martes, 10 de agosto de 2021

Heinrich Heine sobre la esencia del arte del cristiano

«Las artes recitativas, espiritualistas por naturaleza, pudieran florecer bastante bien bajo la sombra del cristianismo. Menos ventajosa fue esta religión para las artes plásticas. Porque allí también se vieron obligadas a representar la victoria del espíritu sobre la materia y, sin embargo, debieron utilizar precisamente esta materia como medio de su representación; tuvieron que resolver, por así decirlo, una tarea antinatural. Por eso aquellos temas repulsivos en la escultura y en la pintura: imágenes de mártires, crucifixiones, santos agonizantes, mutilación de la carne. Esas mismas tareas fueron un martirio de la escultura, y cuando veo aquellas obras deformadas en las que cabezas devotamente inclinadas, brazos largos y delgados, piernas magras y escrupulosos y rústicos ropajes eran utilizados para representar la abstinencia cristiana y el ascetismo sensorial, me embarga una compasión indecible por los artistas de aquel tiempo. (...) A decir verdad, cuando contemplamos alguna colección de pinturas y no vemos representadas más que escenas sangrientas, flagelaciones y ejecuciones, tenemos la impresión de que los antiguos maestros pintaron estas imágenes para la galería de un verdugo. Pero el genio sabe transfigurar incluso lo antinatural; muchos pintores lograron  resolver con belleza y elevación la tarea antinatural; y particularmente los italianos supieron honrar la belleza un poco a costa del espiritualismo, y elevarse hasta aquella idealidad que alcanzó su florecimiento en tantas representaciones de la Virgen. La clerecía católica siempre ha hecho algunas concesiones cuando se trataba de la Virgen. Esta imagen de una belleza inmaculada, transfigurada por el dolor y el amor maternal, tuvo el privilegio de ser celebrada por poetas y pintores y adornada, además, con todo el atractivo sensual. Porque esta imagen era un imán que podía atraer a la gran muchedumbre hacia el regazo del cristianismo. La Virgen María fue, por así decirlo, la «bella dame du comptoir» de la Iglesia Católica, que con su sonrisa celestial atrajo y retuvo a sus clientes, especialmente a los bárbaros del Norte. La arquitectura tiene en la Edad Media el mismo carácter que las obras de artes, porque en ese entonces todas las manifestaciones de la vida armonizaban entre sí del modo más extraordinario. Aquí, en la arquitectura,  se revela la misma tendencia a la parábola que en la poesía. Cuando ahora entramos en una catedral antigua, apenas percibimos ya el sentido esotérico de su pétrea simbología. Sólo la impresión de conjunto penetra de inmediato en nuestro estado de ánimo. Sentimos la elevación del espíritu y el aplastamiento de la carne. El propio interior de la catedral forma una cruz hueca, y deambulamos allí en el interior del instrumento del martirio; las coloridas ventanas arrojan sobre nosotros sus luces rojas y verdes, como gotas de sangre y pus; cantos fúnebres gimotean a nuestro alrededor; bajo nuestros pies, sepulcros y descomposición». (Heinrich Heine; La escuela romántica, 1833)

jueves, 5 de agosto de 2021

Cuando la «izquierda» condena la tecnología y el progreso es igual o más reaccionaria que la «derecha»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«En el desarrollo de las fuerzas productivas, se llega a una fase en la que surgen fuerzas productivas y medios de intercambio que, bajo las relaciones existentes, sólo pueden ser fuente de males, que no son ya tales fuerzas de producción, sino más bien fuerzas de destrucción –maquinaria y dinero–». (Karl Marx; El capital, Tomo III, 1894)

¿Podemos concluir que la tecnología y el progreso son sinónimos de «deshumanización»? La respuesta corta es un rotundo no. Las condiciones sociales cambian, por tanto, actualmente no puede ser más «humano» comer solo vegetales o leer libros sólo en formato papel, que manejar un iPhone o pilotar una nave espacial, esto no debería ser difícil de comprender en principio, aunque para cierta gente sea una polémica a discutir. El problema no puede ser nunca el desarrollo de las fuerzas productivas, que precisamente el capitalismo hereda y desarrolla a partir de los mejores conocimientos y esfuerzos de la humanidad, sino las relaciones de producción que rigen el entramado económico y social, la distribución de los productos ligados a ella; todo lo demás es palabrería en manos de un ignorante o de un cínico. 

O si se quiere, explicado desde otro punto de vista, la deshumanización del sujeto en el capitalismo no es a causa de los avances tecnológicos –como muchos hippies y ácratas mantienen–, sino de un uso privativo y especulativo de dichos avances –solo hay que verlo en campos como la industria farmacéutica o alimentaria–. Recapitulando, el nudo gordiano está entonces, damas y caballeros, en la propiedad privada de los medios de producción que existe en este sistema, el mismo que mercantiliza sin escrúpulos la salud o los alimentos, algo que, bajo las leyes del capitalismo, como la ley del valor, es del todo normal y solo puede conducir al atolladero que conocemos: ricos y pobres, privilegiados de esas innovaciones y parias que jamás llegarán a disfrutar de esos avances. 

En «Late Motiv», el programa nocturno del Andreu Buenafuente, tenemos un buen ejemplo de estas peligrosas nociones. Para quien no lo conozca, este es el programa idóneo para todo ser de «izquierdas» que, aunque sumamente aburguesado, quiere hacer parecer que no es parte del problema y sentirse moralmente superior a la «patética derecha». Pero resulta que a veces, y sin ser nada consciente, este «hombre de izquierdas» actúa como el más rancio conservador. En este programa se tuvo como invitado al excéntrico «humorista», escritor y crítico televisivo Bob Pop, quien realizaba una «demoledora crítica» al consumismo capitalista, echándole la culpa, cómo no, al trabajador medio, a lo que en España se le denomina popularmente como el «currito»:

«Bob Pop: Tengo la teoría de que hay ricos porque los pobres somos unos vagos. (…) Hay ricos porque nos da pereza hacer la revolución comunista, porque nos da pereza. Porque hemos hecho una cosa terrible, hemos pasado de comprar en el mercado a ir al supermercado. Nosotros tenemos la culpa de la concentración actual de la riqueza. Si lo piensas antes íbamos al mercado y comprábamos cada cosa en un puesto diferente con lo cual ayudábamos a que señores distintos de ese mercado con sus puestos tuviera una vivienda digna, pero no se forraban, no tenían un monopolio. ¿Ahora qué pasa? Ahora vamos al supermercado y compramos todo en un solo sitio… y claro se forran, por nuestra culpa. (…) Lo que pasa es que estamos muy cansadas, porque el capitalismo actual es la tormenta perfecta, nos han empujado a la precariedad, a las horas extras sin cobrarlas, horarios imposibles y nos han quitado la posibilidad de tener una vida donde poder ir al mercado tranquilamente y elegir en cada puesto cosas diferentes. (…) Les hemos hecho millonarios con nuestras miserias y encima se lo tenemos que agradecer porque es más cómodo. (…) Todo esto es culpa de los pobres que hemos sido muy vagos, pero, ¿qué hacemos? ¿Boicoteamos a los ricos? ¿Dejamos de comprar low cost en días festivos, dejamos de consumir? No podemos, Andreu, porque parte de ese dinero de nuestro consumo sirve para que los ricos se forren y parte de su fortuna vaya a fundaciones benéficas, nosotros también tenemos el bien consumiendo, dotan de bienes a la sanidad pública, dan donaciones al tercer mundo. Porque los ricos pagar impuestos lo menos que puedan, pero caridad hacen un rato (…) ¿Tú sabes qué tienen los ricos que no tenemos nosotros? Conciencia de clase». (Spanish Revolution; ¿Tú sabes lo que tienen los ricos que no tenemos nosotros?, 4 de julio de 2021)

miércoles, 4 de agosto de 2021

La teoría de que el movimiento obrero necesita los atentados del terrorismo como estímulo; Equipo de Bitácora (M-L), 2017


[Nota: Editado en 2017. Reeditado en 2021]

«En los estudios del siglo XIX de Marx y Engels sobre Rusia y las fuerzas políticas en pugna, se dejó bastante claro lo que estaban realizando los populistas –antecesores de los eseristas–. No estaban precisamente estimulando al pueblo para vencer al zarismo, sino que más bien, con sus acciones terroristas, precisamente habían agrupado en torno a la autocracia zarista a las clases sociales que no necesariamente estaban interesadas en su continuación:

«Así escribía Marx en 1877. A la sazón había en Rusia dos gobiernos: el del zar y el del comité ejecutivo [ispolnítelnyi komitet] secreto de los conspiradores terroristas. (…) La revolución rusa no se produjo. El zarismo ha triunfado sobre el terrorismo, el cual, en el momento presente ha empujado a todas las clases pudientes y «amigas del orden» a que se abracen con el zarismo». (Friedrich Engels; Acerca de la cuestión social en Rusia, 1894)

Lenin aconsejó a los revolucionarios suizos que, según la experiencia de los bolcheviques, la lucha por el socialismo debía emitirse en una propaganda que combatiera sistemáticamente tanto el pacifismo de los oportunistas como el terrorismo de los aventureros anarquistas. Lo que era imperativo era educar a las masas en el uso de la violencia revolucionaria, pero siempre involucrando al pueblo en ese desempeño para que, llegado el momento, visto que los explotadores seguramente no iban a entregar el poder, las masas, ya concienciadas y experimentadas, realizasen una revolución popular para imponer justicia y cumplir sus anhelos. Se trata de algo a todas luces muy distinto de los pequeños comandos terroristas que actúan a su libre albedrío fuera de la lucha de las masas y que ignoran el grado de concienciación de estas:

«Permítanme decir algunas palabras sobre otro punto que se discute mucho en estos días y respecto del cual, nosotros, los socialdemócratas rusos, poseemos una experiencia especialmente rica: el problema del terror. (...) Estamos convencidos de que la experiencia de la revolución y contrarrevolución en Rusia confirmó lo acertado de la lucha de más de veinte años de nuestro partido contra el terrorismo como táctica. No debemos olvidar, sin embargo, que esta lucha estuvo estrechamente vinculada con una lucha despiadada contra el oportunismo, que se inclinaba a repudiar el empleo de toda violencia por parte de las clases oprimidas contra sus opresores. Nosotros siempre estuvimos por el empleo de la violencia en la lucha de masas y con respecto a ella. En segundo lugar, hemos vinculado la lucha contra el terrorismo con muchos años de propaganda, iniciada mucho antes de diciembre de 1905, en favor de una insurrección armada. Considerábamos la insurrección armada no sólo la mejor respuesta del proletariado a la política del gobierno, sino también el resultado inevitable del desarrollo de la lucha de clases por el socialismo y la democracia. En tercer lugar, no nos hemos limitado a aceptar la violencia como principio ni a hacer propaganda en favor de la insurrección armada. Así, por ejemplo, cuatro años antes de la revolución, apoyamos el empleo de la violencia por las masas contra sus opresores, especialmente en las manifestaciones callejeras. Hemos tratado de que la lección dada por cada manifestación de este tipo fuera asimilada por todo el país. Comenzamos a prestar cada vez mayor atención a la organización de una resistencia sistemáticamente y sostenida de las masas contra la policía y el ejército, a traer, mediante esa resistencia, la mayor parte posible del ejército al lado del proletariado en su lucha contra el gobierno, a inducir al campesinado y al ejército a que participasen con conciencia de esa lucha. Esta es la táctica que hemos aplicado en la lucha contra el terrorismo y estamos profundamente convencidos de que fue coronada con éxito». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Discurso en el Congreso del Partido Socialdemócrata Suizo, 1916)

jueves, 29 de julio de 2021

¿Sabrías cuáles son las diferencias entre el sentido y el significado de las palabras?


«Paulhan ha prestado un gran servicio al análisis psicológico del lenguaje al introducir la distinción entre el sentido de la palabra y su significado. Para Paulhan, el sentido de la palabra es la suma de todos los sucesos psicológicos evocados en nuestra conciencia gracias a la palabra. Por consiguiente, el sentido de la palabra es siempre una formación dinámica, variable y compleja que tiene varias zonas de estabilidad diferente. El significado es solo una de esas zonas del sentido, la más estable, coherente y precisa. La palabra adquiere su sentido en su contexto y, como es sabido, cambia de sentido en contextos diferentes. Por el contrario, el significado permanece invariable y estable en todos los cambios de sentido de la palabra en los distintos contextos. Las variaciones del sentido representan el factor principal en el análisis semántico del lenguaje. El significado real de la palabra no es constante. En una operación la palabra actúa con un significado y en otra adquiere un significado distinto. El dinamismo del significado es el que nos lleva al problema de Paulhan, a la cuestión de la relación entre el significado y el sentido. La palabra en su singularidad solo tiene un significado. Pero este significado no es más que una potencia que se realiza en el lenguaje vivo y en el cual dicho significado es tan solo una piedra en el edificio construido. (...) La palabra está inserta en un contexto del cual toma su contenido intelectual y afectivo, se impregna de ese contenido y pasa a significar más o menos de lo que significa aisladamente y fuera del contexto: más, porque se amplía su repertorio de significados, adquiriendo nuevas áreas de contenido; menos, porque el contexto en cuestión limita y concreta su significado abstracto. El sentido de la palabra, dice Paulhan, es un fenómeno complejo y móvil que, en cierta medida, cambia constantemente de unas consciencias a otras y de unas situaciones a otras para la misma consciencia. En este aspecto, el sentido de la palabra es ilimitado. La palabra cobra sentido en el contexto de la frase, pero la frase lo toma a su vez del contexto del párrafo, el párrafo lo debe al contexto del libro y el libro lo adquiere en el contexto de toda la creación del autor. El verdadero sentido de cada palabra está determinado, en definitiva, por la abundancia de elementos existentes en la conciencia referidos a lo expresado por la palabra en cuestión. Según Paulham, el sentido de la Tierra está en el Sistema Solar, que complementa la idea de la Tierra; el Sistema Solar tiene sentido en la Vía Láctea y el sentido de la Vía Láctea..., todo lo cual quiere decir que nunca abarcamos el sentido completo de las cosas y, por consiguiente, tampoco el sentido completo de las palabras. La palabra es una fuente inagotable de nuevos problemas, su sentido nunca está acabado. En definitiva, el sentido de las palabras depende conjuntamente de la interpretación del mundo de cada cual y de la estructura interna de la personalidad. Pero el mérito principal de Paulhan consiste en haber analizado las relaciones entre el sentido y la palabra y en haber sido capaz de demostrar que entre el sentido y la palabra las relaciones son mucho más independientes entre sí que entre el significado y la palabra. Las palabras pueden disociarse de su sentido. Desde hace tiempo se sabe que las palabras pueden cambiar de sentido. Más recientemente se ha observado que es también necesario estudiar cómo el sentido puede modificar las palabras, o, mejor dicho, cómo los conceptos cambian de nombre. (...) El sentido puede separarse de la palabra que lo expresa con la misma facilidad con que pueden sumarse a cualquier otra. (...) Por eso sucede que podemos sustituir una palabra por otra sin alterar el sentido. El sentido se separa de la palabra y de ese modo se conserva. Pero la palabra puede existir sin sentido, así como el sentido puede existir sin palabras. (...) En «Infancia, adolescencia y juventud» y en otras obras suyas, Tolstoi relata cómo entre personas que conviven, las palabras adquieren fácilmente significados convencionales, se desarrolla un dialecto especial, una jerga solo comprensible para quienes han participado en su creación. (...) En determinadas condiciones, las palabras modifican su sentido y significado habituales y adoptan un significado especial proporcionado por las condiciones específicas de su aparición». (Lev Vygotsky; Pensamiento y lenguaje, 1934)

jueves, 22 de julio de 2021

El romanticismo y su influencia mística e irracionalista en la «izquierda»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

Somos conscientes que parte de esta exposición excede lo necesario para la refutación del mariateguismo, y aunque este apartado será de una considerable extensión, todo ello lo consideramos sumamente necesario para comprender por completo lo que vendrá a continuación en los apartados económico, artístico o histórico sobre un neorromántico empedernido como fue Mariátegui, funciones que serán abordadas en los siguientes capítulos. Apelamos, pues, a la paciencia del lector, aunque bien es cierto que podrá ir comprobando poco a poco la importante relación que hay entre este apartado y los siguientes. Estudiar la mitomanía, el irracionalismo o el misticismo de la «izquierda», se diga esta «política», «filosófica» o «cultural», tiene toda la actualidad. Véase por ejemplo nuestro análisis previo sobre el fenómeno del «posmodernismo», donde ya notamos que en su origen filosófico tomaron parte activa todas estas tendencias, por lo que consideramos este capítulo filosófico como un añadido al mismo. Véase el capítulo: «Instituciones, ciencia y posmodernismo» (2021).

¿Cómo computamos la historia de la filosofía?

«Los elementos intermedios y los charlatanes conciliadores, cualquiera que sea su rótulo, ya se trate de espiritualistas, de sensualistas, de realistas, etc., etc., en su camino caen bien en una o bien en otra corriente. Nosotros exigimos decisión, queremos claridad. (…) Toda la lucha contra Dühring la llevó a cabo Engels por entero bajo el lema de la aplicación consecuente del materialismo, acusando al materialista Dühring de enturbiar la esencia de la cuestión con palabras, de cultivar la verborrea, de usar unas formas de razonar que implican una concesión al idealismo, el paso a las posiciones del idealismo. O el materialismo consecuente hasta el fin, o las mentiras y la confusión del idealismo filosófico. (…) No se puede por menos de ver la lucha de los partidos en la filosofía, lucha que expresa, en última instancia, las tendencias y la ideología de las clases enemigas dentro de la sociedad contemporánea. La novísima filosofía está tan penetrada del espíritu de partido como la filosofía de hace dos mil años». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

Como se podrá ir comprobando durante toda la exposición que veremos más adelante, las ideas de la Revolución Francesa (1789) fueron la piedra de toque entre los pensadores del siglo XIX, un cambio de paradigma que no dejaba indiferente a nadie, pues no hay término medio: o bien causaba una gran admiración o bien una enorme repulsa. Y bien, ¿cuál fue el cómputo general de este evento histórico para los revolucionarios del siglo XX? En Rusia los bolcheviques proclamaban que:

«La filosofía del marxismo es el materialismo. A lo largo de toda la historia moderna de Europa, y especialmente a fines del siglo XVIII, en Francia, donde se libró la batalla decisiva contra toda la morralla medieval, contra la servidumbre en las instituciones y en las ideas, el materialismo se acreditó como la única filosofía consecuente, fiel a todas las teorías de las ciencias naturales, hostil a la superstición, a la beatería, &c. Por eso los enemigos de la democracia intentaban con todas sus fuerzas «refutar», minar, calumniar el materialismo, y defendían diversas formas del idealismo filosófico, que conduce siempre, de un modo o de otro, a la defensa o al apoyo de la religión, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, 1913)

No pocas veces se han alzado interrogantes tipo: «¿Se puede afirmar que los marxistas son los legítimos sucesores de los racionalistas, los ilustrados o cualquier otro movimiento anterior que adujese la razón como su guía?». Otros se preguntarán lo mismo, pero sustituyendo la razón por la «observación». Centrándonos en estos últimos siglos de la Edad Moderna, es obvio que el materialismo histórico y dialéctico, las herramientas filosóficas del socialismo científico compilado por Marx y Engels, siempre han reconocido el trabajo que en su día hizo el racionalismo de Leibniz, Spinoza o Descartes, el empirismo de Bacon, Condillac, Locke o Hobbes, y por encima de todos ellos, destacando el legado de pensadores como Diderot, Helvétius o Holbach, autores tan profundamente materialistas como todavía metafísicos. 

Claro está que en su momento todos contribuyeron con su imprescindible labor en varios campos específicos –no solo en la filosofía sino también en las diversas ciencias– para rescatar o hacer avanzar el conocimiento humano científico. Plantaron cara al oscurantismo general de aquel entonces, pero en parte también contribuyeron a seguir manteniendo otros prejuicios que debían finalizar –unas veces influyó más la ignorancia generalizada en el ambiente de su tiempo y en otras fue decisivo el empecinamiento personal de los autores–. No por casualidad en la «La sagrada familia» (1845), el primer trabajo conjunto de Marx y Engels, ambos autores rinden homenaje a varias de estas figuras destacadas de los siglos XVII-XVIII sin que ello suponga dejar de mostrar sus limitaciones. También en la obra de Gueorgui Plejánov «La concepción monista de la historia» (1895) tenemos una magnífica investigación sobre esto exponiendo las descabelladas teorías que por aquel entonces permeaban entre los reformadores sociales y los pensadores bienintencionados. Aquí se daba un repaso nítido tanto a las ideas de los materialistas del siglo XVIII como a los socialistas utópicos del siglo XIX, que si bien no fueron las únicas tendencias, sí las más recordadas y transcendentes. Por último, podríamos citar la obra de M. Shirokov: «Libro de texto sobre filosofía marxista» (1937) o la del Prof. A. V. Scheglov y un grupo de catedráticos de la Academia de la Ciencias de la URSS: «Historia de la filosofía; De Sócrates a Scheler» (1942). En ambas encontraremos conclusiones similares. Para no extendernos con más referencias, resumiremos con un extracto de la fina pluma de Antonio Labriola la enorme línea de diferenciación que siempre ha existido entre estos autores y los padrinos del socialismo científico. De esta forma captaremos cuán incompatibles son ambas visiones en infinitas cuestiones de enjundia –los corchetes son nuestros–:

«Otra cosa se necesitaba para penetrar las razones efectivas de la relatividad del progreso. Se necesitaba ante todo renunciar a aquellos prejuicios implícitos en la creencia de que los obstáculos a la uniformidad del devenir humano descansan exclusivamente sobre causas naturales e inmediatas [geografía]. (…) Los consecutivos impedimentos a la uniformidad del progreso han de buscarse en las condiciones propias e intrínsecas de la misma estructura social. (…) Es siempre, por diferentes que sean sus formas y modos, la oposición de la ciudad y del campo, del artesano y del campesino del proletario y del patrono, del capitalista y del trabajador, y así hasta lo infinito, y va siempre a parar en una jerarquía, tanto si es el privilegio fijo de la Edad Media, como si con las distintas formas del derecho presunto igual para todos se revela en la acción automática de la competencia económica. (…) A esta jerarquía económica corresponde de modo vario un los diferentes países, tiempos y lugares, una: estoy por decir, jerarquía de los ánimos, de los intelectos, de los espíritus. Esto equivale a decir que la cultura, en la cual precisamente los Idealistas sitúan la suma del progreso, estuvo y está por necesidad de hecho bastante desigualmente distribuida. La mayor parte de los hombres, por la cualidad de sus ocupaciones, son así como individuos desintegrados, incapaces de un desarrollo completo y normal. A la económica de las clases y a la jerarquía de las situaciones, corresponde la psicología de las clases. La relatividad del progreso es, pues, para nosotros, la consecuencia inevitable de las antítesis de clase. (...) El progreso fue y es aún parcial y unilateral. Las minorías que salen beneficiadas sostienen que esto es el progreso humano, y los soberbiosos evolucionistas llaman a esto naturaleza humana que se desarrolla. Todo este progreso parcial, que basta el presente se ha desarrollado en la presión de hombres sobre los hombres, tiene su fundamento en las condiciones de oposición por la cual las antítesis económicas han engendrado todas las antítesis sociales, y de la relativa libertad de algunos ha nacido la servidumbre de muchísimos, y el derecho ha sido protector de la injusticia». (Antonio Labriola; Del materialismo histórico, 1896) 

lunes, 5 de julio de 2021

La Escuela de Gustavo Bueno y su promoción de la religión como «esencia de la españolidad»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021


[Publicado originalmente en 2020 y reeditado en 2021]

«Falange Española no puede considerar la vida como un mero juego de factores económicos. No acepta la interpretación materialista de la historia. Lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos. Aspecto preeminente de lo espiritual es lo religioso. Ningún hombre puede dejar de formularse las eternas preguntas sobre la vida y la muerte, sobre la creación y el más allá. A esas preguntas no se puede contestar con evasivas; hay que contestar con la afirmación o con la negación. España contestó siempre con la afirmación católica. La interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera; pero es, además, históricamente, la española. Por su sentido de catolicidad, de universalidad, ganó España al mar y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a quienes los habitaban a una empresa universal de salvación. Así, pues, toda reconstrucción de España ha de tener un sentido católico». (José Antonio Primo de Rivera; Falange Española número 1, noviembre, 1933)

Después de Falange, parece ser que ahora, gracias al inestimable servicio de Vox y la Escuela de Gustavo Bueno, ellos nos enseñan cuál es y debe de ser la esencia de España –nótese la ironía–:

«España desde su constitución como Imperio –es decir, desde su constitución como sociedad política– ha sido siempre una monarquía. (...) España es una sociedad católica –y no protestante, ni islámica, ni judía, por ejemplo– en cuanto que buena parte de las costumbres de sus habitantes están determinadas por el ceremonial católico». (Santiago Abascal y Gustavo Bueno; En defensa de España. Razones para el patriotismo español, 2008)

Por si alguien quiere seguir riéndose a carcajadas con las ilusiones de estos monaguillos, dejaremos una última cita:

«@armesillaconde: La gente que dice que la religión católica no les influye, pero luego no tienen problemas en irse de puente en festividad religiosa, tienen nombres de santos, o comen jamón y beben vino sin darse cuenta de que esto es producto de la Reconquista contra el Islam. En fin». (Twitter; Santiago Armesilla, 20 de octubre de 2020)

Este es su nivel de razonamiento. Esta es la forma en que este «sujeto», por ser bondadosos, enlaza y conjuga los conceptos que milagrosamente llegan a su masa encefálica. 

¡Los discípulos del señor Bueno no cesan de hacer el ridículo! Preguntamos a Armesilla, ¿acaso el musulmán que se salta su código religioso y consume jamón está cometiendo un acto de conversión al catolicismo? Es infinitamente absurdo creer seriamente que reproducir las herencias totalmente secularizadas de la tradición cristiana —nombres, fiestas y demás— implica «ser católico», ni siquiera «ser católico culturalmente». Es de una chapuza intelectual increíble.

«@armesillaconde: En las religiones no se cree. Se cree en deidades, pero lo positivo –empírico– de las religiones no son los dioses, sino sus instituciones históricas que moldean sociedades enteras». (Twitter; Santiago Armesilla, 19 de octubre de 2020)

Una vez más Armesilla mostrando su antimarxismo: lo que define y moldea una sociedad son las relaciones de producción y el grado de desarrollo de las fuerzas productivas, pero para estos discípulos de Bueno no fueron los intereses de clase los que hicieron que una u otra religión fuera la dominante, sino la religión en sí y sus cualidades «innegablemente positivas» sobre el pueblo. Y claro, si el pueblo español el mejor, también tendrán que tener la máxima religión, ¿para algo Jesús nació en Albacete y no en Nazaret como dice la «Leyenda negra» judeo-británica, no? Armesilla está inmerso en una ardua investigación sobre eso, ya verán. Lo bueno, lo positivo según Armesilla, son las instituciones religiosas, es decir, debemos dar gracias a la Iglesia Católica y el «nacionalcatolicismo» de Franco por su gran labor en «moldear» toda una generación. Qué se lo pregunten a las mujeres revolucionarias que fueron ultrajadas y obligadas a la reeducación de la Sección Femenina de Falange y, para más inri, en muchas ocasiones apartadas de sus hijos. ¡Oh, Dios, damos a ti las gracias!...  ¿por el fascismo?

Esta es la misma gente que defiende la tauromaquia o el catolicismo, porque son «marcas inalterables de España, su esencia». ¿Es esto compatible con el discurrir del pensamiento marxista? Ni de lejos:

«Y no es, ni mucho menos, fortuito que el programa nacional de los socialdemócratas austríacos imponga la obligación de velar por «la conservación y el desarrollo de las particularidades nacionales de los pueblos». ¡Fijaos bien en lo que significaría «conservar» tales «particularidades nacionales» de los tártaros de la Transcaucasia como la autoflagelación en la fiesta del «Shajsei-Vajsei» o «desarrollar» tales «peculiaridades nacionales» de los georgianos como el «derecho de venganza»! Este punto estaría muy en su lugar en un programa rabiosamente burgués-nacionalista». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

jueves, 1 de julio de 2021

Mariátegui, el ídolo del «marxismo heterodoxo»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

[Enlaces de DESCARGA del texto en PDF al final del documento]

«Si es una majadería afirmar –como todavía hoy repiten los chovinistas– que el modelo colonial impuesto por la Corona de Castilla fue «cuidadoso con los indígenas» y «beneficioso para ellos», algo que produce carcajadas, ya que en parte para explotar a los indígenas locales se basaron en los viejos sistemas precolombinos como la mita; al mismo nivel de ignorancia está considerar el sistema inca como referente de «comunismo agrario» y la realización real de la «libertad». Habría que recordar que los incas sometieron a pueblos como los chancas, mochicas, chavines, nazcas y otros. ¿No indicaban tales injerencias un deseo de conquista y una competencia por los recursos propios de sociedades desarrolladas? ¿O eran las dotes altruistas de exportar el «comunismo agrario» las que impulsaron tales expansiones? Hablar de «comunismo» en el imperio inca sería como decir que las ciudades sumerias, el imperio egipcio o acadio eran sociedades «comunistas» por el grado de cooperativización social alcanzado para la construcción de edificios o el reparto de comida para los trabajadores. ¡¿Y la estratificación social, el enorme papel del clero, la aristocracia guerrera, la esclavitud, el patriarcado?! Misma necedad sería calificar a los señoríos de la Edad Media como «comunismo» porque bosques, molinos o prados fuesen colectivos para la comunidad de siervos que estaban atados a esa tierra, pasando por encima de la división del trabajo, la entregada obligatoria de parte de la cosecha al señor feudal, el derecho de pernada, etc. ¡Idílico «comunismo» de caballeros y siervos! ¿No resulta gracioso que Mariátegui realizaba lo contrario de los chovinistas españoles? En efecto, si estos últimos idealizan el colonialismo hispano, los nacionalistas e indigenistas en América idealizan las sociedades precolombinas buscando en ellas la piedra filosofal para sus políticas futuras. (...) ¿Es el «mito soreliano-mariateguista» quien empujará a las masas al combate? Increíble declaración hasta para el más fuerte idealista, ¿pero se imaginan cuál sería este «socialismo» que se construiría en Perú que desprecia el «alfabeto blanco» y los aportes de la «ciencia de los blancos» u otras razas que para Mariátegui son «decadentes», como los chinos e hindúes? Le daremos una pista: en el milagroso caso de que algún día esto ocurra tendremos un «socialismo» más cercano a un hippie o un amish que al de tipo marxista. Y esto no es una exageración, lo veremos más adelante cuando comprobemos su opinión sobre el significado histórico de las máquinas». (Equipo de Bitácora (M-L); Equipo de Bitácora (M-L); Mariátegui, el ídolo del «marxismo heterodoxo», 2021)

Preámbulo

El socialismo científico, póngasele la etiqueta que se quiera, requiere de objetividad, de la aplicación de un método de análisis despojado de sentimentalismo y sofismas. La construcción de una sociedad sin clases pasa por la crítica desgarrada de las experiencias pasadas, pasa, necesariamente, por el aprendizaje de los errores de los que fracasaron, por una distinción nítida de los principios ideológicos que abrazamos frente a los que rechazamos, razonando en todo momento su porqué. Y, desde luego, para conseguir esta ardua gesta, la sacralización del individuo, «mártir inmaculado» u «hombre infalible», constituye uno de los mayores obstáculos.  

No hace falta mencionar que quienes bajo el relativismo y el escepticismo afirman que el marxismo-leninismo –con la andadura que tiene a estas alturas– no tiene paradigma a seguir, que no puede diferenciarse que es o no es tal, qué tesis que está dentro de sus patrones o cuáles no, son unos charlatanes redomados. El pensamiento y actuar de este tipo de sujetos jamás será revolucionario, por la sencilla razón de que no estudian ni toman a esta doctrina bajo lineamientos constatables, en consecuencia, su sistematización de conocimientos siempre será arbitraria: creen estar por encima de las sentencias de la historia, de la realidad objetiva, que pueden coger lo que les guste de esta y aquella experiencia, de este y aquel personaje. 

Pues bien, esto mismo se observa en muchos de los apóstoles de José Carlos Mariátegui (1894-1930), quienes lo consideran y alaban como un «marxista creador y heterodoxo», cuando en realidad no están sino confesando que la teoría y práctica de este señor operaba bajo coordenadas muy alejadas de los cánones revolucionarios que se le presuponen; es más, si realmente fuesen hombres de ciencia habrían comprendido ya que, para que esta no se estanque, siempre debe de ser «creadora» ante los retos que enfrenta cada día, a cada hora, pero jamás en el sentido que le dan estos caballeros. Para cualquier corrección o derribo de los axiomas las hipótesis planteadas deben comprobarse, no basta con articular deseos e implementar voluntarismos de todo tipo, como acostumbran los oportunistas de ayer y hoy. De no cumplirse con estos requisitos básicos para tener un criterio riguroso de «estudio» y «actualización», la ideología que se portará será un dogma, entendiéndose este como un planteamiento y actuar indiscutible que se acepta exclusivamente por actos de fe. Por esta razón el revisionismo suele ser sinónimo de pragmatismo y eclecticismo, dado que se abandonan las razones científicas no existe límites para especular y decorar a gusto de uno la ideología que se sigue.   

«La forma en que se desarrollan las ciencias naturales, cuando piensan, es la hipótesis. Se observan nuevos hechos, que vienen a hacer imposible el tipo de explicación que hasta ahora se daba de los hechos pertenecientes al mismo grupo. A partir de este momento, se hace necesario recurrir a explicaciones de un nuevo tipo, al principio basadas solamente en un número limitado de hechos y observaciones. Hasta que el nuevo material de observación depura estas hipótesis, elimina unas y corrige otras y llega, por último, a establecerse la ley en toda su pureza. Aguardar a reunir el material para la ley de un modo puro, equivaldría a dejar en suspenso hasta entonces la investigación pensante, y por este camino jamás llegaría a manifestarse la ley. La abundancia de las hipótesis que se abren paso aquí y la sustitución de unas por otras sugieren fácilmente –cuando el naturalista no tiene una previa formación lógica y dialéctica– la idea de que no podemos llegar a conocer la esencia de las cosas –Haller y Goethe–. Pero esto no es peculiar y característico de las ciencias naturales, pues todo el conocimiento humano se desarrolla siguiendo una curva muy sinuosa y también en las disciplinas históricas, incluyendo la filosofía, vemos cómo las teorías se desplazan unas a otras, pero sin que de aquí se le ocurra a nadie concluir que la lógica formal sea un disparate. (...) Sólo podemos llegar a conocer bajo las condiciones de la época en que vivimos y dentro de los ámbitos de estas condiciones». (Friedrich Engels; Dialéctica de la naturaleza, 1883)

Precisamente esta limitación del conocimiento que se presenta en ciertos momentos históricos, en distintas regiones humanas, y cómo no, en diferentes individuos y organizaciones, no debe servir de excusa para exculpar u ocultar las carencias del objeto de estudio, por el contrario, solo nos interesa examinar si existían justificaciones plausibles para cometer tales equivocaciones, o, si pese a tener la información y los medios disponibles, el fallo fue más consciente que condicionado.