el máximo un relato engrandecido de lo propio y denigrante de lo ajeno. Por eso se torna tan patético y casposo. (...) Atribuir en el caso del Imperio hispánico o de cualquier otro imperialismo de cualquier época unas intenciones que no fueran el pillaje, la acumulación de tierras y la fama, es una completa tomadura de pelo, solo posible para un ultranacionalista sin escrúpulos y el blanqueamiento del imperio que defiende». (Equipo de Bitácora (M-L); El viejo chovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno, 2021)


Preámbulo

¿Qué nos vamos a encontrar en este extenso documento? Principalmente nos centraremos en su visión sobre la cuestión nacional, ya que es verdaderamente la idea que nuclea todo el pensamiento del «materialismo filosófico» de Gustavo Bueno, pero durante la exposición se observará también las bases filosóficas, las recetas económicas, las nociones políticas o las propuestas culturales de esta escuela de sofistas. Consideramos que el combate sin piedad hacia todos los nacionalismos habidos y por haber no es algo opcional sino imprescindible. ¿El motivo? Unos y otros se complementan y retroalimentan para desviar a los trabajadores de su camino de emancipación social: la abolición de las clases sociales. En concreto, en lo tocante al nacionalismo español, la Escuela de Gustavo Bueno ha sido sin ningún género de duda la cuna de muchos de los personajes, libros y argumentarios que han salido de esta bancada, por lo que viene siendo hora de desnudar sus más que evidentes contradicciones. Esta última es una labor ideológica que lamentablemente no hemos visto registrada en ninguno de sus supuestos enemigos ideológicos, al menos no en una profundidad argumentativa y pedagógica que sirva como referencia, y esto es justamente lo que nosotros –sin ninguna falsa modestia– reconocemos que buscamos con el contenido de la presente obra. Al igual que en cualquiera de las otras ocasiones queremos advertir a los sujetos que serán objeto de crítica que a aquí priori no hay ninguna inquina personal: la crítica frontal y demoledora realizada hacia los distintos personajes de turno que irán apareciendo en el texto –Gustavo Bueno, Santiago Armesilla, Pedro Ínsua o Jesús G. Maestro– es solo la excusa, el pretexto idóneo o el marco de referencia para abordar una problemática mucho mayor que transciende a estos personajes, pues solo son unos de tantos representantes de una postura equivocada, de una visión distorsionada del mundo, de un vicio a eliminar.

Aunque en todos y cada uno de los planteamientos de Gustavo Bueno se subyace un vitalismo avasallador e irracional –típico del fascismo del siglo XX–, él intentó conjugar dicho instinto –a todas luces ramplón y reaccionario– con una bonita carcasa filosófica, cuyo fin no era otro que disimular las barbaridades que deseaba implantar. Así, pues, mediante un lenguaje «técnico» y una explicación aparentemente «racional» estuvo mucho mejor pertrechado para relativizar o disimular las opiniones tan polémicas que acostumbraba a lanzar. Pero ahí no acababa este ejercicio maquiavélico: trató de justificar sus complicadas y enmarañadas teorías como algo solo apto para «entendidos», no para el vulgo, según él, incapaz de entender y aceptar su «trascendental filosofía». En el «materialismo filosófico» hay una clara inspiración en autores mundialmente conocidos, pero se nota especialmente la influencia de Ortega y Gasset y Unamuno, quienes no parece casualidad que en su momento hayan sido las fuentes castizas que estimularon el pensamiento falangista en España. Gustavo Bueno creyó preciso que para coronar su empresa debía aspirar a algo más cercano a Hegel que a Unamuno: no bastaba con intentar elaborar reflexiones fragmentarias, chocantes o elocuentes, sino que debía construirse un gran bloque compacto con un argumentario definido, en definitiva, un gran sistema filosófico que causase asombro por la infinidad de temas a abordar y que crease un nuevo lenguaje que le hiciera reconocible ante sus adeptos. No obstante, si por fortuna nuestro amado lector no es una persona fácilmente impresionable, podrá detectar a las primeras de cambio que los representantes de esta escuela no tienen nada de eruditos, a lo sumo son charlatanes profesionales, y la mayor prueba está en que intentan defender lo indefendible con una retórica de secta endogámica, la cual comienza y acaba por un constante ritual de culto a la personalidad hacia su «maestro» que acaba resultando enfermizo. Paradójicamente hablamos de una de las debilidades que también ha adolecido el marxismo y otras doctrinas político-filosóficas en el siglo anterior, pero que ellos, lejos de superar, parecen perpetuar sin complejo alguno. A la vista está también que si tuviesen algún tipo de pretensión popular no utilizarían teorías y conceptos tan sumamente complejos como estúpidos, los cuales no se molestan en adaptar o disimular frente a los trabajadores de a pie.

martes, 13 de octubre de 2020

El discurso colonialista de Reconstrucción Comunista en el «Día de la Raza»; Equipo de Bitácora (M-L), 2020


[Publicado originalmente en 2020 y reeditado en 2021]

«Roberto Vaquero: Ese chovinismo nacional, Jaime, ¿quién lo ha cogido y la intentado imponerlo? Yo creo que fue la dictadura, durante el régimen de Franco, pero a día de hoy está superado, sobre todo en la historiografía». (Formación Obrera; DEBATE - ¿Leyenda Negra española?, 7 de octubre de 2021)

Mientras el señor Vaquero asegura que el chovinismo nacional está superado en el ámbito histórico, él repite una y otra vez los dogmas del mismo confundiéndose con los grupos más reaccionarios. Pero eso lo veremos más adelante, primero comencemos observando qué se conmemora en el famoso 12 de octubre. Como ya explicamos en su día, el nacionalismo español, por sus características propias, tuvo que rechazar las tesis raciales. En cambio, propuso una teoría más sutil –aunque igualmente idealista y estúpida– para justificar sus andanzas:

«Para que nuestro lector compruebe la catadura del veneno nacionalista, veamos la otra cara de la moneda. Comparemos ahora el nacionalismo catalán con otro nacionalismo cavernario, el español, más concretamente el del movimiento fascista de los años 30 y 40.

«Al hablar nosotros de raza, nos referimos a la raza hispana, al genotipo ibérico, que en el momento cronológico presente ha experimentado las más variadas mezclas a causa del contacto y relación con otros pueblos. Desde nuestro punto de vista racista, nos interesan más los valores espirituales de la raza, que nos permitieron civilizar tierras inmensas e influir intelectualmente sobre el mundo. De aquí que nuestro concepto de la raza se confunda casi con el de la «hispanidad». (...) No podemos los españoles hablar de pureza del genotipo racial, menos quizás que otros pueblos, pues las repetidas invasiones que ha experimentado la península han dejado sedimento de variadísimos genotipos. (...) La política racial tiene que actuar en nuestra nación sobre un pueblo de acarreo, aplebeyado cada vez más en las características de su personalidad psicológica, por haber sufrido la nefasta influencia de un círculo filosófico de sectarios, de los krausistas, que se han empeñado en borrar todo rastro de las gloriosas tradiciones españolas. (...) Signos distintivos de los bandos en lucha serán, aristocracia en el pensamiento y sentimiento de los caballeros de la Hispanidad; plebeyez moral en los peones del marxismo. (...) Agradezcamos al filósofo Nietzsche la resurrección de las ideas espartanas acerca del exterminio de los inferiores orgánicos y psíquicos, de los que llama «parásitos de la sociedad». La civilización moderna no admite tan crueles postulados en el orden material, pero en el moral no se arredra en llevar a la práctica medidas incruentas que coloquen a los tarados biológicos en condiciones que imposibiliten su reproducción y transmisión a la progenie de las taras que los afectan». (Antonio Vallejo-Nájera; Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza, 1937)

martes, 29 de septiembre de 2020

La distorsión de la historia denota los delirios de grandeza de nuestros chovinistas; Equipo de Bitácora (M-L), 2020

«En su momento ya Marx nos advirtió que debíamos estar ojo avizor a las distorsiones que solían hacerse en materia histórica:

«Relación de la historiografía ideal, tal como ella se ha desarrollado hasta ahora, con la historiografía real. En particular, de las llamadas historias de la civilización, que son todas historias de la religión y de los estados». (Karl Marx; Introducción general a la crítica política, 1857)

Gustavo Bueno, en su alto grado de patetismo, llegó a declarar, por orgullo chovinista, que el Imperio Carolingio (768-843) fue simplemente, y en palabras suyas, una «fantasmada»:

«España es el primer imperio que se constituyó después de Roma. (…) El imperio de Carlomagno fue una fantasmada. (…) Como lo fue el Imperio Sacro Germánico. (…) No rebasaron ni Francia, ni Inglaterra, ni nada». (Gustavo Bueno; España, 14 de abril de 1998)

Estamos hablando de uno de los imperios más grandes de su época –justamente en un momento de extremo fraccionalismo territorial en Europa–, con un sistema fiscal muy notable para su época y una eficiente red de funcionarios reales. La conquista militar, incorporación al imperio y la progresiva transformación religiosa de los sajones y de otros pueblos es una muestra palpable de su ambicioso proyecto político, de su ávido expansionismo. La recuperación del derecho romano, el arte y todo su bagaje cultural bajo el llamado «renacimiento carolingio», haciendo de la letra carolina la letra internacional del momento, son otra muestra más de su notable capacidad de desarrollo y adaptación, de síntesis. Si dicho imperio no tuvo trascendencia ni poder, ¿cómo explica la conquista de las tropas carolingias de ciudades como Barcelona o Gerona frente a las tropas musulmanas y la creación de sendos condados en lo que sería luego conocido como la «Marca Hispánica»? ¿Olvida acaso los lazos de dependencia ya existentes entre el Reino de Pamplona con los carolingios, aunque estos lazos se forjaran con la anterior dinastía, la de los merovingios? ¿Cómo explica la misma sumisión del condado de Aragón, sino como muestra ineludible de la dependencia prolongada de estas zonas hacia los francos? ¿A qué se debe el abandono progresivo de la escritura visigótica en pro de la escritura carolina? Estos comentarios del señor Bueno son la prueba inequívoca de su ínfimo conocimiento de la historia en todos y cada uno de sus aspectos.

Uno de sus sucesores, el Sacro Imperio Romano Germánico (962-1806), también es calificado de mera «fantasmada» sin relevancia. Aunque acabase derrotado, lo cierto es que fue durante mucho tiempo una formación política clave en la pugna imperio-iglesia en Occidente, albergó un fuerte control en las florecientes ciudades del Norte de Italia y parte Oriental de Francia, así como más allá del río Elba; de hecho, este imperio fue el impulsor, junto a la Orden Teutónica, de las mayores expediciones colonizadoras y evangelizadoras hacia los territorios eslavos y bálticos del Este –iniciadas por Carlomagno–. Este imperio sería la cuna de grandes y prósperas ciudades, como Lübeck o, poco después, Hamburgo. ¿Qué rigor como historiador podemos atribuirle a este hombre tras estos comentarios que rezuman total ignorancia? ¿Acaso la extensión territorial define si es un imperio en la antigüedad? ¿Acaso su duración? ¿Acaso que tuviese una estructura más descentralizada? Cualquier historiador contestaría que no son preguntas serias, pero aquí de lo que se trata, siguiendo la estrategia de Bueno, es simplemente de desprestigiar y hacer de menos el protagonismo hegemónico, que quiérase o no, tuvieron también otros pueblos en determinadas etapas y zonas de Europa. 

sábado, 12 de septiembre de 2020

¿En qué descansa la argumentación de la Escuela de Gustavo Bueno sobre la cuestión nacional?; Equipo de Bitácora (M-L), 2020


[Publicado originalmente en 2020 y reeditado en 2021]

«En 1960, Gustavo Bueno, tras conseguir la cátedra de filosofía en la Universidad de Oviedo, confesaría su ferviente admiración hacia el historiador Santiago Montero Díaz, su profesor y mentor, que había desertado del marxismo hacia el fascismo, llegando a ocupar puestos de honor en la educación franquista:

«Independientemente del aparente alejamiento en que vivo respecto de Vd., sigue Vd. siendo para mí lo que fue siempre: mi maestro y consejero, una referencia inexcusable –«haz esto como si don Santiago te viese», me he dicho muchas veces–, un hombre a quien mi respeto aumenta con el tiempo». (X. Núñez Seixas; La sombra del César. Santiago Montero Díaz, Una biografía entre la nación y la revolución, 2012)

Nuestro lector debe entender que esto ya explica bastante de en qué pensamientos se pudo mover el joven Gustavo Bueno de sus inicios, esencia que no cambiaría tras llegar a su etapa adulta.

El buenismo, tan pretencioso como su creador, acabó presentándose como la corriente que mejor comprendía el concepto de nación, por lo que siempre se ha permitido dar «dar cátedra» al resto. Algunos de sus adeptos dicen basarse en el marxismo para ordenar sus planteamientos sobre esta cuestión. Pero, ¿conocen y aplican las nociones marxistas sobre la cuestión nacional? Bueno, unos las desconocen, otros las distorsionan.

«Entrevistador: ¿Cataluña es una nación?

Gustavo Bueno: Es que nación es un concepto muy diverso; por tanto, hablar de nación no tiene sentido». (El Español; «¿Sánchez? Sicofante. ¿Iglesias? Demagogo. ¿Rivera? Ajedrecista», Entrevista con el filósofo Gustavo Bueno, 29 noviembre, 2015)

En otras ocasiones Gustavo Bueno concebía que «España es tan grande» que no necesita ser explicada por los rasgos definitorios de la nación, no hablemos ya de la formulación marxista. Es más, dice que:

«— Entrevistador: ¿Y la idea de nación?

— Gustavo Bueno: No hay una teoría sobre la nación». (La España Nueva, 21 de noviembre de 1999)

He aquí un escéptico de los pies a la cabeza, que solo a través del subjetivismo trató de armar su relato. 

viernes, 28 de agosto de 2020

El gustavobuenismo y sus intentos de blanquear a la reacción y el fascismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2020


[Publicado originalmente en 2020 y reeditado en 2021]

«¿En dónde descansa la demagogia nacionalista de todos estos intelectuales de poca monta? ¿Cuáles son sus referentes ideológicos y trampas argumentativas?:

«Una de las armas favoritas históricas del fascismo español −como de todo fascismo− ha sido la de establecerse y proclamarse como una «tercera vía» entre el marxismo y el liberalismo, entre comunismo y capitalismo, entre el proletariado y la burguesía, pretendiendo ser mediador entre el primero y la segunda, o como reconciliador de ambas clases sociales. Esto se veía reflejado al hablar del régimen a establecer, donde se negaba que el Estado fuese el instrumento de represión de una clase dominante sobre el resto, sino que pretendía valerse de su «neutralidad» para conciliar a todas las clases sociales, evitando las fricciones y consiguiendo la tan ansiada armonía social. En este discurso hay un implícito pretendido fin de las ideologías, exactamente el mismo discurso recuperado por el neoliberalismo hoy a efectos de perpetuar artificialmente la explotación capitalista y los modos de producción, primando la producción a la ideología, o reduciéndola esta a conceptos abstractos bañados en un humanismo hipócrita e irreal. Un discurso que ha hecho suyo desde siempre la socialdemocracia −así como todos los revisores del marxismo−, poniendo por delante el misticismo idealista de una conjunción de intereses artificiales como la llamada «comunidad de destinos de la nación» y su naturaleza «benévola de progreso para todos», anteponiendo un pragmatismo con el fin de mitigar las contradicciones de clase, que una exposición científica del origen de esas contradicciones para resolverlas consecuentemente. (…) Como ya se ha repetido mil veces, el fascismo español recoge la influencia más reaccionaria de filósofos y políticos extranjeros como Fichte, Hegel, Nietzsche, Kierkegaard, Schopenhauer, Bergson, Sorel, Mussolini, Gentile, Marinetti, Hitler, etc. Mientras que en el ámbito nacional recurre a los políticos contrarrevolucionarios de un pasado próximo y a los filósofos modernos entonces de moda: Miguel Primo de Rivera, Unamuno, Ortega y Gasset, Pérez Ayala, Pío Baroja, etc. Todos ellos se hacen notar en cuanto a sus conceptos de moral, bondad, aristocratismo, libertad, progreso, nación, militarismo, individualismo, colectivismo, vitalismo, etcétera». (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Era el fascismo español una «tercera vía» entre capitalismo y comunismo?, 2014)


Vinculaciones directas con la más negra reacción

Para empezar, ¿cómo ha sido posible para el gustavobuenismo construir esta égida con una base tan retrógrada como zafia en lo político-filosófico? Muy fácil, gracias a la publicidad con la que todos sus representantes han contado en los medios de comunicación más derechistas del país, más ultras. Por su parte, el periodista Hermann Tertsch, quien con su historial de barbaridades tampoco necesita mucha presentación, antes de incorporarse a Vox comentaría lo siguiente en relación a lo que, según él, han sido dos de las «mayores figuras intelectuales» que ha dado este país:

«En menos de dos años se nos han ido las dos cabezas más brillantes y libres de España, que eran Gustavo Bueno y Antonio Garcia-Trevijano». (Hermann Tertsch; La honradez intelectual y sus enemigos, 2 de marzo de 2018)

lunes, 4 de mayo de 2020

¿Qué es la Escuela de Gustavo Bueno?; Equipo de Bitácora (M-L), 2020


[Publicado originalmente en 2020 y reeditado en 2021]

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¿Qué nos vamos a encontrar en este extenso documento? Principalmente nos centraremos en su visión sobre la cuestión nacional, ya que es verdaderamente la idea que nuclea todo el pensamiento del «materialismo filosófico» de Gustavo Bueno, pero durante la exposición se observará también las bases filosóficas, las recetas económicas, las nociones políticas o las propuestas culturales de esta escuela de sofistas. Consideramos que el combate sin piedad hacia todos los nacionalismos habidos y por haber no es algo opcional sino imprescindible. ¿El motivo? Unos y otros se complementan y retroalimentan para desviar a los trabajadores de su camino de emancipación social: la abolición de las clases sociales. En concreto, en lo tocante al nacionalismo español, la Escuela de Gustavo Bueno ha sido sin ningún género de duda la cuna de muchos de los personajes, libros y argumentarios que han salido de esta bancada, por lo que viene siendo hora de desnudar sus más que evidentes contradicciones. Esta última es una labor ideológica que lamentablemente no hemos visto registrada en ninguno de sus supuestos enemigos ideológicos, al menos no en una profundidad argumentativa y pedagógica que sirva como referencia, y esto es justamente lo que nosotros –sin ninguna falsa modestia– reconocemos que buscamos con el contenido de la presente obra. Al igual que en cualquiera de las otras ocasiones queremos advertir a los sujetos que serán objeto de crítica que a aquí priori no hay ninguna inquina personal: la crítica frontal y demoledora realizada hacia los distintos personajes de turno que irán apareciendo en el texto –Gustavo Bueno, Santiago Armesilla, Pedro Ínsua o Jesús G. Maestro– es solo la excusa, el pretexto idóneo o el marco de referencia para abordar una problemática mucho mayor que transciende a estos personajes, pues solo son unos de tantos representantes de una postura equivocada, de una visión distorsionada del mundo, de un vicio a eliminar.

Aunque en todos y cada uno de los planteamientos de Gustavo Bueno se subyace un vitalismo avasallador e irracional –típico del fascismo del siglo XX–, él intentó conjugar dicho instinto –a todas luces ramplón y reaccionario– con una bonita carcasa filosófica, cuyo fin no era otro que disimular las barbaridades que deseaba implantar. Así, pues, mediante un lenguaje «técnico» y una explicación aparentemente «racional» estuvo mucho mejor pertrechado para relativizar o disimular las opiniones tan polémicas que acostumbraba a lanzar. Pero ahí no acababa este ejercicio maquiavélico: trató de justificar sus complicadas y enmarañadas teorías como algo solo apto para «entendidos», no para el vulgo, según él, incapaz de entender y aceptar su «trascendental filosofía». En el «materialismo filosófico» hay una clara inspiración en autores mundialmente conocidos, pero se nota especialmente la influencia de Ortega y Gasset y Unamuno, quienes no parece casualidad que en su momento hayan sido las fuentes castizas que estimularon el pensamiento falangista en España. Gustavo Bueno creyó preciso que para coronar su empresa debía aspirar a algo más cercano a Hegel que a Unamuno: no bastaba con intentar elaborar reflexiones fragmentarias, chocantes o elocuentes, sino que debía construirse un gran bloque compacto con un argumentario definido, en definitiva, un gran sistema filosófico que causase asombro por la infinidad de temas a abordar y que crease un nuevo lenguaje que le hiciera reconocible ante sus adeptos. No obstante, si por fortuna nuestro amado lector no es una persona fácilmente impresionable, podrá detectar a las primeras de cambio que los representantes de esta escuela no tienen nada de eruditos, a lo sumo son charlatanes profesionales, y la mayor prueba está en que intentan defender lo indefendible con una retórica de secta endogámica, la cual comienza y acaba por un constante ritual de culto a la personalidad hacia su «maestro» que acaba resultando enfermizo. Paradójicamente hablamos de una de las debilidades que también ha adolecido el marxismo y otras doctrinas político-filosóficas en el siglo anterior, pero que ellos, lejos de superar, parecen perpetuar sin complejo alguno. A la vista está también que si tuviesen algún tipo de pretensión popular no utilizarían teorías y conceptos tan sumamente complejos como estúpidos, los cuales no se molestan en adaptar o disimular frente a los trabajadores de a pie.

¿Cuál es el perfil de los adeptos a la Escuela de Gustavo Bueno? Muchos de ellos son orgullosos seguidores de las tesis del asturiano y se reconocen como fervorosos nacionalistas españoles, pero algunos otros, como ocurría con el propio Sr. Bueno, tienen la desvergüenza de autodenominarse «marxistas» o al menos prometen estar muy influenciados por dicha corriente… en la práctica no hay nada más lejos de la realidad. Esta escuela filosófica se declara «ni de izquierdas ni de derechas», otras, se presenta como valedora y superadora de los «límites del marxismo», sea como sea, sus planteamientos son tan sumamente reaccionarios y excéntricos que se refutan a sí mismos, pero sin una ordenación y exposición correcta, no todos tendrán esto tan claro. He aquí una de las razones por las que era hora que refutar este mito de Gustavo Bueno como «gran filósofo», uno que, como era de esperar, también ha calado muy hondo entre el revisionismo patrio, y entiéndase que podemos englobar en este bloque a todos aquellos que se hacen pasar por marxistas para introducir luego mejor su mercancía antimarxista, aunque en honor a la verdad existen algunas excepciones donde este es un actuar inconsciente fruto de la ignorancia.  

Si bien su influencia es ínfima entre los verdaderos revolucionarios, los argumentos de la Escuela de Gustavo Bueno sí han permeado entre parte de la población, quizás no tanto por su propio esfuerzo ni su alcance, sino porque recuperan y continúan el legado del nacionalismo español decimonónico y los viejos dogmas del falangismo, asimilados por la población durante siglos. En consecuencia, mientras continúe el sistema actual, siempre hay posibilidad de que este discurso tenga repercusión entre las capas de trabajadores más atrasados, en el joven romántico, y por supuesto, entre la intelectualidad conservadora. Por ello debe realizarse un esfuerzo en desenmascarar su demagogia y su hipocresía, sus intentos de establecerse como quinta columna bajo cualquier excusa aparentemente inocente, como en este caso pudiera ser «combatir el supremacismo del nacionalismo catalán» o «cultivar un sano amor a la tierra, su cultura y sus gentes».  

La burguesía española siempre ha estado muy complacida con las actuaciones de estos mercenarios académicos, y tiene toda lógica puesto que la Escuela de Gustavo Bueno le sirve –en el sentido de vasallaje y en el sentido de utilidad– para confundir y seducir a propios y extraños, es por esta razón y no otra que financia sus asociaciones con dinero público y privado para mantener ese nicho seguro. Pero, seamos francos, el poder necesita algo menos frívolo y más cercano a las masas como para hacer que el trabajador asalariado consuma el narcótico nacionalista. Recordemos que un buen propagandista no es aquel que convence a quienes ya están convencidos, sino aquel que persuade a quienes todavía dudan o son abiertamente hostiles. Por ello, una corriente ideológica más centrada en propagar y emular las epopeyas de un imperio colonial pasado que en plantear planes eficaces para solucionar los atolladeros de la política burguesa presente, nunca puede resultar útil del todo. Cumplirá un gran papel en las universidades y será un gran pasatiempo para distraer a los exaltados, nostálgicos y similares, pero nunca será la plataforma idónea para embaucar en masa a todos esos millones de trabajadores anónimos.

En conclusión, la Escuela de Gustavo Bueno tiene un techo de crecimiento muy evidente. Entiéndase que personas cuya mayor emoción es disfrazarse de un soldado de los tercios y que tiene como insignias de referencia a figuras de la realeza de siglos pasados, no solo es anacrónico y reaccionario, sino completamente freak para cualquier persona con dos dedos de frente, sepa de política o no. Dicho lo cual, el capitalismo nacional, aunque les agradece sus esfuerzos, prefiere apostar mayores cuotas de dinero en otras corrientes políticas de mayores garantías. Puestos a elegir, opta más por los clásicos políticos que salen a escena vestidos de corbata, que manejan discursos fáciles y emocionales; no a gente extraña que habla de «Imperios Generadores», «Dialécticas de Estados», «Izquierdas Indefinidas» y patochadas de ese estilo, algo que para el trabajador medio de Amazon, Repsol o Zara ni capta ni tiende tiempo de detenerse en tratar de comprender de qué demonios le está hablando. En su conjunto los capitalistas se fían más de los políticos modernos que en sus redes sociales sonríen, cocinan, toman café, juegan con el perro o hacen alpinismo para aparentar cotidianidad, eso tiene gancho, crea afinidad con la masa social; todo lo contrario de lo que ocurre con las redes sociales de los gustavobuenistas quienes respiran más folclore que una zarzuela, engalanándose con imágenes y simbología de reyes, conquistadores y exploradores castellanos muertos que hoy el ciudadano medio ni conoce. La pregunta es, ¿en serio no se dan cuenta de su bufonada teórica y estética que portan? ¿Serán así de imbéciles o es porque les pagan? Misterios sin resolver». (Equipo de Bitácora (M-L); El viejo chovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno, 2020)