jueves, 17 de marzo de 2022

¿El marxismo debe utilizar categorías «no marxistas» o esto es un imposible?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«El hombre tiene también «conciencia», pero, tampoco esta es desde un principio una conciencia «pura», el «espíritu» nace ya tratado con la maldición de estar «preñado» de materia, que aquí se manifiesta bajo la forma de capas de aire en movimiento, de sonidos, en una palabra, bajo la forma del lenguaje. El lenguaje es tan viejo como la conciencia: el lenguaje es la conciencia práctica, la conciencia real, que existe también para los otros hombres y que, por tanto, comienza a existir también para mí mismo; y el lenguaje nace, como la conciencia, de la necesidad, de los apremios de relación con los demás hombres. (...) La conciencia es, en principio, naturalmente, conciencia del mundo inmediato y sensorio que nos rodea y conciencia de los nexos limitados con otras personas y cosas, fuera del individuo consciente de sí mismo; y es, al mismo tiempo, conciencia de la naturaleza, que al principio se enfrenta al hombre como un poder absolutamente extraño, omnipotente e inexpugnable». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

En esta pequeña sección analizaremos cómo los seguidores de la «Línea de Reconstitución» (LR) suelen enredarse con el vocabulario y cómo en este campo vuelven a destilar todo su idealismo filosófico en torno a la cuestión de las palabras con comentarios que a priori pudieran parecer nimiedades. Aquí, una vez más, lo importante no será lo que diga esta gente, sino indagar en toda una cadena de equivocaciones que han sido comunes a la hora de lidiar con cotidianidades, como es en este caso el lenguaje y sus implicaciones. Dicho de otro modo, el valernos de los ejemplos de estos señores será una excusa para plantear otras cuestiones de mayor índole.

Antes que nada, deberíamos aclarar la terminología que vamos a utilizar de cara a los lectores noveles. Mark Rosental y Pavel Yudin en su obra «Diccionario filosófico» (1940), definieron a las «categorías» como: «Los conceptos lógicos fundamentales que reflejan los vínculos y las conexiones más generales y sustanciales de la realidad»; por ende, «las categorías −por ejemplo: la causalidad, la necesidad, el contenido, la forma, etcétera− se formaron en el proceso del desarrollo histórico del conocimiento apoyándose en la práctica productora material y social de los hombres». Por otro lado, por «conceptos» hemos de entender: «La forma del raciocinio humano, mediante la cual se expresan los caracteres generales de las cosas», es «el resultado de la síntesis de la masa de fenómenos singulares», por lo que «en el proceso de esta síntesis abstraemos las propiedades y momentos casuales y no esenciales de los fenómenos, y formamos conceptos que reflejan las conexiones y las propiedades esenciales, fundamentales, decisivas, de los fenómenos y de las cosas». ¿Cuál es el problema aquí? Muy sencillo: «En el proceso de la formulación de los conceptos se crea el peligro de su alejamiento de la realidad. Por ejemplo, el concepto de número nació mediante la abstracción de los números singulares, particulares, que señalan tal o cual cantidad de cosas concretas. Sin embargo, los idealistas siguen considerando hasta hoy que el concepto de número, como los demás conceptos matemáticos, son apriorísticos, que existen antes e independientemente de toda experiencia del hombre. La lógica formal, idealista, enseña que el concepto, como lo general, está completamente abstraído de todo lo particular y concreto».

Lenin ya dejó claro que las «categorías» podían usarse siempre que tuvieran relación con el continuo conocer, es decir, «el pensamiento que avanza de lo concreto a lo abstracto siempre que sea correcto no se aleja de la verdad, sino que se acerca a ella»:

«Es injusto olvidar que estas categorías «tienen su lugar y validez en la cognición», pero como «formas indiferentes» pueden ser «instrumentos del error y de la sofistería», no de la verdad». (...) De la percepción viva al pensamiento abstracto, y de éste a la práctica: tal es el camino dialéctico del conocimiento de la verdad». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Resumen del libro de Hegel «Ciencia de la lógica», 1914)

Mientras, volvió a dejar claro que tanto los «conceptos» como las «categorías» tienen su base en la realidad, pero estas no existen como «entes invisibles» ni de forma «eterna», ni significa que su esencia resida en «otra dimensión», sino que son una herramienta fruto del vocabulario que crea el ser humano para acercarse, reflejar y operar con el mundo exterior que tiene delante, el cual siempre está en continuo devenir:

«Si todo se desarrolla, ¿no rige eso también para los conceptos y categorías más generales del pensamiento? Si no es así, significa que el pensamiento no está vinculado con el ser. Si lo es, significa que hay una dialéctica de los conceptos y una dialéctica del conocer que tiene significación objetiva». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Resumen del libro de Hegel «Lecciones de la filosofía», 1915)

En otra ocasión, Antonio Labriola, siendo aún más tajante, declaró en su obra «Del materialismo histórico» (1896), que había que terminar con el llamado: «Mito y el culto de las palabras», porque «las cuestiones terminológicas no tienen ya más valor que el subordinado de una mera convención», ¿a qué se refería? A que había que superar el obstáculo de: «Las vicisitudes humanas, las pasiones y los intereses y los prejuicios de escuela, de secta, de clase, de religión, y después el abuso literario de los medios tradicionales de representación del pensamiento, y la escolástica, nunca vencida». A ese molesto «verbalismo» tendiente a encerrarse en definiciones puramente formales, el cual «lleva la mente hacia el error de creer que es cosa fácil reducir a términos y expresiones simples y palpables la intrincada y cruel complicación de la naturaleza de la historia». O para decirlo de otro modo, ese pensamiento simplón que «anula el sentido del problema porque no ve más que denominaciones».

En cuanto el tema lingüístico, Lenin anotó cómo se forman los conceptos en una forma que, aun hoy, sigue dejando mudos a los críticos del materialismo histórico cuando estos le acusan previamente de ser «árido», «sin vida» y «mecánico»:

«La aproximación del espíritu −humano− a una cosa particular, −el sacar una copia = un concepto de ella− no es un acto simple, inmediato, un reflejo muerto en un espejo, sino un acto complejo, dividido en dos, zigzagueante, que incluye en sí la posibilidad del vuelo de la fantasía fuera de la vida; más aún que eso: la posibilidad de la trasformación −además, una trasformación imperceptible, de la cual el hombre no es consciente− del concepto abstracto, de la idea, en una fantasía −en última instancia = Dios−. Porque incluso en la generalización más sencilla, en la idea general más elemental −«mesa» en general−, hay cierta partícula de fantasía. Y viceversa: sería estúpido negar el papel de la fantasía, incluso en la ciencia más estricta −ejemplo: Písarev sobre los sueños útiles, como un impulso para el trabajo, y sobre los ensueños vacíos−». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Resumen del libro Aristóteles «Metafísica», 1914)

En este caso, se deja claro que no hay una separación absoluta entre lo «material» e «ideal», que dicha diferencia se vuelve casi imperceptible en varios momentos. Entiéndase que cuando una persona aprende un concepto, a veces dicho foco de estudio no interactúa directamente con él −póngase aquí el concepto «tiburón» o «quimera», el cual un niño puede aprenderlo sin ver, degustar, oler o tocar jamás a ninguno de ellos; sino tan solo oyendo y tramitando en su mente lo que un tutor le describe que es dicho animal −real o mitológico−, el cual más tarde lo verá representado en dibujos o lo escuchará fugazmente en las narraciones de los cuentos−. Ergo, a priori basta con que a sus sentidos lleguen las «huellas» de tal objeto de estudio −real o ficticio, pasado o presente, folclórico o científico− que le ha legado la humanidad. El problema es que tal concepción no es muy fiable y con el tiempo debe de ser revisada. Centrándonos en los adultos, cada persona se ve forzada a reconstruir sus concepciones de forma continua. ¿Cómo? A partir de toda una serie de abstracciones, las cuales serán cada vez más refinadas si reconstruye todo críticamente, partiendo, o mejor dicho, acercándose a la fuente de su estudio; y solo entonces, el niño que pasa a adolescente verificará por qué un «tiburón» es real y la «quimera» solo lo es en tanto existe el concepto del monstruo de la mitología griega, un híbrido mitad león, cabra y serpiente −además, con el tiempo descubrirá muy seguramente que la riqueza del lenguaje es tal, que también existen otras concepciones de «quimera» como sinónimo de «utopía» o «imposible»−. Dicho lo cual, entendiendo que todo está en movimiento −no solo los organismos vivos, sino también todo el lenguaje con el que operamos−, es muy posible que tal idea inicial que uno se ha hecho en su cabeza sobre X cuestión no sea muy aproximada −auténtica−. Tampoco es descartable que en su día no lo fuese porque operásemos bajo un soporte defectuoso para su estudio −o que ese objeto o cualidad haya cambiado sustancialmente−. Esto ocurre en todos los eventos de la vida: cuando los descubrimientos de la ciencia nos enseñan mejor cómo opera un concepto de física; cuando notamos que una persona ha cambiado tanto que su personalidad ha pasado de ser por norma «apacible» a fácilmente «irascible»; o cuando una nueva regla gramatical nos obliga a habituarnos a una nueva forma de escritura. En todos estos casos, deberemos reformular nuestras pretensiones sobre aquello que caracterizaba a dicho concepto −aun hasta cuando fuese bastante aproximado y correcto−.

viernes, 25 de febrero de 2022

El PCE (r) y Cía. como voceros del imperialismo ruso; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


[Publicado originalmente en 2017. Reeditado en 2022]

«En esta sección repasaremos varias cuestiones relacionadas con la Rusia del siglo XXI:

En primer lugar, analizaremos la economía del país euroasiático en relación a la teoría imperialista de Lenin. Gracias a esto observaremos luego que la mayoría de rusófilos, como Atilio Borón, José E. Egido, Manuel Shuterland, Arenas y compañía, no conocen o no han querido entender qué es eso del «imperialismo» en la era del capitalismo moderno.

En segundo lugar, repasaremos aquello de que «Rusia no ha tenido una política militar intervencionista», recordando los eventos de Chechenia, Georgia, Ucrania o Kazajistán, y repasando los vínculos económicos con sus aliados como Bielorrusia, Siria y Kirguistán.

En tercer lugar, observaremos cómo el Partido Comunista de España (reconstituido) reproduce hoy las teorías más burdas sobre el presunto «progresismo» que guardaría la figura de Vladimir Putin, que confirman que es uno de los mayores voceros históricos del imperialismo ruso en la Península Ibérica, una posición continuista de las labores que ya realizaban en los años 70 y 80 defendiendo a Brézhnev o Gorbachov, no sabemos si a cambio de unos cuantos rublos o de forma gratuita, porque hay que tener en cuenta que siempre hay tontos motivados. 

En cuarto lugar, observaremos cómo la «izquierda» prorrusa guarda una fe casi mística hacia los nacionalistas vestidos de rojos, como Guennadi Ziugánov, de quienes esperan que con la ayuda de la burguesía nacional conduzcan de nuevo a Rusia hacia ese nuevo «socialismo reformado». Esto mostrará a los fanáticos del PCE (r) que sus ídolos de barro han ido descendiendo del nivel del lenguaje enfervorizado y anarcoide a las proclamas posibilistas y populistas, sorprendente, pero no por ello inesperado. 

Por último, y no menos importante, analizaremos cuales han sido los precedentes que dan pie a la Invasión rusa de Ucrania (2022), las tiranteces históricas entre ambos países desde el siglo XVIII hasta nuestros días. De igual modo, nos veremos en la obligación de refutar los argumentos de los plumíferos este bloque imperialista y el contrario para justificar sus políticas.


Rusia reúne sobradamente todos los rasgos de una potencia imperialista

¿Cuáles eran estos rasgos del imperialismo que describía Lenin y de los que tanto hablan los falsos leninistas de hoy?:  

«1) la concentración de la producción y del capital llegada hasta un grado tan elevado de desarrollo que ha creado los monopolios, que desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este «capital financiero», de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capital, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particular; 4) la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo; y 5) la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Todos estos datos, insistimos, fueron relatados en comparativa a las estadísticas de años y siglos anteriores, constatándose, en lo sucesivo, como una tendencia objetiva. Como nota importantísima hay que aclarar que los países punteros advertían el camino general, ya que estos eran rasgos inherentes al propio sistema de producción. Esto significaba que fenómenos como la «concentración de la producción y capital», la «fusión del capital bancario con el industrial», la «exportación de capital», la «formación de asociaciones internacionales que se reparten el mundo», etc. eran «estaciones» −etapas− a las que iban a ir llegando −como así sucedió− todos los «trenes» −países− que estuvieran históricamente viajando en el mismo «rail» −capitalista−. Otra cosa muy diferente, claro está, es la velocidad para completar tal trayecto −y en qué estaciones se encontrarían ya viajeros que fueron pioneros−. En la práctica el hecho de que X haya alcanzado un alto grado −pongamos− de exportación de capital −algo quizás inédito en su pasado reciente−, no excluye que a su alrededor existan otros gobiernos o empresas Y o Z que doblen o tripliquen sus datos, ni que en la arena internacional le amenacen debido a sus fuertes alianzas internacionales, ejército, balanza comercial, deuda, etc. Esto implica que hay y seguirá habiendo, más allá de rasgos generales o específicos, capitalistas dominados y dominantes −y este estatus puede alterarse de forma sorprendente en el devenir histórico−. Por eso el mayor pecado del analista metafísico es, como veremos más adelante, reducirlo otro a uno o varios factores −olvidándose de otros y no llegando jamás a un cómputo general lúcido−.

En su momento Engels tuvo que aclarar a algunas cabezas huecas que ponían en tela de juicio la validez de conceptos como «feudalismo» −porque no siempre se manifestaba de forma calcada−. En su caso, Lenin también tuvo que señalar que nunca hemos de:

«Olvidar la significación condicional y relativa de todas las definiciones en general, las cuales no pueden nunca abarcar en todos sus aspectos las relaciones del fenómeno en su desarrollo completo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

¿Y bien? Aun con esta advertencia, ¿cumple Rusia con estos requisitos? Por supuesto. No necesitamos ni siquiera basarnos en demasiadas fuentes distintas para reunir las piezas del puzle, ya que existen investigaciones que documentan todo esto sobradamente a través de datos oficiales, no es un secreto, ni mucho menos. Pero dado que hay gente empecinada en negar lo que los hechos confirman, daremos un breve repaso al tema.

En primer lugar, a muchos cuando se les habla de «imperialismo» imaginan el puñado de imperios coloniales europeos del siglo XIX, o realizan comparativas todavía más lejanas en el tiempo:

lunes, 21 de febrero de 2022

La evolución en las armas, técnicas de combate y su estrecha relación con el progreso económico

«El revólver triunfa sobre el puñal, y con esto quedará claro incluso para el más pueril de los axiomáticos que el poder no es un mero acto de voluntad, sino que exige para su actuación previas condiciones reales, señaladamente herramientas o instrumentos, la más perfecta de las cuales supera a la menos perfecta; y que, además, es necesario haber producido esas herramientas, con lo que queda al mismo tiempo dicho que el productor de herramientas de poder más perfectas vulgo armas vence al productor de las menos perfectas, o sea, en una palabra, que la victoria del poder o la violencia se basa en la producción de armas, y ésta a su vez en la producción en general, es decir: en el «poder económico», en la «situación económica», en los medios materiales a disposición de la violencia.

La violencia se llama hoy ejército y escuadra de guerra, y ambos cuestan, como sabemos por desgracia nuestra, «una cantidad fabulosa de dinero». Pero la violencia no puede producir dinero, sino, a lo sumo, apoderarse del dinero ya hecho, y esto no es de mucha utilidad, como sabemos, también por desgracia nuestra, gracias a los miles de millones franceses. Así, pues, en última instancia el dinero tiene que ser suministrado por la producción económica; el poder aparece también en este caso determinado por la situación económica que le procura los medios para armarse y mantener sus herramientas. Pero esto no es todo. Nada está en tan estrecha dependencia de las previas condiciones económicas como el ejército y la escuadra precisamente. Armamento, composición, organización, táctica y estrategia dependen ante todo del nivel de producción y de las comunicaciones alcanzado en cada caso. Lo que ha obrado radicalmente en este campo no han sido las «libres creaciones de la inteligencia» de geniales jefes militares, sino la invención de armas mejores y la transformación del material del soldado; la influencia de los jefes militares geniales se limita, en el mejor de los casos, a adaptar el modo de combatir a las nuevas armas y a los nuevos combatientes.

A comienzos del siglo XIV, la pólvora llegó a la Europa occidental a través de los árabes, y subvirtió, como saben los niños de escuela, todo el arte de la guerra. La introducción de la pólvora y de las armas de fuego no fue empero en modo alguno un acto de violencia, sino una acción industrial, es decir, un progreso económico. La industria es siempre industria, ya se oriente a la producción o a la destrucción de las cosas. Y la introducción de las armas de fuego tuvo efectos radicalmente transformadores no sólo en el arte mismo de la guerra, sino también en las relaciones políticas de dominio y vasallaje. Para conseguir pólvora y armas de fuego hacían falta una industria y dinero, y los que poseían las dos cosas eran los habitantes de las ciudades, los burgueses. Por eso las armas de fuego fueron desde el principio armas de las ciudades y de la ascendente monarquía, que se apoyaba en las ciudades contra la nobleza feudal. Las murallas de piedra de los castillos de la nobleza, hasta entonces inexpugnables, sucumbieron ante los cañones de los ciudadanos, y las balas de las burguesas escopetas atravesaron las armaduras caballerescas. Con la pesada caballería aristocrática se hundió también el dominio de la nobleza; con el desarrollo de la clase urbana, la infantería y la artillería van convirtiéndose progresivamente en las armas decisivas; obligado por la artillería, el oficio de la guerra tuvo que añadirse una sección nueva y completamente industrial: la de los ingenieros.

El desarrollo de las armas de fuego fue muy lento. El cañón siguió siendo pesado durante mucho tiempo, y el mosquete, a pesar de muchos inventos de detalle, siguió siendo un arma grosera. Pasaron más de trescientos años antes de que se produjera un fusil adecuado para armar a toda la infantería. Hasta comienzos del siglo XVIII no eliminó definitivamente el fusil de chispa con bayoneta a la pica en el armamento de la infantería. Esta se componía entonces de los soldados mercenarios de los príncipes, tropa muy rígidamente entrenada, pero muy poco de fiar, imposible de mantener disciplinada sino con el bastón, y procedente de los más corrompidos elementos de la sociedad, y, muchas veces, de prisioneros de guerra enrolados por coacción; la única forma de combate en la que esos soldados podían utilizar el nuevo fusil era la táctica lineal que alcanzó su supremo perfeccionamiento con Federico II. La infantería entera de un ejército formaba un largo cuadrilátero vacío de tres filas por lado y no se movía en orden de batalla, sino como un todo; a lo sumo se permitía a una de las alas que se adelantara o retrasara algo. Era imposible mover ordenadamente a esa masa de tan pocos recursos sino por un terreno completamente llano, e incluso en terrenos tales el ritmo era muy lento setenta y cinco pasos por minuto; era imposible toda modificación del orden de batalla durante el combate, y, una vez entrada en fuego la infantería, la victoria o la derrota se decidían en poco tiempo y de un golpe.

domingo, 6 de febrero de 2022

Cómo el armesillismo rechaza a Lenin y ataca su teoría del imperialismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


[Publicado originalmente en 2021. Reeditado en 2022]

«En esta sección analizaremos varias cuestiones clave que son importantes o recurrentes en torno a la teoría del imperialismo: a) ¿Existe hoy el «imperialismo» que describe Lenin, ha existido «desde siempre» o simplemente es una entelequia? b) Repasaremos a los economistas como Manuel Sutherland y sus métodos subjetivos de investigación. c) Partiendo de lo anterior, analizaremos cómo a la hora de distorsionar la historia existe o bien una tendencia «igualatoria» o una tendencia «particularista». d) Revisaremos las ideas de Jon Illescas y otros que niegan el proceso de monopolización y daremos datos actualizados de la economía actual. e) Sintetizaremos, pues, cuáles son los rasgos generales del imperialismo moderno. f) Por último, para comprender la interrelación entre imperialismo y oportunismo, repasaremos quiénes suelen ser aquellos que consideran las teorías de Lenin como «caducas» o «superadas».


¿Existe hoy el imperialismo que describe Lenin, ha existido «desde siempre» o simplemente es una entelequia?

Según la RAE un imperio es, según su sexta acepción: «Conjunto de Estados o territorios sometidos a otro»; mientras en la tercera acepción se da por hecho: «Organización política del Estado regido por un emperador». Históricamente ya hemos visto que se ha utilizado la palabra imperio para designar a la primera definición que hemos visto, sin que sea necesario la existencia de un emperador o monarca. 

Por ese motivo los imperios que se dan en el capitalismo actual, en su etapa monopolística, no tiene nada que ver con los imperios de la Edad Antigua, Edad Media, ni siquiera son del todo acertadas las comparativas forzadas con los de la Edad Moderna. No ver esta contraposición es todavía más burdo si tenemos en cuenta que la política económica de muchos de estos viejos imperios del pasado se basaban principalmente en una política rentista del suelo combinada con una expansión colonial, mientras que en cualquier imperialismo actual prima a toda costa la máxima rentabilidad del capital, además de que el papel del capital financiero es aquí de mucha mayor importancia. Siendo este un «detalle» que ya explicó Friedrich Engels en obras como la mencionada «Del socialismo utópico al socialismo científico» (1880). 

También, como hemos visto hasta aquí, debería haber quedado claro que por «imperialismo» no debemos imaginarnos siempre un imperio como el de Gengis Kan ni como el de Napoleón. En efecto, Lenin utilizó tal palabra que ha causado tanto debate y dolor de cabeza. ¿Por qué? Seguramente porque era idóneo en su momento, ya que reflejaba esa imponente expansión del imperialismo europeo y estadounidense, donde la cuestión colonial era objeto de debate en los parlamentos, prensa y cafeterías. Pero el mismo autor se encargó se refutar en «Imperialismo, fase superior del capitalismo» (1916) los paralelismos históricos sin demasiado sentido entre el imperio de Roma de la antigüedad y el de Gran Bretaña en su época. Empezó por aclarar que: «El imperialismo −el dominio del capital financiero− es la fase superior del capitalismo», lo que ya nos daba a entender la diferencia histórica de este último aspecto −aunque él mismo aclararía que este no era el único factor importante a tener en cuenta−. 

martes, 1 de febrero de 2022

Carácter popular y realismo; Bertolt Brecht, 1938

«Si se quieren fijar lemas para la literatura alemana contemporánea conviene tener en cuenta que lo que pretende reivindicar, el derecho de llamarse literatura, sólo puede imprimirse exclusivamente en extranjero y leerse casi exclusivamente en el extranjero. El lema carácter popular para la literatura adquiere de esta forma una nota singular. El escritor debe escribir para un pueblo con el cual no vive sin embargo considerándolo más de cerca, la distancia del escritor con respecto al pueblo no es tan grande como se pudiera creer. La estética dominante, el precio de los libros y la policía han puesto siempre una distancia considerable entre escritor y pueblo. A pesar de ello, sería injusto, esto es, no realista, considerar el aumento de la distancia sólo «externamente». Se requieren sin duda alguna esfuerzos especiales para escribir hoy de forma popular. Por otro lado, se ha hecho más fácil, más fácil y más imperioso. El pueblo se ha separado más claramente de sus clases directoras, sus opresores y explotadores se han salido de él y se han embarcado en una lucha con él ya de alcance inapreciable, sangrienta. Se ha hecho más fácil tomar partido. Entre él «público» ha estallado una batalla, por decirlo así.

Tampoco se puede pasar por alto la exigencia de una forma de escribir realista. Se ha convertido ya en algo que se da por sobreentendido. Las clases dominantes se sirven más que antes de la mentira y de una mentira más abultada. Decir la verdad aparece como una tarea cada vez más imperiosa. Los males han aumentado y el número de los afligidos es mayor. A la vista de los grandes males de las masas, el tratamiento de pequeñas dificultades de grupos pequeños produce una sensación de ridículo, de desprecio.

Contra la barbarie creciente sólo hay un aliado: el pueblo, que tanto sufre bajo ella. Sólo de él puede esperarse algo. Por tanto, es lógico dirigirse al pueblo y, más necesario que nunca, hablar su lenguaje.

Así coinciden, de forma natural, los lemas carácter popular y realismo. Es de interés para el pueblo, para las amplias masas obreras, obtener de la literatura imágenes de la vida fieles a la realidad, y las imágenes de la vida fieles a la realidad sirven, en realidad, únicamente al pueblo, a las amplias masas obreras, y deben ser, por tanto, absolutamente comprensibles y provechosas para ellas, populares, por tanto. No obstante, estos conceptos deben ser depurados a fondo antes de confeccionar frases, en las cuales se utilizan y mezclan. 

Sería un error considerar estos conceptos totalmente depurados, carentes de historia, no comprometidos, unívocos −«todos sabemos muy bien lo que se quiere decir con ellos, no sutilicemos»−. 

jueves, 13 de enero de 2022

¿Se puede considerar al trap como un «realismo» consecuente?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«Ernesto Castro: La tesis hegeliana de que todo lo real es racional para mí va a misa». (Relatos Sonoros; Con Javier Blánquez y Ernesto Castro: Trap, música y filosofía en tiempos de crisis, 2020)

Actualmente, se teme la crítica hacia el trap, hay un pésimo intento de justificarlo bajo la premisa: «Si ha triunfado, es que algo bueno tiene y trae». Un reduccionismo tan simple que en política sería como decir: «Si Hitler llegó al poder es que algo bueno tenía y traía al pueblo alemán». ¿Pero qué podemos decir sobre esto? En el sentido más estrictamente funcional y pragmático, en efecto, Hitler hizo las cosas lo suficientemente bien como para llegar al poder: un poco de demagogia anticapitalista, mezclado con carisma, buena oratoria y agresividad contra la oposición, pero, ¿se puede decir que «traía cosas buenas al pueblo alemán»? Del trap se dice que su mejor virtud es que «refleja la esencia del barrio». ¿No es esto insultar a la gente del propio barrio? Los periódicos del extranjero comentaban la súbita subida al poder de Hitler con la idea de que éste supo «captar la esencia del pueblo alemán mejor que nadie». ¿Qué se pretendía decir con eso? ¡¿Qué el pueblo alemán era imperialista, racista, antisemita e irracional por naturaleza?! Como se ve, a veces, sin quererlo, las alabanzas son crueles. 

Recapitulando, ¿qué temas ocupan primordialmente los traperos? Recordemos: machismo, prostitución, proxenetismo, lucha de bandas callejeras, alcoholismo, tráfico de drogas o atracos de bancos −y todo esto no para criticarlo, sino acogiéndolo con orgullo−. Para estos músicos, estos «cuasi intelectuales», estos son los «problemas de la calle» de los que hay que hablar −como si estos se limitasen solo a los problemas de los «bajos fondos», al mundo de los lumpens−. La cuestión para nosotros es, en esta «mala película»… ¿ellos son parte del problema o de la solución de todos estos conflictos? Observando su lirismo, no queda lugar a duda que no hacen nada por remediarlos, se ríen y se vanaglorian de tales fenómenos. ¿Dónde están los temas que hablan sobre las causas y posibles soluciones para temas como la vivienda, educación, sanidad, desempleo, ludopatía, prostitución y demás? ¿Cómo enfrentan corrientes y movimientos sociales de moda como el ecologismo o el feminismo? ¿Qué opinan sobre la problemática nacional en España? ¿Nada? Parece que cuando la cosa se sale de hablar de gramos, putas, marcas de zapatillas y bates de beisbol, todo se complica, ¿verdad? Es común que los jefes del «rap kinki», como Jarfaiter, pongan el foco en los peores defectos de las gentes que habitan en la sociedad, pero no se planteen por qué sucede esto o aquello; tampoco intentan llegar a las capas más honestas del pueblo para superar dicho escenario que les agobia. Nada de eso, lo que suelen hacer es hablar de los comportamientos mezquinos que abundan entre la población y usarlos como pretexto para comportarse exactamente igual. La secuencia sería tal que así: el autor parte de la clásica actitud «descriptivista» ante un aspecto concreto y muy crudo de la realidad, pero una vez hecho tal «ejercicio artístico» no va más allá −porque no le interesa o no se siente con fuerzas− y termina reproduciendo todo aquello que a ratos parece que quisiera denunciar. Un recurso artístico tan recurrente como aburrido.

Aclaraciones necesarias sobre el «realismo»

Según la RAE el realismo» es una: «Forma de ver las cosas sin idealizarlas». El trap está muy lejos de ser «realista» en este sentido. Se caracteriza por hacer una fotografía de la podredumbre actual, o peor, de alabar lo peor del género humano bajo todo tipo de baratijas filosóficas. Esto es lo que algunos llaman «realismo sucio». Pero no sabe ni el origen ni el porvenir que puede haber en ese «mundo sucio». Sus expresiones de indignación son inofensivas para los pilares sobre los cuales se sustentan las cosas. ¿Es esto nuevo? En absoluto, ya en su día Gueorgui Plejánov se esforzó por recordarnos que esto es algo muy recurrente:

«Los parnasianos y los primeros realistas franceses −los Goncourt, Flaubert y otros− también sentían un desprecio infinito por la sociedad burguesa que les rodeaba. También ellos lanzaban constantemente improperios contra los odiados «burgueses». Y si publicaban sus obras, no era, según decían, para un público vasto, sino tan sólo para unos cuantos elegidos, «para amigos ignorados», como decía Flaubert en una de sus cartas. Según ellos, sólo un escritor de mediano talento podía agradar al gran público. Leconte de Lisle creía que el gran éxito de un escritor era un signo de su inferioridad intelectual. Huelga decir que los parnasianos, al igual que los románticos, eran partidarios incondicionales de la teoría del arte por el arte». (Gueorgui Plejánov; El arte y la vida social, 1913)

Además de lo dicho hasta aquí, asumimos que desde una óptica revolucionaria:

«El arte realista es arte combativo. Lucha contra visiones erróneas de la realidad e impulsos que se oponen a los intereses reales de la humanidad. Hace posibles formas correctas de pensar y potencia los impulsos productivos». (Bertolt Brecht; Sobre el socialismo, 1954; Extraído del libro de Juan José Gómez; Crítica, tendencia y propaganda; Textos sobre arte y comunismo, 1917-1954, 2004)

Un criterio que, por supuesto, no siguen los traperos, que tienen poco de combativos, y que no luchan para nada contra los impulsos que se oponen a los intereses de la humanidad −más bien los fomentan−. En realidad, el «realismo sucio» del trap recuerda demasiado al naturalismo de los intelectuales del siglo XIX:

«El naturalismo se había metido en un callejón sin salida y que lo único que le quedaba por hacer era contar una vez más los amores de la tendera con el tabernero de la esquina. [Haciendo que] se perdiese todo interés y se hiciese aburrida y hasta repelente. (…) Todo podía llegar a ser objeto de su estudio, hasta la sífilis, como decía Huysmans. Sin embargo, el movimiento obrero contemporáneo era inaccesible para él. (…) Pero esa falta de simpatía por los objetos observados y representados, ocasionó muy pronto, como no podía por menos de suceder, una pérdida de interés por esa existencia». (Gueorgui Plejánov; El arte y la vida social, 1913)

En arte el «formalismo» lo podemos definir como el afán de darle suma importancia a la técnica a la hora de escribir en un lenguaje bonito o sobrecargado, realizar escalas instrumentales muy virtuosas o pintar haciendo que el color y la luz destaquen por encima del resto. ¿Es esto incompatible con una obra buena? En absoluto, pero cuando acaba teniendo más protagonismo que la esencia a transmitir de la obra, que la narración y mensaje, se invierte la importancia entre contenido y forma. A veces se piensa que el formalismo solo acontece en este aspecto, pero no es así, también ocurre al revés. Mismamente, en una canción de música, también se puede cometer formalismo cuando el artista, una vez tiene la intención de hacer una obra de compromiso social, finalmente acaba contentándose con darle un aspecto «revolucionario» en lo superficial, en cambio se despreocupa precisamente de otorgarle una forma digna a esa letra que acompaña esa canción, de rimar bien y de ligar con sentido la historia que está queriendo contar, cuando cree, que por decir palabras altisonantes y «ultrarrevolucionarias» ya ha cumplido con el «contenido» ideológico de la pieza. Aquí de nuevo el auto incurre en la equivocación de importarle más la exterioridad que la esencia contenida en dicha lírica.

sábado, 1 de enero de 2022

Sobre la nueva corriente maoísta de moda: los «reconstitucionalistas»; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

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«Si bien es cierto que, a diferencia del siglo XIX, en el que las jornadas laborales superaban las doce horas, en la actualidad el tiempo de trabajo se ha reducido a las ocho horas −siempre sobre el papel, está claro, a lo que debemos sumar toda la serie de tareas y preocupaciones que se generan tanto en el hogar como en el círculo social. La evolución del trabajo en la etapa de los grandes monopolios y las grandes cadenas de montaje derivó, como sabemos, en un sinfín de trabajos cada vez más sencillos, pero a cada cual más tediosamente mecánico. En tiempos de «precarización laboral», al trabajador se le obliga a imbuirse en el maravilloso mundo de los empleos temporales y a la media jornada, al pluriempleo; bien como complemento para su trabajo fijo de 8h o como concatenación de varios pequeños trabajos para sumar un sustento que le permita la subsistencia. (...) Todo esto convierte al trabajador manual en un ser de gran penumbra espiritual, falto de ánimo y autoestima, que debe abstraerse y contentarse pensando que debe «aguantar» en pos de un fin mayor: pagar la hipoteca de la casa, la comida y la vestimenta familiar; en suma, sobrevivir. (...) Pensar tal y como hacen los «reconstitucionalistas», que todo esto no tiene demasiada importancia porque vivimos en plena era digital donde podemos optar a un acceso a la información cien veces mayor, que se han conquistado una serie de derechos o hay acceso a un nivel cultural mayor que hace siglos, es poco menos que una broma, la constatación de la estulticia de su pensamiento, del maremágnum de ignorancia que portan. La mayoría de asalariados que vuelven a casa exhaustos del trabajo no van a decidir espontáneamente indagar sobre qué es eso del marxismo, y los que tienen tal inquietud apenas tienen el tiempo y la vitalidad que quisieran para dedicarle a su formación; el cansancio agota su cuerpo y apaga su espíritu. Por otra parte, el sistema capitalista se ha encargado también de que tengan a su acceso múltiples distracciones banales, actividades de ocio que alejan aún más al trabajador promedio de la teoría revolucionaria. Pensar lo contrario es vivir en una realidad paralela, la cual indica o bien que nunca han experimentado tal sensación o bien que simplemente no saben distinguir entre su mundo subjetivo y el de millones de personas». (Equipo de Bitácora (M-L); Sobre la nueva corriente maoísta de moda: los «reconstitucionalistas», 2022)


[Obra editada originalmente en 2017, reeditada en 2022]

Preámbulo

«En estos apuntes me he propuesto como tarea indagar qué es lo que ha hecho desvariar a esas gentes que predican, bajo el nombre de marxismo, algo increíblemente caótico, confuso y reaccionario». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

Esta tendencia, que llamamos «reconstitucionalista», quizás sea la más caricaturesca del maoísmo. Se podría decir que son algo así como la personificación real de aquellos jóvenes ficticios que protagonizaban la película de Jean-Luc Godard: «La Chinoise» (1967), quienes causaban la mofa a diestro y siniestro achacando a sus adversarios los mismos defectos que ellos profesaban. Estos creían ciegamente en Mao Zedong sin pararse a analizar nada en lo más mínimo, dedicaban sus tardes a aprenderse y recitar las poéticas citas arregladas del Libro Rojo de Mao como si de profetisas del Oráculo de Delfos se tratasen. Insistían sobre la necesidad de «superar el dogmatismo de la época de Stalin», sentencia a la cual habían llegado no en base a material de primera mano y estudios propios, sino a través de repetir mecánicamente la propaganda de la «Revolución Cultural» y los intelectuales del «Mayo del 68». Hablamos de unos muchachos acomodados que a menudo charlaban entre ellos sobre la idea de cometer atentados terroristas contra los representantes de la universidad o contra los dirigentes del imperialismo, que se comunicaban en un lenguaje indescifrable para las masas… como si todo esto fuera el súmmum de ser revolucionario. Para desgracia nuestra, los maoístas modernos de esta rama llamada «reconstitucionalista» no son personajes ficticios, sino gente de carne y hueso. 

Nos resulta especialmente graciosa esta nueva moda neomaoísta. ¿Qué es este movimiento que se presentó en su día como superador de los errores del Partido Comunista de España (reconstituido)? Una unión de diferentes grupos con inclinaciones maoístas que emergió desde varios afluentes: desde la disidencia maoísta dentro del prorruso Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE) hasta pasar por la escisión que sufrió el propio PCE (r) en los años 90 (La Forja, Nº21, 2001). Varias de estas tendencias descontentas se agruparon entre 1994-06 en el Partido Comunista Revolucionario (PCR) y su órgano de expresión «La Forja». Aunque su proyecto de «reconstitución del partido» fracasó estrepitosamente, desafortunadamente no desaparecieron de la escena. Aunque más fragmentada, esta tendencia se empezó a reagrupar y volvió a publicar bajo expresiones varias: Nueva Praxis (NP), Revolución o Barbarie (RyB), y el Movimiento Anti-Imperialista (MAI). Más tarde, decidieron repetir la historia fundiéndose en un órgano teórico de expresión, «Línea Proletaria» (LR), formando en conjunto el órgano político «Comité por la Reconstitución» (CxR). Pero parece que la «lucha de dos líneas» maoísta no tardó en hacer efecto y hubo varias escisiones como la de Unión Proletaria (UP), cuya notoriedad ha sido y es, también, nula. ¿Qué sorpresa, verdad? 

El lector no debe aterrorizarse si generalmente se pierde con las teorías y expresiones de esta gente, le garantizamos que durante el presente documento recordaremos una y otra vez lo que supone esta sopa de siglas y aclararemos las expresiones barrocas que acostumbran a utilizar para marear la perdiz. Comenzando por el plato fuerte: ¿qué proponen para revertir la deplorable situación en la que estamos? De forma idealista achacan toda equivocación o mal resultado histórico al «agotamiento del Ciclo de Octubre» −coletilla que usarán hasta en la sopa, a modo de cabeza de turco−. A decir verdad, estos señores han venido sufriendo una miopía severa durante décadas a causa de empecinarse en portar unas lentes filosóficas mal graduadas, lo que a la hora de analizar los procesos históricos se ha visto reflejado en un estudio confuso, borroso, deviniendo, por lo tanto, en especulaciones sobre lo que se tiene delante. Esta y no otra es la razón por la que siempre tratan de salvar la situación trayendo a colación machaconamente este eslogan sobre las «limitaciones» del «Ciclo de Octubre», su «Deus ex maquina» preferido, como si con ello se explicasen los interrogantes o equivocaciones de las experiencias desde 1917 hasta hoy; como si esto bastase para sustituir el estudio pormenorizado a base de datos, argumentos y pruebas factuales. Para ellos, en realidad, todo grupo político estuvo y está «poco maoizado», y junto a esto, ninguno ha comprendido ni sabido aplicar los «grandes aportes» del gran «Presidente Gonzalo»; de esta forma dan carpetazo al asunto, prometiendo, eso sí, «futuros estudios» sobre el tema particular, estudios que, como es obvio, jamás llegan.