«Me pregunta usted qué piensan los obreros ingleses de la política colonial. Pues lo mismo que de la política en general; lo mismo que piensan los burgueses. Aquí no hay partido obrero, no hay más que el partido conservador y el partido liberal-radical, y los obreros se benefician tranquilamente con ellos del monopolio colonial de Inglaterra y del monopolio de ésta en el mercado mundial. A juicio mío, las colonias propiamente dichas, es decir, los países ocupados por una población europea: el Canadá, El Cabo, Australia, se harán todos independientes; por el contrario, los países sometidos nada más, poblados por indígenas, como la India, Argelia y las posesiones holandesas, portuguesas y españolas, tendrán que quedar confiadas provisionalmente al proletariado, que las conducirá lo más rápidamente posible a la independencia. Es difícil decir cómo se desarrollará este proceso. La India quizás haga una revolución, es incluso probable, y, como el proletariado que se emancipa no puede mantener guerras coloniales, habrá que resignarse a ello; eso no sucederá, evidentemente, sin destrucciones, pero son inherentes a toda revolución. Lo mismo puede ocurrir en otros sitios, en Argelia y Egipto, por ejemplo, lo que sería, por cierto, para nosotros, lo mejor. Tendremos bastante que hacer en nuestro país. Una vez Europa esté reorganizada, así como América del Norte, eso dará un impulso tan fuerte y será un ejemplo tan grande, que los países semicivilizados seguirán ellos mismos nuestra senda; de ello se ocuparán, por sí solas, las demandas económicas. Las fases sociales y económicas que estos países tendrán que pasar antes de llegar también a la organización socialista, no pueden, creo yo, ser sino objeto de hipótesis bastante ociosas. Una cosa es segura: el proletariado victorioso no puede imponer la felicidad a ningún pueblo extranjero sin comprometer su propia victoria. Bien entendido, esto no excluye, en absoluto, las guerras defensivas de diverso género». (Friedrich Engels; Carta a Karl Kautsky, 12 de septiembre de 1882)
martes, 7 de enero de 2020
lunes, 6 de enero de 2020
¿No se ha aprendido nada del desastre de las alianzas oportunistas y de los intentos de fusionarse con ellos?; Equipo de Bitácora (M-L), 2020
«En su momento Elena Ódena hizo un resumen muy breve pero muy certero sobre la unidad de la clase obrera:
«La clase obrera necesita ser consciente de sus intereses como clase, estar unida, y organizada, y contar con un Partido basado en el marxismo-leninismo. Esto no es fácil. En primer lugar, porque no todos los obreros adquieren rápidamente conciencia de sus intereses como clase. A las filas obreras llegan constantemente gentes procedentes de otras clases sociales –intelectuales progresistas, campesinos, artesanos, pequeños industriales y comerciantes que son arruinados por el capitalismo–. Estos nuevos proletarios siguen pensando durante un tiempo más o menos largo, con arreglo a su anterior condición social. (...) Los grandes capitalistas disponen, además, de la coacción económica. La misma miseria y explotación a que condenan a los trabajadores, son utilizadas por los capitalistas para reducirlos a la resignación y al sometimiento. (...) Pero el obstáculo mayor para la unidad y la conciencia de la clase obrera no proviene de ese factor, sino de las maniobras y los procedimientos, presiones y chantajes a los que la burguesía recurre para impedir que la clase obrera se convierta en la fuerza capaz de dar al traste con el régimen capitalista. Además, se sirve de los partidos y centrales sindicales reformistas y revisionistas y oportunistas, agentes ele la reacción en el seno del pueblo y enemigos de la revolución. (...) Contra todos estos medios que la gran burguesía monopolista pone en juego para impedir la unidad de la clase obrera y la formación de su conciencia revolucionaria, los obreros más avanzados tienen que llevar a cabo una lucha tenaz, paciente, prolongada, apoyándose en la indignación de las masas, en la defensa de sus reivindicaciones más sentidas, para educar a sus compañeros de clase, en la ideología del marxismo-leninismo, para organizarles y unirles». (Elena Ódena; Notas para la escuela del partido, 1981)
«La clase obrera necesita ser consciente de sus intereses como clase, estar unida, y organizada, y contar con un Partido basado en el marxismo-leninismo. Esto no es fácil. En primer lugar, porque no todos los obreros adquieren rápidamente conciencia de sus intereses como clase. A las filas obreras llegan constantemente gentes procedentes de otras clases sociales –intelectuales progresistas, campesinos, artesanos, pequeños industriales y comerciantes que son arruinados por el capitalismo–. Estos nuevos proletarios siguen pensando durante un tiempo más o menos largo, con arreglo a su anterior condición social. (...) Los grandes capitalistas disponen, además, de la coacción económica. La misma miseria y explotación a que condenan a los trabajadores, son utilizadas por los capitalistas para reducirlos a la resignación y al sometimiento. (...) Pero el obstáculo mayor para la unidad y la conciencia de la clase obrera no proviene de ese factor, sino de las maniobras y los procedimientos, presiones y chantajes a los que la burguesía recurre para impedir que la clase obrera se convierta en la fuerza capaz de dar al traste con el régimen capitalista. Además, se sirve de los partidos y centrales sindicales reformistas y revisionistas y oportunistas, agentes ele la reacción en el seno del pueblo y enemigos de la revolución. (...) Contra todos estos medios que la gran burguesía monopolista pone en juego para impedir la unidad de la clase obrera y la formación de su conciencia revolucionaria, los obreros más avanzados tienen que llevar a cabo una lucha tenaz, paciente, prolongada, apoyándose en la indignación de las masas, en la defensa de sus reivindicaciones más sentidas, para educar a sus compañeros de clase, en la ideología del marxismo-leninismo, para organizarles y unirles». (Elena Ódena; Notas para la escuela del partido, 1981)
jueves, 2 de enero de 2020
Los marxista-leninistas de los 70 sobre la cuestión republicana y su enfoque revolucionario
«En todo momento hemos de tener presente que la unión del pueblo ha de ser realizada por abajo, que es el pueblo el que tiene que estar unido y no los partidos o cabecillas –aunque a veces esto también sea posible–. Pero si el proletariado, el campesinado y otras capas populares no están unidas de nada servirá que los partidos firmen pactos y anuncien acuerdos pues estos no servirán de nada o en todo caso irán dirigidos y se volverán contra el proletariado y la revolución. (...) De esta forma se consigue que sea cual sea la evolución de los partidos –y la experiencia demuestra que los partidos no proletarios oscilan y varían de táctica en un momento dado–, se mantenga la alianza fundamental: el frente. (...) En la perspectiva revolucionaria donde debemos situar la lucha por la república, entendiendo por república no sólo, e incluso no tanto, la forma de gobierno, como el conjunto de transformaciones que implaría. (...) El partido ha dejado bien claro que no renuncia a ninguna cuestión que para nosotros es de principio, como por ejemplo, el principio de la lucha armada y el de la independencia de acción e ideológica. Lo hemos dicho y repetido, tanto en la Conferencia de proclamación de la Convención Republicana de los Pueblos de España (CRPE), como en todas las oportunistas que se han presentado desde entonces, y continuaremos sosteniendo esta misma posición por un lado para que nadie se equivoque respeto a nuestras intenciones y por otro, porque nos incumbe la responsabilidad de educar a nuestros aliados, de atraeros a nuestras posiciones. (...) Precisamente eso es una de las cuestiones que nos separan a nosotros los comunistas, de los revisionistas, los socialdemócratas y los oportunistas. (...) Es una verdad de perogrullo, el que una de las causas de las desviaciones derechistas y del sectarismo de izquierda es la falta de formación ideológica. De ahí la importancia de que nos preocupemos todos, y continuamente, por las cuestiones ideológicas, pues se han dado algunos casos, por ejemplo, de incomprensión al respeto que han llevado a no plantear la cuestión de la república ligada a un contenido de clase concreto, y olvidar como señala Lenin en las «Tesis e informe sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado» de 1919 que: «La república burguesa, aún la más democrática, no es más que una máquina para la opresión de la clase obrera por la burguesía, de la masa de los trabajadores por un puñado de capitalistas». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIIº Congreso del PCE (m-l), 1979)
Lenin sobre el oportunismo y el «radicalismo pasivo» hacia él
«Kautsky, la más alta autoridad de la II Internacional, es el ejemplo más típico y claro de cómo el reconocimiento verbal del marxismo ha llevado en la práctica a trasformarlo en «struvismo» o en «brentanismo». Plejánov nos ofrece otro ejemplo de ello. Mediante sofismas evidentes, se extirpa del marxismo su espíritu vivo y revolucionario, y se admite en él todo, excepto los medios revolucionarios de lucha y la propaganda y preparación de los mismos, así como la educación de las masas en ese sentido. Despreciando todo principio, Kautsky «concilia» la idea fundamental del socialchovinismo, la aceptación de la defensa de la patria en la guerra actual, con concesiones diplomáticas y ostensibles a la izquierda, tales como la abstención en la votación de los créditos de guerra, la actitud verbal en favor de la oposición, etc. Kautsky, que en 1909 escribió todo un libro sobre la inminencia de una época de revoluciones y sobre las relaciones entre la guerra y la revolución. Kautsky, que en 1912 firmó el manifiesto de Basilea sobre la utilización revolucionaria de la guerra que se avecinaba, ahora justifica y exalta el socialchovinismo por todos los medios y, como Plejánov, se une a la burguesía para ridiculizar toda idea de revolución, toda iniciativa en el sentido de una lucha revolucionaria directa.
La clase obrera no puede cumplir su misión revolucionaria universal sin librar una guerra implacable contra esa actitud de renegados, contra esa falta de principios, contra esa actitud servil hacia el oportunismo y contra ese increíble envilecimiento teórico del marxismo. El kautskismo no es fruto del azar, sino el producto social de las contradicciones de la II Internacional, de la combinación de la fidelidad verbal al marxismo con la sumisión, de hecho, al oportunismo.
Esta falsedad esencial del «kautskismo» se manifiesta de distintas formas en diferentes países. En Holanda, Roland Holst, a la vez que rechaza la idea de la defensa de la patria, aboga por la unidad con el partido de los oportunistas. En Rusia, Trotski, que también rechaza esa idea, defiende asimismo la unidad con el grupo oportunista y chovinista de Nasha Zariá. En Rumanía, Rakovski declara la guerra al oportunismo por considerarlo culpable de la bancarrota de la II Internacional, pero al mismo tiempo está dispuesto a admitir la legitimidad de la idea de la defensa de la patria. Todas estas no son más que manifestaciones del mal que los marxistas holandeses –Gorter y Pannekoek– han llamado el «radicalismo pasivo» y que se reduce a la suplantación del marxismo revolucionario por un eclecticismo en teoría, y por el servilismo o la impotencia ante el oportunismo en la práctica». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)
lunes, 23 de diciembre de 2019
Los factores que influyen en la posible restauración del capitalismo en una sociedad socialista...
«La experiencia internacional y de nuestro país muestra que las esperanzas de la burguesía y la reacción para la restauración del capitalismo no se basan solamente en los remanentes de las viejas clases explotadoras ni en los espías y agentes de la diversión pagados por los extranjeros. Sus esperanzas están basadas especialmente sobre otros enemigos del socialismo, que emergen de la propia sociedad socialista, en gente que está gravemente infectada por la supervivencia de viejas ideologías, en gente con tendencias individualistas y arribismo pronunciado, en gente corrompida por las influencias de la ideología burguesa y revisionista actual, en aquellos que ceden ante la presión de enemigos internos y externos, en aquellos que eventualmente se desvían de la revolución y degeneran en contrarrevolucionarios.
En la sociedad socialista existe el peligro de la degeneración de determinadas personas, del surgimiento de nuevos elementos burgueses, de su transformación en contrarrevolucionarios. El marxismo-leninismo nos enseña que esto se debe, no sólo a que en la nueva sociedad socialista se conservan aún tradiciones, costumbres, comportamientos y concepciones del modo de vida de la sociedad burguesa de la cual ha surgido, sino también a ciertas condiciones económicas y sociales, que en la fase transitoria existen en esta sociedad. Las fuerzas productivas y las relaciones de producción, la forma de distribución que se basa en ellas, están aún muy lejos de ser enteramente comunistas. En este sentido influyen asimismo las diferencias que existen en diversos terrenos, como entre el campo y la ciudad, entre el trabajo manual y el intelectual, entre el trabajo cualificado y el no cualificado, etc., que no pueden desaparecer de golpe. A todo esto se le debe sumar la fuerte y múltiple presión que el mundo capitalista y revisionista ejerce desde el exterior. El socialismo puede limitar en gran medida el surgimiento de los fenómenos negativos, que no son inherentes a su naturaleza, pero no está en condiciones de evitarlos enteramente». (Enver Hoxha; Informe en el VIIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1 de noviembre de 1976)
martes, 17 de diciembre de 2019
La desmemoria o el sentimentalismo de algunos sobre los dirigentes históricos del PCE; Equipo de Bitácora (M-L), 2020
«Un comunista debe evaluar a las figuras políticas dentro de su contexto histórico. Debe evaluar todos sus méritos y fallos, y ver si cualitativamente pesan más los primeros o los segundos. Abundan entre los pseudomarxistas el reivindicar a famosos revisionistas porque en algún momento de su vida fueron marxistas o al menos se reivindicaron como tal. Sobra decir que esto solo lo hacen elementos sin nula capacidad analítica, perdonando u olvidando incluso los peores actos de traición en favor del enemigo de clase.
Elena Ódena, líder indiscutible del Partido Comunista de España (marxista-leninista), reivindicaba el legado de los comunistas consecuentes como Miguel Hernández o José Díaz. Al mismo tiempo, arremetía sin compasión contra el revisionismo local condensado en la traición de figuras como las de Carrillo o Ibárruri, que habían llevado al Partido Comunista de España (PCE) hacia el desfiladero del eurocomunismo:
«La historia de los diez años de existencia de nuestro partido está íntimamente ligada a la lucha contra el revisionismo. El partido ha surgido, se ha desarrollado y se ha fortalecido en tenaz lucha contra el revisionismo moderno y en primer término contra sus manifestaciones en el plano nacional, cuya corriente principal encabeza el grupo Carrillo-Ibárruri». (Elena Ódena; X años de lucha contra el revisionismo y el oportunismo, 1974)
domingo, 15 de diciembre de 2019
Lenin en relación a las premisas de una insurrección victoriosa...
«Un complot militar pertenece al blanquismo puro si no está organizado por el partido de una clase determinada; si sus organizadores no han apreciado justamente el momento político en general y la situación internacional en particular; si no cuentan con la simpatía –demostrada con hechos– de la mayoría del pueblo; si el curso de la revolución no ha destruido las ilusiones y las esperanzas de la pequeña burguesía en cuanto a la posibilidad y a la eficacia del acuerdo entre las clases; si los organizadores del complot no han conquistado la mayoría, en el seno de los órganos de la lucha revolucionaria, «provistos de plenos poderes» o, al igual que los Soviets, con un lugar importante en la vida de la nación; si no hay en el ejército –en tiempos de guerra– una determinada hostilidad frente al gobierno que prolonga una guerra injusta, contra la voluntad del pueblo; si las consignas de la insurrección –«Todo el poder para los Soviets», «La tierra para los campesinos», «Propuesta inmediata a todos los Estados beligerantes de una paz democrática», «Anulación inmediata de los tratados secretos», «Abolición de la diplomacia secreta», etc.– no cuentan con una amplia difusión y con la mayor popularidad; si los obreros avanzados no están convencidos de la situación desesperada de las masas y asegurados del apoyo de los campesinos –apoyo demostrado por un importante movimiento campesino, o por una sublevación de gran envergadura, contra los propietarios y el gobierno que los defiende–; si la situación económica permite esperar realmente una solución favorable de la crisis, por medios pacíficos y por vía parlamentaria». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a los camaradas, 1917)
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