viernes, 29 de octubre de 2021

Engels hablando del modelo político-organizativo de Bakunin


«Bakunin, que hasta 1868 había intrigado contra la Internacional, ingresó en ella después del fracaso sufrido en Berna, en Congreso de la Paz, inmediatamente se puso a conspirar desde dentro contra el Consejo General. Bakunin tiene una teoría original, que es una mezcolanza de proudhonismo y comunismo. Por cierto, el punto básico de su proudhonismo es la idea de que el mal más grave, con el que hay que acabar, no es el capital, no es, por tanto, el antagonismo de clase que el desarrollo social crea entre los capitalistas y los obreros asalariados, sino el Estado. Mientras la gran masa de obreros socialdemócratas comparte nuestro punto de vista de que el poder del Estado no es más que una organización adoptada por las clases dominantes –los terratenientes y los capitalistas– para proteger sus privilegios sociales, Bakunin afirma que el Estado es el creador del capital, que el capitalista posee su capital únicamente por obra y gracia del Estado. Y puesto que el Estado es, por tanto, el mal principal, hay que acabar ante todo con él, y entonces el capital hincará el pico por sí solo. Nosotros, en cambio, sostenemos lo contrario: acabar con el capital, que es la concentración de todos los medios de producción en manos de unos pocos, y el Estado se derrumbará por sí solo. La diferencia entre los dos puntos de vista es fundamental: la abolición del Estado sin una revolución social previa es un absurdo; la abolición del capital es precisamente la revolución social e implica un cambio en todo el modo de producción. Pero como para Bakunin el Estado representa el mal principal, no se debe hacer nada que pueda mantener la existencia del Estado, tanto si es una república, como una monarquía o cualquier otra forma de Estado. De aquí, la necesidad de abstenerse por completo de toda política. Cualquier acto político, sobre todo la participación en las elecciones, es una traición a los principios. Hay que hacer propaganda, desacreditar al Estado, organizarse; y cuando se haya conquistado a todos los obreros, es decir, a la mayoría, se liquidan los organismos estatales, se suprime el Estado y se le sustituye por la organización de la Internacional. Este gran acto, que marca el comienzo del reino milenario, se llama liquidación social.

Todo suena a algo muy radical, y es tan sencillo que puede ser aprendido de memoria en cinco minutos. He aquí la razón de que la teoría bakuninista haya encontrado tan pronto una acogida favorable en Italia y en España entre los jóvenes abogados, doctores y otros doctrinarios. Pero las masas obreras jamás aceptarán la idea de que los asuntos públicos de sus respectivos países no son a la vez sus propios asuntos; los obreros son políticos activos por naturaleza, y quien les proponga abandonar la política se verá, tarde o temprano, abandonado por ellos. Predicar a los obreros la abstención política en todas las circunstancias equivale a ponerlos en manos de los curas o de los republicanos burgueses.

domingo, 24 de octubre de 2021

Racismo, misticismo y nacionalismo en Mariátegui; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Antes de entender el vulgar concepto de «socialismo» de Mariátegui hemos de repasar los conceptos nacionalistas y racistas que penetran toda su obra política. Sin más rodeos comencemos con una cita de 1927 que no deja lugar a dudas cuán lejos estaba de un pensamiento progresista:

«Proclamamos que este es un instante de nuestra historia en que no es posible ser efectivamente nacionalista y revolucionario sin ser socialista». (José Carlos Mariátegui; Prólogo a Tempestad en los Andes de Luis E. Valcárcel, 1927)

Desde el punto de vista del materialismo histórico esto es una completa aberración que no resiste el menor análisis:

«El marxismo no transige con el nacionalismo, por muy «justo», «limpio», sutil y civilizado que éste sea. En lugar de todo nacionalismo, el marxismo propugna el internacionalismo. (...) El nacionalismo burgués y el internacionalismo proletario son dos consignas irreconciliables y enemigas que corresponden a los dos grandes campos de clase del mundo capitalista y que expresan dos políticas; aún más: dos concepciones del mundo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

Partiendo de esa misma confusión terminológica y conceptual en otros múltiples campos, Mariátegui acabaría viendo «socialismo» hasta en los panfletos de los teóricos indigenistas. Así, basándose en su «experiencia personal» proclamaba:

«El caso de Valcárcel demuestra lo exacto de mi experiencia personal. Hombre de diversa formación intelectual, influido por sus gustos tradicionalistas, orientado por distinto género de sugestiones y estudios, Valcárcel; resuelve políticamente su indigenismo en socialismo». (José Carlos Mariátegui; Prólogo a Tempestad en los Andes de Luis E. Valcárcel, 1927)

Mariátegui también estuvo muy influido por las teorías racistas de su círculo intelectual:

«El indio es el cimiento de nuestra nacionalidad en formación». (José Carlos Mariátegui; El problema primario del Perú, 1925)

Sus seguidores suelen ocultar que Mariátegui sostuvo ataques hacia los colectivos asiáticos o africanos del Perú basándose en teorías racistas:

«El chino, en cambio, parece haber inoculado en su descendencia, el fatalismo, la apatía, las taras del Oriente decrépito. (...) El aporte del negro, venido como esclavo, casi como mercadería, aparece más nulo y negativo aún. El negro trajo su sensualidad, su superstición, su primitivismo. No estaba en condiciones de contribuir a la creación de una cultura, sino más bien de estorbarla con el crudo y viviente influjo de su barbarie. (...) El chino y el negro complican el mestizaje costeño. Ninguno de estos dos elementos ha aportado aún a la formación de la nacionalidad valores culturales ni energías progresivas». (José Carlos Mariátegui; Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, de 1928)

jueves, 14 de octubre de 2021

El gustavobuenismo como guardián del orden económico capitalista; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«La Escuela de Gustavo Bueno, también llamada «materialismo filosófico», pese a todas sus peroratas bajo una retórica «revolucionaria», nunca ha tenido entre sus pretensiones políticas el eliminar la propiedad privada sobre los medios de producción; siempre se ha valido de todo tipo de diatribas de la economía burguesa para justificar la explotación del hombre por el hombre. Este capítulo servirá para contraponer la postura marxista y antimarxista en los clásicos debates sobre «crisis económicas»«plusvalía»«fuerzas productivas»«materia fiscal», etc.

¿Tienen los trabajadores la culpa de las crisis económicas?

Para empezar, argumentando como un vulgar economista liberal, Gustavo Bueno se mofaba de todos nosotros señalando que:

«En un Estado de derecho, el trabajo es libre, la libertad de la famosa Revolución Francesa, entonces, el trabajador es libre para vender su fuerza de trabajo que es lo que tiene. (…) Si la fuerza de trabajo vale tanto». (Gustavo Bueno; Esbozo sobre las categorías de la economía política, 2010)

¿Han leído bien? El trabajador es «libre» de vender su «fuerza de trabajo», solo que claro, quizás el burgués también es «libre» de no requerir sus servicios y dejarlo vegetando en la cola del paro durante semanas, meses o años. El trabajador es «libre» –según los santísimos «derechos del hombre», sancionados en todas las cartas magnas burguesas– para elegir el oficio que guste –de nuevo, sin tener en cuenta el «detalle» de si puede o no costearse la formación requerida para el puesto–. El trabajador es, asimismo, «libre» de aceptar trabajar en otros tantos oficios que detesta y aguantar carros y carretas por necesidad personal y familiar. En pocas palabras: el trabajador goza de todas estas «libertades» porque estas parten de su rasgo más característico y que lo hace realmente «libre»: ser un sujeto desposeído de los medios de producción. ¡Maravilloso!

Quizás, derivado por su admiración hacia los jonsistas españoles, Bueno deja caer su carácter de esquirol y rompehuelgas, restaurando el papel honorífico del empresario, que, según él, ha sido demonizado injustamente:

«Parece que el empresario es una figura de un extorsionador, un tipo miserable, que está explotando a los trabajadores, mientras que los sindicatos son los que tienen la razón. (…) Y entonces los buenos y los malos. ¡No! (…) La razón de la crisis la tienen los trabajadores. ¡Claro que la tienen! (…) Como si los empresarios fuesen ratas que están explotándoles, coño, ¡montad una empresa vosotros! Protestan cuando una empresa se deslocaliza y se marcha a otro país. (…) ¡Pues cobrad menos! No tienen actitud política». (Gustavo Bueno; Conferencia de Gustavo Bueno, Esbozo de un epílogo a Ensayo sobre las categorías de la Economía Política, 2010)

Dejando a un lado el carácter amarillista de los grandes sindicatos españoles, este tipo de declaraciones alumbran lo que es el buenismo sin trampa ni cartón: el «amigo filosófico» de la patronal. Damas y caballeros, la culpa de los males sociales −paro, precariedad, externalización, subida de precios y demás− es principalmente de los trabajadores, porque algunos de ellos eligen tener a malos líderes sindicales reformistas como representantes −¿y qué ocurre con la gran mayoría de ellos, que no están sindicados?−, y también porque no aceptan cobrar el salario mínimo de Zimbabue con el coste de vida de España. ¡Qué insolidarios! ¡Vaya apátridas! 

miércoles, 6 de octubre de 2021

El porqué del triunfo del trap en la industria musical; Equipo de Bitácora (M-L), 2021


«En la introducción dijimos: «…Hoy la conclusión rápida en torno al famoso «trap», es que, tal y como se ha venido desarrollando y en la manera en que se presenta, es un movimiento con una filosofía nihilista para gente no demasiado exigente en lo musical, algo que nace como fruto del panorama social y los gustos musicales más generalizados». Bien, para sostener lo que acabamos de afirmar mediante esta sentencia breve –un aforismo– podríamos entrar a explayarnos con profundos análisis estrictamente musicales, pero muy seguramente implicaría marear a nuestros queridos lectores con tecnicismos musicales, cosa que no consideramos necesario ni provechoso, aunque en lo sucesivo nos veremos obligados a sacar a la palestra algunas comparativas musicales en este sentido. En cualquier caso, como no basta con tener razón, sino que además hay que argumentar y convencer, todo análisis sobre el trap que se precie debe versar sobre su origen y las aspiraciones sociales de sus individuos, sobre su estructura musical, sobre sus influencias filosóficas, sus comentarios políticos, sus opiniones económicas, su relación con la industria de la música, su ligazón con los géneros precedentes, etcétera, como iremos desglosando capítulo a capítulo. ¿Por qué?

«La lógica dialéctica exige que vayamos más lejos. Para conocer de verdad el objeto hay que abarcar y estudiar todos sus aspectos, todos sus vínculos y «mediaciones». Jamás lo conseguiremos por completo, pero la exigencia de la multilateralidad nos prevendrá contra los errores y el anquilosamiento». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una vez más acerca de los sindicatos en el momento actuales y los errores de los camaradas Trotski y Bujarin, 1920)

El trap le vino como anillo al dedo a la industria musical

«El objeto de arte –de igual modo que cualquier otro producto– crea un público sensible al arte, capaz de goce estético. De modo que la producción no sola mente produce un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto. La producción produce, pues, el consumo, 1) creando el material de éste; 2) determinando el modo de consumo; 3) provocando en el consumidor la necesidad de productos que ella ha creado originariamente como objetos. En consecuencia, el objeto del consumo, el modo de consumo y el impulso al consumo. Del mismo modo, el consumo produce la disposición del productor, solicitándolo como necesidad que determina la finalidad de la producción». (Karl Marx; Elementos fundamentales para la crítica de economía política, 1858)

Bien, dicho esto, hay que tener en cuenta que el trap promedio es un género exageradamente factible en cuanto a proceso creativo y muy barato en lo relativo a costes de producción, algo que comparte con muchos de los estilos que han surgido o se han consolidado en nuestra Edad Contemporánea. Debido a la forma mayormente fácil y espontánea a la hora de crear, este movimiento irrumpió como una ola imparable en España, donde varios jóvenes aprovecharon lo «accesible» que es hacer trap para probar suerte en el mundo de la música. Como desde el punto de vista de su producción y comercialización esta música es sencilla, se puede decir que esto ha sido su mejor baza, pero también su mayor debilidad, como ahora veremos. El trap parece heredar este rasgo del «Hazlo tú mismo» de la escena del rap de principios del siglo XXI, aunque esto era común a otras expresiones musicales como el punk setentero: 

«El concepto de autogestión o D.I.Y [do it yourself] rara vez se había visto de manera tan clara en el Rap como en la actualidad, probablemente solo comparable a la época de las maquetas. La mayoría de raperos que tienen notoriedad –es decir, millones de reproducciones en YouTube y numerosos seguidores en redes– siguen autoeditando sus trabajos y organizando sus giras, merchandising y estrategias de marketing por ellos mismos. Aun así, las compañías siguen ofreciendo a estos raperos la oportunidad de unirse a su circuito comercial, mucho más amplio y con mayores medios económicos, pero por normalmente con un menor control creativo de la obra, además de otras contraprestaciones ya descritas con anterioridad». (Gonzalo Bastida Gómez; Un acercamiento al género rap y su relación con la industria discográfica en España, 2017)

Ahora, no nos engañemos, que el trap, su jerga y su imagen, hayan sido elevados en la escena musical hasta alcanzar unos niveles de producción y sobreexposición de sus personalidades tan descomunal está en profunda relación con las necesidades del sistema imperante. Este triunfo: el éxito de una estética cochambrosa y el discurso provocativo del músico lumpen –y su influencia en el consumidor/receptor– no es sorpresivo, tiene, en última instancia, directa correspondencia con las necesidades del capitalismo en el período actual, y en este caso concreto, con la ávida industria musical que tan ansiosa como astuta ha sabido apelar al cada vez más amplio público alienado de esta nuestra sociedad. 

En España este público ha cambiado mucho respecto a décadas anteriores, a gran parte de él ya no se le puede vender como sinónimo de «insubordinación» el clásico pop sesentero, meloso y beatleriano de los «yeyes», ni tampoco se satisface con el último single de la última estrella del «programa de cazatalentos» de turno –como Operación Triunfo–. Este viraje en los gustos se pudo comprobar en 2019 cuando la famosa plataforma Spotify ya registró que el pop quedaba por detrás de géneros como el rap, el reggaetón o el trap. Esta música accesible «siempre tendrá su público» –nunca mejor dicho–, pero en casi cualquier época repugnó al lumpen promedio –y más importante aún–: actualmente ya no estimula de igual forma a la masa de niños aburguesados. Para este colectivo la música pop muchas veces se le queda corto: sus miembros exigen que el «maravilloso» mundo de la música les brinde un producto «más rebelde» con el que pueda sentirse identificado, especialmente para aquellos que sufren ciclos de su existencialismo donde caen en el letargo del nihilismo autodestructivo. Con la capacidad de producir música sencilla en altas cantidades, esta industria ya solo necesitaba de un pequeño empuje para redirigir ciertas lacras –las figuras más famosas del trap– al «gran público», edulcorar un poco a estos sujetos mediante retocando un poco su «apariencia», un poco de refuerzo de marketing, ¡y voilà! Consiguió sacarle de esto el máximo beneficio posible en tiempo récord. Y dado que los gustos contemporáneos del «respetado público» reproducen un patrón donde el sujeto tiene un consumo compulsivo, a la vez que hay una atención pasajera por el producto, esta música se adapta a la perfección a los «tiempos modernos» y sus exigencias de mercado. 

jueves, 30 de septiembre de 2021

Labriola reflexionando sobre las causas de la poca difusión del materialismo histórico

«Usted se queja de la poca difusión que hasta ahora ha tenido en Francia la doctrina del materialismo histórico. Usted se queja de que esta difusión halle obstáculos y resistencias en los prejuicios que provienen de la vanidad nacional, en las pretensiones literarias de algunos, en el orgullo filosófico de otros, en el maldito deseo de parecer ser sin ser y en fin, en la débil preparación intelectual y en los numerosos defectos que se encuentran también en algunos socialistas. ¡Todas estas cosas no pueden ser tenidas por simples accidentes! La vanidad, el orgullo, el deseo de parecer ser sin ser, el culto del yo, la megalomanía, la envidia y el furor de dominar, todas estas pasiones, todas estas virtudes del hombre civilizado, y aún otras, no son de ningún modo bagatelas de la vida; mucho más a menudo parece que ellas son su substancia y nervio. Se sabe que la Iglesia, por lo común, no atrae las almas cristianas a la humildad sino haciendo de ésta un nuevo y más altanero título de orgullo. Y bien..., el materialismo histórico exige, de aquellos que quieren profesarlo con plena conciencia y francamente, una extraña especie de humildad; en el momento mismo en que nosotros nos sentimos ligados al curso de las cosas humanas, donde estudiamos las líneas complicadas y los repliegues tortuosos, es necesario que seamos, a la vez y al mismo tiempo, no resignados y dóciles, sino, por el contrario, llenos de actividad consciente y razonable. (...) Luego, el proletariado que llega a saber con claridad lo que puede, es decir, que comienza a saber querer lo que puede; ese proletariado, en suma, que se pone en buen camino para llegar a resolver y me sirvo aquí de la jerga un poco hecha de los publicistas la cuestión social, ese proletariado deberá proponerse eliminar, entre todas las otras formas de explotación del prójimo, también la vanagloria y la presunción y la singular suficiencia de aquellos que se incluyen a sí mismos en el libro de oro de los benefactores de la humanidad. Ese libro también debe ser arrojado al fuego, como tantos otros de la deuda pública. En todas partes de la Europa civilizada los talentos –verdaderos o falsos– tienen muchas posibilidades de ser ocupados en los servicios del Estado y en lo que puede ofrecerles de ventajoso y prominente la burguesía, cuya muerte no está tan cercana, como creen algunos amables fabricantes de extravagantes profecías. No es necesario asombrarse si Engels –véase el prefacio al tercer volumen de «El Capital», observe bien, con fecha 4 de octubre de 1894–, escribía: «Como en el siglo XVI, lo mismo en nuestra época tan agitada, no hay, en el dominio de los intereses públicos, puros teóricos más que del lado de la reacción». Estas palabras tan claras como graves bastan por sí solas para tapar la boca a los que gritan que toda inteligencia ha pasado a nuestro lado, y que la burguesía baja actualmente las armas. La verdad es, precisamente, lo contrario: en nuestras filas son muy raras las fuerzas intelectuales, bien que los verdaderos obreros, por una sospecha explicable, se levanten contra los «habladores» y los «letrados» del partido. (...) Todos aquellos que están fuera del socialismo tienen o han tenido interés en combatirlo, en desnaturalizarlo o al menos en ignorar esta nueva teoría, y los socialistas, por las razones ya expuestas y por otras muchas aún, no han podido dedicar el tiempo, los cuidados y los estudios necesarios para que tal tendencia mental adquiera la amplitud de desenvolvimiento y la madurez de escuela, como la que alcanzan las disciplinas que, protegidas o al menos no combatidas por el mundo oficial, crecen y prosperan por la cooperación constante de numerosos colaboradores. ¿El diagnóstico del mal no es casi un consuelo? ¿No es así que proceden actualmente los médicos con sus enfermos, desde que se inspiran más, como ocurre ahora en su práctica terapéutica, en el criterio científico de los problemas de la vida?». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1897) 

lunes, 27 de septiembre de 2021

El auge del PCE (m-l) y las acciones armadas del FRAP de 1973-75; Equipo de Bitácora (M-L), 2021


[Este capítulo fue escrito originalmente en 2020, ha sido reeditado en 2021]

«La crítica y la autocrítica es un buen indicador para evaluar cómo se desarrolla la lucha de clases en el partido. Donde hay una crítica y autocrítica correcta, basada en principios, y severa, sin miedo ni vacilación, no echan raíces los males que amenazan al partido, no puede progresar el trabajo del enemigo, y están garantizadas la aplicación de las decisiones y las directrices, el papel de vanguardia de los comunistas, el liderazgo de la organización de base del partido y del pleno del comité del partido. (...) El choque de opiniones nunca es perjudicial cuando se basa en la política y los intereses del partido, de la clase obrera y del socialismo. Por el contrario, es necesario y útil, porque refuerza el carácter militante y revolucionario de la unidad, porque hace que sea más fácil descubrir y combatir los errores y las deficiencias, las infracciones y las distorsiones de la línea, y porque ayuda a tomar las decisiones más correctas». (Ndreçi Plasari; La lucha de clases en el seno del partido: Una garantía de que el partido seguirá siendo siempre un partido revolucionario de la clase obrera, 1978)

Para comprender el momento álgido del Partido Comunista de España (marxista-leninista) y su posterior declive debemos arrojar algo de luz donde ha solido predominar las sombras del silencio o la distorsión histórica, y obviamente no pasar de puntillas sobre las famosas acciones armadas del FRAP (Frente Republicano Antifascista Patriótico) en verano de 1975.


El FRAP como pretendido frente de masas

Basándonos en los documentos históricos, uno puede detectar que la formación del FRAP en 1971 tenía unos objetivos muy específicos:

«Elena Ódena: El FRAP surge porque está escrito también en la línea del partido que para organizar al pueblo hace falta un frente unido. Un frente revolucionario. El partido no puede en modo alguno incorporar a sus filas a la inmensa mayoría del pueblo, eso supone la aceptación de una disciplina, de una ideología y de unos principios». (Elena Ódena; Entrevista realizada para «Interviú» por el periodista José Dalmau, 17 de febrero de 1977)

Sus puntos programáticos eran:

«1.– Derrocar la dictadura fascista y expulsar al imperialismo yanqui mediante la lucha revolucionaria.

2.– Establecimiento de una República Popular y Federativa, que garantice las libertades democráticas para el pueblo y los derechos para las minorías nacionales.

3.– Nacionalización de los bienes monopolísticos extranjeros y confiscación de los bienes de la oligarquía.

4.– Profunda reforma agraria, sobre la base de la confiscación de los grandes latifundios.

5.– Liquidación de los restos del colonialismo español.

6.– Formación de un Ejército al servicio del pueblo». (Comunicado sobre la constitución del Comité Coordinador Pro FRAP y extractos de una resolución del mismo, 1971)

Aunque en los primeros momentos nadie daba un duro por estas pretensiones, el heroísmo y trabajo abnegado de sus militantes entre las masas daría sus frutos. Uno de los exmiembros del FRAP, el cual rechaza hoy toda vinculación con el comunismo, afirma a partir de su estudio:

«El FRAP llegaría a tener 10.000 de militantes en toda su trayectoria». (Periodista Digital; Catalán Deus (ex FRAP): «No entiendo a los jóvenes que creen que la violencia es la solución», 2017)

Seguramente estas sean cifras exageradas, pero una cosa es cierta: pese a las duras condiciones represivas bajo el franquismo, y aún con la hegemonía del jruschovismo en el movimiento proletario de «izquierda», a principios de los años 70 esta organización logró constituirse como segunda fuerza política dentro del totum revolutum de grupos que se autodenominaban marxistas, solo por detrás del PCE de Carrillo, que contaba con grandes métodos de financiación y un amplio aparato de propaganda en comparación con cualquier otra organización que se reclamara «de izquierda». No olvidemos tampoco que el PCE contaba con una gran manga ancha administrativa en cuanto a represión. Si bien es cierto que este estatus de fuerza del PCE (m-l)/FRAP se perdería a medida que avanzase la década, no deja de ser un logro formidable.

En 1974, los informes franquistas avalaban con temor nuestras afirmaciones:

«El PCE (m-l) se encuentra extendido por casi todo el territorio nacional y entre los emigrantes de Europa Occidental, pudiendo estimarse un número máximo de 1.500 militantes y el doble número de simpatizantes, siendo particularmente numerosos los estudiantes. Sus relaciones con otros grupos se caracterizan por la hostilidad y el aislamiento. (…) Dentro del sector comunista, el PCE (m-l) es el grupo más numeroso después del PCE. (…) El PCE (m-l) mantiene un elevado número de publicaciones periódicas, sólo superado entre los grupos clandestinos por el PCE. (…) El FRAP es hoy, entre los grupos revolucionarios de acción violenta el más agresivo, aguerrido y peligroso extendido por todo el país». (Informe del SECED Sobre el Partido Comunista de España (marxista-leninista), Grupos subversivos, julio de 1974)

Sobre el FRAP, sin duda, deben hacerse unas puntualizaciones, porque ha sido uno de los blancos preferidos de los periodistas de la «derecha» política para soltar todo tipo de medias verdades y calumnias, aunque no han sido los grupos de «izquierda» que han alimentado diversas leyendas sin argumentación de peso:

«-¿Cuánto se ha mentido sobre el F.R.A.P. y sobre el proceso «ese idílico» que muchos nos venden sobre la transición? .

-Se mintió mucho, desde que era una organización sin importancia, hasta que éramos unos fanáticos, dogmáticos y sectarios fácilmente manipulables, para terminar con que la organización estaba dirigida por infiltrados. Estas opiniones fueron frecuentes, pero se trató de una organización importante en algunos ámbitos, los militantes eran capaces de mantener y generalmente ganar debates ideológicos con otras tendencias u organizaciones y cuarenta años más tarde, nadie ha aportado ningún dato relevante sobre posibles infiltraciones en la dirección. Todos estos mensajes se difundieron precisamente en las épocas más críticas de la transición, cuando era más interesante para el poder desprestigiar todo lo que se reclamase republicano, federalista». (Cazarabet conversa con Julio Gomariz Acuña, 2018)

jueves, 16 de septiembre de 2021

¿Nos podemos fiar de la veracidad de lo que aseguren los «expertos» sobre la música?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

En los siguientes capítulos analizaremos la denominada «música apolítica», entendida como aquella cuyo objetivo principal no es la transmisión de un mensaje político o ideológico explícito, aunque ello no excluya la presencia de críticas sociales, reflexiones éticas o posicionamientos implícitos en sus letras.

Este análisis resultará de interés no solo desde una perspectiva artística, sino también histórica y sociológica, pues permitirá comprender cómo el arte y la industria musical han estado condicionados por el contexto económico, cultural y mediático de la sociedad capitalista. Asimismo, servirá para examinar hasta qué punto la mayor o menor carga ideológica de una obra puede influir en su proceso creativo, en su recepción y en su evolución posterior.

A lo largo de este recorrido también se pondrá de manifiesto que la creación de obras musicales complejas es, por lo general, fruto del trabajo cooperativo. La disciplina individual y colectiva resulta indispensable para afrontar la composición, la grabación de discos, las giras y los numerosos desafíos que acompañan a una carrera artística. Del mismo modo, se analizará el papel desempeñado por la prensa especializada, los seguidores y las compañías discográficas, actores que pueden favorecer la consolidación de determinados estilos, condicionar la trayectoria de los artistas o influir en su decisión de adaptarse o enfrentarse a la hegemonía cultural del momento o crear una contracultura.

Por otra parte, se observará cómo la crítica especializada y las discográficas tienden con frecuencia a ensalzar a los artistas que ya han alcanzado el éxito comercial, mientras que pueden mostrarse mucho más severas con bandas emergentes o con propuestas que se apartan de las fórmulas predominantes. Ello no implica que exista una regla invariable, pero sí constituye una dinámica recurrente en la historia de la música popular.

Finalmente, se comprobará que el éxito comercial no siempre guarda una relación directa con la calidad artística. Numerosas obras de gran valor creativo han pasado desapercibidas en el momento de su publicación, mientras que otras, de menor ambición artística, han alcanzado una enorme difusión gracias a factores como el contexto histórico, las estrategias de promoción o los gustos del momento. Del mismo modo, la historia demuestra que el público no siempre coincide con el criterio de la crítica especializada: en ocasiones desafía sus valoraciones y, en otras, las adopta y contribuye a consolidarlas sin cuestionar nada.


[Post publicado originalmente en 2021. Reeditado en 2026]

Los subcapítulos a abordar serán los siguientes: 

a) Elvis y el «rock and roll» de los años 50; b) Los años 60 y The Beatles, ¿todo lo que necesitamos es amor?; c) Led Zeppelin en los 70 y su tensa relación con la prensa especializada; d) Camarón, Paco de Lucía y el flamenco; e) ¿Siempre triunfa lo esperado? Led Zeppelin, Queen y Nirvana;  f) ¿Qué breves conclusiones pueden extraerse sobre la música no politizada?

Elvis y el «rock and roll» de los años 50

Comenzando con el ejemplo del «Rock and roll» y sus interminables ramificaciones, a poco que lo estudiemos su desarrollo nos daremos cuenta de que gran parte de las bandas hoy consagradas como «referentes del género», es decir, las que actuaron como vectores sumamente influyentes en el devenir del rock y posteriores subgéneros, en su día no fueron muy bien recibidas ni por los fans ni por los críticos musicales; es más, algunas fueron abiertamente vilipendiadas por parte del público, periodistas y otros «colegas de profesión». Véase el documental de Sam Dunn & Scot McFadyen: «Metal Evolution» (2011).