domingo, 25 de enero de 2026

Pierre Villar sobre la idea de una economía campesina por encima del feudalismo y del capitalismo

«Hace algunos años ha aparecido una tendencia a utilizar, en el vocabulario histórico-sociológico, la noción de «economía campesina» para caracterizar ciertos tipos muy extendidos de sociedades, sea antiguas, sea actuales. Fue mi malogrado colega y amigo Daniel Thorner, eminente especialista de la India contemporánea quien, explícitamente inspirado por el vocabulario del ruso Chaiánov, agrónomo y economista de los años 1910-19 30, propuso el concepto de «economía campesina», en 1962, a la Conferencia de historiadores-economistas de Aix-en-Provence, y después en un artículo de la revista Annales en 1964. Más tarde, en 1973, poco antes de su defunción, Thorner me comunicó, con ocasión de una reunión interna de la Escuela de Altos Estudios, un papel que ha quedado inédito donde, con referencia a Chaiánov y al concepto de «economía campesina», denunciaba como inútil y ya rebasado el concepto marxista de «modo de producción», incapaz, según él, de aclarar los rasgos fundamentales de países como la Rusia de los Zares, India, Indonesia, China, Japón hasta 1914 o México hasta 1930.

Confieso que reaccioné con cierta viveza. La suerte, desgraciadamente, no permitió que el papel de Thorner pasase a la discusión pública. Lo que le opuse en 1973, en breves momentos de conversación, fue aproximadamente lo siguiente: es posible que inmensas sociedades, como las citadas, presenten una dominante económica campesina aplastante, que ya no pertenezcan estrictamente al modo de producción feudal, sin pertenecer todavía plenamente al modo de producción capitalista, pero ¿cómo vamos a creer que aclararemos sus rasgos específicos con llamarlos «campesinos» a secas?

El concepto instrumental de «modo de producción» tiene sus defectos si se entiende superficialmente. Es posible que haya incitado en distintas ocasiones al «esquematismo». Pero no es esquemático por su propia naturaleza, pues es un· concepto global, que hace de las contradicciones internas de todo sistema el principio mismo de su dinamismo, el origen de su transformación. Debe, pues y puede transmitir los mismos caracteres a los modelos que ha de inspirar, de igual forma que, en sentido contrario, los modelos de economía «pura» mercado, concurrencia perfecta, teorías del «equilibrio» expresan lo económico fuera de lo social y ocultan las contradicciones creadoras. El concepto de «economía campesina», por su propia denominación, descubre que se está buscando, ante todo, un modelo económico -y solamente económico. Tal modelo puede ayudar a la descripción, a la explicación tal vez, de mecanismos parciales, pero es muy dudoso que pueda aclarar los orígenes, las crisis, y el destino de una sociedad. En suma, no nos parece un instrumento adecuado para el análisis histórico global. Volveremos, en las conclusiones a este tipo de consideraciones.

Es normal que, observadores de la India o de China, ante campesinados tan enormes y con tantos siglos de inmovilidad aparente, hayan intentado traducir en términos teóricos semejante originalidad. Por mi parte, mi ignorancia en cuanto a los problemas asiáticos me aconseja prudencia. 

Pero he aquí que para regiones más cercanas a nosotros, y evoluciones relativamente .recientes, las «cuestiones campesinas», los «problemas agrarios», inspiran tendencias parecidas a las que acabo de señalar. Se intenta aislar los problemas del campo: ¡Cuantos libros, sea históricos, sea orientados por la actualidad, llevan títulos adornados con las palabras «rural», «agrícola», «campo», «campesino», «campesinado»! 

Démonos cuenta de que eso también es bastante natural. Basta retroceder doscientos años -no más en el pasado, para encontrar un mundo donde el campesinado representa el 60, el 70, el 80 por ciento de la sociedad. Pero, ¿vamos a concluir: campesinado = sociedad? ¿y es coherente el concepto mismo de campesinado? 

Viene después el momento en el que el campesinado deja de ocupar, numéricamente, el sitio privilegiado que era el suyo en sociedades poco evolucionadas. Se manifiestan entonces dos tentaciones entre los observadores de la sociedad: la una consiste en menospreciar, en los grupos que evolucionan rápidamente, el peso que persiste en realidad− de la masa campesina; y se ocupa uno, entonces, del «gran comercio», del nacimiento de la «industrialización», del «capitalismo» incipiente; pienso en ciertos ensayos que intentan pensar los «tiempos modernos» a partir del «capitalismo mercantil», olvidando que antes de 1760-1780, en ningún país, las estructuras sociales fundamentales han dejado de ser las del campo, un campo cuya permeabilidad a la penetración de la economía monetaria es muy desigual. Pero existe una tendencia opuesta, la que consiste en subrayar, en las épocas de transición, si no la extensión, sí al menos la originalidad del mundo campesino. Aquí ciertos marxistas han sugerido, por el empleo en mi opinión erróneo de su propio vocabulario, un aislamiento, una especificidad del campo en la sociedad global, al hablar de «modo de producción parcelario», de «modo de producción mercantil simple». Tales expresiones, sacadas de unas frases aisladas de Marx, me parecen más emparentadas con los conceptos de Chaiánov o Thorner que con el pensamiento global de Marx. 

Finalmente, si nos situamos en tiempos recientes y países próximos España y Francia, por ejemplo, nos encontramos ante una evolución de una rapidez sorprendente, que hace pasar, en pocos años, la proporción de la población activa campesina en la población activa total del 50 ó 60 por ciento al 20, 15 y hasta el 10 por ciento. Y las reacciones, otra vez, son múltiples y varias: unos economistas aplauden a tal transformación como «racional», y se proponen acelerarla. Sociólogos o políticos, a niveles muy distintos de sinceridad y análisis, salen a defender la «propiedad familiar», el «pequeño campesinado». Otros, por nostalgia sentimental o curiosidad intelectual, se hacen antropólogos, etnólogos, y estudian nuestras últimas aldeas a la manera de Frobenius o Lévi-Strauss. 

Ante tantas posiciones diferentes y todas, en cierto modo, justificadas, ¿cómo vamos a escoger nuestros instrumentos científicos? ¿Será uno de ellos la noción de «economía campesina»? (...)  

Si nos situamos, en efecto, en casos concretos de transición, observamos siempre un feudalismo que está siendo destruido por el capitalismo, o un capitalismo hasta bastante evolucionado− que no se ha despojado aún de toda huella de feudalismo o de primitivismos, o de esclavismo. Llamar «economía campesina» a un «sistema» intermediario autónomo y estable no me parece útil, sino más bien peligroso  Lo que importa es la combinación de relaciones entre hombres y bienes propiedad absoluta o limitada, disposición pagada o no de los medios de producción, con las relaciones entre hombres y hombres dueños y esclavos, señores y siervos, patronos y obreros, etc. El intento por suponer, entre feudalismo y capitalismo, un campesinado capaz de escapar tanto a las coacciones feudales como a la ley del mercado selección, concentración, expropiación de los débiles cuando en realidad la transición hace pesar sobre el campesinado pobre las dos amenazas juntas resulta, en mi opinión, del choque en la mente del agrónomo entre sus deseos «organizacionales» y técnicos, de un lado, y su simpatía hacia el «modo de vivir» campesino del otro. El feudalismo se acabó; el capitalismo prepara el «desarrollo», pero muy lentamente y por unas selecciones despiadadas; la revolución decepciona o asusta; queda la «utopía campesina» o «ecologista», no faltan los parentescos. (...)

No existe un campesinado, un problema campesino. Lo que existe en una sociedad rural son campesinos socialmente diferenciados, los cuales, en la transición del feudalismo al capitalismo, ya no tienen la unidad original de su clase ésta derivaba de la sumisión y de los derechos que todo campesino debía al señor. La economía mercantil, cuando penetra en la economía campesina en sus distintos niveles, determina en el seno del campesinado una jerarquía significativa, subrayada periódicamente por las crisis alimenticias. No olvidemos cómo, en España, tal jerarquía había sido perfectamente apuntada por Zábala en 1732, por Craywinckel en 1764. Los contrastes se sitúan entre el campesino relativamente rico, siempre vendedor de una parte de su producto, el campesino pobre, que no se basta a sí mismo y es siempre comprador de una parte de su subsistencia, y finalmente el campesino intermedio entre los dos grupos, el cual tiene algo que vender en los años buenos (pero a precios bajos de abundancia), y mucho que comprar en los años malos (a precios muy altos por la rareza de granos). Otra característica, señalada por Jean Meuvret en la Francia del siglo XVII, así como por Lenin en la Rusia de fines del XIX: las necesidades monetanas no afectan tanto las capas superiores del campesinado como las más bajas, periódicamente puestas en dificultad por la usura, el impuesto, la compra de las semillas. Al nivel del campesinado pobre, la «célula» campesina estalla, en la micro-economía, con ocasión de cualquier incidente individual (enfermedades, muerte del jefe de familia, etc. Y el accidente colectivo la mala cosecha que se traduce en hambre para todo comprador pobre de granos destruye la estabilidad no de toda la «Sociedad campesina», pero sí de una gran parte de su capa inferior. La transición del feudalismo al capitalismo, si bien no reproduce automáticamente el esquema inglés ya dibujado por Marx, establece de todos modos, en cada país, la diferenciación entre el campesino rico, propietario o arrendatario capitalista en Rusia, el «kulak», y el campesino migrante, errante «depointé», dicen los viejos textos franceses, el «mujik» ruso destinado, en el mejor de los casos, a introducirse en el proletariado obrero, y en el peor a la ociosidad de los suburbios. ¿Dónde se situaría, pues, la «unidad» de la sociedad «campesina», «familiar», palabras con resonancias simpáticas, más o menos conscientemente sugeridas por preferencias ideológicas? Por eso mismo se entiende perfectamente que Stalin, sólidamente apoyado en textos de Lenin, haya podido asimilar la escuela de Chaiánov al «desviacionismo de derecha». Es evidente que se aplica a ella la frase que dirigió, en 1929, contra Bujárin: 

«No entiende ni admite esta cosa sin embargo tan sencilla: existen en los pueblos grupos distintos; a sus ojos se desvanecen como humo los kulaks y los campesinos pobres; no queda sino una masa uniforme de campesinos medios». (Stalin; Contra el desviacionismo de derecha», 1929) 

(Piere Vilar; Reflexiones sobre la «economía campesina», 1978)

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