martes, 23 de junio de 2026

Filosofía y arte; Alfred Uçi, 1973

El hombre: objeto de la filosofía y el arte

«La importancia científica del objeto de la filosofía y del arte es una de las premisas principales para comprender las complejas relaciones entre ambas disciplinas.

Bajo la influencia del neopositivismo, se extiende en los países capitalistas la opinión de que la filosofía solo puede conservar su función cognitiva y prestigio si se libera de los problemas humanísticos, si se ocupa únicamente de los problemas metodológicos y lógicos del conocimiento científico, si se transforma en una ciencia como todas las demás. Esta tendencia a la cientificización de la filosofía, que también apoyan muchos revisionistas actuales, ha dado a los enemigos del marxismo la oportunidad de alegar que la filosofía marxista-leninista es deficiente porque supuestamente ignora el problema del hombre y no sirve como filosofía de vida. En su opinión, la filosofía marxista puede llenar este vacío combinándose con el existencialismo, que se proclama como la única filosofía de vida en nuestros días. La filosofía siempre se ha preocupado por los problemas metodológicos y epistemológicos del conocimiento científico. La filosofía marxista-leninista les presta gran atención, especialmente hoy en día, cuando su importancia ha aumentado como resultado del rápido desarrollo de la ciencia. Pero la filosofía, y aún menos la filosofía marxista-leninista, nunca ha limitado su objeto únicamente a los problemas epistemológicos del conocimiento; ha cumplido la función de una cosmovisión, ha sido una disciplina humanista, una filosofía de la vida, porque el problema de la relación del hombre con el mundo ha estado en el centro de su atención. Ninguna ciencia individual puede reemplazar a la filosofía, complementar su función de comprender el mundo ni proporcionar ese tipo de conocimiento integrado que la filosofía nos brinda.

Como concepción del mundo en su conjunto y del lugar del hombre en él, la filosofía también aspira a orientar la actitud del hombre como ser social, su actividad práctica y teórica, su comportamiento y sus ideales sociales. La filosofía no es solo un ideal epistemológico y un mero ejercicio intelectual, sino también un profundo razonamiento sobre los problemas que más preocupan al hombre, un ideal de su comportamiento y actitud prácticos, una programación social de las más diversas actividades humanas. La filosofía siempre ha tenido un fuerte significado socioemocional subyacente. No existe ni puede existir una concepción filosófica, fría, indiferente y apática sobre los problemas y preocupaciones del hombre. Todo esto es igualmente cierto con respecto a la filosofía marxista-leninista, que, además de ocuparse de los problemas metodológicos y lógicos del conocimiento, sitúa en el centro de su atención el problema del hombre, el problema de la transformación revolucionaria del mundo capitalista inhumano, la creación del comunismo. Cualquier intento de alejar la filosofía marxista de estos problemas de la vida del hombre debilita y paraliza su fuerza activa y transformadora. El camarada Enver Hoxha criticó la postura de los revisionistas modernos que han reducido la filosofía marxista-leninista a una simple lógica [1], buscando desviar su atención de los problemas sociales, del descubrimiento de aquellas condiciones socioeconómicas que esclavizan al hombre.

La comprensión de la filosofía como cosmovisión, como filosofía de vida, como disciplina humanística, permite también entender la estrecha conexión entre el arte y la filosofía. En primer lugar, el arte se acerca a la filosofía por la amplitud de la realidad que refleja. Ningún fenómeno del mundo en su totalidad −fenómenos cósmicos y de la vida, el mundo animal y vegetal, acontecimientos históricos− ha sido ajeno al ser humano. En este sentido, el arte ha proporcionado al hombre un conocimiento integral, similar al que le brinda la filosofía. Por esta razón, el arte y la filosofía ocupan un lugar en la conciencia de cada persona. Podemos afirmar que no existe nadie sin posturas filosóficas definidas, del mismo modo que no existe nadie en cuya vida el arte no haya dejado huella alguna.

miércoles, 10 de junio de 2026

El PTA y su política exterior, ¿un internacionalismo proletario en entredicho?; Equipo de Bitácora (M-L), 2026


En esta sección abordaremos que al igual que en la cuestión de la tardanza en exponer a otras corrientes y gobiernos revisionistas, el PTA incurrió una y otra vez en contradicciones e incoherencias en su política exterior que mermaron su credibilidad como avanzadilla dentro del mundo revolucionario. Los subcapítulos a desarrollar serán los siguientes:

a) El romanticismo idealista y la diplomacia burguesa nunca ayudan a las luchas de los pueblos;

b) El PTA vuelve a ser seducido por los gobiernos reaccionarios del «tercer mundo» y «segundo mundo»;

c)  ¿Por qué en el seno del PTA se intentó rehabilitar al revisionismo rumano?;

d) ¿Hubo una falta de apoyo del PTA hacia los movimientos marxista-leninistas?;

e) ¿Por qué afirmamos que «The Worker’s Advocate» no puede ser un referente serio para los revolucionarios de hoy?

El romanticismo idealista y la diplomacia burguesa nunca ayudan a las luchas de los pueblos 

En cuanto a política exterior, en varias ocasiones el Partido del Trabajo de Albania (PTA) sí se apegó a los cánones marxista-leninistas sobre las relaciones de los países socialistas con los países capitalistas:

«El Partido del Trabajo de Albania estaba de acuerdo en establecer con la República Federativa Popular de Yugoslavia relaciones estatales de buena vecindad, relaciones comerciales y culturales, si las normas de la coexistencia pacífica entre Estados con regímenes diferentes se respetaban, puesto que para el Partido del Trabajo de Albania, la Yugoslavia titoísta jamás ha sido, no es, ni será un país socialista mientras tenga a su cabeza a un grupo de renegados y agentes del imperialismo. (...) Coexistencia pacífica entre dos sistemas opuestos no quiere decir, como pretenden los revisionistas contemporáneos, que tengamos que renunciar a la lucha de clases. Por el contrario, la lucha de clases ha de proseguir, y debe fortalecerse cada vez más la lucha política contra el imperialismo, contra la ideología burguesa y la revisionista». (Enver Hoxha; Discurso pronunciado en nombre del Comité Central del Partido del Trabajo de Albania en la Conferencia de los 81 Partidos Comunistas y Obreros en Moscú, 1960)

En cambio, otras tantas veces, se llegó a desviar de estos principios incurriendo en maximalismos y exageraciones desorbitadas sobre lo que debería ser la política exterior de un país revolucionario:

«Los capitalistas y revisionistas miden el grado de aislamiento de un país en relación a su comercio. Nosotros hemos comerciado y comerciamos con todos los países, a excepción de los Estados Unidos, la Unión Soviética, España, Israel y algunos otros Estados gobernados por fascistas y racistas». (Enver Hoxha; Informe en el VII Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1976)

Teorizar que un país socialista, es decir, que está en el periodo de transición el capitalismo al comunismo, no puede comerciar con las potencias de la época, con los países fascistas o simplemente con regímenes altamente reaccionarios, significa caer en el infantilismo más ramplón. La URSS de Lenin y Stalin, establecieron acuerdos comerciales con las potencias imperialistas, como la Alemania de la República de Weimar o Francia. También con la Italia fascista, así como con muchos regímenes vecinos reaccionarios y altamente anticomunistas.

Por ejemplo, la URSS en tiempos de Lenin firmó el Tratado de Rapallo de 1922, dicho acuerdo sancionó no solo acuerdos comerciales, sino que también permitió que el ejército alemán realizara simulacros militares en territorio soviético −eludiendo el Tratado de Versalles−. También se buscó el acuerdo comercial con EE.UU. e Inglaterra durante muchos años hasta que por fin se logró. La propia Albania de los años 70 comerciaba en ese momento y mantenía intercambios culturales con la Yugoslavia de Tito, un régimen de sobra conocido por su anticomunismo y política antialbanesa, considerado para el movimiento de los años 50 como un gobierno de política «fascista», sin que todo ello supusiese rebajar la crítica ideológica ni interrumpiese el flujo comercial. Albania también mantenía relaciones económicas y culturales con los «imperialistas italianos» y los «monarco-fascistas» griegos. ¿Acaso esto era más lícito? Este tipo de declaraciones contradictorias solo podían causar desorientación en los cuadros de los partidos marxista-leninistas, por recomendar un «izquierdismo» en política exterior, mientras, en cambio, poco tiempo más tarde, no nos costará observar cómo el PTA se escoraría hacia el extremo opuesto: pasando de la condescendencia a la diplomacia formal burguesa.