miércoles, 24 de octubre de 2018

Las migraciones y el capitalismo; OCTE, 2018


«1. Breve introducción

¿Cómo se relaciona el capitalismo con el problema migratorio? ¿Por qué se agrava esta cuestión en las épocas en que la lucha de clases pasa a los enfrentamientos abiertos entre el proletariado y las masas, por una parte, y los reaccionarios y burgueses por otra? En este artículo nos proponemos dar respuesta a estas cuestiones, desarrollando una visión marxista-leninista acerca del fenómeno migratorio y haciéndolo en un formato breve y accesible.

2. El fenómeno migratorio y el capitalismo

Primero: ¿qué es la migración? Una definición sencilla consiste en aclarar que se trata de desplazamientos de población de un punto a otro del planeta. Si se ve desde la óptica del punto que recibe a esa población, se habla de inmigración, y si se ve desde la óptica del punto que «emite» esa población migrante, se habla de emigración.

La migración es un hecho que lleva sucediéndose a lo largo de la historia, en mayor o menor medida, tanto a escala internacional (de un país a otro) como a escala nacional (de una ciudad o región a otra). Muchos de los procesos migratorios, pese a sus diferencias, tienen, sin embargo, una misma base, y esta es el antagonismo entre el campo y la ciudad: la huida de la fuerza de trabajo desde las ramas de la economía más miserables (y, con ello, la huida de los pueblos que se dedican mayoritariamente a estas ramas) hasta desembocar en las más prósperas (y, con ello, desembocando en las ciudades que albergan estas ramas).

Distintas razones han motivado, a lo largo de la historia, todos estos desplazamientos, pero prácticamente siempre están provocados o bien por la búsqueda de unas mejores condiciones de vida o bien por huir de algún conflicto militar. Si hay un sistema económico que genera desplazamientos masivos y continuados y guerras constantes es el capitalismo, especialmente su fase final, el imperialismo. Si tomamos todas las migraciones llevadas a cabo durante el transcurso de este sistema, podemos confirmar que en la mayoría de los casos la clase obrera es la que se ve forzada a huir.

Antes del comienzo del capitalismo, existían flujos migratorios pero no de una forma tan continuada y masiva como con el sistema actual. Estas migraciones fueron producto del desarrollo de la lucha de clases. Entre otros grandes desplazamientos podríamos nombrar la colonización de las costas del Mediterráneo durante la Antigüedad, las invasiones bárbaras durante la Edad Media, la colonización e invasión de América desde su descubrimiento europeo y su comercio de esclavos, etc.

Pero hay una serie de fenómenos provocados por la naturaleza del capitalismo que hacen que sea un sistema que genera desplazamientos continuos alrededor de todo el globo. A continuación, un pequeño análisis de algunos de los fenómenos principales.

 2.1. Un poco de historia

En los siglos anteriores al capitalismo, fue necesario sentar unas bases para la  instauración del nuevo sistema, la denominada por Marx  como «acumulación originaria». Esta consiste básicamente en la expropiación de las tierras de los campesinos y su  acumulación por parte de los futuros capitalistas,  creándose así la clase proletaria agrícola. Esta, despojada de sus medios de producción, se ve obligada a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario o a arrendar las tierras de sus señores feudales. Anteriormente también existía el trabajo asalariado, pero aún así eran campesinos autónomos pues tenían asignadas otras tierras de labor y  gozaban del aprovechamiento de tierras comunales. Esta acumulación originaria para el capital se dio con los siguientes hechos:

«La expoliación de los bienes de la Iglesia, la enajenación fraudulenta de los dominios estatales, el robo de la propiedad comunal, la conversión usurpatoria de propiedad feudal y del clan en moderna propiedad privada, consumada con descarado terrorismo, fueron otros tantos métodos idílicos de acumulación originaria. Ellos conquistaron el campo para la agricultura capitalista, incorporaron la tierra al capital y procuraron a la industria urbana el suministro necesario de proletariado despojado de todo» (K. Marx; «El Capital», capítulo XXIV – La llamada acumulación originaria)

 Entre los procesos análogos ocurridos en España, a lo largo de la historia, se encuentran por ejemplo las desamortizaciones iniciadas en 1798 con aquélla atribuida a Godoy (desamortizaciones estas también contempladas en la histórica Constitución Liberal de 1812), la desamortización de Mendizábal (1836), la de Espartero (1841) y la de Madoz (1854), teniendo lugar el final de dicho proceso alrededor de 1924.

¿Qué fueron las desamortizaciones? Estas consistieron en la expropiación forzosa por parte del estado de tierras y propiedades en poder de «manos muertas», como de la iglesia católica, órdenes religiosas, terrenos de baldío o tierras comunales, que servían de complemento para la economía de los campesinos, y ponerlas a la venta. Los objetivos de las desamortizaciones fueron la financiación del estado, la creación de una clase burguesa y unas capas medias de labradores propietarios y sentar las bases del nuevo sistema capitalista. Otros procesos similares llevados a cabo en Europa fueron los «enclosure» llevados a cabo en Inglaterra entre los siglos XVIII y XIX, en el que las tierras comunales fueron cercadas y los campesinos tuvieron que pagar para hacerse dueño o para poder explotarlas. Se produjo así una concentración de las tierras en manos de la burguesía pues es la que podía comprar las tierras, y por otro lado creó así una masa de trabajadores desempleados.

Como bien señala en la parte final de la cita de Marx, se genera un modo de producción capitalista en el campo, lo que crea una clase desposeída que con la llegada del sistema capitalista industrial urbano será muy necesaria para el sustento del mismo. Esta clase es por naturaleza móvil, pues se ve obligada a vender su fuerza de trabajo allí donde tenga oportunidad, ya sea en su ciudad o en otra. Con este hecho podemos confirmar que el capitalismo es un sistema que lleva de forma intrínseca las migraciones.

Pese a la creación, tanto en la ciudad como en el campo, de una clase obrera libre de propiedades debido a la descomposición de los gremios y de la economía de prestación personal, esta nueva libertad se acabó por manifestar en unas relaciones laborales igualmente desequilibradas, que vieron nacer una nueva esclavitud: la esclavitud asalariada.

El hecho de que, en un contrato de trabajo, se reconozca una hipotética libertad e igualdad para ambas partes («eres libre de no firmar condiciones que no te convengan»), la necesidad de los nuevos obreros libres, incapacitados para ejercer un empleo ya que habían sido privados de medios de producción (la tierra del señor y su propia parcela en aquélla encuadrada), les llevaba a aceptar cualquier empleo con tal de poder echarse algo a la boca y recibir un salario para subsistir. Había nacido el trabajo asalariado y, con él, el capital.

Un hecho histórico de extremada importancia que tiene lugar con la aparición de la industria y el nacimiento del capitalismo es el éxodo rural. A medida que se desarrolla la industria y la forma de producción capitalista, más campesinos se ven despojados de sus tierras, viéndose obligados a abandonar el medio rural para buscar trabajo en los centros industriales. Este hecho histórico, que incluso hoy en día puede seguir percibiéndose en ciertas partes de España, toma su máxima durante la segunda mitad del s.XX.

Pero no solo el campesinado se proletariza; también les ocurre lo mismo a los artesanos y a las capas medias de las que el capitalismo se nutre día tras día, formando una base importantísima para su marcha normal. La proletarización de estas capas acarrea, como es obvio, la aparición de un proceso migratorio.

2.2. La migración y el capitalismo

Como hemos comprobado, el capitalismo sienta las bases del proceso migratorio, creando un cuerpo de trabajadores «libres» (libres de propiedad sobre los medios de producción). Este cuerpo de trabajadores es totalmente desplazable, pues no está atado a una parcela de tierra, sino allá donde encuentre trabajo.

Pero, ¿por qué desplazarse para encontrar trabajo? ¿Qué ley opera en este proceso?

Engels, en su genial obra «Anti-Dühring» (1874) señalaba que la ley principal del capitalismo (y, siguiendo a Lenin, también del imperialismo) es la anarquía de la producción. ¿Qué es la anarquía de la producción? El dominio de la ley del valor sobre las ramas que componen la economía nacional. ¿Qué significa esto? Que la economía se orientará siempre, en el capitalismo, a donde sea más rentable y no más necesaria. Y con esta orientación, la fuerza de trabajo se concentrará necesariamente en aquellas ramas más rentables o «prósperas».

La economía, como bien se sabe, tiene un factor geográfico. Según qué materias primas, qué clima (y por tanto qué flora y fauna) se den en un lugar determinado, quedará determinada la rama de la economía que se pueda desarrollar en un espacio concreto.

Pero la geografía, el espacio, no está deshabitado. Según donde se concentrase la economía en un momento dado, se establecían pueblos o ciudades (según el grado de concentración de población en una zona, en torno a una rama de la economía, yacimientos, etc.). Por esto, un trasvase de una rama de la economía hacia otra conlleva el abandono de unos asentamientos urbanos en pos de otros tantos.

Con el nacimiento de la industria, el campo, caracterizado por un bajo nivel de vida y una relación negativa entre «esfuerzo-beneficios» se vio abandonado en masa. Asimismo, su mecanización (que ha sido una de las más fuertes del conjunto económico) ha facilitado que el campo quede paulatinamente despoblado en favor de otros sectores de la economía (primero la industria y, después de su ecuánime mecanización, el sector servicios).

Queda, pues, claro. Pero ilustremos la argumentación con unos ejemplos que la simplifiquen más. Por ejemplo: si la minería fuese el sector principal de la economía, el más rentable, y en un país hubiese una zona geográfica que albergase la mayoría de yacimientos mineros, se vería claramente cómo la población tendería a abandonar los pueblos

Un ejemplo menos ficticio y más actual lo tenemos en frente de nuestras narices. En España, país terciario dominado por la industria del turismo, se ve un trasvase claro de población hacia la costa (exceptuando Madrid, que cuenta con su propio tipo de turismo y con otras cualidades que atraen la población hacia la ciudad y su área metropolitana), siendo así dada la primacía del turismo de «sol y playa» en este país.

3. La migración y el ejército industrial de reserva

El ejército industrial de reserva (los llamados comúnmente «desempleados») es una ley natural de la producción capitalista. También llamado sobrepoblación relativa, es un excedente de la fuerza de trabajo respecto a las necesidades de la acumulación de capital, ya que el capitalismo es un sistema al que le es necesario generar un ejército de parados con tal de reducir costes y por culpa del desarrollo tecnológico y la necesidad de abaratar la producción para aumentar la plusvalía. Este ejército industrial de reserva se dilata o se contrae dependiendo del periodo del ciclo industrial en el que nos encontremos.

En épocas anteriores al capitalismo, el desempleo a escala masiva apenas existía, exceptuando ciertas épocas de desastres naturales, guerras, etc. Esta superpoblación es relativa, pues es un fenómeno que se da siguiendo las leyes demográficas del capitalismo, ya que es sobrepoblación en relación con las necesidades para la acumulación capitalista. Cada sistema económico tiene sus propias leyes demográficas.

Este ejército de parados surge inicialmente de la expropiación de los medios de producción al campesinado y del crecimiento del maquinismo en la industria, que va arruinando a los pequeños propietarios urbanos como los artesanos. Según las leyes de producción capitalista, a medida que la acumulación de riqueza social aumenta, el sistema productivo tiende a cambiar la composición orgánica de sus fuerzas productivas de forma acelerada. La parte de capital variable (los trabajadores) del sistema productivo se ve reducida en contraposición a la parte de capital constante (maquinaria, fábricas, etc.) que aumenta. Esto se traduce en una menor demanda de fuerza de trabajo, generando despidos masivos.

«En el proceso de trabajo no pasa valor de los medios de producción al producto más que en la medida en que el medio de producción pierde, junto con su sustantivo valor de uso, también su valor de cambio. El medio de producción entrega, simplemente, al producto el valor que pierde como medio de producción.» (K. Marx, «El Capital» capítulo VI – Capital constante y capital variable)

 En otro punto se dice:

«Es, pues, un don natural de la fuerza de trabajo en actuación, del trabajo vivo, el conservar valor añadiendo valor, ese don natural no le cuesta nada al obrero, pero aporta mucho al capitalista, a saber, la conservación del capital presente.» (K. Marx, «El Capital», capítulo VI – Capital constante y capital variable)

 Es decir, podríamos resumir estas citas en lo siguiente: el capital constante no genera valor, tan solo transmite el valor que se desgasta de sí mismo al elaborar un objeto. Es el capital variable (los trabajadores) el que genera un valor y por ende, es la parte del capital del que el capitalista puede sustraer una plusvalía. Como a medida que se desarrolla el capitalismo, el capital variable (los trabajos) decrece (debido a que la competencia entre las diferentes industrias les obliga a invertir en una mejor tecnología que les haga ser más eficientes), el capitalista puede sustraer cada vez menos plusvalía de sus productos.

Para contrarrestar este hecho, el capitalista se ve obligado a adoptar una serie de medidas para poder sustraer la máxima cantidad de plusvalía a cada trabajador, y es aquí donde el ejército industrial de reserva (los desempleados) y la inmigración toman su importancia. La forma que tiene el capitalista de extraer más plusvalía de sus obreros se resume básicamente en el pago de un salario menor.

«…el capitalista compra más fuerza de trabajo con el mismo valor capital por el procedimiento de desplazar progresivamente trabajadores más cualificados por otros que lo estén menos, trabajadores maduros por otros inmaduros, masculinos por femeninos, fuerza de trabajo adulta por fuerza de trabajo juvenil o infantil» (K. Marx, «El Capital», capítulo XXIII – La ley general de la acumulación capitalista, sección 3. Producción progresiva de una superpoblación relativa o ejército industrial de reserva)

El burgués busca obreros más fácilmente explotables y el ejército industrial de reserva es de donde se saca la mano de obra más fácil de explotar. Un argumento burgués en defensa del capitalismo es que el obrero vende su fuerza de trabajo de forma libre al empresario, pero esto no es así para nada, pues la existencia de un ejército industrial de reserva ejerce una presión competitiva sobre el vendedor de la fuerza de trabajo. Si tú no aceptas las condiciones que se te ofrecen, siempre va a haber una persona en una situación peor a la tuya que las acepte. Es por eso que la superpoblación relativa es una ley natural del capitalismo, pues en la búsqueda de la máxima ganancia privada, el capitalista puede con ella extraer la máxima plusvalía de los trabajadores.

El ejército industrial de reserva provoca la emigración de obreros a otros países o zonas de un mismo país en busca de alguna oportunidad laboral o, menormente, de mejores condiciones laborales. Es por ello que los inmigrantes al encontrarse en una situación de inferioridad y más urgencia respecto a los trabajadores nativos aceptan contratos más precarios, algo que afecta de manera indirecta a la calidad del empleo del país. Estas situaciones todavía se agravan más si el inmigrante es ilegal, pues al no tener ningún tipo de derecho, el capitalismo y su falta de escrúpulos puede explotarlo de la manera más vil. No son pocas las noticias de este tipo de sucesos:

«Los trabajadores, al encontrarse en situación irregular, carecían de contrato laboral y por consiguiente no estaban dados de alta en la Seguridad Social. Las jornadas eran abusivas, 15 horas diarias, por un salario de 40 euros la jornada y en unas pésimas condiciones higiénico/sanitarias, realizando su labor de recolección de frutas junto a ganadería en estado de descomposición…» (Cadena Ser, Detenidos cuatro empresarios por explotación laboral de sin papeles. 14/02/2017)

Véase otro ejemplo:

«El caso más llamativo, según señalaron fuentes policiales, es el de un ciudadano marroquí que había estado empleando durante al menos un año a un compatriota sin papeles que trabajaba en su local de Los Dolores en jornadas de entre 10 y 12 horas diarias y los siete días de la semana. El trabajador no tenía contrato ni estaba dado de alta en la Seguridad Social y cobraba unos 90 céntimos de euro por hora, unos 300 euros mensuales» (La opinión de Murcia, Tres detenidos por la explotación laboral de inmigrantes sin papeles. 18/02/2017)

4. La ley del desarrollo económico desigual y la migración

El desarrollo económico desigual es otra ley general del capitalismo especialmente cuando entramos en su fase superior, el imperialismo. Es algo obvio que el desarrollo económico mundial sufre de unas desigualdades terribles. Si hacemos entre distintos países una comparación de su Paridad de Poder Adquisitivo (PPA), el cual es una buena herramienta para conocer el nivel de desarrollo de un país ya que mide el Producto Interior Bruto (PIB) per cápita en una divisa común a todos los países, podemos ver que las diferencias pueden ser abismales [VER ADJUNTO 1]1

En este imagen que refleja el PPA mundial en 2007, podemos observar que el poder adquisitivo de un «ciudadano medio» estadounidense es más de 38 veces mayor que el de un «ciudadano medio» de Madagascar. Hay que tomar con pinzas el  término ciudadano medio, puesto que dentro de este término también entra el PIB producido por las inmensas fortunas capitalistas que hacen que la cifra del PIB per cápita del país engorde, por eso la cifra no es un reflejo exacto del PIB que produce la inmensa mayoría de la población.

El desarrollo desigual del capitalismo es el motivo que genera los flujos migratorios más continuados desde los países más pobres, que son los que más emigración sufren, hacia los países imperialistas, los que la reciben. Tomando los últimos datos publicados por la ONU, por ejemplo, el 12% de la población española es inmigrante, siendo los cuatro primeros países emisores (Marruecos, Rumanía, Ecuador y Colombia) lugares con un PPA muy inferior al de España. En cambio, si tomamos los datos de Marruecos, solo el 0,26% de la población es inmigrante, lo cual es una cifra ridícula en comparación. En el caso de EEUU el 14% de los habitantes son inmigrantes, de los cuales el 28 % son mexicanos. Sin embargo, en México solo el 0,99% de la población es inmigrante. Estos datos no tienen en cuenta evidentemente toda la población que reside de forma ilegal en estos países.

Estas desigualdades en el desarrollo de la economía de cada país favorecen  la creación de vía migratorias hacia las potencias con economías más prósperas. Por ejemplo, cruzar el Mediterráneo es la principal vía de acceso a Europa para millones de personas provenientes de África de manera ilegal, de países con unas condiciones muchísimo peores a las de cualquier país europeo, falleciendo mucha gente inocente en sus aguas; o como la frontera entre EEUU y México, vía de entrada para emigrantes de toda Sudamérica a Norteamérica.

Pero además, también dentro de los propios países neocoloniales, que son países con fuentes de materias primas dependientes del capital financiero imperialista, se producen migraciones. Esto es debido a la deslocalización de la industria del imperialismo en estos países para abaratar costes, que hace necesaria mano de obra en los centros industriales donde se ubican.

Estas relaciones económicas entre los distintos países, con el desarrollo del capitalismo, tienden a cambiar sus proporciones, siendo en muchos casos algunos antiguos países coloniales los que tienen un desarrollo de la economía más acelerado. Por ejemplo, Estados Unidos comenzó siendo un país colonial de Gran Bretaña, pero en la situación actual sería más bien al contrario. En este caso en concreto, la inmigración europea que llego a Estados Unidos tuvo una importancia capital. Al estar produciéndose en Europa el desarrollo industrial del capitalismo, como explicamos anteriormente, hizo que muchos trabajadores cualificados reemplazados por trabajadores más «baratos» en las fábricas vieran en emigrar a Estados Unidos una opción repleta de nuevas oportunidades. Esto favoreció a la mecanización del país, que junto al desarrollo de la agricultura capitalista, su gran abundancia de materias primas, la existencia de un comercio interior enorme, etc., hicieron que Estados Unidos tuviera un crecimiento de su economía muy grande en relativamente poco tiempo. Como vemos, este es otro ejemplo de cómo las migraciones son un factor fundamental para el desarrollo del capitalismo. Otro ejemplo de actualidad es el caso de India, otra excolonia inglesa que está creciendo a pasos agigantados, apuntando a convertirse en otra gran potencia económica en apenas unos años. Por el contrario, Gran Bretaña, una de las grandes superpotencias durante el siglo XIX y principios del XX, año tras año está perdiendo importancia tanto en la economía mundial, como en la política internacional.

Pero, ¿qué es lo que hace que capitalismo sea internacionalmente tan desigual? Aquí obra el mismo principio que en el comercio. No se puede esperar que todos los capitalistas que concurren en el mercado tengan ganancias proporcionales, ya que el consumidor no puede comprar X cantidad de producto de todos los patronos para evitar que algunos se hagan más ricos y otros más miserables.

Trasladándolo al plano internacional, además de que las condiciones de producción (precio, concurrencia, etc de la mano de obra; materias primas de las que se dispone, etc.) juegan un rol especial, el imperialismo oprime a unas naciones neocolonializadas para sumirlas en la carencia y profundizar su miseria y su atraso, dentro de lo posible, para llevar a cabo la producción. De esta forma hay una gran división entre las grandes potencias imperialistas y las neocolonias, así como entre los países imperialistas opera el principio del mercado antes expuesto.

5. Conflictos imperialistas y migración

El capitalismo evoluciona de un sistema basado en unas leyes de libre concurrencia, a una concentración de los capitales en unas pocas manos, en monopolios. A esta etapa del capitalismo se la denomina imperialismo, y es la fase final del sistema, ya que en él las contradicciones internas llegan a un grado extremo, lo que hace que se den las condiciones necesarias para una revolución proletaria.

«Entre estas contradicciones, hay tres que deben ser consideradas como las más importantes.

La primera contradicción es la existente entre el trabajo y el capital. El imperialismo es la omnipotencia de los trusts y de los sindicatos monopolistas, de los bancos y de la oligarquía financiera de los países industriales. En la lucha contra esta fuerza omnipotente, los métodos habituales de la clase obrera, los sindicatos y las cooperativas, los partidos parlamentarios y la lucha parlamentaria resultan absolutamente insuficientes. Una de dos: u os entregáis a merced del capital, vegetáis a la antigua y os hundís cada vez más, o empuñáis un arma nueva: así plantea la cuestión el imperialismo a las masas de millones de proletarios. El imperialismo lleva a la clase obrera al umbral de la revolución.

La segunda contradicción es la existente entre los distintos grupos financieros y las distintas potencias imperialistas en su lucha por las fuentes de materias primas, por territorios ajenos. El imperialismo es la exportación de capitales a las fuentes de materias primas, la lucha furiosa por la posesión monopolista de estas fuentes, la lucha por un nuevo reparto del mundo ya repartido, lucha mantenida con particular encarnizamiento por los nuevos grupos financieros y por las nuevas potencias, que buscan «un lugar bajo el sol», contra los viejos grupos y las viejas potencias, tenazmente aferrados a sus conquistas. La particularidad de esta lucha furiosa entre los distintos grupos de capitalistas es que entraña como elemento inevitable las guerras imperialistas, guerras por la conquista de territorios ajenos. Esta circunstancia tiene, a su vez, la particularidad de que lleva al mutuo debilitamiento de los imperialistas, quebranta las posiciones del capitalismo en general, aproxima el momento de la revolución proletaria y hace de esta revolución una necesidad práctica.

La tercera contradicción es la existente entre un puñado de naciones «civilizadas» dominantes y centenares de millones de hombres de las colonias y de los países dependientes. El imperialismo es la explotación más descarada y la opresión más inhumana de centenares de millones de habitantes de las inmensas colonias y países dependientes. Extraer superbeneficios: tal es el objetivo de esta explotación y de esta opresión. Pero, al explotar a esos países, el imperialismo se ve obligado a construir en ellos ferrocarriles, fábricas, centros industriales y comerciales. La aparición de la clase de los proletarios, la formación de una intelectualidad del país, el despertar de la conciencia nacional y el incremento del movimiento de liberación son resultados inevitables de esta «política». El incremento del movimiento revolucionario en todas las colonias y en todos los países dependientes, sin excepción, lo evidencia de modo palmario. Esta circunstancia es importante para el proletariado, porque mina de raíz las posiciones del capitalismo, convirtiendo a las colonias y a los países dependientes, de reservas del imperialismo, en reservas de la revolución proletaria.» (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; Los fundamentos del leninismo, 1924)

La forma de dominación imperialista de estos países dependientes puede ser de tipo colonial, la cual se ejerce a un país mediante presiones y agresiones militares, así como embargos económicos; o de tipo neocolonial, mediante la exportación de capitales y con la integración a la división internacional del trabajo. La dominación neocolonial produce el endeudamiento de estos países con respecto a los países imperialistas generando así una dependencia económica hacia ellos. El tipo de dominación más habitual hoy en día es el neocolonialismo pero ambos métodos son distintas caras de la misma moneda, el imperialismo.

La lucha entre las potencias imperialistas por el dominio neocolonial de estos países degenera en los más espectaculares conflictos armados, provocándose las crisis humanitarias y migratorias más dramáticas. Hoy en día vemos esto con la crisis de refugiados sirios hacia Europa, ya más de 4,5 millones de desplazados, pero lo hemos visto también con los más de 200.000 desplazados en Libia, muchos de ellos huyendo hacia costas italianas del horror que ha dejado la guerra imperialista tras de sí. Los datos reflejados por la agencia de la ONU para los refugiados, ACNUR, son absolutamente desoladores:

«Un estimado de 362.000 refugiados y migrantes arriesgaron sus vidas cruzando el Mar Mediterráneo en 2016, 181.400 personas llegaron a Italia y 173.450 a Grecia. En la primera mitad de 2017, más de 105.000 refugiados y migrantes ingresaron a Europa. Este movimiento hacia Europa continúa cobrando un alto número de vidas humanas. Se cree que desde el inicio de 2017, más de 2.700 personas han muerto o desaparecido cruzando el Mar Mediterráneo. Estos riesgos no terminan al llegar a Europa. Durante el movimiento secundario irregular se han reportado muchos abusos, incluyendo devoluciones en la frontera». (ACNUR; Emergencia en Europa)

Como vemos, los desastres que genera la falta de escrúpulos del imperialismo son más que incalculables. Si recabáramos la cantidad de desplazados por las guerras imperialistas durante todo el s. XX hasta nuestros días la cifra sería astronómica. La crueldad del capitalismo no tiene límites.

6. Las crisis económicas del capitalismo

Las crisis cíclicas que produce el capitalismo, vienen provocadas por la contradicción existente entre el capital y el trabajo. El hecho de que la posesión de los medios de producción recaiga sobre manos privadas y no sobre los trabajadores, hace que la producción no se planifique respondiendo a las necesidades de la sociedad, sino a los intereses privados del dueño de los medios, es decir, el capitalista. La producción se desarrolla de forma anárquica y esa es una de las claves por las que se originan las crisis. Aunque también hay una serie de sucesos que las hacen inevitables, como ya señalamos en el trabajo de «La terciarización y las tareas del partido»:

 La competencia capitalista acaba degenerando en el surgimiento de los monopolios. Las grandes fortunas acaban acumulándose en cada vez menos manos, arruinando a las empresas y productores más pequeños.

 La anarquía en la producción tiende a la sobreproducción, siendo esto un fenómeno anecdótico o inexistente en sistemas anteriores. Al buscar el máximo beneficio del capitalista acaba saturando el mercado con demasiada oferta sin haber demanda, arruinándose y provocando una crisis.

 Las burbujas financieras provocadas por la especulación, en la que los compradores adquieren un producto con el fin de venderlo a un precio mayor. Se produce una subida del precio del producto continua y descontrolada, hasta que finalmente estalla y se produce la venta masiva del activo habiendo pocos compradores. Esto provoca una caída repentina del precio dejándolo incluso por debajo de su valor inicial.

 Las crisis por endeudamiento, típicas de la época del capitalismo monopolista de estado y el imperialismo. Estas crisis pueden producirse también en las superpotencias imperialistas, no solo en los países imperialistas «menores» o las neocolonias, que son donde se dan con más frecuencia.

 Estas crisis intensifican la lucha de clases y, por supuesto, la clase obrera es la que realmente las sufre. Si observamos los datos expuestos en www.worldwealthreport.com podemos ver que el número de «personas con un patrimonio neto alto» (con activos equivalentes a más de un millón de dólares sin contar la vivienda en la que vive) ha aumentado en el mundo desde 8,6 millones de personas en 2008, a 16,5 millones en 2016. Si analizamos sus fortunas, han aumentado desde 33.000 millones de dólares en 2008 a 63.500 millones en 2016.

Si analizamos los datos de España, el número de personas millonarias ha aumentado desde 8.600 personas en 2008 a 16.500 en 2016 y su riqueza de 368 millones de dólares a 584 millones. Estos hechos contrastan con la realidad sufrida en los barrios durante estos mismos años. Si por ejemplo observamos las cifras de paro en España, en 2013 alcanzamos una tasa del 26,3 %. La tasa de pobreza severa aumentó de un 3,6% en 2008 a un 7,1% en 2013 según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Además, la calidad de vida ha bajado mucho en muchos otros aspectos cotidianos de los trabajadores:

«Y las dificultades económicas no se ciñen solo a ese grupo. Según las entrevistas del INE, un 39,5% de los hogares no puede permitirse unas vacaciones fuera de casa. Un 38,1% no es capaz de hacer frente a imprevistos. El 15,3% sufre mucha dificultad para llegar a fin de mes, un porcentaje superior al 13,7% declarado en el año precedente. Y el 8,4% incurre en retrasos en las facturas de la vivienda principal». (El País; La pobreza severa baja en España pero la desigualdad no se corrige, 25 de Abril de 2017)

Si además consultamos los datos sobre el valor del salario medio real en España, en el que se pone en relación el precio de los productos y el valor de los salarios, durante la crisis los datos son demoledores, cayendo alrededor de un 25%:

Entre otros daños colaterales, las migraciones están completamente relacionadas con estas épocas de crisis. Muchos trabajadores se ven obligados a abandonar sus países en busca de mejores oportunidades.

Si observamos las siguientes gráficas de tres de los países europeos más afectados por la crisis de 2008 podemos comprobar cómo esta está estrechamente vinculada con las migraciones de cada país.

a. Italia

b. Grecia

c. Irlanda

Si tomamos los datos de España, obtendremos resultados análogos a los dados en estos tres países tomados de ejemplo.




7. La emigración exterior española en el franquismo y en la actualidad

La emigración exterior española se ha caracterizado históricamente por tener como destino principal el continente americano, pero a partir de la salida de la fase autárquica del franquismo pasa a ser Europa el lugar preferido por los emigrantes españoles.

Desde el inicio del franquismo en España en 1939 hasta el «Plan de Estabilización» de 1959 la economía española estaba regida por la autarquía, hecho que había dejado a España, junto con Portugal, como el país más pobre de toda Europa occidental. Estas políticas fueron un absoluto fracaso ya que, en su intento de convertir a España en una potencia con una economía independiente, lo único que consiguieron fue una pobreza sin precedentes. Por poner ejemplos, el nivel de renta per cápita de 1935 no se superó hasta 1952, aumentó la deuda pública, las cartillas de racionamiento de productos básicos fueron necesarias hasta ese mismo año; el subconsumo, el hambre y el frío fue lo que caracterizó la vida cotidiana de los obreros. A pesar de ello, la burguesía aumentó sus beneficios a costa de la bajada de salarios reales de la clase obrera.

Durante los años 50 se empiezan a ver pequeños atisbos de lo que acabaría desembocando en el ocaso de la autarquía a finales de la década, firmando en 1953 con EEUU los «Pactos de Madrid», con los que España recibiría 1500 millones de dólares a cambio de que EEUU instalara 4 bases militares en España. Así España se integró definitivamente en el bloque occidental. Estos pactos favorecieron la entrada de divisas a un país muy necesitado de recursos externos, un impulso a la industrialización y un crecimiento de la inversión.

En 1957 se produce un cambio en el gobierno amparado por Carrero Blanco, en el que se introducen un grupo de ministros tecnócratas del Opus Dei bien preparados en el terreno económico y en poco tiempo, rompieron con las políticas autárquicas visto su fracaso. En 1959 se firma por Decreto Ley el «Plan de estabilización», que buscaba una estabilidad económica, un equilibrio en la balanza de pagos y un fortalecimiento de la moneda. Se produjo una liberalización de las importaciones y del comercio interior. Estas políticas surtieron efecto y la economía española entró en un periodo de crecimiento favorecido por la expansión económica paralela de los países de la Unión Europea, pero que se diluyó con la crisis petrolera de 1973.

En 1959 una Europa reconstruida tras la II Guerra Mundial demandaba mano de obra, lo cual supuso al gobierno español una buena vía para solventar las contingencias en el mercado de trabajo. Este hecho además favorecería la entrada de divisas desde el extranjero a través de las remesas de inmigrantes. Para poder llevar a cabo este proceso migratorio se crea en 1956 el Instituto Español de Emigración (IEE), el cual se encargaba de poner en relación las ofertas de trabajo colectivas provenientes del extranjero con todas las solicitudes de españoles dispuestos a emigrar. Tenía el objetivo de canalizar la emigración española al extranjero en su totalidad, pero la realidad es que el número de emigrantes que no pasaron por este instituto fue muy elevado ya que la gran demanda de fuerza de trabajo en el extranjero hizo que su capacidad se viera sobrepasada.

Se estima que el número de emigrantes españoles hacia Europa desde 1959 hasta 1973 fue de alrededor de 2,5 millones, teniendo como principales destinos Alemania, Francia, Suiza, Bélgica, etc. El IEE tenía la pretensión de que los emigrantes provinieran de las zonas de España  con más desempleo y que no tuvieran cualificación, pero las altas tasas de emigración irregular evidencian que hubo muchos trabajadores cualificados que emigraron.

Por lo general, el emigrante español solía ser un varón joven, con baja cualificación, aunque también hubo mujeres emigrantes que de hecho tuvieron relevancia en ciertos sectores de la economía. Estos emigrantes tuvieron que trabajar en los puestos más precarios y duros de la economía, como subordinados en la industria, la agricultura, la minería o el servicio doméstico, además, con frecuencia sus condiciones laborales eran peores que las de los nativos. La expectativa de estancia en el extranjero solía ser de un par de años y de hecho, en países como Alemania se fomentaba a través del establecimiento de periodos máximos de permanencia este tipo de inmigración, en cambio, en otros como en Francia se fomentaba una inmigración estable y duradera. A pesar de todo, hubo muchos inmigrantes españoles que acabaron adaptándose a estos países y viviendo permanentemente en ellos.

Las condiciones de vida para los desplazados no solían ser precisamente buenas, ya que muchos vivían en barracones creados para ellos por las empresas. Además, el bajo nivel de formación de los españoles y la localización de sus residencias en los arrabales de las ciudades hizo muy compleja su integración en la vida social y cotidiana. Unido a todo esto hay que tener en cuenta que el objetivo principal de estos desplazamientos era el de enviar remesas a sus familias, por lo que estos inmigrantes ahorraron lo máximo posible, llevando una vida aún más austera.

Finalmente en 1973 estas migraciones hacia Europa se paralizan y se revierten, siendo el retorno de los emigrados el hecho principal. De hecho a partir de los 80 la inmigración es fenómeno principal en España.

En la actualidad estamos viviendo un proceso relativamente similar al vivido en el franquismo, en el que los trabajadores debido a la última crisis sufrida, se están viendo obligados a emigrar hacia Europa en busca de una mejora de sus condiciones de vida. A día 1 de Enero de 2017 había 2.406.611 de españoles residentes por el mundo según datos de Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (PERE), cuando en 2009 la cifra era de 1.471.691.  De esta cifra, el 66% son nacidos fuera de España con nacionalidad española, muchos de ellos regresando a sus países de origen. Pero hay que tener en cuenta que estos datos son aproximados pues el PERE los toma de los emigrantes que se empadronan en otro país, cifra que ronda el 36 %.

«Actualmente, el 33% del total de los españoles establecidos en el extranjero (794.209) nacieron en España, el 59,1% (1.422.784) en su actual país de residencia y el 7,6% (182.144) en otros países». (Público; Un millón de españoles se ha ido a vivir al extranjero desde el inicio de la crisis, 15 de Marzo 2017)

La crisis emigratoria actual se encuadra en parte en la llamada fuga de cerebros. Según estudios del observatorio de la Alianza U4 (universidades Autónoma de Barcelona, Autónoma de Madrid, Carlos III de Madrid (UC3M) y Pompeu Fabra) ha habido una grave pérdida de recursos en el sistema universitario científico, reflejándose esto en una pérdida en la financiación por investigador de más de un 6% entre el 2008 y el 2014. Además, desde 2010 a 2014 se ha perdido a más de un 10% de trabajadores del sistema científico. En un estudio sobre la retención y atracción de talento, España obtuvo el siguiente resultado:

«El documento, elaborado anualmente por la empresa de recursos humanos Adecco en colaboración con la escuela de negocios Insead y el Human Capital Leadership, tiene en cuenta 81 variables, como por ejemplo la facilidad para hacer negocios, el uso de la tecnología, la innovación o la relación entre salario y productividad de cada estado. España logra 52,51 puntos, lo que supone 1,26 más que el año pasado. Una subida insuficiente para alcanzar la media mundial (57,49), de la que se queda 4,98 puntos por debajo. España está, además, en el grupo de cola de los países europeos analizados: en el puesto 24 de 38, por detrás de estados como Lituania, Hungría, Letonia o Malta». (Huffington Post; España a la cabeza en «fuga de cerebros», 20 de Enero de 2016)

La falta de trabajos técnicos en España impulsa a los jóvenes a emigrar para copar los mercados de otros países (aunque finalmente muchos de ellos no acaban trabajando de lo que esperaban en un primer momento) o incluso para poder cursar estudios superiores con mejores medios y mucho más baratos, llegando a haber diferencias de muchos miles de euros entre estudiar el mismo título en España que en Alemania, por ejemplo.

La fuga de cerebros es la consecuencia de la entrada de elementos de clases no burguesas a las universidades. Formados y más pobres después del esfuerzo que supone pagar los estudios superiores, vuelven a su clase de origen y a sus dinámicas propias (emigración, trabajo precario, etc.). La fuga de cerebros es, en realidad, fuga de trabajadores cualificados para cumplir la función de las antiguas emigraciones de trabajadores poco cualificados, a saber: dinamizar a ojos de la burguesía ciertas ramas de la economía dados los salarios menores que cobran, por el hecho de ser extranjeros y provenir de un país donde el salario nominal es menor y hay menos expectativas de partida de cobrar un sueldo digno, pues incluso el salario mínimo del país de acogida se compara al sueldo medio del país que emite la fuerza de trabajo.

Este tipo de migraciones a largo plazo tiene un efecto muy negativo en la economía interna del país emisor: una pérdida de talento necesario para la eficiencia de un país, los gastos que se invirtieron en la educación del trabajador acaban repercutiendo en otro país, se produce un envejecimiento de la población, etc. Aún así, la fuga de cerebros no es el hecho mayoritario en las migraciones actuales españolas, pero sí que existe de forma notable.

Tomando los datos expuestos por el Real Instituto el Cano, el 22% de los emigrantes españoles se encuentran desempleados en su actual país de residencia, y de los que están trabajando, el 66 % cobra menos de 3000 euros. Teniendo en cuenta que el salario medio en los países europeos que más inmigración española reciben se encuentra entre 3000 y 4000 euros, podemos comprobar que efectivamente los inmigrantes españoles tienen que aceptar trabajos con menor remuneración que los trabajadores nativos, pudiendo el capitalista extraer más plusvalía de ellos.

 8. La extrema derecha y la inmigración

Como la historia demuestra una vez tras otra, en épocas en las que la lucha de clases se recrudece, como en las crisis económicas, la extrema derecha, en ausencia de un Partido Marxista-Leninista fuerte, pesca en río revuelto atrayendo a las masas con su discurso ultrarreaccionario.

Su mensaje en contra de la inmigración se puede resumir en «primero los de aquí», «los inmigrantes nos quitan el trabajo» y «los refugiados son terroristas». Ya tratamos este tema en anteriores artículos, pero no está de más volver a recordarlo.

En España es Hogar Social quien está acaparando este discurso y ganando adeptos de forma preocupante, y lo están consiguiendo a través de sus «ayudas» exclusivas para españoles, su no uso de simbología fascista y aprovechando la situación desesperada de mucha clase obrera española. ¿Pero qué se esconde detrás de todo esto? La misma xenofobia de siempre, y es que este mensaje solo busca la alianza de la clase obrera y explotadora autóctona frente a la clase obrera extranjera.

Lo que buscan es la llamada «paz entre clases».

«Los nacionalistas siempre intentarán con todas sus fuerzas volvernos a unos contra los otros, aún compartiendo nuestra situación como explotados, para hacernos débiles contra los explotadores, quienes de mientras se frotan las garras con la perspectiva del plan de los nacionalistas. Este plan sin duda les aporta grandes beneficios. Pero de hecho los inmigrantes no nos quitan el trabajo. Ésto es una obviedad en la que hay que insistir; ellos no tienen palabra sobre si se nos contrata o no a los obreros ‘autóctonos’. La culpa verdadera de que sea o un grupo u otro el contratado la tienen los capitalistas y el sistema capitalista, pues les interesa que nos aglutinemos todos los trabajadores (de toda ‘raza’) en la miseria para que vendamos nuestra fuerza de trabajo aún más barata. También les interesa no contratarnos a todos porque, a fin de cuentas, han organizado sus fábricas y latifundios (gracias al progreso técnico operado bajo la dominación de la clase burguesa) de manera que tres hacen el trabajo de veinte. En lugar de ensañarse con esos tres que trabajan por veinte en muchas ocasiones (españoles y de cualquier otra nacionalidad u origen étnico), deberíamos ensañarnos con quienes nos otorgan tal suerte, que no son los inmigrantes sino los capitalistas. Es un problema de clases sociales y no de nacionalidades, y tan pronto como hayamos comprendido ésta verdad en el terreno de la lucha contra el capital, nos haremos tremendamente fuertes ante éste. Los inmigrantes ‘son baratos’ porque salvo uno entre mil que los capitalistas sacan en los medios de comunicación para fingir humanismo, los demás viven en unas condiciones durísimas, sin apenas para comer. Esto nos está pasando igualmente a los ‘autóctonos’ en las crisis económicas y esto debería unirnos a los trabajadores, sin importar la ‘raza’». (P.C.T.E., El republicanismo en España», 2 de octubre de 2016)

Como vemos, la culpa del desempleo y la ausencia de condiciones de vida dignas no es culpa de los inmigrantes. Ellos no quitan las ayudas ni el trabajo, es el sistema capitalista, que se nutre día tras día de la precariedad de trabajadores autóctonos y extranjeros, aprovechando su situación de emergencia para poder exprimirlos más plusvalía, para que se tengan que «vender más barato».

En varios países de Europa Occidental hay un recrudecimiento de las actividades fascistas, de hecho una explosión de histeria contra los trabajadores inmigrantes y sus familias. Las pandillas con emblemas de la esvástica aterrorizan a los trabajadores extranjeros a los que la pobreza y el desempleo les han obligado a abandonar sus países en busca de un trabajo para asegurar el amargo pan de la emigración en Alemania Occidental, Inglaterra, Suiza, Francia y os Países Bajos. Con gritos a favor de Hitler, los fascistas han atacado a los trabajadores inmigrantes en Tuttlingen, Munich y Berlín Occidental, en Londres y Birminghan, los amenazaron y quemaron sus casas. La burguesía fomenta estos actos indignantes incluso en países tradicionalmente tranquilos, como los países escandinavos, donde las frecuentes cruces de las conocidas bandas del Ku-Klux-Klan se han convertido en cosas que son observadas con frecuencia.

La histeria fascista coincide con las medidas administrativas que los gobiernos de Alemania occidental y otros países han tomado contra los trabajadores inmigrantes y sus familias para expulsarlos, o ‘facilitar’ su repatriación. Para desencadenar esta campaña ellos encuentran la excusa en el gran desempleo y la crisis que han afectado a estos países. Los desempleados en Alemania son 2 millones, en Gran Bretaña más de 3 millones, y en Francia, Bélgica y Dinamarca el desempleo ha batido todos los récords. La propaganda oficial anuncia que el gran número de trabajadores inmigrantes es responsable de esta situación. La burguesía muestra a estos trabajadores como si hubieran sido invitados a los países europeos sólo gracias a su generosidad. ¡Pero ahora que los europeos han tropezado con dificultades los extranjeros deben ser expulsados!

Se puede llamar a esto cualquier cosa, pero no generosidad. Siempre ha existido un frío cálculo para la utilización de la mano de obra barata inmigrante. La burguesía estadounidense, alemana, británica, francesa, belga o escandinava necesita trabajadores inmigrantes, empleados en los puestos más miserables, mal pagados, sin derechos, para ejercer presión sobre los trabajadores locales y forzarlos a pensar que deben ser ‘más moderados’ en sus demandas y en su lucha de clases.

Si hoy en día hay tantos desempleados, los trabajadores inmigrantes no son responsables de ello. El responsable de esta situación es el orden burgués y el apetito de la burguesía por el máximo beneficio, por la mayor plusvalía posible del trabajo no pagado a los trabajadores.

«Al incitar ataques a los trabajadores extranjeros, la burguesía impone peligrosas desviaciones. Trata de distraer la atención de la clase obrera de la verdadera causa de su miseria, de la pesada carga de la crisis, de los elevados impuestos y alquileres, del futuro inseguro y de los precios astronómicos a los que los trabajadores se enfrentan cada día. Al implementar el lema centenario de todos los explotadores -dividir y gobernar-, la burguesía y su estado tratan de dirigir la atención hacia el ‘daño causado por los trabajadores inmigrantes’. Al mismo tiempo decenas de miles de trabajadores son saqueados y arrojados a las calles, y se reducen los fondos para seguros sociales, hospitales y escuelas. Detrás de las actividades de las bandas criminales se esconde la mano de la burguesía». (Albania Today; Los fascistas, los trabajadores inmigrantes y los acuerdos de la burguesía, Nº6, (67) 1982)

En cuanto al tema de los refugiados, su mensaje es el colmo de lo absurdo. Culpar a los refugiados del terrorismo islamista es querer mirar hacia otro lado con los  cientos de masacres perpetradas por el yihadismo y el imperialismo, estrechamente relacionados entre sí, en Oriente Medio. Ellos son los que de verdad han vivido en sus carnes lo que es el terrorismo yihadista. Esta escoria fascista ni se imagina el horror que han tenido que sufrir los refugiados día tras día para acabar huyendo de lo que hasta ahora ha sido su vida, para poder malvivir en un campo de concentración o, en el mejor de los casos, vagabundear por alguna ciudad alemana.

Y es que el trato que se les está dando a los refugiados es lamentable, hacinados en campos de concentración, dejándolos completamente vulnerables a las prácticas de las mafias, a la exclusión social, a las agresiones fascistas… De hecho, una encuesta de la Organización Internacional de las Migraciones afirma que el 70 % de los refugiados llegados a Europa afirma haber sido víctima de la trata de personas, de la explotación, del tráfico de órganos y de sangre.

«Los ataques en Alemania a refugiados, centros de acogida o voluntarios se han disparado en los dos últimos años, cuando Alemania acogió a 1,2 millones de solicitantes de asilo. En 2016, las agresiones denunciadas —físicas o verbales— llegaron hasta las 3.500, según datos recientemente publicados por el Ministerio del Interior. Casi 10 al día. Una cada dos horas y media». (El país; Un ataque xenófobo cada dos horas y media en Alemania, 24 de Marzo de 2017)

Como vemos, la vida de los refugiados no es precisamente llevadera ni en países de oriente medio ni en Europa.

Aprovechando todo este descontento y esta conflictividad social, muchos partidos europeos están creciendo gracias a su mensaje islamófobo. Ya son muchas las agrupaciones que abogan por la expulsión de los refugiados culpabilizándolos de los atentados terroristas o, directamente, no permiten su entrada con la creación de vallas en las fronteras (como en Hungría, cuando ni siquiera la mitad de los refugiados tiene la menor intención de quedarse en este país). Podríamos nombrar Amanecer Dorado en Grecia, el FPÖ en Austria, el PVV en Holanda, el FIDESZ en Hungría, Frente Nacional en Francia, AfD en Alemania, como los partidos que más fuerza están cogiendo con este discurso prácticamente calcado.

Pero no dejemos que esta gente nos engañe. La culpa de la crisis de refugiados y de los atentados yihadistas es de aquellos que pugnan por el control geopolítico de un territorio, por el control de las fuentes de materias primas, por el control de trabajadores a los que explotar, de los que financian grupos terroristas como DAESH para desestabilizar países… Es decir, la culpa es de la bestia imperialista que ha creado la guerra que está destruyendo los hogares de miles de familias rotas.

Y no, la solución no reside en quitarles las ayudas a los inmigrantes o expulsar a los refugiados. La solución consiste en la unión de la clase trabajadora de todos los países bajo la dirección del proletariado, expropiar los medios de producción y ponerlos a disposición de los intereses de los trabajadores, solo en ese caso conseguiremos acabar con la pobreza, la precariedad y la explotación. Pero, ¿a quién beneficia esta desunión de la clase obrera que impulsan estos grupos fascistas? A las élites financieras, a la clase explotadora y criminal; pues son, han sido y serán siempre los perros de presa del capital, los enemigos de la clase obrera. Así pues, no dejemos que estas organizaciones fascistas sigan brotando en los barrios, no permitamos que sigan entrando en las cabezas de los trabajadores, luchemos por la unión de la clase obrera internacional.

Y que tenga claro toda esta chusma que, tarde o temprano les llegará el día, tanto a ellos como a toda la clase capitalista a la que sirven, en el que la clase obrera les devuelva todo el daño que durante tanto tiempo les han hecho, y nosotros haremos lo necesario para que este día llegue lo antes posible.



9. Conclusión

A modo de conclusión, nos reafirmamos en que la única forma para acabar con las migraciones forzosas es destruyendo el capitalismo bajo la bandera del Marxismo-Leninismo. Solo el socialismo, que acaba con el paro, mejora la calidad de vida de los obreros, se basa en el internacionalismo proletario y con su economía planificada elimina las crisis económicas, puede hacer que nuestros trabajadores no se vean obligados a emigrar.

Construyamos una sociedad en la que quien emigre lo haga para ganar experiencia personal, no por necesidad; en la que el obrero tenga una vida estable y digna donde él quiera; que no genere guerras por intereses económicos y reciba con los brazos abiertos a aquellos que huyen de ellas; que quienes se vean obligados a emigrar sea la clase explotadora y los fascistas.

¡Por una patria de la clase obrera!

¡Por el Marxismo-Leninismo!.» (Organización Comunista de los Trabajadores de España; Las migraciones y el capitalismo, 2018)

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