miércoles, 26 de mayo de 2021
Tanto el abatimiento como la histeria revelan una psicología inservible
jueves, 20 de mayo de 2021
Antes de nada, ¿qué se necesita para poder «reunir» y «organizar» a los revolucionarios?
«A nuestro juicio, el punto de partida para la actuación, el primer paso práctico hacia la creación de la organización deseada y, finalmente, el hilo fundamental al que podríamos asirnos para desarrollar, ahondar y ensanchar incesantemente esta organización, debe ser la creación de un periódico político para toda Rusia. (...) Sin él sería imposible desarrollar de un modo sistemático una propaganda y agitación fieles a los principios y extensivas a todos los aspectos, que constituye la tarea constante y fundamental. (...) Nunca se ha sentido con tanta fuerza como ahora la necesidad de completar la agitación dispersa, llevada a cabo por medio de la influencia personal, por medio de hojas locales, de folletos, etc., con la agitación regular y general, que sólo puede hacerse por medio de la prensa periódica. No creo que sea exagerado decir que el grado de frecuencia y regularidad de la publicación –y difusión– de un periódico puede ser la medida más exacta de la solidez con que esté organizada entre nosotros esta rama de nuestra actividad de combate, la primordial y más urgente. (...) Si no sabemos, y mientras no sepamos, coordinar nuestra influencia sobre el pueblo y sobre el gobierno por medio de la palabra impresa, será utópico pensar en la coordinación de otras formas de influencia, más complejas, más difíciles, pero, en cambio, más decisivas. Nuestro movimiento, tanto en el sentido ideológico como en el sentido práctico, en materia de organización, se resiente, sobre todo, de dispersión, de que la inmensa mayoría de los [marxistas] están casi totalmente absorbidos por un trabajo puramente locales, que limita su horizonte, el alcance de su actividad y su aptitud y preparación para la clandestinidad. Precisamente en esta dispersión deben buscarse las más profundas raíces de la inestabilidad de las vacilaciones de que hemos hablado más arriba. Y el primer paso adelante para eliminar estas deficiencias, para convertir los diversos movimientos locales en un solo movimiento de toda Rusia, tiene que ser la publicación de un periódico para toda Rusia. (...) Sin un órgano político, es inconcebible en Europa contemporánea un movimiento que merezca el nombre de movimiento político. Sin él, es absolutamente irrealizable nuestra misión de concentrar todos los elementos de descontento político y de protesta, de fecundar con ellos el movimiento revolucionario del proletariado. (...) La misión del periódico no se limita, sin embargo, a difundir las ideas, educar políticamente y a atraer aliados políticos. El periódico no es sólo un propagandístico colectivo y un agitador colectivo, sino también un organizador colectivo. En este último sentido se le puede comparar con los andamios se levantan alrededor de un edificio en construcción, que señalan sus contornos, facilitan las relaciones entre los distintos sectores, les ayudan a distribuir el trabajo y observar los resultados generales alcanzados por el trabajo organizado. Mediante periódico y en relación con éste, se irá formando por sí misma una organización permanente, que se ocupen no sólo del trabajo local, sino también de la labor general regular, que habitué a sus miembros para seguir atentamente los acontecimientos políticos, a apreciar su significado y su influencia sobre las distintas capas de la población, a elaborar los medios más adecuados para qué el partido revolucionario influya en estos acontecimientos. La sola tarea técnica de asegurar un suministro normal de materiales al periódico y la normalidad de su difusión obliga ya a crear una red de agentes locales del partido único, de agentes que mantengan animadas relaciones entre sí, que conozcan el estado general de las cosas, que se acostumbren a cumplir sistemáticamente las funciones parciales de un trabajo realizado en toda Rusia y que prueben sus fuerzas en la organización de distintas acciones revolucionarios. Esta red de agentes servirá de armazón precisamente para la organización que necesitamos: lo suficientemente grande para abarcar todo el país; lo suficientemente vasta y variada para establecer una rigurosa y detallada división del trabajo; lo suficientemente firme para saber proseguir sin desmayo su labor en todas las circunstancias y en todos los «virajes» y situaciones inesperadas; lo suficientemente flexible para saber, de un lado, rehuir las batallas en campo abierto contra un enemigo que tiene superioridad aplastante de fuerzas, cuando éste concentrar toda su fuerza en un punto, pero sabiendo, de otro lado, aprovecharse de la torpeza de movimientos de este enemigo y lanzarse sobre él en el sitio y en el momento en que menos espere ser atacado». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Por dónde empezar?, 1901)
Anotaciones de Bitácora (M-L):
«Todo el que hable de «sobreestimación de la ideología», de exageración del papel del elemento consciente, etc., se imagina que el movimiento obrero puro puede de por sí elaborar y elaborará una ideología independiente, tan pronto como los obreros «arranquen su suerte de manos de los dirigentes». Pero esto es un craso error. (...) La historia de todos los países atestigua que la clase obrera, exclusivamente con sus propias fuerzas, sólo está en condiciones de elaborar una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar del gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas que han sido elaboradas por representantes instruidos de las clases poseedoras, por los intelectuales. (...) Un revolucionario blandengue, vacilante en los problemas teóricos y de estrechos horizontes, que justifica su inercia con la espontaneidad del movimiento de masas y se asemeja más a un secretario de tradeunión que a un tribuno popular, carente de un plan amplio y audaz que imponga respeto incluso a sus adversarios. (...) En los momentos actuales de subestimación de la importancia de las tareas [marxistas], la «labor política activa» puede iniciarse exclusivamente por una agitación política viva, cosa imposible sin un periódico central para toda Rusia, que aparezca con frecuencia y que se difunda con regularidad. (...) Esta experiencia demuestra que, en nuestras condiciones, los periódicos locales resultan en la mayoría de los casos vacilantes en los principios y faltos de importancia política; en cuanto al consumo de energías revolucionarias, resultan demasiado costosos, e insatisfactorios por completo, desde el punto de vista técnico –me refiero, claro está, no a la técnica tipográfica, sino a la frecuencia y regularidad de la publicación–. (…) Es necesaria en grado sumo la lucha más intransigente contra toda defensa del atraso, contra toda legitimación de la estrechez de miras en este sentido. De la importancia de unificar y de la necesidad de «reunir y organizar» habla ahora todo el mundo sin excepción, pero en la mayoría de los casos no se tiene la menor idea concreta de por dónde empezar y cómo llevar a cabo esa unificación. Todos convendrán, por seguro, en que si «unificamos», por ejemplo, los círculos aislados de barrio de una ciudad, harán falta para ello organismos de barrio de una ciudad, harán falta para ello organismos comunes, es decir, no sólo la denominación común de «unión», sino una labor realmente común, un intercambio de publicaciones de experiencia, de fuerzas y distribución de funciones, no ya sólo por barrios, sino por oficios de todos los trabajos urbanos. Todo el mundo convendrá en que un sólido mecanismo conspirativo no cubrirá sus gastos –si es que puede emplearse una expresión comercial– con los «recursos» –se sobreentiende que tanto materiales como personales– de un barrio; que en este reducido campo de acción no pueda explayarse el talento de un especialista. Pero lo mismo puede afirmarse de la unión de distintas ciudades, porque incluso el campo de acción de una comarca aislada resulta, y ha resultado ya en la historia de nuestro movimiento. (...) Es de imperiosa e impostergable necesidad ampliar ante todo este campo de acción, crear un nexo real entre las ciudades respaldado en una labor regular y común, porque el fraccionamiento deprime a la gente que «está en el hoyo» –expresión del autor de una carta dirigida a Iskra– sin saber lo que pasa en el mundo, de quién aprender, cómo conseguir experiencia y de qué manera satisfacer su deseo de una actividad amplia». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902)
martes, 11 de mayo de 2021
¿Puede ser «el apoyo de los pueblos» un país que viola el derecho de autodeterminación en su casa?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021
«Para abordar este capítulo referente a la cuestión de Xinjiang, Tíbet o Hong Kong, no podemos dejar de mirar hacia el pasado. Así, entenderemos que como se suele decir «de aquellos barros estos lodos».
En los años 30 el Partido Comunista de China (PCCh) a priori destacaba por haber aceptado la visión bolchevique sobre la cuestión nacional, algo sumamente importante en un Estado multinacional como el suyo:
«Lucha por la correcta solución revolucionaria de la cuestión nacional hacia los pueblos no chinos, el PCCh debe tener en cuenta los principales pueblos no chinos –mongoles, khoi, coreanos, tai, nose, mon, etc.– lo que representa la abrumadora mayoría de la población de las regiones periférica de China –Manchuria, Mongolia Interior, Gansu, Guizhou, Yunnan– y las minorías nacionales de los territorios de Guandong, Guangxi, Hunan, provincias occidentales de Sichuan, etc. (…) El PCCh lucha por el derecho a la autodeterminación, hasta la secesión estatal de todos los pueblos no chinos que sufren la opresión por parte de las clases poseedoras chinas y el imperialismo». (Del acta Nº307 de una reunión extraordinaria de la comisión política de la Secretaria del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, Moscú, 21 de abril de 1933)
Antes de continuar, deberíamos hacer un inciso sobre China y la cuestión nacional para quien no esté muy familiarizado. La etnia mayoritaria en lo que hoy se conoce como China es −y siempre ha sido− la han, pero no ha sido la única, existiendo otras. Previamente a que Mao Zedong llegase a la cima de poder, el PCCh había defendido el derecho de autodeterminación hasta sus últimas consecuencias −véase las tesis del VIº Congreso del PCCh de 1928−. En los comunicados de los territorios liberados por los comunistas chinos, la República Soviética de China de 1931-37, no se dejaba lugar a dudas:
«Esto significa que las regiones como Mongolia, Tíbet, Sinkiang, Yunnan, Kweichow y otras, en las que la mayoría de la población pertenece a nacionalidades no chinas, las masas trabajadoras de estas nacionalidades tienen derecho a determinar si desean separarse de la República Soviética China y establecer su propio estado independiente o ingresar a una Unión de Repúblicas Soviéticas o formar una región autónoma dentro de la República Soviética China». (Primer Congreso Nacional de la República Soviética de China, 1931)
Sobre Mongolia
Pero a partir de 1936 la nueva política maoísta sobre las fronteras rechazaba el derecho de autodeterminación que antaño había abanderado el PCCh:
«Cuando la revolución popular» haya salido victoriosa en China, la República de Mongolia Exterior pasará a ser automáticamente una parte de la Federación China por voluntad propia. Los pueblos mahometano y tibetano también formarán repúblicas autónomas unidas a la federación china». (Edgar Snow: Estrella roja sobre China, 1937)
jueves, 6 de mayo de 2021
El error infantil de relacionar automáticamente represión con fascismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2021
martes, 4 de mayo de 2021
Los fascistas, ¿quiénes son ellos?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021
«Hay naciones que han encontrado dictadores geniales, que han servido para sustituir al Estado; pero esto es inimitable y en España, hoy por hoy, tendremos que esperar a que surja ese genio». (José Antonio Primo de Rivera; «España y la barbarie». Conferencia en el teatro Calderón, de Valladolid, 1935)
«El sistema jerárquico del Falange Española Tradicionalista y de las JONS está integrado por los siguientes elementos y órganos: 1. El Caudillo, jefe nacional del Movimiento; responsable de sus actos ante Dios y la Historia. (...) Toda autoridad o poder viene de Dios». (Formación del espíritu nacional, 1955)
«España es una unidad de destino en lo universal. El servicio a la unidad, grandeza y libertad de la Patria es deber sagrado y tarea colectiva de todos los españoles. (...) La Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación. (...) La participación del pueblo en las tareas legislativas y en las demás funciones de interés general se llevará a cabo a través de la familia, el municipio, el sindicato y demás entidades con representación orgánica que a este fin reconozcan las leyes. Toda organización política de cualquier índole al margen de este sistema representativo será considerada ilegal. (...) Se reconoce al trabajo como origen de jerarquía, deber y honor de los españoles, y a la propiedad privada, en todas sus formas, como derecho condicionado a su función social. La iniciativa privada, fundamento de la actividad económica, deberá ser estimulada, encauzada y, en su caso, suplida por la acción del Estado». (Ley de Principios del Movimiento Nacional, 17 de mayo de 1958)
En 1976 los que habían sido los gestores de estos principios –cada uno bajo su interpretación– terminaron aprobando en las Cortes franquistas la famosa Ley para la Reforma Política, que ponía el primer paso para inmolar el sistema fundado en 1939. Esto forzó a que muchas personas, todavía fieles a los valores del viejo orden, ocultasen sus inclinaciones políticas para adaptarse a los nuevos tiempos democrático-burgueses. Aun hoy existen personas que por diversas razones siguen aspirando a emular los principios básicos de lo que en su día fue el fascismo español. En su mayoría el catecismo ideológico que profesan reproduce, en mayor o menor medida, los nueve puntos que Falange Española anunció al mundo en 1933. Y aunque algunos antifascistas se resistan a creerlo, estos nostálgicos pueden abarcar a todo tipo de personajes imaginables, incluso podemos hallar a seguidores de esta doctrina entre las capas sociales más bajas. Hagamos una breve descripción de estos perfiles que seguro que al lector que resultarán muy familiares. Así que, sin más dilación, comencemos:
a) El empresario fascista
En España podemos hallar, por ejemplo, del clásico empresario que cambió de chaqueta en la Transición de los 80: este camaleón dejó en el armario su querida camisa azul falangista y –no sin remilgos– se compró la chaqueta de pana socialista. Retiró del salón la foto de José Antonio Primo de Rivera y la puso a buen recaudo en su alcoba –para que así sus nuevos compañeros de militancia no le mirasen mal–. «¿¡Todos tenemos derecho a cambiar, no!?», repite desde entonces constantemente para justificar sus acrobacias políticas. Pongamos que a este sujeto número uno se le conoce en sus círculos como Don Rafael.
Bien, pues este hoy tiene el valor de presentarse a sí mismo como «demócrata, apolítico, conservador en lo económico» y –en su delirio– hasta se llega a considerar hasta «progresista en lo social». En realidad, todo su alrededor se puede ir al infierno, solo le preocupa que se mantengan un «orden» y una «disciplina» social que a él le permita contar tranquilo sus ganancias, aunque bien es verdad que en el fondo echa de menos poder apretar las tuercas a los trabajadores sin tanta «burocracia» de por medio. ¡Qué tiempo aquellos cuando no eran necesarias tantas florituras para despedir o prolongar la jornada laboral! Está de acuerdo con esos ideólogos que dicen que eso los «derechos laborales» son «pamplinas marxistas» que van en contra de los propios trabajadores y de todos, ¡pues impiden el crecimiento de la economía! O sea, la de su empresa. Vende al mundo exterior que él es un «hombre humilde» que «se ha hecho a sí mismo» aunque haya tenido un camino de rosas junto a una serie de facilidades inimaginables para el común de los mortales.
Nuestro protagonista, Don Rafael, es más «patriota» que nadie, ¡faltaría más!, por eso lleva la «rojigualda» hasta en los tirantes. Pero, ¡ay amigo! «business is business», su «españolidad» se resquebraja cuando tiene que mover ficha para mantener o aumentar sus beneficios, entonces ordenará a su capataz que comunique que «por motivos de la reciente restructuración de la empresa» el jefe va a «tomar medidas»: arrojar a la calle a varios de sus «compatriotas», reducir las medidas de seguridad, cuando no, directamente mandar la fábrica a alguna recóndita zona de los Cárpatos. La cuenta de Don Rafael en Suiza o Andorra tampoco debe darnos a equívocos, todo eso es por la «comodidad y servicios especiales» que estos países ofrecen, ¡allí sí que saben tratar a un «hombre de bien», aquí deberíamos aprender de su «cortesía»! En resumidas cuentas, en realidad la «Patria» de Don Rafael empieza y acaba en su bolsillo. Pero no pasa nada, porque las migajas y un buen asesor publicitario puede ocultar todo esto con campañas de beneficencia, parte del pueblo incluso le adorará.
Entre tanto, si es cierto que a veces Don Rafael es filántropo. A ratos le gusta jugar a ser mecenas y financia a unos alegres jóvenes de cabeza rapada que le tratan como un Dios. Para él son su debilidad ya que le recuerdan a sus años de mozo en los campamentos del «Movimiento», y por supuesto, adora recibir todo tipo de halagos, incluso aspira a dirigirlos. Sobre esto, comenta orgulloso a sus amigos: «¡Hay que apoyar a la España sana que forjará el glorioso mañana!».
Don Rafael mima a su hijo, Mateo, que asume sin problemas que es –y será toda la vida– un bohemio o un lumpen sin oficio ni beneficio, aquel que ha decidido que dilapidará gran parte de la herencia familiar simplemente porque puede, cosa que al padre no le preocupa demasiado porque siempre podrá reponer las pérdidas y travesuras del «niño».
jueves, 29 de abril de 2021
La cuestión educativa y el liberalismo de la «izquierda»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021
[Enlaces de DESCARGA del texto en PDF al final del documento]
«Preguntar–y dar respuesta– sobre los fenómenos naturales o sociales es el deber de todo revolucionario. La pregunta implica que el individuo reconoce sus dudas y debilidades, sí, pero también su voluntad de saber, su aspiración a forjar una defensa o ataque consciente sobre algo o alguien. La respuesta bien articulada es la prueba de que el sujeto ha hecho un trabajo previo, que ha adquirido una competencia que le permite demostrar que no actúa por inercia o por creencias tradicionales de dudoso sostén. Puesto que nuestro conocer es finito, las preguntas y dudas son algo que recorrerán la vida del individuo mientras esta dure. A esto deberíamos añadir una nota, una cuestión que los «nietzscheanos» parecen olvidar los sobre los «genios»: el sujeto puede ser netamente superior a otro u otros en un campo específico, pero, ¿significa esto que no puede equivocarse en su tema fetiche? ¿Significa que no existen otros sabios que puedan contradecirle? Inevitablemente, el que es especialista en uno o varios campos es ignorante en muchos otros, dado que la capacidad de conocimiento para el ser humano en una sola vida es limitada. Por tanto, este «astro», por mucho que alumbre a sus satélites, siempre necesitará «la luz de otro astro» en otro campo». (Equipo de Bitácora (M-L); La cuestión educativa y el liberalismo de la «izquierda», 2021)
miércoles, 28 de abril de 2021
Un trabajo de idéntico contenido puede ser productivo e improductivo
«En primer lugar, A[dam] Smith incluye, naturalmente, trabajo que le plasma y realiza en una mercancía vendible y cambiable, todos los trabajos intelectuales que se consumen directamente en la producción material. No sólo al trabajador manual directo u obrero que trabaja en la máquina, sino el capataz, ingeniero, dependiente, etc., en una palabra, el trabajo de todo el personal que se requiere en una determinada esfera de la producción material para producir una determinada mercancía y cuyo concurso de trabajos −cooperación− se necesita para producir las mercancías. En realidad, [estos trabajadores] añaden al capital constante su trabajo total y elevan en esta cuantía el valor del producto. ¿Hasta qué punto puede decirse esto de los banqueros, etc?
En segundo lugar, A[dam] Smith dice que, en general, no ocurre así con el trabajo de los trabajadores improductivos. Aunque el capital se haya adueñado de la producción material y, por tanto, haya desaparecido a grandes rasgos la industria doméstica o el pequeño artesanado, que se encarga de producir directamente en la casa del consumidor los valores de uso que éste necesita, A[dam] Smith sabe perfectamente que una costurera que venga a mi casa para coser mis camisas, los operarios que reparan los muebles, el criado que limpia y cuida la casa o la cocinera encargada de guisar la carne, etc., plasman su trabajo en una cosa y, en realidad, elevan el valor de estas cosas, ni más ni menos que la costurera que cose en la fábrica, el maquinista que repara la máquina, los trabajadores que la limpian o la cocinera que presta sus servicios en un hotel como asalariada de un capitalista. Y estos valores de uso pueden ser también, en cuanto a la posibilidad, mercancías: las camisas pueden ser llevadas a la casa de empeños, la casa puede ser puesta en venta, los muebles pueden ser subastados, etc. Por tanto, en cuanto a la posibilidad, también estas personas producen mercancías y añaden valor a los objetos de su trabajo. Pero estas personas representan una categoría muy reducida entre los trabajadores improductivos y no podríamos decir lo mismo que de ellos de los servidores domésticos [ni de] los curas, los empleados del gobierno, los soldados, los músicos, etcétera.
Ahora bien, por grande o pequeño que sea el número de estos «trabajadores improductivos», puede darse por sentado, en todo caso, y aparece admitido por la fiase restrictiva de que «generalmente, sus servicios se esfuman en el momento mismo de prestarse», etc., que no es, necesariamente, ni la especialidad del trabajo ni la forma de manifestarse su producto lo que los hace ser «productivos» o «improductivos». El mismo trabajo puede ser productivo si lo compro como capitalista, como productor, para valorizarlo, o improductivo si lo compro como consumidor que invierte en ello un ingreso, para consumir su valor de uso, lo mismo si este valor de uso desaparece al desaparecer la actividad de la fuerza de trabajo que si se plasma o materializa en una cosa.
Para quien como capitalista ha comprado su trabajo, para el propietario del hotel, la cocinera produce una mercancía; el consumidor de la chuleta de cerdo tiene que pagar su trabajo y reembolsa al propietario del hotel −prescindiendo de la ganancia− el fondo a base de] cual éste sigue pagando a la cocinera. En cambio, yo compro el trabajo de una cocinera para que me guise la carne, etc., no para valorizar su trabajo en general, sino para disfrutarlo, para usarlo como este trabajo determinado y concreto, y en este sentido su trabajo es improductivo, aunque pueda plasmarse en un producto material y llegar a ser una mercancía vendible −en cuanto al resultado−, como lo es, efectivamente, para el propietario del hotel. Pero sigue habiendo una gran diferencia −conceptual−: la cocinera no me repone a mí −al particular− el fondo de que le pago, porque yo no compro su trabajo como creador de valor, sino simplemente por razón de su valor de uso. Y su trabajo no me reembolsa tampoco el fondo de que le pago, es decir, su salario, del mismo modo que, al pagar la comida del hotel, no me permite comprar y consumir por segunda vez la misma comida. Y esta diferencia se da también entre las mismas mercancías. La mercancía que el capitalista compra para reponer su capital constante −por ejemplo, la tela de algodón, si se trata de un estampador de telas− repone su valor en la tela estampada. En cambio, si la compra para usarla él mismo, la mercancía no le repone lo que ha invertido.
La inmensa mayoría de la sociedad, es decir, la clase obrera, tiene, por lo demás, que encargarse ella misma de efectuar este trabajo, lo que sólo puede hacer siempre y cuando que trabaje «productivamente». Sólo puede guisar su carne a condición de que produzca un salario con que [pueda] comprarla, y para poder limpiar sus muebles y su cuarto o simplemente lustrar sus botas necesita producir el valor de los muebles, el alquiler del cuarto o las botas. Por tanto, para esta clase de los obreros productivos se revela como «trabajo improductivo» el que efectúan para sí mismos. Este trabajo improductivo jamás les permite mismo trabajo improductivo si antes y para ello no se ocupan de trabajar productivamente.
En tercer lugar y de otra parte: un empresario de teatros, conciertos, prostíbulos, etc., compra la disponibilidad temporal de la fuerza de trabajo de los actores, músicos, prostitutas, etc., de hecho, por medio de un rodeo que sólo interesa desde el punto de vista económico-formal; en cuanto al resultado, el movimiento es el mismo; compra este llamado «trabajo improductivo», cuyos «servicios se esfuman en el momento mismo de prestarse» y que no se plasman o realizan en «un objeto duradero» −llamado también particular− «o en una mercancía vendible» −fuera de ellos mismos−. Su venta al público le proporciona un salario y una ganancia. Y estos servicios, que ha comprado, le permiten volver a venderlos, con lo que se renueva por medio de ellos el fondo del que se pagan. Y lo mismo puede decirse, por ejemplo, del trabajo de los escribientes que prestan servicios en el bufete de un abogado, con la particularidad, además, de que estos servicios toman cuerpo, generalmente, bajo la forma de enormes montones de papeles, en multitud de asuntos particulares, muy voluminosos.
Es cierto que el empresario se cobra estos servicios de los ingresos obtenidos del público. Pero lo mismo puede decirse de todos los productos que entran en el consumo individual. Y aunque el país no puede, desde luego, exportar estos productos en cuanto tales, sí puede exportar a quienes los prestan. Por ejemplo, Francia exporta bailarines, cocineros, etc., y Alemania maestros de escuela. Y claro, está que con los maestros de escuela y los bailarines se exportan también los ingresos que producen, mientras que la exportación de zapatillas de baile y de libros produce un contravalor en el país exportador.
Así, pues, si, de un lado, una parte del trabajo que se llama improductivo se traduce en valores de uso materiales que lo mismo podrían ser mercancías −mercancías vendibles− de otro lado tenemos que una parte de los meros servicios, que no revisten forma objetiva −que no existen como cosas independientes de quienes prestan los servicios ni pasan a formar parte de una mercancía como parte integrante de su valor− pueden comprarse con capital −por el comprador directo del trabajo−, reponen su propio salario y arrojan una ganancia. En suma, la producción de estos servicios puede incluirse, en parte, entre el capital, del mismo modo que una parte del trabajo que se materializa en cosas útiles puede comprarse directamente con los ingresos y no entra en la producción capitalista». (Karl Marx; Teorías de la plusvalía, 1863)
Anotaciones de Bitácora (M-L):
«Lo que constituye el valor de uso específico del trabajo productivo para el capital no es su carácter útil determinado, como tampoco las cualidades útiles particulares del producto en el que se objetiva, sino su carácter de elemento creador de valor de cambio –plusvalía–. El proceso capitalista de producción no es meramente producción de mercancías. Es un proceso que absorbe trabajo impago, que toma a los medios de producción en medios para succionar trabajo impago. De lo que precede resulta que ser trabajo productivo es una determinación de aquel trabajo que en sí y para sí no tiene absolutamente nada que ver con el contenido determinado del trabajo, con su utilidad particular o el valor de uso peculiar en el que se manifiesta. Por ende un trabajo de idéntico contenido puede ser productivo e improductivo. Milton, pongamos por caso, que escribió «El paraíso perdido» (1667), era un trabajador improductivo. Al contrario, el escritor que proporciona trabajo como de fábrica a su librero, es un trabajador productivo. Milton produjo «El paraíso perdido» tal como un gusano produce seda, como manifestación de su naturaleza. Más adelante vendió el producto por 5£ y de esta suerte se convirtió en comerciante. Pero el literato proletario de Leipzig, que produce libros –por ejemplo compendios de economía política– por encargo de su librero, está cerca de ser un trabajador productivo, por cuanto su producción está subsumida en el capital y no se lleva a cabo sino para valorizarlo. Una cantante que canta como un pájaro es una trabajadora improductiva. En la medida en que vende su canto, es una asalariada o una comerciante. Pero la misma cantante, contratada por un empresario que la hace cantar para ganar dinero, es una trabajadora productiva, pues produce directamente capital. Un maestro de escuela que enseña a otros no es un trabajador productivo. Pero un maestro de escuela que es contratado con otros para valorizar mediante su trabajo el dinero del empresario de la institución que trafica con el conocimiento, es un trabajador productivo. Aun así, la mayor parte de estos trabajadores, desde el punto de vista de la forma, apenas se subsumen formalmente en el capital: pertenecen a las formas de transición. En suma, los trabajos que sólo se disfrutan como servicios no se transforman en productos separables de los trabajadores –y por lo tanto existentes independientemente de ellos como mercancías autónomas–, y aunque se les puede explotar de manera directamente capitalista, constituyen magnitudes insignificantes si se les compara con la masa de la producción capitalista. Por ello se debe hacer caso omiso de esos trabajos y tratarlos solamente a propósito del trabajo asalariado, bajo la categoría de trabajo asalariado que no es al mismo tiempo trabajo productivo». (Karl Marx; Resultados del proceso inmediato de producción, 1866)
«La producción capitalista no es ya producción de mercancías, sino que es, sustancialmente, producción de plusvalía. El obrero no produce para sí mismo, sino para el capital. Por eso, ahora, no basta con que produzca en términos generales, sino que ha de producir concretamente plusvalía. Dentro del capitalismo, sólo es productivo el obrero que produce plusvalía para el capitalista o que trabaja por hacer rentable el capital. Si se nos permite poner un ejemplo ajeno a la órbita de la producción material, diremos que un maestro de escuela es obrero productivo sí, además de moldear las cabezas de los niños, moldea su propio trabajo para enriquecer al patrono. El hecho de que éste invierta su capital en una fábrica de enseñanza en vez de invertirlo en una fábrica de salchichas, no altera en lo más mínimo los términos del problema. (...) Basta con aludir a las formas intermedias, en que la plusvalía no le es arrancada al productor por la coacción directa, ni brota tampoco de la supeditación formal del obrero al capital. Bajo estas formas, el capital no se ha adueñado todavía directamente del proceso de trabajo. Junto a los productores independientes, que ejercen su oficio de artesanos o labran la tierra en las formas tradicionales y a la manera patriarcal, aparecen, chupando parasitariamente sus energías, el usurero o el comerciante, el capital usurario o el capital comercial. En las sociedades en que esta forma de explotación predomina, excluye el régimen de producción capitalista, sí bien puede, por otra parte, marcar el tránsito hacia él, como ocurrió en la baja Edad Media». (Karl Marx; El Capital, Tomo I, 1867)







