viernes, 30 de septiembre de 2022

El avance de la ciencia en la época capitalista; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«En esta sección diseccionaremos algunos aspectos clave para entender la ciencia [*] dentro de una sociedad de clases: a) repasaremos cual ha sido el concepto de progreso del marxismo, y si coincide o no con el del resto de corrientes clásicas; b) observaremos si es cierto o no que el avance de la ciencia queda petrificada una vez la burguesía llega al poder; c) estudiaremos el papel de los profesionales de las ciencias en el desempeño de su trabajo, así como sus condicionantes; d) y por último, nos preguntaremos lo siguiente: ¿acaso el marxismo ha negado que el campo del conocimiento sea un terreno neutro de la lucha de clases?

El progreso en la sociedad de clases siempre es condicionado

«La sociedad industrial se generó bajo los auspicios de la ciencia y el optimismo: se entraba en una época de progreso sin límites. (…) Se creía haber encontrado un proceso seguro, el científico, que iba a resolver todos los problemas de la humanidad. Este optimismo se vio reflejado en todas las grandes concepciones filosóficas y sociológicas del siglo de las luces y sus herederos del siglo XIX, desde el pensamiento conservador de Comte hasta el revolucionario de Marx». (Josep María Rotger Cerdà; Escuela y comunidad, 2003)

Lamentablemente, si repasamos cualquier manual de sociología promedio, no es extraño encontrarnos con el famoso mantra −una y mil veces repetido− de que tanto Comte como Marx creían que la humanidad había entrado en una época de «progreso ilimitado», considerando el conocer de la ciencia de su tiempo como «infalible». Ha habido, desde hace siglos, un especial interés por intentar equiparar gratuitamente positivismo y marxismo, como ya comprobamos capítulos atrás. Este Doctor por la Universidad de Barcelona realiza tal analogía amparándose en la presunta y equiparable «candidez» de Comte y Marx, siendo ambos autores meros «productos de aquella mentalidad moderna» y, por tanto, corrientes ideológicas totalmente «anticuadas» como para ser tomadas hoy en serio. Pero, ¿qué hay de cierto en esto? En lo que respecta a ese «pensamiento revolucionario del siglo XIX» del que hablaba Rotger Cerdà sobre Karl Marx, hubiera bastado que repasase −aunque solo fuese por encima− sus opiniones y las de sus discípulos respecto al largo −y a veces dificultoso− periplo del hombre −tanto a la hora de conocer como de actuar−:

«Sucede lo mismo con el «progreso». A pesar de las pretensiones del «progreso» [de Bruno Bauer], hay regresiones continuas y reemplazos. Lejos de presentir que la categoría del «progreso» carece de substancia y es puramente abstracta, la crítica absoluta [de Bruno Bauer] es bastante juiciosa para reconocer al «progreso» como absoluto». (Karl Marx y Friedrich Engels; La sagrada familia, 1845)

Entonces, ¿cuál es la diferencia a nivel filosófico del materialismo moderno respecto al antiguo, del marxista respecto al premarxista como podría ser el que profesaban las figuras de la Ilustración del siglo XVIII? Primero que todo, su diferente noción en cuanto al progreso personal o impersonal, condicionado e incondicionado; el uno es dinámico y el otro estático. ¿Por qué se afirma que el primero dio solución a las taras y limitaciones del segundo? Recurramos una vez más al marxista italiano, Antonio Labriola, para aclarar la cuestión:

«Otra cosa se necesitaba para penetrar las razones efectivas de la relatividad del progreso. Se necesitaba ante todo renunciar a aquellos prejuicios implícitos en la creencia de que los obstáculos a la uniformidad del devenir humano descansan exclusivamente sobre causas naturales e inmediatas [geografía]. (…) Los consecutivos impedimentos a la uniformidad del progreso han de buscarse en las condiciones propias e intrínsecas de la misma estructura social. (…) Es siempre, por diferentes que sean sus formas y modos, la oposición de la ciudad y del campo, del artesano y del campesino del proletario y del patrono, del capitalista y del trabajador, y así hasta lo infinito, y va siempre a parar en una jerarquía, tanto si es el privilegio fijo de la Edad Media, como si con las distintas formas del derecho presunto igual para todos se revela en la acción automática de la competencia económica. (…) A esta jerarquía económica corresponde de modo vario en los diferentes países, tiempos y lugares, una: estoy por decir, jerarquía de los ánimos, de los intelectos, de los espíritus. Esto equivale a decir que la cultura, en la cual precisamente los idealistas sitúan la suma del progreso, estuvo y está por necesidad de hecho bastante desigualmente distribuida. La mayor parte de los hombres, por la cualidad de sus ocupaciones, son así como individuos desintegrados, incapaces de un desarrollo completo y normal. A la económica de las clases y a la jerarquía de las situaciones, corresponde la psicología de las clases. La relatividad del progreso es, pues, para nosotros, la consecuencia inevitable de las antítesis de clase. (...) El progreso fue y es aún parcial y unilateral. Las minorías que salen beneficiadas sostienen que esto es el progreso humano, y los soberbiosos evolucionistas llaman a esto naturaleza humana que se desarrolla. Todo este progreso parcial, que basta el presente se ha desarrollado en la presión de hombres sobre los hombres, tiene su fundamento en las condiciones de oposición por la cual las antítesis económicas han engendrado todas las antítesis sociales, y de la relativa libertad de algunos ha nacido la servidumbre de muchísimos, y el derecho ha sido protector de la injusticia». (Antonio Labriola; Del materialismo histórico, 1896) 

En cuanto a los perfeccionamientos tecnológicos, al igual que pueden facilitarnos la vida −electrodomésticos, transportes, medicamentos, contabilidad−, también pueden volverse en contra −o ser creados con este propósito− de los explotados que sufren el yugo del capital −métodos de vigilancia, control laboral, armas de destrucción masivas, pesticidas contaminantes, adulterantes en los alimentos−. En realidad, son este tipo de contradicciones y paradojas que emergen bajo el capitalismo, las que hacen del famoso «progreso» algo condicionado, como ocurre en cualquier sociedad dividida en clases sociales. Por esta razón, Engels nos habló de que en nuestra época la burguesía se esfuerza por «arrojar un velo de amor sobre los fenómenos negativos inevitablemente generados por ella», cuando no directamente «negarlos», lo cual no invalida todo lo anterior. 

Por ejemplo, en lo relativo a la expansión de las fuerzas productivas y la cuestión ecológica es claro que bajo el poder burgués se han desarrollado ya alternativas a las fuentes no renovables. Entonces, ¿por qué no se implementan y se sigue demorando este tránsito? Porque a nivel macroeconómico no es, ni puede ser, un sistema altamente planificado; porque a nivel microeconómico no hay que menospreciar las irresolubles pugnas interburguesas entre distintos sectores que, además, actúan como impedimento complementario. El problema no es nunca el desarrollo de las fuerzas productivas, que precisamente el capitalismo hereda y desarrolla a partir de los mejores conocimientos y esfuerzos de la humanidad −en algunos casos bajo sudor y lágrimas−, sino que la clave está en las relaciones de producción que rigen el entramado económico y social, la distribución ligada a ella, donde encontramos un exacerbado y descontrolado crecimiento sin raciocinio alguno, todo lo demás es palabrería en manos de un ignorante o un cínico. Véase el capítulo: «Sobre el llamado ecologismo y ecosocialismo» (2017).

Así mismo, Marx en sus manuscritos sobre la producción capitalista, anotó párrafos muy parecidos respecto a la ciencia y su relación con el capital. Sintetizando, lo que deseaba explicar es que, aunque el capitalismo haya logrado alcanzar una capacidad científica que hubiera sido totalmente inimaginable en el Medievo o la Antigüedad, no todo son cosas a celebrar. Como mencionamos a principios del capítulo, el vasto grado de desarrollo de las ciencias en el capitalismo acaba parcelando los campos del saber −y, por mucho que la propia producción cree contratendencias para compensar esto, como el mayor acceso a la información o la comunicación−, a veces esto deriva en un problema serio de coordinación, pues toda extensión requiere de un nuevo y adecuado ensamblaje −véase la necesidad de una nueva planificación del mapa urbano ante un gran auge demográfico−. Pero, además, el capitalismo también hace que estos profesionales de las diferentes ciencias compitan −espoleados por el amo− para obtener patentes, siendo luego obligados a «guardar los secretos del gremio», por lo que se siguen arrastrando muchas de las problemáticas de la sociedad de clases de eras anteriores, incluyendo en este bloque la represión intelectual de las opiniones revolucionarias y el uso de la ciencia para el mero enriquecimiento privado:

«Los hombres de ciencia, en la medida que las ciencias son utilizadas por el capital como medio de enriquecimiento, y por lo tanto se convierten ellas mismas en medio de enriquecimiento incluso para los hombres que se ocupan del desarrollo de la ciencia, se hacen recíproca competencia en los intentos por encontrar una aplicación práctica de la ciencia. Por otra parte, el intento deviene en una especie de artesanía. (…) La ciencia interviene como fuerza extraña, hostil al trabajo, que lo domina, y su aplicación es, por una parte, acumulación y, por otra, desarrollo, en ciencia, de testimonios, de observaciones, de secretos de la artesanía, adquiridos por vías experimentales para el análisis del proceso productivo y aplicación de las ciencias naturales en el proceso material productivo; y como tal se basa del mismo modo en la separación de las fuerzas espirituales del proceso del conocimiento, testimonios y capacidades del obrero individual, como la acumulación y el desarrollo de las condiciones de producción y su transformación en capital se basan en las privaciones del obrero de estas condiciones, en la separación del obrero de las mismas. (…) Junto a la producción capitalista, el factor científico se desarrolla conscientemente por primera vez a un determinado nivel, se emplea y constituye en dimensiones tales que en las épocas precedentes no podían concebirse. (…) Pero sometiendo el trabajo al capitalismo y reprimiendo el desarrollo intelectual y profesional. (…) La ciencia obtiene el reconocimiento de ser un medio para producir riqueza». (Karl Marx; Manuscritos (1861-63), Cuadernos XX, 1863)

Años después, encontramos a Engels escribiendo sus famosos siete artículos para promocionar y defender la obra de su amigo Marx, «El Capital» (1867). Allí, destacó lo siguiente en torno al concepto de «progreso», reconociendo que ni siquiera habían sido los autores socialistas los primeros en exponer su aspecto contradictorio. En uno de aquellos artículos comentó que:

«La teoría liberal del progreso entraña también la idea del progreso en materia social, y el hecho de que quienes se llaman socialistas quieren arrogarse el monopolio del progreso social no es más que una de esas paradojas arrogantes en que ellos suelen incurrir. Marx se distingue de los socialistas al uso –y no puede disputársele este mérito− en el hecho de que reconoce la existencia de un progreso aun allí donde las instituciones actuales, llevadas al extremo y desarrollándose de un modo unilateral, conducen a consecuencias repelentes. Tal ocurre, por ejemplo, con el sistema fabril en gran escala, con su séquito de riqueza y miseria, etc». (Friedrich Engels; Publicado en «Der Beobachter, Ein Volksblatt aus Schwaben», 27 diciembre 1867)

No queda, por tanto, ningún género de duda sobre cuál ha sido siempre la noción clásica del materialismo histórico respecto al concepto de «progreso». Otra cosa es, por supuesto, que siempre haya habido un interés en inventar y difundir todo tipo de equívocos.


¿Acaso la ciencia queda petrificada una vez la burguesía llega al poder?

Cuando uno se detiene a leer los órganos de expresión de los señores «reconstitucionalistas» comprende fácilmente que para ellos la ciencia tiene ya poco recorrido. Al parecer, una vez la burguesía llega al poder y se consolida, esta hace todo lo posible por suprimir sus avances, su corrección o matización. Dicho de otra forma, «no es fiable» salvo para la clase burguesa misma, por ende, la ciencia está diseñada para proteger el orden existente (sic):

«La burguesía europea abandona sus veleidades revolucionarias en cuanto hace acto de presencia el proletariado como clase moderna independiente. (…) La ciencia −la forma de conciencia que mejor responde a la naturaleza y las necesidades de la burguesía− madura, se cierra y petrifica precisamente cuando va tomando forma definida «el germen genial de la nueva concepción del mundo». (Comité por la Reconstitución; Línea Proletaria, Nº3, 2018)

Este tipo de declaraciones son análogas a otras realizadas en otros artículos suyos que ya hemos citado. Ante este reduccionismo tan típico como vulgar, debemos preguntarnos, ¿en nuestra época, la ciencia juega a favor de la burguesía o del proletariado? O mejor dicho, ¿a quién beneficia más a largo plazo? Argumentemos la debida respuesta a este gran interrogante, una polémica en liza a la cual ya respondieron los líderes marxistas de la época, como el alemán Karl Kautsky, quien, enfrentando a escépticos y nihilistas, en 1907 pronunció lo siguiente:

«En la crítica del conocimiento encontramos otra oposición entre la ciencia burguesa y la ciencia proletaria o, si se prefiere, conservadora y revolucionaria. Una clase revolucionaria, que se siente con la talla para conquistar la sociedad, está también inclinada a no admitir límites a sus conquistas científicas y a considerarse capaz de resolver todos los problemas de su tiempo. Una clase conservadora, por el contrario, teme instintivamente a todo progreso no solamente en el dominio político y social sino, también, en el terreno científico, porque siente que toda ciencia profunda no puede ya serle de gran utilidad, sino que, por el contrario, puede perjudicarle infinitamente. Está inclinada a renegar de su confianza en la ciencia. La ingenua seguridad que animaba a los pensadores revolucionarios del siglo XVIII, como si tuviesen en el bolsillo la solución para todos los enigmas del mundo, como si hablasen en nombre de la «razón absoluta», ya no puede ser compartida hoy en día por el más audaz revolucionario». (Karl Kautsky; Las tres fuentes del marxismo. La obra histórica de Marx, 1907)

Ahora, esto dista mucho de lo que aseguran algunos, como ocurre con nuestros caricaturescos «reconstitucionalistas», donde parecería que la ciencia simplemente juega un papel terrorífico en contra de los trabajadores, y cuya solución para sus anhelos emancipatorios parecería ser dejar definitivamente de lado la ciencia y depositar nuestras esperanzas en un nuevo y purificado fanatismo, en unos propósitos, metodología y lenguaje que solo podrían pasar como «revolucionarios» si fuésemos místicos de la Edad Media, o a lo sumo aquellas sociedades secretas, como fueron los carbonarios del siglo XIX. Entiéndase que este razonamiento de los «reconstitucionalistas» es tan lúcido como afirmar que el trabajo es per se negativo porque hoy existe el trabajo asalariado con el fin de engrandecer la hucha personal del capitalista. Nos explicaremos.

Marx no ahorró descripciones para exponer la penosa situación del trabajador dentro del entramado capitalista. En uno de los párrafos más conocidos lo hizo de la siguiente forma: 

«Lo rebajan a la categoría de apéndice de la máquina, lo destruyen con la tortura de su trabajo el contenido de éste, lo enajenan las potencias espirituales del proceso del trabajo en la medida en que a este se incorpora la ciencia como potencia independiente; corrompen las condiciones bajo las cuales trabaja; le someten, durante la ejecución de su trabajo, al despotismo más odioso y más mezquino; convierten todas las horas de su vida en horas de trabajo; lanzan a sus mujeres y sus hijos bajo la rueda trituradora del capital». (Karl Marx; El Capital, Tomo I, 1867)

Ahora, al mismo tiempo también se encargó de aclarar que difícilmente se puede cargar de responsabilidades a la ciencia por el uso particular que sus usuarios dan a esta, puesto que:

«El capital se apropia la ciencia «ajena», ni más ni menos que se apropia el trabajo de los demás». (Karl Marx; El Capital, Tomo I, 1867)

Para ilustrar esto también podríamos optar por repasar los borradores para esta famosa obra, nos referimos a los «Manuscritos económicos» (1863), donde el autor reflexiona largo y tendido sobre esta cuestión y otras anexas. Allí analizó la relación entre ciencia y producción capitalista, entre naturaleza y economía o entre trabajo manual e intelectual:

«La utilización de estas fuerzas de la naturaleza en vasta escala es posible sólo donde pueden emplearse las máquinas en gran escala y donde, en consecuencia, se usa también una masa de obreros correspondientes a ellas y la cooperación de estos obreros subordinados al capital. 

El empleo de los agentes naturales −en una cierta medida su incorporación en el capital− coincide con el desarrollo de la ciencia como factor autónomo del proceso productivo. Si el proceso productivo deviene esfera de aplicación de la ciencia, entonces, por el contrario, la ciencia deviene un factor, una función, del proceso productivo. Cada descubrimiento se convierte en la base de nuevos inventos o de un nuevo perfeccionamiento de los modos de producción. El modo capitalista de producción coloca primero las ciencias naturales al servicio inmediato del proceso de producción, cuando el desarrollo de la producción suministra, en cambio, los instrumentos para la conquista teórica de la naturaleza. La ciencia obtiene el reconocimiento de ser un medio para producir riqueza, un medio de enriquecimiento. 

De este modo los procesos productivos se presentan por primera vez como problemas prácticos, que sólo se pueden resolver científicamente. La experiencia y la observación −y las necesidades del mismo proceso productivo− alcanzan ahora por primera vez un nivel que permite y hace indispensable el empleo de la ciencia.

El capital no crea la ciencia, sino que la explota apropiándose de ella en el proceso productivo. Con esto se produce simultáneamente la separación de la ciencia, en cuanto ciencia aplicable a la producción; del trabajo inmediato, mientras que en las precedentes fases de la producción la experiencia y el intercambio limitado de los conocimientos estaban inmediatamente vinculados al trabajo mismo; no se desarrollaban como fuerza separada e independientemente de ella y por lo tanto en su conjunto no habían ido nunca más allá de los límites de la tradicional colección de recetas existentes desde hacía mucho tiempo y que sólo desarrollaban muy lentamente y en forma gradual −estudio empírico de los secretos de cada artesanía−». (Karl Marx; Manuscritos (1861-63), Cuadernos XX, 1863)

Muy bien, ahora, una vez aclarado esto, ¿acaso podemos sostener, por ejemplo, que el dominio del temido positivismo en el siglo XIX impidió todo avance en las ciencias naturales y sociales? No. ¿Acaso el dominio de las cien escuelas y variantes que vinieron después sí lo consiguió? Tampoco. ¿Se acabaron ahí los descubrimientos y sistematizaciones científicas en los países capitalistas? Ni mucho menos. En ambos periodos tenemos el descubrimiento o perfeccionamiento de la penicilina, los sistemas de refrigeración, la fisión nuclear, el teléfono, la fotografía, la informática, la anestesia, el automóvil, el ferrocarril, los rayos X, la vacunación, los sistemas de saneamiento, en fin, la lista como imaginará el lector es infinita. Es más, ni siquiera en la Edad Media, bajo control feudal, las ciencias −aún en pañales− se detuvieron, ni siquiera en la Edad Antigua, con sus limitantes posibilidades y conocimientos, «petrificó» por completo la producción de la técnica y sabiduría fundamental:

«Solo el conocimiento científico de las leyes de la naturaleza abre la posibilidad de que las personas las utilicen en sus actividades prácticas. Por supuesto, el conocimiento práctico y el uso por parte de la gente de algunas leyes de la naturaleza es posible en un grado u otro y mucho antes de su descubrimiento científico. Se sabe que durante muchos milenios antes de Galileo y Newton, las personas en su actividad práctica utilizaban algunos aspectos de la ley de gravedad y caída de los cuerpos, aunque todavía estaban lejos de su comprensión científica. Engels señaló que incluso en la antigüedad, los pueblos prehistóricos sabían en la práctica que la fricción genera calor, prácticamente recibía fuego por fricción. Pero pasaron muchos milenios antes del descubrimiento de que la fricción es una fuente de calor, y más aún antes del descubrimiento de la ley de conservación y transformación de la energía. Seguro, estas posibilidades de uso práctico de ciertas leyes de la naturaleza antes de su descubrimiento y conocimiento científico eran muy limitadas. Por lo tanto, para el pleno uso práctico de estas o aquellas leyes de la naturaleza, se requiere el descubrimiento y el conocimiento científico de su acción. (…) Se sabe que los fundamentos de la geometría de Euclides, la mecánica clásica, la electrodinámica, la química, que son verdades objetivas, son reconocidas por todas las clases y utilizadas por ellas en la práctica. Sin embargo, estos fundamentos fundamentales de las ciencias, que son verdades objetivas, están revestidos de cierta cosmovisión, formas ideológicas que tienen un carácter de clase, de partido. (…) Es sabido que el uso práctico por parte de las clases explotadoras de ciertas leyes económicas siempre ha estado limitado por sus estrechos intereses de clase. Usaron ciertas leyes económicas cuando y en la medida en que no contradecían sus intereses de clase. Mientras la burguesía fue una clase progresista y luchó contra el feudalismo, utilizó la ley de la correspondencia obligatoria de las relaciones de producción con la naturaleza de las fuerzas productivas. Derrocó las viejas relaciones feudales de producción, creó nuevas relaciones burguesas y las alineó con las fuerzas productivas que habían crecido en las entrañas del feudalismo». (Y. G. Gaydukov; Conocimiento del mundo y sus regularidades, 1953)

La utilización a nivel histórico de la ciencia por parte de la clase explotadora −como hace la clase burguesa en nuestro tiempo− está mediatizada por su ideología e intereses −¡faltaría más!−, pero de ahí no se puede concluir una estimación fatalista de que bajo su égida el desarrollado de la ciencia está «cerrado» y «petrificado». Esto compite por ser uno de los mayores absurdos metafísicos jamás vistos. ¿Acaso la burguesía no se ve obligada a desarrollar la técnica y poner en marcha servicios públicos útiles para los trabajadores? Sí. ¿Tal vez a fin de mantener o mejorar su entramado económico diario, para obtener o recuperar la atención política de la ciudadanía? Sin duda, y esto no podría ser posible sin las novedades de la ciencia. ¿Acaso no ha desarrollado, no ha favorecido, en palabras de Marx y Engels, el crecimiento de los medios de comunicación creados por la gran industria y que ponen en contacto a los obreros de diferentes localidades o países, algo impensable en época medieval? Absolutamente cierto. El capital debe elevar las fuerzas productivas innovando, es algo que puede parecer que nace solamente del burgués que trata de priorizar su bolsillo y su máxima rentabilidad, pero en verdad es consecuencia del sistema en sí; por esta misma razón durante las crisis los capitalistas aceptan malgastar o destruir sus fuerzas productivas si así la situación lo requiere. El sistema capitalista queda en evidencia, pareciéndose, en palabras de Marx y Engels, al «mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros», como dijeron ambos en el famoso «Manifiesto del Partido Comunista» (1848). Y, como bien sabemos, mientras tanto: «Lo único que le interesa [a la burguesía] no es si es justo o no tal teorema», sino «si es útil o perjudicial para el capital, si es cómodo o incómodo, si coincide o no con los razonamientos de la policía», como muy correctamente dejó anotado Marx en sus «Palabras finales a la segunda edición de «El Capital» de 1867» (1872). Queda, por tanto, muy claro que: «La investigación desinteresada cede lugar al pugilato pagado, las investigaciones científicas imparciales son sustituidas por las de mala fe y la apologética servil». ¿Y quién negaría esto? Nadie. Sin embargo, pese a todo, ¿no se han desarrollado valiosos conocimientos respecto a cómo funciona el mundo y la sociedad durante los siglos XX-XXI? ¿Acaso el desarrollo de la robótica, la aviación, la mecánica o la electrónica son «minucias»? ¡O quizás es que los «reconstitucionalistas» consideran que todas y cada una de las investigaciones y teorías que salen de sus «centros de saber» son una «ficción del poder», al igual que «el control del tiempo», como aseguran los posmodernos que abusan de los psicotrópicos? 

Los profesionales de las ciencias y su rol

El propio Karl Kautsky en su famoso libro «La doctrina socialista» (1899), traducido en España por Pablo Iglesias y Julián A. Meliá, realizó un gran repaso a nivel histórico sobre el origen de las ciencias y el papel de los intelectuales en épocas pretéritas. Lejos de lo que suelen argumentar hoy algunos que no conocen mucho la obra de Kautsky, a diferencia de lo que sostenía por entonces Bernstein, este no albergaba muchas esperanzas en la capa de la intelectualidad, incluso aprovechó este ensayo para dedicarle unas críticas muy severas, aunque bien argumentadas, demostrando que incluso a veces son los propios intelectuales los mayores opositores del progreso en las ciencias. 

En primer lugar, explicó cómo todos estos fenómenos tan paradójicos fueron producto de la división del trabajo, y que el estatus privilegiado de los intelectuales se había basado siempre en la educación −y en ocasiones en el secreto de su oficio−. Resaltó que la intelectualidad: «Ha sido siempre el patrimonio de las clases directoras y posesoras»  donde «o bien los elementos inteligentes formaban la única clase directora, como sucede siempre al principio de la división de la sociedad en clases», o bien «constituían, al lado de la casta guerrera, una casta particular, la casta religiosa»; y sobre todo a partir de aquí, la intelectualidad forma claramente «un grupo de individuos que tienen los intereses más diversos». No es de extrañar que, tanto en la Edad Antigua, como en la Edad Contemporánea, el intelectual suele tener: «Mucho interés en que la cultura de la masa del pueblo sea suficiente para que se penetre de la importancia de la ciencia y se incline ante ella y ante sus representantes; pero su interés les recomienda también que se opongan a todos los esfuerzos que tiendan a aumentar el número de los que disfrutan de una buena educación profesional». Sin embargo, conforme las propias necesidades de la producción requieren de la extensión masiva de la educación, este privilegio se va corroyendo cada vez más; y esto, en el capitalismo, alcanza unas cuotas nunca antes vistas. Esto obliga al sistema: «A mejorar y extender no tan sólo la enseñanza elemental, sino también la enseñanza superior».

El pensador alemán describió cómo además parecía existir una «capa media de la clase intelectual», autoerigida como «aristocracia intelectual», que en parte recordaba a la pequeña burguesía, pues lo mismo se atreve a criticar «la avaricia del capital», que «mañana se indignará ante las malas formas del proletariado». La diferencia es que mientras esta capa es más instruida en conocimientos que la burguesía clásica, a razón de su propia profesión, por defecto mantiene una pasividad mucho más marcada que el ataño espíritu combativo que otrora había mantenido la pequeña burguesía, y como esta, la intelectualidad nunca logra nada sustancial a nivel político si no va acompañada y es guiada por el proletariado. Por último, Kautsky señala que, lejos de lo que pensaba Bernstein, dejándose engañar tan fácilmente por los «socialistas de cátedra» y diversos filántropos burgueses, no era cierto aquello de que no existe «ni un solo hombre culto, honrado y que piense con libertad, que no afirme que debe hacerse algo en favor del obrero»; más bien lo que ocurría es que estos rogaban porque la lucha de clases se «cese», o «por lo menos se dulcifique». En resumen, Kautsky aconsejaba al proletariado que si bien: «No cabe duda que el proletariado tiene amigos fieles aún entre los intelectuales», no menos cierto era que «hay muy pocos que se atrevan a romper y que puedan romper». 

Si hoy tomamos cualquier manual o libro de texto de educación capitalista −del ámbito escolar o universitario− corroboraremos que, en su mayoría, tienen amplias carencias, limitaciones, cuando no, abiertas manipulaciones respecto a las ciencias naturales y sociales −especialmente en estas últimas−. En la creación de todo este caudal educativo median las instituciones gubernamentales y, finalmente, es un selectivo gabinete educativo −lleno de burgueses o servidores a ellos− el encargado de elaborar los temas y el punto de vista a tratar. El objetivo es crear un material educativo desde sus particulares intereses de clase, por y para cubrir las necesidades de la producción de bienes y servicios. Hasta los propios educadores llevan décadas advirtiéndonos de como la escuela es una «reproductora de desigualdades sociales» y sus libros de texto «no han avanzado demasiado» recogiendo muy tardíamente los nuevos conocimientos. Pero, ¿por esto debemos concluir que estos libros y apuntes solamente revisten nociones falsas sobre la realidad del mundo? ¿Son inservibles de principio a fin? ¿Debemos boicotear los estudios superiores y salirnos de las universidades como proponía Bakunin? El siquiera preguntárselo es absurdo. 

Los autores y obras que nos recomendaron −u obligaron− a estudiar algunos profesores, ayudaron en su momento a nuestra formación sobre diversos temas y campos donde, seguramente, sin esta influencia nunca lo habríamos hecho y, si bien esta formación no profundiza en lo que debería ser nuestro conocimiento y estudio al respecto, sí cumple con varias funciones positivas. En primer lugar, a poco que prestemos algo de atención, estas situaciones nos permiten detectar la manipulación y el cinismo de la ideología dominante; bien sea del autor de la obra propiamente o de los referentes del campo en cuestión que se citan como verdaderas eminencias. Y, aunque escaseen, tampoco es imposible que en nuestra formación académica nos acabemos encontrando con profesores y eruditos de estos campos que, aunque no son marxistas o están lejos de serlo, pueden ser una fuente muy útil de información, personas que incluso con el tiempo podrían ser atraídos a nuestra área de influencia. 

En todo caso, al ojear estos manuales básicos que han sido producidos en masa para solventar los problemas de la vida social, podemos encontrar nociones aberrantes −misticismo, relativismo, agnosticismo, subjetivismo−, pero también conclusiones o aforismos que nos resultan interesantes −nociones materialistas sobre el discurrir del mundo, trazos de dialéctica sobre las ramas de la sociedad y su interrelación, concepciones históricas del hombre y su desempeño social−. De la misma forma, gracias al torrente de información actual, con los artículos de las revistas oficiales como con los escritos y la divulgación de los «outsiders», podemos ponernos al día en cuanto a ciencia actual, investigaciones o últimos descubrimientos en tiempo récord. Así comprobaremos que, las nociones del segundo bloque −las «interesantes y a priori correctas»− suelen ser, una vez verificadas, las únicas científicas. Para nada casualidad que sean estas las compatibles con el materialismo histórico-dialéctico, aunque frecuentemente esta última expresión ni se sugiera.

Subrayar que con el derrumbamiento del sistema capitalista la humanidad podrá poner en conocimiento común no solo todos los avances que hoy son privados, sino dar un impulso inimaginable a la ciencia, es una obviedad que no merece ser comentada ni desde luego hecha pasar como novedosa. El propio Engels se explayó sobre esto en obras tan famosas como su «Anti-Dühring» (1878), por lo que los «reconstitucionalistas», incluso en sus declaraciones más «acertadas», no vienen a descubrir nada nuevo. Esto se verá mejor en el próximo capítulo, cuando entendamos lo que significa aquello de que todo progreso es condicionado y cuando veamos cómo los marxistas han estimado a los científicos burgueses sin dejar de señalar sus debilidades.

¿Cuándo el marxismo ha dejado de considerar a la ciencia como otro campo más de batalla?

«[Criticamos] La comprensión de la ciencia como elemento neutro e independiente del resto de esferas de la sociedad, y particularmente de la lucha de clases. (…) Su reducción de elemento de transformación a herramienta de conocimiento». (Movimiento Antiimperialista; Alrededor de la ciencia y la praxis revolucionaria, 2013)

Los «reconstitucionalistas» del siglo XXI creen haber descubierto la pólvora por «revelarnos» que la ciencia ha nacido y se ha desarrollado bajo el ambiente de un sistema de clases, cuyos protagonistas chocan entre sí y, por ende, donde las investigaciones científicas pueden llevar a cuestas diversas formas de conciencia que represente a estas y sus intereses. ¡Vaya! ¡Primera noticia! 

Pero resulta que esto tiene precedentes muy lejanos en el tiempo. El socialista utópico Saint-Simon ya en sus «Cartas de un habitante de Ginebra a sus contemporáneos» (1803) dejó constancia de cómo los ricos intentaban comprar a los artistas, músicos, filósofos, economistas, arquitectos y «sabios», en general, con todo tipo de gratificaciones −honor, prestigio, dinero, puestos−. Muchos de ellos no tenían otra opción que agachar la cabeza y adaptar su trabajo a las peticiones del poder si deseaban mantener su estatus. ¿Va a hacernos creer la LR que ha hecho un descubrimiento transcendente? ¿O bien que lo hizo el posmodernismo al advertirnos de «los intereses y manipulaciones» que se dan a veces en el «campo de las ciencias»? En lo que se refiere al orden actual, ¿acaso se conoce un campo de la actividad social donde la palabrería o el misticismo no se cuelen o estén al orden del día? ¿O donde no se retroceda una y otra vez a nociones que parecían superadas? Si esto no es así, ¿a quién intentan convencer de que sus revelaciones son novedosas y marcan una ruptura importantísima con «el viejo Ciclo de Octubre»?

De hecho, ya hemos citado en capítulos anteriores la obra de Kautsky «La doctrina socialista» (1899), en donde se critica severamente a Bernstein por sostener la estúpida idea de que en aquel entonces se vivía en una sociedad moderna: «No determinada por la economía y por la naturaleza obrando como factor económico», en donde «las ciencias, las artes, la mayor parte de las relaciones sociales son hoy mucho más independientes de la economía que en cualquier época pasada», una civilización que deja que «los factores ideológicos, y sobre todo a los éticos, el campo más libre que antes para una actividad independiente» (sic). ¿Acaso los soviéticos cayeron en esa trampa? En absoluto. En el famoso «Diccionario filosófico» (1940) Mark Rosental y Pavel Yudin escribieron, muy correctamente, cómo: «El condicionamiento de la ciencia por el desarrollo de la producción en una sociedad dividida en clases, se evidencia siempre en la dependencia de la ciencia respecto de los intereses económicos y políticos de las clases dominantes». En efecto, cualquier que haya repasado los materiales de la época sabrá que los autores marxistas no eran ajenos a estas interpretaciones liberales, como las de Bernstein, muy comunes entre los revisionistas de su época, pero siempre se opusieron a ellas y combatieron tal concepción irreal, muy típicas del positivismo. Véase, por ejemplo, materiales como la obra de M. E. Omelyanovsky «La lucha del materialismo contra el idealismo en la física moderna» (1951), o la obra de V. P. Tugarinov «Sobre las leyes del mundo objetivo y las leyes de la ciencia» (1952), entre otros. Véase el capítulo: «Marxismo y positivismo» (2022). 

En suma, la noción de los «reconstitucionalistas», que nos insta a tomar prescripciones como no ser tan cándidos y pensar que todo pretendido avance científico se reduce a descubrir una «forma de conciencia neutra», aun presentándose como una advertencia «innovadora», también es una soberana obviedad que hoy reconocen casi todos. 

En todo caso, si deseamos evaluar sinceramente las ventajas y desventajadas del periodo en el que vivimos, parece que aquí más de uno debería echar un vistazo a una obra llamada «Dialéctica de la naturaleza» (1883), a ver si refresca ciertos conceptos que ya deberían estar más que claros a estas alturas:

«Vemos, pues, que la concepción materialista de la naturaleza descansa hoy sobre fundamentos mucho más firmes que en el siglo pasado. Entonces, sólo se conocía de un modo más o menos completo el movimiento de los cuerpos celestes y el de los cuerpos terrestres sólidos, bajo la acción de la gravedad; casi todo el campo de la química y toda la naturaleza orgánica eran, en aquel tiempo, misterios no descifrados. Hoy, toda la naturaleza se extiende ante nosotros, por lo menos en sus lineamientos fundamentales, como un sistema aclarado y comprendido de procesos y concatenaciones. Cierto es que concebir materialistamente la naturaleza no es sino concebirla pura y simplemente tal y como se nos presenta, sin aditamentos extraños, y esto hizo que en los filósofos griegos se comprendiera, originariamente, por sí misma. Pero entre aquellos primitivos griegos y nosotros median más de dos milenios de concepción del mundo esencialmente idealista, y, en estas condiciones, incluso el retorno a lo evidente por sí mismo resulta más difícil de lo que a primera vista parece. En efecto, no se trata, ni mucho menos, simplemente de rechazar todo el contenido de pensamientos de aquellos dos mil años, sino de criticarlo, de desentrañar por debajo de esta forma caduca los resultados obtenidos bajo una forma idealista falsa, pero inevitable para su tiempo y para la misma trayectoria del desarrollo. Cosa harto difícil, ciertamente, como lo demuestran los numerosos investigadores que, inexorables materialistas dentro de los límites de su ciencia, son, fuera de ella, no ya solamente idealista, sino incluso devotos cristianos y hasta cristianos ortodoxos». (Friedrich Engels; Dialéctica de la naturaleza, 1883)

Algunos, temerosos, de ser engañados por el poder, preguntarán de nuevo: «Pero… pese a todo, ¿no es cierto que nos enfrentamos a manipulaciones por doquier por parte de la clase dominante en torno a las cuestiones del saber? ¿No hay infortunios e inexactitudes por las propias condiciones de trabajo de los profesionales de las ciencias?». Sí, por enésima vez responderemos que, en efecto, así es. Faltaría más. Por eso mismo Marx dijo aquello de que: «Descartes, al definir a los animales como meras máquinas, veía con los ojos del período manufacturero». Ahora, ¿en serio alguien va a mantener que estos condicionantes −conscientes o fortuitos− puedan ser peores hoy que hace miles de años durante las sociedades esclavistas o medievales? Recordemos que en aquellos tiempos ni siquiera muchas de las ciencias naturales y sociales estaban desarrolladas salvo vagos conatos. ¿De verdad alguien va a sostener que el acceso al conocimiento es igual en la era de los pergaminos que en la de la imprenta o el internet? ¿Qué les queda a algunos para justificar «escepticismo pesimista» respecto a las posibilidades de la ciencia? Tal vez recurrir a la carta de la «Escuela de Frankfurt» sobre la «omnipotencia de los medios de alienación» y la predominancia de la «razón instrumental» del hombre para manipular a sus congéneres. En cuanto a conocimientos estrictos de índole científica, ¿estamos en una situación más complicada que hace cien años o, por el contrario, sus descubrimientos han ayudado a poner al desnudo gran parte del hipócrita ideario burgués y la desfachatez de su sistema político-económico que rezuma arbitrariedad por los cuatro costados? Por ejemplo, ¿no ha corroborado el marxismo −valiéndose de datos y fuentes burguesas− gran parte de sus teorías sobre el monopolismo o las crisis cíclicas de sobreproducción en el capitalismo? Entonces, no hagamos complejo lo que es bien sencillo. Todo esto recuerda a los típicos activistas ecologistas opuestos a la energía nuclear −de las menos contaminantes para el medio ambiente− que alegan su rechazo porque los imperialistas estadounidenses usaron dicha energía para masacrar dos ciudades japonesas el siglo pasado; esto es confundir la velocidad con el tocino.

Claro que muchos profesionales de estas ramas de la ciencia han utilizado diversas evidencias para concluir cosas deshonestas, coronando a su país o a su escuela como la predilecta, como la que mayores aportes ha hecho y, por ende, la única que tiene voz real para decretar qué es válido y lo qué no. Aquí el nacionalismo burgués se puso las botas intentando explotar cualquier éxito real o ficticio. En todo caso, con el descrédito del antiguo positivismo y la irrupción a partir de los años 60 de la «nueva historia», la «nueva arqueología» o «el posmodernismo filosófico», lo difícil es encontrar ya un manual de historia, arqueología o filosofía donde no se nos advierta que históricamente ha habido muchos descubrimientos, investigaciones y conclusiones en las que se cometieron todo tipo de manipulaciones en nombre de la «ciencia», pero en casi todas las épocas, incluso en las de mayor dogmatismo religioso, el ser humano ha sido consciente, lo reflejase o no, de las dudas y falibilidad que contiene su humilde obra. Véase la obra de Víctor M. Fernández Martínez: «Teoría y método de la arqueología» (1989). 

Esto tampoco significa, como ya se ha comprobado atrás, que estas escuelas tan proclives al relativismo y el agnosticismo traigan mejores soluciones. Una cosa debe quedar clara: una vez descubierta una «grieta en el sistema» no significa que todo lo «descubierto» por la llamada ciencia sea una «ficción», sino que toca calibrar si en esa rama, esa corriente o en ese investigador hubo exageraciones extremas o conclusiones precipitadas. En última instancia, toca observar si estas fueron fruto de una desafortunada equivocación o si estuvieron totalmente motivadas por intereses políticos, propagandísticos, etc. Véase el capítulo: «Instituciones, ciencia y posmodernismo» (2021).

En definitiva, a nadie le sorprende lo difícil que es para el ser humano desligarse de sus ideas preconcebidas, mitos y favoritismos. Y de esto, los revisionistas modernos como los «reconstitucionalistas» saben bastante, ya que siguen repitiendo las mismas idioteces que los «guardias rojos» de los años 60 y los estudiantes senderistas de los 80. Pero poco más hay que comentar sobre esto». (Equipo de Bitácora (M-L); Sobre la nueva corriente maoísta de moda: los «reconstitucionalistas», 2022)

Anotaciones de Bitácora (M-L):

«Ciencia: La suma, el conjunto de los conocimientos sobre la naturaleza, la sociedad y el pensamiento, acumulados en el curso de la vida histórico-social. «…el objetivo de la ciencia consiste en dar un exacto... cuadro del mundo» (Lenin). La ciencia tiende a describir el mundo, no en la variedad aparentemente caótica de sus diversas partes, sino en las leyes, que trata de hallar, con arreglo a las cuales se rigen los fenómenos: tiene por objeto explicarlos. En todos los dominios del conocimiento, la ciencia nos revela las leyes fundamentales que rigen dentro del aparente caos de los fenómenos. La ciencia se desarrolla y avanza con la evolución de la sociedad; su progreso consiste en que llega a reflejar la realidad cada vez más profunda y exactamente. Como una de las formas de la actividad ideológica, la ciencia nace sobre la base de la actividad práctica productiva de los hombres. En cada etapa de la historia, representa el grado alcanzado hasta entonces en cuanto al conocimiento de las leyes de la realidad y está orientada hacia el cambio del mundo, es decir, hacia el dominio y utilización de las fuerzas de la naturaleza y hacia el cambio de las relaciones sociales». (Mark Rosental y Pavel Yudin; Diccionario filosófico, 1940)

En definitiva, ¿por qué los «reconstitucionalistas» hacen una separación artificial entre «marxismo» y «ciencia»? Sencillo. Como ya vimos atrás, la ciencia es, según ellos, un saber «práctico» e «instrumental», pero «no consciente», digamos que «no está a la altura» de su grandísima «filosofía revolucionaria» que se «autoconoce en sus propósitos finales» (La Forja; Nº27, 2003). Por eso consideran a la «ciencia» como «la forma de conciencia que mejor responde a la naturaleza [burguesa]» (Línea Proletaria, Nº3, 2018). Esto significa que da lo mismo cuantas imágenes, frases o citas compartan sobre la «ciencia», en lo decisivo la niegan tajantemente, y como veremos, no se diferencian de los peores agnósticos y subjetivistas. En cualquier caso, estamos siendo testigos de cómo estos cabezas de chorlito desean arrastrarnos varios pasos atrás en el conocimiento ya conquistado por la humanidad.

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