«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

viernes, 30 de septiembre de 2016

El futuro de la monogamia


«Caminamos en estos momentos hacia una revolución social en que las bases económicas actuales de la monogamia desaparecerán tan seguramente como las de la prostitución, complemento de aquélla. La monogamia nació de la concentración de grandes riquezas en las mismas manos –las de un hombre– y del deseo de transmitir esas riquezas por herencia a los hijos de este hombre, excluyendo a los de cualquier otro. Por eso era necesaria la monogamia de la mujer, pero no la del hombre; tanto es así, que la monogamia de la primera no ha sido el menor óbice para la poligamia descarada u oculta del segundo. Pero la revolución social inminente, transformando por lo menos la inmensa mayoría de las riquezas duraderas hereditarias –los medios de producción– en propiedad social, reducirá al mínimum todas esas preocupaciones de transmisión hereditaria. Y ahora cabe hacer esta pregunta: habiendo nacido de causas económicas la monogamia, ¿desaparecerá cuando desaparezcan esas causas?

Podría responderse no sin fundamento: lejos de desaparecer, más bien se realizará plenamente a partir de ese momento. Porque con la transformación de los medios de producción en propiedad social desaparecen el trabajo asalariado, el proletariado, y, por consiguiente, la necesidad de que se prostituyan cierto número de mujeres que la estadística puede calcular. Desaparece la prostitución, y en vez de decaer, la monogamia llega por fin a ser una realidad, hasta para los hombres.

En todo caso, se modificará mucho la posición de los hombres. Pero también sufrirá profundos cambios la de las mujeres, la de todas ellas. En cuanto los medios de producción pasen a ser propiedad común, la familia individual dejará de ser la unidad económica de la sociedad. La economía doméstica se convertirá en un asunto social; el cuidado y la educación de los hijos, también. La sociedad cuidará con el mismo esmero de todos los hijos, sean legítimos o naturales. Así desaparecerá el temor a «las consecuencias», que es hoy el más importante motivo social –tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista económico– que impide a una joven soltera entregarse libremente al hombre a quien ama ¿No bastará eso para que se desarrollen progresivamente unas relaciones sexuales más libres y también para hacer a la opinión pública menos rigorista acerca de la honra de las vírgenes y la deshonra de las mujeres? Y, por último, ¿no hemos visto que en el mundo moderno la prostitución y la monogamia, aunque antagónicas, son inseparables, como polos de un mismo orden social? ¿Puede desaparecer la prostitución sin arrastrar consigo al abismo a la monogamia?

Ahora interviene un elemento nuevo, un elemento que en la época en que nació la monogamia existía a lo sumo en germen: el amor sexual individual.

Antes de la Edad Media no puede hablarse de que existiese amor sexual individual. Es obvio que la belleza personal, la intimidad, las inclinaciones comunes, etc., han debido despertar en los individuos de sexo diferente el deseo de relaciones sexuales; que tanto para los hombres como para las mujeres no era por completo indiferente con quién entablar las relaciones más íntimas. Pero de eso a nuestro amor sexual individual aún media muchísima distancia. En toda la antigüedad son los padres quienes conciertan las bodas en vez de los interesados; y éstos se conforman tranquilamente. El poco amor conyugal que la antigüedad conoce no es una inclinación subjetiva, sino más bien un deber objetivo; no es la base, sino el complemento del matrimonio. El amor, en el sentido moderno de la palabra, no se presenta en la antigüedad sino fuera de la sociedad oficial. Los pastores cuyas alegrías y penas de amor nos cantan Teócrito y Moscos o Longo en su «Dafnis y Cloe» son simples esclavos que no tienen participación en el Estado, esfera en que se mueve el ciudadano libre. Pero fuera de los esclavos no encontramos relaciones amorosas sino como un producto de la descomposición del mundo antiguo al declinar éste; por cierto, son relaciones mantenidas con mujeres que también viven fuera de la sociedad oficial, son heteras, es decir, extranjeras o libertas: en Atenas en vísperas de su caída y en Roma bajo los emperadores. Si había allí relaciones amorosas entre ciudadanos y ciudadanas libres, todas ellas eran mero adulterio. Y el amor sexual, tal como nosotros lo entendemos, era una cosa tan indiferente para el viejo Anacreonte, el cantor clásico del amor en la antigüedad, que ni siquiera le importaba el sexo mismo de la persona amada.

Nuestro amor sexual difiere esencialmente del simple deseo sexual, del «eros» de los antiguos. En primer término, supone la reciprocidad en el ser amado; desde este punto de vista, la mujer es en él igual que el hombre, al paso que en el «eros» antiguo se está lejos de consultarla siempre. En segundo término, el amor sexual alcanza un grado de intensidad y de duración que hace considerar a las dos partes la falta de relaciones íntimas y la separación como una gran desventura, si no la mayor de todas; para poder ser el uno del otro, no se retrocede ante nada y se llega hasta jugarse la vida, lo cual no sucedía en la antigüedad sino en caso de adulterio. Y, por último, nace un nuevo criterio moral para juzgar las relaciones sexuales. Ya no se pregunta solamente: ¿Son legítimas o ilegítimas?, sino también: ¿Son hijas del amor y de un afecto recíproco? Claro es que en la práctica feudal o burguesa este criterio no se respeta más que cualquier otro criterio moral, pero tampoco menos: lo mismo que los otros criterios, está reconocido en teoría, en el papel. Y por el momento, no puede pedirse más.

La Edad Media arranca del punto en que se detuvo la antigüedad, con su amor sexual en embrión, es decir, arranca del adulterio. Ya hemos pintado el amor caballeresco, que engendró los «Tagelieder». De este amor, que tiende a destruir el matrimonio, hasta aquel que debe servirle de base, hay un largo trecho que la caballería jamás cubrió hasta el fin. Incluso cuando pasamos de los frívolos pueblos latinos a los virtuosos alemanes, vemos en el poema de los «Nibelungos» que Krimhilda, aunque en silencio está tan enamorada de Sigfrido como éste de ella, responde sencillamente a Gunther, cuando éste le anuncia que la ha prometido a un caballero, de quien calla el nombre: «No tenéis necesidad de suplicarme; haré lo que me ordenáis; estoy dispuesta de buena voluntad, señor, a unirme con aquel que me deis por marido». No se le ocurre de ningún modo a Krimhilda la idea de que su amor pueda ser tenido en cuenta para nada. Gunther pide en matrimonio a Brunilda y Etzel a Krimhilda, sin haberlas visto nunca. De igual manera Sigebant de Irlanda busca en «Gudrun» a la noruega Ute, Hetel de Hegelingen a Hilda de Irlanda, y, en fin, Sigfrido de Morlandia, Hartmut de Ormania y Herwig de Seelandia piden los tres la mano de Gudrun; y sólo aquí sucede que ésta se pronuncia libremente a favor del último. Por lo común, la futura del joven príncipe es elegida por los padres de éste si aún viven o, en caso contrario, por él mismo, aconsejado por los grandes feudatarios, cuya opinión, en estos casos, tiene gran peso. Y no puede ser de otro modo, por supuesto. Para el caballero o el barón, como para el mismo príncipe, el matrimonio es un acto político, una cuestión de aumento de poder mediante nuevas alianzas; el interés de «la casa» es lo que decide, y no las inclinaciones del individuo. ¿Cómo podía entonces corresponder al amor la última palabra en la concertación del matrimonio?

Lo mismo sucede con los burgueses de los gremios en las ciudades de la Edad Media. Precisamente sus privilegios protectores, las cláusulas de los reglamentos gremiales, las complicadas líneas fronterizas que separaban legalmente al burgués, acá de las otras corporaciones gremiales, allá de sus propios colegas de gremio o de sus fieles aprendices, hacían harto estrecho el círculo dentro del cual podía buscarse una esposa adecuada para él. Y en este complicado sistema, evidentemente no era su gusto personal, sino el interés de la familia lo que decidía cuál era la mujer que le convenía mejor.

Así, en los más de los casos, y hasta el final de la Edad Media, el matrimonio siguió siendo lo que había sido desde su origen: un trato que no cerraban las partes interesadas. Al principio, se venía ya casado al mundo, casado con todo un grupo de seres del otro sexo. En la forma ulterior del matrimonio por grupos, verosímilmente existían análogas condiciones, pero con estrechamiento progresivo del círculo. En el matrimonio sindiásmico es regla que las madres convengan entre sí el matrimonio de sus hijos; también aquí, el factor decisivo es el deseo de que los nuevos lazos de parentesco robustezcan la posición de la joven pareja en la gens y en la tribu. Y cuando la propiedad individual se sobrepuso a la propiedad colectiva, cuando los intereses de la transmisión hereditaria hicieron nacer la preponderancia del derecho paterno y de la monogamia, el matrimonio comenzó a depender por entero de consideraciones económicas. Desaparece la forma de matrimonio por compra; pero en esencia continúa practicándose cada vez más y más, y de modo que no sólo la mujer tiene su precio, sino también el hombre, aunque no según sus cualidades personales, sino con arreglo a la cuantía de sus bienes. En la práctica y desde el principio, si había alguna cosa inconcebible para las clases dominantes, era que la inclinación recíproca de los interesados pudiese ser la razón por excelencia del matrimonio. Esto sólo pasaba en las novelas o en las clases oprimidas, que no contaban para nada.

Tal era la situación con que se encontró la producción capitalista cuando, a partir de la era de los descubrimientos geográficos, se puso a conquistar el imperio del mundo mediante el comercio universal y la industria manufacturera. Es de suponer que este modo de matrimonio le convenía excepcionalmente, y así era en verdad. Y, sin embargo –la ironía de la historia del mundo es insondable–, era precisamente el capitalismo quien había de abrir en él la brecha decisiva. Al transformar todas las cosas en mercaderías, la producción capitalista destruyó todas las relaciones tradicionales del pasado y reemplazó las costumbres heredadas y los derechos históricos por la compraventa, por el «libre» contrato. El jurisconsulto inglés H.S. Maine ha creído haber hecho un descubrimiento extraordinario al decir que nuestro progreso respecto a las épocas anteriores consiste en que hemos pasado «from status to contract» –del estatuto al contrato–, es decir, de un orden de cosas heredado a uno libremente consentido, lo que, en cuanto es así, lo dijo ya el «Manifiesto Comunista».

jueves, 29 de septiembre de 2016

Sobre el tipo de personas que necesita el comunismo para que triunfe su causa


«A esto una demostración:

«La desgracia del movimiento comunista internacional fue que el apego al comunismo era a menudo más sentimental que doctrinal, incluso en vida de Stalin. Y es esta religiosidad la que usan los revisionistas para combatir la teoría y práctica del socialismo científico. Cuando se consideró urgente hacer frente a estas debilidades y aumentar la comprensión del marxismo-leninismo a un alto nivel científico, se encontraron con una gran resistencia pasiva –la indiferencia y la inacción– y activa –con hostilidad– de muchos ejecutivos del aparato del partido, el Estado y la economía. En el resto del movimiento obrero internacional, las desviaciones a menudo también se fueron fraguando poco a poco, ya sea en los partidos comunistas de los países imperialistas –con el socialchovinismo– o de los países dependientes –con el nacionalismo tercermundista–. En la Unión Soviética, los elementos hostiles como los jruschovistas eran ciertamente una minoría, pero estos elementos gozaron del apoyo de muchos elementos inertes. Viacheslav Mólotov fue el tipo de figura con la naturaleza característica de estos elementos inertes cuya comprensión de los nuevos acontecimientos era superficial y por lo tanto eran propensos a mostrarse inestables». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

El comunismo no necesita de gente bien intencionada pero pasiva, cobarde y conformista como Mólotov que obstaculizan la lucha contra oportunistas como Jruschov, sino que necesita de gente formada ideológicamente, fiel, valiente, y comprometida hasta sus últimos días como Hoxha.

Mientras un movimiento o un individuo marxista-leninista no comprenda la máxima básica de que debe pertrecharse del materialismo dialéctico como método para analizar los fenómenos sociales y que esto incluye una exclusión del sentimentalismo para analizar las cuestiones, dicho movimiento o dicho sujeto será un revolucionario que simpatiza con el marxismo-leninismo y aplica ciertas cosas de el que le gustan y acepta, pero jamás un marxista-leninista». (Equipo de Bitácora (M-L); Algunas cuestiones económicas sobre la restauración del capitalismo en la Unión Soviética y su carácter socialimperialista, 28 de agosto de 2016

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Los países subdesarrollados y la cuestión económica


«La transformación de la estructura económica en los países subdesarrollados a fin de preparar la transición al socialismo, requiere la solución de algunos problemas específicos propios de estos países. Estos son, por ejemplo, la liquidación de la dependencia económica respecto al capital extranjero y al imperialismo; la eliminación de las relaciones precapitalistas; la transformación de las relaciones agrarias en interés del campesinado trabajador; la liquidación del carácter unilateral de la economía nacional, garantizar el empleo para la población que crece rápidamente, etc. La historia ha demostrado que para eliminar la dependencia económica respecto al capital extranjero y al imperialismo, para conseguir la verdadera independencia política es necesario nacionalizar tanto la propiedad de los monopolios extranjeros como la de la burguesía compradora. Debe ser creado el sector estatal de la economía con los medios nacionalizados. Desde el punto de vista de las relaciones socioeconómicas, de la organización y dirección del trabajo y la producción, las características del socialismo deben prevalecer en este sector que debe representar el embrión de la base económica socialista y dar un poderoso apoyo para preparar la transición en todo el país de las viejas relaciones económicas al establecimiento de las relaciones socialistas.

Por supuesto, esta cuestión no puede ser solucionada mecánicamente a través de la realización de cualquier tipo de nacionalización, ni a través de la creación de cualquier tipo de sector estatal, como afirman los revisionistas modernos. Todo depende del carácter de clase del poder político y de a quien sirve el sector estatal: a la limitación del capital privado o a su extensión; a la transformación de las viejas relaciones o a su preservación; al enriquecimiento de las clases explotadoras o a los intereses de las masas trabajadoras, al logro de su bienestar. En estas alternativas depende el destino de la evolución de este sector: ¿será un sector socialista o un sector estatal-capitalista convencional? La lucha entre estas dos tendencias en este sector es una lucha de clases entre el camino capitalista del desarrollo y el camino socialista, entre las masas trabajadoras y las clases explotadoras.

La proporción de fuerzas de clase en el propio poder político y el fortalecimiento de la posición de la clase obrera en él definen el resultado de esta lucha, su marcha en beneficio del socialismo y en perjuicio del capitalismo en este y en todos los sectores de la economía nacional.

No cabe duda de que el sector estatal efectivamente creado en los países subdesarrollados es un fenómeno progresivo, en comparación con las otras formas económicas primitivas (naturales o semi-feudales). Pero es dañino, verdaderamente dañino, y es una ilusión igualar cualquier tipo de sector estatal y el socialismo, independientemente del carácter de clase del poder político. Tal posición lleva el agua al molino de la burguesía y del imperialismo, del capitalismo y la contrarrevolución.

El problema agrario es de vital importancia para el destino del socialismo en los países subdesarrollados. Aquí el campesinado constituye la mayoría de la población, y las viejas relaciones precapitalistas y la explotación colonial se encuentran más profundamente arraigadas y aparecen en formas más brutales en el campo. El éxito, tiempo y ritmo de la transición en el camino de desarrollo socialista del campo y de todo el país, depende enormemente del camino y los métodos utilizados para solucionar este problema. Tanto la teoría como la práctica revolucionaria enseñan que la solución del problema agrario es una compleja, que debe transformar todos los aspectos de la vida en el campo – los aspectos ideológico-políticos, económicos, sociales, culturales, técnicos, organizativos, y otros. En otras palabras, en el campo es necesario realizar una verdadera revolución en las relaciones socioeconómicas que cambiará radicalmente toda la fisonomía del mismo. Esta se debe llevar a cabo paso a paso, de acuerdo con la maduración de las condiciones subjetivas y objetivas dentro del campo y a escala nacional. La realización inicial de la reforma agraria revolucionaria en interés del campesinado trabajador, según el principio de «la tierra para quien la trabaja» sirve a este objetivo. La cooperación de los campesinos trabajadores es absolutamente esencial a fin de poner al campo en el camino del socialismo y desarrollar rápidamente las fuerzas productivas en la agricultura. Tanto la aceleración artificial de la revolución agraria como la vacilación para realizarla, desacreditan igualmente la idea del socialismo a los ojos del campesinado. Toda solución incompleta del problema agrario da más probabilidad a que el campo se desarrolle en el camino capitalista, en vez del camino socialista. Pero también cualquier esfuerzo para una solución radical prematura del problema agrario, saltando arbitrariamente las etapas, conduce al aventurerismo y puede dañar irreparablemente la causa del socialismo.

En oposición diametral al marxismo-leninismo, los revisionistas modernos declaran que en la edificación del socialismo en los países subdesarrollados no se debe dirigir el esfuerzo principal a la transformación de las relaciones socioeconómicas, sino al desarrollo de las fuerzas productivas porque este desarrollo conducirá, según se afirma, de un modo natural hacia la construcción socialista. Esta es la misma tesis del oportunista Kautsky quien dijo que el desarrollo de las fuerzas productivas «automáticamente» transforma las viejas relaciones de producción en su contrario. Tal análisis de la cuestión conduce a la actitud contrarrevolucionaria que sostiene que la causa del socialismo se debe posponer indefinidamente en los países subdesarrollados, hasta que las condiciones materiales estén maduras.

No puede haber ninguna duda de que el rápido desarrollo de las fuerzas productivas es una cuestión vital para el destino del socialismo en los países subdesarrollados. Las preguntas que surgen claramente en estos países son: ¿De qué modo se solucionará este problema? ¿Con el viejo modo tradicional de desarrollo, especializando la economía en la producción de materias primas dependiendo así del mercado imperialista? Brevemente, con una economía unilateral, no pueden ser garantizadas las altas tasas de desarrollo de las fuerzas productivas. Este modelo no contiene en sí mismo un mecanismo efectivo necesario para la reproducción ampliada. El impulso para el desarrollo de este modelo proviene del extranjero, causado por el aumento de la demanda de materias primas en el mercado mundial. Por ello es esencial crear otro nuevo modelo que debe su impulso al desarrollo interno, a la extensión del mercado doméstico. En este sentido, la construcción del socialismo en los países subdesarrollados exige el reemplazo de la economía unilateral con una economía diversificada que debe pararse en dos pies –la agricultura y la industria–. Sólo una economía con semejantes características puede asegurar un desarrollo rápido y complejo de las fuerzas productivas, consolidar la independencia económica y poner la riqueza de todo el país al servicio de la edificación del socialismo. La industrialización del país a través de auténticos métodos socialistas es un factor decisivo para solucionar este problema en el más breve período histórico posible. Una rasgo fundamental de esta industrialización debe ser el desarrollo de las industrias de extracción y transformación y también de la industria ligera y pesada, dando prioridad a la industria pesada.

Bajo el pretexto de la carencia de medios financieros, cuadros y experiencia, y de evitar los sacrificios innecesarios, con el pretexto de la división internacional del trabajo y la cooperación con los países «socialistas», etc., los revisionistas modernos persiguen una política que tiene por objeto desviar a los países subdesarrollados de la industrialización, mantenerlos como un apéndice de materias primas o material agrario de la metrópoli. El objetivo es el mismo que tienen el viejo y el nuevo colonialismo: el pillaje y la explotación, el establecimiento de la esclavitud económica y política de los países subdesarrollados.

Las victorias históricas alcanzadas en la edificación del socialismo en los países que fueron una vez subdesarrollados han demostrado que para solucionar los numerosos problemas de la edificación socialista se debe adherir al principio revolucionario de la independencia. Tanto en la revolución como en la edificación socialista es decisivo el factor interno y el pueblo, en cada actividad, debe confiar en sus propias fuerzas». (Hekuran MaraPosibilidades de construir el socialismo sin pasar por la etapa del capitalismo desarrollado, 1973)

martes, 27 de septiembre de 2016

El partido; Stalin, 1924


«En el período prerrevolucionario, en el período de desarrollo más o menos pacífico, cuando los partidos de la II Internacional eran la fuerza predominante en el movimiento obrero y las formas parlamentarias de lucha se consideraban las fundamentales, en esas condiciones, el partido no tenía ni podía tener una importancia tan grande y tan decisiva como la que adquirió más tarde, en las condiciones de choques revolucionarios abiertos. Kautsky, defendiendo a la II Internacional contra los que la atacan, dice que los partidos de la II Internacional son instrumentos de paz, y no de guerra, y que precisamente por eso se mostraron impotentes para hacer nada serio durante la guerra, en el período de las acciones revolucionarias del proletariado. Y así es, en efecto. Pero ¿qué significa esto? Significa que los partidos de la II Internacional son inservibles para la lucha revolucionaria del proletariado, que no son partidos combativos del proletariado y que conduzcan a los obreros al poder, sino máquinas electorales, apropiadas para las elecciones al parlamento y para la lucha parlamentaria. Ello, precisamente, explica que, durante el período de predominio de los oportunistas de la II Internacional, la organización política fundamental del proletariado no fuese el partido, sino la minoría parlamentaria. Es sabido que en ese período el partido era, en realidad, un apéndice de la minoría parlamentaria y un elemento puesto a su servicio. No creo que sea necesario demostrar que, en tales condiciones y con semejante partido al frente, no se podía ni hablar de preparar al proletariado para la revolución.

Pero las cosas cambiaron radicalmente al llegar el nuevo período. El nuevo período es el de los choques abiertos entre las clases, el período de las acciones revolucionarias del proletariado, el período de la revolución proletaria, el período de la preparación directa de las fuerzas para el derrocamiento del imperialismo y la conquista del poder por el proletariado. Este período plantea ante el proletariado nuevas tareas: la reorganización de toda la labor del partido en un sentido nuevo, revolucionario, la educación de los obreros en el espíritu de la lucha revolucionaria por el poder, la preparación y la concentración de reservas, la alianza con los proletarios de los países vecinos, el establecimiento de sólidos vínculos con el movimiento de liberación de las colonias y de los países dependientes, etc., etc. Creer que estas tareas nuevas pueden resolverse con las fuerzas de los viejos partidos socialdemócratas, educados bajo las condiciones pacíficas del parlamentarismo, equivale a condenarse a una desesperación sin remedio, a una derrota inevitable. Hacer frente a estas tareas con los viejos partidos a la cabeza, significa verse completamente desarmado. Huelga demostrar que el proletariado no podía resignarse a semejante situación.

He aquí la necesidad de un nuevo partido, de un partido combativo, de un partido revolucionario, lo bastante intrépido como para conducir a los proletarios a la lucha por el poder, lo bastante experto para orientarse en las condiciones complejas de la situación revolucionaria y lo bastante flexible para sortear todos y cada uno de los escollos, que se interponen en el camino hacia sus fines.

Sin un partido así, no se puede ni pensar en el derrocamiento del imperialismo, en la conquista de la dictadura del proletariado.

Este nuevo partido es el partido del leninismo.

¿Cuáles son las particularidades de este nuevo partido?

El partido como destacamento de vanguardia de la clase obrera

El partido tiene que ser, ante todo, el destacamento de vanguardia de la clase obrera. El partido tiene que incorporar a sus filas a todos los mejores elementos de la clase obrera, asimilar su experiencia, su espíritu revolucionario, su devoción infinita a la causa del proletariado. Ahora bien, para ser un verdadero destacamento de vanguardia, el partido tiene que estar pertrechado con una teoría revolucionaria, con el conocimiento de las leyes del movimiento, con el conocimiento de las leyes de la revolución. De otra manera, no puede dirigir la lucha del proletariado, no puede llevar al proletariado tras de sí. El partido no puede ser un verdadero partido si se limita simplemente a registrar lo que siente y piensa la masa de la clase obrera, si se arrastra a la zaga del movimiento espontáneo de ésta, si no sabe vencer la inercia y la indiferencia política del movimiento espontáneo, si no sabe situarse por encima de los intereses momentáneos del proletariado, si no sabe elevar a las masas hasta la comprensión de los intereses de clase del proletariado. El partido tiene que marchar al frente de la clase obrera, tiene que ver más lejos que la clase obrera, tiene que conducir tras de sí al proletariado y no arrastrarse a la zaga del movimiento espontáneo. Esos partidos de la II Internacional, que predican el «seguidismo», son vehículos de la política burguesa, que condena al proletariado al papel de instrumento de la burguesía. Sólo un partido que se sitúe en el punto de vista del destacamento de vanguardia del proletariado y sea capaz de elevar a las masas hasta la comprensión de los intereses de clase del proletariado, sólo un partido así es capaz de apartar a la clase obrera de la senda del tradeunionismo y hacer de ella una fuerza política independiente.

El partido es el jefe político de la clase obrera.

He hablado más arriba de las dificultades de la lucha de la complejidad de las condiciones de la lucha, de la estrategia y de la táctica, de las reservas y de las maniobras, de la ofensiva y de la retirada. Estas condiciones son tan complejas, si no más, que las de la guerra. ¿Quién puede orientarse en estas condiciones?, ¿quién puede dar una orientación acertada a las masas de millones y millones de proletarios? Ningún ejército en guerra puede prescindir de un Estado Mayor experto, si no quiere verse condenado a la derrota. ¿Acaso no está claro que el proletariado tampoco puede, con mayor razón, prescindir de este Estado Mayor, si no quiere entregarse a merced de sus enemigos jurados? Pero ¿dónde encontrar ese Estado Mayor? Sólo el partido revolucionario del proletariado puede ser ese Estado Mayor. Sin un partido revolucionario, la clase obrera es como un ejército sin Estado Mayor.

El partido es el Estado Mayor de combate del proletariado.

Pero el partido no puede ser tan sólo un destacamento de vanguardia, sino que tiene que ser, al mismo tiempo, un destacamento de la clase, una parte de la clase, íntimamente vinculada a ésta con todas las raíces de su existencia. La diferencia entre el destacamento de vanguardia y el resto de la masa de la clase obrera, entre los afiliados al partido y los sin-partido, no puede desaparecer mientras no desaparezcan las clases, mientras el proletariado vea engrosar sus filas con elementos procedentes de otras clases, mientras la clase obrera, en su conjunto, no pueda elevarse hasta el nivel del destacamento de vanguardia. Pero el partido dejaría de ser el partido si esta diferencia se convirtiera en divorcio, si el partido se encerrara en sí mismo y se apartase de las masas sin-partido. El partido no puede dirigir a la clase si no está ligado a las masas sin-partido, si no hay vínculos entre el partido y las masas sin-partido, si estas masas no aceptan su dirección, si el partido no goza de crédito moral y político entre las masas.

Hace poco se dio ingreso en nuestro partido a doscientos mil obreros. Lo notable aquí es la circunstancia de que estos obreros, más bien que venir ellos mismos al partido, han sido enviados a el por toda la masa de los sin-partido, que ha intervenido activamente en la admisión de los nuevos afiliados, que no eran admitidos sin su aprobación. Este hecho demuestra que las grandes masas de obreros sin-partido ven en nuestro partido su partido, un partido entrañable y querido, en cuyo desarrollo y fortalecimiento se hallan profundamente interesados y a cuya dirección confían de buen grado su suerte. No creo que sea necesario demostrar que sin estos hilos morales imperceptibles que lo unen con las masas sin-partido, el partido no habría podido llegar a ser la fuerza decisiva de su clase.

El partido es parte inseparable de la clase obrera.

«Nosotros somos el partido de la clase, y, por ello, casi toda la clase –y en tiempo de guerra, en época de guerra civil, la clase entera– debe actuar bajo la dirección de nuestro partido, debe tener con nuestro partido la ligazón más estrecha posible; pero sería manilovismo y «seguidismo» creer que casi toda la clase o la clase entera pueda algún día, bajo el capitalismo, elevarse hasta el punto de alcanzar el grado de conciencia y de actividad de su destacamento de vanguardia, de su partido socialdemócrata. Ningún socialdemócrata juicioso ha puesto nunca en duda que, bajo el capitalismo, ni aun la organización sindical –más rudimentaria, más asequible al grado de conciencia de las capas menos desarrolladas– esté en condiciones de englobar a toda o a casi toda la clase obrera. Olvidar la diferencia que existe entre el destacamento de vanguardia y toda la masa que gravita hacia él, olvidar el deber constante que tiene el destacamento de vanguardia de elevar a capas cada vez más amplias a su avanzado nivel, sería únicamente engañarse a sí mismo, cerrar los ojos ante la inmensidad de nuestras tareas, restringir nuestras tareas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Un paso adelante, dos pasos atrás, 1904)

El partido como destacamento organizado de la clase obrera

El partido no es sólo el destacamento de vanguardia de la clase obrera. Si quiere dirigir realmente la lucha de su clase, tiene que ser, al mismo tiempo, un destacamento organizado de la misma. Las tareas del partido en el capitalismo son extraordinariamente grandes y diversas. El partido debe dirigir la lucha del proletariado en condiciones extraordinariamente difíciles de desarrollo interior y exterior; debe llevar al proletariado a la ofensiva cuando la situación exija la ofensiva; debe sustraer al proletariado de los golpes de un enemigo fuerte cuando la situación exija la retirada; debe inculcar en las masas de millones y millones de obreros sin-partido e inorganizados el espíritu de disciplina y el método en la lucha, el espíritu de organización y la firmeza. Pero el partido no puede cumplir estas tareas si el mismo no es la personificación de la disciplina y de la organización, si el mismo no es un destacamento organizado del proletariado. Sin estas condiciones, ni hablar se puede de que el partido dirija verdaderamente a masas de millones y millones de proletarios.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Los países subdesarrollados y la cuestión del poder político


«La posibilidad de que los países subdesarrollados pasen directamente al socialismo, evitando la etapa del capitalismo desarrollado, ya no constituye un dilema. El marxismo-leninismo lo ha resuelto en el plano teórico, mientras que en la vida, el establecimiento en el camino del desarrollo socialista de una serie de antiguos países subdesarrollados, ha confirmado la verdad de esta posibilidad, ha enriquecido la teoría y la práctica de la revolución socialista y de la revolución democrático-popular de liberación nacional.

Todo en el mundo tiene una historia. La idea de la transición directa de los países subdesarrollados al socialismo también tiene su propia historia. Tiene su origen en la época en que se creó la teoría del socialismo científico, basándose en el detallado análisis del desarrollo de los principales países capitalistas.

Pero cuando esta teoría se creó también existían países que estaban en la etapa del desarrollo precapitalista. Con respecto éstos con las perspectivas históricas de aquéllos países, Marx expresó por primera vez la idea de la posibilidad de su transición directa al socialismo, evitando el camino capitalista de «pobreza, sangre, miseria y humillación».

Esta transición de ningún modo excluye el funcionamiento de las leyes generales del desarrollo de la historia mundial, la continuidad del reemplazo de las formaciones socioeconómicas. Al contrario, muestra que el camino del desarrollo de varios pueblos es más rico y más diversificado que la línea universal del desarrollo de la historia mundial. Y si echamos un vistazo retrospectivo a este desarrollo notaremos seguramente que los pueblos individuales han sido capaces de pasar de una formación económica y social a la otra, sin pasar por un intermediario que ha sido inevitable para la humanidad en general [2].

A principios del siglo XX, cuando la revolución socialista ya no era un lejano horizonte de la historia, sino un tema al orden del día del movimiento obrero, la aplicación de la doctrina de Marx al futuro, estableció como un importante problema teórico y práctico la transición de los países subdesarrollados al socialismo. Al mismo tiempo, los oportunistas de la Segunda Internacional, bajo la máscara del «desarrollo creativo» y de la «revisión» teórica de la nueva experiencia histórica, pusieron en duda en primera instancia, y luego dejaron a un lado la concepción de Marx sobre la posibilidad de transición de los países subdesarrollados al socialismo. [3]

En estas circunstancias se volvió necesario restablecer la correcta concepción de Marx sobre esta cuestión. Y lo más importante era enriquecerla y desarrollarla aún más en conformidad con la nueva experiencia de la época del imperialismo y la revolución proletaria. Esta tarea fue enfrentada con éxito por V. I. Lenin.

Lenin relacionó la transición de los países subdesarrollados al socialismo con la teoría del imperialismo, de la transformación de la revolución democrático-popular en la revolución socialista, de la realización de la revolución política y de la toma del poder estatal como una condición decisiva para allanar el camino a la creación de las premisas socioeconómicas del socialismo. Destruyó el concepto determinista-mecanicista de Kautsky que proclamó como un dogma: «Si no se ha alcanzado la madurez económica la revolución política no se debería llevar a cabo».

La exitosa realización de la revolución democrático-popular exige que sea liderada por la clase obrera y su partido, que el poder político pase a las manos de las masas trabajadoras. Este es un axioma para una auténtica revolución democrática del pueblo, de modo que no debiera permanecer a mitad del camino, sino que debe continuar ininterrumpidamente hasta que se transforme en una revolución socialista mediante profundas transformaciones políticas, económicas, sociales, ideológicas, culturales y otras. Esta tarea fue abordada por Lenin, que al mismo tiempo mostró el camino hacia su solución.

Las enseñanzas leninistas sobre la transición de los países subdesarrollados directamente al socialismo han sido traicionadas, han sido puestas patas para arriba por los revisionistas modernos. Han sido sustituidas por el descubrimiento de una «nueva teoría», sobre la llamada «vía no capitalista de desarrollo» [4]. Este camino es presentado por los revisionistas como una formación de transición, que, según afirman, debe preparar las condiciones materiales y subjetivas preliminares para el socialismo en los países subdesarrollados, así como el capitalismo prepara estas condiciones en los países desarrollados. Asignándole tal papel, esta formación es presentada como una amalgama, un equilibrio inerte de fuerzas políticas, ideológicas, de clase y económicas opuestas. En esencia, el camino no capitalista de los revisionistas representa el desarrollo capitalista convencional revestido con una falsa cáscara socialista.

Es cierto que los países atrasados están en diferentes etapas del desarrollo social, se enfrentan a tareas diferentes y su propia práctica histórica tiene sus rasgos específicos. Abarcan muy diferentes relaciones socioeconómicas, que van desde los restos del orden tribal y la economía natural, a las relaciones feudales o semifeudales y terminan con la economía y las relaciones capitalistas. Esta situación resulta en una gran diversidad de fuerzas sociales y de clase en estos países. También da lugar a los más diversos antagonismos socio-políticos.

Por otra parte, es sabido que se han necesitado siglos enteros para el establecimiento, en el marco del capitalismo, de las condiciones materiales y subjetivas para la revolución socialista y para la edificación del socialismo. En este punto surgen varias preguntas: ¿Se pueden crear estas condiciones en un país subdesarrollado donde el capitalismo todavía se encuentra en su etapa inicial o en un bajo nivel de desarrollo? ¿Existe allí algún otro camino aparte del capitalista para crear de estas condiciones? ¿Cómo puede un país subdesarrollado emprender directamente el camino de la edificación socialista sin pasar por la etapa del capitalismo desarrollado?

La transición directa al socialismo de los países subdesarrollados representa hoy la única posibilidad de llenar lo más rápida y menos dolorosamente posible el gran vacío que se ha creado en su desarrollo histórico. Aunque sea difícil prever o definir todas las formas concretas de esta transición, para su inicio hay un camino, un medio universal – la necesaria realización de una auténtica revolución popular. «La idea de que la revolución es el único medio para transformar el mundo, el único camino de salvación del yugo nacional y social, ha conquistado las mentes de millones de seres en todos los continentes» [5]. La cuestión central y más importante de esta revolución es la conquista absoluta del poder político por las masas trabajadoras conducidas por un partido marxista-leninista y el establecimiento de una dictadura democrática de las fuerzas más revolucionarias –la clase obrera y el campesinado.

Una revolución democrático-burguesa convencional, incluso en su forma específica para los países subdesarrollados, no puede servir de base para la transición al socialismo. La historia de las tres décadas pasadas ha proporcionado la prueba indiscutible de que varios países de Asia y África, que consiguieron la independencia estatal después de la Segunda Guerra Mundial, pero donde el poder político no pasó a las manos de las masas trabajadoras conducidas por su partido marxista-leninista, no sólo no emprendieron el camino del desarrollo socialista, sino que también permanecieron económicamente dependientes al imperialismo en su forma neocolonialista.

En oposición flagrante al marxismo-leninismo y a la experiencia histórica, los revisionistas modernos han reducido toda la teoría y práctica de la revolución a las reformas dentro del orden social existente. Propagan la idea de que incluso hasta el llamado «estado de transición» [6] que también puede tener a la cabeza a los líderes de las clases explotadoras, a los propietarios y la burguesía [7], pueden servir como un medio para la transición al socialismo de los países subdesarrollados. Y tienen el descaro de describir un estado con tal contenido de clase como el poder popular y declararlo capaz de construir el socialismo. ¿No es este un engaño ostensible?

En las condiciones de los países subdesarrollados, cuando no existe ningún partido revolucionario de la clase obrera, la creación de las premisas subjetivas para la victoria de una verdadera revolución debería comenzar con la formación del partido marxista-leninista, la dirección política indispensable de la revolución. Sin este liderazgo no es posible hablar de la conquista del poder por las masas trabajadoras o del desarrollo ininterrumpido de la revolución con el objetivo de preparar la transición al camino del desarrollo socialista.

La usual pequeña proporción de la clase obrera en los países subdesarrollados, su comparativamente bajo nivel ideológico y cultural, su limitada experiencia de organización y lucha de clases política no pueden servir como argumento para negar la necesidad y la posibilidad de la creación del partido de la clase obrera. Como lo demuestra, por ejemplo, la experiencia de nuestro país, el partido de la clase obrera se debe crear y puede surgir a la cabeza de la lucha revolucionaria aún cuando la clase obrera es pequeña en número y no se encuentra organizada. En este caso los comunistas son los representantes más leales de la clase obrera y su personificación; luchan resuelta y consecuentemente por los intereses de la clase obrera, por su ideología y política, por los intereses más radicales de todas las masas trabajadoras y de la nación entera.

Algunos revisionistas modernos afirman que la existencia del partido marxista-leninista y el liderazgo de la revolución y el poder político por este partido para la transición de los países subdesarrollados al socialismo conforman un dogma obsoleto, reemplazado por el tiempo. En su opinión, si este ha sido el caso en algunos países, esto ha ocurrido no por motivos de principio y necesidad universal, sino simplemente por motivos históricos específicos o por casualidad [8]. Otros públicamente afirman que el papel de vanguardia y el liderazgo en el llamado desarrollo no capitalista de los países atrasados puede ser desempeñado por cualquier partido u organización política, incluso por los sindicatos, independientemente de su ideología y composición de la clase [9]. Esta es otra traición de los revisionistas a la revolución socialista y la edificación del socialismo, es una caricatura de la idea del rol de vanguardia en la transformación socialista de la sociedad.

La conquista del poder político por las masas trabajadoras sólo marca el punto de partida necesario para preparar los países subdesarrollados para la transición al socialismo. La propia transición es un proceso histórico completo, a veces más largo y a veces más corto, según las condiciones concretas de cada país. El contenido principal de este proceso debe ser la transformación revolucionaria ininterrumpida de la superestructura y la estructura económica de la sociedad, el continuo cambio de la proporción de fuerzas de clase en beneficio del socialismo, la lucha contra el imperialismo y todas las fuerzas reaccionarias internas.

La transformación de la vida política y social requiere en primer lugar del quebrantamiento de la vieja máquina estatal burocrática creada por los colonialistas y basada en los intereses de las clases explotadoras locales, divorciada de las masas trabajadoras y contrapuesta a ellas como un medio de violencia para conservar la opresión y la explotación. En su lugar se debe crear una nueva máquina estatal, basada en nuevos líderes, surgidos del seno de los trabajadores que sean conscientes de sus necesidades y defiendan sus intereses, purgada de los elementos reaccionarios colaboradores de los colonialistas, de los partidarios del imperialismo y de los enemigos del socialismo. En la transformación de la vida política y social, las características esenciales son la puesta de los trabajadores en la gestión del país, el crecimiento numérico y la educación de la clase obrera, la emancipación de las mujeres y su participación en las actividades sociales y la mejora sistemática de las condiciones materiales de los trabajadores». (Hekuran MaraPosibilidades de construir el socialismo sin pasar por la etapa del capitalismo desarrollado, 1973)

Anotaciones de Hekuran Mara:

[1] Enver Hoxha, Informe ante el VIº Congreso del PTA de 1971.

[2] Es sabido, por ejemplo, que el pueblo ruso fue capaz de pasar del orden de la comunidad campesina directamente al feudalismo sin pasar por la formación socioeconómica esclavista.

[3] La teoría de mala fama de las «fuerzas productivas» de Kautsky excluyó completamente la posibilidad de la transición directa de los países subdesarrollados al socialismo.

[4] «Problems of peace and socialism» 1960, Nr. 7, p. 74-80 Sudarev Nauchnie doklladi vishei shkolli 1972, Nr. 11 p. 69-78. V. Solodovnikov Mezhdunarodnaja Zhiznj. 1973. Nr. 5 p. 59-60.

[5] Enver Hoxha, Informe ante el VIº Congreso del PTA de 1971.

[6] «Problems of peace and socialism» 1963. Nr. 2, p. 39-48.

[7] En este caso se toman como ejemplos a India, Birmania y algunos otros países.

[8] Roger Garaudy. Pour un modèle français du socialisme. 1968, page 114.

[9] Entre los entusiastas partidarios de esta opinión se encuentran los revisionistas yugoslavos.