domingo, 7 de marzo de 2021

¿Vivimos en un patriarcado?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Con el feminismo como factor aglutinador, surgen diversos movimientos socio-políticos y filosóficos que se han convertido en moda, logrando imponer sus debates y terminología a la sociedad. «Hetero-patriarcado», «micromachismos», «cultura de la violación», «hetero-patriarcado», «brecha salarial», «techo de cristal», «violencia de género», «espacios seguros» son términos que a todos nos resultan conocidos, sepamos o no sobre feminismo. El contenido que tienen todos estos conceptos o la connotación que le agrega el feminismo desde su lógica dan como resultado la inoculación de toda una serie de perjuicios y confusiones ideológicas entre la población, y esto, como ocurre con toda corriente de moda, acaba afectando también a los elementos que, a priori, gozan de una mayor formación política, los sectores más conscientes de la población. Esta situación, salvando las distancias, es reminiscente a la de los años 60, momento en que el maoísmo era tendencia en universidades, tertulias y movimientos políticos. Claro que, después de la sucesión de grandes polémicas ideológicas, el maoísmo perdió suficiente vigor como para captar la atención en general –y, sobre todo, para engañar a las capas más avanzadas–. Pero lo valiente era haberlo combatido cuando sus picos de popularidad estaban en alza, cuando, podemos decir, era la corriente mayoritaria entre algunos movimientos políticos de la población. Lo mismo ocurre con el feminismo. Por eso es hoy, y no mañana, cuando toca combatir a esta ideología.

El feminismo centra su discurso en el «patriarcado». Pero, al igual que muchos antifascistas con el «fascismo», o muchos nacionalistas con la «nación», no saben de lo que hablan, no tienen una definición científica, empíricamente constatable y de fácil comprensión para el público general. Lo único que hacen es lanzar fórmulas abstractas y místicas, conceptos producidos en masa e introducidos a toda prisa, como ocurriría en la cadena de montaje de una fábrica donde se trabaja a destajo. Esta falta de formación ideológica que tienen los miembros de estos movimientos es notable. Y la verdad es que no podemos esperar menos, porque en las organizaciones políticas, se centren en lo que se centren –nacionalismo, feminismo, reformismo, anarquismo, o todo ello a la vez–, lo que exigen aquí los «directores de producción» –los jefes de estas organizaciones– es poner en circulación rápidamente «mercancías» que inunden rápidamente el mercado, aunque no sean de calidad. Por eso no se preocupan de sus prestaciones –que en este caso sería la formación y desempeño del militante medio frente al público consumidor–. ¡Qué le vamos a hacer! Así operan ellos, es su naturaleza pequeño burguesa. Piensan que si no producen y lanzan tal «producto» en cadena –el militante incapacitado para toda tarea seria de agitación y propaganda– otro producto de la competencia –un militante de otra organización– será comprado y fidelizado por el consumidor –el público no politizado– en el mercado de las ideas políticas. La falta de originalidad y la precariedad de su producto merma sus ganancias, hace que el público no fidelizado siga comprando su mismo producto de siempre sin interesarse por el suyo –por ejemplo, la feminista sigue siendo feminista porque no ve nada atractivo en el antifeminismo que le ofrecen–, todo porque estos «artesanos» de la política no saben explicar las bonanzas y ventajas de su artículo si es que las tuviese –que en el caso de estos movimientos es algo dudoso–. De hecho, estos cuentistas son famosos por la «publicidad engañosa» hacia los trabajadores, y su confusión de ideas vendría a ser una «obsolescencia programada» que les condena a la ruina y escisión continua.

Mucha gente nacida en los años 80, a falta de un partido marxista-leninista que pusiera los puntos sobre las íes, se ha tragado sin problemas los diversos mitos cocinados desde las instituciones políticas y las universidades burguesas. Aquí tenemos de todo. Está, por ejemplo, el famoso discurso que asegura que «el feminismo no tiene nada que ver con una lucha de sexos», sino que defiende «la igualdad de hombres y mujeres». Otros, pese a considerar al feminismo como una rama «transversal» en lo político-filosófico, piensan seriamente que sus intereses multiclasistas y su eclecticismo ideológico son perfectamente conjugables con los lineamientos fundamentales tan definidos que tiene el marxismo. Los hay que plantean que «las marxistas del siglo XIX eran las feministas de hoy», adoptando el famoso «feminismo de clase» en el que funden feminismo y marxismo como si se tratase de una misma cosa. Por último, existen los oportunistas que conocen sobradamente que «feminismo y marxismo tienen diferencias irreconciliables», pero opinan que «es imposible ganar la batalla cultural» al feminismo y, por tanto, deberíamos plegarnos ante sus términos y no enfrentarlo frontalmente pudiendo así ganarnos mejor la atención de sus huestes. ¿Es todo esto cierto estas concepciones o estrategias respecto al feminismo? La respuesta corta es no. La respuesta larga la tiene el lector en el documento que brindamos a continuación.

Concepción espiritual y juegos de palabras idealistas para justificar el «sistema patriarcal»

«La universalización del «yo» masculino es uno de los fundamentos de la dominación patriarcal. Su masculinidad hegemónica afirma su objetividad. El hombre se presenta como término neutro, objetivo, sujeto universal fagocitando a la mujer. En el proceso de formación de dicho orden, el hombre ha construido un mundo narcisista creado a su propia imagen. (...) El concepto de virilidad y el linaje entronca con el concepto de «Honor» versus «Virginidad en la mujer». La mayoría de crímenes contra la mujer tienen este origen. Un problema actual y universal como son el maltrato a las mujeres y los crímenes de «honor» no se resolverán definitivamente sin extirpar antes la raíz del núcleo que lo genera. (...) A través de las «supervivencias culturales» esta subordinación de las mujeres se ve como natural y se torna, por tanto, invisible». (Dolors Reguant; Explicación abreviada del patriarcado, 2014)

¿«Honor», «linajes», «virtud de la virginidad»? Reguant de verdad cree que la sociedad actual sigue correspondiéndose con la del cantar del Mío Cid. Esto es solo una pequeña muestra de las propuestas del feminismo. En España, los partidos políticos Unidas Podemos, PSOE, BNG, Bildu, CUP y también gran parte de las pequeñas organizaciones pseudomarxistas –los revisionistas– sostienen la idea de que existe un sistema «patriarcal» que se sustenta de «forma estructural». Ahora, resulta bastante cómico que sean incapaces de demostrarlo apoyándose en leyes, instituciones jurídicas, ni declaraciones del gobierno –pues la mayoría simpatizan y miman al movimiento feminista–, con lo cual esta declaración no deja de ser una mera expresión vacía, un acto de fe idealista y voluntarista, casi similar a las tesis «conspiranoicas» sobre las sociedades secretas que controlan el sistema desde las sombras.

¿Cómo conciben este temible «sistema patriarcal» o «hetero-patriarcal»? En realidad, a veces parece que hablen de forma mística, como si se tratase de un ente que domina toda la sociedad contra el cual las feministas pretenden luchar, pero, a la vez, reclaman que es imposible no sucumbir de algún modo ante su omnipotencia. Por tanto, «todos, de alguna forma u otra, somos machistas». ¡Y se acabó! El concepto de «sistema patriarcal» podría equipararse al concepto falangista de «nación española» que tanto usan los chovinistas de nuestro país, quienes no tratan de analizar España a través de su fisionomía actual, sino de su idealización, de forma romántica, como si fuese algo por encima de las condiciones materiales. De este modo, para ellos, la «nación española» se presenta casi como un ente vivo y espiritual que domina la vida y destinos de los ciudadanos del Estado, por lo que todos, sin excepción, serían españoles a la fuerza. Por eso a los chovinistas les es irrelevante la economía, la historia o que, desde hace décadas, gran parte de los movimientos del Estado no se consideren ni se desempeñen como tal. ¿Y cómo justifican tanto el feminismo como el nacionalismo que existan voces discordantes? ¡Son alienadas o agentes del extranjero! Genial. Si, en el siglo XVI, la explicación que la Iglesia daba a «las herejías» de los científicos era que estas eran «obra del maligno», los idealistas del siglo XXI solo conciben como posibilidad la locura o la actuación de fuerzas ocultas enemigas como explicación para entender por qué el gran público les rechaza o se desilusiona con sus majaderías.

Pese a los datos que indican que hombres y mujeres tienen problemas que afectan de forma particular a cada uno, el feminismo ha construido un discurso donde la mujer sería la sierva del hombre por culpa del sistema político, la economía, la justicia y la «cultura heteropatriarcal», exigiendo que los hombres cediesen tales privilegios y abandonaran su esencia masculina actual.

«Buena parte de los hombres han manifestado una evolución muy limitada hacia un compromiso real con la igualdad. (…) Algunos hombres en cambio experimentan la vivencia de la presión de género para seguir ejerciendo la hegemonía, que acarrea crisis y frustración en algunos varones y hace necesaria la acción de deconstruir la masculinidad hegemónica y sus mandatos». (Gobierno de Navarra; El plan de coeducación 2017-2021 para los centros y comunidades educativas de Navarra)

Esto ya muestra, de base, la raíz ideológica utópico-reformista del feminismo. Si esto fuese real, si las mujeres vivieran en condiciones de semiesclavitud, ¿creen que los hombres cederían amablemente sus «privilegios»? ¿Desde cuándo los derechos se piden «por favor»? El feminismo contemporáneo parece desconocer hasta la propia lucha de las mujeres por el voto, la jornada laboral, el acceso a la educación, etc.

Antes de continuar, deberíamos aclarar ciertos términos: 


¿Y qué ocurre hoy con estos términos? Que pretenden ser alterados, con lo que, como dijo un conocido pedagogo soviético:

«La palabra es una fuente inagotable de nuevos problemas, su sentido nunca está acabado. En definitiva, el sentido de las palabras depende conjuntamente de la interpretación del mundo de cada cual y de la estructura interna de la personalidad. (...) Las palabras pueden disociarse de su sentido». (Lev Vygotski; Pensamiento y lenguaje, 1934)

El feminismo utiliza indistintamente estos conceptos de más arriba para potenciar sentimentalmente su relato, mientras que, por el contrario, olvida aplicar debidamente otros términos cuando la situación lo demanda. El problema lingüístico de estos colectivos acontece cuando se trata de presentar conceptos del pasado para el presente, otros inexistentes en toda la historia u otros hipotéticos para el futuro y, a partir de ahí, tomar todos ellos como algo verídico en el mundo actual. Un silogismo tan barato como antiguo. Todo idealista tiende a separar el lenguaje de su ligazón material, que es lo que le hace reflejar la existencia con veracidad; de la experiencia social, en la que se comprueba si tales estimaciones son correctas. Estos subjetivistas retuercen, manipulan y engañan sobre el significado de las palabras en aras de una nueva interpretación interesada. Para el charlatán, el lenguaje ha sido históricamente el mejor campo de pruebas para poder ensayar su filosofía de la sofistería ante el gran público. ¿Cómo? Fácil, engañando a propios y extraños con interpretaciones sesgadas sobre el significado de palabras y conceptos tanto cotidianos como de corte científico. Esta vuelta de tuerca, que cala poco a poco, sirve para imponer los nuevos dogmas. No sería posible que la gente que creyese que vivimos en el «patriarcado» de no ser porque esta palabra ha sido vaciada de su contenido original y sustituido por uno nuevo e irreal. Pero esto mejor lo dejaremos para el capítulo específico sobre lenguaje inclusivo. 

¿Todos somos machistas, racistas u homófobos?

El mayor obstáculo para desarrollar una lucha por la conquista de cualquier anhelo no es, en realidad, el enemigo ideológico que se posiciona en contra de las transformaciones, sino, y en mayor medida, el elemento cultural y, en última instancia, la base económica que ha hecho posible la perpetuación de las concepciones que se combaten, incluso en uno mismo o en el grupo emancipador. 

No olvidemos que, en la mayoría de casos, al ser educados en un sistema como el capitalista –que pese a su verborrea tiene muy poco de humanístico, es normal que terminemos reproduciendo valores e ideas despreciables que son difíciles de disipar de nuestro comportamiento hasta el punto que el combate contra estas desviaciones puede prolongarse durante años. Esto no solo ocurre con la famosa cuestión del machismo, sino también con el pensamiento religioso, los prejuicios racistas y homófobos, el individualismo o en las formas de mando caciquiles. 

Nada de esto quiere decir, como teorizan las feministas, que el machismo sea algo innato y algo generalizado en todo hombre, algo así como un «pecado original» con el que nace y está condenado a cargar en el mundo terrenal hasta que se gane la salvación tras una larga fase de «desconstrucción de la masculinidad», puesto que esa masculinidad, en función del contexto cultural, puede encerrar valores altamente positivos tanto como otros igualmente negativos, valores que variarán con el tiempo y las normas sociales. En caso que el sujeto haya adoptado valores objetivamente reaccionarios, bien puede superarlos con una educación tanto colectiva como individual –y no con la penitencia–. Por tanto, no hay fatalismos que valgan.

Tampoco podemos admitir la estupidez de que, para comprobar la superación o no de esas reminiscencias machistas, este individuo debe ser evaluado una serie de personas del género opuesto, es decir, mujeres. Esto tendría tanto sentido como afirmar que la evaluación del racismo de un sujeto debería ser llevada a cabo por un grupo de personas de otra raza. Al transigir con esto, aceptamos que la verdad la poseen solamente los colectivos diseminados por raza, sexo u otra variante estúpida, liquidando todo rastro de verdad objetiva, planteando juicios subjetivos, dando por hecho que, cuando hablamos de una cuestión concreta, es un colectivo definido por una serie de características genéticas el que tiene la capacidad de ser objetivo por encima del resto. Siguiendo esta lógica, tendría que existir una ciencia hecha por mujeres, o una ciencia hecha por hombres negros, recreando patrones sexistas y racistas.  

Es por esto que hay que presentar batalla contra la estrategia maquiavélica del feminismo, que trata de distorsionar la verdad introduciendo la llamada «perspectiva de género» en ámbitos como la justicia o la educación. Con ella pretende que la verdad sea evaluada no a partir de hechos objetivos, sino de deseos y conceptos apriorísticos, esto es, el idealismo de toda la vida, los esquemas metales preconcebidos clásicos de toda ideología dogmática. Así, pues, se permite maquillar la verdad histórica cuando resulta dolorosa para su causa y hace proposiciones absurdas, como que la contribución de la mujer a la filosofía del siglo II aC es tan significativa como la de los hombres y debe de ser estudiada del mismo modo, exigiendo paridad. Aceptar esta imbecilidad es transigir con un postulado falso; comporta afirmar que la mujer tenía en el mundo antiguo un estatus económico y una libertad de oportunidad equivalente a la del hombre, lo que no solo es faltar a la verdad histórica, sino desarticular uno de sus rasgos principales: subrayar la desigualdad histórica que ha sufrido la mujer. Sería como si el marxismo reclamase el estudio de unos inexistentes filósofos provenientes de las clases oprimidas de la Antigua Grecia. Absurdo, ¿verdad? En el ámbito de la justicia vemos cómo se han intentado introducir, a veces con éxito, leyes que no juzgan en base a la tipificación del delito, sino en base a la malévola condición de género del victimario, de si éste es un hombre o una mujer, aplicándose una pena mayor o menor en consecuencia. 

Centrándonos estrictamente en la hipotética mentalidad machista de un hombre, habría que analizar la influencia que han ejercido los valores de las diferentes esferas sociales donde se ha relacionado y se relaciona, algo que va desde el ámbito institucional hasta la alcoba. Pero el nivel de machismo –o de racismo– es algo que varía según el lugar en el que se cría el sujeto, dependiendo también del resto de influencias sociales, como la familia y las amistades. Tampoco debemos olvidar que estos valores, incluso en periodos donde son dominantes y casi incuestionables, pueden ser asimilados o repudiados según la personalidad que ha ido construyendo, de otra manera hablaríamos de sujetos pasivos.  

«¿Pero si no vamos a ir en contra de la corriente popular de tonterías momentáneas, ¿qué demonios es nuestro trabajo?». (Friedrich Engels; Carta a Laura Lafargue, 4 de febrero de 1889)

El sexismo es un elemento superestructural que también se ha nutrido de otros componentes de la cultura –especialmente de la religiosa–, que hacen que el mismo sujeto considere que esta es la forma natural de relación entre los dos sexos dado su carácter normalizado hasta el punto que cualquier desviación o reinterpretación de estas relaciones son consideradas por un amplísimo sector social como una subversión de un «orden superior», natural o divino. Debemos entender que el sexismo puede ser transmitido indistintamente por todos los sujetos sociales –hombres y mujeres–, especialmente en el núcleo familiar, en donde individualmente asistimos, por primera vez, al reparto del desempeño social. Allí se nos determina qué cosas son socialmente aceptables y esperables de cada sujeto en relación a su condición sexual, sin olvidar el rol vertebrador que ejercen las escuelas. 

El hombre bien puede ser hembrista, y la mujer machista, esto tampoco es un imposible, y es algo que, generalmente, nace de un acomplejamiento debido a la intervención de factores antes expuestos. Un hombre bien puede sentir vergüenza de la actitud machista de sus congéneres, lo que, sumado a su necesidad de buscar validación en su entorno social femenino, hace el resto –y para ello realizará todo tipo de exorcismos para convencer a su grupo «feminizado» de que él es «diferente»–. Del mismo modo, la mujer puede sentir un desdén por su núcleo social femenino –por sus defectos–, mientras –en cambio– desarrolla una cada vez mayor comodidad y admiración dentro de sus modelos y lazos sociales masculinos, algo que bien puede derivar con el tiempo en una mentalidad machista hacia las mujeres –sin que ni siquiera eso tenga que significar infravalorarse a sí misma–. Que en ambos casos ficticios –pero tan cotidianos– nuestros personajes deriven luego en una misandria y una misoginia no sería descartable.

La misoginia, propiamente, es la aversión u odio a las mujeres, como ya hemos dicho. Esto no consiste en ser simplemente partidario del predominio del hombre sobre la mujer, como ocurre con el machismo, sino en posiciones más extremas, como que el hombre desea liberarse de cualquier tipo de cooperación o coexistencia con el género femenino, ya que lo considera perjudicial, repugnante o peligroso. Para el misógino, la mujer y el concepto de formar una familia con ella es considerado, en el mejor de los casos, como un castigo, y es algo que debe ser rechazado siempre que sea posible. En otros, es aceptado como un mal necesario impuesto por la norma social, de ahí su poca dedicación a la vida familiar con su cónyuge. 

Tenemos que explicar todo esto porque muchas veces las feministas, aunque no pueden llevar a ignorar todos estos casos hacen la oportuna distinción entre cuando un hombre es machista –según ellas, por su «esencia opresora» como hombre– y cuando una mujer es machista –según ellas por que vive «alineada» y engañada–. Descartando así de golpe y plumazo cualquier tipo de voluntad o capacidad de razonamiento de dichos individuos en ninguno de los dos ejemplos, siendo presas de un doble rasero muy ridículo. Para ellas el factor social o la presión ideológica es el pretexto para exculpar a la mujer de toda responsabilidad: la mujer que jalea y vota a los grupos conservadores es una «pobre alienada engañada» pero «por culpa del patriarcado», pero en el caso del hombre su conservadurismo político o moral es la prueba inequívoca de «su colaboración en todo el entramado que oprime a las mujeres», de su «inclinación reaccionaria por naturaleza». Es más, hay feministas que la única concesión que hacen al hombre es reconocer que existen algunos que «en el fondo les gustaría dejar de ser como son», pero «como ocurre la mayoría de ellos, «son cobardes y no tienen salvación» por lo que seguirían siendo machistas hasta el Día del Juicio Final. ¿Ya entiende el lector cómo va la película? El feminismo trata a las mujeres como niñas inconscientes y a los hombres como cavernícolas irracionales. Pero, por supuesto, este tipo de comentarios suyos no denotan un hembrismo o misandria latente, son nuestras «gafas de visión hetero-patriarcal» las que distorsionan la realidad. 

La evolución histórica de la familia y las relaciones sociales

¿Es la primera vez que vemos a la mujer incorporarse a la producción? Para nada. Bastaría recordar que, en distintas etapas de la historia, la mujer ya trabajaba, incluso se ocupaba de las labores físicas más duras, como ocurría en algunas partes del mundo durante la Edad Moderna, sin olvidar las labores domésticas y sufriendo una desconsideración social importante frente al hombre, sobre todo desde el momento en que en la Baja Edad Media se eliminó la doble ascendencia. Véase la obra de Ernst Hinrichs: «Introducción a la Edad Moderna» de 2012.

Vamos incluso más atrás en el tiempo. Friedrich Engels ya señalaba en el siglo XIX que los estudios recientes demostraban que, en otra etapa histórica las sociedades matriarcales de bajo desarrollo de fuerzas productivas, la mujer, aunque no tuviese a su cargo grandes labores de trabajo superiores al hombre, era reconocida con un status superior a este por otros motivos –obviamente esto solo podía pasar en economías de bajos excedentes–. Con estos dos ejemplos el lector debe hacerse una idea de los cambios socio-económicos que se han producido a lo largo de la historia, así como en la división del trabajo entre los sexos:

«El hogar [del comunismo primitivo] significa predominio de la mujer en la casa, lo mismo que el reconocimiento exclusivo de una madre propia, en la imposibilidad de conocer con certidumbre al verdadero padre, significa profunda estimación de las mujeres, es decir, de las madres. Una de las ideas más absurdas que nos ha transmitido la filosofía del siglo XVIII es la opinión de que en el origen de la sociedad la mujer fue la esclava del hombre. Entre todos los salvajes y en todas las tribus que se encuentran en los estadios inferior, medio y, en parte, hasta superior de la barbarie, la mujer no sólo es libre, sino que está muy considerada. Arthur Wright, que fue durante muchos años misionero entre los iroqueses-senekas, puede atestiguar cual es aún esta situación de la mujer en el matrimonio sindiásmico. (…) La división del trabajo entre los dos sexos depende de otras causas que nada tienen que ver con la posición de la mujer en la sociedad. Pueblos en los cuales las mujeres se ven obligadas mucho más de lo que, según nuestras ideas, les corresponde, tienen a menudo mucha más consideración real hacia ellas que nuestros europeos». (Friedrich Engels; El origen del Estado, la propiedad privada y la familia, 1884) 

Hemos de comprender lo complejo que es el desarrollo humano en cada estadio. El desarrollo histórico no es una línea recta sin más, sino que, dependiendo de la región y sus características, podemos encontrarnos con situaciones muy dispares incluso en una misma época.

La extensión de las fuerzas productivas y las exigencias del modo de producción quebraron en esta época el viejo rol asignado a la mujer en Europa como mera ama de casa –auspiciada sobre todo por el amplio poder de la Iglesia de siglos anteriores–. Se activó la incorporación masiva de la mujer al trabajo, y con ello, un despegue real de su autonomía política, económica y cultural. 

«En el tipo de familia a que estamos acostumbrados, es el marido el que gana el sustento, el que mantiene a la mujer y a los hijos. La mujer, por su parte, se ocupa de los quehaceres domésticos y de criar a los hijos como le parece. Pero, desde hace un siglo, esta forma corriente de familia ha experimentado una destrucción progresiva en todos los países del mundo. (...) Las costumbres y la moral familiar se forman simultáneamente como consecuencia de las condiciones generales de la vida que rodea a la familia». (Alejandra Kollontai; El comunismo y la familia, 1918)

«En medida que la producción capitalista se desarrolla; [la mujer] invade el campo de las profesiones liberales medicina, derecho, literatura, periodismo, ciencias, etc. cuyo monopolio se había reservado el hombre, de manera que se lo imaginaba eterno. Los obreros, como siempre, han sido los primeros en extraer consecuencias lógicas de la participación de la mujer en la producción social, han remplazado el ideal del artesano la mujer, exclusivamente limpiadora del hogar por un nuevo ideal, la mujer, compañera de sus luchas económicas y políticas por el aumento de salarios y la emancipación del trabajo». (Paul Lafargue; La cuestión de la mujer, 1904) 

Lo extraño es que muchos de los marxistas que dicen apostar por la mentira según la que hoy vivimos en un patriarcado, no parecen haber leído la obra más famosa de Marx y Engels, que dice así:

«Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus «superiores naturales» las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel «pago al contado». Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. (...) La burguesía ha desgarrado el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, y las ha reducido a simples relaciones de dinero. (...) La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. (...) El proletariado no tiene propiedad; sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen nada de común con las relaciones familiares burguesas». (Karl Marx y Friedrich Engels; El manifiesto comunista, 1848)

Este último «detalle» es también sumamente ignorado: la diferencia en la concepción familiar e ideológica entre las clases altas y bajas. Esta ha sido una diferencia cultural importantísima en todas las sociedades de clases. En la Edad Media, la realeza, la nobleza y el clero no tenía la misma moral, costumbres ni aspiraciones que el artesano, el siervo campesino o el esclavo. Si observamos los registros que nos legan los documentos históricos –como cartas privadas y manuscritos públicos–, tras la configuración paulatina de la burguesía como clase social, precisamente se da una diferenciación entre su concepción amorosa y la de la nobleza dominante. La lucha por satisfacer sentimientos individuales y el anhelo por el amor correspondido y no interesado toman una fuerza enorme. Esto no quita, por supuesto, que, con el tiempo, muchos burgueses aspirasen a «ennoblecerse», esto es, adoptar por imitación y esfuerzo el estatus jurídico –títulos– y cultural –moral– de la vieja nobleza de sangre. Por tanto, cuando la burguesía recogió el poder siglos más tarde, su concepción revolucionaria se marchitó pronto. Así, por lo general, adoptaba un híbrido, ora la ideología patriarcal de la nobleza, ora centrándose en las concepciones de lo que Marx y Engels llamaron el «frío cálculo económico», lo cual no excluía que, efectivamente se dieran modelos más progresistas, pero siendo siempre la excepción y no la regla. Véase la obra de Mijail Bajtin: «La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento» de 1965.

¿Por qué, más allá de alteraciones, es necesario para el burgués su concepto particular de familia? Porque es la columna vertebral de su patrimonio económico, de su lucro, de lo que le hace ser como es y de lo que se le exige que sea –entre sus iguales–:

«El burgués considera las instituciones de su régimen como el judío considera la ley; las transgrede todo lo que le sea posible, en cada caso particular, pero quiere que todos los demás se sometan. Si todos los burgueses transgredieran en masa y de un sólo golpe las instituciones de la burguesía, dejarían de ser burgueses, conducta que no les viene naturalmente al espíritu y no depende de ninguna manera de su voluntad. El burgués libertino transgrede el matrimonio y comete un adulterio de forma clandestina; el mercader transgrede la institución de la propiedad privando a los demás de su propiedad por medio de la especulación, la bancarrota, etc.; el joven burgués se vuelve independiente de su propia familia, cuando puede; disuelve prácticamente por su cuenta la familia; pero el matrimonio, la propiedad privada, la familia, permanecen históricamente intactos, puesto que, en la práctica, tienen el fundamento sobre el que la burguesía ha erigido su dominación, puesto que, en su forma burguesa, tienen las condiciones que hacen de un burgués un burgués». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

Entonces, debe comprenderse de una vez que:

«Esta relación del burgués con sus condiciones de existencia encuentra su expresión general en la moral burguesa. (...) La burguesía da históricamente a la familia el carácter de familia burguesa, cuyos lazos son el aburrimiento y el dinero, y que comprende también la descomposición burguesa de la familia, durante la cual la familia misma continúa existiendo. A su embarrada existencia corresponde también una concepción sagrada, en la fraseología oficial y en la hipocresía general. (…) En el siglo XVIII, la idea de familia fue disuelta por los golpes de los filósofos, porque la familia real, en el grado superior de la civilización, empezaba a disolverse ya. Lo que se disolvía, era el interior de la familia; la obediencia, el amor, la fidelidad conyugal, etc.; pero el cuerpo real de la familia, las condiciones de fortuna, la actitud exclusiva de cara a las otras familias, la cohabitación forzada, las condiciones creadas por la existencia de los niños, la construcción de ciudades modernas, la formación de capital, etc. permanecerán, a pesar de que sean perturbadas, puesto que la existencia de la familia se ha vuelto necesaria por su conexión con el modo de producción independiente de la voluntad de la sociedad burguesa. Esta necesidad se manifiesta de la forma más chocante en la Revolución francesa donde la familia, por un instante, fue por así decirlo abolida por la ley. La familia continúa existiendo sin embargo en el siglo XIX, pero esta diferencia de su descomposición se ha vuelto más general, no a causa de la ideología, sino a consecuencia del desarrollo de la industria y de la competencia; continúa existiendo, a pesar de que su descomposición haya sido proclamada desde hace tiempo por los socialistas franceses e ingleses». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

Pero como antítesis del modelo burgués aparece el modelo proletario de familia. Este último recoge la bandera del progreso en cuanto a concepción de los lazos familiares y del amor, que también son, en parte y salvando las distancias, las mejores y más humanas concepciones de algunas comunidades campesinas de siglos pasados. 

«Atar a la mujer a la casa, colocar en primer plano los intereses familiares, propagar la idea de los derechos de la propiedad absoluta de un esposo sobre su mujer, son actos que violan el principio fundamental de la ideología de la clase obrera, que destruyen la solidaridad y el compañerismo y que rompen las cadenas que unen a todo el proletariado. (...) Una mayor libertad en la unión entre los sexos, una menor consolidación de sus relaciones sexuales concuerda totalmente con las tareas fundamentales de esta clase social, y hasta podemos decir que se derivan directamente de estas tareas. Lo mismo sucede con la negación del concepto de subordinación en el matrimonio que rompe los últimos lazos artificiales de la familia burguesa. Todo lo contrario sucede en la clase proletaria. El factor de la subordinación de un miembro de esta clase social a otro al igual que el concepto de posesividad en las relaciones, tiene efectos nocivos sobre la mente del proletariado. A los intereses de la clase revolucionaria no les conviene en modo alguno «atar» a uno de sus miembros, puesto que a cada uno de sus representantes independientes le incumbe ante todo el deber de servir a los intereses de su clase y no los de una célula familiar aislada. El deber del miembro de la sociedad proletaria es ante todo contribuir al triunfo de los intereses de su clase, por ejemplo, actuando en las huelgas, participando en todo momento en la lucha. La moral con que la clase trabajadora juzga todos estos actos caracteriza con perfecta claridad la base de la nueva moral proletaria». (Alejandra Kollontai; Las relaciones sexuales y la lucha de clases, 1911)

De aquí se concluye, pues, que ya dentro de la sociedad capitalista se va formando el nuevo concepto de unión familiar, conyugal y paterno-filial:

«¿Es la reeducación radical de nuestra psicología y nuestro enfoque de las relaciones sexuales algo tan improbable, tan alejado de la realidad? ¿No podríamos decir que, por el contrario, mientras que grandes cambios sociales y económicos están en curso, las condiciones que se están creando demandan y dan lugar a un nuevo fundamento para la experiencia psicológica que está en consonancia con lo que hemos estado hablando? Ya en nuestra sociedad avanza un nuevo grupo social que intenta ocupar el primer puesto y dejar de lado a la burguesía, con su ideología de clase y su código de moral sexual individualista. Esta clase ascendente, de vanguardia, lleva necesariamente en su seno los gérmenes de nuevas orientaciones entre los sexos, relaciones que forzosamente han de estar estrechamente unidas a sus objetivos sociales de clase. (...) ¡Como si una ideología, sea del género que fuere, no se formase hasta que se hubiera producido la transformación de las relaciones socioeconómicas necesarias para asegurar el dominio de la clase de que se trate! La experiencia de la historia enseña que la elaboración de la ideología de un grupo social, y consecuentemente de la moral sexual también, se realiza durante el proceso mismo de la lucha de este grupo contra las fuerzas sociales adversas». (Alejandra Kollontai; Las relaciones sexuales y la lucha de clases, 1911)

¿Significa que la clase obrera esté libre de toda concepción familiar reaccionaria? No, como en otros campos, la espontaneidad de la clase obrera bien le puede jugar una mala pasada. A menor nivel cultural y político, mayor es la posibilidad de que la clase obrera incurra o reproduzca modelos familiares regresivos. También podemos señalar aspectos análogos entre el padre burgués y el padre obrero respecto a la relación con sus hijos. Si el primero trata que su vástago se haga con el manejo de los negocios o cree otros buenamente productivos para el «honor» del «linaje familiar» –he aquí una reminiscencia muy caballeresca–, el segundo, por las propias condiciones del trabajo, se ve obligado a azuzar a su prole para traer un jornal más a casa. La diferencia es que, en el primer caso, lo que mueve a uno es el individualismo y la hipocresía del «qué dirán», en el segundo, la propia necesidad, la desesperación familiar. Por el contrario, tenemos casos variados en ambos campos. Está el burgués que mima a su hijo, que asume sin problemas que es –y será toda la vida– un bohemio o un lumpen sin oficio ni beneficio, aquel que ha decidido que dilapidará gran parte de la herencia familiar simplemente porque puede, cosa que al padre no le preocupa demasiado porque siempre podrá reponer las pérdidas y travesuras del «niño». También está el obrero que logra por fin una vida más o menos holgada y desarrolla pensamientos muy poco beneficiosos para su propio hijo, dado que él ha pasado «necesidad», malacostumbra a este a una vida fácil de holgazanería solo porque no quiere verle «sufrir», convirtiéndole en un nuevo «marqués», algo que, lejos de ayudarle, le lastrará en el mundo laboral y en su vida personal. 

Sobre los defectos que puede desarrollar la clase obrera, anotaremos otra soberana obviedad solo para contentar a los más picajosos: la clase obrera tampoco está libre de emular –por admiración y/o alienación– los métodos del burgués en el trato a su mujer e hijos. Pero por sus propias condiciones económicas no puede permitirse el lujo de tal modo de vida, la tendencia dicta todo lo contrario. Dicho de otra forma, puede ir a contracorriente, pero tiene más que perder que por ganar. Engels hablaba así de los obreros alienados por el alcoholismo y la prostitución:

«Su menosprecio de todos los placeres más humanos, que es incapaz de disfrutar debido precisamente a su rudeza, su desaseo y su pobreza, son otras tantas razones que favorecen el alcoholismo; la tentación es demasiado fuerte él no puede resistir. (...) Hay también otras causas que debilitan la salud de un gran número de trabajadores. En primer lugar, la bebida. Todas las seducciones, todas las tentaciones posibles se unen para arrastrar a los trabajadores al alcoholismo. Para ellos, el aguardiente es casi la única fuente de alegría, y todo contribuye a ponérselo al alcance de la mano. (...) Cuando los hombres son colocados en una situación que no puede satisfacer más que a un animal no les queda sino revolverse o transformarse en animales. Los burgueses tienen menos derechos que los otros humanos a reprochar a los obreros los excesos sexuales, porque los mismos burgueses contribuyen al desenvolvimiento de la prostitución». (Friedrich Engels; Sobre la situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845)

Es más, y para ir finalizando sobre este punto, ¿no es cierto que algunos elementos de la clase burguesa u otras capas aburguesadas intentan adoptar el modelo de unión familiar de la clase obrera? Cierto, pero por sus propias características no pueden sino adoptarlo con alteraciones, puesto que sus intereses económicos y sociales son otros. Pero sea como fuere, es otro elemento que va erosionando el concepto social burgués dominante:

«Esto no quiere decir, en modo alguno, que las otras clases y capas de la sociedad, principalmente la de los intelectuales burgueses, que es la clase que por las condiciones de su existencia social se encuentra más cerca de la clase obrera, no se apoderen de estos elementos nuevos que el proletariado crea y desenvuelve. La burguesía, impulsada por el deseo instintivo de inyectar vida nueva a las formas agonizantes de la suya, y ante la impotencia de sus diversas formas de relaciones sexuales, aprende a toda prisa las formas nuevas que la clase obrera lleva consigo. Pero, desgraciadamente, ni los ideales, ni él código de moral sexual elaborados de un modo gradual por el proletariado corresponden a la esencia moral de las exigencias burguesas de clase. Por tanto, mientras la moral sexual, nacida de las necesidades de la clase obrera, se convierte para esta clase en un instrumento nuevo de lucha social, los «modernismos» de segunda mano que de esa moral deduce la burguesía, no hacen más que destruir de un modo definitivo las bases de su superioridad social. El intento de los intelectuales burgueses de sustituir el matrimonio indisoluble por los lazos más libres, más fácilmente desligables del matrimonio civil, conmueve las bases de la estabilidad social de la burguesía, bases que no pueden ser otras que la familia monógama cimentada en el concepto de propiedad». (Alejandra Kollontai; Las relaciones sexuales y la lucha de clases, 1911)

Todos entendemos a qué «modernismos» se refiere Kollontai. Hoy serían las teorías «empoderantes» del feminismo pequeño burgués que venden a las mujeres que son más libres cuantas más relaciones sexuales mantengan; que practicar el desapego emocional con los hombres es el súmmum de la evolución en relaciones sociales; o que deben practicar el «ascetismo heterosexual» para no traicionar a las camaradas en la lucha contra el patriarcado.

De nuevo, estas alternativas al modelo burgués clásico muchas veces no son sino desatinos igualmente reaccionarios o utópicos, lo mismo ocurre con los modelos alternativos a la educación burguesa más tradicional.

El desarrollo histórico brinda a la mujer el camino hacia su autonomía

El desarrollo hasta sus últimas consecuencias del capitalismo arrastró, a la fuerza, a las mujeres, que se tuvieron que poner en pie para reivindicar una serie de derechos laborales, culturales y políticos, algo que Engels también intuyó a la perfección:

«La emancipación de la mujer no se hace posible sino cuando ésta puede participar en gran escala, en escala social, en la producción y el trabajo doméstico no le ocupa sino un tiempo insignificante. Esta condición sólo puede realizarse con la gran industria moderna, que no solamente permite el trabajo de la mujer en vasta escala, sino que hasta lo exige y tiende más y más a transformar el trabajo doméstico privado en una industria pública». (Friedrich Engels; El origen del Estado, la propiedad privada y la familia, 1884)

Pero algunos se preguntarán, ¿cómo es posible que el capitalismo marcase los pasos de la propia autonomía de la mujer si en sus entrañas hereda el pensamiento patriarcal feudal, aunque bajo nuevas condiciones? Esto no es de extrañar, pues son las mismas contradicciones que existen en otros campos. Así, ocurre, por ejemplo, con la extensión y explotación descontrolada de los recursos naturales donde la concentración de capital genera –temporalmente– grandes beneficios a unos pocos capitalistas y demanda de trabajo para los proletarios, mientras que en momentos de crisis, causa la destrucción de las fuerzas productivas, el desempleo y la proletarización de los pequeño burgueses, etc., rasgos que evidencian que el capitalismo, por su propia evolución, no da más de sí como sistema de producción, sino que la sociedad exige un sistema productivo colectivo y planificado como es el socialismo marxista, uno que no desperdicie las fuerzas productivas, que use racionalmente los recursos del planeta, que elimine totalmente la discriminación por razones de etnia, sexo y demás, en definitiva, que permita el libre acceso al desarrollo de las capacidades físicas y mentales de todo el mundo. 

Por poner otro ejemplo de estas contradicciones que guarda en su seno el capitalismo, en la cuestión de la emancipación de la mujer y las propias condiciones materiales que va creando el capitalismo es la misma contradicción que surge entre el desarrollo del capitalismo, la exigencia productiva y sus mismas necesidades educativas, la cual deriva en poner el andamiaje de lo que deberá ser en el futuro la educación socialista:

«La sociedad burguesa misma reconoce una parte de estos males al facilitar la educación de la juventud introduciendo la gratuidad de la enseñanza y concediendo de vez en cuando, gratuitamente, los materiales escolares, dos casos que, todavía a mediados de los años 80, el entonces ministro de educación de Sajonia calificaba de «exigencias socialdemócratas». En Francia, donde, después de un largo abandono, la educación popular ha hecho grandes progresos, se ha ido todavía más lejos, al menos en París, y se les da comida a los niños a costa del ayuntamiento. (…) La sociedad burguesa no puede negar esta miseria y, por eso, se reúnen almas caritativas para fundar establecimientos donde se dan desayunos y cenas a fin de satisfacer en cierto modo por medio de la beneficencia lo que es un deber de la sociedad. Todo esto es insuficiente y se concede como un favor, cuando debiera ser un derecho». (August Bebel; La mujer y el socialismo, 1879)

Esto no significa, claro está, que la burguesía pese haber introducido tales medidas se guarde de hacer suculentos negocios con el acceso universal a la educación o la sanidad, algo que ocurre tanto con la gestión pública como privada:

«He aquí uno de los problemas: aunque hipotéticamente haya un aumento progresivo de los presupuestos y también de los gastos destinados en [educación o sanidad] pública, puede que estos no necesariamente estén cubriendo debidamente las demandas de la población, como efectivamente ha sucedido, en especial gracias a la contratación de agentes privados por la pública. (...) No hay inversión suficiente como para que la pública pueda contratar el necesario personal, de mantenimiento y administrativo, así como adquirir lo más avanzado [tecnológicamente hablando]. (...) En consecuencia, el nivel de la [educación o sanidad] se va degradando poco a poco. ¿A quién beneficia tal degradación? Que el lector juzgue por sí mismo. (…) Debe entenderse, primero, que con el sistema público, el gobierno –conformado por la burguesía o representantes de la misma– ha gestionado históricamente un servicio nacional que satisface una demanda social básica que ha sido conquistada ya en la mayoría de Estados democrático-burgueses de todo el planeta. La razón principal de la creación y extensión de este sector se debe, por un lado, a las luchas obreras, pero, ante todo, a que la burguesía acabó dándose cuenta de que debía [formar o reparar] la mano de obra en condiciones mínimamente decentes para su correcto funcionamiento. Con este sector estatal, la burguesía gestiona los medios de producción –lo que no elimina su competencia, ni el nepotismo, ni las concesiones y negocios con otras empresas privada para la provisión de los centros de salud de todo tipo–, pero cuando estos centros se privatizan, los capitalistas concretos que adquieren su gestión se ven obligados a defender su parcela con mayor celo, ya que no es una gestión colectiva, sino privada en el sentido más estricto. Esto, a su vez, no significa que no necesite de contratos con el gobierno o sus empresas públicas para abastecerse u obtener transporte de pacientes y recursos, por ejemplo». (Equipo de Bitácora (M-L); Algunas consideraciones sobre el COVID-19 [Coronavirus], 2020)

El desatino aquí puede parecer que un ignorante en historia no puede entender al completo el presente de su sociedad porque desconoce la evolución precedente. Pero muchas veces no es que desconozca «de dónde venimos y hacia dónde vamos», ¡sino que ni siquiera conoce los rasgos fundamentales de la sociedad que habita!

El capitalismo no depende necesariamente del «patriarcado», el «racismo» o la «homofobia»

Hoy día, partiendo del fenómeno de fenómenos como la violencia entre parejas, el feminismo insiste fútilmente en que:

«Podemos Andalucía ha criticado el «juego de palabras» que, a su juicio, hace la derecha con la intención de «invisibilizar la violencia estructural que sufren las mujeres en este país». (Europa Press; Podemos censura «juegos de palabras» de la derecha «para invisibilizar la violencia estructural que sufren las mujeres», 11 de marzo de 2019)

Si, como dicen ellos, la violencia machista es estructural, y por tanto existe toda una estructura patriarcal, ¿cómo se va a utilizar ese mismo sistema para revertir la situación? Es un contrasentido. 

Los trotskistas argentinos nos dicen:

«Como señala Andrea D’Atri «paradójicamente, en el acto de exigir el reconocimiento de estas formas de violencia por parte del sistema penal, se obtuvo un resultado inverso al que se buscaba. Porque, aunque la tipificación de estas conductas como delitos permitió que sean visibilizados los padecimientos de las mujeres, el sistema penal funciona mediante la atribución de responsabilidades individuales en la causación de daños», culpando a una persona, pero no al sistema». (Izquierda Diario; La violencia machista: un problema estructural del sistema capitalista y patriarcal, 2016)

Por supuesto, el sistema de derecho burgués no va a reconocer nunca que los delitos que suceden en su sociedad son paridos por ella, ese nunca ha sido su cometido, pero vayamos más allá. ¿Acaso el robo, el asesinato, la violencia o la violación son problemas exclusivos del capitalismo? ¿Se necesita un sistema patriarcal para que esto ocurra? ¿Existe el latrocinio, la envidia, el alcoholismo, la usura o la prostitución desde que existe el capitalismo? Como sabemos, más bien son inherentes a las sociedades dividas en clases, entre explotados y explotadores, mientras que otros son emociones y expresiones del género humano, o al menos, de sus peores vicios. Dado que no somos utópicos, tenemos en mente que es muy posible que incluso en una sociedad sin clases no se pueda exterminar del todo ciertas manifestaciones de este tipo, que será posible que, aunque de forma más aislada, sigan ocurriendo, pero ese es ya otro tema, y dado que la futurología no es nuestro cometido lo dejaremos por el momento unas bellas conclusiones que de momento nos sirven:

«Evidentemente, no somos utópicos. No pretendemos extirpar el mal por y para siempre de la faz de la tierra. Les daremos una mala noticia a nuestros adversarios idealistas: el mal, reine el sistema que reine, seguirá existiendo hasta el último aliento de la humanidad. Solo cabe reducirlo a su mínima expresión, tampoco aspiramos a reformar el alma del ser humano, sino a transformarla de raíz. ¿Qué se debe hacer para ello? Para empezar, constituir un régimen social en el que se dé un desarrollo armónico y sin diferencias de clase, que potencie las virtudes y comprenda los defectos del ser humano para paliarlos al máximo. Si se quiere decir de otra forma –para contentar a los románticos–, debemos aspirar al ideal de sociedad más maravillosamente utópica, pero partiendo de la realidad y comprendiendo qué se puede hacer y qué no en cada momento. Negar, en base a la actual situación, la legítima aspiración a un sistema cualitativamente superior, supone ignorar las experiencias históricas donde los revolucionarios atravesaron todo tipo de obstáculos impensables». (Equipo de Bitácora (M-L); La cuestión educativa, el feminismo, y el clásico discurso liberal de la «izquierda», 2021) 

Ahora, hay que tener una cosa muy clara: la propia evolución del capitalismo ha demostrado que rompe precisamente esa idea de «sistema patriarcal» como el que algunas feministas tienen en la cabeza. Así que no, el problema fundamental no es «la alianza patriarcado y capitalismo» como rezan los carteles feministas, puesto que el primero no existe ya en lo fundamental y el segundo bien puede prescindir del primero para sobrevivir, como demostró no necesitar de leyes de segregación racial o leyes homófobas. Sobre esto último ya lo comentamos recientemente. Véase el capítulo: «La «izquierda» retrógrada y la «izquierda» posmoderna frente al colectivo LGTB» de 2020.

«¿Pero por qué los planteamientos del movimiento LGTB [o feminista] son erróneos de base? Por la misma razón que la de los otros movimientos: anteponen la orientación sexual o la identidad de género a la cuestión de clase. Si los marxistas condenan las teorías de los nacionalistas o a los grupos antirracistas por anteponer la nación o la raza a la clase, y critican las soluciones erradas en sus temas fetiche, ¿cómo no iban a hacer lo mismo en la cuestión LGTB [o con las feministas]? (...) ¿Acaso que el número de hombres heterosexuales en el Ibex35 este año sea predominante, automáticamente genera por extensión una renta de privilegios entre el proletariado heterosexual? ¿Acaso si todos los integrantes del FMI fuesen mujeres iba a cambiar algo la situación económica de las mujeres a nivel global? ¿No existen mujeres heterosexuales, como la presidenta Christine Lagarde, que toman todos los días medidas que han perjudicado tanto a hombres como a mujeres en todas las partes del globo? August Bebel, uno de los mayores expertos de su época en la cuestión de género, ya desmontó varias de las ideas feministas que hoy resuenan como el llamado «techo de cristal» y la «sororidad» entre mujeres de cualquier clase. (...) Uno debe preguntarse, como ya muchos hacen, que, si el feminismo es una necesidad con evidencias aplastantes en España, si «la revolución será feminista o no será», como juran algunos, ¿cómo es posible que esta «revolución» sea publicitada por los principales partidos, organismos y figuras del sistema capitalista? ¿Qué tipo de «revolución» es esta que es aplaudida por el mismo sistema que se pretende «derrocar bajo el feminismo»? Lo mismo cabe decir del movimiento LGTB. Esto no quiere decir, como hacen grupos como RC y la ultraderecha, que «todo se trata de un plan de Soros y Coca-Cola» y que el fin es «homosexualizar a la población» para «frenar la natalidad», como dicen los conspiranoicos… sino que, simple y llanamente, el feminismo, el ecologismo o el movimiento LGTB han sido absorbidos por los partidos tradicionales, porque sus lineamientos son perfectamente conjugables con la sociedad y los valores de la democracia burguesa moderna y, en ocasiones, se deforman sus peticiones más cabales para beneficiar las aspiraciones del capital, desviando la atención del problema principal. (...) A la burguesía no le perjudican estos movimientos, ha llegado a un punto en que puede adaptarse a ellos, e incluso los maneja para sus objetivos como clase». (Equipo de Bitácora (M-L); Antología sobre Reconstrucción Comunista y su podredumbre oportunista, 2020) 

En suma, uno debe entender que:

«Para los capitalistas solo hay un mercado basado en la oferta y demanda de trabajadores, solo hay números, posibles beneficios en contratar o utilizar a este o aquel. Por ello facilitan una cierta formación [hacia hombres y mujeres] cuando necesitan una determinada técnica y siempre bajo unos lineamientos ideológicos que no permitan al sujeto pensar demasiado, pero nada más. Mientras que los trabajadores, a ojos de sus patronos, no son tomados como personas en su integridad ni «existen motivos» para facilitar su desarrollo cognitivo, su salud física, sus aspiraciones laborales o sus anhelos emocionales, pues la burguesía ha aprendido que una inversión así les reportaría pérdidas o, si más no, que no todo retribuiría completamente en favor de su bolsillo. Por eso los proletarios son tratados como otras máquinas que requieren lo justo y necesario, para que, llegado el momento en que dejen de funcionar y dejen de ser rentables, puedan ser fácilmente sustituidos por un modelo más joven y actualizado». (Equipo de Bitácora (M-L); Antología sobre Reconstrucción Comunista y su podredumbre oportunista, 2020) 

El patriarcado hace tiempo que se esfumó

«El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción. (...) Lo que caracteriza, sobre todo, a esta familia no es la poligamia, de la cual hablaremos luego, sino la «organización de cierto número de individuos, libres y no libres, en una familia sometida al poder paterno del jefe de ésta». (Friedrich Engels; El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884)

No vivimos en un «sistema patriarcal» como el descrito en la Biblia, como el de la época romana o la etapa medieval. El padre no tiene derecho sobre la vida y muerte de sus hijos, como en las leyes de Augusto, los padres no tienen la posibilidad legal ni se apoyan en el «derecho consuetudinario» –de costumbre– para casar a sus hijas en contra de su voluntad no existe el «derecho de pernada», no se puede exigir según las «santas escrituras» que la mujer cumpla con sus «obligaciones maritales», etc. Hablar de «patriarcado» comparándolo con estas edades de la historia es poco menos que una patada a los libros de historia y derecho. 

Recordemos al lector lo que sí era una sociedad moldeada por los ejes ideológicos, económicos y culturales del patriarcado:

«En el mundo de la postguerra española, el papel de la mujer, previamente establecido y cerrado en sí mismo, estaba siempre en relación al modelo social y político de la familia, en ella nacían y morían, les proporcionaba identidad y referencialidad. El patriarcado fue entendido desde el primer momento por la maquinaria franquista como una institución cuyos postulados podían rentabilizarse: en el ámbito económico, recluir a las mujeres en su casa, recuperar al «ángel del hogar», era una solución de urgencia para aliviar la presión del paro, desde el ámbito familiar, dotar a la maternidad de cualidades místicas era una maniobra útil para elevar el potencial demográfico y, con ello, «el glorioso pasado español». (...) La legitimación de la obediencia al esposo en la que reposaba, en última instancia, la estabilidad política. (...) Ser madre y esposa constituía la esencia de la feminidad, «el orden natural de las cosas», lo inevitable» frente a las solteronas, dignas de lástima, esas mujeres «castradas» que no habían logrado consumar su feminidad. (...) Ahora bien, a esta ideología excluyente, que no contempla otro destino para la mujer que «ser» en función de otros, esposa y madre, debemos incorporar otra faceta, los condicionamientos socioeconómicos que coadyuvaron a las mujeres de los colectivos más desfavorecidos al matrimonio como una forma de realización de su destino social y cultural, pero fundamentalmente como medio de supervivencia. (...) La obsesión enfermiza de la Iglesia Católica por el control de las relaciones sexuales y la conservación de la virginidad –de las mujeres– hasta el matrimonio se fundamentaba también, amén de una interpretación muy particular de los dictámenes divinos, en una doble utilidad: la del Estado, que establecía a través del matrimonio el control de la familia y la comunidad y que vehiculizaba a través de la vigilia permanente sobre el cuerpo femenino el dominio de la descendencia adscrita al patriarca, un juego de intereses creados donde no bastaba con adoctrinar a la juventud con discursos paternalistas sobre la benevolencia del amor espiritual, de la entrega desinteresada, del amor único y verdadero, era necesario la alienación, la interiorización, la naturalización a través de la amenaza. (...) La ficción narrativa es un recurso eficaz para descifrar las diferencias culturales y sociales que experimentan hombres y mujeres (...) Crearon un mundo social en y para la feminidad, donde la mujer era la protagonista, entre pares –las amigas–, con el mundo comercial –ir de compras y comprar se convirtió en una labor de la «nueva» mujer– y la ayuda social. Y, por otro, con la idea de que el matrimonio era un mundo lleno de posibilidades para la mujer, un lugar que «bien» explotado le proporcionaría todo un conjunto de realidades maravillosas». (Matilde Peinado Rodríguez; «Las mujercitas» del franquismo»: cómo enseñar y aprender un modelo de feminidad (1936-1960), 2016)

En el verdadero patriarcado:

«Era simplemente cierto que los hombres gobernaban a las mujeres y así el patriarcado la regla de los padres existía de forma literal, como lo hace hoy en algunas partes del mundo. Las mujeres no tienen derecho a la autonomía o a la autoridad, a poseer bienes o a controlar sus propios movimientos y actividades sin el consentimiento de su esposo. No podían votar o acceder a la mayoría de los puestos de poder o profesiones». (Helen Pluckrose; Cómo saber si vivimos en un patriarcado, 2017) 

¿Qué tiene que ver todo esto con la situación actual de la mujer? Nada. Esto lo decimos referido a España, pero podemos ejemplificarlo con otros paradigmas de la Europa moderna como Gran Bretaña. Jurídicamente en la mayoría de estos países capitalistas hace largo trecho que se derogaron las leyes que podíamos considerar herederas del patriarcado puro –referidas a posesión de bienes, potestad filial y demás. Y más importante aun: la posición socio-económica de las mujeres y el manejo de su propia economía no tiene nada que ver con la situación de antaño. En cuanto a profesiones, incluso podemos ver por las estadísticas que las mujeres dominan numéricamente algunas de ellas:

«El desmantelamiento del patriarcado en Gran Bretaña comenzó en el siglo XIX, al final del cual las mujeres casadas comenzaron a ser capaces de poseer bienes y dinero y comenzaron a acceder a profesiones como la medicina y la contabilidad para poder vivir de manera independiente. A lo largo del siglo XX, los derechos y las libertades aumentaron hasta que las mujeres llegaron a conseguir el derecho a voto, el acceso a todas las profesiones y cualificaciones, el derecho a igual salario por igual trabajo y el derecho a rechazar el sexo dentro del matrimonio. (…) La mayoría de las personas apuntan a estadísticas que muestran que los hombres están muy sobrerrepresentados en la política y los negocios y dicen que esto es evidencia de una sociedad gobernada por hombres. Sin embargo, no hay ninguna ley que indique que solo los hombres pueden acceder a estas posiciones, y algunas son ocupadas por mujeres. Nuestra actual Primera Ministra es, después de todo, una mujer. Hay pocas pruebas de que el desequilibrio se deba a la discriminación contra las mujeres en lugar de a las diferentes elecciones hechas por hombres y mujeres. Dado que las mujeres han tenido acceso a todas las profesiones, han llegado rápidamente a dominar la educación, la salud, la publicación y la psicología. ¿Esto hace de estos campos fuertemente sociales, que guían cómo la sociedad piensa y siente, que sean matriarcales?». (Helen Pluckrose; Cómo saber si vivimos en un patriarcado, 2017)

Antes de que un presunto «revolucionario» se precipite a hacer el ridículo afirmando que existen las «leyes machistas» o que «socio-económicamente la mujer aún se encuentra en un patriarcado», bien podría optar por empezar a estudiar de una vez la evolución social y legislativa que ha habido los dos últimos siglos en países como Francia, Alemania y otros, algo, por cierto, recogido en la obra clásica del marxismo de August Bebel: «La mujer y el socialismo» de 1879. ¡Quizás ese es el problema! Que estos «femimarxistas» ni han estudiado la literatura clásica de marxismo ni tampoco ven más allá de lo que lanza la propaganda feminista. 

En España, se eliminaron las leyes del franquismo y anteriores que penaban el adulterio o la homosexualidad, se facilitó el divorcio, se despenalizó el aborto, etc. Pasando a la cuestión de la adopción, apellidos, patria potestad –conjunto de derechos, deberes y atribuciones que los progenitores ostentan respecto a los hijos menores de edad–, matrimonio, divorcio, etc. muchas de estas leyes fueron especialmente estrechas en el final inmediato y reciente del franquismo, pero, con el tiempo, gradual y paulatinamente, fueron modificadas para adecuarlas a las necesidades del nuevo régimen democrático-burgués, pues era este quien gestionaría sus intereses como clase. En consecuencia, se reformaron y acoplaron los derechos civiles limándose todos ellos para soldar de la mejor manera posible el edificio moderno del Estado capitalista-imperialista español. Repasemos solo algunas leyes.

–Ley 14/1975, de 2 de mayo, reforma de determinados artículos del Código Civil y del Código de Comercio sobre la situación jurídica de la mujer casada y los derechos y deberes de los cónyuges, la cual venía a remplazar la Ley del 24 de abril de 1958 en esta materia, constatándose el fin del deber de obediencia de la esposa sobre el marido; el derecho de la mujer de no tener que adquirir obligatoriamente la nacionalidad del marido; la desaparición de la licencia marital que obligaba a la esposa a maniobrar a través del marido para cualquier acto jurídico y ejercer derechos de carácter privativo o exclusivo.

–En 1978 se derogaron los artículos 449 y 452 del Código Penal relativos al adulterio –que castigaba la infidelidad de la esposa– y el amancebamiento –personas que viven juntas y tienen relaciones sexuales sin estar casadas–.

–Ley 11/1981: en materia de filiación, patria potestad y régimen económico del matrimonio.

–Ley 30/1981: en materia de matrimonio y sus consiguientes causas de nulidad, separación y divorcio.

–Ley 13/1983, de reforma del Código Civil en materia de tutela.

–Ley 21/1987, por la que se modifican determinados artículos del Código Civil y de la Ley de Enjuiciamiento Civil en materia de adopción.

–Ley 11/1990, sobre reforma del Código Civil en aplicación del principio de no discriminación por razón de sexo.

–Ley 35/1994, de modificación del Código Civil en materia de autorización del matrimonio civil por los Alcaldes.

–Ley Orgánica 1/1996, de protección jurídica del menor, de modificación parcial del Código Civil y de la Ley de Enjuiciamiento Civil.

–Ley 40/1999, por la que se regulan los nombres y apellidos y el orden de los mismos.

–Ley 41/2003, relativa a la protección patrimonial de las personas con discapacidad.

–Ley 42/2003, en materia de relaciones familiares de los nietos con los abuelos.

Todas estas leyes suponían romper con los fundamentos del franquismo en materia ideológica-cultural y, por tanto, con la concepción fascista de la familia, el matrimonio o el rol del hombre.

A esta larga lista le prosigue otro largo etcétera de leyes en otras materias que todo el mundo se puede imaginar y que ya se dieron en el ocaso del franquismo o en el posfranquismo para dar a luz una democracia burguesa al uso. 

–Ley Orgánica 9/1985, que despenalizaba el aborto inducido en tres supuestos: riesgo grave para la salud física o psíquica de la mujer embarazada, violación, malformaciones o taras, físicas o psíquicas, en el feto.

–Ley 13/2005, llevaba implícita la legalización del matrimonio homosexual y la permisividad de adopción.

–Ley Orgánica 2/2010 sobre el aborto, basada en los derechos y fundamentos de salud sexual y salud reproductiva establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS), regulando las condiciones de la interrupción voluntaria del embarazo.

Si es completamente estúpido proclamar, como hace el PCE (r), que la España actual, mediatizada sobre todo por los gobiernos del PSOE, tiene un corpus jurídico «fascista», igual de surrealista es ver a una feminista proclamar que la legislación y la justicia es «patriarcal». El problema es que ni las feministas saben lo que es el patriarcado, ni el PCE (r) lo que es el fascismo.

Un curioso «sistema patriarcal» cuyas leyes benefician a la mujer

A lo largo de estos años los distintos gobiernos han creado toda una batería de leyes para impedir la violencia contra la mujer. Incluso existen leyes con penas asimétricas que condenan al hombre con mayor severidad por el mismo acto que pueda cometer una mujer –véase la Ley integral de violencia de género de 2004–. 

Lo cierto es que, lejos de vivir en un sistema judicial patriarcal, existen leyes que benefician a la mujer frente al hombre para optar a un trabajo público en caso de empate –Andalucía–:

«La Junta tiene previsto aplicar la «discriminación positiva» en caso de empate en el concurso-oposición del Servicio Andaluz de Salud (SAS) que se publicó este lunes en el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía (BOJA), permitiendo que, en igualdad de méritos y condiciones, se contrataría a una mujer solamente en categorías donde hay preeminencia de hombres». (El Diario.es; La Junta Andaluza elegirá a la mujer frente al hombre en caso de empate en la oposición a Sanidad, 22 de abril de 2015)

Existen beneficios para empleos públicos con pocas cuotas femeninas –Galicia–:

«Se atendrá a lo establecido en el artículo 59 de la Ley 2/2015, de 29 de abril, de empleo público de Galicia (LEPG), a la que remite el artículo 17 de la LCCG, y garantizará la paridad entre mujeres y hombres». (RESOLUCIÓN de 20 de enero de 2020 por la que se da publicidad a la oferta de empleo público para el año 2020)

Aquí también podríamos citar, como veremos en otros capítulos sobre la cuestión de las cuotas de género y paridad, la reducción para mujeres en las exigencias durante las pruebas físicas respecto a trabajos públicos:

«El anuncio de la creación de nuevas plazas de bombero en el Ayuntamiento de Madrid ha venido acompañado de polémica. (…) El Gobierno de Manuela Carmena ha rebajado la exigencia de las pruebas físicas que tuvieron que superar los opositores de la última convocatoria pública para acceder al Cuerpo, la de 2011. Así, por ejemplo, los aspirantes a formar parte del servicio municipal de extinción de incendios tendrán 15 segundos para trepar por una cuerda lisa de 6,5 metros solamente con las manos, en lugar de los 10 segundos de tiempo máximo que se exigían previamente. También se amplían en 45 segundos los cinco minutos fijados para la carrera de resistencia, a pesar de que su longitud sigue siendo de 1.500 metros». (El Mundo; Carmena rebaja las pruebas físicas para la selección de bomberos, 18 de agosto de 2017)

Un sistema «patriarcal», sobre todo en el sentido que el feminismo lo presentan –casi como un ente espiritual–, ¿acaso desarrollaría todo esto? ¿Permitiría minar su propio poder de esta manera si su intención es la de perpetuar el poder de los hombres? Como se ve, al contemplar un poco la realidad, esta teoría cae por su propio peso.

Adelantándonos a los posibles listos que puedan aparecer y decir algo como que «la igualdad formal de la mujer no hace la igualdad real» –cosa con la que estamos de acuerdo– pedimos, antes de nada, que repasen los datos socio-económicos de este documento. Y, aun aceptando tal premisa sobre la ley, esto sigue sin demostrar la existencia de ese supuesto patriarcado. Es más, si aceptásemos que ese «patriarcado» sigue existiendo a pesar de que las leyes dictan lo contrario –incluso existiendo leyes favorables a las mujeres, debemos advertir que, para el feminismo hegemónico, en las dos últimas décadas, esto sería dispararse en el pie, pues lo que pretende es reformar las instituciones del Estado burgués para «liberar a la mujer». Pero, visto lo visto, el feminismo ni siquiera consigue resolver el problema para el que se supone que existe, pues sus medidas no sirven para «emancipar plenamente a la mujer» –dejando al margen que algunas incluso no desean eliminar la explotación asalariada–. Muy por el contrario, se centran en proyectos legislativos aberrantes que eliminan la presunción de inocencia de los hombres, pretenden igualan el abuso con la agresión sexual, desean la introducción del lenguaje inclusivo y hasta incurren en desconcertantes propuestas como rebajar las penas en las codenas por delitos de agresión sexual, como hizo Unidas Podemos en su último proyecto de ley de 2020 –algo que veremos detenidamente en los siguientes capítulos–.

A pesar de los ocasionales triunfos de estos «ilusionantes proyectos», lo cierto es que el método de «reinserción» que usará la burguesía, bien sea «educando en valores cívicos» –socialdemocracia– o «educando con perspectivas de género» –feminismo–, serán insuficientes para reinsertar a prácticamente ningún criminal –otra cosa es reintroducirlos en el sistema productivo–. Y eso, claro, teniendo en cuenta que, partiendo de las nuevas leyes feministas, el reo no sea acusado falsamente por la policía y los jueces «sensibilizados gracias a los cursillos del Ministerio de Igualdad». Hablando en plata, ya se ha probado sobradamente que la violencia hacia la mujer o sus malas condiciones laborales siguen –y seguirán– existiendo como fenómeno en el capitalismo; que el reformismo y el feminismo –muchas veces indistintos– han sido y son incapaces de echar mano a esta lacra debidamente. Por ello, el propósito estrella de las feministas, que es pedir más y más financiación y potestad al Estado capitalista para «proteger a las mujeres y mejorar su nivel de vida» –en verdad, para reforzar su propaganda claramente sexista–, lo que indica es su plena confianza en la posibilidad de reforma el sistema de sus males –reales o ficticios–, su deseo de transmitirnos que, si aceptamos las «leyes del juego burgués» es porque este tiene un gran «poder transformador». Dicho en pocas palabras: políticamente confía en la democracia burguesa. Por eso feminismo y Estado capitalista viven ya en simbiosis.

Piénsenlo por un momento, ¿¡cómo vamos a darle más poder represivo a la burguesía –en la materia que sea– bajo una causa aparentemente justa!? ¿Cuándo ha servido eso para beneficiar al pueblo? Nunca. Siempre se ha utilizado la legalidad burguesa de forma ambigua para encausar al pueblo cuando molesta, bien como pobre y marginado, bien como elemento subversivo. El pueblo no debe confiar con ingenuidad en la jurisprudencia burguesa, y mucho menos ayudar a implementar discriminaciones sexistas a favor de uno sexo u el otro. ¿Votaremos también a favor de reforzar el ejército y la policía para defender la «soberanía nacional» o para lograr el «fin de la delincuencia»? ¿Confiaremos en los planes progresistas que nos tiene reservado el Ministerio de Educación para seleccionar el temario y metodología educativa de nuestros hijos y hermanos? Para un revolucionario esto es cuanto menos ridículo, pues éste no reniega de una jurisprudencia o una educación colectiva, sino de la jurisprudencia y educación fabricada por el capital.

¿Puede haber reminiscencias o reflejos de anteriores sistemas sociales?

Por supuesto, si no fuese así, estaríamos hablando de una concepción mecánica de la historia y la sociedad. Donde sí podemos anotar ciertos resquicios de la ideología patriarcal es en algunos ámbitos de la vida y aun así debemos hacer los pertinentes apuntes para no confundir al querido lector.

a) El reparto desigual en las tareas domésticas entre hombres y mujeres, donde estas últimas asumirían la principal carga –como algo natural:

«La familia individual moderna se funda en la esclavitud doméstica franca o más o menos disimulada de la mujer, y la sociedad moderna es una masa cuyas moléculas son las familias individuales». (Friedrich Engels; El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884)

En algunos países, como Suecia o Dinamarca, la situación se ha acotado mucho e incluso entre algunas capas sociales se ha revertido esta carga, como ocurrió en Reino Unido entre los trabajadores manuales –véase el informe de Marta Ortega Gaspar: «El cuidado de los hijos y el género» de 2006–. Aun así, las labores relacionadas con los hijos y el hogar no pueden indicar nada definitivo sobre la existencia o no de un sistema patriarcal. 

En ambientes donde la igualdad legislativa entre sexos es alta, pueden existir parejas donde el hombre, al no trabajar fuera de casa o haber reducido su jornada laboral –bien por un acuerdo con su pareja o por causa de fuerza mayor–, se ocupa de las tareas domésticas –como ya señaló Engels en su obra: «La situación de la clase obrera en Inglaterra» de 1845–; este estará, mantenga con su pareja una relación más o menos igualitaria, en una situación de dependencia económica respecto a su cónyuge femenino –que mantiene el principal sustento familiar–, lo que a veces influye en la toma de decisiones en favor de quien trae el salario a casa. He aquí la importancia que ha tenido históricamente la reincorporación de la mujer al tejido productivo para su autonomía individual y frente a su compañero sentimental. Del mismo modo, se producen uniones donde ambos trabajan fuera de casa, pero es única o casi exclusivamente uno de ellos –por su personalidad y autoridad en la relación– la que decide qué se compra, cómo se educa a los niños y cómo se maneja las finanzas de la economía familiar. Esto se da hoy, pero también se ha dado con casos históricos y reconocibles donde una esposa, siendo ama de casa era la que «llevaba los pantalones en casa» –expresión popular que denota quien dirige los asuntos de la unidad familiar–, pero, a su vez, paradójicamente esa mujer tenía vetados toda una serie de derechos donde no podía operar sin el marido –véase las leyes franquistas citadas más atrás–. ¿Entiende el lector las complejidades sociales a título individual y colectivo que se dan? Esto indica que muchos «expertos sociólogos» confunden la relación interna que se establece entre las parejas –que puede ser más o menos igualitaria respecto al modelo oficial– con la estructura general de la sociedad –legislación, acceso a la cultura, el trabajo y un infinito etcétera–. El entramado socio-económico es quien marca la tendencia en las relaciones de nuestra época –como no puede ser de otra forma–, pero a poco que echemos un vistazo más minucioso nos daremos cuenta que no es un absoluto.

b) El doble rasero a la hora de juzgar moralmente las acciones de hombre y mujer en temas como la promiscuidad sexual:

«El adulterio, la seducción, hacen honor a los seductores y son de buen tono... ¡Pero pobre muchacha! ¡Qué crimen el infanticidio! Si ella aprecia la honra, es necesario que haga desaparecer las pruebas de su deshonra; y si ella sacrifica su hijo a los prejuicios del mundo, es deshonrada aún más y cae bajo los prejuicios de la ley». (Karl Marx y Friedrich; La sagrada familia, 1845)

Y de nuevo no podemos hablar que esto ocurra al nivel de hace siglos ni que deriven en los mismos fenómenos punitivos arriba mencionados; antiguamente esta escena bien podía acabar con la mujer encerrada en la casa, maltratada o asesinada, algo amparado legalmente e incluso socialmente. En caso de ser una hija, perfectamente podía ser enviada a un convento o entrar de interna en un colegio como castigo. Hoy, si el hombre tras juzgar moralmente la actividad sexual de una mujer mayor de edad intentase recluirla en casa o mandarla a un convento, el escándalo público sería generalizado, y la ley actuaría contra el padre o cónyuge.

c) El uso de ciertas palabras del lenguaje castellano en femenino con connotaciones negativas:

«Es una evidencia irrefutable que han existido, existen y existirán mensajes sexistas e incluso textos y géneros claramente misóginos. Pero tal sexismo y misoginia no son propiedades de la lengua, sino usos de la misma. No son inherentes al sistema –no son sexismo de lengua–, sino valores que adquieren en el uso a causa de la intencionalidad de los emisores o de sus prejuicios ideológicos –sexismo de discurso–. (…) No se corrigen mejorando la gramática, sino erradicando prejuicios culturales por medio de la educación». (Real Academia de la Lengua; Informe de la RAE sobre el lenguaje inclusivo y conexiones anexas, 2020)

Y podríamos citar algunos ejemplos más como el seguir considerando ciertas profesiones –enfermera– como campo exclusivo de la mujer; o asociar ciertos rasgos como atributos de «mujer» –sensibilidad emocional– en un sentido peyorativo, etc. Pero las peculiaridades de este tipo de fenómenos las veremos en próximos capítulos. En cualquier caso, no existe ni un patriarcado ni un matriarcado como régimen estructurado, pues esto significaría una dominación absoluta de un sexo sobre el otro en todos los campos de importancia, y tal cosa no se da ni por asomo en España. En todo caso, existen unas desigualdades a veces naturales –producto del dimorfismo sexual o de intereses distintos creados a lo largo de la historia– y otros heredados –producto de clichés y prejuicios culturales– que a veces afectan más o exclusivamente a mujeres –y que además se van diluyendo socialmente–. Asimismo, no podemos olvidar que el sexo masculino también sufre otros prejuicios sexistas e incluso carga ya sobre sus hombros con leyes atentan contra sus derechos específicos como hombre. 

¿Acaso todo conato machista refleja una sociedad patriarcal?

La reproducción de patrones conocidos como «machistas» o «patriarcales» también pudo ser vista en el caso de sociedades históricas transformadoras, como la URSS de Stalin (1922-1953) o la Albania de Hoxha (1944-1985). Existen varias obras de estos autores en las que comentan cómo todavía acontecían ciertos sucesos de este tipo y cómo pretendían superarlos. Estos episodios a veces se daban recordaban a la mentalidad de las sociedades feudales o capitalistas, pero no eran responsabilidad directa del nuevo sistema socialista, porque la ideología rectora de esas nuevas sociedades, el marxismo-leninismo, no educaba en ese tipo de valores retrógrados, sino precisamente en sus contrarios –he ahí las campañas masivas contra la ideología idealista o el uso obligatorio del velo, por ejemplo. ¿De dónde nacían los episodios y conatos de machismo? Como es obvio, de la herencia de los sistemas económicos y culturales pasados. Esto no significa, tampoco, que los líderes no se equivocasen en este aspecto. Nosotros mismos hemos señalado ciertos retrocesos que se dieron en estas experiencias. 

En consecuencia, el sistema socialista tampoco se podía hacer cargo de los diversos actos que algunos sujetos a título individual cometían –otra cosa muy diferente son las distintas expresiones gubernamentales, que sí indicarían una vuelta a pensamientos regresivos o, en su defecto, una insuficiente educación en cuanto a una concepción igualitaria entre sexos–. Pero, dándole la vuelta a esto, las feministas han llegado a proclamar que el socialismo marxista y sus expresiones históricas tampoco resolvieron absolutamente ningún problema relacionado con la mujer y en consecuencia afirman que la «revolución será feminista o no será». Ignoran la época de mayores avances tanto para el hombre como para la mujer; y en vez de emular sus aciertos e impulsar otros mayores, pretenden «revolucionar» una sociedad con una ideología idealista y del todo pseudocientífica como el feminismo. Esto sería como decir que los marxistas no lograron prevalecer, que su sistema se desmoronó, por lo que nada de lo que hicieron sirve de referencia para los revolucionarios actuales. ¿Se imaginan cómo hubieran avanzado las ciencias naturales si los físicos, astrónomos o químicos rechazasen las obras de sus predecesores, hasta los puntos fuertes, solamente porque cometieron errores fruto de su época o de malas decisiones personales? Esto demuestra que estos cabezas de chorlito no saben cómo funciona el progreso en las ciencias sean naturales o sociales. ¿Y qué ha resuelto el feminismo para la mujer si se puede saber, si supuestamente, según las mismas feministas, seguimos viviendo una «estructura patriarcal»? ¿Deberíamos entonces descartar sin argumentar a todo el feminismo como hacen las feministas con el «machismo-leninismo»? Pues no, porque nosotros superamos los argumentos feministas mediante la crítica y la teoría científica, mediante los resultados empíricos que dicta la historia.  

Pero, volvamos al presente. Según el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de junio de 2013, el 95,3% de los encuestados veía «totalmente inaceptable» que en pareja «se insulte o desprecie a la pareja». Según el CIS, en su encuesta de febrero de 2020 –a los encuestados de la cual se les insistió sobre su carácter confidencial–, el 93% de las encuestadas respondieron negativamente a la pregunta sobre si, en los últimos 12 meses, su pareja las había «insultado o hecho sentirse mal con usted misma», mientras que el 99,1% respondió que su pareja no «le ha abofeteado o tirado algo que le pudiera hacer daño», el 97% respondió que nunca «tiene miedo de su pareja», el 97,2% nunca «le ha impedido ver a sus amigos o amigas» y el 95,3% nunca «insiste o ha insistido saber dónde está en cada momento» y el 99% nunca «le impide trabajar fuera del hogar», el 97,8% nunca «le impide o ha impedido tomar decisiones relacionadas con la economía familiar». Estos datos oficiales desmienten todas y cada una de las mentiras del feminismo. 

La mayoría de las mujeres trabajadoras hace tiempo que se emanciparon del antiguo pensamiento patriarcal y son lo suficientemente autónomas económica y psicológicamente como para depender de nadie. A la mujer de hoy también le toca sortear este feminismo paternalista que abandera falsamente una causa en su nombre. La mujer trabajadora sabe que su lugar está junto a sus compañeros de clase, el hombre, su hermano, su pareja, su padre, su amigo, su camarada, no con la feminista burguesa a la cual no le debe nada. 

«La mujer trabajadora aceptó ingenuamente la mano que le tendió el feminismo burgués. Las sufragistas recurrieron a las mujeres trabajadoras esperando llevar a las mismas hacia su lado, obteniendo su apoyo y organizando a las mismas en un movimiento exclusivamente femenino, supuestamente sin clase, pero esencialmente burgués. Sin embargo, el instinto de clase y la desconfianza hacia las «finas damas» salvó a las trabajadoras de ser atraídas al feminismo e impidió cualquier alianza larga o estable con las sufragistas burguesas. (...) Las obreras escucharon atentamente a las sufragistas burguesas pero lo que las mismas ofrecían no satisfacía sus necesidades más urgentes, ligadas a la esclavitud del capital, y no evocaban ninguna respuesta sincera. Las mujeres de la clase obrera estaban exhaustas por el peso de condiciones laborales intolerables, el hambre y la inseguridad material de sus familias; sus demandas inmediatas eran: jornadas laborales más cortas, mejores salarios, una actitud más humana de parte de las administraciones de las fábricas, menos control policial, más libertad de acción. Todo esto era ajeno al feminismo burgués». (Aleksandra Kolontái; Sobre la historia del movimiento de mujeres trabajadoras en Rusia, 1919)

Los fabulosos «privilegios» de ser hombre y vivir en el capitalismo

Ya hemos aclarado la cuestión de la existencia –inexistencia, más bien– del patriarcado. Ahora pasemos a un tema anexo en todos estos debates: los famosos privilegios masculinos. ¿Existe tal cosa? Obviamente, visto lo visto atrás, la respuesta es no. Pero no es tan simple como esto. Analicémoslo brevemente.

«Claro que hay violencia de género, hay violencia contra la mujer por el hecho de serlo», ha sostenido Casado. «Esta lacra tiene un componente específico, que hay que abordar. El negacionismo es letal». (...) En el mismo acto, la vicesecretaria de Política Social del PP, Ana Pastor, ha denunciado que sigue habiendo una cultura machista en la sociedad y ha pedido «educación, educación y educación y libertad, libertad y libertad». (ABC; El PP afirma que la sociedad es «machista» y advierte de que el negacionismo de la violencia de género es letal, 25 de noviembre de 2020)

¡Suponemos que el PP, ese partido nacido e instruido en las entrañas del nacional-catolicismo fruto de la educación franquista, va a ser quien nos instruya en el respeto a la mujer, en la libertad! Señores, empiecen por no ausentarse en las votaciones parar condenar al franquismo en el Congreso de los Diputados. Cuando vuestros expresidentes dejen de financiar a la Fundación Franco, como Aznar, o aceptar sobresueldos, como el «señor M. Rajoy», quizás la gente se olvide de vuestras tropelías y volváis a tener algo de credibilidad como para hablar sin estar bajo sospecha.

«¡¿El PP también se ha vuelto feminista?!» exclamará alguno muy sorprendido. En efecto, los caminos del señor son inescrutables. Bueno, más bien las sendas que conducen a la Moncloa son diversas. Si Aznar puede sumarse al Trío de las Azores, poner acento texano y hablar catalán en la intimidad, ¿¡alguien osar dudar de la capacidad de adaptación y vitalidad de la vieja burguesía española!? En verdad esto responde a una estrategia del PP, el cual ha calculado que aceptando el relato feminista podría marcar distancias con Vox, ya que la formación verde es actualmente de los pocos partidos de la derecha en el Congreso que rechaza tales posiciones –seguramente pensado que si se suma al carro morado teme perder los votos de su «núcleo duro» que le hizo hacerse un nombre–, así, pues, el PP previó arañar votos al PSOE con una especie de «feminismo moderno y liberal». Pero en ese momento no se podía saber que Ciudadanos también pensaba en sumarse a ese gran negocio financiado por las élites, y el partido naranja también se hizo feminista de la noche a la mañana para pescar entre las cándidas muchachillas. Eso sí, su jefa, Inés Arrimadas, ha decidido centrarse en reivindicaciones tan «revolucionarias» como el «techo de cristal», algo que las pequeño burguesas también aspiran a batir algún día alcanzando a sus homólogas burguesas:

«Por muchos avances obtenidos, sigue existiendo una desigualdad notable en las oportunidades de las mujeres, una brecha salarial inaceptable y la evidencia de una mayor dificultad de las mujeres para alcanzar sus metas. Mientras la igualdad plena no esté conseguida, el feminismo será el arma principal para dar esa batalla». (Ciudadanos; Decálogo feminista, 2019)

A cualquier feminista mínimamente consecuente con la realidad debería por lo menos hacerle sospechar el hecho de que la burguesía acepte tan felizmente el feminismo si se supone que vivimos en un «sistema patriarcal» y que el feminismo es tan transgresor para las clases dominantes. Arrimadas es tan defensora de las mujeres como lo es en general de los trabajadores. 

Aceptar el guion del feminismo marcado al compás de la Ley integral de violencia de género, como ahora hacen casi todas las agrupaciones políticas, estén más a la derecha o a la izquierda, supone dibujar mecánicamente un cuadro en el que en la actual sociedad el hombre siempre está en una posición de superioridad frente a la mujer, incluso antes de cometerse un acto de violencia real del primero a la segunda. Según esta ley, un obrero mileurista o un carretillero de Amazon estarían en posición de «privilegio» frente a una ministra del PSOE o una diputada de Ciudadanos. A su vez, una modista de alta gama o una tertuliana de la TV estaría en una posición inferior a la de un mozo de almacén o un estudiante. ¡Los famosos «privilegios»! 

Daremos algunos datos para que el lector juzgue si los hombres viven en el «paraíso» dentro del capitalismo. Bien, empecemos hablando del número de accidentes de trabajo con baja en 2018, que asciende a unos 617.488 según el Ministerio de Trabajo. En cuanto a los fallecidos:

«652 personas murieron durante su jornada laboral o mientras iban o volvían del trabajo el año pasado en España. (...) La cifra, aún con datos provisionales de enero a diciembre, es la más alta de los últimos siete años. (...) La gran mayoría de las víctimas mortales laborales son hombres: del total de 652 trabajadores fallecidos el pasado año, 602 eran hombres y 50 mujeres. Los varones son más numerosos tanto entre los fallecimientos durante las jornadas de trabajo –482 frente a 24– como en los accidentes mortales in itinere, aquellos que se producen al ir o regresar del trabajo, 120 y 26, respectivamente». (El diario.es; Radiografía de los trabajadores fallecidos en 2018: mayoría de hombres, por accidentes de tráfico y en transportes y construcción, 18 de febrero de 2019)

Más datos, ahora sobre el fracaso escolar, más abultado entre chicos:

«Se trata de un problema occidental que, en España, es aún más acusado. Hace unos días, el Ministerio de Educación se congratulaba de cómo se había reducido el abandono escolar en España. Según sus propias estadísticas, el 83% de las chicas acaban la ESO, frente al 73% de los chicos». (El Mundo; El 'sexo débil' en clase: por qué los chicos sacan peores notas, 13 de febrero de 2019)

Los varones también «disfrutan» de mayores tasas de suicidios:

«Una tendencia que se produce a nivel continental no tiene por qué reproducirse a escala nacional. Esto es lo que sucede con el perfil de las personas que deciden quitarse la vida en Europa y España si nos atenemos al rango de edad. Con motivo del Día Internacional para la Prevención del Suicidio, la Oficina Europea de Estadística (Eurostat) ha publicado un informe en el que indica que los jóvenes son los que más deciden suicidarse, de media, en el Viejo Continente. Sin embargo, no sucede lo mismo si nos fijamos en el caso español. En España la tendencia es opuesta. De hecho, es en las personas mayores de 50 años donde más muertes se registran por esta causa. Durante el año 2016, se registraron un total de 3.569 suicidios, de los cuales, 2.662 fueron hombres y 907 mujeres, por lo que la diferencia entre ambos géneros es evidente». (Reacción médica; Europa registra más suicidios en jóvenes; España, en mayores de 50 años, 10 de septiembre de 2019)

En esta «España patriarcal» que tiene en mente el feminismo, lo cierto es que durante la separación de los cónyuges la justicia suele dar la custodia de los hijos a la madre:

«La custodia de los hijos menores se otorga a las madres en un 66,2% de los casos y en el 28,3% es compartida». (Instituto Nacional de Estadística; España en cifras, 2018)

¡Debe de ser la primera vez en la historia que vivimos en un patriarcado en el cual el patriarca no puede decidir sobre su prole! ¡«Spain is different»!

«En los casos en los que se decidió la custodia de hijos menores, en el 58,1% se otorgó a la madre –61,6% en el año anterior, 76% en 2013–, en el 4,1% la obtuvo el padre –4,2% en 2018, 5% en 2013–, en el 37,5% fue compartida (33,8% en 2018, 17% en 2013– y en el 0,4% se otorgó a otras instituciones o familiares». (El País; Las custodias compartidas se duplican en siete años, 28 de septiembre de 2020)

Como nota, señalar que este avance en la custodia compartida es atacado por muchas feministas atacan con saña.

En España, lo que el feminismo hegemónico califica de sistema y justicia «patriarcal», paradójicamente ha conseguido que:

«El 53,2 por ciento de los magistrados y jueces en activo en España son mujeres, el mismo porcentaje que representaban los hombres hace diez años». (EFE; El número de mujeres jueces sigue en aumento: ya son el 53,2 por ciento, 28 de marzo de 2018)

Según el Instituto Nacional de Estadística, las personas sin hogar en 2012 eran unos 18.000 hombres y unas 4.000 mujeres. Y así podríamos dar muchos más datos. ¡Suponemos que estas son las consecuencias de contar con los «privilegios» de ser hombre! 

Si nos dejásemos llevar por las apariencias, y siempre según la lógica formal del feminismo, estos datos arrojarían la «escalofriante» pero ridícula conclusión de que existe una «violencia estructural» hacia los hombres que les obliga a elegir trabajos más peligrosos, los condena a una vida sin techo en proporciones mayores, etc. La violencia hacia las mujeres –que debe ser atendida y de forma especializada– es presentada por el feminismo como un problema serio –que lo es–, pero los datos revelan claramente que no a los niveles que se nos presenta. Pero, el feminismo, partiendo de tácticas de propaganda goebbeliana, repite una mentira mil veces para intentar que sea asimilada, difundiendo así números que, o que bien no están basados en análisis rigurosos, o que directamente son ocultados. El feminismo ignora adrede los homicidios por inseguridad, delincuencias, los accidentes laborales, el número de sin techo o suicidios; es decir, según esta corriente, nos tendríamos que olvidar del resto de datos para atender exclusivamente lo que el feminismo considera importante y no precisamente por interés moral. 

Pese a la evidencia de todos estos datos, las feministas continúan con su relato ficticio. Y eso, tarde o temprano, las lleva hacia posiciones misándricas –las cuales, salvo para las mentes débiles, abducidas o indiferentes, supone colocarse en una posición que les arrebata cualquier tipo de razón–. Así, sus ideólogos acababan promoviendo teorías absurdas, como que es imposible que las mujeres mantengan relaciones emocionalmente sanas con cualquier hombre –teorizaciones de feministas históricas como Kate Millett–, hasta acabar en la idea fantasmagórica de que habría una ciencia para hombres y una ciencia para mujeres –como pregona el líder del nacionalismo kurdo y feminista, Abdullah Öcalan–. 

El revisionismo como vocero del feminismo 

En los 90 los neomaoístas de la «Línea de la Reconstitución» aseguraban que el capitalismo necesita del modelo de familia patriarcal:

«El capital hereda esta forma de organización de la historia, sólo tiene que conservarla, y, a ser posible, en su forma monogámica clásica, en su forma patriarcal, manteniendo el dominio del varón en la familia como medio para continuar teniendo a la mujer sometida a las improductivas labores doméstica». (Partido Comunista Revolucionario; La emancipación de la mujer y la Revolución Proletaria, 1994)

Hoy el PCE no parece discrepar demasiado, pensando que: 

«La alianza del sistema capitalista y patriarcal se hace más estrecha en condiciones de crisis y nos sitúan aún más indefensas ante las violencias que sufrimos las mujeres». (Partido Comunista de España; 25N Día contra las violencias machistas. ¡Jaque al patriarcado y al capital! ¡Vivas nos queremos!, 2020)

Dando validez a todas y una de las majaderías que dice este PCE feminista, el resto de organizaciones «antirevisionistas» que se presuponen están a la izquierda de este, repiten todos sus dogmas:

«Nos hablan del patriarcado como la causa de la discriminación de la mujer sin analizar quién sustenta ese sistema y por qué». (Partido Comunista Obrero Español; 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, 2017)

Todos hablan convencidos como si el capitalismo necesitase del patriarcado para operar:

«La noción de patriarcado como se la suele entender hoy peca de ese aislamiento. Aunque es útil para ubicar y pensar la injusta subordinación de la mujer, se tiende a entender el patriarcado como un sistema independiente que «intersecciona» por casualidad con el capitalismo». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); La emancipación de la mujer es una necesidad, 2020)

Otros compran no solo el argumento de que existe un patriarcado, sino también toda la parafernalia de los «micromachismos» –y demás teorías ideológicas del feminismo que pululan en organizaciones reformistas como la CUP, Bildu o Unidas Podemos–:

«Nos hablan del patriarcado como la causa de la discriminación de la mujer sin analizar quién sustenta ese sistema y por qué. Nos hablan de micromachismos, de estereotipos, de cosificación, de todo un conglomerado de elementos culturales que responden a la ideología de la clase dominante, la cual se fundamenta no ya en la desigualdad entre hombres y mujeres, sino entre clases». (Partido Comunista Obrero Español; 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, 2017)

De este modo, piden la sustitución de la familia «patriarcal». Así, por ejemplo, Reconstrucción Comunista decía:

«Estamos de acuerdo con que hay que sustituir la familia patriarcal tradicional por otro tipo de familia». (Roberto Vaquero; Resistencia y lucha contra el posmodernismo, 2020)

Sí, así como lo leen. Parece ser que lo dominante en la familia española es el «modelo tradicional» del franquismo. ¿Por qué dirán tal cosa? No lo sabemos. Quizás porque «se cree el ladrón que todos son de su condición». Bien, es cierto que varios de los líderes de estos movimientos pseudorevolucionarios, efectivamente, se han criado en familias burguesas o, al menos, muy acomodadas y sumamente aburguesadas, como ocurre con personajes como Roberto Vaquero, Váltonyc, Hasél y otros «tontos útiles» para el poder. También somos plenamente conocedores de que muchos de estos cabecillas del lumpemproletariado, al igual que los líderes moderados del «posibilismo» –Unidas Podemos, CUP–, se llenan la boca de «igualdad» y «meritocracia» pero destacan por manejar su organización como un «clan patriarcal» donde el macho no tolera una voz discordante; en el cual se asciende a las amantes que «hacen méritos» y se purga a aquellas que ya no son del agrado del caudillo o la camarilla de vividores. En su cortijo personal estos líderes se comportan ante sus militantes de base cual noble soberbio se planta ante una joven campesina. Pero, señores, nada de esto es constitutivo para declarar que existe un patriarcado como tal. Deben aprender a distinguir su vida personal o la de sus allegados con la de la sociedad en general. Véase el capítulo: «La falsa pose en la cuestión de género: la misoginia y el machismo operante en Reconstrucción Comunista» de 2017.

En conclusión, los revisionistas, como las feministas, repiten día y noche luchar contra el capitalismo, pero no entienden cuál es la esencia de este. Hablan de la lucha contra el fascismo, pero no conocen su esencia. En dos palabras: son inútiles». (Equipo de Bitácora (M-L); El feminismo contemporáneo y su carácter reaccionario, 2021)

1 comentario:

  1. Uno de los párrafos de Alexandra Kollontai q habéis compartido en el artículo perteneciente a "La lucha de clases y las relaciones sexuales", 1911; en donde ella dice que, resumidamente, la burguesía aprende de algunos valores que son más propios del proletariado como el caso de la idea o la práctica de una familia proletaria, a saber, q ésta se basa más en la monogamia y q está exento casi de prácticas de adulterio. Pues bien, la clase burguesa ¿realmente sigue hoy en día emulando lo q vendría a ser una familia monógama o es q realmente dadas sus condiciones materiales o económicas de existencia siempre acaba condenado al fracaso a caer en la práctica del adulterio?

    ResponderEliminar

«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»