jueves, 1 de julio de 2021

Mariátegui, el ídolo del «marxismo heterodoxo»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

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«Si es una majadería afirmar –como todavía hoy repiten los chovinistas– que el modelo colonial impuesto por la Corona de Castilla fue «cuidadoso con los indígenas» y «beneficioso para ellos», algo que produce carcajadas, ya que en parte para explotar a los indígenas locales se basaron en los viejos sistemas precolombinos como la mita; al mismo nivel de ignorancia está considerar el sistema inca como referente de «comunismo agrario» y la realización real de la «libertad». Habría que recordar que los incas sometieron a pueblos como los chancas, mochicas, chavines, nazcas y otros. ¿No indicaban tales injerencias un deseo de conquista y una competencia por los recursos propios de sociedades desarrolladas? ¿O eran las dotes altruistas de exportar el «comunismo agrario» las que impulsaron tales expansiones? Hablar de «comunismo» en el imperio inca sería como decir que las ciudades sumerias, el imperio egipcio o acadio eran sociedades «comunistas» por el grado de cooperativización social alcanzado para la construcción de edificios o el reparto de comida para los trabajadores. ¡¿Y la estratificación social, el enorme papel del clero, la aristocracia guerrera, la esclavitud, el patriarcado?! Misma necedad sería calificar a los señoríos de la Edad Media como «comunismo» porque bosques, molinos o prados fuesen colectivos para la comunidad de siervos que estaban atados a esa tierra, pasando por encima de la división del trabajo, la entregada obligatoria de parte de la cosecha al señor feudal, el derecho de pernada, etc. ¡Idílico «comunismo» de caballeros y siervos! ¿No resulta gracioso que Mariátegui realizaba lo contrario de los chovinistas españoles? En efecto, si estos últimos idealizan el colonialismo hispano, los nacionalistas e indigenistas en América idealizan las sociedades precolombinas buscando en ellas la piedra filosofal para sus políticas futuras. (...) ¿Es el «mito soreliano-mariateguista» quien empujará a las masas al combate? Increíble declaración hasta para el más fuerte idealista, ¿pero se imaginan cuál sería este «socialismo» que se construiría en Perú que desprecia el «alfabeto blanco» y los aportes de la «ciencia de los blancos» u otras razas que para Mariátegui son «decadentes», como los chinos e hindúes? Le daremos una pista: en el milagroso caso de que algún día esto ocurra tendremos un «socialismo» más cercano a un hippie o un amish que al de tipo marxista. Y esto no es una exageración, lo veremos más adelante cuando comprobemos su opinión sobre el significado histórico de las máquinas». (Equipo de Bitácora (M-L); Equipo de Bitácora (M-L); Mariátegui, el ídolo del «marxismo heterodoxo», 2021)

Preámbulo

El socialismo científico, póngasele la etiqueta que se quiera, requiere de objetividad, de la aplicación de un método de análisis despojado de sentimentalismo y sofismas. La construcción de una sociedad sin clases pasa por la crítica desgarrada de las experiencias pasadas, pasa, necesariamente, por el aprendizaje de los errores de los que fracasaron, por una distinción nítida de los principios ideológicos que abrazamos frente a los que rechazamos, razonando en todo momento su porqué. Y, desde luego, para conseguir esta ardua gesta, la sacralización del individuo, «mártir inmaculado» u «hombre infalible», constituye uno de los mayores obstáculos.  

No hace falta mencionar que quienes bajo el relativismo y el escepticismo afirman que el marxismo-leninismo –con la andadura que tiene a estas alturas– no tiene paradigma a seguir, que no puede diferenciarse que es o no es tal, qué tesis que está dentro de sus patrones o cuáles no, son unos charlatanes redomados. El pensamiento y actuar de este tipo de sujetos jamás será revolucionario, por la sencilla razón de que no estudian ni toman a esta doctrina bajo lineamientos constatables, en consecuencia, su sistematización de conocimientos siempre será arbitraria: creen estar por encima de las sentencias de la historia, de la realidad objetiva, que pueden coger lo que les guste de esta y aquella experiencia, de este y aquel personaje. 

Pues bien, esto mismo se observa en muchos de los apóstoles de José Carlos Mariátegui (1894-1930), quienes lo consideran y alaban como un «marxista creador y heterodoxo», cuando en realidad no están sino confesando que la teoría y práctica de este señor operaba bajo coordenadas muy alejadas de los cánones revolucionarios que se le presuponen; es más, si realmente fuesen hombres de ciencia habrían comprendido ya que, para que esta no se estanque, siempre debe de ser «creadora» ante los retos que enfrenta cada día, a cada hora, pero jamás en el sentido que le dan estos caballeros. Para cualquier corrección o derribo de los axiomas las hipótesis planteadas deben comprobarse, no basta con articular deseos e implementar voluntarismos de todo tipo, como acostumbran los oportunistas de ayer y hoy. De no cumplirse con estos requisitos básicos para tener un criterio riguroso de «estudio» y «actualización», la ideología que se portará será un dogma, entendiéndose este como un planteamiento y actuar indiscutible que se acepta exclusivamente por actos de fe. Por esta razón el revisionismo suele ser sinónimo de pragmatismo y eclecticismo, dado que se abandonan las razones científicas no existe límites para especular y decorar a gusto de uno la ideología que se sigue.   

«La forma en que se desarrollan las ciencias naturales, cuando piensan, es la hipótesis. Se observan nuevos hechos, que vienen a hacer imposible el tipo de explicación que hasta ahora se daba de los hechos pertenecientes al mismo grupo. A partir de este momento, se hace necesario recurrir a explicaciones de un nuevo tipo, al principio basadas solamente en un número limitado de hechos y observaciones. Hasta que el nuevo material de observación depura estas hipótesis, elimina unas y corrige otras y llega, por último, a establecerse la ley en toda su pureza. Aguardar a reunir el material para la ley de un modo puro, equivaldría a dejar en suspenso hasta entonces la investigación pensante, y por este camino jamás llegaría a manifestarse la ley. La abundancia de las hipótesis que se abren paso aquí y la sustitución de unas por otras sugieren fácilmente –cuando el naturalista no tiene una previa formación lógica y dialéctica– la idea de que no podemos llegar a conocer la esencia de las cosas –Haller y Goethe–. Pero esto no es peculiar y característico de las ciencias naturales, pues todo el conocimiento humano se desarrolla siguiendo una curva muy sinuosa y también en las disciplinas históricas, incluyendo la filosofía, vemos cómo las teorías se desplazan unas a otras, pero sin que de aquí se le ocurra a nadie concluir que la lógica formal sea un disparate. (...) Sólo podemos llegar a conocer bajo las condiciones de la época en que vivimos y dentro de los ámbitos de estas condiciones». (Friedrich Engels; Dialéctica de la naturaleza, 1883)

Precisamente esta limitación del conocimiento que se presenta en ciertos momentos históricos, en distintas regiones humanas, y cómo no, en diferentes individuos y organizaciones, no debe servir de excusa para exculpar u ocultar las carencias del objeto de estudio, por el contrario, solo nos interesa examinar si existían justificaciones plausibles para cometer tales equivocaciones, o, si pese a tener la información y los medios disponibles, el fallo fue más consciente que condicionado.

Por ejemplo, en España, los «reconstitucionalistas» se empeñan en afirmar que «han superado todos los vicios de las experiencias pasadas». Pareciera que se «elevan por encima de todo lo que existe», que se «disocian de todo aquello que les ha precedido», considerando, inclusive, al marxismo-leninismo como una etapa infantil en el periplo humano hacia su emancipación, «caduca» para nuestro momento histórico. Este pretendido «criticismo» del pasado y su «superación» es, en realidad, puramente formal. Su análisis de los movimientos y personajes pretéritos, tan recargada de fórmulas gramaticales complejas como escasa de contenido, es el instrumento que utilizan para reincidir fanáticamente en las desviaciones de siempre sin necesidad de rendir cuentas de las mismas. Su pretensión de abandonar «lo muerto» en el marxismo no es sino una excusa para dar rienda suelta a un eclecticismo atroz –con una marcada pulsión maoísta, eso sí– al amparo de su famosa «lucha de dos líneas» y las «cien escuelas de pensamiento». Véase la obra: «Sobre la nueva corriente maoísta de moda: los «reconstitucionalistas» de 2017.

Uno de los frutos de esta «nueva línea» es la restitución y posterior canonización del mencionado Mariátegui. ¡Qué novedoso! A nuestro entender, el hilo que conduce a la rehabilitación del pensador peruano empieza por la adoración que los «reconstitucionalistas» profesan al jefe de Sendero Luminoso, el llamado «Presidente Gonzalo», quien a su vez siempre fue un gran admirador de Mariátegui: 

«PRESIDENTE GONZALO: En síntesis, Mariátegui era marxista-leninista; más aún, en él, en Mariátegui, en el fundador del Partido, encontramos tesis similares a las que el Presidente Mao ha establecido a nivel universal. En consecuencia, para mí concretamente, Mariátegui sería hoy marxista-leninista-maoísta; y esto no es especulación, es simplemente producto de la compresión de la vida y obra de José Carlos Mariátegui». (Abimael Guzman; Entrevista al Presidente Gonzalo, 1988)

Sin que sirva de precedente, estamos de acuerdo con este excéntrico individuo: si Mariátegui hubiera tenido la oportunidad de vivir más, habría acabado abrazando el maoísmo. Pero volviendo a lo decisivo aquí: los artículos de estos vergonzosos neomaoístas se reducen a rendir pleitesía al «ídolo de su ídolo». En «La Forja», órgano de expresión «reconstitucionalista» durante los años 90, apreciamos formalismos como el que sigue:

«El Partido Comunista del Perú define tres etapas en el desarrollo del Partido (5). La primera fue la de la constitución del Partido en 1928, bajo la dirección de J. C. Mariátegui, cuando se sientan las bases ideológicas, orgánicas y programáticas. (...) ¡Su ideología era el Marxismo-Leninismo, asumiendo el leninismo como etapa superior y actual del marxismo!». (La Forja; Nº5, 1995)

También realizaban instigaciones a que «retomásemos el camino» de este ser, a la par que, «sobre todo», se instaba a servirnos del «maoísmo» como rector teórico fundamental:

«El pensamiento gonzalo se ha forjado a lo largo de años de intensa, tenaz e incesante lucha de enarbolar, defender y aplicar el marxismo-leninismo-maoísmo, de retomar el camino de Mariátegui y desarrollarlo, de reconstitución del Partido y, principalmente de iniciar, mantener y desarrollar la guerra popular en el Perú sirviendo a la revolución mundial y que el marxismo-leninismo-maoísmo, principalmente maoísmo, sea en la teoría y en la práctica su único mando y guía». (Partido Comunista Revolucionario (Estado Español); La Forja, Nº5, 1995)

Sus vástagos tampoco dudan en exculpar a Mariátegui en evaluaciones como las que realizó sobre el feminismo:

«Mariátegui, seguramente el único marxista de cierta importancia que habló en alguna ocasión de feminismo proletario, usó esta fórmula probablemente influido por el clima estadounidense, país que visitó antes de haber asentado su marxismo». (Comité por la Reconstitución; Línea Proletaria, Nº5, 2020)

En efecto, en su obra «Las reivindicaciones feministas» (1924) Mariátegui nos hablaba de «feminismo proletario», confundiendo feminismo y marxismo, cuando la mayoría de los marxistas de su tiempo hubieran considerado esto una completa aberración, ¿pero nos puede sorprender? Francamente no, dado que él tampoco fue capaz de distinguir marxismo de populismo, marxismo de nacionalismo, marxismo de etnicismo, y un infinito etcétera. En Mariátegui encontraremos retazos de irracionalismo, misticismo, vitalismo y otros «ismos» filosóficos que no son precisamente características de Marx y Engels y sus alumnos. ¡Pero todo esto es lo que nuestros «reconstitucionalistas» no logran comprender tras décadas de «balance crítico»!

¿Pero acaso no ha habido críticos o al menos autores que pongan en tela de juicio esta mitificación del «Amauta»? Claro, por ejemplo, su compatriota, José Sotomayor Pérez, dedicó un gran trabajo a demostrar todas las contradicciones vitales de Mariátegui, esforzándose por mostrar su incompatibilidad absoluta con el marxismo, pero, aun así, no dejaba de concluir cosas absurdas como que:

«A la luz de un estudio ajeno a toda forma de subjetivismo, debe admitirse que Mariátegui fue un marxista no ortodoxo que utilizó la doctrina de Marx libremente. (...) Como toda gran personalidad en la historia el «vio más lejos y quiso con más fuerza que los demás». (José Sotomayor Pérez; Mariátegui y el marxismo, 2009)

¿Y qué es ese eufemismo de un «marxismo no ortodoxo»? Pues la clásica forma de no llamar a las cosas por su nombre: no marxismo, pseudomarxismo, antimarxismo o se quiera. ¿Hacia dónde apuntaba ese «ver más lejos»? Hacia un precipicio de interrogantes angustiosos propios del escepticismo respecto a la ciencia, o hacia un actuar vitalista y fanático, propios del irracionalismo más primitivo.

Ahora, sin más dilaciones entremos a desgranar este pensamiento revisionista que aún tiene gran resonancia, sobre todo en Latinoamérica, donde se considera a Mariátegui como «uno de los mejores analistas sociales del continente». 

Notas 

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[2] Todos los documentos en PDF editados por el Equipo de Bitácora (M-L) en el apartado BIBLIOTECA.

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