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lunes, 9 de noviembre de 2015

La crítica y la autocrítica fortalecen al partido; Bolesław Bierut, 1948


«A pesar de las vacilaciones oportunistas y nacionalista del camarada Gomułka que fueron especialmente pronunciadas después de la Iº Conferencia de la Kominform de 1947, el Comité Central del partido elaboró una línea política correcta, custodiando los principios ideológicos marxistas del Partido Obrero Polaco y fortaleciendo los vínculos del partido con la clase obrera.

Como resultado de esta línea correcta, nuestro partido ha mejorado considerablemente su prestigio entre las masas, y, sobre todo, entre la clase obrera. Esto se reflejó en la campaña para las elecciones sindicales y comités de fábrica. Esto se vio reflejado en la masa de los campesinos en las elecciones de las cooperativas. Además, el rápido crecimiento de nuestras filas es una indicación de la creciente confianza de las masas en nuestro partido.

Sin embargo, sería un abandono de los principios del marxismo si nosotros, que estamos considerando la cuestión de la desviación derechista-nacionalista de en nuestro partido, no pudiéramos criticar las graves carencias y errores en todas las ramas principales de nuestro partido, empezando por la política del propio Buró Político.

Aquí debemos detenernos en tener en cuenta que las tendencias oportunistas y derechistas del camarada Gomułka no siempre se rechazaron con energía suficiente por la dirección del partido antes de que se convirtiera finalmente en una desviación. La experiencia de nuestro partido tiende a justificar plenamente la tesis avanzada hace diez meses de la declaración de la Kominform, la cual aludía que:

«El peligro principal que enfrenta la clase obrera en la actual coyuntura es la subestimación de sus propias fuerzas y la sobreestimación de las fuerzas del enemigo». (Andréi Zhdánov; Sobre la situación internacional; Informe en la Iº Conferencia de la Kominform, 22 de junio de 1947)

El Comité Central del partido no analizó la relación entre el crecimiento de las fuerzas del socialismo, la producción a pequeña escala y los elementos capitalistas en la economía de las zonas rurales, presentando así una falta de claridad en la política del partido. El Comité Central, del mismo modo, no era lo suficientemente fuerte para repeler las concepciones oportunistas sobre la convivencia y el desarrollo de los «tres sectores» en nuestra economía, ideas que se propagaron libremente y que se expresaron en las diferentes ramas del partido. Esto dio lugar a una actitud de tolerancia por parte de la dirección del partido a ciertos casos de abandono de la nítida lucha de clases en el campo la cual debe encargarse en su ejercicio teórico y práctico de frenar el crecimiento de elementos capitalistas en el campo. Todo esto sólo podría dar lugar a que las organizaciones del partido perdieran las vistas correctas de las perspectivas revolucionarias, a un debilitamiento de la militancia de clase en determinadas secciones, en teoría la muerte por la lucha de clases.

Un claro ejemplo de la subordinación derechista y la tendencia oportunista de pasar por alto las contradicciones de clase en el campo fue la introducción de un precio fijo para todos los campesinos de los servicios de maquinaria agrícola en las estaciones de maquinaría. Esto sólo podría dar lugar a una distorsión de la idea de que las estaciones de máquinas son un arma para proteger a los campesinos pobres, daba la impresión de que nuestro partido no tiene el coraje suficiente como para frenar la explotación del campesinado rico.

Una ausencia similar de diferenciación de clases también se reflejó en la materia de la apelación a los campesinos para dar asistencia de mutua vecindad.

Finalmente, el liderazgo del partido falló en no criticar su política rural en cuanto al establecimiento de los territorios liberados. En consecuencia, los campesinos ricos ganaron una posición privilegiada en la campaña de reasentamiento.

La actitud tolerante de la dirección del partido respecto a los errores derechistas-nacionalistas del camarada Gomułka especialmente a sus tendencias a diferencias el camino de la democracia popular de la ruta ya seguida por la Unión Soviética y, derivando de ello, al oportunismo de pasar por alto la nitidez de la lucha de clases en el desarrollo de la democracia popular, sólo pudo tener un efecto negativo en las actividades prácticas del partido y en la educación de sus miembros.

jueves, 13 de febrero de 2014

La naturaleza de los koljoses; Stalin, 1929

«Bajo nuestro régimen actual, las empresas cooperativas se diferencian de las empresas capitalistas privadas por ser empresas colectivas, pero no se diferencian de las empresas socialistas, siempre y cuando que se basen en la tierra y empleen medios de producción pertenecientes al Estado, es decir, a la clase obrera». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Sobre la cooperación, 1923)


Los koljoses, como tipo de economía, son una de las formas de la economía socialista. Acerca de ello no puede caber ninguna duda.

Uno de los oradores ha hablado aquí para desacreditar los koljoses. Ha afirmado que los koljoses, como entidades económicas, no presentan ninguna afinidad con la forma socialista de economía. Debo manifestar, camaradas, que esta calificación de los koljoses es absolutamente falsa. Y no puede haber la menor duda de que no tiene nada que ver con la realidad.

¿Qué es lo que define un tipo de economía? Son, evidentemente, las relaciones que se establecen entre los hombres en el proceso de producción. ¿Qué otra cosa, si no, podría definir un tipo de economía? ¿Y acaso en el koljós hay una clase de personas, que poseen los medios de producción y otra clase de personas carentes de estos medios? ¿Acaso en el koljós hay clase de explotadores y clase de explotados? ¿Acaso el koljós no representa la socialización de los instrumentos fundamentales de producción sobre la tierra perteneciente al Estado? ¿Qué motivos hay para afirmar que los koljoses, como tipo de economía, no son una de las formas de la economía socialista?

Es indudable que en el seno de los koljoses hay contradicciones. Es indudable que en el seno de los koljoses hay supervivencias individualistas y hasta kulakistas, que aún no han desaparecido, pero que desaparecerán forzosamente con el tiempo, a medida que los koljoses se fortalezcan, a medida que se les dote de maquinaria. Pero ¿acaso se puede negar que, tomados en conjunto, con todas sus contradicciones y sus defectos, los koljoses, como hecho económico, representan, en lo fundamental, una nueva trayectoria de desarrollo del campo, la trayectoria de desarrollo socialista del campo, en oposición a la trayectoria kulakista, capitalista, de desarrollo? ¿Acaso se puede negar que los koljoses –hablo de los koljoses, y no de los pseudokoljoses– son, atendidas las condiciones de nuestro país, la base y el foco de la edificación socialista en el campo, que se han formado en rabiosa pugna con los elementos capitalistas?

¿No es evidente que carecen de toda base los intentos de algunos camaradas de desacreditar a los koljoses y presentarlos como una forma burguesa de economía?

La ciudad y el campo; Stalin, 1929

Queríamos  hacer un inciso en la intro, algo que expresábamos en documentos al respeto de Augusto Sandino. Como ya dijimos no se trató de un teórico, sino de un obrero «autodidacta» cuya comprensión teórica bebió inicialmente del liberalismo, luego del anarquismo, y finalmente del marxismo-leninismo por intermediación de Farabundo Martí, este último aspecto decididamente ocultado pero que se deja apreciar al leer sus documentos, por ejemplo:

Stalin expresa:

—«La Revolución de Octubre suprimió la propiedad privada sobre la tierra, acabó con el régimen de compraventa de la tierra, implantó la nacionalización del suelo». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; En torno a las cuestiones de la política agraria de la URSS, 1929) 

Sandino expresa:

—«(…) No tendré nunca propiedades. (…) Algunos dicen que eso es ser necio. (…) Yo soy partidario más bien que la tierra sea del Estado. (…)» (Augusto C. Sandino en conversación con Ramón de Belausteguigoitia, 1933) 

El documento:



Hay un prejuicio, cultivado por los economistas burgueses, el de las llamadas «tijeras», al que se debe declarar una guerra implacable, como a todas las demás teorías burguesas extendidas, por desgracia, en la prensa soviética. Me refiero a la teoría de que la Revolución de Octubre ha dado a los campesinos menos que la revolución de febrero, de que, hablando en propiedad, la Revolución de Octubre no ha dado nada a los campesinos.

Este prejuicio lo mantuvo algún tiempo en circulación en nuestra prensa un economista «soviético». Cierto que ese economista «soviético» se desdijo más tarde de su teoría. –Una voz: «¿Quién era?»– Era Groman. Pero la oposición trotskista-zinovievista la recogió y la utilizó contra el Partido.

Y no hay razón alguna para afirmar que en la actualidad no siga circulando entre los medios «soviéticos».

Es un problema muy importante, camaradas. Es algo que afecta a las relaciones entre la ciudad y el campo, a la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo; afecta al candente problema de las «tijeras». Por eso creo que merece la pena que nos ocupemos de esta peregrina teoría.

¿Es cierto que la Revolución de Octubre no ha dado nada a los campesinos?

Acudamos a los hechos.

Tengo aquí el conocido resumen del conocido especialista en estadística camarada Nemchínov, publicado en mi artículo «En el frente de los cereales» [5]. De este resumen se desprende que, antes de la revolución, los terratenientes «producían» un mínimo de 600 millones de puds de cereales. Es decir, que los terratenientes disponían entonces de unos 600 millones de puds de cereales.

La teoría de la «estabilidad» de la pequeña hacienda campesina; Stalin, 1929

«La importancia del movimiento koljósiano en todas sus fases –tanto en su fase primaria como en su fase más avanzada, en que ya está dotado de tractores– estriba, entre otras cosas, en que los campesinos pueden poner ahora en cultivo las tierras baldías y vírgenes. Ese es el secreto del formidable aumento de la superficie de siembra, tan pronto como los campesinos pasan al sistema del trabajo colectivo. Ahí reside una de las causas de la superioridad de los koljoses respecto a la hacienda campesina individual». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; En torno a las cuestiones de la política agraria de la URSS, 1929)


Pasemos a examinar el tercer prejuicio arraigado en la economía política: la teoría de la «estabilidad» de la pequeña hacienda campesina. Nadie ignora las objeciones de la economía política burguesa a la conocida tesis del marxismo, que afirma las ventajas de las grandes explotaciones sobre las pequeñas, tesis que, según sus impugnadores, sólo rige para la industria, pero que es inaplicable a la agricultura. Los teóricos socialdemócratas del tipo de David y de Hertz, que propugnan esta teoría, intentan «apoyarse» en el hecho de que el pequeño campesino es paciente y sufrido, que está dispuesto a afrontar todas las privaciones con tal de defender su puñado de tierra, por cuya razón la pequeña hacienda campesina da muestras de estabilidad en la lucha contra la gran hacienda agrícola.

No es difícil comprender que semejante «estabilidad» es peor que cualquier inestabilidad. No es difícil comprender que el móvil de esta teoría antimarxista no es otro que ensalzar y afianzar el régimen capitalista, ruinoso para las masas de millones de pequeños campesinos. Precisamente por eso, porque persigue ese móvil, es por lo que a los marxistas les ha sido tan fácil destruir esta teoría.

Pero ahora no se trata de eso. De lo que se trata es de que nuestra experiencia práctica, la realidad de nuestro país aporta nuevos argumentos contra esa teoría, y nuestros teóricos, inexplicablemente, no quieren o no saben utilizar esta nueva arma contra los enemigos de la clase obrera. Me refiero a la experiencia práctica de la supresión de la propiedad privada sobre la tierra, a la experiencia práctica de la nacionalización de la tierra en nuestro país, que emancipa al pequeño campesino del apego servil a su puñado de tierra, facilitando con ello el paso de la pequeña hacienda campesina a la gran hacienda colectiva.

En efecto, ¿qué es lo que inspiraba, lo que inspira y lo que todavía seguirá inspirando al pequeño campesino de la Europa Occidental ese apego por su pequeña hacienda mercantil? Ante todo y sobre todo, el puñado de tierra de su propiedad, la propiedad privada sobre la tierra. Se pasaba años enteros ahorrando para comprar unos terrones y, cuando lograba adquirirlos, era natural que no quisiera perderlos, qué prefiriera pasar por toda clase de privaciones, que prefiriera vivir en el salvajismo y en la miseria, antes que perder ese puñado de tierra, base de su hacienda individual.

¿Puede afirmarse que ese factor sigue existiendo en la misma forma en nuestro país, dentro de las condiciones del régimen soviético? No, no puede afirmarse. No puede afirmarse, porque en nuestro país no hay propiedad privada sobre la tierra. Y precisamente por ello, porque en nuestro país no hay propiedad privada sobre la tierra, nuestros campesinos no tienen ese apego servil por la tierra que sienten los campesinos de Occidente. Y esta circunstancia no puede por menos de facilitar el paso de la pequeña hacienda campesina al cauce de los koljoses.

miércoles, 12 de febrero de 2014

La teoría de la «espontaneidad» en la edificación socialista ; Stalin, 1929

«Bajo el capitalismo, el campo seguía espontáneamente a la ciudad, porque la economía capitalista de la ciudad y la pequeña economía mercantil del campesino individual son, en el fondo, un solo tipo de economía. Naturalmente, la pequeña economía mercantil del campesino no es aún una economía capitalista. Pero, en el fondo, es el mismo tipo de economía que el capitalismo, puesto que se apoya en la propiedad privada sobre los medios de producción. Lenin tiene mil veces razón cuando, en sus notas relativas al folleto «La economía del período de transición» de Bujarin, habla de la «tendencia mercantil-capitalista de los campesinos» en contraste con la «tendencia socialista del proletariado». Eso, precisamente, explica por qué «la pequeña producción engendra capitalismo y burguesía constantemente, cada día, cada hora, espontáneamente y en masa» como decía Lenin». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin. En torno a las cuestiones de la política agraria de la URSS, 1929)


Pasemos a examinar el segundo prejuicio arraigado en la economía política, la segunda teoría de tipo burgués. Me refiero a la teoría de la «espontaneidad» en la edificación socialista, teoría que nada tiene que ver con el marxismo y que, sin embargo, propagan celosamente nuestros camaradas del campo derechista.

Los autores de esta teoría afirman, sobre poco más o menos, lo siguiente: en nuestro país existía el capitalismo, la industria se desarrollaba sobre una base capitalista, y el campo marchaba detrás de la ciudad capitalista de un modo espontáneo, de por sí, transformándose a imagen y semejanza de la ciudad capitalista. Pues bien, si bajo el capitalismo ocurría así, ¿por qué no ha de ocurrir lo mismo con la economía soviética? ¿Por qué el campo, la pequeña hacienda campesina, no puede marchar espontáneamente tras de la ciudad socialista, transformándose también espontáneamente a imagen y semejanza de ella? Los autores de esta teoría afirman, apoyándose en este argumento, que el campo puede marchar tras de la ciudad socialista de un modo espontáneo. De ahí la pregunta: ¿merece la pena preocuparse tanto de la creación de sovjoses y koljoses?, ¿merece la pena que rompamos lanzas por ello, si el campo puede, sin necesidad de más, marchar tras de la ciudad socialista?

Ahí tenéis otra teoría que, objetivamente, se propone colocar en manos de los elementos capitalistas del campo una nueva arma para su lucha contra los koljoses.

El fondo antimarxista de esa teoría no deja lugar a dudas.

¿No es extraño que nuestros teóricos no hayan encontrado aún, a estas alturas, tiempo para demoler tan peregrina teoría, que ofusca a nuestros trabajadores prácticos del movimiento koljósiano?

martes, 11 de febrero de 2014

La teoría del «equilibrio»; Stalin, 1929

«La cuestión está planteada así: o un camino, u otro; o marchamos hacia atrás, hacia el capitalismo, o hacia adelante, hacia el socialismo. No hay ni puede haber un tercer camino». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin. En torno a las cuestiones de la política agraria de la URSS, 1929)


Sabréis, sin duda alguna, que a estas alturas todavía circula entre los comunistas la llamada teoría del «equilibrio» de los sectores de nuestra economía nacional. Esta teoría no tiene, naturalmente, nada de común con el marxismo. Sin embargo, la propagan algunos individuos del campo de los desviacionistas de derecha.

Según esa teoría, tenemos ante todo un sector socialista, que forma una especie de compartimiento, y, además, un sector no socialista, capitalista si queréis, que forma otro compartimiento diferente. Ambos compartimientos se deslizan por carriles distintos y avanzan tranquilamente, sin rozarse siquiera. La geometría nos dice que dos líneas paralelas no se encuentran nunca. Pero los autores de esta magnífica teoría entienden que esos sectores paralelos llegarán a reunirse un día, y que el día en que se reúnan advendrá en nuestro país el socialismo. Esa teoría no tiene en cuenta que detrás de tales «compartimientos» están las clases, y que los «compartimientos» en cuestión avanzan en medio de una furiosa lucha de clases, de una lucha a vida o muerte, de una lucha bajo el signo de «quién vencerá a quién».

No es difícil comprender que esa teoría no tiene nada de común con el leninismo. No es difícil comprender que, objetivamente, esa teoría se marca la finalidad de defender las posiciones de la hacienda campesina individual, de proporcionar a los elementos kulaks una «nueva» arma teórica en su lucha contra los koljoses y de desacreditar las posiciones de los koljoses.

Y, sin embargo, esa teoría sigue hasta hoy circulando en nuestra prensa. Y no se puede decir que nuestros teóricos la hayan combatido en serio, ni mucho menos que le hayan asestado golpes demoledores. ¿Cómo se explica esta incongruencia, si no es por el atraso de nuestra teoría?

Bastaría, sin embargo, con sacar del arsenal del marxismo la teoría de la reproducción y contraponerla a esa teoría del equilibrio de los sectores, para que no quedase de esta última piedra sobre piedra. En efecto, la teoría marxista de la reproducción nos enseña que la sociedad moderna no puede desarrollarse sin acumular año tras año, y para poder acumular no hay más camino que la reproducción ampliada de año en año. Esto es claro y comprensible. Nuestra gran industria socialista centralizada se desarrolla según la teoría marxista de la reproducción ampliada, pues su volumen crece todos los años, tiene sus acumulaciones y avanza a «pasos de siete leguas».

Ataque y respuesta; 2014


–Sólo eres un desclasado.

–«Sólo un proletario –consciente; nota de Bitácora–, sólo el mensajero de la «brisa» que precede a la «tempestad» que es la «revolución proletaria» por el socialismo, esa que acabará para siempre con los explotadores y con todos aquellos que como tú reptan bajo sus pies». (Nikolái BOLCHEVK; PML(c)N.KBML-1917.MK3; En respuesta a un ataque de un «ideólogo» revisionista del socialismo del siglo XXI; 2013)

domingo, 9 de febrero de 2014

El discurso: «Sobre diez grandes relaciones» de Mao Zedong

Hoy queríamos deleitarnos de nuevo con uno de los capítulos que el marxista-leninista francés Vincent Gouysse nos brindó en su obra Comprender las divergencias sino-albanesas, en dicho capítulo podremos ver un trabajo de contraste entre las opiniones abiertamente jruschovianas y antistalinistas de Mao Zedong, y contraponerlas con la posición marxista-leninista de Enver Hoxha que en este caso tuvo que hacer de adalid de Stalin frente a las acusaciones de Mao Zedong que parecían sacados de viejos renegados zinovietistas o bujarinistas. Por suerte hemos traducido como ya hace tiempo mostramos la extensa crítica de Enver Hoxha que hizo en 1976 a esta obra de Mao Zedong, obra que fue liberada oficialmente en ese año, y que sería incluida en el V de obras escogidas del revisionista Mao Zedong.

El documento:

Nikita Jruschov saludando a Mao Zedong durante el 30 de diciembre de 1959

El discurso: «Sobre diez grandes relaciones» de Mao Zedong

Este discurso fue pronunciado por Mao Zedong el 25 de abril de 1956 en una reunión ampliada del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de China. Este está también presente en el tomo V de las obras escogidas de Mao Zedong, un tomo que fue publicado finalmente en 1977. Este texto es por tanto, posterior al XXº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, celebrado en febrero de 1956; pertenece a lo que Enver Hoxha nombró muy justamente la «primavera del revisionismo moderno» durante la cual las tesis revisionistas jruschovistas comenzaron a abrirse ampliamente en el seno del movimiento comunista internacional. Debido a su carácter «específico», este discurso de Mao Zedong nos servirá como punto de partida para criticar algunas de sus concepciones no marxistas.

Al presentar el documento, Enver Hoxha señala con acierto que:

«Uno de los objetivos esenciales de este «decálogo» de Mao Zedong es trazar la línea de demarcación entre él y Stalin, entre la construcción socialista en la Unión Soviética y la ideología que guía la construcción del socialismo en China.  En otras palabras, Mao Zedong opone la teoría marxista con sus propias ideas del «Pensamiento Mao Zedong», que es como ahora los chinos lo llaman, demandando que ellos tienen «fundamentalmente las mismas teorías del marxismo-leninismo», aunque en realidad estas ideas sean la oposición al marxismo-leninismo». (1) (Enver Hoxha, Algunos juicios sobre el «decálogo» de Mao Zedong, 28 de diciembre de 1976, Reflexiones sobre China, Tomo II)

Eso es algo que perfectamente vuelve a salir a flote en el paso introductorio del documento en cuestión:

«Actualmente seguimos para llevar adelante la revolución socialista y la construcción de un país socialista. Sin embargo, existen en nuestro trabajo algunos problemas que es preciso abordar. Algo que merece especial atención son ciertos defectos y errores existentes en el proceso de la edificación socialista de la Unión Soviética, que últimamente han salido a la luz. ¿Desea uno repetir las desviaciones que ellos transitaron? En el pasado, pudimos evitar ciertas desviaciones gracias justamente a que tomamos en cuenta sus experiencias y lecciones, y ahora con mayor razón debemos hacerlo ahora». (2) (Mao Zedong, Sobre diez grandes relaciones, 1956)

No podemos ser más claro: según Mao Zedong, los errores que se produjeron en Unión Soviética y que Jruschov rectificó durante el XXº Congreso del PCUS deben servir de enseñanza para China, y por lo tanto «ahora» tras la muerte de Stalin y los cambios introducidos por Jruschov, se hace posible también llevarlo a China sin problemas. Por «errores», principalmente hay que oír las grandes realizaciones económicas operadas bajo Stalin. Mao Zedong además, tomará muchas calumnias hechas hacía Stalin por parte de Jruschov.

Así por ejemplo, Stalin habría preparado mal la defensa de la Unión Soviética para la Segunda Guerra Mundial [26]:

«No se puede prescindir de la defensa nacional. Actualmente nuestra capacidad defensiva ha llegado ya a un determinado nivel. A través de la guerra de resistencia a la agresión estadounidense y en ayuda a Corea, así como del proceso de entrenamiento y consolidación de los últimos años, nuestro ejército se ha fortalecido y es ahora algo más poderoso que el ejército rojo soviético de antes de la Segunda Guerra Mundial y, además, ha mejorado su armamento. Está en vías de construcción nuestra industria de defensa. Ya hemos comenzado a construir aviones y camiones, que no supimos construir nunca antes, desde que Pan Ku separó el cielo de la tierra». (3) (Mao Zedong, Sobre diez grandes relaciones, 1956)

Esto dio lugar a que Enver Hoxha afirmara lo siguiente:

«Según Mao, la defensa china es según su afirmación más poderosa que la de la Unión Soviética antes de la Segunda guerra mundial. Jruschov emitió la tesis según la cual Stalin había dejado Unión Soviética sin defensa frente a los hitlerianos. Y Mao suscribió a esta calumnia jactándose de asegurar la defensa de China con los aviones y los cañones que tenía –más la bomba atómica que le entregaría Jruschov–, volvemos a observar similitudes entre las dos figuras. Los hechos atestiguan que China está atrasada. Esto es el resultado de la subestimación de industria pesada y la confianza en otras formas para reforzar la capacidad de defensa mediante una estrategia militar incorrecta. Ahora, China comenzó a cambiar de opinión en materia de defensa, pero modificó al mismo tiempo sus alianzas. Se acercó a los estadounidenses y adquirió tecnología moderna de guerra». (4) (Enver Hoxha, Algunos juicios sobre el «decálogo» de Mao Zedong, 28 de diciembre de 1976, Reflexiones sobre China, Tomo II)

viernes, 7 de febrero de 2014

Reportaje al pie de la Horca; Julius Fučík, 1942-1943

«Sólo pido una cosa: los que sobrevivís a esta época no olvidéis. No olvidéis ni a los buenos ni a los malos. Reunid con paciencia los testimonios de los que han caído por sí y por vosotros. Un día, el hoy pertenecerá al pasado y se hablará de una gran época y de los héroes anónimos que han hecho historia. Quisiera que todo el mundo supiese que no ha habido héroes anónimos. Eran personas con su nombre, su rostro, sus deseos y sus esperanzas y el dolor del último de los últimos no ha sido menor que el del primero, cuyo nombre perdura. (…) «Pasajero, ve y di a Esparta que aquí hemos muerto por obedecer sus leyes».» (Julius Fučík; Reportaje al pie de la Horca, 1942-1943) 

[Enlaces de DESCARGA del texto en PDF al final del documento]


En el campo de concentración de Ravensbrück supe —me lo dijeron mis compañeros de prisión— que mi marido, Julius Fučík, redactor de Rudé Právo y de Tvorba, había sido condenado a muerte el 25 de agosto de 1943 por un tribunal nazi en Berlín.

Mis intentos de averiguar algo más sobre su suerte posterior se estrellaron contra los altos muros del campo.

Después de la derrota de la Alemania hitleriana, en mayo de 1945, los detenidos que los fascistas no habían tenido tiempo de asesinar fueron liberados de cárceles y campos de concentración. Yo tuve la fortuna de hallarme entre ellos.

Al volver a mi patria liberada, busqué y rebusqué las huellas de mi marido. Hice lo que hicieron millares y millares de personas que también buscaron –y muchas aún siguen buscando a sus maridos, a sus mujeres, a sus hijos, a sus padres y madres deportados por los ocupantes alemanes y arrastrados a alguna de sus innumerables cámaras de tortura.

Me enteré de que Julius Fučík había sido ejecutado en Berlín el día 8 de septiembre de 1943, quince días después de su condena.

También supe que Julius Fučík había escrito algo mientras estuvo en la cárcel de Pankrác. Fue el guardián A. Kolínský quien procuró los medios para hacerlo, llevándole a la celda papel y lápiz y sacando clandestinamente de la cárcel las hojas manuscritas.

He tenido una entrevista con el guardián. Y poco a poco he podido ir recogiendo el material escrito por Julius Fučík en la cárcel de Pankrác. Reuní las hojas numeradas, escondidas por varias personas en diferentes lugares, y se las presento al lector. Es la última obra de Julius Fučík.

Gusta Fucíková

Praga, septiembre de 1945.

Escrito en la cárcel de la Gestapo
en Pankrác; durante la primavera de 1943

Estar sentado en la posición de firme, con el cuerpo rígido, las manos pegadas a las rodillas, los ojos clavados hasta enceguecer en la amarillenta pared de esta cárcel del Palacio Petschek [1] no es, en verdad, la postura más adecuada para reflexionar. Pero, ¿quién puede forzar al pensamiento a permanecer sentado en posición de firme?

Alguien, un día —quizá nunca sepamos quién ni cuándo llamó a este cuarto del Palacio Petschek— «sala de cine». ¡Qué ideal tan genial! Una amplia sala, seis largos bancos, uno tras otro, ocupados por los cuerpos rígidos de los detenidos, y ante ellos un muro liso, como una pantalla cinematográfica. Todas las casas productoras del mundo no han llegado a hacer la cantidad de películas que sobre esta pared han proyectado los ojos de los detenidos en espera de un nuevo interrogatorio, de la tortura, de la muerte. Películas de vidas enteras o de los más pequeños fragmentos de vida; películas de la madre, de la esposa, de los hijos, del hogar destruido, del porvenir destrozado; películas de camaradas valerosos y de la traición; películas del hombre a quien entregué aquella octavilla, de la sangre que correrá otra vez, del fuerte apretón de manos, del compromiso de honor; películas repletas de terror y de decisión, de odio y de amor, de angustia y de esperanza. De espaldas a la vida, cada uno contempla aquí su propia muerte. Y no todos resucitan. Cien veces he sido aquí espectador de mi propia película, mil veces he seguido sus detalles. Ahora trataré de explicarla. Y si el nudo corredizo de la horca aprieta mi cuello antes de terminar, quedarán todavía millones de hombres para completarla con un «happy end» [2].

Notas

[1] Cuartel General de la Gestapo de Praga.

[2] Final feliz, (en inglés en el original).

[3] Descarga o Lectura Online AQUÍ o Descarga AQUÍ.

viernes, 31 de enero de 2014

Anexo II: Un nuevo libro de Vandervelde sobre el estado; Lenin, 1918

«Un marxista debería aclarar que sólo traidores al socialismo podrían actualmente eludir el explicar que es imprescindible la revolución proletaria —del tipo de la Comuna, del tipo de los Soviets o, supongamos, de un tercer tipo—, que es imprescindible prepararse para ella, hacer entre las masas propaganda para la revolución, rebatir los prejuicios pequeñoburgueses contra ella, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)


Sólo después de haber leído el libro de Kautsky ha llegado a mis manos el de Vandervelde: «El socialismo contra el Estado» —París, 1918—, Aun sin quererlo, se impone la comparación de ambos libros. Kautsky es el guía ideológico de la II Internacional (11:89-1914). Vandervelde, su representante oficial, como presidente que es del Buró Socialista Internacional. Los dos simbolizan la plena bancarrota de la II Internacional, los dos encubren «hábilmente» con palabrejas marxistas, con toda la destreza de duchos periodistas, esa bancarrota, su propio fracaso y su paso al lado de la burguesía. Uno nos muestra con particular evidencia lo típico del oportunismo alemán que, pesado y teorizante, falsifica burdamente el marxismo, amputándole todo lo que la burguesía no puede aceptar. El segundo es una figura típica de la variedad latina —hasta cierto punto podría decirse euroccidental; es decir, de la Europa situada al oeste de Alemania— del oportunismo dominante, variedad más flexible, menos pesada, que falsifica el marxismo de un modo más sutil, sirviéndose del mismo procedimiento esencial.

Los dos tergiversan de raíz tanto la doctrina de Marx sobre el Estado como la de la dictadura del proletariado, dedicándose Vandervelde más bien al primer problema, y Kautsky al segundo. Los dos velan el nexo estrechísimo e indisoluble que liga ambos problemas. Los dos son revolucionarios y marxistas de palabra, y renegados que hacen todo lo posible por desentenderse de la revolución en la práctica. Ni uno ni otro tienen ni sombra de lo que impregna todas las obras de Marx y Engels, de lo que distingue al socialismo verdadero de su caricatura burguesa: el aclarar las tareas de la revolución, diferenciándolas de las tareas de la reforma, diferenciando la táctica revolucionaria de la táctica reformista, diferenciando el papel del proletariado en la destrucción del sistema, orden de cosas o régimen de la esclavitud asalariada, del papel del proletariado de las «grandes» potencias que comparte con la burguesía una pequeña porción de sus superganancias y superbotín imperialistas.

Veamos unos cuantos argumentos de los más esenciales de Vandervelde para respaldar el aserto.

Vandervelde cita a Marx y Engels con extraordinario celo, como Kautsky. Y como Kautsky, cita de Marx y Engels todo lo que se quiera menos lo que la burguesía en modo alguno puede aceptar, lo que distingue al revolucionario del reformista. Todo lo que se quiera de la conquista del poder político por el proletariado, porque eso lo ha circunscrito ya la práctica a un marco exclusivamente parlamentario. Pero ni una palabra de que Marx y Engels, después de la experiencia de la Comuna, creyeron necesario completar el Manifiesto Comunista, parcialmente anticuado, explicando una verdad: ¡la clase obrera no puede adueñarse simplemente de la máquina estatal existente, tiene que destruirla! Vandervelde, lo mismo que Kautsky, como si se hubieran puesto de acuerdo, guarda completo silencio acerca de lo más esencial de la experiencia de la revolución proletaria, lo que distingue a la revolución del proletariado de las reformas de la burguesía.

Lo mismo que Kautsky, Vandervelde habla de la dictadura del proletariado para desentenderse de ella. Kautsky lo hace, valiéndose de burdas falsificaciones. Vandervelde hace lo mismo con más sutilidad. En el apartado respectivo, el 4, La conquista del poder político por el proletariado, dedica el punto «b» al problema de la «dictadura colectiva del proletariado», «cita» a Marx y Engels —repito que omitiendo lo más importante, lo que se refiere a la destrucción de la vieja máquina estatal democrática burguesa— y concluye:

Anexo I: Tesis acerca de la Asamblea Constituyente, Lenin; 1918

«Para la transición del régimen burgués al socialista, para la dictadura del proletariado, la República de los Soviets de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos no es sólo una forma de tipo más elevado de instituciones democráticas —comparándola con la república burguesa ordinaria, coronada por una Asamblea Constituyente—, sino la única forma capaz de asegurar el tránsito menos doloroso al socialismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)


1. Era completamente justo que la socialdemocracia revolucionaria incluyera en su programa la reivindicación de la convocatoria de la Asamblea Constituyente, porque en una república burguesa la Asamblea Constituyente es la forma superior de democracia y porque al instituir el parlamento la república imperialista, con Kerenski a la cabeza, preparaba una falsificación de las elecciones y numerosas infracciones de la democracia.

2. La socialdemocracia revolucionaria, que reclamaba la convocatoria de la Asamblea Constituyente, desde los primeros días de la Revolución de 1917 subrayó más de una vez que la República de los Soviets es una forma de democracia superior a la república burguesa ordinaria, con su Asamblea Constituyente.

3. Para la transición del régimen burgués al socialista, para la dictadura del proletariado, la República de los Soviets de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos no es sólo una forma de tipo más elevado de instituciones democráticas —comparándola con la república burguesa ordinaria, coronada por una Asamblea Constituyente—, sino la única forma capaz de asegurar el tránsito menos doloroso al socialismo.

4. En nuestra revolución la Asamblea Constituyente se reúne con arreglo a listas presentadas a mediados de octubre de 1917, en condiciones que imposibilitan que las elecciones a esa Asamblea Constituyente sean una expresión exacta de la voluntad del pueblo en general y de las masas trabajadoras en particular.

5. En primer término, la representación proporcional no expresa fielmente la voluntad del pueblo sino cuando las listas presentadas por los partidos responden a la división real del pueblo en grupos políticos que sean realmente los mismos que los que se reflejan en las listas. Y es sabido que en nuestro país, el partido que entre mayo y octubre tenía más adeptos en el pueblo y sobre todo entre los campesinos, el partido socialista-revolucionario, que presentó listas únicas a la Asamblea Constituyente a mediados de octubre de 1917, se ha escindido después de las elecciones a la Asamblea Constituyente y antes de que ésta se hubiese reunido. Por eso, incluso desde el punto de vista formal, la composición de los elegidos a la Asamblea Constituyente no responde ni puede responder a la voluntad de la masa de los electores.

jueves, 30 de enero de 2014

Servilismo ante la burguesía disfrazado de «análisis económico», Lenin; 1918

«La marcha de la revolución ha confirmado la certidumbre de nuestro razonamiento. Al principio, del brazo de «todos» los campesinos contra la monarquía, contra los terratenientes, contra lo medieval —y en este sentido, la revolución sigue siendo burguesa, democrática burguesa—. Después, del brazo de los campesinos pobres, del brazo del semiproletariado, del brazo de todos los explotados, contra el capitalismo, incluidos los ricachos del campo, los kulaks y los especuladores, y, en este sentido, la revolución se convierte en socialista. Querer levantar una muralla china artificial entre ambas revoluciones, separar la una de la otra por algo que no sea el grado de preparación del proletariado y el grado de su unión con los campesinos pobres es la mayor tergiversación del marxismo, es vulgarizarlo, remplazarlo por el liberalismo. Sería hacer pasar de contrabando, mediante citas seudocientíficas sobre el carácter progresivo de la burguesía en comparación con lo medieval, una defensa reaccionaria de la burguesía frente al proletariado socialista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)


Como ya hemos dicho, si el título del libro de Kautsky correspondiera al contenido, no debería llamarse «La dictadura del proletariado», sino «Paráfrasis de las invectivas burguesas a los bolcheviques».

Nuestro teórico vuelve a dar pábulo a las viejas «teorías» de los mencheviques sobre el carácter burgués de la revolución rusa, es decir, la antigua deformación que del marxismo hacían los mencheviques —¡y que Kautsky rechazó en 1905!—. Por fastidiosa que sea esta cuestión para los marxistas rusos, tendremos que detenernos en ella.

La revolución rusa es una revolución burguesa, decían todos los marxistas de Rusia antes de 1905. Los mencheviques, sustituyendo el marxismo por el liberalismo, deducían de ahí: por tanto, el proletariado no debe ir más allá de lo aceptable para la burguesía, debe seguir una política de conciliación con ella. Los bolcheviques decían que esto era una teoría liberal burguesa. La burguesía tiende a transformar el Estado al modo burgués, reformista, no revolucionario, conservando en lo posible la monarquía, la propiedad de los terratenientes, etc. El proletariado debe llevar a término la revolución democrática burguesa, sin permitir que lo «ate» el reformismo de la burguesía. Los bolcheviques formulaban del modo siguiente la correlación de fuerzas de las diversas clases en la revolución burguesa: el proletariado se gana a los campesinos, neutraliza a la burguesía liberal y suprime totalmente la monarquía, las instituciones medievales y la gran propiedad terrateniente.

El carácter burgués de la revolución lo revela la alianza del proletariado con los campesinos en general, porque los campesinos, en su conjunto, son pequeños productores que tienen por base la producción mercantil. Además, añadían ya entonces los bolcheviques, al ganarse a todo el semiproletariado —a todos los trabajadores y explotados—, el proletariado neutraliza a los campesinos medios y derroca a la burguesía: en esto consiste la revolución socialista, la diferencia de la revolución democrática burguesa —véase mi folleto de 1905 «Dos tácticas», reimpreso en la recopilación «En doce años», San Petersburgo, 1907).

Kautsky tomó indirectamente parte en esta discusión en 1905 [56], cuando, consultado por Plejánov, entonces menchevique, se pronunció en el fondo contra él, lo que originó entonces singulares burlas de la prensa bolchevique. Ahora no dice Kautsky ni una palabra de los antiguos debates —¡teme que lo desenmascaren sus propias declaraciones!—. Y así deja al lector alemán absolutamente imposibilitado para comprender el fondo del problema. El señor Kautsky no podía decir a los obreros alemanes en 1918 que en 1905 él era partidario de la alianza de los obreros con los campesinos, y no con la burguesía liberal, no podía decirles en qué condiciones propugnaba esta alianza, ni el programa que él proyectaba para esta alianza.

jueves, 23 de enero de 2014

La Constitución Soviética (1918)

«Vosotros, explotadores e hipócritas, habláis de democracia y, al mismo tiempo, levantáis a cada paso millares de obstáculos para impedir que las masas oprimidas participen en la vida política. Os tomamos la palabra y exigimos, en beneficio de estas masas, que ampliéis vuestra democracia burguesa, a fin de preparar a las masas para la revolución que os derribará a vosotros, los explotadores. Y si vosotros, los explotadores, intentáis hacer frente a nuestra revolución proletaria, os aplastaremos implacablemente». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)


Como ya he señalado, la privación del derecho de sufragio a la burguesía no constituye un rasgo obligatorio e indispensable de la dictadura del proletariado. Los bolcheviques de Rusia, que habían proclamado la consigna de tal dictadura mucho antes de Octubre, tampoco hablaban de privar de derechos electorales a los explotadores. Este rasgo de la dictadura no procede «del plan» de ningún partido, sino que ha surgido por sí mismo en el curso de la lucha. El historiador Kautsky, claro, no lo ha notado. No comprende que la burguesía, cuando en los Soviets dominaban aún los mencheviques —partidarios de la conciliación con la burguesía—, se había apartado por propia iniciativa de los Soviets, los boicoteaba, se oponía a ellos he intrigaba contra ellos. Los Soviets surgieron sin Constitución alguna y subsistieron más de un año —desde la primavera de 1917 hasta el verano de 1918— sin Constitución alguna. El enfurecimiento de la burguesía contra la organización de los oprimidos, organización independiente y omnipotente —pues abarca a todos—, la lucha más desvergonzada, más egoísta y más vil de la burguesía contra los Soviets y, en fin, la complicidad manifiesta de la burguesía —desde los demócratas constitucionalistas hasta los eseristas de derecha, desde Miliukov hasta Kerenski— en la korniloviada [37] fue lo que preparó la exclusión formal de la burguesía del seno de los Soviets.

Kautsky ha oído hablar del complot de Kornílov, pero tiene un desprecio olímpico por los hechos históricos y el curso y las formas de la lucha, que determinan las formas de la dictadura: ¿qué tienen que ver, en efecto, los hechos si se trata de la democracia «pura»? Debido a esto, la «crítica» de Kautsky, dirigida contra la privación de derechos electorales a la burguesía, se distingue por una... melosa ingenuidad que sería enternecedora en un niño, pero que produce náuseas, tratándose de un hombre a quien todavía no se ha declarado oficialmente cretino.

«... Si, con el sufragio universal, los capitalistas hubieran quedado reducidos a una minoría insignificante, les habría costado menos resignarse con su suerte» (pág.33)... ¿Verdad que es encantador? El inteligente Kautsky ha visto muchas veces en la historia, y por experiencia de la vida cotidiana los conoce muy bien, a terratenientes y capitalistas que conceden beligerancia a la voluntad de la mayoría de los oprimidos. El inteligente Kautsky se mantiene firme en el punto de vista de la «oposición», es decir, en el punto de vista de la lucha parlamentaria. Así lo dice textualmente, «oposición» (pág.34 y otras muchas).

¡Oh, sabio historiador y político! Sepa usted que «oposición» es un concepto de lucha pacífica y exclusivamente parlamentaria, es decir, una noción que responde a una situación no revolucionaria, a la ausencia de revolución. En la revolución nos encontramos con un enemigo que es implacable en la guerra civil; ninguna jeremiada reaccionaria de pequeño burgués, temeroso de esa guerra, como lo es también Kautsky, hará cambiar en nada este hecho. Es ridículo enfocar desde el punto de vista de la «oposición» los problemas de una guerra civil implacable cuando la burguesía está dispuesta a cometer todos los crímenes —el ejemplo de los versalleses [38] y sus tratos con Bismarck dicen bastante a todo el que no vea la historia como el Petrushka de Gógol [39]—, cuando la burguesía llama en su auxilio a Estados extranjeros e intriga con ellos contra la revolución. Lo mismo que Kautsky, «consejero del embrollo», el proletariado revolucionario debe encasquetarse el gorro de dormir y conceptuar de simple «oposición» legal a esta burguesía que organiza revueltas contrarrevolucionarias como las de Dútov, Krasnov y los checoslovacos [40] y prodiga millones a los saboteadores. ¡Qué profundidad de pensamiento!

Lo único que a Kautsky le interesa es el aspecto formal y jurídico del asunto, de modo que al leer sus razonamientos sobre la Constitución soviética no podemos menos de recordar las palabras de Bebel de que los jurisconsultos son gente reaccionaria hasta la médula. «En realidad -escribe Kautsky- no se puede privar de derechos únicamente a los capitalistas. ¿Qué es el capitalista en sentido jurídico? ¿Un hombre que posee bienes? Incluso en un país tan adelantado en el terreno económico, como Alemania, cuyo proletariado es tan numeroso, la instauración de una república soviética privaría de derechos políticos a grandes masas. En 1907, el número de personas —comprendidas sus familias— ocupadas en los tres grandes grupos —agricultura, industria y comercio— ascendía en el Imperio alemán a unos 35 millones de empleados y obreros asalariados y 17 millones de productores independientes. Por tanto, el partido puede muy bien ser mayoría entre los obreros asalariados, pero minoría en la población» (pág.33).

viernes, 17 de enero de 2014

Que no osen los Soviets convertirse en organizaciones estatales


Los Soviets son la forma rusa de la dictadura del proletariado. Si el teórico marxista que escribe un trabajo sobre la dictadura del proletariado hubiera estudiado de veras este fenómeno —en lugar de repetir las lamentaciones pequeñoburguesas contra la dictadura, como hace Kautsky, cantando las melodías mencheviques—, habría comenzado por dar una definición general de la dictadura, y después habría examinado su forma particular, nacional, los Soviets, criticándolos como una de las formas de la dictadura del proletariado.

Claro que nada serio puede esperarse de Kautsky después de su «interpretación» liberal de la doctrina de Marx sobre la dictadura. Pero es curioso en el más alto grado ver cómo aborda el problema de los Soviets y cómo lo resuelve.

Los Soviets, escribe, recordando su aparición en 1905, crearon «una forma de organización proletaria que era la más universal —umfassendste— de todas, porque comprendía a todos los obreros asalariados» (pág.31). En 1905 los Soviets no eran más que corporaciones locales; en 1917, se han convertido en una organización que se extiende a toda Rusia.

«Ya ahora —prosigue Kautsky— tiene la organización soviética una historia grande y gloriosa. La que le está reservada es aún más grande, y no sólo en Rusia. En todas partes se observa que, contra las gigantescas fuerzas de que dispone el capital financiero en sentido económico y político, son insuficientes —versagen: esta palabra alemana dice algo más que «insuficientes» y algo menos que «impotentes»— «los antiguos métodos del proletariado en su lucha política y económica. No puede prescindirse de ellos; siguen siendo indispensables para tiempos normales, pero de cuando en cuando se les plantean problemas para cuya solución son impotentes, problemas en que el éxito se cifra tan sólo en la unión de todos los instrumentos de fuerza políticos y económicos de la clase obrera» (32).

Sigue una disquisición en torno a la huelga de masas, después de lo cual afirma que «la burocracia de los sindicatos», tan necesaria como los sindicatos mismos, «no es apta para dirigir las gigantescas batallas de las masas que son cada vez más características de nuestros tiempos»...

lunes, 13 de enero de 2014

¿Puede haber igualdad entre el explotador y el explotado?

«No puede haber igualdad real, efectiva, mientras no se haya hecho totalmente imposible la explotación de una clase por otra». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)


Kautsky argumenta así:

(1) «Los explotadores han constituido siempre una pequeña minoría de la población» (pág.14 del opúsculo de Kautsky).

Esto es una verdad indiscutible. ¿Cómo deberemos razonar partiendo de ella? Podemos razonar como marxistas, como socialistas; entonces habremos de basarnos en la relación entre explotados y explotadores. Podemos razonar como liberales, como demócratas burgueses; entonces habremos de basarnos en la relación entre mayoría y minoría.

Si razonamos como marxistas, tendremos que decir: los explotadores transforman inevitablemente el Estado —porque se trata de la democracia, es decir, de una de las formas del Estado— en instrumento de dominio de su clase, de la clase de los explotadores, sobre los explotados. Por eso, aun el Estado democrático, mientras haya explotadores que dominen sobre una mayoría de explotados, será inevitablemente una democracia de explotadores. El Estado de los explotados debe distinguirse por completo de él, debe ser la democracia para los explotados y el aplastamiento de los explotadores; y el aplastamiento de una clase significa la desigualdad en detrimento suyo, su exclusión de la «democracia».

Si argumentamos en liberal, tendremos que decir: la mayoría decide y la minoría se somete. Los desobedientes son castigados. Y nada más. No hay por qué hablar del carácter de clase del Estado en general ni de la «democracia pura» en particular; no tiene nada que ver con la cuestión, porque la mayoría es la mayoría y la minoría es la minoría. Una libra de carne es una libra de carne, y nada más. Kautsky razona exactamente así:

(2) «¿Qué motivos hay para que la dominación del proletariado tomase o haya de tomar una forma que sea incompatible con la democracia?» (pág.21). Después explica, con frase larga y redundante, hasta con una cita de Marx y con estadísticas electorales de la Comuna de París, que el proletariado posee la mayoría. Conclusión: «Un régimen con tan hondas raíces en las masas no tiene motivo alguno para atentar contra la democracia. No siempre podrá abstenerse de la violencia cuando se haga uso de ella contra la democracia. Sólo con la violencia puede contestarse a la violencia. Pero un régimen que sabe que cuenta con las masas usará de ella únicamente para defender la democracia, y no para suprimirla. Cometería un verdadero suicidio si quisiera suprimir su base más segura, el sufragio universal, profunda fuente de poderosa autoridad moral» (pág.22).

domingo, 12 de enero de 2014

Democracia burguesa y democracia proletaria

«Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de un Estado libre del pueblo: mientras el proletariado necesite todavía del Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir» (Friedrich Engels, en su Carta a Bebel del 28 de marzo de 1875)



El problema que tan atrozmente embrolla Kautsky, se plantea en realidad así.

Si no es para mofarse del sentido común y de la historia, claro está que no puede hablarse de «democracia pura» mientras existan diferentes clases, y sólo puede hablarse de democracia de clase. (Digamos entre paréntesis que «democracia pura» es, no sólo una frase de ignorante, que no comprende ni la lucha de clases ni la esencia del Estado, sino una frase completamente vacía, porque en la sociedad comunista la democracia, modificándose y convirtiéndose en costumbre, se extinguirá, pero nunca será democracia «pura».)

La «democracia pura» es un embuste de liberal que embauca a los obreros. La historia conoce la democracia burguesa, que reemplaza al feudalismo, y la democracia proletaria, que sustituye a la burguesa.

Cuando Kautsky consagra casi decenas de páginas a «demostrar» la verdad de que la democracia burguesa es más progresiva que el medievo, de que el proletariado debe utilizarla obligatoriamente en su lucha contra la burguesía, eso no es sino charlatanería liberal, que embauca a los obreros. En la culta Alemania, lo mismo que en la inculta Rusia, se trata de una perogrullada. Lo que hace Kautsky es arrojar su «sabia» tierra a los ojos de los obreros, hablándoles con aire grave de Weitling, de los jesuitas del Paraguay y de otras muchas cosas para pasar por alto la esencia burguesa de la democracia contemporánea, es decir, de la democracia capitalista.

Kautsky toma del marxismo lo que los liberales admiten, lo que admite la burguesía (la crítica del medievo, el papel progresivo que desempeñan en la historia el capitalismo en general y la democracia capitalista en particular) y arroja por la borda, calla y oculta en el marxismo lo que es inadmisible para la burguesía (la violencia revolucionaria del proletariado contra la burguesía para aniquilar a ésta). Por ello, dada su posición objetiva, sea cual fuere su convicción subjetiva, Kautsky resulta ser inevitablemente un lacayo de la burguesía.

viernes, 10 de enero de 2014

Como ha hecho Kautsky de Marx un adocenado liberal

Tómese la siguiente nota como una aproximación al pensamiento marxista-leninista, de especial importancia en estos tiempos de «recuperación» del discurso de la segunda internacional —socialdemócratas— por los «neorevisionistas postmodernos» del «socialismo del siglo XXI». Se verá pues que el discurso de entonces no era cualitativamente diferente al que hoy sostienen los «traidores teóricos» del «unitarimo entre clases antagónicas», del «cambio de condiciones históricas»,  etc.

Una cita previa:

«La dictadura revolucionaria del proletariado es un poder conquistado y mantenido mediante la violencia ejercida por el proletariado sobre la burguesía, un poder no sujeto a ley alguna». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; «La revolución proletaria y el renegado Kautsky», 1918)

El documento:




El problema fundamental que Kautsky trata en su folleto es el del contenido esencial de la revolución proletaria, es decir, el de la dictadura del proletariado. Se trata de un problema de gran importancia para todos los países, sobre todo para los avanzados, más aún para los beligerantes, y particularmente en el momento actual. Puede decirse sin exagerar que es el problema principal de toda la lucha de clase del proletariado. Por ello es imprescindible estudiarlo con atención.

Kautsky plantea el problema del modo siguiente: «La oposición de las dos corrientes socialistas» (es decir, bolchevique y no bolchevique) es «la oposición de dos métodos radicalmente distintos: el democrático y el dictatorial». (pág.3)

Observemos de paso que llamando socialistas a los no bolcheviques de Rusia, es decir, a los mencheviques y eseristas, Kautsky se guía por su denominación, es decir, por la palabra, y no por el lugar que efectivamente ocupan en la lucha del proletariado contra la burguesía. ¡Magnífico modo de concebir y de aplicar el marxismo! Pero ya hablaremos de esto con más detalle.

Ahora hemos de fijarnos en lo principal: el gran descubrimiento de Kautsky sobre la «antítesis fundamental» de los «métodos democrático y dictatorial». Es la clave del problema. Es la esencia del folleto de Kautsky. Y se trata de una confusión teórica tan monstruosa, de una apostasía tan completa del marxismo, que es preciso reconocer que Kautsky ha dejado muy atrás a Bernstein.

El problema de la dictadura del proletariado es el problema de la actitud del Estado proletario frente al Estado burgués, de la democracia proletaria frente a la democracia burguesa. Parece que está claro como la luz del día. ¡Pero Kautsky, como un profesor de instituto, momificado por la repetición de textos de historia, se vuelve tozudamente de espaldas al siglo XX, da la cara al XVIII y por centésima vez, en una larga sucesión de párrafos de un aburrimiento infinito, sigue rumia que te rumia los viejos conceptos sobre la actitud de la democracia burguesa hacia el absolutismo y el medievalismo!

lunes, 6 de enero de 2014

Enmiendas y adiciones al proyecto de Constitución (de la URSS); Stalin, 1936

«La enmienda al artículo 17 del proyecto de Constitución. Esta enmienda propone eliminar completamente del proyecto de Constitución el artículo 17, que dice que las Repúblicas Federadas conservan el derecho de separarse libremente de la URSS. Yo creo que esta proposición no es acertada y que, por lo tanto, el Congreso no debe aprobarla. La URSS es una unión libre de Repúblicas Federadas iguales en derechos. Eliminar de la Constitución el artículo referente al derecho de separarse libremente de la URSS significa violar el carácter voluntario de esta unión. ¿Podemos nosotros dar este paso? Yo creo que ni podemos ni debemos darlo. Se dice que en la URSS no hay ni una sola república que quiera separarse de ella y que, por tanto, el artículo 17 no tiene importancia práctica. Naturalmente, es cierto que no hay ni una sola república que desee separarse de la URSS. Pero de ello no se desprende, ni mucho menos, que no debemos fijar en la Constitución el derecho de las Repúblicas Federadas a separarse libremente de la URSS. En la URSS no hay Repúblicas Federadas que quieran aplastar a otra República Federada. Sin embargo, de ello no se desprende, ni mucho menos, que deba eliminarse de la Constitución de la URSS el artículo que trata de la igualdad de derechos de las Repúblicas Federadas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; «Sobre el proyecto de constitución de la URSS»; 1936)
 


Pasemos a las enmiendas y adiciones al proyecto de Constitución hechas por los ciudadanos durante la discusión del proyecto por el pueblo entero.

La discusión del proyecto de Constitución por el pueblo entero ha dado, como se sabe, un número bastante considerable de enmiendas y adiciones. Todas ellas han sido publicadas en la prensa soviética. En vista de la gran variedad de las enmiendas y de su distinto valor, lo mejor sería, a mi juicio, dividirlas en tres categorías.

El rasgo distintivo de las enmiendas de la primera categoría consiste en que no tratan cuestiones de la Constitución, sino cuestiones de la labor cotidiana de los futuros órganos legislativos. Varias cuestiones sobre seguros, algunas cuestiones sobre la edificación koljósiana, algunas cuestiones sobre la edificación industrial, cuestiones de finanzas: tales son los temas de estas enmiendas. Al parecer, sus autores no ven claramente la diferencia entre las cuestiones constitucionales y las cuestiones de legislación corriente. Precisamente por ello quieren introducir en la Constitución el mayor número posible de leyes, con vistas a hacer de la Constitución algo así como un código de leyes. Pero una Constitución no es un código de leyes. Una Constitución es una ley fundamental, y nada más que una ley fundamental. Una Constitución no excluye, sino que presupone el trabajo cotidiano de los futuros órganos legislativos. Nuestra Constitución ofrece la base jurídica para la futura actividad legislativa de esos órganos. Por ello, las enmiendas y adiciones de esta índole deben ser pasadas, a mi juicio, a los futuros órganos legislativos del país, puesto que no guardan una relación directa con la Constitución.

En la segunda categoría debe incluirse las enmiendas y adiciones que tienden a introducir en la Constitución reseñas históricas o declaraciones sobre lo que el poder soviético todavía no ha logrado y debe lograr en el futuro. Consignar en la Constitución las dificultades que el partido, la clase obrera y todos los trabajadores han vencido durante largos años en la lucha por la victoria del socialismo; indicar en la Constitución el objetivo final del movimiento soviético, es decir, la edificación de la sociedad comunista completa: tal es el contenido de esas enmiendas, que se repiten en numerosas variantes. Creo que las enmiendas y adiciones de esta índole deben también dejarse a un lado, puesto que no guardan una relación directa con la Constitución. La Constitución es el registro y la consolidación legislativa de las conquistas ya obtenidas y aseguradas. Si no queremos alterar este rasgo principal de la Constitución, no debemos llenarla de reseñas históricas sobre el pasado o de declaraciones sobre las futuras conquistas de los trabajadores de la URSS. Para eso tenemos otros medios y otros documentos.

Crítica burguesa del proyecto de Constitución (de la URSS); Stalin, 1936

«Varios partidos y, por consecuencia, la libertad de partidos, sólo pueden existir en una sociedad en la que existen clases antagónicas, cuyos intereses son hostiles e irreconciliables; en una sociedad donde, por ejemplo, hay capitalistas y obreros, terratenientes y campesinos, kulaks y campesinos pobres, etc. Pero en la URSS ya no hay clases como los capitalistas, los terratenientes, los kulaks, etc. En la Unión Soviética no hay más que dos clases: los obreros y los campesinos, cuyos intereses, lejos de ser hostiles, son, por el contrario, afines. Por lo tanto, en la URSS no hay base para la existencia de varios partidos y, por consiguiente, para la libertad de esos partidos. En la URSS sólo hay base para un solo partido: el Partido Comunista. En la URSS sólo puede existir un partido, el Partido Comunista, que defiende valientemente y con toda consecuencia los intereses de los obreros y los campesinos. Y que no defiende mal los intereses de estas clases es un hecho que no puede ponerse en duda». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; «Sobre el proyecto de constitución de la URSS»; 1936)



Unas cuantas palabras sobre la crítica burguesa del proyecto de Constitución.

La actitud observada por la prensa burguesa del extranjero ante el proyecto de Constitución, ofrece, indudablemente, cierto interés. Por cuanto la prensa extranjera refleja la opinión de distintos sectores de la población en los países burgueses, no podemos pasar por alto la crítica que esta prensa ha desplegado contra el proyecto de Constitución.

La reacción de la prensa extranjera ante el proyecto de Constitución se manifestó al principio como una tendencia a silenciar el proyecto de Constitución. Me refiero, en este caso, a la prensa más reaccionaria, a la prensa fascista. Este grupo de críticos consideró que lo mejor sería silenciar el proyecto de Constitución, presentar las cosas como si tal proyecto no existiera en absoluto. Alguien puede decir que la táctica del silencio no es crítica. Pero no es cierto. El método del silencio, como método especial de pasar por alto los hechos, es también, aunque, cierto, tonta y ridícula, una forma de crítica. (Hilaridad general. Aplausos.) Pero el método del silencio no les dio resultado. Al fin se han visto obligados a abrir la válvula y a informar al mundo de que, por muy triste que sea, el proyecto de Constitución de la URSS existe, y no solamente existe, sino que está empezando a ejercer una influencia perniciosa en las mentes. Y no podía ser de otra manera, porque, al fin y al cabo, en el mundo hay una opinión pública, lectores, gentes que quieren saber la verdad de los hechos, y es completamente imposible mantenerlos mucho tiempo en las garras del engaño. Con el engaño no se puede ir muy lejos...

El segundo grupo de críticos reconoce que el proyecto de Constitución existe en realidad; pero considera que no encierra gran interés, ya que no es, en esencia, un proyecto de Constitución, sino un pedazo de papel, una promesa vana, dada para hacer cierta maniobra y engañar a la gente. Y a esto añaden que la URSS no podía dar un proyecto mejor, ya que la URSS misma no es un Estado, sino solamente un concepto geográfico (hilaridad general), y puesto que no es un Estado, su Constitución no puede ser una verdadera Constitución. Un representante típico de este grupo de críticos es, aunque parezca extraño, la Deutsche Diplomatisch-Politische Korrespondenz, órgano oficioso alemán. Esta revista dice claramente que el proyecto de Constitución de la URSS es una promesa vana, un engaño, una «aldea Potemkin». Declara sin vacilar que la URSS no es un Estado; que la URSS «no es más que un concepto geográfico exactamente definido» (hilaridad general); que la Constitución de la URSS no puede, en vista de ello, reconocerse como una verdadera Constitución.

Particularidades esenciales del Proyecto de Constitución (de la URSS); Stalin, 1936

Mientras en las constituciones de los Estados burgueses se reconocen «amplias» «libertades políticas» —siempre que no cuestionen las bases fundamentales del capitalismo—, estas mismas constituciones no reconocen las «libertades económicas», en tanto el Estado burgués no asume como obligación propia que esos derechos políticos —los sociales son el resultado de estas dos «libertades»— sean cumplidos, así por ejemplo se reconoce el derecho al trabajo, la vivienda, la salud, la alimentación, etc, pero no se crea ningún mecanismo para dar cumplimiento real a esos derechos reconocidos. En el caso de un Estado socialista, su constitución además de reconocer las «libertades políticas» de sus ciudadanos ha de reconocer las «libertades económicas» que a la postre son las que permiten dar aplicación real a las primeras dando lugar a todas las «libertades sociales derivadas», o derechos de segundo orden.

El documento:



¿De qué manera se han reflejado en el proyecto de la nueva Constitución todos estos cambios producidos en la vida de la URSS?

En otras palabras: ¿Cuáles son las características principales del proyecto de Constitución sometido al examen de este Congreso?

A la comisión de la Constitución se le encomendó que introdujese modificaciones en la Constitución de 1924. El trabajo de la Comisión ha dado por fruto un nuevo texto de la Constitución: el proyecto de la nueva Constitución de la URSS. Al redactar el proyecto de la nueva Constitución, la comisión ha partido del principio de que una Constitución no debe confundirse con un programa. Eso quiere decir que entre un programa y una Constitución existe una diferencia esencial. Mientras un programa formula lo que todavía no existe y lo que hay que alcanzar y conquistar en el futuro, una Constitución, por el contrario, debe tratar de lo que existe ya, de lo que ya ha sido alcanzado y conquistado. Un programa se refiere principalmente al futuro, y una Constitución, al presente.

Dos ejemplos, a título de ilustración.

Nuestra sociedad soviética ha conseguido ya realizar el socialismo en lo fundamental; ha creado un régimen socialista; esto es, ha realizado lo que, en otros términos, los marxistas denominan fase primera o inferior del comunismo. Eso quiere decir que en nuestro país se ha realizado en lo fundamental la primera fase del comunismo, el socialismo. (Prolongados aplausos.) El principio básico de esta fase del comunismo es, como se sabe, la fórmula: «De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según su trabajo». ¿Debe reflejar nuestra Constitución este hecho, el hecho de que hayamos conquistado el socialismo? ¿Debe basarse sobre esta conquista? Sin duda alguna. Debe hacerlo, porque el socialismo es para la URSS algo que ya se ha alcanzado y conquistado.