«¿Y quiénes eligen el Parlamento? ¿Quiénes lo forman? La elección, ya sea por medio de un sistema restrictivo, ya por otro más amplio o por el sufragio universal, la verifican siempre los privilegiados. Como la libertad política, única que hoy cabe tener, no lleva aparejada la libertad económica, el obrero, libre politicamente para votar a quien le parezca, no lo es por la esclavitud que le impone el taller o la fábrica. La prueba de que aun con el sufragio universal las elecciones son hechas por los burgueses nos la suministran los países en que impera este sistema de elección tales como el nuestro, Francia, Suiza, Alemania y los Estados Unidos. Nosotros defendemos el sufragio universal por ser un excelente medio de agitación y propaganda para nuestras ideas; pero le negamos la virtud de poder por sí mismo emancipar a la clase proletaria. (...) Los trabajadores no deben olvidar nunca que su acción revolucionaria tiene por fin supremo arrebatar a la clase capitalista, con los instrumentos de trabajo, su propia existencia. Así como para que un hombre no sea esclavo de otro es de otro punto necesario transformar los medios de producción en propiedad común, en propiedad de todos, al revés precisamente de lo que acontece hoy, que son propiedad de algunos individuos o colectividades, así también para efectuar esa transformación, para obligar a la clase capitalista a que devuelva a la sociedad los instrumentos de trabajo que detenta, es imprescindible que la clase trabajadora, que todos los proletarios perfectamente organizados y dispuestos a liberarse del yugo que por tanto y tanto tiempo han venido sufriendo, se apoderen del poder político; esto es, lo arranquen de las manos de la burguesía y se hagan dueños de él. (...) La clase burguesa, por debilitada que se encuentre cuando el proletariado se halle en situación de abrir las puertas de la vida al nuevo organismo social, no renunciará de buen grado, no se desposeerá voluntariamente de sus preeminencias y monopolios. Sólo ante la fuerza se someterá, y sólo obligada por ella restituirá a los despojados lo que a éstos pertenece por todos conceptos. Es cierto que aspiramos a llevar representantes de nuestras ideas al municipio, a la diputación y al parlamento, pero jamás hemos creído, ni creemos que desde allí pueda destruirse el orden burgués y establecer el orden social que nosotros defendemos. ¿Cómo habíamos de caer en tal error, si precisamente el parlamentarismo es la institución por la cual la burguesía ha asegurado mejor su poderío y obtiene de los gobernantes lo que más conviene a sus intereses? No; no incurriremos en la candidez de creer que nuestras ideas puedan tener mayoría en los Parlamentos, en las Diputaciones ni en los Municipios; por el contrario, entendemos que será relativamente fácil hacer franquear las puertas de esos baluartes burgueses a algunos representantes de nuestras ideas, y al conseguirlo, no esperamos de sus esfuerzos ni de sus trabajos que hagan cambiar el rumbo de la nave burguesa, es decir, paralizar la explotación que ésta ejerce sobre la clase obrera. Si nosotros queremos que vayan a aquellos sitios diputados o concejales socialistas es porque allí, merced a sus proposiciones o sus proyectos de ley, además de poder arrancar alguna mejora para los trabajadores, hará que se manifieste el antagonismo de clase; que los Gobiernos burgueses se revelen tal cual son, guardadores y nada más que guardadores de los intereses capitalistas; que los distintos partidos de la burguesía, monárquicos y republicanos, no obstante sus diferencias políticas, se muestran unidos en contra de las reclamaciones obreras; que se vea, en fin, que mientras se hacen en tres días o una semana leyes provechosas a los intereses de la clase expoliadora, no se elabora ninguna o se elabora de mala gana e incompleta, al cabo de muchos años, alguna favorable a los proletarios. Queremos, sobre todo, enviar representantes socialistas al Parlamento, las Diputaciones y el Municipio para que se valgan de esas tribunas y agiten desde ellas, convirtiéndolas en foco de propaganda de nuestra doctrina, a la inmensa masa desheredada, con lo cual, si no conseguimos que el Parlamento burgués, obrando contra sus intereses, acepte nuestras ideas, lograremos que la clase trabajadora adquiera conciencia de sus intereses. Al mostrarnos, pues, partidarios de que vayan representantes socialistas al Parlamento o a los cuerpos administrativos, no entra en nuestros cálculos sacar de ellos la transformación de los instrumentos de trabajo en propiedad común; lo que intentamos con eso es contribuir desde allí a la formación del Ejército Revolucionario. (...) Y formado que sea ese ejército, preparadas que se hallen las huestes obreras, cualquier conflicto de los que necesariamente ha de producir el orden burgués: una guerra, una crisis económica, puede ponernos, en el caso de intentar la conquista del poder político, conquista que según se desprende de lo dicho al principio de estas líneas, solo podrá alcanzarse revolucionariamente, y nada más que revolucionariamente. Por tanto, el Partido Socialista Obrero no ha entendido ni entiende que el ir al Parlamento sea para conquistar el Poder político ni que esta conquista pueda ser pacífica». (Pablo Iglesías Posse; El programa socialista, 1886)
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miércoles, 17 de julio de 2019
viernes, 29 de marzo de 2019
Los falsos revolucionarios
«Cual si pretendieran algo más que verificar un simple cambio político, como si su
programa no estuviese reducido solamente a sustituir una forma de gobierno por otra, sin tocar
un ápice al fondo, a la estructura económica de la sociedad burguesa, los partidos republicanos,
excepción hecha del posibilista, danse el título de revolucionarios y hablan constantemente de ir a
la revolución. Como en realidad los que se proponen efectuar ésta, los que pueden y deben
llamarse revolucionarios, son aquellos que quieren llegar a lo hondo, cambiar la organización
social presente, matar los privilegios y monopolios que permiten a unos hombres ser dueños de la
fortuna y la vida de los demás, y establecer un orden de cosas que tenga por base la solidaridad
entre los seres humanos, conviene hagamos notar en qué se distinguen los verdaderos
revolucionarios de los que lo son únicamente de nombre.
Son falsos revolucionarios los que, mediante un hecho de fuerza en que el pueblo
trabajador no toma parte, tratar de derribar un trono y poner en su lugar un presidente que
mantenga igual que aquél los intereses de la clase explotadora.
Son falsos revolucionarios los que desean barrer la monarquía, acabar con reyes que ciñen
corona, y dejar subsistir, sin embargo, el régimen burgués y los reyes de taller, mucho peores que
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aquéllos.
Son falsos revolucionarios los que, reconociendo que la existencia de la Iglesia
católica es un obstáculo al progreso del pueblo, y ensalzando a todas horas el librepensamiento, y
hasta el ateísmo, se contentan con pedir que se suprima del presupuesto la cantidad que
anualmente se entrega a aquélla, en lugar de reclamar que cuanto la misma posee, cuanto ha
acaparado, explotando conciencias y valiéndose del engaño, se arranque de su poder y se restituya
a la sociedad.
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