«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

domingo, 1 de noviembre de 2015

El frente único de la clase obrera contra el fascismo; Georgi Dimitrov, 1935


«¡Camaradas! Millones de obreros y trabajadores de los países capitalistas se preguntan: ¿cómo puede impedirse que el fascismo llegue al poder y cómo derrocarlo, allí donde ya ha triunfado? La Komintern contesta: lo primero, que hay que hacer, es crear el frente único, establecer la unidad de los obreros en cada empresa, en cada barrio, en cada región, en cada país, en el mundo entero. La unidad de acción del proletariado en el plano nacional e internacional, he aquí el arma poderosa que capacita a la clase obrera no sólo para una defensa, sino también para una contraofensiva victoriosa contra el fascismo, contra el enemigo de clase.


Significado del frente único


¿No es evidente que las acciones conjuntas de los afiliados a los partidos y organizaciones de las dos Internacionales –la II Internacional y la Komintern– permitirían a las masas rechazar el empuje fascista y elevarían el peso político de la clase obrera?

Pero las acciones conjuntas de los partidos de ambas Internacionales contra el fascismo no se limitarían a ejercer una influencia sobre sus afiliados actuales, sobre los comunistas y los socialdemócratas, ejercerían también una influencia poderosa en las filas de los obreros católicos, anarquistas y no organizados, incluso sobre aquellos que momentáneamente son víctimas de la demagogia fascista.

Más aún, el potente frente único del proletariado ejercería una enorme influencia sobre todas las demás capas del pueblo trabajador: sobre los campesinos, sobre la pequeña burguesía urbana, sobre los intelectuales. El frente único infundiría a los sectores vacilantes fe en la fuerza de la clase obrera.

Pero tampoco esto es todo. El proletariado de los países imperialistas tiene sus aliados potenciales no sólo en los trabajadores del propio país, sino también en las naciones oprimidas de las colonias y semicolonias. El hecho de que el proletariado se halle escindido sobre un plano nacional e internacional y de que una parte de él apoye la política de colaboración con la burguesía y, sobre todo, su régimen de opresión en las colonias y semicolonias, aparta a los pueblos oprimidos de las colonias y semicolonias de la clase obrera y debilita el frente antiimperialista mundial. Cada paso que dé el proletariado de las metrópolis imperialistas por la senda de la unidad de acción, encaminado a apoyar la lucha de liberación de los pueblos coloniales, equivale a convertir las colonias y semicolonias en una de las reservas principales del proletariado.

Finalmente, si tenemos en cuenta que la unidad de acción internacional del proletariado se apoya en la fuerza, sin cesar creciente, del Estado proletario, del país del socialismo, de la Unión Soviética, vemos qué vastas perspectivas abre la realización de la unidad de acción del proletariado sobre el plano nacional e internacional.

La implantación de la unidad de acción de todos los sectores de la clase obrera, cualquiera que sea el partido u organización a que pertenezcan, es necesaria aun antes de que la mayoría de la clase obrera se unifique para luchar por el derrocamiento del capitalismo y por el triunfo de la revolución proletaria.

¿Es posible realizar esta unidad de acción del proletariado en los distintos países y el mundo entero? Sí, es posible, y lo es inmediatamente. La Komintern no pone para la unidad de acción ninguna clase de condiciones, con excepción de una elemental, aceptable para todos los obreros, a saber: que la unidad de acción vaya encaminada contra el fascismo, contra la ofensiva del capital, contra la amenaza de guerra, contra el enemigo de clase. He ahí nuestra condición.


Sobre los principales argumentos de los adversarios del frente único


¿Qué pueden objetar y qué objetan los adversarios del frente único?

Dicen unos: «para los comunistas, la consigna del frente único no es más que una maniobra». Pero, aunque fuese una maniobra, contestamos nosotros: ¿por qué no desenmascaráis esta «maniobra comunista», participando honradamente en el frente único? Lo decimos francamente: queremos la unidad de acción de la clase obrera para que el proletariado se fortalezca en su lucha contra la burguesía, para que, defendiendo hoy sus intereses cotidianos contra los ataques del capital, contra el fascismo, esté mañana en condiciones de crear las premisas para su definitiva emancipación.

«Los comunistas nos atacan», dicen otros. Pues escuchad. Ya hemos declarado repetidas veces que no atacaremos a nadie: personas, organizaciones, ni partidos, que aboguen por el frente único de la clase obrera contra el enemigo de clase. Pero, al mismo tiempo, en interés del proletariado y de su causa, tenemos el deber de criticar a las personas, organizaciones y partidos que entorpecen la unidad de acción de los obreros.

«No podemos formar el frente único con los comunistas porque su programa es distinto», dicen los de más allá. Pero vosotros afirmáis también que vuestro programa difiere del de los partidos burgueses y esto no os ha impedido, ni os impide sellar coaliciones con estos partidos.

«Los partidos democrático-burgueses son mejores aliados contra el fascismo que los comunistas», dicen los adversarios del frente único y defensores de la coalición con la burguesía. Pero ¿qué nos enseña la experiencia de Alemania? Aquí los socialdemócratas formaron un bloque con estos «mejores» aliados. Y ¿cuáles fueron los resultados?

«Si establecemos el frente único con los comunistas, los pequeños burgueses se asustarían del «peligro rojo» y se pasarían a los fascistas», oímos decir a menudo. ¿Acaso el frente único amenaza a los campesinos, a los pequeños comerciantes, a los artesanos, a los trabajadores intelectuales? No. El frente único amenaza a la gran burguesía, a los magnates financieros, a los terratenientes y demás explotadores, cuyo régimen acarrea la ruina completa de todos aquellos sectores.

«La socialdemocracia es partidaria de la democracia y los comunistas, de la dictadura, por esto no podemos establecer el frente único con los comunistas», dicen una serie de jefes socialdemócratas. Pero ¿es que nosotros os proponemos ahora un frente único para proclamar la dictadura del proletariado? Por el momento, no os proponemos semejante cosa.

«Que los comunistas reconozcan la democracia y actúen en defensa de ella y entonces estaremos dispuestos a participar en el frente único». A éstos les contestamos: nosotros somos partidarios de la democracia soviética, la democracia de los trabajadores, la democracia más consecuente del mundo. Pero defendemos y seguiremos defendiendo en los países capitalistas, palmo a palmo, las libertades democrático-burguesas, contra las cuales atentan el fascismo y la reacción burguesa, pues así lo exigen los intereses de la lucha de clases del proletariado.

«Pero es que los pequeños partidos comunistas no aportarían nada con su participación en el frente único que realice el partido laborista», dicen, por ejemplo, los jefes laboristas de Inglaterra. Sin embargo, acordaos de que lo mismo afirmaban los jefes socialdemócratas austriacos respecto al pequeño Partido Comunista de Austria. Y ¿qué han demostrado los acontecimientos? No era la socialdemocracia austriaca con Otto Bauer y Karl Renner a la cabeza, quien tenía razón, sino el pequeño Partido Comunista Austriaco, que señaló oportunamente el peligro fascista en Austria y llamó a los obreros a luchar contra él. Y toda la experiencia del movimiento obrero enseña que los comunistas, aunque numéricamente sean pocos, son el motor de la actividad combativa del proletariado. Además, no debe olvidarse que los partidos comunistas de Austria o de Inglaterra no son solamente las decenas de miles de obreros afiliados a estos partidos, sino partes del movimiento comunista mundial, secciones de la Komintern, cuyo partido dirigente es el partido de un proletariado, que ha triunfado ya y que gobierna en una sexta parte del planeta. «Pero el frente único no impidió la victoria del fascismo en el Sarre», objetan los adversarios del frente único. ¡Curiosa lógica la de estos señores! Primero, hacen todo lo que está de su parte para asegurar la victoria del fascismo, y después, se alegran malignamente de que el frente único, al que se han dejado arrastrar en los últimos momentos, no haya conducido al triunfo de los obreros.

«Si formamos el frente único con los comunistas, tendríamos que salir de los gobiernos de coalición y entrarían a gobernar los partidos reaccionarios fascistas», dicen los jefes socialdemócratas, que están en los gobiernos de los distintos países. Muy bien, ¿acaso no participó la socialdemocracia alemana en un gobierno de coalición? ¡Sí, participó! ¿No formó parte del gobierno la socialdemocracia austriaca? ¡También formó parte! ¿No estuvieron los socialistas españoles en un gobierno coaligados con la burguesía? ¡Sí, lo estuvieron! Y ¿acaso la participación de la socialdemocracia en los gobiernos burgueses de coalición ha impedido en estos países el asalto del fascismo contra el proletariado? No, no lo impidió. Es, por lo tanto, claro como la luz del día que la participación de ministros socialdemócratas en los gobiernos burgueses no constituye una barrera contra el fascismo.

«Los comunistas obran dictatorialmente, quieren imponerlo y dictarlo todo», dicen ellos. No, nosotros no imponemos, ni dictamos nada. Nos limitamos a formular nuestras proposiciones, cuya realización estamos convencidos de que responde a los intereses del pueblo trabajador. Y esto no es sólo un derecho, sino un deber de cuantos actúan en nombre de los obreros. ¿Tenéis miedo a la «dictadura» de los comunistas? Pues presentemos conjuntamente a los obreros todas las proposiciones, las vuestras y las nuestras, discutámoslas conjuntamente, con todos los obreros, y elijamos aquellas que sean más ventajosas para la causa de la clase obrera.

Como se ve, esos argumentos contra el frente único no resisten la más leve crítica. Son, más que otra cosa, tergiversaciones de los jefes reaccionarios de la socialdemocracia que prefieren su frente único con la burguesía, al frente único del proletariado.

¡No, estas tergiversaciones no prevalecerán! El proletariado internacional ha pagado demasiado caras las consecuencias de la escisión del movimiento obrero y está cada vez más convencido de que el frente único, la unidad de acción del proletariado, tanto sobre el plano nacional, como en el plano internacional, son necesarios y perfectamente posibles (Aplausos).


Contenido y forma del frente único


¿Cuál es y cuál debe ser el contenido principal del frente único en la etapa actual?

La defensa de los intereses económicos y políticos inmediatos de la clase obrera, y su defensa contra el fascismo ha de ser el punto de partida y el contenido principal del frente único en todos los países capitalistas.

No debemos limitarnos a lanzar meros llamamientos a la lucha por la dictadura proletaria, sino que tenemos que encontrar y preconizar las consignas y formas de lucha, que se desprenden de las necesidades vitales de las masas, del nivel de su capacidad de lucha en cada etapa de desarrollo.

Debemos indicar a las masas lo que han de hacer hoy para defenderse de la expoliación capitalista y de la barbarie fascista.

Debemos conseguir que se establezca el frente único más amplio por medio de acciones conjuntas de las organizaciones obreras de las distintas tendencias para defender los intereses vitales de las masas trabajadores.

Esto significa, en primer lugar, la lucha conjunta por descargar de un modo efectivo las consecuencias de la crisis sobre las espaldas de las clases dominantes, sobre las espaldas de los capitalistas, de los terratenientes, en una palabra, sobre las espaldas de los ricos.

Significa, en segundo lugar, la lucha conjunta contra todas las formas de la ofensiva fascista, por la defensa de las conquistas y derechos de los trabajadores, contra la liquidación de las libertades democrático-burguesas.

Significa, en tercer lugar, la lucha conjunta contra el peligro cada vez más inminente de la guerra imperialista, lucha que dificultaría la preparación de esta guerra.

Debemos preparar sin descanso a la clase obrera para los cambios rápidos de formas de lucha, al variar las circunstancias. A medida que crezca el movimiento y se fortalezca la unidad de la clase obrera, tendremos que ir más lejos y preparar el paso de la defensiva a la ofensiva contra el capital, poniendo proa a la organización de la huelga política de masas. Condición obligada de una huelga semejante es que los sindicatos fundamentales de cada país sean enrolados en ella.

Naturalmente, los comunistas no pueden, ni deben renunciar, ni por un solo minuto, a su labor propia e independiente de educación comunista, de organización y movilización de las masas. Sin embargo, para asegurar a los obreros el camino hacia la unidad de acción, hay que conseguir sellar al mismo tiempo acuerdos a corto y a largo plazo sobre acciones comunes con los partidos socialdemócratas, los sindicatos reformistas y las demás organizaciones de los trabajadores contra los enemigos de clase del proletariado. En estos pactos, la atención principal debe encaminarse a desencadenar acciones de masas en los distintos lugares, que deberían ser llevadas a cabo por las organizaciones de base mediante acuerdos locales.

A la par que cumplimos lealmente las condiciones de todos los acuerdos pactados con ellos, desenmascararemos implacablemente cualquier sabotaje, cometido contra las acciones conjuntas por personas u organizaciones, que tomen parte en el frente único. A cuantos intentos se hagan por frustrar los acuerdos pactados, y estos intentos posiblemente se harán, contestaremos apelando a las masas y continuando infatigablemente la lucha por restablecer la unidad de acción violada.

Huelga decir que la realización concreta del frente único en los distintos países se efectuará de diversos modos y revestirá formas, según el estado y el carácter de las organizaciones obreras, su nivel político, la situación concreta del país de que se trata, según los cambios operados en el movimiento obrero internacional, etc.

Estas formas pueden ser, por ejemplo: acciones conjuntas de los obreros coordinadas para casos determinados y por motivos concretos, por reivindicaciones aisladas o también sobre la base de una plataforma general, acciones coordinadas en determinadas empresas o ramas industriales; acciones coordinadas sobre un plano local, regional, nacional o internacional; acciones coordinadas para la organización de luchas económicas de los obreros, para la realización de acciones políticas de masas, para la organización de la autodefensa común contra los asaltos fascistas; acciones coordinadas para ayudar a los presos y sus familias, en el terreno de la lucha contra la reacción social; acciones conjuntas para la defensa de los intereses de la juventud y de las mujeres, en la esfera de las cooperativas, de la cultura, de los deportes, etc.

Sin embargo, sería insuficiente darse por contentos con sellar un pacto sobre acciones conjuntas y con crear comités de enlace de los partidos y las organizaciones enroladas en el frente único, que es, por ejemplo, lo que sucede en Francia. Esto no es más que el primer paso. Los pactos son medios auxiliares para la realización de acciones conjuntas, pero no son todavía, de por sí, el frente único. Los comités de enlace entre las direcciones de los partidos comunistas y socialistas son necesarios para facilitar la realización de acciones conjuntas, pero están muy lejos de bastar por sí solos, para el despliegue efectivo del frente único, para conducir a las extensas masas a la lucha contra el fascismo.

Los comunistas y todos los obreros revolucionarios deben esforzarse por crear órganos de clase del frente único al margen de los partidos elegidos –en los países de dictadura fascista, escogidos entre las personas más prestigiosas en el movimiento de frente único– en las empresas, entre los desocupados, en los barrios obreros, entre la gente modesta de la ciudad y del campo. Sólo estos órganos pueden abarcar mediante el movimiento de frente único hasta las enormes masas no organizadas de los trabajadores, pueden contribuir a desarrollar la iniciativa de las masas en la lucha contra la ofensiva del capital, contra el fascismo y la reacción, a crear sobre esta base el extenso cuerpo de activistas obreros del frente único, que es indispensable, y a formar en los países capitalistas cientos y miles de bolcheviques sin partido.

Las acciones conjuntas de los obreros organizados son el comienzo, son la base. Pero no podemos perder de vista que la aplastante mayoría de los obreros, la constituyen las masas no organizadas. Así, en Francia, el total de obreros organizados, comunistas, socialistas y afiliados a los sindicatos de distintas tendencias, es en total aproximadamente de un millón y el censo total de obreros asciende a once millones. En Inglaterra, pertenecen a los sindicatos y a los partidos de todas las tendencias, unos cinco millones; pero el censo total de obreros es de catorce millones. En los Estados Unidos, hay aproximadamente cinco millones de obreros organizados, pero el censo total de los obreros en los Estados Unidos es de treinta y ocho millones. Y la misma relación existe más o menos en otra serie de países. En tiempos «normales», esta masa permanece substancialmente al margen de la vida política. Pero en la actualidad, esta masa gigantesca se pone cada vez más en movimiento, se incorpora a la vida política, sale a la palestra política.

La creación de órganos de clase al margen de los partidos es la mejor forma para realizar, ampliar y fortalecer el frente único en la misma base de las más amplias masas. Estos órganos serán también el mejor baluarte contra todas las tentativas de los adversarios del frente único para romper la unidad de acción lograda por la clase obrera.


Sobre el frente popular antifascista


En la movilización de las masas trabajadoras para la lucha contra el fascismo, tenemos como tarea espacialmente importante la creación de un extenso frente popular antifascista sobre la base del frente único proletario. El éxito de toda la lucha del proletariado va íntimamente unido a la creación de la alianza de lucha del proletariado con el campesinado trabajador y con las masas más importantes de la pequeña burguesía urbana, que forman la mayoría de la población incluso en los países industrialmente desarrollados.

El fascismo, en sus campañas de agitación encaminadas a conquistarse esas masas, intenta contraponer las masas trabajadoras de la ciudad y del campo al proletariado revolucionario y asustar a los pequeño burgueses con el fantasma del «peligro rojo». Nosotros tenemos que volver las lanzas y señalar a los campesinos trabajadores, a los artesanos y a los trabajadores intelectuales, de dónde les amenaza el verdadero peligro, tenemos que hacerles ver concretamente quién echa sobre los campesinos la carga de las contribuciones e impuestos, quién les estruja mediante intereses usurarios, quién, a pesar de poseer las mejores tierras y todas sus riquezas, expulsa de su terruño al campesino y a su familia y le condena al paro y a la mendicidad. Tenemos que poner en claro concretamente, explicar paciente y tenazmente, quién arruina a los artesanos a fuerza de impuestos y gabelas de todo género, rentas gravosas y de una competencia insoportable para ellos, quién lanza a la calle y priva de trabajo a las amplias masas de los trabajadores intelectuales.

Pero esto no basta.

Lo fundamental, lo más decisivo, para establecer el frente popular antifascista es la acción decidida del proletariado revolucionario en defensa de las reivindicaciones de estos sectores y, en particular, del campesinado trabajador, de reivindicaciones que corresponden a los intereses cardinales del proletariado, combinando en el transcurso de la lucha las aspiraciones de la clase obrera con estas reivindicaciones.

Para la creación del frente popular antifascista tiene una gran importancia el saber abordar de una manera acertada a todos aquellos partidos y organizaciones que enrolan a una parte considerable del campesinado trabajador y a las masas principales de la pequeña burguesía urbana.

En los países capitalistas, la mayoría de estos partidos y organizaciones –tanto políticas, como económicas– se encuentran todavía bajo la influencia de la burguesía y siguen a ésta. La composición social de estos partidos y organizaciones no es homogénea. En ella aparecen, al lado de los campesinos sin tierra, campesinos muy ricos, al lado de los pequeños tenderos, grandes hombres de negocios, pero la dirección la llevan estos últimos, los agentes del gran capital. Esto nos obliga a dar a estas organizaciones un trato diferenciado, teniendo en cuenta que, a menudo, la masa de sus afiliados no conoce la verdadera faz política de su propia dirección. En determinadas circunstancias, podemos y debemos encaminar nuestros esfuerzos a ganar a estos partidos y organizaciones o a sectores sueltos de ellos para el frente popular antifascista, pese a su dirección burguesa. Así, por ejemplo, acontece actualmente en Francia con el partido radical, en los Estados Unidos con las distintas organizaciones de granjeros, en Polonia con el «Polskie Stronnictwo Ludowe» [Partido Campesino de Polonia - Anotación de Bitácora (M-L)], en Yugoslavia con el Partido Campesino Croata, en Bulgaria con la Unión Agraria, en Grecia con los «agraristas», etc. Pero, independientemente de esto si existan o no probabilidades de atraer a estos partidos y otras organizaciones al frente popular, nuestra táctica tiene que ir dirigida, bajo todas las condiciones, a incorporar al frente popular antifascista a los pequeños campesinos, artesanos, etc., enrolados en ellas.

Así, pues, como veis, aquí tenemos que acabar en toda la línea con el menosprecio y la actitud despectiva que se dan con harta frecuencia en nuestra actuación respecto a los distintos partidos y organizaciones de campesinos, artesanos y de masas de la pequeña burguesía urbana.


Problemas cardinales del frente único en los diversos países


En todos los países hay problemas cardinales que una etapa dada conmueven a las más extensas masas y en torno a los cuales debe desplegarse la lucha por establecer el frente único. El captar acertadamente estos puntos fundamentales, estos problemas cardinales, significa asegurar y acelerar la formación del frente único.


Estados Unidos


Tomemos, por ejemplo, un país tan importante del mundo capitalista como los Estados Unidos. Allí la crisis ha puesto en movimiento a millones de hombres. El programa de saneamiento del capitalismo se ha ido a pique. Inmensas masas comienzan a apartarse de los partidos burgueses y se hallan actualmente en la encrucijada.

El fascismo estadounidense incipiente intenta canalizar el descontento y el desengaño de estas masas hacia cauces reaccionario-fascistas. La peculiaridad del desarrollo del fascismo estadounidense consiste en que, en la presente fase, actúa predominantemente en forma de oposición contra el fascismo, considerándolo una corriente «no americana», importada del extranjero. A diferencia del fascismo alemán, que entró en escena con consignas contrarias a la constitución, el fascismo estadounidense intenta presentarse como paladín de la constitución y de la «democracia americana». No es aún una fuerza que constituye una amenaza inmediata. Pero si logra penetrar en las extensas masas decepcionadas de los viejos partidos burgueses, puede llegar a convertirse muy pronto en un serio peligro.

¿Y qué significaría el triunfo del fascismo en los Estados Unidos? Para las masas trabajadoras significaría, naturalmente, una acentuación desenfrenada del régimen de explotación y la destrucción del movimiento obrero. ¿Y cuál sería la significación internacional de esta victoria del fascismo? Los Estados Unidos no son –como es sabido– Hungría, ni Finlandia, ni Bulgaria, ni Letonia. La victoria del fascismo en los Estados Unidos haría cambiar esencialmente toda la situación internacional.

En estas circunstancias, ¿puede darse el proletariado estadounidense por satisfecho simplemente con organizar su vanguardia consciente de clase, que está dispuesta a marchar por la senda de la revolución? No.

Es de todo punto evidente que los intereses del proletariado americano exigen que sus fuerzas se deslinden sin demora de los partidos capitalistas. Tiene que encontrar los caminos y las formas apropiadas para impedir a tiempo que el fascismo arrastre consigo a las masas de los trabajadores descontentos. Y aquí hemos de decir que la forma apropiada a las condiciones de Estados Unidos podría ser la creación de un partido de masas de los trabajadores, un «partido de obreros y granjeros». Este partido sería una forma específica del frente popular de masas en los Estados Unidos, un frente que hay que oponer a los partidos de los trusts y de los bancos, y al fascismo en desarrollo. Este partido no sería, naturalmente, ni socialista, ni comunista. Pero tendría que ser un partido antifascista y no debería ser un partido anticomunista. El programa de este partido debería ir dirigido contra los bancos, los trusts y los monopolios, contra los enemigos principales del pueblo que especulan con sus desgracias. Este partido sólo puede cumplir su misión, si defiende las reivindicaciones más vitales de la clase obrera, si lucha por una auténtica legislación social, por el seguro del paro, por que obtengan tierra y sean liberados del fardo de las deudas los aparceros blancos y negros, si lucha por la anulación de las deudas de los granjeros, si lucha por la igualdad de derechos de los negros, por defender los intereses de los miembros de las profesiones liberales, de los pequeños comerciantes y de los artesanos. Y así sucesivamente.

Fácilmente se comprende que un partido de este tipo habrá de luchar por enviar a sus representantes a las administraciones autónomas locales y a los órganos representativos de los distintos Estados de la Unión, así como al Congreso y al Senado.

Nuestros camaradas de los Estados Unidos procedieron acertadamente, al tomar la iniciativa de crear semejante partido. Pero tendrán que adoptar medidas más eficaces aún, para que la creación de tal partido llegue a ganar las simpatías de las masas. El problema de la organización de un «partido de obreros y granjeros» y su programa deben ser discutidos en asambleas populares de masas. Es necesario desplegar un movimiento amplísimo para la creación de este partido y ponerse a la cabeza de este movimiento. No debe en modo alguno permitirse que la iniciativa de la organización de este partido pase a manos de aquellos elementos que quieren explotar el descontento de las masas de millones de hombres desengañados de los dos partidos burgueses –el democrático y el republicano– para crear en los Estados Unidos un «tercer» partido como partido anticomunista, como un partido orientado contra el movimiento revolucionario.


Inglaterra


En Inglaterra, la organización fascista de Oswald Mosley ha pasado, provisionalmente, a segundo plano, como resultado de las acciones de masas de los obreros ingleses. Pero no debemos cerrar los ojos ante el hecho de que el llamado «gobierno nacional» lleva a cabo una serie de medidas reaccionarias contra la clase obrera mediante las cuales se crean también en Inglaterra condiciones que, llegado el caso, facilitarían a la burguesía el paso al régimen fascista.

Luchar contra el peligro fascista en Inglaterra, en la etapa actual, significa, ante todo, luchar contra el «gobierno nacional», contra sus medidas reaccionarias, contra la ofensiva del capital, por la defensa de las reivindicaciones de los parados, contra las rebajas de salarios, por la derogación de todas las leyes mediante las cuales la burguesía inglesa empeora el nivel de vida de las masas.

Pero el odio creciente de la clase obrera contra el «gobierno nacional» congrega a masas cada vez más extensas bajo la consigna de un nuevo gobierno laborista en Inglaterra. ¿Pueden los comunistas pasar por alto este estado de ánimo de las amplias masas, que todavía conservan fe en un gobierno laborista? ¡No camaradas! Tenemos que encontrar el camino hacia estas masas. Les decimos francamente, como lo hizo el XIIIº Congreso del Partido Comunista de Gran Bretaña de 1935: los comunistas somos partidarios del poder soviético, único poder capaz de emancipar a los obreros del yugo del capital. Pero, ¿queréis un gobierno laborista? Perfectamente. Nosotros hemos luchado y luchamos mano a mano con vosotros por derrotar al «gobierno nacional». Estamos dispuestos a apoyar vuestra lucha por la formación de un nuevo gobierno laborista, a pesar de que los dos gobiernos laboristas anteriores no han cumplido las promesas hechas por el Partido Laborista a la clase obrera. No esperamos que este gobierno realice medidas socialistas. Pero, en nombre de millones de obreros, le formulamos la exigencia de que defienda los intereses económicos y políticos más apremiantes de la clase obrera y de todos los trabajadores. Vamos a discutir un programa común de tales reivindicaciones y a poner en práctica la unidad de acción que necesita el proletariado para hacer frente a la ofensiva reaccionaria del «gobierno nacional», a la ofensiva del capital y del fascismo y a la preparación de la nueva guerra. Los camaradas ingleses están dispuestos a actuar sobre estas bases, conjuntamente con las organizaciones del Partido Laborista, en las próximas elecciones parlamentarias, contra el «gobierno nacional» y también contra Lloyd George que a su modo intenta arrastrar consigo a las masas contra la causa de la clase obrera en interés de la burguesía inglesa.

Esta posición de los comunistas ingleses es justa. Ella les ayuda a establecer el frente único de lucha con las masas de millones de hombre de las tradeuniones inglesas y del Partido Laborista. Permaneciendo siempre en las primeras líneas del proletariado combatiente, señalando a las masas el único camino justo –el camino de la lucha por abatir revolucionariamente la dominación de la burguesía y por instaurar el poder soviético– los comunistas no deben, al fijar sus tareas políticas actuales, empeñarse en saltar las etapas necesarias del movimiento de masas, a lo largo del cual las masas obreras superan, a base de la propia experiencia, sus ilusiones y pasan al lado del comunismo.


Francia


Francia es, como se sabe, el país cuya clase obrera da a todo el proletariado internacional un ejemplo de cómo hay que luchar contra el fascismo. El Partido Comunista Francés puede servir de ejemplo a todas las secciones de la Komintern de cómo se debe llevar a cabo la táctica del frente único y los obreros socialistas pueden servir de ejemplo de lo que deben hacer hoy los obreros socialdemócratas de los demás países capitalistas en lucha contra el fascismo (Aplausos).

La significación de la manifestación antifascista, celebrada en París el 14 de julio de este año, en la que tomaron parte medio millón de hombres, así como las grandes manifestaciones efectuadas en otras ciudades de Francia, es enorme. Esto ya no es simplemente un movimiento de frente único obrero, es el comienzo de un amplio frente de todo el pueblo contra el fascismo en Francia. Este movimiento de frente único acrecienta la fe de la clase obrera en sus fuerzas, fortalece en ella la conciencia de su papel de guía respecto al campesinado, a la pequeña burguesía urbana, a los intelectuales. Extiende la influencia del partido comunista sobre las masas obreras, y con ello, fortalece al proletariado en su lucha contra el fascismo. Este movimiento despierta a tiempo la atención vigilante de las masas frente al peligro fascista. Será un ejemplo contagioso para el despliegue de la lucha antifascista en los demás países capitalistas y ejercerá una influencia alentadora sobre los proletarios de Alemania, aherrojados por la dictadura fascista.

Esto es, sin duda alguna, una gran victoria, pero no decide todavía el resultado de la lucha antifascista. La mayoría aplastante del pueblo francés está indudablemente en contra del fascismo. Pero la burguesía sabe forzar, acudiendo a la fuerza armada, la voluntad de los pueblos. El movimiento fascista sigue desarrollándose con total libertad, con el apoyo activo del capital monopolista, del aparato estatal de la burguesía, del Estado Mayor del ejército francés y de los dirigentes reaccionarios del clero católico, baluarte de toda la reacción. La organización fascista más fuerte, «Las Cruces de Fuego», dispone actualmente de más de 300.000 hombres armados, cuyo núcleo principal son 60.000 oficiales reservistas. Posee fuertes posiciones en la policía, la gendarmería, el ejército, la aviación y dentro de todo el aparato del Estado. Las últimas elecciones municipales ponen de manifiesto que en Francia no crecen solamente las fuerzas revolucionarias, sino también las fuerzas del fascismo. Si el fascismo lograra penetrar de un modo extenso en el campesinado y asegurarse el apoyo de una parte del ejército con la neutralidad de la otra, las masas trabajadoras de Francia no podrían impedir la subida de los fascistas al poder. ¡No olvidéis, camaradas, la debilidad del movimiento obrero francés en materia de organización, debilidad que facilita el éxito de la ofensiva fascista! No hay ninguna razón para que la clase obrera y todos los antifascistas de Francia se den por contentos con los resultados ya conseguidos.

¿Cuáles son las tareas que se plantean a la clase obrera de Francia?

Primero: Conseguir establecer el frente único no sólo en el terreno político, sino también en el económico, para organizar la lucha contra la ofensiva del capital, romper con su empuje la resistencia que oponen al frente único los capitostes de la Confederación General del Trabajo reformista.

Segundo: Lograr la realización de la unidad sindical en Francia, unos sindicatos únicos sobre la base de la lucha de clases.

Tercero: Incorporar al movimiento antifascista a las extensas masas campesinas, a las masas de la pequeña burguesía, reservando un lugar especial en el programa del frente popular antifascista a sus reivindicaciones vitales.

Cuarto: Afianzar orgánicamente y seguir extendiendo el movimiento antifascista, desplegado mediante la creación en masa de órganos del frente popular antifascista elegidos al margen de los partidos, de órganos que por su influencia abarquen a masas mucho más extensas que los partidos y organizaciones de los trabajadores, que actualmente existen en Francia.

Quinto: Conseguir, por su presión, la disolución y el desarme de las organizaciones fascistas como organizaciones de conspiradores contra la República y como agentes de Hitler en Francia.

Sexto: Conseguir que se limpie el aparato del Estado, del ejército y de la policía de los conspiradores que preparan un golpe fascista.

Séptimo: Desplegar la lucha contra los jefes de las camarillas reaccionarias del clero católico como uno de los baluartes más importantes del fascismo francés.

Octavo: Ligar al ejército con el movimiento antifascista mediante la creación dentro del ejército de comités de defensa de la República y de la Constitución, contra aquellos que quieren servirse del ejército para dar un golpe de Estado anticonstitucional (Aplausos), no permitir que las fuerzas reaccionarias de Francia hagan fracasar el pacto franco-soviético que defiende la causa de la paz contra la agresión del fascismo alemán (Aplausos).

Y si el movimiento antifascista de Francia condujese a la formación de un gobierno, que luchase contra el fascismo francés de una modo efectivo, no sólo con palabras sino con hechos, que pusiese en práctica el programa de reivindicaciones del frente popular antifascista, los comunistas, sin dejar de ser enemigos irreconciliables de todo gobierno burgués y partidarios del poder soviético, estarían dispuestos, a pesar de todo, ante el creciente peligro fascista, a apoyar a un tal gobierno (Aplausos).


El frente único y las organizaciones fascistas de masas


¡Camaradas! La lucha por establecer el frente único en los países, donde los fascistas están en el poder, es tal vez el problema más importante que tenemos planteado. Allí esta lucha se desarrolla naturalmente en unas condiciones mucho más difíciles que en los países de movimiento obrero legal. No obstante, existen en los países fascistas todas las premisas para el despliegue de un verdadero frente popular antifascista en la lucha contra la dictadura fascista, pues los obreros socialdemócratas, católicos y de otras tendencias, en Alemania, por ejemplo, pueden convencerse de un modo inmediato de la necesidad de luchar unidos junto con los comunistas contra la dictadura fascista. Las amplias capas de la pequeña burguesía y del campesinado, que ya ha saboreado los amargos frutos de la dominación fascista, se sienten cada vez más descontentas y desilusionadas, lo que facilita la tarea de incorporarlas al movimiento popular antifascista.

En los países fascistas, especialmente en Alemania e Italia, donde el fascismo ha sabido crearse una base de masas, afiliando brutalmente a sus organizaciones a los obreros y demás trabajadores, la tarea principal consiste en saber combinar la lucha contra el fascismo desde fuera, con la labor de zapa desde dentro, en los órganos y organizaciones fascistas de masas. Es necesario estudiar, asimilar y aplicar métodos y procedimientos especiales, apropiados a las condiciones concretas de estos países, que contribuyan a la rápida descomposición de la base de masas del fascismo y preparen el derrocamiento de la dictadura fascista. Hay que estudiarlos, asimilarlos y aplicarlos y no limitarse a gritar: «¡Muera Hitler!», «¡Muera Mussolini!». ¡Sí! Estudiar, asimilar y aplicar.

Es ésta una tarea difícil y complicada. Tanto más difícil, cuanto que nuestras experiencias de lucha eficaz contra la dictadura fascista son extraordinariamente limitadas. Nuestros camaradas italianos, por ejemplo, llevan ya aproximadamente trece años luchando bajo las condiciones de la dictadura fascista. Pero no han logrado todavía desplegar una verdadera lucha de masas contra el fascismo y por esto no han podido desgraciadamente ayudar mucho, en este sentido, con experiencias positivas, a los demás partidos comunistas de los países fascistas. Los comunistas alemanes e italianos y los comunistas de otros países fascistas, al igual que los miembros de las juventudes comunistas, han hecho milagros de heroísmo. Han hecho y hacen diariamente sacrificios enormes. Ante este heroísmo y estos sacrificios todos nosotros nos inclinamos. Pero el heroísmo no basta (Aplausos).

Es necesario combinar este heroísmo con la labor diaria entre las masas, con la lucha concreta contra el fascismo para lograr resultados más tangibles en este terreno. En nuestra lucha contra la dictadura fascista es particularmente peligroso confundir los deseos con las realidades, hay que partir de los hechos, de la situación real, concreta.

Y ¿cuál es hoy la realidad, por ejemplo, en Alemania?

Entre las masas crecen el descontento y la decepción por la política de la dictadura fascista, revistiendo incluso la forma de huelgas parciales y de otras acciones. A pesar de todos sus esfuerzos, el fascismo no ha logrado conquistar políticamente a las masas fundamentales de los obreros, pierde y perderá cada vez en mayor medida incluso a sus antiguos partidarios. Pero tenemos que darnos cuenta de que los obreros que están convencidos de la posibilidad de derribar a la dictadura fascista y dispuestos a luchar desde hoy mismo por ello, de un modo activo, son aún, por el momento, una minoría. Somos nosotros, los comunistas, y es el sector revolucionario de los obreros socialdemócratas. La mayoría de los trabajadores todavía no tiene la conciencia de las posibilidades reales y concretas y de los caminos por los que puede derribarse esta dictadura y está, por el momento, a la expectativa. Esto debe ser tenido en cuenta al fijar nuestros objetivos en la lucha contra el fascismo en Alemania y cuando busquemos, estudiemos y apliquemos procedimientos para derrocar y sacudir la dictadura fascista en Alemania.

Para asestar un golpe sensible a la dictadura fascista, tenemos que conocer sus puntos más vulnerables. ¿Dónde está el talón de Aquiles de la dictadura fascista? En su base social. Esta base es extremadamente heterogénea. Abarca diferentes clases y diferentes sectores de la sociedad. El fascismo se proclama representante exclusivo de todas las clases y capas de la población, del fabricante y del obrero, del millonario y del parado, del terrateniente y del pequeño campesino, del gran capitalista y del artesano. Finge defender los intereses de todos estos sectores, los intereses de la nación. Pero como el fascismo es la dictadura de la gran burguesía, tiene que chocar inevitablemente con su base social de masas, y tanto más, cuanto que precisamente bajo la dictadura fascista se destacan con mayor relieve las contradicciones de clase entre la jauría de los magnates financieros y la aplastante mayoría del pueblo.

Sólo podremos llevar a las masas a luchas decisivas por el derrocamiento de la dictadura fascista, si enrolamos a los obreros, que se han visto forzados a ingresar en las organizaciones fascistas o que lo han hecho por falta de conciencia, en los movimientos más elementales para la defensa de sus intereses económicos, políticos y culturales. Precisamente por esto, los comunistas deben trabajar dentro de estas organizaciones como los mejores defensores de los intereses cotidianos de las masas de afiliados, teniendo presente que en la medida que los obreros encuadrados en estas organizaciones exijan con mayor frecuencia sus derechos y defiendan sus intereses, chocarán irremediablemente con la dictadura fascista.

Basándose en la defensa de sus intereses más vitales –aunque en los primeros tiempos sean los más elementales– de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo, será relativamente fácil encontrar un lenguaje común, que nos una no sólo a los antifascistas conscientes, sino también a aquellos trabajadores que son todavía partidarios del fascismo, pero que están desengañados y descontentos de su política, que se quejan y buscan la ocasión para expresar su descontento. En general, tenemos que darnos cuenta de que toda nuestra táctica, en los países de la dictadura fascista, ha de tener un carácter tal, que no repela a los partidarios de fila del fascismo, sino que ahonde el abismo entre los jerarcas fascistas y las masas de los desengañados partidarios sencillos del fascismo entre las capas trabajadoras.

No hay que desconcertarse, camaradas, si la gente movilizada en torno a estos intereses cotidianos se tiene por indiferente en política e incluso por partidaria del fascismo. Lo importante para nosotros es atraerlos al movimiento, que quizás en sus comienzos no se desarrollará todavía abiertamente, bajo las consignas de la lucha contra el fascismo, pero que objetivamente es ya un movimiento antifascista, porque enfrenta a estas masas con la dictadura fascista.

La experiencia nos enseña que el creer que en los países de la dictadura fascista es absolutamente imposible actuar de un modo legal o semilegal es perjudicial y falso. Aferrarse a este punto de vista, significa caer en la pasividad, renunciar por completo a un verdadero trabajo de masas en general. En efecto, el encontrar formas y métodos de actuación legal o semilegal, bajo las condiciones de la dictadura fascista, es un problema difícil y complicado. Pero, como en tantas otras cuestiones, también aquí, se encargarán de indicarnos el camino la vida misma y la iniciativa de las propias masas, quienes nos han brindado ya una serie de ejemplos que debemos generalizar y aplicar de forma organizada y oportuna.

Hay que acabar decididamente con el menosprecio de la labor dentro de las organizaciones fascistas de masas. Lo mismo en Italia que en Alemania, y en otra serie de países fascistas, nuestros camaradas han encubierto su pasividad y, con frecuencia, incluso la negativa directa de trabajar en las organizaciones fascistas de masas, contraponiendo su trabajo en las empresas a la labor dentro de las organizaciones fascistas de masas. En realidad, esta contraposición esquemática ha hecho precisamente que tanto el trabajo dentro de las organizaciones fascistas de masas, como el desarrollo en las empresas fuese extraordinariamente flojo e, incluso, inexistente.

Para los comunistas de los países fascistas es, por tanto, de especial importancia estar en todas partes donde estén las masas. El fascismo ha arrebatado a los obreros sus propias organizaciones legales. Les ha impuesto por la violencia las organizaciones fascistas y en éstas se encuentran las masas, sea por fuerza o parcialmente de su agrado. Estas organizaciones de masas del fascismo pueden y deben ser nuestro campo legal o semilegal de operaciones desde el cual entraremos en contacto con las masas. Pueden y deben ser para nosotros un punto de partida legal o semilegal para la defensa de los intereses cotidianos de las masas. Para aprovechar estas posibilidades, los comunistas deberán luchar por conseguir puestos electivos en las organizaciones fascistas de masas, para mantener contacto con las masas, y tienen que liberarse, de una vez para siempre, del prejuicio de que esta labor es inapropiada e indigna de un obrero revolucionario.

En Alemania existe, por ejemplo, el sistema de los llamados «delegados de fábrica». ¿Dónde está escrito que debemos ceder el monopolio en estas organizaciones a los fascistas? ¿No podemos acaso intentar unir a los comunistas, socialdemócratas, católicos y otros obreros antifascistas dentro de las empresas para que, al votar las listas de los «delegados de fábrica», tachen a los agentes declarados del patrono e incluyan en ellas otros candidatos que gocen de la confianza de los obreros? La práctica ha demostrado ya que esto es posible.

¿Y no nos enseña también la práctica que podemos exigir de los «delegados de fábrica», en unión con los obreros socialdemócratas y otros obreros descontentos, una verdadera defensa de los intereses obreros?

Fijaos en el «Deutsche Arbeitsfront» [Frente del Trabajo - Anotación de Bitácora (M-L)] de Alemania o en los sindicatos fascistas de Italia. ¿Acaso no se puede exigir que los funcionarios del «Deutsche Arbeitsfront» sean elegidos y no designados desde arriba? ¿No puede insistirse en que los órganos dirigentes de las organizaciones locales den cuenta de su actuación a las asambleas de afiliados de las mismas? ¿No se pueden elevar estas reclamaciones por acuerdo del grupo, al patrono, al «protector del trabajo», a los órganos superiores del «Deutsche Arbeitsfront»? Puede hacerse, a condición de que los obreros revolucionarios trabajen efectivamente dentro del «Deutsche Arbeitsfront» y luchen por conquistar puestos en el mismo.

Métodos de trabajo parecidos son también posibles y necesarios en otras organizaciones fascistas de masas: en la Unión de Juventudes Hitlerianas, en las organizaciones deportivas, en la organización «Kraft durch Freude» [Fuerza a través de la alegría; organización que controla el ocio de los alemanes - Anotación de Bitácora (M-L)] en el «Opera Nazionale Dopolavoro» [Club Recreativo Nacional; organización fascista italiana que regula el deporte - Anotación de Bitácora (M-L)] en las cooperativas, etc.

Recordaréis, camaradas, la antigua leyenda de la toma de Troya. La ciudad de Troya se había hecho fuerte contra el ejército sitiador por medio de una muralla infranqueable y los sitiadores, que habían sufrido ya no pocas bajas, no lograron la victoria hasta que consiguieron penetrar en el interior, en el corazón mismo del enemigo, con la ayuda del famoso caballo de Troya.

A mí me parece que nosotros, obreros revolucionarios, no debemos sentir ningún escrúpulo en emplear la misma táctica contra nuestros enemigos fascistas, que se defienden contra el pueblo mediante la muralla viva de sus asesinos a sueldo (Aplausos).

Quien no comprenda la necesidad de emplear una táctica semejante respecto al fascismo, quien considere tal actuación «humillante», podrá ser un excelente camarada, pero, si me permitís que lo diga, es un charlatán y no un revolucionario: ese no sabrá conducir a las masas al derrocamiento de la dictadura fascista (Aplausos).

El movimiento de masas del frente único, que va germinando fuera y dentro de las organizaciones fascistas de Alemania, Italia y otros países, en los que el fascismo cuenta con una base de masas, partiendo de la defensa de las necesidades más elementales, cambiando de formas y consignas de lucha conforme al crecimiento y ampliación de esta lucha, será el ariete que destruya la fortaleza de la dictadura fascista, que hoy parece a muchos inexpugnable (Aplausos).


El frente único en los países en que los socialdemócratas están en el gobierno


La lucha por establecer el frente único plantea otro problema muy importante: el problema del frente único en los países, en que existen gobiernos socialdemócratas o de coalición con la participación de los socialistas, como ocurre, por ejemplo, en Dinamarca, Noruega, Suecia, Checoslovaquia y Bélgica.

Es bien conocida nuestra actitud absolutamente negativa ante los gobiernos socialdemócratas, que son gobiernos de colaboración con la burguesía. Pero, a pesar de ello, no consideramos la existencia de un gobierno socialdemócrata y de una coalición gubernamental del partido socialdemócrata con los partidos burgueses como un obstáculo insuperable para establecer el frente único con los socialdemócratas en determinadas cuestiones. Consideramos que también en estos casos es absolutamente posible y necesario el frente único para la defensa de los intereses vitales del pueblo trabajador, en la lucha contra el fascismo. Se comprende que en los países, en que participan en el gobierno representantes de los partidos socialdemócratas, la dirección socialdemócrata oponga las más enérgica resistencia al frente único proletario. Se comprende perfectamente que sea así. Quieren hacer ver a la burguesía que son ellos quienes saben, mejor y más hábilmente que nadie, refrenar el descontento de las masas obreras y preservarlas de la influencia del comunismo. Pero el solo hecho, de que los ministros socialdemócratas adopten una actitud negativa ante el frente único proletario, no justifica en lo más mínimo, el hecho de que los comunistas no hagan nada para la creación del frente único del proletariado.

Nuestros camaradas de los países escandinavos siguen con harta frecuencia el camino de la menor resistencia, al limitarse a desenmascarar por la propaganda al gobierno socialdemócrata. Esto es un error. En Dinamarca, por ejemplo, los jefes socialdemócratas llevan ya diez años en el gobierno y los comunistas han venido repitiendo, día tras día, durante diez años, que éste es un gobierno burgués capitalista. Hay que suponer que esta propaganda es conocida ya de los obreros daneses. El hecho de que, a pesar de ello, una mayoría considerable vote por el partido socialdemócrata gubernamental indica solamente que el desenmascaramiento propagandístico del gobierno por los comunistas no basta, pero no demuestra que estos cientos de miles de obreros estén contentos con todas las iniciativas gubernamentales de los ministros socialdemócratas. No, a ellos no les agrada que el gobierno socialdemócrata, mediante los llamados «convenios de crisis», ayude a los grandes capitalistas y terratenientes, y no a los obreros y campesinos pobres, que haya arrebatado a los obreros por el decreto promulgado en enero de 1933 el derecho de huelga. No les agrada que la dirección socialdemócrata proyecte una peligrosa reforma electoral antidemocrática –restringiendo considerablemente el número de diputados–. No creo equivocarme, si afirmo que el 99% de los obreros daneses no aprueba estas medidas políticas de los jefes y ministros socialdemócratas.

¿Acaso los comunistas no pueden llamar a los sindicatos y organizaciones socialdemócratas de Dinamarca a discutir tal o cual cuestión actual de esta índole, a emitir su opinión acerca de ellas y actuar en común por el frente único proletario, para la realización de las reivindicaciones obreras?

El año pasado, en octubre, cuando nuestros camaradas daneses se dirigieron a los sindicatos con el llamamiento a actuar contra la reducción del subsidio de paro y por los derechos democráticos de los sindicatos, se adhirieron al frente único unas cien organizaciones sindicales locales.

En Suecia, está en el poder, por tercera vez, un gobierno socialdemócrata, pero los comunistas suecos han renunciado prácticamente, durante mucho tiempo, a emplear la táctica del frente único.

¿Por qué? ¿Eran contrarios al frente único? Naturalmente que no. Eran en principio partidarios del frente único, del frente único en general, pero no acertaban a ver sobre qué motivos, en qué problemas, en la defensa de qué reivindicaciones, se podía establecer con éxito el frente único proletario, y cómo y dónde había que apoyarse. Pocos meses antes de constituirse el gobierno socialdemócrata, durante la lucha electoral, el partido socialdemócrata se había presentado con una plataforma en la que contenían una serie de reivindicaciones que podían haberse incluido precisamente en una plataforma del frente único proletario, como, por ejemplo, estas consignas: «¡Contra las tarifas aduaneras!», «¡Contra la militarización!», «¡Hay que acabar con la lentitud de tramitación en el seguro de paro!», «¡Asegurar a los viejos pensiones suficientes para vivir!», «¡No admitir la existencia de organizaciones como el «Munch-Corps –organización fascista–»!, «¡Abajo la legislación antisindical de clase, exigida por los partidos burgueses!».

Más de un millón de trabajadores de Suecia votaron en 1932 por estas reivindicaciones formuladas por la socialdemocracia y saludaron en 1933 la formación de un gobierno socialdemócrata, con la esperanza de que ahora se convertirían en realidad estas reivindicaciones. Nada habría sido más lógico en aquella situación, ni podía corresponder en mayor grado a los deseos de las masas obreras, que el partido se hubiese dirigido a todas las organizaciones socialdemócratas y sindicales con la propuesta de emprender acciones conjuntas para llevar a la práctica estas reivindicaciones lanzadas por el partido socialdemócrata.

Si realmente se hubiese logrado movilizar a las extensas masas para la consecución de tales reivindicaciones, formuladas por los mismos socialdemócratas, agrupar estrechamente en un frente a las organizaciones obreras, socialdemócratas y comunistas, no cabe duda de que la clase obrera sueca habría salido ganando. A los ministros socialdemócratas de Suecia, esto no les habría producido una gran alegría naturalmente, pues en este caso el gobierno se habría visto obligado a satisfacer cuando menos algunas reivindicaciones. En todo caso, no habría ocurrido lo que ahora ocurre: que el gobierno en vez de suprimir las tarifas aduaneras, ha elevado algunas, que en vez de restringir el militarismo, ha aumentado el presupuesto de guerra, y en vez de rechazar toda la legislación dirigida contra los sindicatos, haya presentado él mismo al parlamento un proyecto de ley de este género. Es cierto que el Partido Comunista de Suecia ha desplegado una buena campaña de masas, en el sentido del frente único proletario, respecto a este último problema, consiguiendo al fin que hasta la misma fracción parlamentaria socialdemócrata se viese obligada a votar contra el proyecto del Gobierno y que por el momento dicho proyecto haya fracasado.

Los comunistas noruegos del Partido Comunista de Noruega han procedido acertadamente al invitar para el Primero de Mayo a las organizaciones del Partido Obrero a celebrar manifestaciones conjuntas y presentar una serie de reivindicaciones, que coincidían en lo esencial con las reivindicaciones de la plataforma electoral del Partido Obrero Noruego. Y aunque este paso a favor del frente único se preparó de un modo flojo y la dirección del Partido Obrero Noruego era contraria a él, se celebraron, a pesar de todo, manifestaciones de frente único en treinta localidades.

Antes, muchos comunistas temían que fuese una manifestación de oportunismo por su parte el no contraponer a toda reivindicación parcial de los socialdemócratas sus propias reivindicaciones, dos veces más radicales. Esto era un error ingenuo. Si, por ejemplo, los socialdemócratas reclaman la disolución de las organizaciones fascistas, nosotros no tenemos porqué añadir: «y la disolución de la policía del Estado también» –pues será oportuno formular esta reivindicación en otras circunstancias–, sino que debemos decir a los obreros socialdemócratas: estamos dispuestos a aceptar esta reivindicación de vuestro partido, como reivindicación del frente único del proletariado, y luchar hasta el fin por su consecución. ¡Emprendamos juntos la lucha!

También en Checoslovaquia, se pueden y se deben aprovechar ciertas reivindicaciones formuladas por la socialdemocracia checa y alemana, así como por los sindicatos reformistas, para establecer el frente único de la clase obrera. Cuando la socialdemocracia exige, por ejemplo, proporcionar trabajo a los parados o –como ya lo vienen exigiendo desde 1927– la derogación de las leyes que restringen la autonomía de los municipios, hay que concretar estas reivindicaciones en cada localidad y en cada distrito y luchar mano a mano con las organizaciones socialdemócratas por su consecución efectiva. O si los partidos socialdemócratas en sus discursos fulminan a los agentes del fascismo dentro del aparato del Estado «en términos generales», hay que sacar a la luz del día en cada sitio a los heraldos fascistas concretos y actuar conjuntamente con los obreros socialdemócratas por eliminarlos de las instituciones del Estado.

En Bélgica, los jefes del partido socialdemócrata, con Émile Vandervelde a la cabeza, entraron en el gobierno de coalición. Lograron este «éxito» mediante una larga y amplia campaña por dos reivindicaciones principales: 1. derogación de los decretos-leyes especiales y; 2. realización del plan de Man. La primera cuestión es de gran importancia. El gobierno anterior había promulgado en total 150 «decretos-leyes» reaccionarios, que arrojaban cargas extremadamente pesadas sobre las espaldas del pueblo trabajador. Se planteaba el problema de derogarlas inmediatamente. Así lo exigía el partido socialdemócrata. ¿Acaso el nuevo gobierno ha derogado muchos de estos «decretos-leyes»? Ni uno solo. Se ha limitado a atenuar un poco algunos con objeto de suministrar una especie de indemnización «simbólica» para las promesas de gran envergadura, hechas por los jefes socialistas de Bélgica –algo parecido al «dólar simbólico», que algunas potencias europeas ofrecieron a los Estados Unidos en pago de los millones de dólares de sus deudas de guerra–.

En lo que respecta a la realización del pomposo plan de Man, la cosa tomó para las masas socialdemócratas un cariz inesperado. Los ministros socialdemócratas declararon que, antes de nada, había que superar las crisis económica y realizar tan sólo aquellas partes del plan de Man, que mejorasen la situación de los capitalistas industriales y de los bancos, y que sólo entonces se podría pasar a poner en práctica medidas encaminadas a mejorar la situación de los obreros; pero ¿cuánto tiempo tendrán que esperar los obreros la parte de «bienestar» que les promete el plan? Sobre los banqueros belgas ha caído ya una verdadera lluvia de oro. Fue implantada una desvalorización del franco belga en un 28% y, mediante esta manipulación, los banqueros han podido apropiarse como trofeos 4.500 millones de francos, a costa de los que viven de un salario y de los ahorros de gente modesta. ¿Cómo se compagina esto con el contenido del plan de Man? Si se quiere conceder crédito a la letra del plan, éste promete «perseguir los abusos monopolistas y las maniobras de los especuladores».

A base del plan de Man, el gobierno nombró una comisión de control sobre los bancos; ¡pero una comisión compuesta de banqueros que se controlan a sí mismos alegre y despreocupadamente!

El plan de Man promete también muchas otras cosas buenas: «reducción de la jornada de trabajo», «normalización de los salarios», «salario mínimo», organización de un sistema completo de «seguros sociales», «extensión de las comodidades mediante la construcción de nuevas viviendas», etc. Son todas ellas reivindicaciones que nosotros, los comunistas, podemos apoyar. Debemos dirigirnos a las organizaciones obreras de Bélgica y decirles: los capitalistas ya han obtenido bastante e incluso demasiado. ¡Exijamos de los ministros socialdemócratas que cumplan las promesas que han hecho a los obreros! ¡Fundámonos en el frente único para la defensa eficaz de nuestros intereses! ¡Señor ministro Vandervelde: nosotros apoyamos las reivindicaciones contenidas en su plataforma para los obreros, pero declaramos abiertamente: tomamos en serio estas reivindicaciones; ¡queremos hechos y no palabras hueras, y por esta razón agrupamos a cientos de miles de obreros para luchar por estas reivindicaciones!

De este modo, los comunistas en los países, donde existen gobiernos socialdemócratas, al aprovechar las reivindicaciones concretas correspondientes, tomadas de las plataformas de los propios partidos socialdemócratas y las promesas electorales de los ministros socialdemócratas, como punto de partida para acciones conjuntas con los partidos y organizaciones socialdemócratas, podrán después desplegar con mayor facilidad una campaña para establecer el frente único, basándose ya en otra serie de reivindicaciones de las masas, que luchan contra la ofensiva del capital, contra el fascismo y la amenaza de guerra.

Además, hay que tener presente que, si las acciones conjuntas con los partidos y organizaciones socialdemócratas exigen de los comunistas, en general, una crítica seria, razonada, del socialdemocratismo como ideología y práctica de la colaboración de clases con la burguesía, así como esclarecer infatigablemente y con espíritu de camaradería a los obreros socialdemócratas el programa y las consignas del comunismo, esta tarea es de singular importancia para la lucha del frente único, precisamente en los países donde existen gobiernos socialdemócratas.


La lucha por la unidad sindical


¡Camaradas! La realización de la unidad sindical, tanto en el plano nacional, como internacional, debe ser una de las etapas más importantes para el afianzamiento del frente único.

Como es sabido, la táctica escisionista de los jefes reformistas fue llevada a cabo con la mayor exacerbación en los sindicatos. Es explicable; su política de colaboración de clases con la burguesía encontraba aquí su remate práctico, directamente en las empresas, a costa de los intereses vitales de las masas obreras. Esto provocaba, naturalmente, una crítica dura y encontraba la resistencia de los obreros revolucionarios, dirigidos por los comunistas, contra este modo de actuar. He aquí por qué la más enconada lucha entre el comunismo y el reformismo se desarrolló sobre el terreno sindical.

Cuanto más difícil y complicada se hacía la situación del capitalismo, más reaccionaria era la política de los jefes de los sindicatos adheridos a la Internacional de Ámsterdam y más agresivas eran sus medidas contra todos los elementos oposicionistas dentro de los sindicatos. Ni la misma instauración de la dictadura fascista en Alemania, ni la ofensiva redoblada del capital, en todos los países capitalistas, disminuyeron esta agresividad. ¿No es característico que solamente en un año, en 1933, en Inglaterra, Holanda, Bélgica y Suecia se lanzasen las más ignominiosas circulares encaminadas a expulsar de los sindicatos a los comunistas y obreros revolucionarios?

En Inglaterra apareció, en 1933, una circular prohibiendo a las secciones sindicales locales adherirse a las organizaciones contra la guerra y a otras organizaciones revolucionarias. Esto fue el preludio de la célebre «circular negra» del Consejo General de las Tradeuniones, por la cual todo consejo sindical, que admita en su seno a delegados que «estén relacionados, bajo una u otra forma, con organizaciones comunistas», es declarado fuera de la ley. Y ¿qué decir de la dirección de los sindicatos alemanes, que aplicó represalias inauditas contra los elementos revolucionarios dentro de los sindicatos?

Pero nuestra táctica no debe tomar como punto de partida la conducta de algunos jefes de los sindicatos adheridos a Ámsterdam, por muy grandes que sean las dificultades que esta conducta oponga a la lucha de clases, sino que tiene que partir, sobre todo, de este hecho: ¿dónde se encuentran las masas obreras? Y aquí tenemos que declarar abiertamente: la labor de los sindicatos es la cuestión más candente de los partidos comunistas. Debemos conseguir que se dé un verdadero viraje en la labor sindical y colocar en un lugar central la cuestión de la lucha por la unidad sindical. Nos dijo hace ya diez años el camarada Stalin:

«¿En qué radica la fuerza de la socialdemocracia en los países occidentales? En qué se apoya en los sindicatos.  ¿En qué radica la debilidad de nuestros partidos comunistas en los países occidentales? En que no se han compenetrado todavía íntimamente con los sindicatos y algunos elementos de estos partidos comunistas no quieren compenetrarse íntimamente con ellos. Por esta razón la tarea principal de los partidos comunistas de los países occidentales consiste, en el momento actual, en desarrollar y llevar a término la campaña por la unidad del movimiento sindical en hacer que todos los comunistas, sin excepción, entren en los sindicatos, en desplegar dentro de ellos una labor sistemática y paciente para lograr la cohesión de la clase obrera contra el capital, y en conseguir de este modo que los partidos comunistas puedan apoyarse en los sindicatos». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Balance de los trabajos de la IXVº Conferencia del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia, 1925)

¿Acaso se ha cumplido esta indicación del camarada Stalin? No, camaradas, no se ha cumplido.

Muchos de nuestros camaradas, pasando por alto la gravitación de los obreros hacia los sindicatos y ante las dificultades que ofrecía el trabajo de los sindicatos adheridos a Ámsterdam, no se detenían en esta complicada tarea. Hablaban invariablemente de la crisis orgánica de los sindicatos de Ámsterdam, de que los obreros abandonaban los sindicatos y perdían de vista cómo éstos, después de un cierto descenso al comienzo de la crisis económica mundial, empezaron a crecer de nuevo. La particularidad del movimiento sindical consiste precisamente en que la ofensiva de la burguesía contra los derechos sindicales, los intentos en una serie de países –Polonia, Hungría, etc.– de «uniformar» a los sindicatos, la reducción de los seguros sociales, el robo de los salarios, obligaban a los obreros, a pesar de que no había una resistencia por parte de los jefes sindicales reformistas contra todo esto, a estrechar todavía más sus filas en torno a los sindicatos, pues los obreros querían y quieren ver en el sindicato el defensor más combativo de sus intereses vitales de clase. Así se explica el hecho de que en estos últimos años haya aumentado –en Francia, Checoslovaquia, Bélgica, Suecia, Holanda, Suiza, etc.– el número de afiliados en la mayoría de los sindicatos adheridos a Ámsterdam. La Federación Americana del Trabajo ha aumentado también considerablemente en los últimos dos años el número de sus afiliados.

Si los camaradas alemanes hubiesen comprendido mejor la tarea de la labor sindical, de la que tan reiteradamente les hablaba el camarada Ernst Thälmann, habrían tenido indudablemente dentro de los sindicatos una posición mejor que la tenida en realidad, en el momento al implantarse la dictadura fascista. A fines de 1932, sólo estaban en los sindicatos libres un 10% de los afiliados al partido. Y esto, a pesar de que los comunistas, después del VIº Congreso Mundial de la Komintern de 1928, se pusieron a la cabeza de toda una serie de huelgas. Nuestros camaradas escribían en la prensa acerca de la necesidad de consagrar en 90% de nuestras fuerzas al trabajo dentro de los sindicatos. Pero, en la práctica, todo se concentraba en la oposición sindical revolucionaria, que de hecho se esforzaba por suplantar a los sindicatos. Y ¿qué ocurrió después de la toma del poder por Hitler? En el curso de dos años, muchos de nuestros camaradas se opusieron tenaz y sistemáticamente a la justa consigna de la lucha por el restablecimiento de los sindicatos libres.

Podría aportar ejemplos parecidos de casi todos los demás países capitalistas.

Sin embargo, en la lucha por la unidad del movimiento sindical en los países europeos, hemos logrado las primeras conquistas serias. Al decir esto, me refiero a la pequeña Austria, donde, por iniciativa del Partido Comunista de Austria, se han echado las bases para un movimiento sindical ilegal. Después de los combates de febrero, los socialdemócratas con Otto Bauer a la cabeza, lanzaron esta consigna: «los sindicatos libres sólo podrán restablecerse después de la caída del fascismo». Los comunistas emprendieron la labor de restablecer los sindicatos. Cada fase de esta labor era un fragmento del frente único vivo del proletariado austriaco. El restablecimiento eficaz de los sindicatos libres en la realidad fue una derrota seria para el fascismo. Los socialdemócratas se encontraban en una encrucijada. Una parte de ellos trataba de entablar negociaciones con el gobierno. Otra parte, en vista de nuestros éxitos, creó paralelamente algunos sindicatos ilegales propios. Pero sólo podía haber un camino: o capitular ante el fascismo, o marchar luchando conjuntamente contra el fascismo hacia la unidad sindical. Bajo la presión de las masas, la dirección vacilante de los sindicatos paralelos, creados por los antiguos jefes sindicales, se decidió por una unificación. La base de esta unificación es la lucha irreconciliable contra la ofensiva del capital y del fascismo y la salvaguardia de la democracia dentro de los sindicatos. Saludamos esta unificación de los sindicatos, que es el primer paso de este género después de la escisión formal del movimiento sindical después de la guerra y que encierra, por tanto, una significación internacional.

El frente único, en Francia, sirvió indudablemente de impulso gigantesco para la realización de la unidad sindical. Los dirigentes de la Confederación General del Trabajo frenaban y siguen frenando, por todos medios, la realización de la unidad, al contraponer al problema fundamental, la cuestión de la política de clase de los sindicatos, cuestiones de importancia secundaria, subalterna o meramente formal. Un éxito indudable de la lucha por la unidad sindical fue la creación de sindicatos únicos, sobre un plano local, sindicatos que, por ejemplo, en el ramo de los ferroviarios abrazan casi tres cuartas partes de la masa de miembros de los dos sindicatos.

Nosotros abogamos decididamente por el restablecimiento de la unidad sindical dentro de cada país y en el plano internacional.

Abogamos por un sindicato único en cada rama de producción.

Abogamos por centrales internacionales únicas por industrias.

Abogamos por una Internacional sindical única sobre la base de la lucha de clases.

Abogamos por sindicatos de clase únicos como uno de los baluartes más importantes de la clase obrera contra la ofensiva del capital y del fascismo. Al hacerlo así, ponemos como única condición para la unificación de los sindicatos luchar contra el capital, luchar contra el fascismo y por la democracia sindical interna.

El tiempo no espera. Para nosotros, el problema de la unidad del movimiento sindical, tanto en el plano nacional, como internacional, es el problema de la gran causa de la unificación de nuestra clase en potentes organizaciones sindicales únicas contra el enemigo de clase. Saludamos la propuesta dirigida en vísperas del Primero de Mayo de este año por la Internacional Sindical Roja a la Internacional de Ámsterdam para discutir conjuntamente las condiciones, métodos y formas para la unificación del movimiento sindical mundial. Los jefes de la Internacional de Ámsterdam rechazaron esta propuesta con el manoseado argumento de que la unidad del movimiento sindical sólo puede realizarse dentro de las filas de la Internacional de Ámsterdam, que dicho sea de paso, agrupa casi exclusivamente a organizaciones sindicales de una parte de países europeos.

Pero los comunistas, en su labor dentro de los sindicatos, deben proseguir infatigablemente la lucha por la unidad del movimiento sindical. La misión de los Sindicatos Rojos y de la Internacional Sindical Roja es hacer cuanto dependa de ellos para que llegue lo más pronto posible la hora de la lucha conjunta de todos los sindicatos contra la ofensiva del capital y del fascismo, para que la unidad del movimiento sindical se cree, pese a la tenaz resistencia de los jefes reaccionarios de la Internacional Sindical de Ámsterdam. Los Sindicatos Rojos y la Internacional Sindical Roja deben recibir de nosotros, en este orden, toda clase de apoyos.

En los países, donde existen pequeños sindicatos rojos, les recomendamos que procuren ingresar en los grandes sindicatos reformistas, exigiendo la libertad para sostener sus opiniones propias, el ingreso de los miembros expulsados; y en los países, donde existen paralelamente grandes sindicatos rojos y reformistas, recomendamos que exijan la convocatoria de un congreso de unificación sobre la plataforma de la lucha contra la ofensiva del capital y la salvaguardia de la democracia sindical.

Hay que afirmar, del modo más categórico, que el obrero comunista, el obrero revolucionario, que no pertenece al sindicato de masas de su oficio, que no lucha por convertir este sindicato reformista en una verdadera organización sindical de clase, que no lucha por la unidad del movimiento sindical sobre la base de la lucha de clases, no cumple con su deber proletario primordial (Aplausos).


El frente único y la juventud


¡Camaradas! Ya he señalado el papel que ha desempeñado en la victoria del fascismo la incorporación de la juventud a las organizaciones fascistas. Al hablar de la juventud, hemos de declarar francamente que hemos desdeñado nuestra misión de conducir a las masas de la juventud trabajadora a la lucha contra la ofensiva del capital, contra el fascismo y la amenaza de guerra, hemos desdeñado esta misión en una serie de países. No hemos apreciado debidamente la enorme importancia que tiene la juventud en la lucha contra el fascismo. No hemos valorado correctamente los intereses particulares económicos, políticos y culturales de la juventud. Tampoco hemos prestado la atención necesaria a la educación revolucionaria de la juventud.

Todo esto lo ha explotado muy hábilmente el fascismo en algunos países, particularmente en Alemania, para desviar a grandes sectores de la juventud del camino del proletariado.

Hay que tener muy presente que el fascismo no envuelve en sus redes a la juventud solamente con el romanticismo militarista. A unos les da comida y vestidos, enrolándolos en sus destacamentos, a otros les da trabajo, funda incluso establecimientos, llamados culturales, para la juventud, y de este modo se esfuerza por inculcar en los jóvenes la conciencia de que el fascismo quiere y puede realmente dar a la juventud trabajadora alimento, vestido, cultura y trabajo.

Nuestras juventudes comunistas siguen siendo, en una serie de países capitalistas, organizaciones predominantemente sectarias, desligadas de las masas. Su debilidad principal radica en que se esfuerzan todavía en copiar las formas y métodos de trabajo de los partidos comunistas y olvidan que las juventudes comunistas no son el partido comunista de la juventud. No tienen suficientemente en cuenta que es una organización con tareas específicas. Sus métodos y formas de trabajo, de educación, de lucha, han de adaptarse al nivel concreto y a las exigencias de la juventud.

Nuestros jóvenes camaradas han dado ejemplos inolvidables de heroísmo en la lucha contra los desafueros fascistas y la reacción burguesa. Pero carecen todavía de capacidad para arrancar concreta y perseverantemente a las masas de la juventud de la influencia enemiga. Esto se revela en la resistencia, no vencida aún hasta hoy, contra la labor dentro de las organizaciones fascistas y en el modo, no siempre acertado, de abordar a la juventud socialista y a otras juventudes no comunistas. De todo esto incumbe también una gran responsabilidad, naturalmente, a los partidos comunistas, que deben dirigir y apoyar a las juventudes comunistas en su trabajo. Pues, el problema de la juventud no es solamente un problema de las juventudes comunistas, es un problema del movimiento comunista en su totalidad. En el campo de la lucha por la juventud, los partidos comunistas y las organizaciones juveniles deben dar un viraje verdadero y resuelto. La misión principal del movimiento juvenil comunista, en los países capitalistas, consiste en marchar valientemente por la senda de la realización del frente único, por la senda de la organización y unidad de la joven generación trabajadora. ¡Qué enorme influencia ejercen sobre el movimiento juvenil revolucionario los primeros pasos dados últimamente en esta dirección, en Francia y los Estado Unidos! Bastó con que se emprendiese en estos países la realización del frente único, para que inmediatamente se consiguieran éxitos considerables. También es digna de atención, en el campo del frente único internacional, la eficaz iniciativa del «Comité contra la guerra y el fascismo» de París de llegar a una colaboración internacional de todas las organizaciones juveniles no fascistas.

Estos pasos, que se han dado con éxito en el movimiento del frente único juvenil en los últimos tiempos, ponen de manifiesto también que las formas del frente único de la juventud no pueden estar sujetas a patrones, no tiene por qué ser forzosamente las mismas que se dan en la práctica de los partidos comunistas. Las juventudes comunistas deben esforzarse, por todos los medios, por unificar las fuerzas de todas las organizaciones no fascistas de masas de la juventud, hasta llegar a la formación de diferentes organizaciones conjuntas para la lucha contra el fascismo, contra la inaudita privación de derechos y la militarización de la juventud, por los derechos económicos y culturales de las jóvenes generaciones, por ganar para el frente antifascista a esta juventud, donde quiera que se encuentre: en los campamentos de trabajo forzado, en las bolsas de trabajo, en los cuarteles y en la marina, en las escuelas o en las diferentes organizaciones deportivas, culturales y de otro género.

Nuestros jóvenes comunistas, a la par que desarrollan y fortalecen a las juventudes comunistas, deben esforzarse por crear asociaciones antifascistas de las juventudes comunistas y socialistas, sobre la plataforma de la lucha de clases.


El frente único y la mujer


No menor es, camaradas, la insuficiente apreciación que se manifiesta respecto a la labor entre las mujeres trabajadoras, las obreras, las mujeres paradas, las campesinas y las mujeres del hogar. Y si el fascismo despoja en la mayor medida a la juventud, a la mujer la esclaviza de un modo especialmente implacable y cínico, jugando con los sentimientos profundamente arraigados de la madre, de la mujer de su casa, de la obrera sin apoyo, inseguras del mañana. El fascismo, que se presenta como filántropo, arroja a las familias hambrientas una mísera limosna e intenta con ello ahogar los amargos sentimientos, provocados especialmente en las mujeres trabajadoras por la inaudita esclavización, que les acarrea el fascismo. Expulsa a las obreras de la producción. Envía al campo, por la fuerza, a las muchachas necesitadas y las condena a convertirse en criadas gratuitas de los campesinos ricos y de los terratenientes. A la par que promete a la mujer un hogar feliz, la empuja, como ninguna otra forma capitalista, por la senda de la prostitución.

Los comunistas y, sobre todo, nuestras camaradas, deben tener continuamente presente que no puede haber lucha eficaz contra el fascismo, ni contra la guerra, si no movilizan para esta lucha a las extensas masas femeninas. Y esto no se logra solamente con la agitación. Tenemos que encontrar, de acuerdo con cada situación concreta, la posibilidad de movilizar a las masas de las mujeres trabajadoras, a favor de sus intereses y reivindicaciones vitales: contra la carestía de la vida, por el aumento de los salarios, según el principio «a trabajo igual, salario igual», contra los despidos en masa, contra todo lo que signifique desigualdad de derechos y contra la esclavización fascista de la mujer.

En nuestros esfuerzos por incorporar a la mujer trabajadora al movimiento revolucionario, no debemos asustarnos tampoco de la creación de organizaciones especiales de mujeres allí donde sea necesario hacerlo. El prejuicio de que hay que liquidar en los países capitalistas las organizaciones femeninas, que se hallan bajo la dirección de los partidos comunistas, por exigirlo así la lucha contra el «separatismo femenino» en el movimiento obrero, es un prejuicio que acarrea frecuentemente grandes daños.

Hay que buscar las formas más sencillas y flexibles para establecer el contacto y la lucha común con las organizaciones femeninas revolucionarias, socialdemócratas y progresistas, antifascistas y antiguerreristas. Tenemos que lograr, cueste lo que cueste, que las obreras y las mujeres trabajadoras militen en el frente único de la clase obrera y en el frente popular antifascista, codo con codo con sus hermanos de clase.


El frente único antiimperialista


Una importancia extraordinaria adquiere, en relación con los cambios operados en la situación internacional e interior de todos los países coloniales y semicoloniales, el problema del frente único antiimperialista.

Respecto a la creación de un amplio frente único antiimperialista en las colonias y semicolonias, hay que tener en cuenta, ante todo, la diversidad de las condiciones, bajo las cuales se desarrolla la lucha antiimperialista de las masas, el distinto grado de madurez del movimiento de liberación nacional, el papel del proletariado en este movimiento y la influencia del partido comunista sobre las extensas masas.

En el Brasil el problema se plantea de manera diferente que en la India, en China, etc.

En el Brasil, el Partido Comunista Brasileño, que con la creación de la Alianza Nacional Libertadora ha sentado un principio acertado para el desarrollo del frente único antiimperialista, tiene que hacer todos los esfuerzos para seguir extendiendo en los sucesivo este frente y mediante la incorporación, en primer término, de las masas de millones de campesinos, poner rumbo hacia la creación de destacamentos de un ejército nacional revolucionario entregado sin reserva a la revolución, y combatir por la instauración del poder de la Alianza Nacional Libertadora.

En la India, los comunistas deben apoyar, extender y participar en todas las acciones antiimperialistas de masas, sin exceptuar aquellas, a cuya cabeza marchan los nacional-reformistas. Conservando su independencia política y de organización, deben emprender un trabajo activo en el seno de las organizaciones adheridas al Congreso Nacional de la India y contribuir a la cristalización de un ala nacional revolucionaria, dentro de estas organizaciones, para seguir desplegando en lo sucesivo el movimiento de liberación nacional de los pueblos de la India contra el imperialismo británico.

En China, donde el movimiento popular ya ha conducido a la creación de distritos soviéticos en importantes territorios del país y a la organización de un potente Ejército Rojo, la ofensiva rapaz del imperialismo japonés y la traición del gobierno de Nanking han puesto en peligro la existencia nacional del gran pueblo chino. Sólo los soviets chinos pueden actuar como centro de unificación en la lucha contra la esclavización y el reparto de China por los imperialistas, como centro de unificación, que agrupe a todas las fuerzas antiimperialistas para la lucha nacional del pueblo chino.

Aprobamos, por lo tanto, la iniciativa de nuestro valiente hermano Partido Comunista de China de crear el frente único antiimperialista más extenso contra el imperialismo japonés y sus agentes chinos, con todas las fuerzas organizadas existentes en el territorio de China, que estén dispuestas a desplegar una lucha efectiva por la salvación de su país y de su pueblo.

Estoy seguro de que expreso los sentimientos e ideas de todo nuestro congreso al declarar que enviamos nuestro saludo fraternal más caluroso, en nombre del proletariado revolucionario del mundo entero, a todos los soviets de China, al pueblo revolucionario chino (Aplausos, toda la sala se pone en pie). Enviamos nuestro caluroso saludo fraternal al heroico Ejército Rojo de China, probado en mil combates (Aplausos calurosos). Y aseguramos al pueblo chino que estamos firmemente decididos a apoyar su lucha por liberarse completamente de todos los rapaces imperialistas y de sus agentes chinos (Aplausos calurosos. Toda la sala se pone en pie. Ovación que dura varios minutos. Gritos de saludo de todos los delegados).


Sobre el gobierno del frente único


¡Camaradas! Hemos tomado un rumbo resuelto y audaz hacia el frente único de la clase obrera y estamos dispuestos a seguirlo con la máxima consecuencia.

Si se nos pregunta, si nosotros, los comunistas, luchamos sobre el terreno del frente único solamente por reivindicaciones parciales o estamos dispuestos a compartir la responsabilidad, si se llegase a la formación de un gobierno sobre la base del frente único, diremos con plena conciencia de nuestra responsabilidad: si tenemos en cuenta que puede producirse una situación en que la creación de un gobierno de frente único proletario, o de frente popular antifascista sea no solamente posible, sino indispensable en interés del proletariado. Aceptamos, en efecto esta eventualidad (Aplausos). Y en este caso, sin ninguna vacilación, nos declararemos a favor de la creación de este gobierno.

No me refiero aquí al gobierno que puede ser formado después de la victoria de la revolución proletaria. Evidentemente, no está excluida la posibilidad de que en un país cualquiera, inmediatamente después del derrumbamiento revolucionario de la burguesía, se pueda formar un gobierno soviético sobre la base del bloque gubernamental del partido comunista con otro partido –o su ala izquierda– que participe en la revolución. Es sabido que después de la revolución de octubre de 1917, el partido de los bolcheviques rusos vencedor hizo entrar en la composición del gobierno soviético a los representantes de los socialistas revolucionarios de izquierda –los llamados eseristas de izquierda–. Esta fue la particularidad del gobierno soviético, después de la victoria de la revolución de octubre de 1917.

No se trata de un caso de este género, sino de la posible formación de un gobierno de frente único en vísperas y antes de la victoria de la revolución soviética.

¿Qué sería este gobierno? ¿Y en qué situación pudiera ser posible?

Es, ante todo, un gobierno de lucha contra el fascismo y la reacción. Debe ser un gobierno formado como consecuencia del movimiento de frente único y que no limite de ninguna manera la actividad del partido comunista y de las organizaciones de masas de la clase obrera, sino, al contrario, que tome enérgicas disposiciones dirigidas contra los magnates financieros contrarrevolucionarios y sus agentes fascistas.

En el momento oportuno, apoyándose sobre el movimiento creciente del frente único, el partido comunista del país en cuestión se manifestará por la creación de semejante gobierno, sobre la base de una plataforma antifascista concreta.

¿Bajo qué condiciones objetivas será posible la formación de un tal gobierno? A esta pregunta puede contestarse de un modo muy general: bajo las condiciones de una crisis política, en que las clases dominantes ya no están en condiciones de acabar con el potente ascenso del movimiento antifascista de masas. Pero esto es sólo una perspectiva general, sin la cual apenas será posible, en la práctica, la formación de un gobierno del frente único. Solamente en presencia de determinadas premisas especiales, puede ponerse al orden del día el problema de la formación de este gobierno como tarea políticamente necesaria. Me parece que en este sentido merecen la mayor atención las siguientes premisas:

Primero. Cuando el aparato estatal de la burguesía esté ya lo bastante desorganizado y paralizado para que la burguesía no pueda impedir la formación de un gobierno de lucha contra la reacción y el fascismo.

Segundo. Cuando las más extensas masas trabajadoras y en particular los sindicatos de masas se levanten impetuosamente contra el fascismo y la reacción, pero no estén todavía preparados para lanzarse a la insurrección con el fin de luchar bajo la dirección del partido comunista por la conquista del poder soviético.

Tercero. Cuando el proceso de diferenciación y radicalización en las filas de la socialdemocracia y de los demás partidos que participan en el frente único, haya conducido a que una parte considerable dentro de ellas exija medidas implacables contra los fascistas y demás reaccionarios, luche del brazo de los comunistas contra el fascismo y se manifieste abiertamente contra el sector reaccionario y hostil al comunismo de su propio partido.

Cuándo y en qué países surgirá de hecho una situación semejante, en la que se den, en grado suficiente, estas premisas, es cosa que no puede decirse previamente, pero como esta perspectiva no está descartada en ningún país capitalista, debemos tenerla en cuenta y no sólo orientarnos y prepararnos nosotros mismos, sino orientar también a la clase obrera en la forma adecuada.

El mero hecho, de que pongamos hoy a discusión este problema, está relacionado, naturalmente, con nuestro modo de apreciar la situación y las perspectivas más próximas de desarrollo, así como con el ascenso efectivo del movimiento del frente único en una serie de países, en estos últimos tiempos. Durante más de diez años, la situación que se planteaba en los países capitalistas era tal que la Komintern no tenía por qué discutir un problema de esta índole.

Recordaréis, camaradas, que en nuestro IVº Congreso celebrado en 1922, y también en el Vº Congreso de 1924, se discutió el problema de la consigna del gobierno obrero u obrero y campesino. Aquí, inicialmente, se trataba, en substancia, de un problema casi análogo al que hoy se nos plantea. Los debates que en torno a esta cuestión se promovieron por aquel entonces en la Komintern y especialmente los errores políticos que se cometieron aquí tienen todavía hoy su importancia para acentuar nuestra atención vigilante ante el peligro de desviarse a derecha y a izquierda en la línea bolchevique en esta cuestión. Por eso quiero señalar en pocas palabras algunos de estos errores, con objeto de sacar de ellos las enseñanzas necesarias para la política actual de nuestros partidos.

La primera serie de errores obedeció precisamente a que el problema del gobierno obrero no se enlazó clara y firmemente a la presencia de una crisis política. Gracias a esto, los oportunistas de derecha pudieron interpretar la cosa en el sentido de que había que aspirar a la formación de un gobierno obrero, apoyado por el partido comunista, en cualquier situación, por decirlo así, «normal». Por el contrario, los ultraizquierdistas sólo admitían un gobierno obrero que se formase única y exclusivamente mediante la insurrección armada, después del derrocamiento de la burguesía. Ambas cosas eran falsas y por eso, ahora, para evitar la repetición de semejantes errores, recalcamos con tanto cuidado la necesidad de tener en cuenta exactamente las condiciones concretas y particulares de la crisis política y del ascenso del movimiento de masas, bajo las cuales puede ser posible y políticamente necesaria la formación de un gobierno del frente único.

La segunda serie de errores obedeció al hecho de que el problema del gobierno obrero no se enlazó con el desarrollo del movimiento combativo de masas del frente único proletario. Esto dio a los oportunistas de derecha la posibilidad de tergiversar el problema y reducirlo a la táctica sin principios de la formación de un bloque con los partidos socialdemócratas, a base de combinaciones puramente parlamentarias. Los ultraizquierdistas, por el contrario, gritaban: «¡Nada de coaliciones con la socialdemocracia contrarrevolucionaria!». Considerando como contrarrevolucionarios, en el fondo, a todos los socialdemócratas.

Ambas cosas eran falsas y nosotros recalcamos ahora, por una parte, que no queremos en modo alguno un «gobierno obrero», que sea sencillamente un gobierno socialdemócrata ampliado. Preferimos, incluso, renunciar al nombre de «gobierno obrero» y hablar de un gobierno del frente único que, por su carácter político, es algo completamente distinto, fundamentalmente distinto de todos los gobiernos socialdemócratas, que acostumbran a llamarse «gobiernos obreros». Mientras los gobiernos socialdemócratas representan un instrumentos de la colaboración de clases con la burguesía, en interés de la conservación del sistema capitalista, el gobierno del frente único es un órgano de la colaboración de la vanguardia revolucionaria del proletariado con otros partidos antifascistas, en interés de todo el pueblo trabajador, un gobierno de lucha contra el fascismo y la reacción. Es evidente que son dos cosas radicalmente distintas.

Por otra parte, subrayamos que es necesario ver la diferencia existente entre los diversos campos de la socialdemocracia. Como ya he señalado, existe en la socialdemocracia un campo reaccionario, pero, al mismo tiempo, existe y crece el campo de los socialdemócratas de izquierda –esta vez sin comillas–, de los obreros que se revolucionarizan. La diferencia decisiva entre ambos campos consiste, prácticamente, en su actitud ante el frente único de la clase obrera. Los socialdemócratas reaccionarios son contrarios al frente único, calumnian al movimiento del frente único, lo sabotean y lo descomponen, ya que éste hace fracasar su política de conciliación con la burguesía. Los socialdemócratas de izquierda son partidarios del frente único, defienden, desarrollan y fortalecen el movimiento del frente único, puesto que él es un movimiento de lucha contra el fascismo y la reacción y será siempre la fuerza que empuje al gobierno del frente único a luchar contra la burguesía reaccionaria. Cuanto con mayor vigor se desencadene este movimiento de masas, tanto mayor será la fuerza que pueda brindar al gobierno para luchar contra los reaccionarios. Y cuanto mejor organizado, desde abajo, esté el movimiento de masas y mayor sea la red de los órganos de clase del frente único, situados al margen del partido en las empresas, entre los desocupados, en los barrios obreros, entre la gente modesta de la ciudad y del campo, tanto mayores serán las garantías que se tengan contra una posible degeneración de la política del gobierno del frente único.
La tercera serie de conceptos erróneos, que se manifestaron en los anteriores debates, se referían precisamente a la política práctica del «gobierno obrero». Los oportunistas de derecha opinaban que el «gobierno obrero» debía mantenerse dentro del «marco de la democracia burguesa» y, por consiguiente, no debía dar ningún paso que se saliese de este marco. Por el contrario, los ultraizquierdistas renunciaban de hecho a todo intento de formación de un gobierno del frente único.

En 1923, pudo verse, en Sajonia y Turingia, un cuadro elocuente de la práctica oportunista derechista de un «gobierno obrero». La entrada de los comunistas en el gobierno de Sajonia, con los socialdemócratas de izquierda –grupo Zeigner–, no era de por sí un error. Por el contrario, este paso estaba completamente justificado por la situación revolucionaria de Alemania. Pero los comunistas, al participar en el gobierno, tenían que haberse aprovechado de sus posiciones, ante todo para armar al proletariado, y no lo hicieron. Ni siquiera confiscaron una sola de las casas de los ricos, a pesar de que la escasez de viviendas obreras era tan grande, que muchos obreros, con mujer e hijos, no tenían donde cobijarse. Tampoco emprendieron nada para organizar el movimiento revolucionario de masas de los obreros. Procedieron en todo momento como los habituales ministros parlamentarios dentro del «marco de la democracia burguesa». Como es sabido, este fue el resultado de la política oportunista de Heinrich Brandler y de sus secuaces. El resultado de todo esto fue una tal bancarrota que, incluso hoy, nos vemos obligados a referirnos al gobierno de Sajonia, como ejemplo clásico de cómo no deben actuar los revolucionarios en el gobierno.

¡Camaradas! Nosotros exigimos de todo gobierno del frente único una política completamente distinta. Le exigimos que lleve a cabo determinadas reivindicaciones cardinales revolucionarias, congruentes con la situación, como, por ejemplo, el control de la producción, el control sobre los bancos, la disolución de la policía, su sustitución por una milicia obrera armada, etc.

Hace quince años, Lenin nos invitaba a que concentrásemos toda la atención «en buscar las formas de transición o de acercamiento a la revolución proletaria». Puede ocurrir que el gobierno del frente único sea, en una serie de países, una de las formas transitorias más importantes. Los doctrinarios «de izquierda» siempre pasaron por alto esta indicación de Lenin, hablando solamente de la «meta», como propagandistas limitados, sin preocuparse jamás de las «formas de transición». Y los oportunistas de derecha intentaban establecer una «fase democrática intermedia», especial, entre la dictadura de la burguesía y la dictadura del proletariado, para sugerir a la clase obrera la ilusión de un pacífico paso parlamentario de una dictadura a otra. ¡Esta «fase intermedia» ficticia la llamaban también «forma de transición» e invocaban incluso el nombre de Lenin! Pero no fue difícil descubrir el fraude, pues Lenin hablaba de una forma de transición y de acercamiento a la «revolución proletaria», esto es, al derrocamiento de la dictadura burguesa y no de una forma transitoria cualquiera entre la dictadura burguesa y la proletaria.

¿Por qué atribuía Lenin una significación tan extraordinariamente grande a la forma que revistiese el paso a la revolución proletaria? Porque tenía presente «la ley fundamental de todas las grandes revoluciones», la ley de que la propaganda y la agitación por sí solas no pueden suplir en las masas su propia experiencia política, cuando se trata de atraer a las masas verdaderamente extensas de los trabajadores al lado de la vanguardia revolucionaria, sin lo cual es imposible la lucha victoriosa por el poder.

El error habitual de tipo izquierdista es la creencia, que, tan pronto como surge la crisis política –o revolucionaria–, basta con que la dirección comunista lance la consigna de la insurrección revolucionaria, para que las grandes masas la sigan. No, hasta en presencia de tales crisis, las masas distan mucho de estar siempre preparadas para eso. Hemos visto esto en el ejemplo de España y su fallida revolución de 1934. Para ayudar a las masas de millones a aprender lo más pronto posible, por medio de su propia experiencia, lo que tiene que hacer, dónde encontrar la salida decisiva y comprender qué partido merece su confianza; para esto hacen falta, entre otras cosas, junto con las consignas transitorias, también «las formas especiales de transición o de acercamiento a la revolución proletaria». Sin esto, las extensas masas del pueblo que está cautivas en las ilusiones y tradiciones democráticas pequeño burguesas, podrán incluso, ante una situación revolucionaria, vacilar, perder tiempo, vagar, sin encontrar el camino de la revolución y hasta caer bajo los golpes de los verdugos fascistas.

Por esto señalamos la posibilidad de formar, bajo las condiciones de la crisis política, un gobierno del frente único antifascista. En la medida en que este gobierno despliegue una lucha real y verdadera contra los enemigos del pueblo, conceda libertad de acción a la clase obrera y al partido comunista, nosotros, los comunistas, lo apoyaremos por todos los medios y lucharemos en la primera línea de fuego, como soldados de la revolución. Pero les decimos francamente a las masas: este gobierno no traerá la salvación definitiva. Este gobierno no está en condiciones de derrocar la dominación de clase de los explotadores y, por esta razón, no puede tampoco eliminar definitivamente el peligro de la contrarrevolución fascista. ¡Por consiguiente, hay que prepararse para la revolución socialista! ¡Sólo y exclusivamente el poder soviético traerá la salvación!

Si analizamos el desarrollo actual de la situación internacional, vemos que la crisis política va madurando en toda una serie de países. Esto condiciona la gran importancia y actualidad de una decisión de nuestro congreso sobre el problema del gobierno del frente único.
Si nuestros partidos saben aprovechar, para la preparación revolucionaria de las masas, de un modo bolchevique, la posibilidad de formar un gobierno del frente único, la lucha en torno a la formación y permanencia en el poder de este gobierno, ésta será la mejor justificación política de nuestro rumbo hacia la creación de un gobierno del frente único.


La lucha ideológica contra el fascismo


Uno de los aspectos más débiles de la lucha antifascista de nuestros partidos consiste en que no reaccionan suficientemente, ni a su debido tiempo contra la demagogia del fascismo y siguen tratando despectivamente los problemas de la lucha contra la ideología fascista. Muchos camaradas no creían que una variedad tan reaccionaria de la ideología burguesa, como es la ideología del fascismo, que en su absurdo llega con harta frecuencia hasta el desvarío, fuese en general capaz de conquistar influencia sobre las masas. Esto fue un gran error. La avanzada putrefacción del capitalismo llega hasta la misma médula de su ideología y su cultura, y la situación desesperada de las extensas masas del pueblo predispone a ciertos sectores al contagio con los desechos ideológicos de este proceso de putrefacción.

No debemos menospreciar, en modo alguno, esta fuerza del contagio ideológico del fascismo. Al contrario, debemos librar por nuestra parte una amplia lucha ideológica, basada en una argumentación clara y popular y en un método certero a la hora de abordar lo peculiar en la psicología nacional de las masas del pueblo.

Los fascistas resuelven la historia de cada pueblo, para presentarse como herederos y continuadores de todo lo que hay de elevado y heroico en su pasado, y explotan todo lo que humilla y ofende a los sentimientos nacionales del pueblo, como arma contra los enemigos del fascismo. En Alemania se publican centenares de libros que no persiguen otro fin que el de falsear la historia del pueblo alemán sobre una pauta fascista.

Los flamantes historiadores nacionalsocialistas se esfuerzan en presentar la historia de Alemania, como si, bajo el imperativo de una «ley histórica», un hilo conductor marcara, a los largo de 2.000 años, la trayectoria del desarrollo que ha determinado la aparición en la escena de la historia del «salvador nacional», del «Mesías» del pueblo alemán, el célebre cabo de progenie austriaca. Todos los grandes hombres del pueblo alemán en épocas pasadas se presentan en estos libros como fascistas, y todos los grandes movimientos campesinos, como precursores directos del movimiento fascista.

Benito Mussolini se esfuerza obstinadamente en sacar partido de la figura heroica de Giuseppe Garibaldi. Los fascistas franceses tremolan a Juana de Arco como su heroína. Los fascistas estadounidenses apelan a las tradiciones de la guerra de la independencia americana, a las tradiciones de George Washington y de Abraham Lincoln. Los fascistas búlgaros explotan el movimiento de liberación nacional de la década del 70 del siglo pasado y a los héroes populares tan queridos de este movimiento, como Vasil Levski, Stefan Karadsha, etc.

Los comunistas que creen que todo esto no tiene nada que ver con la causa obrera y no hacen nada, ni lo más mínimo, para esclarecer ante las masas trabajadoras el pasado de su propio pueblo con toda fidelidad histórica y el verdadero sentido marxista-leninista-stalinista para entroncar la lucha actual con las tradiciones revolucionarias de su pasado, esos comunistas entregan voluntariamente a los falsificadores fascistas todo lo que hay de valioso en el pasado histórico de la nación, para que engañen a las masas del pueblo.

¡No, camaradas! A nosotros nos afectan todos los problemas importantes, no sólo del presente y del futuro, sino también los que forman parte del pasado de nuestro propio pueblo, pues nosotros, los comunistas, no practicamos la política mezquina de los intereses gremiales de los obreros. Nosotros no somos los funcionarios limitados de las tradeuniones, ni tampoco los dirigentes de los gremios medievales de artesanos y oficiales. Somos los representantes de los intereses de clase de la más importante y grande de las clases de la sociedad moderna, de la clase obrera, que tiene por misión emancipar a la humanidad de los tormentos del sistema capitalista, clase, que ya ha abatido el yugo del capitalismo y es la clase gobernante en una sexta parte del planeta. Nosotros defendemos los intereses vitales de todos los sectores trabajadores explotados, es decir, de la mayoría del pueblo de todos los países capitalistas.

Nosotros, los comunistas, somos, por principio, enemigos irreconciliables del nacionalismo burgués, en todas sus formas y variedades. Pero no somos partidarios del nihilismo nacional, ni podemos actuar jamás como tales. La misión de educar a los obreros y a los trabajadores en el espíritu del internacionalismo proletario es una de las tareas fundamentales de todos los partidos comunistas. Pero, el que piense, que esto le permite, e incluso, le obliga a escupir en la cara a todos los sentimientos nacionales de las amplias masas trabajadoras, está muy lejos del verdadero bolchevismo y no ha comprendido nada de las enseñanzas de Lenin y Stalin sobre la cuestión nacional (Aplausos).

Lenin que luchó siempre decidida y consecuentemente contra el nacionalismo burgués, esto es visible por ejemplo en su artículo: «Sobre el orgullo nacional de los grandes rusos», escrito en el año 1914, dicho artículo nos dio un ejemplo de cómo debe enfocarse acertadamente el problema de los sentimientos nacionales. He aquí lo que escribe:

«¿Es ajeno a nosotros, proletarios conscientes de nacionalidad «gran rusa», el sentimiento de orgullo nacional? ¡No, naturalmente que no!  Nosotros sentimos amor por nuestro idioma y por el país en que hemos nacido, laboramos más que nadie porque sus masas trabajadoras, es decir las nueve décimas partes de su población, se eleven a la vida consciente de los demócratas y socialistas. Nos duele enormemente ver y sentir los desafueros, la opresión y el escarnio a que someten a nuestro hermoso país los verdugos del zar, la nobleza y los capitalistas. Nos enorgullece el que estos atropellos hayan suscitado resistencia entre nosotros, entre los «grandes rusos» que hayan salido de entre ellos un Radíschev, los decabristas, los revolucionarios pequeñoburgueses de la década del 70 del siglo pasado, que la, clase obrera de nacionalidad «gran rusa» haya creado, en 1905, un potente partido revolucionario de masas. Nos invade el sentimiento del orgullo nacional porque la nacionalidad «gran rusa» ha sabido crear también una clase revolucionaria y ha demostrado también que es capaz de dar a la humanidad ejemplos grandiosos de la lucha por la libertad y el socialismo, y no sólo grandiosos «pogromos», hileras de patíbulos, calabozos de torturas, hambres atroces y un atroz servilismo hacia los curas, el zar, los terratenientes y los capitalistas. Nos invade el sentimiento del orgullo nacional, y precisamente por esto odiamos con especial fuerza nuestro pasado de esclavos y nuestro presente de esclavos, en que los mismos terratenientes, ayudados por los capitalistas, nos llevan a la guerra para estrangular a Polonia y a Ucrania, para sofocar el movimiento democrático de Persia y China y para fortalecer a la banda de los Romanov, los Bobrinski y los Purischkevick, que cubren de oprobio nuestra dignidad nacional de grandes rusos». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Sobre el orgullo nacional de los grandes rusos, 1914)

Es lo que escribe Lenin sobre el orgullo nacional.

Yo creo, camaradas, no haber procedido equivocadamente cuando durante 1933, en el proceso de Leipzig, ante el intento de los fascistas de calumniar al pueblo búlgaro como a un pueblo bárbaro, defendí el honor nacional de las masas trabajadoras, del pueblo búlgaro, que lucha abnegadamente contra los usurpadores fascistas, que son los verdaderos bárbaros y salvajes (Larga y clamorosa ovación), y cuando declaré que no tengo ningún motivo para avergonzarme de ser búlgaro y que, lejos de ello, estoy orgulloso de ser hijo de la heroica clase obrera búlgara (Aplausos).

¡Camaradas! El internacionalismo proletario debe «aclimatarse», por decirlo así, en cada país y echar raíces profundas en el suelo natal. Las formas nacionales, que reviste la lucha proletaria de clases, el movimiento obrero en cada país no están en contradicción con el internacionalismo proletario, sino que, al contrario, es precisamente bajo estas formas como se pueden defender también con éxito los intereses internacionales del proletariado.

Es evidente que hay que poner bien de relieve, en todas partes y en todas las ocasiones, ante las masas y demostrar de un modo concreto que la burguesía fascista, con el pretexto de defender los intereses de toda la nación, practica la política egoísta de opresión y explotación de su propio pueblo y la expoliación y la esclavización de los demás pueblos. Pero no podemos limitarnos a esto. Al mismo tiempo, tenemos que poner de manifiesto, a través de las propias luchas de la clase obrera y mediante las acciones del Partido Comunista, que el proletariado, al rebelarse contra todo vasallaje y contra toda opresión nacional, es el único y auténtico campeón de la libertad nacional y de la independencia del pueblo.

Los intereses de la lucha de clases del proletariado contra los explotadores y opresores patrios no están en pugna con los intereses de un porvenir libre y feliz de la nación. Al contrario: la revolución socialista será la salvación de la nación y le abrirá el camino para un auge más esplendoroso. Por esto, porque la clase obrera, al construir hoy sus organizaciones de clase y afianzar sus posiciones, al defender contra el fascismo los derechos y libertades democráticas, al luchar por el derrocamiento del capitalismo, lucha ya a través de todo esto por ese porvenir de la nación.

El proletariado revolucionario lucha por salvar la cultura del pueblo, por redimirla de las cadenas del capital monopolista en putrefacción, del fascismo bárbaro que la violenta. Sólo la revolución proletaria puede impedir el naufragio de la cultura, elevarla al más alto esplendor como verdadera cultura popular, de esa cultura, nacional por su forma y socialista por su contenido, que se está realizando ante nuestros ojos en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas bajo la dirección de Iósif Stalin (Aplausos).

El internacionalismo proletario no sólo no está contra la lucha de los trabajadores de cada país por la libertad nacional, social y cultural, sino que además garantiza, gracias a la solidaridad proletaria internacional y a la unidad de lucha, el apoyo necesario para triunfar en ella. Sólo en la más estrecha alianza con el proletariado victorioso de la gran Unión Soviética, puede triunfar la clase obrera de los países capitalistas. Sólo luchando codo a codo con el proletariado de los países imperialistas, pueden los pueblos coloniales y las minorías oprimidas lograr su liberación. La alianza revolucionaria de la clase obrera de los países imperialistas con los movimientos de liberación nacional de las colonias y países dependientes es un jalón, absolutamente indispensable, en la senda del triunfo de la revolución proletaria en los países imperialistas, pues como enseñaba Marx, «el pueblo que oprime a otros pueblos jamás puede ser libre».

Los comunistas, que forman parte de una nación oprimida o dependiente, no podrán luchar con éxito contra el chovinismo, en el seno de su propia nación, si al mismo tiempo no ponen de manifiesto, en la práctica del movimiento de masas, que luchan realmente por redimir a su nación del yugo extranjero. Por otra parte, los comunistas de la nación opresora tampoco podrán hacer lo que es necesario para educar a las masas trabajadoras de su nación en el espíritu del internacionalismo, si no libran una lucha decidida contra la política de opresión de su «propia» burguesía, por el derecho a la completa autodeterminación de las naciones esclavizadas por ellas. Si no lo hacen, tampoco ayudarán a los trabajadores de las naciones oprimidas a sobreponerse a sus prejuicios nacionalistas.

Sólo actuando en este sentido, demostrando de un modo convincente en toda nuestra labor de masas que estamos tan libres del nihilismo nacional, como del nacionalismo burgués, sólo entonces podremos librar una lucha verdaderamente eficaz contra la demagogia chovinista del fascismo.

Por eso, tiene una importancia tan enorme la aplicación justa y concreta de la política nacional leninista-stalinista. Es ésta una premisa absolutamente indispensable, para luchar eficazmente contra el chovinismo, principal instrumento de la influencia ideológica de los fascistas sobre las masas». (Georgi DimitrovLa clase obrera contra el fascismo; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 2 de agosto de 1935)

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