[Publicado originalmente en 2020. Reditado en 2021]
«Tras nuestra lectura de los informes, discursos y otros
documentos hechos públicos de diversas organizaciones respecto a la pandemia
del COVID-19 [coronavirus], bien sean estas más «progresistas» o
«conservadoras», más escoradas a la «izquierda» o a la «derecha», observamos,
una vez más, que gran parte de los políticos, artistas y filósofos, lejos de
alejarse de las corrientes pseudocientíficas, secundan y emiten declaraciones
que terminan por reproducir y dar por buenas una serie de hipótesis «conspiranoicas»
de lo más ridículas, las cuales no solo no aportan claridad al respecto, sino
que acaban sembrando entre la población −más aún si cabe− una mezcla de pánico
y confusión. Bien, lo primero que habría que dejar claro es que las ideas de
esta gente son, por lo general, muy fáciles de desmontar, pues encierran
ingentes cantidades de contradicciones.
El desconfiado y el charlatán comparten el conformismo
agnóstico, a ambos les basta con afirmar que «esto» o «aquello» no debe ser
discutido por su plausibilidad, porque «el ser humano es suficientemente
retorcido» como para hacer esto otro. Pero como dijo Lenin, «háblame de hechos
y no de posibilidades». En cambio, el hombre de ciencia, en lugar de arrojarse
a la especulación enajenada, en lugar de sumarse a la turba de «expertos» que
se dedican a la «opinología», comprobará qué hechos sostienen una teoría −o si
estos existen en absoluto−. Lo contrario es embarcarse en la cavilación estéril
que, tras días de quebraderos de cabeza, culmina en conclusiones carentes de
valor que deben ser arrojadas al contenedor de la especulación. Uno de los
pensadores materialistas más importantes del siglo XIX lo explicaba así:
«Esta incomprensibilidad no te da derecho a
deducir las consecuencias supersticiosas que la teología saca del conocimiento
humano; no te da derecho a fantasear en el campo de las causas naturales,
porque solamente puedes decir: «Yo no puedo explicar la vida desde estos
fenómenos o causas naturales que me son conocidas o desde el modo como ahora me
son conocidas»; y no puedes decir sin pretender haber agotado hasta la última
gota de océano de la naturaleza que la vida no sea totalmente explicable por
medio de la superposición de seres inventados; no te da derecho a hacerte
ilusiones y a engañarte a ti mismo y a los demás con una explicación que nada
explica; no te da derecho a convertir en «no saber» de las causas naturales y
materiales en un «no saber» de dichas causas, a divinizar tu ignorancia, a
personalificarla y objetivizarla en un ser que debería sacarte de encima tu
ignorancia, pero que en realidad no expresa más que la naturaleza de esa
ignorancia tuya, que la ausencia de explicaciones positivas y materiales. (...)
En lugar de ser lo suficientemente honesto y humilde como para decir: «No sé el
motivo, no puedo explicarlo, me faltan datos, los materiales» tú, con ayuda de
la fantasía, conviertes estos defectos, estas negaciones, estas definiciones de
tu cabeza en seres positivos, en seres que son inmateriales. (...) La
ignorancia se conforma con seres inmateriales, incorpóreos, no naturales, pero
su inseparable compañera, la exuberante fantasía, que siempre tiene cosas que
hacer únicamente con seres altísimos y supremos y máximos, eleva inmediatamente
estas pobres producciones de la ignorancia al rango de seres sobremateriales y
sobrenaturales». (Ludwig Feuerbach; La esencia de la religión, 1845)
«Sorprendentemente», en los análisis de este tipo de personas
paranoicas y especulativas siempre concluyen con el escenario más improbable.
Estos señores, a falta de datos concretos que permitan una examinación en
profundidad, eluden por completo los instrumentos esenciales del análisis
lógico como, por ejemplo, la «navaja de Ockham», que indica que: «En igualdad
de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable». El
nominalismo del siglo XIV, el racionalismo de este franciscano, es una
filosofía más avanzada y cercana al método científico que la que acostumbran
estos seres. Pero, como no siempre todo es tan sencillo como parece y esta
formulación lógica no es suficiente −ni mucho menos−, es hora de que empecemos
a entrar en materia.
Comencemos observando algunas de las tesis conspirativas que
se han viralizado en los últimos meses:
«A través de Twitter y Facebook se ha extendido una idea falsa que atribuye el brote de este virus a un complot promovido por el empresario y filántropo Bill Gates, cofundador de Microsoft, y planificado a través de un laboratorio británico. Esta teoría ha sido alentada por integrantes de la comunidad anti-vacunas y el movimiento QAnon, fundado por simpatizantes de Donald Trump que creen que el presidente de Estados Unidos, con la ayuda discreta de las Fuerzas Armadas, se enfrenta a «élites globalistas» que pretenden socavar las esencias del país. El multimillonario George Soros, destacados dirigentes demócratas... y Bill Gates serían algunos de sus miembros destacados, según este movimiento. (...) Finalmente, hay usuarios convencidos de que esta enfermedad ha sido fabricada por grupos farmacéuticos interesados en vender vacunas. Sin embargo, ahora mismo, gracias a que las autoridades chinas están haciendo pública toda la información sobre el brote, cualquier laboratorio del mundo puede trabajar en fabricar una vacuna para comercializarla después». (El día.es; Del complot de Bill Gates a la mano de las farmacéuticas, 31 de enero de 2020)






