domingo, 1 de noviembre de 2020

La «izquierda» retrógrada y la «izquierda» posmoderna frente al colectivo LGTB; Equipo de Bitácora (M-L), 2020


«En lenguaje político, el término «izquierda» y «derecha» se utilizaban respectivamente para mostrar una posición más progresista o conservadora respecto a una ideología o postura concreta. Dentro del marxismo el binomio «izquierda» o «derecha» también se ha utilizado, pero ha de saberse el qué se está a la izquierda o derecha y respecto a qué, por ejemplo, la socialdemocracia estaría más a la izquierda que el liberalismo, pero más a la derecha que el anarquismo. Esto no son sino conceptos del lenguaje, herramientas que nos ayudan a comprender mejor ciertas realidades. Al marxismo, como ideología abanderada de los movimientos obreros del siglo XIX se la englobó rápidamente con los movimientos políticos de izquierda. Nosotros no traficamos ni especulamos por lo que ha de considerarse «izquierda» en nuestra época. Si identificamos el término «izquierda», como también se ha venido haciendo históricamente, como sinónimo de progreso, y a este, como superación de la sociedad actual, hay que ser concisos en el análisis para no dar lugar a equívocos, puesto que no podemos caer en el juego de otras corrientes antimarxistas conocidas por su cariz conciliador. Para los nuestros, la única «izquierda» verdadera, la única «izquierda» revolucionaria, que está con la clase obrera y el resto de las capas trabajadoras y útiles de la sociedad, la única corriente que además representa sus intereses de forma real –científica–, y honesta –sin ocultar sus errores–, es el marxismo, socialismo científico o como guste, el nombre es lo de menos. Y este tiene un nudo troncal muy definido que no puede ser disimulado. La cuestión es, pues, aprender a distinguir su esencia de su interesada adulteración. Es esta doctrina y no otra la única capaz de presentar una alternativa real y seria. Dado que no puede haber dos verdades, el ser humano que quiera emanciparse a sí mismo y a los suyos del sistema capitalista no podrá adoptar dos ideologías para tal fin». (Equipo de Bitácora (M-L); Fundamentos y propósitos, 2020)

Siendo consecuentes, si ligamos el término izquierda a lo revolucionario, al progreso, y esto es el marxismo, ninguna «izquierda» que contenga en su seno pensamientos retrógrados y posmodernos puede ser una verdadera izquierda.

Pero antes de continuar deberíamos aclarar algo que se olvida con demasiada facilidad. 

¿Por qué es importante tener voz propia en este tipo de temas? 

Primero, porque no se puede confiar en las posiciones de la burguesía y sus representantes.

Cuando los marxistas apoyaron la introducción de la jornada laboral de ocho horas en España, coincidían con muchos líderes del sindicalismo reformista y muchos burgueses filantrópicos, sin creer que por ello hubiera que caer en el economicismo que dichos jefes profesaban ni en las ideas utópicas de los segundos. Cuando el Partido Comunista de España (PCE) apoyó la reforma agraria del gobierno republicano-socialista, eso no le eximió de ser muy crítico con sus límites y la lentitud de su implementación. 

En los 80, el gobierno del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Felipe González propuso leyes que despenalizaban el aborto y legalizaba el divorcio, esto no excluía el hecho de que el Partido Comunista de España (marxista-leninista) tuviera profundas reservas en cuanto a las facilidades para garantizar dichos derechos. Del mismo modo que cuando el PCE (m-l) votó NO a la Constitución de 1978, como también hicieron agrupaciones fascistas como Fuerza Nueva, no implicaba que el Partido de Ódena padeciera de una deriva falangista. 

Cuando la derecha del PP de Aznar propuso investigar en los 90 los diversos casos de corrupción del PSOE de Felipe González, los comunistas estuvieron de acuerdo, aun sabiendo que dichas propuestas de investigación y sus medidas punitivas no tendrían un castigo adecuado ni servirían para paliar un problema endémico bajo el capitalismo. 

Podríamos seguir con más ejemplos, pero creemos que es suficiente. En ninguno de estos casos los comunistas cayeron en una socialdemocratización ni en un acercamiento a la derecha más reaccionaria. Se puede estar y se estará de acuerdo superficialmente en determinadas propuestas cuando tengan sentido –como puede ser, en este caso, la oposición a la enseñanza de la ideología feminista en los centros educativos–, pero, normalmente, nunca se estará de acuerdo ni en las causas del problema ni en las formas más adecuadas de solucionarlo. Y es aquí donde los marxista-leninistas deben hacer valer su independencia ideológica, poniendo en evidencia al resto, educando a las masas y deslindándose totalmente de la política burguesa.

Si los marxista-leninistas están de acuerdo con que no se introduzca de contrabando el feminismo en los centros educativos, no es porque coincidan con la derecha –huelga decir que muchas agrupaciones de derechas, como PP o Ciudadanos, se consideran feministas, justamente como el partido de izquierdas del gran capital: el PSOE–, sino porque no son cómplices del problema que tiene desde hace décadas la presunta «izquierda» de IU, Podemos y diversos grupos republicanos, los cuales han renunciado a toda línea ideología concreta, arrastrándose al «humanismo» abstracto, «transversal», buscando la aprobación de todos los llamados movimientos de luchas parciales: feministas, nacionalistas, antirracistas, movimiento LGTB, ecologistas y otros.

Hace demasiado tiempo que estas agrupaciones se fusionaron con corrientes antimarxistas, como el feminismo. Podemos e IU certificaron esta postura cuando decidieron cambiar su nombre a Unidas Podemos; cuando, teniendo líderes masculinos, decidieron hablar en las ruedas de prensa en femenino y utilizando el llamado lenguaje inclusivo, causando estupor e incomprensión entre la mayoría de asalariados. Esto es solo un detalle que demuestra hasta qué niveles de degradación ha decidido rebajarse la llamada izquierda constitucional, con tal de arañar un par de votos a través de las corrientes de moda.

El triste hecho de que la lucha contra las teorías más absurdas del feminismo o del colectivo LGTB parezca hoy capitaneada por una formación tan aberrante y ultrarreaccionaria como Vox, cuyos miembros, entre otras lindezas, tratan la homosexualidad como una enfermedad –desoyendo las evidencias científicas– o tienen entre sus máximas preocupaciones el abolir la posibilidad del aborto –considerándolo, además, pecado–, indica en qué lugar ha quedado hoy la «izquierda» y, sobre todo, el retraso de las fuerzas revolucionarias que antaño denunciaban el feminismo como un movimiento burgués. 

Por ejemplo, delegar por omisión en manos de Vox un tema tan delicado e importante como dar respuesta al feminismo en la cuestión de la mujer, significa que se van a combatir unas ideas pseudocientíficas, es decir las feministas –que no aciertan a adivinar las causas de la desigualdad histórica entre hombres y mujeres y mucho menos en las recetas para su solución–, con otras todavía más idealistas y retrógradas: las de los fascistas –influidos, entre otras cosas, por una educación católica–. Lo mismo supondría dejar esto en manos de nuestros amigos revisionistas que, desorientados, sostienen los argumentos de una y otra bancada, cayendo ora en argumentos homófobos ora en una idealización del colectivo homosexual.

Por el bien de la brevedad del documento, enlazamos un artículo en el que hablamos de la homosexualidad en la antigua Grecia para centrarnos aquí en las posiciones que adquirieron los marxistas. Véase el capítulo: «Notas aclaratorias sobre la homosexualidad en la Antigua Grecia» de 2020.

Aquí se verá que las sociedades greco-romanas ni eran el paraíso para lo que hoy sería el colectivo LGTB, y de paso, se mostrará también que todavía existen algunos elementos retrógrados que utilizan los mismos prejuicios, hacia este colectivo, que se decían hace más de 2.000 años atrás.

Consideraciones históricas sobre la homosexualidad dentro del movimiento marxista-leninista

Algunos de los más grandes pensadores del marxismo manifestaron su apoyo a la despenalización de la homosexualidad en sus respectivos países:

«El Comité Científico Humanitario, liderado por Magnus Hirschfeld, fue fundado en Berlín en mayo de 1897 y en diciembre del mismo año redactó una petición, firmada por más de 800 personas, para despenalizar la homosexualidad eliminando el párrafo 175 del Código Penal Alemán (9). En sus memorias Hirschfeld recordaba haber conocido personalmente a Bebel y a otros socialdemócratas destacados durante sus estudios en Múnich y Berlín: «Mi propio desarrollo intelectual me puso en contacto personal con los líderes de la Socialdemocracia alemana de entonces, August Bebel y Wilhelm Liebknecht en Berlín, y Georg von Vollmar y Ludwig Viereck en Múnich» (Hirschfeld 1930, p. 81). (…) Hirschfeld también recordaba que «ya a la edad de veinte años», es decir, poco después de su graduación como médico, se familiarizó con los puntos de vista socialdemócratas leyendo el libro de August Bebel, La mujer y el socialismo. Hirschfeld se suscribió el 1 de enero de 1891 al Vorwärts, el periódico del Partido Socialdemócrata, pero nunca aclaró cuándo se unió al SPD (Herzer 2017, p. 34)». (Daniel Gaido; El marxismo y el movimiento de liberación homosexual: De la Socialdemocracia alemana a la Revolución Rusa, 2020)

Anótese que el propio Magnus Hirschfeld visitaría la Rusia soviética en 1926, siendo recibido como una eminencia en su campo. Éste, a su vez, veía en el país de los bolcheviques la culminación de sus esfuerzos.

«El 13 de enero de 1898, August Bebel, un obrero tornero y líder del Partido Socialdemócrata de Alemania, pronunció un famoso discurso en el Reichstag apoyando la petición. Hirschfeld pensaba que el motivo que había llevado a Bebel a apoyar la petición era que su predecesor en la dirección editorial de Vorwärts, el sucesor de a Ferdinand Lassalle como presidente de la Asociación General de Trabajadores Alemanes, Johann Baptist von Schweitzer, había sido sentenciado a una pena de prisión en 1862 en Mannheim por tener relaciones homosexuales con un albañil (Herzer 2017, p. 75).

En su discurso ante el Reichstag, Bebel afirmó que, a pesar de que las disposiciones del Párrafo 175 eran «sistemáticamente violadas por un gran número de personas, tanto hombres como mujeres, únicamente en los casos más raros la policía se molesta en requerir acciones por parte del fiscal». La policía de Berlín no llevaba ante el Fiscal de Distrito los nombres de los hombres que cometían delitos punibles con encarcelamiento según el párrafo 175, sino que, al tener conocimiento del hecho, más bien agregaban los nombres de las personas involucradas a la lista de aquellos que, por las mismas razones, aparecían ya en sus archivos. Según Bebel, «la cantidad de estas personas es tan grande y llega tan lejos en todos los niveles de la sociedad que, si la policía aquí llevara a cabo escrupulosamente su deber, el Estado Prusiano se vería inmediatamente obligado a construir dos nuevas penitenciarías tan solo para ocuparse de aquellos que, solamente en Berlín, han cometido delitos contra el párrafo 175». Se trataba «de miles de personas de todos los ámbitos... quizás esta sea una de las razones por las cuales las ofensas cometidas bajo este Párrafo son tratadas de manera tan extraordinariamente laxa por parte de la policía». Además, «lo que es justo en el caso de un sexo, lo es igualmente para el otro», pero el Código Penal alemán penalizaba solamente la homosexualidad masculina, no la femenina.

Bebel concluía afirmando que, si el párrafo 175 del Código Penal no podía ser aplicado, o podía ser aplicado sólo selectivamente, no debía ser conservado. A tal fin, agregaba, «tenemos ante nosotros una petición impresa, firmada entre otros por mí personalmente, y por un número de colegas de otros partidos, además de miembros de círculos literarios y académicos, juristas de gran renombre, psicólogos y patólogos y expertos del más alto rango en este campo. La petición, sobre la que, por razones entendibles, no quiero entrar en detalles en este momento, exige una revisión del Código Penal en este campo, en el sentido de lograr la derogación de las disposiciones relevantes del párrafo 175». (11)

La petición del Comité Científico Humanitario contra el párrafo 175 fue rechazada en comisión por el Reichstag. Hirschfeld, sin embargo, consideró el mero hecho de que el parlamento discutiera la cuestión en 1898 como una señal de progreso; de hecho, fue suficiente para convencerlo de que «la vérité est en marche» (Hirschfeld 1899, p. 297, la cita de Zola termina diciendo: «et rien ne l'arréterd»). En un artículo aparecido en el primer número de la revista del Comité Científico Humanitario, el Anuario para los estadios sexuales intermedios, Hirschfeld reprodujo la petición en pp. 239-241, seguida de la lista de firmas y de un apéndice a la petición, que aparece en pp. 266-269. Hirschfeld reprodujo también el discurso de Bebel del 13 de enero de 1898, así como dos intervenciones más de Bebel en el Reichstag a favor de la despenalización de la homosexualidad (Hirschfeld 1899, pp. 272-279)». (Daniel Gaido; El marxismo y el movimiento de liberación homosexual: De la Socialdemocracia alemana a la Revolución Rusa, 2020)

Veamos lo que decía otro dirigente:

«En un artículo muy interesante sobre la homosexualidad y el párrafo 175 del Código Penal, publicado en 1898 en Die neue Zeit, el órgano teórico del ala «ortodoxa» del SPD −para entonces Bernstein había comenzado su famosa «revisión» reformista del marxismo−, el autor, W. Herzen, reportaba que en la sesión del 18 de enero de 1898 del parlamento alemán, el pastor Martin Schall, un diputado en el Reichstag, se declaró «consternado y deprimido» por la iniciativa de Bebel de abolir el párrafo 175 del Código Penal alemán, que había sido suscrita por «hombres con nombres famosos de todas las profesiones» (Herzen 1898, p. 555)». (Daniel Gaido; El marxismo y el movimiento de liberación homosexual: De la Socialdemocracia alemana a la Revolución Rusa, 2020)

Para fundamentar esto:

«El autor mencionaba para refutar esta concepción al trabajo de Magnus Hirschfeld, §175 des Reichsstrafgesetzbuch. Die homosexuelle Frage im Urteile der Zeitgenossen (Leipzig: Spohr, 1898), sobre el cual decía lo siguiente: «En este escrito se reúnen las respuestas que el redactor de la petición, el Dr. Hirschfeld, ofreció en la fundamentación para su aprobación. Refuta las objeciones de los oponentes a la petición, en la medida en que éstas son aparentes a partir de las respuestas, de modo que este folleto puede ser considerado como la justificación de la petición» (Herzen 1898, p. 556, nota 3). El autor mencionaba la «ocurrencia tremendamente común del amor homosexual», y agregaba que en el sexo femenino era «no menos común» (Herzen 1898, p. 556). Citaba la estimación de Ulrichs según la cual uno de cada 200 hombres era homosexual, lo que arrojaba un total para Alemania de entre 50.000 y 60.000 «Urninge». También mencionaba la constatación de Hirschfeld de que la homosexualidad podía ser encontrada «en todas las razas y en todas las naciones de la tierra, tanto en las capas más altas como en las más bajas de la población, en las ciudades y en el campo, entre personas educadas y no educadas, honradas y deshonestas» (Hirschfeld, §175 des Reichsstrafgesetzbuch, p. 43), y enumeraba a algunas famosas figuras históricas. (...) Una reseña publicada en Die neue Zeit de los dos primeros tomos del quinto número de la revista del Comité Científico Humanitario, Jahrbuch für sexuelle Zwischenstufen unter besonderer Berücksichtigung der Homosexualität, alababa el artículo de Magnus Hirschfeld sobre «Las causas y la esencia del uranismo», en particular «el capítulo sobre la necesidad natural de la homosexualidad», y describía brevemente el resto de sus contenidos, incluyendo una carta de Goethe sobre el amor homosexual en Roma y un estudio «sumamente interesante» del Dr. Römer «Sobre la idea andrógina de la vida», concluyendo: «Ojalá que el nuevo número de esta publicación encuentre muchos lectores» (Herzberg 1900, p. 124)». (Daniel Gaido; El marxismo y el movimiento de liberación homosexual: De la Socialdemocracia alemana a la Revolución Rusa, 2020)

También:

«Desde el punto de vista jurídico el párrafo 175 es un sinsentido» porque «la expresión «antinatural» es totalmente errónea y falsa», como lo había demostrado el «artículo de Bernstein sobre este tema» en Die neue Zeit, el cual también probaba «en forma absolutamente acertada, por qué motivo el amor homosexual es penalizado en la mayoría de los países −con excepción de Austria− sólo entre hombres» (Herzen 1898, p. 559). El párrafo 175 transformaba en delito un acto en el cual no se lesionaban los derechos de nadie. Por ese motivo el amor homosexual había sido despenalizado en Francia ya en 1791, en Italia, Bélgica, Holanda, y en toda una serie de estados alemanes. En respuesta a la afirmación de que la «opinión pública» exigía la retención del párrafo 175, el autor recordaba que también la quema de brujas había sido justificada por motivos similares, en respuesta a los críticos contemporáneos que afirmaban que dichos procesos carecían de todo fundamento (Herzen 1898, p. 559). Siguiendo la argumentación de Hirschfeld, Herzen afirmaba que el amor homosexual era el resultado de un poderoso impulso natural, y que por ende su penalización no podía arrojar resultado alguno, ni desde el punto de vista de la «rehabilitación» del imputado ni desde el punto de vista de la «disuasión». En Berlín existía una comunidad homosexual extensa y activa, con sus lugares de encuentro y sus actividades, incluyendo locales en los que se practicaba la prostitución masculina (Herzen 1898, p. 560)». (Daniel Gaido; El marxismo y el movimiento de liberación homosexual: De la Socialdemocracia alemana a la Revolución Rusa, 2020)

En resumen, se puede decir que el objetivo de estos artículos era:

«El esclarecimiento científico de la situación de los homosexuales, una categoría de personas consideradas como criminales o enfermos mentales, pero que en realidad debían ser consideradas solamente como personas con un impulso sexual diferente, y la agitación contra una legislación que transformaba un impulso natural en un delito». (Daniel Gaido; El marxismo y el movimiento de liberación homosexual: De la Socialdemocracia alemana a la Revolución Rusa, 2020)

¿Cuál era la situación de los homosexuales en Rusia?:

«Bajo el régimen zarista, la homosexualidad fue considerada un delito durante casi un siglo. La primera prohibición de las relaciones sexuales entre hombres en el ejército fue impuesta por Pedro el Grande en 1716. En 1835, bajo Nicolás I, la prohibición se extendió a la población civil. Las relaciones homosexuales consentidas se castigaban con el exilio a Siberia y esta legislación permaneció vigente hasta la Revolución de Octubre de 1917. (...) Hacia el final del siglo XIX, cuando el capitalismo comenzó a desarrollarse en Rusia, las principales ciudades comenzaron a expandirse, y con esto también surgió una subcultura homosexual urbana. Y si bien la homosexualidad continuó siendo criminalizada, los psiquiatras comenzaron a considerar el fenómeno desde un punto de vista médico más que moral, influenciado por los desarrollos en este campo en Europa. Algunos sectores de la comunidad científica creían que la homosexualidad debía tratarse como una enfermedad psicopatológica o biológica en lugar de como un delito. Los psiquiatras comenzaron a desarrollar la idea de que la homosexualidad pudiera explicarse como una «perversión», debido a un desarrollo sexual deformado provocado por una educación inadecuada. De ahí, surgió la idea de que la homosexualidad podría «curarse» a través de la psicoterapia e, incluso, la hipnosis. Como corolario, se desarrolló la idea de que prestar cuidadosa atención al desarrollo de los niños podía evitar la aparición de «desviaciones» homosexuales». (Fred Weston; La despenalización bolchevique de la homosexualidad: ¿intencional o fruto de un descuido?, 2018)

Ya en esa época hubo voces de gente que clamaba por entender la homosexualidad no como la norma, pero sí como una variante más de la naturaleza:

«Una pequeña minoría fue mucho más allá y comenzó a ver la homosexualidad como una variante natural. Ushakovsky, aparentemente un seudónimo, en un texto publicado en 1908, People of the Intermediate Sex [«Las personas del sexo intermedio»] afirmaba:

«La ley debe proteger a los niños y dementes y prohibir todo tipo de agresiones. Pero lo que dos personas adultas, en su propia habitación, hacen con sus cuerpos por consentimiento mutuo y no causan ningún daño no concierne al Estado».

Esta idea, que en ese momento sólo era sostenida por una pequeña minoría –que también se refleja en el anonimato del autor, considerando el estatus ilegal entonces de los homosexuales– surgió después de la Revolución de Octubre en la política bolchevique sobre las relaciones entre personas del mismo sexo.

Se puede decir que influenciados por esta visión, a la llegada al poder, los bolcheviques, aunque ni mucho menos tenían una opinión oficial sobre el tema, como tampoco la tenían otros grupos, fueron los responsables en última instancia de despenalizar las leyes del zarismo:

Un trabajo más reciente de Dan Healey, Homosexual Desire in Revolutionary Russia [«Deseo homosexual en la Rusia revolucionaria»], 2001, está basado en material ya disponible en Occidente y desclasificado tras el colapso de la Unión Soviética en 1991. Sobre si la despenalización de 1922 de la homosexualidad fue una decisión consciente o no, Healey dice:

«Si bien estos documentos no discuten el estatuto de sodomía en detalle, sí demuestran una intención de principios de despenalizar la práctica consentida entre adultos, expresada desde los primeros esfuerzos por escribir un código penal socialista en 1918 hasta la eventual aprobación de la legislación en 1922».

En la primera elaboración de un borrador de código penal en 1918 se tomó mucho del código de 1903. Sin embargo, hubo una decisión consciente en ese borrador para despenalizar los actos sexuales consensuados del mismo sexo, mientras que al mismo tiempo se criminalizaban los actos entre personas del mismo sexo con menores o cuando se trataba de violencia o coacción. Esto proporcionaría la base para la elaboración del Código Penal de 1922. Kozlovsky, el Comisario de Justicia en 1920 hizo una serie de comentarios sobre los borradores, que indican que su política era eliminar del código penal la actividad [sexual] consensuada entre personas del mismo sexo.

Finalmente, el nuevo Código Penal entró en vigor el 1 de junio de 1922. Cuando, en 1926, se reformuló el código, la homosexualidad siguió siendo legal, lo que indica que no hubo descuido u olvido involucrado.

Como bien dice el autor, muchos historiados burgueses han intentado minimizar el papel de los bolcheviques en esto:

«Bajo el subtítulo «Minorías sexuales después de 1917», en el que Riordan minimiza el papel de los bolcheviques en la despenalización de la homosexualidad, declara:

«La iniciativa para revocar la legislación zarista anti-homosexual yace, después de la Revolución de febrero de 1917, no con los bolcheviques, sino con los Demócratas Constitucionalistas [la derecha liberal, el partido KDT o cadete, como se lo conocía] –ya hemos visto cómo un líder cadete, Vladimir Nabokov, había propuesto precisamente eso– y los anarquistas».

Por lo tanto, de acuerdo con Riordan, el mérito de legalizar la homosexualidad después de la revolución recae en un cadete, que para entonces se había exiliado, ¡y en los anarquistas que no estaban en el poder! Nabokov era un miembro prominente del Partido Democrático Constitucionalista: un partido que desempeñó un papel abiertamente contrarrevolucionario durante 1917. También se desempeñó como Ministro de Justicia en el primer Gobierno Regional de Crimea, que fue establecido en junio de 1918 bajo protección alemana, claramente colaborando con los ejércitos blancos reaccionarios.

Presentar a este individuo reaccionario como el verdadero promotor de la despenalización de la homosexualidad en Rusia es inimaginable». (Fred Weston; La despenalización bolchevique de la homosexualidad: ¿intencional o fruto de un descuido?, 2018)

Esto demuestra que, lejos de lo que se suele creer, durante el período inicial de los años del «estalinismo» 1924-33, se mantuvo esta política hacia la homosexualidad y fue apoyada por los organismos oficiales.

«La legislación no interfiere en ninguna relación sexual, siempre que la misma tenga lugar entre dos adultos sin ningún tipo de compulsión. La naturaleza de las actividades sexuales resultantes de tal relación es un asunto privado entre las personas involucradas. La cuestión de la moralidad pública no existe para la legislación en este caso.

La legislación soviética considera a la homosexualidad, la sodomía y todas las otras formas de gratificación sexual, que la legislación europea presenta como una ofensa pública contra la moralidad, de forma exactamente igual a las así llamadas relaciones sexuales «naturales». Todas las formas de relación sexual son asuntos privados. La cuestión de la persecución penal sólo surge cuando se usa la fuerza y la coacción, como en el caso de una agresión o de que se haya infringido un daño a los intereses de otra persona». (Grigorii Batkis; La revolución sexual en Rusia, 1925)

Pongamos otro ejemplo más tardío:

«En 1930, el artículo de psiquiatra Mark Sereiskii sobre la homosexualidad para la Gran Enciclopedia Soviética, luego de una serie de consideraciones médicas hoy obsoletas, refrendaba la campaña de Hirschfeld por la emancipación homosexual, afirmando:

«La dirección del interés sexual hacia la búsqueda de individuos de su mismo sexo obliga a los homosexuales a violar las así llamadas normas de comportamiento generalmente aceptadas. En el exterior, y en la Rusia prerrevolucionaria, estas violaciones de las reglas de conducta generalmente aceptadas eran penalizadas por «leyes de moralidad» especiales. Además del hecho de que esta legislación contra el sesgo biológico es absurda en sí misma y no produce resultados reales, actúa en forma extremadamente perjudicial para la psique de los homosexuales. Hasta el día de hoy, en los países capitalistas avanzados, la lucha por la abolición de estas instituciones hipócritas está lejos de haber terminado. Por eso, en Alemania, Magnus Hirschfeld lidera una lucha particularmente apasionada y sin éxito para abolir la ley contra la homosexualidad. La legislación soviética no conoce los así llamados delitos contra la moral. Nuestra legislación, basada en el principio de la protección de la sociedad, castiga sólo los casos en los que el objeto de interés de los homosexuales, son menores de edad (artículos 151, 152 del Código Penal de la RSFSR)».

Sereiskii concluía abogando por la integración de los homosexuales y afirmaba que «nuestra sociedad, mediante una serie de medidas preventivas y de salud, crea todas las condiciones necesarias para que el choque de los homosexuales con la vida sea indoloro, y para que la sensación de extrañamiento, usual en dichos choques, se disuelva en el nuevo colectivo». (Daniel Gaido; El marxismo y el movimiento de liberación homosexual: De la Socialdemocracia alemana a la Revolución Rusa, 2020)

El lector debe tener en cuenta que esta homofobia de la sociedad rusa zarista era mucho más pronunciada que en los países germanos, lo que también tendría un impacto mucho más notorio entre algunos jefes bolcheviques, lo que no excluye la responsabilidad del gobierno de Stalin en el viraje homófobo que se encabezará después.

Esta situación de libertad sexual duró aproximadamente hasta 1933-34, cuando a propuesta de Yagoda, Comisario del Pueblo de Asuntos Internos, se intentó crear la noción de que los homosexuales eran pedófilos empedernidos que destruían física y moralmente a la juventud soviética, los soldados, etc.:

«En septiembre de 1933, Guénrij Yagoda, el Comisario del Pueblo de Asuntos Internos, sugirió a Stalin que una ley contra la «pederastia» era necesaria para todas las repúblicas soviéticas. Yagoda informó a Stalin que la policía secreta había realizado redadas en Moscú y Leningrado, arrestando 130 hombres presuntamente vinculados a «salones, centros, antros, grupos, y otras organizaciones de pederastas». El objetivo de estas «organizaciones» era supuestamente el espionaje, lo cual captó la atención de Stalin. Afirmando que «esos canallas deben recibir un castigo ejemplar», Stalin ordenó a Yagoda la redacción de una nueva ley; el borrador fue apoyado fuertemente por sus colegas del politburó Kaganovich y Viacheslav Molotov (Healey 2002, p. 362)». (Daniel Gaido; El marxismo y el movimiento de liberación homosexual: De la Socialdemocracia alemana a la Revolución Rusa, 2020)

En base a este pensamiento retrógrado y simplista a todas luces, se ligaba la homosexualidad a la pederastia, considerándose homosexualidad como sinónimo de criminalidad y perversión de menores a la vez que era tratada de «vicio burgués». Los homosexuales serían considerados potenciales «agentes de la burguesía extranjera»:

«Basado en el art. 3 de los Principios Básicos de la Legislación Penal de la URSS y las Repúblicas de la Unión, el Presídium del Comité Ejecutivo Central de la URSS decide:

Proponer a los comités ejecutivos centrales de las repúblicas unidas que complementen los códigos penales de las repúblicas unidas con un artículo como sigue:

«Las relaciones sexuales entre un hombre y un hombre –sodomía– conllevan una pena de prisión de 3 a 5 años.

La sodomía cometida con el uso de la violencia o el uso de la posición de dependencia de la víctima, conlleva pena de prisión de 5 a 8 años».

Presidente del Comité Ejecutivo Central de la URSS M. Kalinin. Secretario del Comité Ejecutivo Central de la URSS A. Yenukidze. Kremlin de Moscú. 7 de marzo de 1934». (Izvestia; Número 59, 10 de marzo de 1934)

Un documento que hoy debe de ser recuperado y desmonta toda esta visión sobre la homosexualidad con argumentos racionales es la carta de Harry White a Stalin, un comunista homosexual inglés, en 1934:

«A continuación, un resumen de los hechos que se discuten en detalle en la carta adjunta:
En general, la condición de los homosexuales bajo el capitalismo es análoga a la condición de las mujeres, las razas de color, las minorías étnicas y otros grupos que son reprimidos de una u otra manera.

La actitud de la sociedad burguesa hacia la homosexualidad se basa en la contradicción entre:

La necesidad del capitalismo de «carne de cañón» y de una reserva de ejército laboral –dando paso a la creación de leyes represivas en contra de la homosexualidad, ya que es considerada una amenaza a las tasas de natalidad–;

La creciente pobreza de las masas bajo el capitalismo –llevando el colapso a la familia obrera y a un aumento de la homosexualidad–.

Esta contradicción se puede resolver solamente en una sociedad donde la erradicación del desempleo y el bienestar material constante de los trabajadores fomente condiciones en las cuales las personas que son normales en un sentido sexual puedan contraer matrimonio.

La ciencia confirma que un porcentaje insignificante de la población sufre de homosexualidad por naturaleza.

La existencia de esta minoría insignificante no es una amenaza para la sociedad bajo la dictadura del proletariado.

La nueva ley sobre la homosexualidad ha provocado las interpretaciones más diversas y contradictorias.

La ley del 7 de marzo contradice fundamentalmente los principios básicos de la ley anterior sobre esta cuestión.

La ley del 7 de marzo esencialmente exige «la nivelación» en el ámbito de la vida sexual.

La ley del 7 de marzo es absurda e injusta desde el punto de vista de la ciencia, la cual ha probado la existencia de homosexuales por naturaleza y que no tiene medios a su disposición para cambiar su naturaleza sexual». (Harry White; ¿Puede un homosexual ser miembro del Partido Comunista?, 1934)

La carta refleja que ni las propias autoridades soviéticas podían adecuarse a la nueva ley sin desdecirse de lo dicho anteriormente:

«La pregunta es la siguiente: ¿Puede un homosexual ser considerado alguien digno de ser miembro del Partido Comunista? La ley de responsabilidad penal por sodomía promulgada recientemente, la cual fue firmada por el Comité Ejecutivo Central de la URSS el siete de marzo de este año, aparentemente supone que los homosexuales no pueden ser reconocidos como merecedores del título de ciudadanos soviéticos. Consecuentemente, se les debería considerar incluso menos dignos aún de ser miembros del PCUS (b). Puesto que tengo un interés personal en este asunto ya que yo también soy homosexual, hice esta pregunta a varios camaradas de la OGPU [la policía secreta soviética] y del Comisariado Popular por la Justicia, a psiquiatras, y al camarada Borodin, el editor en jefe del periódico donde trabajo. (...) Entre estos camaradas no hay un entendimiento teórico claro de lo que pudo haber servido como base para la aprobación de esta ley. El primer psiquiatra al que recurrí por ayuda con esta cuestión me aseguró dos veces –después de comprobarlo con el Comisariado de Justicia del Pueblo– que si los homosexuales son ciudadanos honestos o buenos comunistas, sus pacientes pueden ordenar sus vidas personales como les parezca». (Harry White; ¿Puede un homosexual ser miembro del Partido Comunista?, 1934)

White describía dos tipos de homosexuales:

«Cuando analizamos la naturaleza de la persecución de los homosexuales, debemos tener en cuenta que hay dos tipos de homosexuales: primero, están los que son homosexuales de nacimiento –además, si los científicos discrepan sobre las razones precisas de esto, entonces no existe desacuerdo de que ciertas razones profundamente arraigadas sí existen–; segundo, hay homosexuales que solían tener una vida sexual normal pero luego se convirtieron en homosexuales, a veces por la perversidad, o a veces por consideraciones económicas». (Harry White; ¿Puede un homosexual ser miembro del Partido Comunista?, 1934)

White aborda la teoría de que los homosexuales son todos miembros de las clases adineradas. Sobre ello comentaba:

«En cuanto al segundo tipo, la cuestión se explica relativamente fácil. Las personas que se hacen homosexuales en virtud de la depravación usualmente pertenecen a la burguesía, una serie de cuyos miembros llevan esta forma de vida después de que se han saciado con todas las formas de placer y perversidad que existen en las relaciones sexuales con mujeres. Entre los que llevan esta forma de vida por consideraciones económicas, encontramos miembros de la pequeña burguesía, el lumpenproletariado, y –tan extraño como pueda parecer– el proletariado. Como resultado de la necesidad material, que empeora particularmente durante periodos de crisis, estas personas se ven forzadas a recurrir a este método de satisfacer sus necesidades sexuales temporalmente en la medida en que la ausencia de medios los priva de la posibilidad de casarse o al menos de contratar los servicios de prostitutas. También están aquellos que se hacen homosexuales no para satisfacer sus necesidades, sino para ganar su sustento por medio de la prostitución –este fenómeno se ha extendido especialmente en la Alemania moderna–. Pero la ciencia ha establecido la existencia de homosexuales por naturaleza. Las investigaciones han demostrado que los homosexuales de este tipo existen en proporciones aproximadamente iguales dentro de todas las clases sociales. También podemos considerar como un hecho establecido que, con leves desviaciones, los homosexuales en conjunto constituyen alrededor del dos por ciento de la población. (…) Así como las mujeres de la clase burguesa sufren en un grado significativamente menor las injusticias del régimen capitalista –usted desde luego recuerda lo que Lenin dijo sobre esto–, los homosexuales natos de la clase dominante también sufren menos persecución que los homosexuales del entorno de la clase trabajadora». (Harry White; ¿Puede un homosexual ser miembro del Partido Comunista?, 1934)

White también reflexionaba sobre la actitud de la burguesía hacia los homosexuales, la doble faz de muchos de sus miembros:

«¿Cuál es la actitud de la sociedad burguesa hacia los homosexuales? Incluso si tomamos en cuenta las diferencias existentes en este aspecto en la legislación de varios países, ¿podemos hablar de una actitud específica de la burguesía hacia esta cuestión? Sí, podemos hacerlo. Independientemente de estas leyes, el capitalismo está en contra de la homosexualidad en virtud de toda su tendencia basada en clases. Esta tendencia se puede observar a través del curso de la historia, pero se manifiesta con una fuerza especial estos días, durante el periodo de la crisis general del capitalismo. El capitalismo, que necesita una enorme reserva de ejército laboral y carne de cañón para prosperar, considera la homosexualidad un factor que amenaza con reducir las tasas de natalidad –como ya lo sabemos, en los países capitalistas hay leyes que penalizan el aborto y otros métodos anticonceptivos–». (Harry White; ¿Puede un homosexual ser miembro del Partido Comunista?, 1934)

Aquí podríamos matizar que, en las sociedades modernas, con una extensión demográfica descontrolada, la burguesía necesita del uso de anticonceptivos para moderar las tasas de natalidad, aunque como dice White, en los países más ricos, generalmente con unas tasas de mortalidad bajas y unas tasas de natalidad también bajas, se necesita de un aumento de esta última, lo que automáticamente echa abajo toda teoría conspirativa sobre que los poderosos desean propagar la homosexualidad a nivel mundial y, en especial, entre los países más privilegiados económicamente.

En cuanto a la legislación que prohíbe la homosexualidad en algunos países capitalistas:

«Por supuesto que la actitud de la burguesía hacia el tema de la homosexualidad es de típica hipocresía. Las leyes estrictas son causa de pocas molestias para la burguesía homosexual. Cualquiera que esté familiarizado con la historia interna de la clase capitalista conoce los escándalos periódicos que surgen al respecto; además, los miembros de la clase dominante que se mezclan en estos asuntos sufren en un grado insignificante. Puedo citar un dato poco conocido a este respecto. Hace unos años, uno de los hijos de Lord y Lady Astor fue acusado de homosexualidad. La prensa inglesa y americana omitió informar este hecho, con la excepción del Morning Advertiser. Los dueños de este periódico son fabricantes de cerveza, y lo hicieron con el propósito de comprometer a Lord y Lady Astor, quienes se habían manifestado en contra de la legalización del alcohol. De esa manera, el hecho [de la homosexualidad de Astor] se conoció gracias a las contradicciones dentro de la clase dominante. Gracias a sus riquezas, la burguesía puede evitar el castigo legal que sí recae con toda su fuerza sobre los trabajadores que son homosexuales, excepto en aquellos casos donde los últimos se prostituían con miembros de la clase dominante». (Harry White; ¿Puede un homosexual ser miembro del Partido Comunista?, 1934)

Criticando el movimiento de los homosexuales sin conexión con la lucha del movimiento obrero, diría:

«Siempre he creído que estaba mal promover la consigna de la emancipación de los homosexuales que pertenecen a la clase trabajadora separada de las condiciones de la explotación capitalista. Pienso que esta emancipación es inseparable de la lucha general por la emancipación de toda la humanidad de la explotación de la propiedad privada». (Harry White; ¿Puede un homosexual ser miembro del Partido Comunista?, 1934)

Por último, citando al propio Stalin:

«Me permitiré citar un pasaje del informe del camarada Stalin al decimoséptimo congreso del partido:

«Cualquier leninista sabe, si es un leninista genuino, que etiquetar en el ámbito de las necesidades y de la vida personal diaria es un absurdo reaccionario digno de una secta primitiva de ascetas, no de un estado socialista organizado en la manera marxista, pues no se puede pedir a todas las personas que tengan necesidades y gustos idénticos, o que todos vivan sus vidas cotidianas de acuerdo con un solo modelo. (...) Decir que el socialismo requiere el igualitarismo, la igualación y la nivelación de las necesidades de los miembros de la sociedad, la nivelación de sus gustos y sus vidas personales, que, según el marxismo, todos deben usar ropa idéntica y comer la misma cantidad de uno y de los mismos platos, es equivalente a pronunciar banalidades y calumniar al marxismo». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Informe en el XVIIº Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de la URSS, 1934)

Me parece que este extracto del informe del camarada Stalin tiene una relación directa con la cuestión que estoy analizando». (Harry White; ¿Puede un homosexual ser miembro del Partido Comunista?, 1934)

Más le hubiera valido a la dirección soviética atender a las razones que aquí se esgrimían, pues bajo el mandato de Stalin se cometió uno de los errores más graves de la experiencia soviética, pero, al parecer, Stalin jamás contestó la honesta carta del comunista inglés. 

El pensamiento oficial sobre la homosexualidad durante las siguientes décadas fue el siguiente:

«El origen de la homosexualidad está vinculado a las condiciones sociales cotidianas; para la abrumadora mayoría de las personas que se entregan a la homosexualidad, estas perversiones se detienen tan pronto como la persona se encuentra en un ambiente social favorable. (…) En la sociedad soviética con sus costumbres sanas, la homosexualidad como una perversión sexual se considera vergonzosa y criminal. La legislación penal soviética considera la homosexualidad como punible, con la excepción de aquellos casos en los que la homosexualidad es una manifestación de un marcado trastorno psíquico». (Gran Enciclopedia Soviética, 1952) 

Este tipo de disposiciones dieron muchísimo material a corrientes como el trotskismo, el cual presentaba continuamente al «estalinismo» como una «distorsión del leninismo» que «condenaba a la URSS a una contrarrevolución conservadora en todos los sectores», siendo «en esencia igual al nazismo». Sabemos que esto no es cierto, pues ese mismo «estalinismo» había sido el director principal de la construcción económica del socialismo, el responsable de la extensión de derechos culturales nunca antes conocidos para las minorías nacionales o el autor de la derrota militar del fascismo, entre otros hitos. Ahora, que el trotskismo fuese en esencia antileninista y reprodujese toda una ristra de calumnias hacia la Unión Soviética de Stalin, no quita que en este sentido sí tuviesen razón al decir que la política del gobierno de Stalin estaba pervirtiendo la postura anterior del gobierno de Lenin sobre los homosexuales, acercándose más a las disposiciones del nazismo o muchos gobiernos demócratas-burgueses. Pero para afirmar esto no necesitamos al contrarrevolucionario de Trotski, únicamente requerimos de un poco de coherencia y conocimiento sobre la cuestión.

La nueva legislación de 1934 fue acompañada de una campaña contra la homosexualidad:

«En la tierra donde el proletariado gobierna valientemente y con éxito, la homosexualidad, con su efecto corruptor sobre los jóvenes, se considera un delito social punible bajo la ley. En contraste, en la «tierra cultivada» de los grandes filósofos, eruditos y músicos, se practica libremente y con impunidad. Ya hay un dicho sarcástico: «Destruid la homosexualidad y el fascismo desaparecerá». (Maxim Gorki; Humanismo proletario, 1934)

Gorki, pese a pasar a la historia como uno de los grandes autores del realismo socialista, no estuvo exento de promulgar en ocasiones aberraciones ideológicas a los cuatro vientos. Bien conocidos son sus intentos en 1913 de ligar religión y marxismo –por lo que fue reprendido personalmente por Lenin en sus cartas–. En su posicionamiento respecto a esta cuestión es el deber de los marxista-leninistas hacer lo propio.

Debería recordarse que ese país, Alemania, albergó fama por tener grandes filósofos, eruditos y músicos, entre cuyas filas había famosos homosexuales. Sin ir más lejos, conocidas son las inclinaciones sexuales de figuras históricas como Federico II de Prusia, uno de los más prestigiosos militares y estadistas del XVIII. Esto echa abajo la teoría reaccionaria de que los homosexuales no son diestros en cuestiones de gobierno, económicas, militares, etc.

El propio Partido Comunista de Alemania (PCA) bajo la dirección de Ernst Thälmann, renunció a la herencia del movimiento obrero alemán que venía defendiendo a los homosexuales, lo que provocó perder a un pequeño colectivo que, como sabemos, sería especialmente perseguido por el nazismo y que pudo haberse convertido en un excelente campo de cultivo antinazi. Mismo error cometió por entonces la socialdemocracia, tanto en Alemania, como a nivel global –véase las primeras disposiciones homófobas del PSOE–. 

Lejos de lo que se suele creer, esta desviación no fue exclusiva de los comunistas o de los socialdemócratas. Veamos lo que opinaba de los homosexuales y el fascismo uno de los teóricos del anarquismo de aquellos días, encasillándolos en los mismos estereotipos:

«El escándalo Eulenburg se parece en parte al asunto Roehm por el hecho de que estos dos «héroes», cuyo origen social es diametralmente opuesto, formaban parte de las altas esferas gubernamentales; los dos disfrutaban de los mayores favores de su jefe supremo y los dos finalizaron en el desfavor y la abyección. Sus inclinaciones homosexuales han sido explotadas por sus adversarios, para hacer caer el oprobio que de las mismas deriva sobre sus «protectores». ¿Cómo explicarse –se pregunta el Dr. Hitschfeld– por qué naturalezas dominadoras como Guillermo II y como Hitler se sienten con tanta frecuencia atraídas por los homosexuales? La causa debe encontrarse «mejor en motivos de carácter que en las afinidades sexuales». La mayoría de los invertidos adoran la adulación y el bizantinismo, ceden fácilmente a sus guías, hombres llenos de energía que no toleran la menor resistencia. En su fanatismo por sus jefes, son tanto más manejables cuanto más fácilmente se despedazan entre ellos y sólo se sienten tranquilos y seguros cuando benefician por igual de los favores de su amo. Pero habitualmente surgen ambiciosos, adversarios intrigantes, con frecuencia asimismo anormales sexuales, que envidian a los «mignons» su significación privilegiada. Si los medios directos no les dan satisfacción, estos envidiosos se sirven de alusiones envenenadas que no erran nunca el blanco: descubren secretos de alcoba, representando el papel de indignados, calumnian para que nadie se aperciba que ellos ocupan el mismo sitio, engañan a la multitud sirviéndola historias de complots y de peligros hasta que ella cree realmente que es un absceso purulento lo que ellos han abierto, cuando efectivamente es el cuerpo del Estado el que está enfermo». (Eugen Relgis; Las aberraciones sexuales en la Alemania nazi, 1949)

«Yo respeto la libertad de todo el mundo, lo que me disgusta es que estos seres, los gays, se crean superiores a los demás. En Francia, por ejemplo, existe un grupo de maricones que dice que cada maricón vale como dos hombres normales. Valiente estupidez. Por mi parte, los considero equivocaciones de la naturaleza, y para mí solo no valen como dos, sino que no valen como ninguno. La verdad es que todos estos movimientos ya me empiezan a inquietar un poco. Sigo pensando que los hombres, cuanto más hombres, mejor, y las mujeres, cuanto más mujeres, mejor. La homosexualidad, a mi entender, es un símbolo de debilidad, de decadencia social. No olvidemos, por ejemplo, que los griegos iniciaron su decadencia con la homosexualidad. La verdad es que es un tema que me tiene muy preocupada». (Federica Montseny; Entrevista a la revista Andalán, 1977)

Con este tipo de textos, se entiende bien que, si los anarquistas hubieran estado en el poder, sus prejuicios también los habría llevado a perseguir con saña a los homosexuales en nombre del antifascismo.

Considerar la homosexualidad como un producto del fascismo o, incluso, como una herramienta de la burguesía, no solo no es cierto, sino que es una tesis anacrónica, dado que la homosexualidad llevaba milenios existiendo, manifestándose en todo tipo de clases sociales. Eliminando el fascismo y la burguesía, la homosexualidad no desaparecería, ello era un pensamiento sin sustento –y bastaba con observar lo que ocurría en la propia URSS–. ¿Cómo iba a ser la homosexualidad producto del nazismo, o viceversa, si los homosexuales empezaron a ser uno de los blancos principales del nazismo tras su llegada al poder en 1933? ¿Y la homosexualidad de hace miles de años, burguesa también? Un sinsentido. 

En el nuevo Código Penal de 1960, introducido en las diferentes repúblicas de la URSS, se mantuvo la misma carga penal, por lo que el jruschovismo no cambió un ápice esta legislación. Las reformas al Código Penal de 1991 tampoco despenalizaron la herencia de los códigos penales anteriores, algo que sucedió finalmente en 1993. El 11 de julio de 2013, el «gran progresista» Putin –el entrecomillado es por el PCE (r) y su afinidad a dicha figura–, publicó una ley contra la propaganda homosexual, siendo actualmente uno de los países más homófobos de toda Europa.

¿Y qué hay del caso albanés? John L. Broom criticaba así el código penal albanés en una misiva a Albanian Life:

«Al Editor:

Como ferviente admirador de muchos aspectos de la Albania contemporánea, me molesta mucho el artículo 137 del actual Código Penal, que decreta que la «sodomía», que, según tengo entendido, incluye las relaciones homosexuales entre adultos que consienten en la vida privada, se castiga con hasta diez años de prisión.

Uno se pregunta qué se supone que se logra con una sentencia tan dura. No puede ser la reforma del «delincuente», ya que la gran mayoría de los invertidos no pueden ayudar más a su orientación sexual de lo que pueden evitar haber nacido con un labio leporino o una marca de nacimiento antiestética. No puede ser el deseo del régimen aumentar la tasa de natalidad, ya que los homosexuales constituyen en promedio un mero 10% de la población de cualquier nación, y de estos solo unos pocos contraen matrimonio. No puede ser para frenar la propagación del SIDA, ya que el Código Penal se redactó mucho antes de que ese virus se convirtiera en una amenaza para la humanidad.

Por lo tanto, hay que concluir con pesar que el artículo 137 es una medida puramente retributiva dirigida contra un comportamiento que es perfectamente legal en la mayoría de los países «occidentales» y que puede conducir, en muchos casos, a una relación estable y amorosa.

 John L. Broom, Orkney».

Este argumentario era demoledor, pero el receptor del mensaje, la revista dirigida por Bill Bland –entre otros–, haciendo gala de una cobarde neutralidad, respondía:

«Albanian Life no toma posición, favorable o no, sobre las políticas del gobierno albanés. Se esfuerza simplemente por presentar los hechos de esas políticas y las razones que las autoridades albanesas exponen para ellas. Deja que los lectores formen sus propios juicios morales». (Albanian Life; Número 44, No1, 1989)

Es decir, la supuesta «vanguardia teórica marxista-leninista británica» eludía su deber internacionalista de analizar y pronunciarse claramente sobre el código penal vigente en otro régimen al que daba promoción en sus medios. Qué gran fórmula de educar a los lectores, ¿cierto? Se entiende bien que, con ese seguidismo, la revista no fuera capaz de denunciar las reformas económicas ni la política exterior reaccionaria que estaba adoptando el régimen albanés desde hacía años. Así se entiende ahora que ninguno de estos grupos «marxista-leninistas» anticipasen la contrarrevolución que había en curso en Albania, y que, a su caída, se llevasen las manos a la cabeza sorprendidos, o peor, tratasen de buscar excusas fantásticas para justificar su incompetencia.

Finalmente, ante la insistencia del lector, la revista británica sí acabaría pronunciándose, contestando que la homosexualidad era un resquicio de «la sociedad feudal-burguesa», justificando que en Albania estuviese penada porque en los manuales británicos de psicología todavía la consideraban como una «desviación», y porque también en la «Declaración de los derechos humanos» no se reconocían aún los derechos hacia los homosexuales. Es decir, para combatir un fenómeno supuestamente burgués, ¡se intentaba abalar la argumentación en base a la propia jurisprudencia burguesa que la perseguía! No se puede ser más mediocre. También se intentaba presentar como un código aceptable, pues a las homosexuales femeninas no se les castigaba según la ley albanesa, bien por una laguna legal, bien por piedad. Entre los esperpénticos argumentos y malabarismos llegan hasta el punto de traer a colación que, según Freud, la homosexualidad se puede curar por hipnosis (sic). Este era el nivel. 

Curiosamente, hoy tenemos artículos de la Escuela de Gustavo Bueno que también recurren a esa rama pseudocientífica que es el psicoanálisis –tan criticada en la psicología marxista por su idealismo y misoginia–, para explicar el fenómeno de las personas transgénero. Véase el artículo de Pedro Hoyo González: «Niños transgénero, ¿saben lo correcto?» de 2019.

Esto demuestra lo endeble que es el argumento de algunos que toman partida en esta cuestión en base a argumentos de autoridad, tomando como referentes a algunas figuras del comunismo que antaño calificaban de pervertidos y enfermos mentales a los homosexuales, incluyendo aquí a los trans, que eran considerados como una variante de los homosexuales. Esto solo demuestra la falta de análisis propios y la falta de autocrítica:

«De hecho, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que sospechoso es aquel marxista-leninista que no sabe extraer errores en la historia de los partidos marxista-leninistas, pues estamos ante un ignorante o un exaltado fanático. Es deber de los marxista-leninistas de cada país, como mínimo, hacer una evaluación crítica de sus referentes para no repetir los mismos errores. ¿Debemos repetir los discursos del hegealismo de izquierda de Marx y Engels sobre los pueblos sin historia y demás epítetos que ellos mismos acabaron corrigiendo? ¿No fue Lenin quien se autocrítico por promulgar el boicot al parlamentarismo cuando no se daban las condiciones? ¿No fue él quien teorizó un tránsito pacífico al socialismo en 1917, cuando reconocería que en aquel momento era ya imposible? ¿No fueron Lenin y Stalin quienes reconocieron haberse equivocado sobre la utilidad de la federación para resolver la cuestión nacional y acercar a los pueblos? ¿No reconoció Dimitrov haberse dado cuenta tarde de la transcendencia y superioridad de los bolcheviques en comparación con los socialistas intransigentes búlgaros? ¿No fue el propio Hoxha quien reconoció no haber sido lo sufrientemente rápido en detectar el carácter nocivo del titoísmo y otras corrientes, pese a ser luego uno de sus más firmes opositores? Como se ve, todas las figuras magnas del marxismo-leninismo cometieron errores de gran calado. En muchas ocasiones ellos mismos fueron capaces de detectar sus deficiencias y actuar en consecuencia, en otros casos, es tarea de sus sucesores tratar de prestar atención a sus limitaciones sin que ello signifique hacer de menos su gran obra». (Equipo de Bitácora (M-L); Fundamentos y propósitos, 2013)

Esto es lo que marca realmente la diferencia entre quienes son marxista-leninistas y entienden su esencia científica, y quienes son adoradores de santos que repiten todo, hasta los errores de bulto.

Los revisionistas y la homosexualidad

Lamentablemente, estas posiciones homófobas fueron asumidas siempre por todas las organizaciones revisionistas, desde socialdemócratas, trotskistas, maoístas, hasta izquierdistas de todo color —destacando los guevaristas–, por lo que no es una desviación del «estalinismo» como pretenden. Pongamos unos breves ejemplos:

Diego Fábregas, de la Organización de la Izquierda Comunista de España (OIC), decía:

«30. ¿Qué opinión te merece la homosexualidad?

Entrevistado: Tengo que reconocer que en esto soy reaccionario. Teóricamente lo entiendo, es decir, comprendo que se trata de un problema económico y social con raíces ideológicas. Creo que, en cierta medida, se recurre a la homosexualidad por no ser capaz de afrontar otras responsabilidades y otras cuestiones. Por principio, no me opongo a que existan homosexuales, pero pienso que ni hay que estimularles ni hacer una liga para defenderlos. Se debe buscar una justificación social histórica y hay que crear unas condiciones para que su existencia no sea un trauma para la sociedad, pero no se trata tampoco de favorecer las estructuras de homosexuales como una expresión de libertad». (Fernando Ruiz y Joaquín Romero; Los partidos marxistas. Sus dirigentes. Sus programas, 1977)

Eladio García, principal líder del maoísta Partido del Trabajo de España (PTE), decía:

«30. ¿Qué opinión te merece la homosexualidad?

Entrevistado: En primer lugar, tengo que admitir que no estoy preparado para abordar con rigor este tema. En principio, diría que en la sociedad actual la homosexualidad no viene motivada por unos defectos físicos, sino ante todo por una degeneración en la vida. En este sentido, la homosexualidad ha de ser condenada». (Fernando Ruiz y Joaquín Romero; Los partidos marxistas. Sus dirigentes. Sus programas, 1977)

Enrique Tierno Galván, principal líder del reformista Partido Socialista Popular (PSP), decía:

«30. ¿Qué opinión te merece la homosexualidad?

Entrevistado: Es un problema respecto al cual hay que tener mucha comprensión. Se trata de personas que han desviado los instintos bien por razón biológica, por razón social o, en muchos casos, porque no han tenido un tratamiento psiquiátrico a tiempo. Por otra parte, hay que darse cuenta de que vivimos en una colectividad que no está educada para entender este fenómeno y para su corrección. La homosexualidad debe ser corregida porque realmente no responde a los principios de una sociedad estable tal como se entiende. Por lo menos, desde el punto de vista socialista revolucionario se comprende que la pareja hombre-mujer es la determinada para llevar a cabo el protagonismo del proceso histórico y que este otro tipo de emparejamiento nace de razones que están construidas sobre los instintos, más que sobre la racionalidad. En una sociedad libre, bien educada, en la que el psiquiatra y el psicólogo desde el principio están de acuerdo en las exigencias normales de la sociedad y en lo que ésta pide, ese fenómeno desaparecerá o tenderá a desaparecer». (Fernando Ruiz y Joaquín Romero; Los partidos marxistas. Sus dirigentes. Sus programas, 1977)

Manuel Guedán, de la maoísta Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), decía:

«30. ¿Qué opinión te merece la homosexualidad?

Entrevistado: Es una alteración de la sexualidad. No es una forma normal de entender las relaciones sexuales, no es un modo natural y puede verse en un tipo de deformación educativa, psicológica o física.

31. ¿Estás de acuerdo con la creación de frentes que luchen en defensa de los derechos de los homosexuales?

Entrevistado: No creo que haya que reprimir la homosexualidad de una forma policíaca o física. Hay que buscar la fórmula de solucionar esos problemas que son una enfermedad con origen en causas distintas y que puede requerir tratamientos de diversos tipos. Creo que los esfuerzos han de encaminarse en otra dirección que la de crear frentes de defensa de sus derechos». (Fernando Ruiz y Joaquín Romero; Los partidos marxistas. Sus dirigentes. Sus programas, 1977)

Todos estos pensadores pasarían a formar parte del PSOE en su mayoría, tanto a nivel individual como a nivel colectivo con sus organizaciones, y abandonarían de forma progresiva estos postulados homófobos. Curiosamente el PSOE apoyaría despenalizar la homosexualidad en 1978, y sería él quien, en 2005, impulsaría la Ley de Matrimonio Homosexual. Con el tiempo ha sido, seguramente, el principal valedor del movimiento LGTB en España. 

Como dicen los autores del citado libro, el Partido Comunista de España (PCE) de Carrillo se negó a responder estas preguntas por incomodidad. Anteriormente el PCE había manifestado posturas homófobas, en especial para denigrar a los competidores políticos de Carrillo en los años 40, véase el caso Monzón y Trilla. 

A finales de los años 70 el PCE tuvo que cambiar el discurso.

El guevarismo, como adelantábamos, proclamaba orgulloso:

«Por la noche hubo una fiesta familiar que trajo como consecuencia una seria pelea con el señor Lezama Beltrán, espíritu aniñado e introvertido que probablemente fuera invertido también. El pobre hombre estaba borracho y desesperado porque no lo invitaban a la fiesta, de modo que empezó a insultar y vociferar hasta que le hincharon un ojo y le dieron una paliza extra. El episodio nos dolía algo, porque el pobre hombre, fuera de ser un pervertido sexual y un latero de primera, se portó bien con nosotros y nos regaló 10 soles a cada uno». (Ernesto Che Guevara; Diarios de motocicleta, 1952)

El castrismo, en sus discursos, clamaba en el mismo sentido:

«Lo importante es el principio, el principio de que no podemos permitirles aspirar a vagos. 
(Del público le dicen: «¡Los flojos de pierna, Fidel!», «¡Los homosexuales!») 

¡Un momento! Es que ustedes no me han dejado completar la idea (RISAS Y APLAUSOS). Muchos de esos pepillos vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos (RISAS); algunos de ellos con una guitarrita en actitudes «elvispreslianas», y que han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides por la libre. 

Que no confundan la serenidad de la Revolución y la ecuanimidad de la Revolución con debilidades de la Revolución. Porque nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones (APLAUSOS). La sociedad socialista no puede permitir ese tipo de degeneraciones. 

¿Jovencitos aspirantes a eso? ¡No! «Arbol que creció torcido...», ya el remedio no es tan fácil. No voy a decir que vayamos a aplicar medidas drásticas contra esos árboles torcidos, pero jovencitos aspirantes, ¡no! 

Hay unas cuantas teorías, yo no soy científico, no soy un técnico en esa materia (RISAS), pero sí observé siempre una cosa: que el campo no daba ese subproducto. Siempre observé eso, y siempre lo tengo muy presente. 

Estoy seguro de que independientemente de cualquier teoría y de las investigaciones de la medicina, entiendo que hay mucho de ambiente, mucho de ambiente y de reblandecimiento en ese problema. Pero todos son parientes: el lumpencito, el vago, el elvispresliano, el «pitusa» (RISAS)». (Fidel Castro; Discurso pronunciado en la clausura del acto para conmemorar el VIº Aniversario del Asalto al Palacio Presidencial, 13 de marzo de 1963) 

Parece que hayamos leído a Roberto Vaquero en un discurso, pero es Fidel Castro, quien se preocupaba por el futuro de su revolución por unos vaqueros ajustados, el rock and roll, los afeminados y los homosexuales, no por la división internacional del trabajo en la que le enroló el jruschovismo y que condenó a Cuba a ser un país dependiente del imperialismo; no por las teorías antimarxistas del trotskismo que los dirigentes castristas acabaron aceptando de buen grado para su isla, trayendo y promocionando a estos autores. Estas cuestiones eran un intento de justificar el famoso absentismo laboral y la baja producción nacional, esto es, la baja capacidad del gobierno para movilizar y motivar a la gente, buscando un chivo expiatorio a través de ahondar en los prejuicios arraigados en la gente ignorante.

Años después se vio forzado a reconocer que estaba equivocado:

«Poco después de triunfar la revolución cubana, el Gobierno envió a los homosexuales a campos de trabajos forzados. «Sí, fueron momentos de una gran injusticia, ¡Una gran injusticia! La haya hecho quien sea. Si la hicimos nosotros, nosotros», ha expresado el ex jefe de Estado cubano. Haciendo una reflexión sobre la situación de los gays y lesbianas en Cuba, Castro ha confesado que en la actualidad ha tratado de «delimitar» su responsabilidad en lo sucedido hace cinco décadas porque, según aseguró, no es una persona que tenga «ese tipo de prejuicios». Castro, no obstante, ha intentado justificar esa persecución condenada por la comunidad internacional alegando que en aquella época tenían «tantos problemas de vida o muerte» que impidieron que le prestaran atención a lo que ocurría con la comunidad de homosexuales en la isla. «Piensa cómo eran nuestros días en aquellos primeros meses de la Revolución: la guerra con los yanquis, el asunto de las armas, los planes de atentados contra mi persona», ha explicado el líder de la revolución cubana. «Escapar a la CIA, que compraba tantos traidores, a veces entre la misma gente de uno, no era cosa sencilla; pero en fin, de todas maneras, si hay que asumir responsabilidad, asumo la mía», ha reiterado». (La Vanguardia; Fidel Castro asume su culpa por la persecución de homosexuales en Cuba hace cinco décadas, 1 de septiembre de 2009)

Entre los propios seguidores del socialismo del siglo XXI no hay unanimidad sobre cuestiones como el aborto o la homosexualidad. Tenemos a dirigentes como Evo Morales, que llegan a declarar cosas como que:

«El pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas. Por eso, cuando los hombres comen esos pollos, tienen desviaciones en su ser como hombres». (Evo Morales; Discurso en la Iº Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y la Madre Tierra, 2013)

Entre los viejos partidarios del revisionismo soviético, como el socialchovinista Ziugánov, encontramos más de lo mismo, siendo un fiel aliado de Putin en sus legislaciones homófobas. Esto es normal si tenemos en cuenta que estos líderes intentan conciliar marxismo y religión.

Sexo y género

Antes de empezar con el tema trans, vayamos al meollo de la cuestión: ¿qué dice la RAE de sexo y género?

Por lo primero:

«sexo: Del lat. sexus.

1. m. Condición orgánica, masculina o femenina, de los animales y las plantas.

2. m. Conjunto de seres pertenecientes a un mismo sexo. Sexo masculino, femenino.

3. m. Órganos sexuales.

4. m. Actividad sexual. Está obsesionado con el sexo». (Real Academia Española; Diccionario de la lengua española, 2020)

Por lo segundo:

«género: Del lat. genus, -ĕris.
«3. m. Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico». (Real Academia Española; Diccionario de la lengua española, 2020)

Y si vamos, por ejemplo, a la acepción mujer:

«mujer: Del lat. mulier, -ēris.

1. f. Persona del sexo femenino.

2. f. mujer que ha llegado a la edad adulta.

3. f. mujer que tiene las cualidades consideradas femeninas por excelencia. ¡Esa sí que es una mujer! U. t. c. adj. Muy mujer». (Real Academia Española; Diccionario de la lengua española, 2020)

Pero esto como explicación quedaría muy endeble para explicar las polémicas de hoy.

Hay un idealismo que aquí negar la acción de la biología −sexo− sobre lo social −género−, es decir, niega la herencia sin la cual no habría podido desarrollarse el ser; otro idealismo, por el contrario: reduce absolutamente todo lo social a la biología −entonces niega que la propia biología sufra mutaciones cuando el ser interactua con el medio−. Ninguno de los dos entiende que el sexo no puede configurarse sin sufrir alteraciones, del mismo modo que el otro no entiende que el género a veces tiende a reproducir la base biológica. Lo expondremos con el ejemplo del desarrollo de un niño y su educación:

«Muchos científicos burgueses creen que el desarrollo de un niño está determinado principalmente por la herencia. Según esta teoría, todas las cualidades más esenciales de la personalidad humana ya están en las células embrionarias de los padres, en los genes. El núcleo de la personalidad; su tipo, sus propiedades más características están por lo tanto biológicamente predeterminadas. (...) El entorno puede facilitar este autodesarrollo o retrasarlo, pero supuestamente no puede realizar ningún cambio cualitativo significativo. (...) Ya hemos hablado anteriormente de la inadmisibilidad de tal identificación. (...) Luchando contra la doctrina de la separación del individuo del entorno social, contra la subestimación de este entorno, muchos pedólogos soviéticos dirigieron sus conclusiones en la dirección opuesta: medio ambiente versus su entendimiento se ha vuelto omnipotente; el niño al nacer es como una pizarra en blanco. Lo que se escribiría en esta pizarra dependía por completo del medio ambiente. Todos los rasgos de personalidad, a excepción de ese bagaje insignificante con el que nace un niño, se consideraron enteramente adquiridos, como resultado directo del entorno y la crianza; las inclinaciones hereditarias fueron completamente ignoradas. (...) El entorno y la herencia no deben considerarse como dos fuerzas que actúan sobre la personalidad de forma independiente. (...) El desarrollo es un proceso en el que lo social y lo biológico son dialécticamente inseparables. Es imposible imaginar la influencia del medio ambiente como una capa externa, por debajo de la cual se puede expulsar el núcleo biológico invariable interno. Las inclinaciones humanas condicionadas hereditariamente cambian y se transforman constantemente en el proceso de desarrollo social, pero las cualidades adquiridas también se construyen sobre una cierta base biológica, sin la cual el desarrollo sería impensable. Cada etapa posterior de desarrollo incluye todas las anteriores y, por lo tanto, se construye sobre una base en constante cambio; niño, adolescente, adulto son el resultado de su propia historia de desarrollo. (...) El entorno dirige el desarrollo del niño, pero un mismo entorno influye de diferentes formas, dependiendo de cómo lo perciba, se da cuenta de cómo aprendió a actuar en este entorno en las etapas previas de su desarrollo. (...) La escuela y el proceso pedagógico de la escuela son decisivos en las influencias del entorno en el desarrollo del niño». (G. A. Fortunatov y M.V. Sokolov; Pedología, 1936)

El sexo tiende a ser binario. Obviamente es un proceso dialéctico; el cromosoma XX del feto absorbe cierta cantidad de testosterona y se desarrolla más o menos, como XY, pudiendo quedar el proceso en mitad del camino y produciendo, biológicamente, a intersexuales, cuya percepción social ha cambiado a lo largo de la historia, ya que algunas culturas los veneraban, otras los marginaban, etc.

Evidentemente, alguien que se somete a un proceso quirúrgico u hormonal no puede sustituir, al menos en el momento en que escribimos estas líneas, su número de cromosomas, ni alterar su neurología predeterminada. 

El género es principalmente conductual −bien sea la conducta individual o aquellas conductas asociadas por la colectividad a un sexo concreto−. Del mismo modo que yo soy simpático porque, de hecho, tengo una forma de actuar que la sociedad estima como simpática, yo también siento, o mejor dicho, sé que soy simpático. El género se ha deslindado socio-históricamente en dos categorías: un comportamiento pautado y una necesidad social de hacer a los sexos más o menos fáciles de reconocer para garantizar la procreación. La primera categoría obedece a la segunda.

Cuanto mayor sea la necesidad de tener una descendencia:

a) Menor presencia habrá de tecnologías anticonceptivas, dificultando el sexo como práctica común y relegándolo mucho más a la concepción de tener hijos, ergo, las relaciones sociales en torno al género se transforman bajo este aspecto. Los métodos anticonceptivos se han dado a lo largo de la historia en todas las sociedades y de manera variada: retrasando la edad en contraer matrimonio, a través de la prostitución, el aborto provocado o el infanticidio; en cambio lo que es la tecnología anticonceptiva moderna como tal, no se perfecciona solamente por un ciclo histórico donde hay una disminución en la necesidad de tener hijos, sino que también necesita el suficiente desarrollo en las fuerzas productivas.

b) Los sexos, en su comportamiento tipificado socialmente en los géneros, también obedecen a imitar los estándares de la clase dominante, he ahí que la feminidad se ha considerado casi siempre sinónimo de delicadeza, por esto las mujeres obreras eran consideradas menos femeninas por trabajar. En realidad, no eran menos mujeres, en el sentido biológico, que las doncellas de la nobleza o la burguesía, pues no dejaban de tener órganos sexuales femeninos−, sino que no cumplían «lo esperado» para el género que desempeñaban, he ahí la sujeción de la cuestión de género a la cuestión de clase; por otro lado, el comportamiento y la apariencia, los roles de género, serán más distintos y marcados cuanta mayor sea la necesidad de nacimientos.

Aquí de lo que se trata no es de reproducir los roles burgueses en cuanto a los géneros. No se trata de perpetuar lo que la sociedad burguesa espera que sea el hombre y la mujer, sino de configurar una nueva mujer y un nuevo hombre, preguntarnos qué hombre y qué mujer construirán el socialismo, y eso sólo se puede hacer partiendo de la destrucción, sin contemplaciones, de lo que hasta ahora la burguesía nos exige para estos géneros. Recordemos que de la misma manera que en una nación «hay dos culturas nacionales», la burguesa y la proletaria, en el género también encontramos los dos sellos de clase, y es nuestro deber hacer triunfar al de nuestra clase. Y al mismo tiempo que las naciones se fundirán en una, en el lejano y necesario comunismo mundial, los géneros también, no ya cristalizando en la igualdad de conducta o estética –viejo temor prejuicioso de la burguesía– sino en la multiplicidad libre de formas de ser y hacer, en consonancia con las necesidades de la sociedad mundial, donde un aspecto biológico o social no determinarán qué rol cumple un sujeto en la colectividad, donde las capacidades, el esfuerzo y el trabajo guiarán las posiciones de hombres y mujeres con independencia de cualquier particularidad racial, sexual o del tipo que fuere.

Según la RAE, el término hembra cabe decirse para el sexo, y el de mujer, indistintamente para sexo y género. Sabiendo esto, ¿qué es, por ejemplo, ser mujer? Y no hablamos del sentido biológico, sino social. Para empezar, una mujer es humana, en tanto que «el comportamiento pautado» es un comportamiento complejo, social. Por ende, entendemos que el género y, con ello, el ser mujer, es algo social. Ser mujer, pues, no es otra cosa que desempeñar un conjunto de actitudes, comportamientos y formas de «ser» que  la sociedad, a razón del desarrollo histórico, delimita −ligadas, claro está, a un sexo biológico y las consecuencias que de él derivan−; lo que nos interesa aquí es que esa sociedad está dividida en clases, ergo esa idiosincrasia en el género está sometida a la superestructura, he ahí que los marxistas distinguimos entre la mujer obrera y la mujer burguesa, dos modos de desempeñar el género femenino. 

Dicho esto, ¿de dónde procede esta diversificación conductual? Pues encuentra su origen en la evolución de las sociedades primitivas, desde el comunismo primitivo, hasta el modo de producción que les es propio a las primeras sociedades esclavistas, en la paulatina cristalización de la división sexual del trabajo y en la abolición del derecho materno de descendencia. Por eso:

«Sería un error idealizar el sistema comunal primitivo. Era una sociedad con un nivel extremadamente bajo de desarrollo de las fuerzas productivas, era muy dependiente de la naturaleza, la gente soportaba constantemente privaciones, falta de alimentos, ropa, sufría de calor o frío, el nivel cultural era muy bajo. La célula principal de la organización comunal primitiva era el clan materno y luego el clan paterno. En el marco del parto materno, la mujer jugó un papel protagónico en la vida pública. A lo largo de la línea de parentesco femenina, se mantuvo y se heredaron los bienes muebles. Este papel de la mujer en la vida pública se deriva de su papel protagónico en la producción: en el hogar y en la agricultura primitiva. Con los cambios en el campo de la producción, con la transición a la ganadería y la agricultura más desarrollada, el papel dominante en la producción pasó al hombre. Esto implicó un cambio en las relaciones sociales, un cambio en la posición social de la mujer: se produjo la transición a la familia paterna». (Partido Comunista de la Unión Soviética; Materialismo histórico, 1950)

En este momento histórico, la mujer queda relegada a las labores de crianza y cuidado del hogar, en tanto que se desarrollaron la agricultura y la ganadería rudimentarias bajo el hombre, y, con ellas, una fuente de alimentos más segura para la comunidad que la caza y la recolección:

«La historia nos dice que la clase o el grupo social que desempeña el papel principal en la producción social y que tiene en sus manos las principales funciones de la producción, debe inevitablemente, en el transcurso del tiempo, convertirse en dueño de esta producción. Hubo un tiempo, la época del matriarcado, en que a las mujeres se las consideraba dueñas de la producción. ¿Cómo se explica esto? Por el hecho de que en la producción de entonces, en la agricultura primitiva, las mujeres desempeñaban el papel principal; ellas cumplían las funciones más importantes, mientras que los hombres, dedicados a la caza de fieras, erraban por los bosques. Llegó un tiempo, la época del patriarcado, en que la situación predominante en la producción pasó a manos de los hombres. ¿Por qué ocurrió tal cambio? Porque en la producción de entonces, en la economía ganadera, donde los principales instrumentos de producción eran la lanza, el lazo, el arco y la flecha, los hombres desempeñaban el papel más importante». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; ¿Anarquismo o socialismo?, 1906)

Con el inicio de la propiedad privada y el establecimiento de la línea de descendencia masculina, cabe anotar que el hogar, en palabras de Engels, pierde su antiguo carácter social: 

«La misma causa que había asegurado a la mujer su anterior supremacía en la casa −su ocupación exclusiva en las labores domésticas−, aseguraba ahora la preponderancia del hombre en el hogar: el trabajo doméstico de la mujer perdía ahora su importancia comparada con el trabajo productivo del hombre; este trabajo lo era todo; aquél, un accesorio insignificante. Esto demuestra ya que la emancipación de la mujer y su igualdad con el hombre son y seguirán siendo imposibles mientras permanezca excluida del trabajo productivo social y confinada dentro del trabajo doméstico, que es un trabajo privado». (Friedrich Engels; El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884)

Negar el dimorfismo sexual es negar la evidencia biológica del ser humano y de las especies en general. En los seres humanos, las diferencias físicas en cuanto a velocidad, fuerza y resistencia entre hombres y mujeres existen hoy y existían antaño, pero en un estadio primitivo en el que la alimentación, la actividad física y, en resumen, las condiciones de vida les eran equivalentes, éstas no suponían una diferencia notable en el desempeño de sus capacidades. Los últimos descubrimientos arqueológicos −hablamos de los que se han producido en los últimos 50 años− indican que al principio no existía una diversificación en las tareas desempeñadas por hombres y mujeres: ambos cazaban, ambos recolectaban, etcétera −evidentemente que las embarazadas no solían participar de estas actividades−. Por mucho que el hombre tenga una predisposición natural a ser más fuerte que la mujer –especialmente cuando hablamos de la fuerza del tren superior– podemos observar que la mujer neolítica tenía una potencia física superior a la de las remeras de élite actuales a razón del trabajo agrícola, tal y como demuestran las diversas investigaciones. Véase la obra de Alison A. Macintosh, Ron Pinhasi y Jay T. Stock: «El trabajo manual de las mujeres prehistóricas superó al de los atletas durante los primeros 5.500 años de agricultura en Europa Central» de 2017. 

Entonces es aquí donde encontramos la base material del género, que se desenvolvería de forma diferente con el desarrollo de las sociedades esclavistas. Ejemplificaremos nuestras afirmaciones con dos casos paradigmáticos, el de la mujer en el Antiguo Egipto –especialmente en el Imperio Antiguo (2686 aC-2181 aC)–, y el de la mujer en la Roma clásica –republicana o imperial–, pues, a pesar de que en ninguna de las dos sociedades la mujer se encontraba en plena igualdad de condiciones con el hombre, existían diferencias notables entre ambas sociedades, también como resultado de los diferentes regímenes socioeconómicos. Para la mujer egipcia, «dueña del hogar» oficial, el marido debía garantizar su bienestar, por lo que contaba con unas facilidades legales que le permitían divorciarse en caso que el marido no se cumpliera tales condiciones. Así mismo, podía ocupar puestos religiosos y oficios de cierto prestigio. Esto se contrapone a la visión del mundo romano, en el que el hombre era el líder indiscutible del hogar –«pater familias»– y la mujer sufría de toda una serie de desventajas legales y económicas –aunque existían casos que tipificaban la posibilidad del divorcio–. Aquí, la figura de la mujer nunca podía llegar a obtener la ciudadanía ni participar de la vida pública política, muy por el contrario, el hombre llegaba a tener el derecho de vida y muerte sobre toda la familia, incluyendo los hijos. El modelo romano no era sino una evolución y última consecuencia del modelo griego, en concreto del jónico –muy influenciado por el fuerte pensamiento patriarcal de los poderosos imperios orientales–:

«Cierto es que la mujer griega de la época heroica es más respetada que la del período civilizado; sin embargo, para el hombre no es, a fin de cuentas, más que la madre de sus hijos legítimos, sus herederos, la que gobierna la casa y vigila a las esclavas, de quienes él tiene derecho a hacer, y hace, concubinas siempre que se le antoje. (...) Las doncellas no aprendían sino a hilar, tejer y coser, a lo sumo a leer y escribir. Prácticamente eran cautivas y sólo tenían trato con otras mujeres. (...) Con el transcurso del tiempo, esa familia ateniense llegó a ser el tipo por el cual modelaron sus relaciones domésticas, no sólo el resto de los jonios, sino también todos los griegos de la metrópoli y de las colonias. (...) De ninguna manera fue fruto del amor sexual individual, con el que no tenía nada en común, siendo el cálculo, ahora como antes, el móvil de los matrimonios. Fue la primera forma de familia que no se basaba en condiciones naturales, sino económicas, y concretamente en el triunfo de la propiedad privada sobre la propiedad común primitiva, originada espontáneamente». (Friedrich Engels; El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884)

Se sobreentiende que, con la llegada a Egipto del Imperio Macedonio en el siglo IV aC y el consiguiente período helenizante de la dinastía ptolemaica, la situación de la mujer egipcia evolucionó negativamente, aunque es innegable que, hasta la llegada de Roma, encontramos resquicios del antiguo estatus diferenciado del mundo greco-romano, como el hecho de encontrar a mujeres en el ejercicio político de puestos de poder. Pero esto certifica no la resistencia y predominancia de las viejas costumbres, sino la agonía silenciosa de algo cada vez más anómalo y en desuso –mismo ejemplo que podemos encontrar en la evolución de la escritura jeroglífica egipcia, que estaba muriendo lentamente en época ptolemaica y que desaparece completamente en época romana–.

Otra pauta en la modificación del estatus de la mujer en paralelo a los cambios económicos lo tenemos en la propia Roma, puesto que la situación de la mujer de los primeros tiempos de la Monarquía es diferente a la que encontramos en períodos posteriores. A finales de la República, con la agudización de la esclavitud y la concentración de la propiedad, encontramos un recrudecimiento de la moral y la legislación entre las élites gobernantes, todo en perjuicio de los derechos de la mujer, los esclavos y libertos, algo que ya con Augusto y el nacimiento del Imperio se consumaría. Véase la obra de S. I. Kovaliov: «Historia de Roma» de 1948.

Pretender teorizar que el surgimiento de fenómenos como el matriarcado o el patriarcado, la poligamia o la monogamia, el esclavismo o el feudalismo, surgen mágicamente por la decisión de unos individuos, supone no haber entendido absolutamente nada del marxismo, y menos todavía de historia:

«Estas ideas, estas categorías, son tan poco eternas como las relaciones a las que sirven de expresión. Son productos históricos y transitorios». (Karl Marx; Misería de la filosofía, 1846)

En consecuencia, debe entenderse de una vez por todas que:

«En la producción social de su existencia, los hombres establecen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un determinado estadio evolutivo de sus fuerzas productivas materiales. La totalidad de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza un edificio jurídico y político, y a la cual corresponden determinadas formas de conciencia social». (Karl Marx; Contribución a la crítica de la economía política, 1859)

En cuanto a los rasgos de género que han solido separar a hombres y mujeres, estos han ido cambiando a lo largo de las sociedades, no hay nada más necio que creer que son inmutables, puesto que muchos de ellos, como ya se sabe, han sido el producto de condiciones económicas y, también, de prejuicios sin fundamento hacia uno y otro lado para justificar lo primero. 

Han existido sociedades donde los hombres se maquillaban y donde las mujeres eran las responsables de la caza, incluso otras en donde de ellos se esperaba una especial sensibilidad y de ellas una habilidad en la gestión económica. Véase la obra de Margaret Mead: «Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas» de 1935. Esto es algo que a priori no se explicaría por ningún componente biológico viendo la disparidad física del hombre y la mujer, derivada del dimorfismo sexual, pues estos roles se formularon por razones específicas, económicas, religiosas o sociales de la época, que precisamente al evolucionar la sociedad, cambiando las relaciones de producción, se alteraron totalmente, y no podía ser de otra forma, dado que:

«Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella». (Friedrich Engels; Karl Marx. Contribución a la crítica de la economía política, 1859)

Esta transformación es algo que también sucedió con la mujer en la modernidad, con su incorporación al trabajo fuera del hogar, derribándose el mito de que la mujer es la única criadora posible de los hijos. De ahí que sea absurdo teorizar que por «naturaleza» hombres y mujeres estén determinados a encerrarse a una tarea o gusto determinado. 

Entonces, ¿podría existir un ser humano que se comportara como un hombre, hablara como un hombre y aun así tuviera sexo femenino? Evidentemente. ¿No han existido –o existen– sociedades con múltiples géneros, como los ciukci en Siberia o los tarahumaras en México? A esto debemos responder afirmativamente. Pero, observando estos «otros géneros» de las sociedades más primitivas, es más que evidente que pese a todo se basa en la misma dicotomía: un hombre que se siente mujer, un hombre que se siente hombre o mujer según los ciclos lunares, un hombre que se siente tanto hombre como mujer o que, por el contrario, no se define como hombre ni mujer. ¿No está claro, entonces, que el género nunca escapa del eje masculino-femenino? 

¿A qué podía responder esta variedad de géneros? En algunas sociedades –fueran patriarcales, matriarcales o aquellas en las que no existe una predominancia clara–, alguien de sexo masculino adoptaba las pautas sociales del género femenino, aunque este género femenino no tuviese una posición social predominante –como en las sociedades patriarcales–, siendo que, al contrario, lo femenino era algo infravalorado. Aquí hablamos de adoptar un género por motivaciones personales. En otros casos, alguien de sexo masculino impostaba el género y rol femenino, pero lo hacía porque este género tenía reservadas ciertas prebendas que encajaban con sus aspiraciones políticas, económicas o religiosas; aquí, como vemos, las razones son meramente oportunistas –el ejemplo lo tenemos también hoy en quienes firman un documento o cambian su género a femenino para obtener ventajas fiscales o legales, aunque esto sea inusual–.

En multitud de países capitalistas, debido a la necesidad de tener que incorporar a la mujer al tejido productivo, al empuje del movimiento obrero y femenino por la lucha por sus derechos, las evidencias científicas o, simplemente, con tal de ajustar el país al impulso de una nueva mentalidad y legislación proveniente de aquellos otros que dominaban el panorama internacional, las sociedades han ido superando los viejos estereotipos, como que el azul es color de hombres y el rosa de mujeres, o que los hombres carecen de empatía mientras las mujeres carecen de capacidad de dirección y mando. Así, al estar desvaneciéndose los roles de género que antaño separaban a hombres y mujeres en trabajos arquetipo, formas de pensar y gustos claramente diferenciados, este tipo de cuestiones, como que el género y el sexo de un individuo no se correspondan, no verán su importancia aumentar, sino disminuir. Esto es algo que, gradualmente, ocurre –y seguirá ocurriendo– como pasó con la homosexualidad en su día. Por eso carece de sentido que las personas trans, teniendo un sexo que no se corresponde con su género, intenten reafirmar el género con el que se sienten cómodos abrazando estereotipos y clichés asociados a este. En otras palabras: los pantalones no hacen al hombre ni el maquillaje hace a la mujer, la «dulzura» no hace femenino a alguien ni la «rudeza» varonil, estas concepciones caducas, indudablemente ligadas al sello de clase burgués que ha imperado estos últimos años en el género, pierden fuerza conforme el desarrollo de las fuerzas productivas une cada día más a hombres y mujeres, borrando prejuicios asociados a los géneros. A esto hay que añadir que para ser hombre o ser mujer –categorías esencialmente sociales– no basta con adoptar uno o dos atributos para que la sociedad te reconozca como tal, sino un conjunto significativo de ellos. Asimismo, en una sociedad en que tales roles y estereotipos de género se reducen y disipan con el tiempo, la exigencia para «cumplir» tales roles también decae; y a eso debemos aspirar.

¿Significa eso que todos los atributos de género que dividen a hombres y mujeres se acabarán borrando? ¿Puede haber excepciones? A lo primero respondemos que los atributos que tienen un sesgo más social que biológico –como la identificación de una prenda con un género–, es bien plausible que desaparezcan en un futuro –si no lo ha hecho ya–, por ejemplo, las mujeres han ido abandonando los bombachos asociados a lo femeninos en favor de pantalones asociados a lo masculino como los vaqueros, el uso femenino del pijama en detrimento del camisón, etc. En cambio, aquellos atributos de géneros ligados mucho más estrechamente a un componente biológico, como puede ser el vello facial, es ya una cuestión diferente, si bien no implican la perpetuación de los géneros y sus correspondientes «roles sociales»; recordemos que la emancipación del hombre con respecto a la naturaleza sucedió hace mucho tiempo, lo comentamos por nuestros viejos adversarios que no salen de un naturalismo estrecho intentando reducir al hombre al reino animal, y que suelen apelar a lo «antinatural» de determinadas relaciones humanas. 

En los últimos siglos la barba no solo ha distinguido siempre a hombres de mujeres, sino a hombres de niños, por lo que esta cualidad seguirá siendo una identificación asociada a lo masculino y, aunque actualmente alguien de sexo femenino pueda lograr un vello tupido gracias a la inyección de hormonas masculinas, la mayoría de la población seguirá ligando esa característica a lo masculino consciente o inconscientemente, no por transfobia sino por mera cuestión estadística. Precisamente para que un atributo o estereotipo asociado a un género se derrumbe debe darse un cambio numérico sustancial que invierta tal aceptación colectiva –como ejemplo: la incorporación de la mujer a las profesiones liberales eliminó la idea de su inferioridad intelectual–. Del mismo modo, por el momento no se contempla la posibilidad de que alguien nacido bajo el sexo masculino sea capaz de fecundar, por lo que se estima que esta actividad siga asociándose al campo femenino, no pudiéndose tampoco descartar una futura independencia biológica bajo los avances de la ciencia, como hasta cierto punto puede atisbarse con la inseminación in vitro. Así, la maternidad, por el momento, también será algo ligado a lo femenino. Insistamos, para no dar lugar a equívocos: no se está diciendo con esto que el modelo femenino del futuro comunista vea como imposible que una mujer lleve barba –por la razón que sea– o que se vuelva al canon que identificaba a la mujer con la maternidad, ni que la gestación –y por tanto perpetuación de la especie– no pueda ser llevada a cabo bajo otras formas que respondan a las nuevas exigencias de la sociedad sin clases.

Allí donde la base económica, en ayuda de la superestructura, se encuentra en acusado atraso, la diferencia entre los géneros sigue acentuada. Asimismo, que nadie piense que alguien puede asegurarse que estas reminiscencias serán borradas bajo capitalismo, recordemos que este sistema de naturaleza mundial tiende a crisis cíclicas, a producir desniveles económicos de carácter mundial, y en este sentido la división de los trabajadores por cuestiones sexistas, raciales, etc., siempre está bajo la manga de la burguesía, como método de auxilio para su salvaguarda. Esto es consecuencia de la obligada ley de correspondencia entre las relaciones de producción y el carácter de las fuerzas productivas, que, bajo el imperialismo, por supuesto, se encuentran en profunda contradicción. Dicho de otro modo, el capitalismo no necesita necesariamente del sexismo o el racismo para sobrevivir, la prueba lo tenemos en la actualidad donde a nivel general los niveles de estos fenómenos son mucho más bajos, pero, de la misma forma, sí le pueden ser útiles rescatar prejuicios sexistas y raciales o crear otros nuevos. ¿Es sencillo de entender, verdad?

¿Y en el comunismo? Ya en el transcurso a la sociedad sin clases sociales estas personas trans encontrarán una mayor comprensión hacia su idiosincrasia sexual, pues los obstáculos sociales y económicos con los que se encontraban desaparecerán rápidamente. El fin de la explotación del hombre por el hombre eliminará las antiguas trabas sociales, económicas y culturales que el devenir histórico ha mantenido por razones egoístas o absurdas. De este modo, los estereotipos de género perderán su sentido, dando lugar a la completa liberación de ambos sexos para poder, así, desarrollar libremente su vida. En cambio, en una sociedad dividida en clases sociales, dividida entre poseedores y desposeídos, estas dinámicas jamás podrán ser erradicadas, pues los roles de género han sufrido –y seguirán sufriendo– remodelaciones constantes por parte de las clases explotadoras, siendo que estos cambios no siempre se producen en base a un supuesto progresismo, respondiendo, muy por el contrario, en la mayoría de ocasiones a las necesidades productivas del capitalismo. Esto ocurre, del mismo modo, en otras tantas cuestiones, en las que la aceleración o la restricción económica quedan atadas a las necesidades de los bolsillos de la burguesía. Un ejemplo ampliamente conocido y, en cierto modo, relacionado con la cuestión que estamos tratando, es el del papel de la mujer en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. A falta de mano de obra masculina, la mujer pasa a trabajar en la fábrica. La propaganda pone en marcha su maquinaria, y la mujer es exaltada, caracterizada de forma típicamente masculina. Terminada la guerra, la mujer debe volver al hogar. Para entonces, la «buena mujer» debía ser, en realidad, aquella que no tenía aspiraciones laborales. Y los engranajes de la propaganda, cómo no, giraron hacia esta nueva dirección. En el capitalismo moderno no puede descartarse nunca un intento propagandístico-cultural de regresión en ese sentido. En cambio, en el socialismo, por sus principios emancipadores, cuando las necesidades productivas demanden un incremento de la natalidad, se estimulará y premiará la procreación, pero en ningún caso en detrimento de los derechos de la mujer. Tampoco se volverán a fomentar los estereotipos tales como que, para ser una buena ciudadana, una buena mujer, debes procrear.

Los trans, gays, lesbianas, etc. con dinero –ricos o medianamente ricos– no se ven hoy bajo el capitalismo con mayores problemas para afrontar ofensas, prejuicios, con trabas para asumir los pleitos legales o vivir una vida a todo tren, de la misma forma que sus contrapartes heterosexuales adinerados. Pero no así los LGTB proletarios; estos suelen tener bastantes más problemas para manifestar sus condiciones sexuales y encontrar trabajo bajo un ambiente laboral sin dificultades. Su problema fundamental, en tanto que se dé, es de clase, siendo la cuestión de género algo revelado como un «problema» complemento al primero; he ahí la ineluctable vinculación entre ambas cuestiones, primando, como siempre, la cuestión social, la cuestión de clase. 

La nueva izquierda «retrógrada» y su falta de autocrítica

El exponer y refutar el posmodernismo tiene su importancia actual porque muchos pensadores y políticos reformistas, anarquistas, ecologistas y feministas son herederos de los pioneros de esta funesta corriente ideológica, la cual, normalmente, se acaba fusionando eclécticamente con el estructuralismo, el psicoanálisis y otras infames teorías. Aun así, no nos engañemos damas y caballeros, sí, el posmodernismo es una de las corrientes más irracionales y subjetivistas, pero sus bases filosóficas ni son nuevas ni suficientemente complejas como para abarcar toda la agenda de un supuesto colectivo marxista, más aún cuando existen corrientes mucho más peligrosas que causan un perjuicio mayor a la concienciación general de los trabajadores. Verdaderamente se puede decir que el posmodernismo suele ser rechazado frontalmente entre los autodenominados marxistas, así como en casi cualquier persona coherente, aunque carezca de nociones básicas de política, historia o filosofía, por lo que en verdad solo suele posarse entre las capas más individualistas y reaccionarias, ideológicamente hablando, individuos que ni están, ni se les espera, en el movimiento marxista.

El centrar la mayoría del tiempo en mostrar las extravagancias de las corrientes posmodernas suele evidenciar que el grupo que lo hace no tiene nivel ideológico suficiente para abordar otras cuestiones de mayor relevancia y complejidad. No parece casualidad que, entre los personajes más caricaturescos y demagogos, encontramos como principal blanco de sus críticas el posmodernismo, como ocurre en el caso del lumpen Roberto Vaquero, el chovinista Santiago Armesilla, o el nietzscheano y nuevo mártir del revisionismo argentino: Martín Licata –este último fallecido en extrañas circunstancias–. Todos estos aspirantes a «ideólogos» e «influencers» no solo no dicen nada nuevo ni trascendente sobre el posmodernismo, sino que, al igual que esta corriente, reducen la batalla ideológica hacia el adversario en repetir una y otra vez eslóganes como un mantra, discursos donde nunca suele haber una crítica con trasfondo que ataque la raíz de los fenómenos, siendo una exposición vacía donde el espectador ciertamente puede reírse y divertirse con las andanzas quijotescas del posmodernismo que las dos partes se disputan, unos vestidos de pretendidos antiposmodernismos y los otros abiertos abanderados de este movimiento heterogéneo. Pero estos falsos marxistas «antiposmos» jamás podrán entender su base filosófica ni los peligros que entraña. Son precisamente los grupos que más acusan a otros de realizar «ejercicios teóricos escolásticos» los que incurren en este trabajo sin valor.

Qué decir de cuando se incide sobre los paradigmas del posmodernismo para acabar proponiendo como alternativa planteamientos antimarxistas en cualquiera de sus variantes, sea para virar hacia el maoísmo, el chavismo, el castrismo, el nacionalismo o, incluso, el pensamiento nietzscheano, tal y como acostumbran a hacer estos «grandes críticos» del posmodernismo.

Para que el lector comprenda por qué la lucha de estos personajes es de atrezo, un caso: si en España hay un político que refleja el posmodernismo es, sin duda, el líder reformista de Podemos, Pablo Iglesias, una figura que el fallecido «adalid del antiposmodernismo» en Latinoamérica, Martín Licata, ponía como ejemplo a seguir en sus textos. Otro buen ejemplo es Roberto Vaquero, cuya «encarnizada lucha» contra el posmodernismo no impide a sus fieles promover a reaccionarios de la talla de Abdullah Öcalan, portar banderas con su rostro, uno de los defensores de teorías feministas –y atroces– como aquella que reza que existe una «ciencia de hombres» y otra «ciencia de mujeres». Esto certifica que la lucha antiposmoderna de estos grupos es sumamente incoherente. Está completamente basada en las filias y fobias de sus autores y vestida de un eclecticismo tan burdo que creen que pueden rescatar algo con sentido de aquí para juntarlo con el marxismo. Lo mismo podría decirse del filósofo canadiense Jordan Peterson, el azote de lo «políticamente correcto» en el mundo de habla inglesa y representante de la llamada «alt-right» –«derecha alternativa»–. ¿Se diferencia tanto de la «izquierda posmoderna» a la cual siempre ataca? Desde el utilitarismo, el psicoanálisis y el darwinismo social, considera la verdad no como algo objetivo, sino, en palabras de Nietzsche, como lo que te puede ser útil, lo que permite sobrevivir, pudiendo aceptar perfectamente la religión y el mito, aunque ni siquiera se crea realmente en ellos, total, son «útiles».  

Lo mismo cabe anotar cuando se propagan las ideas de los conspiranoicos sobre el «Nuevo Orden Mundial» o sobre los planes de «dominación mundial» de Soros y Rockefeller. Todo esto invalida, automáticamente, cualquier seriedad que pudiéramos otorgar a esta gente, puesto que estos charlatanes hablan como si los empresarios no financiasen diariamente, tanto en secreto como en público, miles de corrientes que defienden sus intereses; o incluso financiando la contra, es decir, corrientes que deben ser infiltradas y neutralizadas antes de que lo haga la competencia. Por esa regla de tres, si fuésemos literales, deberíamos hablar de conspiraciones y considerar objetivamente como agencias del imperialismo a casi todo el mundo, empezando por los Vaquero, Licata, Bueno, Armesilla y tantos otros «tontos útiles» para la burguesía, puesto que sus periódicos, partidos, sindicatos y fundaciones donde han desarrollado su propaganda reciben diariamente subvenciones públicas y privadas, permitiéndoles así ejercer mejor su labor de desorganización y confusión ideológica. 

¿Acaso pretenden convencernos de que luchan contra el poder establecido cuando están recibiendo dinero de instituciones públicas, como ocurre con la propia Fundación Gustavo Bueno o el sindicato de estudiantes y la absurda ONG de RC? ¿No ha acudido Vaquero, como en su día hizo Pablo Iglesias, a los platós de los medios de comunicación más ultrarreacionarios, como Intereconomía y similares? 

¿Alguien piensa seriamente que la burguesía se prestaría por «salud democrática» a financiar, dar espacio y voz dentro de sus tentáculos mediáticos a personajes estrafalarios del feminismo o el nacionalismo? La burguesía de cada lugar jamás haría tal cosa si no calculase previamente sus beneficios. Ella sabe que los discursos que encienden la «guerra entre sexos» o que venden que «la nación siempre está por encima de todo» le benefician enormemente para no poner en peligro su estatus, sirviendo justamente para desviar las causas reales de los problemas socioeconómicos, para ocultar la contradicción capital-trabajo de nuestra época, causante de toda desigualdad en cualquier ámbito. Los capitalistas tienen, pues, en estos grupos y muchos otros, una quintacolumna perfecta dentro del movimiento político del proletariado, dado que, además, en apariencia, se odian a muerte entre sí, por lo que es difícil para el público discernir que al final juegan el mismo papel de marionetas del sistema. En muchos casos no es necesario ni siquiera financiar a sus jefes, al ser éstos idiotas convencidos; en otros casos, efectivamente, han puesto sus manos y su cabeza al servicio de una causa repugnante a cambio de una cuantía sustancial, pero esto nos es indiferente: hay que señalar principalmente sus vinculaciones ideológicas y el papel objetivo que cumplen.

Hay que dejar claro de una vez que rechazar las absurdas propuestas del ecologismo, el feminismo o el movimiento LGTB más influenciado por el posmodernismo, cayendo en posiciones retrógradas –reproduciendo esquemas tránsfobos u homófobos o abanderando un negacionismo del papel del hombre en el cambio climático– se asemeja más a la posición política de la derecha tradicional que a otra cosa, ese no es el camino del revolucionario. En su momento se destapó cómo el propio Martín Licata se dedicaba a insultar a los trans, insinuando que todos eran prostitutos y enfermos, del mismo modo que hemos sido testigos de cómo Roberto Vaquero o Santiago Armesilla han realizado ataques similares hacia la comunidad LGTB con argumentos desfasados.

Es más, si uno analiza la crítica que estos pseudomarxistas realizan al posmodernismo, veremos que no se diferencia ni un ápice de la crítica de los «politólogos», «líderes de organización» e «influencers» liberales, anarco-capitalistas, fascistas, etc; he ahí que estos aplaudan a nuestros queridos revisionistas, como hizo en Twitter el conocidísimo youtuber ultraliberal Wall Street Wolverine, avalando la propaganda tránsfoba de RC/FO [*]. Pero esto no acaba ahí, lo mismo podemos decir de personajes de Vox como Hermann Tertsch, que sorprendido por la simplona propaganda antifeminista de este grupo dijo: «No sé si son de izquierdas los del Frente Obrero» pero en todo caso «son gente lúcida» [*]. ¿Se imaginan? ¡Que un fascistoide te llame lúcido! Menudo «halago», señor Vaquero. Otro tanto se pudo ver con el falangista Ricardo Sáenz de Ynestrillas, el cual aplaude la línea de RC/FO «contra el separatismo» y en favor de la «soberanía nacional española», su «concepto de república del pueblo», etc. [*]. Y, por supuesto, poco qué comentar ya de las enormes simpatías del buenista Armesilla por este grupo, cosa que ya dejó patente en varias declaraciones asegurando que RC-FO  son el mejor grupo «situado para hacerle la competencia a la izquierda indefinida» [*] y que «me recuerdan mucho, muchísimo a Izquierda Hispánica» [*]. Asimismo, hemos podido ver las propias colaboraciones de Roberto Vaquero con otro anticomunista discípulo de Bueno, Pedro Ínsua, para hablarnos de la importancia de refutar la «Leyenda negra» contra España [*]. Evidentemente esto no ocurriría si RC/FO criticase el feminismo, el nacionalismo catalán etc., desde un prisma de lucha de clases e internacionalista, vamos, desde el marxismo-leninismo y no la vulgar charlatanería de su mesías skinhead. ¿Qué podemos esperar de esta gente que canta canciones de los tercios [*] y da el pésame a nazis [*]? ¡Pues que otros fascistas les aplaudan pese a las divergencias menores que puedan tener!

¿Qué quiere decir todo esto? Que, así como la crítica al revisionismo trotskista se puede realizar desde distintos puntos de vista, debe aclararse de una vez por todas que la crítica al posmodernismo no es sinónimo de marxismo-leninismo, pues aquella bien puede fundarse en supuestos reaccionarios, lo que garantiza que una crítica al posmodernismo sea revolucionaria es su contenido, su carácter, su profundización y el enfoque auténticamente materialista y dialéctico de la cuestión.

Pero sin más dilación, estudiemos qué dice esta gente, en este caso sobre el movimiento LGTB. Como en casi cualquier tema, las figuras «expertas» y las explicaciones de «referencia» de las clases explotadoras sobre sexualidad han ido quedando desfasadas con el paso del tiempo. En este documento intentaremos apoyarnos en las distintas expresiones y pensadores sobre el tema en cuestión, sean profesionales o no. Primero, para ejemplificar los comentarios más clásicos que se han dado sobre el colectivo LGTB, y segundo, para dar voz a las argumentaciones lógicas sin perder por ello el equilibrio con las fuentes más autorizadas. Todo ello desde una óptica crítica marxista, lo que implicará revaluar también los errores que los marxistas han podido cometer.

En la psicología burguesa y otros campos de estudio abordados por la ideología burguesa, encontramos consideraciones sobre la homosexualidad y la transexualidad que no pueden ser tomados como referentes en la actualidad. ¿La razón? Hace no mucho calificaban a éstas como patologías y filias perturbadoras de la orientación y el comportamiento sexual. 

La RAE define al transexual como:

«1. adj. Perteneciente o relativo al cambio de sexo. Cirugía transexual.

2. adj. Dicho de una persona: Que se siente del sexo contrario, y adopta sus atuendos y comportamientos. U. t. c. s.

3. adj. Dicho de una persona: Que mediante tratamiento hormonal e intervención quirúrgica adquiere los caracteres sexuales del sexo opuesto. U. t. c. s». (Real Academia Española; Diccionario de la lengua española, 2020)

Todavía hoy la transexualidad se identificaba con la disforia de género, que conlleva aparejado siempre un malestar, pero es algo que obviamente no siempre ocurre. Seguramente esta definición sea bastante más acertada que las definiciones que constan en muchos de los manuales de psicología. En algunos podemos leer:

«Los transexuales ya no son enfermos mentales. Así lo certifica la nueva edición de la biblia de la psiquiatría. El DSM-5, acrónimo en inglés del Manual Diagnóstico y Estadístico de Enfermedades Mentales, elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría [APA, en sus siglas en inglés], solo conserva la «disforia de género», es decir, la angustia que sufre la persona que no está identificada con su sexo masculino o femenino». (Jordi Mas Grau; Del transexualismo a la disforia de género en el DSM. Cambios terminológicos, misma esencia patologizante, 2017)

Esto ha implicado una legítima protesta:

«La disforia de género no es un sinónimo de la transexualidad, ni mucho menos, el término actualizado para definirla. La transexualidad es fruto de la no coincidencia entre el sexo de asignación neonatal y la identidad sexual sentida como propia. La disforia es un sentimiento de malestar que pueden o no padecer las personas transexuales y que es fruto de presiones exteriores que se alimentan en estereotipos y de discursos como el suyo. Las personas transexuales no nacen disfóricas ni tienen porqué serlo nunca si son acompañadas en su entorno cercano, respetando su libre desarrollo conforme a su identidad sexual». (Chrysallis; «Disforia» no es sinónimo de «transexualidad», 2015)

Efectivamente, la evolución que ha ido teniendo estos años el tema de la transexualidad es similar a la de la homosexualidad:

«La evolución de la transexualidad en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) presenta grandes paralelismos con el recorrido que ha tenido la homosexualidad. En el DSM-III, el fenómeno fue denominado «transexualismo». Los criterios diagnósticos de este nuevo trastorno reflejaban la influencia de los primeros teóricos, como Benjamin (1966) o Stoller (1968; 1975). Aparte de haber alcanzado la pubertad −a los niños se les diagnosticaba el «trastorno de la identidad sexual en la infancia»−, eran necesarios dos requisitos más para confirmar el diagnóstico: un malestar persistente respecto al propio sexo anatómico y «una preocupación de por lo menos dos años de duración sobre cómo deshacerse de las características sexuales primarias y secundarias y de cómo adquirir las características sexuales del otro sexo» (APA 1989: 94)». (Jordi Mas Grau; Del transexualismo a la disforia de género en el DSM. Cambios terminológicos, misma esencia patologizante, 2017)

Algunos grupos revisionistas, como el que nos acostumbra a sus sandeces reaccionarias, Reconstrucción Comunista (RC), siguen en los esquemas de hace milenios, considerando a los transexuales como enfermos o degenerados. Cualquier persona que frecuente sus redes sociales conoce las polémicas que se han formado por los comentarios de sus militantes, reproduciendo los mismos adjetivos que cualquier falangista pudiera verter sobre estos colectivos −véase un ejemplo (*)−. 

A RC le pareció que lo que necesitaba el movimiento obrero era una campaña contra los transexuales. Al igual que el grupo nacional-católico de Hazte Oír, desplegaron una campaña donde el reclamo principal era: «El sexo biológico existe. La miseria de los trabajadores también», como se puede observar aquí (*). Como si la mayoría de los transexuales ocultasen tal evidencia o si este «mensaje» supusiera algún tipo de esclarecimiento o avance entre los trabajadores.

Si algo deberían saber estos ignorantes es que la precariedad laboral es muchísimo más acusada en los transexuales que en casi cualquier otra rama de la población, y precisamente por condiciones sociales como la categorización de «enfermedad» hacia este colectivo, categorización que estos jefes socialfascistas −fascistas engalanados de una retórica marxista− propagan sin pudor. Nos vemos forzados a explicitar algo que debería saber cualquier persona honesta con dos dedos de frente:

«El término «personas trans» hace referencia a aquellas personas cuyo género sentido no coincide con su sexo asignado en el nacimiento y que, normalmente, realizan cambios de diversa índole para adecuar su imagen a la del género con el que se identifican. Aunque España dispone de un marco normativo avanzado, tanto a nivel estatal como autonómico, que protege y garantiza la integridad, dignidad y plenos derechos de este colectivo y a pesar de que la sociedad española es, mayoritariamente, una sociedad sensible con la diversidad, aún persisten prejuicios hacia el mismo que, en numerosas ocasiones, se acaban traduciendo en situaciones de vulneración de derechos en diferentes esferas de su vida. Una de las esferas en la que se hacen más notorias estas situaciones es el ámbito del empleo, puesto que el mercado laboral ha estado prácticamente cerrado durante décadas a este colectivo, lo que ha provocado que muchas de las personas que forman parte del mismo hayan terminado en una situación de extrema exclusión social. Para otras, la necesidad de mantener un trabajo les ha obligado a retrasar el momento de inicio de un proceso que para ellas es vital: el camino de visibilizarse con la identidad del género sentida o de llevar a cabo determinados procesos quirúrgicos o de hormonación. (...) A la posible transfobia y desconocimiento sobre la transexualidad, se suma el hándicap de que las personas trans tienden a interrumpir tempranamente su itinerario formativo a consecuencia del rechazo que sufren en su época de estudiantes y, con especial dureza, en la adolescencia. Así lo muestra el Área de Educación de la FELGTB al señalar que el acoso escolar homofóbico al que puede verse expuesto el colectivo LGTBI+ constituye un agravante del fracaso escolar en el sistema educativo español, al ser un motivo de absentismo escolar. En la misma línea, el Estudio «Trabajadoras Transexuales del Sexo. Doble estigma» señala que el 55,2% de las mujeres transexuales entrevistadas habían abandonado sus estudios en la etapa primaria. De esta forma, la menor preparación o cualificación es un lastre añadido para su entrada al mercado laboral, lo que tiene el riesgo de empujarles a trabajos precarios y no cualificados. De hecho, en el caso de las mujeres, el trabajo en locales nocturnos se sigue apuntando como una de las escasas puertas abiertas con las que se encuentran, como también la prostitución, que aparece en muchas ocasiones como la única salida que han encontrado estas mujeres». (Trabajando en Positivo; Informe. El acceso laboral de las personas trans)

Para Roberto Vaquero esto no tiene nada que ver:

«Están diciéndole a la gente que pueden cambiarse de sexo, y eso es imposible, cuando esa persona esté operada y vea que es imposible que realmente tenga ese sexo, la cabeza le va a explotar. Ahí sí que se va a crear una disforia de género muy difícil de superar, luego pasa lo que pasa, por eso tienen esos índices de suicidios, de depresión, etc., porque les hacen esto, incentivan y agudizan que el problema se desarrolle más». (Formación Obrera; Las nuevas leyes sobre la transexualidad: Aberraciones anticientíficas, 2020)

Roberto Vaquero nos decía en consecuencia «que ese tipo de operaciones deben cesar» y «se debe dejar de confundir». Véase su libro: «Resistencia y lucha contra el posmodernismo» de 2020.

¡Para él la disforia de género es consecuencia, principalmente, no de la presión social y la herencia cultural, sino de tener la posibilidad de someterse a operaciones quirúrgicas u hormonarse, y por tanto esto último debería eliminarse! ¿Vaquero razonando como un vulgar lumpen de bar? ¿Qué extraño, verdad?

Efectivamente, la Ley 3/2016 del 22 de julio, de Protección Integral contra LGTBfobia y la discriminación por razón de orientación e identidad sexual en la Comunidad de Madrid, contiene párrafos subjetivos, ambiguos, cuando no sin sentido, al igual que la Ley Integral de Violencia de Género de 2004, claramente una ley hecha desde la perspectiva de género del feminismo, contemplando ahí como en sucesivas leyes anexas dogmas como que «toda violencia es de género», o introduciendo la asimetría penal para los hombres y la discriminación positiva para las mujeres en los puestos públicos, soluciones torpes y que se han demostrado inefectivas además de adversas para la clase obrera. ¿Significa eso que el problema del machismo cultural o la violencia hacia las mujeres no exista? En absoluto; lo mismo cabe para el tema que estamos abordando.

Entre las grandes preocupaciones de RC/FO hallamos el hablar de cambio de sexo, y no de género. Efectivamente, el término correcto sería cambio de género, ¡como así lo contempla la propia Ley de Identidad de Género de 2007!:

«La transexualidad, considerada como un cambio de la identidad de género, ha sido ampliamente estudiada ya por la medicina y por la psicología. Se trata de una realidad social que requiere una respuesta del legislador, para que la inicial asignación registral del sexo y del nombre propio puedan ser modificadas, con la finalidad de garantizar el libre desarrollo de la personalidad y la dignidad de las personas cuya identidad de género no se corresponde con el sexo con el que inicialmente fueron inscritas». (BOE; Ley 3/2007, de 15 de marzo, reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas, 2007)

La nueva ley de la Comunidad de Madrid de 2016, aprobada con la unanimidad de todos los grupos políticos de la Asamblea de Madrid, coincide en lo fundamental con lo que acabamos de ver:

«La Ley sigue en su definición de identidad de género y expresión de género el criterio de la Agencia de Derechos fundamentales de la Unión Europea que a su vez obtuvo la definición tras un extenso trabajo de consulta con las principales organizaciones trans europeas e internacionales. El concepto de identidad de género se refiere a la vivencia interna e individual del género tal y como cada persona la siente profundamente, incluyendo la vivencia personal del cuerpo, y otras como la vestimenta, el modo de hablar y los modales. La identidad de género está generalmente acompañada del deseo de vivir y recibir aceptación como miembro de dicho género, e incluso del deseo irrenunciable de modificar, mediante métodos hormonales, quirúrgicos o de otra índole, el propio cuerpo, para hacerlo lo más congruente posible con el sexo-género sentido como propio». (BOE; Ley 2/2016, Identidad y expresión de género e igualdad social y no discriminatoria de la Comunidad de Madrid, 2007)

Pero más allá de todo esto, importa más bien poco dilucidar si es correcto, terminológicamente hablando, llamar cambio de «sexo» al proceso que se somete una persona que decide operarse quirúrgicamente y/o hormonarse; la cuestión clave es si se permite tal derecho en la legislación vigente, si es un progreso o un atraso, qué puntos se deberían modificar y cuáles deben ser retirados. 

Pese a eso, es evidente que el movimiento obrero tiene por delante tareas y análisis pendientes mucho más urgentes. Y en cuanto a estos grupos revisionistas, está claro que jamás van a arrojar nada de luz porque simplemente no están capacitados para ello. Sus facultades se limitan a «marear la perdiz» y causar furor en sus redes sociales y vídeos-show. No deja de ser gracioso que estos revisionistas se centren en estos temas cuando no han sido capaces de explicar a fondo las causas de la degeneración y derrumbe de sus principales regímenes de referencia, como la URSS o Albania. Si no dominan las cuestiones que supuestamente más les conciernen, ¡¿qué van a tener que decir de temas tan desconocidos para ellos?! Ni qué decir de aquellos grupos tercermundistas que se dicen abanderados del movimiento LGTB en España, pero no son capaces de condenar la persecución o discriminación que sufren estos colectivos en países como Venezuela, Bielorrusia, China o Corea del Norte.

Roberto Vaquero parece estar más pendiente de hablar en su canal de excentricidades, como hombres que se sienten perro (*), la extraña Woolman Family (*), que una vegana sea prostituta (*) o reírse de sujetos de First Dates, que dicen sentirse del «género fluido» −esto es, sentir que el género varía en función de su estado de ánimo (*)−.

Con esto se está certificando que, como el propio posmodernismo que tanto denuncian, RC está más pendiente de las idioteces anecdóticas que del trabajo literario serio y transcendente; las propias formas de agitación de RC/FO son una escenificación exagerada para llamar la atención del público, y precisamente sabemos que no hay nada más posmoderno que vivir en la performance permanente. Se suele decir que si hablas y actúas como un nazi eres un nazi, pues aquí deberíamos añadir que si hablas y actúas como un posmoderno eres un posmoderno. ¿Son unos «nazi-posmodernos»? Bien podría decirse, pero lo dejaremos en que son unos reaccionarios para no marear a la gente con el sincretismo de estos eclécticos, ya que se le podría añadir cincuenta etiquetas más. Precisemos que, sin estas cosas estrafalarias, el mismo show de Roberto Vaquero no existiría, pues no tiene absolutamente nada serio que presentar al público, pues en lo teórico es un cero a la izquierda y en lo práctico solo han copiado el modelo populista de CasaPound. En relación a esos casos peculiares y extraños que se tratan en sus shows-vídeos, ¿de verdad piensan que estos casos son comparables al de todos los transgénero? ¿Creen que todos los transgénero se levantan y «mudan de género» según su estado de humor, o que su caso es igual al de alguien que come tierra o se cree un perro? Pero qué atrevida es la ignorancia mezclada con ansias de destacar.


Lo primero que habría que decir es que el que una persona se identifique como de género masculino o femenino no interfiere en sus deberes como marxista, como tampoco lo hace que sea homosexual o bisexual. A la militancia comunista no le influye que su compañero haya nacido con el sexo femenino y se sienta de género masculino mientras esto no interfiera en su desempeño político.

Fascistas y socialfascistas de la mano contra el colectivo LGTB

Dicho esto, es sencillo apreciar que el objetivo de grupos como RC no es aclarar la confusión entre sexo y género en la que incurren algunos colectivos LGTB, sino simple y llanamente aprovechar las excentricidades del movimiento para sacar a relucir su odio contra el colectivo LGTB, calificándolos infundadamente como gente con problemas mentales. Este tipo de comentarios ofensivos que estamos viendo, así como muchos otros que veremos más adelante, provocaron que los colectivos en defensa de los derechos de los homosexuales y transexuales contratacasen, tanto en redes sociales como en las calles, con diversas pintadas contra los locales RC. En un video que se hizo rápidamente viral, veíamos a Roberto Vaquero con sus clásicas pintas de jefe lumpen (*), arremetiendo contra el colectivo LGTB, acusándolos de estar bajo las órdenes de Soros y Coca-Cola (sic). Así, tal cual. Sus «argumentos» no pueden ser más surrealistas:

«Roberto Vaquero: Bueno hoy una panda, esta noche a las tres de la mañana, una panda de degenerados queers, que a las feministas las pegan por decir que hay que abolir la prostitución, bueno pues a nosotros vienen a las tres de la mañana a pintarnos… nos han pintado aquí eh… «maricas a fuego contra el frente obrero» (Risas de Pau Botella, quien graba). Eh aquí nos han puesto «machistas-leninistas» que obviamente ahora lo vamos a arreglar todo, ahí nos han pintado esta puta mierda, que ahora mismo lo voy a tachar (Roberto utiliza el spray para tachar la pintada), luego lo pintaremos bien pero esta basura va a estar tachada ya (se oye un rato el spray). Lo que no saben es que nosotros tenemos seguro, entonces, es lo que tiene no ser… como son ellos… entonces esto no nos va a costar nada, y luego esto lo tapa el ayuntamiento. Eh… ya nos ha pasado otras veces con anarquistas. (…) Esta gente que son unos degenerados, que les manda Soros y Coca-Cola… a esta gente la manda Coca-Cola porque es el orgullo gay ahora y lo quieren reclamar, nos atacan porque somos los únicos que damos la cara con este tema, pero lo que no saben es que nosotros vamos a hacerlo por cincuenta… ¡por cincuenta!, y ahora vamos a hacer muchas más cosas, nos vamos a dar la ruta por todos los sitios para ver qué nos dice la gente… que ya sabemos lo que nos van a decir… y no vamos a permitir que esto pase. Y si nos lo tachan nos da igual, para nosotros es como una medalla que esta chusma inmunda, esta escoria, nos ataque; porque si nos ataca es porque les jode profundamente lo que hacemos, así que no os preocupéis, que arrearitos somos». (Twitter; Fermín Turia, 29 de junio de 2020)

Sobran los comentarios. Tras esto, redes sociales ardieron ante este tipo de comentarios. RC mostró una vez más lo que es: el caballo de troya de la reacción. Pero no fueron los únicos que se sumaron a la fiesta antitrans:

«Esto no va de individualidades, sino de atentar contra la moral colectiva en pos de la degradación consumista del gran capital. Solo hay que ver como las grandes empresas y multinacionales son las que cubren la propaganda de estos movimientos». (Bastión Frontal; Igualdad de género, 2020)

¿¿Y no fueron las grandes empresas y multinacionale las que pusieron en pie al fascismo, al falangismo, al nazismo?? ¿No están muchos de sus sucesores en nónima del capital? ¿Acaso no se ha demostrado ya que los «rojipardos» como RC-FO también reciben financiación pública? ¿Qué tipo de elementos subversivos y anticapitalistas son estos?

Tras los abandonos de sus diferentes lugartenientes, Roberto Vaquero tiene un nuevo pupilo, viejo en el tiempo pero que aun no está desgastado ante el público, Fermín Turia, otro «lumpen vulgaris» que campaba por las tierras del Levante. Este tampoco se cansa de hacer el ridículo en redes sociales. Ante la clásica campaña de la izquierda constitucional capitaneada por el feminismo y los movimientos LGTB, mostraba su desazón:

«@fermin_turia: Campaña de la Generalitat en el metro de Barcelona dirigida a menores de edad. «Tienes derecho a que nadie decida tu género. Defendemos lo que es obvio». Esta sociedad esta podrida. ¿Cómo se puede tratar la disforia de género como una manifestación de libertad individual?». (Twitter; Fermín Turia, 11 de agosto de 2020)

«@fermin_turia: La disforia de género es un problema. La transexualidad no es un ejercicio de libertad individual, es el resultado de una sociedad decadente». (Twitter; Fermín Turia, 11 de agosto de 2020)

Compárese con las declaraciones de los fascistas de Bastión Frontal, sí, el grupo de la señorita Isabel Peralta −quien se hizo viral por decir aquello de ¡«el enemigo siempre va a ser el mismo aunque con distintas máscara… el judío; el judío es el culpable y la División Azul luchó por ello!»−. Bien, pues este grupo no solo adopta el asistencialismo populista de la recogida de alimentos, estética skinhead y otros rasgos de RC-FO −quien a su vez se los copio al fascismo italiano de CasaPound−, sino también la transfobia:

«Pretenden que ya en la archiconocida posición por estos sectores de la disforia de género cualquiera pueda someterse a un cambio de nombre y género en el registro civil». (Bastión Frontal; Igualdad de género, 2020)

Evidentemente, quien sepa algo de pedagogía y del funcionamiento del pensamiento infantil sabrá que nada puede ser «obvio» para el niño, pues a esas edades no puede mantener una noción y comprensión sobre temas como la sexualidad al mismo nivel que un adulto. Ni siquiera es similar a la de un adolescente, ya que un niño simplemente no es consciente en toda su magnitud de lo que hace y ocurre a su alrededor. 

Claro que deben rechazarse las teorías de ciertos colectivos feministas y LGTB que inciden constantemente en la búsqueda temprana de la orientación sexual y el género, pero esto no es excusable para caer en comentarios homófobos y tránsfobos, tal y como nos ha acostumbrado este mono de feria presentado al público como Fermín Turia; o la señorita de la mandíbula speedica, Isabel Peralta. 

Makarenko, criticando las teorías similares de algunos pedagogos, decía:

«Señalaban con verdadero «terror» a los «simplones» que engañaban a los niños con fábulas de cigüeñas y otros presuntos culpables de la procreación. Al hacerlo, partían de la premisa de que si al niño se le cuenta y explica todo, si de su concepción del amor sexual se elimina todo lo vergonzoso, se logrará una educación sexual correcta. (…) Hay que encarar con mucho cuidado semejantes opiniones. Los problemas de la educación sexual deben ser enfocados con mucha calma, sin raciocinios dudosos. Cierto es que el niño pregunta con frecuencia de dónde vienen los chicos. Pero eso no basta para justificar la presunta necesidad de explicarle todo en la primera infancia. La ignorancia del niño no se limita solamente a esta cuestión. Es mucho lo que ignora también en los demás aspectos de la vida, sin embargo, no nos apresuramos a cargarlo prematuramente de conocimientos que no está en condiciones de adquirir. No explicamos a un niño de tres años la causa del calor o del frío, o por qué se alarga o se acorta el día. Del mismo modo, no le explicamos a los siete años la estructura de un motor aeroplano, aunque se interese por él. Todo conocimiento llega a su tiempo y no existe ningún peligro en que se le responda: Aún eres pequeño, cuando seas mayor, sabrás. (…) Es necesario advertir que en el niño no existe, y no puede existir, ningún interés especial en los problemas sexuales. Ese interés aparece en forma auténtica sólo en la pubertad, pero ya en ese período no existe comúnmente para él nada misterioso en ese sentido. De ahí que no haya una necesidad premiosa de descubrir el «misterio» de la procreación con motivo de una pregunta casual. Son manifestaciones que no contienen aún ninguna curiosidad sexual, y el hecho de que no se le descubre el «misterio» no le ocasiona ningún padecimiento. Se puede eludir la respuesta con una broma o con una sonrisa, el niño olvidará la pregunta y se ocupará de otra cosa. Pero si se conversa con él de los detalles más íntimos en las relaciones entre hombre y mujer, se incita en él la curiosidad por el problema sexual y se hace necesario después contener su imaginación prematuramente despierta. El conocimiento que se le puede impartir al respecto le es totalmente innecesario e inútil, pero, en cambio, el juego de imaginación que ha despertado puede ser el comienzo de vivencias sexuales prematuras. No se tema que el niño llegue a conocer el secreto de la procreación a través de sus compañeros y amigas y mantenga su conocimiento en reserva. Muchos aspectos de la vida forman una zona íntima, reservada, que no se debe compartir con todos y exhibir a la sociedad, y el niño debe saberlo. Solamente cuando ya se haya formado en él esa actitud hacia la vida íntima, cuando haya adquirido la costumbre del sabio silencio respecto de algunas cosas, será el momento de hablar con él de la vida sexual. Esas conversaciones deben ser estrictamente reservadas entre padre e hijo, o entre madre e hija». (Anton Makarenko; Conferencias sobre educación familiar, 1937)

Aquí debería añadirse que, obviamente, no hay ningún inconveniente en que la charla se dé entre padre e hija o entre madre e hijo, en muchos casos, incluso será una obligación, como a razón del fallecimiento de uno de los progenitores, de que se trate de un padre o una madre soltera, etc. 

«Existen otros motivos en contra de las conversaciones prematuras con los niños sobre cuestiones sexuales; los pueden conducir a un enfoque groseramente realista del problema, y engendrar el cinismo con que a veces los adultos comparten frívolamente con los demás sus vivencias sexuales más íntimas. Comúnmente esas conversaciones plantean el problema en su expresión fisiológica más estrecha y no lo dignifican con los temas del amor, que enaltece la actitud del hombre hacia la mujer y que hace que dicha actitud sea socialmente más valiosa. Quiérase o no, dichas conversaciones serán de carácter fisiológico, por cuanto no hay forma de explicar a una criatura que las relaciones sexuales son justificadas por el amor, dado que carece de todo concepto del amor. Cuando se conversa con los hijos en su debido momento sobre el problema, ya existe la posibilidad de plantearlo en el terreno del amor e infundirles el debido respeto a todas estas cuestiones, basado en un sentimiento cívico, estético y humano». (Anton Makarenko; Conferencias sobre educación familiar, 1937)

Como es bien conocido, ha habido pensadores de estos movimientos feministas y LGTB que promueven el que el que el niño tenga una vida sexual precoz hasta sus últimas consecuencias. Kate Millett teorizó que los niños debían tener absoluta libertad económica y sexual, incluso con adultos, ignorando la particularidad de la infancia, que es el estadio inferior en la formación de la personalidad. Véase el capítulo: «Comunistas subiéndose al carro de moda: el feminismo» de 2020.

Un niño tampoco está capacitado para una administración propia de su vida social y económica. El dejar al libre albedrio a un niño en estas cuestiones sin supervisión paternal y/o de sus adultos de referencia, puede derivar en la adquisición de hábitos de estudio desordenados, una gestión ineficiente del dinero o una actitud frívola hacia el amor o la amistad. De ahí la importancia de escalonar el aprendizaje sin prisa, pero sin pausa. No hablemos ya de que establecer la libre pedofilia, como recomendaba Millett, causaría verdaderos traumas de por vida. 

Ahora, la orientación sexual de una persona es algo que debe conocer el sujeto en la adolescencia, época donde sus modelos de referencia deben intervenir. Hablando de la educación sexual en la adolescencia, Makarenko recomendaba que estas charlas:

«Serán útiles porque corresponderán al natural despertar de la vida sexual del joven, y no podrán ocasionar daño por cuanto padres e hijos estarán de acuerdo en que se trata de un tema importante, cuyo análisis es necesario por múltiples razones, que reporta una utilidad real, aunque se trate de una cuestión íntima. Esas conversaciones deben referirse a problemas de higiene sexual y en particular a la moral sexual. Al reconocer la necesidad de esas charlas en el período de la pubertad, no se debe sobreestimar su importancia. Hablando con propiedad, sería mejor si las realizara el médico, o si se organizaran en la escuela». (Anton Makarenko; Conferencias sobre educación familiar, 1937)

Cabría añadir que esta educación sexual se debe impartir sin imposiciones, y más al abordar la orientación sexual, que es el tema que estamos tocando ahora mismo. Hasta entonces, el niño deberá saber lo básico sobre el tema, como la existencia de formas de familia monoparentales, homosexuales, etc.

Esto no significa que no puedan darse casos en la niñez donde el sujeto ya sienta esta inclinación; tampoco significa que ésta sea producto de una «degeneración», pero es solo más adelante donde se configura su personalidad, y, por ende, sus preferencias e identidad como tal. No tener esto en cuenta es tomar al niño por un adulto, invertir el orden.

En resumen:

«Al llegar a cierta edad todo ser humano tiene vida sexual. (…) Otro factor positivo en la educación que estamos considerando lo constituye el hecho de que el niño tenga tareas y preocupaciones normales para su edad y sus posibilidades». (Anton Makarenko; Conferencias sobre educación familiar, 1937)

¿Qué dicen en cambio nuestros retrógrados «favoritos» que dirigen RC-FO?

«@fermin_turia: ¿Que hacían los capitalistas mientras la URSS cometió esos errores? Peor. Al margen de los errores que los hay. ¿Cómo os pensáis que será la familia socialista? Desde luego que Alex −varón de 50 años− haciéndose llamar Ana y con un polo Rosa no será la madre del socialismo. El socialismo no será vuestra bazofia liberal pintada de rosa». (Twitter; Fermín Turia, 11 de agosto de 2020)

¿Comparamos una vez más?:

«Una ley [trans] que fomenta la despersonalización de los individuos, de su género y de su identidad biológica justificamente mediante teorías disensiosas creadas para desesteabilizar todos los viejos valores occidentales». (Bastión Frontal; Igualdad de género, 2020)

Quizás habría que replicarle a Fermín que la «familia socialista» podría estar constituida, sin problema alguno, por cualquier miembro de la comunidad LGTB, pues siempre que éste cumpliera con su deber como ciudadano socialista no habría ningún problema sobre la mesa. Que nuestro afable amigo siga asociando un color a un género, estilo de vida o ideología política determinada, esto solo indica que se quedó anclado en los años 50 y constituye otra muestra de que, como siempre, RC da más importancia a la forma que al contenido, he aquí que ellos creen que por portar hoces y martillos son valedores del nombre comunista. 

Y en referencia a pretender dar lecciones sobre la imagen seria que debe proyectar un revolucionario, tal vez, y solo tal vez, deberían empezar por desprenderse de la estética skinhead que mantienen él y la mayoría de su militancia, algo complejo teniendo de referente a un mesías triburbanero como Don Vaquero. Este rasgo es claro indicador de que, por mucho que critiquen a los posmodernos, ellos adolecen de una posmodernidad absolutamente pútrida y reaccionaria. Esto es reflejo de la desenfrenada necesidad que tienen por sentir que encajan en un colectivo a través de una estética de grupo. Lo que en cambio no admitirá nunca un comunista dentro de su familia, sea de sangre, social o adoptiva, es a elementos homófobos y tránsfobos, a socialchovinistas, a aquellos que asumen actitudes lumpens, como él y su tinglado «político». Desde luego que lo que sin duda alguna la gran familia socialista no aceptará es que individuos como Roberto Vaquero vivan de las rentas de la militancia mientras difunde propaganda reaccionaria, a quienes compadrean con fascistas.

Volviendo al tema en cuestión:

«En España hay entre 7.000 y 12.000 transexuales, que llevan años pidiendo ser excluidos de los manuales psiquiátricos, al igual que activistas y transgénero de todo el mundo. En este país su derecho a sentirse hombre o mujer está reconocido desde 2007. Pueden cambiar de nombre legalmente u operarse para tener genitales del otro sexo, pero sobre el papel padecían una enfermedad. No por el dolor causado por sentirse mujer viviendo en el cuerpo de un hombre o viceversa, sino por el mero hecho de ser transexual.

El estigma se sumaba al rechazo social, la incomprensión o el largo tratamiento al que muchos de ellos se someten y que incluye repetidas intervenciones quirúrgicas para adecuar su aspecto al del sexo deseado. Pero hay mucho más. Estudios citados por las asociaciones aseguran que los transexuales padecen una tasa de paro de entre el 60% y el 80%.

El órgano directivo de la APA aprobó el pasado 1 de diciembre el nuevo manual, la primera revisión a fondo en 20 años de los criterios diagnósticos más compartidos en el mundo de la psiquiatría. Se publicará en mayo de 2013 y en él, junto a otras modificaciones, ha desaparecido el término «Trastorno de la Identidad de Género», según ha explicado este martes una portavoz de la asociación.

El proceso parece similar al de la normalización de la homosexualidad. Desapareció como enfermedad mental en 1973, pero se conservó, con el nombre de «homosexualidad egodistónica», el supuesto que describe la angustia y el sufrimiento que padece un gay o una lesbiana por el hecho de serlo. El término se retiró en 1986». (El País; Los transexuales ya no son enfermos mentales, 2012)

Obviamente, si no podemos concluir que un homosexual sufre «angustia y sufrimiento» por «el hecho de serlo», sino por los prejuicios sociales, discriminaciones o agresiones a razón de su orientación sexual, no podemos decir que los trans sufran «malestar clínicamente significativo o un deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento» por «el hecho de serlo», sino por los mismos motivos que los homosexuales: por causas sociales. Curiosamente entre estas causas sociales encontramos la homofobia y transfobia latente de los retrógrados anteriormente mencionados. Pero esta lógica aplastante parece no ser comprendida por algunos.

¿Es importante la corrección y readecuación práctica del lenguaje, sobre todo cuando este tiene un componente peyorativo? Lo es, en efecto, por sus connotaciones sociales. De ahí que determinados cambios en manuales de psicología hayan sido un gran triunfo para estos colectivos:

«Como se ha comentado anteriormente, la transexualidad se incluye en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) en la tercera edición de 1980. Casi al mismo tiempo se excluye a la homosexualidad gracias, en gran medida, a la presión ejercida por los movimientos de gays y lesbianas, que llevaban tiempo reivindicando la despatologización del deseo homoerótico. Tanto el proceso de desclasificación de la homosexualidad, como los sucesivos cambios de denominación y de criterios diagnósticos que ha experimentado la transexualidad desde que fue incluida por vez primera en el DSM, constituyen una buena oportunidad para recuperar el concepto de «nominalismo dinámico» creado por Hacking (1999). Para este filósofo canadiense, la creación de una nueva categoría humana −como la homosexualidad o la transexualidad− tiene importantes efectos sobre las personas etiquetadas, puesto que cada categoría abre nuevas posibilidades de ser y de existir, configura un nuevo espacio para la autointeligibilidad. Sin embargo, las personas no aceptan de forma acrítica las nuevas categorías, ya que pueden resignificarlas o rechazarlas. Se produce así una constante interacción −aunque, a menudo, asimétrica− entre las personas y las formas en que son categorizadas». (Jordi Mas Grau; Del transexualismo a la disforia de género en el DSM. Cambios terminológicos, misma esencia patologizante, 2017)

En conclusión, mientras los transexuales suelen someterse a operaciones quirúrgicas y/o procesos hormonales, los transgéneros no necesariamente llevan a cabo tal proceso, aunque a veces se tome esta segunda categoría englobando la gente que siente que su sexo no corresponde a su género, tanto hacia aquellos que se acaban sometiendo a estas operaciones, como hacia los que no.

«La APA desarrolla categorías que influyen en las personas diagnosticadas, pues la fuerza y legitimidad que rodean al manual −y, por extensión, a la psiquiatría norteamericana y a la biomedicina en general− facilita el que las personas interioricen que su condición es anormal, patológica. Un ejemplo de ello lo encontramos en las palabras de Aurora, una de las mujeres trans entrevistadas que era usuaria de la UTIG: «Igual que nacen personas ciegas o con síndrome de Down, nacen personas transexuales». Con todo, existen personas «trans» que rechazan la visión patologizante que se tiene de ellas. Estas personas han creado incluso un término autorreferencial, «transgénero», con el objetivo de alejarse de las categorías clínicas −transexual y travesti− con que estaban siendo diagnosticadas. Bajo el paraguas del vocablo «transgénero» encontramos a una multitud identitaria que expresa un género distinto al de asignación. Entre esta multitud hay personas que no quieren ajustarse a la lógica de género dicotómica y reniegan del protocolo asistencial estandarizado, basado en la terapia hormonal y las cirugías de reasignación sexual». (Jordi Mas Grau; Del transexualismo a la disforia de género en el DSM. Cambios terminológicos, misma esencia patologizante, 2017)

Pero aún hay gente que considera que la reformulación de los manuales es un error bajo las siguientes excusas:

«Nos parece un grave error por parte de la OMS el realizar cambios en la denominación por la existencia de presiones ideológicas. Esto puede perjudicar los derechos sanitarios de las personas transexuales. En la Sanidad Pública no hay tratamientos para no enfermedades o no trastornos. Pero también por el gran desprestigio para la propia OMS que, conociendo toda la producción científica, se deja manipular por lobby ideológicos». (Joaquín Díaz Atienza; DSM 5: Disforia de género. Mitos y realidades. Ideología y ciencia, 2017)

Véase el absurdo. Esto es equivalente a argumentar que, para combatir los prejuicios racistas correctamente, sería obligatorio que la víctima tuviese que estar registrada como extranjera o que su análisis genético le reportarse una calificación mayoritariamente ajena a la típica del país, todo esto con el fin de recibir la asistencia o la justicia que merece ante tal agravio. Absurdo sin duda. El racismo o la transfobia no son cuestiones a resolver por formalismos y medidas administrativas, sino que, como todo problema parecido, las medidas legales son la punta del iceberg, la consecuencia en que se deberá apoyar una transformación económico-cultural que debe sufrir la sociedad para superar los llamados «prejuicios» y «estigmas». Invertir el proceso tiene tanto sentido como las propuestas feministas de abolir el lenguaje actual por el lenguaje inclusivo, es querer suprimir, de un modo idealista, unas consecuencias que son paridas por la realidad social. Dicho de otra forma: tener fe en la acción mágica de las palabras sobre las condiciones materiales.

Pese a la evidente complejidad del tema que nos ocupa, sobre el cual hay que evitar simplificaciones y mitos, algunos, directamente, no han evolucionado ni un mínimo, y sin sonrojo alguno hacen comparativas como la siguiente: 

«@armesillaconde: Lo curioso es que la anorexia sea considerada un trastorno −una persona delgada que se ve gorda−, pero la disforia de género sea más tolerada, e incluso defendida como una identidad política». (Twitter; Santiago Armesilla, 9 agosto de 2020)

Santiago Armesilla, ideólogo de su propia escuela de fascistoides, se pavonea jactándose de ser un reputado académico que sabe tratar las cuestiones sociales desde un punto de vista «materialista», pero aquí muestra no poder resistirse a atacar al colectivo LGTB con su clásico razonar de «cuñado» de bar. Esto no debe sorprendernos viendo como trata la historia y la cuestión nacional bajo su clásico subjetivismo reaccionario e idealista. Véase el capítulo: «El viejo socialchovinismo: La Escuela de Gustavo Bueno» de 2020.

Evidentemente, este tipo de disparates causaron mucho revuelo en redes sociales. Algunos grupos emitieron respuestas a este tipo de cuestiones: 

«La anorexia es un trastorno alimentario y una visión distorsionada del propio cuerpo que hace que la persona se vea con un exceso de grasa corporal cuando en realidad su índice de masa corporal y de grasa corporal son incluso inferiores al promedio. Trastorno, por definición, es una alteración en el funcionamiento físico de un organismo vivo. La transexualidad, por el contrario, no implica necesariamente ningún tipo de alteración física, y nunca implica una alteración física que perjudique la salud del individuo. Por lo tanto, la comparación con la anorexia, desde el punto de vista físico, no tiene sentido. Se dirá que la anorexia y la transexualidad comparten el hecho de que el individuo se percibe de forma distorsionada. Pero tampoco es cierto. Cuando los transexuales dicen que se sienten del sexo opuesto, ya dejan implícito que ellos saben perfectamente la diferencia entre su cuerpo físico y aquello que sienten, entre su sexo −biológico− y su género −social−. Saben que su sexo es masculino, sin embargo se sienten como mujeres en su personalidad, o saben que su sexo es femenino aunque se sientan como hombres en lo que respecta a su personalidad. No hay distorsión alguna, saben perfectamente cuál es su sexo. La transexualidad no se caracteriza por negar el sexo propio, sino por adquirir un género que no se corresponde con el sexo. Por lo tanto, tampoco es comparable la anorexia con la transexualidad desde el punto de vista psicológico». (La Chispa LATAM; Analisis marxista del fenómeno de la transexualidad, 2020)

Aunque este grupo, La Chispa LATAM, está lejos de poder ser considerado como «marxista» −ya que, al igual que Armesilla, todavía tienen una cándida ilusión hacia corrientes como el castrismo o el chavismo como referentes de «antiimperialismo» o «socialismo»−, esta parte de su argumentación serviría certeramente para rechazar de pleno la falsa comparativa que intentó hacer Armesilla sobre el tema LGTB. Esto demuestra que no se necesita ser un «excelso» y «veterano» revolucionario versado en marxismo-leninismo para comprender algo tan básico sobre estos problemas, sino que, a poco que se piense, se llegará a las mismas conclusiones.

Ante la nueva Ley de Matrimonio Homosexual de 2005, el «maestro» Gustavo Bueno arremetía, entre otras cosas, contra dicha ley. Atentos a las razones que daba:

«Gustavo Bueno: Por ejemplo, en el caso de los matrimonios homosexuales, no hay antecedentes en ninguna sociedad de semejante salvajada. No se trata de un cambio de nombre, sino de concepto. (…) Sólo con esta ley sobre la homosexualidad bastaría para derribar a un gobierno». (La Rioja; «El diálogo con ETA se basa en la falsa idea de que hablando se entiende la gente», 2006)

Poco después decía:

«Gustavo Bueno: También en la evolución hay una regresiva que se considera corrupta. Por ejemplo, si una especie da lugar a otra que está enferma, es una especie corrompida. Y el matrimonio homosexual concretamente, para mi juicio, destroza totalmente la estructura del matrimonio.

«Entrevistador: Qué corrupción puede haber en una ley que amplía derechos y que no obliga a nadie...

Gustavo Bueno: Es que no amplía derechos.

Entrevistator: Amplía derechos a personas que quieren casarse y son del mismo sexo.

Gustavo Bueno: (…) El concepto que está pervertido es el concepto universal de los antropólogos, donde el matrimonio, sea monógamo, polígamo, poliándrico o lo que sea, supone siempre sexos distintos, tiene todo el derecho de familia ahí, tiene la idea de reproducción, esto desaparece en los matrimonios homosexuales, tienen que adoptar niños, etc., esto altera las relaciones de familia, es una pseudomorfosis». (Periodista Digital; Entrevista a Gustavo Bueno, 2006)

Gustavo Bueno es incapaz de reconocer que esa ley amplía derechos, que es una ley progresista. ¿Quién negaría esto seriamente? Ahora mismo solo lo concibe la derecha más conservadora, sus discípulos «rojipardos» como Armesilla.

Pero, además, da a entender que para que una familia sea tal cosa, ésta debe poder cumplir con la función reproductiva. ¿Y todavía alguien niega la base del pensamiento nacional-católico de este charlatán? ¿Acaso debe retirarse el derecho al matrimonio a las parejas heterosexuales estériles? ¿Acaso debemos dejar de considerar como familia a los padres o madres solteros que adopten? Como siempre, sus ridículas argumentaciones solo podría aceptarlas un zoquete que no es capaz de reflexionar por sí mismo.

En segundo lugar, Bueno habla de que la antropología y la historia no conocen casos de matrimonios o uniones entre homosexuales. ¿Acaso, aun siendo cierto esto –que no lo es–, cambiaría algo la cosa? No, seguiría siendo un derecho a introducir, necesario más allá de que haya existido previamente o no. La historia tampoco conoció muchos derechos para las clases oprimidas hasta que fueron introducidos por las fuerzas revolucionarias. ¿No fue la URSS quien introdujo cambios sustanciales en la legislación que afectaban a la manera en que se había articulado la familia hasta entonces? Apoyarse en esta argumentación demuestra el conservadurismo del pensador. «Esto no se puede introducir porque nunca se ha hecho» es la baza del charlatán burgués, imaginemos lo que mantendría este sujeto ante la abolición de la servidumbre en Francia, «algo que hasta el momento no se había hecho y era impensable». Por si fuera poco, presenta el matrimonio homosexual como una regresión para la sociedad, tratando a los homosexuales como problemática social, o «corrompidos», para ser más exactos, que vienen a «derrocar la ley natural» provista por Dios o vaya uno a saber.

En tercer lugar, estas uniones homosexuales sí se han dado. Cuestiones muy diferentes son la ignorancia de Bueno sobre el tema, como en tantos otros, o si algunas de estas uniones tenían realmente un carácter de matrimonio al mismo nivel que el heterosexual. Pero de su existencia no cabe duda alguna:

«La afirmación de Bueno es sencillamente falsa. Bueno invoca la Historia como si fuera una fuente de autoridad, pero desconoce por completo las recientes –y no tan recientes– investigaciones historiográficas y antropológicas sobre el matrimonio y la homosexualidad. Si uno habla sobre los matrimonios homosexuales en la historia escrita, lo primero que debe hacer es leer y documentarse suficientemente al respecto. En este sentido, es imprescindible el libro Christianity, Social Tolerance, and Homosexuality (University of Chicago Press, 1980), de John Boswell, quien documenta matrimonios homosexuales legalmente reconocidos en la Antigua Roma, que siguieron contrayéndose durante el período cristiano. En Same-sex Union in Pre-modern Europe [Las Uniones Homosexuales en la Europa Pre-moderna], Boswell habla de las uniones homosexuales bendecidas por la Iglesia durante la Edad Media, e incluso de una liturgia nupcial homosexual heredada de la Iglesia Antigua que siguió manteniéndose hasta el siglo XVI. En las culturas orientales también han existido históricamente matrimonios homosexuales legales y reconocidos por el Estado. En Male Colors: The Construction of Homosexuality in Tokugawa, Japan [Colores Masculinos: La Construcción de la Homosexualidad en Tokugawa, Japón] (University of California Press, 1995), Gary Leupp describe los «lazos de hermandad» entre varones samurais, que incluían contratos escritos, una ceremonia cuasi-nupcial, y a veces castigos severos para la infidelidad, durante los siglos XVII y XVIII. Los antropólogos han estudiado también en profundidad la cultura Azande del Sur del Sudán, donde durante siglos los guerreros se casaban, de manera totalmente legítima, con «muchachos-esposa». También destacan los estudios de Marjorie Topley sobre los matrimonios lésbicos –legalmente reconocidos– en Guandong, China, a principios del siglo XX. The Case for Same-Sex Marriage [Historia del Matrimonio Homosexual] (1996), del profesor William Eskridge, demuestra que el matrimonio homosexual legal y socialmente reconocido ha existido prácticamente a lo largo de toda la historia y en casi todas las culturas y latitudes geográficas». (Kaos en la red; Gustavo Bueno contra el matrimonio homosexual, 2007)

Abascal y otros integrantes de Vox, que se reconocen como sus discípulos, mantienen las mismas posiciones homófobas sobre estos temas. Véase la obra: «Las elecciones, la amenaza del fascismo, y las posturas de los revisionistas» de 2019.

Muchos de los dirigentes de Vox después de haber dicho todo tipo de barbaridades contra el colectivo LGTB ahora intentan moderarse de cara al público, incluso hemos visto a Abascal incluir a los homosexuales en sus discursos para no parecerse tanto al viejo falangismo. ¡El oportunismo político lo puede todo! Por supuesto, esto no evita que en las redes sociales sigan viéndose comentarios despectivos de sus militantes voxeros hacia este colectivo, ¿cómo no? Si es lo que son y a lo que les han acostumbrado sus jefes y ellos no tienen por qué esconder lo que piensan. ¿A quién le ocurre esto mismo? «Casualmente», en lo tocante al colectivo LGTB, RC-FO una vez más se limita a seguir los pasos de la Escuela de Gustavo Bueno −no sabemos si consciente de ello o no− como ya hizo en la cuestión nacional; sus militantes destacan por soltar todo tipo de improperios los cuales no volveremos a reproducir. Roberto Vaquero y su inseparable lacayo Fermín Turia, muestran un odio irrefrenable contra lo que ellos consideran que son «maricones» y otro tipo de «degenerados» −¿será algún problema personal, algún trauma?−; si alguien duda de nuestras afirmaciones no solo están ahí los comentarios en redes sino las confesiones de exmilitantes de la propia cúpula. Véase la obra: «Antología sobre Reconstrucción Comunista y su podredumbre oportunista» de 2020.

La izquierda «posmoderna» y sus dogmas

Paralelamente al comienzo de la aceptación generalizada de la homosexualidad durante los años 80, fenómeno hondamente positivo para la sociedad, amplios sectores de la burguesía entendieron que, debido a estos cambios, debían empezar a capitalizar definitivamente estos movimientos. Así, la burguesía pasó de ser la responsable directa de las legislaciones que perseguían a los homosexuales en las cuatro esquinas del globo, a procurar adueñarse de la dirección del movimiento LGTB. Obviamente, no todos los partidos tradicionales aceptaron este cambio, pero en occidente esto es un hecho consumado. Por ende, estos movimientos, al igual que otros movimientos sociales, están sumidos en las disposiciones de los partidos del régimen o, en el mejor de los casos, son presos de la demagogia de revisionistas, anarquistas y demás ralea.

En este proceso uno no puede dejar de lado que en los años 80 se venía sufriendo una degeneración ideológica gradual en los partidos marxista-leninistas. Esto daría pie a que no quedase nadie que se opusiese a lo que venía pregonando el posmodernismo, que no era sino sustituir la lucha de clases por la lucha atomizada de las parciales, la lucha de las identidades, etc. Esto acabó afectando a grupos como el propio PCE (m-l), que también pasó de la condena o el silencio respecto a la cuestión homosexual a pregonar que los grupos del colectivo LGTB, el feminismo, los nacionalistas o los ecologistas conforman los sectores más avanzados de la sociedad; llegando incluso a defender que el comunismo debía asumir sus aportes teóricos (sic):

«Organizaciones más clásicas o históricas, donde podríamos situar principalmente: movimiento vecinal, vivienda, condiciones de vida, derechos humanos... caracterizadas en lo general por una pérdida de influencia, capacidad organizativa e ideas, muy a remolque o condicionadas negativamente por el triunfo del PSOE y la transición «democrática». Pudiéndose afirmar que en ellas han ido ganando posiciones la socialdemocracia y en algunos casos la propia derecha. De otro bloque, organizaciones de nuevo cuño, en el que incluímos a las organizaciones de tipo: ecologista, insumismos, antimili, objetores, pacifistas, solidaridad, colectivos de inmigrantes y antirracistas. (...) Están haciendo algunas aportaciones particulares interesantes para el conjunto de la izquierda, para la plasmación de un nuevo proyecto revolucionario. (...) Más jóvenes en cuanto a la edad de sus miembros, con mucha más capacidad de movilización, con ideas y planteamientos más rompedores. En ellas, la correlación de fuerzas en cuanto a influencia se decanta hacia la izquierda revolucionaria, no tanto en el sentido militante sino en cuanto a posicionamientos políticos (...) En un punto importante habría que ubicar al movimiento feminista». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Cuadernos de debate para el VIº Congreso, 1991-1992)

Analicemos este texto, médula espinal del oportunismo durante estas décadas. Primero, planteaba fijar la atención en lo que hoy se ha venido a denominar «luchas identitarias» y «luchas parciales» de estos colectivos, pero «sin tratar de hegemonizar nada» por miedo a asustar a las masas. Segundo, realiza una radiografía totalmente irreal. Mientras calibraba correctamente a algunos movimientos sociales como «tomados por la socialdemocracia e incluso la derecha», se ocultaba, a su vez, que lo mismo ocurre en las nuevas corrientes y «nuevos colectivos», como las feministas. Tercero, es imposible que estos grupos llevasen un eficiente «trabajo de concienciación de las masas» debido al idealismo rampante de sus líderes, que traían a colación soluciones esterialmente utópicas hasta reaccionarias, pero inexplicablemente el PCE (m-l) se negaba, como leemos, a poner en la picota a los famosos cabecillas de estos colectivos, que eran los elementos atrasados o corruptos que impedían un verdadero pensamiento y acción revolucionaria en estos movimientos sociales. Y cuarto, se creía que los comunistas debían empaparse de las teorías y métodos de estos grupos, sin darse cuenta que estos no reproducían ninguna fórmula original, sino el primitivismo organizativo e ideológico.

¿No es precisamente el hecho de que estas organizaciones sociales sean siempre hegemonizadas por los grupos revisionistas lo que las convierte en otro foco de frustración y derrotas para los elementos honestos? ¿Cómo, entonces, buscar plegarse ante tal influencia o emplear planteamientos timoratos y conciliadores? Esto es algo que solo puede plantearse un necio, un loco o un oportunista.

El autor de este artículo debería echar un vistazo a los grupos feministas, ecologistas, antirracistas y antifascistas de la actualidad, observar a qué dedican el tiempo en sus reuniones formalistas, cómo enfocan los problemas que plantean, ver de cerca su desorganización, su trivial activismo totalmente inofensivo para la burguesía, la forma en que, en resumidas cuentas, no hacen sino reproducir la ideología pseudorevolucionaria, las formas más atrasadas y pusilánimes del revisionismo patrio. No eran −ni son− «rompedores», no se decantaban ni lo hacen hoy por una «izquierda revolucionaria», sino que pivotan en torno a los pecados de los principales grupos reformistas y anarquistas.

¿Qué tenemos hoy sobre el tema en base a esta herencia?

¿Es un problema la «heteronormatividad» para la comunidad LGTB que atente contra sus derechos?

En cuanto al tema LGTB, desde el periódico afín al PSOE, se decía hace no mucho:

«A un sistema de relaciones sociales caracterizado por la supremacía de lo masculino y la heterosexualidad, lo que genera mecanismos de discriminación por razón de sexo y orientación sexual hacia mujeres y personas LGTBI –lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales–». (El País; Qué quiere decir Alberto Garzón cuando habla de heteropatriarcado, 17 de junio de 2016)

El equipo de Pablo Iglesias publicó un documento que decía algo similar:

«La cisheteronormatividad funciona como un mecanismo de exclusión para aquellas personas que no se ajustan a ella y fomenta que a lesbianas, gays o bisexuales se les presuponga la heterosexualidad, lo que dificulta que puedan vivir su orientación sexual en libertad». (Un Podemos contigo; Documentos de feminismo, 2020)

¿Acaso el número de hombres heterosexuales en el Ibex35, aunque este año sea predominante, automáticamente genera por extensión una renta de privilegios entre el proletariado heterosexual? 

¿Y si todos los integrantes del FMI fuesen mujeres, iba a cambiar algo la situación económica de las mujeres a nivel global? 

¿No existen mujeres heterosexuales, como la presidenta Christine Lagarde, que toman todos los días medidas que han perjudicado tanto a hombres como a mujeres en todas las partes del globo?

August Bebel, uno de los mayores expertos de su época en la cuestión de género, ya desmontó varias de las ideas feministas que hoy resuenan, como el llamado «techo de cristal», o la «sororidad» entre mujeres de cualquier clase:

«Lo más notable de estas aspiraciones es que no transcienden el marco del orden social actual. No se plantea la cuestión de si se ha realizado en general algo esencial y radical para la situación de las mujeres. Apoyarse en el orden social burgués, es decir, capitalista, es considerar la igualdad de derechos burguesa entre el hombre y la mujer como solución definitiva de la cuestión. Uno no es consciente o se engaña en el sentido de que, por lo que se refiere a la libre admisión de la mujer a las profesiones industriales y comerciales, este objetivo se ha alcanzado realmente, y por parte de las clases dominantes recibe el más vigoroso impulso en su propio interés. Pero en las circunstancias dadas, la admisión de las mujeres a todas las actividades industriales ha de tener el efecto de que se acentúe cada vez más la lucha competitiva de las fuerzas del trabajo, y el resultado final es: disminución de los ingresos para la fuerza de trabajo femenina y masculina. (...) Es evidente que esta no puede ser la solución correcta. (...) A la gran mayoría de las mujeres les es indiferente que unos cuantos miles de sus compañeras pertenecientes a las capas mejor situadas de la sociedad lleguen a la enseñanza superior, a la práctica de la medicina o a una carrera científica o administrativa cualquiera. Ello no altera en nada la situación general del sexo. (...) El mundo femenino está especialmente interesado en combatir hombro con hombro con el mundo masculino proletario por todas las normas e instituciones que protegen a la mujer de la degeneración física y moral y le garantizan sus facultades de madre y educadora de los hijos. La proletaria tiene también en común con sus compañeros masculinos de clase y destino la lucha por la transformación radical de la sociedad, a fin de establecer una situación que facilite la completa independencia económica y espiritual de los dos sexos mediante las correspondientes instituciones sociales. Así que no solo se trata de realizar la igualdad de derechos de la mujer con el hombre en el terreno del orden social existente, lo cual constituye el objetivo del movimiento femenino burgués, sino, más aún, de eliminar todas las barreras que hacen que el hombre dependa del hombre, y, por tanto, también un sexo del otro. Esta solución de la cuestión femenina va vinculada a la solución de la cuestión social (...) Todos los socialistas debieran estar de acuerdo con las ideas fundamentales expuestas aquí. Pero no podemos decir lo mismo respecto a la manera en que pensamos realizar los objetivos finales, es decir, cómo deben de ser las medidas e instituciones individuales que fundamentan la pretendida independencia e igualdad de derechos». (August Bebel; La mujer y el socialismo, 1879)

Lo mismo puede decirse aplicado al colectivo LGTB, sumándolo al hecho de que pedir, como se hace a veces, representación de este colectivo en puestos políticos o producciones culturales, como ocurre ahora en la industria cinematográfica, es poco menos que surrealista, dado que ni siquiera son la mitad de la población, como ocurre con las mujeres; esto por seguir la absurda lógica de los cupos, pues a lo que nosotros nos interesa es la profesionalidad y capacidad de una persona para ejercer un trabajo, no su condición sexual, ni su raza ni nada por el estilo.

Uno debe preguntarse, como ya muchos hacen, que, si el feminismo es una necesidad con evidencias aplastantes en España, si «la revolución será feminista o no será», como juran algunos, ¿cómo es posible que esta «revolución» sea publicitada por los principales partidos, organismos y figuras del sistema capitalista? ¿Qué tipo de «revolución» es esta que es aplaudida por el mismo sistema que se pretende «derrocar bajo el feminismo»? Lo mismo cabe decir del movimiento LGTB. Esto no quiere decir, como hacen grupos al estilo RC y la ultraderecha, que «todo se trata de un plan de Soros y Coca-Cola» y que el fin es «homosexualizar a la población» para «frenar la natalidad» –esto último cortesía de ciertos conspiranoicos–, sino que, simple y llanamente, el feminismo, el ecologismo o el movimiento LGTB han sido absorbidos por los partidos tradicionales, por la política burguesa en mayúsculas, porque sus lineamientos son perfectamente conjugables con la sociedad y los valores de la democracia burguesa moderna y, en ocasiones, se deforman sus peticiones más cabales para beneficiar las aspiraciones del capital, desviando la atención del problema principal. 

No por casualidad desde el PP hasta Ciudadanos han adoptado estas corrientes en mayor o menor medida. Incluso Vox, pese a su homofobia precedente innegable, vemos cómo intenta acercarse al movimiento LGTB, no sin torpeza. A la burguesía no le perjudican estos movimientos, ha llegado a un punto en que puede adaptarse a ellos, e incluso los maneja para sus objetivos como clase. 

¿Pero por qué los planteamientos del movimiento LGTB son erróneos de base? Por la misma razón que la de los otros movimientos: anteponen la orientación sexual o la identidad de género a la cuestión de clase. Si los marxistas condenan las teorías de los nacionalistas o los grupos antirracistas por anteponer la nación o la raza a la clase, y critican las soluciones erradas en sus temas fetiche, ¿cómo no iban a hacer lo mismo en la cuestión LGTB?

Los «múltiples tipos de género existentes» 

Hoy, las instituciones oficiales, como las universidades, recogen las ideas más disparatadas del movimiento LGTB. Por citar un solo ejemplo, la Universidad Estatal de Montclair tiene una sección donde alecciona a sus alumnos sobre los «múltiples tipos de género existentes» y cuáles se deben utilizar en cada ocasión (*). 

Perfecto:

«Que los integrantes del movimiento LGTBI se diviertan buscando siglas para englobar los 31 tipos de orientaciones reconocidas por la ciencia burguesa. Esto no quita que sigan penetrando su error de considerar con intereses comunes a gente de identidades similares –por ser «subalternos»– y dejen de lado absolutamente la cuestión de la clase social, única capaz de fraguar dicha comunidad de intereses.

Aparte de que pretenden renunciar a según qué verdades biológicas al defender la existencia de tantos tipos de género, a los comunistas todo esto solo nos recuerda que:

«En comparación con este poderoso movimiento de las trabajadoras, el movimiento liberal de las intelectuales burguesas es un juego de niños inventado como pasatiempo». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Saludo al Primer Congreso de Mujeres Montañesas, 1921)

El ser humano, como mamífero cuya reproducción es sexual, tiene dos sexos fundamentales que intervienen en la producción de descendencia de la especie. Esto es: el sexo masculino y el sexo femenino. Esta concepción puede ser tildada de «coitocéntrica» o de cualquier epíteto de se les ocurra a quienes viven absortos en el mundo de las construcciones lógicas sin rendirle cuentas al mundo real. En éste, el factor biológico es de gran importancia. La biología es el sustrato sobre el que se asienta la sociedad y que facilita el desarrollo de las relaciones sociales, que una vez establecidas pueden dirigirse de forma hasta cierto punto independiente del factor biológico, pero que siempre le deben su existencia en última instancia y que son incapaces, en ocasiones, de cambiar comportamientos que residen en nuestra materialidad como seres vivos de un orden y reino naturales determinados.

Pero no es lo mismo el sexo que el género. La relación que guardan la biología y la sociedad es la relación que guardan, respectivamente, el sexo y el género. Esto es; el género no es sino la expresión social de los dos sexos humanos; la adaptación del sexo a las necesidades sociales concretas. Un sistema de género «binario» es más común en sociedades donde se requiere una clara distinción sensible entre hombres y mujeres para facilitar sus encuentros sexuales y la producción de descendencia. Por el contrario, sistemas con géneros más numerosos se encuadran en contextos donde la supervivencia de la especie se da por sentada: un contexto de clase social elevada.

No negamos que hay dos tipos de personas que «subvierten» el «género binario»: quienes lo hacen por motivos sociales y quienes lo hacen por motivos biológicos. En el primer caso se trata de una respuesta a la mencionada comodidad de una clase pudiente, mientras que en el segundo caso se debe a procesos hormonales ocurridos durante la gestación y la pubertad.

Pero pensamos que todo este tipo de grupos y de teorías solo pueden traer un «ejército» de jóvenes más preocupados de si peinarse de un modo u otro o de si vestirse de una forma u otra que de la lucha contra el capitalismo, que es el verdaderamente empoderado y el principal perpetuador del machismo. Lejos de vanagloriar actitudes de tal superficialidad como estas actitudes «queer», debemos hacer hincapié en lo que realmente importa: comprender el movimiento de la historia y ponerse a su servicio a todo coste.

Una juventud perpetrada de una conciencia socialista y de clase, preocupada de resolver los problemas cotidianos comunes a su pueblo, no estará preocupada de si hoy visto como hombre y mañana como mujer; hoy me siento hombre y otro día me siento mujer; la semana que viene no me identifico ni con el hombre ni con la mujer, etc.

Tenemos que respetar la sexualidad de las personas y teniendo siempre en cuenta el contexto social, pero sin confundir ese respeto con el apoyo a la degeneración que promueve la burguesía, porque esa degeneración solo produce ideas sin sentido que infectan y entorpecen el movimiento de los oprimidos, formado por gentes sencillas que necesitan ir a la raíz del capitalismo, uniendo a hombres y mujeres para construir la futura sociedad socialista». (Joseph Dz., Lev W., NG Ander y Jacques M.; Las tareas comunistas ante el movimiento de las mujeres y el día de la mujer trabajadora; Una reflexión marxista sobre el feminismo, 2019)

El problema lingüístico de estos colectivos acontece cuando se trata de presentar conceptos del pasado para el presente, otros, inexistentes en toda la historia, u otros, hipotéticos para el futuro y, a partir de ahí, se toma como algo verídico en el mundo actual. Un silogismo idealista tan barato como antiguo. 

La teoría queer y sus contradicciones con el feminismo hegemónico

«El libro de Holly Lewis además es un libro incómodo. Es incómodo para ciertos marxistas tradicionales y para ciertos sectores del socialismo y del comunismo, que no han sabido ver el potencial transformador del feminismo. (…) Dicho en términos más concretos: el sistema de producción capitalista influye y determina la organización de sexos y géneros, y a su vez las políticas feministas queer son productoras de cambios profundos y modifican las relaciones de producción». (Javier Saez; La política de todes. Feminismo, teoría queer y marxismo en la intersección, 2020)

El feminismo es reformista. Si no lo fuese, su foco estaría en la clase social y no en un producto parcial de la lucha de clases, secundarizando la contradicción principal. Lo queer y el feminismo –de la mano o separados– no son capaces de alterar el modo de producción. Simplemente. se plantean objetivos totalmente accesibles en las condiciones del capitalismo, del lucro. Cuando el capital escucha: ¡«Necesitamos mujeres empoderadas»! Solo pregunta, ¿pero sin abolir las clases y el sistema asalariado? Entonces, ¡«Adelante la lucha de las mujeres»! Cuando puede leer ensayos sobre «género no binario» o «género fluido» automáticamente sonríe y piensa en las infinitas posibilidades que esto le proporcionará en el mercado de la moda y el entretenimiento. Son todo teorías en lo político reformistas y en lo social estéticas. Y cuando un movimiento pretende conseguir la emancipación mediante la estética, mediante la compra de artículos que permitan representar esa suerte de individualidad específica, no se está atentando contra el capital. Más bien todo lo contrario.

¿Qué otra opción les queda? Fingir que pueden escapar del capital en un monte y «autogestionarse», aislarse del mercado. 

La teoría queer, como muchas de las ramas del feminismo, aunque sean incompatibles entre sí, en realidad pretende considerar que la idea de «heterosexualidad» como la idea de «mujer» son simplemente un «edificio construido socialmente», más concretamente por el heteropatriarcado, por lo que, según estos movimientos, no son conceptos que tengan una base histórica real. Lo cierto es que estos términos estaban reflejando precisamente la realidad social –fuese idónea o no, moralmente, para las personas actuales–, más allá de que algunos términos fuesen peyorativos o implicasen una afirmación positiva que implícitamente condenaba a otra parte. Afirmar lo contrario es cerrar los ojos. 

«Por otra parte, Simone de Beauvoir afirma en El segundo sexo que «no se nace mujer: llega una a serlo». Para Beauvoir, el género se «construye», pero en su planteamiento queda implícito un agente, un cogito, el cual en cierto modo adopta o se adueña de ese género y, en principio, podría aceptar algún otro. ¿Es el género tan variable y volitivo como plantea el estudio de Beauvoir? ¿Podría circunscribirse entonces la «construcción» a una forma de elección? Beauvoir sostiene rotundamente que una «llega a ser» mujer, pero siempre bajo la obligación cultural de hacerlo. Y es evidente que esa obligación no la crea el «sexo». En su estudio no hay nada que asegure que la «persona» que se convierte en mujer sea obligatoriamente del sexo femenino. Si «el cuerpo es una situación», como afirma, no se puede aludir a un cuerpo que no haya sido desde siempre interpretado mediante significados culturales; por tanto, el sexo podría no cumplir los requisitos de una facticidad anatómica prediscursiva. De hecho se demostrará que el sexo, por definición, siempre ha sido género. La polémica surgida respecto al significado de construcción parece desmoronarse con la polaridad filosófica convencional entre libre albedrío y determinismo. En consecuencia, es razonable suponer que una limitación lingüística común sobre el pensamiento crea y restringe los términos del debate. Dentro de esos términos, el «cuerpo» se manifiesta como un medio pasivo sobre el cual se circunscriben los significados culturales o como el instrumento mediante el cual una voluntad apropiadora e interpretativa establece un significado cultural para sí misma. En ambos casos, el cuerpo es un mero instrumento o medio con el cual se relaciona sólo externamente un conjunto de significados culturales. Pero el «cuerpo» es en sí una construcción, como lo son los múltiples «cuerpos» que conforman el campo de los sujetos con género. No puede afirmarse que los cuerpos posean una existencia significable antes de la marca de su género; entonces, ¿en qué medida comienza a existir el cuerpo en y mediante la(s) marca(s) del género? ¿Cómo reformular el cuerpo sin verlo como un medio o instrumento pasivo que espera la capacidad vivificadora de una voluntad rotundamente inmaterial?». (Judith Butler; El género en disputa, 1990)

En verdad, negar o menospreciar el factor biológico en los análisis sobre los seres sociales y su posterior desarrollo es un error evidente; esta visión haría imposible explicar por qué el ser humano ha llegado a ser lo que es en todos los campos sociales y no ha acabado siendo como sus hermanos primates. Paradójicamente, aceptar tal guion es aceptar la imposibilidad, precisamente, del conocimiento sociológico. No es un análisis materialista de la historia sino profundamente idealista.

Pero ni siquiera todas las ramas del movimiento LGTB llegan a ese punto, como se suele creer. Sus objeciones al marxismo van encaminadas por otro lado. Dentro de este movimiento LGTB está la ya mencionada teoría queer, que bebe del posmodernismo y el concepto de abandono de la búsqueda de la objetividad, en este caso negando todo tipo de identidades, sean cuales sean. Así, por ejemplo, se negarían la homosexualidad y heterosexualidad por ser categorías sociales «reguladoras» que constriñen al individuo en una falsa realidad. Según los autores de esta teoría, al no existir etiquetas posibles sobre lo que es en sí el sujeto por el cual se siente atracción, etiquetar las preferencias sexuales de un individuo también carecería de sentido. 

Por supuesto, esta teoría queer entra en conflicto incluso con el feminismo y parte del movimiento LGTB, ya que estaría rompiendo el discurso en que se centra cada uno: el concepto de mujer y el de «heteronormatividad». Pero, en efecto, el feminismo queer es la última consecuencia lógica del feminismo según el camino que ha tomado las últimas décadas adentrándose de lleno en el antiobjetivismo de corrientes como el posmodernismo:

«Una metanarrativa sobre los hombres, las mujeres y la sociedad, basada en un simple binarismo opresivo masculino/femenino. Tal binarismo era inaceptable para el posmodernismo aplicado que considera que cualquier «juego de lenguaje» de este tipo favorece una dinámica de dominación y subordinación. Como respuesta, las nuevas teóricas, recurrieron a la teoría queer para cuestionar las categorías de «mujeres» y «hombres» en sus fundamentos lingüísticos». (Helen Pluckrose y James Lindsay; Teorías cínicas. Cómo el activismo universitario hizo que todo se relacionara con la raza, el género y la identidad, y por qué esto nos perjudica a todos, 2020)

¿Se dan cuenta de la paradójica contradicción a la que ha llegado? El feminismo no tiene salida en lo filosófico para las ataduras que él mismo se ha creado; si mantiene el posmodernismo destruye su propio relato sobre los problemas reales y ficticios que ha construido sobre la mujer, y si se desliga de este, volverá a ser una corriente abiertamente liberal burguesa. Sea como fuere, en cualquiera de las dos opciones seguirá estando a años luz de un conocimiento científico y, sobre todo, de resolver los problemas específicos que puedan afectar a la mujer, seguirá siendo el pasatiempo favorito de las adolescentes y las intelectuales aburguesadas.

Los partidos que aceptan seguir la agenda marcada por las llamadas luchas identitarias o parciales, como hace Unidas Podemos, se disponen a ganar los votos de un colectivo determinado a costa de perder de otros, adentrándose en una guerra que saben de antemano que no podrán ganar, pues no pueden satisfacer a todos sus votantes de forma simultánea. La falta de unos principios serios y delimitados, de una explicación racional para los fenómenos sociales, hace que estas corrientes no se pongan de acuerdo en lo más mínimo, incluso traten de neutralizarse entre sí. Recientemente hemos visto las disputas entre feministas tradicionalistas y las feministas transexuales, entre las feministas abolicionistas de la prostitución y defensoras de la «libre elección», entre feministas partidarias de la maternidad subrogada y opositores, entre grupos antirracistas que desean permitir la asistencia a sus eventos solo a los afroamericanos y entre los que desean hacerlo extensible a otras razas o, incluso, a todas, entre animalistas y ecologistas, entre veganos y omnívoros, y así podríamos seguir hasta el día del juicio final. Pugnas estériles entre las corrientes burguesas. 

En donde seguro que no se puede apostar al rojo y al negro, al par y al impar, es en la lucha de clases. Pero estos grupos, reformistas por definición, demuestran esa misma postura ambivalente prometiendo estar con el trabajador, pero sin dejar de estar con el patrón –que bien puede ser también gay, negro o extranjero–. Las consecuencias de su falta de firmeza o del incumplimiento de sus promesas se hacen notar en la oscilación de los votos que reciben.

Cuando los pseudomarxistas defienden este tipo de corrientes lo hacen, conscientes o no, siguiendo la trampa filosófica del posmodernismo de Podemos y grupos similares. Del mismo modo que quienes atacan a la homosexualidad y a los trans sin distinción no hacen sino reproducir una ideología retrógrada más propia del cristianismo de Falange que del marxismo. 

El movimiento LGTB se ha caracterizado históricamente por reclamar el respeto y los derechos hacia las minorías sexuales, cuyas prácticas o gustos no eran los comunes en la sociedad de entonces. La mayoría de países desarrollados cuentan ya con todo tipo de cobertura legislativa y ayudas gubernamentales para sus asociaciones. De hecho, si antes eran colectivos invisibilizados, ahora, en muchos casos, tienen el apoyo del poder institucional. 

Atendiendo a cualquier índice social, España es un ejemplo de aceptación e inclusión. Esto no quita que, aún a día de hoy, se produzcan casos de discriminación laboral o agresiones a miembros del colectivo LGTB. Pero tipificar estos hechos como demostrativos de la homofobia o transfobia de toda una sociedad sería el equivalente a tachar a una ciudad, tras una serie de robos y asesinatos, de ser «sumamente peligrosa», pese a tener los índices de criminalidad más bajos del continente. 

Sobre la discriminación hacia el colectivo LGTB, Podemos comentaba:

«En la sociedad española actual, aunque las mujeres han accedido en gran medida al espacio público gracias a la incorporación al mercado laboral, las asimetrías continúan presentes. Los cuidados siguen recayendo en gran medida sobre las mujeres, y los hombres siguen contando con mejores condiciones en el mercado laboral –salarios, empleos indefinidos, jornada completa, etcétera–. Muchas veces, estas barreras vienen de la mano de sus propios compañeros varones, socializados para pensar que el espacio público les pertenece, que no acaban de ver con normalidad que las mujeres participen en igualdad de oportunidades en el mercado laboral. Con este protocolo, se pretende identificar esas actitudes para que todas las personas que forman parte de la organización adquieran conciencia de ellas y de lo que simbolizan, así como de sus consecuencias. En el caso de las violencias LGTBIfóbicas, su perpetuación va dirigida a excluir socialmente a aquellas personas que se encuentren fuera de la cisheteronormatividad». (Un Podemos contigo; Documentos de feminismo, 2020)

Los actos de violencia hacia el colectivo LGTB no se producen porque existan «personas que se encuentran dentro de la cisheteronormatividad». Es decir, las agresiones que sufre el colectivo son fruto de la animadversión que ciertos sectores de la sociedad tienen hacia los homosexuales, los trans, etc. Huelga decir que la razón de este rechazo parte de la condición del colectivo, es decir, que estas personas son agredidas por ser, por ejemplo, homosexuales. Esto, por consecuencia, no se produce porque la sociedad en general sea algo «distinto» de esa sección homófoba, sino porque existen individuos –partes, por tanto, no el todo– que reproducen patrones socioculturales que socialmente están superados –o al menos, cuya tendencia social es la de desaparecer–, pero que permanecen en determinados círculos cercanos donde ha podido desarrollarlos –familia, amigos, su entorno social en general, etc.–. Incluso se puede dar el caso en el que estas agresiones encuentren su origen en una experiencia personal negativa, incluso un trauma, hacia este colectivo. 

Si aceptásemos la premisa del documento de Podemos estaríamos dando por sentado que toda persona que no forme parte del colectivo LGTB es, por tal razón, de naturaleza LGTBfóbica o «potencialmente» LGTBfóbico. Es decir, aquí el movimiento feminista y LGTB toman el viejo dogma homófobo de que «todo ser extraño a mí es anormal, antinatural y busca mi perjuicio», pero a la contra; aquel clásico miedo a lo desconocido, tan humano como irracional, en este caso hacia quien esté fuera del rango LGTB.

Es bien cierto que, dentro de la historia del marxismo y sus organizaciones, podemos hallar casos de homofobia y transfobia fácilmente. Durante mucho tiempo se pudo hablar de que «de esos barros estos lodos», pero estas reticencias suelen estar superadas tanto entre los marxistas, como en casi toda la población. Lo sumamente triste es que los presuntos «abanderados del marxismo», la supuesta «vanguardia del proletariado», esté todavía en la retaguardia de la «masa de trabajadores» en este tipo de cuestiones.

Claro que aún podemos encontrar conatos claros de discriminación o desprecio hacia este colectivo entre miembros de la derecha tradicional y en los supuestos revolucionarios de la «izquierda», pero eso no demostraría nada de peso, a no ser que se pretenda teorizar utópicamente que fenómenos como la delincuencia, el racismo, el machismo o el desempleo, son cuestiones que se pueden erradicar por completo bajo el capitalismo, y que no tienen ninguna influencia en las organizaciones revolucionarias. Esto sería separar el partido comunista de la sociedad por una barrera artificial.

¿Qué queremos decir con esto? Que hay que huir de reduccionismos, y tomar las cosas como son, y actualmente no existe una opinión generalizada de rechazo hacia el colectivo LGTB por su condición sexual. Pese a esta evidencia palpable, Podemos intenta hacernos creer que:

«La LGTBIfobia internalizada hace alusión a aquellas actitudes sustentadas en la consideración de la cisheteronormatividad como regla social, con la consecuente invisibilización de aquellas personas que no se atienen a ella». (Un Podemos contigo; Documentos de feminismo, 2020)

Aunque Podemos no lo crea, a la mayoría de la sociedad, y sobre todo a las nuevas generaciones, le importa bien poco la orientación sexual o la identificación personal del sujeto que tiene enfrente. No es una «regla social» el juzgar a las personas por ello, como demuestran los estudios y encuestas:

«El 81% de los españoles estaría «totalmente cómodo» con tener un presidente/a del Gobierno gay, lesbiana o bisexual. Es el sexto país de la UE que así lo asegura. El primero es Países Bajos 93%–, Suecia –90%–, Reino Unido –86%– y seguidos de Luxemburgo e Irlanda –84%, ambos países con primeros ministros abiertamente gays: el liberal Xavier Bettel y el popular Leo Varadkar, respectivamente–. (...) España fue uno de los primeros países europeos en aprobar la ley de matrimonio homosexual –en 2005– y también es el cuarto país que más apoya las uniones del mismo sexo –un 86%–. (...) Un poco más abajo en el ránking se encuentra España cuando se pregunta a los ciudadanos sobre si le genera «comodidad», «incomodidad» o «indiferencia» ante las muestras de afecto entre personas del mismo sexo en público. Un 81% de los encuestados españoles aseguran que se siente «totalmente cómodo» –en la decimotercera posición–. Mientras que la media europea se sitúa en el 78%, los países que más apoyan esta opción son Suecia –91%–, Finlandia –88%–, Países Bajos –87%– y Bélgica –86%–. Los países que menos aceptan la afirmación son Lituania –62%– y Portugal –63%–. Los españoles también están entre los ciudadanos de la UE que más aceptan tener a compañeros de trabajo LGTBI. El 86% asegura estar «totalmente cómodo» con personas gays, bisexuales y lesbianas y un 81% si son transgénero. Sin embargo, el porcentaje es un poco más bajo al preguntar si un hijo o hija tuvieran una relación con una persona del mismo sexo: el 71% de los españoles asegura que lo aprobaría por completo, pero aun así supera en casi veinte puntos porcentuales a la media europea –55%–». (El País; El 81% de los españoles apoyaría un presidente del Gobierno LGTBI, 27 de septiembre de 2019)

¿Que se siguen dando casos de agresiones a parejas homosexuales por mostrar su afecto en público? Sí, y debe condenarse, pero sería como traer a debate si España es machista porque todavía hay gente que no acepta la incorporación de la mujer al mundo laboral. O como discutir si la mayoría de España es racista porque haya gente que considera a los inmigrantes como salvajes mientras ven en todo lo español el súmmum de la civilización. Hablemos con seriedad, por favor.

Hoy, parte del colectivo LGTB denuncia la llamada «heteronormatividad». Véase autores históricos como Michael Warner, o más actuales, como Irantzu Varela. Si en España tenemos en cuenta que el colectivo LGTB conforma alrededor del 7% de la población, siendo uno de los datos más altos de Europa, se entiende que es lógico que la «heteronormatividad» sea el canon cultural a seguir, al fin y al cabo, es la mayoría de la población. Esa «heteronormatividad» y su influencia no es otra cosa que la suma del número heterosexuales en la sociedad, siendo normal que acaben hegemonizando el peso económico, político y cultural, por mera cuestión de estadística y probabilidad. 

Una vez más, los datos no abalan el discurso de este tipo de colectivos. Para más inri, todos los indicadores demuestran que algunos elementos de la población LGTB cuentan con un nivel de vida económico superior a la media, lo que permitiría que, contra su número relativamente bajo, pudiesen influir decisivamente en la sociedad, como de hecho ocurre en algunos campos culturales tales como la moda, cine, televisión, música, etc. 

Las razones de este alto poder adquisitivo, sobre todo entre los gays –por supuesto que no en los transexuales–, es una mezcla de las características intrínsecas de la población LGTB –como la ausencia de hijos–, pero también fruto de la amplia gama de derechos y libertades de los que gozan en sus países de referencia. BBC Mundo reportaba:

«En Estados Unidos hay aproximadamente unos 15 millones de homosexuales adultos con un poder de compra de US$640.000 millones, comparado con la comunidad de latinoamericanos, que a pesar de ser unos 42 millones de adultos, su poder adquisitivo es de US$ 863.000 millones». (Gabriela Torres; El potencial del mercado gay, 2007)

Es decir, el mercado gay tiene más dinero para gastar.

«Hay familias sin hijos y familias con pocos hijos. Esto tiene implicaciones diferentes a la hora de decidir el gasto», comenta Jaume Urgell, quien subraya la importancia de que algunos servicios sean diseñados pensando en la comunidad homosexual». (Gabriela Torres; El potencial del mercado gay, 2007)

Habría que aclarar que la heterosexualidad, efectivamente, es lo regular en la naturaleza, mientras que la homosexualidad es la excepción, como se comprueba tanto en el mundo animal como en el humano. Esto no tiene nada de malo, así que pretender presentar todos estos datos como si esto atentase directamente contra los derechos o la forma de vida del colectivo LGTB carece de sentido. El énfasis debería estar en las capas de la sociedad que aún no respetan esas preferencias sexuales y esa forma de vida, así como en ayudar a conseguir tales derechos en los países donde siquiera se han dado los pasos más básicos. Aquí, como ocurre también con el feminismo, algunos representantes del colectivo LGTB tienden con facilidad a exagerar la situación de su colectivo, mientras poco o nada hacen por luchar por esos derechos y libertades en otros países que, objetivamente hablando, están en el Medievo. Esto es consecuencia de que el colectivo LGTB, como el feminista y tantos otros, se manifiestan como «transversales» e «internacionalistas» solo cuando la cuestión a tratar beneficia su causa principal. En caso de que no sea así, las causas les son ajenas.

La lucha entre el feminismo del PSOE y el feminismo de Podemos

También deberíamos incidir en que las posiciones respecto a la cuestión LGTB que sostienen los dos partidos que conforman el gobierno a día de hoy, son diametralmente opuestas. Por un lado, tenemos al PSOE, que se decanta por el feminismo radical; es decir, que considera que la mujer está oprimida por el simple hecho de serlo –obviando que su opresión viene determinada por su relación con los medios de producción, así como por la existencia de la propiedad privada–, que el hombre es «perverso por naturaleza» y, cómo no, que el género siempre se corresponde con el sexo. Así, partiendo de estos esencialismos, el PSOE sigue una línea absolutamente tránsfoba. 

«Como sabéis, existe una polémica creciente respecto a la utilización y la confusión, en ocasiones interesada, de algunos conceptos fundamentales en el feminismo, como son el sexo y el género. Hay teorías –concretamente la teoría queer– que van ganando terrero en el mundo académico y activista, y que niegan la existencia del sexo biológico, por lo que desdibujan y difuminan la realidad de las mujeres. Si se niega el sexo, se niega la desigualdad que se mide y se construye en base a este hecho biológico». (PSOE; Comunicado 699, 2020)

La opresión hacia la mujer se da por el rol histórico a la que ha quedado relegada, íntimamente vinculado a la existencia de la propiedad privada y sus consecuencias –un modelo social en el que la mujer queda relegada a la crianza, a las labores domésticas, donde se perpetúa su inferioridad versus el otro sexo en materia política, económica y cultural–. Esto es algo que las ricas y feministas ministras del PSOE nunca reconocerán. En aras de la brevedad, no nos volveremos a repetir en lo tocante a esta cuestión. 

Al relacionar la opresión de la mujer con su sexo biológico, el ideario del feminismo radical es incapaz de entender que género y sexo, pese a estar íntimamente vinculados –en tanto que el primero existe en consecuencia del segundo–, no son lo mismo. Para las feministas radicales, un individuo con aparato reproductor masculino siempre será un hombre. El feminismo radical es incapaz de entender esto no por desconocimiento o incapacidad, sino porque supondría echar abajo todo su andamiaje de patrañas. El feminismo radical es el desarrollo lógico del feminismo clásico. Al encontrar todo su fundamento teórico en que «la mujer está oprimida por su condición biológica», éste es capaz de encontrar opresión allí donde no la hay, es decir, entre las mujeres burguesas. El feminismo radical, no nos engañemos, es útil únicamente para la burguesa: para que ésta pueda explotar con la misma libertad que su homólogo masculino. 

Podemos y sus ideólogos del movimiento feminista intentan imponer unos esquemas sobre qué debe pensar la sociedad en lo tocante a estas cuestiones, afirmando que la heterosexualidad no es una «manera natural» de vivir la sexualidad. La expresidenta de la Federación Española de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB), nos comentaba que, en su opinión:

«La heterosexualidad, el régimen regulador por excelencia, no es la manera natural de vivir la sexualidad». (Beatriz Gimeno; Una aproximación política al lesbianismo, 14 de enero de 2013)

Gimeno es, además, la «Responsable en Igualdad» de Podemos en la Comunidad de Madrid y actual directora del Instituto de la Mujer del gobierno. Parece ser que, para ella, la heterosexualidad simplemente:

«Es una herramienta política y social con una función muy concreta que las feministas denunciaron hace décadas: subordinar las mujeres a los hombres; un régimen regulador de la sexualidad que tiene como finalidad contribuir a distribuir el poder de manera desigual entre mujeres y hombres construyendo así una categoría de opresores, los hombres, y una de oprimidas, las mujeres». (Beatriz Gimeno; Una aproximación política al lesbianismo, 14 de enero de 2013)

En una pretensión idealista, Gimeno contrapone a opresores –hombres heterosexuales– y oprimidos –mujeres homosexuales–. Tal estupidez no solo se desmontaría recordando que existen verdaderos explotadores –según el concepto económico marxista de extracción de plusvalía y no en el sentido feminista-místico que ella le da– de ambos sexos. Esta pensadora anodina ignora adrede que los homosexuales de ambos sexos también pueden ser y, en efecto, son perfectos «explotadores» capitalistas, tanto heterosexuales como homosexuales, del mismo modo que también reproducen patrones como el maltrato hacia sus parejas. El capitalismo no hace distinción en raza, edad, sexo u orientación sexual, estas discriminaciones las deja pulular entre la clase obrera para dividirla, no entre sus correligionarios burgueses, salvo excepciones, ya que sabemos que por lo general la patria del burgués es su bolsillo, y el único color que le importa es el de su billetera.

Más adelante dice:

«Si la heterosexualidad fuese natural, o siquiera beneficiosa para las mujeres, no necesitaría de los enormemente complejos mecanismos que se emplean para mantenerlas dentro de ella. El feminismo lucha con denuedo para limitar los daños que la heterosexualidad provoca en las mujeres, lucha por el derecho al aborto, pero no enseña a las mujeres que el mejor método anticonceptivo, el menos dañino para ellas, es no practicar el coito; combate para que ninguna mujer sea maltratada, para que no pierdan sus energías intelectuales y/o afectivas con los hombres, para que no dejen que sus parejas masculinas les roben su autoestima o su tiempo, pero no considera siquiera como una opción que muchas mujeres tendrían mucho que ganar si existiera una ecuación que pusiera en pie de igualdad homo y heterosexualidad o que incluso fomentara la no heterosexualidad. Se nos enseña como limitar los problemas de salud física y mental, económicos, políticos y personales, pero nada se nos dice de que estos problemas también podrían ser combatidos viviendo un estilo de vida lesbiano». (Beatriz Gimeno; Una aproximación política al lesbianismo, 14 de enero de 2013)

Esta ideológica fiel del posmodernismo y de Podemos piensa seriamente que «la sociedad heteropatriarcal» obliga por todos los medios a las mujeres a ser heterosexuales y elude ofrecer la alternativa de la homosexualidad femenina para mantener ese «status quo». En un tono claramente misándrico, se llega a la tesis draconiana de que cualquier mujer no puede mantener una relación sexual o emocional sana con un hombre.

¿Este es el modelo con el cual Podemos pretender ganarse al electorado masculino? ¿Así es como quieren que vean las mujeres a sus familiares, amigos y conocidos?

Este tipo de afirmaciones cada vez confirma más que el problema que tiene el feminismo no es ya su ignorancia hacia los temas que tratan, sino que, como también ocurre a personajes como Irantzu Valera, trasladan sus traumas personales con los hombres a las teorías políticas –con nefastos resultados, debemos añadir–. He aquí el clásico sofisma de la generalización sin fundamento real. 

La repugnante misándrica Irantzu Varela, periodista, escritora y candidata feminista para EH Bildu en 2015, decía:

«Yo creo que es importante la visibilización del lesbianismo. A mí la heterosexualidad me parece una forma de controlarnos. Yo creo que quieren que nos emparejemos ordenadamente, nos reproduzcamos como Dios manda y así seamos funcionales al capitalismo. Así que la heterosexualidad tal como se entiende en el sistema heteropatriarcal, está marcada por la violencia y por el poder ejercido por los hombres hacia las mujeres». (Irantzu Varela; ETB, 2017)

Para solucionar esa disonancia entre hombres y mujeres, Beatriz Gimeno llega a proponer lo siguiente:

«Me gustaría contribuir a problematizar la siguiente cuestión: dado el profundo simbolismo asociado al poder y a la masculinidad que tiene en la cultura patriarcal la penetración –a las mujeres–, ¿qué podría cambiar, que importancia cultural tendría una redistribución igualitaria de todas las prácticas, de todos los placeres, de todos los roles sexuales, incluida la penetración anal de mujeres a hombres?». (Beatriz Gimeno; Por el culo, políticas anales, 2011) 

Sin comentarios. Solo recordar que este ser demente actualmente trabaja bajo el ala de Irene Montero, en el llamado Instituto de la Mujer, por lo que percibe una prestación económica pública mientras desempeña este bochornoso trabajo de avivar la guerra entre sexos, todo esto para disfrute del capital, claro está, que se deleita contemplando las consecuencias de esta absurda deriva cultural. 

¿Qué contradicciones puede tener el movimiento marxista con el actual movimiento LGTB?

El único problema que el marxismo puede tener con el movimiento LGTB, organizado y no organizado, no gira entorno a la identidad ni a la orientación sexual de sus miembros, sino entorno a la falta de conciencia de clase entre sus miembros que pertenecen a la clase obrera. Creyéndose estar reafirmando su personalidad, caen con demasiada frecuencia en los peores vicios burgueses; es decir, se convierten en personas cuya mayor preocupación es tratar de ganar suficiente dinero para vestir de forma glamurosa y mantener un tren de vida lleno de desfases, aceptando dogmas provenientes del feminismo como que ser promiscuo es sinónimo de «empoderamiento». Ni qué hablar de que, en medio de todo esto, la atención hacia el estudio, formación y organización política brilla por su ausencia. Debido a esto, es normal que muchas veces prolifere el apoliticismo como una forma de enmascarar su hedonismo individualista. En otros casos, dada su nula preocupación ideológica, a muchos integrantes del colectivo no parece importarles dar apoyo a figuras e ideólogos conocidos por su carácter conservador –salvo en lo relativo a la cuestión LGTB–, puesto que «caen en simpatía». En el caso de las organizaciones LGTB, todo se reduce a reivindicaciones y actividades rutinarias y formales como comunicados, pancartas, charlas y manifestaciones, muchas veces ocasionales y, por supuesto, centradas exclusivamente en las demandas del colectivo LGTB. Pero por lo general, si por algo se caracterizan estos grupos, es por caer presos del primer demagogo de «izquierda» que les promete atención para su colectivo, en especial los reformistas. Es por ello que Podemos ha convertido los colectivos LGTB en su feudo, misma cosa que ocurre con el feminismo. Si alguno se pregunta por qué hoy el Día del Orgullo Gay se ha convertido en una fiesta mediática interclasista, donde prima la diversión, en vez de un día de lucha y reivindicación, debe mirar, al igual que ocurre con la banalización del Primero de Mayo, hacia los partidos ante los cuales se arrastra el movimiento LGTB o el movimiento obrero actual». (Equipo de Bitácora (M-L); Antología sobre Reconstrucción Comunista y su podredumbre oportunista, 2020)

1 comentario:

  1. En el texto que acabo de mandar hay un fallo, pongo Pablo Iglesias donde debería haber puesto podemos.

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«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»