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miércoles, 16 de julio de 2025

Tradiciones, tentaciones e ilusiones en la Guerra Civil Española: «Ejército» y «Revolución»; Pierre Villar, 1978

«Tradiciones y tentación en el mundo militar. Unamuno decía: el régimen político natural de España es lo arbitrario, atemperado por arriba por el pronunciamiento y por abajo por la anarquía. Es una boutade, pero si se piensa que este país en ciento veintidós años ha conocido cincuenta y dos intentonas de golpe de estado militar, se comprende que no es injustificado que a este tipo de operación se la conozca en todas partes con un nombre español.

¿Qué es, en el sentido clásico, un pronunciamiento?: un grupo de conspiradores militares, que disponen en uno o varios puntos del país de fuerzas armadas y que cuentan con apoyos interiores y exteriores, sacan a las tropas de sus cuarteles, «se pronuncian» por medio de un manifiesto sobre la situación política, ocupan los lugares de decisión y de comunicación y, si el movimiento se extiende suficientemente, requieren al gobierno para que se retire, lo reemplazan y a veces cambian el régimen. Se ha podido sostener que hay diferencias de fondo entre los pronunciamientos del siglo XIX, que tienen un programa positivo −frecuentemente liberal, romántico, idealista− y los golpes de estado del siglo XX, simples precauciones contrarrevolucionarias, y es posible, en efecto, que haya matices a determinar.

Pero lo que nos interesa aquí, como factor de la forma si no del fondo− del episodio que debemos estudiar, es el hábito mental, la expectación, los anhelos espontáneos, que impulsan a los militares a intervenir políticamente y a ciertos civiles a esperar su intervención. El hecho de que de cincuenta y dos intentonas de pronunciamiento solamente once hayan tenido éxito demuestra que el intervencionismo −cabría decir la «intervencionitis»− de los militares es permanente siempre que se plantea un problema grave a la sociedad española; en el siglo XIX el de la revolución política burguesa −¿se llevará a cabo o no?−, en el siglo XX el de la revolución social: ¿cómo impedirla?

En el intervalo, una pausa: ningún pronunciamiento entre 1886 y 1923. Y es que la Restauración ha encontrado una forma de parlamentarismo que facilita los compromisos entre grupos dirigentes y, por otra parte, que las crisis del momento son de orden exterior: revueltas coloniales, derrota ante los Estados Unidos; las agitaciones de los cuarteles se limitan entonces a querellas internas y a reacciones de amor propio ante las críticas civiles que han suscitado las derrotas.

Conviene, pues, no exagerar los contrastes entre pronunciamiento y golpes de estado en los siglos XIX y XX. Hubo en el siglo XIX más de un simple «golpe de estado» contrarrevolucionario y, en pleno siglo XX, a finales del año 30, jóvenes oficiales exaltados y aviadores impacientes se «pronunciaron», algo precozmente, por la República. Por el contrario, el «Movimiento» de 1936, si bien tiene causas sociales mucho más profundas, ha sido en verdad, en sus formas iniciales, el más clásico de los pronunciamientos: conspiración generalizada, iniciativa en los lugares más alejados y en las guarniciones provinciales, con previsión de una marcha sobre Madrid.

Por supuesto, el pronunciamiento no se concibe sino en ejércitos de un cierto tipo: el ejército español se ha forjado en las guerras civiles −guerras carlistas−, y en las guerras coloniales. Aun en la actualidad, tiene más oficiales de los que exigiría un contingente normal, y más generales de los que justificarían los posibles conflictos.  

Este «cuerpo», que el vocabulario corriente llama simplemente «el ejército» −«el ejército quiere…», «el ejército cree…»−, se recluta en un medio algo cerrado, no aristocrático o rico, sino más frecuentemente ligado a tradiciones familiares; la formación en escuelas especializadas de cadetes, la vida de guarnición y de círculos, refuerzan el espíritu de cuerpo; existen «dinastías»: el general Kindelán, colaborador de Mola contra los vascos en 1937, tenía un antepasado que reprimió ya las revueltas de Guipúzcoa… ¡en 1766!; un Milans del Bosch, que participará en 1981, en el último, hasta la fecha, de los putschs militares, desciende del Milans del Bosch que «se pronunció» con Lacy… ¡en 1817!

martes, 18 de julio de 2023

Las causas de la derrota de la Guerra Civil (1936-1939); Partido Comunista de España (marxista-leninista), 1986

El presente texto se puede decir que tiene su base en otra la obra del Partido Comunista de España (marxista-leninista): «La guerra revolucionaria del pueblo español contra el fascismo» (1975). La parte que hoy traemos corresponde a uno de los dos fragmentos publicados en el órgano de expresión «Vanguardia Obrera» durante el año 1986; uno de ellos analizaba los condicionantes internos y el otro los condicionantes externos de este conflicto iniciado el 18 de julio de 1936. 

El documento:

«Con la guerra civil y todo lo que la misma representó, es también necesario hacer un análisis crítico desde el punto de vista de la clase obrera y el pueblo, que nos permita estudiar y sintetizar sus aciertos y sus fracasos, sus victorias y sus errores y que nos permita componer las causas fundamentales por las que fueron derrotadas las fuerzas populares. Algunos de esos errores han sido mencionados en los anteriores capítulos. De lo que ahora se trata es de hacer una panorámica general de las causas de la derrota.

Los errores fueron tanto políticos como militares, si bien aparecen ligados. Aunque por razones de espacio y claridad, podemos sintetizar los fundamentales.

Principales causas políticas generales

–La guerra y el Frente Popular estuvieron dirigidos, en lo fundamental, por la media y la pequeña burguesía, y no por la clase obrera y su partido. Las diversas capas de la burguesía y sus correspondientes partidos se caracterizaron por su ambigüedad, sus vacilaciones y su gran temor a la clase obrera. Esto condicionó todo lo demás. No bastó, en efecto, con desarrollar con elevada combatividad y entusiasmo la lucha, sino que para poder llevar ésta a buen puerto era necesario también que la clase obrera y su partido asumieran la dirección de la misma, más cuando la guerra civil al ocurrir en la época de las revoluciones proletarias iniciada con la Revolución de Octubre de 1917 se inscribía y formaba parte de la revolución socialista mundial.

–Las propias contradicciones y la división en el seno de las fuerzas populares y republicanas que no se pudieron, o no se supieron resolver correctamente, lo cual llevó a continuos enfrentamientos políticos entre las organizaciones del Frente Popular, e incluso provocaron enfrentamientos armados entre ellas.

–El pesimismo y el espíritu de claudicación que se manifestaron sobre todo durante la etapa final de la guerra y desde la pérdida de Cataluña entre diversos factores burgueses derrotistas del lado republicano, comenzando por el propio Manuel Azaña, Indalecio Prieto, Julián Besteiro, el General José Miaja, etc., lo cual llevó a minar progresivamente el espíritu de resistencia de la población y del mismo ejército republicano y facilitó el golpe traicionero de Segismundo Casado en 1939 [1].

–Las ilusiones que el Gobierno, las organizaciones del Frente Popular, incluso el mismo Partido Comunista de España (PCE) hicieron concebir a las masas de conseguir la victoria y la paz rápidamente. Al no llegar ésta, los sectores menos politizados y más vacilantes, se desilusionaron, perdieron firmeza y se cansaron de la lucha, posibilitando las condiciones para la derrota.

Principales causas militares

Son numerosos los errores estratégicos y tácticos que condujeron a la derrota de las fuerzas populares. Fueron también numerosos los problemas que no se supieron enfocar y no se resolvieron correctamente, tales como la cuestión de los cuadros de mando, no construir cuerpos de reserva para el Ejército, solucionar los problemas de logística armamento, industria de guerra, transporte, etc.–, despreciar los problemas de información fidedigna sobre el campo enemigo mientras los fascistas sí que la tuvieron del campo republicano, no tomar medidas para continuar la guerra en otras formas, etc. La lista sería demasiado larga. Por ello vamos a centrarnos en tres cuestiones:

–Una guerra con las características que tuvo la nuestra no podía, no debía, al menos en sus planteamientos generales iniciales, ser un tipo de guerra clásico para las fuerzas del pueblo. El tipo de guerra de posiciones, de trincheras, daba superioridad al Ejército enemigo, al estar éste mejor armado, entrenado y organizado para ello, tal como se demostró. El hecho de que en Madrid se pudo resistir no significaba que eso se debiera hacer en todo momento, pues en Madrid se daba una situación particular y era la excepción que confirmaba la regla. La guerra que debían llevar a cabo las fuerzas populares era, ante todo, una guerra de movimientos combinada con la acción en la retaguardia del enemigo [2]. Sin embargo, el Ejército republicano, dirigido por militares profesionales de formación tradicional, utilizó en lo esencial la guerra de posiciones, la guerra de desgaste, que ya sabemos qué resultados nos dio.

lunes, 21 de febrero de 2022

La evolución en las armas, técnicas de combate y su estrecha relación con el progreso económico

«El revólver triunfa sobre el puñal, y con esto quedará claro incluso para el más pueril de los axiomáticos que el poder no es un mero acto de voluntad, sino que exige para su actuación previas condiciones reales, señaladamente herramientas o instrumentos, la más perfecta de las cuales supera a la menos perfecta; y que, además, es necesario haber producido esas herramientas, con lo que queda al mismo tiempo dicho que el productor de herramientas de poder más perfectas vulgo armas vence al productor de las menos perfectas, o sea, en una palabra, que la victoria del poder o la violencia se basa en la producción de armas, y ésta a su vez en la producción en general, es decir: en el «poder económico», en la «situación económica», en los medios materiales a disposición de la violencia.

La violencia se llama hoy ejército y escuadra de guerra, y ambos cuestan, como sabemos por desgracia nuestra, «una cantidad fabulosa de dinero». Pero la violencia no puede producir dinero, sino, a lo sumo, apoderarse del dinero ya hecho, y esto no es de mucha utilidad, como sabemos, también por desgracia nuestra, gracias a los miles de millones franceses. Así, pues, en última instancia el dinero tiene que ser suministrado por la producción económica; el poder aparece también en este caso determinado por la situación económica que le procura los medios para armarse y mantener sus herramientas. Pero esto no es todo. Nada está en tan estrecha dependencia de las previas condiciones económicas como el ejército y la escuadra precisamente. Armamento, composición, organización, táctica y estrategia dependen ante todo del nivel de producción y de las comunicaciones alcanzado en cada caso. Lo que ha obrado radicalmente en este campo no han sido las «libres creaciones de la inteligencia» de geniales jefes militares, sino la invención de armas mejores y la transformación del material del soldado; la influencia de los jefes militares geniales se limita, en el mejor de los casos, a adaptar el modo de combatir a las nuevas armas y a los nuevos combatientes.

A comienzos del siglo XIV, la pólvora llegó a la Europa occidental a través de los árabes, y subvirtió, como saben los niños de escuela, todo el arte de la guerra. La introducción de la pólvora y de las armas de fuego no fue empero en modo alguno un acto de violencia, sino una acción industrial, es decir, un progreso económico. La industria es siempre industria, ya se oriente a la producción o a la destrucción de las cosas. Y la introducción de las armas de fuego tuvo efectos radicalmente transformadores no sólo en el arte mismo de la guerra, sino también en las relaciones políticas de dominio y vasallaje. Para conseguir pólvora y armas de fuego hacían falta una industria y dinero, y los que poseían las dos cosas eran los habitantes de las ciudades, los burgueses. Por eso las armas de fuego fueron desde el principio armas de las ciudades y de la ascendente monarquía, que se apoyaba en las ciudades contra la nobleza feudal. Las murallas de piedra de los castillos de la nobleza, hasta entonces inexpugnables, sucumbieron ante los cañones de los ciudadanos, y las balas de las burguesas escopetas atravesaron las armaduras caballerescas. Con la pesada caballería aristocrática se hundió también el dominio de la nobleza; con el desarrollo de la clase urbana, la infantería y la artillería van convirtiéndose progresivamente en las armas decisivas; obligado por la artillería, el oficio de la guerra tuvo que añadirse una sección nueva y completamente industrial: la de los ingenieros.

El desarrollo de las armas de fuego fue muy lento. El cañón siguió siendo pesado durante mucho tiempo, y el mosquete, a pesar de muchos inventos de detalle, siguió siendo un arma grosera. Pasaron más de trescientos años antes de que se produjera un fusil adecuado para armar a toda la infantería. Hasta comienzos del siglo XVIII no eliminó definitivamente el fusil de chispa con bayoneta a la pica en el armamento de la infantería. Esta se componía entonces de los soldados mercenarios de los príncipes, tropa muy rígidamente entrenada, pero muy poco de fiar, imposible de mantener disciplinada sino con el bastón, y procedente de los más corrompidos elementos de la sociedad, y, muchas veces, de prisioneros de guerra enrolados por coacción; la única forma de combate en la que esos soldados podían utilizar el nuevo fusil era la táctica lineal que alcanzó su supremo perfeccionamiento con Federico II. La infantería entera de un ejército formaba un largo cuadrilátero vacío de tres filas por lado y no se movía en orden de batalla, sino como un todo; a lo sumo se permitía a una de las alas que se adelantara o retrasara algo. Era imposible mover ordenadamente a esa masa de tan pocos recursos sino por un terreno completamente llano, e incluso en terrenos tales el ritmo era muy lento setenta y cinco pasos por minuto; era imposible toda modificación del orden de batalla durante el combate, y, una vez entrada en fuego la infantería, la victoria o la derrota se decidían en poco tiempo y de un golpe.

lunes, 27 de septiembre de 2021

El auge del PCE (m-l) y las acciones armadas del FRAP de 1973-75; Equipo de Bitácora (M-L), 2021


[Este capítulo fue escrito originalmente en 2020, ha sido reeditado en 2021]

«La crítica y la autocrítica es un buen indicador para evaluar cómo se desarrolla la lucha de clases en el partido. Donde hay una crítica y autocrítica correcta, basada en principios, y severa, sin miedo ni vacilación, no echan raíces los males que amenazan al partido, no puede progresar el trabajo del enemigo, y están garantizadas la aplicación de las decisiones y las directrices, el papel de vanguardia de los comunistas, el liderazgo de la organización de base del partido y del pleno del comité del partido. (...) El choque de opiniones nunca es perjudicial cuando se basa en la política y los intereses del partido, de la clase obrera y del socialismo. Por el contrario, es necesario y útil, porque refuerza el carácter militante y revolucionario de la unidad, porque hace que sea más fácil descubrir y combatir los errores y las deficiencias, las infracciones y las distorsiones de la línea, y porque ayuda a tomar las decisiones más correctas». (Ndreçi Plasari; La lucha de clases en el seno del partido: Una garantía de que el partido seguirá siendo siempre un partido revolucionario de la clase obrera, 1978)

Para comprender el momento álgido del Partido Comunista de España (marxista-leninista) y su posterior declive debemos arrojar algo de luz donde ha solido predominar las sombras del silencio o la distorsión histórica, y obviamente no pasar de puntillas sobre las famosas acciones armadas del FRAP (Frente Republicano Antifascista Patriótico) en verano de 1975.


El FRAP como pretendido frente de masas

Basándonos en los documentos históricos, uno puede detectar que la formación del FRAP en 1971 tenía unos objetivos muy específicos:

«Elena Ódena: El FRAP surge porque está escrito también en la línea del partido que para organizar al pueblo hace falta un frente unido. Un frente revolucionario. El partido no puede en modo alguno incorporar a sus filas a la inmensa mayoría del pueblo, eso supone la aceptación de una disciplina, de una ideología y de unos principios». (Elena Ódena; Entrevista realizada para «Interviú» por el periodista José Dalmau, 17 de febrero de 1977)

Sus puntos programáticos eran:

«1.– Derrocar la dictadura fascista y expulsar al imperialismo yanqui mediante la lucha revolucionaria.

2.– Establecimiento de una República Popular y Federativa, que garantice las libertades democráticas para el pueblo y los derechos para las minorías nacionales.

3.– Nacionalización de los bienes monopolísticos extranjeros y confiscación de los bienes de la oligarquía.

4.– Profunda reforma agraria, sobre la base de la confiscación de los grandes latifundios.

5.– Liquidación de los restos del colonialismo español.

6.– Formación de un Ejército al servicio del pueblo». (Comunicado sobre la constitución del Comité Coordinador Pro FRAP y extractos de una resolución del mismo, 1971)

Aunque en los primeros momentos nadie daba un duro por estas pretensiones, el heroísmo y trabajo abnegado de sus militantes entre las masas daría sus frutos. Uno de los exmiembros del FRAP, el cual rechaza hoy toda vinculación con el comunismo, afirma a partir de su estudio:

«El FRAP llegaría a tener 10.000 de militantes en toda su trayectoria». (Periodista Digital; Catalán Deus (ex FRAP): «No entiendo a los jóvenes que creen que la violencia es la solución», 2017)

Seguramente estas sean cifras exageradas, pero una cosa es cierta: pese a las duras condiciones represivas bajo el franquismo, y aún con la hegemonía del jruschovismo en el movimiento proletario de «izquierda», a principios de los años 70 esta organización logró constituirse como segunda fuerza política dentro del totum revolutum de grupos que se autodenominaban marxistas, solo por detrás del PCE de Carrillo, que contaba con grandes métodos de financiación y un amplio aparato de propaganda en comparación con cualquier otra organización que se reclamara «de izquierda». No olvidemos tampoco que el PCE contaba con una gran manga ancha administrativa en cuanto a represión. Si bien es cierto que este estatus de fuerza del PCE (m-l)/FRAP se perdería a medida que avanzase la década, no deja de ser un logro formidable.

En 1974, los informes franquistas avalaban con temor nuestras afirmaciones:

«El PCE (m-l) se encuentra extendido por casi todo el territorio nacional y entre los emigrantes de Europa Occidental, pudiendo estimarse un número máximo de 1.500 militantes y el doble número de simpatizantes, siendo particularmente numerosos los estudiantes. Sus relaciones con otros grupos se caracterizan por la hostilidad y el aislamiento. (…) Dentro del sector comunista, el PCE (m-l) es el grupo más numeroso después del PCE. (…) El PCE (m-l) mantiene un elevado número de publicaciones periódicas, sólo superado entre los grupos clandestinos por el PCE. (…) El FRAP es hoy, entre los grupos revolucionarios de acción violenta el más agresivo, aguerrido y peligroso extendido por todo el país». (Informe del SECED Sobre el Partido Comunista de España (marxista-leninista), Grupos subversivos, julio de 1974)

Sobre el FRAP, sin duda, deben hacerse unas puntualizaciones, porque ha sido uno de los blancos preferidos de los periodistas de la «derecha» política para soltar todo tipo de medias verdades y calumnias, aunque no han sido los grupos de «izquierda» que han alimentado diversas leyendas sin argumentación de peso:

«-¿Cuánto se ha mentido sobre el F.R.A.P. y sobre el proceso «ese idílico» que muchos nos venden sobre la transición? .

-Se mintió mucho, desde que era una organización sin importancia, hasta que éramos unos fanáticos, dogmáticos y sectarios fácilmente manipulables, para terminar con que la organización estaba dirigida por infiltrados. Estas opiniones fueron frecuentes, pero se trató de una organización importante en algunos ámbitos, los militantes eran capaces de mantener y generalmente ganar debates ideológicos con otras tendencias u organizaciones y cuarenta años más tarde, nadie ha aportado ningún dato relevante sobre posibles infiltraciones en la dirección. Todos estos mensajes se difundieron precisamente en las épocas más críticas de la transición, cuando era más interesante para el poder desprestigiar todo lo que se reclamase republicano, federalista». (Cazarabet conversa con Julio Gomariz Acuña, 2018)

domingo, 28 de febrero de 2021

¿Qué es eso de que China es un «imperialismo pacífico»?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«En esta sección repasaremos cuales son los argumentarios que se suelen verter para defender a una u otra potencia, en este caso China. Demostraremos que el comercio, las inversiones extranjeras y el poderío militar para amedrentar al rival no son esferas desconectadas, sino una gran maquinaria que trabaja al unísono para que la potencia imperialista X consiga sus propósitos. Quien no entienda algo tan básico es porque no sabe ni lo básico de economía política. Para tal fin repasaremos la vieja política exterior del maoísmo, hoy recuperada por Xi Jinping para sus planes reaccionarios a escala mundial. También examinaremos los tratos de China con sus socios en Oceanía o Latinoamérica, su presencia de tropas en zonas Sudán y mucho más. De tal forma observaremos que China ejerce su presión, chantaje y agresiones tanto a nivel militar como económico, optando por una vía u otra según la ocasión.

Argumentos y maniobras acrobáticas para embellecer la política del imperialismo

En su día, Lenin contestaba con sumo sarcasmo a un Kautsky que recientemente había cambiado sus ideas en torno a las cuestiones económicas y geopolíticas:

«Resulta, entonces, que los monopolios en la economía son compatibles con un comportamiento no monopolista, no violento y no anexionista en la política». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo, 1916)

En el caso de Vincent Gouysse, tras recibir nuestra respuesta −que hacía hincapié en sus anacronismos históricos y en que debería recordar las archiconocidas tesis leninistas sobre la guerra entre imperialistas− el señor Gouysse, muy avergonzado por el rapapolvo recibido, decidió matizar el significado de su nuevo y efusivo folleto proimperialista donde idealizaba a China. Aún así, su exposición no lograba ocultar su nueva forma de pensar:

«Me has entendido mal, camarada: China ya es una potencia imperialista importante, casi dominante. (...) La imperial china es hoy pacífica y tercermundista, y un día será menos pacífica... Si estalla una guerra interimperialista −suicida para Occidente, cuya burguesía, creo, va a convertirse en una burguesía compradora−, los marxistas-leninistas no apoyarán a ninguno de los dos bandos, pero harán todo lo posible para aprovechar las hostilidades para transformar la guerra imperialista en una revolución socialista. Si no estalla una guerra así, China desarrollará su capitalismo a escala mundial durante algunas décadas, con la explotación «pacífica» de numerosos países. Y los marxistas-leninistas tendrán que mostrar a la gente que fue un plan de larga data, lo que hice en 2010 con «El despertar del dragón». (Vincent Gouysse; Facebook, 25 de octubre de 2020)

No creemos que se trate de un malentendido producido por el choque lingüístico; nuestras críticas están basadas en sus obras originales en francés y, además de contar con personas que dominan lo suficiente el idioma desde luego, no dejan lugar a dudas, como tampoco lo hacen sus contestaciones posteriores en inglés o castellano.

sábado, 20 de febrero de 2021

¿Con quién estamos, con los contenedores o con el pueblo?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«¡Oh, no, los contenedores!», gritan los pusilánimes [1] mientras las unidades antidisturbios se dedican a vaciar ojos y a usar munición real [2] contra manifestantes. Pareciera que la gran víctima de las movilizaciones que se están sucediendo esta semana fuera el inerte mobiliario urbano. Es más, si atendemos a las afirmaciones de los «grandes analistas», pareciera que esta ola de violencia espontánea –sí, espontánea, como no podría ser de otro modo– se debe únicamente a la detención de Hasél. La realidad es que los vasallos de los capitalistas –a uno y otro lado del espectro político– no entienden nada. Los trabajadores no queman las calles por un rapero encarcelado, lo hacen porque entienden que la severidad de su condena es desproporcionada [3] y que, en realidad, se debe a que la justicia burguesa lo está juzgando con dureza por ser, o, mejor dicho, por creer que Hasél es «comunista» –ésta no distingue entre churras y merinas, simplemente aparta de un guantazo todo lo que diga ser opuesto a su sistema–. Quizás –una apuesta arriesgada, lo sabemos– también inundan las calles por la rabia acumulada: por el peso de la pandemia que cargan sobre sus hombros, por el último caso de violencia perpetrado por dos «agentes de la ley», por la celebración de unas elecciones absurdas que solo pueden ser calificadas como atentado contra la salud pública –nos referimos a las catalanas, evidentemente, que se han celebrado con una tasas de contagio astronómicamente superiores a las que propiciaron el encierro de 2020–. 

Mientras las masas responden de la única forma que pueden responder en ausencia de un partido comunista, con violencia espontánea e inusitada, los socialdemócratas en el gobierno despliegan sus agentes represivos mientras lanzan consignas abstractas sobre la «libertad de expresión», condenan el encarcelamiento de Hasél –como si no tuvieran el poder para ponerle fin– y llaman a la calma, a la paz social. Y, claro está, la espiral de violencia sigue en aumento, haciendo que sea difícil posicionarse. ¿Quién tiene razón? ¿Los contenedores? ¿Los millares de personas que protestan contra la absurda brutalidad del sistema? ¿Vox, Roberto Vaquero, Armesilla, Inda y Bastión Frontal, que creen que Hasél y, por extensión, los manifestantes, «se lo han buscado» y «se lo merecen»? ¡Si hasta el siervo del régimen juche, Alejandro Cao de Benos, mandó  «total apoyo a los policías no fachas y de vocación, que tienen que comerse los marrones, los insultos de un pueblo al que sirven»!

domingo, 24 de enero de 2021

Pi y Margall hablando sobre España y sus guerras coloniales en el siglo XIX

«Las guerras del presente siglo, Carlos, no para precavernos contra las que puedan sobrevenir sino para curarnos de nuestro espíritu de aventuras y de nuestro loco orgullo debemos recordarlas. Salvo las que contra los franceses sostuvimos, ninguna fue merecedora de aplauso. Ninguna tuvo por fin emancipar pueblos ni abrir pasos que nos hubiese cerrado el egoísmo ni la barbarie. Me limito por ahora a las exteriores; de las civiles hablaré más tarde. ¿Tienes tú por nobles y justas ni la de África, ni la de Santo Domingo, ni la de Méjico, ni la del Pacífico, ni la de Cochinchina? La de África ya sabes que la provocó O'Donnell con ánimo de distraer la atención de los partidos que aquí le eran adversos. (...) A Santo Domingo tampoco ignoras que fuimos prestándonos a ser instrumento de uno de los partidos en que estaba dividida la República. (...) Pero mucho peor fue la causa de nuestra expedición á Méjico, que, como recordarás, emprendimos juntos con Inglaterra y Francia. Fuimos allí á defender los abusos y los latrocinios de una mal llamada Convención Española á que se había conferido el encargo de deslindar las deudas allí contraídas durante la guerra por la que Méjico sacudió nuestro yugo. ¿Pudo ser más pobre el origen de la guerra del Pacífico? La empezamos por no haber querido castigar el Perú á los agresores de unos compatricios nuestros que residían en Talambo. Ocupamos las Chinchas, no las devolvimos sino mediante una indemnización de tres millones de pesos, reavivamos antiguos odios y de cuestión en cuestión llegamos á que contra nosotros se coligasen el Perú, Chile, el Ecuador y Bolivia. A Cochinchina fuimos finalmente arrastrados por los franceses que so pretexto de vengar la muerte de unos misioneros se proponían agrandar sus dominios de Asia. No te hablo de las guerras de Joló, Balanguingui y Mindanao, porque, como tú mismo indicas, éstas no son más que afianzamientos de mal guardadas islas. (...) Vengamos á las guerras coloniales. La de 1896 no es la primera que ha ocurrido en el Archipiélago Filipino; es sí la que más claramente revela un espíritu hostil en los indígenas. No ha concluido aún: del rescoldo de la lucha sostenida en Cavite y los montes de San Mateo brotan frecuentemente chispas que amenazan reproducir el incendio. ¿De quién sino de nosotros la culpa? Nos hemos empeñado en tener aquellas islas bajo el poder de comunidades religiosas tan escasas en virtudes como abundantes en vicios que todo lo sacrifican á su ambición y su codicia. De la ignorancia del pueblo han vivido esas comunidades y en la ignorancia querrían eternamente conservarlo para que nunca amenguasen ni su autoridad ni sus rentas. (...) Ha nacido de aquí lo que no podía menos de nacer, el espíritu de insurrección, la guerra. Si nuestros políticos hubiesen sido más previsores y más prácticos ¿crees tú que no se la habría evitado? Hicimos allí algunas reformas; pero ninguna que atacase en su raíz el mal, ninguna que tendiese á dar expansión á los ánimos. (...) De la guerra de Cuba somos aún más culpables. Cuba está peleando más de medio siglo por su independencia. Arde en deseos de emanciparse de nosotros y cada vez que sucumbe nos tiene mayor odio. Del año 68 al 78 sostuvo una guerra que no pudimos acabar sino por un convenio. La reanudó el mismo año 78 y dio no poco que hacer á nuestras tropas. La renovó el año 95 con violento empuje y pudo resistir el de 200.000 soldados que contra ella dirigimos deseosos de ahogar la insurrección en su cuna. Sigue batallando á pesar de haber perdido jefes de la importancia de Martí y Maceo. ¿Qué no hemos ensayado para vencerla? Primero la blandura, después el terror y el exterminio. Nada hemos alcanzado. Así las cosas ¿qué aconsejaban la razón y la política? Evidentemente otro convenio. En vez de intentarlo como el año 78 con los insurrectos, sin contar ni con sus jefes militares ni con su gobierno les llevamos hechas importantes concesiones. Las han aceptado con fruición los pacíficos, no los rebeldes, y estamos como estábamos. Debimos ofrecer la autonomía á los que están en armas; si ni con ella estaban dispuestos á dejarlas, otorgarles la independencia. ¿Qué otro remedio quedaba viéndonos impotentes para concluir la guerra? Sostener la guerra indefinidamente ni nos lo permitían las fuerzas del Tesoro ni la salud del Reino ni era posible que lo consintieran las vecinas gentes; sufría el comercio de todas las naciones, principalmente el de los Estados Unidos. Conceder á Cuba la independencia ¿nos había de ser ni parecer indecoroso? Inglaterra la concedió á las mismas colonias que son hoy el núcleo de la república norteamericana; nosotros por no querer otorgarla á tiempo á las colonias que tuvimos de Méjico á Chile las perdimos todas sin compensación de ningún género y hasta con ignominia. (...) Contra la libertad de los pueblos no hay prescripción posible. (...) Cuba levantándose contra nosotros y reclamando su independencia está en su derecho. (...) De la guerra de Cuba hemos sacado la de los Estados Unidos; de la de Filipinas la inquietud y el temor de mayores males; de la de Cochinchina una indemnización pecuniaria mezquina y vergonzosa; de la de Santo Domingo el abandono de la isla, después de haber gastado 98 millones de pesetas; de la de Méjico, en que invertimos 17 millones, absolutamente nada; de la del Pacífico la pérdida del Covadonga y la retirada del Callao con los buques rotos, buques que se hubo de ir á reparar parte en Río Janeiro, parte en el archipiélago de Otahili; de la de África por fin una rectificación de límites, 20 millones de duros y un territorio en Santa Cruz la Pequeña para un establecimiento de pesquería. Todas estas injustas guerras ¿pueden servir, como antes te dije, más que de escarmiento? A guerras de esta índole debemos resueltamente cerrar la puerta. ¡Ojalá lo consigamos!». (Francisco Pi y Margall; Carta a Eusebio, 26 de abril de 1898)

lunes, 27 de julio de 2020

Marx y Engels describiendo a los «conspiradores profesionales» del siglo XIX


«La situación social de esta clase es la que determina todo su carácter de principio a fin. La conspiración proletaria por sí misma les proporciona unos medios de subsistencia muy limitados e inseguros. En consecuencia, están continuamente obligados a echar mano de la «caja» de la conspiración. Algunos de ellos también entran en conflicto directo con la sociedad civil como tal y comparecen ante los tribunales de policía con un mayor o menor grado de dignidad. Sus precarios sustentos, que dependen en algunos casos más del azar que de las actividades que llevan a cabo, sus irregulares vidas cuyos únicos puertos de escala fijos son las tabernas de los comerciantes de vin –los lugares donde se reúnen los conspiradores–, sus inevitables encuentros con todo tipo de gente dudosa, los coloca en una categoría social que en París se conoce como la bohemia. Estos democráticos bohemios de origen proletario –también hay democráticos bohemios de origen burgués, unos democráticos holgazanes y pilares de los bares– son, por lo tanto, trabajadores que han renunciado a sus trabajos y que, como consecuencia, se han vuelto disolutos, o personajes que han surgido del lumprenproletariado y que traen consigo todos los hábitos disolutos de dicha clase en su nuevo modo de vida. En estas circunstancias, uno puede entender cómo unos pocos exconvictos son los que se encuentran implicados en, prácticamente, todos los juicios por conspiración.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Causas de la derrota de la insurrección de Reval en 1924


«¿Cuáles fueron las causas del fracaso de la Insurrección de Reval? Lo que acaba de ser expuesto acerca de los preparativos y el desarrollo de la insurrección demuestra que, en relación a la organización y a la táctica, los insurrectos cometieron una serie de errores de graves consecuencias. A grandes rasgos, las causas fueron las siguientes:

1) La dirección de la insurrección había sobrestimado el grado de desmoralización de las tropas de la guarnición así como la fuerza de la organización militar del Partido. Para llevar a cabo los objetivos que se proponían, las fuerzas eran manifiestamente insuficientes. Esto es indudable, incluso si la dirección hubiera logrado reunir a todos los hombres inscritos en la organización. La exageración del grado de desmoralización de las tropas consistía en el hecho de que, al enviar nueve hombres al tercer batallón del décimo regimiento, la dirección del Partido pensaba ganarse este batallón en su totalidad, y hacerle tomar parte activa en el derrocamiento del gobierno burgués. Sucedió lo mismo con el grupo de tanques y con el batallón de telegrafistas. Los soldados del tercer batallón, el batallón de telegrafistas y el grupo de tanques simpatizaban indudablemente con el Partido Comunista y eran hostiles a los oficiales y a todo el régimen burgués. Estas unidades hubieran ingresado en las filas de los insurgentes si hubiese habido dentro ellas un sólido núcleo de comunistas, o de la juventud comunista, o incluso un grupo de soldados revolucionarios que hubiesen recibido previamente instrucciones del Partido, o sea un núcleo capaz de resistir a la comandancia reaccionaria. Pero ese no era el caso. En lugar de dirigir toda la acción hacia la participación de los soldados y de los marinos en la insurrección, por unidades enteras o al menos por fracciones constituidas, en lugar de organizar una conveniente agitación política en el ejército, el Partido Comunista había separado a los soldados revolucionarios de sus unidades para unirlos a los grupos de obreros. Era un grave error. Era ingenuo pensar que el batallón del décimo regimiento, sin soldados comunistas, se pasaría activamente al campo de los insurrectos, siguiendo el llamado de nueve obreros desconocidos. Imaginemos la escena: las cinco y cuarto de la madrugada, todo está oscuro; el batallón está durmiendo; un grupito insignificante de hombres, desconocidos por todos, lo despierta y le asegura que la insurrección ha estallado, invitando al batallón a reunirse con los insurgentes. Los soldados no ven esta insurrección; las calles están vacías; no hay obreros. No sabían nada de los preparativos de la insurrección. ¿Qué actitud se podía esperar de ellos? Era de esperar que el batallón se mantuviera neutral hasta mayor Información. La mayoría de los soldados no sabían quién organizaba la revuelta: ¿los obreros o los fascistas? Si algo se podía esperar de este batallón lo cual era probable, puesto que no tomó parte en la acción contra los obreros, y por ello fue parcialmente desarmado, hubiera sido solamente en el caso de que un grupo más numeroso de obreros se hubiera presentado ante él, o de que hubiera habido, en el grupo, comunistas y soldados revolucionarios organizados.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Foquismo; Terminológico, 2019


«Guevara y su teoría del «foco» rompe con la concepción marxista-leninista de revolución y la toma de poder, condensando toda una serie de desviaciones antimarxistas. En dicha teoría Guevara no considera las condiciones objetivas y subjetivas para la revolución en su justa medida, sino que presenta las condiciones objetivas como algo a no tener en cuenta y que de hecho pueden ser reemplazadas por el «foco» –un pequeño grupo de guerrilleros– que las crearía por fuerza. Piensa que cualquier pequeña crisis es igual a una situación revolucionaria, y que una «chispa puede prender la pradera». No comprende la concepción marxista-leninista de la concienciación de las masas –basada en que las masas se convenzan a través de su experiencia práctica–, apostando en cambio por acciones espectaculares sin conexión con las masas que estimulen a las masas para tomar conciencia política –como si la realidad existente ya fuera poco combustible para la revolución–. Niega el rol del proletariado tanto en el control de cualquier expresión militar –como la guerrilla–, como también en la concienciación de las masas, creyendo que ésta solamente avanza a través de acciones militares. Se adhiere a la teoría de que el «pequeño motor» –los guerrilleros foquistas–, a través de estas acciones ponen en marcha al «motor grande» –las masas trabajadoras– para que el engranaje de la revolución se ponga a funcionar. Tiene una afinidad con la creencia anarquista de que la «historia las hacen los héroes», negando el papel de las masas en la revolución, relegándolos a la pasividad o en el mejor caso a un papel secundario, de ahí las tantas guerrillas foquistas y su desconexión con las masas. Así mismo se nota un desprecio por el aprovechamiento del trabajo legal de masas bajo la excusa de que es inservible y de que la burguesía tiende al establecimiento del fascismo. El foquismo peca de la unilateralidad sobre dónde se debe actuar militarmente, buscando las zonas más favorables para la guerrilla que según ellos es la montaña, la selva o el campo, pues según la concepción del foco solamente así podrá evitarse el ser delatados por el pueblo con el que apenas se tienen lazos o evitar que éste sufra represión a causa de la guerrilla –aunque ha habido casos de guerrillas guevaristas urbanas–, esto significaba por lo general una notable desconfianza en las masas y una nula presencia en la zonas neurálgicas de las masas, traducido en que en la práctica la cuidad y el proletariado fueran espectadores o en el mejor de los casos el furgón de cola de los acontecimientos en la teórica pugna por el poder entre el gobierno reaccionario y estos intelectuales guerrilleros. La incapacidad organizativa de estos intelectuales derivaría también en casos en que creían que el terrorismo individual y espectacular serviría de método excitante para las masas». (Equipo de Bitácora (M-L); Terminológico, 2019)». (Equipo de Bitácora (M-L); Terminológico, 2019)

lunes, 3 de junio de 2019

La mecánica adopción inicial de la «Guerra Popular Prolongada» (GPP) en el PCE (m-l) como método militar de toma de poder; Equipo de Bitácora (M-L), 2019


«Muchas de las organizaciones bajo influencia maoístas de la época esgrimían entre sus estatutos, manifiestos, panfletos y debates, la cuestión de adoptar como vía militar de toma de poder la teoría maoísta de la Guerra Popular Prolongada (GPP). Recomendamos consultar nuestro análisis sobre el PCE (r)/GRAPO y sus desviaciones: «Adopción de la Guerra Popular Prolongada (GPP) como método de toma de poder» de 2017.

El PCE (m-l) lamentablemente no fue una excepción, al menos en un inicio. Un ex militante diría:

«Al principio el PCE (m-l) fue una copia mimética de las propuestas chinas, inclusive, dado que los chinos consiguieron el poder a través de una guerra popular de carácter prolongado, el PCE (m-l) en su programa mantenía que España para liberarse y traer la democracia tenía que tener una guerra popular de carácter prolongado». (Entrevista a Pepe Avilés, ex militante del FRAP, 2016)

Esto no es ninguna exageración por mucho que algunos quieran ocultarlo por una u otras razones:

«Del seno de estas luchas de masas, y al calor de las mismas, se irá iniciando la lucha armada, que podrá tomar cuerpo primero en las zonas rurales apartadas, por ser éstas las que más pronto escaparán al control de la oligarquía proimperialista. Sólo a través de la lucha armada en el campo le será posible a las fuerzas revolucionarias acumularse, fortalecerse, aguerrirse, ir logrando victorias parciales sobre el enemigo hasta derrocarlo, y, con el apoyo de la insurrección general armada de todo el pueblo, liderar al país del yugo de la oligarquía yanqui-franquista y establecer un poder popular». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Línea Política del PCE (m-l), 1967)

Esta desviación se ve corregida en parte en ciertos documentos de 1973, en ellos suprime la idea de que el campo es el activo decisivo de las luchas:

«La lucha armada no puede surgir ni desarrollarse aislada de la lucha de masas, sino sólo en estrecho contacto con el movimiento obrero y campesino de masas. De las formas iniciales –huelgas, manifestaciones–, hay que ir pasando gradualmente –y la evolución espontánea de la lucha confirma esta trayectoria–, a formas superiores de combate: refriegas violentas con las fuerzas de la dictadura, asaltos, motines, etc. Para ello es necesaria la creación de grupos de combate y autodefensa, tanto en la ciudad como en el campo, núcleos del futuro ejército popular». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Línea política y programa, 1973)

Y ya en 1975 se rechazaba el concepto metafísico de que debía de ser sí o sí una lucha prolongada, predicción absurda que se decretaba antes incluso de iniciarse cualquier mínimo conflicto militar o de estudiar las características del país:

«Que esta guerra popular sea más o menos prolongada dependerá de toda una serie de factores objetivos y subjetivos, uno de los más importantes es, sin duda, la decisión de lucha del pueblo». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Sobre las situaciones revolucionarias, la lucha armada y la guerra popular, 1975)

Como hemos publicado en nuestro medio, la táctica militar de los chinos fue ampliamente criticada por Stalin: ante los yugoslavos en 1945, ante los indios en 1951, ante los indonesios en 1951, haciendo hincapié en las posibles consecuencias de adoptar dicha errónea estrategia. Véase «Stalin a los comunistas indonesios la vía china en la cuestión militar». Obviamente estos documentos no eran muy conocidos en los años de inicio del PCE (m-l), incluso en la actualidad son desconocidos para la mayoría. Vale decir que las críticas que Enver Hoxha y los albaneses realizaron a la GPP son una continuación de las críticas realizadas por Stalin en su momento.

Hemos desglosado varias veces las limitaciones de la GPP, por lo que no vemos necesario extendernos mucho más». (Equipo de Bitácora (M-L)Ensayo sobre el auge y caída del Partido Comunista de España (marxista-leninista), 2019)

lunes, 11 de marzo de 2019

Crítica comunista al anarquismo español y sus métodos en 1933


«España entraba en el nuevo año 1933, cuando el impulso revolucionario se acentuaba cada vez más en la ciudad y en el campo. En esta atmósfera estallaron los acontecimientos del 8 y 9 de enero en Madrid y Barcelona, acontecimientos que tuvieron repercusiones y una prolongación en otras regiones del país. En Barcelona, el 8 de enero, un grupo armado de bombas y de revólveres, atacó el cuartel de San Agustín, hirió a un centinela y disparó sobre el edificio. Al mismo tiempo se produjeron choques armados en diversos puntos de la ciudad. La policía detuvo, en varios lugares, automóviles cuyos ocupantes eran portadores de bombas y de armas de fuego. Algunos de ellos hicieron resistencia. En la estación se oyeron disparos. En algunas calles se disparó contra los agentes de la policía. Un tiroteo especialmente nutrido partió del balcón del inmueble ocupado por el Sindicato de Empleados de la Industria Hotelera. La policía sitió la casa y la tomó por asalto. Análogos acontecimientos se produjeron en Madrid el 9 de enero. Se hicieron ataques contra los cuarteles de María Cristina, la Montaña y Cuatro Vientos. El tiroteo fue especialmente vivo en las proximidades de este último cuartel. Se dispararon centenares de tiros. Los soldados y la policía rechazaron el ataque. La completa absurdidad de estos ataques armados, resalta sin necesidad de demostrarla especialmente. Fueron realizados al margen del movimiento de las masas, sin su apoyo. Iban dirigidos especialmente contra los cuarteles, contra los soldados, sin haber hecho el menor intento de sublevar al menos una parte, contra el mando. Semejantes acciones no pueden tener una significación revolucionaria positiva. Al contrario, revisten un carácter objetivo de provocación, separan a los soldados de la revolución y ayudan al Gobierno a acentuar la represión. (…) La idea del golpe de sorpresa, efectuado por un grupo de valientes, es presentada por los anarquistas como una receta mágica para hacer la revolución. (…) Hay que diferenciar también el movimiento de masas, digno de admiración, de la dirección anarquista que las lleva al fracaso. (…) No se trata de falta de valor ni de abnegación por la causa, de los jefes anarquistas. La verdad es que el contenido del anarquismo, de su ideología, de su táctica de lucha, hace que desempeñe un papel objetivamente contrarrevolucionario, a pesar de su valor personal». (J. Dornier; El desenvolvimiento de la revolución en España y la lucha contra el anarco-sindicalismo, 1933)

jueves, 20 de diciembre de 2018

El programa de los emigrados blanquistas de la comuna; Engels; 1874


«
Después de toda revolución o contrarrevolución abortada, los emigrados que se refugian en el extranjero despliegan una activad febril. Se forman grupos partidarios de diversos matices, cada uno de los cuales reprocha a los otros el haber llevado el carro al tremedal y los acusa de traición y de toda clase de pecados mortales. Mientras tanto conservan estrecho contacto con la patria, organizan, conspiran, publican octavillas y periódicos, juran que va a «recomenzar» dentro de veinticuatro horas, que la victoria es segura, en previsión de lo cual distribuyen desde ya los puestos gubernamentales. Como es lógico, se va de desilusión en desilusión, y como eso no se relaciona con las inevitables condiciones históricas, a las que no se quiere comprender, sino que se atribuye a errores fortuitos de unas u otras personas, las acusaciones recíprocas se acumulan y todo desemboca en una cizaña general. Tal es la historia de todas las emigraciones, desde los emigrados realistas de 1792 hasta nuestros días; y los emigrados que no pierden el sentido común y la razón procuran apartarse lo más posible de las riñas estériles en cuanto se presenta la menor posibilidad de hacerlo con tacto, y se ocupan de algo más útil.

La emigración francesa después de la Comuna tampoco ha evitado esa fatalidad. En virtud de la campaña europea de calumnias que ha afectado por igual a todos, más que nada en Londres, ya que se encuentra aquí el centro común, que la emigración francesa ha hallado en el Consejo General de la Internacional, ha debido contener por cierto tiempo, aunque no sea más que ante el mundo exterior, sus querellas intestinas, pero a lo largo de los dos años últimos ya no ha estado en condiciones de ocultar el proceso acelerado de disgregación. Una franca enemistad ha estallado por doquier. En Suiza, una parte de los emigrados, se adhirió a los bakuninistas particularmente bajo la influencia de Malón, que fue uno de los fundadores de la Alianza secreta. Después, en Londres, los llamados blanquistas se separaron de la Internacional para constituir un grupo autónomo llamado «La comuna revolucionaria». Luego han aparecido multitud de otros grupos que, no obstante, se han visto en estado de incesante transformación y reorganización y no han hecho nada que valga ni siquiera en materia de manifiestos; en cambio, los blanquistas, en su proclama a los «Communeux» [Confederados], han dado a conocer su programa al mundo entero.

No se llaman blanquistas por representar un grupo fundado por Blanqui –de los treinta y tres signatarios del programa, sólo dos o tres, todo lo más, habrán tenido alguna ocasión de hablar con él–, sino porque quieren actuar con arreglo a su espíritu y tradición. Blanqui es esencialmente un revolucionario político; no es socialista más que de sentimiento, por indignarse con los sufrimientos del pueblo, pero no posee teoría socialista ni propuestas prácticas definidas para la reorganización de la sociedad. En su actividad política no es sino un «hombre de acción» convencido de que una pequeña minoría bien organizada, al intentar en un momento oportuno efectuar un golpe de mano revolucionario, puede llevar a las masas del pueblo, tras de alcanzar algunos éxitos iniciales, a realizar una revolución victoriosa. Bajo Luis Felipe pudo organizar semejante núcleo, por supuesto, sólo como sociedad secreta, y ocurrió lo que suele ocurrir en las conspiraciones: los hombres, hartos de contenerse sin cesar y de escuchar promesas de que la cosa no tardaría en comenzar, terminaron por perder la paciencia, se rebelaron, y hubo de elegir una de dos: dejar que se disolviese la conspiración o comenzar la insurrección sin ningún motivo aparente. La insurrección estalló –el 12 de mayo de 1839– y fue aplastada en el acto. Por cierto, esta conspiración de Blanqui fue la única de la que la policía no consiguió hallar las huellas; la insurrección fue para ella como un rayo de un cielo sereno. De la idea blanquista de que toda revolución es obra de una pequeña minoría revolucionaria se desprende automáticamente la necesidad de una dictadura inmediatamente después del éxito de la insurrección, de una dictadura no de toda la clase revolucionaria, del proletariado, como es lógico, sino del contado número de personas que han llevado a cabo el golpe y que, a su vez, se hallan ya de antemano sometidas a la dictadura de una o de varias personas.

viernes, 14 de diciembre de 2018

¿Qué decían los propios bolcheviques rusos de las prácticas de los grupos anarquistas y seminarquistas que se vestían de marxistas?


«Los métodos revolucionarios de lucha, como las huelgas masivas y el levantamiento armado, fueron extensamente utilizados en Rusia, no bajo la influencia y liderazgo de los anarquistas, sino bajo el partido bolchevique. En la insurrección de Moscú de diciembre de 1905 –la más importante en Rusia hasta la revolución de 1917– no hubo una sola escuadra de lucha anarquista, mientras los bolcheviques incluso secciones de obreros mencheviques lucharon en las barricadas. Los métodos favoritos elegidos por los anarquistas en 1906-07 fueron el terror individual y las expropiaciones; pero éstos métodos demostraban su debilidad, y no la fortaleza del movimiento anarquista. Ello degeneró en puro bandidaje, el cual no tiene nada en común con los objetivos de la revolución. (...) Por supuesto, era más fácil atacar a pequeños tenderos, o robar apartamentos privados, que ponerse a organizar la lucha de clases contra la clase terrateniente o capitalista en general; era más fácil atacar a un oficial individual del gobierno zarista que organizar a las masas para derrocar el zarismo. Pero tal actividad no es revolucionaria, ni mucho menos. Esos anarquistas se llamaban así mismo comunistas. (...) Debe anotarse que estos anarquistas no llevaron a cabo sus actividades entre los obreros más organizados y con mayor conciencia de clase, sino entre las ruinas jóvenes de la pequeña burguesía, entre los intelectuales pequeño burgueses, entre el lumpenproletariado, y algunas veces entre verdaderos criminales, para los bandidos eran bastante adecuados en lo que respecta a robos y ataques a casas y tiendas. Para ello no precisaban de principios. (...) Pero las tácticas del terror individual y económico practicadas por los grupos anarquistas y los anarquistas individuales servían a despertar entre una sección de los obreros la falsa esperanza de que los «héroes» anarquistas estaban luchando su batalla, que ellos serían libres de la explotación como resultados de los actos terroristas anarquistas. Estas tácticas relajaron las actividades de las masas, suavizaron su espíritu de masas militante. (...) [En verano de 1906] Los anarquistas asesinaron al director  de los trabajos de ingeniería en esa ciudad, aunque ellos no tomaron parte en la huelga que estaba en progreso. Este acto terrorista, como la mayoría de este tipo, solo produjeron resultados negativos». (E. Yaroslavsky; Historia del anarquismo en Rusia, 1941)

viernes, 19 de octubre de 2018

El trotskismo boliviano, y sus concepciones sobre el ejército burgués y la revolución


«El trotskismo con su literatura repetitiva y palabrería insultante, también por su parte pretedió dividir al movimiento obrero, atacando al Comité Ejecutivo de la la Central Obrera Boliviana (COB). Sin embargo, caracterizado como está en nuestro medio, todas sus peroratas cayeron en el vacío.

En nuestro país, el trotskismo, cuyo aventurerismo y maximalismo es índice de que está huérfano de apoyo popular, plantea la toma del poder en todo tiempo y lugar, con la peregrina idea de que al influjo de la movilización gruesos sectores de las fuerzas armadas secundarán la acción obrera, le proveerán de armas y la toma de poder sería una realidad.

Esta concepción idealista niega el rol del partido de la clase obrera de conductor y guía de la insurrección, reduciendo dicho papel «únicamente (a) lanzar esta consigna, pero no (de) imponer desde el exterior la necesidad misma de ser gobierno, (puesto) que esto es resultado de un particular proceso interno que tiene lugar en las masas», según su dirigente Lora (Boletín Masas, Núm. XXX). Este increíble texto mucho más cercano de Hegel que de Marx, ignora la relación dialéctica entre el partido y las masas y atribuye al desarrollo de la conciencia para la toma del poder a un particular proceso –voluntarista de las masas.

De ahí concluye el trotskismo en la necesidad de que sea un cierto sector del Ejército el que brinde el apoyo logístico a la insurrección armada popular, afirmando además que por su origen de clase los oficiales, clases y soldados del Ejército todos ellos salidos del pueblo, por esta situación, todos ellos se volcarán en favor de la clase obrera y determinarán el triunfo de la insurrección armada de las clases oprimidas.

Los oficiales, clases y soldados responden a una jerarquía que dentro del Ejército es inculcada, respetada y castigada cuando alguien pretende violarla. Los mandos superiores son los que deciden, y las órdenes, como ellos afirman, no se discuten, sino que se cumplen. De haber sido cierta la tesis trotskista que comentamos, las diferentes situaciones revolucionarias que se han presentado en nuestro país habrían dado lugar a tantas insurrecciones armadas y el pueblo y su clase obrera, en estos momentos, ya estaría en posesión del poder. Si el trotskismo quiere recurrir a la experiencia de la insurrección armada de 1952, no debe olvidarse de que en ese entonces hubo un partido, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), que hegemonizó todo el proceso de la insurrección popular.

Además, hay razones sobradas para que los oficiales, clases y soldados de las fuerzas armadas estén divorciadas del pueblo; su condición de casta privilegiada que es antagónica a la situación e intereses de la clase obrera. De ahí que la labor voluntarista del trotskismo se estrelle contra la pared y no deje de ser un discurso lírico ajeno no sólo a nuestra realidad sino a la experiencia histórica de todos los pueblos». (Partido Comunista de Bolivia (marxista-leninista); Las gloriosas jornadas de marzo. El desafío histórico del proletariado minero y los trabajadores bolivianos frente a la burguesía y el imperialismo; Publicado en «Teoría y práctica», Nº5, 1985)

Anotación de Bitácora (M-L):

Ya dijimos una vez:

«1) El proletariado no puede dejar de tener su cuerpo militar bien para defenderse en las condiciones donde todavía no ha tomado el poder y porque debe ir curtiéndose en lo militar y preparar la toma de poder;

2) La participación dentro de los límites de la democracia burguesa no puede dar el anhelo al cambio político, económico y cultura que desea el proletariado, debe demoler toda la maquinaria del Estado burgués –el parlamento, los cuerpos represivos, las leyes burguesas, etc.– y crear un poder popular propio con su propio ejército popular, cambio al que la burguesía no estará dispuesta a contemplar de brazos cruzados ni de forma pacífica;

3) Cualquier reforma política que consiga el proletariado y las masas trabajadoras en el marco de la democracia burguesa debe ser una victoria de concienciación, un impulso para la revolución, que tomará en sus manos el poder político, y dependiendo del contexto y al ritmo debido, todos los medios de producción acabando con el capitalismo». (Equipo de Bitácora (M-L); Una reflexión necesaria sobre las FARC-EP, los acuerdos de paz y la historia de las guerrillas en Colombia, 2016) 

Apúntese que otra desviación sobre el tema igual de errónea es creer como algunos ultraizquierdistas que dentro de los cuerpos represivos son un todo homogéneo ultrareaccionario, donde no existen elementos del pueblo con unas mínimas inclinaciones progresistas, o peor aún que en el caso de ser unos reaccionarios todos y cada uno de ellos: que no se debe realizar un trabajo entre ellos para desmoralizarlos y neutralizarlos y que por tanto había que abandonar toda agitación entre ellos. He aquí porqué de nuevo el rol del partido comunista es indispensable. Véase el post: Los comunistas y su trabajo dentro de los cuerpos represivos.

sábado, 6 de octubre de 2018

Stalin comentando a los comunistas indonesios las deficiencias militares de la vía china


«Continuando con las cuestiones tácticas, el documento aconseja que el camino de la «revolución armada», esto es, la guerra de guerrillas en el campo, es el único camino que puede conducir a la victoria. Ciertamente la experiencia china muestra que el método de guerra de guerrillas, con la creación de áreas liberadas controladas por la guerrilla y la organización en esas áreas de un ejército de liberación nacional, debe ser reconocido como un método oportuno para un país tan atrasado como Indonesia. Pero el problema es que en las condiciones indonesias, los métodos aplicados en China, solo pueden ser aplicados con sustanciales modificaciones.

Primero, el éxito del uso de los métodos de la guerra de guerrilla es predicado sobre la existencia de un gran país con un gran número de bosques y zonas montañosas localizadas fuera de los ferrocarriles y las ciudades. Indonesia posee estas condiciones en una manera limitada.

Segundo, incluso si los comunistas capturasen un área liberada por la guerrilla y establecen allí un ejercito de liberación nacional, sin embargo el área solo representaría una isla en todo el estado, esta isla podría ser rodeada fácilmente por el enemigo porque no tendría un apoyo sólido alrededor suyo. 

Los comunistas chinos encontraron un sólido apoyo en Manchuria apoyados por el hermano Estado Soviético, con lo que el enemigo perdió la oportunidad de cercarlos. Indonesia representa un grupo de islas rodeadas por mares, y los camaradas indonesios no podrían ser apoyados en cualquier parte. Por supuesto, es posible salir de una zona guerrillera liberada, cortar el cerco y establecer una nueva zona liberada en algún otro lugar. Pero esto no lo protege de un nuevo cerco, en cuyo caso la guerrilla tendría que trasladarse nuevamente a otra zona. Esto es lo que les pasó a los comunistas chinos. Sin embargo, finalmente encontraron una solución cuando se trasladaron a Manchuria y establecieron una retaguardia sólida en Manchuria, apoyándose contra la URSS como contra su propia retaguardia, el enemigo perdió la capacidad de rodearlos y los comunistas chinos aprovecharon la oportunidad para librar una ofensiva planificada contra el ejército de Chiang Kaishek de Norte a Sur. ¿Podemos suponer que los camaradas indonesios, después de ganar un área liberada por la guerrilla, tendrían la oportunidad, como lo hicieron los camaradas chinos, de apoyarse contra las fronteras como contra su propia retaguardia y así privar al enemigo de la oportunidad de rodearlas? No, no podemos, porque Indonesia comprende un grupo de islas rodeadas por el mar y, por lo tanto, los camaradas indonesios no podrán establecer una retaguardia segura.

En tercer lugar, los comunistas chinos tenían una ventaja debido a que, después de su ruptura con el Kuomintang en 1927, ya tenían a su disposición un ejército de varias decenas de miles de hombres, que emplearon en la lucha contra las unidades de Chiang Kaishek. Los camaradas indonesios no tienen actualmente ejército y todavía tienen que construirlo.

Así las condiciones específicas de Indonesia limitan para los indonesios el uso del método de la guerra de guerrillas, el método de la «revolución armada».

¿Cuál es la solución? El camino está en complementar el método de la guerra de guerrillas con el método de la actividad revolucionaria por la clase obrera en las ciudades y centros industriales, con el método de todas las luchas económicas y huelgas políticas, las cuales paralizaran la actividad del gobierno reaccionario, y son un certero apoyo para la guerra de guerrillas en el campo. El camino consiste en la combinación de estos dos métodos.

Por ello, es absolutamente imposible desestimar la importancia del trabajo político y de organización entre la clase obrera, más que eso, es absolutamente necesario en todos los posibles caminos ganar la mayoría de la clase obrera, recordando que la actividad del partido entre los obreros no es menos importante que la actividad entre el campesinado y las guerrillas». (Proyecto de respuesta del Secretario General Soviético (Iósif Stalin) a la carta de Partido Comunista de Indonesia, enero de 1951)

Anotación de Bitácora (M-L):

Stalin ya criticó en otras ocasiones las deficiencias de la táctica militar china, y los intentos de extrapolar mecánicamente dicha experiencia. En una conversación con los comunistas indios esgrimiría tesis muy similares, pero ampliadas. 
¿Cuáles eran los puntos importantes de esta crítica al modelo chino? 

En primer lugar, se señalaba la diferencia entre una guerra de guerrillas –también llamada guerra partisana–, y una lucha armada en todo su sentido, siendo que esta última incluye tanto una guerra de guerrillas de campesinos en el campo, montaña o monte, como huelgas y levantamientos de obreros, es decir, es una combinación de lucha en la ciudad y el campo a la vez, de forma simultanea. Esto a su vez significa que hay una consiguiente limitación para quienes decidan utilizar solo una de las posibilidades:

«Stalin: En cuanto a la lucha armada, se debe decir que los chinos no hablaron de la lucha armada, sino que hablaron de revolución armada. Lo consideraban una guerra partisana con las regiones liberadas y con un ejército de liberación. Esto significa que es necesario hablar de la revolución armada y guerra partisana y no de la lucha armada. La expresión «lucha armada» fue mencionada por primera vez en los periódicos de la Kominform. La lucha armada significa más que una guerra partisana, significa la combinación de guerra partisana del campesinado y huelgas generales y levantamientos de los obreros. En su escala, una guerra partisana es más estrecha que una lucha armada». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Grabación de las Discusiones de Iósif Stalin con los Representantes del Comité Central del Partido Comunista de la India, Camaradas Rao, Dange, Ghosh y Punniaiah, 9 de febrero de 1951)

En segundo lugar, se advertía de las desventajas e inconsistencia de una guerra de guerrillas campesina si esta no es asistida por un Estado vecino amigo, como fue el caso de la guerrilla china y la asistencia y posibilidad de resguardo en la frontera soviético-mongola:

«Stalin: ¿Qué es una región partisana liberada? Es completamente una isla en el Estado, no hay ninguna parte trasera en esta región, puede estar rodeada, bloqueada; no tiene parte trasera sobre la que pueda apoyarse. Eso es lo que sucedió en Yan'an, fue rodeado y los chinos salieron de ese lugar con grandes bajas. Esto hubiera continuado durante mucho tiempo si los comunistas chinos no hubieran decidido cruzar a Manchuria. Al mudarse a Manchuria, mejoraron rápidamente su propia posición, encontraron una retaguardia en forma de Estado amistoso. No era ahora una isla, era algo así como una península que descansaba en la URSS en un extremo. Después de esto, Chiang Kai-shek perdió la posibilidad de rodear a los partisanos chinos. Y solo después de esto, mientras los chinos descansaban, tenían la posibilidad de pasar a la ofensiva de Norte a Sur. Tal es la historia. ¿Qué extraemos de esto? La guerra partisana de los campesinos es un asunto serio y una gran adquisición para la revolución. En esta área, los chinos hicieron nuevas contribuciones en la práctica revolucionaria, particularmente para los países atrasados. Por supuesto, cada comunista en un país donde los campesinos constituyen entre un 80 a un 90% de la población; está obligado a aplicar este método en su arsenal de luchas. Esto es indudable, pero también a partir de esta experiencia de los camaradas chinos, se deduce que la guerra partisana de las regiones liberadas presenta grandes desventajas. Estas desventajas son que las regiones partisanas son islas que siempre están expuestas a un bloqueo. Solamente es posible romper este anillo victoriosamente creando una base estable, ligada y apoyada a un Estado vecino amigo y estableciendo en este Estado una parte trasera estable. Los chinos tomaron este paso sensible al asentarse en Manchuria. Si no hubiesen hecho esto no sé cómo habrían terminado las cosas. En la guerra partisana, uno no tiene la fortaleza suficiente para alcanzar la victoria. La guerra partisana conlleva a una victoria sin falta solamente si se basa en lazos con estado vecinos amigables. Es altamente característico que hasta que los camaradas chinos alcanzaron Manchuria, no deseaban atacar, temiendo que fueran cercados; fue sólo hasta después de esta situación que comenzaron a planificar su avance y comenzaron a obtener victorias en contra de las tropas de Chiang Kai-shek. Debemos tener en cuenta estas desventajas de la guerra partisana». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Grabación de las Discusiones de Iósif Stalin con los Representantes del Comité Central del Partido Comunista de la India, Camaradas Rao, Dange, Ghosh y Punniaiah, 9 de febrero de 1951)

En tercer lugar, se apuntaba cómo la teoría maoísta de toma del poder había tenido una más que obvia inconexión con la ciudad, por ende, se recomendaba a los comunistas indios que, a diferencia de la limitada guerra de guerrillas campesinas de los chinos, intentasen desarrollar desde el primer momento lazos entre los campesinos y los obreros, entre la ciudad y el campo, creando una lucha armada más dinámica, que abarcase un todo:

«Stalin: ¿Necesitáis una guerra partisana? Indudablemente sí. ¿Habrá regiones liberadas y un ejército de liberación nacional? Vosotros tendréis tales regiones y posiblemente también tal ejército, pero esto es insuficiente para obtener la victoria. Necesitáis combinar la guerra partisana con las acciones revolucionarias de los obreros. Sin ello, la guerra partisana por sí sola no tendrá éxito. Si los camaradas indios pueden organizar seriamente huelgas generales de los obreros ferroviarios, eso paralizará la vida del país y el gobierno, podría probarse como una ayuda enorme para la guerra partisana. Tomen al campesino, por ejemplo; y díganle ésta es tu guerra partisana y tienes que lucharla. Entonces, el campesino preguntará: ¿por qué debe esta lucha agotadora recaer solo en mí? ¿Qué harán los obreros? Ellos no estarán de acuerdo en que debe tomar solos todo el peso de la revolución. Son lo suficientemente inteligentes. Ellos son conscientes y saben que todo lo malo proviene de las ciudades, de los impuestos, etc. Querrán un aliado en las ciudades.

Si le dices que soportaría el peso de la lucha junto con los obreros, ellos entenderán y lo aceptaran. Tal fue el caso con nosotros en Rusia. Es necesario llevar a cabo el trabajo no solo entre los campesinos, no solo para crear destacamentos partisanos, sino también para llevar a cabo un trabajo intenso entre la clase obrera, luchar por su confianza y ganar la mayoría entre ella, es necesario contar con destacamentos armados entre los obreros, preparar las huelgas de los obreros, de los ferroviarios y tener destacamentos de obreros en las ciudades.

Cuando estas dos corrientes se conectan, la victoria puede considerarse segura. Sabéis que en Rusia, durante 1905, el zar se rindió a la gente, le dio la Duma y una gama de otras libertades. El zar se vio obligado a retirarse.

¿Qué provocó tal terror en el zar? ¡Las huelgas de los obreros ferroviarios! La capital fue cortada del resto del país, los ferroviarios solo dejaron ingresar en Petrogrado las delegaciones de los obreros y no permitieron la entrada a bienes ni a ninguna otra cosa.
La importancia de las huelgas de los obreros ferroviarios fue muy grande en la revolución y esto ayudó a los destacamentos partisanos.

Luego, el trabajo entre las guarniciones, entre los soldados. En 1917, habíamos llevado a cabo propaganda entre los soldados en la medida de extender que toda la guarnición estuviese de nuestro lado.

¿Qué trajo a los soldados? La cuestión de la tierra. Era un arma tal que ni siquiera los cosacos, que eran los guardias pretorianos del zar, pudieron resistirse. Para llevar a cabo la política correcta, uno puede sembrar un estado de ánimo revolucionario y evocar diferencias dentro de los círculos reaccionarios.

El camino chino fue bueno para China, pero no es suficiente para la India donde es necesario combinar la lucha proletaria en las ciudades con la lucha de los campesinos. Algunos piensan que los camaradas chinos están en contra de tal combinación. Esto es incorrecto. ¿Habría estado descontento Mao Zedong si los trabajadores de Shanghai se hubieran declarado en huelga cuando su ejército se fue a Nanking, o si los obreros hubieran saboteado las fábricas de armamentos? Por supuesto que no. Mao Zedong hubiese estado feliz si los obreros ferroviarios hubiesen realizado una huelga laboral y Chiang Kai-shek hubiese sido privado de la posibilidad de recibir proyectiles, pero hubo una ausencia en las relaciones con los obreros: fue una necesidad dolorosa más no ideal. 

Dange: Casi convertimos la teoría de la guerra partisana en una teoría que no requiere de la participación de la clase obrera. 

Stalin: Si Mao Zedong se enterase de esto, los maldeciría. (Risas)». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Grabación de las Discusiones de Iósif Stalin con los Representantes del Comité Central del Partido Comunista de la India, Camaradas Rao, Dange, Ghosh y Punniaiah, 9 de febrero de 1951)

En cuarto lugar, la guerra de guerrillas como tal, por cuestiones como la concentración de las unidades de producción y desarrollos tecnológicos, suele tener una importancia menor en los países desarrollados, mayor en los subdesarrollados: 

«Stalin: También me preguntas, bajo qué condiciones se podría emprender una guerra partidista. En los países capitalistas avanzados, la guerra partidista puede no tener gran importancia, aquí los partidarios son rápidamente secuestrados. Un significado especialmente importante se atribuye a la guerra partisana en los países de desarrollo medio y atrasado. Por ejemplo, es muy difícil iniciar una guerra partidista en los Estados Unidos o en Alemania. Aquí esencialmente hay muchas ciudades grandes, una red ferroviaria desarrollada, regiones industriales y los partisanos en estas condiciones son inmediatamente capturados». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Grabación de las Discusiones de Iósif Stalin con los Representantes del Comité Central del Partido Comunista de la India, Camaradas Rao, Dange, Ghosh y Punniaiah, 9 de febrero de 1951)

En quinto lugar, se subrayaba la importancia de comprender que para la lucha armada era necesaria la maduración tanto de las condiciones objetivas como de las condiciones subjetivas, siendo ambos factores requisitos imprescindibles para que esta tuviera posibilidad de éxito:

«Stalin: Es necesario que el partido se fortalezca y oriente la lucha de masas en la dirección necesaria y, a veces, incluso detenga a las masas. ¿Cómo empezamos en 1917?

Teníamos muchos simpatizantes en el ejército, en la flota, teníamos los soviets de Moscú y Leningrado. Sin embargo, restringimos el movimiento insurreccional de los obreros. Presentaron la demanda de expulsar al Gobierno Provisional. Pero esto no entró en nuestros planes, pues la guarnición de Leningrado no estaba en nuestras manos. En julio de 1917, los obreros de la principal fábrica de Putilov, donde trabajaban entre 40 y 50.000 personas, comenzaron manifestaciones en las que se unieron los marineros y soldados. Exigieron el derrocamiento del Gobierno Provisional y acudieron con estas demandas al edificio de la Comité Central. Los contuvimos porque sabíamos que no se habían hecho todos los preparativos para el serio levantamiento que habíamos planeado. El factor objetivo para el levantamiento existió, cuando las masas avanzaron, pero el factor subjetivo del levantamiento no existió, el partido aún no estaba listo.

La cuestión del levantamiento se puso en marcha en un mes, en septiembre de 1917. Decidimos organizar el levantamiento, pero fue ultrasecreto. No publicamos nada sobre esto. Cuando Kamenev y Zinoviev, miembros del Politburó, se expresaron en forma impresa contra el levantamiento, considerándolo aventurero, Lenin los declaró traidores y dijo que habían entregado nuestros planes al enemigo. Por lo tanto, nunca ha de gritarse el levantamiento, de lo contrario el elemento inesperado en el levantamiento se pierde.

Aquí el camarada Rao dice: id ante la gente y pregúntales sobre el levantamiento armado. Esto nunca se hace, nunca clamas por tus planes, os arrestarán a todos. Supongamos que el campesino dice: sí, necesitamos un levantamiento. Pero esto todavía no significa que debamos seguir a la gente y ponernos a la zaga de la gente. Liderazgo significa que uno tiene que llevar a su propia gente. La gente a veces dirá que está lista para un levantamiento, tomando como punto de partida los hechos y eventos de su propia región, pero no desde el punto de vista de todo el país en conformidad con la posibilidad general del levantamiento. Esta cuestión debe ser decidida por el Comité Central». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Grabación de las Discusiones de Iósif Stalin con los Representantes del Comité Central del Partido Comunista de la India, Camaradas Rao, Dange, Ghosh y Punniaiah, 9 de febrero de 1951)