martes, 11 de mayo de 2021

¿Puede ser «el apoyo de los pueblos» un país que viola el derecho de autodeterminación en su casa?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Para abordar este capítulo referente a la cuestión de Xinjiang, Tibet o Hong Kong, no podemos dejar de mirar hacia el pasado. Así, entenderemos que como se suele decir «de aquellos barros estos lodos».

En los años 30 el Partido Comunista de China (PCCh) a priori destacaba por haber aceptado la visión bolchevique sobre la cuestión nacional, algo sumamente importante en un Estado multinacional como el suyo:

«Lucha por la correcta solución revolucionaria de la cuestión nacional hacia los pueblos no chinos, el PCCh debe tener en cuenta los principales pueblos no chinos –mongoles, khoi, coreanos, tai, nose, mon, etc.– lo que representa la abrumadora mayoría de la población de las regiones periférica de China –Manchuria, Mongolia Interior, Gansu, Guizhou, Yunnan– y las minorías nacionales de los territorios de Guandong, Guangxi, Hunan, provincias occidentales de Sichuan, etc. (…) El PCCh lucha por el derecho a la autodeterminación, hasta la secesión estatal de todos los pueblos no chinos que sufren la opresión por parte de las clases poseedoras chinas y el imperialismo». (Del acta Nº307 de una reunión extraordinaria de la comisión política de la Secretaria del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, Moscú, 21 de abril de 1933)

Antes de continuar, deberíamos hacer un inciso sobre China y la cuestión nacional. La etnia mayoritaria en lo que hoy se conoce como China es –y siempre ha sido– la han, pero no ha sido la única, existiendo otros pueblos. Previamente a que Mao Zedong llegase a la cima de poder, el PCCh había defendido el derecho de autodeterminación hasta sus últimas consecuencias –véase las tesis del VIº Congreso del PCCh de 1928–. En los comunicados de los territorios liberados por los comunistas chinos, la República Soviética de China de 1931-37, no se dejaba lugar a dudas:

«Esto significa que las regiones como Mongolia, Tibet, Sinkiang, Yunnan, Kweichow y otras, en las que la mayoría de la población pertenece a nacionalidades no chinas, las masas trabajadoras de estas nacionalidades tienen derecho a determinar si desean separarse de la República Soviética China y establecer su propio estado independiente o ingresar a una Unión de Repúblicas Soviéticas o formar una región autónoma dentro de la República Soviética China». (Primer Congreso Nacional de la República Soviética de China, 1931)

Sobre Mongolia

Pero a partir de 1936 la nueva política maoísta sobre las fronteras rechazaba el derecho de autodeterminación que antaño había abanderado el PCCh: 

«Cuando la revolución popular» haya salido victoriosa en China, la República de Mongolia Exterior pasará a ser automáticamente una parte de la Federación China por voluntad propia. Los pueblos mahometano y tibetano también formarán repúblicas autónomas unidas a la federación china». (Edgar Snow: Estrella roja sobre China, 1937)

Las intenciones de China eran absorber la Mongolia Interior y Exterior:

«Mao Zedong, por propia iniciativa, preguntó nuestra opinión sobre la unificación de la Mongolia Interior y Exterior. Mi respuesta fue que no apoyamos esta proposición. Luego, él preguntó cuáles eran las razones. Respondí que no la apoyamos porque esta unificación conduciría a una pérdida de territorio sustancial para China. Mao Zedong dijo que consideraba que la Mongolia Interior y Exterior podrían unirse a la República China. Por supuesto, esto sería posible si los líderes de la Mongolia Interior y Exterior se mostraran de acuerdo con esta decisión. Admite esta posibilidad, en un plazo de, digamos, dos años, cuando el poder de los comunistas en China se fortalezca y todo alcance la deseada normalidad. Luego la Mongolia Exterior declarará que se separó del Estado chino porque el Kuomintang estaba en el poder. Ahora, cuando los comunistas tienen el poder, la Mongolia Exterior desea acceder al Estado chino uniéndose a la Mongolia Interior. Respondí que tal cosa es imposible, pues la Mongolia Exterior ha disfrutado de su independencia durante un largo tiempo. Tras la victoria contra Japón, el Estado chino, como el Estado soviético, reconoció la independencia de la Mongolia Exterior. La Mongolia Exterior tiene su propio ejército, su propia cultura, bien encaminada hacia la prosperidad económica, hace tiempo que comprendió el sabor de la independencia y difícilmente renunciaría a ella voluntariamente. Si alguna vez se une con la Mongolia Interior será, seguramente, en una Mongolia independiente». (Memorandum de la conversación entre Anastás Mikoyán y Mao Zedong, 9 de febrero de 1949)

«No creemos que Mongolia Exterior acepte renunciar a su independencia en favor de su autonomía dentro del estado chino, incluso si todas las regiones de Mongolia están unidas en una unidad autónoma. Está claro que la palabra decisiva en este asunto pertenece a la propia Mongolia Exterior». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Telegrama a Mao Zedong, principios de febrero de 1949)

Durante un tiempo, lejos de ceder ante las pretensiones nacionalistas de Mao y sus acólitos, los soviéticos, encabezados por Stalin, defendieron el derecho de Mongolia Exterior a existir, la cual ya había constituido su propio Estado –en 1924, para ser más exactos–. Los jefes soviéticos terminaron por obligar a los dirigentes chinos a cambiar sus antiguas declaraciones públicas en favor de adoptar el reconocimiento de la soberanía nacional y estatal de la República Popular de Mongolia, algo que parece ser que fue condición indispensable para que la URSS contrajese un acuerdo con China en 1950. Parece ser que además el PCCh fue forzado a publicar un comunicado en contra del chovinismo chino y sus intentos de resugir, en concreto se apuntaba literalmente contra las tendencias hans que abogaban por las reivindicaciones territoriales hacia Mongolia. Véase la obra de Moni Guha: «¿Por qué se denigró a Stalin y se le convirtió en una figura controvertida?» de 1981.

Pero esto fue una ensoñación… años después la Constitución maoísta de 1954 solo confirmó lo que ya era un secreto a voces cinco años antes: el maoísmo absorbería a los pueblos periféricos no hans a la fuerza –tibetanos, uigures, mongoles y otros–. Véase la obra de Moni Guha: «Sobre la cuestión de las naciones y nacionalidades» de 2016.

Parece que a los líderes chinos «se les olvidó» que:

«El hecho de que una «sociedad socialista no poseerá» no sólo colonias, sino tampoco naciones sojuzgadas en general». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una caricatura del marxismo y el economicismo imperialista, 1916)

«Todas las manifestaciones, declaraciones y proclamas renunciando a las anexiones, pero que no lleven aparejada a realización efectiva de la libertad de separación, no son más que un engaño burgués del pueblo o ingenuos deseos  pequeño burgueses. El partido del proletariado aspira a crear un Estado lo más grande posible, ya que eso beneficia a los trabajadores; aspira al acercamiento y la sucesiva fusión de las naciones; mas no quiere alcanzar ese objetivo por la violencia, sino exclusivamente por medio de una unión libre y fraternal de los obreros y las masas trabajadoras de todas las naciones. Cuanto más democrática sea la República de Rusia, cuanto mejor consiga organizarse como República de los Soviets de diputados obreros y campesinos, tanto más poderosa será la fuerza de atracción voluntaria hacia esta República para las masas trabajadoras de todas las naciones». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Las tareas del proletariado en nuestra revolución, 1917)

Sobre el Xinjiang 

Hablemos sobre el problema del Xinjiang, también conocido como Turquestán Oriental. En el Xinjiang, hasta 1955, la etnia han constituía menos de un cuarto de la población. Actualmente representan el 40%, solo por detrás de la etnia nativa, los uigures –con un porcentaje del 43%–. ¿Qué ha pasado para que esto ocurra? Para contestar, debemos retrotraernos, de nuevo, a mediados del siglo XX. 

«La asimilación de los uigures –y demás poblaciones musulmanas de Xinjiang– ha sido parte del planteamiento estratégico de las autoridades chinas desde los tiempos de la dinastía Qing. No obstante, hasta fechas muy recientes, Pekín nunca ha podido implementar un programa efectivo de esta naturaleza. Los intentos de asimilación de la población uigur parten de un cierto sentimiento de superioridad como civilización por parte de China. De la misma forma, las divisiones internas uigures y la tardanza en elaborar un discurso etnonacionalista propio, ayudaron a la percepción china que considera a la uigur, como una identidad débil y por tanto, propicia para la asimilación dentro de la discursiva Han. No obstante, estas políticas destinadas a la asimilación, combinadas con la intensa represión no sólo no han contribuido a los objetivos de Pekín, si no que por el contrario han fortalecido el propio discurso identitario uigur». (Nicolás de Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y la política de Pekín, 2008)

La Internacional Comunista (IC) alentó a que el Partido Comunista de China (PCCh) mostrase una atención especial hacia esta región. Rescatemos un documento de los archivos rusos para comprender cual era la postura inicial de los comunistas chinos antes de la maoización:

«Un lugar especial, desde el punto de vista de la cuestión nacional, es Xinjiang, una colonia china gobernada por métodos feudales-coloniales de saqueo y explotación, mientras los chinos solo representan una pequeña minoría de la población. Las principales nacionalidades de Xinjiang son los uigures –casi dos tercios de la población–, mongoles, kirguís, dunganos, manchúes. Esta composición multinacional de la población a diferentes niveles ha sido utilizada por los grupos coloniales dominantes para incitar el odio étnico, enfrentando a los pueblos entre sí. (…) El PCCh reconoce incondicionalmente el derecho de los pueblos de Xinjiang a la libertad para ejercer la secesión estatal». (Del acta Nº307 de una reunión extraordinaria de la comisión política de la Secretaria del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, Moscú, 21 de abril de 1933)

Pero… ¿por qué Xinjiang y su importancia pasada y actual?:

«Al mismo tiempo, la región tiene un interés cada vez mayor para Pekín desde una perspectiva económica y estratégica. Xinjiang alberga grandes reservas de petróleo, gas natural, carbón y uranio y, además, se está convirtiendo en un importante centro de redistribución logística que actúa como puente entre la China central y costera y el continente euroasiático, que China espera convertir en un elemento cada vez más destacado de su suministro energético. Por otra parte, en Xinjiang, China tiene su polígono de pruebas nucleares y de misiles –Lop Nor y otros– y otras instalaciones de carácter estratégico como centros de control de telecomunicaciones y estaciones de escucha y de interceptación». (Nicolás de Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y la política de Pekín, 2008)

Durante años, las políticas de la URSS fueron encaminadas a promover y defender la autonomía de la región frente a las pretensiones del partido nacionalista chino, el Kuomintang. Véase el apoyo militar, económico y alimenticio soviético a la Segunda República de Turquestán Oriental entre 1944 y 1949:

«Moscú decidió el destino de Xinjiang en la primavera de 1943, cuando todavía estaban en marcha las pesadas operaciones de combate en el frente soviético-alemán. El 4 de mayo de 1943, el Politburó del Partido Comunista de la Unión Soviética de la URSS adoptó un decreto secreto titulado «Sobre Xinjiang». El decreto establecía que la Unión Soviética ya no podía «tolerar» al gobernador de Xinjiang, Sheng Shicai, y que la URSS debería apoyar a los rebeldes no chinos «en su lucha contra la política colonialista represiva del gobernador». El 22 de junio de 1945, el Politburó del PC (b) de la URSS aprobó otra decisión para ayudar a la República de Turkestán Oriental. El 15 de septiembre de 1945, el Politburó volvió al tema del Turquestán Oriental, esta vez acordando actuar como intermediario entre los rebeldes y el gobierno chino. (...) En diciembre de 1944, el comisario de Asuntos Internos de la URSS, Lavrentii Beria, ordenó la creación de un departamento de tareas especiales. Su misión principal era liderar el movimiento de liberación nacional de los musulmanes de Xinjiang y brindar toda la asistencia necesaria a sus participantes. Con el consentimiento de Stalin, el general de división Yegnarov y un grupo de oficiales soviéticos fueron enviados al distrito de Ili en la República de Turkestán Oriental para organizar las operaciones de combate de los rebeldes contra el ejército chino. Los Archivos del Estado de Rusia también contienen varias cartas a Stalin de Alihan Tore Shakirjan, el jefe del gobierno nacional de Turkestán Oriental». (Jamil Hasanli; Los archivos soviéticos y Xinjiang, 1944-1949, 2020)

Los soviéticos también promovieron la vuelta de los antiguos pobladores exiliados en la URSS:

«Identificar rápidamente a los uigures, uzbekos, kazajos y kirguís que abandonaron Xinjiang y se establecieron en estas repúblicas y recibieron una educación con el fin de devolverlos a Xinjiang para reforzar el personal de gestión administrativa de los tres distritos. Se enviará a los más capacitados y adecuados a trabajar en Xinjiang en coordinación con FF Kuznetsov». (Extractos del Xinjiang en minutos, Nº63 de las reuniones del Comité Central del Buró del PCUS(b), 24 de abril de 1948)

Repentinamente, la posición de los soviéticos cambió cuando el Partido Comunista de China (PCCh) llegó al poder en detrimento del Kuomitang, el cual buscó refugió en las regiones periféricas. Conociendo la situación de un gobierno prosoviético en Xinjiang, Mao fue cauteloso, primero condenando la política de opresión del Kuomintang, segundo, reconociendo su condición de nación y, tercero, prometiendo adoptar los métodos bolcheviques en lo tocante a la autodeterminación:

«Reconocemos a los musulmanes [se refiere a los uigures], dijo Mao Zedong, como una nación. Nunca hemos aprobado la política de opresión de los chinos musulmanes llevada a cabo por el Kuomintang y en consecuencia creemos que debemos proveerles con la autonomía en el marco de China. En China hay cerca de 30 millones de musulmanes en total. (…) El Xinjiang contiene cerca de 14 nacionalidades, con cerca de 3 millones de integrantes. El Xinjiang es de gran valor estratégico y económico, pues nos conecta a la Unión Soviética. En concordancia con nuestro plan llegaremos allí en 1951. (…) Cuando se trata de resolver la cuestión nacional en China, Mao Zedong dijo, aprendemos de los Bolcheviques rusos». (Memorándum de la conversación entre Anastás Mikoyán y Mao Zedong, 4 de febrero de 1949)

Nada de esto se cumpliría. Simultáneamente a estas declaraciones, los dirigentes chinos insistirían –y convencerían– a los soviéticos de que la voluntad del Xinjiang era la de unirse a China siempre que se le otorgase una cierta autonomía: 

«Al principio de la conversación se planteó la cuestión acerca de los musulmanes del noroeste de China y algunos generales Guomindang musulmanes, en particular, Mao Bufan y Ma Hongkui. A mi pregunta sobre quién los apoya, Chou En-lai respondió que los generales musulmanes cuentan con el apoyo de Jiang Jieshi y Estados Unidos. Los estadounidenses quieren penetrar en las áreas musulmanas de Qinghai y Gansu. En relación con nuestras victorias, la situación de los generales musulmanes y sus fuerzas se está volviendo inestable. A mi pregunta sobre si hay alguna demanda por parte de los musulmanes chinos, Chou En-lai respondió que los musulmanes querrían adquirir autonomía. Cooperarán con nosotros, dijo, si les damos autonomía y mostramos cautela con respecto a su religión». (Memorandum de la conversación entre Anastás Mikoyan y Chou En-lai, 1 de febrero de 1949)

Esto fue aceptado por las autoridades soviéticas, que llevaban años manteniendo buenas relaciones con el gobierno de Xinjiang, contando con la suficiente información de primera mano como para conocer las aspiraciones reales de la población:

«Si las nacionalidades del Xinjiag recibieran autonomía, la base del movimiento independentista perviviría [sic]. No apoyamos el movimiento de independencia de las nacionalidades del Xinjiag y no tenemos ninguna reclamación sobre el territorio del Xinjiang, considerando que el Xinjiang es y debe ser una parte de China. Apoyamos la cooperación económica y el comercio con el Xinjiang, como el que está teniendo lugar, y en el que el propio gobierno del Kuomintang, en la persona de su representante en el Xinjiang, Zhang Zhizhong, propone formalizar mediante un tratado». (Memorándum de la conversación entre Anastás Mikoyán y Mao Zedong, 4 de febrero de 1949)

Sorprendemente la parte soviética pensó que no era el momento para celebrar un referéndum para decidir el futuro de la región, que la autonomía sería suficiente para calmar los ánimos y el recelo de los pobladores:

«Le expresé a Mao Zedong que nuestro Comité Central no recomienda al Partido Comunista de China abordar la cuestión nacional mediante la provisión de independencia a las minorías nacionales y, en consecuencia, reduciendo el territorio del Estado chino en conexión con la toma de poder por parte de los comunistas. Uno debería dar autonomía, y no independencia, a las minorías nacionales. Mao Zedong se alegró al oír este consejo, pero su cara decía que, de todos modos, no tenía ninguna intención de dar la independencia a nadie. (Memorándum de la conversación entre Anastás Mikoyán y Mao Zedong, 4 de febrero de 1949)

A esto hemos de decir que:

«Por supuesto, una cosa es el derecho a la autodeterminación y otra la conveniencia de la autodeterminación, la separación de determinada nación en determinadas circunstancias. Esto es el abecé. ¿Pero reconoce el señor Moguilianski, reconocen los liberales de Rusia, reconoce el Partido Demócrata Constitucionalista que es deber de un demócrata predicar a las masas –sobre todo a las rusas– la gran importancia y el carácter vital de este derecho? No, no y no. Eso es lo que elude y oculta el señor Moguilianski. Esa es una de las raíces del nacionalismo y el chovinismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Los demócratas constitucionalistas y el «derecho de los pueblos a la autodeterminación», 1913)

¡¿Acaso hubo ocasión histórica más propicia que la existencia de la URSS, un gobierno prosoviético en Xinjiang y la llegada al poder de los presuntos comunistas en China en 1949, para resolver la cuestión nacional de forma ejemplar, para que los pueblos llegasen a un arreglo común y libre?! 

Los investigadores barajan que la dirección soviética aceptó la propuesta de Pekín a cambio de asegurar la independencia de Mongolia. Esto no puede ser descartado, pues los líderes soviéticos, por ejemplo, ocultaron sus contactos con el gobierno de Xinjiang, los cuales eran evidentes –y de los cuales el mismo Mao sospechaba–:

«Como Mao Zedong me dijo anteriormente que quería discutir conmigo la cuestión del Xinjiang le pregunté qué tenía en mente. Mao Zedong afirmó que en el distrito Yili de Xinjiang, que está subordinado al gobierno de Urumqi, hay un movimiento independentista y un partido comunista. Respondí que desconocía la existencia de un partido comunista en el distrito de Yili, pero que conocía el movimiento nacional de las nacionalidades locales. Este movimiento fue desencadenado por la incorrecta política del gobierno chino, que no quería tomar en cuenta las especificidades nacionales de estas nacionalidades, impidiendo su derecho de autogobierno, impidiendo el desarrollo de su cultura nacional. (…) Luego, Mao Zedong dijo que cuando, en 1945, se reunió con Bai Chongxi en Chongqing el último le dijo que los insurgentes locales en el distrito de Yili poseían artillería, tanques y aeroplanos soviéticos. Respondí a Mao Zedong que desconocía estos hechos y que no podía decir nada al respecto, que solo sabía que no ayudamos a este movimiento, aunque se trate de un movimiento contra la opresión». (Memorándum de la conversación entre Anastás Mikoyán y Mao Zedong, 4 de febrero de 1949)

Las declaraciones de Mikoyan son poco menos que ridículas. Reconoce que, tras años de acuerdos y operaciones militares conjuntas con un gobierno afín, ¡el centro del comunismo mundial desconoce la existencia del movimiento comunista en la zona!

Es muy posible que líderes soviéticos pensasen que era necesario contar con el ejército del PCCh para que interviniese en la zona so pena de que cayese en la influencia de los imperialistas o el Kuomintang. Sea como sea, el PCCh llegó a promover su chinificación para asegurar que la zona no se convirtiera en su talón de Aquiles con luz verde de Moscú, lo que denotaba la desesperación y el temor soviético, ya que aceptar este acto era inadmisible según los cánones anteriores del bolchevismo:

«Sobre el Xinjiang. El Camarada Stalin dijo que uno no debería posponer la ocupación del Xinjiang, pues un retraso podría suponer la interferencia inglesa en los asuntos del Xinjiang. Podrían activar a los musulmanes, incluyendo a los indios, para continuar la guerra civil contra los comunistas, algo indeseable, pues hay grandes depósitos de petróleo y algodón en el Xinjiang que China necesita. 

La población china en el Xinjiang no excede el 5%, después de la toma de Xinjiang uno debería elevar el porcentaje de población china al 30% mediante el reasentamiento de chinos y en vistas al desarrollo integral de esta gran y rica región, así como para fortalecer la protección de las fronteras de China. 

En general, en los intereses de fortalecer la defensa de China, uno debería poblar todas las regiones fronterizas con chinos. (Memorándum de la conversación entre Stalin y la delegación del Partido Comunista de China, 27 de junio de 1949)

¿No defendía Stalin en el Xº Congreso del PC (b) de la URSS la ucranización de Ucrania frente a la antigua rusificación forzosa del zarismo? ¿Por qué defender entonces la chinificación de Xinjiang y no la uigurización? ¿Acaso es que los comunistas necesitan forzar una asimilación? ¿No confiaban ya los dirigentes soviéticos en la política leninista de autodeterminación de los pueblos? 

«Las regiones que se han perfilado en Rusia son unidades definidas en el sentido de su modo de vida y de la composición nacional. Ucrania, Crimea, Polonia, la Transcaucásica, el Turkestán, la Región Central del Volga, el territorio de Kirguizia, se distinguen del centro, no solo por su ubicación geográfica –¡la periferia!–, sino también como territorios económicos íntegros. (…) No son territorios libres e independientes, sino unidades incrustadas por la fuerza en un organismo político común a toda Rusia, unidades que ahora aspiran a obtener la libertad de acción necesaria, bajo la forma de relaciones federativas o de independencia completa. La historia de la «unión» de estos territorios es una sucesión ininterrumpida de actos de violencia y de opresión por parte de las antiguas autoridades de Rusia. (…) En las federaciones occidentales, la burguesía imperialista es la que dirige la estructuración de la vida del Estado. No hay nada de asombroso en que la «unión» no pudiera prescindir de la violencia. Aquí, en Rusia, por el contrario, es el proletariado, enemigo acérrimo del imperialismo, quien dirige la estructuración política. Por eso en Rusia se puede y se debe establecer el régimen federativo sobre la base de la libre unión». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; La organización de la República Federativa de Rusia, 1917)

Evidentemente, para que el lector se pueda hacer una idea del por qué de estas concesiones, tiene que tener en cuenta que la propia URSS se había dado también un proceso de derechización respecto a la cuestión nacional, rehabilitándose todo tipo de héroes del zarismo e incluso se celebraba la anexión forzosa de ciertos territorios. Véase el capítulo: «El giro nacionalista en la evaluación soviética de las figuras históricas» de 2021.

Una URSS muy derechizada en esta materia cedió y alimentó las pretensiones nacionalistas de China, pero, ¿esto no era como ceder a las mismas pretensiones chovinistas que Tito intentaba llevar a cabo en Albania, Carintia o Trieste, imponiendo e ignorando la voluntad de los pueblos, tratando de presionar a la URSS para que aprobase introducir allí sus tropas? En la IIº Conferencia de la Kominform de 1948 Andréi Zhdánov denunciaría las pretensiones yugoslavas de este tipo las cuales no eran nuevas, pues según los informes soviéticos, había reportes en este sentido desde 1945. Véase la obrade la Fondazione Giangiacomo Feltrinelli: «La Kominform; Las actas de las tres conferencias 1947/1948/1949» de 1994.

El error es mayúsculo, más teniendo en cuenta que, paralelamente, Stalin detectaba las nociones nacionalistas de Mao:

«Por lo que yo sé, en el Partido Comunista de China hay una capa delgada de proletarios y los sentimientos nacionalistas son muy fuertes y si no llevan a cabo estas políticas de clase genuinamente marxista-leninistas y no llevan a cabo la lucha contra el nacionalismo burgués, los nacionalistas los estrangularan. Entonces no solo se dará por terminada la construcción socialista». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Obras Completas, Tomo 18, Anotaciones en la obra «De la conversación con la delegación del Comité Central del PCCh en Moscú el 11 de julio 1949», conversación entre Stalin y Mao Zedong, 1949)

En base a la documentación sino-soviética, los expertos tipifican dos factores para que la China de Mao pudiera hacerse con el control de esta región: primero, el conveniente accidente de avión de los cinco representantes de la Segunda República de Turquestán Oriental en 1949 y, segundo, la aceptación soviética del relato chino, así como la aceptación en la colaboración para entrar en esos territorios. De todos modos, se concluye que, de no ser por la ayuda soviética, los planes chinos se habrían tenido que posponer durante años. Véase la obra de Charles Kraus: «Cómo Stalin elevó al poder al Partido Comunista Chino en Xinjiang en 1949» de 2018.

¿Actuó la Unión Soviética de forma inteligente al asistir a China en sus planes expansionistas cuando desconfiaba de su dirección, tal y como podemos observar en sus documentos? A la larga, la posición soviética en esta cuestión supuso renunciar a la defensa la libre autodeterminación de Xinjiang, un abandono del internacionalismo proletario inadmisible, una grave equivocación, más aun existiendo un movimiento comunista que podría haber servido de contrapeso a China si esta se desviaba –como finalmente ocurrió–, situación análoga a la que ocurriría entre la Albania de Hoxha frente a las pretensiones de Tito en Yugoslavia. Visto ahora nuestra crítica puede parece un ventajismo a toro pasado, pero ni mucho menos, el gobierno soviético simplemente tuvo que haber respetado una línea exterior basada en el internacionalismo proletario, ni más ni menos, complicó las cosas de forma innecesaria y debido a los condicionantes ya mencionados.

Esto facilitó que el gobierno chino impusiera un modelo centralista y autoritario sobre las minorías, el cual no era parecido ni siquiera en la teoría al modelo de los bolcheviques en la URSS:

«Con relación a Xinjiang, el planteamiento chino, o al menos en su manifestación pública, varió rápidamente tanto por su propia naturaleza centralista como por el temor que sentía Pekín por el ascendiente de Moscú sobre los uigures de Xinjiang. Los primeros años 50 estuvieron marcados por las purgas entre los líderes locales y por el rechazo a la propuesta uigur relativa a la creación en el marco de la RPC de una república de Uigurstán similar a las repúblicas soviéticas centroasiáticas. En este punto, la política china fue –y es– nítidamente diferente a la soviética, ya que China, con su concepción unitaria y centralizada del Estado, siempre ha rechazado la constitución de repúblicas en su seno; aunque se acepta el derecho de autonomía y el respeto a las diferencias culturales. (...) El 1 de octubre de 1955 se estableció la región autónoma del Xinjiang Uigur, con lo que Pekín, más que hacer un reconocimiento de la especificidad uigur hacía una declaración formal de la pertenencia –innegociable– de Xinjiang a la estructura estatal de la RPC. Desde entonces y hasta nuestros días, su carácter autónomo y el respeto –y promoción– de los derechos uigures ha sido más una realidad de iure que de facto». (Nicolás de Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y la política de Pekín, 2008)

Lejos de solventarse, el conflicto se ha mantenido a lo largo de las décadas:

«Durante los años noventa se produjeron numerosos sucesos violentos, que hicieron temer el posible inicio de un conflicto y crisis de gravedad creciente. Pekín ha implementado diversas campañas represivas con el objeto de acabar con la actividad uigur y, en buena medida ha tenido éxito ya que, desde finales de los 90 no se han producido más incidentes violentos, y se han acallado las voces uigures críticas dentro de China. No obstante, este objetivo se ha conseguido a través de una vulneración masiva e indiscriminadas de derechos humanos que, si bien, ha aplacado al activismo uigur más dinámico, no ha resuelto el problema de la región que sigue siendo, la integración de la minoría uigur y su interacción armoniosa en la estructura de la RPC». (Nicolás de Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y la política de Pekín, 2008)

Hoy, esta política tan «camaraderil» e «internacionalista» del gobierno de Pekín se refleja en expresiones como el tema lingüístico:

«Durante los años 80, a pesar del clima de apertura, se establecieron las bases conceptuales del programa de educación bilingüe que, pese a lo que pudiera parecer, tiene el objetivo explícito de promover el mandarín entre las minorías nacionales en detrimento de su lengua materna. Así, la educación en la lengua materna, uigur en este caso, es entendida como una fase de transición hacia el empleo exclusivo del mandarín. De hecho, en 1984 el PCCh de Xinjiang decidió incrementar la educación en mandarín a través del sistema educativo con el objetivo de convertir a todo escolar de graduado medio, fluido en chino para 1995. (...) El problema fundamental con esta cuestión no es la promoción del mandarín, razonable considerando la pertenencia a la RPC, sino la persecución y acorralamiento implícito o explícito del uigur. Para ello, las autoridades chinas implementan medidas de refuerzo como la impartición exclusiva de determinadas materias como matemáticas y ciencias en mandarín. El uigur queda de esta manera relegada al campo de las humanidades. No obstante, las autoridades chinas piensan incidir más en esta línea. Así, por ejemplo, para el año 2012 todos las materias en las escuelas de Artush, una ciudad próxima a Kashgar y prácticamente de población exclusivamente uigur, serán impartidas en mandarín». (Nicolás de Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y la política de Pekín, 2008)

Esto se ha combinado con una propaganda que considera dicha región parte de China y, a todo aquel que lo niegue, como separatista y terrorista:

«Al igual que con la actividad política, Pekín hace escasas distinciones y establece como actividades separatistas o terroristas, cualquier práctica religiosa al margen de las establecidas oficialmente. (...) Al mismo tiempo, Xinjiang vive un proceso de redefinición o significación imparable del espacio público y simbólico. Además del propio rechazo oficial de denominaciones como Turkestán oriental, en los medios de comunicación y mundo académico chinos son cada vez más frecuentes denominaciones como «Asia interior» o simplemente «región del Oeste» para referirse a la región autónoma del Xinjiang Uigur, con el objetivo claro de rebajar su nivel de relación con la minoría uigur. Igualmente, lugares tradicionalmente conocidos por sus nombres túrquicos empiezan a figurar masivamente por sus nombres en chino». (Nicolás de Pedro; El conflicto de Xinjiang; la minoría uigur y la política de Pekín, 2008)

Pekín se esfuerza en emular la política de los viejos emperadores chinos. ¿Les resulta familiar, verdad? Nada que envidiar a las técnicas del imperialismo británico en Asia, o al español, con su política interna. 

No parece casualidad que desde España los ideólogos oficiales del socialchovinismo tomen a China y su bárbara política represiva como referencia para suprimir a los movimientos nacionales del Estado:

«@armesillaconde: Todo partido que defienda el derecho de autodeterminación aplicado a España es un partido enemigo de España». (Twitter; Santiago Armesilla, 26 ago. 2020)

«@armesillaconde: China es la vanguardia mundial contra el secesionismo. Hagamos como China». (Twitter; Santiago Armesilla, 1 jul. 2020)

La cuestión del Tíbet 

«Sería un oportunismo imperdonable si en vísperas de esta acción del Oriente, y al principio de su despertar, quebrantásemos nuestro prestigio en él aunque sólo fuese con la más pequeña aspereza e injusticia con respecto a nuestras propias nacionalidades no rusas. Una cosa es la necesidad de agruparse contra los imperialistas de Occidente, que defienden el mundo capitalista. En este caso no puede haber dudas, y huelga decir que apruebo incondicionalmente estas medidas. Otra cosa es cuando nosotros mismos caemos, aunque sea en pequeñeces, en actitudes imperialistas hacia nacionalidades oprimidas, quebrantando con ello por completo toda nuestra sinceridad de principios, toda la defensa que, con arreglo a los principios, hacemos de la lucha contra el imperialismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Cartas al congreso, 1922)

Ocasionalmente, los líderes chinos aparentaban que sus acciones en el Tíbet no serían –o eran– contraproducentes:

«Volviendo a la cuestión del Tíbet: Mao Zedong dijo que, una vez se diese fin a la Guerra Civil y se resolviesen las cuestiones políticas internas dentro del país, y una vez que los tibetanos sintiesen que China ya no representaba una amenaza para ellos y que los tratamos con equidad, entonces se resolvería la cuestión del destino de esta región. En tanto al Tíbet, debemos ser cautelosos y pacientes, tomando en consideración el desorden regional del territorio y el poder del lamanismo sobre este». (Acta de la reunión entre Anastás Mikoyán y Mao Zedong, 6 de febrero de 1949)

Pero, finalmente, los revisionistas chinos optaron por liberar al Tíbet de su régimen feudal, sustituyendo en esta lucha a las propias masas tibetanas, con cuya simpatía no contaban en primer lugar, por las bayonetas de su ejército. De nuevo esta decisión fue aprobada y apoyada por la URSS por miedo a una intervención externa:

«Stalin: El Tíbet forma parte de China. Hay que desplegar tropas chinas en la región. Respecto a Burma, deben proceder con cuidado.

Chou Enlai comenta que el gobierno de Burma está escondiendo su verdadero posicionamiento en torno a China, pero que, de hecho, está manteniendo una política antichina, orientándose a favor de los EE.UU. y Gran Bretaña. [Entonces] Chou Enlai explica que las tropas chinas se desplegaron en el Tíbet hace un año y que ahora mismo se encuentran en la frontera con India. La cuestión de si debería haber tropas chinas en el Tíbet es irrelevante. Enfatiza que mantener la comunicación con el Tíbet es complicado. Para poder comunicarse con Lhasa se requieren aviones propulsados por hasta cuatro motores, equipados con tanques de oxígeno y con equipos antihielo. ¿No podría facilitárnoslos la URSS? Los aviones propulsados por dos motores pueden cubrir tres quintas partes del trayecto, pero nada más.

Stalin responde que la URSS puede hacerse cargo de esto». (Minutos de una conversación entre Stalin y Chou En-lai, 3 de septiembre de 1952)

Esta intervención súbita en el Tíbet tuvo, como era de esperar, nefastos resultados. Además, y de nuevo, iba en contra de las anteriores declaraciones soviéticas:

«HOWARD: Esta declaración de usted, ¿significa que la Unión Soviética ha abandonado hasta cierto punto sus planes e intenciones de llevar a cabo la revolución mundial?

STALIN: Nosotros nunca tuvimos tales planes e intenciones.

HOWARD: A mí me parece, míster Stalin, que durante largo tiempo se produjo en el mundo entero otra impresión.

STALIN: Eso es el fruto de un equívoco.

HOWARD: ¿De un equívoco trágico?

STALIN: No, cómico. O, tal vez, tragicómico. Mire usted: nosotros, marxistas, entendemos que la revolución se hará también en los demás países. Pero solo se hará cuando los revolucionarios de esos países lo crean posible o necesario. La exportación de revoluciones es un absurdo. Cada país hace por sí mismo su revolución cuando quiere, y si no quiere no hay revolución. Nuestro país, por ejemplo, quiso hacer la revolución, y la hizo, y ahora construimos la nueva sociedad sin clases. Pero afirmar que nosotros pretendemos hacer la revolución en otros países, inmiscuyéndonos en su vida, es decir lo que no es y lo que nosotros no hemos predicado jamás». (Entrevista al camarada Stalin por Roy Howard, 1936)

Ante los sucesivos levantamientos tibetanos, como el de 1959, los revisionistas chinos se vieron obligados a reconocer que, en el momento de la invasión de 1950, no penetraron en el territorio en auxilio de las fuerzas revolucionarias del mismo, sino que lo hicieron dejándolas completamente de lado:

«Mao Zedong: Nuestro error fue que no desarmamos al Dalai Lama de inmediato. Pero en ese momento no teníamos contacto con las masas populares del Tíbet.

N.S. Jruschov: Ni siquiera ahora tienen contacto con la población del Tíbet.

Mao Zedong: Tenemos una comprensión diferente de este tema». (Discusión entre N.S. Jruschov y Mao Zedong, 2 de octubre de 1959)

¿Cómo se pretendía liberar una zona donde ni siquiera existía un trabajo con las masas previo y de calidad? Este movimiento tuvo más que ver con la criticada teoría trotskista de «exportar la revolución» que con otra cosa, y sus resultados, como era de esperar, fueron nefastos y centrífugos –y cuyo alcance se puede observar hasta día de hoy–. 

Esto, sumado a la falta de tacto y de habilidad de los dirigentes del PCCh, derivó en que gran parte de la población del Tíbet sintiese indiferencia –cuando no hostilidad– hacia los rasgos progresistas de la línea del PCCh de aquel entonces, continuando su afecto hacia las castas feudales y proimperialistas de la zona, como el Dalai Lama. El Tíbet es una espina clavada en la China actual, y los levantamientos que se produjeron tras su ocupación, como el de 1959, son muestra de ello. 

Para Vincent Gouysse acusar de «dominio colonial» de forma indiscriminada al control económico neocolonial de EE.UU. es algo justo, pero no le parece correcto que invadir, ocupar y negar el derecho de autodeterminación prometido por los comunistas merezca tal etiqueta…

«Es deshonesto decir que sobre la cuestión del Tíbet, de Hong Kong y de Taiwán –¿y de Xinjiang?– China emplea el colonialismo. Son territorios chinos arrebatados/codiciados por los imperialistas occidentales». (Vincent Gouysse; Facebook, 6 de noviembre de 2020)

¿Entonces las posesiones francesas sobre África fueron legítimas porque eran «codiciadas por los imperialismos» competidores? Los argumentos, como vemos, son de un nivel excelso –nótese la ironía–. Bajo el manto de esta disposición, todo país tiene un salvoconducto para ocupar otras zonas colindantes, pues todos los imperialismos codician algunos de los territorios limítrofes de sus vecinos. 

Semejante intromisión no es compatible con una política marxista-leninista basada en la autodeterminación de los pueblos. Si se hizo con el pretexto de liberar al pueblo tibetano de caer en las potencias imperialistas o las castas feudales-religiosas, se le habría dado la oportunidad de expresar su decisión de formar parte o no de China, pero esto era imposible bajo una dirección abiertamente chovinista, como la maoísta. 

Huelga decir que, si el Tíbet nunca pudo ejercer su derecho nacional antes, en el momento en que China viró definitivamente hacia los EE.UU., los dirigentes chinos perdieron la excusa de que su ocupación del Tíbet era para «salvarlo de las garras del imperialismo». Lo mismo cabe decir de la fusión religiosa que el PCCh ha promovido y financiado siempre que esto beneficiase a la burguesía revisionista. El PCCh no solo ha actuado como sostén de la religión en su país, sino que también lo ha hecho en el extranjero: 

«El presidente del Comité Nacional de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (CPPCC), Jia Qinglin, dijo el 14 de octubre que China concede importancia al papel positivo de la religión en la promoción de la armonía social y también a papel de los creyentes en la promoción del desarrollo social y económico. Durante una reunión con la delegación de la Liga Mundial Islámica encabezada por Abdullah A. Alturki, Jia Qinglin dijo que China siempre valora el papel principal de los países islámicos. Respeta las particularidades religiosas y culturales de los países islámicos». (French.peopledaily.com; China enfatiza el papel positivo de la religión en la promoción de la armonía social, 2010)

Instando, incluso, a realizar una fusión entre religión y política:

«Se deben realizar esfuerzos activos para incorporar las religiones a la sociedad socialista», dijo el presidente durante un encuentro con miembros de alto rango del Partido Comunista (PCCh) que concluyó este miércoles, según recoge la agencia oficial Xinhua. (...) Xi instó a una «actitud equilibrada» hacia las religiones, teniendo en cuenta, matizó, «sus pros y contras». China sólo aprueba a su Iglesia Patriótica Católica, institución que regula las actividades de esta religión en el país, y no reconoce la autoridad vaticana, aunque a finales de año ofreció a la Santa Sede la posibilidad de revisar conjuntamente el nombramiento de obispos, asunto que mina las relaciones Roma-Pekín». (El Diario.es; Xi dice que las religiones en China deben ser ajenas a influencias foráneas, 20 de mayo de 2015)

Esto es totalmente normal entre los jefes revisionistas, que siempre han censurado o aprobado la religión en favor de sus intereses. Véase la obra de Albania Hoy: «Alianza espiritual y colaboración práctica entre el vaticano y las camarillas revisionistas» de 1975.

¿Cuál es la posición marxista-leninista sobre la religión? Se lo recordaremos a los perros falderos de Pekín:

«El Estado debe desligarse de la religión; las sociedades religiosas no deben estar unidas al Estado. Toda persona debe ser absolutamente libre de profesar la religión que le plazca o no profesar ninguna, esto es, ser atea, como acostumbran a serlo los socialistas. No debe existir ninguna diferencia entre los derechos de los ciudadanos por razones de religión. (...) No debe pagarse subsidio alguno a la Iglesia, ni concederse fondos del Estado a las iglesias ni a las instituciones religiosas. Estas deben ser independientes del Estado, asociaciones voluntarias de ciudadanos feligreses. (...) Nuestro partido es una organización de luchadores conscientes y progresistas por la liberación de la clase obrera. Semejante organización no puede ni debe ser indiferente a la ignorancia y al oscurantismo bajo la forma de creencias religiosas. Nosotros exigimos la total separación de la Iglesia del Estado con objeto de disipar la neblina de la religión con armas pura y únicamente intelectuales, mediante nuestra prensa y la persuasión oral. Uno de los objetivos de nuestra organización. (...) Consiste precisamente en luchar contra todo engaño religioso entre los trabajadores. Para nosotros, la lucha ideológica no es una cuestión privada, sino una cuestión que interesa a todo el partido y a todo el proletariado. (...) Nuestro programa está enteramente basado en la filosofía científica, para ser más exacto materialista. Por consiguiente, al explicar nuestro programa debemos necesariamente explicar las verdaderas raíces históricas y económicas de la religión. Así pues, nuestro programa incluye por fuerza la propaganda del ateísmo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Socialismo y religión, 1905)

Hoy, los dirigentes chinos se ven obligados a afirmar que «los tibetanos son parte integrante de la gran nación china», es decir, dan a entender que los han asimilado, o peor, que nunca los han considerado otra cosa que parte de los hans. Obviamente, para los dirigentes chinos, el budismo del Tíbet no está entre esas influencias religiosas «aceptadas y compatibles con el socialismo de características chinas», ya que se le ha relacionado con el separatismo. Por tanto, las autoridades chinas instan a los órganos religiosos tibetanos a «chinificarse» y aceptar la unidad sin discusión:

«La labor relacionada con el Tíbet debe enfocarse en salvaguardar la unidad nacional y fortalecer la solidaridad étnica, señaló Xi. Debe ofrecerse más educación y orientación para que el público movilice su participación en el combate a las actividades separatistas, y con ello forjar un escudo acorazado para salvaguardar la estabilidad, destacó Xi. Xi enfatizó que el patriotismo debe ser incorporado en todo el proceso de educación en todas las escuelas. Pidió esfuerzos continuos para fortalecer el reconocimiento de la patria grandiosa, la nación china, la cultura china, el PCCh y el socialismo con peculiaridades chinas por parte de las personas de todos los grupos étnicos. El budismo tibetano debe ser orientado para adaptarse a la sociedad socialista y debe desarrollarse en el contexto chino, añadió Xi». (Xinhua; Xi resalta construcción de un nuevo Tíbet moderno y socialista, 2020)

El leninismo no se opone a la fusión entre los pueblos siempre que, claro está, esta sea voluntaria. Este no es el caso. ¿Cuál habría sido la política leninista en este delicado tema? La misma de siempre:

«Si exigimos la libertad de separación para los mongoles, persas, egipcios y para todas las naciones oprimidas y atropelladas sin excepción, no lo hacemos porque estemos por su separación, sino sólo porque estamos por la unión y la fusión libre y voluntaria y no por la unión coercitiva. ¡Esa es la única razón! En tal sentido, la única diferencia entre los campesinos y los obreros mongoles o egipcios y sus equivalentes polacos o finlandeses, es, desde nuestro punto de vista, que los últimos son más evolucionados, políticamente más experimentados que los gran rusos, más preparados económicamente, etc., y, por eso, con seguridad, muy pronto convencerán a sus pueblos que es insensato extender a los obreros socialistas, y a la Rusia socialista, su actual y legítimo odio a los gran rusos por su papel de verdugos. Los convencerán de que el interés económico, el instinto y la conciencia internacionalistas y democráticas exigen la más rápida unión de todas las naciones y su fusión en una sociedad socialista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una caricatura del marxismo y el economicismo imperialista, 1916)

¡Qué lejos está China de la política leninista por mucho que le rindan homenajes!

La cuestión de Hong Kong

El conflicto de China con Hong Kong es otro ejemplo más de un país imperialista oponiéndose a la autodeterminación de los pueblos, como un proceso que pone escollos ante la expoliación de los recursos humanos y naturales del territorio en cuestión por parte de la potencia de turno. Hong Kong tiene una importancia capital para China, pues es el centro de la especulación financiera de toda Asia –y parte del mundo– gracias a su bajo nivel de fiscalidad y protección de datos, reuniendo las características necesarias para convertirse en un verdadero paraíso «offshore».

Desde la Declaración sino-británica de 1985, los británicos prepararon la entrega de Hong Kong a los chinos, ya que finalizaba el tiempo acordado de su mandato colonial sobre el territorio –concesión que, no olvidemos, habían obtenido después de una cruenta guerra imperialista–. Pero ambos gobiernos sabían que el sistema chino no podía absorber sin más Hong Kong sin causar un trauma a la población, por lo que Pekín aceptó el no interferir en su vida social y orden político. Aun así, según el pacto, Hong Kong pertenecería de iure a China como Región Autónoma hasta 2047, momento en el que se consumaría la unión definitiva. A los mandatarios chinos y británicos «no se les pasó por la cabeza» preguntar al pueblo hongkonés su opinión.

En definitiva, este arreglo dio lugar a la conocida política de «Un país, dos sistemas». Curioso lema, sin duda, si tenemos en cuenta que la promoción del sistema capitalista y la colaboración con el capital extranjero ya eran un hecho consolidado en tiempos de Mao Zedong. La aplicación de este sistema mediatizado en la sombra por china se demostró incompatible con inmediatez. Así, los imperialistas chinos se percataban de que todos sus planes les resultarían más fáciles si obtuviesen el control total sobre el territorio, incumpliendo sus promesas, como la del famoso voto universal. La estafa que sufrió el pueblo hongkonés es similar a la que sufrió el pueblo palestino con los Acuerdos de Oslo de 1993. «Mucho ruido y pocas nueces».

Con la imposición del artículo 23 de la Ley fundamental de Hong Kong –su Constitución oficial–, se sancionaba de facto la libre represión de cualquier movimiento que se considerase contrario a los intereses del Gobierno Central –esto es, de Pekín–. En 2003, la reforma de dicho artículo 23 justificaba arbitrariedades de registros policiales que agudizaban la posible represión, algo que indignó a los hongkoneses, concentrando a casi medio millón de ellos en las calles. En 2014 se realizó una reforma electoral que limitaba las candidaturas a las elecciones, algo que, de nuevo, provocó enormes manifestaciones y enfrentamientos con las autoridades:

«La exigencia de los organizadores ha sido muy clara desde el principio: la instauración de un auténtico sistema de sufragio universal por el cual los hongkoneses puedan elegir directamente a sus gobernantes en las elecciones de 2017. Desde que el Reino Unido cedió su antigua colonia a China en 1997 bajo el sistema de «un país, dos sistemas», los candidatos son preseleccionados por el Gobierno chino en Pekín, asegurándose de ese modo que siempre gobierna el enclave un político afín a los intereses del Partido Comunista Chino. (...) Ahora también exigen la dimisión del jefe ejecutivo del territorio, Leung Chun-ying, un personaje cercano a la adinerada oligarquía hongkonesa y a Pekín». (El diario.es; Claves para comprender «la revolución de los paraguas» de Hong Kong, 2 de octubre de 2014)

En 2019, todo estalló de nuevo cuando se propuso otra medida complementaria: la ley sobre la extradición política. Esta ley exponía a los ciudadanos y visitantes de Hong Kong al sistema penal chino, minando la supuesta autonomía del territorio, reconociendo lo que ya era un hecho consumado: que Hong Kong era un protectorado chino. Ante esto, la ciudadanía hongkonesa organizó protestas masivas, pretendiendo evitar su aprobación y exigiendo, además, cinco medidas extra: la liberación de los detenidos en las protestas sin amenaza de ser encausados tiempo después, la renuncia a que las protestas fueran calificadas oficialmente de disturbios, el nombramiento de una comisión independiente para que investigase la violencia desproporcionada de la policía y la aplicación del sufragio universal, todavía pendiente desde 1997. 

Ninguna de las partes cedió, por lo que estos enfrentamientos se volvieron mucho más violentos que los de 2014. Famosos se hicieron los videos de la policía hongkonesa entrando en el metro de Yuen Long, el uso masivo de gases lacrimógenos o los disparos a quemarropa ante los manifestantes, aunque también debemos condenar las grabaciones que demostraban a manifestantes hongkoneses actuando con extrema violencia contra la ciudadanía prochina. 

Los activistas hongkoneses se organizaron, equiparon y desarrollaron estratagemas modernas para enfrentarse con contundencia ante las fuerzas de seguridad, lo que causó impresión en todo el mundo, desatando numerosas y exitosas huelgas que lograron paralizar los vuelos e, incluso, llegaron a asaltar el parlamento, Pekín se vio superado ante tal desafio. El pueblo hongkongés, pese a la enorme represión, obtuvo éxito en su principal demanda, por lo que la Presidenta, Carrie Lam, revocó el proyecto de ley. En las elecciones locales de noviembre de 2019, bajo una participación de casi el 70%, los grupos políticos antichinos solo lograron un 40%, sufriendo una humillante derrota ante el llamado campo pandemocrático, que obtuvo un 57%.

Aprovechando el cansancio de meses de movilizaciones, la falta de liderazgo claro, la euforia de la oposición por las elecciones, y, por encima de todo, la aparición del COVID-19, Carrie Lam contraatacó presentando, en mayo de 2020, la Ley de seguridad, que como era de esperar provocó la reactivación de las movilizaciones antigubernamentales, aunque sin la misma solidez. Pese a todo no parece que el conflicto este por terminar.

Hay que destacar que la policía hongkonesa hizo las veces de cipayos para reprimir a su propio pueblo, pero es obvio que, de no haber sido suficiente, China no habría tenido problema en sacar a relucir su moderno ejército por las calles de la región. El gobierno de Hong Kong de Carrie Lam estaba en la misma tesitura que la Polonia de Jaruzelski en 1981, cuando Brezhnév –hoy interpretado por Xi– le dijo a su siervo: «O haces el trabajo sucio tú, o lo haré yo y será mucho peor». Y raudo, el obediente esclavo obedeció las disposiciones de su amo –creyendo, incluso, estar haciéndole un gran favor al pueblo–. En caso que no se cumplieran estas disposiciones, el gobierno chino advirtió sobre la posibilidad de introducir 10.000 soldados en la ciudad:

«El ejército chino aumenta el tono de las provocaciones. En una entrevista con la televisión estatal, el comandante del Ejército Popular de Liberación adscrito a Hong Kong, Chen Daoxiang, ha advertido a los manifestantes que sus 10.000 soldados están preparados para «salvaguardar» la soberanía china en la región, en pleno repunte de protestas después de la polémica ley de seguridad nacional propuesta por Pekín». (El Confidencial; El Ejército chino advierte: 10.000 soldados están listos para «proteger» Hong Kong, 26 de mayo de 2020)

Todas las protestas de las últimas décadas han dejado en claro al gobierno chino la negativa del pueblo hongkonés a la implementación del sistema político, militar y judicial chino. Este proceso refleja que Hong Kong ha ganado ya suficiente conciencia propia como para que sean escuchadas sus demandas, siendo este derecho de autodeterminación uno de los objetivos de gran parte de las organizaciones protestantes. Como en tantos casos, el separatismo no gana fuerzas por diferencias realmente notables entre «las culturas» de los beligerantes; al contrario, por la intransigencia del gobierno opresor. En este caso, China, como siempre, se opone a este derecho inalienable de los pueblos y se alza como la potencia opresora que es. Para ello ha ilegalizado, desde 2018, el partido independentista, y persigue todo aquello que huela a separatismo en la prensa y en los tribunales. Obviamente, el separatismo será un gran caballo de troya para los competidores de China, como EE.UU., pero no se puede negar, a su vez, que la política caciquil de China reforzará y creará más independentistas día a día. Es la misma política reaccionaria que España ha practicado con Cataluña, y que vemos cuán «grandes resultados» ha proporcionado al gobierno central. Considerar que las protestas han sido simplemente una «provocación externa de los EE.UU.», no solo es ignorar toda la historia reciente de Hong Kong, sino acompañar el discurso de un gobierno fascista como el chino, que gobierna con puño de hierro cualquier disidencia. 

Quien pretenda hacernos creer que las protestas de 2019 en Cataluña, Zimbaue, Haití, Argelia, Honduras, Chile, Colombia, Ecuador, Irán o Irak fueron «provocadas artificialmente desde el exterior» es un profundo desconocedor de las dinámicas a las que se enfrentan estos países por su lógica capitalista:

«La penuria y la inseguridad en que viven las amplias masas trabajadoras, así como la política interior y exterior reaccionaria, antipopular, que siguen los regímenes capitalistas y burgués-revisionistas, vienen aumentando continuamente el descontento de las amplias capas populares. Esta grave situación ha suscitado en estas capas una incontenible indignación que se exterioriza por medio de huelgas, protestas, manifestaciones, choques con los órganos represivos del régimen burgués y revisionista, y en muchos casos a través de verdaderas rebeliones. Las masas populares sienten una creciente hostilidad hacia los regímenes que las subyugan. Los gobiernos de los países imperialistas, capitalistas y revisionistas, hacen todo tipo de promesas y propuestas fraudulentas, esforzándose, también en esta situación de crisis, por acaparar el máximo beneficio, por atenuar el descontento y la indignación de las masas y desviarlas de la revolución. Mientras tanto, los pobres se empobrecen cada vez más, los ricos se enriquecen mucho más, el abismo entre las capas sociales pobres y las ricas, entre los países capitalistas desarrollados y los países poco desarrollados se ahonda sin cesar. (…) La burguesía y las camarillas dominantes se ven obligadas a cambiar más a menudo los caballos de los carros gubernamentales, con el fin de engañar a los trabajadores y hacerles creer que los nuevos serán mejores que los viejos, que los responsables de la crisis y de que ésta prosiga son los anteriores, mientras que los substitutos mejorarán la situación, y otras cosas por el estilo. (...) Al mismo tiempo la burguesía, en los países capitalistas y revisionistas, refuerza sus salvajes armas de represión, el ejército, la policía, los servicios secretos, los órganos judiciales; refuerza el control de su dictadura sobre cualquier movimiento e intento de lucha del proletariado. (...) En todos ellos se han intensificado la opresión y la explotación, todos padecen los males del capitalismo, en las filas de los dirigentes y de las altas capas sociales han estallado rencillas y pugnas por apoderarse del poder y obtener privilegios, en todas partes bulle el descontento y la indignación de las masas populares. Así pues, también en estos países existen grandes posibilidades para la revolución. También en ellos la ley de la revolución actúa igual que en cualquier otro país burgués. (...) Pero todos estos medios políticos y militares no son sino paliativos, incapaces de curar al sistema capitalista-revisionista de la grave enfermedad que padece». (Enver Hoxha; El imperialismo y la revolución, 1978) 

Ahora, con la polémica ley de seguridad nacional de mayo de 2020, cualquier atisbo de autonomía ha sido liquidado en Hong Kong –algo que ha hecho reaccionar a la comunidad internacional, que ha comenzado a reevaluar sus acuerdos con la región autónoma, produciéndose ya enormes pérdidas económicas para ella y el gobierno chino–. 

Javier C. Hernández decía sobre la nueva ley de seguridad:

«Concebida en secreto y aprobada el 30 de junio sin comentarios significativos de autoridades de Hong Kong, la ley establece un vasto aparato de seguridad en el territorio y otorga amplias facultades a Pekín para reprimir una variedad de crímenes políticos, entre ellos el separatismo y la colusión. (...) Es probable que la ley inaugure una nueva era para Hong Kong, dicen los expertos, en la que las libertades civiles queden muy restringidas y la lealtad al partido sea crucial. «Considerándolo todo, esta es una toma de posesión de Hong Kong», dijo Jerome A. Cohen, un profesor de derecho de la Universidad de Nueva York que se especializa en el sistema legal chino. (...) La ley de seguridad, que comprende 66 artículos en más de 7000 palabras, está dirigida directamente a las enérgicas protestas antigubernamentales que han convulsionado a Hong Kong en el último año y prescribe severas penas a las tácticas que los manifestantes suelen utilizar. (...) Bajo la nueva ley, dañar los edificios gubernamentales sería considerado un acto de subversión que amerita cadena perpetua en casos «graves». El sabotaje al transporte sería una actividad terrorista punible con cadena perpetua si perjudica a otras personas o causa destrozos significativos a la propiedad, pública o privada. (...) Los cuatro delitos principales previstos por la ley –separatismo, subversión, terrorismo y colusión con potencias extranjeras– se formulan de manera ambigua y otorgan poder extenso a las autoridades para atacar a activistas que critican al partido, dicen los activistas. (...) Bajo la nueva ley de seguridad, no obstante, Pekín se ha otorgado mucho margen para intervenir en los asuntos legales de Hong Kong, sin el escrutinio de las cortes locales ni los legisladores. La legislación instalará en Hong Kong una gran red de fuerzas de seguridad que le rendirán cuentas a Pekín y que incluye un comité de seguridad nacional en el gobierno de Hong Kong y una oficina de seguridad nacional de funcionarios de la China continental destacados en Hong Kong que manejarán casos bajo el mandato de la ley china. Bajo la legislación, el gobierno central en Pekín puede intervenir en casos de seguridad nacional, especialmente durante crisis o si el caso es calificado como «complejo». La ley abre la puerta a que los acusados en casos importantes comparezcan ante cortes en China continental, donde por lo general se aseguran los veredictos de culpabilidad y las penas son severas. Los juicios que involucren secretos de Estado podrían estar cerrados a los medios y al público. (...) El artículo 38 insinúa que los extranjeros que apoyen la independencia de Hong Kong o hagan llamados a imponer sanciones al gobierno chino podrían ser enjuiciados al ingresar a China continental o a Hong Kong. La ley también dice que los funcionarios de seguridad oficial en Hong Kong «tomarán las medidas necesarias para fortalecer la administración» de las oenegés extranjeras y los medios de comunicación en el territorio. La legislación no ofrece detalles». (The New York Times; ¿En qué consiste la nueva ley de seguridad de Hong Kong?, 1 de julio de 2020)

Esta ley draconiana sobre Hong Kong no tiene nada que envidiar a las Leyes antiterroristas de los países occidentales, ¡esas que tan criticadas son entre los activistas de izquierda prochinos!:

«La aplicación de leyes antiterroristas que bajo lagunas legales se hacen extensibles a organizaciones y militantes no terroristas de todo tipo. (…) Esto es un mecanismo que todas las democracias burguesas o fascismos han aplicado desde sus orígenes bajo distintas denominaciones, como pueden ser leyes contra el bandidaje, contra el robo, contra los pobres, contra las asociaciones ilícitas, contra la sedición, contra la rebelión, siendo que en todos estos casos se guardaban términos ambiguos con los que poder extender esa legalidad a los trabajadores que molestaban por una u otra razón. (...) Aquí se comprueba que estas leyes antiterroristas son realmente ambiguas, se pueden aplicar a cualquier mando que subjetivamente crea que hay sospecha de actividades subversivas y al activarse se tiene derecho a propasarse con la intimidad del investigado y hasta quedarse con los bienes del mismo y su organización si es declarado culpable». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

En el siguiente capítulo analizaremos el ruido de sables entre EE.UU. y China por Taiwan». (Equipo de Bitácora (M-L); La deserción de Vincent Gouysse al socialimperialismo chino; Un ejemplo de cómo la potencia de moda crea ilusiones entre las mentes débiles, 2021)

1 comentario:

«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»