Preámbulo
El socialismo científico, póngasele la etiqueta que se quiera, requiere de objetividad, de la aplicación de un método de análisis despojado de sentimentalismo y sofismas. La construcción de una sociedad sin clases pasa por la crítica desgarrada de las experiencias pasadas, pasa, necesariamente, por el aprendizaje de los errores de los que fracasaron, por una distinción nítida de los principios ideológicos que abrazamos frente a los que rechazamos, razonando en todo momento su porqué. Y, desde luego, para conseguir esta ardua gesta, la sacralización del individuo, «mártir inmaculado» u «hombre infalible», constituye uno de los mayores obstáculos.
No hace falta mencionar que quienes bajo el relativismo y el escepticismo afirman que el marxismo-leninismo –con la andadura que tiene a estas alturas– no tiene paradigma a seguir, que no puede diferenciarse que es o no es tal, qué tesis que está dentro de sus patrones o cuáles no, son unos charlatanes redomados. El pensamiento y actuar de este tipo de sujetos jamás será revolucionario, por la sencilla razón de que no estudian ni toman a esta doctrina bajo lineamientos constatables, en consecuencia, su sistematización de conocimientos siempre será arbitraria: creen estar por encima de las sentencias de la historia, de la realidad objetiva, que pueden coger lo que les guste de esta y aquella experiencia, de este y aquel personaje.
Pues bien, esto mismo se observa en muchos de los apóstoles de José Carlos Mariátegui (1894-1930), quienes lo consideran y alaban como un «marxista creador y heterodoxo», cuando en realidad no están sino confesando que la teoría y práctica de este señor operaba bajo coordenadas muy alejadas de los cánones revolucionarios que se le presuponen; es más, si realmente fuesen hombres de ciencia habrían comprendido ya que, para que esta no se estanque, siempre debe de ser «creadora» ante los retos que enfrenta cada día, a cada hora, pero jamás en el sentido que le dan estos caballeros. Para cualquier corrección o derribo de los axiomas las hipótesis planteadas deben comprobarse, no basta con articular deseos e implementar voluntarismos de todo tipo, como acostumbran los oportunistas de ayer y hoy. De no cumplirse con estos requisitos básicos para tener un criterio riguroso de «estudio» y «actualización», la ideología que se portará será un dogma, entendiéndose este como un planteamiento y actuar indiscutible que se acepta exclusivamente por actos de fe. Por esta razón el revisionismo suele ser sinónimo de pragmatismo y eclecticismo, dado que se abandonan las razones científicas no existe límites para especular y decorar a gusto de uno la ideología que se sigue.
«La forma en que se desarrollan las ciencias naturales, cuando piensan, es la hipótesis. Se observan nuevos hechos, que vienen a hacer imposible el tipo de explicación que hasta ahora se daba de los hechos pertenecientes al mismo grupo. A partir de este momento, se hace necesario recurrir a explicaciones de un nuevo tipo, al principio basadas solamente en un número limitado de hechos y observaciones. Hasta que el nuevo material de observación depura estas hipótesis, elimina unas y corrige otras y llega, por último, a establecerse la ley en toda su pureza. Aguardar a reunir el material para la ley de un modo puro, equivaldría a dejar en suspenso hasta entonces la investigación pensante, y por este camino jamás llegaría a manifestarse la ley. La abundancia de las hipótesis que se abren paso aquí y la sustitución de unas por otras sugieren fácilmente –cuando el naturalista no tiene una previa formación lógica y dialéctica– la idea de que no podemos llegar a conocer la esencia de las cosas –Haller y Goethe–. Pero esto no es peculiar y característico de las ciencias naturales, pues todo el conocimiento humano se desarrolla siguiendo una curva muy sinuosa y también en las disciplinas históricas, incluyendo la filosofía, vemos cómo las teorías se desplazan unas a otras, pero sin que de aquí se le ocurra a nadie concluir que la lógica formal sea un disparate. (...) Sólo podemos llegar a conocer bajo las condiciones de la época en que vivimos y dentro de los ámbitos de estas condiciones». (Friedrich Engels; Dialéctica de la naturaleza, 1883)
Precisamente esta limitación del conocimiento que se presenta en ciertos momentos históricos, en distintas regiones humanas, y cómo no, en diferentes individuos y organizaciones, no debe servir de excusa para exculpar u ocultar las carencias del objeto de estudio, por el contrario, solo nos interesa examinar si existían justificaciones plausibles para cometer tales equivocaciones, o, si pese a tener la información y los medios disponibles, el fallo fue más consciente que condicionado.
