«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

sábado, 15 de junio de 2019

La teoría feminista de la paridad


«Vale decir que la teoría de la «paridad» abandera por diversas ramas del feminismo promueve un equilibrio obligado en el número de hombres y mujeres en temas como puestos de poder, una «discriminación positiva» bajo la excusa de que así es como se resolverá la desigualdad entre el hombre y la mujer en la participación en la política, la incorporación al tejido productivo o el acceso a la cultura. Pero las leyes de paridad no es sino una muestra de caridad de la burguesía hacia la mujer que queda muy bien de cara a la galería, igual que ocurre cuando la burguesía agita la bandera y el espíritu de la beneficencia hacia los pobres, pero no resuelve nada, es un parche, una solución superficial que deja intacto el problema que origina la desigualdad de la mujer en ciertas ocasiones. 

Colocar sin más a una mujer en un cargo por el mero hecho de ser mujer es un acto que puede suponer que dicho elemento finalmente desempeñe correcta o notablemente su función para el cargo, sin que ello quite que el momento de su selección se puso por delante su sexo en detrimento de su habilidad. Por otro esta situación también puede dar el caso de que se ponga en un aprieto a un sujeto femenino no cualificado abriendo la posibilidad a un futuro mal desempeño que finalmente sucede, un error de desempeño que será producido no porque biológicamente o intelectualmente la mujer sea inútil, sino porque en este caso el motivo sexual fue el requisito principal para su selección, siendo su formación requerida un aspecto de segundo orden. Esto supone además, denegar el acceso a otra persona más cualificada solo por el hecho de tener otro sexo, discriminación que aleja a los sistemas democrático-burgueses de la tan cacareada «meritocracia» que dicen que es signo de «salud democrática».  

Queda claro pues que este tipo de leyes basadas en la paridad solo se fijan en el sexo del individuo no en sus capacidades. Muchas de las sociólogas dirán que no se puede implantar una meritocracia en medio de un sistema que no es democrático o al menos no cien por cien democrático con la mujer, a lo que estamos de acuerdo, pero no estamos de acuerdo con que la solución sea poner una medida draconiana como la «discriminación positiva», que se ha mostrado tan absurda e idealista, como ineficaz. La doctrina comunista no aboga por regalar la igualdad a la mujer en un acto de piedad creyendo que es una criatura inferior, sino que se esfuerza por ver cuál es el estatus de la mujer y donde se halla el problema de la desigualdad, así una vez identificando se lucha por deshacer esa desigualdad a través de transformaciones materiales socio-económicas que brinden una igualdad material real entre hombres y mujeres, no se pierde el tiempo planteando ideas y leyes inútiles que se ocupan de aliviar parte del problema pero dejan intacta la raíz del mismo. Los comunistas son consientes de que no hay que regalar puestos ni a hombres ni a mujeres por cuestiones de sexo, ni de etnia y otros motivos, sino que se debe ofrecer una igualdad de oportunidades para trabajar, formarse intelectualmente y acceder a la cultura, que para ello es necesario que tras la toma de poder político por el proletariado se implante un nuevo modelo económico basado en la propiedad social, para que así finalmente cada individuo pueda optar a diferentes puestos estando realmente en igualdad de oportunidades sin distinción de oportunidades directa o indirecta por sexo o clase como ocurre en el capitalismo. De otra manera si tomásemos como modelo la paridad de puestos burguesa, sin resolver el problema del modelo político-económico del capitalismo, y damos puestos en favor de mujeres en sociedades patriarcales o con reminiscencias del mismo, nos toparemos con el problema de que en caso que un miembro seleccionado por su sexo bajo la paridad ejerza mal su puesto, se estará incurriendo en un perjuicio para la sociedad en general y entorpeciendo indirectamente además, el trabajo encaminado a buscar la igualdad con ese colectivo, porque como consecuencia se retroalimentarán los mitos y prejuicios negativos del patriarcado sobre la imposibilidad de que la mujer gestione bien puestos de responsabilidad.

La teoría de la paridad es una teoría de género más que olvida la cuestión de clase, en sus exposiciones jamás profundiza en las diferencias entre la opresión que sufre una mujer trabajadora y una mujer burguesa, una explotadora y una explotada. De hecho que las trabajadoras hayan adoptado el discurso del feminismo hegemónico –claramente manipulado por intelectuales burguesas– y una de sus mayores preocupaciones reivindicativas sea el llamado «techo de cristal» –y en concreto el referido a optar al mismo número de sillones en los grandes puestos en empresas que los hombres–, evidencia hasta qué punto el feminismo es un movimiento burgués o a lo sumo interclasista, es decir, que arrastra a las mujeres a interesarse, preocuparse e identificarse en la lucha referida a su colectivo sexual, pero a eludir, a suprimir consciente o inconscientemente la cuestión de clase, la lucha de clases que se forja frente a sus ojos.

Todo esto no lo decimos por decir, si miramos las teorías y leyes impulsadas por los socialdemócratas –ahora más bien neoliberales– del PSOE, se dice en su periódico afín:

«Las acciones positivas son medidas a favor de las mujeres, para corregir situaciones patentes de desigualdad respecto a los hombres, que adopta la Administración para hacer efectivo el principio constitucional de igualdad. Obviamente, estas medidas se utilizan en tanto existan las situaciones mencionadas y tienen que ser razonables y proporcionadas en relación con el objetivo. Un ejemplo de acción positiva es la propuesta de cambio, en la Ley de Régimen Electoral General para conseguir una composición equilibrada entre mujeres y hombres en las listas electorales, de forma que las personas de cada sexo no superen el 60%, ni sean menos del 40%». (El País; La ley de igualdad, 14 de septiembre de 2006)

Como vemos aquí se habla de introducir sí o sí a las mujeres en puestos políticos pero poco se dice de cuál es el problema de origen que provoca tal desigualdad. Por esa misma lógica si lo llevásemos al tema de desigualdad económica, ¿no habría que garantizar un 40% de puestos políticos para los que ganasen el salario mínimo? O en tema de exclusión étnico-cultural, ¿no sería lícito también garantizar un mínimo de representación para las minorías étnicas? Como se ve, el discurso se les podría volver en contra con facilidad.

¿Pero al menos los resultados de estas medidas ponen freno a la desigualdad que sufre la mujer en la sociedad? Ni mucho menos. El garantizar puestos para la «mujer» en abstracto, no supone una mejora de la situación económica-cultural de la mujer trabajadora, ni tampoco influye en su participación en la política. Son cuestiones diferentes pero de aparente relación. ¿Acaso para la mujer trabajadora ha supuesto un bienestar en sus derechos laborales o salariales la existencia de mujeres en el PSOE, como Teresa de la Vega, que siendo Vicepresidenta del Gobierno apoyó la reforma laboral de 2010 que vaciaba el listado de derechos de las trabajadoras en favor de los empresarios y las empresarias? ¿La presencia Carmen Chacón ha alejado a las mujeres españolas de la participación de ellas, sus cónyuges e hijos en las guerras y tramas imperialistas españolas que han seguido sucediendo por todo el globo? ¿Se ha solucionado el problema de vivienda para las mujeres casadas y solteras por el hecho de que Beatriz Corredor haya ocupado el puesto referente a esto como es ser Ministra de Vivienda? ¿Acaso Mercedes Cabrera impulsó una visión de la Educación menos aburguesada o logró unas tasas de abandono escolar menos vergonzantes que sus sucesores? ¿No tenemos el mejor ejemplo de disfuncionalidad en Presidentas de Comunidad como Susana Díaz, con hasta un 20% de desempleo, cuyo desempeño está por completo alejado del problema de la mujer y su estatus? Podríamos citar la «grandísima labor» de otras mujeres del PP como Esperanza Aguirre, Dolores Cospedal, Ana Botella, Cristina Cifuentes, Rita Barberá, pero creo que el lector nos ha entendido de sobra.

Todas estas mujeres en parte han sido impulsadas gracias a las llamadas «leyes de igualdad». Y bajo la propaganda en los medios burgueses se ha anunciado que «se ha conseguido una igualdad real entre el hombre y la mujer». La realidad dice que en la práctica han resultado en ser cómplices directas, junto a los hombres del PSOE y de otros partidos, de las legislaciones y políticas de carácter antiobrero y en ocasiones, de claro tinte patriarcal. Solo hay que mirar el hecho de que ninguna de ellas pertenece a la clase obrera, son todas burguesas o en su defecto intelectuales burguesas. Con eso se demuestra que en el caso de la política, la paridad, significa un pacto entre el hombre burgués y la mujer burguesa, pero no la participación ni la inclusión de todo el colectivo femenino en la política, ni el fin de sus penurias y problemas económicos, ni equilibrio en el acceso a la cultura comparada con su homóloga mujer burguesa. Esto nos debe de quedar claro.

Es un hecho pues que la paridad no soluciona nada, que sin un cambio político y económico que destruya la propiedad privada que da luz a la diferenciación social y que sostiene la llamada «cultura patriarcal» no hay solución al problema; y que un autodenominado comunista ejerza esta teoría significa simplemente que está influenciado por teorías del feminismo burgués en la cuestión de género». (Equipo de Bitácora (M-L); Antología sobre Reconstrucción Comunista y su podredumbre oportunista, 25 de septiembre de 2017)

Posts relacionados:

El perfil del militante medio, el trabajo con las distintas capas de la población y la forma de reclutamiento en el PCE (m-l); Equipo de Bitácora (M-L), 2019


«La composición del partido, la forma de reclutar y el trabajo diario con las masas, son cuestiones muy importantes, que además tienen su incidencia e influyen en otros aspectos como puede ser las alianzas a contraer.

Si ya hemos visto que el PCE (m-l) jamás logró arrebatar al revisionismo carrillista de CCOO ni al socialdemocratismo felipista de UGT el papel predominante, no pudo lograr la hegemonía entre el sindicalismo obrero. Pero no era el único problema al que se enfrentó.

Uno de los mayores problemas a los que tuvo el PCE (m-l) fue el contenido en sí de su militancia.

Cuando el partido comenzó a desarrollarse, más que eco entre la clase obrera, tuvo una influencia reseñable entre la juventud como recogían los servicios secretos franquistas:

«Como ya queda dicho, el PCE (m-l) se ha extendido especialmente en el ámbito estudiantil y algo en el laboral, teniendo su mejor acogida entre la juventud por su radicalismo». (Informe del SECED Sobre el Partido Comunista de España (marxista-leninista), Grupos subversivos, julio de 1974)

Como era normal, esto hacía derivar en fenómenos como los que se relatan:

«Los militantes del PCE (m-l) y de sus organizaciones han dado frecuentes pruebas de falta de formación ideológica, de indisciplina y de desorganización, especialmente entre los elementos jóvenes con espíritu rebelde y deseosos de violencia, componente de muchos comandos ejecutados en contra de la disciplina del partido». (Informe del SECED Sobre el Partido Comunista de España (marxista-leninista), Grupos subversivos, julio de 1974)

Años después se señalaría desde el PCE (m-l) sobre el tema de la juventud en pleno inicio de la década de los 80:

viernes, 14 de junio de 2019

Más allá del pasado revolucionario de las personas, hay que analizar siempre sus posiciones actuales sin subjetivismo ni sentimentalismo


«En materia de militancia revolucionaria, no ignoramos que el principio de la unidad a todo precio, es uno de los argumentos que por lo general utilizan de manera deshonesta y cínica los revisionistas españoles para así retener bajo su influencia a no pocos honrados militantes que en el fondo están en desacuerdo con ellos. Ocurre además que esos mismos militantes honrados y algunas personas progresistas de tendencias marxistas, no pueden comprender como dirigentes que han tenido en el pasado una justa y revolucionaria actuación, hayan podido degenerar en revisionistas contrarrevolucionarios. Pero esto no tiene nada de extraño si examinamos el problema de manera científica dejando de lado todo subjetivismo y sentimentalismo acerca de las personas y su pasado, por muy prestigioso que sea». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Revolución Española, Nº1, 1966)

jueves, 6 de junio de 2019

El seguidismo del PCE (m-l) a las políticas de la «Revolución Cultural» de los revisionistas chinos; Equipo de Bitácora (M-L), 2019


«Uno de los grandes mitos para los revolucionarios de los años sesenta fue lo relativo al: «Seguidismo a la Revolución Cultural», ya comentado sobre otros grupos.

Léase por ejemplo el suplemento de la revista Revolución Española llamado Cuadernos marxista-leninista Nº5 titulado «La decisiva importancia para todos los pueblos del mundo de la Gran Revolución proletaria en China» de 1971, allí el PCE (m-l) mostraría que no se diferenciaba en nada a otros grupos maoístas españoles o del exterior en cuanto a la evaluación de dichos eventos. A ejemplo véase en otra de sus publicaciones los epítetos clásicos de aquella época que podrían firmar cualquier partido prochino:

«Gracias a la Gran Revolución Cultural Proletaria dirigida por el Camarada Mao Zedong, el pueblo chino ha sido movilizado y China Popular se ha convertido en el bastión rojo de la revolución mundial. Por tanto, la Gran Revolución Cultural proletaria es, para los pueblos del mundo, una fuente inagotable de enseñanzas y de estímulo revolucionario, y es un ejemplo irrefutable de cómo aislar y derrotar a los grupos revisionistas contrarrevolucionarios a través de la movilización audaz de las masas sobre la base del Pensamiento Mao Zedong». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Mensaje de felicitación del Comité Ejecutivo del PCE (m-l) al Presidente Mao Zedong con ocasión del Noveno Congreso del PC de China, 5 de Abril 1969)

Se rectificaría en 1979:

«A la vista de lo sucedido en aquel vasto movimiento dirigido personalmente por Mao, se puede afirmar que fue un movimiento esencialmente anticomunista y contra el proletariado. Algunos de nosotros presenciamos personalmente estos hechos que confirman lo anterior. Aquel movimiento, bajo la dirección de Mao –insistimos en esto– estaba encabezado por los estudiantes y el ejército, y no como hubiera sido lógico por los comunistas y la clase obrera, pese a que añadían la coletilla «proletaria». Esa «revolución», que hubiera sido justa de haber estado encaminada a combatir las tendencias revisionistas y a los elementos burgueses, como ellos mismos decían en su propaganda, disolvió las organizaciones del partido, los comités, las células, la organización de la juventud, la sindical, etc., y en su lugar surgieron los comités de los «guardias rojos», compuestos, casi exclusivamente por estudiantes y militares. Amparándose en aquel movimiento, distintas camarillas se ajustaron las cuentas entre sí, fue eliminado el revisionista Liu Shao-chi, el siniestro Deng Xiaoping y otros, que luego han sido rehabilitados, incluso en vida de Mao, como ha sido el caso de Deng. Fue un movimiento típicamente anarquista que sólo benefició a la burguesía». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIIº Congreso del PCE (m-l), 1979)

Sobre este fenómeno ya dijimos:

martes, 4 de junio de 2019

David Hume y su filosofía


«El reconocimiento de un elemento espiritual —la sensación—: como primario, y la negación de la existencia real de las cosas, pusieron la filosofía de Berkeley en completa contradicción con la ciencia. Sacar a esta filosofía idealista de su atolladero y eliminar sus contradicciones internas, dar una crítica más fina y encubierta del materialismo, eliminar sus contradicciones internas, fue lo que intentó Hume, sucesor y continuador de la filosofía de Berkeley.

Por sus relaciones sociales y simpatías políticas, David Hume (1711-1776), pertenecía a la capa conservadora de la burguesía privilegiada. En el capítulo «De la historia crítica», escrito para el «Anti-Dühring», Marx cita la característica dada por el historiador Schlosser, de la fisonomía político-social de Hume. Schlosser dice: 

«Se sabe, que [Hume] era un partidario ardiente de la oligarquía de los whigs, defensora de «la Iglesia y del Estado» y por lo que recibió como recompensa, primeramente el puesto de secretario de la Embajada en París, y luego, el cargo, incomparablemente más importante y más retribuido, de subsecretario de Estado. En el aspecto político, Hume era y siguió siendo siempre un hombre conservador de ideas rigurosamente monárquicas». (Citado por Marx y Engels. Obras, tomo XIV, página 244. Edición rusa)

A pesar de sus simpatías personales conservadoras, Hume fue uno de los reconocidos dirigentes ideológicos de la burguesía inglesa del siglo XVIII. Sus obras económicas, dice Marx, son:

«Una glorificación progresiva y optimista de la industria y del comercio que florecían a la sazón, es decir, de la sociedad capitalista que, por aquellos tiempos, iba entronizándose rápidamente en Inglaterra». (Idem, página 243)

Importa observar que Hume extendió su escepticismo, la duda de la existencia de la sustancia objetiva, no sólo a la sustancia material, sino también a la sustancia espiritual. Según él, Dios, tampoco es demostrable. Y como esto minaba los dogmas religiosos, el clero inglés logró la condena del libro de Hume por sus principios antirreligiosos e «inmorales». Los dos intentos de Hume de obtener una cátedra en la Universidad no dieron resultado. Pero, en realidad, el escepticismo de Hume estaba dirigido, ante todo, contra el materialismo.

En su obra filosófica fundamental, «Investigaciones acerca del entendimiento humano» de 1748, Hume se atribuye el mérito de aceptar exclusivamente lo que la experiencia suministra directamente al hombre. Todo intento de salirse de los límites de la experiencia es para Hume metafísica. Siguiendo a Locke, declara que:

«Todo el material del pensamiento es suministrado por los sentidos externos o internos». (David Hume. Investigaciones acerca del entendimiento humano* Edición rusa, 1902, página 18)

Aquí el error de Hume no estriba sólo en reconocer los sentidos «interno» como fuente independiente del conocimiento. Hume renuncia al conocimiento de las causas materiales que suscitan los sentidos externos. Reduce la experiencia a la acumulación de sensaciones. En cuanto al problema de la fuente o causa de las sensaciones, Hume reconoce la impotencia humana para resolverlo: 

«¿Con qué argumento, pregunta, podría probarse que las percepciones de nuestra inteligencia deben ser suscitadas por objetos exteriores... y que no emanan de la energía de la propia inteligencia, ni de la acción de cualquier espíritu invisible y desconocido, ni de cualquier otro motivo más desconocido aún?». (Citado por Lenin. Obras, tomo XIII, página 27; ver también Hume. Investigaciones acerca del entendimiento humano. Edición rusa, página 178)

Planteando, pues, el problema de la fuente de las sensaciones, Hume reconoce este problema como irresoluble. Ninguna de las conjeturas sobre la fuente de las sensaciones, que sólo se podría pensar, según Hume, se puede demostrar. Así es como llega al agnosticismo, es decir, a la teoría de la imposibilidad de conocer las cosas aunque existiesen en realidad. Y al poner en duda la existencia de las cosas fuera de la conciencia, fuera de los límites de las sensaciones humanas, Hume adopta la posición del escepticismo. Así vemos como Hume,, en forma más fina y cuidadosa que Berkeley, niega la existencia de la materia. Hume, en lugar de negarlo directamente, declara irresoluble el problema del mundo objetivo en general.

Hume reduce toda la misión de la ciencia a la clasificación de las sensaciones o impresiones, y al esclarecimiento del problema de cómo la razón humana unifica estas impresiones entre sí. Según Hume, todas las percepciones compuestas se forman de las más simples, ya que la razón no posee ninguna fuerza creadora, sino sólo la facultad de «unificar, trasladar, aumentar o disminuir el material recibido por los sentidos exteriores y por la experiencia». Según Hume, hay solamente, tres formas, o principios, relaciones entre las ideas: la semejanza, la contigüidad en el espacio y en el tiempo, y la causalidad.

Hume arremete particularmente contra los materialistas, que reconocen la existencia de leyes objetivas, por las que se rige la naturaleza. En aquel entonces, se consideraba que la causalidad mecánica era la forma fundamental de estas leyes. Hume afirma que ésta no es inherente a las propias cosas, por cuanto para él las propias cosas son incognoscibles y sólo son formas de las relaciones entre las sensaciones y las ideas inherentes a la razón. La experiencia nos enseña que tras un fenómeno siempre viene otro: por ejemplo, con la salida del sol, los objetos de la tierra se calientan. Este, sucesión habitual de los fenómenos, afirma Hume, engendra también la idea de una dependencia causal. Hume deduce, pues, la causalidad del hábito. Por lo tanto, demostrar la existencia de una causalidad objetiva en la naturaleza, según Hume, no es posible. Incluso la repetición por millones de veces de dos fenómenos sucesivos no da una garantía de que a la millonésima primera se repita lo mismo.

Al renunciar a resolver el problema de la existencia objetiva del mundo exterior, de los objetos que por su influencia sobre los órganos de los sentidos dan lugar a las sensaciones, Hume llegó a la negación de la relación de causa objetiva entre los objetos, a la negación de la existencia de leyes en la naturaleza. Hume concibe también el tiempo y el espacio, en forma idealista. No existen, objetivamente, en las propias cosas y, como la causalidad, Hume los declara sólo formas de relación de las ideas.

En consecuencia, Hume llega a la conclusión más pesimista en cuanto a la facultad del conocimiento. «La filosofía más perfecta de la naturaleza, sólo aleja un poco más las fronteras de nuestra ignorancia». De esta manera, la convicción de la ceguera y de la debilidad humanas es el resultado de toda la filosofía de Hume.

Claro es que este resultado de su filosofía no podía dejar de entrar en una contradicción de fondo con el conocimiento científico del mundo. Kant califica el resultado de la filosofía de Hume de «un escándalo para la filosofía y para la razón humana», no obstante adoptar él mismo posiciones idealistas subjetivas y agnosticistas. Más tarde, en la época del imperialismo, la burguesía comenzó a volver al escepticismo y al agnosticismo de Hume. Una de las formas de la resurrección del berkeleyismo y del humismo reaccionarios fue el empiriocriticismo, o el machismo, desenmascarado por Lenin como la reincidencia en el idealismo subjetivo de Berkeley y de Hume». (Profesor A. V. Shcheglov y un grupo de catedráticos de la Academia de Ciencias de la URSS; Historia general de la filosofía; de Sócrates a Scheler, 1942)