viernes, 25 de febrero de 2022

El PCE (r) y Cía. como voceros del imperialismo ruso; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


[Publicado originalmente en 2017. Reeditado en 2022]

«En esta sección repasaremos varias cuestiones relacionadas con la Rusia del siglo XXI:

En primer lugar, analizaremos la economía del país euroasiático en relación a la teoría imperialista de Lenin. Gracias a esto observaremos luego que la mayoría de rusófilos, como Atilio Borón, José E. Egido, Manuel Shuterland, Arenas y compañía, no conocen o no han querido entender qué es eso del «imperialismo» en la era del capitalismo moderno.

En segundo lugar, repasaremos aquello de que «Rusia no ha tenido una política militar intervencionista», recordando los eventos de Chechenia, Georgia, Ucrania o Kazajistán, y repasando los vínculos económicos con sus aliados como Bielorrusia, Siria y Kirguistán.

En tercer lugar, observaremos cómo el Partido Comunista de España (reconstituido) reproduce hoy las teorías más burdas sobre el presunto «progresismo» que guardaría la figura de Vladimir Putin, que confirman que es uno de los mayores voceros históricos del imperialismo ruso en la Península Ibérica, una posición continuista de las labores que ya realizaban en los años 70 y 80 defendiendo a Brézhnev o Gorbachov, no sabemos si a cambio de unos cuantos rublos o de forma gratuita, porque hay que tener en cuenta que siempre hay tontos motivados. 

En cuarto lugar, observaremos cómo la «izquierda» prorrusa guarda una fe casi mística hacia los nacionalistas vestidos de rojos, como Guennadi Ziugánov, de quienes esperan que con la ayuda de la burguesía nacional conduzcan de nuevo a Rusia hacia ese nuevo «socialismo reformado». Esto mostrará a los fanáticos del PCE (r) que sus ídolos de barro han ido descendiendo del nivel del lenguaje enfervorizado y anarcoide a las proclamas posibilistas y populistas, sorprendente, pero no por ello inesperado. 

Por último, y no menos importante, analizaremos cuales han sido los precedentes que dan pie a la Invasión rusa de Ucrania (2022), las tiranteces históricas entre ambos países desde el siglo XVIII hasta nuestros días. De igual modo, nos veremos en la obligación de refutar los argumentos de los plumíferos este bloque imperialista y el contrario para justificar sus políticas.


Rusia reúne sobradamente todos los rasgos de una potencia imperialista

¿Cuáles eran estos rasgos del imperialismo que describía Lenin y de los que tanto hablan los falsos leninistas de hoy?:  

«1) la concentración de la producción y del capital llegada hasta un grado tan elevado de desarrollo que ha creado los monopolios, que desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este «capital financiero», de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capital, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particular; 4) la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo; y 5) la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Todos estos datos, insistimos, fueron relatados en comparativa a las estadísticas de años y siglos anteriores, constatándose, en lo sucesivo, como una tendencia objetiva. Como nota importantísima hay que aclarar que los países punteros advertían el camino general, ya que estos eran rasgos inherentes al propio sistema de producción. Esto significaba que fenómenos como la «concentración de la producción y capital», la «fusión del capital bancario con el industrial», la «exportación de capital», la «formación de asociaciones internacionales que se reparten el mundo», etc. eran «estaciones» −etapas− a las que iban a ir llegando −como así sucedió− todos los «trenes» −países− que estuvieran históricamente viajando en el mismo «rail» −capitalista−. Otra cosa muy diferente, claro está, es la velocidad para completar tal trayecto −y en qué estaciones se encontrarían ya viajeros que fueron pioneros−. En la práctica el hecho de que X haya alcanzado un alto grado −pongamos− de exportación de capital −algo quizás inédito en su pasado reciente−, no excluye que a su alrededor existan otros gobiernos o empresas Y o Z que doblen o tripliquen sus datos, ni que en la arena internacional le amenacen debido a sus fuertes alianzas internacionales, ejército, balanza comercial, deuda, etc. Esto implica que hay y seguirá habiendo, más allá de rasgos generales o específicos, capitalistas dominados y dominantes −y este estatus puede alterarse de forma sorprendente en el devenir histórico−. Por eso el mayor pecado del analista metafísico es, como veremos más adelante, reducirlo otro a uno o varios factores −olvidándose de otros y no llegando jamás a un cómputo general lúcido−.

En su momento Engels tuvo que aclarar a algunas cabezas huecas que ponían en tela de juicio la validez de conceptos como «feudalismo» −porque no siempre se manifestaba de forma calcada−. En su caso, Lenin también tuvo que señalar que nunca hemos de:

«Olvidar la significación condicional y relativa de todas las definiciones en general, las cuales no pueden nunca abarcar en todos sus aspectos las relaciones del fenómeno en su desarrollo completo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

¿Y bien? Aun con esta advertencia, ¿cumple Rusia con estos requisitos? Por supuesto. No necesitamos ni siquiera basarnos en demasiadas fuentes distintas para reunir las piezas del puzle, ya que existen investigaciones que documentan todo esto sobradamente a través de datos oficiales, no es un secreto, ni mucho menos. Pero dado que hay gente empecinada en negar lo que los hechos confirman, daremos un breve repaso al tema.

En primer lugar, a muchos cuando se les habla de «imperialismo» imaginan el puñado de imperios coloniales europeos del siglo XIX, o realizan comparativas todavía más lejanas en el tiempo:

«Según la RAE un imperio es, según su sexta acepción: «Conjunto de Estados o territorios sometidos a otro»; mientras en la tercera acepción se da por hecho: «Organización política del Estado regido por un emperador». Históricamente ya hemos visto que se ha utilizado la palabra imperio para designar a la primera definición que hemos visto, sin que sea necesario la existencia de un emperador o monarca.

Por ese motivo los imperios que se dan en el capitalismo actual, en su etapa monopolística, no tiene nada que ver con los imperios de la Edad Antigua, Edad Media, ni siquiera son del todo acertadas las comparativas forzadas con los de la Edad Moderna. No ver esta contraposición es todavía más burdo si tenemos en cuenta que la política económica de muchos de estos viejos imperios del pasado se basaban principalmente en una política rentista del suelo combinada con una expansión colonial, mientras que en cualquier imperialismo actual prima a toda costa la máxima rentabilidad del capital, además de que el papel del capital financiero es aquí de mucha mayor importancia. Siendo este un «detalle» que ya explicó Friedrich Engels en obras como la mencionada «Del socialismo utópico al socialismo científico» (1880).

También, como hemos visto hasta aquí, debería haber quedado claro que por «imperialismo» no debemos imaginarnos siempre un imperio como el de Gengis Kan ni como el de Napoleón. En efecto, Lenin utilizó tal palabra que ha causado tanto debate y dolor de cabeza. ¿Por qué? Seguramente porque era idóneo en su momento, ya que reflejaba esa imponente expansión del imperialismo europeo y estadounidense, donde la cuestión colonial era objeto de debate en los parlamentos, prensa y cafeterías. Pero el mismo autor se encargó se refutar en «Imperialismo, fase superior del capitalismo» (1916) los paralelismos históricos sin demasiado sentido entre el imperio de Roma de la antigüedad y el de Gran Bretaña en su época. Empezó por aclarar que: «El imperialismo −el dominio del capital financiero− es la fase superior del capitalismo», lo que ya nos daba a entender la diferencia histórica de este último aspecto −aunque él mismo aclararía que este no era el único factor importante a tener en cuenta−.

Nosotros podemos dar otros tantos apuntes históricos. Por ejemplo, a diferencia de la Edad Antigua, donde observamos las guerras imperialistas entre el Reino de Macedonia y el Imperio persa (siglo IV. a. C.), o como las tres guerras que enfrentaron a la República Roma y la República de Cartago (264 a. C.-146 a. C.), si bien estos bandos luchaban por recursos y territorios, jamás ninguna potencia antigua −ni siquiera de mayor extensión− abarcó y penetró en todo el «mundo conocido». ¿Qué diferencia había, pues, con el capitalismo moderno? En que a partir del siglo XX no hubo territorio importante donde las empresas o la presencia militar de las potencias no penetrase y tuviera un peso absolutamente clave en la economía y política del lugar. El Imperio asirio o sus mercaderes no pusieron pie en la África del Sur, Oceanía o América, por motivos obvios, esto para el imperialismo británico del siglo XIX cada vez supuso un problema menor, mientras el estadounidense del siglo XX ya operó e influyó decisivamente en las cuatro esquinas del globo −como todavía hace−, lo mismo puede decirse hoy del chino en el siglo XXI.

Es más, en los imperialismos contemporáneos el colonialismo en sentido estricto del término es un fenómeno excepcional, pues el dominio sobre estos mercados se ejerce a través de las llamadas fórmulas neocoloniales, mediante las cuales no necesitan tanto de una presencia militar permanente para asegurar sus esferas de influencia. Aquí, aunque ciertos países han logrado una independencia estatal, siguen estando ligados en lo político-económico −esto no significa que antaño no existieran protectorados, gobiernos títere, satrapías y todo tipo de fórmulas intermedias−. En cualquier caso, los imperialismos modernos se valen principalmente de otros entramados como la presencia económica de multinacionales, operaciones con créditos y una paulatina creación de deuda que a su vez también ayuda para apuntalar en otros países dependientes lo que ya de por sí un comercio de mercancías desigual y una balanza comercial deficitaria fruto de la división del trabajo internacional.

Esto tampoco excluye, faltaría más, el uso o amenaza de uso de la violencia militar, que a veces acaba dirimiendo estas «negociaciones» en posición de franca ventaja, pero en el día a día las potencias imperialistas no necesitan valerse principalmente de este método −más bien es su as en la manga en casos extremos− y aunque así lo quisiera tampoco podrían, ¿a qué nos referimos? A que no solo hoy, sino en cualquier época, para que X grupo pueda desatar un conflicto militar contra el vecino no es algo que dependa única y exclusivamente de la voluntad de sus gobernantes, sino de los intereses y condicionantes que hacen que esa hipotética guerra pueda ser sostenible y vaya a ser beneficiosa a largo plazo para los que la inician. De otro modo, caeríamos en tesis históricas como las del señor Dühring que explicaba todos los procesos sociales por medio de la «victoria del más fuerte», pero Engels ya señaló que «en todas partes y siempre son condiciones económicas y medios de poder económico los que posibilitan la victoria de la violencia», de otro modo, «el que quisiera reformar la organización militar según los principios del señor Dühring y de acuerdo con el punto de vista contrario, no cosecharía más que palizas». (Equipo de Bitácora (M-L); El viejo chovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno, 2021)

En segundo lugar, otros tantos consideran que para que un país sea calificado de imperialista, este tiene que tener la misma productividad, el mismo músculo industrial, el mismo balance comercial, la misma capacidad de exportación de capital y el mismo número de misiles, tanques y aviones que la potencia hegemónica de esa esfera concreta, y de no ser así, consideran que este país «no cumple con los rasgos del imperialismo de Lenin» y que incluso es un contrapeso contra dicha potencia hegemónica:

«Es consustancial al imperialismo la rivalidad entre varias grandes potencias por hacerse con la hegemonía, es decir, para apoderarse de territorios, no tanto directamente para ellas mismas, sino para debilitar al adversario y minar su hegemonía. (...) Forman alianzas, una contra otra, con objeto de defender o extender sus posesiones, sus intereses y sus «esferas de influencia». (…) La fuerza varía a su vez en consonancia con el desarrollo económico y político; para comprender lo que está aconteciendo, hay que saber cuáles son los problemas que se solucionan con el cambio de las fuerzas, pero saber si dichos cambios son «puramente» económicos o extraeconómicos −por ejemplo, militares−, es una cuestión secundaria que no puede hacer variar en nada la concepción fundamental sobre la época actual del capitalismo. Sustituir la cuestión del contenido de la lucha y de las transacciones entre los grupos capitalistas por la cuestión de la forma de esta lucha y de estas transacciones −hoy pacífica, mañana no pacífica, pasado mañana otra vez no pacífica− significa descender hasta el papel de sofista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Entendemos que esto es consecuencia de que ni siquiera han leído el famoso libro de Lenin «Imperialismo, fase superior del capitalismo» (1916) o que en su defecto no se han enterado de la misa la mitad. De otra manera no les costaría tanto entender que, como dijo el pensador ruso en «La consigna de los Estados Unidos de Europa» (1915): «La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo». El mecanicismo del que acostumbran a hacer gala esta gente, queriendo vislumbrar un calco exacto de lo que ocurrió en otras ocasiones, les conduce a un laberinto sin salida, y una vez entran en pánico se agarran a un clavo ardiendo para confirmar sus ideas:

«Los sabios y los publicistas burgueses ordinariamente defienden el imperialismo en una forma un poco encubierta, velando la dominación completa del imperialismo y sus raíces profundas, esforzándose en colocar en primer plano las particularidades y los detalles secundarios, esforzándose en distraer la atención de lo esencial». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Estas posiciones se condensan y manifiestan en los ideólogos oficiales, como Atilio Borón, pensador de ese furgón de cola de la burguesía peronista que ese engendro denominado oficialmente como Partido Comunista de Argentina (PCA). Para él solo existe un único «imperialismo», el estadounidense:

«[Existe] un grave error desgraciadamente muy extendido en el campo de las izquierdas: habla de «los imperialismos», así, en plural. Pero el imperialismo es uno sólo; no hay dos o tres o cuatro. Es un sistema mundial que, desafortunadamente, cubre todo el planeta. Y ese sistema tiene un centro, una potencia integradora única e irreemplazable: Estados Unidos. Tiene el mayor arsenal de armas de destrucción masiva; controla desde Wall Street la hipertrofiada circulación financiera internacional». (Atilio A. Borón; Las izquierdas en la crisis del imperio, 2016)

Aparentemente, este cuento podía tener cierta credibilidad en un periodo como los años 90 del siglo pasado, cuando los EE.UU. parecerían dominar todo el globo sin demasiada oposición −y aun así no había un «único imperialismo»−. En cambio, con el ascenso meteórico de nuevas potencias −como China, que no solo le hace sombra al Tío Sam, sino que lo ha superado en varios campos− más el envalentonamiento de otras viejas −como Rusia−, la mentira de este discurso se cae por su propio peso.

Para los neomaoístas de Iniciativa Comunista (IC), por ejemplo, no podemos estar más equivocados. En su artículo «La OTAN, Rusia y el fetiche del interimperialismo» (2022), no encontramos ni una sola condena hacia la política de la Rusia de Putin, la cual aparece como «víctima de la pérfida política estadounidense», como en el relato de Borón y el PCA. ¿Por qué? Según estos genios, Rusia no puede ser un «país imperialista», ¿el motivo? Su emisión de exportación de capital en 2020 no fue tan significativa como otros países punteros −¡vaya!−, y además Moscú aun depende mucho de la exportación de materias primas y la importación de maquinaria de los países de la Unión Europea (UE) −¡imposible!−, por lo que busca diversificar su economía y renegociar sus tratos en Asia y especialmente con China −¡qué inesperado!−. Desglosemos estos argumentos uno a uno, y repasemos otros temas anexos.

a) Empecemos, por ejemplo, con la cuestión comercial a la que hacen mención y la dependencia hacia Occidente:

«Basta con un puñado de datos para ilustrar el absurdo en el que caeríamos en caso de querer definir a Rusia como potencia imperialista: las exportaciones rusas están compuestas sobre todo por combustibles, materias primas, metales y productos químicos. De sus exportaciones, casi tres quintas partes son materias primas y productos semielaborados −un 38’64% y un 20’71%, respectivamente−, y tan sólo un 4’78% bienes de capital. En cambio, su importación de bienes de capital asciende a un 39’22%». (Iniciativa Comunista; La OTAN, Rusia y el fetiche del interimperialismo, 2022)

¿Y? ¿Hemos de considerar que la Alemania nazi no era un país imperialista, según la definición leninista, porque antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial (1939-45) demostró ser fuertemente dependiente de petróleo, hierro, cereales, aceite, inversiones extranjeras y demás? ¿Quizás el hecho de que la Luftwaffe perdiese contra la Royal Air Force en los cielos la Batalla de Inglaterra (1940) nos indica algo que se nos había escapado antes? El abandonar el Estado Mayor Alemán la llamada «Operación León Marino» por la imposibilidad de desarrollar un plan de invasión anfibio efectivo contra las Islas Británicas, ¿debería hacernos replantearnos la historia? ¿Era Hitler era el bueno de la película porque se enfrentaba al mayor imperio colonial de su tiempo? ¡Por favor!

En cuanto a exportaciones el 13,4% del comercio ruso es con China, seguido con 10,6% de Países Bajos, 6,6% de Alemania, 5,0% de Turquía y 4,4% Bielorrusia y otros. En cuanto a importaciones Rusia las recibe principalmente de China, Alemania y EE.UU. con un 22,2%, 10,3% y 6,6% respectivamente, entre otros.

«Se observa un progresivo incremento del peso de China como socio comercial de Rusia en los últimos años, mientras la UE ha disminuido ligeramente su cuota. En concreto, en 2016, de acuerdo a datos de International Trade Center el 45,75% de las exportaciones rusas iban a la UE y el 9,82% a China, mientras que en 2018 a la UE se dirigía el 45,65% y a China el 12,47%». (Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación; Federación de Rusia, 2021)

En lo relativo a los datos que dan desde IC sobre bienes de capital, es decir, medios de producción: en Rusia ocupa el 39% de sus importaciones, en China llega a 38%, EE.UU. 34%, Brasil 33%, Portugal 27% mientras que en España solo ocupa un 23% −todo, según los mismos datos recogidos en World Integrated Trade Solution−. ¿Hemos de concluir que Brasil, Portugal y España son los países con mayor tejido industrial como para depender menos que los primeros? Para nada. Si lo miramos a nivel general, China y EE.UU. son los dos países con mayor peso industrial del mundo, la cuestión es que ambas tienen otras demandas y también otra capacidad de expansión −y también estrategias gubernamentales y empresariales diferentes sobre donde pueden sobresalir−. Por eso como reporta DataSur mientras China se enfoca más hacia «Maquinaria eléctrica, ropa, textiles, hierro y acero, equipos ópticos y médicos, juguetes y armas», EE.UU. lo hace hacia: «soja, maíz, frutas, químicos orgánicos, transistores, aviones, piezas de automóviles, computadoras, equipos de telecomunicaciones, automóviles y medicinas». En cuanto a la exportación de materias primas, poco hacemos si no hablamos de los montos de cantidad o de si la economía nacional gira en torno a ellas. Si observamos el recorrido de los llamados «países emergentes» y el «boom de las materias primas» (2000-14), estos han construido gran parte de su enorme fortuna −como Arabia Saudí o Kazajistán− gracias a ellas, y algunos otros −como Canadá, China o Brasil− diversificaron su economía gracias a la venta de estos productos, mientras otros se desinflaron sin apenas coger impulso −Sudáfrica−. Véase el artículo de El País «Los reyes de las materias primas» (2012).

Si echamos un vistazo a la estructura de la economía rusa. La Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación informó que Rusia buscó en 2021 la: «sustitución de importaciones y autoabastecimiento a través de políticas que incentivan la inversión extranjera y ponen trabas técnicas a la importación» y se facilitaron «ayudas a los inversores que incorporen en su producción un determinado porcentaje de productos de fabricación rusa», mientras «se favorecen las ofertas de empresas establecidas en Rusia en las compras públicas, frente a las ofertas presentadas por empresas radicadas en el extranjero». Además, notificó que Rusia cuenta en su PIB con un 57% dedicado a los «Servicios», un 37,7% a la «Industria», un 16% en «Actividad inmobiliaria», un 13,9% de «Minería», un 15,5% «Manufacturas», un 5% de «Agricultura, silvicultura y pesca y otros». En 2021 el sector servicios de China era del 54%. ¿De verdad esto les parecen a los señores de IC unos datos macroeconómicos de un país atrasado?

Ahora, ¿puede considerarse que el papel económico de Rusia en el mundo es meramente anecdótico cuando es: a) el primer país «extractor de petróleo» y el segundo «exportador» del mismo; b) el segundo país «productor de armas» −solo por detrás de los EE.UU.−; c) el segundo país «productor de gas natural» −solo por detrás de los EE.UU.− y el mayor «exportador» del mismo; d) el segundo país «exportador de minerales de los metales preciosos y sus concentrados» −solo por detrás de Australia−; e) y el cuarto país «exportador de aluminio» y el quinto «exportador de acero»? En absoluto, máxime, si tenemos en cuenta que Rusia tiene una de las mayores fuentes de recursos naturales del mundo y cuenta con una considerable industria electrónica y del automóvil. En cuanto al gas natural o el petróleo, a diferencia de muchos otros países, puede hacerse cargo del coste de todo el proceso y también obtiene un jugoso superávit fuera de sus fronteras. Esto no quita, por supuesto, que siga siendo dependiente de los precios del barril en el mercado internacional o busque inversiones externas para sacar adelante sus proyectos, ¿pero acaso los países de la Unión Europea no son dependientes del gas ruso, por ejemplo? ¿No buscan los EE.UU. que China le compre deuda o no busca China que los países occidentales inviertan en ella?

En cualquier caso, aunque nuestros datos no fuesen cien por cien exactos o se nos escapasen otras cuestiones de importancia −que jamás puede descartarse−, los autores de este tipo de artículos han de saber que su ideario no es muy diferente al del revisionista ruso Struve. ¿A qué nos referimos? Este ideólogo del «marxismo legal» defendía que había que apoyar a Rusia en la Primera Guerra Mundial debido a su falta de desarrollo.

«Otra teoría «marxista» del socialchovinismo: el socialismo se basa en el rápido desarrollo del capitalismo; el triunfo de mi país acelerará el desarrollo del capitalismo en él y, por consiguiente, el advenimiento del socialismo; la derrota de mi país frenará su desarrollo económico y, por consiguiente, el advenimiento del socialismo. Esta teoría struvista es sustentada en nuestro país por Plejánov, y entre los alemanes, por Lensch y los demás». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La bancarrota de la II Internacional, 1915)

b) ¿Cuál es el verdadero nivel de monopolización del capitalismo ruso? ¿Existe esa fusión entre el capital financiero e industrial de la que hablaba Lenin? Recuperemos algunos datos de interés para el lector:

«En la lista Forbes de los monopolios más grandes del mundo 28 son rusos, entre los cuales destacan Gazprom, Lukoil, Rosneft y Sberbank. La economía rusa está altamente concentrada, en muchos sectores los niveles son más elevados que en los EE.UU. y Alemania. Por ejemplo, en 2006 la proporción que los 10 monopolios más grandes de Rusia aportaron al PIB fue del 28,9%, mientras que en los EE.UU. fue del 14,1%. La mayoría de los sectores de la economía como la energía, la ingeniería mecánica, el transporte y la producción de alimentos están monopolizados. En conclusión, podemos decir que en Rusia lidiamos con un capitalismo monopolista, altamente concentrado, con una fuerte presencia del Estado. La fusión entre el capital financiero e industrial tuvo lugar con el paso del tiempo. Aunque el Sberbank es uno de los bancos más grandes del mundo, en la economía rusa también desempeñan un papel crucial el VTB-Bank, Alfa Bank y el Banco Raffeinse. En Rusia los grandes monopolios bancarios están estrechamente vinculados o pertenecen a los mismos monopolios industriales. Este es el caso de Gazprom Bank, Uralsib y el banco Promsvjas». (Emiliano Cervi y Salvatore Vicario; Sobre el imperialismo ruso, 2015)

Aunque muchos infravaloran el peso de las empresas rusas a nivel mundial, este no es nada desdeñable. He aquí unos cuantos ejemplos:

«Fundada en 2006, United Aircraft Corporation (UAC) es la corporación aeroespacial y de defensa de propiedad estatal de Rusia y uno de los mayores actores en el mercado mundial de la aviación. Aúna más de 30 fabricantes de aviones privados y estatales y activos involucrados en el desarrollo, construcción y venta de aviones militares, civiles, de transporte y no tripulados. Entre otras cosas, la compañía posee los derechos de las famosas familias de aviones Su, MiG, Il, Tu, Yak, Be, así como de las nuevas marcas SSJ 100 y MS-21. (…) Rosseti, el operador de la red eléctrica rusa, es una de las mayores compañías eléctricas del mundo. Cuenta con más de 2 millones de kilómetros de líneas de transmisión de energía e incluye 35 subsidiarias y afiliadas. El accionista mayoritario de la empresa es el Estado, representado por la Agencia Federal para la Gestión de la Propiedad Estatal de la Federación Rusa, que posee el 88,04%. (...) Sberbank, de propiedad estatal, es el mayor banco de Rusia, con más de 14.000 sucursales en el país y oficinas de representación en 21 Estados. Da servicio a más de 150 millones de clientes en todo el mundo y emplea a más de 300.000 personas. En 2019, el banco también fue nombrado la marca más fuerte de Rusia por Brand Finance por sus «soluciones innovadoras, enfoque en la experiencia del cliente y mejora de la efectividad del negocio». (...) La corporación energética rusa Lukoil representa más del 2% de la producción mundial de petróleo y el 1% de las reservas probadas de hidrocarburos. Opera en más de 30 países de cuatro continentes y emplea a más de 100.000 personas. En 2018, la compañía ganó ocho billones de rublos −125.600 millones de dólares−y produjo 82 millones de toneladas de petróleo crudo −14,8% de la producción total de Rusia−». (Russia Beyond; Las mejores 6 empresas de Rusia, según la revista «Forbes», 2019)

Echemos un vistazo al enorme entramado petrolífero que maneja el régimen ruso, el cual está totalmente dominado por conocidos monopolios:

«Rusia es el mayor extractor de petróleo del mundo. El sector contribuye significativamente al mantenimiento de un saldo comercial positivo y proporciona ingresos fiscales a los presupuestos rusos locales y federales. Su participación en el producto interior bruto alcanza más del 16 % y representa más de un tercio de los ingresos en moneda extranjera. Estos indicadores están vinculados con las grandes reservas y el potencial de producción de la industria petrolera de Rusia. En el subsuelo del país se concentran un 13 % de las reservas mundiales exploradas de crudo. Aproximadamente el 60 % de estos recursos está ubicado en las zonas de los Urales y Siberia, lo que facilita las exportaciones tanto hacia el Este como hacia el Oeste. (…) La mayoría del sector petrolero ruso después de las reformas de los años 90 del siglo XX pertenece a empresas privadas. Generalmente, los consorcios desarrollan proyectos a partir de sus propios recursos financieros y utilizan modernas tecnologías de prospección y producción de petróleo. Los impuestos en el sector son los más altos. El Estado se queda con 90 céntimos de cada dólar que las empresas ganan exportando crudo a un precio de más de 27 dólares por barril. Esta política fiscal permite a Rusia mantener uno de los impuestos sobre el valor añadido y de los impuestos sobre la renta de personas físicas más bajos de Europa. El complejo petrolero de Rusia incluye 11 grandes compañías responsables del 90,8 % de la producción total de crudo en el país y 113 pequeñas empresas con el restante volumen de producción. (…) Las principales compañías petroleras del país son Rosneft, Lukoil, TNK-BP, Gazpromneft, Surgutneftegaz, Tatneft y Slavneft». (Aactualidad RT; El sector petrolero en Rusia, 2021)

En cuanto a la actuación rusa en los asuntos mundiales, Moscú también ha tratado de ampliar sus vínculos económicos con los países africanos y asiáticos, una franja de mercado históricamente dominada por los imperialismos occidentales y que actualmente comparten con la irrupción del «gran dragón asiático». ¿Ha logrado Rusia establecer un nuevo reparto de los mercados? Así parece:

«Los datos del Russian Export Center (REC), una institución estatal, muestra que los valores de exportación de Rusia a África casi se han duplicado en los últimos cinco años desde los 9.300 millones de dólares en 2014 a los 17.000 millones de dólares en 2018». (Juan A. Mora Tebas; «Rusiáfrica»: el regreso de Rusia al «gran juego» africano, 2019)

¿Acaso alguien piensa que su Rusia no tuviera el status de un país imperialista de mínima importancia, podría codearse con el resto de potencias sin sufrir las consecuencias de adentrarse en «tierras ajenas»? Esto también descarta la idea de que estemos ante una «potencia acorralada» que «apenas puede moverse por sus viejas fronteras de Europa y Asia Central». Hasta los grupos prorrusos se ven a veces obligados a reconocer su papel protagonista o notorio de Rusia en ciertas regiones del mundo:

«Los países de América Latina también representan un importante centro de las exportaciones e importaciones rusas. Por ejemplo, en el año 2009, el intercambio comercial entre la Comunidad Andina −Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú−, y Rusia, alcanzó los 1.130 millones de dólares. En 2010 el intercambio comercial de Rusia con América Latina creció un 17 %. La apertura hacia los mercados en América Latina ha aparecido como una vía para la exportación de armas, especialmente hacia Venezuela. Los principales productos de exportación de la Comunidad Andina hacia Rusia son plátanos, rosas, café y uvas. Los principales productos de importación de la Comunidad Andina desde Rusia son helicópteros, abonos minerales o químicos, trigo y gasóleo». (Línea Roja, Nº4, julio de 2017)

A los prorrusos como el señor Borón siempre se les olvida el detalle de mencionar que Rusia es la segunda mayor exportadora de armas del mundo, y según la Investigación para la Paz de Estocolmo, Rusia junto a EE.UU., Francia, Alemania y China forman el 75% de las armas que se venden en todo el mundo, ¿por qué será? Mundo Sputink reportaba que en el Top 100 de fabricantes de armas tenemos lo que sigue: el fabricante de aeronaves ruso Corporación Aeronáutica Unida (UAC) (15), la Corporación Unida de Construcción Naval (18), la Corporación de Misiles Tácticos (26), la Organización Unida para la Construcción de Motores (33), Sistemas de Alta Precisión (40) y Roselectrónica (45).

c) Pasemos ahora a la cuestión de la exportación de capitales:

«La inversión extranjera directa emitida por Rusia en 2020 fue de 6.500 millones de dólares, por debajo de países como Chile, México o Emiratos Árabes Unidos». (Iniciativa Comunista; La OTAN, Rusia y el fetiche del interimperialismo, 2022)

Antes que nada, habría que aclarar que como Lenin dijo en «La Bancarrota de la II Internacional» (1915): «el aumento de la exportación de capitales bajo el régimen capitalista nunca ha sido ni podía ser uniforme», lo cual también hay que tenerlo en cuenta aquí. Basarse en unos cuantos datos de la economía rusa en el año 2020, de la forma en la que lo hacen estos señores, no indica nada sustancial sobre la «decadencia» o «papel secundario» de Rusia, más bien todo lo contrario, ¿a qué nos referimos? Estos prorrusos utilizan cifras esporádicas, a corto plazo y bajo unas circunstancias muy especiales, unas que de las cuales el propio informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de 2021 que citan se hace eco. En él se hace mención a que el prolongado crecimiento de la economía rusa comenzó a trabarse con las primeras sanciones internacionales a Rusia por la anexión de Crimea (2014), y después pasó a tambalearse bajo el comienzo de la pandemia (2020), factores de importancia que el artículo de IC parecer ocultar deliberadamente. En otro informe reciente de la ONU (2018) Rusia aparece entre las 10 principales economías inversoras por stock de Inversión Extranjera Directa (IED) en 2013 y 2017: con 20 y 17 billones de dólares respectivamente. Incluso si miramos un informe más reciente, el del año 2019, Rusia emitió el 95% de la IED de las llamadas «economías de transición».
 
Como nota aclaratoria, este es término usado por el Banco Mundial (BM) o el Fondo Monetario Internacional (FMI): «economías de transición» resulta muy discutible, pues no refleja a veces la influencia real del país en la región o a nivel mundial. En muchas ocasiones este tipo de etiquetas señalan lo que a sus ojos son ciertos «subdesarrollos» con criterios «muy subjetivos» como la «abultada centralización», el «excesivo intervencionismo gubernamental» o la «baja productividad», factores que además muchas veces achacan a una «falta de democracia», «corruptelas» y otras «deficiencias» heredada de una anterior «etapa comunista». Esto resulta curioso ya que gran parte de los gobiernos del bloque soviético llevaban colaborando con estos organismos desde mucho antes de la Caída del Muro de Berlín (1989). Véase la obra de Hasan Banja y Lulëzim Hana: «La degeneración del Consejo de Ayuda Mutua Económica en una organización capitalista» (1984). ¿Por qué entonces el FMI y el BM colocan esta etiqueta de forma arbitraria, cuando algunos de estos gobiernos son más neoliberales que los países tradicionales de Occidente? Para presionar a estos gobiernos a «flexibilizar» aún más su economía.

En cualquier caso, Rusia aparece en los datos de la ONU (2017) como un país que envió unos 1.768 millones de dólares a las «economías de transición» frente a unos 1.858 millones de Francia o 1.710 millones de Alemania o 951 de millones de Japón. ¿Cómo es esto posible si, según las tesis de algunos, Rusia está muy lejos de poder equipararse a otras potencias imperialistas de peso? ¡Misterios! ¿Probamos con otra fuente, caballeros? Según datos del BM en 2018 Rusia emitía 31.337 mil millones −en cuanto a Inversión extranjera directa, salidas netas −BDP, USD a precios actuales−, Emiratos Árabes 18.000 mil millones, Arabia Saudita unos 19.000 mil millones y Chile unos 1.300 mil millones. Esto demuestra que las afirmaciones que soltaron los genios de IC para demostrar que Rusia no tiene ningún peso sustancial en la escena internacional, no solo implica estar ignorando toda una gama de factores interconectados, sino que es que estos datos en concreto ni siquiera son ciertos del todo si se examinan con lupa y rigurosidad.

En resumidas cuentas, ¿cuál ha sido la tendencia de Rusia en torno a la exportación de capitales en los últimos años? ¿Le ha servido o no para aumentar su influencia geopolítica? Veamos:

«A partir del año 2000, la Inversión Extranjera Directa (IED) de los monopolios rusos creció exponencialmente, llegando a unos $406,2 millardos en el 2012 −para 2001 fue de apenas $ 44,2 millardos−. (...) El crecimiento sostenido de la economía nacional y el fortalecimiento relativo de las principales empresas nacionales ha contribuido al rápido aumento en el volumen de inversión, convirtiendo a Rusia en uno de los principales inversionistas internacionales −sin lugar a dudas uno de los primeros entre los países «emergentes»−. A través de la adquisición de empresas en otros países, los consorcios rusos acceden a nuevas fuentes de recursos, tecnología y mercados, aumentando su competitividad internacional. Una expansión que refuerza la influencia geopolítica de Rusia y refuerza su posición en la economía global. Según datos de la UNCTAD −Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, por sus siglas en inglés−, en la primera mitad de la década del 2000, la inversión extranjera directa aumentó de 3 a 4 veces en comparación con la década anterior, superando los 10 millardos de dólares al año, incrementándose 3 veces respecto al periodo anterior al 2011, donde la participación de capital y las utilidades reinvertidas se elevaron a más de $ 67,2 millardos. En los últimos 3 años, las empresas rusas han sido capaces de duplicar el tamaño de sus activos en el extranjero, así como aumentar el tamaño de sus ingresos más de dos veces y media que sus propios activos. Las empresas rusas emplean a más de 150.000 trabajadores en el extranjero, más del doble que en el 2000. Como resultado, la expansión global acelerada de las principales empresas rusas los ha llevado a asumir las características intrínsecas de las multinacionales globalizadas». (Emiliano Cervi y Salvatore Vicario; Sobre el imperialismo ruso, 2015)

Por si esto fuera poco, en 2017 los escritores de IC descubrían mágicamente fenómenos como el de la llamada «deslocalización», gracias al cual detectaron que era una buena forma «alternativa» para que los países punteros muevan sus recursos, camuflen ciertos datos y aun así obtengan igualmente sus objetivos. ¡Enhorabuena! ¿Y qué consecuencias tuvo tal hallazgo de la «deslocalización»? En su artículo «En defensa de la categoría leninista de imperialismo» (2017) declaraban lo contrario que mantienen ahora:

«La IED aparece como un mecanismo de menor relevancia que la que presentaba décadas atrás. (...) Los mecanismos de IED no son en absoluto los dominantes en los países imperialistas pero da información sobre las relaciones internacionales». (Línea Roja, Nº4, julio de 2017)

¿En qué quedamos señores? ¿El nivel de IED no es decisivo para calificar a un país de imperialista −en 2017− pero a su vez lo es totalmente para exculpar a Rusia −en 2022− de esta etiqueta? En cuanto a cuestiones como la «deslocalización» no nos detendremos ya que nos explayamos sobre ello en otras ocasiones. Véase el capítulo: «Unas reflexiones sobre la huelga de los trabajadores de LM Windpower en El Bierzo» (2021)

Incluso pese a las sensibles pérdidas que ha sufrido la economía rusa en los últimos años, no hemos parado de ver noticias donde Moscú encabeza propuestas en terceros países para financiar proyectos en la Egipto, Turquía o India:

«En febrero de 2015, durante una visita del presidente Putin a Egipto, se anunció el acuerdo inicial para su construcción. Según lo acordado, Rusia prestará 25.000 millones de dólares a Egipto, que los tendrá que devolver en plazos a partir de 2029 con un interés anual del 3%, aunque las autoridades egipcias cubrirán el resto del coste total de la planta, estimado en 30.000 millones». (AA; Prensa de Rusia resalta la construcción de central nuclear con Turquía como «símbolo de cooperación», 12 de marzo de 2021)

«Moscú y Ankara firmaron en 2010 un acuerdo intergubernamental para construir la planta nuclear de Akkuyu, con cuatro reactores de 1.200 megavatios cada uno y con un costo total de unos 20.000 millones de dólares. Rosatom, mediante su filial, empezó a construir el primer reactor en abril de 2018, el segundo en abril de 2020 y el tercero, en marzo de 2021». (Sputnik; Rosatom obtiene licencia para construir el cuarto reactor de la central nuclear de Akkuyu, 29 de octubre de 2021)

«Se planea lanzar la producción de rifles automáticos a principios de 2022 en la empresa conjunta Indo-Russian Rifles Private Limited, que se estableció en marzo de 2019 sobre la base de una planta cerca de la ciudad de Korva −Uttar Pradesh−. Según fuentes de The Economic Times, las empresas indias juntas poseen el 50,5% de las acciones de la empresa, el grupo de empresas Kalashnikov posee el 42% de las acciones y JSC Rosoboronexport, el 7,5%». (Tacc; Medios: Nueva Delhi acordó con Moscú los detalles de la producción de AK-203 en India, 23 de noviembre de 2021)

e) A todo esto, habría que añadirle algunos datos como el importante gasto militar de Rusia en años recientes, siendo uno de los cinco países del mundo que más invertía en su ejército:

«Según el SIPRI en 2015 Rusia aumentó su gasto en defensa un 7,5% y el presupuesto del Ministerio de Defensa alcanzó los 66.400 millones de dólares. (...) Si se tiene en cuenta el porcentaje del PIB, Rusia es uno de los países que más gasta en defensa. Supone el 3,5% del PIB en EE UU y en China, el 2,1%, mientras que en Rusia alcanza el 4,5%. El porcentaje de Rusia se sitúa detrás de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes, con un 10,4% y un 5,1%, respectivamente». (Rusia Beyond the Headlines; ¿Cuánto gasta Rusia en defensa y armamento?, 13 de abril de 2016)

¿Qué significan estos datos abrumadores en el caso concreto de Rusia? ¿Qué es un país que apenas se puede defender sin dar lastima… o que vuelca gran parte de sus riquezas en una carrera armamentística para hacer respetar sus áreas de influencia y expandirse? Es más, ¿podría realmente el Kremlin llevar a cabo todas estas operaciones si su economía fuese una ilusión?

«La violencia se llama hoy ejército y escuadra de guerra, y ambos cuestan, como sabemos por desgracia nuestra, «una cantidad fabulosa de dinero». Pero la violencia no puede producir dinero, sino, a lo sumo, apoderarse del dinero ya hecho. (...) Así, pues, en última instancia el dinero tiene que ser suministrado por la producción económica; el poder aparece también en este caso determinado por la situación económica que le procura los medios para armarse y mantener sus herramientas». (Friedrich Engels; El Anti-Dühring, 1878)

Debido a la más que cuestionable eficacia de las tropas rusas contra las georgianas en la Guerra de Osetia del Sur (2008), el gobierno ruso decidió reforzar sus fuerzas militares optando por recudir sus unidades, pero haciéndolas mucho más efectivas en combate. Aunque no ha descartado todo el material de la era soviética, también es cierto que ha ido adquiriendo un material cada vez más competente para un eventual enfrentamiento con los países de la OTAN o para castigar a quien desee salirse de su área de influencia. En los últimos años no ha sido extraño ver a Rusia realizar ensayos donde combinaba un equipo modernizado con una doctrina militar de corte claramente ofensivo. Todos estos movimientos fueron en aras a que su poderío militar sea −aún más− una importante baza de negociación política en caso de confrontación en Europa o Asia:

«Las Fuerzas Aeroespaciales han sido modernizadas, introduciéndose nuevos aviones, helicópteros y mejorándose los bombarderos de largo alcance. Para la defensa aérea han sido desarrollados nuevos y avanzados sistemas de defensa, como el S-400, S-350 o el Pantsir-S1/M. En cuanto a la Marina, se ha elevado el número de barcos y se han mejorado sus capacidades. Ejemplos de ello han sido la aparición de las fragatas de la clase Project 22350 o los submarinos de misiles balísticos (Project 955/A) y de ataque (Project 885/M y Project 636.6) (Bowen, 2020). (…) La preparación de las tropas también ha mejorado mucho gracias al aumento del número de ejercicios militares y de las maniobras a gran escala, en las que ha quedado patente en multitud de ocasiones que «el pensamiento militar ruso es de naturaleza ofensiva, y orientada a la expansión, no a la defensa». Esto quedó demostrado en las maniobras «Zapad 2009», donde se ensayó una rápida ofensiva contra Polonia y los estados del Báltico, utilizándose armamento nuclear contra Polonia con el objetivo de disuadir a la OTAN de intervenir. O las maniobras «Lagoda 2012», en las que se ensayaron ataques contra Finlandia y los países bálticos». (Alberto Guerero; La modernización de las Fuerzas Armadas rusas, 2020)

¿Cómo se refleja este importante poderío económico y militar? Fácil. Desde 2014 Rusia ha abierto negociaciones con diversos países para seguir ampliando bases militares −actualmente cuenta con más de una docena− y así extender la capacidad de su línea de operaciones:

«Rusia está negociando la suscripción de acuerdos sobre la instalación de sus bases militares en Cuba, Venezuela, Nicaragua, entre otros Estados, informó el ministro de Defensa ruso. De acuerdo con Serguéi Shoigú, el ministro de Defensa ruso, Rusia está negociando instalar sus bases militares con Cuba, Venezuela, Nicaragua, Seychelles, Singapur y otros Estados». (Actualidad Russia Today; Rusia puede abrir bases militares en Venezuela, Nicaragua y Cuba, 26 de febrero de 2014)

Esto demuestra, una vez más, la interrelación existente entre la economía y la fuerza militar:

«¿Hay que calificar de imperialismo o de fase del capital financiero la fase actual del capitalismo? Llamadlo como queráis, esto es indiferente. Lo esencial consiste en que Kautsky separa la política del imperialismo de su economía, hablando de las anexiones como de una política «preferida» por el capital financiero y oponiendo a la misma otra política burguesa posible, según él, sobre la misma base del capital financiero». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

f) Más adelante, intentaban convencernos de que estamos ante una economía muy atrasada y débil recurriendo a datos como la «riqueza media» del ciudadano (sic):

«En 2020, la riqueza media de los ciudadanos rusos se situó en 27.162$; la riqueza mediana −más representativa de la realidad que vive la mayor parte de la población− en 5.431$. Es una cifra que deja a Rusia claramente por debajo de países como Chile, Arabia Saudí, Eslovaquia, Malasia o Líbano». (Línea Roja, Nº4, julio de 2017)

Apelar a otros datos, como el «ingreso medio de la población» y similares para negar el carácter expoliador del imperialismo ruso, son ya maniobras que son para caerse de la silla... denotan cuan caen en un economicismo vulgar, en el clásico academicismo burgués. Este los lleva a no alzar la mirada de sus narices ni tener en cuenta ningún otro factor anexo que les despiste «de la situación particular», así, el pretendido «análisis dialéctico» acaba en un bochornoso «examen metafísico». ¿A qué nos referimos? A que, mismamente, podríamos comparar los «ingresos medios» de la población de China con el de los países a los que domina económicamente, ¿y qué pasaría? Observaríamos cifras que seguro que a más de uno dejarían patidifusos. Según Datos Mundial, mientras China promedia por ciudadano 879$ al mes, otros países como Australia y Hong Kong, cuyas economías ha dependido enormemente de China en los últimos años, promedian por ciudadano 4.474$ al mes y 4.053$ al mes respectivamente. ¿Por qué ocurre esto? Diferentes regímenes políticos, diferente densidad de población, diferentes jurisprudencias laborales, en fin... todo un cúmulo de cosas que los autores de estos artículos no se molestan en ojear. Lenin ya comentó en su día que un país con un gran desarrollo de las fuerzas productivas, que lanzase al mercado una gran producción y contase con una élite que nadaba en la abundancia, no está reñido, ni mucho menos, con la pobreza de sus trabajadores, con la miseria que se respira en su sociedad:

«¿Acaso no era Inglaterra, en la primera mitad del siglo XIX, un país de una pobreza increíble de masas obreras humilladas y diezmadas por el hambre, de alcoholismo, de miseria y suciedad espantosas en los barrios pobres de las ciudades, cuando la burguesía inglesa estaba poniendo tan exitosamente las bases de su actual poderío colonial?». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo y socialismo en Italia, 1915)

El hecho de que determinados índices económicos se desarrollen positivamente en un país, e incluso crezcan exponencialmente durante mucho tiempo, no está reñido, ni mucho menos, con un aumento de la desigualdad entre la ciudadanía. Que se tenga que explicar esto es de broma. Este tipo de datos sobre la calidad de vida de la población, lejos de exculpar, señala directamente la responsabilidad de los gobiernos imperialistas, que, aun teniendo todos los recursos a su alcance, no son capaces de hacerlos revertir significativamente en una mejora social, motivos que son inherentes a las fuerzas ciegas que imperan en dicho sistema. Esto es algo que ya analizamos anteriormente en relación al Gobierno de Pekín, cuando «Vicente el chino» deseaba convencernos de lo contrario, defendiendo el «envidiable» modelo laboral 996 −trabajar de nueve de la mañana a nueve de la noche seis días a la semana− y otras barbaridades. Véase la obra: «Vincent Gouysse y su deserción al socialimperialismo chino» (2020).

Estos cabezas de chorlito parecieran no entender que cada país diseña su táctica y su estrategia en la arena internacional en torno a su fuerza de trabajo humana, su territorio, sus recursos disponibles, su nivel de fuerzas productivas, su capacidad militar y sus alianzas internacionales. Esto se traduce en que mientras países pequeños y de baja densidad −como Islas Caimán, Suiza, Países Bajos, Chipre o Hong Kong− pueden tener un nivel altísimo de exportación de capital, muy posiblemente su nivel industrial, agrario o la capacidad general de producción de mercancías no pueden competir con colosos como Rusia, China, Francia, Alemania o los EE.UU., y ni hablar ya de la capacidad operativa de su reducido ejército −si es que lo tienen−. Pero quizás esto es muy complicado de entender para gente que en pleno siglo XXI sigue rastreando «huellas» de un «socialismo» −que por otra parte nunca hubo− en la China de los multimillonarios y mendigos capitaneada por Xi Jinping, o que vislumbra conatos de «antiimperialismo» en la decrépita Cuba de los Castro −aunque esta dependa totalmente de las inversiones y prorrogas de los acreedores del exterior−, por lo que seamos benévolos y no pidamos peras al olmo.


¿Qué es eso de que Rusia no mantiene una política militarista ni se mete en los asuntos de los demás?

1) Chechenia. Este caso fue paradigmático en cuanto a expresar inequívocamente la voluntad imperialista de Rusia de someter a los pueblos de su periferia por la fuerza bruta. Conforme los principios básicos del marxismo-leninismo, los pueblos tienen libre determinación soberana, así su integración o abandono del Estado en que se encuentran integrados en base a las simpatías de su población, como dijo Lenin en su «Balance de una discusión sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación» (1916). No obstante, la Rusia de Yeltsin −mentor de Putin− abordó la independencia de Chechenia con la «Primera Guerra de Chechenia» (1994-96) con una dura y cruel estrategia de desgaste. Rusia negaba la independencia a esta república caucásica porque contaba y aun cuenta con importantes yacimientos petrolíferos, además de su excepcional localización geoestratégica. Vale decir que luego en la prensa oficial esta ocupación sería presentada como una guerra de «autodefensa» y encuadrada en «motivaciones religiosas vs el mundo libre», pero lo cierto es que la radicalización religiosa y nacionalista surgió como efecto de las pretensiones rusas de anexión forzosa y no al revés. La «Segunda Guerra de Chechenia» (1999-09), lanzada ya con Putin al mando, tenía por objeto atar los cabos sueltos y «pacificar» de una vez por toda a la república, para ello el Kremlin se valió de todo tipo de armas prohibidas por la comunidad internacional, como el famoso fósforo blanco. En esta ocasión las fuerzas chechenas fueron mucho más apoyadas por los imperialismos occidentales, lo que amplificó el conflicto hacia intereses interimperialista, como era de esperar.

2) Tayikistán. Aquí tenemos otro paradigma clásico: hace no mucho se desató la lucha de dos facciones de la burguesía, que, atizadas por elementos étnico-religiosos dieron lugar poco más tarde a la Guerra civil tayika (1992-97). En aquel entonces Rusia apoyó a uno de los bandos con vistas a instalar a un gobierno títere favorable a su política que le permitiera mantener atada a sus intereses económicos a la antigua república soviética. Actualmente, Moscú mantiene en este país una base militar y pone sus mayores esfuerzos en que Dusambé vaya aumentando progresivamente su integración económica gracias al organismo económico regional de la Unión Económica Euroasiática (UEE), una herramienta diseñada para satisfacer los intereses rusos:

«En primer lugar, en los tres casos, Rusia y sus socios abordaron problemas económicos y humanitarios, tanto en el marco de la Unión Económica Euroasiática (UEE), como a nivel bilateral con Tayikistán, que todavía no forma parte de la UEE pero que aspira a hacerlo. «Además, en todos los casos se abordaron asuntos de seguridad. En Tayikistán y Kirguistán hay bases militares rusas que desempeñan un papel fundamental a la hora de mantener la paz y la seguridad en toda la región centroasiática», afirma Rostisláv Ischenko». (Sputnik Mundo; Putin: la base rusa en Kirguistán garantiza la seguridad en Asia Central, 20 de junio de 2017)

En este caso, la mayoría de prorrusos consideran «normal» y «lógico» que Rusia mantenga un «cordón de seguridad» en torno a las antiguas repúblicas de Asia Central, aunque luego sean los mismos que claman al cielo cuando los EE.UU. considera a América Latina como su «patio trasero». El doble rasero sale a la luz muy rápidamente cuando observamos que en un lado los sátrapas locales son «dictadorzuelos corruptos» y en otros «valientes luchadores antiimperialistas». Pero como a todo cerdo le llega su San Martín, no es extraño ver como Moscú o Washington les agradecen a estos lacayos sus «servicios prestados» siendo remplazados por otros cuando ya han sido exprimidos como un limón.

3) Kirguizistán. Aquí ocurre igual. Una táctica muy recurrente que ha adoptado Rusia a corto plazo con los diferentes gobiernos como kirguizos ha sido la siguiente: apoyar a uno u otro jerifante, el que más cercano se muestre a Moscú, y aunque este no se muestre muy confiable. Después, si así hace falta, sacrificarlo cuando se haya mostrado como un obstáculo para la «amistad entre ambos países», pero, entre tanto, loarlo en declaraciones públicas y privadas como un hombre «cabal», «patriota» y «antiimperialista». Sin ir más lejos, Rusia de momento debe apoyar al impopular mandatario Almazbek Atambáev para garantizar la existencia de su base militar allí:

«Hoy confirmamos el entendimiento de que la presencia de la base militar rusa en Kirguistán es un factor importante para garantizar la estabilidad y la seguridad en la región de Asia Central», dijo el líder ruso. Putin, al reunirse con Atambáev, destacó también que un componente clave de las relaciones entre Moscú y Biskek es la cooperación militar y técnico-militar. Por su parte, el presidente de Kirguistán, Almazbek Atambáev, agregó que el apoyo de Rusia a Kirguistán es de suma importancia y sin él es imposible el futuro de la república. «No me imagino el futuro de Kirguistán sin Rusia», dijo tras reunirse con el presidente ruso, Vladímir Putin. Señaló que esa opinión la comparten los representantes del Gobierno y de todas las facciones parlamentarias de la república». (Sputnik Mundo; El papel de Asia Central en la política internacional rusa, 3 de marzo de 2017)

Estas declaraciones demuestran que Rusia juega como Estados Unidos o China a ser el «guardián de la seguridad» de los «pueblos amenazados». ¿Cuántas bases militares cree Putin que son suficientes en Asia Central para garantizar la «seguridad de Rusia» o la «seguridad en la lucha contra el terrorismo»?

4) Georgia. Tras la desaparición de la vieja URSS capitalista de los Jruschov, Brézhnev o Gorbachov, lo que queda claro es que Rusia no ha perdido su naturaleza expansionista, ni ha renunciado a su área de influencia, si bien esta se redujo sustancialmente. Rusia mudó de pelaje, más no de naturaleza. Si revisamos los datos económicos de los países colindantes al territorio ruso observamos que muchos de ellos −Bielorrusia, la zona del Cáucaso o Kazajistán− dependen directamente del comercio o el capital ruso, están atados por organismos económicos y militares con ella. En caso de que algún país decida virar hacia otro amo Moscú responde con contundencia. Tomemos por ejemplo la guerra contra Georgia en 2008. Tbilisi comenzó a deteriorar paulatinamente sus relaciones con Moscú en esta época. A su vez, se vio envuelta en un problema de carácter nacional con Osetia del Sur y Putin apoyó a los separatistas e intervino militarmente en la región sin el menor tapujo. ¿Cuál fue el resultado? Las regiones de Osetia y Abjasia obtuvieron la «independencia» bajo la tutela de Rusia y unos gobiernos nacionalistas sumisos a su mandato. Además, se ha llevado a cabo una limpieza étnica en tales zonas que recuerda al conflicto yugoslavo. 

5) Libia. El régimen militar, religioso y nacionalista de la Libia de Gadafi (1969-2011), fue famoso por estimular y defender esa presunta «tercera vía» y el «no alineamiento», pero a su vez fue amigo preferencial de Rusia cuyos lazos se remontan hasta la época de la URSS de Brézhnev. El asunto es que ya mucho antes del derrumbe final de la URSS (1991), Gadafi había ido abandonado progresivamente a Moscú que ya este no podía apoyarle económica ni militarmente. Fue entonces cuando Trípoli redobló sus esfuerzos para acercarse y congraciarse con los imperialismos occidentales, una gestión de «reinserción» entre los «gobiernos civilizados» que le valió un asiento en la «Comisión de Derechos Humanos de la ONU». Pero Gadafi no suponía una garantía total para los EE.UU. y demás. Era un hombre que, con sus pasados delirios expansionistas frente al Chad, sus relaciones muy incomodas con grupos y gobiernos enemigos en África y Oriente Medio había contribuido a «desestabilizar la zona», mientras sus crecientes exigencias económicas hacían de él un aliado en el que no se podía confiar. Por todo esto y mucho más en 2011 Washington activó el mismo guion que con Noriega en Panamá, Hussein en Irak y Milosevic Yugoslavia: el «gran aliado» debía de ser demonizado y «neutralizado» a cualquier coste. Así, con la condescendencia internacional de Rusia, Libia fue reducida a cenizas y repartida entre las potencias imperialistas rivales como botín de guerra, en concreto, haciendo de los yacimientos de petróleo del país un suculento filón para las empresas occidentales. 

6) Mali. En lo relativo a cuestiones políticas de materia internacional, ya quedó claro que casos como de Libia y Mali en la ONU, no hay rastro de esa «solidaridad para con los pueblos» de Moscú, la cual, condicionada siempre por las componendas con el imperialismo estadounidense, jamás ha jugado un papel «antiimperialista». Lanzamos una pregunta a los apologistas del imperialismo ruso, ¿por qué la abstención de Rusia en la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Libia? ¿Acaso su posición no ayudó a legalidad la libre intervención de los EE.UU. y Cía? El caso Mali es otra muestra aún más inapelable. En 2012 Rusia votó en la Resolución 2085 de la ONU a favor de la intervención francesa en Mali, todo, a sabiendas que tal injerencia no operaba a favor del pueblo maliense, sino de los intereses imperialistas franceses en su antigua colonia −sería interminable citar las «intervenciones humanitarias» de Francia en el continente−. Estos son casos dramáticos y unos de los más reveladores respecto a la credibilidad de Rusia. Ha servido para desmontar de un plumazo el discurso de sus lacayos como Manuel Sutherland, Atilio Borón, José A. Egido o en su día Fidel Castro, quienes siempre han querido convencernos de que Rusia es la «mejor garantía para los pueblos que luchan por su independencia frente a los imperialismos». 

7) Ucrania. El conflicto actual en el país vecino viene de lejos. En el Referéndum de independencia (1991) el 84% de la población decidió salirse de la URSS. Aun con esto, desde entonces la nueva república de Ucrania estableció un modelo neocolonial donde Rusia seguía teniendo preferencia sobre el resto de imperialismos occidentales, incluyendo una jugosa base en Sebastopol. Una vez más la usura en los precios y la deuda han sido una soga al cuello en este tipo de países, los cuales sirven para amarrar al gobierno en favor de sus acreedores extranjeros. La mejor baza de la débil economía de Ucrania, aparte de su famosa agricultura, ha sido posición geoestratégica en el paso del gas natural ruso a la Unión Europea. Esta última recibe de Rusia hasta el 40% que consume y por Ucrania pasaba el 80% de dicho trayecto. En anteriores años de bonanza y crecimiento económico (2000-2008), Kiev podía maquillar desde la represión política hasta el modelo dependiente de Moscú, pero cuando finalizaron la crisis asomó con un comercio exterior deficitario y una caída de la producción industrial de un 1,8%, demandó a su principal socio menos gas natural y entonces comenzó una doble crisis, ya que Rusia le exigiría asumir sus contratos de gas natural a recibir acordados previamente −esta deuda de Ucrania con Rusia alcanzaría en 2015 los 3.000 millones de dólares−. En 2012 el presidente prorruso de este país eslavo, Víktor Yanukóvich, coqueteó con la Unión Europea (UE) y acabó pidiendo su entrada a fin de buscar acuerdos más beneficiosos. Su negativa a última hora, el nepotismo descarado de su administración y su nuevo acercamiento hacia Putin −no sin una amenaza previa y a la vez una suculenta oferta de «amplia ayuda económica»−, acabaron precipitando a que toda la oposición tuviera el pretexto perfecto para echarse encima de este equilibrista político:

«El entendimiento con Putin resulta fundamental para la exrepública soviética de Ucrania, ya que hace dos semanas Yanukóvich renunció a la firma de un acuerdo de asociación con la Unión Europea debido a la dependencia que tiene el país de Rusia. El Gobierno ucraniano anunció que, en lugar de avanzar hacia Europa, va a esperar un tiempo para regularizar las relaciones comerciales con Rusia, que se habían deteriorado en los últimos meses debido al enfado de Moscú, que no ve con buenos ojos que un país de su antigua zona de influencia entre en la órbita de la UE. La situación económica de Ucrania es delicada. A día de hoy necesita 17.000 millones de dólares para refinanciar sus deudas y pagar las facturas del gas ruso. Según un acuerdo entre la ucraniana Naftogaz y la rusa Gazprom, el gas proporcionado este otoño se podrá pagar la próxima primavera. Los acuerdos firmados con China ayudarán al país en el futuro, pero no es probable que se puedan materializar a corto plazo. La decisión del Gobierno ucraniano de no firmar el acuerdo con la UE fue contestada inmediatamente por la oposición, que ha sacado a miles de sus seguidores a la calle. Unas 6.000 personas permanecen de forma permanente en la plaza central de Kíev, la Maidán. El pasado domingo se reunieron más de 100.000 manifestantes en la mayor protesta contra el poder desde la revolución naranja de 2004». (La Vanguardia; Yanukóvich visita a Putin para renegociar un acuerdo de colaboración, 6 de diciembre de 2013)

8) Crimea. En el caso de la Península de Crimea forma parte de Rusia desde 1783. Es interesante repasar la evolución de los datos étnicos: en 1897 los rusos eran el 33%, de la población; en 1926 eran ya el 42%; en 1939 el 49%; en 1959 el 71%; en 1979 el 68%; en 1989 el 67%; en 2001 el 60% y en 2014 el 65%. Esto denota que hubo un progresivo proceso de rusificación en la zona, sobre todo, si tenemos en cuenta que otra gran minoría nacional, los tártaros. Estos formaban un 35% de la población en 1897; en 1926 eran ya solo un 25%; y en 1939 bajaron al 19% y fueron finalmente deportados en masa durante la Segunda Guerra Mundial (1939-45) hacia zonas de Asia Central bajo la acusación de colaborar con los nazis –actualmente serían el 10% de la población–. En época soviética Crimea formaba parte de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFS), hasta que en 1954 fue cedida a la República Socialista Soviética de Ucrania (RSSU). En 2014, tras estallar la guerra entre Ucrania y los separatistas de la zona del Este del país del Donbas, Rusia aprovechó la situación para armar a los ciudadanos prorrusos y lanzó una serie de operaciones encubiertas con fuerzas militares de incognito que tomarían rápidamente los edificios públicos estratégicos, tanto de la capital Simferópol como de Sebastopol –ciudad autónoma donde ya residía una base militar rusa–. El 16 de marzo de 2014 se celebró un referéndum para formalizar la anexión rusa de Crimea –status solo reconocido por algunos aliados de Rusia como Abjasia, Osetia del Sur, Sudán o Transnistria–.

Todos los pueblos tienen derecho a decidir, de eso que no cabe ninguna duda, en ese sentido el referéndum parecería legal y legítimo. Lo cuestionable es que se desarrolla bajo la presión militar de Moscú y con el fin de ponerse bajo la órbita de uno de los imperialismos de la zona. Esta coyuntura de crisis en Ucrania está siendo aprovechada por Rusia para desarrollar su propio plan de acción, de hecho, el referéndum no es para el nacimiento de una «República de Crimea» independiente, sino para salir de la territorialidad soberana de Ucrania y entrar en la de Rusia, lo que, para los ciudadanos de Crimea, o mejor dicho a sus trabajadores no va a suponer el fin de sus calamidades. Algo que no encuentra diferencia en otros casos de referéndums instantáneos y bajo dudosas condiciones donde el territorio en cuestión acaba bajo la órbita de los imperialismos occidentales. 

9) Bielorrusia. Aquí las tensiones económicas referidas a cuestiones petrolíferas y de gas con Moscú han ido aumentando de tanto en tanto debido otra vez más a las prácticas de Rusia en cuanto a los precios que ofrece hacia su presunto «amigo del pueblo bielorruso» y «aliado natural». Esto se liga con la consiguiente prepotencia de Moscú y su creencia de que Bielorrusia debe una sumisión política a la «Madre Rusia», teniendo que ratificar y apoyar internacionalmente las aventuras de Putin. Esto, aunque parecía imposible hace unos años, ha llevado a un empeoramiento progresivo de las relaciones con su viejo y fiel aliado Alexandr Lukashenko, que se ha acercado a Occidente, aunque parece que la sangre no llegará al rio, y ambos se respetarán mutuamente mientras en lo fundamental sigan siendo útiles a sus intereses recíprocos:

10) Siria. En cuanto a la cuestión siriaca ya nos pronunciamos en 2015:

«El actual conflicto sirio, y la incursión de los dos bloques imperialistas −Estados Unidos y sus aliados-lacayos como Francia por un lado, y del otro Rusia e Irán; China de momento solo está dando apoyo nominal−, se origina en la negativa del gobierno sirio a que por sus suelo discurra el oleoducto trazado por Qatar-Exxon que partiría de ese país, y que pasaría por Arabia Saudí, Jordania, Altos del Golán y entraría al Mediterráneo a través de Siria, entre otras cosas debido al papel central de las «monarquías árabes fundamentalistas» en el refuerzo de los también fundamentalistas «Hermanos Musulmanes» en el Norte de África y Oriente Medio. No obstante, la idea de este oleoducto nace de acuerdos entre Francia y Qatar: el trasfondo del mismo, considerando que Bulgaria debido a las sanciones de los Estados Unidos y de la Unión Europea a Rusia rechazó la construcción del oleoducto ruso Burgas-Alexandrópolis que tomaba como puerta de entrada a Grecia para así superar los problemas de distribución que plantea el oleoducto actual a su paso por Ucrania, el objetivo del mismo es arrebatar a Rusia su principal herramienta a la hora de tratar los temas geopolíticos con los Estados Unidos y la Unión Europea, pues Rusia en este momento es la principal fuente de hidrocarburos de esta última; en tanto, el oleoducto se traduce en que EE.UU. y la Unión Europea se quedan con las manos libres para redibujar tanto el mapa geopolítico de Oriente Medio como el de Europa del Este. En otras palabras: es un proyecto que tiene como meta final el aislamiento de Rusia al tiempo que afectar su economía. (…) El imperialismo ruso, por el contrario, requiere que Bashar al-Asad mantenga el poder debido a que este es una garantía para seguir manteniendo el estatus actual, es decir, en Siria Rusia se juega el poder de negociación que posee en la actualidad, de perderlo ya no tendría un elemento económico disuasorio frente a la Unión Europea como lacayo de EE.UU. Y es precisamente por esto que no ha intervenido militarmente en Ucrania −país que depende completamente de los combustibles fósiles ruso− y sí en Siria. Vale aclarar que Rusia ganó la «partida de Ucrania» −por llamarla de alguna manera− al quedarse con la joya ucraniana, Crimea; y lo hizo por ser esta una de las zonas de producción cerealera más importante del mundo, no por sus vínculos históricos, ni por la acción militar de las milicias gubernamentales y fascistas contra la población rusófona de Ucrania que aún sufre la embestida militar del nuevo gobierno de Kiev». (Equipo de Bitácora (M-L); Breves apuntes sobre Siria y la intervención imperialista, 2015)


11) Kazajistán. En cuanto a este tema, desde enero de 2022 hemos asistido a una nueva intervención rusa en territorio ajeno. Esta vez, el Presidente de Kazajistán Tokaev viene siendo desde 2019 una marioneta en manos Nazarbáyev, quien domina el país desde las sombras desde hace más de veinte años, algo similar al «retiro» de Putin y la gobernanza de Medvédev durante (2008-12). Este país de Asia Central es muy rico en recursos y cosechó en las últimas décadas un considerable superávit económico gracias a sus dos fuentes principales de riqueza: el gas y el petróleo. A todo esto, no podemos olvidar que, por herencia de la cultura zarista y soviética, hay un fuerte y arraigado 
culto a la personalidad, en este caso, hacia la figura Nazarbáyev, cuyas estatuas dominan las ciudades del país, e incluso se le ha cambiado el nombre a la capital, llamándose ahora por su nombre de pila: Nursultán. Hasta hace no mucho el gobierno había subsidiado la gasolina y otros bienes cotidianos que le permitieron maquillar la fea y gris realidad de su autoritarismo. En cambio, a partir de 2015 este país de Asia Central sufrió una recesión económica muy seria que, como el lector puede imaginar, derivó en grandes picos de inflación y nuevos impuestos; entre las medidas, hay una que cobró mucho protagonismo entre la ciudadanía: la duplicación del precio del gas licuado, principal combustible automotriz del país. Esto causó un hondo descontento y rápidamente este se transformó en protestas masivas, logrando hasta la mismísima dimisión del ejecutivo. El gobierno kazajo, aunque debilitado, no se rindió. Recurrió a las balas, el control de la vía aérea y la supresión de las redes de comunicación, pero ni aun así fue incapaz de hacerse con la situación y controlar la rebelión, ¿qué as le quedaba en la manga? Valerse de Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva (OTSC), es decir, el equivalente de la OTAN, pero en versión rusa. De esta forma Kazajistán pudo solicitar ayuda a Rusia y otros países de la zona para que mandasen a 2.500 soldados extranjeros a contener a su propio pueblo. El Kremlin aceptó esto con sumo orgullo ya que, además, tras décadas de intensa rusificación, en torno al 18% de la población es de origen ruso, por lo que tiene el mismo pretexto que en el Este de Ucrania, ¡ayudar a sus hermanos eslavos! ¿Qué significa esto? Lo que queda claro, es que al igual que en los días de los Zares, Rusia actúa dentro de sus zonas de influencia como un factor reaccionario, como un ejército listo para desatar la contrarrevolución.


La «izquierda» doméstica y sus comentarios sobre el papel mundial de Rusia

«Los reaccionarios la utilizaron para calificar tanto a Marx, como a Lenin, de teóricos, sin tomar para nada en cuenta que sus utopías inspiraron a Rusia y a China, los dos países llamados a encabezar un mundo nuevo que permitiría la supervivencia humana si el imperialismo no desata antes una criminal y exterminadora guerra. (...) El aporte que Rusia y China pueden hacer en la ciencia, la tecnología y el desarrollo económico de Suramérica y el Caribe es decisivo». (Fidel Castro; Es hora de conocer un poco más la realidad, 21 de julio de 2014)

Cuando el señor Castro hablaba de la posibilidad de nuevas guerras, comentaba que existían dos bloques más o menos diferenciados a los que hacía mención –Rusia y China de una parte, y Estados Unidos y la Unión Europea de la otra–, ambos con sus respectivos países aliados. ¿Y bien? Intentaba hacernos creer que solo un bloque imperialista –el estadounidense– supone una amenaza para los pueblos, para su independencia estatal, para su soberanía económica y un peligro en general para la paz mundial. ¿Era esto cierto? En absoluto. No vivimos en un mundo donde solo exista un «campo imperialista» y otro «antiimperialista», sino que lo que constatamos diariamente es que hasta dentro de estos campos –con sus países gobiernos y aliados– se trata de contradicciones interimperialistas, es decir, no antagónicas, una pugna entre bloques imperialistas competidores.

Entendemos que tampoco es que el líder cubano haya mostrado alguna vez tener los conocimientos teóricos suficientes como para saber discernir tal cuestión. En el siglo pasado Fidel Castro se mostró como el gramófono del socialimperialismo soviético al que estaba ligado económicamente. Este se encontraba compitiendo contra el otro bloque imperialista, en este caso liderado por los EE.UU. –y siempre que, no lo olvidemos, Castro fue rechazado por estos tras su visita a Washington–. En 2014 se prestó a ser de nuevo el vocero de los países imperialistas a los que está atado igualmente –Rusia y China–, aunque también manifiesta esperanzas y habla bien de los líderes estadounidenses como Barack Obama, creyendo en la reforma del imperialismo yankee y pidiendo su inversión en la isla. Entonces, queda claro que no deberíamos molestarnos en saber si el señor Castro realmente se daba cuenta o no de las tonterías que soltaba, sino que nos basta con el hecho de que cometió una y otra vez la felonía como es hacer de propagandista y agente de los imperialistas.

Algunos, a estas alturas de la película, todavía no parecen haberse dado cuenta de que, como demuestra la historia, los pueblos no pueden apoyarse en las potencias imperialistas para su emancipación social. Pero, claro, ¡esto es complicado cuando el sujeto no sabe ni siquiera identificar a los imperialismos de su época llegando, incluso, atisbar conatos de «antiimperialismo» o «socialismo» en ellos! Realmente, los castristas y aquellos que apoyan esta línea convierten su postura política en una tragicomedia.

El mensaje de los revisionistas cubanos supone una arenga al proletariado mundial para que confíe el mantenimiento de la paz en las clases burguesas de los países imperialistas competidores del imperialismo estadounidense; es decir, los imperialistas rusos y chinos. Algo erróneo a todas luces, pues:

«Sólo cuando hayamos derribado, cuando hayamos vencido y expropiado definitivamente a la burguesía en todo el mundo, y no sólo en un país, serán imposibles las guerras». (Vladimir Ilich Uliánov; El programa militar de la revolución proletaria, 1916)

Todo país gobernado por los monopolios es un foco de guerra o posibles guerras, chantajes, sobornos, agresiones encubiertas, etcétera, esto no lo afirmamos nosotros, sino que fue una máxima defendida y demostrada por Lenin a través de un minucioso estudio del capitalismo de su tiempo:

«El imperialismo significa que el capital ha rebasado el marco de los Estados nacionales, que la opresión nacional se amplía y se agrava sobre una nueva base. (…) El imperialismo es la opresión creciente de las naciones del mundo por un puñado de grandes potencias, es la época de las guerras libradas entre esas grandes potencias por ampliar y consolidar el sojuzgamiento de las naciones, es la época del engaño de las masas populares por los hipócritas socialpatriotas, es decir, por gente que, con el pretexto de la «libertad de las naciones», del «derecho de las naciones a la autodeterminación» y de la «defensa de la patria», justifica y defiende la opresión de la mayoría de las naciones del globo por las grandes potencias». (Vladimir Ilich Uliánov; El proletariado revolucionario y el derecho de las naciones a la autodeterminación, 1915)

El señor Borón, de forma muy desinteresada, mira por nosotros y nos recomienda que nos informemos adecuadamente a través de los «medios alternativos» al imperialismo yankee, ¿cuáles? ¡Las cadenas de televisión que abiertamente reciben dinero del gobierno ruso y afines!

«@atilioboron: Sugiero seguir fuentes alternativas: Telesur. Al Mayadeen, RT, Sputnik, Hispan TV y sacar nuestras propias conclusiones». (Twitter; Atilio Borón, 26 feb. 2022)


Por su parte, José Antonio Egido, licenciado en Ciencia Política y Sociología, considerado en el mundo de la «izquierda latinoamericana» como un eminente politólogo, es otro personaje al que se le podría meter en el saco de los propagandistas de Moscú y Pekín. A él se le puede ver en diversos medios de China, Rusia, Venezuela, Cuba y demás. Allí realiza una apología del bloque sino-ruso y, por supuesto, también de los países que estos neocolonizan, definiendo a esta agrupación como un bloque «antiimperialista». Recientemente nos comentaba:

«Quiero comentar el nuevo rol mundial que ejerce la Federación Rusa, a raíz de los conflictos y de las nuevas correlaciones que se están creando. Hay quién dice que Rusia es un nuevo imperialismo, que solo interviene en política internacional buscando sus intereses. No cabe duda que Rusia que no estamos ante la política exterior de la URSS que buscaba el triunfo mundial del socialismo. Pero es mentira que Rusia es un país imperialista, es un país que hoy cumple una función importantísima para equilibrar la política mundial, para frenar la expansión terrorista de los Estados Unidos y sus aliados, para abrir una solución pacífica a los conflictos. Sabiendo además que Rusia se siente agredida, acosada precisamente por la política imperialista, las autoridades rusas, hubieran querido otro tipo de relación con los EE.UU. (...) Rusia tiene el derecho legítimo de defenderse, y se defiende en varios escenarios, esa defensa es muy útil para los pueblos del mundo, como por ejemplo para el pueblo sirio, que sin la defensa activa de Rusia hoy estaría viviendo el mismo drama espantoso que Libia. (...) Hablamos la otra vez de la cuestión kurda, el otro día se ha celebrado en Moscú un importante congreso pankurdo, lo cual es significativo y positivo, muy positivo que no haya sido en EE.UU., porque sería una manifestación de la voluntad estadounidense de manipular a los kurdos contra los árabes, los turcos, los persas. (...) Rusia cumple, insisto una función positiva. (...) En Venezuela también Rusia cumple un papel positivo, siendo solidaria con el pueblo venezolano, atacado por los que quieren controlar omnímodamente el petróleo, el gas, el mineral de hierro, el oro, la bauxita del pueblo venezolano. Tiene que haber claridad en torno al rol geoestratégico progresista de Rusia, abandonar la teoría del interimperialismo, que acusa a Rusia de ser un nuevo imperialismo. Es sin duda un país capitalista que tiene la memoria muy fresca de 75 años de socialismo». (Annur TV; Entrevista a José Antonio Egido, 17 de febrero de 2017)



El PCE (r) erre que erre con su propaganda prorrusa

Pensémoslo bien, ¿quién en su sano juicio se iba a prestar a actuar como una vulgar marioneta de Putin, como cada día hacen los simpáticos periodistas de Actualidad RT? Pues solo alguien acostumbrado a esto, como el señor Arenas:

«Recomendamos dar un repaso con un poco de detenimiento a los documentos programáticos y demás materiales editados por nuestro partido que abordan esta cuestión. Comprobarán que no hay en ellos nada que se pueda prestar a esa torcida interpretación que habla de una vuelta atrás de Rusia a un pasado imperialista, ni siquiera en la forma moderna capitalista, monopolista». (Manuel Pérez Martínez, «Arenas»; ¿Sigue Actualmente Rusia una Política de Expansión Imperialista, 8 de agosto de 2014)

Hoy al igual que ayer el PCE (r) asegura que Rusia no es un país imperialista, y lo afirman sin sonrojarse, con todo convencimiento. El proceso de monopolización de la economía no les dice nada significativo, sus bases militares por todo el mundo y sus grandes niveles de exportación de capital no parecen «motivos suficientes», pero bueno, sabemos que a través de unas lentes de graduación revisionista todo es posible, bajo ellas la visión del mundo cambia sustancialmente. No nos cansaremos de insistir en que el PCE (r) dedicó gran parte de los años 70 y 80 a maquillar la política exterior de la URSS de Brézhnev y Gorbachov, así que, como se suele decir… «De casta le viene al galgo». Véase el capítulo: «El PCE (r) y su patrocinio de la URSS de Brézhnev y Gorbachov» (2017).

El señor Arenas intenta amedrentarnos con una maniobra sacada del arsenal del agitador «tercermundista», «criticar a X es sinónimo de hacerle el juego a sus enemigos», un truco aprendido de los folletos maoístas de los años 70 que él y los suyos acostumbraban a recoger de la embajada china:

«Identificar hoy a Rusia con un «imperio», y su política militar preventiva, defensiva, desarrollada en su propio territorio –y en territorios próximos a sus fronteras con mayoría de población rusa–, de política «agresiva» y «militarista», sólo puede servir a la propaganda imperialista de los EE.UU. y a su estrategia de dominación mundial». (Manuel Pérez Martínez, «Arenas»; ¿Sigue Actualmente Rusia una Política de Expansión Imperialista, 8 de agosto de 2014)

Si en 1977 fuimos testigos como el señor Arenas ladraba que denunciar la política del imperialismo estadounidense era «hacerle el juego a los revisionistas soviéticos», más tarde, en 1978 le vimos cambiar de parecer y anunciar que denunciar la política socialimperialista era «hacerle el juego al imperialismo estadounidense». Uff… ¿algo confuso, no creen? Ahora, en 2007, asegura haberse aclarado las ideas, y nos viene con el mismo cuento de que denunciar la política imperialista de la Rusia de Putin es «hacer el juego al imperialismo estadounidense». Este pobre diablo lleva 40 años utilizando las mismas patochadas para justificar sus ventoleras. Los jefes del PCE (r) −o mejor dicho, lo que queda de él−, ni siquiera se esfuerzan en buscar otro eslogan menos desgastado. En la propaganda de cualquier partido oportunista es común leer que no apoyar a X régimen revisionista, como Cuba o Venezuela, significa «hacerle el juego al imperialismo yankee». ¿Acaso analizan acaso la política de ese gobierno respecto a los trabajadores asalariados? ¿Acaso examinan los vínculos económicos de ese gobierno con las potencias imperialistas con las cuales asegura estar enfrentándose? En absoluto, por eso ese eslogan solo sirve para aturdir a las mentes débiles y justificar cualquier barrabasada política de dichos gobiernos. Véase el capítulo: «Debemos apoyar a China porque pone en entredicho la política occidental», ¿dónde hemos oído esto antes?» (2021).

En el caso del PCE (r), la caracterización que mantiene el señor Arenas sobre Rusia le arrastra a cometer actos verdaderamente vergonzosos de seguidismo hacia Moscú, colaborando en esa labor de blanqueamiento sobre las repúblicas prorrusas de Donetsk y Lugansk surgidas al Este de Ucrania, esto es, en la zona del Donbas:

«La contradicción principal que se da en estos momentos en el Sudeste de Ucrania, es la que enfrenta a las masas populares al fascismo y al imperialismo. Esta contradicción, tal como hemos explicado anteriormente, habrá de ser resuelta mediante la derrota política y militar de la burguesía fascista y proimperialista, así como con el restablecimiento de la unidad nacional en un Estado federal socialista. Un gran paso en ese sentido ha sido la proclamación de las Repúblicas Populares en las regiones del Sudeste». (Manuel Pérez Martínez, «Arenas»; ¿Sigue Actualmente Rusia una Política de Expansión Imperialista, 8 de agosto de 2014)

No hace falta entendernos mucho aquí. Esta ha sido la tónica reduccionista y fantasiosa de los grupos prorrusos de todo el mundo: a) Pasan en silencio sobre la nefasta política legalista y parlamentarista del Partido Comunista de Ucrania (PCU), de herencia jruschovista, que ha condenado a sus militantes de base a los linchamientos. b) Saludan a cualquier jefe de milicia de Donetsk o Lugansk que sienta algo de nostalgia por la URSS como un «heroico bolchevique» que «tiene la pretensión de restaurar el socialismo» de Lenin y Stalin, aunque en la práctica muchos de ellos son nacionalistas rusos, señores de la guerra, mercenarios o tienen conocidos vínculos con los oligarcas rusos. Si Reconstrucción Comunista (RC) llegó a proclamar que en Rojava se construía el socialismo, las declaraciones de la gente del PCE (r) sobre Donbas van por el mismo sendero. Véase el capítulo: «El movimiento nacionalista kurdo, sus desviaciones anarco-feministas, sus vínculos con los imperialismos y el silencio cómplice de los oportunistas» (2017).

Lejos de haber un cuadro idílico de «revolucionarización» en tierras ucranias, allí las fuerzas de la llamada «izquierda» son anecdóticas o cumplen este mismo papel de furgón de cola que los capitalistas de su zona, los mismos que rinden pleitesía a los capitalistas de Moscú porque son sus «hermanos de sangre». En cuanto a las «fuerzas revolucionarias» que habitan Ucrania ni están ni se les espera, y esto no podía ser de otra forma, ya que, lejos de lo que asegura el señor Arenas, no hay que infravalorar el poso psicológico que ha dejado el revisionismo soviético tras décadas de hegemonía ideológica bajo Jruschov, Brézhnev y Gorbachov. Esto, sumado al caldo de cultivo de otros tantos años de gobiernos neoliberales de la derecha prorrusa en el país, son un cóctel perfecto para un eclecticismo muy desconcertante para el ciudadano medio. Pero, ¿acaso el panorama político y la mentalidad colectiva del pueblo ucraniano podría ser diferentes? No, y de esto buena responsabilidad tienen los «marxistas» de pacotilla que se postran ante uno u otro bando. Esto lo veremos más adelante cuando analicemos las propias posiciones de Guennadi Ziugánov en Rusia, que sintetiza todos los defectos habidos y por haber de etapa soviética.


Putin, «azote de los oligarcas» y «persona progresista», ¿es una broma señores del PCE (r)?

Dentro de su borrachera moscovita el PCE (r) nos intenta vender que Putin es un «hombre del pueblo» que busca ir en contra de los oligarcas (sic):

«Putin ha iniciado una serie de cambios importantes, especialmente en el terreno económico. El 25 de julio Putin pidió al denominado «Club Stolypin» que preparara un plan de impulso económico porque para hacer frente a los imperialistas en todos los terrenos, hay que impulsar también el crecimiento económico y estrechar filas en el terreno político, lo cual no se puede hacer sin la depuración de los viejos cuadros y el nombramiento de nuevos equipos dirigentes. Lo mismo que Theresa May en Reino Unido, Putin quiere poner fin a las viejas políticas monetarias implementadas desde los 80, que nunca van más allá del corto plazo, la especulación, las burbujas y el enriquecimiento golfo de cuatro oligarcas. En Rusia estas políticas tienen un nombre, Alexei Kudrin, el antiguo ministro de Finanzas, ahora defenestrado». (Movimiento Político de Resistencia; Putin: La etapa de los compromisos internacionales ha pasado, 25 de septiembre de 2016)

¡Claro! Véanse las relaciones de amistad y trapicheos con oligarcas mundialmente conocidos como el famoso oligarca del petróleo Roman Abramovich dueño de Sibneft hasta su venta a Gazprom en 2005, pero también reconocido por ser dueño del Chelsea F.C. y Gobernador en Chukotka durante 2000-2008 por elección directa de Putin. ¿Qué más tenemos? Ah, sí, Deripaska, propietario de Basic Element Company la mayor empresa de aluminio del mundo. Mikhail Prokhorov propietario de MMC Norilsk Nickel quién lidera el mercado mundial del níquel. Vagit Alekperov dueño de la mayor empresa Petrolera de Rusia llamada LUKoil. ¿Seguimos? Putin, lejos de ser un antioligarca concienciado de los peligros que suponen para la nación el estar dominado por estas sanguijuelas, impulsa el que estas se sigan enriqueciendo y tengan controlados los aparatos del poder político, económico y judicial ruso. El gobierno capitalista de Putin ni siquiera llega a las políticas de «redistribución de la riqueza» de los socialdemócratas de otros países europeos. Cualquiera que entienda un poco de historia y tramas políticas entenderá que las trifulcas de Putin con algunos de los oligarcas rusos son las mismas que mantienen todos los presidentes de cualquier país burgués, como bien demostró Karl Marx en su obra: «La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850» (1850). Allí expuso cómo Napoleón III no solo se abalanzaba sobre los opositores a su régimen, como por ejemplo los «republicanos puros» o los «demócratas» y «comunistas», sino también contra quienes habían sido sus aliados y valedores, los «legitimistas» y «orleanistas». En muchas ocasiones, los desafíos del bonapartismo con aliados y opositores eran pugnas políticas interburguesas, en las cuales se apoyaba en unos mientras se defenestraba a otros. Esto recuerda también a las intrigas políticas romanas, solo que, en el caso actual, Putin ni siquiera es un plebeyo como lo pintan sus admiradores, sino parte del patriciado más clasista. 

Suponemos que para el señor Arenas y su círculo de aduladores la prueba definitiva del «progresismo» de Putin ha sido el reciente apoyo público y encubierto que dio al republicano Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016 –nótese la ironía–. He ahí los últimos sonados casos que evidencian los vínculos entre el gobierno de Putin y los círculos de Trump para que este último ganase las elecciones. El director del FBI James Comey, denunció estos contactos mientras anunciaba evidencias en su investigación en especial por los vínculos del exasesor de seguridad nacional Michael Flynn con agentes rusos, por lo cual Trump, decidió presionar a Comey para cerrar la investigación, y ante la negativa de este, se procedió a relevarlo del puesto. Pero los escándalos siguen, y hace poco Comey habló públicamente en el Senado sobre las conversaciones y presiones de Trump. 

No hablemos ya de la última ley introducida en Rusia por Putin en febrero de 2017 que legitima la violencia doméstica en casos en que «solo» sean una vez año y no dejen lesiones, bajo la asquerosa excusa burguesa y clerical de «proteger a la familia frente a su disgregación». Bajo esta ley, el agresor solo puede ser condenado si reincide y si la víctima denuncia y demuestra estos hechos –lo que es bastante complicado cuando la víctima vive en un clima de terror y la justicia es profundamente machista bajo este tipo de mentalidad colectiva–, de otra manera la justicia no actuará de oficio, y en caso de que el agresor sea condenado, la pena asciende a trabajos sociales y sanciones, cuando anteriormente se podía castigar al agresor con penas de cárcel. Así, bajo la máxima de una vuelta a los «valores tradicionales» y con intención de mantener la familia patriarcal y creyente idealizada por Putin, la mujer rusa es condenada al desamparo legal. Todo ello en un país en donde las mujeres tienen un 2,5% más riesgo de ser asesinadas por sus parejas que las mujeres de Estados Unidos y hasta cinco veces más que una mujer de la Unión Europea.

Como inciso, cuando se comparan los datos y legislaciones de este tipo de países, se comprende automáticamente la ridiculez que supone que en España el feminismo hable de que hay una «justicia patriarcal», cuando en realidad no solo existen leyes que protegen a la mujer y le dan cobertura y ayudas, sino que encima existe una asimetría penal hacia el hombre por cometer los mismos actos. Dicho esto, pesar de los rasgos machistas arraigados en la cultura suena ridículo hablar del «peligro de ser mujer» en uno de los países con mejor calidad de vida y menor número de asesinatos del mundo. Máxime cuando dichos asesinatos no se van a resolver mediante la vía penal, sino mediante la vía cultural, educativa y mediante la emancipación económica de las mujeres trabajadoras, cosa que no interesa a «las intelectuales» feministas porque significaría hablar de eliminar el mismo sistema que les financia su show y su modo de vida. Véase el capítulo: «¿Vivimos en un patriarcado?» (2021).

El hondo «progresismo» de Putin volvió a las páginas de todos los medios de comunicación del mundo cuando en la entrevista concedida a Oliver Stone, soltó la frase de que «Yo no tengo días malos porque no soy mujer», un comentario a la altura del humor de los ministros del PP, y por supuesto comentarios que los medios del PCE (r) no recogieron para no hacer publicidad negativa de su ídolo imperialista, cuando siempre que pueden denuncian ese mismo machismo imperante que existen en las filas del PP; esa es la doble moral del individuo sentimentalista.


Putin y su relación con el legado soviético

El señor Arenas, amante confeso de los últimos años de la URSS, nos quiere convencer que el socialismo se mantuvo allí inamovible durante nada más y nada menos que 70 años. Según él, hasta que no se izó por última vez la bandera de la URSS en agosto de 1991 no hubo ningún cambio cualitativo en sus estructuras, ni durante los años 50 −con la llegada de Jruschov−, ni tampoco después en los años 60 −con las reformas de Brézhnev−, en estos periodos a lo sumo, hubo algunas «pequeñas equivocaciones» que no alteran para nada su esencia. Para él este desarrollo idílico de la URSS es lo que ha condicionado que Putin sea un producto histórico inmejorable para nuestros tiempos:

«Por lo demás, calificar a un nacionalista burgués, como sin ninguna duda lo es Putin, de «déspota», «fascista» o simplemente de «reaccionario», no creemos que pueda contribuir a esclarecer la verdad sobre lo que está sucediendo realmente en Rusia. Un nacionalista cuyo origen es la clase obrera, que, según la misma prensa burguesa «tiene el corazón dividido entre la Rusia imperial y la extinta URSS»; que metió en la cárcel a los oligarcas mafiosos, próceres del capitalismo salvaje de los primeros años, tras hundirse la URSS; que llamaba «traidores» a quienes desertaron en la época soviética; que puso fin a la miseria generalizada en que estaba sumido el país cuando alcanzó la presidencia a primeros del año 2000; que en 2005 declaró ante el Parlamento ruso que la desaparición de la Unión Soviética fue «la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX». (...) En fin, no parece que este nacionalista pueda estar muy sujeto a los intereses oligárquicos ni pueda tener muy arraigadas las ideas y los sentimientos burgueses. (...) Como si no hubiera existido en Rusia más de 70 años de régimen socialista». (Manuel Pérez Martínez, «Arenas»; ¿Sigue Actualmente Rusia una Política de Expansión Imperialista, 8 de agosto de 2014)

El pobre está tan pero tan cegado que los rasgos individualistas, el chovinismo ruso, el militarismo, la decadencia y la desesperanza que se constataban en la sociedad soviética de los 80, lejos de ser un síntoma de lo que había en sus entrañas, al parecer fue una fuerza impulsora que penetró tan profundamente en los actuales dirigentes de Rusia que configuró mágicamente toda una camada de hombres instruidos en altos «valores progresistas». Esto suena aún más ridículo si hablamos de elementos como Putin, un antiguo agente del KGB que fue miembro y parte de la nomenclatura del régimen.

Las actuaciones dantescas del PCE (r) no tienen límite porque simple y llanamente sus autores no conocen el sentido de la vergüenza. Estos rusófilos aburguesados acompañaban su artículo con un montaje de una foto de Stalin con la cara de Putin, dando a entender que Putin como fue en su día Stalin. ¡¿Acaso puede haber mayor oprobio para la memoria del estadista soviético?! Nuestro ridículo Don Quijote y su pequeña legión de Sancho Panzas que le acompañan en sus locuras no se cansan de difundir al mundo otros malabares sobre la figura de Putin. ¿Sabrá este triste personaje prorruso de Arenas que Putin ha hecho todo lo que ha estado a su alcance para reducir la presencia de la simbología comunista en todo lo concerniente a las celebraciones que conmemoran el Día de la Victoria sobre el nazi-fascismo, del 9 de mayo de 1945? Y es que recientemente se ha introducido de extranjis como condecoración de la «Gran Guerra Patria» la cinta de San Jorge de la época zarista en los retratos de Stalin o de Lenin, algo impensable sobre todo cuando las tropas de Krasnov del único General que desertó a los nazis llevaban en su uniforme dicha insignia mientras combatían al Ejército Rojo. Demencial. Además, este año por orden del gobierno se han empezado a sustituir en las celebraciones la orden de la «Gran Guerra Patria» por otra en la que aparece «San Jorge» dentro de la estrella roja, algo que elude todo sentido cuando durante aquellos sangrientos años de guerra el único grupo involucrado en el conflicto que llevaba tal insignia eran las «SS Sturmbrigade RONA», que para quién no lo sepa, eran la unidades rusas colaboracionistas con los invasores en los territorios ocupados por el Ejército Nazi Alemán. 

Putin siempre ha acusado a Lenin con epítetos que parecen sacados de los artículos que los generales zaristas escribían en el exilio londinense. En una ocasión, en 2016 Putin recriminaba a Lenin haber «traicionado Rusia» por sacarla de la Primera Guerra Mundial (1914-18) y dotar a la Constitución de la URSS (1922) del derecho de autodeterminación, algo que repitió en 2020 durante su entrevista al canal de televisión Rossiya 1. Para él los bolcheviques «plantaron una bomba atómica bajo el edificio llamado Rusia y luego explotó. Tampoco necesitábamos la revolución global». Hay miles de declaraciones similares, donde incluso habla de que la nación rusa, que tendrían mil años (sic), fue desbaratada por Lenin:

«Como sabemos, durante 1.000 años de historia, nuestro país era un Estado unitario, estrictamente centralizado. Esto propuso Lenin: (...) Se les concedió el derecho a separarse de la URSS. Incluso los territorios se dividieron de tal manera que no correspondían y no corresponden con los territorios tradicionales de esas etnias». (Actualidad RT; Putin: 
«Vladímir Lenin no era un estadista, sino un revolucionario», 2019)

Al parecer tanto cariño tiene Putin a la antigua URSS que para agradar a los liberales occidentales, sacerdotes y nostálgicos del zarismo no puede estar sin aprovechar para lamentar «las represiones del stalinismo», por no citar el bochornoso espectáculo de inaugurar, junto a obispos y gracias al dinero público, un monumento a las «víctimas del comunismo» en el monasterio de Sretinski, ¿para cuándo un solemne monumento que condene los muertos, torturas y siglos de explotación del clero ruso, señor Putin? Queda visto que el PCE (r) no tiene problemas en apoyar, como pasó recientemente con el caso de Perón, a un hombre que se destaca por su feroz anticomunismo, todo, con tal de tratar de agradar a grupos y sectores políticos que están a años luz del progresismo.

A todo esto, ¿estará en conocimiento el señor Arenas y compañía de los «excesos de patriotismo» en la época de Stalin? ¿Conocerá esa más que «dudosa política» que llevó a que la dirección soviética realizase todo tipo de concesiones al clero eclesiástico y los nacionalistas rusos, rehabilitando todo tipo de personajes históricos y mitos de la época del zarista? Sugerir esto, sería un exceso de confianza. En primer lugar, está fuera de las capacidades de los jefes PCE (r), que siempre ha ido a remolque de los mitos. En segundo lugar, supondría que tendrían que realizar un trabajo de investigación, algo muy fatigoso para ellos, ya que eso de examinar los hechos uno a uno, no es su fuerte. En tercer lugar, si se diese el milagro de todo lo anterior, aun tendrían que desprenderse del pavor a criticar algo como la «política stalinista» que puede minar sus ya reducidas filas de fanáticos. Véanse los capítulos: «El giro nacionalista en la evaluación soviética de las figuras históricas» (2021) y «Las terribles consecuencias de rehabilitar la política exterior zarista en el campo histórico soviético» (2021).


El PCE (r) de Arenas y su coincidencia con el discurso revisionista del PCFR de Ziugánov

«A estos hombres no les pediremos cuentas por haber considerado que su pueblo ruso era el pueblo elegido de la revolución social. Pero no tenemos por qué compartir con ellos su ilusión. El tiempo de los pueblos elegidos ha pasado para siempre». (Friedrich Engels; Acerca de la cuestión social en Rusia, 1894)

En la mente del señor Arenas se condensa toda esa idea romántica de una URSS inmaculada y casi igual de perfecta en todas sus etapas. Una visión totalmente idealizada y deformada de lo que fue que ha hecho que, a su modo de ver, la Rusia de hoy no pueda ser un país imperialista. Esto es producto de no reconocer cuando uno mete la pata o vivir aislado en tu propio mundo de fantasía, o quizás un poco de ambas. Sus nociones son, en cierta manera, un eco lejano e infantil que aquella idea mesiánica de que hay «pueblos destinados a liberar a la humanidad», una manía que algunos hombres contraen y de la cual no se pueden desligar jamás:

«En lo que se refiere a Danielson, me temo que no hay nada que hacer con él. Es completamente imposible polemizar con la generación de rusos a la cual él pertenece y que aun sigue creyendo en la misión comunista espontánea, la cual, supuestamente distingue a Rusia, a la auténtica Santa Rusia, de las demás naciones no creyentes». (Friedrich Engels; Carta a G. Plejánov, 26 de febrero de 1895)

Ahora veremos qué consecuencias tan nefastas tiene esta desviación, que a priori puede parecer que no va más allá del mero empecinamiento de no reconocer las malas decisiones o de la ceguera política por imponer tus filias personales –en este caso la rusofilia, tan típica en nuestros días

«Como si no hubiera existido en Rusia más de 70 años de régimen socialista. Por el contrario, en base a todo ello, habría que considerar hoy día a Rusia, no como el «eslabón débil», sino como el eslabón principal a partir del cual podría comenzar de nuevo a desarrollarse con fuerza el movimiento antiimperialista y revolucionario a nivel mundial». (Manuel Pérez Martínez, «Arenas»; ¿Sigue Actualmente Rusia una Política de Expansión Imperialista, 8 de agosto de 2014)

Ojo a la cita que tiene miga y es para troncharse. Dejando de nuevo a un lado «los más de 70 años de socialismo» −que recuerda a cuando el PCE (r) proclamaba en 1988 que la Gorbachov y la Perestroika eran «mejoras del socialismo»−, aquí se asegura que Rusia podría ser hoy: «el eslabón principal a partir del cual podría comenzar de nuevo a desarrollarse con fuerza el movimiento antiimperialista y revolucionario a nivel mundial» (sic). Al César lo que es del César. A lo largo de los años habíamos leído muchas payasadas de los hombres afines al imperialismo ruso, pero como las que esgrime del señor Arenas, muy pocas. ¡Suponemos que la alianza Putin-Trump fue para el PCE (r) todo un ejemplo de «frente antiimperialista»! Quizás si los admiradores de Putin, como Viktor Orbán, Bolsonaro, Le Pen o Nigel Farage, llegan al poder, Rusia pueda ampliar para felicidad del PCE (r) ese «frente antiimperialista» −nótese la ironía−. Salvo los castristas y chavistas pocos se habían atrevido a escribir algo tan sumamente lacayuno. 

¿Qué es lo que tenemos aquí? Nada más y nada menos que la propaganda del Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR), esto es, las ideas del señor Ziugánov. Al igual que Putin esta agrupación chovinista considera a Rusia una «nación milenaria» y cuyas prioridades son hoy el fin «del peligro de la fragmentación territorial del país». Para sus miembros su interés está en la expansión de todo lo que lleve el sello ruso, creyendo que eso es el santo y seña de lo «revolucionario» por las «grandes aportaciones históricas a la humanidad»: 

«El primero es rechazar el ataque a Rusia y al mundo ruso. Somos el principal objetivo de la agresión del capital mundial. (...) El país necesita un amplio Frente Popular Patriótico de Izquierda». (Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR); Llamamiento del Comité Central del Partido Comunista, 2020)

Este es el pretexto barato por el que los prorrusos de todo el mundo apoyan los gastos militares de la Rusia de Putin, la razón por la que, a sus ojos, las intervenciones militares abiertas y encubiertas de Moscú cumplen un papel «antiimperialista» contrarrestando el «incesante acoso de Occidente hacia el pueblo ruso». Si la nación rusa con más de 140 millones de personas «está en peligro», ¿en qué situación se halla la albanesa, con 3 millones y casi 1 millón de población fuera de la propia Albania? ¿Qué dirán los pueblos siberianos, el manchú o el tibetano? Como veremos, lo que preocupa a Putin-Ziugánov es realmente la «degeneración del alma rusa».

A su vez, el señor Arenas, volviendo a sus queridos esquemas maoístas sobre la «especificidad nacional» y el «manejo de las contradicciones», aconsejaba a los revolucionarios de Rusia que no perdiesen de vista la importancia de contraer una alianza con la burguesía nacional:

«La compleja situación que se vive actualmente, tanto en el interior del país como a nivel global, exige del proletariado revolucionario de Rusia aplicar una táctica que le permita ponerse al frente del movimiento por la defensa de la identidad y la independencia nacional, combinado con la lucha por la restauración del socialismo. Para ello se hace indispensable reconocer a la burguesía como parte del movimiento nacional, así como la posibilidad de establecer, bajo determinadas condiciones o exigencias −como la libertad plena y la concesión de mejoras económicas y sociales para los trabajadores−, un pacto o alianza con ella que no excluya la lucha por la restauración del socialismo». (Manuel Pérez Martínez, «Arenas»; ¿Sigue Actualmente Rusia una Política de Expansión Imperialista, 8 de agosto de 2014)

¡Descuide, señor Arenas! En el programa del PCFR se dice que «el objetivo estratégico del partido es construir un socialismo renovado en Rusia, el socialismo del siglo XXI». En una entrevista Guennadi Ziugánov nos daba una pista de en qué consistía este:

«Me parece que América Latina toma el relevo a la URSS a la hora de establecer la justicia y el socialismo». (A Solas; Con Guennadi Ziugánov, líder del Partido Comunista de Rusia, 2015)

A continuación, citaba orgulloso los principales modelos de la «izquierda latinoamericana» como el de Argentina, Venezuela o Brasil, es decir, el neoperonismo, el chavismo o el lulismo. ¡Casi nada! Para el PCFR el «socialismo» que anhela y por el que lucha es el famoso «socialismo del siglo XXI», el mismo que ha podido perseguir en Europa Syriza o Podemos con estrepitoso fracaso, ¿se dan cuenta el PCE (r) en qué lugar le deja esto? 

Pero esto no es todo. Atentos, queridos lectores, porque aunque el PCFR no puede resistirse a su filia por la etapa revisionista de la URSS y homenajea a sus figuras −véase su artículo: «Al 115 aniversario del nacimiento de Leonid Brézhnev» (2021)−, a la vez promete a sus simpatizantes que ha aprendido de la historia. ¿Cómo? Ziugánov «El Sabio» nos revelaba las claves por las que, según él, el proyecto de la URSS no llegó a buen puerto:

«¿En qué consiste el secreto de las reformas chinas de Deng Xiaoping? ¿Y cuál es la razón de la derrota de la URSS? En la URSS nacionalizaron casi todo, y en China, Deng Xiaoping propuso una correlación justa entre la propiedad estatal, la propiedad colectiva, y la propiedad personal, esta proporción depende de la historia, del país, de la psicología, del clima». (A Solas; Con Guennadi Ziugánov, líder del Partido Comunista de Rusia, 2015)

¡Ya saben! Para Ziugánov el problema en la URSS no tuvo nada que ver −o no en lo sustancial−, con apartarse desde −mucho antes de su disolución formal− de las leyes sociales para superar el capitalismo que descubrió el marxismo-leninismo, aquí no parece importar cuando y hasta qué punto se siguieron los lineamientos científicos en cada etapa. En absoluto, resulta que los bolcheviques fracasaron porque no tenían sensibilidad espiritual, porque no entendieron, como proclamaban los fascistas como Iván Ilyín, la profundidad del «alma rusa». ¿Y qué quiere decir eso? Que no fueron muy perspicaces a la hora de reconocer la idiosincrasia del clima y las particularidades psicológicas de los rusos (sic), las cuales, al parecer, los haría proclive como pueblo... ¿a la propiedad privada de los medios de producción? Análisis ridículo cuanto menos. 

En su día el marxista Gueorgui Plejánov demostró en su obra: «La concepción monista de la historia» (1895), que de tanto en tanto aparecen caballeros como Ziugánov, quienes recuperan las ideas de los ilustrados del siglo XVIII y operan como ellos, reescribiendo la historia solo para terminar caminando en círculos, ¿a qué nos referimos? Amparándose en planteamientos de dudoso sentido, estos sabios no pasan de tautologías como: «No se pudo cambiar X porque era como era» y «el medio condiciona a las ideas». Este es un materialismo totalmente vulgar e insuficiente. A través de este tipo de comentarios tan zafios, que nada explican, el señor Ziugánov se propone dar carpetazo a uno de los procesos históricos de mayor envergadura, ¿por qué? Porque él y su partido deben desechar rápido la cuestión del estudio pormenorizado sobre la URSS para centrarse únicamente en subrayar su fracaso, ¿pero acaso él no lleva fracasando décadas a la hora de sobrepasar a Putin? Sea como sea, partiendo que la URSS no funcionó como se esperaba, se cree que puede pasar a especular subjetivamente, como hacían los populistas del siglo XIX, su receta mágica donde se solventarán todos los problemas de la humanidad. ¿Y cuál es la alternativa a seguir? Él propone nada más y nada menos que la China de Deng Xiaoping, sí, han leído bien, el país de los contrastes entre mendigos y millonarios, es decir, la misma sociedad que ya existe en los EE.UU. o Rusia. ¿Y qué ofrece? Pues otro modelo que lleva más siglos aun fracasando para superar las contradicciones de clase: el discurso ramplón de la socialdemocracia, es decir, una mezcla de nacionalismo primitivo y promesas de justicia social, todo bajo el paraguas de una transición legal y pacífica. Vean:

«Nuestro plenario es otro paso en el desarrollo de enfoques para una solución pacífica al problema del poder y la propiedad». (Partido Comunista de la Federación Rusa; El Partido Comunista de la Federación Rusa en la lucha por el Frente Patriótico Popular, los derechos de los trabajadores y los intereses nacionales de Rusia, 2020)

Fiel este populismo barato el PCFR despliega un gran y variado folclore para tocar la fibra sensible de todas las capas atrasadas de la población: de ahí que uno pueda encontrarse en su propaganda a Nevski o Jesucristo camuflados entre muchas hoces y martillos y constantes reverencias a Lenin y Stalin. ¿Creen que exageramos? No es ninguna broma:

«Alexander Nevsky no solo sentó las bases para la soberanía y la independencia de Rusia, sino que también hizo todo lo posible para fortalecer nuestro Estado desde adentro, sentando las bases morales y éticas, y esto es cierto, alta espiritualidad, justicia y respeto por el simple trabajador. Estos se dirigieron a él, en primer lugar, para restaurar la justicia, y el príncipe siempre respondió a estas solicitudes». (Guennadi Ziugánov; Alexander Nevski, un símbolo de Rusia, 2021)

«¡Cuan benévolo era este príncipe del siglo XIII que siempre atendió las necesidades del pueblo!». Este relato historiográfico de patriarca de la Iglesia ortodoxa no solo no es creíble, sino que es una patada a los libros de historia. Para quien no conozca su historia, Nevski consiguió mantener la independencia de sus territorios ante los suecos y los teutones, pero lo hizo a costa de rendir pleitesía −junto a los demás ducados de la zona, ubicados en las actuales Rusia y Ucrania− a la Horda de Oro de Batú Kan. En 1251, recibiría el trono de su hermano Andréi, y en 1252 sería nombrado Gran Príncipe de Vladimir como consecuencia de sus buenas relaciones con los mongoles. No fue un «defensor a ultranza de los pueblos eslavos», sino uno de los principales colaboradores con el que entonces era el principal invasor que asolaba el «mundo conocido». Nevski también reprimió con ahínco las revueltas protagonizadas por su propio pueblo, que entre 1257 y 1259 se negaba a pagar los tributos al invasor mongol, algo que, hasta 1937, la Enciclopedia soviética recogía. ¿Pretende hacernos ver que no existió ningún héroe popular que ejemplificara mejor la resistencia del pueblo a la invasión teutona o mongola del siglo XIII?

Vayamos finalizando con la sartenada de tonterías con las que nos deleitaba su amigo, el señor Arenas. Este iluminado nos auguraba que, al fin y al cabo, más tarde o más temprano… la «restauración del socialismo» era algo «inevitable», como, de hecho, según sus cálculos, se comenzaba a «vislumbrar últimamente» (sic):

«Se avanzan numerosas ideas y planteamientos teóricos que explican muchos de los fenómenos nuevos que están apareciendo hoy en el mundo, y se anticipan de forma clara y destacada la inevitabilidad del resurgimiento del movimiento comunista y la restauración del socialismo, tanto en Rusia como en otros países. Claro que resulta imposible anticipar la forma y el momento concreto en que habrán de producirse unos acontecimientos de tal naturaleza. No obstante, algo de eso se comienza a vislumbrar últimamente». (Manuel Pérez Martínez, «Arenas»; ¿Sigue Actualmente Rusia una Política de Expansión Imperialista, 8 de agosto de 2014)

¡Vaya! Este misticismo es el mismo que rezuma su homólogo en Rusia:

«A lo largo de la historia de la humanidad ha habido una lucha entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira, entre la luz y la oscuridad. (...) Un viraje a la izquierda es inevitable en el mundo, la gente no puede vivir sin justicia y trabajo». (A Solas; Con Guennadi Ziugánov, líder del Partido Comunista de Rusia, 2015)

¿Qué contestar a esto? Cualquiera que haya leído la obra de Engels: «Del socialismo utópico al socialismo científico» (1880), coincidirá con nosotros en que estas palabras son francamente patéticas. Este tipo de expresiones mesiánicas sobre el «triunfo inexorable de la causa», a veces son defendidos a posteriori por sus simpatizantes con que solo «eran discursos propagandísticos», como si el revolucionario debiese dejar de ser científico en el momento en que hace propaganda, como si hacer agitación y propaganda significase tener vía libre para enunciar pronósticos exacerbados o, cuando no, mentir abiertamente al público sobre el estado real de las cosas. En ese caso, se está confesando que se es un muy mal analista y un embustero como orador, que no se sabe captar que pasa a alrededor de uno mismo ni se tiene verdadera capacidad de convicción −muy seguramente por lo anterior−. ¡Gente así ya puede ir pensando en dedicarse a otra cosa! El sujeto que de Pascuas a Ramos viene augurando la proximidad del «Juicio Final» −la batalla entre el bien y el mal− o es un imbécil o un embustero a conciencia. Tal utópico es tan necio que pese al desorden de su cabeza y la falta de cohesión de los suyos −que no pasan de ser un puñado de conspiradores−, todavía asegura que no hay motivos de preocupación porque están en el bando de los «buenos» de la película, ¡porque la historia «está de su parte!». Es decir, según su optimismo cándido, «el fruto está maduro, y solo se trata de alzar la mano para recogerlo». 

Algunos son realmente cómicos, idealizan la Historia y la Revolución como los viejos romanos adoraban a su Diosa Fortuna o como los republicanos liberales idealizan la noción de República: en todos estos casos, estos conceptos «clave» se presentan para ellos como una mujer preciosa, semidivina y todopoderosa a la cual si le rinden un culto regular les brindará buenos aires para sus andanzas políticas. Estos pobres seres, incapaces de escapar de su prisión mística, vagarán −consciente o inconscientemente− por salones, calles, teatros y mítines siempre amparados en un discurso apasionado, teniendo la seguridad de estar custodiados por el ángel de la «Justicia» y el todavía más poderoso arcángel de la «Razón». Son tan temerarios porque hasta se creen protegidos en su noble empresa de salvar a la humanidad −con ellos como protagonistas principales claro, ¡si ya puestos a fantasear! −. «¿¡Cómo, entonces, no van triunfar!? ¿Cómo no apuntarse a un evento histórico tan transcendente y disfrutar luego de las mieles del éxito que se vaticina?». Eso piensan muchos de los que caen en sus redes temporalmente. 

En muchos casos, lo que se esconde detrás de estos cabecillas exaltados son unos aires de grandeza, ganas de «transcender» en la historia −como reyes, profetas o filósofos−, pero las más de las veces no dejan de ser bufones que actúan para el monarca de algún reino remoto del cual muy pronto nadie ha oído hablar salvo en relatos legendarios. Aunque lo nieguen, como los profetas de todas las épocas, lo suyo es más empecinamiento que raciocinio, en realidad, por si el lector no se ha dado cuenta, nada está de su parte salvo la gran salud de la que goza su ego, el cual en cualquier momento que se da de bruces con la realidad eclosiona, se viene a abajo, y entonces la pasión, hiperactividad y compromiso obsesivo se tornan en desidia y desconfianza, abandonando a los Apóstoles a los cuales había inoculado todas esas promesas. Esto en el mejor caso, pues otros directamente son estafadores de tres al cuarto que ha montado todo el tinglado por su interés económico personal.

Insistimos, señor Arenas, buscamos consejo en vuestra clarividencia analítica, ya que tú y los tuyos lleváis emitiendo perspectivas muy optimistas sobre el porvenir de Rusia, ¿quién va a liderar hoy ese movimiento «antiimperialista» y de «restauración del socialismo»? ¿Será el imperialista Putin o el socialimperialista Ziugánov? ¡Decídanse! En cualquier caso, cualquiera de los dos sería bendecido por los patriarcas de la Iglesia ortodoxa, puesto que ambos defienden «los valores ancestrales de Rusia» frente a la «degeneración de Occidente», la amenaza del «movimiento LGTB», el «Nuevo Orden» de las élites globalistas y la «islamización» de Europa. ¡Uno a veces no sabe si está leyendo a Putin y Ziugánov o a Abascal y Ortega Smith!

«Ya en 2012 Zyuganov dejó claras sus intenciones en el primer documento del partido sobre religión. «Es un santo deber de los comunistas y de la Iglesia Ortodoxa unirse». A su modo de ver, ambas instituciones comparten «objetivos y enemigos comunes». ¿Quiénes son esos enemigos? Principalmente el «liberalismo occidental y su concepción de los derechos humanos», así como la educación sexual en los colegios. (Actuall; Si Lenin levantara la cabeza… el Partido Comunista ruso «se convierte» a la religión ortodoxa, 2016)

«La facción agresiva de los globalistas se ha fijado durante mucho tiempo el objetivo de destruir nuestro país. Y no se calmarán. Hoy logran consolidar cada vez más a Occidente contra Rusia». (Partido Comunista de la Federación Rusa; El Partido Comunista de la Federación Rusa en la lucha por el Frente Patriótico Popular, los derechos de los trabajadores y los intereses nacionales de Rusia, 2020)

«El primer comunista del planeta en la nueva cronología fue Jesucristo. Ponga el Sermón del Monte de Jesús y junto a él el Código de Ética de los constructores del comunismo: exactamente lo mismo, simplemente quedaran boquiabiertos», dijo Ziuganov al aire de la radio «Komsomolskaya Pravda». Así, según él, el lema principal de los comunistas «quien no trabaja, no come» estaba escrito en la epístola del apóstol Pablo a los Tesalonicenses. En este contexto, Zyuganov instó a todos a estudiar la Biblia para «entender mucho». (NewsFront; El líder del Partido Comunista de Rusia señaló a Jesucristo como el primer comunista y recomendó estudiar la Biblia, 2021)

En efecto, uno debe de leer la Biblia, el Corán o la Torá para entender que allí se promueve no el igualitarismo, sino el esclavismo, el racismo y la misoginia como forma de vida. Estos son los principios sociales de los aliados y simpatizantes del PCE (r) a nivel internacional, las fuerzas en quienes confían esa «renovación del socialismo» a nivel mundial, a los cuales ceden sus medios para propagar sus mensajes, ¿acaso el lector esperaba otra cosa?  


La Rusia de Putin salta al vacío y decide invadir Ucrania

«[La actuación de Rusia] se trata, apenas si hace falta decirlo, del reconocimiento y respeto de Ucrania como país soberano e independiente». (Manuel Pérez Martínez, «Arenas»; ¿Sigue Actualmente Rusia una Política de Expansión Imperialista, 8 de agosto de 2014)

El 30 de noviembre de 2021, pese a las maniobras militares, ciberataques y mensajes amenazantes del gobierno ruso en las semanas previas, los títeres del Kremlin, como Inna Afinogenova, se mofaban en el vídeo de Actualidad RT «Inminente» invasión rusa a Ucrania: ¿qué se esconde detrás de los insistentes anuncios de guerra?». Según ella, los opinólogos y expertos militares de Occidente venían metiendo el miedo sobre ese «ataque inminente siempre postergado». El 21 de febrero de 2022, Iniciativa Comunista (IC), otro grupo conocido por agarrase a todo lo que se declare «antiyankee» y justificar como fruto de un «hábil manejo de las contradicciones», también advertía a sus lectores de que: «La prensa occidental construye el relato de una inminente invasión rusa cuando, en realidad, apunta a lo contrario». Desde el Movimiento Político de Resistencia, en su artículo «La Doctrina Putin, una nueva política exterior para Rusia» reproducían sin ninguna nota crítica el discurso de Serguei Karaganov, uno de los asesores de Yeltsin y Putin. Este proclamaba el 24 de febrero de 2022: «Rusia dice que no atacará ni hará explotar a nadie». Unos visionarios.

Al parecer no todo eran «fake news», ¿verdad señores prorrusos? Si el 22 de febrero de 2022 el gobierno ruso reconocía la independencia de Ucrania de las repúblicas prorrusas de Donetsk y Luhansk, era solo para que tres días después, en la madrugada del 24 de febrero de 2022, con total premeditación y alevosía, el señor Putin decidiera mover ficha y comenzar con la invasión terrestre sobre Ucrania. En un ataque coordinado el ejército ruso atravesó las fronteras del Norte −Bielorrusia−, Sur −Crimea− y Este −Donetsk y Lugansk−. A su vez la aviación comenzó el bombardeo hacia todos los sectores militares estratégicos en Járkov, Mariupol, Kiev y Odesa. 

¿Por qué consideramos esto un salto al vacío? Porque Rusia no tiene nada que ganar con estos movimientos militares. Nos explicamos. Pese al hecho de haberse provisto durante estos últimos meses de una acumulación de divisas y recursos −por primera vez el Banco de Rusia acumula más reservas en oro que en dólares−, y aun contando con el factor logístico a su favor −a diferencia de lo que le ocurriría a la OTAN en caso de intervenir− esto no salvará al Kremlin de la avalancha de sanciones internacionales que se le avecinan −acumuladas a otras anteriores más al terrible efecto de la pandemia−, ¿qué significa este escenario a largo plazo? Una debacle asegurada. Mantener tropas desplegadas y pretender ocupar un país como Ucrania −con una densidad de población similar a España− que además compite junto a Polonia y Lituania por ser los países que más odio histórico le profesan, hace que la perspectiva rusa de una guerra sencilla se evapore casi automáticamente. En el mejor de los casos, Moscú logrará anexionarse por la fuerza Luhansk y Donetsk −quien ya operan de facto como suyas, sin olvidar que ya desgajó Crimea del mapa ucraniano en 2014−, y quizás si juega bien sus cartas incluso podrá imponerle una paz deshonrosa a Kiev a través de ciertas ocupaciones estratégicas y bombardeos punitivos −ya que el gobierno ucraniano sin ayuda de la OTAN no podrá aguantar sola, y menos siendo conocido como el «país de las llanuras»−. Pero no debemos llevarnos a engaño: esta hipotética victoria pírrica rusa solo será posible a costa de deteriorar sus relaciones internacionales y arruinar aún más su propia economía. Y de prolongarse esta situación en el tiempo y empecinarse Rusia con mantener una ocupación total de Ucrania, la victoria solo sería a condición de aceptar tener bajas sensibles y cargar la crisis de la guerra sobre los trabajadores rusos −y no olvidemos que el primer día ya han estallado protestas en ciudades rusas en contra de la guerra con un saldo de más de 1.700 detenidos−. A su vez, a mayor prolongación del conflicto mayor tiempo para Kiev y mayor presión para que sus aliados se movilicen e intervengan de una manera u otra.

Dos de los países geográficamente más cercanos a Rusia, Suecia y Finlandia, ya han solicitado la incorporación a la OTAN, justo como también ha hecho la pequeña Kosovo. Esto bastaría para demostrar cuan desastrosa ha sido la maniobra de Putin, que además ha respondido amenazando a las dos primeras diciendo: «Su adhesión a la OTAN tendría graves consecuencias». Alemania se ha visto en una encrucijada terrible, pues no deseaba enemistarse con Rusia ya que había construido con ella el gasoducto Nord Stream 2 −que conecta ambos países y podría evitar al país teutón una futura vía de ingresos que para el resto de Europa es seguro que muy pronto esté cerrada definitivamente−. Esta actitud de mercachifle es lo que ha hecho que hasta el último momento Berlín no aceptase aplicar sanciones duras a Moscú por su invasión de Ucrania, así como tampoco quisiera vender armas a Kiev −prefiriendo hacerlo en el «avispero libio y yemení»−. Esto demuestra que la «unidad de los miembros de la UE» es ficticia, que cada uno va por libre. ¿Y qué hay de los EE.UU. de Joe Biden? Tras el enorme ridículo en Afganistán que mermó enormemente su prestigio como «policía del mundo», ha quedado de nuevo retratado dejando en la estacada a un socio que deseaba «formar parte del club». Aun así, no todos son malas noticias para Washington, porque con las sanciones de la UE a Rusia el país norteamericano será el que más salga beneficiado: esto le permitirá aumentar el envío de gas licuado a través de sus buques, un procedimiento sumamente caro en comparación al envío directo que Rusia proporcionaba a Europa a través de los gaseoductos, pero todo sea por el bien del «mundo libre», dirá EE.UU. Además, más allá de que la OTAN acabe interviniendo o no, es seguro que sus países ofrecerán, como ya está haciendo, todo tipo de créditos e intereses hacia el gobierno ucraniano para reconstruir el país. De igual modo, la Ucrania de Zelenski debería haber aprendido qué intereses mueven realmente al Tío Sam tras declaraciones del señor Biden tan impactantes como: «La misión de EE. UU. en Afganistán nunca fue crear democracia», sino «evitar los ataques terroristas contra suelo estadounidense». Como se ve, es todo un juego de intereses muy siniestro.

Los proimperialistas recuperan la cuestión de la «no posible equidistancia» para apoyar una guerra de motivaciones mezquinas

Pero a todo esto, ¿cuál fue esta vez la desternillante excusa de los imperialistas rusos para dar este paso tan arriesgado? Veámoslas, porque Moscú usó unas cuantas trampas argumentativas:

«Si Ucrania se uniera a la OTAN, serviría como una amenaza directa para la seguridad de Rusia... el nivel de amenazas militares a Rusia aumentará dramáticamente… el peligro de un golpe repentino contra nuestro país se multiplicará muchas veces… los documentos de planificación estratégica de EU contienen la posibilidad de un llamado ataque preventivo contra los sistemas de misiles enemigos. ¿Y quién es el principal enemigo de EU y la OTAN? Eso también lo sabemos, es Rusia». (Vladimir Putin, Discurso, 21 de febrero de 2022)

En primer lugar, unas semanas antes, Putin, creyéndose el amo y señor de los destinos de Ucrania, intentó convencer al mundo de que esta no tenía derecho a incorporarse a la OTAN, por lo visto, debe de pedir permiso al «gran hermano ruso», ahora, nos hacemos una pregunta: ¿mañana Moscú consultará con Washington si Serbia decidiese integrarse en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), o ahí no haría falta porque Serbia sí es un «país soberano»? La hipocresía de unos y otros sobrepasa todo lo imaginable. ¿Por qué esta cuestión ha levantado tanta polvareda? Según Rusia por las hipotéticas consecuencias que esto puede tener para su seguridad, ¿les suena el argumento alarmista −copiado de sus rivales−? Moscú arguye que no teme tanto la capacidad militar de Kiev −ni el respaldo que pueda recibir de sus aliados occidentales−, ni siquiera que este sirva como base terrestre o naval para la OTAN, sino la colocación de misiles nucleares de la OTAN que desarbolarían el sistema de defensa ruso y reduciría su capacidad de reacción en caso de una guerra nuclear. Esto da igual, sus agentes repiten esta propaganda palabra a palabra. 

«Si la OTAN se estableciera en Ucrania sus misiles tendrían la capacidad de atacar ciudades como Moscú o San Petersburgo en 5 o 7 minutos, según el misil. Putin consideró inaceptable esa amenaza a la seguridad rusa y se preguntó cómo reaccionaría Washington si su país instalara bases militares en la frontera de Estados Unidos con México o Canadá». (Atilio A. Borón; Rusia-Ucrania: Una tragedia evitable, 2022)

Esto es totalmente cierto. ¿Pero acaso no hay regiones de la OTAN limítrofes con Rusia −como los países bálticos− que podrían cumplir la misma función? ¿Cuál es la otra laguna que tiene este relato? Muy sencillo… dado que desde 1945 nadie ha presionado el «botón rojo», y como la propia Rusia sigue siendo la potencia con mayores cabezas nucleares del mundo, dudosamente va a iniciar la OTAN una guerra nuclear por hacer uso de esta «ventaja virtual» −que, recordemos, tampoco borra totalmente la capacidad de respuesta de Rusia−. Y menos lo hará por un país como Ucrania que todavía no es parte de la OTAN. Esto no lo decimos nosotros, lo dice la propia lógica, ya que si repasamos el video de Actualidad RT «¿Cómo terminaría una guerra entre Rusia y la OTAN?» (2019), en menos de 3 minutos un conflicto de este tipo causaría no solo la «destrucción mutua asegurada» con la muerte de 91 millones de personas, sino la devastación del hábitat de zonas enteras por varios siglos. Dado que ahora Rusia tiene peor cómputo en el tablero, tampoco que ella vaya a ser la que se arriesgue y eleve la apuesta a un conflicto de tipo nuclear, por mucho que Putin nos salga con bravuconadas que tanto nos recuerdan a su amigo Trump −el cual, por cierto, le alabó por su «genialidad» actuación con su vecino, y propuso que EE.UU. emulase lo mismo en México−. 

El Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE), uno de los viejos partidos prorrusos fundado en 1984 y financiado desde Moscú, ya preparaba el terreno a su amo pocos días antes de comenzar las operaciones militares:

«En la actualidad más reciente se sitúa la intervención provocadora del imperialismo yanki en Europa, con el pretexto de la supuesta invasión rusa de Ucrania». (Partido Comunista de los Pueblos de España; La guerra imperialista es una amenaza para toda la humanidad. Por la paz y el desarme, ni bases ni OTAN, 2022)

Hasta los grupos revisionistas que se supone que se oponen a la «guerra imperialista», no han dejado de repetir las historietas de Moscú de que es un «ataque preventivo» o un «ataque defensivo» frente a la presión de la OTAN. Reconstrucción Comunista (RC), que como en tantas otras cuestiones, no olvida su matriz, copia al PCPE en su guion:

«Con este ataque, Rusia busca defenderse ante los intentos de EE.UU. y la UE de incorporar a Ucrania en la OTAN». (Reconstrucción Comunista; No a la guerra, no al imperialismo, 2022)

Una vez más, cómo no, Roberto Vaquero ha vuelto a ser el paradigma de lo que no hay que hacer. Por si esto no fuera poco, en un tono fuera totalmente de las coordenadas de la lucha de clases, lanzaba el siguiente discurso «europeísta»:

«¿Cómo vamos a reivindicar Europa? ¿Enfrentándonos entre los europeos? Porque los rusos... ¡son europeos!. (...) Lo que deberíamos hacer es entendernos con ellos. La gente que quiere una Europa grande, que se llena la boca de Europa, qué Europa va a haber si está fomentando que unos europeos se maten con otros por intereses del imperialismo estadounidense. (...) Europa va para abajo. La única forma no siga ese proceso es dejar de pelearse unos con otros. La única forma para que a nivel geopolítico Europa siga pintando algo. Hay que acabar con el servilismo al imperialismo de Estados Unidos». (Formación Obrera; No a la guerra, no al imperialismo #Shorts, 23 de febrero de 2022)

Por lo visto, las tareas que tienen los revolucionarios por delante es «evitar enfrentarnos» −en general− «entre europeos», porque no debemos olvidar que «Rusia es Europa» y esta es la única forma de que España y otros países de la Unión Europea «pinten algo» a nivel geopolítico como antaño; de ahí la conclusión lógica es que hemos de dejar de lado nuestras diferencias y unirnos con nuestras propias burguesías europeas para «combatir al imperialismo estadounidense» con posibilidades. Esta es justamente la recomendación de Mao Zedong para España en 1975. Recordemos también que este señor convocó −al igual que todas las agrupaciones falangistas− a todos sus fieles para ir a manifestarse en Madrid −en la C/Serrano a las 19:00 del 22 de mayo de 2021− con el objetivo de defender «la soberanía española» frente a Marruecos. Es decir, que para Roberto Vaquero hay guerras económicas, culturales y militares que son buenas y otras que son malas. Las primeras serían cuando tu nación imperialista «se defiende» para no perder territorios en África, inversiones o tradiciones reaccionarias; las segundas cuando otros países hacen esto mismo. ¿Se imaginan que posición hubiera tomado Roberto en la Guerra del Rif (1927)? 

Entonces, ¿cómo operan mentalmente los oportunistas de ayer y hoy para justificar esta estafa? Muy sencillo. Aunque sus argumentos no son muy elaborados, estos son más que suficientes para engañar a una parte sustancial de la población alienada:

«Cualquier país que posea más colonias, capital y tropas que el «nuestro» «nos» priva de ciertos privilegios, de ciertos beneficios o superbeneficios. Igual que entre distintos capitalistas los superbeneficios van a aquel cuyas máquinas son superiores al promedio, o a quien es dueño de ciertos monopolios, así también entre las naciones, aquella que está económicamente en mejores condiciones es la que obtiene superbeneficios. Es cuestión de la burguesía luchar por obtener privilegios y ventajas para su capital nacional, y engañar al pueblo o a la gente sencilla −con ayuda de Arturo Labriola en Italia y de Gueorgui Plejánov en Rusia−, presentando como una guerra de liberación nacional la lucha imperialista por el «derecho» de expoliar a otros. (...) Lo mismo que Plejánov apoya la guerra «liberadora» de Rusia contra las pretensiones de Alemania de convertirla en una colonia suya, el dirigente del partido reformista, Leonida Bissolati, vocifera contra «la invasón de Italia por el capital extranjero». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo y socialismo en Italia, 1915)

Por lo visto ahora también hay que celebrar la vitalidad de la «multipolaridad», y algunos además nos advertían que el «no a la guerra» taparía u obstaculizaría en la actual situación la «humillación» recibida por de EE.UU. −¡curioso antiimperialismo, sí señor−:

«@GBorgesRevilla: Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial la OTAN es humillada y reducida a un club de espectadores. Tal cosa merecería una celebración mundial por ser un triunfo de la multipolaridad, pero la mediocridad intelectual de la izquierda global lo reduce todo al «no a la guerra». (Twitter; 24 feb. 2022)

Hasta el señor Vincent Gouysse, que hasta hace no tanto criticaba con saña a la teoría de los «tres mundos», los «países no alineados» o el «altermundismo» por todos los estragos que estas habían causado en el movimiento revolucionario, hoy no solo se apuntaba a la moda de saludar todo lo prorruso, sino que declaraba en un tono delirante:

«La inevitable victoria militar por venir de las fuerzas armadas rusas y los patriotas antifascistas y anticolonialistas en Donbass marcará un hito importante en la fase final del colapso del ámbito colonial atlantista». (Vincent Gouysse; La intervención rusa en Ucrania desde el punto de vista chino, 2022)

Tampoco el «camarada Arenas», jefe del Partido Comunista de España (reconstituido), podía faltar a la fiesta, declarando que:

«La burguesía rusa no está interesada en esta guerra −y menos aún la clase obrera−, pero se ha visto obligada a emprenderla. (...) Hemos de considerar como justo y necesario −pese a todo lo que está sucediendo− que el Estado ruso haya tomado la firme determinación, apoyado por China y otros países, de impedir aquella locura plantando cara a los imperialistas. (...) Es decir, el Estado ruso no persigue conquistas territoriales, ni le interesa saquear las riquezas naturales de otros países». (Carta de Manuel Pérez Martínez «Arenas» desde la cárcel de Aranjuez, 2022)

No, por supuesto, Rusia «no desea conquistas territoriales» −la incorporación de Crimea fue una anécdota, y la de Donetsk y Luhansk también−. ¿Si a Rusia «no le interesa saquear las riquezas de otros países»? ¿A qué cree que que se dedica la política exterior del capitalismo ruso −en Ucrania, Bielorrusia, América Latina, África o Asia Central−? ¿A la defensa antiimperialista de los pueblos? No se puede ser más ridículo. Por su parte el señor Olarieta, como abogado y simpatizante de los miembros del PCE (r) que acostumbra a escribir en sus círculos, lanzó en el Movimiento de Resistencia Política (MRP) −siglas que burlonamente son ya denominadas por algunos como «Movimiento Rusófilo de Putin»− la siguiente declaración:

«Para justificar su complicidad con el imperialismo, los oportunistas crean cortinas de humo con las víctimas que van a llevar al cadalso: Slobodan Milosevic, Muamar El-Gadafi, Saddam Hussein, Bashar Al-Assad, Vladimir Putin… Con ellos agotan el repertorio de descalificaciones, que son siempre las mismas». (Juan Manuel Olarieta; Rusia tiene razón, 2022)

Estos cabestros por no esforzarse, los pobres no tratan ni de buscar argumentos que no signifiquen pegarse un tiro en el pie. El señor Olarieta parece olvidarse que todas esas «valerosas figuras» que cita no solo eran líderes demagogos, nacionalistas y carniceros, sino que todos, antes de ser derrocados −o estar a punto de ello−, iniciaron un viraje para contentar a los EE.UU. −y en su gran mayoría esto ni siquiera les sirvió−. Pero no es todo, al parecer, el deber de los revolucionarios de hoy es realizar un frente común para apoyar a la Rusia de los oligarcas:

«Cuando un país, como Rusia, está siendo agredido desde hace tres décadas en muy diversos escenarios y por fuerzas hegemónicas, a los gobiernos sólo les cabe exigir que hagan frente a esos ataques y los revolucionarios de verdad deberían ponerse al frente de esa batalla. En una guerra no hay neutrales. Quien se mantiene al margen está con el más fuerte, con el agresor y con el imperialista». (Juan Manuel Olarieta; Rusia tiene razón, 2022)

Según este picapleitos del imperialismo ruso, cuando un país capitalista pugna por arrebatar las cuotas de mercados y territorios del otro, acosa y calumnia a sus rivales −hechos que «Juanma» nunca reconocerá en los movimientos del Kremlin−, resulta que por lo visto estas acciones convierten automáticamente al resto de potencias en potentes vectores «antiimperialistas», curioso. Una vez más asistimos a una extraña «dialéctica» herencia del maoísmo setentero que tan amargos frutos ha dado hasta ahora. Véase el capítulo: «La teoría de los «tres mundos» y la política exterior contrarrevolucionaria de Mao» (2017).

Esto recuerda a otra posición, la del renegado Vincent Gouysse. En palabras suyas resulta que si rechazamos posicionarnos con alguno de los bloques imperialistas como el chino-ruso, o bien somos o bien proyankees o:

«Dulces soñadores que piensan que pronto verán a los pueblos deshacerse de sus cadenas para liberarse tanto del colonialismo occidental como de las –futuras– pacíficas cadenas de esclavitud asalariada que acompañarán la fase, ahora próxima, de la libre expansión internacional del capital financiero chino». (Vincent Gouysse; China «comunista»: mitos y hechos principales, ¡de Mao a Xi!, 2020)

Aquí el señor Gouysse en un tono muy jocoso −pero no por ello menos filisteo− nos recomendaba que por nuestro bien rechazáramos de una vez a los «dulces soñadores» que piensan neciamente que «pronto verán a los pueblos deshacerse de sus cadenas» del imperialismo. Una vez más, dejemos a Lenin contestar los argumentos de este cariz, ya que estos son debates muy antiguos cuya postura le dejaran en franca evidencia, pues coincide con la del Kautsky de 1914:

«El problema no consiste, ni mucho menos, en saber si la socialdemocracia alemana se hallaba en condiciones de impedir la guerra, ni tampoco en saber si, en general, pueden los revolucionarios garantizar el triunfo de la revolución. El problema consiste en saber si uno debe conducirse como socialista o si debe «expirar» auténticamente en brazos de la burguesía imperialista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

La posición de rebajarse a apoyar a uno de los dos bloques imperialistas refleja siempre −aunque sea de forma indirecta− una debilidad manifiesta. Esto ocurre cuando el sujeto o grupo implicado sufre de un grave acomplejamiento ligado una gran desconfianza. Sus miembros no piensan realmente que sus fuerzas puedan revertir algún día la difícil encrucijada en la que se encuentran, sobrevuela sobre sus cabezas la duda permanente de que estén en capacidad de superar sus deficiencias, entre las cuales se cuentan la falta de influencia y coherencia política, razón por la que se contentan con unas cuantas concesiones en cuanto a sus antiguos principios, lo cual lo presentan como un «arreglo temporal» para «no aislarse» −aunque hace rato que ese barco zarpó−. A partir de ahí, ya se sabe, «a falta de pan buenas son tortas»; o dicho de otro modo, ya que no se tiene suficiente capacidad como para influenciar la política de su país con su plataforma, estos señores tratan de engañarse a sí mismos y al resto de que esto podrá ser solventando «manejando» o «manipulando» a los principales actores de la función, aunque estos ni siquiera sepan que ellos existen o los ninguneen abiertamente considerándolos como meros figurantes de los cuales pueden prescindir con un chasquido de dedos. 

«El público filisteo, cori los oídos muy abiertos, escucha estos cuentos, toma en serio las fábulas y sigue ciegamente a los caballeros de industria, que se esfuerzan por hacer recaer la atención «de la sociedad» precisamente en lo que a ellos les conviene. El público filisteo no sospecha que le llevan de la brida, que las sonoras frases acerca del «patriotismo», del «honor y el prestigio de la patria» y de la «agrupación de grandes potencias» encubren intencionadamente los manejos de los estafadores financieros y de aventureros capitalistas de toda calaña. (...) Todos esos procedimientos sutiles no son más que disputas de negociantes capitalistas y de gobiernos capitalistas por el reparto del botín. Se esfuerzan por arrastrar al pequeño burgués a la discusión en torno a cómo sacar «nosotros» mayor tajada y darles «a ellos» la menor, por interesarlo en la querella en torno a esta cuestión». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

Respondiendo concretamente a las insinuaciones del señor Gouysse, este puede estar sumamente tranquilo… nosotros no somos soñadores, tomamos la realidad como es. Muchos pueblos están y estarán aún lejos de librarse tanto de la influencia de las potencias extranjeras como de su burguesía nacional. En definitiva, a los desposeídos les queda un viaje muy amargo y largo para lograr su emancipación social mientras no sepan aprender de sus experiencias, mientras no logren una clarividencia programática y materialicen una organización que condense una línea de actuación conjunta y concisa que resuma todo esto. Una de esas tareas ideológicas pasa por superar estas mismas ilusiones «tercermundistas»; una conclusión que el antiguo Vincent Gouysse defendía con tesón antes de convertirse en poco más que el limpiabotas de Xi Jinping. Ahora, una vez matizado lo obvio, ¿en qué podemos decir que ayuda hoy la labor política de «orientación» de gente como Vincent Gouysse? En nada, solo se puede calificar como un «trabajo de zapa» que obstaculiza que ese día del fin del capitalismo llegue:

«Aún somos débiles, y se acabó, dice Blatchford. Pero con su franqueza pone al desnudo de golpe su oportunismo. (…) Se ve en seguida que está al servicio de la burguesía y los oportunistas. Al declarar la debilidad del socialismo, él mismo lo debilita con su prédica de una política antisocialista, burguesa». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

Nótese que Lenin concluyó que el trabajo de los bolcheviques era trabajar con paciencia y tesón en crear dicha alternativa, no en rebajarse a mendigar la atención y favor de los círculos imperialistas:

«La extraordinaria abundancia de corrientes y matices del oportunismo pequeño burgués entre nosotros, en tanto que la influencia del marxismo en Europa, así como la solidez de los partidos socialdemócratas legales antes de la guerra. (…) La clase obrera en Rusia no podía constituir su partido más que en una lucha resuelta, durante treinta años, contra todas las variedades del oportunismo. (…) No podemos saber si un fuerte movimiento revolucionario estallará con motivo de la primera o de la segunda guerra imperialista de las grandes potencias, o si estallará en el curso de esta guerra o después de ella, pero de todos modos nuestro deber ineludible es trabajar de un modo sistemático y firme en esa dirección». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

Por eso ayer, hoy y siempre: 

«La clase obrera no puede desempeñar su papel revolucionario universal si no sostiene una guerra implacable contra esa apostasía, contra esa falta de firmeza, contra esa actitud servil ante el oportunismo, contra ese inigualable bastardeamiento teórico del marxismo. El kautskismo no es un hecho fortuito, sino un producto social de las contradicciones de la II Internacional, de la combinación de la fidelidad verbal al marxismo con la subordinación, de hecho, al oportunismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

En consecuencia, actualmente nos negamos a seguir la línea derrotista y servil de dedicarnos a discutir como intelectuales charlatanes sobre cuál de los imperialismos es más «aceptable» y constituye la mejor baza para nuestro pueblo. Quienes piensen esto pueden quedarse con su «realpolitik» burguesa.  Véase el capítulo: «Debemos apoyar a China porque pone en entredicho la política occidental», ¿dónde hemos oído esto antes?» (2021).

¿Qué legitimidad tiene Moscú de acusar a Kiev de fascista y viceversa?

«Estoy convencido de que la verdadera soberanía de Ucrania será posible precisamente en asociación con Rusia». (Vladimir Putin; Discurso, 21 de julio de 2021)

En este caso, despechada, Rusia desea que Ucrania vuelva a ser su sirvienta y no la de EE.UU. y la Unión Europea. ¿Se puede justificar por tal motivo la actual guerra? Esto sería como si en Colombia la gente se rebelase contra el presidente corrupto de turno, y más adelante el nuevo gobierno de este país sudamericano aceptase un acuerdo militar con Rusia o China y cediese una base para su presencia, en tal situación, ¿tendría EE.UU. «legitimidad» para invadir Colombia por sentir «amenazada su seguridad»? Bueno... quizás a las marionetas de uno u otro bloque sí se contenten con estas burdas consignas para mentecatos, pero desde luego que no cuenten con nosotros para participar en tal bochorno de propagarlas.

«Para ello, nos esforzaremos por desmilitarizar y desnazificar Ucrania. Y también para llevar ante la justicia a quienes han cometido numerosos y sangrientos crímenes contra la población civil, incluidos los ciudadanos de la Federación de Rusia». (Vladimir Putin; Discurso, 24 de febrero de 2022)

El gobierno ruso se presenta al mundo con la misión de «desnazificar» y «llevar ante la justicia» a «quienes cometieron numerosos crímenes sangrientos». ¿Ah, sí? ¿Entonces no debería empezar por llevar a la corte de justicia al propio Putin por sus barrabasadas en Chechenia y por los constantes atropellos contra sus propios ciudadanos? ¿Acaso no era él quien citaba y homenajeaba a autores fascistas, monárquicos y simpatizantes de los nazis como Ilyin, Denikin y Solzhenitsyn? ¿No es él quien mantiene unas relaciones idóneas con el oscurantismo clerical que defiende ideas de épocas ya muy lejanas? ¿No invita la TV rusa Life News a reconocidos nazis como Alexei Milchakov para lanzar su propaganda prorrusa? ¿Quién ha financiado al Batallón Varyag? ¿No es cierto que también son legales grupos supremacistas, como el Partido Liberal-Demócrata de Rusia de Vladímir Zhirinovski −con 23 diputados en la Duma−, que han pactado varias veces con Putin?

Por si todo esto fuera poco, algunos olvidan que en los 90 fue el propio Putin quien, en calidad de alcalde subrogante de San Petersburgo y presidente del Comité de Relaciones Exteriores, propuso a la Chile de Pinochet como posible modelo para solucionar los problemas sociales en Rusia (sic):

«Vladimir Putin, alcalde subrogante de San Petersburgo y presidente del Comité de Relaciones Exteriores de la ciudad de seis millones de habitantes, ha dejado claro a los representantes empresariales alemanes que una dictadura militar según el modelo chileno sería la solución deseable para los actuales problemas políticos de Rusia. (...) Putin distinguió entre la violencia «necesaria» y la «criminal». La violencia política es criminal si tiene como objetivo eliminar las condiciones de la economía de mercado, «necesaria» si promueve o protege las inversiones del capital privado. En vista de la difícil trayectoria de la economía privada, Putin aprobó expresamente los posibles preparativos de Yeltsin y los militares para instaurar una dictadura al estilo de Pinochet. Las declaraciones de Putin fueron recibidas con un amistoso aplauso tanto por los representantes de las empresas alemanas como por el cónsul general adjunto de Alemania que estaba presente». (Neues Deutschland Aktuell; Un político de San Petersburgo quiere una dictadura, 1994)

Por lo visto al Partido Comunista de España (reconstituido) y sus restos no le importa nada todo esto... continúa erre que erre en 2022 con su guion ficticio. Para ellos en Moscú todos son progresistas mientras en Kiev gobiernan neonazis:

«Para que la OTAN sobreviva, es necesario demonizar a Rusia y luchar como leones por la «independencia» de Ucrania, lo cuál es la mejor noticia que pueden recibir los neonazis que hoy controlan al gobierno de Kiev y que, hasta la fecha y desde el golpe de Estado de 2013». (Movimiento Político de Resistencia; La neutralidad y el «ninismo» ante los neonazis ucranianos garantiza los intereses de la OTAN en el este de Europa, 2022)

¡Vaya! Será la primera y última vez que en Ucrania hay un «gobierno neonazi» con alguien como Volodímir Zelenski al frente, conocido por ser de familia judía y apenas hablar bien el ucraniano. ¡¿Qué curioso «nazismo» este, verdad?! ¿Pero qué esperar del PCE (r) si califica indistintamente a España o EE.UU. de «gobiernos fascistas»? 

En 2014 asistimos al ascenso del Euromaidan con los diferentes grupos prooccidentales. Esto significó que durante un tiempo en Ucrania los liberales, conservadores y hasta fascistas tuvieran vía libre para cometer todo tipo de correrías con tal de promover un discurso antirruso, anticomunista y proUE, y sobre todo, con tal de poner en fuga al prorruso Yanukóvich. Por parte del otro bando, hubo una reacción inmediata en las regiones prorrusas en la zona de Donbas −que incluyen a la República Popular de Donetsk y la República Popular de Lugansk−, donde se miraba con suma desconfianza el revanchismo antirruso del nuevo gobierno de Poroshenko y la libre actuación de los más radicales, como ocurrió en la Masacre de Odesa (2014), donde 42 activistas prorrusos fueron quemados vivos. 

Ahora, no hemos de llevarnos a engaño: estas milicias separatistas del Donbas portan por encima de todo una ideología rusófila, mezclado con una nostalgia hacia el pasado soviético −al cual la mayoría identifica como un periodo más de «grandeza rusa»−, y más allá de lo que digan sus simpatizantes, también son de marcado carácter supremacista y cercanos a los planteamientos retrógrados que sus homólogos en Kiev. No por casualidad denominaron a su nuevo Estado «Novorossiya», es decir, Nueva Rusia, el término con el que los zares declararon en el siglo XVIII a estos territorios tras expulsar a los otomanos, tártaros y otros pueblos. De hecho, el 13 de agosto de 2014 la propuesta del empresario y jefe del parlamento de esta unión, Oleg Tsaryov, fue tomar como insignia la bandera la negra, amarilla y blanca del Imperio ruso utilizada entre 1858-1896, pero invertida, ¿bajo qué pretexto?: «La república se creó en las tierras que formaban parte del Imperio Ruso cuando existía la Rusia zarista, y la gente acudió al referéndum por el derecho a unirse al mundo ruso». Finalmente triunfó una versión de San Andrés de la Armada Rusa, que recuerda también a la bandera de los Estados Confederados durante la Guerra de Secesión Estadounidense (1861-1865). Como estamos comprobando, sea por un tipo de inspiraciones u otras, estos señores no tienen nada de progresistas.

Tanto el partido Rusia Unida (RU) de Putin como el Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR) de Ziugánov intentaron vender a nivel internacional el relato de que la «nación rusa estaba amenazada −como vimos en secciones anteriores−, y que por ende la actual guerra se reducía a una «guerra antifascista» entre «fascistas ucranianos» y «antifascistas prorrusos», pero nada más lejos de la realidad. Lo que ha abundado en el bando separatista de Donbas afín a Rusia no han sido «militantes de izquierda», sino nacionalistas prorrusos, conservadores, monárquicos, nostálgicos del brezhnevismo y fascistas varios. En cambio, los prorrusos de todo el mundo se guardan muy mucho de ocultar la mugrienta ideología «nazbol», antisemita, homófoba o monárquica de personajes protagonistas en estos eventos. Hablamos no solo del del patriarca Kirill de la Iglesia ortodoxa, íntimo amigo de Putin, que ha dado su bendición a esta «cruzada rusa» declarando que: «La guerra es correcta porque es contra el lobby gay», sino que nos referimos también a las vomitivas declaraciones de los Pavel Gubarev, Alexander Borodai, Igor Strelkov, Alexander Barkashov, Aleksandr Dugin o Igor Girkin, quienes han tenido un papel fundamental en las dos repúblicas prorrusas del Donbas como ideólogos, gobernantes o jefes de milicias. Véase el artículo de David Karvala «Contra el fascismo bajo todas las banderas» (2014) o el de Antifascist Europe «Éxodo nazi: cómo los nazis rusos terminaron en Ucrania» (2021).

Entonces, ¿a qué se debe este doble rasero del Kremlin? Simple y llanamente Kiev ha cambiado de amo, y en vez de mirar hacia Moscú ahora mira hacia Washington, y esto no ha sido aceptado por el mundo ruso, que se ve a sí misma como su hermano mayor. ¿Qué hay de los actuales grupos fascistas en Ucrania? Svoboda, que como mínimo es la síntesis de un proyecto ucraniano de reminiscencias claramente de ese tipo, apenas logró llegar al 4% en las elecciones parlamentarias de 2014. De hecho, los fascistas locales fueron utilizado al comienzo de la revuelta del Euromaidan para hacer el trabajo sucio a los sectores tradicionales antirrusos −al menos hasta que Yanukóvich huyó a Moscú−. En cualquier caso, sus cabezas visibles apenas han tenido representación política −tres de los dieciochos ministros del Gobierno de Yatsenyuk (feb-nov. 2014)−, mientras que en las elecciones locales (2020) apenas alcanzaron el 2%. Otros grupos como Sector Derecho y Cuerpo Nacional, han boicoteando diversas elecciones o han acabado haciendo piña con Svoboda pidiendo el voto por su candidato Ruslan Koshulynskyi en las elecciones presidenciales (2019), no logrando con esta coalición más de un 1,6% de los votos. También han sido notables las tiranteces entre Zelenski y estos grupos, aunque ambos se necesitan mutuamente, por esto antes de la invasión rusa hubo un acercamiento de posturas.

Viendo estos resultados, ¿quién en su sano juicio diría que en Kiev gobiernan los fascistas con puño de hierro? Nadie, lo que no quita que estos grupos políticos dominen ciertas zonas o tengan influencia, o que sus brazos armados hayan sido integrados y protegidos en lugares como la Guardia Nacional, un fenómeno del cual no están exento cualquier régimen capitalista, como bien sabe mismamente Francia, Italia, España o la propia Rusia, cuyos mandos y unidades se han visto salpicadas por escándalos por hacer gala de su ideario reaccionario. Imaginemos hipotéticamente que en España mañana una región de importancia económica, como Cataluña, decidiese optar por la secesión inmediata, obtuviese apoyo de China, y además se desatase la guerra, ¿alguien duda que el gobierno de turno de Madrid, angustiado por la situación, «llamaría a filas» y armaría a los «decididos patriotas» sin mirar la filiación política ni guardar demasiado las apariencias? ¿No veríamos desfilar camino a Barcelona al «Batallón Reconquista» formado por miembros de Ultrasur, Frente Aleti, Brigadas Blanquiazules, Democracia Nacional, Hogal Social, Bastión Frontal, España 2000 o Vox? Eso es lo que ha ocurrido en Ucrania con el Batallón Azov, cuya espina dorsal eran los hinchas radicales del Dínamo de Kiev, Dnipro, Shakhtar, Karpaty Lviv, Vorskla Poltava, Metalist Kharkiv, Metallurg Zaporizhya, Tavriya Simferopol, Chernomorets Odessa y PFC Sevastopol… más por supuesto las juventudes de Svoboda −C14−, a lo que también se sumaron combatientes fascistas de todo el mundo, alcanzando los 1.000 miembros aproximadamente.  

En España mismamente hemos asistido al bochornoso espectáculo de presidentes que han financiado a la Fundación Francisco Franco −Aznar−, que han escrito artículos de juventud racistas −Rajoy−, diputados que han asistido a misas por Primo de Rivera −Ortega Smith− y otros que directamente fueron ministros durante el franquismo −Fraga−.  Esto no implica que muchas de estas figuras sean fascistas de cabo a rabo, ni descarta que hayan ejercido una política con programas y valores fascistas, pero que hayan virado hacia un ideario más liberal por la razón X. Un tema muy polémico ha sido el culto creciente en Ucrania a Stepan Bandera −colaboracionista de los nazis−, el cual certificaría que «Kiev ha caído en manos del fascismo». Pero esta rehabilitación no se remonta si quiera a 2014. Ya en 2010 el aquel entonces Presidente Víktor Yúshchenko lo nombró «Héroe de Ucrania», incluso ya en 1994 se legalizaron los símbolos de su partido: la Organización de Nacionalistas Ucranianos (ONU). ¿La razón? Al igual que los países bálticos, la casta política necesita agarrarse a cualquier figura o grupo que represente lo conservador, cristiano, antirruso, antipolaco y anticomunista. No olvidemos que en varias democracias burguesas de la UE la apología del comunismo está penada con multas o penas de prisión, mientras la exaltación de grupos fascistas y colaboracionistas de los nazis es ignorada. En Europa del Este −Polonia, Lituania, Estonia, Letonia− este relato histórico incluso es exaltado como «símbolos nacionales de resistencia contra la opresión rusa». Lo que ocurre es que algunos no desean entender la interrelación que hay entre las figuras, valores, leyes e instituciones −heredadas en un tiempo lejano o próximo− del fascismo y la democracia burguesa, las cuales −aun con sus diferencias importantes− no dejan de ser vehículos de expresión de clase, por lo que es normal que haya ciertos puentes, simpatías y adaptaciones, como también ocurre mismamente entre liberalismo y socialdemocracia. Por encima de todo, el nacionalismo, más exacerbado o más disimulado, la religión y sobre todo los intereses económicos suelen ser el gran nexo de unión entre las distintas expresiones de la burguesía y sus cachorros.


Putin el «libertador» defiende el «derecho de los pueblos a decidir», ¿debe de ser una broma, no?

«No hay ninguna barrera a la integración del gran espacio eurasiático alrededor de Rusia, ya que estas zonas fueron política, cultural, económica, social y psicológicamente unidas en el transcurso de muchos siglos. La frontera occidental de la civilización eurasiática va un poco más al este de la frontera occidental de Ucrania, por lo que el Estado recientemente establecido es inviable y frágil». (Alexander Dugin; Nueva república, 2015)

Como todo el mundo sabe que Dugin, este filósofo conservador, paneslavista y heideggeriano ha tenido una influencia notable en el Presidente Putin, quien a su vez lo cita habitualmente y lo ha tratado siempre como un íntimo colaborador de su proyecto. Antes de ordenar la invasión a Ucrania tuvimos la ocasión de ver una escena surrealista donde Putin se pronunciaba a favor del derecho de autodeterminación, asegurando que su gobierno solo defiende:

«Los altos valores de los derechos y las libertades humanas, teniendo en cuenta la realidad actual formada durante todas las décadas de posguerra. Tampoco anula el derecho de las naciones a la autodeterminación consagrado en el artículo 1 de la Carta de la ONU. (...) Nuestra política se basa en la libertad, la libertad de elección para todos, determinar su propio futuro y el de sus hijos». (Vladimir Putin; Discurso, 24 de febrero de 2022)

Lo que acarreó los aplausos de sus fans nacionalistas en Europa Occidental, creyendo pobres ingenuos ellos que él cree en tal cosa:

«@ciruela_negra: ¿Putin no ha llevado a efecto, precisamente hoy, el derecho de autodeterminación de dos territorios?». (Twitter; Ciruela negra, 21 feb. 2022)

Desde el PCE (r) reproducían con orgullo el discurso del nacionalista rojo, el señor Ziugánov, quien propuso en la Duma reconocer a las dos repúblicas e intervenir inmediatamente en ellas para salvar a la «nación rusa» con «más de mil años de existencia». Putin, agradecido por esta «ayuda patriótica» de la «oposición», aceptó de buen grado, mientras se encarcelaba a quienes se manifestaban en contra de la guerra. Esta borrachera chovinista que vive hoy la política rusa es celebrada por parte de la «izquierda» europea prorrusa, considerando el papel liberador que estaría llevando a cabo el ejército ruso ejerce por las tierras del Este de Ucrania (sic):

«La Federación Rusa ha tomado una posición en defensa de la gente de Donbas». (Movimiento Político de Resistencia; Ziugánov: «Solo la desmilitarización y la desnazificación de Ucrania pueden garantizar una seguridad duradera para Rusia, Ucrania y Europa», 2022)

Ver a Putin o Ziugánov apelando al «principio de autodeterminación de los pueblos» es como ver en su día a Napoleón III o Bismark hablar en nombre del «principio de las nacionalidades», es decir, un cinismo apabullante. ¿Acaso no ha aplicado Putin una represión brutal y ha usado la intervención militar contra cualquier territorio que muestre su deseo de separarse de la Federación Rusa? ¿El art.4 de la «Constitución de la Federación Rusa» (1993) no dictamina que «asegura la integridad y la inviolabilidad de su territorio»? ¿No ha intervenido el gobierno ruso recientemente en países vecinos, como Kazajistán o Georgia, para apoyar, precisamente, a todo tipo de sátrapas y asegurar así los intereses económicos de los monopolios rusos? 

En verdad, Rusia ni siquiera necesita incorporar de iure a estas regiones separatistas, le vale con hacerlo de facto a través de controlar a dichos gobernantes o hacerlos dependientes de Moscú:

«Vale la pena señalar que Rusia ya ha ensayado la opción de Novorossiya en una escala mucho menor: en los territorios separatistas de Abjasia y Osetia del Sur dentro de Georgia, y en el enclave separatista de Transnistria en Moldavia, que limita con Ucrania. En cada uno de estos lugares, minorías descontentas que buscan un mayor control sobre sus propios asuntos han librado guerras contra sus gobiernos nacionales, con el estímulo y apoyo de Moscú». (Cristian Caril; Novorossiya ha vuelto de entre los muertos, 2014)

Hay que recordar para los más despistados que el Tío Sam también ha utilizado históricamente la baza de que «X gobierno ha atentado contra la seguridad de ciudadanos estadounidenses» afincados en dichos territorios, por lo que «irremediablemente los EEUU. se ven obligados a declarar la guerra al país vecino para «neutralizar X amenaza» y «defender de ese modo la seguridad de sus compatriotas» o «atender la reclamación de ayuda de un aliado». Sin ir más lejos, este fue el pretexto de la Guerra México-Estadounidense (1848) o la Anexión de Hawái (1893). El mismo patrón que ha aplicado una y otra vez en América Latina cuando le ha venido en gana para defender sus intereses empresariales en Cuba, Guatemala, Argentina, Panamá, Venezuela, Granada, etcétera.

Recordemos también que tras la Primera Guerra Mundial (1914-18) se formaron nuevos países como Checoslovaquia. El «único problema» era que por culpa de la falta de lógica de pactos internacionales como el Tratado de Versalles (1919) y el Tratado de Saint-Germain-en-Laye (1919) hubo zonas cuyas fronteras estaban configuradas de forma que no correspondían demasiado con la etnia predominante del Estado −algo que no debería de ser un problema, pero que bajo el capitalismo siempre lo es−. Tal era el caso de la región de los Sudetes, donde la mayoría de ciudadanos eran de cultura germana, fruto de las antiguas luchas entre germanos y eslavos que se llevó por la zona durante varios siglos. El gobierno checoslovaco no solo no permitió a estos territorios incorporarse libremente a Alemania o Austria, sino que obstruyó deliberadamente la representación política de los germanos. A la larga este y otros fenómenos −como el mayor desempleo en estas zonas o la mayor expropiación de propiedades hacia ciudadanos germanos−, acabaron minando la convivencia y servirían de pretexto perfecto para que los políticos alemanes cultivasen allí un sentimiento revanchista. Huelga decir que esta política de discriminación de Praga hacia los alemanes de los Sudetes fue la baza perfecta para que las huestes de Hitler se ganasen simpatías de los germanos. En el Acuerdo de Múnich (1938) varias de las potencias occidentales −Gran Bretaña, Italia y Francia− permitieron que el nazismo legalizase la ocupación y anexión de los Sudetes aun siendo un gobierno caracterizado por humillar y exterminar a las minorías étnicas. Esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en el Sarre (1935), ni siquiera se formalizó referéndum alguno, y en menos de un año el Tercer Reich acabó invadiendo toda Checoslovaquia. Este es un ejemplo de cómo la cuestión nacional mal gestionada es aprovechada por una potencia imperialista para expandir sus tentáculos. En la posguerra (1945-48) los políticos checoslovacos no parece que aprendiesen de sus errores nacionalistas, porque decidieron hacer pagar a justos por pecadores, por lo que para quitarse el problema de en medio decidieron expulsar a todos los alemanes de la zona, más allá de que hubieran colaborado o no con el nazismo.

Cómo Putin ilustra a sus compatriotas con sus clases de historia

«Desde tiempos inmemoriales, las personas que viven en el suroeste de lo que históricamente ha sido tierra rusa se han llamado a sí mismos rusos y cristianos ortodoxos. Este fue el caso antes del siglo XVII, cuando una parte de este territorio se reincorporó al Estado ruso, y después. (...) La Ucrania moderna fue creada completamente por Rusia o, para ser más precisos, por la Rusia bolchevique, comunista». (Vladimir Putin; Discurso, 21 de febrero de 2022)

Hasta aquí la opinión de este «guardia blanco». El señor Putin debería entender que las regiones y los pueblos no han permanecido igual durante siglos o milenios. Los «vascones» era un pueblo localizado en la actual Navarra y Aragón, no en el País Vasco. En el caso de los rusos y ucranianos, si este zopenco hubiera cogido cualquier mapa del siglo XVI sabría que lo que hoy se conoce como «Rusia» se llamó durante más de cuatro siglos «Moscovia». No fue hasta 1721 bajo Pedro I que este intentó apropiarse del legado del «Rus de Kiev» (882-1240) pasando a llamarse «Rusia» y más tarde «Imperio ruso». En cambio, la actual Ucrania aparecía en los mapas como «Rusia» −la «Rusia Blanca» se relacionaba con la actual Bielorrusia, la «Rusia Roja» y «Rusia Negra» con la actual Ucrania−. Fue solo a partir del siglo XVIII que lo que hoy conocemos como Ucrania comenzó a denominarse como tal en los mapas de la época. La reina Catalina II también continuó manipulando las crónicas y creando mitos nuevos sobre «Rusia» −como «El gorro de Monómaco» y la conexión con Bizancio− para evitar la incómoda relación de los antiguos gobernantes moscovitas con las dinastías tártaro-mongolas −que además recordaban su vasallaje−. Si el lector tiene aún alguna duda puede comprobar todo esto deteniéndose en la gigantesca montaña de pruebas documentales almacenadas en el artículo de Vientos del Este «Rusia un mito creado por Moscovia» (2021). Esto algo que ya comentó Marx, un gran estudioso de la historia sobre el origen de los rusos:

«El fango sangriento de la esclavitud de Mongolia y no la ruda gloria de la época normanda, forma la cuna de Moscovia. La Rusia moderna no es más que una metamorfosis de Moscovia». (Karl Marx; Revelaciones sobre la historia de la diplomacia en el siglo XVIII, 1857)

Para más inri, como ya vimos en otras ocasiones, el término «rus» proviene del siglo IX, de la época de la instalación y sometimiento de los «varegos» o normandos» −nórdicos− a las «tribus eslavas» −los protorusos−, en tiempos que no existían ni el término «ucranianos» ni «ruso», por lo que dudosamente la «nación rusa» se remonta a «tiempos inmemoriales», como dice Putin. ¡Pero qué esperar de alguien que piensa que su nación tiene más de mil años! Le falta coronarse como el Emperador de Moscú, la cual es a sus ojos la Nueva Roma, la «última defensa contra los bárbaros». Véase el capítulo «Los polémicos debates entre los historiadores soviéticos sobre los orígenes del pueblo ruso» (2021).

¿Tiene esto algo de sorpresivo, es un «producto ruso», de su «autocracia» y su «atraso»? En absoluto:

«El nacionalismo historiográfico español, de este modo, trasplantó en esencia atemporal el concepto de España, mientras que los geógrafos afianzaron la ideología del territorio peninsular como algo incuestionable de lo español». (Juan Sisinio Pérez Garzón; ¿Por qué enseñamos geografía e historia? ¿Es tarea educativa la creación de identidades?, 2008)

Mismamente el historiador José Martínez Millán demostró en su «La sustitución del «sistema cortesano» por el paradigma del «estado nacional» en las investigaciones históricas» (2010), que esto también fue típico en los historiadores y geógrafos dieciochescos y decimonónicos alemanes y españoles, fueran hijos de la ilustración, el romanticismo, el absolutismo o el liberalismo.


Putin asegura que Lenin se inventó a Ucrania

Pero ya se sabe el refrán: «Cuando un tonto coge un camino el camino se acaba y el tonto sigue». En este discurso Putin, en su infinita ignorancia, ¡echaba la culpa de la existencia de Ucrania a Lenin! El cual habría creado un país sin base, artificial:

«La Ucrania soviética es el resultado de la política de los bolcheviques y puede llamarse legítimamente «la Ucrania de Vladimir Lenin». Él fue su creador y arquitecto. Lenin y sus asociados lo hicieron de una manera extremadamente dura con Rusia: separando, cercenando lo que históricamente es tierra rusa. Nadie preguntó a los millones de personas que vivían allí qué pensaban. (...) ¿Cuál era el sentido de transferir a las unidades administrativas recién formadas, a menudo arbitrariamente, las repúblicas unidas, vastos territorios que no tenían nada que ver con ellas? Permítanme repetir que estos territorios fueron transferidos junto con la población de lo que históricamente fue Rusia. (...) Estas unidades administrativas recibieron de facto el estatus y la forma de entidades estatales nacionales. Eso plantea otra pregunta: ¿por qué fue necesario hacer regalos tan generosos, más allá de los sueños más salvajes de los nacionalistas más celosos y, además de todo eso, dar a las repúblicas el derecho a separarse del estado unificado sin ninguna condición?». (Vladimir Putin; Discurso, 21 de febrero de 2022)

El señor Putin debería aprender a distinguir entre sus deseos y la realidad. La realidad era que la Rusia de sus queridos Zares intentaron decidir por la fuerza cómo estos pueblos debían gobernarse, pero estos pese a ser sometidos a la represión y el desarraigo siguieron manteniendo y desarrollando estoicamente su propia identidad. Que estas zonas fueran provincias del Imperio ruso, es como no decir nada que no se sepa, dado que no tenían la opción de separarse −como casualmente ocurre hoy en la moderna Federación Rusa−, por lo que el argumento es tan ridículo que se cae por su propio peso. 

Dudamos que este hombre haya leído los debates de los bolcheviques en torno a la cuestión nacional, los cuales eran producto no del empecinamiento o capricho de Lenin en «separar Rusia», sino de la necesidad de tener en cuenta la fisonomía sociohistórica particular de unos territorios que además contaban ya con una población enrolada en importantes movimientos nacionales. ¿Cuál era la postura real de los bolcheviques? Lenin en su «Extractos de la carta a los obreros y campesinos de Ucrania» (1919) aclaró que solo los revolucionarios ucranianos debían decidir si separarse o juntarse a Rusia −y en caso de hacerlo, de qué modo−, pero que se aceptase una forma u otra lo importante era: «Trabajo conjunto para defender la dictadura del proletariado». Por último, dejó claro que ante todo eran: «Enemigos de los odios nacionales, de las querellas nacionales y del aislamiento nacional. Somos internacionalistas. Aspiramos a una unión estrecha y a la completa fusión de los obreros y campesinos de todas las naciones del mundo».

En cuanto a la teoría de que si un pueblo no ha logrado nunca su independencia estatal −o la ha perdido hace mucho tiempo− no puede considerar como «nación legítima» no solo es metafísica, sino que va en contra de los hechos históricos comúnmente conocidos. En relación a los noruegos, irlandeses o ucranianos, Stalin se mofaba de dicha noción formalista porque supondría aceptar dos lagunas: a) o que estos no llegaron a ser nación hasta que lograron su primera  independencia histórica −que en muchos casos nos obligaría a retrotraernos a épocas pretéritas precapitalistas, y por ende a un concepto de «nación» ajeno a los cánones científicos−; b) o que se convirtieron en nación recientemente sólo cuando lograron su independencia −lo que no explicaría la génesis de esos movimientos nacionales que reclamaban tal independencia−. Además:

«De aceptar vuestro esquema, sólo podríamos reconocer como naciones a las que tienen su propio Estado, independiente de los demás, y todas las naciones oprimidas, privadas de independencia estatal, deberían ser excluidas de la categoría de naciones. Además, la lucha de las naciones oprimidas contra la opresión nacional y la lucha de los pueblos de las colonias contra el imperialismo deberían ser excluidas de los conceptos «movimiento nacional» y «movimiento de liberación nacional». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; La cuestión nacional y el leninismo, 1929)


Pero todo esto que estamos aclarando al señor Putin no le importa lo más mínimo. ¡Ucrania es Rusia y se acabó!

«Putin: Nuestro parentesco se ha transmitido de generación en generación. Está en los corazones y en la memoria de las personas que viven en la Rusia y Ucrania modernas, en los lazos de sangre que unen a millones de nuestras familias. Juntos siempre hemos sido y seremos muchas veces más fuertes y exitosos. Porque somos un solo pueblo». (Sputnik Mundo; Putin publica un artículo sobre Ucrania: «Rusia nunca ha sido y nunca será antiucraniana», 12 de julio de 2021)

Cuando el señor Arenas nos aseguraba en 2014 que Putin tiene un profundo «reconocimiento y respeto de Ucrania como país soberano e independiente»... ¿a qué se referiría, a las palabras supremacistas sobre Ucrania o a la gentil lluvia de «hermandad» que ha caído recientemente sobre Kiev? No lo sabemos. En último lugar, por si a alguien le quedase dudas de lo que piensan verdaderamente los reaccionarios rusos de sus «hermanos ucranianos», aquí tenemos una prueba inequívoca de la boca del propio Putin:

«Nunca se ha desarrollado un estado estable en Ucrania; sus procedimientos electorales y otros políticos solo sirven como una tapadera, una pantalla para la redistribución del poder y la propiedad entre varios clanes oligárquicos». (Vladimir Putin; Discurso, 21 de febrero de 2022)

Este, en un lenguaje muy hegeliano, básicamente declaró a Ucrania como un «pueblo sin historia», incapaz de autogobernarse por políticos corruptos y oligárquicos −por un momento creíamos que hablaba de sus gobiernos−, por lo que, según él, la búsqueda ucraniana de una soberanía y el correcto manejo de sus asuntos solo puede ser lograda bajo el paraguas de la Gran Rusia.

A su vez no podemos olvidarnos de que el gobierno de Kiev mantiene una política abiertamente rusófoba. En 2019 estableció por ley al ucraniano como única lengua oficial. Esto en un país donde ni siquiera el Presidente Zelenski lo habla correctamente, perjudicando además a las minorías húngaras y rumanas. ¿De dónde nace este revanchismo histórico tan típico? De una larga historia de conflictos, conquistas y envío de colonos por parte de sus vecinos −no solo rusos, sino otomanos, polacos y otros tantos pueblos que pasaron por aquellas tierras, algo que ni Putin ni Ziugánov mencionan nunca. Recordemos que a partir del siglo XVII lo que entonces era Ucrania se fue incorporando al Imperio ruso progresivamente. ¿Y qué ocurrió en la época de la URSS tras derrocar al zarismo? Esto es si cabe más importante. Inicialmente los bolcheviques realizaron varias campañas para eliminar el chovinismo ruso y animar a que los ucranianos pudieran desarrollar libremente su identidad nacional. Véase el capítulo: «La aparición del bolchevismo y su trato de la cuestión nacional» (2020)

Desgraciadamente esta tendencia hacia la «nativización» de las repúblicas no rusas se paró en seco a finales de los años 30 −durante la «era stalinista»−. A partir de entonces la política soviética dio un giro de 180 grados. Aun con ciertos intervalos de resistencias, en cuestión nacional la línea soviética oficial se volvió cada vez más proclive a recuperar la antigua visión zarista de rusificación generalizada en varias de las esferas fundamentales. Uno de tantos motivos del declive del movimiento comunista a nivel mundial, es que los comunistas de todo el mundo no solo no supieron señalar a tiempo esta degeneración, sino que incluso a día de hoy se desconoce este proceso o se aplaude, por lo que cuando tuvieron que vérselas con problemas de la misma índole en sus tierras fracasaron estrepitosamente. Dado que esto ha sido abordado en otros apartados, recomendamos al lector detenerse en tales lecturas anexas. Véanse los capítulos: «El giro nacionalista en la evaluación soviética de las figuras históricas» (2021) y «Las terribles consecuencias de rehabilitar la política exterior zarista en el campo histórico soviético» (2021).

Aun con ciertos intervalos de resistencias, en cuestión nacional la línea soviética oficial se volvió cada vez más proclive a recuperar la antigua visión zarista de rusificación generalizada en varias de las esferas fundamentales, una tendencia que lejos de reducirse se fue agudizando en las siguientes décadas, ya bajo Jruschov, Brézhnev y Gorbachov. Esto no solo tuvo una repercusión directa en Ucrania, sino también en las repúblicas asiáticas, las repúblicas caucásicas o en las repúblicas bálticas −por no hablar de los pueblos siberianos y otros−:

«El número de colonos rusos fuera de las fronteras de la Federación Rusa durante el período de 20 años 1959-1979 llegó a 7,6 millones. «Ahora el 17,4% de la población rusa del país», escribe el diario Komunist, «ha emigrado a otras repúblicas: Ucrania, Kazajistán, Uzbekistán, etc». La proporción de rusos en la población del Este durante las últimas décadas es entre 10-20%. En general, el grupo nacional más grande junto a la nación autóctona en las repúblicas no rusas es el grupo ruso. Así, en Turkmenia la población local supone el 68,4%, mientras que los rusos el 12,6%; en Estonia el 64,7 %, frente al 27 %; en Letonia 53,7% contra 32,8%. En Kazajstán la proporción es diferente, el grupo ruso representa el 40,8% frente al 36,0% de kazajos. En la República Autónoma de Bashkiria hay un 40,5% de rusos frente a un 23,4% de bashkires, en la República de Buriatia los rusos constituyen 73,5%, etc». (Natasha Iliriani; Algunas manifestaciones de la opresión nacional en la Unión Soviética actual, 1987) 

A la postre todo ello causó todo tipo de choques, protestas y animadversiones mutuas −tanto hacia los rusos como hacia otras repúblicas colindantes−. Esto demuestra, que lejos de lo que Putin o Armesilla aseguran, no fue el «derecho de autodeterminación de las naciones» lo que terminó destrozando a la URSS:

«@armesillaconde: En su discurso de hoy, #Putin ha estado impecable y me ha dado la razón en algo que llevo diciendo años: el «derecho de autodeterminación» fue la muerte de la URSS y el gran error de Lenin. Todo el que defienda ese «derecho» aplicado a su país es un inconsciente político». (Twitter; Santiago Armesilla, 21 feb. 2022)

Sino que abandonar este principio básico del marxista-leninismo fue lo que realmente terminó por arruinar la igualdad y confianza entre los pueblos. En cualquier caso, si el lector quiere más información también puede echar un vistazo a los vídeos del canal The Cold War «Did the Soviet Union Russify Other Nationalities?» (2022) «Was Russian Language Dominant in the Soviet Union?» (2022).

La composición étnica y lingüística de Donetsk y Luhansk

En último lugar, ¿qué consecuencias tuvo en la zona que hoy es objeto de debate? Hoy día el 74,9% de los residentes en el Óblast de Donetsk y el 68,8% en el Óblast de Luhansk consideran al ruso como su lengua materna, seguido por el ucraniano.

A partir de 1926 la población ucraniana del Óblast de Donetsk fue perdiendo peso en los censos de 1939, 1959, 1979 y 1989. Según el censo de 1926 el 61% de la población se consideraba ucraniana, el 24% rusa, 6% griega, 2% judíos y otros. En 1989 los datos eran: 50% ucranianos y 43% rusos, 1% griegos y otros. En 2001 eran el 56% ucranianos, 38% rusos, 1% griegos y otros.

A partir de 1926 la población ucraniana del Óblast de Luhansk fue perdiendo peso en los censos de 1939, 1959, 1979 y 1989. Según el censo de 1926 el 68% de la población se consideraba ucraniana, el 28% rusa y un 3% de judíos. En 1989 los datos eran: 51% ucranianos, 44% rusos y 3% judíos. En 2001 eran el 58% ucranianos, el 39% rusos y otros.

Estos datos a veces son algo subjetivos, ya que el encuestado suele declarar que es X o Y por afinidad o por el árbol genealógico que su familia le ha contado, pero no se trata, ni mucho menos, de un análisis genético ni nada por el estilo −dado que entonces mostraría una fusión étnica mucho mayor−, lo que echaría al traste muchos de los sentimientos de «pureza» de algunos nacionalistas de uno y el otro lado del Dnieper. ¿Y qué significa esto? Muy sencillo, que más allá de la propaganda y esfuerzos en rusificar estas regiones fronterizas, ninguna de las dos autoproclamadas repúblicas del Donbas son actualmente de mayoría rusa, como tampoco lo eran hace dos décadas. Esto no ha evitado que la población prorrusa siempre haya sido muy activa en Donetsk y Luhansk, y, de hecho, allí es donde mayor porcentaje de votos obtenía de toda Ucrania el antiguo aliado de Moscú, Víctor Yanukovych −pues en las elecciones de 2014 recibió un 57% de votos en Lugansk y un 65% en Donetsk−.

¿Por qué en 2014 estas regiones han tenido una respuesta tan marcadamente prorrusa? A comienzos de año, momento en que los problemas internos ucranios llegan a su paroxismo entre el bando proclive al identitarismo ucraniano y el bando más prorruso, los imperialismos extranjeros aprovechan la situación para azuzar a los bandos protagonistas, usando a los contendientes en liza como peones para dirimir sus intereses: EE.UU. anima al movimiento del Euromaidan a que impulse a Ucrania definitivamente hacia la Unión Europea (UE) y la OTAN, mientras Moscú ofrece concesiones al gobierno de Yanukovych para que todo se mantenga como hasta entonces, esto es, permaneciendo dentro de su área de influencia. En esa difícil coyuntura, era de esperar lo que ocurrió: a) que los ciudadanos prorrusos del Donbas deseasen defenderse de las políticas rusófobas del nuevo gobierno de Kiev −que entraría en acción febrero de ese mismo año−; b) y que los ucranianos cansados de Putin y su sombra Yanukovich quisieran darle la patada probando suerte con las bonitas promesas que siempre suelta Occidente para atraerse nuevos socios. ¿Qué más decir ante tanta inmundicia intelectual?

Entiéndase, decimos «era de esperar» [*], dado que a diferencia de la fantasía de otros, nosotros somos totalmente conscientes de la nula influencia de revolucionarios consecuentes que opongan un discurso contrario a estas dos propuestas igualmente nocivas. El resto de declamaciones supremacistas, amenazas y matanzas entre ambos bandos es de sobra conocido por todos, por lo que no los repetiremos. 

«El socialchovinismo, que defiende de hecho los privilegios, las ventajas, el saqueo y la violencia de «su» burguesía imperialista o de toda burguesía en general, constituye una traición absoluta a todas las ideas socialistas y a la resolución del Congreso Socialista Internacional de Basilea». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

Por supuesto, los bobos buscarán entre alguno de estos reaccionarios gobiernos capitalistas y sus impulsores algún punto para probar el papel «progresista» de su ejército en el conflicto, pero lo cierto es que ninguno de ellos es de fiar ni ha buscado desde el principio otra cosa que no sea asegurar sus mezquinos intereses capitalistas, que por otra parte no tienen nada que ver con los de los asalariados.

«Los cálculos de los nacionalistas son descarados y cínicos en grado superlativo. Pronuncian frases altisonantes sobre la «guerra santa por la independencia» de los pueblos mientras juegan a sangre fría con la vida de millones de seres humanos y empujan a los pueblos al matadero para dar ganancias a un puñado de comerciantes e industriales». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Juegos de azar, 1911)

Anotar que, en octubre de 2022, el gobierno ruso reiteró que miente una y otra vez a su público. Si bien en febrero de 2022 el Kremlin vendía en su propaganda que no tenía ningún propósito anexionista en su intervención en Ucrania, ocho meses después decidió anexionarse por la fuerza las provincias de Jerson y Zaporiyia. Estas regiones, para quien no lo sepa, lejos de constar de una mayoría rusa a nivel étnico y lingüístico, tienen una composición aún menos favorable para sostener su relato:

a) El Óblast de Jerson, según el último censo de 2001, cuenta a nivel étnico con un 82% de ucranianos, un 14% de rusos más otras minorías. En cuanto a la composición lingüística el ucraniano el idioma principal de la población con un 45% de la misma que habla el ruso.

b) El Óblast de Zaporiyia, según el último censo de 2001, cuenta a nivel étnico con un 70% de ucranianos, un 24% de rusos más otras minorías. En cuanto a la composición lingüística el ucraniano el idioma principal de la población con un 50,2%.

Esto puede significar perfectamente que el objetivo real del gabinete de Putin sea partir Ucrania en dos, quedándose Rusia con todas las regiones existente al Este del río Dniéper, algo que, por otra parte, dudamos que se consiga viendo la deficiente disposición militar del ejército ruso hasta el momento». (Equipo de Bitácora (M-L); El PCE (r) y Cía. como voceros del imperialismo ruso, 2022)

Anexo:

[*] 
«Nosotros, sin embargo, compañeros no somos pacifistas sentimentales. (...) Nosotros queremos la paz hecha revolucionariamente por los pueblos. Nosotros luchamos en cada país contra las fuerzas de regresión y de opresión que lanzan a los pueblos a la carnicería imperialista, para levantar sobre las ruinas del capitalismo, la verdadera paz, la única paz posible, la paz hecha por los pueblos libres de explotación social y nacional, por los pueblos iguales y hermanos, por los pueblos liberados de los estériles y monstruosos prejuicios de raza, de religión, de historia falsificada, prejuicios sistemáticamente cultivados por las clases parasitarias y explotadoras. Nosotros queremos una paz sin anexiones, sin indemnizaciones, sin pueblos vencidos ni pueblos repartidos, una paz justa que no lleve en sí misma el calor de nuevas y próximas carnicerías». (Joan Comorera; Contra la guerra imperialista y por la liberación nacional y social de Cataluña, 1940)

La intención de los revolucionarios no puede ser jamás desear la provocación o la prolongación de una guerra imperialista cuyas consecuencias pagan los pueblos, sino derrocar estos regímenes atroces a la menor oportunidad. En caso de no estar en condiciones para ello –como, no nos engañemos, ocurre actualmente en todo el planeta– no deben desanimarse, sino que deben ponerse manos a la obra –para que, aunque ahora sea algo remoto, haya una posibilidad en un futuro–. Entre tanto, deberán intentar movilizar a la población para forzar a que sus gobiernos mantengan la paz o, en su defecto, para que paralicen la guerra imperialista en curso en las mejores condiciones posibles. Algunos preguntarán, pero, ¿cómo va a ser esto posible si hablamos de un estado de indefensión de los trabajadores ante sus patronos? Para empezar, no es lo mismo derrocar a un gobierno capitalista que forzarlo a retroceder en sus decisiones más impopulares –incluyendo su permanencia en una guerra–. Incluso en condiciones de desorganización y bajo nivel ideológico generalizado, los efectos y cambios súbitos que suponen fenómenos como una guerra o la perspectiva de la misma –déficit comercial, caídas en la inversión y el ahorro, carestía de alimentos, aumento de las exigencias laborales, reclutamientos forzosos de la población, bajas en el frente y demás– pueden crear toda una serie de dificultades y divisiones tanto en los intereses de las capas laboriosas como entre los círculos burgueses. En este panorama político especial existen mejores oportunidades para organizar y movilizar a los trabajadores conscientes y/o desencantados contra los gobiernos capitalistas culpables de su desdicha, pues son estos últimos quienes fantasean o están interesados con provocar o alargar las guerras para llenarse los bolsillos o saldar deudas. 

Empero, como siempre hemos mantenido, esto dependerá en gran medida de la habilidad de esa estructura política –opositora al régimen– a la hora de canalizar, dirigir y profundizar ese momento tan especial de efervescencia política. La cuestión es, ¿tienen capacidad los «marxistas» de hoy para exponer a los líderes nacionales belicistas, a sus seguidores fanáticos y a sus lacayos a sueldo? ¿Cuentan con una explicación desarrollada y coherente sobre las pugnas interimperialistas en un lenguaje que sea comprensible para las capas más atrasadas de su país? ¿Tienen un trabajo regular en los frentes de masas de todo tipo para informar a la población de sus propuestas y objetivos? ¿Podrían ser capaces de reconducir y elevar las manifestaciones espontáneas de indignación popular hacia algo más serio y consciente? ¿No? ¿A qué esperan para madurar o mejorar esas condiciones si desean tener una oportunidad? Y es que esto, como en toda cuestión, depende del factor subjetivo; a más capacidad teórico-práctica, mayor nivel de influencia para imponer unos objetivos políticos. Repetimos, esto no lo cumplen ninguno de los grupos autodenominados «marxistas-leninistas», «comunistas» o llámense X, porque hacen de sus formas de organización y métodos de trabajo el camino más corto para el fracaso. Por eso, como en toda cuestión, hay que empezar por replantearse las cosas desde el principio. Véase la obra: «Fundamentos y propósitos» (2022).

1 comentario:

  1. Nada que agregar en tal exposiciones, totalmente de acuerdo.
    Más una pequeña corrección en tema de geografía, Colombia es de Sur América y no de Centro américa (ver la pregunta ¿Qué legitimidad tiene Moscú de acusar a Kiev de fascista y viceversa? En sus primeros párrafos dice ese pequeño error.
    Gran aporte para los que estamos iniciando en el Marxismo.
    Saludos y gracias por su gran trabajo.

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