«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

martes, 12 de mayo de 2015

Por la aplicación acertada de la línea del VIIº Congreso de la Komintern; Klement Gottwald, 1936

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Sacando sus propios análisis de los desarrollos del VIIº Congreso de la Komintern de 1935, e Partido Comunista de Checoslovaquia elaboró sus debates y conclusiones respeto a la estrategia a tomar en un país como el suyo donde la situación demandaba una respuesta a la creciente fascistización del país tanto por la amenaza interior de Konrad Henlein y exterior de Adolf Hitler. 

Los comunistas checoslovacos sabían que las condiciones objetivas les obligaba estrechar la lucha por el frente único del proletariado, y expandir este a una lucha general de las masas trabajadoras por el frente popular, teniendo la apremiante necesidad de movilizar a las masas para: la lucha contra la guerra imperialista y el creciente belicismo de los países fascistas, convencer a las masas populares que los destinos del país no se podían confiar ni en las clases explotadoras dirigentes del país ni de las otras democracias burguesas, a luchar contra los intentos de cargar a las espalda de los trabajadores las consecuencias de la crisis capitalista, etc. Pero si bien estas necesidades eran objetivas e ineludibles, existían otras que iban acompañadas de condiciones más subjetivas en Checoslovaquia y su partido comunista que debían ser solucionadas para hilar mejor el trabajo de la resolución de las condiciones objetivas antes citadas. Eso incluía seguir batallando por erradicar las viejas manifestaciones nacionales socialdemócratas, nacionalistas, economicistas, anarquistas, trotskistas, blanquistas, luxemburguistas, thälmannianas que llevaban a: la indiferencia sobre quién gobernase, delirios espontaneistas, la carencia de análisis de clase sobre los acontecimientos; la autocomplacencia con el mínimo labor entre las masas, el desprecio por la ignorancia de éstas, el rebajar el rol del partido en el frente, el comprender que las acciones conjuntas con otros partidos o miembros sin partido no comunistas presupone la crítica a sus conceptos y prejuicios, a la lucha sin piedad contra sus recalcitrantes líderes oportunistas, etc. Es decir a desviaciones izquierdistas como derechistas, unas tradicionales, otras de moda.

En especial estas últimas desviaciones derechistas que podían surgir conforme se avanzara en la resolución de las necesidades objetivas más apremiantes. Esto ya fue adelantado por el propio Georgi Dimitrov en su brillante y ya «mítico» informe del 2 de agosto:

«Tenemos que fortalecer por todos los medios nuestra atención vigilante y nuestra lucha contra el oportunismo de derecha y contra todas sus manifestaciones concretas, teniendo en cuenta que el peligro de este oportunismo crecerá, a medida que se vaya desplegando un amplio frente único. Ya existen tendencias a rebajar el papel del partido comunista en las filas del frente único y a reconciliarse con la ideología socialdemócrata. No se debe perder de vista que la táctica del frente único es un método para persuadir palpablemente a los obreros socialdemócratas de la justeza de la política comunista y de la falsedad de la política reformista, y no una reconciliación con la ideología y la práctica socialdemócratas». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo: Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 2 de agosto de 1935)

También lo relató así la resolución discutida por los partidos de la Komintern sobre este informe:

«Los comunistas deben incrementar su vigilancia y guardarse del peligro de del oportunismo de derecha, y deben continuar una determinada lucha contra todas estas concretas manifestaciones, teniendo en cuenta el peligro del oportunismo de derecha crecerá donde las tácticas del frente único sean aplicadas. La lucha por el establecimiento del frente único, de la acción conjunta de la clase obrera, alza como necesario que los obreros socialdemócratas se convenzan a través de las lecciones objetivas de la correcta política de los comunistas y la incorrecta política reformista, y que cada partido comunista prosiga  una lucha irreconciliable contra cualquier tendencia que rebaje las diferencias entre de principio entre el comunismo y el reformismo, contra rebajar la crítica de la socialdemocracia como ideología y práctica de colaboración de clases con la burguesía, contra la ilusión de que es posible transitar al socialismo pacíficamente, por métodos legales, contra cualquier realización basada en el automatismo y la espontaneidad, en la organización de la liquidación del fascismo o en la realización del frente único, contra cualquier menosprecio del rol del partido y contra la vacilación en los momentos de decisiva acción». (Komintern; Resolución final emitida por el VIIº Congreso de la Komintern respecto al informe de Georgi Dimitrov, 20 de agosto de agosto de 1935)

Todo ello podía dar lugar en el caso checoslovaco, a que si no se comprendían o no se querían comprender las claras directrices del partido a: (1) Voltear al partido y sus miembros hacia la creencia que la etapa antifascista es una etapa inmutable de ahora en adelante y hasta el fin de la humanidad; (2) A que se podía conciliar compromisos con el partido socialdemócrata sin exigir el fin a su política de colaboración con la burguesía, sin criticar a los líderes que lo practican; (3) A que se puede y deben establecerse sucesivos acuerdos temporales que obran en contra de los intereses de clase; (4) A que se desarrolla la creencia de que el frente popular antifascista y la alianza con sus partidos debe de ser el eje de una nueva «sociedad socialista» multipartidista; (5) A que se puede lograr congeniar con el desarrollo del pensamiento socialdemócrata, reformista, en definitiva el liberalismo ideológico; el comienzo de la defensa de la «democracia burguesa» como un nuevo axioma para el marxismo-leninismo inalterable de la situación y correlación de fuerzas; (6) A que la «lucha de clases» se reduce a actividades meramente parlamentaria por poltronas ministeriales; (7) A que se debe evitar la atenuación de las contradicciones de clase y se acaba en un miedo a transgredir la «alianza antifascista» una vez iniciado el tránsito al socialismo, el seguidismo o más bien «borreguismo» a cualquier «táctica pragmática»; (8) A que es posible un «tránsito» pacífico al socialismo por medio de los cauces legales del sistema político burgués y respetando sus instituciones. 

Estas cuestiones y otras particulares es lo que el autor Klement Gottwald relata en el VIIº Congreso del Partido Comunista de Checoslovaquia que hay que evitar, y así lo explica a sus militantes cuando habla de luchar por «la aplicación acertada de la línea del VIIº Congreso de la Komintern» señalando algunos errores que el partido había permitido, es pues, una vez más un documento que muestra un ejercicio de crítica y autocrítica bolchevique.

Esto también nacía tanto de las enseñanzas que siempre implementó hasta su muerte el marxista-leninista checoslovaco Klement Gottwald en su querido partido, como también de las enseñanzas que su buen amigo Georgi Dimitrov siempre enseño a todos los comunistas del mundo, y de las cuales el checoslovaco siempre hizo suyas:

«El desarrollo de la crítica y autocrítica concreta y constante en el partido, y el descubrimiento de las insuficiencias en nuestro trabajo, tienen que ser también nuestra preocupación constante y primordial después del congreso, en todos los eslabones del partido, de abajo a arriba, y de arriba a abajo. No debemos olvidar nunca que la mayor sabiduría para el verdadero comunista es reconocer y comprender oportuna, honrada y sinceramente el error cometido, descubrir con audacia las causas que engendraron el error, y tener la voluntad inquebrantable de eliminarlo y corregirlo rápida y despiadadamente. En el partido y en todos los dominios de nuestra vida debemos liberarnos de modo definitivo de la costumbre nociva de no señalar concretamente los errores por temor a alterar nuestras relaciones de amistad o parentesco, causar fastidio a alguien o crearnos disgustos personales. Tenemos que fustigar implacablemente todo espíritu de familiaridad al resolver problemas del partido y del Estado. Los intereses del partido, de la clase obrera, del pueblo, tienen que colocarse por encima de toda clase de consideraciones y prejuicios pequeño burgueses». (Georgi Dimitrov; Informe en el Vº Partido Obrero (comunista) Búlgaro, 18 de diciembre de 1948)

El documento:

Klement Gottwald

Por la aplicación acertada de la línea del VIIº Congreso de la Komintern


En las regiones alemanas de Checoslovaquia comienza a presentarse la pelagra, una enfermedad del hambre. La cifra de obreros parados confesada oficialmente era en diciembre, en números redondos, de 800.000; es decir, considerablemente más alta que en diciembre de 1934. Y a estos dos hechos realmente alarmantes dicen por sí solos tanto como volúmenes enteros en lo tocante a la situación extraordinariamente seria del pueblo trabajador de Checoslovaquia, y son graves acusaciones contra el régimen dominante en la actualidad. Y cuando hoy los partidos del gobierno hablan de la «catástrofe nacional», hay que decirles con toda claridad: «Vosotros sois los culpables, los mayores culpables». Stoupal, Deran y Vrany, del Partido Agrario gobernante, continuaron sus manejos secretos con los oposicionistas reaccionarios Stribrny, Kramarge, Henlein y Klinka. Y el bloque reaccionario-fascista, creado en diciembre del año pasado y que se deshizo temporalmente en las elecciones presidenciales, comienza a formarse de nuevo, directamente delante de las narices de los socialistas gubernamentales. Hay que contar en días muy próximos con nuevos ataques de la reacción fascista, que trabaja, consciente de sus fines, por la toma de todo el poder y por ajustar las cuentas al movimiento obrero en su totalidad. Los esfuerzos de los reaccionarios y fascistas genuinos dentro y fuera del gobierno, encaminados a la instauración de la dictadura fascista en nuestro país, van unidos a las aspiraciones de cambiar el rumbo de la política exterior de Checoslovaquia, rompiendo los lazos con la Unión Soviética y vinculándose al Berlín fascista, pasándose del frente de la paz al frente de la guerra.

Aquí es donde residen los mayores puntos de contacto entre los distintos grupos de la reacción fascista, sin distinción de nacionalidad. Aquí es donde los patriotas checos Kramarge y Vrany se ponen más fácilmente de acuerdo con el «enemigo eterno», con los Henleins y Brandits, y los eslovacos «fieles a su raza» Klinka y Sidor, con los «Uriemberek», conde Eszterhazy y Szent-Iwany.

Existe un peligro candente en los Sudetes; un aumento del paro forzoso en toda Checoslovaquia; la concentración y agrupación de fuerzas de la reacción fascista para la batalla decisiva contra todo lo que es proletario y progresivo; peligro de que Checoslovaquia se vea arrastrada por la reacción fascista al frente de guerra acaudillado por Hitler, son todos hechos y peligros muy serios que se plantean hoy al pueblo trabajador de Checoslovaquia. Hechos con los que es imposible resignarse, peligros contra los que es necesario luchar, y, además, inmediatamente, hoy mismo, todos los días. Y en esta lucha debe establecerse inmediatamente el frente único de todos los obreros y organizaciones obreras, al igual que un amplio frente popular de todas las capas del pueblo trabajador de la ciudad y el campo, pues sólo así podrá desviarse el peligro que amenaza, sólo así se podrán aniquilar los ataques del capital y de la reacción fascista y sentar las premisas para un potente contraataque. Si el establecimiento de la unidad de acción del proletariado y el de un amplio frente popular en la lucha contra la ofensiva del capital, el fascismo y la guerra, es interés vital de todos los trabajadores, sin distinción de tendencia política, es evidente que hay que superar y eliminar cuanto se oponga a la realización de esta gran obra.

Los partidos socialistas gubernamentales están vinculados con la burguesía. En vez de la lucha de clases, mantienen la colaboración de clases con la burguesía. Se sientan en el gobierno con los agrarios, cuya ala derecha reaccionaria pacta con Strshybrny y Henlein, con fascistas declarados. Mantienen una coalición con la burguesía reaccionaria, pero rechazan tenazmente el frente único con los comunistas. Dentro y fuera del Gobierno cubren y apoyan los ataques sociales y económicos de la burguesía contra el pueblo trabajador, impulsando con ello la reacción fascista. Se esfuerzan por ahogar en las masas toda tentativa de resistencia contra los ataques de la burguesía. Aquí, en la colaboración de clases de los partidos socialistas con la burguesía reside el gran mal para el pueblo trabajador. ¿Por qué? Porqué de este modo se obliga a una parte considerable de la masa obrera a ir a remolque del enemigo de clase; porque de este modo se divide a la clase obrera y se la empuja a la lucha fratricida; porque de este modo se descompone política e ideológicamente a la clase obrera y se la debilita; porque de este modo se favorece la división entre la clase obrera y los campesinos trabajadores, aislando a la clase obrera de las demás capas de la población trabajadora. La colaboración de clases, es por tanto, el principal obstáculo que se opone a la unidad de acción de la clase obrera y al establecimiento de un amplio frente popular de todas las capas del pueblo trabajador bajo la dirección del proletariado.

Por eso la actividad de los comunistas, debe ir encaminada a conseguir que los obreros socialistas, las organizaciones socialistas, todos los elementos honrados que hay dentro de los partidos socialistas, se desvíen de la política de la colaboración de clases con la burguesía y pasen a las posiciones de la lucha de clases. Pues sólo en la medida en que esto se haga se desarrollarán la unidad de acción del proletariado y el frente popular y crecerán la fuerza de resistencia y la capacidad combativa contra el enemigo de clase. Hay que decir ya desde ahora, que para conseguir esto no basta con la simple agitación y propaganda del frente único, sino que esta agitación y propaganda debe ir unida a acciones conjuntas diarias de las organizaciones comunistas y socialistas y demás organizaciones proletarias, sindicatos, cooperativas, etc. En los acuerdos del VIIº Congreso de la Komintern de 1935, tiene el Partido Comunista de Checoslovaquia, al igual que todas las demás secciones de la Komintern, la base para superar la escisión de la clase obrera en su lucha por la unidad de acción del proletariado. Los acuerdos del VIIº Congreso de la Komintern y el discurso del camarada Georgi Dimitrov son la plataforma para la movilización de millones de hombres. La influencia de estos acuerdos sobre las masas, trabajadoras de Checoslovaquia fue extraordinariamente grande y avivó muy intensamente el movimiento del frente único. Los obreros socialistas saludaron la nueva orientación del VIIº Congreso de la Komintern, creció su confianza en los comunistas, aumentó su anhelo de unidad de acción.

Los primeros pasos dados por el Partido Comunista Checoslovaco para la aplicación acertada de la nueva  línea táctica del congreso no fueron malos. Ya en el mismo VIIº Congreso de la Komintern, la delegación checoslovaca concretó de un modo políticamente acertado los acuerdos del congreso con vistas a la situación de Checoslovaquia. Dio una respuesta, sustancialmente acertada a las cuestiones, más importantes que movían a las masas de los obreros socialistas y que servían, sobre todo a los jefes socialistas reaccionarios, para enturbiar el agua.

Durante años y años, los jefes socialistas machacaron en las cabezas de las masas, haciéndolas creer que los comunistas llevaban una política «aventurera y catastrófica». Que lo mismo les daba que gobernase la democracia o el fascismo. Que su principal fundamento era: ¡cuanto peor, mejor!  El propio camarada Georgi Dimitrov da una respuesta extraordinariamente clara a esta clase de calumnias. En su «discurso resumen» se dice:

«Hoy millones de trabajadores, que viven bajo las condiciones del capitalismo, tienen necesariamente que determinar su actitud ante las formas que adquiere en los diversos países la dominación de la burguesía. Nosotros no somos anarquistas, y no puede en modo alguno sernos indiferente qué régimen político impera en un país dado: si la dictadura burguesa, aunque sea con los derechos y las libertades más restringidos, o la dictadura burguesa, en su forma descarada, fascista. Sin dejar de ser partidarios de la democracia soviética, defenderemos palmo a palmo las condiciones democráticas arrancadas por la clase obrera en años de lucha tenaz, y nos batiremos decididamente por ampliarlas». (Georgi Dimitrov; Por la unidad de la clase obrera contra el fascismo: Discurso resumen ante el VIIº Congreso de la Komintern, 13 de agosto de 1935)


Y, en consonancia con esto, la delegación del Partido Comunista de Checoslovaquia, declaró:

«Todo el mundo sabe que nosotros, los comunistas, somos partidarios de la democracia soviética, de esta democracia proletaria, de esta democracia que es mientras existan clases, la más amplia, la que mejor responde a los intereses del pueblo trabajador. Por esta democracia luchamos nosotros. Pero si la democracia burguesa, si los derechos democráticos que esta democracia concede al pueblo trabajador y que el pueblo trabajador hubo de arrancar luchando duramente, se ven atacados por el fascismo, somos, naturalmente, partidarios de la defensa de estos derechos democráticos. Y si queréis que llamemos a esto defensa de la democracia, llamémoslo. Acerca del nombre que hayamos de darle, no vamos a discutir». (Klement Gottwald; Por el frente popular del trabajo, la libertad y la paz: Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 7 de agosto de 1935)

Los jefes socialistas decían, día tras día, a sus adeptos proletarios: Los comunistas son contrarios a la república y a la independencia nacional de Checoslovaquia. Lo mismo les da que Praga se convierta en una ciudad provincial del tercer imperio hitleriano. A esto hemos contestado nosotros en el VIIº Congreso de la Komintern:

«Queremos que esta república, en la que hoy domina la burguesía, se convierta en una república soviética, en una república socialista, en la que domine el pueblo trabajador. Esta es nuestra meta, y por esto luchamos. Pero si esta república democrático-burguesa se ve amenazada por el sangriento fascismo, defenderemos a esta república contra el fascismo, y para ello llamamos a todos los verdaderos socialistas, demócratas y republicanos al frente único, a la lucha en común para salvar a esta república de la mayor vergüenza y al pueblo trabajador de la mayor catástrofe: la sangrienta dictadura fascista. Y si estamos resueltamente en contra de que la república sea entregada como botín a las bandas de los hitlerianos checos, no menos resueltamente nos oponemos a que caiga bajo el látigo de los hitlerianos alemanes. Contra éstos y contra aquéllos nos aliamos con cualquiera, defendiendo la república contra los fascistas de dentro y de fuera. Pero la república debe darnos, camaradas, la posibilidad de hacerlo. Debe conceder plena libertad a las organizaciones de los trabajadores. Debe conceder la libertad al pueblo. No debe perseguir a los obreros. No debe meter en la cárcel a los comunistas y a los obreros revolucionarios. Si hace esto –y hasta ahora lo hace–, lo que resultará es imposibilitar ella misma su defensa». (Klement Gottwald; Por el frente popular del trabajo, la libertad y la paz: Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 7 de agosto de 1935)

Los jefes socialistas no se cansaban de repetir que la política nacional de los comunistas hacía el juego a Hitler, Horthy y Piłsudski. Nosotros les contestamos: vuestra política de opresión nacional de la población no checa es la que echa a ésta en brazos del irredentismo. Si hay algo que pueda establecer y consolidar una alianza fraternal entre los pueblos de Checoslovaquia, es la implantación de la igualdad de derechos de la población no checa en todos los terrenos: en las cuestiones, sociales y económicas, en el terreno de los derechos políticos, en materia escolar, de lengua, de cultura, etc. Por lo demás, los comunistas han declarado ya miles de veces que son contrarios a que se anexione ni una sola aldea para la Alemania de Hitler, la Hungría de Horthy o a la Polonia de Piłsudski. Y bajo la condición previa de una plena equiparación de derechos de todos los pueblos de Checoslovaquia, el reconocimiento del derecho de todos ellos a regirse por sí mismos, no haría más que fortalecer la alianza fraternal de los pueblos de Checoslovaquia.

Los jefes reaccionarios asustaban a los obreros socialistas con este argumento: el programa revolucionario y la política de los comunistas echan a los campesinos y a las capas medias de la ciudad en brazos del fascismo.  Que la colaboración de los socialistas con los comunistas no haría más que acentuar este peligro.

A esto replicamos: la verdad es todo lo contrario. Es la política de coalición de los partidos socialistas con la burguesía la que echa a los campesinos y a las capas medias de la ciudad en brazos de los demagogos fascistas. ¿Por qué? Porque los socialistas gubernamentales respaldan, apoyan y comparten los ataques de la burguesía contra los campesinos trabajadores y las capas medias de la ciudad, porque con ello se compromete toda la clase obrera a los ojos de estas capas intermedias, porque con ello estas capas medias pierden la fe en la clase obrera, se apartan de ella y se echan fácilmente en brazos del primer aventurero fascista que llega. En cambio, el restablecimiento de la unidad de acción de la clase obrera y la lucha en común no sólo por las reivindicaciones de los obreros, sino también por los intereses de los campesinos trabajadores y de la pequeña burguesía urbana, facilitarían la incorporación de estas capas sociales al movimiento de la clase obrera y la formación de un potente frente popular de todos los trabajadores contra el puñado de bandoleros capitalistas. A la demagogia fascista se la privaría de base con esto.

Los jefes socialistas se excusaban diciendo; los comunistas ponen como condición para el frente único nuestra salida del gobierno. Pero si nosotros salimos, sólo pueden reemplazarnos los fascistas. A esto les contestamos: si vosotros; durante largos años de política de coalición, habéis hecho llegar las cosas tan lejos que los fascistas están a las puertas del gobierno, eso es ya de por sí una prueba contundente de lo funesta que es esa política. No obstante, nosotros no ponemos como condición para el frente único vuestra salida del gobierno. Queremos, por lo menos, luchar conjuntamente por lo que vosotros mismos habéis prometido y prometéis constantemente al pueblo. Esto es lo primero. Lo segundo es que la fuerza de la clase obrera no reside en las poltronas ministeriales de un gobierno de coalición. Por el contrario, con esto no se hace más que enterrar la fuerza de la clase obrera. ¿Cómo así? Imaginaos cuan cara tiene que pagar la clase obrera la participación de los socialistas en el gobierno de coalición con la burguesía. Para que les toleren en el gobierno, los socialistas gubernamentales tienen que respaldar, aprobar y compartir los ataques de la burguesía contra las masas trabajadoras, no deben permitir que la clase obrera se una para luchar contra el capital ni consentir que se defienda contra la ofensiva del capital y de la reacción. Dicho en otros términos: a cambio de unas cuantas poltronas ministeriales –de las que, por lo demás, la burguesía puede echarlos en todo momento sin ningún trámite–, los socialistas gubernamentales tienen que entregar a la clase obrera atada de pies y manos a la burguesía. No; la fuerza de la clase obrera no reside en las poltronas ministeriales de un gobierno burgués de coalición, sino que está en las fábricas, en las organizaciones de los trabajadores, en los pueblos, en la calle; está en la misma clase obrera. Y si esta fuerza se une, se despliega y se lleva a la lucha, si la clase obrera se desliga de todo lazo con la burguesía y mantiene una política de clase independiente, hará que se conmuevan profundamente las posiciones de la burguesía dentro de las demás capas trabajadoras, influirá también profundamente en el aparato de poder de la burguesía para hacer imposible el paso de ésta a la dictadura fascista.

Los obreros socialistas han acogido con entusiasmo esta nueva política nuestra de frente único. La ola de fraternización entre los obreros comunistas y socialistas ha crecido poderosamente. Ya antes del VIIº Congreso de la Komintern no estábamos en malas relaciones con los obreros y organizaciones socialistas. Pero después del VIIº Congreso de la Komintern, el número de aquéllas creció de un modo extraordinario. Puede decirse que la mayoría de nuestras organizaciones se hallan relacionadas bajo una u otra formas con las organizaciones socialistas correspondientes. Se han celebrado también muchas manifestaciones, actuaciones y acciones conjuntas, en las que hubieron de tomar parte también, quisieran o no, bajo la presión de los obreros, algunos órganos intermedios de los partidos socialistas, y sobre todo, de las organizaciones sindicales. En una palabra, se ha demostrado: que los acuerdos del VIIº Congreso de la Komintern y el llamamiento del camarada Dimitrov han puesto en manos del Partido Comunista de Checoslovaquia una potente palanca para la movilización de las masas, para el establecimiento de la unidad de acción y para potenciar la capacidad combativa del pueblo trabajador contra el enemigo de clase.

Desde el VIIº Congreso de la Komintern han pasado cinco meses. El Partido Comunista de Checoslovaquia está ahora en 1936 ante su VIIº Congreso ordinario, que encerrará una gran significación para el desarrollo ulterior del movimiento obrero en Checoslovaquia. Ocupará el lugar central de las deliberaciones del congreso la cuestión de cómo pueden crearse en Checoslovaquia la unidad de acción del proletariado, la unidad sindical y el frente popular de todas las capas trabajadoras. Desde este punto de vista debe examinarse también la política del partido comunista en los últimos meses, para poner de manifiesto y vencer, en interés de la unidad de acción y de la capacidad combativa del proletariado, todas las debilidades y todos los defectos que entorpecen el restablecimiento de la unidad de acción. En su discurso del 2 de agosto en el VIIº Congreso de la Komintern, el camarada Dimitrov comentó:

«Queremos que nuestros partidos de los países capitalistas actúen y procedan como verdaderos partidos políticos de la clase obrera, que desempeñen en la realidad el papel de un factor político en la vida de su país, que lleven a cabo en todo momento una activa política bolchevique de masas y no se limiten sólo a la propaganda y a la crítica, a lanzar meros llamamientos a la lucha por la dictadura proletaria». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo: Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 2 de agosto de 1935)

Y en el mismo discurso, dijo el camarada Dimitrov:

«Queremos que los comunistas de cada país saquen y aprovechen todas las enseñanzas de su propia experiencia, como vanguardia revolucionaria del proletariado. Queremos que aprendan lo antes posible a nadar en las aguas tempestuosas de la lucha de clases y que no se queden en la orilla como observadores y registradores de las olas que se acercan, esperando el buen tiempo». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo: Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 2 de agosto de 1935)

Por tanto, los comunistas no han de ser simples sectas de propagandistas, sino que deben convertirse en factores políticos, y nada tiene que ser ajeno a su interés. Deben intervenir de un modo activo en todas las cuestiones políticas de su país e influir para que se resuelvan en interés del pueblo trabajador. Por eso el Partido Comunista de Checoslovaquia obró acertadamente cuando no declaró, al tomar posesión del gobierno Hodža: «A nosotros, comunistas, no nos interesa, hasta que se llegue a la dictadura del proletariado, quién esté al frente del gobierno, si Hodža o Malypetr; todo es uno y lo mismo». Por eso obró acertadamente el partido cuando, en los debates sobre el presupuesto del Estado, no se colocó en este punto de vista: «Tanto da un presupuesto como otro; a nosotros no nos interesa el presupuesto que adopte un gobierno capitalista». Por eso el Partido Comunista de Checoslovaquia obró acertadamente no declarando ante las elecciones presidenciales: «A nosotros tanto nos da que se siente en el sillón presidencial Beneš o Nemetz». Por eso el partido obró acertadamente al no declarar: «La política exterior de los Estados capitalistas no nos interesa. A nosotros lo mismo nos da que la política exterior de la Checoslovaquia capitalista se oriente hacia Berlín o hacia Moscú». El Partido Comunista de Checoslovaquia ha obrado y obra acertadamente al no limitarse, en todas estas cuestiones y otras semejantes a lanzar simples «llamamientos a la lucha por la dictadura proletaria», aspirando, por el contrario, a adoptar un punto de vista concreto ante las distintas cuestiones políticas y a presentar proposiciones concretas para su solución.

Pero la dirección de nuestro partido ha olvidado hasta cierto punto una cosa vieja, a saber: que para poder influir a su modo en la solución de éste o del otro problema político, tiene que actuar en primer término y fundamentalmente, con una acción independiente de masas desde abajo, en las fábricas, en las organizaciones, en la calle. La dirección del Partido Comunista de Checoslovaquia conjuró, aseveró, rogó y previno a todos los posibles factores: los diputados, los ministros, el gobierno, los comités ejecutivos de los diversos partidos. La dirección del partido habló a Hampl, a Gzeeh y a Beneš. Hizo lo posible y lo imposible por demostrarles la buena voluntad del partido para luchar en común contra la reacción y el fascismo. Sólo se olvidó un poco de una cosa: de las masas. De que es necesario poner en pie a las masas, organizarlas y conducirlas a acciones independientes desde abajo, que esto causa a los señores de arriba una impresión mayor que el más hermoso de los discursos, que todos los argumentos y conversaciones.

En una palabra: la dirección del partido sustituyó a veces la movilización y la acción activa de las masas por combinaciones parlamentarias. Todo esto no tiene nada que ver con la «política bolchevique activa de masas» de que hablaba Dimitrov; esto no convierte al partido «en un factor político en la vida de su país», como lo exige el VIIº Congreso de la Komintern y el interés del pueblo trabajador. Esto puede hacer que el partido, sin quererlo subjetivamente, consiga lo contrario: facilitar la política del adversario, como se puso de manifiesto, por ejemplo, en la votación de nuestra fracción parlamentaria por los dos capítulos del presupuesto del Estado –del ministerio de negocios extranjeros y asistencia social–.

Esta votación fue un error político. No porque el hecho de votar por tal o cual medida del gobierno burgués sea siempre un error político; en realidad puede darse una situación en que un gobierno burgués, bajo la fuerte presión de un potente movimiento de masas, se vea forzado a proponer esta o la otra medida que responda a los intereses del pueblo trabajador, al interés de la lucha contra el fascismo y contra la que se revuelvan todos los reaccionarios y fascistas. En este caso, los comunistas deberán votar a favor, apoyándose en el movimiento de masas que reclama la ejecución de estas medidas. Pero en la votación sobre este presupuesto del Estado en el parlamento de Checoslovaquia, no se daba nada semejante. El gobierno no aceptó ni una sola reivindicación del pueblo trabajador en el sentido de la consigna «¡Que paguen los ricos!» El gobierno no dio un solo paso contra los fascistas ni por la ampliación de los derechos democráticos. Por el contrario, pactó y pacta con la reacción fascista; fue, y sigue yendo, todavía más hacia la derecha. Y a este gobierno le hemos manifestado nuestra confianza, votando dos capítulos de su presupuesto, ¿qué es esto sino atarse las manos, abandonar el terreno de una política independiente y desorientar a las masas?

Cuan peligrosa es esta política –que consiste en sustituir la movilización independiente y las acciones de las masas por combinaciones parlamentarias–, se ve todavía más claro si enfocamos la cosa en el aspecto siguiente: los jefes reaccionarios del socialismo gubernamental basan su política de colaboración de clases en el siguiente engaño: los viejos medios de la lucha de clases –la huelga, las manifestaciones, el echarse a la calle, etc.– están anticuados. Hemos inventado medios de lucha de clases mucho más cómodos. ¡Obreros, votadnos en gran número para el parlamento, que tengamos muchos ministros, y estos se encargarán de librar por vosotros la «lucha de clases» desde arriba en los consejos de ministros! Podéis estaros tranquilos y no os dejéis perturbar y arrastrar a «acciones irresponsables», como lo son las manifestaciones y las huelgas; ya nos encargaremos nosotros de arreglarlo desde arriba, sin que vosotros necesitéis esforzaros ni arriesgar nada». Como es sabido, la clase obrera ha tenido y tiene todavía que pagar muy cara esta clase de política. Y no sólo porque con este modo de dirigir la «lucha de clases» el capital y la reacción han conseguido sus fines a costa del pueblo trabajador, sino también porque esta política ha sembrado y siembra la confusión en la conciencia de clase de las masas obreras, quebrantando su capacidad combativa. Naturalmente que la clase obrera debe utilizar todas las posiciones de que dispone en el parlamento, en los municipios, etc. Pero la fuente de donde tienen que tomar su fuerza los representantes de los obreros en estas instituciones y otras semejantes reside en la propia clase obrera, en sus organizaciones, en su capacidad de acción, en su voluntad de luchar de un modo efectivo por las reivindicaciones planteadas. Sin la movilización de las masas desde abajo, los mejores y más honrados representantes de la clase obrera en las instituciones burguesas están condenados a la impotencia. Por eso los comunistas no deben, en interés de la clase obrera, permitir que en su política se proyecte ni la sombra de aquella tendencia funesta a adormecer a las masas con la ilusión de que nada puede resolverse favorablemente para ellas «desde arriba», sin su acción independiente, sin su lucha de clases.

¿Procedió acertadamente el Partido Comunista de Checoslovaquia cuando ante el peligro del fascismo llamó y llama a todos los antifascistas a la creación del frente popular antifascista, y se pronunció claramente en pro de la defensa de la democracia contra el fascismo? En absoluto, acertadamente. ¿Obró acertadamente el Partido Comunista de Checoslovaquia cuando ante el peligro de que Checoslovaquia se vea atacada por la Alemania hitleriana se pronunció y se pronuncia claramente en pro de la defensa de la república contra el fascismo extranjero? Por completo, acertadamente. No cabe ninguna duda de que esta actitud nos ha acercado a los obreros socialistas y ha facilitado el establecimiento de la unidad de acción.

Pero ¿qué significa defender a la democracia contra el fascismo; qué significa luchar para impedir la implantación de una dictadura fascista? Naturalmente, hemos de concentrar el fuego contra aquellos grupos reaccionarios de la burguesía que navegan abiertamente hacia una dictadura fascista, contra los Kramarges, los Strschihrnys, los Stoupals, los Henleins. Naturalmente, hemos de hacer todo lo posible para que la influencia de estos grupos abiertamente fascistas no aumente, sino que disminuya. Pero esto sólo podrá conseguirse combatiendo enérgica y resueltamente todas aquellas medidas y todos aquellos pasos del actual gobierno que favorezcan objetivamente la reacción fascista y allanen el camino al fascismo. Esto tenemos que hacérselo comprender claramente a las masas de los obreros socialistas. Todo ataque del actual gobierno de coalición, en el que hay también representantes de otros partidos, contra el nivel de vida de la población trabajadora; todo paso dado por este gobierno para restringir los derechos democráticos de las masas –el mantenimiento de la censura, la prohibición de organizaciones obreras, las persecuciones contra funcionarios obreros, etc–, cada uno de estos hechos debilita al frente antifascista y ayuda a Strshibrny, Henlein y compañía. Por eso es tanto más necesario que todos los obreros y todos los trabajadores luchen conjuntamente contra estas medidas y otras semejantes del actual gobierno. Y nuestro partido debe organizar también y dirigir esta tarea.

Y esta lucha debe ser una lucha concreta, práctica, diaria por los derechos y reivindicaciones concretas, prácticas, diarias de la población trabajadora de la ciudad y del campo.

Si esta lucha se libra de un modo real, nadie puede tener la impresión de que los comunistas, al lanzar la consigna de defensa de la democracia contra el fascismo, hayan revisado su actitud de principio ante la democracia burguesa y ante el Estado burgués, que se hayan pasado al campo de la política que «afecta al Estado» en sentido del socialdemocratismo. Pero en Checoslovaquia tenía que producirse necesariamente esta impresión, pues el Partido Comunista de Checoslovaquia, aunque se llenaba la boca con la defensa de la democracia y de la república contra el fascismo, tenía poco en cuenta la miseria, el hambre y el descontento, los golpes a los que el pueblo trabajador se halla ya expuesto bajo esta democracia y bajo esta república. Que el pueblo trabajador se hallaría expuesto a golpes todavía más duros bajo la dictadura fascista, es cierto; pero de aquí no se sigue, ni mucho menos, que haya que resignarse a los golpes actuales, tanto más cuanto que al resignarse a los golpes actuales acarrearía incondicionalmente otros mayores. De suyo se comprende que nuestro partido no ha dicho nunca ni en parte alguna nada semejante; pero el hecho de haber descuidado la lucha concreta por los derechos y las reivindicaciones concretos del pueblo frente al régimen de gobierno actual, le hizo aparecer a los ojos de las masas en una proximidad peligrosa con este régimen. No es que no hayamos planteado a este gobierno ninguna reivindicación. No se trata de eso. Reivindicaciones ha habido y hay bastantes. Lo que resultaba con frecuencia insuficiente era la organización de la lucha de masas para imponer las reivindicaciones planteadas. Había aquí cierta tendencia a rehuir un choque violento con el régimen actual, a no crearle dificultades, a no agudizar la situación; y todo ello en lo que se creía de interés en la lucha contra el fascismo. Incluso surgió una teoría tan peregrina como la de la «atenuación de las tensiones de clase». En el segundo número de «Plamen», leemos en un artículo, que entre otras monstruosidades, dice lo siguiente:

«¿Se puede suspender la lucha de clases en los Estados capitalistas? Jamás. ¿Se puede atenuar la tensión entre las clases? Sí. Cuando la clase obrera actúe formando una unidad en pro de sus reivindicaciones. Es decir, mediante una retirada de la burguesía». (Artículo del diario «Plamen»;  Nº 2, 1935)


El autor olvida que la burguesía sólo se bate en retirada si se la obliga. También se le escapa que el proletariado en bloque sólo puede obligarla a batirse en retirada intensificando la lucha de clases. No sabe que la burguesía no se resigna a la larga con la retirada a que se la ha obligado, sino que, después de reagrupar sus fuerzas, emprende nuevos y nuevos ataques, y que el proletariado, si quiere conservar lo que conquistó y arrancar a la burguesía nuevas conquistas, no debe jamás desmovilizarse, sino armarse para nuevas y todavía más duras luchas. El autor no comprende que todo esto supone inexorablemente una intensificación de las tensiones entre las clases. Por el contrario, habla de una «atenuación de las tensiones de clase». El sentido político de la «teoría» sólo puede ser uno: el de una oferta simplista que se hace al gobierno actual para facilitar por medio de una política «razonable», una transacción entre él y nosotros. ¿Tiene nada de extraño que el sano instinto de clase de las masas haya acechado detrás de todo esto, el manejo diabólico de una «oposición leal»? ¿Tiene nada de extraño que se haya producido, como necesariamente tenía que producirse, la impresión de que los comunistas habían abandonado su actitud de principio ante el problema de la democracia burguesa y del Estado burgués, para pasarse a las posiciones del socialdemocratismo? ¿Tiene nada de extraño que esto tuviese que desorientar necesariamente a las masas y entorpecer el establecimiento de la unidad de acción, que, por tanto, se produjese todo lo contrario de aquello que el partido subjetivamente se proponía?

Una confusión todavía mayor, si cabe, tenían que producir en las cabezas de los obreros algunas manifestaciones de diversos órganos del Partido Comunista de Checoslovaquia en punto a los problemas del ejército y de los armamentos. Indudablemente, nuestro partido obró acertadamente al intervenir en los asuntos del ejército. Indudablemente, el Partido Comunista de Checoslovaquia obró y obra acertadamente al plantear una serie de reivindicaciones concretas encaminadas a la democratización del ejército, y cuya realización puede entorpecer el abuso del ejército por el fascismo. El proletariado tiene el máximo interés en que, en la lucha contra el fascismo, el ejército no esté al lado de los fascistas, sino al lado de sus adversarios. Sería una miopía y un error funesto el que la clase obrera se desinteresase de lo que ocurre dentro del ejército y con el ejército. Ha sido y es, por tanto absolutamente acertado reclamar medidas para la democratización del ejército y luchar porque éste no se convierta en un hogar de reacción y de fascismo. Pero el aprobar la política de armamentos que mantiene el actual gobierno y el clamar incluso por el refuerzo de los armamentos, es algo completamente falso e inadmisible desde el punto de vista obrero. Y, sin embargo, se ha hecho:

«Ningún trabajador honrado de nuestra república está hoy en contra del ejército ni en contra de los armamentos. ¡El ejército merece lo mejor de todo, y si no tenemos más remedio que armarnos contra el fascismo que nos amenaza vamos todos con las armas en la mano. ¡Y queremos que estas armas sean las más posibles, que sean las mejores! El señor ministro de Defensa Nacional presentó en la Comisión de Defensa el programa de las peticiones materiales formuladas por la dirección del Ejército. ¡Eran muchas, pero son necesarias! Si no fuesen las ganancias que tiene que embolsarse la sociedad de los hijos y los yernos, el ejército tendría en vez de un cañón, suministrado por los patrióticos fabricantes checoslovacos de armamentos, dos cañones; en vez de un aeroplano, dos; dos ametralladoras en vez de una. Todos tenemos que hacer sacrificios por el ejército. Tienen que hacer sacrificios los obreros, los pequeños industriales, los campesinos, los empleados del Estado, los funcionarios. También tendrán que sacrificar sus vidas en la guerra. Pero quieren tener la seguridad de que a costa de sus duros sacrificios nadie se embolse cientos de millones». (Artículo del diario «Rudé Právo»; órgano oficial del Partido Comunista de Checoslovaquia, 27 de noviembre de 1935)

Si uno no lo viese con sus propios ojos, no creería que en un periódico comunista pudieran publicarse cosas como ésta. Y, sin embargo, esto se publicó en el «Rudé Pravó», órgano central del Partido Comunista de Checoslovaquia. El autor del citado artículo era, manifiestamente, un elemento extraño, enemigo del proletariado y del partido. Es cierto, en verdad, que en otras manifestaciones del partido no se llega a estas espantosas tergiversaciones de los principios de clase. Pero el hecho de que después de aparecer una cosa tan inaudita no se expulsase inmediatamente del partido a su autor con látigo de hierro, como a un agente del enemigo de clase, revela que dentro del partido no había una posición clara, consecuente, bolchevique en cuanto al ejército. Parece que los camaradas han olvidado alguna de las cosas fundamentales: el problema del carácter de clase del ejército, que el carácter de clase del ejército lo decide el hecho de que clase tiene el poder en sus manos, que el ejército burgués es un ejército burgués y sigue siendo por tanto, un instrumento de opresión de la burguesía, aun cuando el gobierno sea un gobierno burgués no fascista, en el que participan incluso socialistas; y que, por tanto, la clase obrera no puede conceder armamentos y medios a tal ejército y a tal gobierno, si no quiere traicionar sus propios intereses de clase. En vez de explicar pacientemente a los obreros todo esto, el Partido Comunista de Checoslovaquia consintió manifestaciones inauditas como la que citamos más arriba.

Los camaradas se rindieron, manifiestamente, en este caso a las campañas de agitación del adversario. Este escribía en todos los tonos: «Si los comunistas son efectivamente partidarios de la defensa de la república, no tienen más remedio que votar el presupuesto del ejército. Pues ¿cómo de otro modo vamos a defender la república?». Y esto, visto superficialmente, parece lógico. Pero sólo si se mira superficialmente. La realidad es otra. El pueblo trabajador de Checoslovaquia quiere defender su país contra Hitler y los demás fascistas extranjeros. ¿Puede confiarse para esto en la burguesía? No puede, absolutamente no. No hablemos de la burguesía alemana y húngara, cuyas relaciones amistosas con Hitler y Horthy son harto conocidas. Hablemos de la burguesía checa y eslovaca. ¿No conspiran ya hoy con Henlein los Kramar, Strshibrny, Stoupal y Klinka, y no guiñan ya el ojo a Berlín? ¿No hay en el actual gobierno fuertes corrientes reaccionarias que abogan por la creación de un amplio bloque reaccionario que apoderándose del gobierno iniciaría una política interior y exterior a gusto de los Kramars, es decir, orientada hacia Berlín? ¿Acaso los partidos socialistas gubernamentales no impulsan estas aspiraciones reaccionarias con su política de colaboración de clases, su eterna capitulación ante la reacción y su repulsa contra el frente único? ¿Y no existe, como resultado de toda esto, el peligro de que los que hoy más claman acerca de la defensa de la república, un buen día vendan al Berlín de Hitler esta república con todos sus atributos, incluyendo, por tanto, el ejército? ¿Cómo puede el pueblo trabajador defenderse contra este peligro? No tiene, manifiestamente, más que un camino: concentrando sus fuerzas en un frente popular antifascista, oponiéndose a la burguesía dominante, aislando a ésta dentro del pueblo y dificultándole la posibilidad de abusar del poder armado contra los intereses del pueblo: es decir, sólo desplegando la lucha de clases contra la burguesía. Pero ¿qué significa, bajo las actuales condiciones, votar por el presupuesto militar del actual gobierno? Significa darle confianza a éste, renunciar a la lucha de clases, y en último término, poner incluso el destino de la independencia nacional en manos de quienes no son los llamados a defenderla.

Por tanto, precisamente porque abogamos realmente por la defensa de la república contra el fascismo de dentro y de fuera, no queremos votar al actual gobierno ni a la burguesía dominante recursos financieros para comprar armamentos; porque sabemos que, en manos de la burguesía, se emplearán algún día no sólo contra los intereses de clase, sino también contra los intereses nacionales del pueblo trabajador. Por eso decimos a los obreros y a todo al pueblo trabajador: que su lucha contra el fascismo de fuera no puede ser tampoco en el fondo, más que una lucha de clases contra su propia burguesía. Y una parte de esta lucha de clases contra la propia burguesía es la lucha por la democratización del ejército, para barrer de él los nidos del fascismo, para que los soldados obtengan todos los derechos de ciudadanía, para que el ejército se sienta animado en sus sectores fundamentales de espíritu combativo antifascista, para que el fascismo no logre abusar del ejército para los aventureros nacionales y extranjeros.

En la determinación de la actitud ante el gobierno, ante el Estado burgués y ante el ejército, acaso algunos camaradas se han dejado extraviar por las relaciones que actualmente median entre Checoslovaquia y la Unión Soviética. La Unión Soviética se halla en la actualidad unida a Checoslovaquia por un tratado de asistencia mutua. ¿Acaso esto hace cambiar las relaciones entre el proletariado y la burguesía dentro de Checoslovaquia? En modo alguno. Los intereses del proletariado soviético son los mismos del proletariado mundial. Sin embargó las formas y los métodos de su defensa pueden ser diferentes. La razón de esto está en que el proletariado de la Unión Soviética actúa y procede como clase dominante, y el proletariado de los demás países, por el contrario, como clase oprimida. En este caso concreto, el gobierno de la Unión Soviética firmó un tratado con la burguesía dominante de Checoslovaquia con el fin de prolongar la paz. Esto cae de lleno dentro del interés del pueblo trabajador de todos los países. Pero el proletariado oprimido de Checoslovaquia, no selló con la burguesía dominante de Checoslovaquia ningún pacto para asegurar, digamos, la paz civil. Y la burguesía dominante de Checoslovaquia no selló con el proletariado checoslovaco, ningún pacto de que ella no utilizará el ejército contra el proletariado. El interés del proletariado checoslovaco es, y sigue siendo, sacudir tan pronto como sea posible el yugo capitalista, lo mismo que el interés de la burguesía sigue siendo mantener en la servidumbre al proletariado de Checoslovaquia, explotarlo y oprimirlo. De donde se desprende: que la correlación de clases entre el proletariado y la burguesía de Checoslovaquia no cambia por efecto de un tratado del gobierno burgués checoslovaco con la Unión Soviética. Y esto se refiere también, naturalmente, al ejército, quien diga «nuestro» ejército, es decir, el ejército checoslovaco, es hoy un aliado del Ejército Rojo; por tanto, debéis aprobar el presupuesto militar, simplifica la cosa. No, la cosa no es tan sencilla.

El pueblo trabajador sólo puede confiar un ejército a un gobierno que sea un verdadero gobierno del pueblo. ¿Acaso lo es el actual gobierno de coalición de Checoslovaquia? Nada de eso; todo el mundo sabe que no lo es. Por eso la «amistad» con el Ejército Rojo no va tampoco muy allá. Fijémonos en un solo caso. El hecho de que un antiguo general en activo de Koltchak, el general Wojtzeehovsky, sea gobernador militar de Bohemia, es una prueba contundente de que el ejército checoslovaco no está dirigido y administrado en interés del pueblo, y es también una prueba contundente de que ese ejército no es «nuestro» ejército, es decir, el ejército del pueblo trabajador. Cuando hayamos conseguido que el ejército sea realmente nuestro ejército, el ejército del pueblo trabajador, el verdadero aliado del ejército rojo; entonces no tenéis más que mirar a la Unión Soviética y ver lo que el pueblo trabajador bajo la dirección de los bolcheviques es capaz de hacer en punto a su poder defensivo. Pero frente a vosotros caballeros, sigue en pie la vieja norma: «Ni un hombre ni un céntimo».

El Partido Comunista de Checoslovaquia estaba y está absolutamente en lo cierto al declarar del modo más terminante, probándolo por medio de una serie de hechos políticos, que está dispuesto a crear una comunidad de lucha con los partidos socialistas en bloque, es decir, con sus direcciones, contra el fascismo y contra el capital. Ha procedido acertadamente al hacer ver constantemente a los obreros qué fuerza representaría la unidad de acción de los tres partidos socialistas conjuntamente con el Partido Comunista de Checoslovaquia; cómo se multiplicaría la capacidad combativa de toda la clase obrera si otras organizaciones, sobre todo las organizaciones sindicales, se uniesen sobre el terreno de clase; que fuerza de atracción ejercería el proletariado unido en la acción sobre las masas y organizaciones de los campesinos y las capas medias de la ciudad, pudiendo oponer así al fascismo y a la reacción la aplastante mayoría del pueblo, creando con esto un amplio frente popular. El partido estaba y está absolutamente en lo cierto al señalar a las masas trabajadoras esta salida del atolladero en que hoy se encuentra metido el pueblo trabajador a consecuencia de la política socialista-gubernamental de colaboración de clases y del repliegue constante ante la reacción. ¿Dónde comenzaba, sin embargo, el mal? Allí donde nuestros camaradas comenzaban a olvidarse de que todo esto –la unidad de acción del proletariado, la unidad sindical, el frente popular– sólo puede lograrse venciendo innumerables dificultades; que esto sólo puede lograrse en el proceso de la lucha, de una lucha tenaz, intensa, dura y larga. El mal comenzaba allí donde nuestros camaradas empezaban a tomar sus deseos como hechos, donde comenzaban a creer que la cosa marcharía más rápidamente rehuyendo las dificultades y siguiendo el camino de la menor resistencia. Pongamos algunos ejemplos: ¿cuál es el mayor obstáculo para la unidad de acción del proletariado? La política de colaboración de clases con la burguesía. Esta política fue, precisamente, la que dividió al proletariado. De este veneno es del que hay que curar a la clase obrera para que tenga unidad y fuerza. Por eso en la resolución final del VIIº Congreso de la Komintern sobre el informe principal del camarada Georgi Dimitrov del 20 de agosto, se subraya, y con razón:

«Las acciones conjuntas con los partidos y las organizaciones socialdemócratas no sólo no excluyen, sino que, por el contrario, hacen aún más necesaria la crítica seria y razonada del reformismo, del socialdemocratismo, como ideología y como práctica de la colaboración de clase, con la burguesía y la explicación paciente a los obreros socialdemócratas acerca de los principios del programa del comunismo». (Komintern; Resolución final emitida por el VIIº Congreso de la Komintern respecto al informe de Georgi Dimitrov, 20 de agosto de 1935)

Los jefes del socialismo gubernamental de Checoslovaquia han calificado nuestra nueva orientación táctica de capitulación ante el socialdemocratismo, de paso a las posiciones a éste. En los primeros momentos los obreros socialdemócratas no veían esto claro. No en vano los comunistas hablaban también de la defensa de la democracia y de la república contra el fascismo nacional y extranjero. ¿Acaso no era esto lo mismo que hacían los partidos socialistas gubernamentales? Indudablemente, una parte de los obreros socialistas honrados se ha hecho preguntas como ésta. Y en vez de explicar a estos obreros pacientemente una vez tras otra, demostrándoselo día tras día sobre ejemplos concretos, que la política de sus partidos es la política de colaboración de clases con la burguesía, que esta política allana el camino al fascismo nacional y extranjero, aun cuando sus jefes juren diez veces al día por la «defensa de la democracia y de la república»; en vez de decir con absoluta claridad a estos obreros socialistas honrados que la única salvación contra el fascismo, lo mismo el nacional que el extranjero, es la lucha de clases consecuente contra la propia burguesía –es decir, todo lo contrario de lo que sus partidos hacen hasta ahora–; en vez de esto, lo que hicimos fue realmente suavizar la crítica de los partidos socialdemócratas en cuestiones fundamentales. Lo de «no destaquemos lo que nos separa, sino lo que nos acerca», se convirtió en una frase proverbial.

Yo estoy también conforme en que destaquemos lo que nos acerca, los unos a los otros; pero al mismo tiempo hay que decir: «¡Eliminemos a lo que se opone a nuestra unión!» Y esto es la colaboración de clases con la burguesía. Cuanto menos los obreros sigan a los profetas de esta funesta teoría de la colaboración de clases, más rápidamente y más estrechamente se acercarán a nosotros. Y esto se ha olvidado con frecuencia en nuestro querido partido comunista. Los socialistas gubernamentales nos han atacado duramente en cuestiones de principio y nosotros nos hemos defendido débilmente, y en una serie de problemas de principio –como ya se ha puesto de relieve en los capítulos anteriores– hemos retrocedido ante la ideología socialdemócrata. Hicimos, por tanto, una vez, más, precisamente lo contrario de lo que dicen las resoluciones del VIIº Congreso de la Komintern y el interés del pueblo trabajador de Checoslovaquia. El proceso del establecimiento de la unidad de acción no nos lo podemos representar esquemáticamente, como si los partidos socialdemócratas en bloque fuesen a pasarse a las posiciones del frente único de la noche a la mañana. Es éste un problema de proceso de clarificación y de cambio de orientación de la socialdemocracia, de lucha de los obreros socialistas que se radicalizan contra los elementos reaccionarios de la socialdemocracia, de lucha contra la política reaccionaria de estos elementos. Los comunistas deben ayudar a los obreros socialistas en esta lucha. ¿Cómo? La resolución final del VIIº Congreso de la Komintern sobre las tesis camarada Dimitrov explican la forma:

«Poniendo al desnudo ante las masas el sentido de los argumentos demagógicos de  los jefes socialdemócratas derechistas contra el frente único; redoblando la lucha contra la parte reaccionaria de la socialdemocracia, los comunistas deben establecer la colaboración más estrecha con los obreros, militantes, responsables, y organizaciones socialdemócratas de izquierda que luchen contra la política reformista y aboguen por el frente único con el partido comunista». (Komintern; Resolución final emitida por el VIIº Congreso de la Komintern respecto al informe de Georgi Dimitrov, 20 de agosto de 1935)

Pero ¿qué se puso en práctica en Checoslovaquia durante estos últimos tiempos? Nuestros camaradas han inventado sencillamente jefes de «izquierda». Bechyne declaró una vez abiertamente que era contrario al frente único con los comunistas y partidario sin embargo del frente único con los patronos. Bechyne es, así mismo sin género de duda, un auténtico reaccionario. Hampl ha dicho en alguna parte que: «Las perspectivas para la realización de la unidad de la clase obrera han mejorado». Y esto bastó para que nuestros camaradas hiciesen de Hampl un izquierdista. No importaba que Hampl no hubiese jamás ni en parte alguna movido un dedo para hacer algo por realizar el frente único. Nada hicieron de este Hampl un izquierdista, a pesar de que, preguntado por qué habían mejorado en rigor las perspectivas para la realización de la unidad obrera, declaró expresamente: «Porque la política de los comunistas ha dado en quiebra, y se ha acreditado como buena la política de la socialdemocracia, con lo que se dan las condiciones para la realización de la unidad obrera sobre el terreno del socialismo constructivo». Pues bien, toda la dirección de la socialdemocracia es así de «izquierdista». Nuestros redactores pusieron en práctica semejantes jugadas simplistas, consistentes en teñir artificialmente a los derechistas de izquierdistas, con otra serie de jefes socialistas gubernamentales, como por ejemplo, Tuchhy, Nechas, etc.

¿Acaso en los partidos socialistas gubernamentales no hay ningún verdadero izquierdista? Los hay, y muchos: decenas de millares. Son obreros, funcionarios obreros, intelectuales descontentos, cientos y cientos de organizaciones enteras. En estas fuerzas verdaderamente izquierdistas que se están radicalizando dentro de los partidos socialistas deben concentrar su atención los comunistas, ayudarlas a formar potentes alas de izquierda y luchar contra los reaccionarios incorregibles y conscientes que llevan en la sangre, el ser agentes de la burguesía y enemigos del frente único, que tratan a sus propios afiliados como el arrendatario la finca, como si tuviesen arrendado el partido. Pero ¿qué ayuda significa para los verdaderos izquierdistas el que nuestra gente convierta artificialmente a los reaccionarios de derecha en luchadores de izquierda, el que tiñan a un diablo de ángel? En realidad, esto, tiene, necesariamente que confundir y desorientar a los obreros funcionarios socialistas de izquierda y facilitar la maniobra de los demagogos reaccionarios, que así pueden comparecer ante sus afiliados indignados y decir: Vedme; ¿acaso soy tan malo? ¡Hasta los comunistas tienen que reconocer que soy un izquierdista!

La fabricación artificial de «izquierdistas» donde no existen y la falta de orientación para encontrar la verdadera izquierda en la base, son todas, manifiestamente, cosas relacionadas con la concepción de que para realizar la unidad de acción basta simplemente con convencer a las alturas. Y esto es un profundo error. ¡Cuánto no hemos razonado con Hampl, cuánto no hemos intentado para convencerle a él y otros como él, cuánto no les hemos conjurado! Le hablamos, como suele decirse, con lengua de ángel y de demonio; pero él siguió, inconmovible como un palo, recitando su canción. Ahora bien, podéis seguir queriendo convencer a Hampl, pero no olvidéis por ello lo principal, a saber: la necesidad de llamar, organizar y dirigir a las masas de los obreros y organizaciones socialistas a acciones de frente único. Indudablemente, queremos que Hampl, es decir, la dirección de la socialdemocracia, lleve a cabo con nosotros acciones conjuntas. Indudablemente, aconsejamos a los obreros y organizaciones socialistas que exijan enérgicamente a las direcciones de sus partidos la lucha conjunta por las reivindicaciones comunes de los trabajadores contra la burguesía. Pero ¿qué tenemos que hacer si Hampl no quiere y no quiere? ¿Si prefiere la compañía de Vrany y Stoupal a la de los comunistas? ¿Si, en gracia a esta compañía, va entregando a los reaccionarios una posición del proletariado tras otra, accediendo a un ataque tras otro contra los obreros? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Esperar a que Hampl cambie de modo de pensar? ¡Ah, qué caro pagaríais esto! No hay más camino que prescindir por el momento de los Hampls, establecer sin ellos el frente único, librar sin ellos acciones conjuntas contra la burguesía, y, naturalmente, vencer su resistencia. Si hay algo que pueda hacer entrar en razón todavía a los Hampls es precisamente el que sus obreros, sus funcionarios, sus organizaciones los coloquen ante un hecho consumado. De nuevo en la resolución final del VIIº Congreso de Komintern, podemos extrapolar lecciones sobre estos temas:

«Sin renunciar ni por un momento a su labor independiente de esclarecimiento, organización y movilización comunistas de las masas, los comunistas, para facilitar a los obreros el camino hacia la unidad de acción, deberán aspirar a acciones conjuntas con los partidos socialdemócratas, los sindicatos reformistas y demás organizaciones de los trabajadores contra los enemigos de clase del proletariado, sobre la base de pactos a corto o a largo plazo; para ello deberá dirigirse la atención principal al despliegue de acciones de masas en los distintos lugares, acciones llevadas a cabo por las organizaciones de base mediante pactos locales». (Komintern; Resolución final emitida por el VIIº Congreso de la Komintern respecto al informe de Georgi Dimitrov, 20 de agosto de 1935)

¿Cómo están las cosas en Checoslovaquia? Hemos hecho a los partidos y sindicatos socialistas algunas propuestas de pactos para la lucha conjunta. Repetidamente se nos ha dado una repulsa. Esto no nos ahuyenta. Repetiremos una vez y otra, y otra, nuestras propuestas. Si sellamos pactos, los cumpliremos. Pero en la práctica nos hemos comportado con frecuencia como si tuviésemos ya pactos de lucha con las direcciones de los diferentes partidos socialistas. En vez de decir claramente a los obreros y organizaciones socialistas: no hay otro medio, las direcciones de vuestros partidos no quieren, tenéis que romper vosotros mismos el fuego, algunos de nuestros camaradas comenzaron a cavilar: ¿y no interpretarán, acaso, las direcciones de los partidos socialistas esto como una deslealtad? ¿No dirán que maniobramos, que nuestras proposiciones no son sinceras? ¿Y querrán más tarde negociar con nosotros si hoy apelamos directamente a sus organizaciones? Y así, nos encontrábamos en esta situación: las direcciones de los socialistas gubernamentales nos daban en la cabeza y nuestras gentes no se atrevían a pisarles en los callos, en la falsa creencia de que cediendo se puede acelerar la creación del frente único. Nosotros somos resueltamente contrarios a que nos descolguemos con bocanadas de insultos. Pero a los hechos insolentes de los jefes socialistas gubernamentales contra el frente único no se puede contestar con suspiros y lamentaciones, sino procediendo con tanta mayor energía y celo a crear el frente único con los obreros y organizaciones socialistas, procediendo tanto más celosamente a organizar acciones conjuntas con ellos.

En el final del informe principal de Georgi Dimitrov presentado en el VIIº Congreso de la Komintern, el 2 de agosto, nuestro camarada búlgaro se pronunció sobre esta especulación:

«Hay sabiondos, a quienes todo esto se les antoja un retroceso de nuestras posiciones de principio, un viraje de la línea del bolchevismo hacia la derecha. ¡Bueno! La gallina hambrienta, decimos en Bulgaria, sueña siempre con mijo. (Risas y aplausos impetuosos) ¡Que piensen así estas gallinas políticas! A nosotros, esto nos interesa poco. Lo importante para nosotros es que nuestros propios partidos y las extensas masas de todo el mundo comprendan acertadamente porque luchamos. No seríamos marxistas-leninistas, dignos discípulos de Marx, Engels y Lenin, si no cambiásemos de un modo congruente nuestra política y nuestra táctica, de acuerdo con los cambios operados en la situación y en el movimiento obrero mundial». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo: Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 2 de agosto de 1935)


Si hoy, a los cinco meses del VIIº Congreso de la Komintern, examinamos el problema de hasta qué punto la dirección del Partido Comunista de Checoslovaquia ha sabido comprender, interpretar y aplicar la línea de dicho congreso de la Komintern, tendremos que decir que; en su afán de conseguir éxitos fáciles y rápidos, han interpretado y aplicado esta línea de un modo falso, oportunista. Hasta estas últimas semanas no se ha señalado alguna mejoría; últimamente comienza a aposentarse en el partido un espíritu nuevo, de lucha de clases. Pero, el VIIº Congreso del Partido Comunista de Checoslovaquia deberá sacar del pasado período de política oportunista todas las consecuencias necesarias para que el partido vea dónde estaba la raíz de las faltas y para que pueda evitar su repetición en el futuro.

Muchos miembros del partido se preguntarán, seguramente: ¿cómo pudo ocurrir que se presentasen desviaciones de tanto bulto de la línea del partido en la aplicación de la política de éste? Hay varias causas. Pero la causa principal está en que en nuestro partido faltaba y falta vigilancia revolucionaria. Falta la vigilancia revolucionaria respecto a la línea del partido, respecto a la pureza de su política y también respecto a los hombres que han de aplicar la política del partido respecto a los cuadros. Falta vigilancia revolucionaria tanto en la dirección del partido como en las organizaciones. Las faltas oportunistas no se presentan de golpe y en toda su talla de tal modo que hasta un ciego pueda verlas. A veces, en un principio cuesta trabajo distinguirlas. Para ello hace falta una vigilancia revolucionaria, verdaderamente bolchevique. Pero en nuestro partido no se trataba ya, en fin de cuentas, de faltillas pequeñas y recién nacidas, sino de faltas oportunistas que se dan de puñetazos con un partido comunista. Tomemos, por ejemplo, un artículo tan inaudito como el publicado en el «Rudé Pravó» pregonando el aumento de los armamentos. O las repugnantes e interminables reverencias ante la línea teñida de los Hampls, los Hecas, etc. O la votación a favor de dos capítulos del presupuesto militar. O todas aquellas chácharas acerca de la «atenuación de las tensiones de clase». Y así sucesivamente. ¿Hubiera tolerado esto o contribuido a ello la dirección del partido si hubiese habido en ella vigilancia revolucionaria? ¿No hubiera debido la organización del partido, si hubiera habido en ella vigilancia revolucionaria, pararse a pensar a su debido tiempo e investigar seriamente de dónde provenía en realidad esta basura oportunista? ¿Podían nuestras organizaciones, nuestros miembros, tolerar así que la línea del VIIº Congreso de la Komintern se tergiversase de modo oportuno en cuestiones tan importantes si hubiera habido en ellas vigilancia revolucionaria? Si la dirección del partido y todo el partido  en sí hubieran dado pruebas de suficiente vigilancia revolucionaria, es indudable que se hubiera ahogado en germen toda tendencia oportunista dentro del partido. Pues el partido es sano en su entraña, relativamente formado tiene detrás de sí mucha experiencia en la lucha contra el oportunismo y sabe, cuando se trata de luchar, darle el trato que se merece. Pero la indiferencia y la falta de atención respecto a diversas manifestaciones poco sanas de la política del partido facilitaron al oportunismo su vida parasitaria. Generalmente, no comenzamos a gritar hasta que arde la casa, y no solemos ver la chispa que prende.

La vigilancia revolucionaria respecto a la política del partido no puede separarse de la vigilancia revolucionaria respecto a los cuadros. La política del partido no se aplica por sí sola, sino que la hacen los hombres. Y el rumbo que tome, el sentido en que lleve al partido depende en último resultado de los hombres, de los cuadros. Stalin ha pronunciado una frase grande: «Los cuadros son el todo». En nuestro Partido Comunista de Checoslovaquia se ha repetido seguramente esta frase de Stalin. Lo que no se nos ocurrió fue sacar de ella las conclusiones para nuestra propia práctica. Al frente de la redacción del órgano periodístico del Partido Comunista de Checoslovaquia estaba un tal Budín. Cometía un desaguisado tras otro. La gente se enfadaba, trataba de convencerle, le insultaba, pero se le dejaba seguir al frente de la redacción. Y allí seguía instalado. Cuando ya hedía de un modo apestoso, se comenzó a examinar su labor de cerca y concienzudamente, y se vio que se trataba directamente de una labor de sabotaje, de la labor de sabotaje de un elemento extraño, enemigo del partido. Fue entonces cuando se terminó con él. ¡Pero cuánto daño ha hecho al partido! Y Budín no es más que un ejemplo, un ejemplo contundente de cómo en el partido no había vigilancia respecto a los cuadros, de cómo se toleraba en puestos de responsabilidad a personas inadecuadas, extrañas, no entregadas al partido. Faltaba y sigue faltando hasta ahora una política sistemática de cuadros, teniendo en cuenta los cuadros buenos y fieles del partido, no en vano el camarada Dimitrov dedicó tanto espacio a la cuestión de los cuadros en su «discurso resumen» del 13 de agosto sobre su informe en el VIIº Congreso de Komintern. El camarada Dimitrov consignó que una política acertada de cuadros debe responder a las siguientes conclusiones: en primer lugar es necesario que conozcamos a los hombres; en segundo lugar, es necesario que sepamos seleccionar y promover acertadamente los cuadros; en tercer lugar, es necesario que sepamos utilizar acertadamente los cuadros; en cuarto lugar, es necesario que sepamos distribuir acertadamente los cuadros; en quinto lugar, es necesario que estemos en condiciones de ayudar sistemáticamente a los cuadros; en sexto lugar, es necesario que sepamos velar por los cuadros y protegerlos.

Nuestro camarada Dimitrov habló también minuciosamente acerca de hacia qué cuadros debe orientarse el partido, acerca de lo que debe tener en cuenta al seleccionar los cuadros, de lo que debe apreciar en ellos y cuidar en ellos. Es, en primer lugar, la entrega completa a la causa de la clase obrera, la lealtad al partido, probada en las luchas ante el enemigo de clase. Es, en segundo lugar, el contacto más estrecho con las masas. Es, en tercer lugar, la capacidad de orientarse por su cuenta en cada situación y no rehuir la responsabilidad por los acuerdos adoptados. Es, en cuarto lugar, la disciplina y el temple bolchevique, tanto ante el enemigo de clase como frente a todas las desviaciones de la línea del bolchevismo.

Palabras de oro y reglas de oro. Pero que en el Partido Comunista de Checoslovaquia se han leído, al parecer, poco atentamente, y, desde luego, se han aplicado menos atentamente todavía. Así se explica que pudieran arrellanarse en puestos de responsabilidad los tales Budíns. Algunos camaradas suelen decir: no tenemos gente. ¡Eso no es verdad! Un partido proletario qué tiene decenas de miles de funcionarios, obreros abnegados y dispuestos siempre a sacrificarse, ¿no ha de tener hombres? Digamos más bien que no nos hemos preocupado de encontrar, de conocer, de educar a gente, de promoverla a puestos más altos, de ayudarla, de velar por ella, de cuidarla para que crezca y se haga grande. Digamos más bien que precisamente porque dejamos arrellanarse a los Budíns no tenían bastante sitio ni podían crecer suficientemente los cuadros proletarios, verdaderamente revolucionarios. Y confesemos que si hubiésemos llevado una buena política, una política bolchevique, de cuadros, hubiéramos podido evitar muchas faltas oportunistas en la política del partido.

Las faltas oportunistas cometidas durante los últimos meses han enviciado indudablemente la atmósfera en torno al partido y dentro de él se alargó indudablemente el dedo a las provocaciones del enemigo de clase, que ha intentado, intenta e intentará manchar y desacreditar ante las masas el pavés revolucionario del partido. Pero las especulaciones del enemigo de clase saldrán fallidas. El partido, bajo la dirección de la Komintern y de su timonel, el camarada Dimitrov, descubrirá las faltas, las corregirá y reducirá al silencio a cuantos quieran aprovecharse de ellas para sus sucios fines. Corregirá la línea del partido bajo el espíritu de los acuerdos del VIIº Congreso de la Komintern y se lanzará con nuevo arrojo con la visera levantada a la lucha por el establecimiento de la unidad de acción de la clase obrera de Checoslovaquia. Y si hoy criticamos nuestras propias faltas, si ponemos de manifiesto a la faz del mundo entero dónde el partido ha dado un paso en falso, lo hacemos en interés del éxito de esta lucha, en interés de la causa de toda la clase obrera. Quien trabaja y lucha comete faltas. Quien sirve a la burguesía no incurre en falta alguna, pues su ruta es muy sencilla: servir a la burguesía hasta desgarrarse. De sus faltas aprenden el individuo, el partido y la clase. Lo que hace falta es tener conciencia de la falta, descubrir sus causas y sacar las consecuencias de ella para el futuro, para poder evitar su repetición. El partido corrige su línea sobre la marcha, en la lucha, pues en esta estriba precisamente la esencia de la corrección de las faltas cometidas.

Peligran los Sudetes: 800.000 obreros parados; situación miserable de los obreros en las fábricas; miseria entre los campesinos y pequeños industriales; nuevos avances de la reacción fascista; nuevas capitulaciones de los socialistas gubernamentales ante la reacción: todo esto exige la cohesión de todas las fuerzas proletarias, de todas las verdaderas fuerzas antifascistas, para la lucha en común. Nosotros hemos eliminado de nuestra táctica todas las cosas falsas que entorpecían la cohesión de este frente antifascista y anticapitalista de lucha. En el partido y fuera de él comienza ya a soplar ahora viento fresco. Así debe ser. Muchos, muchísimos buenos camaradas de dentro y fuera del partido respirarán aliviados. Y el VIIº Congreso del Partido Comunista de Checoslovaquia de 1936 se desarrollará ya bajo el signo de Dimitrov. (Klement, GottwaldPor la aplicación acertada de la línea del VIIº Congreso de la Komintern Discurso pronunciado ante el VIIº Congreso del Partido Comunista de Checoslovaquia, 1936)

Notas:

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