viernes, 28 de agosto de 2020

El gustavobuenismo y sus intentos de blanquear a la reacción y el fascismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2020


[Publicado originalmente en 2020 y reeditado en 2021]

«¿En dónde descansa la demagogia nacionalista de todos estos intelectuales de poca monta? ¿Cuáles son sus referentes ideológicos y trampas argumentativas?:

«Una de las armas favoritas históricas del fascismo español −como de todo fascismo− ha sido la de establecerse y proclamarse como una «tercera vía» entre el marxismo y el liberalismo, entre comunismo y capitalismo, entre el proletariado y la burguesía, pretendiendo ser mediador entre el primero y la segunda, o como reconciliador de ambas clases sociales. Esto se veía reflejado al hablar del régimen a establecer, donde se negaba que el Estado fuese el instrumento de represión de una clase dominante sobre el resto, sino que pretendía valerse de su «neutralidad» para conciliar a todas las clases sociales, evitando las fricciones y consiguiendo la tan ansiada armonía social. En este discurso hay un implícito pretendido fin de las ideologías, exactamente el mismo discurso recuperado por el neoliberalismo hoy a efectos de perpetuar artificialmente la explotación capitalista y los modos de producción, primando la producción a la ideología, o reduciéndola esta a conceptos abstractos bañados en un humanismo hipócrita e irreal. Un discurso que ha hecho suyo desde siempre la socialdemocracia −así como todos los revisores del marxismo−, poniendo por delante el misticismo idealista de una conjunción de intereses artificiales como la llamada «comunidad de destinos de la nación» y su naturaleza «benévola de progreso para todos», anteponiendo un pragmatismo con el fin de mitigar las contradicciones de clase, que una exposición científica del origen de esas contradicciones para resolverlas consecuentemente. (…) Como ya se ha repetido mil veces, el fascismo español recoge la influencia más reaccionaria de filósofos y políticos extranjeros como Fichte, Hegel, Nietzsche, Kierkegaard, Schopenhauer, Bergson, Sorel, Mussolini, Gentile, Marinetti, Hitler, etc. Mientras que en el ámbito nacional recurre a los políticos contrarrevolucionarios de un pasado próximo y a los filósofos modernos entonces de moda: Miguel Primo de Rivera, Unamuno, Ortega y Gasset, Pérez Ayala, Pío Baroja, etc. Todos ellos se hacen notar en cuanto a sus conceptos de moral, bondad, aristocratismo, libertad, progreso, nación, militarismo, individualismo, colectivismo, vitalismo, etcétera». (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Era el fascismo español una «tercera vía» entre capitalismo y comunismo?, 2014)


Vinculaciones directas con la más negra reacción

Para empezar, ¿cómo ha sido posible para el gustavobuenismo construir esta égida con una base tan retrógrada como zafia en lo político-filosófico? Muy fácil, gracias a la publicidad con la que todos sus representantes han contado en los medios de comunicación más derechistas del país, más ultras. Por su parte, el periodista Hermann Tertsch, quien con su historial de barbaridades tampoco necesita mucha presentación, antes de incorporarse a Vox comentaría lo siguiente en relación a lo que, según él, han sido dos de las «mayores figuras intelectuales» que ha dado este país:

«En menos de dos años se nos han ido las dos cabezas más brillantes y libres de España, que eran Gustavo Bueno y Antonio Garcia-Trevijano». (Hermann Tertsch; La honradez intelectual y sus enemigos, 2 de marzo de 2018)

Y esta «publicidad gratuita» no hubiera sido posible sin los contactos y alianzas de la Fundación Gustavo Bueno, la cual ha tenido el dudoso honor de desfilar en las manifestaciones «por la unidad de España» junto a Hazte Oír o el Foro de Guardias Civiles. Su figura central, el ya beatificado Gustavo Bueno, dedicó toda su vida a la defensa de las ideas de conocidos reaccionarios, no solo las de su mentor el jonsista Santiago Montero Díaz. Véase la obra de Gustavo Bueno: «Lo que queda de España, de Federico Jiménez Losantos» 1979. 

Antes de fallecer en 2016, el Sr. Bueno asistió a varias conferencias con el líder actual de Vox, Santiago Abascal, que en aquel momento estaba en el Partido Popular (PP). Ambas figuras pudieron ser vistas en la Escuela de Verano de DENAES, en 2012. Gran parte de los actuales líderes de Vox están vinculados con la fundación DENAES, fundada por los discípulos de Gustavo Bueno, algo que es de dominio público:

«La influencia del materialismo filosófico sobre Vox no sólo se produce a través de la lectura que hace Abascal de la obra de Bueno. Se afianza a través del trato personal y la impronta del filósofo y sus discípulos en DENAES (Fundación para la Defensa de la Nación Española). Esta institución ha sido clave también en la buena relación personal que el líder de derechas y otros miembros de la formación, como Iván Espinosa de los Monteros −vicesecretario de Relaciones Internacionales−, mantienen con los discípulos del autor de «España no es un mito». El patronato actual de DENAES está integrado por tres personas. Junto al empresario Ricardo Garrudo están Santiago Abascal y Gustavo Bueno Sánchez, hijo de Gustavo Bueno y presidente de la fundación que lleva el nombre de su padre. Los tres han colaborado de forma estrecha desde diciembre de 2005, cuando se celebró en el Hotel Landa de Burgos una reunión que se considera la fundación de la entidad. El director de la organización es otro gran discípulo del filósofo, Iván Vélez. (…) El presidente de Vox confirmó a EL ESPAÑOL este punto. Dijo que «Gustavo Bueno es sin duda alguna una de mis influencias, en la afirmación de España como nación. No sólo el planteamiento con el que se acerca al país, sino también la propia retórica contundente que utiliza para su defensa». (…) Los discípulos de Bueno no se han integrado en Vox, a pesar de que miran con simpatía a este partido con un discurso en defensa de la nación española que considera que ellos han inspirado. El partido de Abascal sí que mantiene «las puertas abiertas» a que se afilien si así lo desean, según confesó a este periódico el político vasco. «En todo caso, es importante que la sociedad civil fuera de los partidos sea fuerte, por lo que es necesario que no todo se integre en la actividad política. A veces se puede hacer mucho a favor del bien común y la unidad de España desde fuera de la política», añadió». (El Español; El ala marxista de Vox inspirada por Gustavo Bueno: los extremos se tocan, 2019)

Como apunte, decir que las inclinaciones de los discípulos de Gustavo Bueno no solo se reducen a simpatizar con Vox, sino que, como se ha visto, se han dado varias incorporaciones directas a la formación. Iván Vélez, mismamente, es el mejor ejemplo de ello. Por si alguien no conoce quién es este individuo, puede consultar las diversas entrevistas que Federico Jiménez Losantos, otro nostálgico del franquismo, le ha realizado. Y el lector estará de acuerdo con nosotros en que el histriónico Losantos no se caracteriza precisamente por dar voz a nadie que no sea de su mismo pensamiento endogámico de conspiración y locuras varias. Si se quieren más ejemplos, ahí tenemos a Joaquín Robles, de la Fundación Gustavo Bueno, que también es miembro del Congreso de los Diputados por Vox. En resumidas cuentas:

«La implantación política del gustavobuenismo, en sus cincuenta primeros años se resume en el escaño por Murcia de Joaquín Robles [Vox]». (Santiago Armesilla; La vuelta del revés de Marx: el materialismo político entretejiendo a Karl Marx y a Bueno, 2020)

¡Pero todavía hay idiotas que se ríen de las vinculaciones de Gustavo Bueno con la «derecha política»! O sea que Vox es fruto del gustavobuenismo, o al menos es una de sus expresiones políticas. Sobre el carácter ideológico concreto de Vox no nos extenderemos aquí, así que recomendamos repasar otros documentos para no desviarnos más de la cuestión principal. Solo decir que su reivindicación de Franco y las propuestas públicas para rehabilitar «el honor de su figura» son el pan de cada día, lo que ya augura qué «proyecto renovador» encamina. Véase la obra: «Las elecciones, la amenaza del fascismo, y las posturas de los revisionistas» (2019).

Uno nota a la legua el nivel de reaccionarismo de esta escuela filosófica cuando el presunto discípulo «más a la izquierda» del «maestro», el ya mencionado Santiago Armesilla, votó en las elecciones generales de 2008 a UP&D y en 2020 valoraba hacer lo mismo con el PP. Entre tanto, sus «labores revolucionarias» se reducen a clamar en su canal de YouTube contra las «élites-posmodernas», y parlotear junto a otros ilustres «rojipardos», como Roberto Vaquero, del terrible obstáculo que sería la «Leyenda Negra» para nuestros intereses fundamentales. Uno puede encontrar al Sr. Armesilla dando conferencias en DENAES en favor de la «unidad territorial de España», una vez más, rodeado, cómo no, de todo tipo de rostros conocidos en el abanico político clásico de la derecha. Así, por ejemplo, le hallamos en la charla de 2018 donde Armesilla tomó parte en un evento «por España». ¿Y quiénes estaban junto a él? Elena Candia −Presidenta del PP en Lugo−; Rubén Gómez −Portavoz de Ciudadanos en el Parlamento Cántabro−; Vicente Bengochea −Portavoz de UP&D−; Santiago Abascal −Presidente de Vox−; e Iván Vélez −miembro de La Gaceta, Intereconomía y ahora de Vox−. 

En realidad, hemos de decir que las labores contrarrevolucionarias de estos mercenarios del capital son infinitas, por eso mismo cuentan con el respaldo de este tipo de sociedades reaccionarias que costean y difunden este veneno ideológico bajo la tapadera de «promover la cultura e historia nacional». No solo están financiados por DENAES, sino que desafortunadamente también reciben dinero público de varios ayuntamientos como el de Oviedo, que otorga nada más y nada menos que más de 100.000 euros anuales, cifra que en 2008 llegó a cantidades aún más increíbles:

«La Fundación Gustavo Bueno recibió 800.000 euros para organizar los eventos para celebrar las efemérides que coincidían en 2008. De los 800.000 euros del convenio, 589.000 fueron a parar a una empresa, Ingeniaqed, con vínculos familiares –hermana e hija– con patronos de la propia institución para organizar la exposición central de los actos «Oviedo, XII Siglos». Sin embargo, en la fiscalización del expediente se concluye que Ingeniaqued solo hizo 282.193 euros de «gastos imputables al proyecto», la mitad de lo que la fundación presentó para justificar al Ayuntamiento por la muestra. Intervención no encontró evidencia de la validez de los 179.127 euros en gastos de personal –una única persona contratada– aportados por las partes investigadas». (El comercio.es; El TC devuelve el expediente de la Fundación gustavo Bueno al ámbito municipal, 22 de mayo de 2016)

¡Imagínense! ¡Tanto dinero público dilapidado en financiar libros y coloquios sobre «imperios generadores» y de gente rancia como el fallecido Gustavo Bueno que nos cuentan que «la culpa de la crisis es de los trabajadores»! En efecto, los «chiringuitos» morados del Ministerio de Igualdad, que tanto denuncian Abascal o Armesilla, no son más que negocios-tapadera del feminismo hegemónico, pero estos chupópteros y sus agrupaciones afines siempre han vivido de lo mismo: de Papá-Estado y de los empresarios privados que, como buenos mecenas de su ideología ultraconservadora y nacionalista, les financian. De estos y otros vínculos que se subyacen de aquí, es la razón por la que se ha podido promover a toda una serie de autores mediocres y obras literarias que promocionan estas ideas rancias, obras que causan absoluta vergüenza por su distorsión histórica manifiesta. Véase la obra de María Elvira Roca Barea «Imperiofobia» (2016); la obra de Iván Vélez «La leyenda negra» (2014); la obra de Santiago Armesilla «El marxismo y la cuestión nacional» (2017); o la obra de Pedro Insua «1492: España contra sus fantasmas» (2018).


¿Cómo que «España antes facha que rota»?

El nacionalismo es el hilo conductor que puede unir mágicamente a liberales, conservadores, socialdemócratas o fascistas para anteponer los intereses «nacionales» –de la burguesía dominante– en detrimento de los intereses independientes de clase del proletariado y el resto de capas populares. 

José Calvo Sotelo, ya inauguró el famoso eslogan tantas veces modificado, pero igualmente utilizado con el mismo fin: «Antes España roja que rota», y esto era decir mucho para alguien que venía de haber sido el ministro de Primo de Rivera:

«Yo, en el Urumea, hice una frase que han combatido; dije que prefería una España roja a una España rota. Y conste que sabía y sé lo que sería una España roja. ¡Cómo no había de saberlo si en otro mitin que ha habido en el Urumea los comunistas han pedido mi cabeza y han anunciado que Calvo Sotelo y los suyos irán ante el pelotón de pistoleros obreros inmediatamente que triunfe el movimiento! Pero a mí, eso ¡qué me importa si va a sobrevivir la unidad nacional, si con una España roja que ha de ser pasajera y temporal, fatalmente pasajera y temporal, no se va a romper el vínculo o la unidad nacional de mi Patria!». (José Calvo Sotelo; Discurso, 5 de diciembre de 1935)

En España, los jefes del bando antifascista, como Azaña o Negrín, pasarían a la historia por sus posturas conciliadoras y pusilánimes durante la Guerra Civil (1936-39). Estos personajes históricos son buena prueba sobre a dónde conduce seguir este pensamiento patriotero –cámbiese aquí el epíteto «antes España roja» por el de «antes España facha que rota» y tendremos el mismo resultado–:

«Negrín: Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con él ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco». (Manuel Azaña; Memorias, 1939)

Estas confesiones en privado de Negrín, este despreciable espíritu de absoluta claudicación, fue una de las tantas causas que condenaron al gobierno español del «Frente Popular», el cual se había trazado como tarea enfrentarse a la visión añeja y primitiva de los monárquicos, republicanos conservadores y fascistas. Véase el capítulo: «El republicanismo abstracto como bandera reconocible del oportunismo de nuestra época» (2020).

Y bien, ¿se habrá aprendido algo de la historia? Armesilla desde luego no, y esa es la prueba de que en el 1936 hubiera combatido en las trincheras vestido bajo la camisa azul falangista y haciendo el saludo romano. Él cree estar por encima de la «izquierda» y la «derecha», de las ideologías, solo importa una cosa, esa «España» abstracta, la que ha dibujado y envuelto con mantos místicos su imaginación, o mejor dicho, la que ha aprendido a recitar de su «maestro» Gustavo Bueno. Solo comparen y juzguen si este engendro merece el título de marxista consecuente o de vulgar nacionalista:

«@armesillaconde: Me es igual. ¿España antes «facha» que rota? Sí. ¿España antes «progre» que rota? Sí. ¿España antes roja que rota? Sí. ¿España antes roja de cualquier otra manera? Mil veces sí». (Twitter; Santiago Armesilla, 4 de junio de 2020)

¿Comparamos con un marxista de los pies a la cabeza?

«No es socialista quien no comprenda que en aras de la victoria sobre la burguesía, en aras del paso del poder a manos de los obreros, en aras del comienzo de la revolución internacional no se puede ni se debe retroceder ante ningún sacrificio, ni siquiera ante el sacrificio de una parte del territorio». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a los obreros estadounidenses, 1918)

Queda bastante claro que el gustavobuenismo es simplemente una corriente nacionalista, que defiende el Estado como «representante de la nación»:

«Armesilla: La organización política de nuestro presente más importante es el Estado. ¿Y qué es el Estado? No solo es como dice Marx un instrumento de la clase dominante para reprimir a la clase dominada, que también, sino que es como la propia politología siempre ha analizado siempre, un conjunto complejo de instituciones que se apropia de un territorio, una población, de unos recursos y de un patrimonio histórico y que encima lo hace frente a terceros. (…) Otros Estados». (Entrevista a Santiago Armesilla, 4 de abril de 2021)

Este comentario, que bebe de la «politología» de las instituciones burguesas, no es una explicación materialista sino idealista. Deja bastante patente que el gustavobuenismo, por su discurso y aspiraciones, no ha sido más que una variante moderna y tardía del falangismo, nada más. Originalmente, el fascismo, tampoco negaba la lucha de clases, incluso denunciaba los «males del capitalismo» a su manera: con su hipocresía jesuita tan característica. Pero «casualmente», siempre acababa anteponiendo la «unidad nacional», la «regeneración moral», la «tradición española» y el «orden», ¡justo como vociferaban a cada rato la burguesía «nacional», los terratenientes «nacionales» y la Santa Madre Iglesia «nacional»! ¿Qué confusión más tonta aquello de la lucha de clases, verdad? ¡Si todos somos hermanos, hijos de Dios, y este nos ha ungido como el «pueblo elegido» para realizar su obra! Véase la obra: «¿Era el fascismo español una «tercera vía» entre capitalismo y comunismo?» de 2014.

A decir verdad, el falangismo español respondía a los intereses más inmediatos de las élites económicas: decretar la «paz de clases» por el «bien de la nación». Muy obedientes, los militantes falangistas, como buenos perros guardianes del capital, actuaban en cada lugar como matones de la patronal:

«Tenemos una fe resuelta en que están vivas todas las fuentes genuinas de España. España ha venido a menos por una triple división: por la división engendrada por los separatismos locales, por la división engendrada entre los partidos y por la división engendrada por la lucha de clases. Cuando España encuentre una empresa colectiva que supere todas esas diferencias, España volverá a ser grande, como en sus mejores tiempos». (José Antonio Primo de Rivera; Entrevista al noticiario Paramount, 1935)

«Hay que pedir socorro a las últimas reservas vitales, a las que, en las horas ascendentes, lograron edificar las naciones. De ahí la palabra de nuestros días: «lo nacional»; lo nacional dicho como propaganda de una misión, de una tarea. (...) Los primeros que proferimos la palabra «nacional» fuimos los hombres de Falange Española». (José Antonio Primero de Rivera; Prieto se acerca a Falange, 1936)

Sus sucesores y admiradores, entre ellos, los gerifaltes de Vox, también hablan en el mismo lenguaje «patriota» que al Sr. Armesilla tanto le maravilla. Según ellos, los trabajadores deben saber que lo primero por lo que deben luchar es «la Patria», después, todo lo demás:

«@solidaridad_esp: La Patria es la única defensa que tienen los trabajadores». (Twitter; Solidaridad, 11 de abril de 2021)

¿A dónde conduce la aplicación de tales pensamientos simplones? Es fácil de intuir: a ser el furgón de cola de los politicastros burgueses que se encuentran en la poltrona o que están a punto de gobernar despachando a los «timoratos», «apátridas» y «demagogos». El propio Armesilla reconocía que su «maestro», el Sr. Bueno, había votado por el Partido Popular (PP), como muchos otros de sus «discípulos marxistas»:

«@armesillaconde: El único partido político que tiene acceso al gobierno y no experiencia gobernando, y que defiende la unidad de España de manera explícita, es el PP. Gustavo Bueno por eso votó al PP, y mi director de tesis doctoral, Diego Guerrero marxista, también votó al PP más de una vez». (Twitter; Santiago Armesilla, 4 de junio de 2020) 

Ajá, entendemos. ¿Qué le tuvo que pasar para que la «dialéctica» marxista en manos del gustavobuenismo acabe por pedir el voto por el PP? ¡Nadie lo sabe! Seguramente, ocurre como consecuencia de que estos filósofos más que entender a Marx, intentan «volver a Hegel» cada vez que pueden, y claro, hay que entender que han acabado por adoptar su «dialéctica» atrofiada; han acabado por tomarse muy en serio aquel dogma hegeliano de que «solo lo real es racional», ese truco que al viejo Hegel le permitía justificar su divinización de la monarquía prusiana. Pero, tranquilos, seguro que en este caso los comentarios de Armesilla no tienen nada que ver con que sea un frenético chovinista, ¡eso son habladurías de la «izquierda indefinida»! Al final ser buenista es fácil, solo debemos de tener fe, genuflexionarnos ante el «maestro» y todas sus chorradas y decir: «¡Amén! ¡Gracias por compartir con nosotros tu sabiduría! ¡Aleluya!». Ni siquiera vale la pena esforzarnos en demostrar el carácter reaccionario que supone que un filósofo vote por el PP, porque solo de decirlo ya suena ridículo: ¡el partido que eliminó filosofía de las aulas! Y pensar que este, Gustavo Bueno, era el que algunos consideraban como una de las «mentes más brillantes de la intelectualidad española», ¡votando a Fraga, Aznar y Rajoy! ¡Viendo con buenos ojos al «imperialismo generador» yankee! 

Señoras y señores, ya basta de artificios: los buenistas han sido y son las prostitutas intelectuales del gran capital, toda conclusión de cualquier individuo que no reconozca esto significa que está nadando en mares de condescendencia o en océanos de ignorancia. Y si algún necio aún tiene dudas, que observe cada acrobacia política de su vástago, Don Armesilla. Él parece ser que tiene unas posiciones políticas tan, pero que son tan sólidas, ¡que «no se acordaba» que en su día votó por Unión Progreso y Democracia (UP&D)!

«@armesillaconde: Lo pedí, pero estaba justificado. Es un artículo de 2008 y tenía sentido. No me acordaba, pero no me arrepiento». (Twitter; Santiago Armesilla, 6 de enero de 2019)

Y hoy meditaba pedir el voto para el PP:

«El voto del PP garantiza algo la unidad de España». (Twitter; Santiago Armesilla, 3 de junio de 2020)

Cuando afirmábamos en nuestra introducción que el pensamiento gustavobuenista es una quinta columna para envenenar a los estudiantes con el nacionalismo, queda claro que no era ninguna exageración. Estas deshonrosas relaciones con la «derecha política» –término que, para un marxista, solo suele significar el ala más conservadora y tradicionalista de la burguesía– ya demuestran la rotunda falsedad del mito de Gustavo Bueno como filósofo de influencia «marxista» o como pensador mínimamente «progresista». Los comentarios que espeta recuerdan a las infames declaraciones del anarquista español Manuel Sacristán, que se lamentaba de no haber podido alcanzar un acuerdo con el fascista José Antonio Primo de Rivera. Pasen y vean:

«Carece de sentido hablar de «alianzas de la izquierda con la izquierda», es posible en cambio hablar de alianzas de la izquierda –de algunas corrientes suyas– con algunas modulaciones de la derecha». (Gustavo Bueno; Educación para la ciudadanía, una crítica desde la izquierda, 2009)

Muy al contrario, los marxistas no abrazan el nacionalismo ni tratan de imponer soluciones forzadas a los pueblos, y menos bajo teorías idealistas que superponen la cuestión nacional a lo social, diluyéndose en un misticismo nacional ridículo que rápidamente firmaría y propagaría con su dinero cualquier formación burguesa si con ello logra desviar la lucha de clases. Quien diga que, España o cualquier otro país, «antes facha que rota», es un enemigo de clase. Punto. Para nosotros la cuestión social está por encima de todo, incluido la cuestión nacional; y ambas han de entenderse con unas herramientas filosóficas materialistas y dialécticas que entronquen con la realidad, no con los delirios subjetivos de un filósofo de escasa cordura mental.


La labor de blanqueamiento de la derecha política

Prueba de a qué intereses responden la pluma de estos filósofos está en las intervenciones de Axel Juárez Rivero, otro discípulo de Gustavo Bueno –al cual también llamaba «maestro»–. Este caballero acostumbra a distorsionar y atacar la filosofía soviética de la época de Lenin y Stalin en sus conferencias. Sin embargo, nunca parece tener problemas en defender –creerá él que muy sutilmente– los movimientos reaccionarios sin que ello le produzca sonrojo alguno:

«En Europa han surgido una serie de fuerzas políticas muy diversas, muy heterogéneas, que los medios, la prensa, los comentaristas han identificado como extrema derecha, como populistas, con una serie de términos muy oscuros, muy confusos, sin embargo, nosotros vamos a calificarlas desde nuestras tesis. (…) «Es conservador, es reaccionario, es fascista»… y simplemente no se entiende nada. Con esas conceptualizaciones, tomando otros criterios de definición, nos evita, bloquea, esas formas de calificación, tan confusas, oscuras. (…) Este conjunto de derechas no alineadas, es lo que ha ocurrido con Trump en EEUU, con Bolsonaro en Brasil, y en Europa con toda una serie de fuerzas y partidos políticos que han comenzado a surgir. Por ejemplo, en Gran Bretaña la cuestión del Brexit con el ala más dura del Partido Conservador, el Frente Nacional de Le Pean, En Italia Salvini con el Movimiento 5 estrellas y la Liga del Norte que tuvo un cambio ahí de posiciones ideológicas, con Orbán en Hungría. (…) Las derechas alineadas serán aquel justo cuyo criterio es el antiguo régimen, las no alineadas serán aquellas derechas que no tendrían aquella conexión directa y clara con el antiguo régimen. (…) La derecha primaria, es justo la reacción del antiguo régimen contra la revolución, por ejemplo, Metternich. (…) El otro tipo de derecha que se identifica es la derecha liberal. (…) La derecha-socialista. Partiría con Maura, la dictadura de Primo de Rivera, y el franquismo, con elementos de Falange, de José Antonio, que es muy interesante, y no se pueden tachar sin más de fascismo. (…) El fascismo o nazismo, tiene vertientes muy particulares, al no tener esas relaciones directas con el antiguo régimen, desde «El mito de la derecha» de Gustavo Bueno se afirma… podrían ser calificadas de izquierda o derecha». (Axel Juárez Rivero; Las derechas no alineadas y los nacionalismos, 2019)

Axel no duda demasiado en identificar a grupos políticos como «derechas no alineadas», otorgándoles un estatus de partidos «renovadores» del antiguo régimen, presentándolos casi como «antisistema», cuando en realidad no han sido más que los máximos celosos veladores del capitalismo, más allá de las formas políticas de su proyecto. En el caso del fascismo clásico, considera que grupos como Falange Española (FE) son «muy interesantes» y «no se pueden tachar sin más de fascismo», que incluso, según su maestro Gustavo Bueno, bien podrían ser calificadas como corrientes de «izquierda». 

También es curioso que para Axel, estos grupos políticos que cita, como FE, no se podrían identificar con «extrema derecha», «populismo», «fascismo» y demás porque le parecen términos muy «oscuros y confusos», pero como buen intelectual que vive en su burbuja, durante toda su conferencia no duda en sustituir dichos términos para recurrir a la jerga del líder de su secta, un lenguaje totalmente rimbombante, el cual cualquier trabajador de la calle no solo no comprendería, sino que, a poco que llegase a entender, no dudaría en condenar estas proclamas como simples peroratas. 

Por su parte, Daniel López, otro discípulo de Gustavo Bueno nos intentaba comparar Franco con Stalin instándonos a reevaluarlos sin prejuicios:

«El experto entiende que debe haber una posición ecuánime para que la historia sea verdadera. Reconoce que «la historia no es una ciencia positiva como la química», pero también que «ni Franco ni Stalin eran unos monstruos que se pasaban el día asesinando a personas. Cierto que mataron a mucha gente, pero también hicieron algunas cosas buenas». (La Nueva España; Daniel López: Ni Franco ni Stalin eran monstruos, los dos hicieron cosas buenas, 2018)

Este es el nivel de estos «materialistas», equiparar fascismo y comunismo, equidistancia y rehabilitación de ambos, lo cual es como pretender juntar agua y vino. No podemos imaginarnos un mayor blanqueamiento del fascismo y de grupos filofascistas, un mejor servicio a la burguesía que estas declaraciones. 


¿Cuándo ha sido el fascismo un movimiento «renovador» o «revolucionario»?

Bien, después de ver la actuación de todo este teatrillo de marionetas burguesas, le diremos al lector que, para empezar, este tipo de grupos políticos con los cuales simpatizan los gustavobuenistas no pueden ser nunca renovadores del sistema imperante, pues la historia demuestra todo lo contrario:

«Los fascismos instauraron, por tanto, regímenes nuevos, destruyendo el Estado de Derecho, el parlamentarismo y la democracia liberal, pero, a excepción de la España franquista, tomaron el poder por vías legales y nunca alteraron la estructura económica de la sociedad. (...) A diferencia de las revoluciones comunistas que modificaron radicalmente las formas de propiedad, los fascismos siempre integraron en su sistema de poder a las antiguas élites económicas, administrativas y militares. (...) En el fondo, es esta dimensión contrarrevolucionaria la que constituye el tronco común de los fascismos en Europa, más allá de sus ideologías y de sus trayectos a menudo diferentes. Arno J. Mayer acierta al afirmar que «la contrarrevolución se desarrolló y alcanzó la madurez en toda Europa bajo los rasgos del fascismo» (69)». (Enzo Traverso; Interpretar el fascismo. Notas sobre George L. Mosse, Zeev Sternhell y Emilio Gentile, 2005)

La prueba está en que los gobiernos fascistas, más allá de su retórica inicial de «poner coto a los monopolios capitalistas» y «terminar con sus abusos», una vez en el poder publicaron decretos que favorecieron su desarrollo, no diferenciándose nada del régimen democrático-burgués ni de la gestión económica de los partidos tradicionales. Empecemos por la Alemania nazi:

«Pocos meses después de la toma de poder, el 15 de julio de 1933, Hitler dictó la ley de organización forzosa de los cárteles. Por mandato de esta ley se constituyeron inmediatamente o se agrandaron los siguientes cárteles: de fabricación de relojes, de cigarros y tabaco, de papel y cartón, del jabón, de los cristales, de redes metálicas, de acero estirado, del transporte fluvial, de la cal y soluciones de cal, de tela de yute, de la sal, de las llantas de los automóviles, de productos lácteos, de las fábricas de conservas de pescado. Para todos estos cárteles, nuevos unos y otros reforzados, se dictaron disposiciones que prohibían la construcción de nuevas fábricas y la incorporación inmediata de los industriales independientes. Se prohibieron también la construcción de nuevas fábricas y el ensanchamiento de las existentes en las ramas industriales ya cartelizadas: del zinc y del plomo laminado, del nitrógeno sintético, de los superfosfatos, del arsénico, de los tintes, de los cables eléctricos, de las bombillas eléctricas, de las lozas, de los botones, de las cajas de puros, de los aparatos de radio, de las herraduras, de las medias, de los guantes, de las piedras para la reconstrucción, de las fibras, etc. Las nuevas leyes dictadas de 1934 a 1936, aceleraron la cartelización y el reforzamiento de los cárteles ya existentes. El resultado de esta política fue que a finales de 1936 el conjunto de los cárteles comprendía no menos de las 2/3 partes de las industrias de productos acabados, en comparación con el 40% del total de la industria alemana, el 100% del total de la industria alemana, el 100% de las materias primas de las industrias semifacturadas, y el 50% de la industria de productos acabados, en comparación con el 40% existente a finales de 1933». (Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica, 1944)

Ahora es el turno de la Italia fascista y la España de Franco:

«Mussolini cartelizó por la fuerza la marina mercante, la metalurgia, las fábricas de automóviles, los combustibles líquidos. El 16 de junio de 1932 dictó una ley de cartelización obligatoria en virtud de la que formaron los cárteles de las industrias del algodón, cáñamo, seda y tintes. En España, nunca la oligarquía financiera había sido tan omnipotente como bajo el régimen del traidor Franco». (Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica, 1944)

Ergo, calificar de «socialismo» a figuras históricas del conservadurismo o del fascismo porque «emprendieron nacionalizaciones» o se adaptaron a ciertas exigencias laborales, es una broma de la cual ya se mofaron en su momento Marx y Engels:

«Si la nacionalización de la industria del tabaco fuese socialismo, habría que incluir entre los fundadores del socialismo a Napoleón y a Metternich. Cuando el Estado belga, por razones políticas y financieras perfectamente vulgares, decidió construir por su cuenta las principales líneas férreas del país, o cuando Bismarck, sin que ninguna necesidad económica le impulsase a ello, nacionalizó las líneas más importantes de la red ferroviaria de Prusia, pura y simplemente para así poder manejarlas y aprovecharlas mejor en caso de guerra, para convertir al personal de ferrocarriles en ganado electoral sumiso al gobierno y, sobre todo, para procurarse una nueva fuente de ingresos sustraída a la fiscalización del Parlamento, todas estas medidas no tenían, ni directa ni indirectamente, ni consciente ni inconscientemente nada de socialistas. De otro modo, habría que clasificar también entre las instituciones socialistas a la Real Compañía de Comercio Marítimo, la Real Manufactura de Porcelanas, y hasta los sastres de compañía del ejército, sin olvidar la nacionalización de los prostíbulos propuesta muy en serio, allá por el año treinta y tantos, bajo Federico Guillermo III, por un hombre muy listo». (Friedrich Engels; Del socialismo utópico al socialismo científico, 1892)

En lo económico, el fascismo promueve un intervencionismo de Estado, lo cual no es un «autoritarismo» que no se pueda ver en las democracias burguesas, como creen algunos, dado que en estas tampoco existe un «libre capitalismo», sino uno muy vinculado y condicionado a la política, y para mala noticia de los anarco-liberales, esto funciona así porque lo contrario sería como intentar separar la cabeza del cuerpo y que este siguiese andando. Las formas de propiedad del capitalismo siempre han estado y están mediatizadas por las necesidades de las clases explotadoras, lo que también demuestra que la legislación tampoco se posa como un campo «libre» que deambula sin tocarse con el resto de esferas. 

En lo relativo a la forma de propiedad estatal, recordemos que esta ha sido utilizada históricamente desde los albores del esclavismo hasta la actualidad. La burguesía en el poder ha realizado «estatizaciones» o «nacionalizaciones» no solo durante las etapas fascistas, sino tanto a través de la «socialdemocracia» como también por parte del llamado «neoliberalismo». El gobierno nazi, el peronista, el laboralista, el gaullista o sin ir más lejos el franquista, todos ellos aplicaron medidas «intervencionistas» para financiar proyectos mineros, agrarios, viviendas, transportes, obras de restauración, la industria armamentística, etc. Lo mismo que decir de los gobiernos salidos del colonialismo, como ocurrió en la India, Egipto, Argelia, Indonesia, y tantos otros. Por ende, es hora de que empiece a quedar claro que el fascismo no había descubierto nada al aplicar eso que algunos llaman «intervencionismo», pues es una máxima del capitalismo en cualquiera de sus etapas, de una forma u otra está presente en la mayoría de relaciones de producción, solo que con distinto propósito, dimensión y funcionamiento. La clave aquí es que todos estos modelos de gestión económica del siglo XX mantuvieron intactas las leyes de producción capitalistas, las mismas que causan los temidos monopolios, pero no solo dan origen a estos, sino que también permiten o desarrollan el desempleo, el endeudamiento, la carestía de alimentos, el desaprovechamiento de los recursos o la producción descontrolada. Fenómenos «maravillosos» que, dependiendo de un caso u otro, de una situación o la contraria, nos encontramos a diario en nuestros sistemas. Pero, fuera de esto, lo que es seguro, es que ni en las democracias burguesas ni en los fascismos se produce un retroceso del proceso de monopolización, más bien lo contrario es cierto: la ley dictamina aquí que en ambos casos se desarrolla tarde o temprano su extensión, su omnipotencia sobre el mercado, su representación y control de las instituciones políticas, judiciales y legislativas. 

Esto tiene fácil comprobación observando que la socialdemocracia, pese a que siempre ha dicho defender en lo político un sistema multipartidista y parlamentario liberal, opuesto al fascismo, con su «economía mixta» y su «intervencionismo selectivo», tiene más en común con el fascismo que con el comunismo, ¿por qué? Sencillo. Este último exige la abolición ininterrumpida de la propiedad privada sobre los medios de producción; esto incluye la supresión de las leyes generales de producción capitalistas que también operan en las «unidades de producción públicas» de la antigua sociedad. ¿Y qué propone la socialdemocracia en sus teorías económicas? Veamos una exposición muy interesante sobre Keynes que resume la cuestión:

«No hay que confundir la forma política con la estructura económica que sustenta esta última. La crítica burguesa del nacional-socialismo y sus diferentes formas políticas ignoran en gran medida el pensamiento económico que vincula el capital monopolista, los grandes terratenientes y la militarización de la economía. En general, en la crítica burguesa sobre el fascismo se pasa por alto la relación respecto a la propiedad privada y la socialización. Esto demuestra el argumento expuesto por muchos historiadores y economistas respecto a Keynes y su «éxito no deseado» en la Alemania Nazi. Se puede argumentar, además, que la mayor parte de la crítica burguesa del fascismo es ajena al hecho de que este último es un defensor de la propiedad privada y desea promover la reforma sobre la base del modo de reproducción capitalista. Al abogar por la necesidad de la propiedad privada, el fascismo rechaza totalmente al marxismo. Si ello se realiza bajo el disfraz del antisemitismo o en la forma de un lenguaje académico burgués no cambia fundamentalmente la esencia de dicha crítica económica. Tanto el keynesianismo como el fascismo sugieren la forma del sistema capitalista sobre la base de la santidad del carácter privado de la propiedad de los medios de producción a través de mecanismos contemplados por el intervencionismo de Estado. (...) Lo cierto es que tanto el keynesianismo como el nazismo conciben el Estado como un medio para preservar el papel principal del capital monopolista respecto a la clase obrera y las masas trabajadoras. También se puede volver al argumento y especular con que el keynesianismo es una versión más artificiosa del reformismo en comparación con el nazismo, en la que el primero se aferra a la ilusión de que las crisis económicas y las recesiones se pueden evitar mediante la intervención del Estado, y que el último, sin embargo, es brutal y megalómano, mostrando una visión más explícita y más abierta respecto a lo que concierne el objetivo último en el desarrollo del capital monopolista: un militarismo que conduce a la guerra y la esclavitud de pueblos enteros con la intención de servir a las necesidades de la extensión del capital monopolista. El keynesianismo y el reformismo moderno, ya que se niegan a socavar la base económica del capital monopolista, inevitablemente se convierten en instrumentos fundamentales para facilitar la tendencia hacia el militarismo y la intervención extranjera. Es un hecho que el imperialismo occidental de hoy está constantemente ocupado en varias formas de agresión, incluida la intervención militar abierta. Se puede ver como los imperialismos occidentales se dedican a la destrucción sistemática, siempre que sea posible, de la capacidad de las naciones enteras para controlar su propia riqueza, ya sea por la explotación de sus propios recursos como el petróleo o para evitar que con el tiempo se hubieran convertido en una especie de competidor en el mercado mundial». (Rafael Martínez; El reformismo de Podemos y el renacimiento del keynesianismo, 2015)

Los fascistas siempre han sido guardianes del sistema por sostener el entramado económico de las grandes empresas capitalistas, así como por propagar las ideas culturales más retrógradas de la época. Si el lector conoce algo de la historia del fascismo, conocerá sobradamente que sus movimientos siempre buscaron financiarse a través de la oligarquía, siendo lo común que, a posteriori, acabasen buscando alianzas o fusionándose con varias de las expresiones políticas conservadoras y liberales que habían dominado el panorama:

«En Italia en 1922, como en Alemania diez años más tarde, es la convergencia entre el fascismo y las élites tradicionales, de orientación liberal y conservadora, lo que está en el origen de la revolución legal que permite la llegada al poder de Mussolini y Hitler. (...) Los fascismos instauraron, por tanto, regímenes nuevos, destruyendo el Estado de Derecho, el parlamentarismo y la democracia liberal, pero, a excepción de la España franquista, tomaron el poder por vías legales y nunca alteraron la estructura económica de la sociedad. (...) A diferencia de las revoluciones comunistas que modificaron radicalmente las formas de propiedad, los fascismos siempre integraron en su sistema de poder a las antiguas élites económicas, administrativas y militares. Dicho de otra manera, el nacimiento de los regímenes fascistas implica siempre un cierto grado de «ósmosis» entre fascismo, autoritarismo y conservadurismo. Ningún movimiento fascista llegó al poder sin el apoyo, aunque sólo fuese tardío y resignado, por falta de soluciones alternativas, de las élites tradicionales. (…) Mussolini acepta primero erigir su régimen a la sombra de la monarquía de Víctor Manuel III y decide seguidamente lograr un compromiso con la Iglesia católica (79). Esto es más claro para el caso francés, en el centro del análisis de Sternhell. A pesar de sus rasgos fascistas, el régimen de Vichy sigue anclado a un proyecto restaurador, autoritario y tradicionalista. (...) Todo el nacionalismo y la extrema derecha franceses, desde el conservadurismo maurrasiano hasta el fascismo, convergen, gracias a un rechazo compartido del parlamentarismo, en el régimen de Vichy, caracterizándolo como una mezcla de conservadurismo y de fascismo. Representativo desde este punto de vista es el caso español, ignorado por nuestros tres historiadores. En España, dos ejes coexisten en el seno del franquismo: por un lado, el nacionalcatolicismo, la ideología conservadora de las elites tradicionales, desde la gran propiedad territorial hasta la Iglesia; por otro, un nacionalismo de orientación explícitamente fascista −secular, modernista, imperialista, «revolucionario» y totalitario− encarnado por Falange. (…) Si se piensa en la coexistencia de Mussolini y del liberal conservador Giovanni Gentile en el fascismo italiano, de Joseph Goebbels y Carl Schmitt en el nazismo o de los carlistas y falangistas en el primer franquismo. Cuando se habla de revolución fascista, se deberían siempre poner grandes comillas, si no corremos el riesgo de ser deslumbrados por el lenguaje y la estética del propio fascismo, incapacitándonos para guardar la necesaria distancia crítica. (…) Conflictos entre autoritarismo conservador y fascismo se produjeron evidentemente en el curso de los años treinta y cuarenta, como lo prueban la caída de Dollfus en Austria, en 1934, la eliminación de la Guardia de Hierro rumana por el general Antonescu, en 1941, o la crisis entre el régimen nazi y una gran parte de la élite militar prusiana revelada por el atentado contra Hitler, en 1944. (…) Una «catolización» de Falange y de una «desfascistización» del franquismo. (…) Estos conflictos no eclipsan los momentos de coincidencia recordados más arriba». (Enzo Traverso; Interpretar el fascismo. Notas sobre George L. Mosse, ZeevSternhell y Emilio Gentile, 2005)

El relato opuesto, e igualmente irreal, es el que hoy vende Vox, afirmando la famosa majadería de que Hitler o Mussolini eran «revolucionarios». Y no solo eso, sino que completan la distorsión histórica proclamando que, vistos en perspectiva, los fascistas extranjeros tendrían más que ver con la izquierda política, las ideas socialistas e incluso con Marx, que con los grupos liberales y conservadores de la política tradicional, con aquellos que defienden hoy el orden constitucional burgués:

«El portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Madrid, Javier Ortega Smith, ha llevado al Pleno una condena al comunismo y al nacionalsocialismo, «que proviene de la izquierda, como el fascismo». (La Vanguardia; Vox condena el comunismo y el nazismo, «que viene de la izquierda», y les critican que se olviden del franquismo, 30 de octubre 2019)

Nótese aquí el lenguaje confuso de la Escuela de Bueno y los servicios que presta a los de arriba. Con esto, Vox intenta transmitir la falsa idea de que el fascismo que se produjo fuera de España fue un movimiento «anticapitalista», en consecuencia, el fascismo extranjero siempre habría sido de «izquierda», «revolucionario»; por lo que Vox, al ser hoy procapitalista, constitucionalista y español, se encuentra dentro del orden del actual régimen, ¡por lo que no podría ser fascista! Y así se completa el silogismo. De golpe y porrazo parecería que no importara que provengan de familias del viejo régimen, el apoyo explícito de los miembros de Vox al franquismo, sus dantescas propuestas culturales, ¡ni siquiera sus amenazas para quebrar el propio «orden constitucional» demócrata-burgués cuando este resulta insuficiente para cumplir sus ambiciones! Pareciera que deberíamos cerrar los ojos al hecho de que muchos de ellos han militado en partidos filofranquistas y aún tienen vínculos con asociaciones como la Fundación Francisco Franco. Indudablemente los nostálgicos del fascismo, sea en su versión falangista más «pura» o en la franquista más «ecléctica», nuclean a todo tipo de personajes imaginables y pueden abarcar a todo tipo de capas sociales diferentes. Véase la obra: «Los fascistas, ¿quiénes son ellos?» (2021).

Algunos de estos personajes acostumbran a disimular la vinculación de Franco con el falangismo español, el fascismo italiano o el nazismo alemán, hablando del franquismo como una «democracia limitada», un «autoritarismo militar» y demás eufemismos. Esto responde a que, cómo explicamos en otros documentos, a causa de su aislamiento internacional, el franquismo pasó a estar internacionalmente a la defensiva a partir de 1945, intentando aparentar no deberle nada a las potencias del Eje ni al ideario fascista de la época que anteriormente había hecho suyo. Finalmente, tras el descalabro de su estructura en 1975 y el desprestigio de su figura central, Francisco Franco, gran parte de sus viejos seguidores se vieron obligados a replegarse y disimular su antigua vinculación con el sistema, ora defendiéndolo, ora relativizándolo; recordándolo con nostalgia, buscando chivos expiatorios para explicar su deterioro y derrumbe final… Un modelo que, según su lógica, «no estaba tan mal como ahora todos aseguran». Véase la obra: «¿Era el fascismo español una «tercera vía» entre capitalismo y comunismo?» (2014).

Armesilla, actuando literalmente como un agente del fascismo, incluso defiende que:

«El democratismo de Vox es palpable cuando defienden una nueva Ley de Partidos que asegure el «funcionamiento democrático» de los mismos –teniendo problemas Vox con el Artículo 6 de la Constitución Española de 1978– y la transparencia de sus fuentes de financiación, así como una «nueva Ley Electoral que garantice el vínculo directo entre representantes y representados». (...) Vox, legítimamente liberal y democrático, muy alejado en el fondo y en la forma de lo que el fascismo fue, y es». (Santiago Armesilla; Crítica del programa de Vox (I), 2019)

Esta argumentación es una de las tantas idioteces que lanza esta criatura, lo cual denota que de análisis marxista va escaso. En el caso concreto de España un partido fascista que tuviese a su cargo la mayoría en el poder judicial podría perfectamente valerse una y otra vez del art. 155 de la Constitución para intervenir en las Comunidades Autónomas con gobiernos díscolos que no sigan su camino −como aquellas gobernadas por partidos independentistas−; del mismo modo, si tuviera mayoría en el Congreso de los Diputados podría aprobar el reformular y ampliar algunos artículos para endurecer el derecho a la asociación política, fuese bajo el pretexto que fuese. Esto no es una ensoñación, si miramos de cerca Vox ya ha esgrimido planteamientos autoritarios que sobrepasan la propia Constitución de 1978, como ilegalizar a todo partido independentista, comunista y socialdemócrata que «no defienda o vaya en contra de la unidad de España», ¡vaya! ¡Casualmente como Armesilla proclama día y noche! Aparte de esto, habría que mencionar el lenguaje alarmista, agresivo y calumnioso hacia los homosexuales y los inmigrantes del cual hacen gala, el pasado político fascistoide de muchos de los «voxeros», el seguir alabando a figuras como Ramiro Ledesma o José Antonio Primo de Rivera, así como el utilizar el espantapájaros del comunismo contra sus adversarios cada vez que pueden, quizás, y solo quizás, sean cosas que hagan dudar un poco al lector de lo que intenta hacernos creer Armesilla sobre el intachable «democratismo» de Vox. Véase nuestra obra: «Las elecciones, la amenaza del fascismo, y las posturas de los revisionistas» (2019).

En verdad, aunque el fascismo temporalmente haya jurado «defender» o «mejorar» los «derechos democráticos» −entendiendo por estos a los derechos democrático-burgueses−, a la hora de la verdad más bien ha intentado barrerlos en cuanto ha podido. En no pocas ocasiones, la retórica del fascismo inicialmente apuntaba no tanto hacia los fundamentos de la política o legislación liberal-burguesa −que también− como sí a sus «deficiencias reales en la práctica». Esta táctica respondía a que por el momento estos mecanismos legales les eran funcionales en lo relativo a conseguir la toma del poder; inservibles una vez asegurado el control del mismo. En todo caso, el nuevo proyecto fascista caminaba hacia adelante bajo la promesa de que con él habría un cumplimiento pleno de muchos de los mejores rasgos políticos del constitucionalismo tradicional, solo que ahora sin las antiguas «trabas burocráticas»; a su vez los nuevos gobernantes reformarían y complementarían algunas «lagunas de la legislación vigente» para hacerla mucho más «justa y eficaz», logrando así «restaurar la justicia social» y el «orgullo nacional», denostados bajo la progresiva degeneración liberal, ¿y cómo se lograría todo esto? Por supuesto, gracias a la vitalidad, el ingenio y la previsión del caudillo fascista y su séquito; no por casualidad en 1930 Mussolini definía al fascismo como «la forma más pura de democracia» y a su Estado como una «democracia organizada, centralizada y autoritaria».

En cuanto a la cuestión nacional, estos tormentosos personajes rara vez se reconocen así mismos nacionalistas, pero siempre, eso sí, atacan con saña al «peligroso nacionalista» que tienen en frente:

«Hay muy diversos tipos de nacionalismos, no se puede igualar, es en lo que hay que insistir... Yo estoy en contra de aquellos que dicen yo soy antinacionalista, ni nacionalista español ni nacionalismo catalán… O simplemente ya la palabra nacionalismo, es condenada de antemano. No todos los nacionalismos son iguales, ni todos los nacionalismos pudieran tener la misma escala». (Axel Juárez Rivero; Las derechas no alineadas y los nacionalismos, 2019)

Estamos de acuerdo en que no es igual cualquier nacionalismo: en concreto, el marxismo enseña que no se puede igualar el nacionalismo de una nación opresora que el de una nación oprimida y, pese a todo, hay que exponer tanto a uno como al otro por el bien del proletariado de ambas zonas. Pero, casualmente, estos autores defienden siempre el nacionalismo de la nación opresora, sea donde sea que se geste el debate, hablemos de China, Rusia o de España.

Como admiradores de todo lo reaccionario habido y por haber, los gustavobuenistas también aconsejan a sus «hermanos latinoamericanos» que adopten esta conjunción entre marxismo y nacionalismo, que rescaten sin complejo a sus figuras predilectas. Este siempre ha intentado sin mucho éxito ampliar su radio de influencia en el continente americano, como hoy así lo intenta con la presencia del caricaturesco Santiago Armesilla. Por medio de diversos seminarios este ser se esfuerza por promocionar sus libros imperialistas que venden al mundo las bondades que tiene el someterse a los designios «hispanistas» del «gran maestro» Gustavo Bueno. En una de sus revistas actuales, los buenistas exigían a los «marxista-leninistas argentinos» la unión con el peronismo para producir «un cambio estructural revolucionario».

«Para todo Marxista-Leninista argentino, que se precie de tal, hay que comprender que la unidad con el peronismo es un eje central de la política popular. Sin esa unidad, demostrada históricamente, defendida por los Congresos históricos, y argumentada por los históricos líderes del Partido, ningún cambio estructural ni revolucionario es posible en la República Argentina». (La Razón Comunista; El comunismo argentino y el peronismo, 2021)

Reclaman la alianza con un movimiento nacionalista dirigido históricamente por un caudillo criollo como Perón, el cual se identificaba con los principios del falangismo español y que, por si fuera poco, se prodigó en reprimir al marxismo a sangre y fuego en su país, y ese es, según ellos, el vector para conseguir la deseada «unión revolucionaria». ¿Se imaginan? ¡La ideología y movimiento del amigo de Franco es en Argentina el aliado de los «zurdos»! Véase la obra: «Perón, ¿el fascismo a la argentina?» (2021).


¡Para Armesilla resultaría que Franco era «socialista»!

Santiago Armesilla también vino alegando en redes sociales, que, por supuesto, Marx hubiera apostado que Francisco Franco era un «socialista»:

«Marx diría que Franco fue socialismo clerical o reaccionario». (Twitter; Santiago Armesilla, 12 de marzo de 2021)

¿De verdad existe ser en este planeta que se vaya a fiar de la interpretación de Marx respecto a alguien que votó a UP&D y que ahora hace apología del PP? Bien, necios siempre hay, claro está, pero el Sr. Armesilla arriesga demasiado en sus maniobras. ¿El franquismo es socialismo? ¿Qué será lo próximo? ¿«Socialismo Falangista»? ¿«Socialismo Vaticanista»? ¿«Socialismo del OPUS DEI»? Pero aclaremos términos. En sus obras clásicas Marx y Engels definieron el «socialismo reaccionario» como la corriente de aquellos:

«Partidarios de la sociedad feudal y patriarcal, que ha sido destruida y sigue siéndolo a diario por la gran industria, el comercio mundial y la sociedad burguesa creada por ambos. Esta categoría saca de los males de la sociedad moderna la conclusión de que hay que restablecer la sociedad feudal y patriarcal, ya que estaba libre de estos males. Todas sus propuestas persiguen, directa o indirectamente, este objetivo. Los comunistas lucharán siempre enérgicamente contra esa categoría de socialistas reaccionarios, pese a su fingida compasión de la miseria del proletariado y las amargas lágrimas que vierten con tal motivo, puesto que estos socialistas. (…) se esfuerzan por restablecer la dominación de la aristocracia, los maestros de gremio y los propietarios de manufacturas». (Karl Marx y Friedrich Engels; Principios del comunismo, 1847)

Es indudable que no hay que ser un genio para comprender que esto era una ideología pequeño burguesa que sentía una honda desesperación por las consecuencias de la industrialización, que deseaba volver a la era premonopolística, a la época de los gremios, etc. Un romántico de manual. Nada de esto tiene que ver con el franquismo y sus planes de modernización llevados a cabo bajo ayuda del capital estadounidense. ¿Y en cuanto al «socialismo clerical»? ¿Es un término aplicable al franquismo? Tampoco:

«Como los curas van siempre del brazo de los señores feudales, no es extraño que con este socialismo feudal venga a confluir el socialismo clerical. Nada más fácil que dar al ascetismo cristiano un barniz socialista. ¿No combatió también el cristianismo contra la propiedad privada, contra el matrimonio, contra el Estado? ¿No predicó frente a las instituciones la caridad y la limosna, el celibato y el castigo de la carne, la vida monástica y la Iglesia? El socialismo cristiano es el hisopazo con que el clérigo bendice el despecho del aristócrata». (Karl Marx y Friedrich Engels; Manifiesto comunista, 1848)

Esto tampoco tiene que ver con el franquismo, ni siquiera con sus organizaciones asistencialistas, pues ninguna de ellas intentaba poner en jaque el sistema económico capitalista, muy por el contrario, eran las correas de transmisión del movimiento franquista en los barrios. ¿Acaso ha leído Armesilla estas dos obras de Marx y Engels o simplemente utiliza términos populares pero manipulando su significado adrede? En realidad, ni lo sabemos ni nos importa, solo nos preocupa aclarar tales payasadas.

También tuvo tiempo de agradecer al Caudillo «sus servicios» a la nación porque:

«Generó varias empresas. (…) Aplicó servicios sociales (…)». (Twitter; Santiago Armesilla, 12 de marzo de 2021)

¡Amén! ¡Si es que como han proclamado siempre los fachas del país: «con Franco vivíamos mejor!». ¿Verdad, señor Armesilla? Antes no había tanta «izquierda indefinida» ni tanto «separatista» dando tanto la lata, la Iglesia tenía su nicho más asegurado y los libros de historia respiraban mayor «hispanidad». ¡Qué tiempos aquellos del «nacional-catolicismo»! Pero estas declaraciones no nos pillan de nuevas, Armesilla también insistía sobre el carácter socialista de este dictador fascista apelando al fanatismo hacia su líder: 

«@armesillaconde: Para varios liberales, Franco era socialista. En su libro «El mito de la derecha», el filósofo Gustavo Bueno lo encuadra en lo que él llama «derecha socialista». Bueno es una gran influencia en mi forma de ver las cosas». (Twitter; Santiago Armesilla, 3 de mayo de 2020)

¡Y si el líder así lo aseguraba, como contradecirle nosotros!

Si el lector lo desea y le gusta la especulación académica, puede revisar las famosas tablas de Armesilla sobre la «izquierda»: 

a) Con la «izquierda radical», la «izquierda liberal», la «izquierda libertaria», la «izquierda socialdemócrata», la «izquierda asiática», la «izquierda bolivariana»; en el marco de las generaciones de «izquierdas políticamente definidas». 

b) Con la «izquierda extravagante», la «izquierda divagante», la «izquierda fundamentalista» corrientes de «izquierdas políticamente indefinidas». 

Ah, ¿qué el lector tampoco sabe que es eso de la «izquierda definida» e «izquierda indefinida»? Bueno, según Armesilla esta última es:

«@armesillaconde: Toda izquierda indefinida carece de proyecto político respecto del Estado». (Twitter Santiago Armesilla, 28 dic. 2020) 

Pero esto es tan válido como autoproclamarse apolítico o amoral, no se está diciendo nada porque todos tenemos, de forma consciente o inconsciente, una política y una moral. En definitiva, esto es lo que ocurre cuando los intelectuales se aburren, se dedican a emular los trabajos de taxonomía, esto es, la ciencia de la clasificación, solo que en su desempeño hay algunos «detalles» que lo diferencian. Estas agrupaciones recuerdan a las de Tito hablándonos de «países no alineados», a las de Mao con su famosa teoría de «los tres mundos»; o a los brezhnevistas hablándonos de países «no capitalistas en vías al socialismo». En todas estas clasificaciones los criterios eran tan subjetivos, laxos y zafios, que las entidades de la lista bien podían entrar y salir dependiendo de si la política exterior era favorable al autor o no, ¡todo muy científico! 


La admiración sin disimulo del fascismo

La famosa Escuela de Bueno no es sino la filosofía burguesa al servicio del fascismo nacional, algo que se demuestra por sí solo. Existe un trabajo donde Gustavo Bueno coparticipó con otro de sus alumnos aventajados. Allí nos decía del famoso fascista español Ramiro Ledesma:

«Debemos recordar que en el Manifiesto inicial [La Conquista del Estado, Nº1, 14-IV-1931], el punto 6° indica: «Afirmación de los valores hispánicos»; el punto 7 señala: «Difusión imperial de nuestra cultura». El 10 ataca el separatismo, y el 16 solicita la «lucha contra el farisaico caciquismo de Ginebra», y la «afirmación de España como potencia internacional». Leemos lo que es «Imperio» para Ramiro Ledesma. Escrito en 1931 está: «El Imperio hispánico ha de significar la gran ofensiva: nueva cultura, nuevo orden económico, nueva jerarquía vital». Ledesma pide una revolución nacional, «vigorizadora, sobre todo, de la unidad de España», con «un sentido social». (Francisco Díaz de Otazu Guërri bajo la dirección de Gustavo Bueno; Apuntes hacia la filosofía de Ramiro Ledesma, 2000)

De hecho, Gustavo Bueno mostraría su verdadero cariz afirmando que:

«No cabe duda que Ledesma advirtió, junto con otros muchos teóricos, la relevancia que tenía el Imperio en la Historia de España, y ello constituye un gran mérito suyo, que sólo desde posiciones sectarias podrían minimizarse». (Gustavo Bueno; Dialéctica de clases y dialéctica de Estados, 2001)

Esto indica que esta escoria no había evolucionado desde los años 60, seguía siendo el mismo pobre ser rancio y oscurantista, el más digno heredero de su mentor Santiago Montero Díaz, quien a su vez fue jefe de las JONS e íntimo amigo de Ramiro Ledesma. A riesgo de ser cargantes insistimos: ¡esta es la figura «ilustrada» que algunos «revolucionarios» usan hoy para apoyar sus «análisis marxistas»! Triste pero cierto.

Otro de los discípulos de Gustavo Bueno decía:

«Yo hace tiempo que he planteado que el fascismo sería hoy en el 2005 una ideología que defendería a muerte los intereses de las clases medias –más del 70% de la población– frente al lumpen, los inmigrantes y la plutocracia capitalista». (Felipe Giménez Pérez; Fascismo, 2003)

¿Alguien imagina defensa más abierta del fascismo como ideología? Esto nos hace una idea de lo que esta filosofía ha causado: no solo su incomprensión de la cuestión nacional desde un punto de vista marxista, sino su abierta conexión con el fascismo en base a su equivocación sobre dicha cuestión. Lo cierto es que, lejos de renegar del lumpen, el fascismo como movimiento burgués siempre se ha valido de él, y lejos de derrocar el capitalismo, siempre lo ha reforzado, actuando como su ejército mercenario privado. 

Por ir finalizando, aunque el buenismo se presente como pretendido «superador de todas las filosofías precedentes», en realidad el papel de la Escuela de Bueno es de segundón y lacayuno. Consciente o inconscientemente tiene asignado el papel de intentar que los jóvenes insatisfechos con el sistema capitalista no miren a la «izquierda», y si aceptásemos ese término clásico de la economía política, habría que sentenciar que el marxismo ha demostrado ser la única «izquierda» verdaderamente revolucionaria y emancipadora en la era capitalista. Ellos, en cambio, piden que los descontentos con el sistema reflexionen, que sean «flexibles», «verdaderos patriotas», y que así viren así hacia nuevos horizontes no explorados, hacia la derecha: hacia algo más liberal o más conservador… incluso –¿por qué no?– hacia al fascismo, como ya vimos atrás. Esto es aceptado con gusto si con ello «se salva a España» –porque los nacionalistas piensan que es más importante el nivel de extensión del Estado que la dignidad del mismo–. Su único ambiente de captación, su único «río de pesca», seguro son las universidades; aquellos intelectuales aburguesados que ya de por sí son fervientes nacionalistas, por lo que, como dijimos en la introducción, esto mucho mérito no tiene, y el techo de crecimiento de una corriente así de estrafalaria es harto clarividente». (Equipo de Bitácora (M-L)Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»