[Post publicado originalmente en 2022. Reeditado en 2026]
Aprovechando que el Gobierno de Pedro Sánchez ha galardonado en 2025 al físico Javier Santaolalla con la «Orden Civil Alfonso X El Sabio» por su «labor de divulgación científica», repasaremos cuáles son sus principales «hitos», autor que siempre suele ir arropado por su fiel escudero el filósofo Enric Gel, conformando una dupla de charlatanes que han cogido gran notoriedad.
En esta ocasión asumiremos la tarea de desenmascarar a estos dos señores, con la excusa de abrir la mente del público a nuevas perspectivas, nos ofrecen un festín de lo absurdo. Es por ello por lo que nos interesa comentar la distorsión que se hace de las posiciones filosóficas materialistas respecto a las principales cuestiones del conocimiento.
Los tertulianos, haciendo uso de numerosos subterfugios, recogen, como si fuera algo innovador, la visión de los filósofos empiriomonistas y empiriocriticistas de principios del siglo XX, que afirmaban haber encontrado un camino intermedio entre el materialismo y el idealismo. En mitad de todo esto, traeremos a colación toda una serie de temas relacionados:
a) La relación «objeto-sujeto» en la teoría del conocimiento de los nuevos escépticos;
b) El llamado «instrumentalismo científico» como variante del agnosticismo;
c) ¿No se pueden comprender fenómenos como el «amor» o la «felicidad»?
d) Un nuevo intento de equiparar la ciencia con las «doctrinas de los fantasmas y duendes»
e) ¿Era el hombre promedio del Renacimiento más inquieto, polifacético y culto que el actual?
f) La negación de la realidad espacio-tiempo;
g) Cómo los físicos contemporáneos plantean la posibilidad de los multiversos;
h) Las matemáticas, ¿son una herramienta del ser humano para comprender la naturaleza o existen desde siempre?;
i) ¿De dónde proceden estas ideas tan descabelladas entre los científicos naturalistas?
La relación «objeto-sujeto» en la teoría del conocimiento de los nuevos escépticos
En primer lugar, para el físico Javier Santaolalla, la ciencia tiene un grave problema ya que, según él, el individuo no puede ser objetivo por mucho que lo desee, no puede utilizar las herramientas científicas para estudiarse a sí mismo (sic):
«Javier Santaolalla: Tengo también ciertas dudas con en cuanto a que cada vez que la ciencia se enfrenta a lo subjetivo que es la experiencia humana, patina. (…) Esto es una cosa que no se estudia en la facultad de ciencias y debía estudiarse, jamás podemos ser plenamente objetivos en cuanto a nuestro método de estudio de un sistema del que formamos parte y eso es una limitación muy grande… porque al final somos el observador que está implicado en el método de observar y es imposible no afectar el estado de lo que estamos observando». (The Wild Project #311 - Santaolalla & Enric Gel, 2025)
Interesante aporte −¡si fuese cierto!−, ya que supondría el colapso automático de la sociedad actual, la cual, quiérase o no, depende de adquirir y manejar estos conocimientos. Con estas palabras que citamos, el señor Santaolalla acaba de decretar la imposibilidad para los seres humanos de analizar sus propios actos, autoobservarse, reflexionar y corregir sus planes de vida, tanto a nivel individual como colectivo. En definitiva, avanzar gracias a tener pensamiento consciente y crítico. Por esa regla de tres, la sociología, la historia del arte, la geografía humana y demás, no tienen demasiado que aportar salvo relatos más o menos funcionales en apariencia. Este discurso se acerca peligrosamente al posmodernismo y su concepción de la ciencia. Véase el capítulo de Bitácora (M-L): «Instituciones, ciencia y posmodernismo» (2021).
¿Pero acaso algo de esto es nuevo? En absoluto. En su obra «El problema de la paz desde la perspectiva del positivismo» (1909), el filósofo alemán Joseph Petzold desarrolló la noción de que como «con el tiempo» todo «puede ser reemplazados en cada cosa por otra visible, tangible», por lo que realmente «nunca, ni siquiera con los instrumentos más perfectos» podremos conocer una «sustancia», por ende, sobre «la realidad» nadie «sabe nada». Ya en su momento Plejánov explicó al gran público que la sustancia o materia, si bien no era inmutable, era claramente susceptible de ser analizada.
A su vez, todo el mundo tiene una experiencia personal a la hora de conocer, pero eso no es descubrir nada que no se supiera ya. Las propiedades particulares que reúna el individuo en cuestión hace que pueda −o no− tener talento, paciencia, perspicacia, estar familiarizado con el fenómeno, etcétera−, lo que puede alterar la experiencia vivida por el sujeto y su investigación:
«Es perfectamente natural que este resultado dependa no solo de las propiedades del objeto, no solo de las propiedades de lo conocido, sino también de las propiedades del sujeto que conoce. Sin embargo, esta circunstancia completamente natural no prueba la incognoscibilidad de las cosas». (Georgui Plejánov; El escepticismo en la filosofía, 1911)
Entonces, ¿pero esto elimina la posibilidad de conocer objetivamente lo que se estudia? En absoluto:
«¿Qué significa conocer algo? Significa tener una idea correcta de sus propiedades. Nuestro concepto de sus propiedades siempre se basa en las sensaciones que experimentamos al exponernos a su influencia. El conocimiento, al igual que la sensación, es siempre subjetivo, porque el proceso cognitivo no es otra cosa que el proceso de emergencia de ciertas ideas en el sujeto. Y se requiere una gran ingenuidad filosófica para considerar el descubrimiento de algo que ya está dado en el concepto mismo de conocimiento como un descubrimiento epistemológico de suma importancia. Insistir en que nuestro conocimiento es subjetivo es repetir una simple tautología. La pregunta no es si el conocimiento es subjetivo: eso es obvio. La pregunta es si el conocimiento puede ser verdadero. En otras palabras, ¿pueden las ideas sobre las propiedades de una cosa que surgen en un sujeto corresponder a, es decir, no contradecir, sus propiedades reales? Y esta pregunta no es difícil de responder, recordando que nuestras ideas sobre una cosa se forman a partir de las sensaciones que experimentamos cuando, de una forma u otra, entramos en contacto con ella. (…) La experiencia es el juez, que decide en última instancia si la concepción de las propiedades de un objeto que se ha formado en la mente del sujeto se corresponde con dichas propiedades. Este juez a menudo necesita mucho tiempo para resolver alguna de las innumerables cuestiones de este tipo». (Georgui Plejánov; Idealismo cobarde, 1909)
Pero vayamos más allá. En realidad, el canon científico no pretende partir de un «observador puro» inexistente, sino que construye objetividad a través de un proceso colectivo y social de verificación, de repetición incesante de la puesta en práctica de dichas nociones. Esto no podía ser de otra forma.
«El hombre no puede captar = reflejar = reflectar la naturaleza como un todo, en su integridad, su «totalidad inmediata»; sólo puede acercarse eternamente a ello, creando abstracciones, conceptos, leyes, una imagen científica del mundo, etc., etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Resumen del libro de Hegel «Ciencia de la lógica», 1914)
De hecho, la objeción de Santaolalla adolece de un problema principal: trata de ignorar por completo la esencia misma de la práctica científica; y es que lejos de ser una limitación insuperable, el hecho de que el observador forme parte del sistema es un problema del que la ciencia siempre ha sido consciente en mayor o menor medida desde su nacimiento. Actualmente, su solución se ha abordado con un alto grado de éxito mediante el desarrollo de métodos diseñados específicamente para minimizar, controlar y corregir la subjetividad del científico.
Sin ir más lejos, existen herramientas metodológicas como el doble ciego, en los que ni el investigador ni el sujeto saben quién recibe el tratamiento real y quién el placebo, que evitan que las expectativas individuales influyan en los resultados o que estos se reproduzcan de forma sesgada en experimentos realizados en distintos ámbitos. A ello se suma la revisión por pares, donde no son los autores del estudio sino otros los que someten al escrutinio los hallazgos de la investigación, pudiendo exponer y corregir los sesgos y errores derivados de perspectivas personales, tan temidos por Santaolalla. El hecho de aludir aquí que, con todo, existe la posibilidad de que el investigador o revisor no respete condiciones, instrumentos o datos del proceso es solo una posibilidad. Para ello, el principio de reproducibilidad exige que cualquier experimento u observación pueda ser repetido por investigadores independientes en contextos diferentes. Ergo, si un resultado fuese meramente fruto de la casualidad, interés personal o de un accidente ligado a una serie de observadores particulares, tarde o temprano se desvelaría la estafa.
Estos mecanismos reflejan que el descubrimiento del conocimiento científico en la práctica no es producto de un «observador puro», sino que se intenta hallar colectivamente a través de los métodos de verificación más serios posibles para así acercarse a la realidad. A fin de cuentas, esto supone:
«La coincidencia de lo subjetivo y lo objetivo, la prueba de las ideas subjetivas, el criterio de la verdad objetiva. (…) La actividad práctica del hombre tiene que llevar su conciencia a la repetición de las distintas figuras lógicas, miles de millones de veces, a fin de que esas figuras puedan obtener la significación de axiomas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Resumen del libro de Hegel «Ciencia de la lógica», 1914)
A este último punto, cualquier variante del idealismo subjetivo podría objetar que todas y cada una de las veces que una constatación práctica valida una misma idea, estamos ante innumerables «casualidades». ¡Como si comprobar, indecibles veces, la ley de la gravedad, las leyes de la termodinámica, la penicilina o el electromagnetismo han sido y son «simples experiencias» que nada prueban! Una aseveración de este tipo no puede tomarse en serio, sobre todo mientras no se explique cómo un mismo experimento reproducido hasta la saciedad sigue arrojando los mismos resultados que una teoría predice precisamente por su constatación anterior en la práctica.
«El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento». (Karl Marx; Tesis sobre Feuerbach, 1845)
En conclusión, la ciencia no patina ante lo subjetivo; por el contrario, su propia trayectoria histórica demuestra que la verdad objetiva no se construye al margen de la experiencia subjetiva, sino en una relación dialéctica entre ambas. El conocimiento surge del individuo que se desarrolla y se enfrenta activamente a su entorno −un entorno que le plantea interrogantes constantes− y es en la práctica viva donde somete a prueba sus intuiciones, corrige sus errores y refina sus explicaciones sobre el mundo circundante. Esto en ocasiones se desarrolla −o es posible hacerlo− de forma individual, pero muchas otras necesitan colaborar con sus homólogos −y de nuevo la especialización en el mundo científico es buena prueba de ello−. De hecho, todo el conocimiento anterior, sus conceptos sus herramientas y metodologías ya es un gran trabajo colectivo de la humanidad, por tanto, cabe decir que tampoco hay trabajo individual puro.
Esta simple verdad, por todos conocida, aunque resulte paradójico, era mejor comprendida por un filósofo materialista rudimentario del siglo XIX, como Feuerbach, que muchos de los físicos y filósofos contemporáneos, lo cual ya es triste:
«En el pensar en cuanto tal me encuentro en identidad conmigo mismo, soy señor absoluto, nada allí me contradice, allí soy juez y parte al mismo tiempo, y por consiguiente, allí no hay distinción crítica entre el objeto y mis pensamientos de él. Pero si se trata únicamente del ser de un objeto, entonces no puedo pedir consejo a mí solo, tengo que escuchar testigos distintos de mí. Estos testigos distintos de mí en cuanto pensante son los sentidos. Ser es algo en lo cual participan no sólo yo sino también los otros, y ante todo también el objeto mismo. (…) Sólo por comunicación, sólo de la conversación del hombre con el hombre, se originan las ideas. No uno solo sino uno y otro llegan a los conceptos, a la razón en general. Se requieren dos hombres para la generación del hombre, tanto del hombre espiritual como del hombre físico». (Ludwig Feuerbach; Tesis provisionales para la reforma de la filosofía, 1842)
En resumen, el método científico no es la negación del problema del observador, sino su solución práctica. No es que como sujetos no podamos ser objetivos, sino que la objetividad no es un punto de partida individual, sino un punto de llegada colectivo a través de la contrastación repetida frente una realidad exterior que, en última instancia, se impone a nuestras percepciones e ideas preconcebidas. Esto y nada más que esto es lo que plantea el materialismo dialéctico sobre la posible los prejuicios o la contaminación subjetiva en la ciencia y el proceso de descubrimiento, verificación y acumulación de un conocimiento sobre el mundo que nos rodea. Muy por el contrario, someterse a la mera opinión por el motivo que sea −viralización, ignorancia, derrotismo−, como hacen estos físicos idealistas, no es una prueba de un pensamiento superior, sino de una renuncia como tal al conocimiento de rigor.
Esto no descarta, sino que presupone que, mientras la ciencia opere bajo la lógica del capitalismo, en las instituciones científicas la ciencia se puede reducir, limitar o manipular en pro de la defensa de unos intereses de económicos, favoritismos o lo sea. A su vez, tampoco descarta que el científico no sea falible y se equivoque en sus cálculos o en variables que aún no conoce del todo, pero eso es harina de otro costal. Tales variables que no son baladí −y que en ocasiones son clave para acelerar o detener un descubrimiento científico o su extensión, como ocurre mismamente con las investigaciones sorbe cura de enfermedades− no significa que el estadio de la ciencia alcanzado y sus posibilidades sean tan zafias como nuestros físicos idealistas intentan convencernos, donde pareciera que seguimos en la más absoluta penumbra del conocimiento sobre nuestro entorno. Véase el capítulo de Bitácora (M-L): «El avance de la ciencia en la época capitalista» (2022).
Una gran parte de los estudios de los filósofos idealistas se trata de, cómo no, inventar problemas donde no los hay. Estas «filosofadas» −que tanto desaniman al público no familiarizado con estos temas y finalmente lo hacen odiar estos lares− hacen, por ejemplo, que nos tengamos que obsesionar con lo siguiente:
«Deseo saber qué se siente para un murciélago ser murciélago. Pero si intento imaginarlo, me veo limitado a los recursos de mi propia mente, y éstos son inadecuados para la tarea. No puedo llevarla a cabo imaginando añadidos a mi experiencia actual, ni imaginando ciertos fragmentos sustraídos gradualmente de ella o imaginando alguna combinación de añadidos, sustracciones y modificaciones». (Thomas Nagel; Cómo es ser un murciélago, 1974)
Para él, citando sus palabras anteriores a este párrafo, cualquier explicación más allá de la imaginación sería un «reduccionismo» típico de «alguna variante de materialismo», pero no nos acercaría nada; y eso le preocupa de sobremanera. Pero la explicación materialista no recurre a la imaginación sino a todo el saber acumulado y sus formas de verificación.
Ahora bien, suponemos que para este «genio», según su lógica tan corta de miras, la ciencia natural no puede explicar el comportamiento de los primates, sus lazos de socialización, apareo, etcétera, simplemente porque «no son los nuestros», porque nuestro cerebro «no está en las mismas coordenadas» que el de nuestros amigables parientes lejanos. Pero si esto fuera cierto no sabríamos cuándo y por qué motivo están felices, enfadados o excitados sexualmente, lo cual sí se puede detectar y en gran grado. A su vez, por este mismo planteamiento, en ciencias sociales, no podríamos explicar con «conocimiento de causa» qué lleva al drogodependiente a comportarse erráticamente, saltarse sus principios y decepcionar a sus seres queridos, ya que, según él, solo podemos «asemejarnos» a su experiencia, pero no «sentirlo». Bien, ¿y qué aporta este pesimismo que además no aporta nada a la investigación científica? ¿En qué ayuda a las terapias de rehabilitación? En nada. Estas preocupaciones proporcionan mucho material para la divagación en las cafeterías de bohemios; o pueden ser idóneas para un trabajo mediocre de final de grado de universidad, pero poco más.
Este relativismo a ultranza que comprime la ciencia a poco menos que a un «relato útil» para el día a día pero que en última instancia «nada confirma», es un discurso compartido también por el amigo del señor Santaolalla, el filósofo Enric Gel, conocido por su idealismo extremo y apoyar teorías extravagantes, como más adelante podremos ver. En esta ocasión, apoyándose en el autor visto atrás, Gel opina que el trabajo de Nagel confirma la bancarrota del materialismo como modelo explicativo:
«Enric Gel: Thomas Nagel en el 1974 escribe un artículo que se titula «Cómo es ser un murciélago» sí que es como uno de los artículos que es el pistoletazo de salida para la discusión sobre el problema de la conciencia; también tira por esa línea de si yo consiguiera dar una explicación física de todos los procesos materiales físicos electroquímicos que tiene lugar dentro de un murciélago con eso no voy a estar ni un milímetro más cerca de entender cómo es percibir el mundo a través del sistema perceptivo del murciélago que es tan distinto del nuestro». (The Wild Project #311 - Santaolalla & Enric Gel, 2025)
Entendemos que, para un filósofo creyente, es decir, un teólogo como el señor Gel, la conciencia sea un problema «imposible de resolver», pero como otras tantas cuestiones que hasta hace no mucho se consideraban «misterios inescrutables de Dios», esta no tiene mayor rompecabezas. Con todo, expliquémoslo.
En primer lugar, pongamos el ejemplo de alguien invidente. ¿Huelga decir que una persona ciega tiene más dificultades para conocer el mundo que le rodea que nosotros? ¿Significa esto que su capacidad para conocer el mundo es igual a cero? No. ¿No podemos nosotros, en posesión de todos los sentidos, conocer cómo opera dicha persona, qué sentidos agudiza y cuáles ha perdido? Absolutamente. Cualquiera que investigue un poco encontrará, por ejemplo, que la medicina moderna ha desarrollado toda una gama de artículos a partir de qué necesidades tiene el individuo. En 2006 aparecieron inventos como el teclado para personas invidentes que, gracias al uso del braille, permiten escribir también en cualquier idioma. Pero ni siquiera necesitamos remontarnos a estos casos excepcionales, la invención de la vacuna demostró precisamente que el ser humano es capaz de comprender el origen y el comportamiento de formas de vida minúsculas como los virus y, gracias a ello, combatirlos.
En segundo lugar, ¿cuál es el órgano mejor capacitado para percibir el mundo exterior, tener certezas sobre él e incluso modificarlo radicalmente −con ayuda del resto del cuerpo−? El cerebro, que es quien puede integrar, interpretar y dar sentido a la información captada por los sentidos. De hecho, el ser humano es capaz de utilizar instrumentos anexos a sus propios órganos sensitivos −telescopios, sensores, inteligencia artificial, etcétera− para mejorar la capacidad de captación de información, cosa que de otra manera no podría lograr. Ergo, ni los murciélagos ni cualquiera de sus hermanos roedores han inventado el microscopio o Chat GPT.
En conclusión, si conocemos las condiciones que propician que un murciélago tenga sus sentidos particulares y en qué consisten estos −en este caso, el radar y cómo afecta a su percepción del mundo e interacción con él−, salvo que seamos extraordinariamente estúpidos, nunca sostendremos que «no voy a estar ni un milímetro más cerca de entender cómo es percibir el mundo a través del sistema perceptivo del murciélago» o directamente que «no podemos conocer al murciélago»:
«Se presenta el agnóstico neokantiano y nos dice: «Sí, podremos tal vez percibir exactamente las propiedades de una cosa, pero nunca aprehender la cosa en sí por medio de ningún proceso sensorial o discursivo». Esta «cosa en sí» cae más allá de nuestras posibilidades de conocimiento. A esto, ya hace mucho tiempo, que ha contestado Hegel: desde el momento en que conocemos todas las propiedades de una cosa, conocemos también la cosa misma». (Friedrich Engels; Prefacio a la edición inglesa de la obra «Del socialismo utópico al socialismo científico» (1880), 1892)
En definitiva, lamentamos muchísimo que, para el señor Gel, su sueño de niño de no poder acceder a experimentar in situ el hecho de ser una carpa o un murciélago le quite el sueño, pero no por eso puede declarar que no sabemos nada o casi nada sobre dichos animales, porque es mentira. ¿Es necesario ser la cosa o la persona para comprenderla? No, de otro modo no sabríamos nada salvo de nosotros mismos, y eso nos conduciría al abismo del subjetivismo más extremo.
Si este fatalismo se aplicara a todos aquellos ámbitos de los que depende la vida social, nadie saldría bien parado. Por esa misma regla, para Gel y compañía los docentes jamás podrían encontrar métodos eficaces de enseñanza, pues no serían capaces de adentrarse en la mente de sujetos adolescentes y menos experimentados. La consecuencia sería grotesca: toda la educación, desde sus orígenes, no habría sido más que un fraude sostenido, un esfuerzo inútil y estéril para generaciones enteras.
Llevado al terreno de la teoría social, el argumento conduce al absurdo. Marx y Engels, así como sus continuadores −Plejánov, Lenin, Lafargue, Kautsky−, jamás habrían podido dar un solo paso hacia la constitución del socialismo científico, ya que, por su origen de clase burgués, estarían incapacitados para comprender las condiciones materiales de existencia del proletariado, su psicología o su comportamiento colectivo. En tal caso, la formación de partidos, sindicatos y, en general, del movimiento obrero moderno habría sido sencillamente imposible.
Estas tesis no es que presenten lagunas teóricas: chocan frontalmente con la experiencia cotidiana y con la práctica común. Por fortuna, el electricista no necesita «ser» la corriente eléctrica ni experimentar en primera persona lo que «siente» un electrón para distinguir entre un polo positivo y uno negativo, diagnosticar una avería o restablecer el suministro eléctrico. Le basta con conocer las propiedades objetivas del fenómeno, verificadas empíricamente y sistematizadas científicamente, para intervenir con éxito en la realidad material y no dejar sin luz a media ciudad.
El llamado «instrumentalismo científico» como variante del agnosticismo
Resulta paradójico que, en nombre de la ciencia, se haya terminado defendiendo una de las formas más burdas de renuncia al conocimiento. Sin embargo, esto no debe sorprendernos ya que hay grandes precedentes.
Siempre hubo una gran variedad de físicos de herencia kantiana o positivista que, más allá de su corriente ideológica personal esgrimieron posiciones similares. Por ejemplo, Arthur Eddington en «La filosofía de la ciencia física» (1939) dijo: «Al definir el universo físico los objetos físicos que lo componen, como el tema de una rama particular del conocimiento, y no como cosas que poseen la propiedad de una existencia que no puede definirse, liberamos los fundamentos de la física de la sospecha de contaminación metafísica»; mientras Jean Jeans en su obra «Física y filosofía» (1942) directamente dijo: «El universo objetivo y material consiste simplemente en las construcciones de nuestras propias mentes».
Pero esta tendencia al escepticismo respecto a la objetividad del conocimiento no se limitó a la física. El marxista Paul Lafargue recordó en «El método histórico» (1903) que, ya a finales del siglo XIX, el físico alemán Hermann von Helmholtz manifestó ciertas dudas «si es posible formular una ley histórica que la realidad confirmaría»; mientras el historiador inglés James Froude declaró que los «hechos históricos no proveen la materia de una ciencia, porque ellos «no se repiten jamás y nosotros no podemos esperar el retorno de un hecho para modificar el valor de nuestras conjeturas». De manera análoga razonaron los economistas burgueses cuando afirmaron que no era posible comprender −y, por tanto, controlar− las fuerzas económicas en desarrollo, mientras que otros llegaron incluso a sostener que el modo de producción capitalista, pese a sus limitaciones, es algo natural e inherente al ser humano.
La conclusión implícita de estas posturas fue clara: si los fenómenos sociales, históricos o económicos obedecen a una dinámica espontánea e incluso inevitable, entonces carece de sentido estudiar en profundidad aquello que nace y se desarrolla por pura inercia.
Lenin consideró que este pesimismo relativista se resumía en una especie de:
«Desesperación de que sea posible analizar científicamente lo presente, renuncia a la ciencia, tendencia a desdeñar toda generalización, a esconderse de todas las «leyes» del desarrollo histórico, a ocultar con árboles el bosque: ese es el sentido clasista del escepticismo burgués de moda, de la escolástica inerte y anquilosadora». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Un aniquilamiento más del socialismo, 1914)
Ergo, como veremos a continuación, lo que hoy nos ofrecen nuestros filósofos o físicos contemporáneos, no solo no tiene nada de novedoso, sino que a la hora de la verdad no aporta nada para su propia profesión, salvo una nueva oleada de confusión:
«Enric Gel: Bien, el principal motivo por el que la gente suele creer en el materialismo es porque se piensan que es algo que la ciencia de algún modo ha demostrado. Pero, dice Kastrup, tenemos que darnos cuenta de que la ciencia por sí misma nos dice solamente cómo se comportan las cosas, no qué es lo que son en sí mismas». (Adictos a la filosofía; El Universo es Consciente, y tú, un SUEÑO suyo | El Idealismo» (2025)
Esta visión del mundo de nuestros dos protagonistas, Santaolalla y Gel, se entiende mejor cuando comprobamos que son claros exponentes de la corriente que ellos mismos denominan como «instrumentalismo científico»:
«Enric Gel: Hay una discusión dentro de la filosofía de la ciencia entre lo que se llama el realismo científico y el instrumentalismo científico. La diferencia es básicamente sobre la pregunta de si la ciencia realmente conoce algo real o solamente construye modelos útiles que nos sirven a nosotros para movernos por el mundo pero que realmente no están aprendiendo nada. (...) [Sobre esta última corriente apuntó] No estamos desvelando ninguna verdad natural de la de la realidad natural, lo usamos como herramientas si lo usamos como herramientas para movernos por el mundo, pero que realmente no estamos aprendiendo verdades sobre la naturaleza de las cosas. Volvemos un poco a lo del por qué y el cómo, [aquí, en el «instrumentalismo científico»] estamos en el cómo pero no el por qué». (The Wild Project #311 - Santaolalla & Enric Gel, 2025)
He aquí lo importante. Si el lector indaga y compara −más allá de cierta diferencia terminológica en el contenido de cada discurso− encontrará fácil una conexión directa entre físicos contemporáneos como Javier Santaolalla y filósofos contemporáneos como Enric Gel, ambos de principios del siglo XXI; respecto a físicos como Ernst Mach y filósofos como Richard Avenarius, de principios del siglo XX. En este sentido, basta ver su macabro escepticismo sobre la posibilidad que tiene el hombre de conocer la realidad, su negación de la verdad objetiva, para entender qué opinan sobre todo lo demás −encadenando una teoría descabellada detrás de otra; un cliché detrás de otro−.
En particular, cuando nuestro tándem Santaolla-Gel trata de rescatar las teorías de los «científicos instrumentalistas», estas bien se podrían reducir en la famosa frase de Pierre Duhem: «La única función de una teoría física es resumir y clasificar de manera económica un conjunto de leyes experimentales, sin pretender explicar el porqué de los fenómenos». No es casualidad que Lenin dedicase un apartado en su famosa obra filosófica a comentar esta tendencia idealista en la física:
«En obras [de Pierre Duhem] tales como «La teoría física: su objetivo y estructura, 1906) o los «Conceptos y teorías de la física moderna» (1882) de Stallo, especialmente recomendadas por Mach, demuestran con extraordinaria nitidez que esos idealistas «físicos» atribuyen la mayor importancia precisamente a la demostración de la relatividad de nuestros conocimientos, oscilando, en el fondo, entre el idealismo y el materialismo dialéctico. (…) Se esfuerzan en demostrar el carácter restringido de dicha concepción, la imposibilidad de ver en ella el extremo límite de nuestros conocimientos, el anquilosamiento de muchas nociones en los autores que a ella se atienen. (…) Por no saber dar una justa formulación del relativismo, ruedan desde éste al idealismo. «Una ley física no es, hablando con propiedad, ni verdadera ni falsa, sino aproximada», dice Duhem. Este «sino» encierra ya un germen de falsedad, un comienzo de eliminación de límites entre la teoría científica, que refleja aproximadamente el objeto, es decir, que se aproxima a la verdad objetiva, y una teoría arbitraria, fantástica, puramente convencional, como, por ejemplo, la teoría de la religión o la teoría del juego de ajedrez. Esta falsedad toma en Duhem tales proporciones que este autor llega a calificar de metafísica la cuestión de si corresponde a los fenómenos sensibles la «realidad material»: «Abajo el problema de la realidad; nuestros conceptos y nuestras hipótesis son simples símbolos», construcciones «arbitrarias», etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1909)
Esta postura instrumentalista, como se desprende de lo anterior, no es inocua ni neutral, pese a las apariencias. Si un modelo se juzga únicamente por su «utilidad» y no por su «verdad», se elimina el carácter objetivo de los fenómenos. Al afirmar que la ciencia no descubre verdades sobre la naturaleza, sino que solo construye «modelos útiles», se abre la puerta a que esa utilidad quede subordinada a intereses comerciales, a caprichos personales o incluso a meras especulaciones momentáneas de un físico o su equipo. En suma, una ciencia medida solo por su conveniencia corre el riesgo de convertirse en un conjunto de convenciones arbitrarias, desvinculadas de aquello que pretende explicar y alejadas de la verdad objetiva.
Bajo este criterio, el negacionismo de una petrolera sobre sus emisiones, un estafador que defienda «productos milagrosos» para belleza o las «piedras mágicas» y las «terapias espirituales» de un pequeño negocio de meditación podrían reclamar la misma legitimidad que la medicina, la física de partículas o la bioquímica. Siempre habrá quienes defiendan −comprando voluntades o por ignorancia− su «utilidad», aunque solo aporten prestigio o dinero para los vendedores; y falsas esperanzas para sus consumidores.
Recordemos que Lenin criticó a Mach y Avenarius, quienes redujeron el «conocimiento es una experiencia psíquica biológicamente útil», por pretender separar la práctica de la teoría del conocimiento:
«Para Mach la práctica es una cosa y la teoría del conocimiento es otra completamente distinta; se las puede colocar una al lado de la otra sin que la primera condicione a la segunda. En su última obra, «Conocimiento y error» (1905), dice Mach: «El conocimiento es una experiencia psíquica biológicamente útil». «Sólo el éxito puede distinguir el conocimiento del error». «El concepto es una hipótesis física de trabajo». El conocimiento puede ser biológicamente útil, útil en la práctica del hombre, en la conservación de la vida, en la conservación de la especie, únicamente cuando refleja la verdad objetiva, independiente del hombre. Para el materialista, el «éxito» de la práctica humana demuestra la concordancia de nuestras representaciones con la naturaleza objetiva de las cosas que percibimos. Para el solipsista, el «éxito» es todo aquello que yo necesito en la práctica, la cual puede ser considerada independientemente de la teoría del conocimiento». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1909)
Dicho de otro modo, esta postura del «instrumentalismo científico» nunca es neutra, sino que «abre las puertas al fideísmo» −corriente que pone por encima la fe a la razón− y al clericalismo. Si, según ellos, no existe la verdad objetiva, cualquier creencia puede presentarse como una «forma organizadora de la experiencia» tan válida como cualquier otra, como sostuvo el revisionista Bogdánov, hoy tan rescatado por pseudomarxistas y antimarxistas.
Muy por el contrario, Lenin señaló que la utilidad práctica solo es un criterio de verdad si presupone que nuestras ideas corresponden a una realidad exterior, no independientemente de ello. De lo contrario, se cae en el subjetivismo y peor, en el solipsismo −donde solo existía nuestra conciencia−, por lo que, como él advirtió, bien podríamos terminar aceptando incluso las enseñanzas del catolicismo −o cualquier comunidad new age− como creencias al nivel de las verdades científicas. ¿Se imaginan?
Algunos de los defensores del «instrumentalismo», desde un pragmatismo vergonzante, no juzgan la ignorancia o la superstición como fenómenos positivos o negativos para el desempeño del avance científico, simplemente reconocen su «función» o «utilidad social», incluso consideran que, si una comunidad de feligreses logra ser feliz, aunque sea por poco tiempo, viviendo una mentira, bienvenida sea. A veces, se interesan y coquetean con estos fenómenos, incluso los propones, como ya veremos, para ampliar el catálogo del canon científico contemporáneo. ¿Qué significa esto? Es notable que ignoran los problemas y retroceso que implican a futuro el crecimiento de estas instituciones o creencias −tanto a nivel individual como a nivel colectivo−: la proliferación de negacionistas del cambio climático, gente que no cree en la medicación, conspiranoicos y gurús espirituales de diversa índole.
En suma, el «instrumentalismo» no es una «profundización filosófica» ni una «opción cabal» y «moderada», sino la opción cómoda y pusilánime, la rendición de la razón ante la sofistería; y, en última instancia, la genuflexión ante los intereses reaccionarios. Entiéndase que estos últimos se benefician más que nadie de un mundo donde se inocula a la población la noción de que verdad es algo relativo, donde toda opinión vale. Ello, guste o no, posibilita y refuerza que dentro de las instituciones científicas sea más fácil financiar y validar proyectos regresivos, dado que el poder solo se tiene que justificar a posteriori una rentabilidad en nombre de la «eficacia económica», la «curiosidad investigativa» o la «libre discusión»; llevándose en realidad despidos de gente competente, promoción interesada de corrientes sin sustento real o dilapidación de recursos persiguiendo quimeras.
¿No se pueden comprender fenómenos como el «amor» o la «felicidad»?
«La formación de conceptos −abstractos− y las operaciones con ellos incluye ya idea, la convicción, la conciencia del carácter regido por leyes de la conexión objetiva del mundo. (…) La coincidencia del pensamiento con el objeto es un proceso: el pensamiento (= el hombre) no debe imaginar la verdad en forma de reposo muerto, en forma de un cuadro desnudo −imagen−, pálido −opaco−, sin impulso, sin movimiento, como un genio, como un número, como un pensamiento abstracto». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Resumen del libro de Hegel «Ciencia de la lógica», 1914)
La postura filosófica de nuestros protagonistas llega a puntos verdaderamente cómicos: su escepticismo no acaba aquí, pues para más inri también declaran que una vivencia tan cotidiana, tan estudiada y que ha dado tantas variantes en la cultura como el amor, ¡tampoco puede ser explicado por la ciencia!
«Javier Santaolalla: En cuanto al amor… tú puedes explicar las reacciones químicas, puedes explicar la dopamina, como una serie de combinaciones de neurotransmisores, hormonas, pero intentar explicar la complejidad de una emoción así es reduccionista». (The Wild Project #311 - Santaolalla & Enric Gel, 2025)
Entiéndase que estos exabruptos sobre el concepto de amor son más comunes de lo que parece. Sin embargo, ocurre exactamente igual que con descubrir la perspectiva del murciélago: juegan a que, al estar disertando sobre conceptos abstractos y cambiantes a lo largo de la historia, se debe partir del hecho de que jamás conoceremos la verdad sobre estas cuestiones. El problema es que esta postura conduce a un callejón sin salida epistemológico. Si eso fuera cierto, entonces, lamentablemente, tendremos que eliminar por inútiles ramas científicas −como la psicología y psiquiatría− que se dedican largo y tendido a estudiar cómo se desarrollan las funciones cognitivas del cerebro ante estos fenómenos, así como los estados en los que pueden llegar a encontrarse bajo otras emociones como el deseo o el apego. La realidad es que, al reflexionar sobre el amor, los entrevistados, caen en posturas ya desfasadas, en las que solo podemos conocer una vivencia individual e intransferible. Resulta paradójico que, en nombre de una supuesta defensa de la complejidad humana, se termine negando la validez de los marcos teóricos que precisamente han permitido comprender mejor dicha complejidad.
Curiosamente, esta visión mistificadora del amor no es nueva, y la oímos como no podía ser de otra forma en pensadores contemporáneos de gran fama como Slavoj Žižek. Este pensador esloveno, desde un marco similar −aunque a ratos se reivindica como «marxista»−, insiste en presentar el amor como un fenómeno inexplicable, fuera del alcance de la razón:
«Esa proverbial y aburrida pregunta de una mujer a un hombre: «Dime, ¿por qué me amas?». Es una muy buena pregunta, porque no tiene respuesta. La paradoja es que en el momento en que puedes responderla, por definición, no es amor. (…) Hablando un poco de teología, los teólogos inteligentes son dogmáticos, en el buen sentido marxista. Saben muy bien que si dices: «Creo en Jesucristo porque he estudiado comparativamente todas las religiones y, por Dios, el cristianismo tiene los mejores argumentos», si estuvieras en la Edad Media y alguien afirmara eso, yo diría: «¡Quémalo inmediatamente!». La respuesta cristiana correcta es: sí, hay razones para creer en Cristo, pero para entender esas razones hay que creer. Y es exactamente igual con el amor. Puedes decir por qué estás enamorado de esa mujer, que siempre conoces esos detalles, eh, su linda sonrisa, lo que sea, su risa. Pero esos detalles solo se convierten en motivo de amor cuando estás enamorado». (Slavoj Žižek; Conferencia en la Universidad de Dundee, 2019)
El autor incluso reduce el amor a una cuestión de fe y fanatismo sobre la otra persona amada. Con esta declaración, que es incluso más explícita en su libro «Evento» (2014), Žižek no hace más que reproducir, bajo un ropaje aparentemente erudito, la misma renuncia al conocimiento que caracteriza a Santaolalla y Gel: la idea de que el amor es un misterio inefable, un salto irracional que no puede ser analizado, cuantificado ni comprendido mediante el estudio de sus bases −sean estas neuroquímicas, psicológicas o sociales−. Pero lo que Žižek llama «paradoja» no es más que la negativa a reconocer que el amor, como cualquier otro fenómeno humano, tiene causas y condiciones que pueden ser estudiadas científicamente. No se trata de reducir el amor a una mera suma de neurotransmisores −como caricaturiza Santaolalla−, sino de entender cómo estos se articulan con experiencias, contextos culturales, historias personales y estructuras sociales que, en su conjunto, conforman lo que llamamos «amor».
Aunque el idealismo de los filósofos, físicos y opinólogos intenten hacernos creer que esto es un territorio vedado para la ciencia, el amor es un campo de estudio tan legítimo como cualquier otro. La psicología evolutiva investiga sus bases adaptativas; la neurociencia, sus correlatos cerebrales −dopamina, oxitocina, circuitos de recompensa−; la sociología, sus normas e instituciones sociales −y cómo afectan al colectivo−; y la antropología, sus variaciones culturales entre pueblos históricos. Negar esto en nombre de una supuesta «inexplicabilidad» es, una vez más, rendirse sin luchar.
Pongamos un ejemplo simple, ¿qué hace un enamorado cuando piensa en su amada? Vygotsky en su «Pensamiento y lenguaje» (1934) dijo: «El pensamiento en sí se origina a partir de las motivaciones, es decir, de nuestros deseos y necesidades, nuestros intereses y emociones». ¿Podemos comprender qué siente y qué le lleva a ello? Obvio. Para ello tendremos, que no es poco, averiguar qué desea en ella y por qué −cuál ha sido su noción del amor en el núcleo familiar y cómo ha evolucionado en el tiempo; qué acciones de la amada le despiertan las mejores y peores emociones, etcétera−. ¿Esto es algo inescrutable? En absoluto. Si el lector quiere ejemplos concretos y bien documentos de cómo se ha expresado el amor y en qué diversos contextos de la historia de la humanidad, puede revisar la obra de Engels «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884) o la obra de Arnold Hauser; «Historia social de la literatura y el arte» (1951).
Por desgracia, estamos asistiendo hoy a un espectáculo dantesco, en donde las presuntas «eminencias» del campo intelectual, gente a priori titulada y laureada en las universidades, incluso reconocida a nivel mediático por la prensa −por las razones que sean−, se esfuerzan como nunca por retorcer las verdades más básicas. Muchas de ellas, acostumbradas a vivir del cuento desde hace tiempo, tienden a darle más importancia y complicación a un fenómeno que no tiene mayor misterio; bien por su ego, su carácter pedante y afán de originalidad o simplemente por buscar llamar la atención con teorías polémicas y rocambolescas que atraigan comentarios y visitas.
Así, por ejemplo, encontramos cómo desde los periódicos de tirada nacional, como «La Vanguardia», los pensadores de la Escuela de Gustavo Bueno intentan resignificar el concepto de «felicidad» para darle un toque más profundo:
«La llamada «felicidad» es la mayor deficiencia emocional del ser humano posmoderno. Es propia de gente ociosa: quien trabaja, no tiene tiempo de pensar en ella. Ser feliz consiste en tener salud y en ocuparse de la salud de quienes no la tienen». (La Vanguardia; Jesús G. Maestro y su filosofía viral: «La felicidad no existe; lo que existe es la salud, la libertad y la inteligencia», 2025)
Para Jesús G. Maestro, todo un catedrático, esta postura suya pretende ser un golpe de realidad para el gran público. En cambio, sencillamente es un desprecio de clase hacia la capacidad de reflexión y aspiración de los trabajadores, a los que se considera meros autómatas laborales. Este señor lleva aún más lejos este desdén, patologizando la ideología de la lucha de clases como un consuelo de pobres, un anhelo irracional:
«Los ricos no tienen ideología, tienen dinero. La ideología es la emoción de los pobres. Claro, los pobres viven emocionados, con diferentes ideologías, pero son formas de creer en soluciones que a veces son posibles y otras veces no son posibles. Pero una cosa es lo que uno crea y lo que una piensa, y otra cosa es lo que diga la realidad. Los idealistas niegan la realidad, y es la causa de muchas enfermedades y problemas psicológicos. (…) Básicamente el idealismo es el miedo a la realidad. Y cuando se tiene miedo porque no hay fuerzas, buscamos recursos ideales que traten de sortear esa debilidad que tenemos y nos hacemos una realidad a la carta. Nos imaginamos una realidad distinta de la que hay, pues para poder vivirla». (Jesús G. Maestro; Entrevista en Cadena Cope por Alberto Herrera, 2025)
Según este razonamiento, la burguesía, dueña de la realidad material y el relato oficial, no necesita ideología −olvidando, por supuesto, que su dominio se sostiene sobre la ideología más férrea, hipócrita y violenta−. Por el otro lado, tendríamos al proletariado que, carente de dinero, suple su debilidad material con emociones basadas en ideologías baratas, fruto de su «miedo a la realidad» y falta de autocontrol. Esta falacia reaccionaria es profundamente cínica: justifica la sumisión al statu quo como signo de buena salud mental y estigmatiza la lucha por un mundo mejor como una enfermedad psicológica, como una realidad a la carta o un truco de escapismo de los débiles.
Esto es un mal intento de presentar ciertas reivindicaciones básicas y ulteriores como un capricho del hombre moderno que no aguanta estoicamente el peso de la vida como antaño, ya que con estar medianamente sano física y mentalmente es suficiente. Esto no es de extrañar, ya que hablamos de una escuela filosófica de la patronal como la Escuela de Gustavo Bueno, cuyo maestro dedicó toda una vida a justificar la explotación del hombre por el hombre. Pero, ¿acaso podemos esperar algo medianamente serio de un pensador que en su «Entrevista sobre el siglo XXI» (2024) afirmó con toda seriedad que «todas las filosofías son idealismos puros» y se inventa constantemente conceptos innecesarios la sociedad «posdemocrática»? Véase la obra de Bitácora (M-L): «El gustavobuenismo y sus intentos de blanquear a la reacción y el fascismo» (2021).
En cualquier caso, para Jesús G. Maestro, la persona que trabaja −la cual, quiera o no, debe de pensar casi a cada segundo sobre la tarea que tiene delante y sobre qué hará cuando termine su jornada de trabajo−, en realidad no estaría pensando en ningún momento sobre su felicidad. ¡Lo que leen! Ni cuando vuelve de cumplir su horario laboral y reflexiona sobre lo extenuado que se siente y lo mal que funciona el transporte público; ni cuando está quejándose en la taberna de la arrogancia de su jefe o de la incompetencia de sus compañeros; ni tampoco cuando se lamenta en casa con los miembros de su familia sobre el poco tiempo para verlos; nada. En realidad, según nuestro ilustre pensador, ¡todo un catedrático recuerden!, en ningún momento ese individuo está filosofando sobre la felicidad. ¡Vaya! Al parecer, meditar, ironizar o clamar sobre los clientes que debe aguantar, preocuparse de la falta de guantes o botas de seguridad no te da mayor tranquilidad ni te acerca a tu concepto de felicidad personal. Del mismo modo, según él, exigir un sueldo para llegar a fin de mes o tener vacaciones tampoco tiene relación alguna con la felicidad del sujeto, con esa salud que el señor Jesús G. Maestro define como sinónimo de felicidad. ¡Curioso!
Pero, ¿esto es cierto? No. De hecho, la insatisfacción o la infelicidad se vincula estrechamente a las luchas políticas y económicas desde siempre. ¿Por qué sino ocurren las huelgas? Al final, estas cuestiones que son necesidades intrínsecas del ser humano, su bienestar y prosperidad, para él y los suyos, implica que ante las injusticias que sufre en su día a día desarrolle unas contradicciones que asientan las motivaciones más personales para llevar a cabo incluso un cambio radical en toda regla. Es más, no es de extrañar que la mayoría de los discursos políticos de todo pelaje susciten estas emociones intensas y apelen a cuestiones que atañen a la «felicidad» de forma directa o indirecta.
No nos arriesgamos en afirmar que, si se hiciera una entrevista a cualquier trabajador promedio sobre la felicidad, hablaría en los términos subrayados anteriormente. Sin embargo, para Jesús G. Maestro, que debe de vivir en su atalaya de intelectual desconectado de la realidad, ¡solo piensan en la felicidad los desempleados porque tienen más tiempo libre! O, peor aún ¡solo la clase imperante que no debe preocuparse del trabajar! Pero, insistimos de nuevo, ¿qué vamos a demandar de una escuela de pensadores cuyo fundador, Gustavo Bueno, proclamó que la crisis económica era culpa de los trabajadores por no aceptar cobrar menos? (sic). Véase el capítulo de Bitácora (M-L): «El buenismo como guardián del orden económico capitalista» (2021).
«Los empiriocriticistas, pues, son en realidad subjetivistas y agnósticos, ya que no tienen suficiente confianza en el testimonio de nuestros órganos de los sentidos y aplican el sensualismo con inconsecuencia. No reconocen la realidad objetiva, independiente del hombre, como origen de nuestras sensaciones. No ven en las sensaciones la reproducción fiel de esta realidad objetiva, llegando a la contradicción directa con las ciencias naturales y abriendo las puertas al fideísmo. (…) Para el materialista nuestras sensaciones son las imágenes de la única y última realidad objetiva −última, no en el sentido de que está ya conocida en su totalidad, sino en el sentido de que no hay ni puede haber otra realidad además de ella−. Este punto de vista cierra las puertas definitivamente no sólo a todo fideísmo, sino también a la escolástica profesoral, que, no viendo la realidad objetiva como el origen de nuestras sensaciones, «deduce» tras laboriosas construcciones verbales el concepto de lo objetivo como algo que tiene una significación universal está socialmente organizado, etc., etc., sin poder y, a menudo, sin querer distinguir la verdad objetiva de la doctrina sobre los fantasmas y duendes». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1909)
Anteriormente ya hemos podido constatar hasta qué punto le irritaba a Lenin toda esta «escolástica profesoral», les suena familiar, ¿verdad? Del mismo modo proceden hoy Gel y Santaolalla. Estos, al no reconocer la realidad objetiva como el origen de nuestras sensaciones, «deducen», tras laboriosas construcciones verbales el concepto de lo «objetivo» como algo que simplemente tiene una «significación universal», que está «socialmente organizado», etc., sin poder −y, a menudo, querer− distinguir la verdad objetiva de la doctrina sobre los fantasmas y duendes».
Cómo los físicos contemporáneos plantean la posibilidad de los multiversos
Por desgracia, hoy existen varios ejemplos respecto a esta preocupante falta de sentido del ridículo entre los profesionales de las ciencias naturales. En esta línea, el lector puede seguir las publicaciones de físicos como Javier Santaolalla −y su canal «Date un Vlog»− o José Luis Crespo −este último más conocido por su apodo, «QuantumFracture»−. Los dos se presentan abiertamente ante el mundo como «divulgadores científicos» y gracias a su estilo «millennial» −es decir, un reduccionismo extremo del conocimiento combinado con una infantilización en las formas de la comunicación− han logrado captar el interés de la prensa, televisión, radio y otros medios alternativos. Prueba de su éxito reciente son también sus canales personales de YouTube, en pleno 2025 ya alcanzan cifras de 4,58 y 3,92 millones de subscriptores respectivamente.
Y bien, ¿a qué se dedican exactamente? Estos caballeros no tienen problemas en refutar los canales de ufología, reptilianos, homeopatía y conspiranoicos varios, como «Mundo desconocido» −y otros fraudes tan comunes hoy día en la era digital−, es decir, aquellos grupos o personas que ponen en tela de juicio la ciencia y su utilidad. Pero… ¿qué nos ofrecen ellos como material «riguroso» y de «calidad»? Cualquiera que se haya revisado sus entrevistas en medios oficiales −RTVE− o extraoficiales −«The Wild Project»− será consciente de la cantidad de especulaciones por minuto que exponen −bien sea por inocencia o para arañar seguidores, quién sabe−.
Javier Santaolalla en su vídeo «Hoy sí que vas a entender el multiverso» (2021) aseguró que la existencia de siete multiversos «no es ninguna locura» y que «de hecho, según los datos actuales apuntan» a que vivimos en «un multiverso». Nos habla de una realidad física «más amplia» fuera de nuestro universo, de «nuestro espacio y tiempo donde vivimos». Sin embargo, a continuación, se desdice aclarando que «sigue sin entenderse bien qué es el multiverso»; pero «podría ser real» y plantea la existencia de «otros yo en el universo» (sic), donde, atentos, podríamos ser «cantantes» o donde «podríamos haber conocido por fin al amor de nuestra vida». Pero, ¿sabe el lector por qué no se puede verificar esta teoría tan propia de una obra de ciencia ficción? Porque su propio seguidor sostiene que dichos multiversos «no interactúan entre sí», por lo que nunca tendríamos constancia de si nuestro otro «yo» alcanzó el estrellato en su carrera musical o encontró a su Julieta −¡qué pena!−.
Entiéndase que estos desatinos no son tan novedosos como pudiera parecer y responden a una tradición en la forma de pensar y expresarse de los científicos naturalistas. Véase, por ejemplo, cómo en el siglo XIX, John William Draper (1811-1882), conocido por su amplia gama de conocimientos como físico, químico, fotógrafo e historiador, planteó lo siguiente:
«La pluralidad de los mundos dentro del espacio infinito lleva a la concepción de una sucesión de mundos en el espacio infinito. Este universo existente, con todos sus esplendores, tuvo un principio, y tendrá un fin; tuvo sus predecesores y tendrá sus sucesores; pero su marcha a través de todas sus transformaciones está bajo el control de leyes tan inmutables como el destino». (John William Draper; Historia del desarrollo intelectual de Europa, 1861)
Todo esto, si bien no era reconocer la existencia de los famosos «multiversos» tal y como se conciben hoy, sí parecía describir el discurrir de todo bajo un corte teológico donde se esconde algún «fin» o «destino» oculto para el entendimiento humano, justo la misma carta que utilizan hoy los físicos actuales para que se acepten sus arriesgadas proposiciones.
De hecho, Engels en su «Dialéctica de la naturaleza» (1883), obra que a más de uno le vendría bien repasar, anotó dos aspectos muy importantes a este respecto. El primero, era cómo: «Los naturalistas consideran siempre el movimiento como algo evidentemente igual al movimiento mecánico»; el segundo aspecto era que: «La forma de la universalidad en la naturaleza es la ley, y nadie habla tanto como los naturalistas del carácter eterno de las leyes naturales», sin embargo, «las leyes naturales eternas van convirtiéndose cada vez más en leyes históricas» debido a que «toda nuestra física, nuestra química y nuestra biología oficiales son exclusivamente geocéntricas, sólo están calculadas para la tierra» y sus condiciones específicas −de oxígeno, nitrógeno, inclinación del eje terráqueo respecto al Sol, etcétera−.
En síntesis, este caballero, el señor Draper, autor de grandes hitos en la ciencia −como la primera fotografía detallada de la luna en 1840−, no cesó nunca de sazonar a la ciencia de un contenido claramente místico, especulativo y religioso. Ahora verá el lector a qué nos referimos. En cualquier caso, ha de aceptarse que muchos de sus comentarios y formas de expresarse puedan parecer altamente discordantes con el pensamiento científico actual, algo que responde a que esta y otras obras se escribieron en un contexto de creencias y lenguajes determinados que han evolucionado con el tiempo. Esto se refleja mismamente en su pensamiento sobre el recorrido histórico de las naciones, el cual, según él, no podían degenerar, puesto que «su curso absoluto nunca puede ser retrógrado; siempre es hacia adelante», lo cual es lo más antidialéctico que uno puede leer. El señor Draper incluso arengó a sus lectores a que se replanteasen su ética en base a religiones foráneas, ya que, según él, en: «El Corán abundan excelentes sugerencias y preceptos morales». Y así podríamos seguir con citas que desconcertarían al lector contemporáneo.
Las matemáticas como herramienta para la especulación y la negación de la realidad espacio-tiempo
Gel, en la otra entrevista reciente del mismo medio, demostró la misma adhesión a estas barbaridades de carácter escéptico, las cuales vienen a poner en duda la realidad y nuestra capacidad de conocerla:
«Enric Gel: Una pregunta que creo que no la puedes responder abordándola desde el método matemático empírico es por qué funciona ese método… que algo tan abstracto como las matemáticas nos permiten entender algo tan concreto como la realidad física; o sea cómo es que hay esa adecuación». (The Wild Project #311 - Santaolalla & Enric Gel, 2025)
Resulta curioso que el entrevistador, Jordi Wild, a priori mucho más limitado en sus concepciones y conocimientos, sea capaz de reflexionar correctamente que herramientas como el lenguaje matemático, que nos ayudan a comprender la naturaleza, sean creación del propio ser humano y no entidades atemporales de origen «no humano»:
«Jordi Wild: Las matemáticas son un invento humano, eso es indudable.
Enric Gel: Bueno… no es indudable.
Jordi Wild: ¿No? Quien inventa al final el álgebra, el cálculo, son los humanos. No son las jirafas. (…) Las matemáticas son un invento humano para explicar ciertas cosas y funcionan de maravilla. (…) El método científico no deja de ser un invento humano que puede explicar una realidad externa completamente». (The Wild Project #311 - Santaolalla & Enric Gel, 2025)
Por el contra, nuestro filósofo, Enric Gel, a priori mucho más ducho, le increpa para responderle con la idea de que las matemáticas no son un reflejo de la naturaleza, sino que, los números, poco menos que existen eternamente, como el «mundo de las ideas» de Platón:
«Enric Gel: ¿Pero [el ser humano] se los está inventando [los números] o los está descubriendo? Es un gran debate en la filosofía de las matemáticas». (The Wild Project #311 - Santaolalla & Enric Gel, 2025)
Por otro lado, el físico Santaolalla, sin aparente razón, intervino para rescatar el pensamiento religioso manifestado por el astrónomo y matemático alemán Johannes Kepler (1571-1630) en su «Mysterium Cosmographicum» (1596), es decir, la idea de que «Dios es un gran geómetra», la cual no fue precisamente lo que le ayudó a descubrir sus «tres leyes del movimiento planetario»:
«Javier Santaolalla: Kepler realizó una teoría muy bonita de sentido platónico-pitagórico de cómo había un orden matemático y Dios era un matemático y nosotros estamos recibiendo lo que él sentía, que sentía una epifanía, una revelación». (The Wild Project #311 - Santaolalla & Enric Gel, 2025)
Sin embargo, ¿cómo se deben comprender las matemáticas? Engels en su famosa obra «Anti-Dühring» (1878), dedicada precisamente a un charlatán de tres al cuarto, dejó claro, para empezar, que: «Los conceptos de número y figura no han sido tomados sino del mundo real». ¿Cómo explicó tal cosa? «Los diez dedos con los cuales los hombres han aprendido a contar, a realizar la primera operación aritmética, no son ni mucho menos una libre creación del entendimiento», ya que «para contar hacen falta no sólo objetos contables, enumerables, sino también la capacidad de prescindir, al considerar esos objetos, de todas sus demás cualidades que no sean el número, y esta capacidad es resultado de una larga evolución histórica y de experiencia». Para que tal cosa sucediese «tenía que haber cosas que tuvieran figura y cuyas figuras fueran comparadas, antes de que se pudiera llegar al concepto de figura».
Es más, Engels recalcó que: «Tampoco la aparente derivación de las magnitudes matemáticas unas de otras, prueba su origen apriórico, sino sólo su conexión racional». A diferencia de las especulaciones de los físicos y filósofos que estamos leyendo, en Engels hay una explicación que integra correctamente el desarrollo histórico, la necesidad material y la experiencia humana. De una forma brillante explicó cómo «antes de que se llegara a la idea de derivar la forma de un cilindro de la revolución de un rectángulo alrededor de uno de sus lados ha habido que estudiar gran número de rectángulos y cilindros reales, aunque de forma muy imperfecta»; por ende, «como todas las demás ciencias, la matemática ha nacido de las necesidades de los hombres: de la medición de tierras y capacidades de los recipientes, de la medición del tiempo y de la mecánica».
La paradoja del cerebro de Boltzmann
En otra entrevista en el mismo canal, «The Wild Project #50 ft Javi Santaolalla & QuantumFracture» (2021), este último, José Luís Crespo, aseguraba que Boltzmann ya adelantó que existe la posibilidad de que: «Hace un segundo esto era espacio vacío lleno de partículas vacías» y «nos ha formado a todos nosotros, nos ha colocado el cerebro de modo de que tenemos recuerdo, tenemos familia, tenemos pasado», pero «no es real», es una «ilusión» −¡qué inquietante!−. Asimismo, existiría otra variante de esta «hipótesis» la cual consiste en la idea de que hubo en su momento un cerebro primigenio que se creó en el universo y está «engarzado de tal forma correcta que cree que vive una realidad física», una curiosa simulación creada por una feliz o desgraciada «coincidencia» −¡vaya!−. Venga caballeros, ¿alguien da más? ¿Reencarnaciones, viajes astrales, horóscopo, psicoanálisis, alquimia?
Cabe señalar que la justificación que suelen aludir para exponer estas ideas estrafalarias es la de la «posibilidad» de que se produzca un hecho insólito de este calibre. Acuden a la absolutización e independencia metafísica del concepto de «posibilidad» para plantear que, realmente existe algún porcentaje −bajo, aducen ellos, por si acaso− de que la materia se organice espontáneamente de esas formas remotas. En vídeos como «El Cristal que se Alimenta de Entropía | ¿Qué es la Entropía?» (2020), el señor Crespo nos intenta vender la idea de que realmente un cubito de hielo derretido podría, por «pura posibilidad», volver a formarse «dado que está entre sus posibilidades como sistema material», parafraseándolo.
En realidad, este uso de la categoría «posibilidad» es un abuso ilegítimo, propio de quienes quieren captar más público que exponer una concepción científica de aquel término. Como se nos señala en el «Diccionario Filosófico Marxista» (1940) de Mark Rosental y Pavel Yudin, la posibilidad es «lo que no es todavía una realidad y que puede llegar a serlo existiendo determinadas condiciones»; destaquemos «existiendo determinadas condiciones», es decir, que no todo vale. En consecuencia, no, ni es remotamente posible que un cerebro haya sido creado «azarosamente» en el origen del universo y éste sea el que cree que vive en una realidad física ni un charco de agua a temperatura ambiente volverá a ser un cubito por «posibilidad». Ambos fenómenos exigen unas condiciones concretas para producirse −siendo la hipótesis del cerebro directamente una fantasía que ni en las mejores disposiciones materiales resulta un escenario mínimamente posible−. Este es el resultado de dos cosas independientes o combinadas: ignorancia filosófica y/o ansia de fama a cualquier coste.
Con todas las posibilidades que tienen estos físicos españoles de popularizar ante el público no versado los descubrimientos de la física moderna, resulta que estos «divulgadores científicos» −obviando exponer a unos cuantos más, como el infame CdeCiencia, adalid descarado del oscurantismo en la ciencia−, son invitados a programas y canales de máxima audiencia −como la televisión pública y canales de YouTube que adoran los más jóvenes−. ¿Y qué hacen con tal posibilidad para expandir su «mensaje científico»? Prefieren dedicarse a rescatar una gran bobada de un físico del siglo XIX: la paradoja del cerebro de Boltzmann. Esta «hipótesis» del físico austriaco Ludwig Boltzmann (1844-1906) reducía toda la realidad a una «simulación». ¿Cuántas teorías no habremos visto ya de que, en verdad, aquello que llamamos «realidad» es, según los idealistas, algo segregado o formulado mágicamente por nuestra mente? ¿Y todo para hacernos el favor de no volvernos locos, para no corroborar que solo existimos nosotros y otras tonterías del estilo? No pocos físicos han intentado rescatar esta hipótesis; ¿comprobándola? ¡No! Sobrescribiendo sobre la hipótesis inicial de que esta quizás hipotéticamente sea cierta. ¡Gracias por el aporte, chicos!
Por si el lector no lo sabe, Ludwig Boltzmann fue descrito por Lenin en su «Materialismo y empiriocriticismo» (1909) como un científico naturalista que profesaba un materialismo «vergonzante», es decir, alguien que temía reconocerse como tal dentro del materialismo filosófico, y que, si bien había combatido las nociones físicas y pretensiones filosóficas idealistas, tampoco declaraba estar en contra de la existencia de Dios, entre otras contradicciones. En concreto, es especialmente resaltable la importancia que tuvo Boltzmann en la física estadística al defender la existencia de los átomos frente a los negacionistas como Mach, Ostwald y otros; así como en su interpretación de la entropía. Sin embargo, Wilhelm Ostwald, tiempo después del suicidio del físico austríaco, reconoció el trabajo de Boltzmann:
«A todos nosotros nos ha sobrepasado con su ciencia en perspicacia y claridad». (Wilhelm Ostwald; Grosse Manner, 1909)
Aun con todo, algunas de sus hipótesis de 1896, como la de la famosa paradoja del cerebro de Boltzmann, no se distanciaban demasiado de la de sus adversarios idealistas, quienes negaban la realidad o la importancia de cómo verificar esta. En primer lugar, para el «empiriocriticista» Ernst Mach:
«No tiene sentido alguno desde el punto de vista científico la cuestión frecuentemente discutida de si existe realmente el mundo o no es más que un sueño nuestro». (Ernst Mach; Análisis de las sensaciones, 1886)
Ante lo cual Lenin anotó que: «Este autor, como el último de los sofistas, confunde el estudio histórico-científico y psicológico de los errores humanos, de toda clase de «sueños absurdos» de la humanidad, tales como la creencia en duendes, fantasmas, etc., con la distinción gnoseológica de lo verdadero y de lo «absurdo». ¿Por qué estas teorías hacen aguas por todos lados? Porque, como ya se ha dicho, las más de las veces sus progenitores no tienen pretensión de probar nada, sino de vivir del cuento y presumir de «revisiones» y «descubrimientos» −y arrastrar a una legión de crédulos a su paso−: «Para Mach la práctica es una cosa y la teoría del conocimiento es otra completamente distinta; se las puede colocar una al lado de la otra sin que la primera condicione a la segunda».
Por otro lado, el físico alemán Hermann von Helmholtz (1821-1894), descrito por Lenin como un «kantiano inconsecuente», habló todavía en un sentido aún más pragmático en torno a la teoría del conocimiento:
«Yo creo, pues, que no tiene ningún sentido hablar de la veracidad de nuestras representaciones de otra forma que no sea en el sentido de una verdad práctica. ¡Las representaciones que nos formamos de las cosas no pueden ser más que símbolos, signos naturales dados a los objetos, signos de los que aprendemos a servirnos para regular nuestros movimientos y nuestras acciones!». (Víctor Heyfelder; La noción de la experiencia según Helmholtz, 1897)
Ante esto, el revolucionario ruso concluyó, como no podía ser de otra forma: «Helmholtz resbala aquí hacia el subjetivismo, hacia la negación de la realidad objetiva y de la verdad objetiva. Y llega a un flagrante error cuando termina el párrafo con estas palabras: «La idea y el objeto representado por ella son dos cosas que pertenecen, evidentemente, a dos mundos diferentes por completo». Tan sólo los kantianos separan así la idea y la realidad, la conciencia y la naturaleza».
Tampoco hay que olvidar que, desde este enfoque fanáticamente pragmático, algunos físicos idealistas, como el austriaco Erwin Schrödinger, en obras como «¿Qué es la vida? El aspecto físico de la célula viva» (1944) llegaron al punto de sostener que el origen de la vida se debió a la voluntad de Dios, siendo criticado por el biólogo soviético Aleksandr Oparin en su «El origen de la vida» (1955), o −como hizo él en sus conferencias en la Universidad de Cambridge de 1952−, que la arqueología o la historia de la música eran para él «inútiles para la práctica». ¿Cuál es la posición del marxismo aquí? El soviético E. Kolman protestó en su obra «Hacia dónde lleva el subjetivismo a los físicos» (1953), considerando tales comentarios de Schrödinger como profundamente ignorantes y resaltando que todo hombre progresista debe de considerar, que si bien «estamos en contra del empirismo vulgar, que quiere convertir la ciencia en un almacén de hechos desnudos, sin generalizar teorías», tampoco podemos aceptar el «pragmatismo, que reemplaza la proposición correcta el conocimiento de la verdad es útil» por el principio reaccionario y subjetivista de «sólo lo que es útil es verdadero». En este sentido, Kolman se esforzaba por subrayar que: «Una teoría verdaderamente científica que no encuentra aplicación práctica hoy puede resultar extremadamente importante para la práctica en el futuro, como ha sucedido repetidamente en la historia de la ciencia».
En resumidas cuentas, todo esto que hoy Javier Santaolalla y Cía. rescatan viene a confirmar que, como adelantó Engels, los científicos naturalistas gustan de recoger debates y concepciones que hace largo tiempo vienen presentándose en el campo de la filosofía, en este caso, de la peor estirpe:
«No pocas veces, vemos a los naturalistas teorizantes sostener como flamantes teorías, que incluso llegan a imponerse como teorías de moda durante algún tiempo, doctrinas que la filosofía viene profesando desde hace siglos y que, en no pocos casos, han sido ya filosóficamente desechadas». (Friedrich Engels; Dialéctica de la naturaleza, 1883)
Cabe destacar, llegados a este punto, que uno de los peligros más importantes de estas elucubraciones no procede tanto últimamente de lo que acontece en los círculos académicos, sino de científicos o aficionados que buscan un impacto fuera de estos. Las teorías de Santaolalla y físicos similares no están fomentando precisamente el pensamiento crítico, sino alimentando un escepticismo acuciante y una actitud derrotista ante la capacidad de transformar el mundo: qué más da lo que haga si todo es ilusorio, si todo puede ser verdadero −la ciencia, la creencia mágica en los números, el destino o lo que se tercie−. Este mensaje, reforzado por el prestigio de un físico titulado y junto a un lenguaje atractivo en las redes sociales, cala profundamente en una generación que enfrenta crisis e incertidumbres reales −económicas, ecológicas, sociales−. En lugar de dotar a la población con las herramientas necesarias y la confianza en la razón científica, se les ofrece un menú intoxicante de relativismo y misterios irresolubles que, en última instancia, desarma la lucha por un mundo mejor. Cualquiera que se aventure a abordar estos temas, sea un profesional o un aficionado, se topará, con los innumerables hilos que conectan con la ideología de la clase dominante, que en según qué cuestiones tiene un interés en que se perciba la realidad como incomprensible, inmutable o como una mera perspectiva personal. Por ello, el idealismo bajo el capitalismo cumple un papel social muy importante, ya sea bajo círculos oficiales o extraoficiales, porque anima como nadie a la proliferación de discusiones bizantinas y bajo reglas propias, siendo para el sistema un gran candando ideológico para sostener el status quo.
¿De dónde proceden estas ideas tan descabelladas entre los científicos naturalistas?
Las concepciones que hoy reproducen algunos divulgadores, tanto en ciencias sociales como como en ciencias naturales, no son fruto del azar ni de un pensamiento realmente innovador, sino que forman parte de una corriente que, desde hace décadas. Una de sus fuentes más influyentes puede hallarse en ciertas lecturas filosóficas de la mecánica cuántica, particularmente en la interpretación de Copenhague, donde la relación entre observador y fenómeno adquirió un tono abiertamente subjetivista, siendo a día de hoy es la interpretación oficial en la comunidad científica.
Tal y como se advierte en la tesis doctoral de David Rodrigo García Colín Carrillo:
«La cuántica [para la interpretación oficial, Copenhague] no se refiere a la naturaleza, sino a nuestros conocimientos de la naturaleza. La ciencia, según esta escuela, no afirma nada sobre la realidad objetiva puesto que la observación es modificación y, por tanto, la ciencia no trata sobre «la cosa en sí», sino frases sobre los aparatos utilizados y, en última instancia, sobre fenómenos subjetivos, los fenómenos llamados «objetivos» sólo se materializan al ser observados. Estas consideraciones llevan a Bohr a decir que es falso creer que la meta de la física es descubrir cómo es la naturaleza, pues, en verdad, sólo se ocupa de lo que podemos decir acerca de ésta, dudando así que la realidad de la naturaleza sea conocible. La palabra «realidad», dice Bohr, es una palabra que hay que aprender a usar correctamente. La descripción de la naturaleza que hace la física no es, para Bohr, un reconocimiento de la realidad del fenómeno, sino una descripción de las relaciones entre diferentes aspectos de nuestra experiencia». (David Rodrigo García Colín Carrillo; Materialismo dialéctico y ciencia. Teoría del caos, Relatividad y Mecánica Cuántica, 2005)
Esta observación deja claro que la creencia, hoy muy popular, de que la realidad existe solo cuando es observada, no es una conclusión derivada de los datos o experimentos científicos, sino el resultado de una interpretación filosófica concreta −el idealismo subjetivo en general y la interpretación de Copenhague en particular−. Al colocar al observador como elemento central que define lo «objetivo», esta postura filosófica allana el terreno para todo tipo de interpretaciones falsas sobre la naturaleza de la realidad, en las que el sujeto cognoscente −quien estudia el fenómeno cuántico, por ejemplo− es el que crea o constituye lo real.
En este sentido, las afirmaciones de Santaolalla y otros «científicos naturalistas» constituyen la versión divulgativa de esa deriva, donde el lenguaje de la física se mezcla con preceptos del idealismo filosófico antiquísimos. De hecho, gran parte de las teorías de los físicos actuales no tienen nada que envidiar a las peores especulaciones y afirmaciones rocambolescas de las de sus predecesores:
«Los naturalistas creen liberarse de la filosofía simplemente por ignorarla o hablar mal de ella. Pero, como no pueden lograr nada sin pensar y para pensar hace falta recurrir a las determinaciones del pensamiento y toman estas categorías, sin darse cuenta de ello, de la conciencia usual de las llamadas gentes cultas, dominada por los residuos de filosofías desde hace largo tiempo olvidadas, del poquito de filosofía obligatoriamente aprendido en la universidad −y que, además de ser puramente fragmentario, constituye un revoltijo de ideas de gentes de las más diversas escuelas y, además, en la mayoría de los casos, de las más malas−, o de la lectura, ayuna de todo crítica y de todo plan sistemático, de obra filosófica de todas clases, resulta que no por ello dejan de hallarse bajo el vasallaje de la filosofía, pero, desgraciadamente, en la mayor parte de los casos, de la peor de todas, y quienes más insultan a la filosofía son esclavos precisamente de los peores residuos vulgarizados de la peor de las filosofías». (Friedrich Engels; Dialéctica de la naturaleza, 1883)
Ligándolo con este último punto, el de las desventuras y especulaciones de los científicos naturalistas, hay que aclarar que estas no han sido ni son tan extrañas pese al manto de seriedad y rigor con el que se cubren. Sin ir más lejos, entre la comunidad científica muchas veces se ha coqueteado con algunas teorías idealistas y metafísicas en un desesperado intento de encontrarle explicación a un fenómeno aún desconocido o simplemente inaceptable. Frecuentemente los descubrimientos científicos más trascendentales no consisten en encontrarle explicación a «X» o «Y» fenómeno, sino en descubrirlo en primer lugar; quedando el carácter de este y todas las preguntas que le rodean como una incógnita −que más tarde serán resueltas por el protagonista o sus discípulos−.
¿Y qué nos solemos encontrar aquí? ¿Qué defectos típicos son detectables?
Por un lado, entre algunas personalidades, con tal de ganar prestigio o aspirar a un puesto mejor, se atribuyen el mérito de descubrimientos científicos previos, cuando no se lanzan a propagar todo tipo de especulaciones a bombo y platillo; cuestiones que más allá de su posibilidad más o menos factible, requerirían de una investigación más seria y sosegada. En cambio, intentan concluir rápido y esperan recibir los laureles de la comunidad, zanjando precipitadamente las incógnitas formuladas, por muy débil que sean las pruebas que dicen aportar.
Por otro lado, también existen aquellos científicos que incurren en la equivocación contraria: pese a reconocer los «éxitos y avances de la ciencia hasta hoy», señalan la todavía poca fiabilidad de esta, recordando las predicciones o cálculos erróneos del pasado, concluyendo de forma pesimista que nuestro conocimiento es muy inestable, incluso que debemos ampliar nuestras fronteras más allá de lo comúnmente aceptado, abriendo la veda a los trastos viejos de la superstición, misticismo y divulgando todo tipo de cuentos sin evidencia alguna. Si el lector cree que desconoce este tipo de autores, está muy equivocado, ya que fácilmente habrá conocido decenas de autores así estudiando cualquier carrera, bien sea de ciencias sociales o naturales, donde los Popper o Kuhn son el pan de cada día. Véase el subcapítulo de Bitácora (M-L): «Thomas Kuhn y los «paradigmas científicos» (2022).
Evidentemente, en cualquier de los dos casos, esto incluye no una mejora y perfección del trabajo científico, sino, las más de las veces, charlatanería y especulación de la peor calaña.
En la URSS de los años 40 el político Andréi Zhdánov realizó una crítica muy contundente y directa en este sentido, advirtiendo a los profesionales de las ciencias en torno a los desvaríos y especulaciones, fruto de una formación filosófica profundamente idealista:
«Pero la experiencia de nuestra victoria sobre el fascismo ha mostrado ya a qué callejones sin salida pueden conducir a los pueblos las filosofías idealistas. Hoy, esas filosofías se presentan bajo una forma nueva, particularmente repugnante, reflejando toda la profundidad, toda la bajeza, toda la villanía de la decadencia burguesa. (…) La ciencia burguesa contemporánea suministra al clericalismo, al fideísmo, una nueva argumentación que es preciso desenmascarar despiadadamente. Ved, aunque sólo sea, la teoría del astrónomo inglés Eddington sobre las constantes físicas del mundo que conduce directamente a la mística pitagórica de los números y que, de fórmulas matemáticas, deduce «constantes esenciales» del mundo, tales como el número apocalíptico 666, etc. (…) El astrónomo Milne ha «calculado» ya que el mundo ha sido creado hace dos mil millones de años. A estos sabios ingleses se les podría aplicar la frase de su gran compatriota el filósofo Bacon, diciendo que emplean la impotencia de su ciencia a calumniar la naturaleza. Del mismo modo, los subterfugios kantianos de los físicos atómicos contemporáneos los llevan a deducciones sobre la «libre voluntad» del electrón, a ensayos para no representar la materia más que como un conjunto de ondas y a otras brujerías». (Andréi Zhdánov; Sobre la historia de la Filosofía, 1947)
Con esto Zhdánov no estaba realizando una crítica a los ensayos con partículas que se realizaran desde finales del siglo XIX hasta ya entrados los años 40, sino a todas aquellas teorías donde, en base a no conocer un sujeto ni sus relaciones, los científicos especulan con mundos enteros paralelos con tal de explicar dicho suceso. Esta crítica es por tanto aplicable a todas aquellas teorías que causaron cierta agitación y discusión en su momento, pero que cada día quedan más limitadas al campo de la pura fantasía, como la teoría de cuerdas −con sus correspondientes 10 dimensiones−, la teoría de cuerdas bosónicas −con unas 26 dimensiones− o los famosos agujeros de gusano −con sus avances y retrocesos en el tiempo−; todos ellos sin evidencia empírica alguna.
En este mismo bloque estarían también las teorías más recientes como las del físico italiano Carlo Rovelli, teoría en donde, según postuló él, la realidad verdaderamente correspondería a ser un juego de espejos cuánticos:
«En particular, es posible que los objetos, como ese libro favorito, solo tengan sus propiedades en relación con otros objetos, incluido el que lo hojea. Afortunadamente, eso también incluye todos los demás objetos, como el sillón. Entonces, cuando va a trabajar, su libro favorito sigue apareciendo como cuando lo tenía en la mano. Aun así, este es un replanteamiento dramático de la naturaleza de la realidad. Desde este punto de vista, el mundo es una intrincada red de interrelaciones, de modo que los objetos no tienen su propia existencia individual independiente de otros objetos, como un juego sin fin de espejos cuánticos. (…) Como dice Rovelli: No somos más que imágenes de imágenes. La realidad, incluyéndonos a nosotros mismos, no es más que un velo fino y frágil, más allá del cual no hay nada». (Cambio 16; La realidad, ¿un juego de espejos cuánticos?, 7 de julio de 2021)
Aquí el asunto es que se parte de un hecho bien conocido −que las propiedades que exhiben los objetos de la teoría cuántica, como los fotones, dependen de su relación con otros objetos− para concluir que estas propiedades son todo lo que hay en el objeto, que no hay una sustancia individual subyacente que «tenga» propiedades; dicho de otra forma, cómo la forma de organización de la materia determina sus propiedades sensibles y, en el caso de los objetos cuánticos, dicha materia al tener muy poca masa se ve todavía más condicionada por su entorno −hasta el punto de determinar sus propiedades−. Partiendo de esto, el señor Rovelli acaba concluyendo que solo existen las propiedades sensibles que observamos, que la realidad está formada por «elementos» que son «complejos de sensaciones» que se le presentan al «YO-dado» en una «coordinación de principio», casi un calco de lo que dirían los empiriocriticistas de principios del siglo XX.
«El origen de la vida es inexplicable e incomprensible; así es. Pero esta incomprensibilidad no te da derecho a deducir las consecuencias supersticiosas que la teología saca del conocimiento humano; no te da derecho a fantasear en el campo de las causas naturales, porque solamente puedes decir: «Yo no puedo explicar la vida desde estos fenómenos o causas naturales que me son conocidas o desde el modo como ahora me son conocidas»; y no puedes decir sin pretender haber agotado hasta la última gota de océano de la naturaleza que la vida no sea totalmente explicable por medio de la superposición de seres inventados; no te da derecho a hacerte ilusiones y a engañarte a ti mismo y a los demás con una explicación que nada explica; no te da derecho a convertir en «no saber» de las causas naturales y materiales en un «no saber» de dichas causas, a divinizar tu ignorancia, a personalificarla y objetivizarla en un ser que debería sacarte de encima de tu ignorancia, pero que en realidad no expresa más que la naturaleza de esa ignorancia tuya, que la ausencia de explicaciones positivas y materiales. (...) En lugar de ser lo suficientemente honesto y humilde como para decir: «No sé el motivo, no puedo explicarlo, me faltan datos, los materiales» tú, con ayuda de la fantasía, conviertes estos defectos, estas negaciones, estas definiciones de tu cabeza en seres positivos, en seres que son inmateriales, que no son por tanto materiales o naturales debido a que tú no conoces las causas materiales o naturales». (Ludwig Feuerbach; La esencia de la religión, 1845)
Lejos de tratarse de meras elucubraciones inocentes o de una simple «apertura de mente», estas ideas descabelladas que resurgen cíclicamente entre científicos naturalistas como Santaolalla, Rovelli o sus predecesores del siglo XIX, responden a un patrón bien definido: la ausencia de una formación filosófica sólida y materialista. Conduciendo a los investigadores a recurrir, consciente o inconscientemente, a los peores vicios y residuos del misticismo cuando se enfrentan a los límites temporales del conocimiento.
En línea con esto, el bueno de Santaolalla reconoció que empezó a tener una «mentalidad más abierta» −para con las pseudociencias− cuando observó que sus principales referentes, Einstein y Schrödinger, tenían tramos teóricos muchos más místicos que los que él mismo se permitía hasta entonces. En resumen, este físico empezó a dar cancha a las especulaciones, simple y llanamente por argumentos de autoridad de sus figuras fetiche. Y, en efecto, existen tales ejemplificaciones entre estos físicos. Véase un ejemplo con Albert Einstein dándole una mano al físico y filósofo subjetivista Ernst Mach:
«La física consiste en un sistema lógico de pensamiento que está en estado de evolución y cuyos fundamentos no pueden obtenerse por destilación, por método inductivo a partir de experiencias, sino que sólo pueden obtenerse por libre invención. La justificación −la verdad del contenido− del sistema consiste en probar la utilidad de los teoremas resultantes sobre la base de experiencias sensoriales, mientras que la relación de estos últimos con los primeros sólo puede entenderse intuitivamente. La evolución tiene lugar en la dirección de una creciente simplicidad de la base lógica». (Albert Einstein; Física y Realidad, 1950)
Pero ¿por qué surgen estas ideuchas en el campo de la física y se repiten aparentemente de forma cíclica como si de una maldición se tratase? E. Kolman trató de dar respuesta a esto explicando la diferencia y condicionamiento del «físico experimental» y el «físico teórico», una reflexión que vale la pena rescatar. En el caso del primero:
«Trata con instrumentos, a menudo con aparatos extremadamente complejos. Cuando establece sus experimentos, debe concentrarse en una suma de detalles. Jamás se le pasa por la cabeza dudar de que todos esos motores, condensadores, tubos de vacío, etc., así como las descargas que observa, las lecturas de contadores, etcétera, que anota en tablas o que se presentan en forma de curvas propias o los dispositivos de grabación que registran, que todo esto existe en la realidad objetiva. Así, el físico experimental, mientras trabaja en el laboratorio, no puede sino ser un materialista elemental. Pero cuando se compromete a extraer conclusiones generalizadoras, e incluso más epistemológicas, de los resultados experimentales obtenidos por él, aquí viene la formación ideológica que recibió en la escuela, que bajo el capitalismo es casi siempre ecléctica e idealista. No es menos evidente la presión de toda la ideología social de la burguesía como ideología de la clase dominante, con la que los científicos burgueses están conectados por innumerables hilos». (E. Kolman; Hacia dónde lleva el subjetivismo a los físicos, 1953)
En cambio, la situación es diferente con el físico teórico. Este:
«Recibe datos experimentales preparados de un físico experimental y su tarea es generalizarlos en nuevos conceptos. El único objeto material con el que maneja directamente es una pluma estilográfica; con su ayuda, dibuja fórmulas en papel. Su trabajo no es muy diferente del trabajo de un matemático. La física teórica moderna está extremadamente matematizada. Pero las matemáticas son, como saben, la ciencia más abstracta, sus conceptos reflejan la realidad de una manera extremadamente unilateral, solo desde el lado de las relaciones cuantitativas y las formas espaciales, mientras que están conectados con la realidad no directamente, sino por una larga cadena de eslabones intermedios. Por eso un matemático −así como un físico teórico− separa tan fácilmente sus abstracciones de la realidad, olvidando que se derivan de ella, y que sólo aplicados a la realidad pueden justificarse. Comienza a imaginar que estas abstracciones son «creaciones libres» de su mente o que, de hecho, solo hay fórmulas que están escritas ante él en papel». (E. Kolman; Hacia dónde lleva el subjetivismo a los físicos, 1953)
Como ya advirtieron los marxistas más reconocidos de todos los tiempos, esta tendencia no es neutra, pues bajo el capitalismo la especulación pseudocientífica cumple una función social muy clara: desarmar la confianza en la razón. Presentar la realidad como inaprensible o ilusoria y, en última instancia, desmovilizar a las masas frente a la posibilidad de transformar el mundo material que tienen delante. Ante este secuestro de la ciencia por parte del idealismo de nuevo cuño −en constante renovación−, solo el materialismo dialéctico puede ofrecer una solución que no implique concesiones: la comprensión de que nuestro conocimiento, aunque siempre aproximado e histórico, es capaz de reflejar la realidad objetiva a través de la praxis social colectiva, y que es en esa −y no en el delirio especulativo− donde reside la verdadera capacidad de la humanidad para dominar su propio destino». (Equipo de Bitácora (M-L); Sobre la nueva corriente maoísta de moda: los «reconstitucionalistas», 2022)






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Estaba esperando una critica así, en muchas ocasiones, este personaje se ah deslizado (y no es el único) hacia posiciones reaccionarias. Se justifican con su lenguaje academicista y sus interpretaciones desclasdas
ResponderEliminarEs un lujo de artículo. Lo he enlazado en mi página.
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