sábado, 20 de febrero de 2021

¿Con quién estamos, con los contenedores o con el pueblo?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«¡Oh, no, los contenedores!», gritan los pusilánimes [1] mientras las unidades antidisturbios se dedican a vaciar ojos y a usar munición real [2] contra manifestantes. Pareciera que la gran víctima de las movilizaciones que se están sucediendo esta semana fuera el inerte mobiliario urbano. Es más, si atendemos a las afirmaciones de los «grandes analistas», pareciera que esta ola de violencia espontánea –sí, espontánea, como no podría ser de otro modo– se debe únicamente a la detención de Hasél. La realidad es que los vasallos de los capitalistas –a uno y otro lado del espectro político– no entienden nada. Los trabajadores no queman las calles por un rapero encarcelado, lo hacen porque entienden que la severidad de su condena es desproporcionada [3] y que, en realidad, se debe a que la justicia burguesa lo está juzgando con dureza por ser, o, mejor dicho, por creer que Hasél es «comunista» –ésta no distingue entre churras y merinas, simplemente aparta de un guantazo todo lo que diga ser opuesto a su sistema–. Quizás –una apuesta arriesgada, lo sabemos– también inundan las calles por la rabia acumulada: por el peso de la pandemia que cargan sobre sus hombros, por el último caso de violencia perpetrado por dos «agentes de la ley», por la celebración de unas elecciones absurdas que solo pueden ser calificadas como atentado contra la salud pública –nos referimos a las catalanas, evidentemente, que se han celebrado con una tasas de contagio astronómicamente superiores a las que propiciaron el encierro de 2020–. 

Mientras las masas responden de la única forma que pueden responder en ausencia de un partido comunista, con violencia espontánea e inusitada, los socialdemócratas en el gobierno despliegan sus agentes represivos mientras lanzan consignas abstractas sobre la «libertad de expresión», condenan el encarcelamiento de Hasél –como si no tuvieran el poder para ponerle fin– y llaman a la calma, a la paz social. Y, claro está, la espiral de violencia sigue en aumento, haciendo que sea difícil posicionarse. ¿Quién tiene razón? ¿Los contenedores? ¿Los millares de personas que protestan contra la absurda brutalidad del sistema? ¿Vox, Roberto Vaquero, Armesilla, Inda y Bastión Frontal, que creen que Hasél y, por extensión, los manifestantes, «se lo han buscado» y «se lo merecen»? ¡Si hasta el siervo del régimen juche, Alejandro Cao de Benos, mandó  «total apoyo a los policías no fachas y de vocación, que tienen que comerse los marrones, los insultos de un pueblo al que sirven»!

Quizá la primera acusación en contra de estos «jóvenes alocados» sea que, en realidad, no son más que vagos, maleantes, lumpens o «anarquistas antisemitas extremoderechistas italianos» organizados que cruzan el Mediterráneo en busca de jarana –como decía Antena3–. Los medios generalistas han desgastado estas acusaciones. Evidentemente no creemos sorprender a nadie cuando afirmamos que, entre los millones de personas que conforman las clases trabajadoras –y, por extensión, que engrosan las manifestaciones– podemos encontrar elementos nocivos, anarquistas, lumpens y un largo etcétera. Pero a quienes afirman tales cosas, queremos contarles una anécdota –no, no es ninguna clase de invento–. Es más, lo redactaremos como si se tratase de una novela. Ahí va:  

La anciana, hostigada por el ruido y el brillo de los disturbios callejeros, salió al balcón de su «modesto» piso del barrio de l’Eixample de Barcelona y gritó:

-«¡Buscad un trabajo, o algo, y dejad de dar por culo!».

De entre las decenas de personas que observaban atónitas a tan valiente ciudadana, solamente un bárbaro, aquél que llevaba un semáforo entre sus brazos, osó alzar su voz:

-«¡Señora, tengo una carrera, dos masters y trabajo siete días a la semana! ¡Baje aquí a chuparme la p…!». El lector podrá imaginar sin demasiada dificultad cómo sigue este episodio surrealista. 

Sin embargo, el principal argumento en defensa del inocente mobiliario urbano que, evidentemente, no responde a una lógica urbanística opresiva y hostil hacia el oprimido, como es el caso de este inofensivo a la par que «inclusivo banco», al que para nada se le han incorporado reposabrazos para que los sintecho no puedan dormir en él, es que su destrucción se da en perjuicio del proletario.


Consideramos que Marx, hace más de 140 años, respondió esta sandez con elegancia y precisión:

«El filósofo produce ideas, el poeta poemas, el cura sermones, el profesor compendios, etc. El delincuente produce delitos. Fijémonos un poco más de cerca en la conexión que existe entre esta última rama de producción y el conjunto de la sociedad y ello nos ayudará a sobreponernos a muchos prejuicios. El delincuente no produce solamente delitos: produce: además, el derecho penal y, con ello, al mismo tiempo, al profesor encargado de sustentar cursos sobre esta materia y, además, el inevitable compendio en que este mismo profesor lanza al mercado sus lecciones como una «mercancía». Lo cual contribuye a incrementar la riqueza nacional, aparte de la fruición privada que, según nos hace ver, un testigo competente, el señor profesor Roscher, el manuscrito del compendio produce a su propio autor.

El delincuente produce, asimismo, toda la policía y la administración de justicia penal: esbirros, jueces, verdugos, jurados, etc., y, a su vez, todas estas diferentes ramas de industria que representan otras tantas categorías de la división social del trabajo; desarrollan diferentes capacidades del espíritu humano, crean nuevas necesidades y nuevos modos de satisfacerlas. Solamente la tortura ha dado pie a los más ingeniosos inventos mecánicos y ocupa, en la producción de sus instrumentos, a gran número de honrados artesanos.

El delincuente produce una impresión, unas veces moral, otras veces trágica, según los casos, prestando con ello un «servicio» al movimiento de los sentimientos morales y estéticos del público. No sólo produce manuales de derecho penal, códigos penales y, por tanto, legisladores que se ocupan de los delitos y las penas; produce también arte, literatura, novelas e incluso tragedias, como lo demuestran, no sólo La culpa de Müllner o Los bandidos de Schiller, sino incluso el Edipo –de Sófocles– y el Ricardo III –de Shakespeare–. El delincuente rompe la monotonía y el aplomo cotidiano de la vida burguesa. La preserva así del estancamiento y, provoca esa tensión y ese desasosiego sin los que hasta el acicate de la competencia se embotaría. Impulsa con ello las fuerzas productivas. El crimen descarga al mercado de trabajo de una parte de la superpoblación sobrante, reduciendo así la competencia entre los trabajadores y poniendo coto hasta cierto punto a la baja del salario, y, al mismo tiempo, la lucha contra la delincuencia absorbe a otra parte de la misma población. Por todas estas razones, el delincuente actúa como una de esas «compensaciones» naturales que contribuyen a restablecer el equilibrio adecuado y abren toda una perspectiva de ramas «útiles» de trabajo.

Podríamos poner de relieve hasta en sus últimos detalles el modo como el delincuente influye en el desarrollo de la productividad. Los cerrajeros jamás habrían podido alcanzar su actual perfección, si no hubiese ladrones. Y la fabricación de billetes de banco no habría llegado nunca a su actual refinamiento a no ser por los falsificadores de moneda. El microscopio no habría encontrado acceso a los negocios comerciales corrientes –véase Babbage– si no le hubiera abierto el camino el fraude comercial. Y la química práctica, debiera estarle tan agradecida a las adulteraciones de mercancías y al intento de descubrirlas como al honrado celo por aumentar la productividad.

El delito, con los nuevos recursos que cada día se descubren para atentar contra la propiedad, obliga a descubrir a cada paso nuevos medios de defensa y se revela, así, tan productivo como las huelgas, en lo tocante a la invención de máquinas. Y abandonado al campo del delito privado, ¿acaso, sin los delitos nacionales, habría llegado a crearse nunca el mercado mundial? Más aún, ¿existirían siquiera naciones? ¿Y no es en el árbol del pecado, al mismo tiempo y desde Adán, el árbol del conocimiento? Ya Mandeville en su Fábula de las abejas –1705– había demostrado la productividad de todos los posibles oficios, etc., poniendo de manifiesto en general la tendencia de toda esta argumentación:

«Lo que en este mundo llamamos el mal, tanto el moral como el natural, es el gran principio que nos convierte en criaturas sociales, la base firme, la vida y el puntal de todas las industrias y ocupaciones, sin excepción; aquí reside el verdadero origen de todas las artes y ciencias y, a partir del momento en que el mal cesara, la sociedad decaería necesariamente, si es que no perece completamente».

Lo que ocurre es que Mandeville era, naturalmente, mucho más, infinitamente más audaz y más honrado que los apologistas filisteos de la sociedad burguesa. (Karl Marx; Concepción apologética de la productividad de todas las profesiones, 1860-66)

Este elogio del crimen no es, en realidad, ningún elogio del crimen, sino una impoluta exposición de una máxima del sistema que habitamos: todo lo que es en beneficio de un trabajador ocurre, en realidad, en detrimento de tantos otros. Al fin y al cabo, estas manifestaciones aseguran el trabajo a cristaleros, cerrajeros, cementeras, transportistas, electricistas, técnicos, barrenderos y, por qué no decirlo, a todos los elementos circenses que se dedican a impartir cátedra desde los platós televisivos más putrefactos.

Quizá otro de los argumentos más sonados sea aquél de «esto lo pagamos todos». Bueno, sí, también pagamos un ministerio inútil, como el de Igualdad con sus «informes con perspectiva de género», a la policía que se dedica a lisiar a nuestros hijos, hermanos y abuelos, los rescates bancarios y autopistas, el despliegue de tropas y bombardeos en tierras extranjeras, y a la monarquía y su séquito de chupópteros. Es más, con nuestros impuestos pagamos la misma estructura que permite al opresor practicar su dominación: el Estado burgués. 

También los hay –nos referimos a los reaccionarios travestidos de revolucionarios– que rechazan esta violencia porque «no es revolucionaria». Será que no es economicista, más bien. ¿Cómo puede ser que nadie proteste por Luis Víctor Gualotuña, un trabajador sin contrato de 55 años, que falleció en un accidente laboral el pasado 18 de febrero? Quizá sea porque la clase trabajadora está insensibilizada ante este tipo de violencia, porque la ve como algo normal, pues la vive a diario. Y nosotros decimos: ojalá no tarde en llegar el día en que las masas digan alto y claro: «¡basta!». Pero, en lugar de bramar como borregos presentando una falsa dicotomía –como si protestar por una cosa anulara la consideración por la otra–, comprendemos que la dirección ideológica es fundamental no solo para que los trabajadores tomen plena conciencia del horror que les rodea, sino para ser dirigidos de forma eficiente. Y esto no sucederá ni hoy, ni mañana, ni pasado, sin el partido del proletariado. Los hay que responderán: «¡Pero sí que existe! ¡Mira el comunicado de mi partido!». Señores, hablamos de PARTIDO –en mayúsculas–, no de caricaturas; de una organización que infunda temor –y no risa– a los poderosos. Si este o aquel «fuese el partido verdadero», el movimiento comunista no estaría compuesto por mil y uno ejércitos de Pancho Villa –a cada cual más patético–. 

Otros, los reconstitucionalistas [4], nos hablan de que los saqueos –de cualquier tipo y en cualquier situación– son «redistribución inmediata de la riqueza», y sonríen complacidos. ¿¡Qué!? Debe de ser una broma. ¿Y este es el objetivo de nuestros revolucionarios, convertirse en los Robin Hood del siglo XXI? De ser sincera tal inclinación no imaginamos un eslogan más reformista e impotente. Pero, en estos casos, ni siquiera suelen ser así, dado que no se trata de robos y repartos para la población más necesitada –y que de ocurrir no sería sino un asistencialismo igual de inofensivo para dañar y cambiar el sistema que da luz a ese problema–, sino que la mayoría de estos saqueos son cometidos con la intención de hacer un acopio de todo lo que se pueda para satisfacer un enfermizo consumismo, para que el lumpen atesore sus ansiados «bienes de prestigio». La cuestión es la siguiente: cuando el lumpen repleto de rolex, zapatillas de marca y demás roba una televisión de plasma, ¿lo hace por necesidad o para seguir acumulando abalorios en la cueva de Alí Baba y los 40 ladrones? ¿Es para nuestros amigos reconstitucionalistas una «redistribución de la riqueza» que algunos de los artículos rapiñados fueran vendidos luego en Wallapop? Comparar una acción de protesta espontánea, como el asalto a un supermercado de obreros y desempleados, con un saqueo a una tienda para llevarse una camiseta de tu equipo de fútbol favorito o un patinete eléctrico, es de por sí mezquino para la gente que pasa necesidades, es de ser un indigente mental. ¿Qué quiere decirnos el lumpen cuando asalta una multinacional para robar sus artículos? Nuestros idealistas responderán: «¡Denunciar las condiciones infrahumanas de quienes trabajan para fabricarlas en Bangladesh»! ¡Seguro! ¿Y cuándo asalta la humilde tienda de frutas de un tendero? Ahí ya ni siquiera contestan, solo defienden, como Bakunin, que nos dejemos de «purismos», que la «revolución no se hace con guantes de seda» y demás frases manidas totalmente sacadas de contexto. En este último caso, bien harían en repasar las propuestas de Marx y Engels sobre el trato a la pequeña burguesía.

Y esto nos lleva al extremo que, con total seguridad, es el grupo más patético: el que rechaza estos estallidos de violencia y otros similares porque carecen de pureza ideológica, los que jalean a los perros del Estado para que repriman con furia a la muchedumbre enrabiada. Sí, hablamos de los socialreaccionarios, como Reconstrucción Comunista, su Frente Obrero y su camarilla de mentecatos. ¿Pero tiene el pueblo motivos para protestas o no?

Si podemos decir que el izquierdismo supone ignorar las condiciones dadas en favor de unas fantásticas e imaginarias, y que el derechismo supone elevar a la santidad el orden establecido, lo de los secuaces de Roberto Vaquero solo puede ser calificado de «esquizofrenia reaccionaria». El proletariado, en ausencia de una dirección y organización efectiva, actúa de forma espontánea. ¿Acaso puede ser de otra forma? Es más que evidente que los disturbios de esta semana no culminarán en nada provechoso [5], y es también probable que la razzia represiva posterior cause verdaderos estragos. Pero estas protestas son un claro indicador de algo que estos protofascistas jamás podrán comprender: por vacilante, vapuleado, desorientado, espontáneo y confundido que esté, el pueblo está vivo, cansado y enfadado. Y es el papel de los comunistas, marxistas o como quiera que se nos quiera llamar, hacer que las condiciones objetivas y las subjetivas coincidan. 

Lo que determina si un acto es revolucionario no es la acción «en sí», sino la organización previa, el motivo por el que se desencadena en primer lugar y la participación de las masas en él. La violencia será revolucionaria cuando las masas estén dispuestas a apoyarla y ser parte de ella, cuando la sientan propia, y cuando esté dirigida a un fin emancipador. 

Es por ello que nosotros estamos con el pueblo, no con los contenedores».  (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Con quién estamos, con los contenedores o con el pueblo?, 2021)

Anotación de Bitácora (M-L):

[1] 
«@EnriqueSantiago: Hasel insultó también a Anguita. Pero una democracia no encarcela por ello. La protesta pacífica pidiendo indulto y reforma del Código Penal es imprescindible. La obligación de las FCSE es evitar que una pequeña manifestación acabe en un caos, que luego es usado por la derecha». (Twitter; Enrique Santiago, 18 de febrero de 2021)

«Julio Anguita: Yo estaba en la concentración del 22M, y naturalmente se de donde venia la violencia. Mis compañeros y compañeras, cuando vean algún sospechoso, o alguna persona que pretendía alterar el orden, debían cogerlo y entregárselo a la policía». (Dossier TM: Los rostros de la violencia callejera, 2014)

[2] El Público; El joven herido por disparos de la Policía en Linares: «Estoy vivo de milagro» de 2021.

[3] Es necesario comprender que las condenas que se les imputa a varios jóvenes por «daños al honor de la monarquía» son una infamia inadmisible porque coartan el derecho a expresarse y criticar libremente a elementos de un poder que se ha demostrado siempre por encima y contra el pueblo, incluso las mofas más desagradables no deberían ser motivo punible de cárcel, puesto que son una protesta legítima. La segunda condena, por apoyar a las bandas terroristas, loar sus atentados y estimular a que atenten, corresponde a una condena lógica dentro de los esquemas de cualquier régimen democrático-burgués –y en uno socialista también–. Es injusto que se pueda condenar a alguien por ello –pues hay miles de jóvenes desesperados que no ven otra salida y carecen de formación política–, del mismo modo que caen en otras corrientes como la demagogia fascista; y puede causar rabia, pero no sorprende que estos artículos jurídicos solo sean aplicados generalmente a los sujetos anarquistas y filoanarquistas, y no tanto a los fascistas y filofascistas. Dicho esto, hay que aclarar que el exaltamiento de estas bandas terroristas tiene una connotación hondamente negativa desde el punto de vista marxista-leninista, más cuando nos referimos no solo a grupos que asaltaban cuarteles, bancos y demás para obtener un botín u obtener armas, sino que también se dedicaban en gran medida a poner bombas, realizaban secuestros y ejecuciones de forma indiscriminada; actos que acaban afectando a las masas trabajadoras, lo cual no tiene nada que ver con el concepto de la violencia revolucionaria ejercida por la mayoría de las masas en las revoluciones –con mayúsculas–. Aquí hablamos de aventureros y grupos conspirativos que hablaban en nombre del pueblo para acabar, en sus atentados, actuando contra él por mera desesperación y falta de capacidad de ganárselo para su causa. 

También somos conscientes perfectamente de la hipocresía que supone que desde el Estado burgués se condene el terrorismo cuando los partidos tradicionales lo han practicado: el Partido Popular (PP), que todavía no ha condenado el franquismo y, de hecho, muchos de sus dirigentes fundadores fueron extraídos directamente del franquismo; el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), culpable del terrorismo de Estado de los años 80 bajo los grupos mercenarios del GAL. Actualmente, hasta los documentos desclasificados de la CIA reconocen la implicación de Felipe González en montar la llamada «guerra sucia». Véase el documento de la CIA: «España: Terrorismo vasco y respuesta gubernamental» de 1984.

Pero más claro si cabe es, y hay que remarcarlo hasta que quede claro de una vez, que el terrorismo de los GRAPO o ETA no dejan de ser terrorismo de agrupaciones aventureras que ideológicamente nada tienen que ver con las luchas del proletariado ni sus métodos para la toma del poder, mucho menos deben ser reivindicados cuando sus atentados han tocado de lleno a civiles inocentes provenientes de las clases trabajadoras, cuando no también han intentado amedrentar a los grupos que se oponían a su estrategia. Hay que añadir que, en concreto, los elementos que hubieran atentado indiscriminadamente contra la población trabajadora y amenazado a los revolucionarios serían tratados severamente en un Estado socialista por sus crímenes si no demostraran un hondo arrepentimiento, justamente como acabó ocurriendo con los eseristas frente a los bolcheviques. 

[4] «Tomo el partido de los bandoleros populares y veo en ellos una de las principales palancas de la futura revolución popular en Rusia. (...) Creo que con el primer gran empuje del levantamiento del pueblo, el mundo de los vagabundo, bandidos y ladrones, profundamente arraigado en nuestra vida popular y uno de sus principales fenómenos, se pondrá en marcha poderosa y masivamente. Bueno o malo, es un hecho indiscutible e inevitable, y quien desee realmente la revolución popular rusa, quien quiera servirla, sostenerla, organizarla, no sólo en el papel, sino en los actos, debe conocer este hecho. Debe tenerlo en cuenta, sin tratar de esquivarlo, tener una actitud consciente y práctica, usándolo como un medio poderoso para el triunfo de la revolución». (Carta de Mijaíl Bakunin a Serguey Guennadevich Nechayev, 2 de junio de 1870)

Nuestros reconstitucionalistas coinciden con el anarquismo y están en desacuerdo con el marxismo, por eso denuncian:

«La idealización del obrero como tal obrero, las supuestas virtudes morales y de disciplina que emanarían de la posición de los «verdaderos» obreros frente al lumpen, su «rapiña» y su «delincuencia». Es decir, el embellecimiento de la explotación y las mismas retahílas de hace siglo y medio, pero en un contexto totalmente diferente que las convierte en absolutamente reaccionarias». (Movimiento Antiimperialista; Consideraciones sobre el agosto inglés, 2011)

Hombre, no sabíamos que el proletariado debía dejarse de «remilgos morales» y adoptar la amoralidad del lumpemproletario, la «capa de vanguardia» para el superhombre nietzscheano o el anarquista jesuita. Desconocíamos que el proletariado no difería en cuanto a métodos y fines en cuanto al uso de la violencia respecto al lumpemproletariado. Véase el capítulo: «Reflexiones sobre «cultura lumpen», su rol en la sociedad capitalista y las organizaciones revisionistas» de 2017. 

«@_Dietzgen: Si defiendes la legitimidad del saqueo en cuanto redistribución inmediata de la riqueza, los revisionistas sindicalistas te llaman anarquista; si señalas los límites objetivos del movimiento espontáneo y la necesidad del PC, los anarquistas te llaman autoritario. Ni tan mal, oye». (Twitter; Dietzgen, 3 jun. 2020)

La cuestión es en qué momento y para qué se realiza tal actividad, analizar los aspectos positivos y negativos que comporta una acción, sea violenta o pacífica. Esas preguntas también son «legítimas» para un hombre de ciencia, ¿no? Compárese:

«¿Acaso la tradición precisamente de esa lucha, la tradición de la insurrección armada de diciembre de 1905, no es a veces el único medio para superar las tendencias anarquistas en el seno del partido obrero, no con la moral estereotipada, filistea, pequeño burguesa, sino pasando de la violencia sin objetivo, absurda y diseminada, a la violencia con un objetivo, de manera vinculada al amplio movimiento y a la exacerbación de la lucha proletariado directa?». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Del artículo «Apreciación de la revolución rusa», 1908)

«Los métodos favoritos elegidos por los anarquistas en 1906-07 fueron el terror individual y las expropiaciones; pero estos métodos demostraban su debilidad, y no la fortaleza del movimiento anarquista. Ello degeneró en puro bandidaje, el cual no tiene nada en común con los objetivos de la revolución. (...) Por supuesto, era más fácil atacar a pequeños tenderos, o robar apartamentos privados, que ponerse a organizar la lucha de clases contra la clase terrateniente o capitalista en general; era más fácil atacar a un oficial individual del gobierno zarista que organizar a las masas para derrocar el zarismo. Pero tal actividad no es revolucionaria, ni mucho menos. Esos anarquistas se llamaban así mismos comunistas. (...) Debe anotarse que estos anarquistas no llevaron a cabo sus actividades entre los obreros más organizados y con mayor conciencia de clase, sino entre las ruinas jóvenes de la pequeña burguesía, entre los intelectuales pequeño burgueses, entre el lumpemproletariado, y algunas veces entre verdaderos criminales, ya que los bandidos eran bastante adecuados en lo que respecta a robos y ataques a casas y tiendas. Para ello no precisaban de principios. (...) Pero las tácticas del terror individual y económico practicadas por los grupos anarquistas y los anarquistas individuales servían a despertar entre una sección de los obreros la falsa esperanza de que los «héroes» anarquistas estaban luchando su batalla». (E. Yaroslavsky; Historia del anarquismo en Rusia, 1941)

[5] Si el legalismo y el pacifismo es una desviación derechista a evitar por los marxista-leninistas, el aventurerismo y el terrorismo son unas desviaciones de izquierda igualmente rechazables, ¿en que perjudica a las masas trabajadoras que una organización de este tipo no siga ejerciendo unas desviaciones u otras disolviéndose? Lejos de perjudicar beneficia al pueblo. ¿Por qué se ha de lamentarse el final de una banda que con su nacionalismo y terrorismo ha retrasado la concienciación y organización de los trabajadores? ¿No era esta banda la misma que amenazaba de muerte a los marxista-leninistas que criticaban sus desviaciones? 

Veamos otro ejemplo sobre este debate sobre «a quién beneficia» una disolución de X movimiento político. Si un partido que practica el cretinismo parlamentario y peca de legalismo burgués, llega a gobernar en diversos municipios y provincias, tiene ciertas cuotas de poder como ocurre hoy con Bildu o Sortu –donde han ido a parar los restos de ETA–, pero un día dichas organizaciones, abiertamente socialdemócratas, decidiesen disolverse tras demostrar que no resuelven los problemas de los trabajadores y no pueden granjearse su confianza: ¿en qué iba a perjudicar esta decisión a los marxista-leninistas y a la clase obrera? En nada. En todo caso su defensa se basa en el conocido dogma conformista de que son «el mal menor» –misma argumentación que se daba cuando existía ETA–. Pero el propósito de un revolucionario no es vegetar en esta o aquella organización reformista o terrorista, sino colaborar o hacer posible la militancia en una organización acorde a su metodología e intereses.

Si por otro lado un movimiento como ETA, famoso por el uso inconsciente de la violencia y por atentar contra la propia clase obrera, por haber tenido infiltrado a varios agentes de los servicios de seguridad y ser a la vez la excusa preferida del Estado para agudizar la represión, ha sido una organización que contaba y cuenta actualmente con el sólido rechazo de la mayoría de la clase obrera: ¿en qué puede perjudicar su disolución a los intereses de los revolucionarios? Claramente, en nada. Al revés, hoy, cabe preguntarse qué precio han pagado los verdaderos marxistas en Euskal Herria por haber sufrido la carga de que por la propaganda sean identificados con el terrorismo y el nacionalismo etarra.

Pero, muchos pseudorevolucionarios, al igual que los trotskistas, que no pueden evitar excitarse con el terrorismo descontrolado o con el saqueo de una tienda, se empeñan en defender a capa y espada cualquier cosa que huela a pólvora y caos. A su vez, no tienen problema en apoyar a los grupos más reformistas y defensores del orden burgués tanto a nivel nacional como internacional. Curioso, ¿no?

«Las vacilaciones sin principios a la «izquierda» y la derecha, la unidad a veces con los oportunistas de extrema derecha y en otras ocasiones con los elementos extremistas y aventureros de «izquierda», es también un rasgo característico de los conceptos y actitudes de los trotskistas. (...) Por un lado los trotskistas ponen por los cielos el uso de la violencia al azar, apoyan e incitan a los anarquistas y los movimientos de «izquierda» que carecen de perspectiva y de un programa revolucionario claro, trayendo una gran confusión y desilusión en el movimiento revolucionario, como las revueltas caóticas de los grupos armados o la guerra de guerrillas no basadas en un amplio movimiento de masas organizado». (Agim Popa; El movimiento revolucionario actual y el trotskismo, 1972)

Pongamos el caso de la famosa «kale borroka» –lucha callejera en vasco–. Esta fue una fórmula promovida históricamente por ETA entre sus organizaciones juveniles satélite, una táctica que se hizo notar, sobre todo, en los años 90. Su finalidad era la de «mantener el ambiente caliente» para presionar al gobierno. En realidad, la kale borroka era una estrategia de «estado de sitio permanente contra el Estado» sin participación real de las amplias masas y alejada de fines políticos concretos. De hecho, los actos como quema de contenedores, pintadas a favor de los presos etarras, destrozo de papeleras, locales, bancos, lanzamientos de cócteles molotov hacia entidades bancarias y demás acciones, eran concebidos para muchos según el ideario anarquista, considerando que estas actuaciones de «acción directa» eran únicas que verdaderamente «debilitan al sistema». Se ejecutaban ciegamente sin tener en cuenta el ánimo de la población ni el estado de seguridad de la propia organización, por lo que, en el acto o poco después, siempre acababan con la detención de los autores. Inmerso en sus análisis quijotescos, ETA mantenía férreamente siempre la misma directriz, la de que cada fin de semana debía haber el mayor «ruido» posible, para así «mantener al Estado en jaque» y dar fuerza tanto a los comandos militares como las organizaciones legales. 

¿Servía de algo esta «acción directa» realizada de esta forma mecánica? Obviamente, esto no iba a hundir el sistema económico capitalista ni iba a ganar la «guerra contra el Estado» o forzar una negociación cómoda para ETA. La realidad demuestra que esos bancos y locales que atacaron gozaban seguros capaces de cubrir tales desperfectos sin problema alguno, cuando no los locales afectados eran de humildes pequeño burgueses aquejados por la crisis, además de que, obviamente, el desperfecto del mobiliario urbano puede producir el rechazo y malestar de la población, pues podría haber sido tolerado por los propios vecinos de la zona si viesen reivindicados sus derechos y preocupaciones reales en las consignas de los autores, si hubiese un programa mínimo popularizado entre los vecinos y, sobre todo, si ellos mismos fuesen partícipes de las protestas y luchas, es decir, si hubiesen sido persuadidos de la necesidad de formar parte en las movilizaciones –bien sea de forma violenta o pacífica– por una causa que conscientemente consideraran justa. Esto ocurrió no hace tanto en las luchas obreras de Reinosa en 1987, de Linares, en 1994, los disturbios de Gamonal, en 2014, o las luchas vecinales contra el soterramiento del AVE en Murcia, más recientemente. Ejemplos de luchas masivas y exitosas las hay en todo el territorio peninsular. De otro modo, solo se conseguía el desgaste, desmoralización, incomprensión y finalmente, oposición de los barrios populares.

Aunque dentro de la izquierda abertzale hubo algunas épocas en que se tuvo simpatías por este proceder, a la fuerza hicieron que la población trabajadora considerase esas acciones como actos sin conexión con su causa, como un edulcorante que ETA utilizaba para mantener bajo presión al gobierno y obtener una negociación para sus intereses propios –que cada vez distaban más de los problemas reales de las masas trabajadoras–. Para la propia juventud combativa, fue duro comprobar que esas formas de lucha aisladas, sin conexión con las amplias masas, no suponían un avance real en sus aspiraciones, que no servían para nada, que estaban siendo utilizados como peones en una partida de ajedrez entre ETA y el gobierno, por lo que se decepcionaban pronto. 

Lejos de «calentar el espíritu de combate» lo que acabó consiguiendo la «kale borroka» fue un «enfriamiento» y confusión mayor sobre el uso de la violencia y las luchas callejeras, tan necesarias para qué las masas trabajadoras ganen experiencia y preparen la futura revolución.

Otro tema no baladí, es que estas acciones eran protagonizadas por la juventud, la cual, pese a tener nexos innegables con el resto de capas de la población, no todos sus intereses son igual al del resto de capas de la población, por tanto, ante un movimiento protagonizado por jóvenes casi en exclusiva, con organizaciones juveniles sin un programa claro que se preocupase del resto de la población, sin una perspectiva política seria, y totalmente manipulado por ETA para sus intereses, hizo que la mayoría de la población no se sintiera identificada con todo esto, siendo vista la kale borroka de los jóvenes como «pecados de la juventud», con toda razón.

Lenin aconsejó a los revolucionarios suizos que, según la experiencia de los bolcheviques, la lucha por el socialismo debía emitirse en una propaganda que combatiera sistemáticamente tanto el pacifismo de los oportunistas como el terrorismo de los aventureros anarquistas. Lo que era imperativo era educar a las masas en el uso de la violencia revolucionaria, pero siempre involucrando al pueblo en ese desempeño, para que, llegado el momento, visto que los explotadores seguramente no iban a entregar el poder, las masas, ya concienciadas y experimentadas, realizasen una revolución popular para imponer justicia y cumplir sus anhelos, algo que es muy diferente a los pequeños comandos terroristas que actúan a su libre albedrío fuera de la lucha de las masas y que ignoran el grado de concienciación de estas:

«Permítanme decir algunas palabras sobre otro punto que se discute mucho en estos días y respecto del cual, nosotros, los [marxistas] rusos, poseemos una experiencia especialmente rica: el problema del terror. (...) Estamos convencidos de que la experiencia de la revolución y contrarrevolución en Rusia confirmó lo acertad de la lucha de más de veinte años de nuestro partido contra el terrorismo como táctica. No debemos olvidar, sin embargo, que esta lucha estuvo estrechamente vinculada con una lucha despiadada contra el oportunismo, que se inclinaba a repudiar el empleo de toda violencia por parte de las clases oprimidas contra sus opresores. Nosotros siempre estuvimos por el empleo de la violencia en la lucha de masas y con respecto a ella. En segundo lugar, hemos vinculado la lucha contra el terrorismo con muchos años de propaganda, iniciada mucho antes de diciembre de 1905, en favor de una insurrección armada. Considerábamos la insurrección armada no sólo la mejor respuesta del proletariado a la política del gobierno, sino también el resultado inevitable del desarrollo de la lucha de clases por el socialismo y la democracia. En tercer lugar, no nos hemos limitado a aceptar la violencia como principio ni a hacer propaganda en favor de la insurrección armada. Así, por ejemplo, cuatro años, antes de la revolución, apoyamos el empleo de la violencia por las masas contra sus opresores, especialmente en las manifestaciones callejeras. Hemos tratado de que la lección dada por cada manifestación de este tipo fuera asimilada por todo el país. Comenzamos a prestar cada vez mayor atención a la organización de una resistencia sistemáticamente y sostenida de las masas contra la policía y el ejército, a traer, mediante esa resistencia, la mayor parte posible del ejército al lado del proletariado en su lucha contra el gobierno, a inducir al campesinado y al ejército a que participasen con conciencia de esa lucha. Esta es la táctica que hemos aplicado en la lucha contra el terrorismo y estamos profundamente convencidos de que fue coronada con éxito». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Discurso en el Congreso del Partido Socialdemócrata Suizo, 4 de noviembre de 1916)

Los bolcheviques señalaban que, en su concepción de la violencia revolucionaria, era imprescindible la participación de las masas, no actuar en nombre de ellas:

«Exigimos que se trabajara en la preparación de formas de violencia que previesen y asegurasen la participación directa de las masas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Aventurerismo revolucionario, 1902)

Cuánto gasto innecesario de juventud y energías se podrían haber ahorrado en mejores cosas si algunos aventureros hubiesen leído y reflexionado sobre estas palabras referidas al terrorismo a baja o a gran escala sin conexión con las masas y sobre el gran defecto que supone en general el espontaneísmo sin perspectivas:

«Nosotros, en cambio, creemos que tales movimientos de masas, ligados al crecimiento, evidente para todos, de la conciencia política y de la actividad revolucionaria de la clase obrera, son los únicos que merecen el nombre de actos auténticamente revolucionarios y los únicos capaces de infundir verdadero aliento a quienes luchan por la revolución rusa. No vemos aquí la famosa «acción individual», cuyo nexo con las masas consiste tan solo en declaraciones verbales, en anónimos condenando a muerte a tal o cual verdugo, etc. Vemos una acción efectiva de la multitud, y la falta de organización, la impreparación, la espontaneidad de esta acción nos recuerdan cuán torpe es exagerar nuestras fuerzas revolucionarias, cuán criminal es despreciar la tarea de llevar a esta multitud, que lucha de verdad ante nuestros ojos, una organización y una preparación cada vez mayores. La única tarea digna de un revolucionario no consiste en dar, por medio de unos disparos, motivo para la excitación, elementos para la agitación y el pensamiento político; consiste en aprender a elaborar, utilizar y tomar en sus manos el material que proporciona en cantidad más que suficiente la vida rusa. (...) Nosotros consideramos, por el contrario, que solo pueden tener influencia real y seriamente «agitadora» –excitante–, y no solo excitante, sino también –y esto es mucho más importante– educativa, los acontecimientos en los que el protagonista es la propia masa y que son originados por su estado de ánimo, y no escenificados «con fines especiales» por una u otra organización. Opinamos que un centenar de regicidios jamás producirán la influencia excitante y educativa que ejerce la sola participación de decenas de miles de obreros en asambleas en las que se examinan sus intereses vitales y el nexo entre la política y estos intereses». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Nuevos acontecimientos y viejos problemas, 1902)

Algunos aún están a tiempo actualmente de desengañarse de esos grupos y figuras seducidos por romanticismo terrorista como del posibilismo reformista.

Por supuesto, un movimiento político que nada en el fraccionalismo y que muda de posición como las serpientes cambian de piel no es garantía de nada ni puede convencer a nadie serio para sumarse a su proyecto, del mismo modo que un partido que no ostente la hegemonía en las organizaciones fabriles, agrarias, estudiantiles, vecinales y sociales carece de toda influencia para realizar cualquier acción seria, sea pequeña o de gran envergadura, armada o pacífica, sea una manifestación, una huelga o una insurrección, porque si no ha sido capaz de organizar su «corral», no puede pretender desarrollar un trabajo de masas fuera de él compitiendo con otros «gallos». 

Sin esta consciencia y disciplina, primero en lo interno, nadie nuevo les seguirá salvo algún pequeño puñado de despistados inocentes que no durarán mucho o que no servirán más que de comparsa en una marcha fúnebre hacia la nada. ¿Y por qué optan quienes no han logrado aun solucionar ni lo primero ni lo segundo? Para empezar, lo raro es que reconozcan tales carencias. La mayoría de los que sí reconocen tales problemas optan por resolver su debilidad no tomando cartas en el asunto sobre su evidente fragilidad ideológica, ni tratando de aclarar y deslindar lo que les separa de otras formaciones, ni siquiera reforzando su trabajo de agitación y propaganda en diversos sitios. Ellos, simple y llanamente, piensan que la opción más rápida y factible para solventar su falta de transcendencia es realizar concesiones inaceptables y pactos oportunistas en los que, además, no llevan la voz cantante. De esta manera, nunca lograrán salir del pozo, o peor, si lo hacen será a efecto de ser un actor secundario de una tragicomedia burguesa. 

Los marxistas han de saber que, sin lo segundo –un trabajo de organización de masas efectivo–, jamás se logrará organizar la revolución, pero sin lo primero, –un esclarecimiento ideológico absoluto sobre a dónde se quiere ir y de qué forma–, directamente no se logrará ni ese trabajo de masas efectivo, ni mucho menos, claro está, la ansiada revolución. Esto no lo decimos nosotros, lo dice la historia. Los revolucionarios no han llegado a nada transcendente intentando ocultar sus posturas o regalándole a la pequeña burguesía los debates y terminología que se deben dar. 

¿Y qué hay de la cuestión estratégica y táctica? Como en todo, se trata de mantener un equilibrio sobrio. Si en las líneas anteriores estamos criticando el «practicismo ciego» y la «debilidad ideológica», esto no quiere decir, claro está, que para diferenciarnos del resto debamos ponernos a jugar a la «futurología» anticipando las tareas que enfrentaremos de aquí a dos años, dado que el trazar planes y perspectivas debe hacerse no «sobre el papel» y las fantasías de cada uno, sino solamente sobre la base de la situación concreta, la cual debe de haber sido bien reflexionada. Por mucho que sepamos o intuyamos «cuál será el siguiente paso», la dialéctica del tiempo puede modificarlas dándonos muchas sorpresas. Ergo, la planificación revolucionaria debe partir de atender las demandas, fortalezas y deficiencias del grupo y el entorno en que se mueve, sin resolver esto en un «hoy» no se podrá ir concatenando un escalafón con el siguiente, es decir, no habrá «mañana». Como igual de claro que está que si en cada momento, sean tareas humildes o transcendentes, se prescinde de una brújula, de un plan de ruta a seguir, de una crítica y autocrítica sobre cada paso dado, el viaje a emprender acabará siendo una Odisea donde las circunstancias moverán nuestra nave a su antojo, solo que a diferencia de Ulises no será por culpa de los «caprichos de los Dioses» sino de nuestra propia falta de previsión. A diferencia del él nosotros no retornaremos a Ítaca, sino a la casilla de salida. Y estos «imprevistos» continuos terminarán, como les ocurrió a los marineros del héroe griego, con la desmoralización o locura de nuestras tropas.

Entonces, por favor, señores revisionistas, ahorraos el ridículo hablando de «resistencia armada» cuando no tenéis capacidad ni para salir indemnes de una manifestación. No deis lecciones de «clandestinidad» cuando retrasmitís en redes sociales toda la actuación de vuestra célula a cara descubierta –cenas y fiestas incluidas–. No habléis de «trabajo de masas» cuando vuestra organización no mueve a nadie salvo su parroquia y sois unos completos desconocidos para millones de personas. Se presume de algo cuando se tiene, no cuando se está igual o peor que el resto. 

En el mismo tono, instamos a los pusilánimes reformistas a que dejen de vendernos caminos mágicos para superar el capitalismo que no se han dado jamás y no se darán mientras el capital nacional y sus aliados internacionales tengan suficiente aliento y fuerzas –pues no existe experiencia histórica donde la burguesía se haya rendido ni en la que no haya intentado retomar el poder por formas coercitivas–, así que parad de darnos la monserga sobre la necesidad de luchar para que el sistema respete los «derechos eternos del hombre», como la «libertad», la «democracia» y todo tipo de pamplinas. El pueblo tendrá todo eso –y más– de forma materializada cuando sea consciente de sus condiciones y de su fuerza, cuando conozca su propia historia y la mire sin temor a distinguir la gloria de los errores. Solo entonces sabrá poner los puntos sobre las íes, pues nada de provecho sacará escuchando a una panda de posibilistas que siempre le conduce a la indefensión, la derrota y la humillación.

5 comentarios:

  1. Llama la atención también que digáis ésto al principio del artículo: «[...] Los trabajadores no queman las calles por un rapero encarcelado [...]».
    A ver, si bien el pueblo no ha visto normal dicha condena desproporcionada, lo que pasó en cuanto a la quema de contenedores, no creo que se traten de trabajadores, sino más bien típico de los denominados 'encapuchados', que suelen ser gente joven estudiantil, o algunos de ellos trabajadores, con costumbres muchos de ellos de un carácter más bien lumpen. Los trabajadores, salvo los mineros, aún no llegan a esos niveles de realizar actos o prácticas tan violentas y, quizá decididas, de la quema de contenedores o barricadas, etc. Exceptuando en pocas ocasiones como lo que sucedió en los disturbios de Gamonal que ahí si resistió el pueblo.
    Y además, yo por las imágenes que he visto sobre los disturbios o quema de contenedores, me pareció prácticamente que los que quemaban y demás eran todos jóvenes encapuchados y no tanto el pueblo como tal que estuviese decidido a realizar todos esos actos. Eso a mí modo de ver basándome en las imágenes.
    Así que la discusión central aquí se basa en que cómo sabéis que esos disturbios y quema de contenedores, en particular, a raíz de la detención de Hasél, era como tal causado por el pueblo y no por unos jóvenes encapuchados 'antifas', skins y demás.

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  2. Equipo de Bitácora (M-L)10 de mayo de 2021, 9:04

    Señor anónimo, nosotros analizamos la política y los acontecimientos que la producen, de ahí las conclusiones explicadas más arriba. Entiendo que tú también, por eso nos deja perplejos una parte de tu comentario: saber en base a qué puedes hacer una distinción entre "jóvenes encapuchados" y "pueblo". ¿Los jóvenes no son "pueblo"? ¿El "pueblo" siempre va a cara descubierta en las barricadas y ese tipo de refriegas? ¿Acaso recomiendas que "para que el pueblo sea pueblo" realice ese "modo de lucha callejero" (y acaben localizados y encarcelados como les pasó a algunos en Vallecas)? ¿Consideramos que el hecho de que la gente "pueblo de Vallecas" (y alrededores) unos fueran encapuchados y otros no distingue algo la cuestión o suprime las causas de su enérgica respuesta a Vox?

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    1. Cierto. Pero a lo que me refiero en definitiva es que la mayoría del pueblo aún no ve con buenos ojos esas violencias callejeras y tampoco aún no la hace suya y no las acepta, y no está, creo, por la labor de llevar a la práctica la violencia callejera cuando procede para defenderse de los abusos y atropellos constantes a las masas populosas por parte del Estado y gobierno burgués. La mayoría de manifestaciones aún suelen y procuran q sean pacíficas.
      Creo que no me equivoco al decir que siempre que se muestran imágenes de disturbios de quema de contenedores, barricadas y demás eventos similares, así como las agresiones infligidas a los agentes de autoridad q defienden y mantienen el orden burgués, pues la mente y la (minada) conciencia de las masas de España, no lo ven de buen agrado y creo que suele ser normal q ni siquiera aprueben o acepten esa justificada violencia callejera.
      A lo que voy y me refiero es que ¿no supone el hecho de q la capa estudiantil joven, que suele ser la q engrosa mayoritariamente actualmente esa violencia callejera, retrasa más al resto de las masas populares el ánimo y motivación para animarse a que sean partícipes con mayor frecuencia en esas violencias callejeras hasta culminar eventualmente en una revolución popular? Supongo q de esto se tiene q encargar un partido de vanguardia para q el pueblo cambie de perspectiva y dejen ese pacifismo y pasividad tan dañinos a un lado de una vez por todas. Pero aún así, con ese hipotético partido en función, ¿es posible animar, convencer a las masas populares de España a q empleen la violencia cuando proceda?? Es q lo digo porque yo hablo con la gente y demás y es q joer, reina un pacifismo brutal, creo, en sus mentes. Entonces aunque surja y exista ese hipotético partido comunista, realmente se conseguirá cambiar la mentalidad, por decirlo así, o animarles más bien a q ejerzan la violencia y, ya ni te cuento, organizar la revolución? Creo q estamos muy lejos de eso. No sé qué opinión tenéis vosotros...
      Yo estoy muy decepcionado por cómo aún los pueblos de España están muy atrasados y mal en materia de conciencia para q, primero: sean conscientes de la clase social que son (q esto es un poco difícil hoy en día, porque les dices q más claramente de q vivimos en una sociedad de clases y eso no es q digan q es poco probable y cosas así, sino q directamente les parece absurdo y antiguo, o un chiste y cosas por el estilo, diría yo; segundo, para q defiendan con más decisión sus intereses de clase; y tercero, para q dicha defensa la lleven a otro nivel ya más superior para q no condenen y vean mal hacer uso del instrumento de la violencia con más frecuencia como la q se produjo o se pudo ver en Gamonal, Vallecas, etc...
      Hay gente q sí da gusto hablar con ella porque se les ve q no tienen del todo conciencia, evidentemente, pero no están tan mal aún así, pero es verdad q son muy pocos.
      Luego q, ojalá q todos tengan la decisión y conciencia popular y un poco más avanzada como el pueblo o barrio de mis queridos vallecanos.

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  3. Muchas gracias por las aclaraciones. Aunque me quedan algunas dudas más de tipo generales en lo teórico en diferentes aspectos, pero eso se subsanará si me formó teórica (sobretodo) y prácticamente.

    También y sobretodo gracias por el artículo que habéis facilitado al final, no sabía de la existencia de tal artículo: «Fundamentos y propósitos; Equipo de Bitácora (M-L), 2021».
    La verdad que no había caído en ello pero era necesario que lo publicarais [aunque más o menos uno/a sabe qué línea tenéis o seguís generalmente si se lee vuestras entradas o artículos de éste blog así como vuestra presencia en redes sociales]; luego q también me va a venir muy bien en lo particular.
    Tiene buena pinta por el vistazo que le he echado y promete por los fragmentos sueltos q he leído. Me llevará días leerlo.

    Desde que fui consciente, vosotros a diferencia de otras organizaciones "comunistas" o autodenominados "Partidos", sois los que más me parecéis auténticamente científicos y rectos en los análisis en diversos temas sociopolíticos y económicos. Así da gusto. Da sensación de que sois armónicos y coherentes en lo argumental y sobretodo, y más difícil, en lo ideológico.

    Gracias compis! Un saludo. Sois unos cracks.

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  4. Equipo de Bitácora (M-L)13 de mayo de 2021, 7:34

    1. Sobre "si la juventud retrasa o no" eso se responde del caso concreto. Te recomiendo releer bien a fondo el ejemplo y anotaciones del final de este artículo, es decir, las referencias hacia la kale borroka y su desconexión con el resto de la ciudadanía y sus problemas.

    2. Cualquier tipo de lucha solo puede ser aceptada y promovida por la mayoría de trabajadores (nunca se podrá convencer a todos por razones obvias), y solo solo se logra a través de la propia experiencia (por lo que viendo el estado actual, como tú anotas, queda un largo trecho para que ciertas nociones cambien). Pero no debes ver como un imposible el cambio de mentalidad en la población, a veces el viraje de los acontecimientos instiga un cambio repentino en la percepción popular. Véase las luchas masivas de Colombia estas semanas, o sin ir más lejos la Revolución Rusa de 1917 o la Francesa de 1789. ¿Crees que pocos meses antes la gente no creía en el clero, el rey y todo tipo de instituciones del orden existente de ese tiempo?

    3. No hay que preocuparse tanto por el "pacifismo hippiesco" ni por el "vandalismo incontrolado" porque ambas nociones responden a lo mismo: falta de perspectivas. Tú mismo has citado que ÚNICA solución tiene eso se llama partido revolucionario, pero que como insistimos en el apartado de la kale borroka, por el enemigo que tenemos enfrente esta formación no puede ser el Ejército de Pancho Villa, sino algo más serio y contundente.

    4. Tampoco hay que desanimarse, es decir, el panorama no es alentador, pero se hace porque es lo que se tiene que hacer. La forma de avanzar es deshacerse de todo lo que objetivamente se ha demostrado caduco o nunca ha servido realmente. Diferenciarnos del resto de grupos y corrientes pseudorevolucionarias. Por eso es incluso cierto que gente que a priori era "apolítica" y "virgen" en cuanto a experiencias políticas puede asimilar muchos conceptos y nociones de clase que tú reclamas. De igual modo que el tedio y el tiempo hace que muchos que anidaban en organizaciones revisionistas cesen de perder más tiempo en esa farsa. Aquí se explica en la sección "III: La organización revolucionaria como conjunción de aspiraciones colectivas":

    http://bitacoramarxistaleninista.blogspot.com/p/filosofia_11.html

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«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»