jueves, 6 de octubre de 2022

El arte prehistórico y su origen: otro campo de debate entre el idealismo y el materialismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


«En este capítulo abordaremos varios temas: a) demostraremos cómo el arte prehistórico tampoco está a salvo de la cosmovisión del autor; b) recordaremos que los progresos y atrasos en el campo del conocimiento prehistórico no son ajenos a cualquier otra ciencia; c) repasaremos si el materialismo histórico de Marx y Engels ha sido un método «muy limitado» para abordar y explicar los fenómenos artísticos; d) explicaremos por qué la mera existencia de la religión no resuelve las incógnitas del arte prehistórico; e) resumiremos los hitos del arte paleolítico y neolítico; f) y, por último, aclararemos ciertos malentendidos que se suelen dar en la relación entre fuerzas productivas y arte.

El arte prehistórico tampoco está a salvo de la cosmovisión del autor

En prehistoria han existido –como en cualquier campo de estudio– varias explicaciones a lo largo de los siglos sobre un mismo fenómeno, como en este caso es del arte paleolítico. Repasemos brevemente cuales de ellas han tenido más influencia y por qué es tan importante que el marxismo y sus herramientas de análisis –es decir, en este caso las que puede aportar el materialismo histórico– aborden todos estos temas con sumo cuidado para ir poniendo las cosas en orden. Gran parte del arte prehistórico se compone –aunque no en su totalidad– de las famosas pinturas rupestres; es decir, frescos en las paredes de las cuevas entonces habitadas por la humanidad y que representaban figuras de todo tipo, tanto con las que las sociedades primitivas se hallaban en relación frecuente como las que anhelaban. Y es precisamente sobre estas pinturas donde recelan la gran mayoría de teorías acerca del origen del arte prehistórico y su significado. Todas estas, pese a la variedad de sus postulados y a lo complejas que puedan llegar a ser, acaban pasando por –cuando no directamente centrándose– en la siguiente cuestión: ¿guardan estas pinturas una relación causal con las condiciones materiales de vida de los grupos humanos pretéritos o, por el contrario, son meramente un ejercicio casual, individual?

En su momento, el antropólogo escocés J. G. Frazer presentaría la idea de que las pinturas rupestres representaban un tótem. Este vendría a ser la figura abstracta de respeto y veneración hacia generaciones anteriores. Pero esto, como afirmó el historiador de arte prehistórico José Luis Sanchidrían, supondría que debería de haber al menos un tótem por cada clan, cosa que no siempre se daba según las evidencias arqueológicas. Las propias cuevas mostraban que en el arte parietal la «figura totémica» muchas veces ocupa un lugar no privilegiado de las pinturas −por sus dimensiones o posición respecto a otras figuras o símbolos−, algo inconcebible para el estatus del objeto central de veneración. Pero esta idea pudo sostenerse durante unos años más, entre tantos factores, debido a la eclosión del psicoanálisis en antropología y el arte prehistórico. ¿Y qué traían de novedoso? Según ellos, en algún momento las comunidades prehistóricas habían pasado por el proceso en que los jóvenes hubieran sufrido el «Complejo de Edipo», matando a los mayores y acostándose con sus madres, construyendo dicho tótem un reflejo de la culpa y de la figura paterna. Esta peregrina explicación era aún más inverosímil porque presuponía que se diera este fenómeno poco común de forma consecutiva. Además, presuponía que los valores que consideramos universales en torno a los roles y deberes del parentesco se traduzcan a las demás culturas.

Una de las hipótesis propuestas por los arqueólogos y expertos en arte en el siglo XIX, como Lartet y Christy, es que las representaciones artísticas de la prehistoria estaban desprovistas de todo sentido, que eran mera acción lúdica, un divertimiento similar al de los bohemios de finales de su siglo. Ridell o Luquet también sostuvieron estas tesis en el próximo siglo XX. Dicha noción tuvo un gran influjo, aunque breve, lo que no ha impedido que sus hipótesis se hayan reavivado de tanto en tanto. ¿Por qué? De nuevo, no tanto por las evidencias arqueológicas −que cada vez acumulan más datos en contra de esta teoría− como por el arte en boga entre los creadores de tales ideas. Tengamos en cuenta que muchos de estos intelectuales se movían en esferas y ámbitos modernos como las famosas «vanguardias artísticas» del siglo XX, justo en un momento de un hondo debate sobre el significado del arte. Así, por ejemplo, Hauser señalaba lo que para él era un error muy habitual:

«La convención de que lo mejor tiene que ser también lo más antiguo es tan fuerte aún hoy, que muchos historiadores del arte y arqueólogos no temen falsear la historia con tal de mostrar que el estilo artístico que a ellos personalmente les resulta más sugestivo es también el más antiguo». (Arnold Hauser; Historia social de la literatura y el arte, 1951)

En muchos casos estos deseos subjetivistas de «un arte por el arte» se intentaron trasladar al mundo prehistórico, con el fin de buscar en ese «arte puro» la «esencia del sujeto». Con ello deseaban que volviéramos a la «verdadera esencia humana», pero dudosamente podemos encontrar una «esencia fundamental» entre los seres humanos de hoy respecto a los de hace milenios. Es todavía más improbable que sociedades que no tenían el sustento asegurado, pudieran dedicar su tiempo a labores artísticas de «improvisación» para «matar» el tedio del tiempo. Incluso si aceptamos que nuestros antepasados no hubiesen tenido intención alguna con su arte, pese a todo, debemos tener en cuenta la irrupción de la religión que, como cualquier producción ideológica, no deja de ser un reflejo de las condiciones materiales de su tiempo. En consecuencia, incluso en el caso de que algunas deidades y profecías nazcan de las formas más insospechadas como sueños, trances o delirios, etcétera, estos, por muy extraños que sean, no pueden abstraerse por ejemplo de las formas geométricas y de los colores existentes de nuestro mundo material; y lo más normal es que reproduzcan ideas de poder o deseos acordes a cada mentalidad individual y colectiva, según su época determinada y su idiosincrasia propia. Si profundizamos en cada pueblo un poco, no es cuestión de azar que posteriormente los dioses etíopes fueran representados con la tez negra a semejanza de sus adoradores, o que en el arte íbero aparezca el toro, animal fundamental de su entorno y economía.

Los soviéticos recogieron llegaron a este pertinente análisis ya que tuvieron que salir al paso ante este tipo de especulaciones que eran clásicas, pero no por ello menos equívocas:

«Los sociólogos burgueses y los teóricos del arte generalmente explican el origen del arte ya sea por algunas misteriosas «propiedades del alma humana» o «sentimientos de belleza» estéticos «innatos», «eternos», luego por intuición, o «subconsciente», luego por «inspiración de los elegidos», etc. No es difícil ver que la base teórica de tales puntos de vista sobre el origen del arte es el idealismo filosófico, mistificando la vida social, separando la conciencia del ser.

Algunos de los teóricos burgueses buscan los orígenes del arte en el mundo animal. Al mismo tiempo, hacen referencia al canto de los pájaros, su vistoso plumaje, los juegos de los animales, etc.

Estas teorías idealistas y metafísicas tergiversan el origen del arte. El marxismo enseña que la explicación del origen del arte debe buscarse en la propia vida social. El arte surge de las necesidades de la vida social. El arte primitivo de los pueblos de los niveles inferiores de cultura – danzas, dibujos en las paredes de las cavernas, representaciones escultóricas– es una reproducción de su actividad laboral. Por ejemplo, en los bailes de las mujeres nativas australianas se reproducen atrapar una zarigüeya, atrapar conchas, recoger las raíces de plantas nutritivas, alimentar a un niño, etc.

Los pueblos primitivos decoraban sus cuevas con dibujos, imágenes de los animales que cazaban. A veces las paredes de estas cuevas son una especie de «galerías de arte». El canto de los pueblos primitivos también estaba asociado a las actividades productivas y acompañaba su trabajo. Aquí el vínculo entre el arte y la producción social de la vida es inmediato, evidente, indiscutible. El arte aquí es sólo una forma idealizada de práctica social». (Partido Comunista de la Unión Soviética; Materialismo histórico, 1950)

También en el siglo XIX hubo figuras que trataron de buscarle un sentido más racional al arte prehistórico, explicando las pinturas como un ritual religioso. El propio Reinach, que anteriormente no parecía muy favorable a esta idea, se retractó de esa postura y adoptó este nuevo posicionamiento. Calificaba así la representación pictórica de la caza como:

«Una idea mística de la evocación por medio del dibujo o del relieve escultórico, análogo al de la invocación por medio de la oración, lo que hace investigar el origen del desarrollo del arte. (…) Estas manifestaciones artísticas no significaban, pues, lo mismo que para nosotros, pueblos civilizados, un lujo o un juego; eran la expresión de una religión muy primitiva de prácticas mágicas por medio de arpones y azagayas». (Salomón Reinach; Repertorio de arte cuaternario, 1903)

Esta idea la sacó de una comparación con las sociedades actuales más atrasadas:

«Si los trogloditas pensaban como los Aruntas de la Australia actual, las ceremonias que cumplían delante de estas efigies, debían tener por objeto asegurar la multiplicación de los elefantes, de los toros salvajes, de los caballos, de los ciervos que les servían de alimento». (Salomón Reinach; Repertorio de arte cuaternario, 1903)

viernes, 30 de septiembre de 2022

El avance de la ciencia en la época capitalista; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«Cuando uno se detiene a leer los órganos de expresión de los señores «reconstitucionalistas» comprende fácilmente que para ellos la ciencia [*] tiene ya poco recorrido. Al parecer, una vez la burguesía llega al poder y se consolida, esta hace todo lo posible por suprimir sus avances, su corrección o matización. Dicho de otra forma, «no es fiable» salvo para la clase burguesa misma, por ende, la ciencia está diseñada para proteger el orden existente (sic):

«La burguesía europea abandona sus veleidades revolucionarias en cuanto hace acto de presencia el proletariado como clase moderna independiente. (…) La ciencia −la forma de conciencia que mejor responde a la naturaleza y las necesidades de la burguesía− madura, se cierra y petrifica precisamente cuando va tomando forma definida «el germen genial de la nueva concepción del mundo». (Comité por la Reconstitución; Línea Proletaria, Nº3, 2018)

Este tipo de declaraciones son análogas a otras realizadas en otros artículos suyos que ya hemos citado. Ante este reduccionismo tan típico como vulgar, debemos preguntarnos, ¿en nuestra época, la ciencia juega a favor de la burguesía o del proletariado? O mejor dicho, ¿a quién beneficia más a largo plazo? Argumentemos la debida respuesta a este gran interrogante, una polémica en liza a la cual ya respondieron los líderes marxistas de la época, como el alemán Karl Kautsky, quien, enfrentando a escépticos y nihilistas, en 1907 pronunció lo siguiente:

«En la crítica del conocimiento encontramos otra oposición entre la ciencia burguesa y la ciencia proletaria o, si se prefiere, conservadora y revolucionaria. Una clase revolucionaria, que se siente con la talla para conquistar la sociedad, está también inclinada a no admitir límites a sus conquistas científicas y a considerarse capaz de resolver todos los problemas de su tiempo. Una clase conservadora, por el contrario, teme instintivamente a todo progreso no solamente en el dominio político y social sino, también, en el terreno científico, porque siente que toda ciencia profunda no puede ya serle de gran utilidad, sino que, por el contrario, puede perjudicarle infinitamente. Está inclinada a renegar de su confianza en la ciencia. La ingenua seguridad que animaba a los pensadores revolucionarios del siglo XVIII, como si tuviesen en el bolsillo la solución para todos los enigmas del mundo, como si hablasen en nombre de la «razón absoluta», ya no puede ser compartida hoy en día por el más audaz revolucionario». (Karl Kautsky; Las tres fuentes del marxismo. La obra histórica de Marx, 1907)

El propio Karl Kautsky en su famoso libro «La doctrina socialista» (1899), traducido en España por Pablo Iglesias y Julián A. Meliá, realizó un gran repaso a nivel histórico sobre el origen de las ciencias y el papel de los intelectuales en épocas pretéritas. Lejos de lo que suelen argumentar hoy algunos que no conocen mucho la obra de Kautsky, a diferencia de lo que sostenía por entonces Bernstein, este no albergaba muchas esperanzas en la capa de la intelectualidad, incluso aprovechó este ensayo para dedicarle unas críticas muy severas, aunque bien argumentadas, demostrando que incluso a veces son los propios intelectuales los mayores opositores del progreso en las ciencias. 

En primer lugar, explicó cómo todos estos fenómenos tan paradójicos fueron producto de la división del trabajo, y que el estatus privilegiado de los intelectuales se había basado siempre en la educación −y en ocasiones en el secreto de su oficio−. Resaltó que la intelectualidad: «Ha sido siempre el patrimonio de las clases directoras y posesoras»  donde «o bien los elementos inteligentes formaban la única clase directora, como sucede siempre al principio de la división de la sociedad en clases», o bien «constituían, al lado de la casta guerrera, una casta particular, la casta religiosa»; y sobre todo a partir de aquí, la intelectualidad forma claramente «un grupo de individuos que tienen los intereses más diversos». No es de extrañar que, tanto en la Edad Antigua, como en la Edad Contemporánea, el intelectual suele tener: «Mucho interés en que la cultura de la masa del pueblo sea suficiente para que se penetre de la importancia de la ciencia y se incline ante ella y ante sus representantes; pero su interés les recomienda también que se opongan a todos los esfuerzos que tiendan a aumentar el número de los que disfrutan de una buena educación profesional». Sin embargo, conforme las propias necesidades de la producción requieren de la extensión masiva de la educación, este privilegio se va corroyendo cada vez más; y esto, en el capitalismo, alcanza unas cuotas nunca antes vistas. Esto obliga al sistema: «A mejorar y extender no tan sólo la enseñanza elemental, sino también la enseñanza superior».

El pensador alemán describió cómo además parecía existir una «capa media de la clase intelectual», autoerigida como «aristocracia intelectual», que en parte recordaba a la pequeña burguesía, pues lo mismo se atreve a criticar «la avaricia del capital», que «mañana se indignará ante las malas formas del proletariado». La diferencia es que mientras esta capa es más instruida en conocimientos que la burguesía clásica, a razón de su propia profesión, por defecto mantiene una pasividad mucho más marcada que el ataño espíritu combativo que otrora había mantenido la pequeña burguesía, y como esta, la intelectualidad nunca logra nada sustancial a nivel político si no va acompañada y es guiada por el proletariado. Por último, Kautsky señala que, lejos de lo que pensaba Bernstein, dejándose engañar tan fácilmente por los «socialistas de cátedra» y diversos filántropos burgueses, no era cierto aquello de que no existe «ni un solo hombre culto, honrado y que piense con libertad, que no afirme que debe hacerse algo en favor del obrero»; más bien lo que ocurría es que estos rogaban porque la lucha de clases se «cese», o «por lo menos se dulcifique». En resumen, Kautsky aconsejaba al proletariado que si bien: «No cabe duda que el proletariado tiene amigos fieles aún entre los intelectuales», no menos cierto era que «hay muy pocos que se atrevan a romper y que puedan romper». 

Ahora, esto dista mucho de lo que aseguran algunos, como ocurre con nuestros caricaturescos «reconstitucionalistas», donde parecería que la ciencia simplemente juega un papel terrorífico en contra de los trabajadores. Este razonamiento es tan lúcido como afirmar que el trabajo es per se negativo porque hoy existe el trabajo asalariado con el fin de engrandecer la hucha personal del capitalista. Marx describió la penosa situación del trabajador dentro del entramado capitalista de la siguiente forma: 

«Lo rebajan a la categoría de apéndice de la máquina, lo destruyen con la tortura de su trabajo el contenido de éste, lo enajenan las potencias espirituales del proceso del trabajo en la medida en que a este se incorpora la ciencia como potencia independiente; corrompen las condiciones bajo las cuales trabaja; le someten, durante la ejecución de su trabajo, al despotismo más odioso y más mezquino; convierten todas las horas de su vida en horas de trabajo; lanzan a sus mujeres y sus hijos bajo la rueda trituradora del capital». (Karl Marx; El Capital, Tomo I, 1867)

No menos cierto es que hay que entender, pues, que:

«El capital se apropia la ciencia «ajena», ni más ni menos que se apropia el trabajo de los demás». (Karl Marx; El Capital, Tomo I, 1867)

Para ilustrar esto también podríamos optar por repasar los borradores para esta famosa obra, nos referimos a los «Manuscritos económicos» (1863), donde el autor reflexiona largo y tendido sobre esta cuestión y otras anexas. Allí analizó la relación entre ciencia y producción capitalista, entre naturaleza y economía o entre trabajo manual e intelectual:

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Javier Santaolalla como representante del idealismo en la física contemporánea; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«Los naturalistas creen liberarse de la filosofía simplemente por ignorarla o hablar mal de ella. Pero, como no pueden lograr nada sin pensar y para pensar hace falta recurrir a las determinaciones del pensamiento y toman estas categorías, sin darse cuenta de ello, de la conciencia usual de las llamadas gentes cultas, dominada por los residuos de filosofías desde hace largo tiempo olvidadas, del poquito de filosofía obligatoriamente aprendido en la universidad −y que, además de ser puramente fragmentario, constituye un revoltijo de ideas de gentes de las más diversas escuelas y, además, en la mayoría de los casos, de las más malas−, o de la lectura, ayuna de todo crítica y de todo plan sistemático, de obra filosófica de todas clases, resulta que no por ello dejan de hallarse bajo el vasallaje de la filosofía, pero, desgraciadamente, en la mayor parte de los casos, de la peor de todas, y quienes más insultan a la filosofía son esclavos precisamente de los peores residuos vulgarizados de la peor de las filosofías». (Friedrich Engels; Dialéctica de la naturaleza, 1883)

Si nos permite el lector un inciso, nos gustaría hacer una pausa y repasar rápidamente cómo gran parte de las teorías de los físicos actuales no tienen nada que envidiar a las peores especulaciones y afirmaciones rocambolescas de las de sus predecesores. 

Ligándolo con este último punto, el de las desventuras y especulaciones de los científicos naturalistas, hay que aclarar que estas no han sido ni son tan extrañas pese al manto de «rigurosidad» con el que se cubren. Sin ir más lejos, en la comunidad científica muchas veces se ha coqueteado con algunas teorías idealistas y metafísicas en un desesperado intento de encontrarle explicación a un fenómeno aún desconocido. Frecuentemente los descubrimientos científicos más trascendentales no consisten en encontrarle explicación a «X» o «Y» fenómeno, sino en descubrirlo en primer lugar, quedando el carácter de este y todas las preguntas que le rodean como una incógnita −que más tarde serán resueltas por el protagonista o sus discípulos−. Ante esta situación, algunas personalidades, con tal de llamar rápido la atención y atribuirse el mérito de falsos descubrimientos científicos que requerirían de una investigación más seria y objetiva, han sacado del cajón de los trastos viejos de la filosofía diversas tonterías sin base científica real alguna, las cuales suelen provenir de figuras de renombre con tal de, supuestamente, zanjar precipitadamente esas incógnitas formadas. 

Cómo los físicos contemporáneos plantean la posibilidad de los multiversos

El lector cuenta hoy de varios ejemplos contemporáneos respecto a esta falta del sentido del ridículo entre los profesionales de las ciencias naturales. Para ello puede seguir las publicaciones de dos físicos muy conocidos, Javier Santaolalla y José Luis Crespo −este último más conocido por su apodo, «QuantumFracture»−. Los dos se presentan abiertamente ante el mundo como «divulgadores científicos», y gracias a su estilo «millennial» −es decir, un reduccionismo extremo del conocimiento combinado con una infantilización en las formas de la comunicación− han logrado captar el interés de la prensa, televisión, radio y otros medios alternativos. Prueba de su éxito reciente son también sus canales personales de YouTube, en donde ya alcanzan cifras de 2,38 y 2,93 millones de subscriptores respectivamente. Y bien, ¿a qué se dedican exactamente? Estos caballeros no tienen problemas en refutar a los canales de ufología, reptilianos, homeopatía y conspiranoicos varios, como «Mundo desconocido» −y otros fraudes tan comunes hoy día en la era digital−, que ponen en tela de juicio la ciencia y su utilidad. Pero… ¿qué nos ofrecen ellos como material científico «riguroso» y de «calidad»? Cualquiera que se haya revisado sus vídeos entrevistas a medios oficiales −RTVE− o extraoficiales −«The Wild Project»− será consciente de la cantidad de especulaciones por minuto que rescatan −bien sea por inocencia o para arañar seguidores, quien sabe−.

Javier Santaolalla en su vídeo «Hoy sí que vas a entender el multiverso» (2021) asegura que la existencia de siete multiversos «no es ninguna locura» y que «de hecho, según los datos actuales apuntan» que vivimos en «un multiverso». Nos habla de una realidad física «más amplia» fuera de nuestro universo, de «nuestro espacio y tiempo donde vivimos». Sin embargo, a continuación, se desdice aclarando que «sigue sin entenderse bien qué es el multiverso»; pero «podría ser real» y plantea la existencia de «otros yo en el universo» (sic), donde, atentos, podríamos ser «cantantes» o «sí habríamos conocido por fin el amor de nuestra vida» (!). ¿Sabe el lector por qué no se puede verificar esta teoría tan propia de un cómic de ciencia ficción? Porque su propio seguidor sostiene que dichos multiversos «no interactúan entre sí», por lo que nunca tendríamos constancia de si nuestro otro «yo» alcanzó el estrellato en su carrera musical o encontró a su Julieta −¡qué pena!−.

lunes, 19 de septiembre de 2022

¿Por qué ya no tiene sentido presentar el desarrollo de la naturaleza o la sociedad bajo explicaciones místicas? Engels responde


«
Hay sobre todo tres grandes descubrimientos, que han dado un impulso gigantesco a nuestros conocimientos acerca de la concatenación de los procesos naturales: el primero es el descubrimiento de la célula, como unidad de cuya multiplicación y diferenciación se desarrolla todo el cuerpo del vegetal y del animal, de tal modo que no sólo se ha podido establecer que el desarrollo y el crecimiento de todos los organismos superiores son fenómenos sujetos a una sola ley general, sino que, además, la capacidad de variación de la célula, nos señala el camino por el que los organismos pueden cambiar de especie, y por tanto, recorrer una trayectoria superior a la individual. El segundo es la transformación de la energía, gracias al cual todas las llamadas fuerzas que actúan en primer lugar en la naturaleza inorgánica la fuerza mecánica y su complemento, la llamada energía potencial, el calor, las radiaciones la luz y el calor radiado, la electricidad, el magnetismo, la energía química se han acreditado como otras tantas formas de manifestarse el movimiento universal, formas que, en determinadas proporciones de cantidad, se truecan las unas en las otras, por donde la cantidad de una fuerza que desaparece es sustituida por una determinada cantidad de otra que aparece, y todo el movimiento de la naturaleza se reduce a este proceso incesante de transformación de unas formas en otras. Finalmente, el tercero es la prueba, desarrollada primeramente por Darwin de un modo completo, de que los productos orgánicos de la naturaleza que hoy existen en torno nuestro, incluyendo los hombres, son el resultado de un largo proceso de evolución, que arranca de unos cuantos gérmenes primitivamente unicelulares, los cuales, a su vez, proceden del protoplasma o albúmina formada por vía química. Gracias a estos tres grandes descubrimientos, y a los demás progresos formidables de las ciencias naturales, estamos hoy en condiciones de poder demostrar no sólo la trabazón entre los fenómenos de la naturaleza dentro de un campo determinado, sino también, a grandes rasgos, la existente entre los distintos campos, presentando así un cuadro de conjunto de la concatenación de la naturaleza bajo una forma bastante sistemática, por medio de los hechos suministrados por las mismas ciencias naturales empíricas. El darnos esta visión de conjunto era la misión que corría antes a cargo de la llamada filosofía de la naturaleza. Para poder hacerlo, ésta no tenía más remedio que suplantar las concatenaciones reales, que aún no se habían descubierto, por otras ideales, imaginarias, sustituyendo los hechos ignorados por figuraciones, llenando las verdaderas lagunas por medio de la imaginación. Con este método llegó a ciertas ideas geniales y presintió algunos de los descubrimientos posteriores. Pero también cometió, como no podía por menos, absurdos de mucha monta. Hoy, cuando los resultados de las investigaciones naturales sólo necesitan enfocarse dialécticamente, es decir, en su propia concatenación, para llegar a un «sistema de la naturaleza» suficiente para nuestro tiempo, cuando el carácter dialéctico de esta concatenación se impone, incluso contra su voluntad, a las cabezas metafísicamente educadas de los naturalistas; hoy, la filosofía de la naturaleza ha quedado definitivamente liquidada. Cualquier intento de resucitarla no sería solamente superfluo: significaría un retroceso.

Y lo que decimos de la naturaleza, concebida aquí también como un proceso de desarrollo histórico, es aplicable igualmente a la historia de la sociedad en todas sus ramas y, en general, a todas las ciencias que se ocupan de cosas humanas y divinas. También la filosofía de la historia, del derecho, de la religión, etc., consistía en sustituir la trabazón real acusada en los hechos mismos por otra inventada por la cabeza del filósofo, y la historia era concebida, en conjunto y en sus diversas partes, como la realización gradual de ciertas ideas, que eran siempre, naturalmente, las ideas favoritas del propio filósofo. Según esto, la historia laboraba inconscientemente, pero bajo el imperio de la necesidad, hacia una meta ideal fijada de antemano, como, por ejemplo, en Hegel, hacia la realización de su idea absoluta, y la tendencia ineluctable hacia esta idea absoluta formaba la trabazón interna de los acontecimientos históricos. Es decir, que la trabazón real de los hechos, todavía ignorada, se suplantaba por una nueva providencia misteriosa, inconsciente o que llega poco a poco a la conciencia. Aquí, al igual que en el campo de la naturaleza, había que acabar con estas concatenaciones inventadas y artificiales, descubriendo las reales y verdaderas; misión ésta que, en última instancia, suponía descubrir las leyes generales del movimiento que se imponen como dominantes en la historia de la sociedad humana.

viernes, 9 de septiembre de 2022

¿Qué consecuencias tiene la mecanización del trabajo para la producción y los trabajadores?

«Aunque, en las ramas de trabajo en que se implanta, la maquinaria desplaza forzosamente a cierto número de obreros, puede sin embargo, ocurrir que en otras ramas de trabajo provoque una demanda mayor de mano de obra. Pero este efecto nada tiene que ver con la llamada teoría de la compensación. Como todo producto mecánico, por ejemplo una vara de tejido a máquina, es más barato que el producto manual de la misma clase desplazado por él, de aquí se sigue como ley absoluta, lo siguiente: si la cantidad total del artículo producido a máquina sigue siendo igual a la del artículo manual o manufacturero que aquél que viene a sustituir, la suma total del trabajo invertido disminuirá. El aumento de trabajo que suponga la producción del instrumento de trabajo, de la máquina, del carbón, etc., tiene que ser, forzosamente, inferior a la disminución de trabajo conseguida mediante el empleo de la maquinaria. De otro modo, el producto mecánico seria tan caro o más que el producto manual. En realidad, lejos de mantenerse invariable, la masa total de los artículos mecánicos producidos por un número menor de obreros excede en mucho a la masa total de los artículos manuales desplazados por aquéllos. Supongamos que 400.000 varas de tejido a máquina sean fabricadas por menos obreros que 100.000 varas de tejido a mano. En la masa cuadruplicada de producto entra una masa cuadruplicada de materia prima. Esto plantea, por tanto, la necesidad de cuadruplicar la producción de las materias primas. En cambio, en lo que se refiere a los instrumentos de trabajo utilizados: edificios, carbón, maquinaria, etc., el límite dentro del cual puede aumentar el trabajo adicional necesario para su producción varía con la diferencia entre la masa del producto mecánico y la masa del producto manual fabricado por el mismo numero de obreros.

Por tanto, al extenderse la maquinización en una rama industrial, comienza a desarrollarse la producción en las otras ramas que suministran a aquélla medios de producción. La medida en que esto haga crecer la masa de obreros colocados dependerá, dada la duración de la jornada de trabajo y la intensidad de éste, de la composición orgánica de los capitales invertidos, es decir, de la proporción entre su parte constante y variable. A su vez, esta proporción varía considerablemente según la extensión que la maquinaria haya tomado ya o tome en aquellas industrias. El censo de hombres condenados a las minas de carbón y de metal creció en proporciones enormes con los progresos de la maquinaria inglesa, aunque en los últimos decenios este incremento fue amortiguado por el empleo de nueva maquinaria para las minas [133]. Con la máquina nace una nueva clase de obreros: sus productores. Ya sabemos que la maquinización se adueña de esta rama de producción de donde nacen las mismas maquinas en una escala cada vez más intensa [134]. Por lo que se refiere a las materias primas [135], no ofrece, por ejemplo, ninguna duda que la marcha arrolladora de la industria textil algodonera fomentó como planta de estufa el cultivo del algodón en los Estados Unidos, y con él, no sólo la trata de esclavos de África, sino también la cría de negros, como uno de los negocios más florecientes en los llamados estados esclavistas fronterizos. Al levantarse en 1790 el primer censo de esclavos en los Estados Unidos, la cifra de esclavos era de 697,000; en 1861, ascendía ya a cuatro millones, aproximadamente. No menos cierto es, por otra parte, que la prosperidad de las fábricas mecánicas de lana, con la progresiva transformación de las tierras de labor en pastos para el ganado lanar, provocó la expulsión en masa de los braceros del campo y su desplazamiento como población «sobrante». En estos momentos, Irlanda está atravesando todavía por el proceso que reducirá su población, disminuida ya en cerca de la mitad desde 1845; al nivel que corresponda exactamente a las necesidades de sus terratenientes y de los señores fabricantes de lanas de Inglaterra.

En aquellos casos en que la maquinaria se apodera también de las fases previas o intermedias recorridas por un objeto de trabajo antes de revestir su forma definitiva, con el material de trabajo aumenta también la demanda de éste en las industrias explotadas todavía a mano o manufactureramente y que trabajan sobre objetos ya elaborados a máquina. Así, por ejemplo, las hilanderías mecánicas suministraban el hilo con tal baratura y en tal abundancia, que, al principio, los tejedores manuales podían seguir trabajando todo el tiempo sin hacer mayores desembolsos. Esto incrementaba sus rentas [136]. Ello determinó una gran afluencia de personal al ramo de tejidos de algodón, hasta que por último el telar a vapor vino a azotar a los 800,000 tejedores de algodón que en Inglaterra, por ejemplo, habían congregado la Jenny, la throstle y la mule. Otro tanto acontece con la industria de confección: con la plétora de tejidos fabricados a máquina, crece el número de sastres, modistas, costureras, etc., hasta que aparece la máquina de coser.

Al crecer la masa de materias primas, artículos a medio fabricar, instrumentos de trabajo, etc., producidos con un número relativamente pequeño de obreros por la industria maquinizada, la fabricación de estas primeras materias y artículos a medio elaborar se desglosa en una serie innumerable de categorías y variantes, con lo que se desarrolla la variedad de las ramas sociales de producción. La maquinización impulsa la división social del trabajo mucho más que la manufactura, puesto que aumenta en una proporción mucho mayor la fuerza productiva de las industrias en que se implanta.

El resultado más inmediato de la maquinaria es el aumento de la plusvalía y, con ella, de la masa de producción en que toma cuerpo; por tanto, al mismo tiempo que incrementa la sustancia de que vive la clase capitalista, con todo su cortejo, hace aumentar el contingente de estas capas sociales. Su creciente riqueza y el descenso constante relativo del número de obreros necesario para la producción de artículos de primera necesidad, crean, a la par que nuevas necesidades de lujo, nuevos medios para su satisfacción. Una parte mayor del producto social se convierte en plusproducto, un volumen más considerable de éste se produce y consume, a su vez, en formas más refinadas y variadas. Dicho en otros términos: crece la producción de lujo [137]. La tendencia hacia el refinamiento y la variedad de los productos brota también de las nuevas relaciones internacionales creadas por la gran industria. No sólo se desarrolla el intercambio de artículos extranjeros de consumo por productos indígenas, sino que la industria nacional va utilizando, como medios de producción, una cantidad cada vez mayor de materias primas, ingredientes, artículos a medio fabricar, etc., importados del extranjero. Estas relaciones internacionales provocan un alza de la demanda de trabajo en la industria del transporte, haciendo que ésta se desdoble en numerosas variedades nuevas [138]. El aumento de los medios de producción y de consumo, acompañado de un descenso relativo del número de obreros, fomenta la actividad en una serie de ramas industriales, como los canales, los muelles de mercancías, los túneles, los puentes, etc., cuyos productos sólo son rentables en un remoto porvenir. Surgen –ya sea directamente a base de la misma maquinaria, o bien indirectamente, gracias a la revolución industrial provocada por ella– ramas de producción y campos de trabajo totalmente nuevos. Sin embargo, el espacio ocupado por ellos en la producción global no es considerable, ni aun en los países más avanzados. El número de obreros empleados en estas ramas nuevas de producción crece en razón directa a la medida en que se reproduce la necesidad de los trabajos manuales más toscos. Como industrias principales de este género pueden citarse, en la actualidad, las fábricas de gas, el telégrafo, la fotografía, la navegación a vapor y los ferrocarriles. El censo de 1861 
para Inglaterra y Gales registra en la industria del gas fábricas de gas, producción de aparatos mecánicos, agentes de compañías de gas, etc. 15,211 personas; en telégrafos, 2,399; en la rama de fotografía, 2,366; en la navegación a vapor, 3,570 y en los ferrocarriles 70,599, entre las cuales hay que contar unos 28,000 peones ocupados más o menos permanentemente en los trabajos de desmonte, y todo el personal comercial y administrativo. El censo global de estas cinco industrias nuevas asciende, como se ve, a 94,145 personas.

Finalmente, el aumento extraordinario de fuerza productiva en las esferas de la gran industria, acompañado, como lo está, de una explotación cada vez más intensiva y extensa de la fuerza de trabajo en todas las demás ramas de la producción, permite emplear improductivamente a una parte cada vez mayor de la clase obrera, reproduciendo así, principalmente, en una escala cada vez más intensa, bajo el nombre de «clase doméstica», la categoría de los antiguos esclavos familiares: criados, doncellas, lacayos, etc. En el censo de 1861, la población total de Inglaterra y Gales ascendía a 20.066,244 personas, de ellas 9.776,259 hombres y 10.289,965 mujeres. Descontando de esta cifra todas las personas capacitadas por su edad para trabajar, las «mujeres improductivas», los muchachos y los niños, las profesiones «ideológicas», tales como el gobierno, el clero, las gentes de leyes, los militares, etc., todos aquellos cuyo oficio se reduce a vivir del trabajo ajeno en forma de rentas, intereses, etc., y, finalmente, los mendigos, los vagabundos, los criminales, etc. quedan, en números redondos, unos 8 millones de personas de ambos sexos y de todas las edades, incluyendo entre ellas a todos los capitalistas que intervienen de algún modo en la producción, el comercio, la finanza, etc». (Karl MarxEl Capital, Tomo I, 1867)

jueves, 1 de septiembre de 2022

Marx analizando las causas de la Guerra de Secesión Estadounidense (1861-65)

«En fin, el número de los actuales esclavistas en el Sur de la Unión alcanza apenas a trescientos mil, o sea, una oligarquía muy exigua, a la que se enfrentan millones de «pobres blancos», cuya masa crece sin cesar en virtud de la concentración de la propiedad de la tierra, y cuyas condiciones únicamente son comparables a las de los plebeyos romanos de la época del declive extremo de Roma. Tan sólo mediante la adquisición −o la perspectiva de adquisición de territorios nuevos, o mediante expediciones filibusteras, es posible concertar los intereses de estos «pobres blancos» con los de los esclavistas y dar a su turbulenta necesidad de actividad una dirección que no sea peligrosa, puesto que haría espejear ante sus ojos la esperanza de que ellos mismos podrían con­vertirse un día en propietarios de esclavos.

Un estricto confinamiento de la esclavitud en su antiguo dominio debería, pues −por las leyes económicas del esclavismo−, conducir a su extinción progresiva; después −desde el punto de vista político−, a arruinar la hegemonía ejercida por los Estados esclavistas del Sur gracias al Senado, y por fin, a exponer a la oligarquía esclavista en el interior mismo de sus Estados a unos peligros cada vez más amenazantes del lado de los «pobres blancos». En resumen, los republicanos atacan la raíz de la. dominación de los esclavistas cuando proclaman el principio de que se opondrán con la ley a toda extensión futura de territorios de esclavos. La victoria electoral de los republicanos debía, pues, empujar a la lucha abierta entre el Norte y el Sur. No obstante, esta misma victoria estuvo condicionada por la escisión dentro del campo demócrata, en la forma que ya hemos mencionado.

La lucha por Kansas ya había provocado un corte «filtre el partido esclavista y sus aliados demócratas del Norte. Durante la elección presidencial de 1860, el mismo conflicto estalló de forma aún más general. Los demócratas del Norte, con su candidato Douglas, hacían que la introducción de la esclavitud en los territorios dependiese de la voluntad de la mayoría de los colonos. El partido esclavista −con su candidato Breckinridge− sostenía que la Constitución de los Estados Unidos −como había declarado el Tribunal Supremo− llevaba legalmente la esclavitud en su estela; en sí y por sí, la esclavitud era ya legal sobre todo el territorio, y no exigía ninguna naturalización particular. Así, pues, en tanto que los republicanos negaban toda ampliación de los territorios esclavistas, el partido sudista pretendía que todos los territorios de la República eran sus dominios privados. Y, de hecho, por ejemplo en Kansas, intentó imponer la esclavitud por la fuerza a un territorio, gracias al gobierno central y contra la voluntad de los colonos. En pocas palabras, ahora hacía de la esclavitud la ley de todos los territorios de la Unión. Sin embargo, hacer esta concesión no estaba en manos de los jefes demócratas: ello habría determinado, simplemente, que sus huestes desertaran al campo republicano. Por otra parte, la «soberanía de los colonos» a lo Douglas no podía satisfacer al partido de los esclavistas. Lo que éstos pretendían hacer debería realizarse dentro de los cuatro años siguientes, bajo el nuevo presidente y por medio del gobierno central: no se podía permitir demora alguna.

No se les escapaba a los esclavistas que había nacido una nueva potencia: el Noroeste, cuya población casi se había duplicado de 1850 a 1860 y que era ahora sensiblemente igual a la población blanca de los Estados esclavistas. Ahora bien, esta potencia no estaba inclinada, por sus tradiciones, su temperamento y su modo de vida, a dejarse arrastrar de compromiso en compromiso, como habían hecho los viejos Estados del Nordeste. La Unión sólo tenía interés para el Sur si aquélla le entregaba el poder federal para realizar su política esclavista. Si no era este el caso, valía más romper ahora, suites de asistir todavía durante cuatro años al desarrollo del Partido Republicano y al auge del Noroeste, para entablar la lucha bajo auspicios más desfavorables. El partido esclavista se jugaba el todo por el todo. Cuando los demócratas del Norte se negaron a seguir desempeñando por más tiempo el papel de «pobres blancos» del Sur, el Sur dio la victoria a Lincoln dispersando sus votos; a continuación desenvainó la espada tomando aquella victoria como pretexto». (Karl Marx; La Guerra Civil Estadounidense, 20 de octubre de 1861)

martes, 23 de agosto de 2022

¿Debió el PCE adoptar la «Nueva Democracia» y la «GPP» para ganar la Guerra Civil Española (1936-39)?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«En otros capítulos de nuestras obras [*] pudimos comprobar cómo en su día Mao Zedong, al igual que tantos otros líderes de Europa del Este y Asia, recibieron su flamante «República Popular» de la mano de las acciones decisivas del Ejército Rojo de la URSS contra Japón, de su financiación permanente, de la existencia de una frontera segura −como era la soviético-mongola− y gracias −en líneas generales− a una coyuntura internacional altamente favorable durante la posguerra. En cambio, en 1964, Mao no solo parecía olvidarse de esa verdad histórica, sino que al creerse la propaganda de los suyos −que le erigía como el mayor «genio militar» que el mundo jamás haya conocido− se permitía dar consejos al resto del mundo, «corrigiendo» los errores del resto de experiencias: 

«Kang Sheng: Yo le pregunté a los camaradas españoles, y ellos contestaron diciendo que el problema para ellos consistía en establecer una democracia burguesa, y no una nueva democracia. En su país, ellos no se ocuparon de estos tres puntos: ejército, campo y Poder político. Se subordinaron completamente a las exigencias de la política exterior soviética, y no consiguieron nada en absoluto (Mao: ¡Esas son las políticas de Chen Tu-hsiu!). Ellos dicen que el Partido Comunista organizó un ejército y luego se lo entregó a otros. (Mao: Eso es inútil). Ellos tampoco querían el Poder político». (Mao Zedong; Presidente Mao hablando al pueblo; Conversaciones y cartas: 1956-1971)

Esta es la cita del «Gran Timonel» que los neomaoístas han reproducido hasta la saciedad para intentar explicar los diferentes resultados en las guerras de China y España. Sin ir más lejos, obsérvese como la «Línea de Reconstitución» (LR) reproducía la obra del Partido Comunista Revolucionario (EE. UU.) «La Línea de la Comintern ante la Guerra Civil en España» (2016), un escrito en donde, todo sea dicho, se coquetea abiertamente con una reevaluación de la guerra en clave trotskista y se repiten todos los mitos de la historiografía burguesa sobre el PCE, como la acusación de «oponerse a la colectivización», regalar el carnet a «pequeño burgueses» y «rebajar el espíritu revolucionario de las masas», algo que refutamos en su día. Para más inri, demuestra un cínico ejercicio de proyección de lo que ha sido maoísmo y sus propios defectos. Véase el capítulo: «La Guerra Civil Española (1936-39) y su interpretación en clave anarco-trotskista» (2022).

Asegurar que los revolucionarios españoles perdieron la guerra porque en lo militar no aplicaron una «GPP» combinada en lo político-económico con una búsqueda de una «nueva democracia», y que ambos factores fueron decisivos para «la desmoralización de los desposeídos» es lo más patético que se puede llegar a afirmar a nivel histórico. No solo es una auténtica falta de respeto para los antifascistas hispanos y de todo el mundo, sino que es una mentira que, como tal, tiene las patas muy cortas. Precisamente el programa de «nueva democracia» de Mao incluía: 1) negar la hegemonía de cualquier clase o partido en esta etapa; 2) no obstaculizar, sino primar, el desarrollo del sector privado considerándolo «beneficioso para el pueblo»; 3) pedir créditos al imperialismo extranjero para industrializar el país y «desarrollar las fuerzas productivas»; 4) considerar a la burguesía compradora y al colonialismo como únicos enemigos de la nación, configurando a la burguesía nacionalista como parte del «pueblo» y «aliado fundamental» para el triunfo de la revolución, esquema de alianzas que consideraban también posible «durante la construcción del socialismo». No podemos hacer nada por quien se atreva hoy a negar esto; simplemente le aleccionamos a que repase las obras originales del autor chino sin adulteraciones. Véase nuestra obra: «Comparativas entre el marxismo-leninismo y el revisionismo chino sobre cuestiones fundamentales» (2016).