«Exceptuando algunos momentos críticos en que las clases sociales, por extrema incapacidad para mantenerse en una condición de relativo equilibrio por adaptación, entran en una más o menos prolongada crisis de anarquía, y haciendo excepción de aquellos singulares catástrofes hacia las cuales se precipita todo un mundo, como cuando la caída del imperio romano de Occidente, o cuando la disolución del Califato; desde que tenemos memoria de historia escrita, el Estado aparece, no sólo como el ápice y como el vértice de la sociedad, sino como el regidor de ésta. El primer paso que el ingenuo pensamiento ha dado en orden tal de consideraciones, consiste en este enunciado: el regidor es el autor.
Haciendo además abstracción de ciertos breves períodos de democracia ejercida con la viva conciencia de la soberanía popular, como sucedió en algunas ciudades griegas, y señaladamente de Atenas, y en algunas comunas italianas, de Florencia sobre todo −que eran, no obstante, de hombres libres, dueños de esclavos las primeras, y los segundos de ciudadanos privilegiados que explotaban al forastero y la campiña−, la sociedad regida por el Estado fue siempre de una mayoría en manos de una minoría. De modo que la mayoría de los hombres ha aparecido en la historia como una masa regida, gobernada, guiada, explotada y maltratada, o por lo menos, como una multicolor conglomeración de intereses que unos pocos individuos debían reglamentar, manteniendo en equilibrio las divergencias, por presión o por compensación.
De aquí la necesidad de un arte de gobernar, y como este arte es lo primero que se evidencia a los observadores de la vida colectiva, natural era que la política apareciese como autora del orden social y como el índice de la continuidad en la sucesión de las formas históricas. Quien dice política, dice actividad, que hasta cierto punto nos conduce con designio, es decir, hasta que los cálculos no chocan con ignoradas o inesperadas resistencias. Convertido el Estado, por lo que sugería la imperfecta experiencia, en autor de la sociedad, y la política en autora del orden social, era consiguiente que los históricos narradores o razonadores estuviesen inclinados a reponer lo esencial de la historia en el sucederse de las formas, de las instituciones y de las ideas políticas. No importaba al común raciocinio saber dónde se había originado el Estado y en donde se encontraba el fundamento de su perpetuación. Es sabido que los problemas de índole genésica surgen bastante tarde. Existe el Estado y encuentra su razón en su actual necesidad: y tan verdad es esto, que la fantasía no ha podido adaptarse a la idea de su desaparición, y ha podido adaptarse a la idea de su desaparición, y ha prolongado su existencia conjetural hasta los primeros orígenes del género humano. Dioses o semidioses y héroes fueron sus institutores, por lo menos en la mitología; como en la teología medieval, el Papa actúa de fuente prima, y por esto divina y perpetua, de toda autoridad. En nuestros tiempos actuales aún hay viajeros inexpertos y misioneros idiotas que en todas partes encuentran al Estado, allí donde, como entre los bárbaros y los salvajes, no es más que la gens, o la tribu de las gens, o la alianza de las gens.
Dos cosas han ocurrido que han permitido vencer tales prejuicios del raciocinio. En primer lugar, fue necesario que se reconociese que las funciones del Estado nacen, crecen, disminuyen, se alteran y se suceden con el variar de ciertas condiciones sociales. En segundo lugar, se ha comprendido que el Estado existe y se aguanta en cuanto destinado a defender ciertos determinados intereses de una parte de la sociedad, contra todo el resto de la misma sociedad, la cual, en su conjunto, debe estar formada de tal modo, que la resistencia de los sujetos, de los maltratados, de los explotados, o se pierda en sus múltiples engranajes o encuentre una compensación en los parciales, merced a míseras ventajas de los mismos opresores. El milagroso y admirado arte político se resuelve por esto en un enunciado bastante simple: aplicar una fuerza o un sistema de fuerzas a un conjunto de resistencias.
El primero y más difícil paso se ha dado cuando se logra resolver el Estado en las condiciones sociales de donde se origina. Pero estas mismas condiciones sociales se han precisado después con la teoría de las clases, cuya génesis está en la manera de las varias composiciones, dada la distribución del trabajo, o bien dadas las relaciones que coordinan y vinculan los hombres en una determinada forma de producción.
A este punto, el concepto del Estado ha cesado de representar la causa directa del movimiento histórico, en cuanto presunto autor de la sociedad, porque le ha visto que en cada formación y variación suya no es más que la ordenación positiva y forzada de un determinado dominio de clase o de un determinado de diversas clases. Y después, por ulterior consecuencia de tales premisas, se ha llegado por último a reconocer que la política, en cuanto arte de obrar con designio, es una parte bastante pequeña del movimiento general de la historia y es una parte no grande de la formación y del desarrollo del mismo Estado, en el cual muchas cosas, o sea muchas relaciones, nacen y se desarrollan por necesario ajuste, por tácito consentimiento, por sufrida o tolerada violencia, por intuitivo expediente. El reino de lo desconocido en al sentido de lo que no es querido a propósito, o por elección o designio, sino que se determina y se hace por sucesión de hábitos, de costumbres, de acomodamientos, etc., se ha ensanchado bastante en el campo de los conocimientos que forman objeto de la ciencia histórica, y la política, que era regla de explicación, se ha convertido en cosa a explicar.
Se ha hecho, pues evidente por qué razones la historia se presentaba con exclusivo ropaje político. Pero no por esto el Estado es una simple excreencia, o un puro accesorio del cuerpo social o de la libre asociación, como ha parecido a muchos utopistas y ultraliberales anarquizantes. Si hasta ahora la sociedad ha ido a parar hacia el Estado, es porque ha tenido necesidad de este complemento de fuerza y de autoridad tales, por ser precisamente sociedad de desiguales por efecto de las diferenciaciones económicas. El Estado, no cabe duda que es una cosa real, como sistema de fuerzas que mantienen el equilibrio, o lo imponen con la. violencia y con la represión. Y para existir como tal sistema de fuerza, ha tenido que convertirse en una potencia económica, que descanse ésta en la razzia, en la presa, en la imposición de guerra, o que consista en la directa propiedad demanial, o se forme gradualmente, como en el método moderno de la pública hacienda, que asume las simuladas formas constitucionales de una pretendida autotasación. En esta potencia económica, tan grande en los Estados modernos, consiste el fundamento de su capacidad para obrar. De ésta deriva que, por medio de una nueva división del trabajo, en torno de las funciones del mismo Estado, se varan formando órdenes especiales, ósea, clases particularísimas, sin excluir la de los parásitos.
El Estado, que es y debe ser potencia económica, a fin de que para defender a las clases directoras tenga medios de represión, de gobierno de administración y de guerrear, crea, directa o indirectamente, un conjunto de nuevos y particulares intereses, los cuales reaccionan necesariamente sobre la sociedad. De modo que el Estado, en el momento que surge y se mantiene como garante de las antítesis sociales, que son consecuencia de las diferencias económicas, forma en torno suyo un círculo de interesados directamente en su existencia. De esto derivan dos consecuencias. Como la sociedad no es un todo homogéneo, antes bien, es un cuerpo de particularizadas articulaciones, un multiforme complejo de intereses antitéticos, sucede a veces que los regidores del Estado tienden a aislarse, y en tal aislamiento se oponen a toda la entera sociedad. Y después, en segundo lugar, sucede que órganos y funciones creadas al principio a beneficio de todos, degeneran en abusos de camarilla, de conventículos y de camorra. Do aquí las aristocracias y las jerarquías nacidas del uso de los poderes políticos y de aquí las dinastías, cuyas formaciones, vistas a la luz de la simple lógica, parecen del todo irracionales.
Desde que existe historia segura, el Estado ha crecido o disminuido de poderes, pero no ha desaparecido nunca; porque nunca desaparecieron en la sociedad de los desiguales por económica diferenciación, las razones para mantener y defender con la tuerza o la conquista o la esclavitud, o los monopolios, o el predominio de una forma de producción, mediante la señoría del hombre sobre los hombres. Por esto después el Estado se ha convertido en la arena de una incesante guerra civil continua, aunque no aparezca con las formas estrepitosas de los Mario y de los Sila, de las jornadas de Junio y de la Secesión americana. Dentro del Estado ha florecido siempre la corrupción del hombre por medio del hombre, porque si no hay forma de dominio que no encuentre resistencia, tampoco hay resistencia que por las urgentes necesidades de la vida no pueda degenerar en resignado acomodamiento.
Por tales razones, las vicisitudes históricas, vistas con la superficialidad de la monótona narración ordinaria, parecen como la repetición muy poco variada de un mismo tipo, como una especie de retornelo o de configuración de caleidoscopio. No es de extrañar que el conceptualista Herbart y el malicioso pesimista Schopenhauer llegaran a la conclusión de que no hay historia como a verdadero proceso, lo cual en lenguaje vulgar viene a decir que la historia es una canción fastidiosa.
Reducida la historia política a su quintaesencia, el Estado se presenta clara y totalmente prosaico, sin huellas de teológica transhumanación ni de aquella metafísica transubstanciación que tan en boga estuvo entre ciertos filósofos alemanes: por ejemplo, el Estado que es la Idea, el Estado Idea que tiene su explicación en la historia, el Estado que es la plena actuación de la personalidad, y otras tantas paparruchadas similares. El Estado es una real ordenación de fuerzas para garantizar y perpetuar un método de convivencia, cuyo fundamento es o una forma de producción económica, o un acuerdo y una transacción entre diversas formas. Más breve: el Estado supone o un sistema de propiedad o un acuerdo entre varios sistemas de propiedad. En esto está el fundamento de su arte, para cuyo ejercicio es necesario que el mismo Estado se convierta en una potencia económica y tenga también los medios y los modos de hacer pasar la propiedad de unas manos a otras. Cuando, por efecto de una renovación aguda y violenta de las formas de la producción, es necesario proveer a un imprevisto y extraordinario cambio de lugar de las relaciones de la propiedad −por ejemplo, abolición de la manomuerta y del feudo, abolición de los monopolios comerciales−, entonces la vieja forma política es insuficiente y la revolución se hace necesaria para crear el nuevo órgano que efectúe la transformación económica.
* * *
Ahora bien; haciendo abstracción de los tiempos antiquísimos, desconocidos de nosotros, toda la historia se ha desenvuelto en los contactos y en los contrastes de varias tribus, comunidades, y después de varias naciones y de varios Estados, es decir, las razones de las antítesis internas en el círculo de cada sociedad, se han ido siempre complicando con las del exterior. Estas dos razones de contraste se condicionan recíprocamente, pero en modos siempre variados. A menudo es la necesidad interior lo que empuja a una comunidad o un Estado a entrar en externas conclusiones; otras veces son estas colisiones las que alteran las relaciones interiores.
La causa motriz precipua de las varias relaciones entre las diversas comunidades fue desde los orígenes, como es aún actualmente, el comercio en el tato sentido de la palabra, o sea el cambio, sea que se tratase de ceder, como en una tribu pobre, el terreno exuberante a cambio de otras cosas, sea que se trate, como hoy, de la gran producción en masa, que se ha formado con el exclusivo objeto de vender, para sacar del dinero el dinero aumentado en tanto o cuanto. Esta enorme masa de sucesos externos e internos que se acumulan y sobrepujan uno sobre otro en la ordinaria crono-historia, turban tanto a los historiadores expositores y compendiadores, que casi se extravían en las infinitas tentativas de artificiales agrupamientos cronológicos y perspectivos. El que por el contrario siga el desarrollo interno de los varios tipos sociales en cuanto a su estructura económica, y considere las vicisitudes políticas como particulares resultados de las fuerzas actuantes en la sociedad, acaba al fin venciendo la confusión de la múltiple e incierta impresión empírica, y en el lugar de la línea cronológica, del sincronismo y de la perspectiva, sitúa la serie concreta de un proceso real.
Ante este género de realísticas consideraciones caen todas las ideologías fundamentales en la misión ética del Estado o basadas en cualquier otra frase semejante. El Estado, por así decirlo, queda en su lugar y como encuadrado en los contornos de devenir social, en cuanto forma que es efecto de otras condiciones, y que a su vez, ya existe, reacciona naturalmente sobre el resto. Y aquí apunta otra cuestión.
¿Se superará alguna vez esta forma? O sea: ¿puede haber una sociedad sin Estado? O bien: ¿puede existir una sociedad sin clases? Y si agrada explicarse mejor: ¿podría alguna vez existir una forma de producción comunista, con tal división de trabajo que no pueda dar lugar al desarrollo de las desigualdades, de las cuales se genera el dominio del hombre sobre el hombre?
En la respuesta afirmativa a tales preguntas consiste la suma del socialismo científico, en cuanto éste enuncia el advenimiento de la producción comunista, no como postulado de crítica ni como meta de una voluntaria elección, sino como el resultado del inmanente proceso de la historia [*].
Como es ya sabido, la premisa de tal previsión está en las mimas condiciones de la presente producción capitalista. Ésta socializa de continuo el modo de producir, envuelve cada vez más el trabajo vivo y reglamentado a las condiciones objetivas de la técnica, concentra cada día más la propiedad de los medios de producción en manos de unos pocos, que como accionistas y negociadores de acciones se encuentran cada vez más ausentes del trabajo inmediato cuya dirección pasa a la inteligencia. Con el crecer de la conciencia de tal situación en los proletarios, cuyas enseñanzas de la solidaridad arrancan de las mismas condiciones de su regimentación, y con el decrecer de la capacidad en los detentadores del capital para conservar la privada dirección del trabajo productivo, se llegará a un punto en que, de uno o de otro modo, con la eliminación de toda forma de renta, interés y beneficio privado, la producción pasará a la asociación colectiva, es decir, será comunista. De este modo cesarán todas las desigualdades que no sean las naturales del sexo, de la edad, del temperamento y de la capacidad; es decir, cesarán todas las desigualdades que se refieren a las clases económicas, antes más bien son por estas engendradas, y desaparecidas las clases, desaparecerá la posibilidad del Estado como dominio del hombre sobre el hombre. El gobierno técnico y pedagógico de la inteligencia será el único orden de la sociedad.
Por este camino, el socialismo científico, por lo menos idealmente, ha superado al Estado, y superándolo lo ha comprendido a fondo, tanto en su modo de origen como en las razones de su natural aparición. Y lo ha entendido precisamente porque no se le levanta en contra en modo unilateral y subjetivo, como hicieron en otros tiempos cínicos, estoicos y epicúreso de toda clase, después los sectarios religiosos, cenobitas visionarios y utopistas de conventículo, y por último los anarquistas de toda clase y color. Mejor aún, en lugar de levantarse contra el socialismo científico, ha procurado enseñar que el Estado se subleva continuamente contra sí mismo, creando en los medios de que no puede prescindir, por ejemplo, hacienda colosal, militarismo, sufragio universal, extensión de la cultura, etc., las condiciones de su propia ruina. La sociedad que lo ha producido lo reabsorberá, o sea que así como la sociedad, en cuanto forma de producción, eliminará las antítesis de capital y trabajo, de igual modo con la desaparición de los proletarios y cresando las condiciones que hacen posible el proletariado, desaparecerá toda dependencia de hombre a hombre en cualquier forma de jerarquía. Los términos entre los cuales gira la génesis y el desarrollo del Estado, desde su punto inicial de aparición dentro de una determinada comunidad, en la que comenzó la diferenciación económica hasta este momento, en que su desaparición principia a dibujarse en las mentes, nos lo hacen de aquí en adelante comprensible. Y por tal comprensibilidad, que lo reduce a necesario complemento de determinadas formas económicas, queda eliminada para siempre la presunción de considerarlo como factor autónomo de la historia». (Antonio Labriola; Del materialismo histórico, 1896)
Anotaciones de Bitácora (M-L):
[*] Entiéndase, como anotación, que podemos interpretar a Labriola como un hombre que pensaba que el comunismo, la sociedad sin clases, era un destino de la humanidad que sería realizado por inercia tarde o temprano, especialmente cuando acabamos de leer aquello de que «no como meta de una voluntaria elección, sino como el resultado del inmanente proceso de la historia», algo que con justa razón da tal impresión. Sin embargo, en otras ocasiones matizó mucho más correctamente que más allá de los precedentes condicionados y de la tendencia a futuro, los individuos, el movimiento revolucionario, necesita de dicha voluntad de los suyos para decidir la partida en pugna. En «Filosofía y socialismo» (1897) atacó el «neoutopismo» de aquellos que simplemente aseguran que: «La futura sociedad del colectivismo de la producción económica, con todas las consecuencias técnicas, éticas y pedagógicas que resultarían del colectivismo, será porque debe ser, olvidando que este futuro debe ser producto de los hombres mismos, por exigencia del estado que los rodea y por el desenvolvimiento de sus aptitudes. ¡Dichosos aquellos que miden el acontecer de la historia y el derecho al progreso con la medida de una póliza de seguro de vida!».

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