«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

lunes, 25 de mayo de 2020

La evolución del PCE sobre la cuestión nacional (1921-1954); Equipo de Bitácora (M-L), 2020



Un comunista diría:

«La opresión de los rusos blancos y ucranianos en Polonia es el ejemplo más vivo de la espantosa ilegalidad y burla a la que la burguesía de cualquier país capitalista somete a sus nacionalidades menores. En Francia, la burguesía persigue a los alsacianos y los priva de su identidad nacional; lo mismo puede decirse del sur del Tirol y de los eslavos en Italia; de los flamencos y los alemanes en Bélgica; de los catalanes y vascos en España». (A. Rysakoff; La política nacional de la URSS, 1931)

Con el nacimiento del Partido Comunista de España (PCE) en 1921 como una escisión del ala izquierda del PSOE, es cuando los marxistas pensarían que se iba a restablecer una mayor atención al tema. Pero de nuevo una mezcla de inexperiencia, falta de conocimientos y la herencia socialdemócrata hicieron repetir los mismos errores. Esto daría pie a posturas de todo tipo. Heredando parte de los errores terminológicos de otros marxistas, se habla confusamente de nación y nacionalidad. A veces se denominaban a unas zonas con la primera concepción, y al tiempo con la segunda.

Inicialmente en el momento de la proclamación de la II República en 1931, sus declaraciones permutaron desde posiciones que defendían una reivindicación absurda y antimarxista como la inmediata independencia de las regiones con movimientos nacionalistas, hasta poco después deslizarse hacia una subestimación de las reivindicaciones y al propio trabajo en estas zonas, dejando a las masas en mano de las direcciones nacionalistas. Esta última postura, por ejemplo, sería criticada en lo sucesivo por la Internacional Comunista con términos muy duros:

«Como conviene a verdaderos revolucionarios proletarios, aclarar y seguir revelando ulteriormente las causas del retraso del Partido y los errores cometidos, así como tomar medidas enérgicas para poner remedio todo lo más rápida y completamente posible. Hay que asimilar y utilizar cuidadosamente la rica experiencia de la lucha revolucionaria de clases y de la lucha, indisolublemente ligada con ella, del Partido Comunista y sus organizaciones. La causa principal de las faltas del Partido, de la incomprensión del carácter de la revolución, de la incomprensión del papel y de las tareas del proletariado en tanto que dirigente supremo durante la revolución democrático-burguesa, de la incomprensión del papel del Partido Comunista, de la incapacidad de lanzar oportunamente consignas políticas justas para la acción de masas y de llevar hasta las masas las consignas políticas justas, así como de los errores manifestados por la pasividad relativamente grande del Partido, es que el Partido Comunista se hallaba, y desgraciadamente se halla aun, presa del sectarismo y de las tradiciones anarquistas. (...) Estas tendencias y métodos han entorpecido y entorpecen todavía el trabajo de masas del Partido Comunista, su contacto con las masas. (...) El Partido, en su totalidad, y su dirección en particular, no tenían, ni desgraciadamente, aun una línea política justa, pues habían apreciado de un modo inexacto la situación objetiva, el carácter y las particularidades de las contradicciones de clase, el carácter de la revolución en España. Las situaciones políticas concretas eran y son aun apreciadas de un modo inexacto. (...) El Partido Comunista ha manifestado, y sigue en cierta medida manifestando una actitud análoga de desdén, de pasividad sectaria con respecto a los movimientos de emancipación nacional de los catalanes, vascos y gallegos, y un olvido casi total de los marroquíes, cuando ese movimiento, a causa de la traición de los jefes y de su paso al campo del bloque de la burguesía y de los grandes terratenientes, se diferencia, y cuando los elementos obreros y campesinos se convierten en su seno en un factor de considerable importancia. De tal suerte que este movimiento constituye una fuerza que el Partido Comunista debe incorporar al frente general de la lucha por el triunfo de la revolución española». (Internacional Comunista; Una carta desde el Buró del Oeste Europeo de la Internacional Comunista al Partido Comunista de España, 15 de enero de 1932)

En el artículo: «Las tareas que debe resolver la revolución española; Hacia el IVº Congreso del PCE» se decía de nuevo desde la Internacional Comunista (IC):

«La conquista por el partido de la mayoría de la clase obrera exige, en primer lugar, concentrar la atención en el trabajo en Cataluña. El partido no puede conquistar la mayoría de la clase obrera española, sin conquistar esa región, donde existen las ramas más importantes y más concentradas de la industria. Sin embargo, la falsa posición del partido en lo que concierne a la cuestión nacional le impide conquistar la mayoría de la clase obrera en Cataluña, impide el paso de los campesinos al lado del proletariado, impide aislar a los partidos nacionalistas e impide, por consiguiente, encauzar el movimiento revolucionario de las nacionalidades por la senda general de la lucha contra el gobierno burgués-latifundista español. El partido subestima indiscutiblemente la importancia del problema nacional para el desarrollo de la revolución burguesa-democrática. Hasta los anarquistas han rectificado su posición. «Solidaridad Obrera», por primera vez desde su fundación –antes era adversaria de la independencia de Cataluña y hasta habló de la necesidad de declarar una huelga para impedirla–, preconiza la independencia nacional, afirmando que «los más destacados representantes del anarquismo y de la CNT han predicado siempre la plena autonomía». («Solidaridad Obrera», de 19-12-31) Nuestro Partido mantiene aún su viejo punto de vista sectario en la cuestión nacional, y, en vez de efectuar un enérgico trabajo entre las masas obreras y campesinas de Cataluña, en vez de defender abnegadamente el derecho de las nacionalidades a disponer de, sí mismas basta la separación del Estado central y la formación de Estados independientes, nuestro partido opone a la autonomía burguesa la Constitución soviética, declarando que la independencia de Cataluña sólo será posible en un régimen soviético. Adopta en la cuestión nacional la antigua posición sectaria de los «ultraizquierdistas». Pero ¿puede conquistarse el puesto de director en el movimiento revolucionario de Cataluña y demás nacionalidades si se continúa permaneciendo en posiciones antileninistas en la cuestión nacional, contribuyendo así a robustecer la influencia de la burguesía catalana sobre el proletariado y las masas trabajadoras campesinas? Naturalmente, es imposible». (La Internacional Comunista; Nº1, 1932)

Como se puede ver en dicha revista, la IC criticaba correctamente a la dirección española sus puntos de vista errados en varias cuestiones. Viendo esto, injustificable que hiciesen repetidamente la vista gorda ante errores semejantes o incluso más graves cometidos por el PC alemán del líder revisionista Ernst Thälmann. Simplemente se prefirió elevar su figura por los cielos al ser encarcelado por Hitler en 1933, evitándose atacarle directamente como autor de dichas tesis de consecuencias nefastas, incluso cuando dichas tesis fueron rectificadas a partir del VIIº Congreso de la IC de 1935. Si el lector no está familiarizado con estos defectos «thämannianos», para resumirse, serían los siguientes:

«Ernst Thälmann, líder del Partido Comunista Alemán de los años treinta quién heredaría la vena espontaneísta, idealista y anarquista de Rosa Luxemburgo a la hora de analizar los fenómenos sociológicos. Ernst Thälmann sería de aquellos líderes que en los años treinta serían conocidos por sus variadas tesis absurdas sobre el carácter del fascismo y como combatirlo, sus tácticas antifascistas fueron desastrosas para el proletariado alemán, entre ellas encontramos que según sus miras: a) no había diferencia cualitativa entre la democracia burguesa y la abierta dictadura terrorista fascista; b) que el advenimiento del fascismo solo significaba que la revolución proletaria estaba a las puertas; c) que el gobierno de democracia burguesa como el de Brüning, Papen o Schleicher era ya gobiernos fascistas creando confusión en el proletariado sobre lo que es y no es fascismo; d) que en pleno proceso de fascistización del Estado la socialdemocracia suponía el mayor peligro para el proletariado alemán; e) que era un error crear un contraste entre los fascistas y los socialfascistas –como denominaban a la mayoría de socialdemócratas– y que los socialfascistas eran los principales causantes del fascismo y a quienes había que dirigir el principal golpe; f) que con la decadencia de los masivos sindicatos amarillos, era una necedad apoyar y luchar por campañas como las de mantener la libertad de asociación sindical en la democracia burguesa, dando libertad al fascismo a atacar los derechos y libertades de asociación sindical, etc». (Equipo de Bitácora (M-L); Las invenciones del thälmanniano Wolfgang Eggers sobre el VIIº Congreso de la Internacional Comunista, 2015)

En España las consecuencias que para el PCE tuvo la línea miope y sectaria liderada principalmente por José Bullejos, Gabriel León Trilla, Manuel Adame y Etelvino Vega, son ya conocidas. Semejante línea sectaria ralentizó el ritmo al que pudo crecer el PCE durante la dirección marxista-leninista de José Díaz, siendo de este modo un factor determinante en la derrota ante el fascismo en 1939. Del mismo modo ya vimos lo que supuso para los comunistas de otros países como Bulgaria, la propia Alemania, Albania, etc. la hegemonía de estas tesis durante un tiempo. Véase la obra: «Las invenciones del thälmanniano Wolfgang Eggers sobre el VIIº Congreso de la Internacional Comunista» de 2015. Por tanto los defectos de Thälmann no eran específicos de él y los líderes del PC Alemán, sino que empezaron a hacerse generalizados en varias direcciones de las secciones de la Internacional Comunista, y entre los propios jefes de la misma.

Con la expulsión de Bullejos del PCE en octubre de 1932 y el reciente ascenso de los nazis y la nula resistencia de los comunistas alemanes en enero de 1933, entre parte de la militancia del PCE hubo un impulso autocrítico, con voces que llegaron a criticar al PCA, a la IC y a pedir responsabilidades por estos hechos y por este tipo de defectos:

«Hernández informó que un grupo en el PC español tomó la línea trotskista sobre Alemania, argumentando que la Internacional Comunista y el PC Alemán compartían la responsabilidad de la severa derrota, pero no tuvo apoyo». (Internacional Comunista; Extractos de las tesis del XIIIº Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista sobre el fascismo, el peligro de la guerra y las tareas de los partidos comunistas, diciembre de 1933)

El hecho de tacharlos sin más de «trotskistas», indicaba que el partido pese a todo, no estaba exento todavía de jefes miopes, seguidistas, autoritarios y sectarios. Y que para muchos pesaba más la popularidad de figuras carismáticas y de prestigio internacional como Thälmann o el miedo a contradecir la posición todavía oficial dentro de la Internacional Comunista, que decir lo obvio: que el PCA y la Internacional Comunista habían tenido parte de culpa en el ascenso de los nazis por su miopía de los acontecimientos; por su sectarismo engreído y triunfalista.

Por otro lado, como hemos señalado en más de una ocasión, cabe destacar que por entonces ya se utilizaba indiscriminadamente el término «trotskista» como un insulto sin argumentación política, como legitimador contra cualquier oposición a la línea oficial, distorsionando así la esencia del trotskismo y convirtiéndose en algo peligroso precisamente para combatirlo a la hora de la verdad. Los antitrotskistas de ayer resultaron los más trotskistas en un futuro no muy lejano. Hoy ocurre algo similar, y es que las organizaciones que más utilizan banalmente esa palabra como insulto suelen ser los más trotskistas en sus métodos, análisis o en el apoyo a corrientes trotskistas o filotrotskistas.

Curiosamente el principal crítico en la Internacional Comunista (IC) de la línea del Partido Comunista de España (PCE) y de la línea abanderada por José Bullejos durante el periodo de 1931-1932 fue el ucraniano Dmitri Manuilski, quién por entonces abanderaba junto con el finlandés Otto Kuusinen, el lituano Ósip Piátnitski, el letón Wilhelm Knorin y el alemán Ernst Thälmann, la línea de la IC, y con ello también sus visiones más sectarias, las cuales se rechazarían oficialmente a partir de 1934 gracias al giro en la línea política impulsado por Dimitrov tras consultar y consensuar con Stalin varias cuestiones, como muestran los documentos históricos ahora salidos a la luz. Véase el documento de la Yale University Press: «Dimitrov and Stalin, 1934-1943; Letters from Soviet Archives» de 2000. 

En estas figuras hubo muy poco apego a los principios ideológicos poco tiempo después –Manuilski, Kuusinen, Thälmann… así como muchos otros que también serían severamente criticados por Stalin en años sucesivos. Véase la obra de la Yale Univerity Press: «Diary of Dimitrov 1933-1949» de 2008. 

Algunos de ellos se convertirían en famosos jruschovistas. Esto es una prueba de que la aparición de oportunistas no ocurre de la noche a la mañana, que cuando son criticados, se ven en peligro, y maniobran hábilmente para aparentar comprender sus errores y realizan autocríticas mientras solapadamente intentan continuar con su actividad y línea desviacionista, o esperan una oportunidad mejor para tratar de imponerla en el partido. Todo esto muestra del gran número de arribistas y oportunistas que existieron en el seno del movimiento comunista, y de la dificultad que supone para un partido comunista pertrechar a su núcleo de dirigentes fiables.

Sabiendo ahora esto, no podemos dejar de descartar que el cisma público contra el PCE de 1932 correspondiese también a divergencias personales sobre un trasfondo político entre Manuilski-Bullejos, aunque eso no invalida que las críticas de Manuilski, en su mayoría fueron del todo correctas y necesarias, pues sirvieron de gran ayuda para los comunistas españoles. 

Gracias, en parte, a las fuertes críticas desde la IC, ya desde 1932 hubo fuertes críticas internas en el PCE que apuntaban el peligro que significaba no comprender correctamente la situación de ciertas regiones y el adoptar posiciones negacionistas sobre la problemática nacional. José Silva Martínez, destacado dirigente gallego de gran popularidad entre las masas, que moriría en el exilio en 1949, diría en aquella época con notable dureza:

«Si el proletariado se pone contra las reivindicaciones nacionales de los catalanes, vascos y gallegos, además de reforzar el imperialismo español permite a los dirigentes del movimiento nacionalista movilizar a las masas que les siguen contra sus propios intereses de clase, arrastrándolos a movimientos contrarrevolucionarios, como en Vasconia, o a luchar en beneficio exclusivo de los jefes, como en Cataluña. Además, es una de las formas de dividir las fuerzas revolucionarias de los trabajadores, facilitando la tarea de los jefes nacionalistas, que presentarían ante sus partidarios al resto de los trabajadores españoles como enemigos de sus aspiraciones y aliados del imperialismo. 

Tampoco la revolución española adelanta nada desconociendo el movimiento nacionalista y abandonándolo a sus propias fuerzas. Esto permite a los representantes del Poder central concertar compromisos con los jefes, nacionalistas –como hemos visto en Cataluña– y quebrantar así el movimiento revolucionario de las masas nacionalistas por la independencia, que es un factor importante para la revolución. Por el contrario, la misión del proletariado revolucionario es unir la aspiración nacionalista de las masas de estos pueblos oprimidos a las reivindicaciones generales de la clase obrera y fundir en uno solo el movimiento revolucionario para derrumbar el capitalismo opresor y acabar con la explotación de los trabajadores. 

Dejando la dirección del movimiento nacionalista en manos de los jefes traidores sin intentar atraernos a las masas nacionalistas, supone un desconocimiento absoluto de las fuerzas revolucionarías y de su desarrollo. Por eso el Partido Comunista inscribe en su bandera de lucha la reivindicación de Cataluña, Vasconia y Galicia y proclama el derecho de estas nacionalidades a disponer libremente de sus destinos, comprendido el derecho a proclamar su independencia. 

Sólo tomando posición al lado de las minorías nacionales que luchan por su independencia, apoyándolas contra el Estado imperialista, hacemos labor revolucionaria y trabajamos por la unificación de los trabajadores. Y no se oponga a esta concepción de los comunistas el argumento de que el proletariado es internacionalista. La solidaridad internacional del proletariado sería negada por nosotros si nos opusiéramos a la liberación de las minorías oprimidas, cayendo, en cambio, en un estrecho patrioterismo, contrario al internacionalismo revolucionario. La aspiración internacional del proletariado ha de realizarse en la unión libre de las naciones, en las relaciones fraternales de todos los pueblos. «Un pueblo que oprime a otros no puede ser libre», ha dicho Marx.

A pesar de ser tan claro, existe entre algunos militantes una incomprensión grande sobre el problema nacionalista. Últimamente se manifestó francamente en oposición a la política del Partido sobre las nacionalidades el camarada Milla, que afirmaba que el movimiento nacionalista de Cataluña era artificial. Y Milla es el representante de una tendencia que debemos combatir implacablemente, haciendo comprender a todos los camaradas la necesidad de luchar al lado de las masas nacionalistas de Vasconia, Galicia y Cataluña por su independencia. Ponerse frente a la política del Partido negando la existencia de un movimiento nacionalista en España es volver la espalda a la realidad. La débil argumentación de Milla afirmando que el problema es artificial ya indica toda su falsa posición. 

¿Cómo explica el camarada Milla la enorme movilización de masas llevada a cabo en Cataluña en torno al Estatuto? ¿Sería posible si el movimiento nacionalista fuera artificial? ¿Cómo podrían cotizarse los jefes del «Estat Catalá» si no existiera un sentimiento nacionalista profundo en Cataluña? 

Ignorar el movimiento nacionalista no excluye su existencia, y argumentar sobre los privilegios y la prosperidad de la región catalana para negarlo es tan absurdo como pretender demostrar que no hay parados en España porque el presidente de la República disfruta la asignación de dos millones de pesetas. El movimiento nacionalista es un movimiento real, que arrastra grandes masas de trabajadores, a las que no debemos dejar abandonadas bajo la dirección de los jefes que las engañan y traicionan. El Partido Comunista debe tener una política clara sobre las nacionalidades oprimidas y todos los militantes han de comprenderla y aplicarla con decisión y entusiasmo, combatiendo las desviaciones que se inician y que pueden ser un peligro para la marcha de la revolución». (José Silva Martínez; La revolución y el movimiento nacionalista, 1932)

Estas palabras suenan muy actuales justo cuando algunos nacionalistas vestidos de marxistas intentan presentar la cuestión nacional como algo artificial, o como los estertores de «antiguas naciones ya en descomposición», que no se dejan asimilar por la «gran nación española». Recordando a Kautsky instando a los checos a abandonar su fisonomía y aceptar de una vez por todas las «ventajas de la germanización» de su pueblo.

La IC seguiría insistiendo en este sentido. A. Brones en su artículo: «La acentuación de la crisis revolucionaria en España y las tareas del PCE» diría:

«Los puntos fundamentales de este programa, que indudablemente, animará la actividad del Partido y lo unirá más con las masas, son. (...) 8) Liberación nacional de todos los pueblos oprimidos –Cataluña, Vasconia, Galicia–, sobre la base del derecho de los pueblos a la autodeterminación hasta la separación de España. 9) Inmediata y completa liberación de las colonias». (Internacional Comunista; Nº12, 1933)

El programa electoral del PCE para 1933 recogía claramente esta visión:

«Liberación nacional de todos los pueblos oprimidos. El gobierno obrero y campesino reconocerá a Cataluña, Vasconia, Galicia, el pleno derecho a disponer de sí mismas hasta la separación de España y la formación de Estados independientes. Liberación inmediata y completa sin restricción, ni limitación de Marruecos y demás colonias». (Partido Comunista de España; Programa, 30 de enero de 1933)

Desde la IC en abril de 1936, con el artículo «La victoria del frente popular en España» se volvió a hacer eco de la importancia de la cuestión nacional:

«Los catalanes, vascos y gallegos esperan el cumplimiento inmediato de su libertad nacional y el derecho de autodeterminación». (Internacional Comunista; Nº4, 1936)

Estos sucesivos mensajes tuvieron un profundo calado en la nueva dirección del PCE. Y efectivamente hubo un cambio notablemente en el PCE sobre las posturas referentes a la cuestión nacional como se ha comprobado. Pese a no decir abiertamente que eran consideradas naciones, se pedía para Cataluña, Euskadi y Galicia «disponer libremente de sus destinos» al estar oprimidas dentro del imperialismo español:

«Queremos que las nacionalidades de nuestro país, Cataluña, Euskadi y Galicia, puedan disponer libremente de sus destinos, ¿por qué no?, y que tengan relaciones cordiales y amistosas con toda la España popular. Si ellas quieren librarse del yugo del imperialismo español, representado por el poder central, tendrán nuestra ayuda. Un pueblo que oprime a otros pueblos no se puede considerar libre. Y nosotros queremos una España libre». (José Díaz; La España revolucionaria: Discurso pronunciado en el «Salón Guerrero» de Madrid, 9 de febrero de 1936)

Hipócritamente todos los revisionistas que dicen reivindicar el legado de José Díaz miran ignoran tales palabras del comunista sevillano.

Esto ya era un paso mayúsculo ante el histórico desdén de las autodenominadas organizaciones marxistas sobre la cuestión nacional, un tema cada vez más candente, que no dejaría de tener resonancia en décadas posteriores hasta llegar a la actualidad.

Esta línea sobre la cuestión nacional también sería genialmente expuesta en años sucesivos desde Euskadi por Jesús Larrañaga Churruca –fusilado por el franquismo en 1942–:

«El Congreso Nacional del Partido Comunista de Euskadi reconoce plenamente la existencia de la nacionalidad vasca, expresada en la comunidad de idioma, territorio, homogeneidad étnica, cultura y, sobre todo en la voluntad decidida de la mayoría del país, que lucha por sus derechos nacionales frente al imperialismo español que lo sojuzga en combinación con la burguesía vasca y los grandes propietarios de Euskadi.(...) El Partido Nacionalista Vasco, cuya dirección reaccionaria representa los intereses de los banqueros, de la Iglesia, de los grandes propietarios de la tierra y de los grandes industriales, que siempre ha tenido una colaboración, más o menos disimulada, con los representantes del imperialismo español. (...) El Partido Socialista jamás ha sabido comprender el valor revolucionario de la lucha por el derecho de autodeterminación de Euskadi y establecer la debida diferencia entre movimiento nacionalista y la dirección reaccionaria del mismo. Siguiendo las líneas de la Segunda Internacional, su posición frente a este problema se ha reducido a meras declaraciones platónicas sobre la autonomía cultural de los pueblos oprimidos. A él incumbe una parte de la responsabilidad por la creación de la artificial barrera de prejuicios que la burguesía vasca ha conseguido levantar entre algunos núcleos de masas laboriosas del país y fuera de este, la social democracia, en su larga historia y durante su estancia en el Gobierno, no fue nunca capaz de interpretar, de manera revolucionaria, los anhelos y aspiraciones nacionales del pueblo vasco. Su posición adversa al derecho de autodeterminación favoreció, de hecho, las maniobras y chantajes de la burguesía y propietarios vascos y los esfuerzos de éstos por dividir al proletariado vasco. El Partido Comunista de Euskadi lucha, con todas sus fuerzas, por conquistar el derecho de autodeterminación para nuestro pueblo. Este derecho no podrá ser jamás alcanzado más que en el combate contra el imperialismo y los enemigos de del pueblo dentro del país. (...) Hasta el momento presente, ha sido el Partido Comunista de España el único que con su programa de liberación nacional y social, ha luchado por el derecho de autodeterminación de las nacionalidades oprimidas, incluso hasta su separación del Estado Español». (Partido Comunista de Euskadi; Acta fundacional, 1935)

Y en Cataluña por Joan Comorera –fallecido en las cárceles franquistas en 1958–:

«Los problemas nacionales de España no son una ficción, son una realidad viva. Las monarquías austríaca y borbónica, las dos de origen extranjero y antiespañolas, quisieron crear a sangre y fuego, una España falsa, «unificada». (...) Si algunos republicanos españoles, algunos pseudosocialistas españoles, pretendiesen, después de la inevitable victoria sobre el nazifascismo y su apéndice falangista, con palabras nuevas y propósitos y métodos viejos, continuar una política de asimilación violenta que la experiencia de siglos ha demostrado cuan absurda y criminal es. (...) Ortega y Gasset, hizo un daño atroz a la República, a España, cuando afirmó que los pueblos hispanos estaban, condenados a «conllevarse». Efectivamente, los pueblos hispanos se han «conllevado» bajo las corrompidas monarquías austríaca y borbónica. Volverían a «conllevarse», quizás, si ciertos políticos, que nada han aprendido antes y en el curso de la guerra, que no se han corregido en la excesiva comodidad de su emigración, sí esos discípulos de Ortega y Gasset, filósofo traductor al servicio de Franco y de Falange, tuvieran campo libre para repetir errores conocidos y agravarlos con nuevos ensañamientos. A la «conllevancia» de parásitos y aventureros, de demócratas aparentes y reaccionarios verdaderos, nuestros pueblos oponen su vehemente voluntad de «convivencia». Los pueblos de España han «convivido» cuando la República promulgó la Constitución de 1931, cuando los admirables obreros madrileños dieron la gran paliza a los «isidristas» catalanes que fueron a Madrid a pedir el guillotinamiento de la Generalidad de Cataluña, cuando el 6 de octubre de 1934 los catalanes se levantaron contra los filo-fascistas, cuando las juventudes catalanas corrieron a defender Madrid en las jornadas de gloria imperecedera de noviembre de 1936, cuando las juventudes castellanas vinieron al Ebro a defender a Cataluña y con ella a la República y la independencia de España. (...) Nuestros separatistas –nos referimos a los auténticos, no a los provocadores–, están también en la pendiente reaccionaria. No planteamos con relación a ellos ninguna cuestión de principio. La idea separatista es tan legítima como cualquier otra, en un régimen democrático y para los demócratas verdaderos. Los republicanos españoles están en su derecho al combatir la idea separatista, como lo estamos nosotros al proclamarnos no separatistas. Pero la idea separatista no se combate con anatemas ni excomuniones, con reacciones a lo Poyo Villanova o con la pistola del falangista. No se combate oponiendo la voluntad del más fuerte a la voluntad del más débil. Se combate con el ejercicio pleno y sin reservas de la democracia. Cataluña, Euskadi y Galicia, tienen el derecho indiscutible a ejercer su derecho de autodeterminación. Los demócratas españoles deben admitir este ejercicio libre del derecho de autodeterminación, no desconociendo que ello implica el derecho a separarse, a constituirse en Estados independientes. Es así como, rompiendo con un pasado de oprobio, siendo demócratas consecuentes, forjaremos una España unida, liquidaremos el separatismo de ambos lados del Ebro. Es así como ha surgido, desde el punto de vista nacional, la invencible y gloriosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas». (Joan Comorera; Los separatistas de uno y el otro lado del Ebro; Conferencia pronunciada en México, 1943)

El PCE solo comenzó a despertar de sus defectos, como el aislacionismo de las masas o la mala comprensión de la cuestión nacional, con la línea trazada por el IVº Congreso de marzo de 1932, donde Bullejos, Vega, Trilla y Adame mantendrían brevemente sus cargos tras un fuerte descrédito ante la Internacional Comunista, teniendo que adaptarse a un cambio en la teoría y sobre todo en la práctica, condiciones exigidas tanto de parte de la Internacional Comunista como de la mayoría de la militancia, que no confiaba en sus líderes. En una reunión el 5 de agosto de 1932, el Politburó del PCE decidió expulsar a Bullejos, Vega, Trilla y Adame por negarse reiteradamente a aplicar las nuevas directivas del congreso. Poco a poco emergería un nuevo liderazgo, decimos nuevo, no porque apareciesen de la nada, sino porque eran partidarios de la nueva línea –en algunos casos haciendo autocrítica de sus antiguas posiciones como Manuel Hurtado o, momentáneamente, la propia Dolores Ibárruri–. Se formó pues un claro nuevo núcleo de dirigentes entre los que destacamos por su adhesión bolchevique hasta el final a: Pedro Checa –fallecido en el exilio mexicano en 1942–, Trifón Medrano Elurba –fallecido durante la guerra en 1937–, Cristóbal Valenzuela Ortega –fusilado por los franquistas en 1939–, Hilario Arlandis –fusilado por los franquistas en 1939–, Saturnino Barneto Atienza –fallecido en el exilio soviético en 1940–, Daniel Ortega Martínez –fusilado por los franquistas en 1941–, José Silva Martínez –fallecido en el exilio venezolano en 1949– y sobre todo José Díaz –fallecido en el exilio soviético en 1942–. A esto se le podría sumar la caída de otros valiosos cuadros de mayor o menor altura como Isidoro Diéguez Dueñas –fusilado por el franquismo en 1942 o Puig Pidemunt –fusilado por el franquismo en 1949–. Con esta verdadera sangría de militantes sufrida entre 1932-1942, se puede observar que el PCE sufrió un total descabezamiento de sus piezas claves, lo que brindó una buena oportunidad para que los oportunistas como Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Francisco Antón, Enrique Líster, Antonio Mije, y más tarde también los Fernando Claudín, Jorge Semprún o Ignacio Gallego se afianzasen cada vez más en las altas esferas del PCE.

Aunque para ser justos, ese ascenso meteórico de diversas figuras no hubiera sido posible sin la implementación de maquiavélicas técnicas desde la nueva dirección del PCE, las cuales desataron, contra los que dudaban o se oponían a sus aberraciones, unos métodos brutales de supresión para afianzarse en el poder, promoviendo infames juegos como: calumniar de «provocadores» a grandes y probados dirigentes –Heriberto Quiñones en 1942 y Jesús Monzón en 1947–, delatar o ajusticiar a quienes eran sospechosos de «no ser leales» a la nueva dirección –como a José San José alias Aldeano en 1944, León Trilla en 1945, Alberto Pérez alias César en 1945, Cristino García Granda en 1945, Víctor García en 1948, Luis Montero Álvarez en 1950–.

Durante aquellos primeros años del siglo XX veremos consolidarse a una figura clave en la cultura española: Antonio Machado, la cual sería referente para muchos. De él hemos evaluado cuestiones positivas y negativas en nuestro anterior capítulo: «Conatos de indiferencia en la posición sobre la cultura y la necesidad de imprimirse un sello de clase».

En cuanto a la cuestión nacional, Machado confesaba su acuerdo con reaccionarios como Unamuno en el no apoyo a la promulgación del Estatuto Catalán de 1932:

«La cuestión de Cataluña sobre todo, es muy desagradable. En esto no me doy por sorprendido, porque el mismo día que supe el golpe de mano de los catalanes lo dije: «los catalanes no nos han ayudado a traer la República, pero ellos serán, los que se la lleven». Y en efecto, contra esta República, donde no faltan hombres de buena fe, milita Cataluña. Creo con Don Miguel de Unamuno que el Estatuto es, en lo referente a Hacienda, un verdadero atraco, y en lo tocante a enseñanza algo verdaderamente intolerable. Creo, sin embargo, que todavía cabe una reacción a favor de España, que no conceda a Cataluña sino lo justo: una moderada autonomía, y nada más». (Antonio Machado; Carta a Guiomar, 2 de junio de 1932)

Joan Comorera ya se encargó de refutar estos argumentos frívolos:

«Otros cuando mucho, admiten la existencia de minúsculas diferencias «regionales», folklóricas, coloreadas por «dialectos» en decadencia y que en virtud de este nuevo esfuerzo intelectual no se oponen a cierto grado de autonomías administrativas bien entendidas que ni de cerca ni de lejos amenacen la integridad de la Patria. Otros, menos sinceros, simulan la aceptación del hecho nacional, no se oponen a una solución práctica del mismo, siempre, es claro, que no se llegue al absurdo de fabricar españoles de 1ª y de 2ª clase, como ocurre ahora, por ejemplo, con los mal andados estatutos. La constitución otorga un derecho igual a las nacionalidades y regiones de España, para organizarse en régimen estatutario. Los hipócritas saben bien que el ejercicio de un derecho otorgado a todos, por una nacionalidad o por una región, no crea privilegio de ninguna clase. Pero, por ahí van removiendo a fondo el lodo de los prejuicios para conducir de nuevo el carro hacia el camino de la España única e indivisible». (Joan Comorera; José Díaz y el problema nacional, 1942)

Como sabemos, en la obra de Machado encontramos tramos profundamente progresistas, una muestra de internacionalismo reluciente. En su artículo «Sigue hablando Mairena a sus alumnos», comenta:

«La patria –decía Juan de Mairena– es, en España, un sentimiento esencialmente popular, del cual suelen jactarse los señoritos. En los trances más duros, los señoritos la invocan y la venden, el pueblo la compra con su sangre y no la mienta siquiera. Si algún día tuviereis que tomar parte en una lucha de clases, no vaciléis en poneros del lado del pueblo, que es el lado de España, aunque las banderas populares ostenten los lemas más abstractos. Si el pueblo canta la Marsellesa, la canta en español; si algún día grita: ¡Viva Rusia! Pensad que la Rusia de ese grito del pueblo, si es en guerra civil, puede ser mucho más española que la España de sus adversarios. (…) En España, el prejuicio aristocrático, el de escribir exclusivamente para los mejores, puede aceptarse y aun convertirse en norma literaria, sólo con esta advertencia: la aristocracia española está en el pueblo; escribiendo para el pueblo se escribe para los mejores». (Hora de España; Nº3, marzo, 1937)

En cambio, en la figura del andaluz las limitaciones son hasta cierto punto producto de su época, ya que nació y se desarrolló en el ambiente nacionalista de la generación del 98, y si bien en algunas cuestiones, como vemos, se separaba de su círculo de influencia, en otro, nunca saldría de él. Esto último se ve cuando ensalza la conquista de América celebrando el «día de la raza». En sus escritos, Antonio Machado también daba de comer al mito del Cid como «patriota» consecuente, cuando la historia muestra que, como todos los reyezuelos cristianos y musulmanes de la península, el Cid fue un guerrero mercenario vendido al mejor postor. El PCE reproduciría estos escritos suyos en su periódico «España popular» Nº73 de 1941, que lejos de alimentar un sano patriotismo, alimentaba el viejo chovinismo de gran nación totalmente despreciable. Esto indicaba, que el PCE había cambiado profundamente desde 1932 su forma de abordar la cuestión nacional, existía una condescendencia hacia los chovinistas castellanos.

Por todo ello no es de extrañar lo que Machado proclamaba sobre los movimientos nacionalistas en boga:

«De aquellos de quienes se dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etc., antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse». (Hora de España; Nº6, junio de 1937)

Machado no entendía que el movimiento catalán no era una mezcla de arrogancia y provincianismo, sino más bien que la España de su imaginario: «íntegra, gloriosa e inseparable», esa «comunidad de destino» hispánica, en la que le habían educado, no existía. O mejor dicho, que dicha comunidad hispánica debía ser construida por los pueblos mediante la voluntad, y no por la fuerza, como él precisamente reconocía como positivo con lo sucedido en Rusia con los comunistas. Pero Machado no era capaz de desligarse de sus dogmas nacionalistas:

«Se nos ha calumniado, dentro y fuera de España, diciendo que nosotros también servimos una causa extranjera; que trabajamos por cuenta de Rusia. La calumnia es doblemente pérfida, pero tan grosera, que no ha podido engañar a nadie que no sea perfectamente imbécil. Porque todos saben –están hartos de saber– que Rusia, ese pueblo admirable, que renunció a su imperio para libertar a sus pueblos, no atentó nunca a la libertad de los ajenos y que no tuvo jamás la más leve ambición territorial en España. Esto lo saben todos, aunque muchos disimulen ignorarlo». (La voz de España, Discurso, 11 de noviembre de 1938)

En su artículo «Sobre la Rusia» actual repetía:

«La fuerza incontrastable de la Rusia actual radica en esto. Rusia no es ya una entidad polémica, como lo fue la Rusia de los zares, cuya misión era imponer un dominio, conquistar por la fuerza una hegemonía entre naciones. De esa vanidad, que todavía calienta los sesos de Mussolini, ese faquín endiosado, se curaron los rusos hace ya veinte años. La Rusia actual nace con la renuncia a todas las ambiciones del Imperio, rompiendo todas las cadenas, reconociendo la libre personalidad de todos los pueblos que la integran. (…) El marxismo contiene las visiones más profundas y certeras de los problemas que plantea la economía de todos los pueblos occidentales. A nadie debe extrañar que Rusia haya pretendido utilizar el marxismo en su mayor pureza, al ensayar la nueva forma de convivencia humana, de comunión cordial y fraterna, para enfrentarse con todos los problemas de índole económica que necesariamente habrían de salirle al paso. Tal vez sea éste uno de los grandes aciertos de sus gobernantes». (Hora de España; Nº9, septiembre, 1937)

¿Cómo era posible que para él, el modelo de autodeterminación que había «liberado a los pueblos» –llegando incluso a aplicarse la separación– era aplicable para Rusia pero no para España? Como observamos, Machado caía en grandísimas contradicciones.

Este nacionalismo castellano intransigente, celoso de sus mitos, miedoso de su integridad territorial ante todo, era incapaz en principio de simpatizar con las aspiraciones nacionales de los pueblos de la península y sus justas luchas, pero bien era capaz de sentir y guardarle «lazos fraternales» a los fascistas patrios que habían conspirado con los fascistas extranjeros de los países imperialistas.

Antonio Machado diría:

«No creo que haya nadie en España que diste más que yo del ideario fascista. Siempre he creído, sin embargo, que, desde un punto de vista teórico, cabe ser fascista sin por ello dejar de ser español. Mas siempre he afirmado que no se puede ser español y entregar el territorio y los destinos de España a la codicia imperialista del fascio italiano o del racismo alemán. No creo que nadie, hoy, en España, pueda pretender honradamente que esto sea posible. (…) Con todo ello, y convencido de la ceguera, de los errores, de la injusticia de nuestros adversarios, de cuya índole facciosa no dudé un momento, confieso que nunca pude aborrecerlos; con todos sus yerros, con todos sus pecados, eran españoles; y el lazo fraterno, hondamente fraterno de la patria común, no podía romperse ni con la más enconada guerra civil». (La voz de España, Discurso, 11 de noviembre de 1938)

Antes de morir, en una carta en la que ensalza a varios escritores catalanes, se retracta de la idea de que los catalanes serían los causantes del fin de la república, y reconoce la valentía en su defensa:

«¡Si la guerra nos dejara pensar! ¡Si la guerra nos dejara sentir! ¡Bah! Lamentaciones son éstas de pobre diablo. Porque la guerra es un tema de meditación como otro cualquiera, y un tema cordial esencialísimo. Y hay cosas que solo la guerra nos hace ver claras. Por ejemplo: Que bien nos entendemos en lenguas maternas diferentes, cuantos decimos, de este lado del Ebro, bajo un diluvio de iniquidades: ¡Nosotros no hemos vendido nuestra España!, y el que esto se diga en catalán o en castellano en nada mengua ni acrecienta su verdad». (Antonio Machado; Desde el mirador de la guerra, 6 de octubre de 1938)

Este tipo de cuestiones como los errores de las grandes figuras de la cultura en la cuestión nacional, son las que no comentan los actuales capitostes de la «izquierda» cuando reivindican a una figura de la talla de Machado, con grandísimas luces pero también con notables sombras. El deber de los comunistas es calibrar a cada figura en su lugar correspondiente, y anotar los aciertos y errores, y jamás tapar los defectos de dichas figuras, ni siquiera cuando realmente son portadoras de una verdadera esencia progresista, como el propio Machado, cuyo compromiso antifascista es indudable. Tapar la historia solo crea mitos, pero no hace avanzar a los pueblos.

No sin razón el historiador francés Pierre Vilar, testigo de la Guerra Civil Española, comentaría en sus años de juventud a un amigo castellano:

«Totalmente de acuerdo con esto que usted dice: españoles de izquierda y derecha concuerdan hoy en su anticatalanismo; yo había esperado otro resultado de la guerra; pero no niego los hechos; veo desde hace seis meses tanto españoles como si viviera en España y de todas las categorías. De hecho incluso los partidarios de la autonomía y del Estatuto hoy son unitarios. Es una consecuencia muy natural de una derrota, en la que cada uno intenta cargar sobre el vecino la responsabilidad de los errores –yo creo personalmente, que se hallan en otro lado, e incluso más alejados–». (Rosa Congost; El joven Pierre Vilar, 1924-1939: Las lecciones de historia, 2018)

Pero algunos se empeñan en negar esta obviedad. Los monigotes del nuevo PCE (m-l) refundado en 2006, toman como ejemplo de la línea a seguir sobre la cuestión nacional la postura del Presidente del Consejo de Ministros de la II República, Juan Negrín López, jefe del ala centro del PSOE. Los actuales dirigentes del PCE (m-l) –que en su ridiculez continua no le hacen honor a sus siglas– proclaman:

«Se puede hablar de un patriotismo popular, ligado a las luchas de las clases dominadas frente a las clases dominantes, o a las luchas a favor de la soberanía nacional. En el caso de España, hay un patriotismo republicano que defendieron José Díaz, Dolores Ibárruri, Juan Negrín, Azaña, y tantos otros, frente al fascismo». (Carlos Hermida; El ascenso del fascismo y las tareas de los comunistas, 2019)

Para ser un supuesto historiador marxista, Hermida desconoce bastantes cuestiones clave, o por el contrario, conoce todo a la perfección, pero como buen ecléctico no supone un impedimento para su cóctel ideológico. Aquí como vemos, se reivindica a Ibárruri, que como hemos visto en capítulos anteriores era la cabeza visible del chovinismo español dentro del PCE, negando el derecho de autodeterminación, además, Hermida oculta o ignora adrede el rol de Ibárruri a la hora de atacar y difamar a los marxista-leninistas como Joan Comorera –hasta el punto de tildarle de «titoísta»… cuando ella como «stalinista» en menos de una década iría a Belgrado a rendir pleitesía al nuevo barrabás: Tito–. Hermida oculta o ignora que el viejo PCE (m-l), que condenaba las traiciones de Ibárruri, en su artículo: «La guerra nacional revolucionaria del pueblo español contra el fascismo» de 1975, denunciaba el tono derrotista de Ibárruri que mantuvo durante los últimos meses de la guerra. Incluso constatamos como en sus memorias la propia Ibárruri confiesa que su intención era que el PCE en la cuestión del mantenimiento de la guerra o la búsqueda de la paz, obrase según lo que Negrín dictase, poniéndose a la zaga de Negrín, que como se demostraría, fue sumamente timorato por ejemplo a la hora de responder al Golpe de Casado de 1939. 

También reivindica a Azaña, que como vimos en los informes de los agentes de la Internacional Comunista en España –como el de Gëro–, su grupo suponía dentro del republicanismo el principal foco de los claudicadores. 

Por último, este nuevo PCE (m-l) desprovisto de todo sentido de coherencia ideológica, reivindica al propio Negrín en relación al patriotismo (sic). ¿Sí? ¿Este es vuestro modelo idílico? Adelante, valientes caballeros, repasemos a vuestro héroe… En una ocasión Negrín diría:

«Zugaragoitia, de nuevo, pone en boca de Negrín unas frases pronunciadas a finales de julio de 1938, recién iniciada la Batalla del Ebro, que representan una auténtica declaración de principios sobre el hecho nacional catalán: «Negrín: No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan gravemente los que otra cosa supongan. No hay más que una nación: ¡España!». (Pelai Pagés y Blanch; Cataluña en guerra y en revolución (1936-1939), 2007)

Togliatti, que como sabemos no era sospechoso de simpatizar con las organizaciones catalanas, ni siquiera con el PSUC, en un informe confidencial, reportaba a Moscú:

«Negrín estaba dominado por los prejuicios y los errores de la socialdemocracia. No comprendía el problema nacional, e incluso cuando tomaba medidas acertadas e indispensables –centralización de la industria de guerra y la hacienda nacional en manos del gobierno de la República, etc.– su falta de táctica y en ocasiones su brutalidad, unidas a la falta de tacto y a la brutalidad de sus funcionarios, herían el sentimiento nacional de los catalanes». (Palmiro Togliatti; Informe, 21 de mayo de 1939)

Manuel Azaña, Presidente de la II República, un republicano de izquierdas burgués, recogía sobre el pensamiento del Dr. Negrín en sus memorias:

«Negrín: Aguirre no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con él ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga a pedir dinero, y más dinero». (Manuel Azaña; Memorias, 1939)

¡¿Esto es para el actual PCE (m-l) el ejemplo a seguir?! ¿El preferir el triunfo del fascismo a que la «patria se descuartice»? ¿Este es el patriotismo de esta gente? Más bien es el paradigma a imitar para los nacionalistas castellanos, para los republicanos unitarios que denunciaba Pi y Margall. No para los comunistas… que son profundamente internacionalistas y jamás proclamarían tales infamias. Incluso Engels ya comprendía que en una tesitura de ese tipo: «El proletariado victorioso no puede imponer su felicidad sobre otro pueblo extranjero sin comprometer su propia victoria». Esto se aplica tanto en los casos de opresión nacional como en la dominación colonial. ¿Y no demostraron los bolcheviques con su revolución, que la aplicación del derecho de autodeterminación no hunde la revolución en el caos? ¿No es cierto que con ese gesto se ganó la adhesión de las masas trabajadoras de esas naciones y nacionalidades para luchar contra la contrarrevolución? ¿No provocó también la unión libre de muchos de los antiguos pueblos sometidos por el zarismo ruso? Quien hoy tenga miedo a la democracia de los pueblos, es como dijo Lenin, alguien no marxista, un silencioso pequeño burgués que tarde o temprano acabará en puntos de vista totalmente burgueses. 

Para más desvergüenza, Negrín tuvo el valor de pedir a los españoles que se enrolasen en el ejército francés, algo que los comunistas denunciaron en su artículo: «La socialdemocracia y la actual guerra imperialista»:

«La posición oportunista y contraria a los intereses de España, adoptada por Negrín y el PSOE, ofreciéndose al Gobierno francés e invitando a nuestros soldados a ingresar en el Ejército francés, para defender los intereses de la burguesía francesa y del imperialismo inglés». (España Popular; Nº1, 1940)

Recordemos que esto se hacía después de que el gobierno francés: a) no solo se negase a ayudar a la España antifascista, sino que sabotease la ayuda soviética a la República en la frontera; b) traicionase al pueblo francés e incumpliese sus promesas y cargase la crisis sobre sus espaldas; c) participase en el pacto de Múnich de 1938 que entregaba los Suedetes a los nazis; d) reconociese a Franco sin ni siquiera haber acabado la guerra; e) encerrase a los antifascistas españoles en campos de concentración en condiciones infrahumanas; f) colaborase en la campaña para aislar internacionalmente a la URSS y provocar así un ataque de la Alemania nazi; g) ilegalizase al Partido Comunista Francés (PCF). 

Esa postura del actual PCE (m-l) de Raúl Marco no es sino otra prueba más de que hace años que él y sus palmeros se convirtieron en vulgares republicanos burgueses que lo mismo reivindican a Elena Ódena y José Díaz, que igual te reivindican también a Negrín, Azaña, Ibárruri o Líster… un eclecticismo atroz que rompe con la herencia más revolucionaria del viejo PCE (m-l) de 1964-1985.

Comorera comentaría del papel de la socialdemocracia en cuanto a no comprender la cuestión nacional y lo que supuso durante la guerra:

«El Partido Socialista Obrero Español, ha sido un instrumento del imperialismo español, debido a la acción del cual, tanto escrita como práctica, grandes núcleos de obreros, nunca comprendieron que la cuestión nacional y colonial, es parte integrante de la revolución proletaria internacional. En el curso de nuestra guerra, las incomprensiones y los exabruptos del Partido Socialista Obrero Español y de sus líderes en función de gobierno Largo Caballero, Prieto y Negrín, respecto a Cataluña y a nuestras instituciones autónomas, fueron uno de los principales factores que contribuyeron a la derrota de Cataluña y de la república». (Joan Comorera; Contra la guerra imperialista y por la liberación social y nacional de Cataluña, 1940)

Está claro que esta gente –republicanos de izquierda, socialdemócratas y liberales– no eran marxista –ni tampoco algunos de los dirigentes del PCE, que en mayor o menor medida permitían esto, y por ello, tampoco habían comprendido la posición del mismo sobre la cuestión nacional–. Hoy, aquellos que apoyan argumentos similares a los expuestos, tampoco lo son, por mucho que se vistan de ropajes rojos, por mucho que en la sede de sus partidos desfilen los cuadros de Lenin o las hoces y martillo adornen las entradas:

«En nuestros días, sólo el proletariado defiende la verdadera libertad de las naciones y la unidad de los obreros de todas las nacionalidades. Para que las distintas naciones convivan en paz y libertad o se separen –si es más conveniente para ellas– y formen diferentes Estados, es indispensable la plena democracia, defendida por la clase obrera. ¡Nada de privilegios para ninguna nación, para ningún idioma! ¡Ni la menor opresión, ni la más mínima injusticia respecto de una minoría nacional!: tales son los principios de la democracia de la clase obrera (…) Los obreros con conciencia de clase son partidarios de la total unidad entre los obreros de todas las naciones en todas las organizaciones obreras de cualquier tipo: culturales, sindicales, políticas, etc. (…) Los obreros no permitirán que se los divida mediante discursos empalagosos sobre la cultura nacional o «autonomía cultural». Los obreros de todas las naciones defienden juntos, unánimes, la total libertad y la total igualdad de derechos, en organizaciones comunes a todos, y esa la garantía de una auténtica cultura (…) Al viejo mundo, al mundo de la opresión nacional, los obreros oponen un nuevo mundo, un mundo de unidad de los trabajadores de todas las naciones, un mundo en el que no hay lugar para privilegio alguno ni para la menor opresión del hombre por el hombre». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La clase obrera y el problema nacional, 1913)

Por tanto:

«Si el marxista ucraniano se deja arrastrar por su odio, absolutamente legítimo y natural, a los opresores gran rusos, hasta el extremo de hacer extensiva aunque sólo sea una partícula de ese odio, aunque sólo sea su apartamiento, a la cultura proletaria y a la causa proletaria de los obreros gran rusos, ese marxista se habrá deslizado a la charca del nacionalismo burgués. Del mismo modo el marxista gran ruso se deslizará a la charca del nacionalismo no sólo burgués, sino también ultrarreaccionario, si olvida, aunque sea por un instante, la reivindicación de la plena igualdad de derechos para los ucranianos o el derecho de éstos a constituir un Estado independiente». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

Si se sustituye aquí: gran ruso por castellano, y ucraniano por catalán, el lector no verá ninguna diferencia con lo que ocurre hoy.

En resumidas cuentas: los obreros quieren la unidad de toda su clase, y esto es únicamente concebible si se encuentran en pie de igualdad. Esto se aplica a todas las cuestiones que atañen al movimiento obrero, pero en tanto a la cuestión que nos trae a colación, quiere significar lo siguiente: ninguna nación puede denegarle derechos de ningún tipo a otra nación; ninguna nación puede inmiscuirse en los asuntos de otra y, si esto ocurre, la defensa de la nación agraviada se convertirá en parte fundamentalmente activa del derecho de autodeterminación intrínseco a todas las naciones.

Efectivamente durante el transcurso de la guerra, algunos comunistas parecían ignorar o desconocer, como hacen otros ahora, la existencia y pervivencia del viejo nacionalismo castellano, español, o dígase como quiera, el cual hizo aparición en el campo republicano, en el seno de la socialdemocracia, en el seno del anarquismo, y también del PCE.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) ya se vislumbran artículos de sospechosas teorizaciones y conclusiones dispares; por ejemplo, la línea combativa de José Díaz versus la línea derrotista y conciliadora de Dolores Ibárruri como bien expuso el PCE (m-l) en su obra: «La Guerra Nacional Revolucionaria del Pueblo Español» de 1966. 

En la cuestión nacional, la mayoría del PCE realizaba esfuerzos por limitar los agravios sobre el Gobierno Autonómico de Cataluña y el sentimiento anticatalanista, así como contener las posibles tendencias al separatismo y a la paz por separado con Franco:

«La tensión en las relaciones que existe entre el Gobierno de la República y la Generalidad de Cataluña es uno de los obstáculos que se oponen hoy a la centralización y explotación racional de todos los recursos del país y representa una amenaza muy seria para la unidad del Frente Popular y para la unidad nacional del pueblo entero contra los invasores fascistas. Esta tensión de relaciones es fomentada y explotada por los enemigos del pueblo español, por los trotskistas y otros agentes fascistas, por el grupo de amigos de Largo Caballero y por todos aquellos que son favorables a una capitulación, así como por los conservadores ingleses y por la burguesía reaccionaria francesa, con el fin de intrigar contra el Gobierno, debilitarlo y sembrando la discordia entre los diferentes Partidos, romper el Frente Popular, romper la resistencia de la República. (...) La necesidad de luchar sin vacilaciones de ningún género contra las tendencias de capitulación que se manifiestan entre ciertos elementos de los Partidos catalanes y la necesidad de luchar en particular contra el separatismo catalán no debe hacer olvidar a los Partidos y hombres políticos de España, ni al Gobierno de la República, que existe un problema nacional de Cataluña y un sentimiento nacional catalán y que no es a través de medidas administrativas ni hiriendo ese sentimiento como se logrará llevar a los Partidos, a la Generalidad y al pueblo de Cataluña por el camino de la colaboración para dar solución a todos los problemas de la guerra. (...) Combatir y evitar toda manifestación de espíritu anticatalán, así como el planteamiento de las cuestiones referentes a Cataluña de una manera formal, olvidando la existencia de un problema nacional. (...) Ser en el seno del Gobierno, en los contactos con los demás Partidos políticos y en su actividad cotidiana, el defensor obstinado de los derechos de Cataluña, el enemigo encarnizado de toda tendencia a desconocer o limitar estos derechos y a resolver los problemas catalanes con una presida administrativa. En todos los casos en que los miembros u órganos del aparato del Estado ofendan el sentimiento nacional catalán, el Partido debe denunciar estos casos como dirigidos contra la unidad del pueblo español y hacer lo necesario para que hechos de este género no se repitan». (Partido Comunista de España; Tareas actuales del PCE, del Frente Popular y del Pueblo de España; Resolución del Comité Central del PCE, 1937)

Por otro lado, sorprende en demasía la exposición que Vicente Uribe, por entonces Ministro de Agricultura del PCE, hace sobre la cuestión nacional:

«Incluso en la República del 14 de abril, la desigualdad nacional seguía existiendo de hecho. (...) Es un fenómeno que se puede explicar con relativa facilidad. Quedaron algunos elementos de la opresión y desigualdad nacional, puesto que la República no mermó, más que muy débilmente, la potencia económica de los terratenientes, del Capital Financiero y de la Iglesia. La República no se atrevió a quebrantar en forma sensible la fuerza económica, la base material de la reacción y del fascismo del país. Tampoco fueron importantes las transformaciones realizadas por la República en el aparato estatal; el Ejército, la Policía, la Guardia civil, la Burocracia parasitaria, conservaron casi completamente, hasta julio del 36, su antigua composición, su vieja estructura, sus antiguas funciones; el espíritu de odio contra el pueblo y los métodos bárbaros de caciquismo. (…) Es preciso que todos los partidos democráticos, y en primer término los partidos y organizaciones obreras, efectúen un gran trabajo sistemático de educación política entre las masas populares para librarlas completamente de los restos de influencias de ideas reaccionaras, de falta de suficiente respeto y sensibilidad en relación con las nacionalidades no castellanas del pueblo español. Subrayemos que en la zona ocupada por los fascistas italoalemanes han sido abolidas todas las libertades y derechos democráticos, inclusive las libertades y derechos de las pequeñas nacionalidades. La primera medida de las fuerzas fascistas ocupantes, en cuanto pusieron su garra sangrienta en territorio vasco o terreno catalán, fue la abolición de los Estatutos de Euskadi y Cataluña. (...) También es fácil encontrar gentes que, con el pretexto de una supuesta salvaguardia de la inviolabilidad de las normas jurídicas constitucionales de las regiones autónomas, con sus actos no defienden los intereses nacionales efectivos de estas regiones ni los derechos y libertades democráticas, sino los restos y residuos del aislamiento medieval del provincialismo. (...) Podemos estar completamente seguros que, después del triunfo definitivo de la República sobre los conquistadores fascistas italoalemanes y sus agentes, los últimos restos del feudalismo y de la reacción serán rápida y fácilmente superados. Se ampliará y fortalecerá el régimen democrático. Una gran España, republicana, democrática; todos los pueblos unidos; todas las nacionalidades movidas por el mismo impulso, se lanzarán en una cordial emulación, sobre la base de la confianza mutua, conjugando fraternalmente todos los esfuerzos en una dirección: ayudar al máximo desarrollo y florecimiento de cada nacionalidad; ayudar en grado superlativo al ascenso general y al progreso de todo el país; fortalecer, por encima de todo, la patria española. Pero todo esto dejémoslo a los pueblos mismos. Ellos lo harán mejor que las mejores de nuestras aspiraciones». (Vicente Uribe; El problema de las nacionalidades en España a la luz de la guerra popular por la independencia de la República Española, 1938)

Para empezar Uribe utiliza el término partidos «democráticos», lo cual es una concesión a los partidos burgueses o pequeño burgueses inadmisible para los comunistas, incluso en un contexto de guerra y alianza con algunos de ellos, pues como sabemos estos partidos funcionan por el caciquismo y el nepotismo más descarado, siendo partidarios, en cuanto a régimen político se refiere, de la democracia para los explotadores y la dictadura para los explotados. En el mejor de los casos, algunas formaciones burguesas y pequeñoburguesas formulan una utópica «república democrática» donde explotados y explotadores compiten, en teórica igualdad de condiciones, sin alterar en lo fundamental la base económica –así estaba, de hecho, formulado en la Constitución de la II República de 1931–. Calificar de partidos «obreros» a partidos con gran militancia obrera es una más que generosa calificación pero no es una exposición acertada, como dijo Lenin en referencia al carácter del Partido Laborista Británico, solo se puede calificar como partido obrero a un partido que defiende los intereses de la clase obrera, jamás un partido que en la praxis ha demostrado implementar políticas antiobreras y antipopulares como en España el PSOE. Este tipo de partido que cuenta con amplia militancia obrera engañada, es el partido de «izquierda» de la patronal. Como vemos, el informe de Uribe, adolece seriamente de un análisis de clase, marxista.

Sobre la cuestión nacional hay cosas correctas: se denunciaba el hecho de que la II República de 1931-1936 no había golpeado las raíces que daban luz a la opresión nacional y daban alas al propio ascenso del fascismo, lo cual es correcto. Por otro lado, criticaba tanto el histórico chovinismo castellano que pisoteaban los sentimientos de las regiones, como las tendencias de los nacionalistas catalanes de buscar la famosa paz por separado en 1938, como un año atrás hicieran los nacionalistas del Partido Nacionalista Vasco (PNV) con los fascistas italianos en el infame Pacto de Santoña, de consecuencias trágicas. En esto no hay un pero que poner, es una exposición correctísima. 

Pero hay ciertos detalles que chirrían. Uribe hablando del futuro de la república, no considera en ningún momento la posibilidad de que estos pueblos tengan derecho a ejercer la autodeterminación y determinar si quieren formar parte de España o no, da por hecho que todos los pueblos querrán seguir el mismo camino:

Supone un error que se repetiría años después, como se verá en las tesis del revisionista Vº Congreso del PCE de 1954. Incluso el Partido Comunista de España (marxista-leninista), fundado en 1964 como escisión del PCE, nacería en un inicio arrastrando estas tesis.

Esto no quiere decir que los comunistas deban forzar el ejercer el derecho de autodeterminación en mitad de una guerra, más aún dentro de un gobierno que ni siquiera controlaban. Lenin ya lo expresó claramente que el partido de vanguardia del proletariado tiene que dar su propia apreciación:

«El reconocimiento por el partido socialdemócrata del derecho de todas las nacionalidades a la autodeterminación no significa en modo alguno que los socialdemócratas renuncien a una apreciación independiente de la conveniencia de la separación estatal de una u otra nación en cada caso concreto». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Tesis sobre el problema nacional, 1913)

Es más, celebrar un referéndum en mitad de la contienda no solo era complejo, sino que celebrarlo sin que la clase obrera tuviese el poder podía llegar a ser contraproducente para todos los pueblos que luchaban en ese momento contra un peligro común como era el fascismo, pues se había demostrado que los dirigentes del nacionalismo burgués de los catalanes y vascos, que en muchos de sus territorios era hegemónico, no se habían mostrado capaz de ejercer una lucha adecuada contra el fascismo, y que tanto el gobierno central español como el autonómico, no hacían más que pelearse continuamente cada uno defendiendo su nacionalismo, por lo que la solución completa de la cuestión nacional parecía imposible sin el triunfo de la clase obrera. 

¿Cuál hubiera sido una fórmula adecuada para el PCE en el gobierno del frente popular que agrupaba a tantísimos grupos? El PCE hizo bien en querer crear un frente antifascista de todos los pueblos hispánicos, hizo bien en impulsar en Euskadi el Estatuto de Autonomía de 1936 que demandaba el pueblo vasco para demostrar que luchaba por sus derechos nacionales, e hizo bien explicando que tras el triunfo de la guerra se podrían resolver más profundamente las cuestiones nacionales, pero dicho frente antifascista hubiera sido mejor recibido en zonas como Cataluña o Euskadi si el PCE hubiera mantenido claramente su eslogan marxista-leninista de antes de la guerra, el cual dejaba la puerta abierta al completo derecho de autodeterminación de las naciones –que incluye el derecho a la secesión–. Quizás esto hubiera conseguido como efecto contrario levantar el grito chovinista de los republicanos, socialistas y algunos anarquistas, pero esto era la única forma de ser consecuentes, pues se debe:

«Exigir la liberación de las naciones oprimidas, no con nebulosas frases generales, no con declamaciones hueras, no «postergando» el problema hasta que se conquiste el socialismo, sino con un programa político clara y precisamente formulado, que tenga en cuenta muy en especial la hipocresía y cobardía de los socialistas en las naciones opresoras. Del mismo modo que la humanidad puede llegar a la supresión de las clases sólo a través de un período de transición de dictadura de la clase oprimida, también puede llegar a la inevitable unión de las naciones sólo a través de un período de transición de total emancipación de todas las naciones oprimidas, es decir, de su libertad de separación». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El proletariado revolucionario y el derecho de las naciones a la autodeterminación, 1915)

Como ya vimos, para inicios del año 1938 la crisis para el bando antifascista era evidente: la Internacional Comunista (IC) debatía si era propicio que el PCE continuase en el gobierno, las dudas venían debido a la amplia alianza anticomunista que se estaba forjando y a las posibles consecuencias para su imagen, ya que no se sabía si era idóneo formar parte de un gobierno donde los comunistas realmente no tenían suficiente influencia ni capacidad de maniobra para contrarrestar las tendencias de sus aliados. El PCE y el PSUC, argumentaron que si los comunistas abandonaban el gobierno, los intentos de claudicar de sus aliados temporales serían más acusados mientras que la desmoralización del pueblo crecería exponencialmente, por lo que se decidió seguir formando parte del gobierno en contra del consejo de la IC.

En aquellos momentos el fascismo nacional estaba ganando la guerra, contaba con todo el apoyo del fascismo internacional así como la complicidad de las democracias burguesas como Francia, EE.UU. o Inglaterra. 

Que el PCE pasase a firmar en abril 1938 los llamados «trece puntos» del gobierno de Negrín le metía de lleno en el cenagal que había querido evitar: el descrédito ante las masas. Inmiscuirse en declaraciones conjuntas que trataban de buscar la paz con los rebeldes, prometiendo la «libertad regional sin menoscabar la unidad de España», era una oferta ridícula del gobierno del frente popular, pues todo el mundo sabía que en esa situación favorable Franco jamás aceptaría nada que no fuese la rendición incondicional. 

Ser partícipe de la propuesta suponía un desprestigio para el PCE, que sacrificaba innecesariamente su propia postura en la cuestión nacional en aras de un gobierno débil y una alianza antifascista que brillaba por su ausencia. No era un compromiso que beneficiase al PCE de alguna forma notoria, salvo la vaga promesa de republicanos, socialistas y otros de mantener la unidad antifascistas, aunque pronto se demostraron de nuevo que no eran promesas honestas sino de cara a la galería. 

De manera indirecta esto ponía en un serio compromiso a los comunistas catalanes, pues daba argumentos a los anarquistas y trotskistas para verter la acusación de que su «partido hermano de España había traicionado sus propios postulados sobre la cuestión nacional». 

Indirectamente ponía en peligro la moral combativa de los patriotas vascos, gallegos y catalanes que seguían combatiendo, sobre todo, en el caso concreto de los militantes nacionalistas, ya que el programa de los trece puntos de Negrín daba argumentos a los jefes nacionalistas para declarar que el gobierno no tenía en cuenta sus derechos nacionales, agudizando sus tendencias claudicadoras, dando órdenes en breve para que se fuesen preparando para el exilio. Esto como es normal, supuso la reacción de Comorera:

«El caso más paradigmático en este sentido se produjo con la reprobación de los Trece puntos de Negrín por parte de Comorera. El secretario general del PSUC elaboró sus propios trece puntos como respuesta a la política de Negrín, considerada anticatalana y que aplicaba sobre el Gobierno de la Generalidad y el propio PSUC». (José Puigsech Farrás; El peso de la hoz y el martillo: La Komintern y el PCE frente al PSUC, 1936-1943, 2009)

Pese a esto, hoy algunos muy folclóricos y nostálgicos de la guerra civil que no comprenden ideológicamente nada de sus sucesos, celebran la postura de apoyo del PCE sobre los «trece puntos de Negrín»:

«Incluso en los agónicos estertores de la defensa republicana el PCE logró incluir en la última oferta de pacificación del país hecha por el Presidente del Gobierno, Juan Negrín, en sus famosos «Trece Puntos» publicados el 30 de abril de 1938 las «Libertades regionales sin menoscabo de la unidad española» –punto 5– pero como sabemos, esas esperanzas eran vanas y el funesto golpe Casado vino a terminar con cualquier posibilidad de resistencia republicana frente al fascismo]». (J.P Galindo y Clemen A.; Analfabetismo teórico del socialchovinismo, 2019)

Esto es curioso porque el PCE (m-l) revolucionario de antaño reconocía que:

«Los «13 Puntos» [30 de abril de 1938], por ejemplo, si bien tienen aspectos positivos y revolucionarios, también tienen aspectos negativos y de claudicación, pues son el reconocimiento en sí de la igualdad entre lo justo y lo injusto, y niega en parte las conquistas revo1ucionarias del pueblo, ya que olvidan la naturaleza del enemigo». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); La guerra nacional revolucionaria del pueblo español contra el fascismo, 1975)

Claramente el punto referente sobre la cuestión nacional suponía una total concesión a la reacción. Pero hoy, los que llevan las mismas siglas que el antaño glorioso PCE (m-l), creen que era un punto genial. Vivir para ver.

Pese a los desvaríos de unos y otros, lo que debe de quedar claro, es que ni siquiera durante una guerra los comunistas del país opresor tienen derecho a negar teóricamente el derecho a los comunistas y patriotas de la nación oprimida, derecho que aplicarán en base a una libre unión, separación, o como guste el pueblo implicado:

«Para no convertir la lucha contra las anexiones en una frase hueca o una repugnante hipocresía. (…) Deben desarrollar inmediatamente y con la máxima amplitud una propaganda y una agitación contra el chovinismo y el anexionismo encubiertos de los partidos socialistas oficiales, sobre todo en las «grandes» potencias. Los socialistas deben explicar a las masas que un socialista inglés que no lucha ahora mismo por la libertad de separación de Irlanda, la India, etc., sólo es socialista e internacionalista de palabra, es de hecho un chovinista y un anexionista; que lo mismo puede decirse del socialista francés que no lucha por la libertad de las colonias francesas, contra la guerra por la anexión de Alsacia-Lorena, etc.; del socialista alemán que no lucha por la libertad de separación para Alsacia-Lorena, los daneses, los polacos, los belgas, los serbios, etc.; del socialista ruso que no lucha por la libertad de separación para Ucrania, Finlandia, etc., y contra la guerra por Polonia; del socialista italiano que no lucha por la libertad de separación para Trípoli, Albania, etc.; del socialista holandés que no lucha por la libertad de separación y la independencia para las Indias Holandesas; del socialista polaco que no lucha por la total libertad é igualdad de derechos de los judíos y los ucranios oprimidos de los polacos, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Primera variante de la proposición del Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia a la segunda Conferencia socialista, 1916)

Los bolcheviques dirían más adelante:

«Debe reconocerse a todas las naciones enclavadas dentro de Rusia el derecho a separarse libremente y a formar Estados independientes. La negación de este derecho y la negativa a tomar las medidas encaminadas a garantizar su realización práctica, equivale a apoyar la política de conquistas o anexiones. El reconocimiento por el proletariado del derecho de las naciones a su separación es lo único que garantiza la plena solidaridad de los obreros de distintas naciones y permite un acercamiento verdaderamente democrático entre éstas... El problema del derecho de las naciones a separase libremente, no debe confundirse con el problema de la conveniencia de que se separe tal o cual nación y de que esta separación se lleve a cabo en tal o cual momento. Este problema deberá resolverlo el Partido del proletariado de un modo absolutamente independiente en cada caso concreto, desde el punto de vista de los intereses del desarrollo de toda la sociedad y de la lucha de clases del proletariado por el socialismo». (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (bolchevique); Resolución sobre la cuestión nacional aprobado en la conferencia de abril, 1917)

Entre los delegados de la Internacionales Comunista, como Codovilla [Luis], Minev [Moreno] o Togliatti [Ercoli], en sus respectivos informes y memorias hablan de diversos temas. En algunos casos pecan de exceso de fraseología o explicaciones muy simplistas e infantiles, pero en otros casos son muy certeros y útiles en cuestiones que tiempo después se han demostrado contrastables con diversa documentación oficial, siendo un verdadero cuadro para reconocer los evidentes aciertos y sobre todo los no tan evidentes errores de los comunistas –paternalismos de los propios delegados de la IC con los cuadros españoles, falta de autocrítica de los miembros del PCE, desorganización en el trabajo, falta de influencia y trabajo en los sindicatos, tendencia a los acuerdos con los socialistas desde arriba no tanto desde la base, credibilidad excesiva en la capacidad de Negrín, la inacción por el miedo a quebrar el frente popular etc–. Pero yendo a la cuestión nacional, también adolecen de dudosa objetividad sobre el tema, cayendo en favor del relato del «nacionalismo castellano» sobre las difíciles relaciones entre el gobierno central y el gobierno catalán, así como entre el PCE y el PSUC. Aun así no podían dejar de reconocer ciertos aspectos. El delegado italiano, Plamiro Togliatti, padre del eurocomunismo en años posteriores, decía:

«En teoría, [el PSUC] en los informes, en las resoluciones y en los artículos, la cuestión nacional es planteada correctamente. En la práctica se tiene la tendencia a deslizarse hacia una posición separatista. (…) Mientras la dirección del PCE se esfuerza por cumplir su tarea, interviniendo para que no se hiera el sentimiento nacional de los catalanes, el PSUC no cumple completamente la suya, no lucha contra el nacionalismo pequeño burgués. (…) Los camaradas del PSUC, que llevan adelante furibundas campañas contra algunos ministros de la república –Prieto, v. cuestión «Negus»–, no luchan con el mismo empeño contra los elementos separatistas del gobierno de la Generalitat, ni contra los actos del gobierno de la Generalitat dictados únicamente por la desconfianza respecto al Gobierno de la República. (…) Los camaradas del PSUC repiten, en proporciones menores, el error cometido por los camaradas del partido vasco, que fueron a remolque de los nacionalistas». (Palmiro Togliatti; Informe, 28 de enero de 1938)

Es loable que desde la dirección del PSUC se viesen desviaciones nacionalistas pequeño burguesas en algunas tendencias inconscientes, en comentarios de conversaciones privadas o incluso públicas, era algo normal dada la precocidad del partido. Esto no dudamos que pueda ser verdad, pues entra dentro de lo posible, pero en el PSUC de aquellos días hay abundante documentación contra el propio nacionalismo catalán, empezando por los discursos del mismo como el propio Togliatti reconoce. Da dura crítica hacia los ministros socialistas como Prieto no era un error, sino que se demostró más certera con el tiempo, y el PCE realizaba el mismo intento de cesar a un derrotista como Prieto del Ministro de Guerra, el PSUC fue siempre el primero en denunciar a los ministros traidores del nacionalismo y alentar la colaboración entre gobierno central y regional en sendas ocasiones –véase como ejemplo la Carta de Comorera a Companys del 1 de mayo de 1939–. Alegar que la culpa de las tiranteces entre las relaciones PCE-PSUC era solamente de éste último, y que el PCE no sufría en su seno vacilaciones nacionalistas, es una acusación ridícula, porque es cierto que combatía el chovinismo español –sobre todo José Díaz y Pedro Checa–, pero por otro lado contradictoriamente se permitía en sus medios publicaciones que exaltaban el discurso del nacionalismo español –como hemos visto con la publicación de Antonio Machado, y con declaraciones como la de Uribe, que negaban el futuro derecho a la autodeterminación–. Esto sin duda era mucho más grave por ser el partido de la nación opresora, el de mayor experiencia, y por ser reincidente, ya que en el pasado fue criticado por la IC por la falta de tacto en estas cuestiones nacionales, algo que se seguiría comentando en los informes del final de la guerra por parte de Gëro, Stepanov. 

En el propio pleno del PCE de agosto de 1937, tuvo que frenar la acusación de algunos socialistas sobre que Cataluña no estaba en pie de guerra, que había un movimiento mayoritario secesionista entre las organizaciones catalanistas que intentaba hacer la guerra por su lado, o que buscaba hacer la paz con Franco por separado:

«En estos últimos tiempos hemos leído artículos no muy justos de los socialistas de Madrid, de nuestro querido «Frente Rojo». No se plantea justamente el problema cuando se dice ¿qué hace Cataluña?, y cuando directa o indirectamente se quiere cargar sobre Cataluña, la responsabilidad que hubiere sobre el año transcurrido. (…) Cataluña al contrario, ha luchado ferozmente para superar un periodo negativo [en referencia a la insurrección fallida anarquista-trotskista de mayo de 1937], lo han conseguido, con nosotros, por esa es la Cataluña en la que vosotros debéis creer. No hay movimiento separatista ninguno. Puede haber, algún grupo de intrigantes de quinta columna, en relación más o menos directa con los agentes del fascismo internacional, pero no tienen en Cataluña en cuanto a organización ni influencia, ni prestigio, ni representan un peligro alguno, los verdaderos separatistas. (…) Los peligrosos separatistas son los anarquistas, porque durante diez meses de hegemonía sindical, política, militar y económica en Cataluña, han hecho más por el separatismo que los viejos nacionalistas. (...) Y aún ahora son los que más especulan con el tópico nacionalista aprovechándose de circunstancias temporales. (...) Podéis leer su prensa, y sobre todo su prensa clandestina que es muy frondosa, y veréis como allí excitan de forma sistemática los sentimientos nacionalistas de Cataluña, no para extraer de ellos un mayor vigor en la lucha común contra el fascismo, sino para provocar un acto de rebeldía contra el gobierno del Frente Popular de la República, y para desprestigio y destrucción de las fuerzas marxistas de Cataluña, que son garantía de la victoria. (...) Pese a todo, yo os digo camaradas: ellos son pocos, en este sentido de corriente de opinión, porque los catalanes han comprendido cuál es su deber. Nosotros les hemos dicho: Cataluña no puede ser libre si en España vence el fascismo, España no puede ser libre sin la ayuda abnegada y desinteresada de Cataluña». (Joan Comorera; Discurso en el Pleno del Partido Comunista de España, agosto de 1937)

Comorera replicó, pues, que quienes principalmente habían adoptado posturas secesionistas que desconectaban y descoordinaban la lucha antifascista del frente catalán con el resto de los pueblos de España habían sido los anarquistas o los agentes de quinta columna, pero jamás los comunistas del PSUC ni la mayoría de los verdaderos patriotas catalanes.

Togliatti pese a ello, insistía en sus informes para tratar de convencer a los dirigentes de la IC de que:

«El error fundamental del PSUC respecto a la cuestión nacional fue el de no haber entendido que precisamente a él como partido catalán le correspondía la tarea de luchar contra el obtuso nacionalismo de los catalanistas pequeño burgueses, contra el derrotismo y la traición que se incubaban en el seno de esos partidos. (…) La dirección del PSCU no se decidió a hacerlo. La dirección del PSUC, y en particular Comorera, no quiso nunca luchar abiertamente contra el derrotismo y las intrigas de los partidos catalanistas. (…) A propósito de las numerosas cuestiones planteadas entre el gobierno de la República y la Generalitat, nuestro papel de intermediarios, de partidarios del respeto de los derechos de Cataluña y de la colaboración cordial entre ambos gobiernos, Comorera mantuvo una posición equívoca». (Palmito Togliatti; Informe, 12 de mayo de 1939)

Repasemos un discurso de Comorera que echa abajo todo esto, desmontando rápidamente este tipo de acusaciones:

«En el curso del primer año de guerra y de revolución, se ha reforzado la unidad de acción de los pueblos hispánicos: hemos superado el primer periodo cargado de peligros. Había al principio corrientes de hostilidades y maniobras de un separatismo equívoco, que fuimos los primeros en descubrir, a denunciar y a combatir de una manera implacable. Esto se ha superado. Es posible que aún queden algunos vestigios, y aunque, por algún rincón más o menos suntuoso de Barcelona posiblemente encontraríamos alguien que piensa que puede estar en condiciones de conspirar en este sentido. Pero debemos afirmar de una manera categórica que este no es un problema que pueda hacernos perder el tiempo para hacer la higienización de estos pequeños focos que aún quedan. Por encima de eso está la voluntad manifiesta de unidad de acción cordial, leal, y sistemática, de todos los pueblos hispánicos. Cataluña se encuentra en primera fila por haber comprendido que su suerte está ligada de una manera íntima, de una manera indisoluble a la suerte de los otros pueblos hispánicos». (Joan Comorera; Informe en la Primera Conferencia Nacional del PSUC, 25 de julio de 1937)

Sobre su política al respecto de los grupos catalanistas diría:

«La línea general del partido ha sido. (...) Neutralización reiterada de componendas políticas, que en el plano general de los claudicadores de la República realizaban los partidos nacionalistas pequeño burgueses: petición pública de una mayor participación de los partidos catalanes en el Gobierno de la República y de los catalanes de más solvencia antifascista y de mayor prestigio popular en los cargos políticos y militares; popularización hasta el último momento del presidente Companys, con la finalidad múltiple de ligarlo a Negrín, de apartarlo de las filas de los claudicadores, de inmunizarlo el contra las maniobras y las intrigas constantes de los elementos más turbios de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) que ocupaban altos cargos políticos y gubernamentales; esfuerzos continuados, con poca fortuna, pero, con el fin de vigorizar el Frente Popular de Cataluña, y anulación política de los grupos más incontrolados y más sectarios de la FAI que pretendieron muy reiteradamente en convertir el Gobierno de la Generalidad en instrumento de lucha contra el Gobierno de la República». (Joan Comorera. La línea nacional del PSUC; Ponencia presentada en el Comité Central del PSUC, que se aprobó en la reunión de finales de abril de 1939. En junio era también aprobada por el Secretariado de la Internacional Comunista, 1939)

El delegado búlgaro de la IC, Minev, también insistía bajo la misma línea que Togliatti, de que el gobierno de los socialdemócratas no comprendía la cuestión nacional pero que el PSUC tampoco la entendía cómo debía ser:

«Los tres gobiernos del frente popular –los de Caballero, Negrín y Prieto– defendieron la línea errónea del Partido Socialista sobre la cuestión nacional. No supieron manifiestar suficiente clarividencia política, valentía, sensibilidad y agilidad para concluir de modo verdadero a vascos y catalanes y sus grandes recursos económicos en un frente panespañol contra el enemigo común. Los problemas más difíciles y delicados de las nacionalidades se intentaron resolver mediante órdenes y medidas administrativas. (…) Los nacionalistas vascos y catalanes intentaron frecuentemente durante la guerra resolver la cuestión de la salida de la guerra mediante conversaciones y compromisos separados con Franco. (…) Tuvo no poca culpabilidad el Partido Socialista Unificado de Cataluña, su dirección, y personalmente el camarada Comorera. La crítica de las deficiencias y errores de la política de Negrín sobre la cuestión nacional fue realizada por la dirección del PSUC desde posiciones del nacional-separatismo catalán pequeño burgués». (Stoyán Minev; Las causas de la derrota política de la República Española, 1939)

No comentaremos esta cita, ya que ha quedado demostrado de sobra que algunas de sus acusaciones hacia el PSUC eran falaces, ciertas en algunos aspectos, como en la debilidad inicial de su origen social e ideológico de sus componentes y dirección, pero no en la conclusión de que no comprendían la cuestión nacional ni de que hicieron un correcto trabajo. Seguramente la inquina de ciertos delegados de la IC contra el PSUC no solamente respondiese al desconocimiento sobre España y la cuestión nacional, sino al hecho de que ellos tenían asignada la tarea de fortalecer el PCE en la zona Centro-Levante, mientras otros delgados como Gerö tenían ese mismo propósito sobre el PSUC en Cataluña. El arribismo como motivación no debe descartarse viendo la evolución de dichas figuras como ocurre con Togliatti y su oportunismo más que demostrado. Por tanto, las acusaciones mutuas eran una forma de justificar sus resultados echando las culpas al otro del trabajo deficiente propio. A punto de terminal la guerra, se intercambió una serie de reclamaciones:

«El Secretariado del Comité Ejecutivo de la IC abordó la situación de la República española el 3 de septiembre de 1938, en un marco de guerra en que era consciente de la inevitable derrota republicana. Por ello, el devenir de la retaguardia fue uno de sus objetos de análisis. Y aquí el PSUC jugó un papel importante. Moscú manifestó su preocupación por los efectos negativos que estaba causando en las relaciones entre el Gobierno de la República y la Generalidad los enfrentamientos que acabamos de reproducir. Por ello exigió su finalización. El PCE recibió las exigencias de acabar con el sentimiento anticatalanista que estaba presente en sus filas y aceptar la realidad nacional catalana. El PSUC, por su parte, debía acabar con sus desconfianzas y reticencias de naturaleza pequeño-burguesa a la hora de intensificar su relación con el PCE, tenía que aceptar la colaboración del Buró Político del PCE para preparar el futuro congreso del partido catalán y, finalmente, debía trabajar disciplinadamente con los militantes del PCE establecidos en Cataluña. La tensión y enfrentamiento entre las dos líneas de conversión continuó a pesar de esas órdenes y provocó numerosos enfrentamientos entre los delegados de la IC en España. Togliatti, Minev y la dirección del PCE acusaron al PSUC de ser víctima de su sentimiento independentista, de boicotear el Gobierno de la República y de llevar a cabo un trabajo fraccional y discriminatorio entre los militantes del partido catalán según su procedencia política. La dirección del PCE incluso se atrevió a confeccionar un listado sobre las hipotecas ideológicas y personales de los miembros de la dirección del PSUC que no eran afines a sus tesis. En cambio, Gerö atribuyó el mérito del inicio de la conversión del PSUC en un partido comunista al sector comandado por Comorera, ya que éste había aplicado la autocrítica, potenciado la militancia de extracción obrera y mejorado el funcionamiento del Secretariado Común PSUC-PCE. La ofensiva final de las fuerzas sublevadas sobre Cataluña entre diciembre de 1938 y enero de 1939 se convirtió en un nuevo factor de conflicto». (José Puigsech Farrás; El peso de la hoz y el martillo: La Komintern y el PCE frente al PSUC, 1936-1943, 2009)

En 1949, el PCE de Carrillo-Ibárruri tendría en los informes de Togliatti-Minev una base aunque falsa, para justificar su política de acoso y derribo hacia Comorera, creando el mito de que era un nacionalista, un saboteador, poco menos que la versión catalana de Tito. Esto era ridículo viendo que durante la guerra Comorera se comportó como un ferviente internacionalista, y posteriormente, fue uno de los que primeros líderes comunistas que en 1948 se opuso a la deriva del titoísmo y difundió amplia propaganda contra tal corriente.

El historiador Vilar atestigua que durante la guerra la desconfianza entre España y Cataluña se acentuó. Pero opina que no se perdió la guerra por Cataluña como pretendieron imputar algunos, sino que la guerra precisamente fue entorpecida por los sentimientos nacionalistas del gobierno republicano español hacia los catalanes:

«En el caso de los catalanes ella se corresponde con un posición que ya no es autonomista, sino separatista: ahora se hallan convencidos, duros como el hierro, de que sus desgracias vienen de los errores castellanos, que, sin los militares castellanos, ellos aún estarían en sus casas, en una buena república democrática de izquierdas –de hecho, son los que la estuvieron manteniendo mejor desde 1931–; y sobre todo que Negrín ha perdido la guerra porque se enfrentó violentamente al alma catalana; y es necesario confesar que él ha cometido numerosos errores, mostrándose intransigente en las cuestiones de amor propio y ceremoniales, y en cambio dejando cosas esenciales en manos de los políticos que lo traicionarían». (Rosa Congost; El joven Pierre Vilar, 1924-1939: Las lecciones de historia, 2018)

Por supuesto, ahora hay evidencias aún mayores de la posición imperialista de Negrín sobre la cuestión nacional, sus amagos de capitulación, así como una tendencia nacionalista en el propio PCE, que se desbordaría años después. Pero en aquel entonces el único delegado de la IC que defendió un relato contrario, entonando la denuncia de los desmanes de Negrín en la cuestión nacional, su derrotismo, y de las dudas sobre algunas de las figuras del PCE en las relaciones con el PSUC, sería Gerö [alias Pedro]. Él creía que los comunistas catalanes lejos de haber hecho una concesión al nacionalismo catalán, lejos de haber seguido una línea de separatismo y claudicación, habían llevado una lucha abierta contra él, siendo los republicanos de Azaña los principales capituladores ante el fascismo:

«Así los partidos republicanos en todo el país y sobre todo en Cataluña, que eran antes de la guerra los más fuertes, desarrollan una actividad considerable y muchas veces plantean la cuestión de la necesidad de la hegemonía de los republicanos en la dirección de la guerra y del país [ilegible] mucho más peligrosa puesto que entre los elementos republicanos [ilegible] una corriente bastante considerable que es favorable a un compromiso con los enemigos, o lo que prácticamente significa lo mismo, favorable a una política más o menos abiertamente separatista de Cataluña respecto a la República Española. El PSUC conduce una lucha enconada contra estas tendencias». (Carta de «Pedro» [Erno Gerö] a «Queridos amigos», Barcelona, enero 1938)

De paso, el comunista húngaro echaba sobre las espaldas del PCE, y no sobre el PSUC, la falta de comunicación entre ambos para coordinarse durante la guerra: en concreto advierte sobre la actitud poco amistosa de Dolores Ibárruri con los comunistas catalanes:

«Ahora, un miembro del Buró Político del PCE participa, en cada reunión del CE del PSUC y viceversa. Además de esto, a veces, hay una participación recíproca en las reuniones de los secretariados. Sin embargo esta colaboración es todavía algo formal. Desearía someteros algunos hechos para apoyar mi afirmación: los dos miembros elegidos en el CC del PSUC –Dolores [Ibárruri] y Pepe [Díaz]– no han participado hasta ahora en ninguna reunión del CC (y han habido cinco desde el mes de junio de 1937. Dolores, que ha tomado la palabra en los rincones más alejados del país, no ha hablado en Barcelona en los últimos dieciocho meses de guerra, salvo una vez –la última fue hace un año–, a pesar de la insistencia por parte de los camaradas del PSUC. Todos estos hechos, como muchos otros, no son fruto del azar, sino que lo queramos o no tienen una significación política. Naturalmente todo esto hace muy difícil conseguir que la línea política del PSUC esté en perfecta coordinación con la línea política del PCE. Está muy claro que los camaradas del PSUC, su dirección, deben hacer por su parte un gran esfuerzo para reforzar esta adecuación cotidiana, y hay que decir que la mayoría de ellos están bien dispuestos a ello, pero sería necesario que algunas de las dificultades que todavía existen, fueran superadas. No quisiera que pensarais que hay conflictos o tensiones en las relaciones entre los dos partidos. No, eso no existe. Las relaciones se han reforzado y mejorado, pero me parece que como el Buró Político del PCE se encuentra en Barcelona la ayuda dada al PSUC debería ser mucho más eficaz». (Carta de «Pedro» [Erno Gerö] a «Queridos amigos», Barcelona, enero 1938)

Era por tanto claro que a diferencia de delegados de la IC como Togliatti o Minev, el representante húngaro Erno Gerö valoraba altamente el trabajo de Comorera. Como hemos dicho en esto influiría que Gerö fue uno de los propios consejeros del PSUC y es normal que pretendiera defender sus resultados, pero los hechos del partido le otorgan la razón. 

El conflicto entre ambas visiones [Togliatti-Minev y cia.] vs [Gerö] sería permanente, exacerbando la cuestión no el PCE o el PSUC, sino al parecer los propios delegados de la IC, recrudeciendo las luchas fraccionales entre los partidos:

«La retirada del PCE y del PSUC de Barcelona ciudad estuvo acompañada de acusaciones mutuas de cobardía y falta de resistencia. Minev, con el apoyo de la cúpula directiva del PCE y de destacados cuadros dirigentes del PSUC identificados con sus tesis como Vidiella o Pere Ardiaca, intentaron organizar un congreso del PSUC para colocar a Pere Aznar en la secretaría general del partido. Comorera consiguió abortarlo. Pero, como era de esperar, acrecentó su enfrentamiento político y personal con Togliatti y Minev. El secretario general del PSUC apoyó indirectamente la aparición de una nueva revista teórica de la dirección del partido catalán, titulada Catalunya, que fue censurada por Togliatti». (José Puigsech Farrás; El peso de la hoz y el martillo: La Komintern y el PCE frente al PSUC, 1936-1943, 2009)

El propio Togliatti, pese a su inquina hacia Comorera, reconocía que era:

«Imposible trabajar para echar a Comorera, a causa entre otras cosas de su popularidad». (Palmito Togliatti; Informe, 12 de mayo de 1939)

¿De dónde podía nacer la popularidad de Comorera? ¿De adoptar un nacionalismo catalán? El nacionalismo pequeño burgués a mediados de 1936 se mostró pusilánime a la hora de controlar y suprimir a tiempo la subversión fascista, ante el alzamiento fascista no supo reaccionar, fue totalmente desbordado por la iniciativa de las masas, así, reconociéndose incapaz de liderar al pueblo contra el fascismo, se vio obligado a dejar su puesto a las organizaciones obreras. ¿Acaso la popularidad de Comorera nació de imitar el aventurerismo anarquista? En la Cataluña de mediados de 1937, el anarquismo que había sido el dueño de Cataluña durante un año, se mostró incapaz de organizar la economía para la guerra, de crear un ejército eficaz, se había dedicado a implementar por la fuerza el «comunismo libertario» en varios pueblos y comarcas con los consiguientes enfrentamientos armados de la población y las disculpas formales de las asociaciones anarquistas, por ende, el anarquismo había sido rechazado por las masas, tras su levantamiento fallido junto a los trotskistas en contra el frente popular durante mayo de 1937, jamás volvieron a tener la importancia de antaño. La popularidad de Comorera y el PSUC procedía de tener en todas y cada una de las cuestiones una postura propia y coherente; en concreto, sobre la cuestión nacional destacó su solución internacionalista y revolucionaria, diferentes al separatismo y capitulacionismo del anarquismo y el nacionalismo. Si al lector le quedan dudas, sigamos con la documentación histórica.

El propio Secretario General de la IC: Georgi Dimitrov, suponemos que asombrado por los informes de sus delegados de la IC sobre la desorganización en el trabajo en el PCE, recomendó que ante la incapacidad de los mandos del partido y ante el estado crítico de la guerra, sería recomendable que varios camaradas probados, entre ellos el líder del PSUC Joan Comorera, entrasen en la máxima dirección del PCE, a fin de ayudar a estabilizar el trabajo:

«Por lo tanto, solo tres de los siete miembros del Buró Político del PCE son capaces de llevar a cabo sus deberes de liderazgo. (…) Esto requiere el fortalecimiento del Buró Político. Los camaradas español [el camarada José Díaz] prevea la cooptación dentro del Buró Político de los siguientes camaradas: Girola [miembro del CC], Manco (miembro del CC), Dieguez [secretario del comité del partido en Madrid, miembro del CC], Palau [secretario del comité del partido en Valencia, no miembro del CC], y Comorera [miembro del CC y Secretario General del PSUC]». (Carta de Georgi Dimitrov a Stalin; Sobre la situación actual y las tareas en España, 4 de diciembre de 1938)

Comorera demostraría que a diferencia de muchos oportunistas como el propio Togliatti o Manuilski que trataban de ascender en el escalafón de los partidos comunistas y la IC a base de adulaciones, él era un hombre que tenía valentía para decir lo que pensaba en cada momento, aunque fuese contradiciendo los consejos de las grandes figuras soviéticas [Stalin] y la propia IC [Dimitrov], lo que le granjeó la confianza de éstos durante aquellos momentos:

«El dirigente catalán también manifestó su identificación con el comunismo soviético y aseguró que su partido era una organización comunista. Comorera hizo uso de unas buenas dotes como orador y político, que le otorgaron la confianza personal y política de Dimitrov y Manuilski. La participación del catalán en el debate sobre la retirada comunista del Gobierno de la República fue la constatación más evidente. Comorera expuso unas tesis contrarias a las de Stalin y Dimitrov, pero coincidentes con las del PCE. El secretario general del PSUC argumentó que la retirada sólo serviría para debilitar la presencia comunista –en la que incluía el PSUC– en el aparato político y militar de la República Española, daría alas a las críticas anarquistas y poumistas sobre el derrotismo del PCE y el PSUC, no evitaría las acusaciones de Francisco Franco sobre el control comunista de la República Española y, además, no serviría para facilitar una entente entre el Gobierno soviético y británico, ni tampoco ayudaría a un mejor entendimiento entre el Gobierno de la República y la Generalidad. (...) La IC se sintió relativamente satisfecha con la evolución ideológica que realizó el PSUC. (...) Así, la estructura interna del partido catalán inició los primeros pasos de la unificación ideológica, ejemplificada con un proceso de expulsiones por actos de indisciplina, inmoralidad y cobardía entre abril y junio de 1938. Además, la vertiente organizativa del centralismo democrático fue potenciada, sobre todo entre las organizaciones de base. El componente nacionalista fue atenuado y el número de militantes de procedencia obrera aumentó». (José Puigsech Farrás; El peso de la hoz y el martillo: La Komintern y el PCE frente al PSUC, 1936-1943, 2009)

Esto desmonta el mito de que los comunistas eran marionetas de Moscú. Comorera incluso denunciaría el burocratismo que existía entre algunas de las cabezas visibles del comunismo internacional:

«La aparición de una serie de críticas por parte de Comorera y sus seguidores. Estos últimos replicaron, criticaron y exigieron a la dirección del organismo internacional una serie de preceptos que cuestionaban el buen funcionamiento interno del organismo internacional. (...) 1) Descalificaron la sección nacional de la IC en Francia. El PCF fue acusado de no dedicar suficiente atención a los exiliados catalanes en el exilio y, sobretodo, de no reconocer el PSUC como un partido comunista. El propio Manuilski fue recriminado por no haber fomentado la difusión de los acuerdos adoptados entre Comorera y la dirección de la IC entre las secciones nacionales del organismo internacional; 2) exigieron el reconocimiento del PSUC como sección oficial de la IC y el establecimiento de un delegado permanente de Moscú en las filas del partido catalán; 3) presentaron la llegada de los militantes del PSUC a la URSS como un ejemplo de su voluntad para llevar a cabo la reeducación ideológica según los parámetros establecidos por la IC; 4) difundieron las manifestaciones de un pequeño sector de la dirección del PCE, concretamente Pedro Checa y Vicente Uribe, favorables a mantener coyunturalmente la independencia del PSUC respecto al PCE, para así garantizar la plena conversión del primero en una organización comunista». (Jose Puigsech Farrás; El peso de la hoz y el martillo: La Komintern y el PCE frente al PSUC, 1936-1943, 2009)

Aquí solo comentar que es dudoso que Uribe compartiera esa sensibilidad viendo sus actuaciones posteriores, y que el autor seguramente se equivoque.

Esto que denunciaba Comorera sobre algunos líderes de la IC no era ninguna novedad, ya años antes Dimitrov habría denunciado al propio Stalin el estado de descomposición, rutina y burocratismo que observaba entre las instituciones de la IC y algunos de sus más famosos líderes:

«Habiéndome familiarizado mejor con la situación en la Internacional Comunista (IC), llegué a la conclusión de que algunos cambios deben tomar lugar en el movimiento obrero internacional. (…) Requiere urgente revisión y cambios en los métodos de trabajo en los órganos de liderazgo de la IC. (…) Después de un intercambio de opiniones con los camaradas y líderes de la IC me convencí de que un cambio es imposible sin la intervención directa y asistencia del Buró Político del Partido Comunista (bolchevique) de la URSS. Todo esto es lo más esencial como solución a estos problemas es complicado por cierto conservadurismo y rutina burocrática incrustada en el liderazgo de la IC, así como por las relaciones poco saludables entre los camaradas que directamente participan en el liderazgo de la IC. (…) La necesidad del fortalecimiento político-ideológico en general del liderazgo del movimiento comunista». (Carta de Georgi Dimitrov a Stalin, 6 de octubre de 1934)

A lo que Stalin respondió:

«Estoy completamente de acuerdo contigo con respecto a la revisión de los métodos de trabajo en los órganos de la IC, su reorganización y el cambio en su composición. (…) Ahora la cuestión es concretizar las ideas [resumidas] en tu carta». (Carta de Stalin a Georgi Dimitrov, 25 de octubre de 1934)

Es sabido que antes, durante y después de la guerra civil en España, el Secretario General del PSUC Joan Comorera valoraría abiertamente lo que en sus palabras significó –una «estimable ayuda» proporcionada por el Secretario General del PCE, José Díaz, en especial su sensibilidad sobre la cuestión nacional. Véase la obra de Joan Comorera: «José Díaz y la cuestión nacional» de 1942. En cambio, como vemos en su alegato de defensa contra la deriva de la dirección del PCE en su obra: «Declaración» de 1949, criticaba duramente a Dolores Ibárruri y otros miembros por su deshonestidad y su chovinismo respecto al mismo tema.

Todavía en 1940, se decía desde el PCE que los vascos, catalanes y gallegos eran una minoría nacional que habían resuelto solo parcialmente sus problemas nacionales durante la II República:

«De los veinticuatro millones y medio de habitantes, siete millones pertenecían a las minorías nacionales de Cataluña, el País Vasco y Galicia. El problema nacional fue únicamente resuelto en parte por la República. Su solución definitiva seguía todavía en pie». (España Popular; Nº11, 1940)

Ya en la posguerra, en 1946, un «nuevo» PCE ya sacaba a relucir una única posibilidad para los pueblos en el futuro régimen postfranquista:

«Satisfacción a las legítimas aspiraciones nacionales de Cataluña, Euskadi, Galicia, en el marco de una Federación Democrática de Pueblos Hispánicos». (Nuestra Bandera; Nº6, 1946)

Esto era volver a las desviaciones del PCE previas a 1932, al camino del nacionalismo y centralismo del PSOE, donde se negaba el derecho de autodeterminación real y completa, que incluye el derecho a secesión o el derecho a una federación con otros pueblos. Solución que debe de ser elegida y no impuesta. Y como dijo Lenin polemizando con Rosa Luxemburgo:

«Si no lanzamos ni propugnamos en la agitación la consigna del derecho a la separación, favorecemos no sólo a la burguesía, sino a los feudales y el absolutismo de la nación opresora. Hace tiempo que Kautsky empleó este argumento contra Rosa Luxemburgo, y el argumento es irrefutable. En su temor de «ayudar» a la burguesía nacionalista de Polonia, Rosa Luxemburgo niega el derecho a la separación en el programa de los marxistas de Rusia, y a quien ayuda, en realidad, es a los rusos ultrarreaccionarios. (…) Formar un Estado nacional autónomo e independiente sigue siendo por ahora, en Rusia, tan sólo privilegio de la nación rusa. Nosotros, los proletarios rusos, no defendemos privilegios de ningún género y tampoco defendemos este privilegio. (...) No se puede ir hacia este objetivo sin luchar contra todos los nacionalismos y sin propugnar la igualdad de todas las naciones. Así, por ejemplo, depende de mil factores, desconocidos de antemano, si a Ucrania le cabrá en suerte formar un Estado independiente». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

Sin embargo, este PCE, ya liderado firmemente por Ibárruri [Pasionaria] y Carrillo, no tardó mucho en comenzar a dejar de lado la postura de «independencia forzada» y navegaba ya en las aguas del nacionalismo español más rancio y descarado. Habían seguido el propio sendero de degeneración que acabó por hacer del PSOE un partido chovinista español. El Caso de Comorera en 1949 es una prueba fehaciente de esto. Las acciones del PCE incluyeron artículos públicos para delatar su estancia y varios intentos de asesinato tanto contra Joan Comorera así como contra sus seguidores dentro del PSUC en Cataluña y en el exilio, según confesaron ex militantes del partido años después.

Esto no eran invenciones de Comorera. Las manipulaciones del equipo de Ibárruri-Carrillo de los clásicos de la revolución sobre la cuestión nacional son detectables en esta época. En la revista «Nuestro Tiempo» Nº4 de 1951, se publica una serie de artículos de Stalin bajo el título «Stalin y la cultura nacional». Uno de los extractos hace referencia al informe del líder soviético en el XVIº Congreso del PC (b) de la URSS de 1930. Casualmente solo se citan las referencias contra el «nacionalismo local» pero se suprimieron las partes que declaraban que:

«¿Qué es, en el fondo, la desviación hacia el chovinismo gran ruso en la situación actual? (...) Pasar por alto las diferencias nacionales de lengua, de cultura, de modo de vida; es la tendencia a preparar la supresión de las repúblicas y regiones nacionales; es la tendencia a vulnerar el principio de igualdad de derechos de las nacionalidades y a desacreditar la política del partido en lo que se refiere a dar un carácter nacional al aparato administrativo, la prensa, las escuelas y otras instituciones estatales y sociales. (...) La desgracia de nuestros desviacionistas consiste en que no comprenden ni quieren comprender la dialéctica de Marx. (...) De ahí el peligro del chovinismo gran ruso como el más importante en el partido en el terreno de la cuestión nacional». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Informe político del Comité Central en el XVIº Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de la URSS, 27 de junio de 1930)

Esto refleja un chovinismo español de la dirección del PCE, presentando a Stalin como un chovinista ruso que solo combate el nacionalismo periférico.

En un artículo-suplemento titulado: «El Internacionalismo del Buró Político del Partido Comunista de España», el PSUC de Comorera denunciaba el nuevo carácter chovinista que estaba tomando el PCE, ya que para criticar los recientes pactos hispano-estadounidenses de 1953, recordaba, distorsionaba y glorificaba la lucha de España contra EE.UU. como cualquier chovinista simplón y rabioso por la pérdida de las colonias de Cuba, Guam, Puerto Rico y Filipinas en 1898, demostrando que el PCE pretendía mostrar una suerte de antiimperialismo en 1953, promocionando y defendiendo la estela del viejo imperialismo colonial español, que por entonces albergaba varias colonias en África. Además, en el mismo periódico se aprovechaba para denunciar la corruptela financiera de la camarilla carrillista:

«La dirección del Partido Comunista de España (PCE), de manera patológica, ha reiterado la glorificación de «los héroes de Santiago y de Cavite», ha vuelto a hablar del «despojo inicuo del poderío colonial español», ha denunciado «el inicuo tratado de París de 1899», y todo eso lo ha dicho el pasado 22 de septiembre, a la luz del pacto Franco-Eisenhower, que ha venido a consumar una venta que los pueblos hispánicos consideran una ignominia y a la cual combatirán.

Compromisos, ciertamente, para denunciar, para los cuales nuestros pueblos no tendrán necesidad de valerse de claudicaciones teóricas ni del filisteísmo de una dirección política que hace escarnio de Marx cuando aboga por la independencia de Irlanda o Polonia, de Lenin cuando afirma que «el centro de gravedad de la educación internacionalista de los obreros de los países opresores hace falta fijarlo necesariamente en la propaganda y en la defensa de la libertad de separación de los países oprimidos», de Lenin que proclama «el derecho y el deber de menospreciar y de calificar de imperialista y canalla a todo socialdemócrata de una nación opresora que no desarrollase una propaganda de este tipo».

Para el Buró Político del Partido Comunista de España no cuenta el ejemplo de otros Burós Políticos de otros partidos comunistas que no sólo no se lamentan por la pérdida de las colonias de sus respectivos países –o de la proximidad de perderlas–, que, por el contrario, trabajan y luchan en el sentido de que los cuerpos expedicionarios armados que practican una guerra colonial sean devueltos a la metrópolis, pese al peligro de que sus colonias pasen a otras manos imperialistas. De acuerdo con el principio de Marx y Lenin, de acuerdo con el internacionalismo proletario, según indiquen las circunstancias, el deber de todo comunista es defender los derechos de los pueblos a su libertad e independencia, luchar consecuentemente contra todo poderío colonial, contra todo tipo de imperialismo, comenzando por el de su propio país.

El Buró Político del Partido Comunista de España entiende las cosas de otra manera: confunde internacionalismo proletario con el cosmopolitismo imperialista que hace que todo sea supeditado –los derechos y la vida de las naciones– a las ambiciones e intereses del país hegemónico, dominante, opresor de los hombres y los pueblos que lo forman.

Es por eso que el Buró Político del PCE, para oponerse al pacto de ignominia de Franco con Eisenhower, no puede estar insultando la memoria de los patriotas cubanos y filipinos que fueron los únicos héroes de una guerra tan justa para ellos como injusta por parte de los colonialistas españoles, resultado plagado de todo un complejo nacionalista que se halla en las antípodas de la educación marxista y que, cuanto más tiempo pasa, constituye la única razón que explica por qué el Buró Político ha intentado destruir al Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), por qué hizo quemar la edición catalana del «Manifiesto Comunista», por qué ha insultado y calumniado al compañero Joan Comorera, por qué ha hecho y dicho muchas otras cosas que harían inacabable este Suplemento.

El Buró Político del Partido Comunista de España pretende borrar un crimen con otro crimen y no puede comprender a Pi y Margall cuando éste considera un gran bien para España el perder todas sus colonias. No encuentra otra manera de combatir a los imperialistas de los Estados Unidos de Norteamérica más que con los alaridos de los derrotados imperialistas españoles del año 1898.

¿Es que no es bien explícito el hecho de que el Buró Político del PCE aunque en documentos oficiales haga constar su respeto y su defensa a los derechos y a la libertad de las nacionalidades hispánicas, en cambio, en conversaciones privadas sus miembros puedan decir que «en esto de la nacionalidad catalana hay mucha novela»?

¿Es que esta convicción, expresada por los ***** [borrado o ilegible] miembros del Buró Político, no explica sobradamente todos los ataques, todas las provocaciones, todas las agresiones contra el PSUC y sus militantes y dirigentes, todos los insultos a la memoria de los verdaderos héroes de Cuba y Filipinas, todas sus coincidencias con los colonialistas españoles?

¡Nosotros afirmamos que sí!

Y, por consiguiente, afirmamos que la actual dirección del Partido Comunista de España es una dirección incapacitada para dirigir a la clase obrera española. Porque una de las principales condiciones que se necesitan para una tan alta misión es la de ser fiel al internacionalismo proletario, comenzando por practicarlo en el propio país.

Y está probado que el Buró Político del PCE ha traicionado a este principio.

Unas preguntas inocentes al Buró Político del PCE. ¿Podría explicar a sus militantes por qué aún no se ha expulsado al máximo dirigente de una vuestras delegaciones más importantes del exterior al cual se le ha descubierto una malversación de capitales equivalente a UN MILLÓN DE PESETAS, cantidad que hay quien dice que si se averigua a fondo llegaría a DOS MILLONES DE PESETAS?». (Treball (Comorerista); Nº126, 1953)

Comorera recordaba la postura de Pi y Margall frente al llamado desastre del 98:

«Es injusta, Carlos, toda conquista; imprudente y peligrosa la de apartadas tierras. Debes conservarlas por la fuerza, regirlas por gobernadores más absolutos que los mismos reyes y por mucho que te esfuerces en que moderadamente se las trate no logras nunca sustraerlas a la expoliación ni a la tiranía. (...) No nos debe pesar la pérdida de las colonias de América: casi, casi debe alegrarnos. Lo que hemos de sentir es que no se las haya sabido abandonar á tiempo y evitar guerras que nos han costado el sacrificio de más de cien mil hombres, la ruina de una costosa armada y gastos que no lograremos cubrir en muchos años. Nos ha sido fatal la impericia y la flojedad de nuestros gobernantes, que sólo después de las derrotas de Cavite y de Santiago han sabido desoír la voz de un falso patriotismo». (Francisco Pi i Margall; Eusebio á Carlos, XCII, 14 de Septiembre de 1898)

La postura podrida del PCE sobre el antiimperialismo, se reflejaría sin duda en el nuevo trato hacia la cuestión nacional dentro de la península, negando finalmente el derecho de autodeterminación no sólo en la práctica sino también en la teoría.

A estas alturas todo marxista-leninista sabe lo que supuso para el PSUC que Joan Comorera polemizara en 1949 contra los carrillistas en torno a diversas cuestiones centrales de la lucha de clases a nivel nacional e internacional. Los resultados pueden ser condensados en dos partes.

Primero. La injusta expulsión de Comorera del PSUC y el posterior vergonzoso y criminal vilipendio público acusándolo de agente del franquismo-titoísmo-imperialismo, mientras Comorera consumía sus últimos días en las cárceles franquistas.

«Todas las detenciones de comunistas realizadas en los últimos tiempos en Cataluña son obra de Juan Comorera, al que denunciamos ante la clase obrera catalana como agente policíaco. Obreros de Cataluña: Juan Comorera es un provocador que durante nuestra guerra conspiró contra el Gobierno de Negrín: Juan Comorera es un provocador cuyas actuales actividades es entregar comunistas a la policía. Juan Comorera es un enemigo de la clase obrera y como tal hay que tratarlo allá donde se encuentre» (Santiago Carrillo en Mundo Obrero, 15 de septiembre de 1951)

«Los Juan Comorera son tipos de conciencia podrida, cuyos dientes ratoneros se han mellado en el acerado tejido muscular del PCE. Engargantados como capones en cebadero cantando las glorias del imperialismo, de cuyos desperdicios se alimenta». (Dolores Ibárruri; Discurso en el V Congreso del PCE, 1954)

«Carrillo y Antón propusieron al Secretariado la liquidación física de Comorera. La propuesta fue aceptada y Carrillo encargado de la liquidación. Carrillo envió a sus hombres para liquidarle al ir a cruzar la frontera. Pero este, a última hora, cambió el lugar de paso». (Enrique Líster; Así destruyó Carrillo el PCE, 1983)

Segundo. Con ello decapitaron al PSUC despojándolo de un excelente organizador y el mayor experto teórico –de lo que el partido no se recuperaría nunca–, con el objeto de promocionar a los carrillistas dentro del PSUC y rehabilitar a los expulsados años antes, consolidando con ello un poder suficiente que permitiría formalizar la absorción mecánica del PSUC oficializada en 1954 –pese a que el PSUC había sido reconocido como partido independiente por la Internacional Comunista–. Asegurándose con ello que el PSUC fuera en adelante una sucursal catalana de la política del PCE, un seguidor-validador de la teoría política revisionista de la «reconciliación nacional» defendida por el binomio Carrillo-Ibárruri, una teoría que es un crimen histórico contra la lucha de clases y especialmente un insulto para todos los combatientes tanto españoles como no españoles que lucharon en la Guerra Civil Española contra el fascismo nacional y extranjero.

Los revisionistas españoles y catalanes utilizaron años después la baza de que el leninismo recomendaba no dividir a los obreros en varios partidos autónomos si los obreros de momento convivían en el mismo Estado. Esto es cierto. Pero el PSUC no era un partido «normal al uso», había sido aceptado por la Internacional Comunista (IC), pese a que la IC no aceptaba dos partidos de un mismo Estado. La razón fue su carácter específico: la unificación en un único partido del proletariado, barriendo en la práctica al anarquismo y al nacionalismo que dominaba Cataluña, y suprimiendo a las filiales socialdemócratas que bajo los estatutos del PSUC basados en el centralismo democrático impedían la formación de fracciones y divulgar sus teorías reformistas –condición sine qua non que Dimitrov exigió para que los principios comunistas prevalecieran en cualquier fusión u absorción–. Pero para empezar no es cierto como también se ha vendido que Comorera «no promulgaba la colaboración del PSUC con el PCE» o que negaba «una próxima unificación de los partidos proletarios hispanos» en el futuro. Estas son unas acusaciones falsas. Comorera veía que ya en un futuro, cuando los comunistas españoles fueran capaces de crear el partido único del proletariado en España, como los comunistas catalanes habían hecho en Cataluña con el PSUC, y cuando las condiciones lo requirieran, y siempre bajo la permisión y voluntad no forzada de cada partido, se podría hablar de iniciar la unificación de todos los partidos de España en un único partido marxista-leninista de todos los pueblos hispanos:

«Hoy somos dos partidos, orgánicamente independientes, que dirigimos la lucha cada uno en su territorio y con nuestra plena responsabilidad. Aunque somos dos partidos tenemos la misma teoría, la misma línea política que refuerza en común, el mismo Estado que hemos de conquistar y estructurar juntos, el mismo enemigo que hemos de aniquilar juntos y una clase obrera unidad por los mismos intereses y la misma línea histórica. Esta unidad inquebrantable entre los dos partidos hermanos ha sido seguramente el mejor instrumento que hemos tenido a lo largo de toda la historia de nuestra durísima historia del partido en el proceso de bolchevización. Hemos de velar por ella, por impedir que nada nos estorbe, que nada nos afecte, que nada retarde indebidamente la futura unidad orgánica. Y hemos de comprender que el día en el cual, de acuerdo con las exigencias de la lucha, el Congreso de nuestro partido acuerde la fusión orgánica, la formación del Partido Único Marxista-Leninista-Stalinista de toda España, será el día más glorioso de nuestra vida y de nuestra historia: habremos creado las condiciones que nos permitirán marchar hacia la solución de nuestros problemas básicos, de clase y nacionales». (Joan Comorera; El camino de la victoria: Discurso pronunciado en Perpiñán en ocasión del aniversario de la fundación del PSUC, 1947)

Pero claro, para empezar el PCE todavía no había logrado agrupar al proletariado en torno a sí para crear un partido único del proletariado como hizo el PSUC en Cataluña. Lo más cercano que estuvo fue en 1937. El líder del PSOE de máximo renombre en aquel entonces, Largo Caballero, confesaría en sus memorias que estuvo tentado de aceptar la idea de una unificación pese a los estatutos y exigencias ideológico-organizativas que el PCE proponía, ya que creía tener fuerza suficiente para hacerse con el control del nuevo partido y marginar después a los comunistas sin necesidad de cumplir lo acordado. El proletariado español estaba disperso entre agrupaciones de distinto tipo: anarquistas, republicanas y socialdemócratas, las cuales pese a estar desacreditadas, en su conjunto contaban todavía con suficiente influencia como para hacer un bloque compacto contra el PCE en muchas cuestiones como se demostró al final de la guerra. Si a eso se le suma el hecho no menos grave de que el PCE había sido capturado paulatinamente desde 1942 por elementos antimarxistas, el nuevo PCE trataba de absorber al PSUC sin ni siquiera permitir que el PSUC tomara tal decisión en un congreso suyo, de hecho los carrillistas al tomar el PSUC en 1949, ¡tardaron hasta 1956 en celebrar un congreso formal de adhesión hacia el PCE! El objetivo del revisionismo carrillista e ibarrurista era suprimir el carácter autónomo y revolucionario del PSUC de Comorera y sus fieles, un acción que iba en contra de la misión histórica de los comunistas hispanos y sus intereses, algo que los verdaderos revolucionarios irían descubriendo y ante lo que no se doblegarían pese a las amenazas y agresiones. Por tanto, la cuestión no versaba ya ni siquiera sobre si el PSUC debía en un futuro unificarse con el futuro partido único del proletariado de España, sino en defenderse de la absorción planeada por unos revisionistas que habían caído en el chovinismo, el reformismo y el gangsterismo.

Leyendo a los revisionistas modernos, hay una devoción hacia las siglas del PCE absoluta, no distinguen entre el periodo de José Díaz y el siguiente:

«El PCE tardó 15 años en reorganizarse tras la derrota republicana alrededor de un Congreso reunido en el exilio. No obstante el PCE seguía entonces enarbolando la bandera de la autodeterminación nacional para los pueblos de España [se cita el informe de Vicente Uribe al Vº Congreso de 1954]». (J.P Galindo y Clemen A.; Analfabetismo teórico del socialchovinismo, 2019)

Esto certifica que estos dos señores, seguramente añejos revisionistas que se esconden bajo estos pseudónimos, son verdaderos zotes en cuanto a comprender la política real del PCE, o que como gente que ha caído en el republicanismo pequeño burgués y el socialchovinismo, no ve problema en dicho informe, incluso en tomar como ejemplo a Negrín, quién abanderaba pese a todos sus innegables méritos una posición socialchovinista durante toda su vida. Pero repasemos en extensión dicho informe de Uribe:

«¿Dónde está la fuerza que derrocará al fascismo? En primer término, la clase obrera, los obreros de la ciudad y del campo, los campesinos, los pequeños comerciantes e industriales, los grupos de la burguesía liberal y patriótica, los empleados y funcionarios del Estado, los intelectuales y estudiantes, los militares que sienten la vergüenza de verse obligados a servir a un régimen maldito y desean, como la inmensa mayoría del país, vivir en una patria libre y servir a una España democrática e independiente. (...) Somos republicanos por principio, porque fieles y consecuentes partidarios y defensores de la democracia, el régimen republicano-democrático asegura el poder soberano al pueblo y al servicio del pueblo. Por eso propugnamos y defenderemos el establecimiento en España de la República democrática parlamentaria. Y la Constitución que defenderemos será la más democrática posible. (…) Un ejemplo brillante de esto lo tenemos en Italia. El Partido Comunista y él Partido Socialista tienen establecido un pacto de unidad de acción que ha reportado grandes beneficios al pueblo italiano. (…) El Partido Comunista de España es un defensor consecuente de los derechos nacionales de los pueblos. A tenor con esto, defendemos los derechos nacionales de Cataluña, Euskadi y Galicia, que deberán ser establecidos en la Constitución Republicana de acuerdo con los intereses de los pueblos catalán, vasco y gallego, en el espíritu de la amplia solidaridad y fraterna amistad de todos los pueblos hispánicos». (Vicente Uribe; Informe sobre el 2º punto del día: el programa del partido, 1954)

Uribe pensaba que junto a la clase obrera y la pequeña burguesía, «los grupos de la burguesía liberal y patriótica, los empleados y funcionarios del Estado, los intelectuales y estudiantes, los militares que sienten la vergüenza de verse obligados a servir a un régimen» podían ser las fuerzas que derrocasen al fascismo y formasen parte del nuevo régimen. Los dirigentes del PCE se consideraban ya entonces como los «defensores de la democracia, el régimen republicano-democrático asegura el poder soberano al pueblo y al servicio del pueblo. Por eso propugnamos y defenderemos el establecimiento en España de la República democrática parlamentaria», es decir, aspiraban a una república burguesa al uso, mientras prometían optar por una nueva Constitución, que sería «lo más democrática posible». En el ámbito de alianzas, declaraban que se fijaban en Italia donde veían un «ejemplo brillante» de «unidad de acción» entre el «Partido Comunista y él Partido Socialista», es decir, tenían como modelo a seguir las tácticas de frente basadas en un entendimiento entre dirigencias y sin exigencias ideológicas de peso. Por último en la cuestión nacional, declaraba que «El Partido Comunista de España es un defensor consecuente de los derechos nacionales de los pueblos», y que defendían los «derechos nacionales de Cataluña, Euskadi y Galicia», pero que éstos deberían «ser establecidos en la Constitución Republicana», por lo que no se hablaba del derecho a la autodeterminación, que incluye la separación de las naciones oprimidas, sino de nuevo volver a la autonomía limitada de la antigua república burguesa.

La línea reaccionaria sobre la cuestión nacional solo era, por tanto, uno de los varios campos donde el revisionismo había hecho mella, pero no el único.

El artículo sobre la cuestión nacional de Uribe en 1938 no parece casual, ya que serviría para presentar la visión de la cuestión nacional que abanderaba Ibárruri-Carrillo. Uribe, debido a su debilidad en el carácter, sería usado en 1956 de cabeza de turco como «stalinista», como presunto responsable de los excesos derivados del «culto a la personalidad». 

Joan Comorera, haciendo un análisis de las tesis marxista-leninistas de la cuestión nacional sobre España, sostuvo abiertamente que:

«España es un Estado multinacional». (Joan Comorera; España no es una nación, 1952)

Pero a todo, esto, ¿Cuándo nacen las naciones? Lenin exponiendo las teorías idealistas de los populistas rusos, los refutó:

«Poniendo al desnudo la concepción idealista burguesa del populista Mijailovski, según el cual los vínculos nacionales no eran sino la continuación y generalización de los vínculos gentilicios, Lenin demostró que la creación de los lazos nacionales significaba históricamente la creación de los nexos burgueses, por ser la burguesía la que encabezaba el proceso de desarrollo de la nación y del mercado nacional. (Véase su obra: «¿Quiénes son los amigos del pueblo»? de 1894) Stalin, por su parte, ha evidenciado este proceso histórico poniendo como ejemplo la formación de la nación georgiana, que no se constituyó como tal hasta la segunda mitad del siglo XIX. A este tipo de naciones quería referirse Lenin cuando en 1914 escribía lo siguiente: «Las naciones representan el producto y la forma inevitable de la época burguesa de desarrollo social». (Véase su obra «Karl Marx» de 1913) Y Stalin tenía en cuenta las mismas naciones al decir que éstas surgen en la época del capitalismo ascensional. El proceso de formación de las naciones burguesas se presenta en distintos países, en momentos diversos y en diferentes condiciones históricas. Los estados nacionales son el fruto inevitable y, además, una forma inevitable de la época burguesa de desarrollo de la sociedad. Y la clase obrera no podía fortalecerse, alcanzar su madurez y formarse, sin «organizarse en el marco de la nación», sin ser «nacional» –«aunque de ningún modo en el sentido burgués»–. Pero el desarrollo del capitalismo va destruyendo cada vez más las barreras nacionales, pone fin al aislamiento nacional y sustituye los antagonismos nacionales por los antagonismos de clase. Por eso es una verdad innegable que en los países capitalistas adelantados «los obreros no tienen patria» y que la «conjunción de los esfuerzos» de los obreros, al menos de los países civilizados, «es una de las primeras condiciones de la emancipación del proletariado». (Academia de las Ciencias de la URSS; El materialismo histórico, 1950)

Esto es una realidad palpable debido a las características específicas de la monarquía española que ya Marx describía:

«Pero, ¿cómo podemos explicar el fenómeno singular de que, después de casi tres siglos de dinastía de los Habsburgo, seguida por una dinastía borbónica –cualquiera de ellas harto suficiente para aplastar a un pueblo–, las libertades municipales de España sobrevivan en mayor o menor grado? ¿Cómo podemos explicar que precisamente en el país donde la monarquía absoluta se desarrolló en su forma más acusada, en comparación con todos los otros Estados feudales, la centralización jamás haya conseguido arraigar? (…) A medida que la vida comercial e industrial de las ciudades declinó, los intercambios internos se hicieron más raros, la interrelación entre los habitantes de diferentes provincias menos frecuente, los medios de comunicación fueron descuidados y las grandes carreteras gradualmente abandonadas. Así, la vida local de España, la independencia de sus provincias y de sus municipios, la diversidad de su configuración social, basada originalmente en la configuración física del país y desarrollada históricamente en función de las formas diferentes en que las diversas provincias se emanciparon de la dominación mora y crearon pequeñas comunidades independientes, se afianzaron y acentuaron finalmente a causa de la revolución económica que secó las fuentes de la actividad nacional. Y como la monarquía absoluta encontró en España elementos que por su misma naturaleza repugnaban a la centralización, hizo todo lo que estaba en su poder para impedir el crecimiento de intereses comunes derivados de la división nacional del trabajo y de la multiplicidad de los intercambios internos, única base sobre la que se puede crear un sistema uniforme de administración y de aplicación de leyes generales. La monarquía absoluta en España, que solo se parece superficialmente a las monarquías absolutas europeas en general, debe ser clasificada más bien al lado de las formas asiáticas de gobierno. España, como Turquía, siguió siendo una aglomeración de repúblicas mal administradas con un soberano nominal a su cabeza. El despotismo cambiaba de carácter en las diferentes provincias según la interpretación arbitraria que a las leyes generales daban virreyes y gobernadores; si bien el gobierno era despótico, no impidió que subsistiesen las provincias con sus diferentes leyes y costumbres, con diferentes monedas, con banderas militares de colores diferentes y con sus respectivos sistemas de contribución. El despotismo oriental sólo ataca la autonomía municipal cuando ésta se opone a sus intereses directos, pero permite con satisfacción la supervivencia de dichas instituciones en tanto que éstas lo descargan del deber de cumplir determinadas tareas y le evitan la molestia de una administración regular». (Karl Marx; La España revolucionaria, 1854)

Efectivamente lo que Marx aquí expone sobre el carácter de la España de mitad del siglo XIX es indiscutible, y una prueba del caldo de cultivo que haría progresar dichas particularidades históricas que derivarían en los famosos problemas del regionalismo, que años después madurarían convirtiéndose en movimientos nacionales. Pese a algunos intentos centralizadores con los Habsburgo 1561-1700 y luego con los Borbones en el siglo XVIII en adelante, la existencia antiguamente de los fueros como sinónimos de instituciones con autogobierno, libertad electiva, independencia judicial, presupuestaria, fiscal, de reclutamiento, etc., y de los estatutos de autonomía en la etapa moderna y contemporánea, afianzó y afianzan ahora la supervivencia y desarrollo de estas particularidades hasta tornarse nacionales. Incluso si nos fijamos, cuando se suprimieron temporalmente algunas de estas instituciones, y dichas comunidades fueron objeto de una gran represión con sucesivos intentos de moldear esos territorios a imagen y semejanza de Castilla, esto hizo obviamente que se detuviera o retrasase el desarrollo de estos pueblos, pero no impidió que para finales del siglo XIX y sobre todo principios del siglo XX se constituyera una identidad nacional palpable. 

Este fenómeno surgió en parte como consecuencia de los problemas anteriores y de los problemas actuales que no pudieron ser atendidos debidamente durante los primeros intentos fallidos de establecer un Estado Liberal al uso, bajo los diferentes gobiernos de los moderados y progresistas. Recordemos que España en lo socio-económico solamente tenía una tasa de alfabetización del 25% en 1850 y de 44 en 1900, con un ligero aumento del PIB de solo el 1,7%, con un lento crecimiento demográfico –datos inferiores a las medias europeas– no creaba un excedente suficiente para llevar mano de obra a la industria, para que el mercado interno pudiera absorber el esfuerzo de una teórica industrialización y urbanización. En el campo pese a las desamortizaciones primaba una propiedad de tipo rentista y absentista con la iglesia y nobleza dominando al Sur del río Tajo, donde debido al exceso de mano de obra sin tierra, los grandes propietarios no veían necesario invertir en obras como pozos, minas, canales, presas, de gran inversión pero mayor productividad a largo plazo, sino que se aprovechaban de una gran masa de fuerza de brazos a precios bajos para cubrir sus necesidades, tenían un pensamiento pragmático y cortoplacista, a eso súmese el nulo aprovechamiento intensivo de las aguas superficiales y subterráneas, limitación al cultivo monocerealista, que hacían de España un campo muy poco dinámico, con técnicas arcaicas como el barbecho que ocupaban casi el 45% de las tierras, siendo de las tasas de producción agrarias más bajas de Europa. Todo ello evitaba una tasa de acumulación y por tanto de recursos suficientes para la industrialización. Con el fracaso de la introducción del sistema de impuestos directos en 1845, y con un incremento del gasto público del 2% anual por encima del PIB. 

Un factor clave para la modernización fue la falta de inversión de capitales por medio del Estado, la cual es una condición sine qua non para la industrialización. Pero debido a que las reformas en materia fiscal fracasaron, el Estado no pudo hacerse cargo de tal fin. Lejos de eso, el Estado fue un constante emisor de deuda, una carga más para el proyecto de modernización general. Por ello solo quedaba como posibilidad desde el punto de vista liberal que los propietarios españoles o las grandes empresas del extranjero se hicieran cargo de la titánica empresa. Esta última vía parecía la más posible, ya que el nivel de acumulación de capital de la burguesía española era realmente bajo, era sumamente débil como para acometer tal empresa, menos cuando la política española general se había demostrado como contradictoria e inestable como para que la burguesía española arriesgase sus pocas ganancias. Entre otras razones esta posición a inicios del siglo XIX viene del hecho de que las desamortizaciones habían sido acaparadas mayormente por parte de la vieja nobleza, tampoco no se había producido una tasa de urbanización que permitiese su desarrollo, ni existía una tasa de densidad de población ni avances técnicos que permitiesen un avance en el agro como para derivar a trabajadores a la industria, para más inri, el comercio interno era altamente costoso ya que el transporte terrestre carecía de infraestructuras adecuadas en una geografía accidentada como la de la Península Ibérica. En cambio, la burguesía extranjera veía en España otro panorama distinto: tenía la posibilidad de exportar los excedentes de capitales que poseía invirtiendo en los recursos naturales de España, jugada que si bien no era segura, de tener éxitos le reportaría grandísimos beneficios. Finalmente así fue, España recurrió al extranjero.

El gran nivel de deuda externa contraída por España con las grandes superpotencias europeas hizo que en una jugada arriesgada se llevase a cabo la reconversión forzosa del interés de las deudas, con la consiguiente sanción de varios países como Gran Bretaña que decidió castigar al país y no invertir durante décadas. Tan solo cuando la deuda se mantuvo estancada, los emprendedores pudieron empezar a fraguar una inversión hacia la industria, pero esto no sería hasta finales del siglo XIX y antes de la crisis del 90, ya con una mentalidad diferente sobre la inversión, puesto que hasta entonces la vieja nobleza no había aceptado que la antigua mentalidad de ahorro y rentismo era inservible en los tiempos modernos. A todo ello añádase el problema de Hacienda, con un déficit presupuestario crónico que impedía desarrollar servicios de educación, sanidad y cualquier tipo de infraestructura de un país moderno. Véase los datos que aporta Francisco Comín y Enrique Llopís en su obra: «Historia económica de España, siglos X-XX» de 2007.

Esto confirma plenamente lo proclamado por Lenin «Los marxistas no pueden perder de vista los poderosos factores económicos que originan las tendencias a crear Estados nacionales». 

Pi y Margall, haciendo un repaso de la historia de España desde la Edad Media a la Edad Moderna, y su eco en la Edad Contemporánea, resumió la cuestión como sigue:

«No cambiaban los pueblos sino de dueño. (…) Miraban con cierta indiferencia aquellas uniones y separaciones de reinos en que ordinariamente no tenían intervención de ningún género. (…) Los navarros [tras ser anexionados por Castilla] juraban ser fieles al rey y prestarle sus servicios con arreglo a lo que disponían los fueros y ordenanzas del reino. El mismo Felipe II, al ser reconocido en Tomar rey de Portugal, hubo de jurar de rodillas y con la mano puesta en los Evangelios que le conservaría los fuegos. (…) Si cuando la unión era hija de la fuerza continuaban autónomos los dos reinos, no hay por qué decir si continuarían siéndolo cuando procedía de pactos o entronques. Lo eran hasta el punto que algunos reyes de dos o más Estados debían convocar en cada uno Cortes para la decisión de los grandes negocios. (…) Consintieron los pueblos la obra de sus reyes; pero nótelo el lector, bajo la condición de que se les conservasen sus leyes, su régimen municipal, su autonomía». (Francisco Pi y Margall; Las nacionalidades, 1877)

El caso más paradigmático sería el de las sucesivas guerras de rapiña del Reino de Castilla sobre el Reino de Navarra, que tuvo como consecuencia la paulatina incorporación de Álava en el siglo XVIII, Guipúzcoa en el XIII, Vizcaya en el XIV, donde sus respectivos fueros se respetaron y se fueron renovando con el paso del tiempo. Ya a inicios del siglo XVI tenemos la propia anexión castellana de Navarra en las condiciones que ha descrito Pi y Margall. Durante la Guerra de Sucesión del siglo XVIII, los territorios vasco-navarros mantuvieron intactos sus fueros debido a que apoyaron la causa borbónica, véase por ejemplo los llamados «Cuadernos de las leyes y agravios reparados por los tres estados del Reino de Navarra» vigentes del 1724 al 1829. En el siglo XIX, ambos territorios participarían activamente del lado del bando monárquico carlista –que prometía la defensa de los fueros– contra el liberalismo gubernamental –que pretendía una uniformidad de todas las regiones–. En las tres guerras civiles que asolaron a España en 1833-1840, 1846-1849 y 1872-1876, el bando carlista sufriría tres severas derrotas, con lo que los derechos de los territorios vasco-navarros fueron recortados, aunque algunos derechos especiales fueron preservados y después reaparecerían nuevamente, como veremos después. Para 1876, aunque ciertamente el nivel de autogobierno era mucho menor que antaño, el regionalismo era un fenómeno imparable, que pronto mutaría en nacionalismo a finales de siglo. Por lo que el particularismo vasco-navarro siguió estando presente en la política durante las próximas décadas.

Como apunta Pi y Margall, pese a los intentos centralizadores del liberalismo español, los particularismos se habían asentado, e incluso algunos se estaban acrecentando:

«En Vizcaya he dicho ya que admiten sólo como supletorio el derecho de Castilla. En Navarra, Aragón y Mallorca ni como supletorio le aceptan: a falta de leyes forales acuden al Código y al Digesto de Justiniano. En Cataluña suplen el silencio de sus instituciones municipales por las canónicas, el de las canónicas por las romanas, las oscuridades de las romanas por las aclaraciones de las leyes de Partidas. (…) ¿Serán acaso leves las diferencias entre la ley de Castilla y los fueros de esas provincias? Versan en primer lugar sobre lo más sustancial del derecho: sobre las sucesiones, sobre la constitución y disolución de la sociedad entre cónyuges, sobre los pactos y contratos acerca del uso y la enajenación de la tierra. (…) Son algunas, además, tan grandes, que relevan la existencia de sistemas jurídicos diametralmente opuestos. (…) Subsiste en España no sólo la diversidad de leyes, sino también la de lenguas. (…) Lejos de borrarse, pasan hace años por una especie de renacimiento. (…) No hablaré ahora de las costumbres. Su variedad es infinita. (…) Continúa la variedad a pesar del unitarismo de la Iglesia y el Estado. (…) En una que otra provincia se conservan todavía restos de antiguos sistemas monetarios. (…) No digamos de las medidas agrarias». (Francisco Pi y Margall; Las nacionalidades, 1877)

Como curiosidad, Pi y Margall contestando a los enemigos del federalismo, señalaba que él como federalista declarado, jamás hubiera permitido los privilegios que el unitarismo español consintió por causas oportunistas hacia los fueros de algunas regiones, pues pensaba que si bien la autonomía de las regiones siempre debía ser tomada en cuenta, ella debía de ser en base de una aportación real que se fijase evaluando su riqueza y población: 

«¿Ha desaparecido por esto la autonomía? Por las últimas reformas ni siquiera se la ha menoscabado; no se ha hecho sino purgarla de injustos privilegios que ha respetado por más de tres siglos el principio unitario y no habría tolerado el federativo en ningún momento. Es esencial que en las confederaciones que los Estados que las formen contribuyan a las cargas nacionales según su población y riqueza». (Francisco Pi y Margall; Las nacionalidades, 1877)

En definitiva, Pi y Margall denunciaba las prebendas que las élites de dichas regiones particulares lograban arrancar a la élite centralista de Madrid a condición de no promover tendencias separatistas, pactos que indirectamente iban en perjuicio de otras regiones del Estado. Con la evolución de ese regionalismo en nacionalismo en las próximas décadas, el propio nacionalismo vasco, y en concreto el Partido Nacionalista Vasco (PNV), ha reactivado dicha fórmula. Una prueba bien palpable es como siempre ha virado su apoyo o retirada del mismo a los diversos presidentes de España siempre bajo las mismas demandas: obtener pactos favorables en materia fiscal o presupuestaria. 

En dicha obra de Pi y Margall hace un estudio sobre los límites de las regiones respecto a la federación en base a otras federaciones europeas y americanas, donde da su opinión sobre cuál cree que serían las fórmulas más propicias, así que el lector puede consultar dichas reflexiones de Pi y Margall que son sumamente interesantes.

Pi y Margall tachó el caso navarro y vasco y su evolución como el ejemplo evidente del fracaso de la política unitaria del uso de la fuerza que «no ha podido establecer para todos los pueblos de España un mismo régimen político», y no le faltaba razón. Stalin explicaría este tipo de fenómenos años después:

«Los Estados nacionales, que se organizan sobre la base del dominio de una nación –más exactamente de su clase dominante– sobre las demás naciones, constituyen la cuna y el escenario básico de la opresión nacional y de los movimientos nacionales. Las contradicciones entre los intereses de la nación dominante y los de las naciones subyugadas son contradicciones sin cuya solución es imposible la existencia perdurable de un Estado multinacional. La tragedia del Estado multinacional burgués reside en su impotencia para resolver dichas contradicciones, reside en que cada uno de sus intentos de «igualar» las naciones y de «proteger» a las minorías nacionales» manteniendo al mismo tiempo, la propiedad privada y la desigualdad de clases, termina, generalmente por un nuevo fracaso, por una agudización de los choques nacionales. (…) El chovinismo y la lucha nacional son forzosos e inevitables mientras el campesinado –y en general la pequeña burguesía– lleno de prejuicios nacionalistas, siga a la burguesía». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Las tareas inmediatas del partido en la cuestión nacional, 1921)

La Ley Paccionada de 1841 suprimía el estatus de reino para los navarros así como la administración municipal, de justicia y las aduanas, pero conservará la potestad de recaudación de impuestos y un régimen económico propio en varias cuestiones. Los vascos solamente participaron en la contribución de los gastos del Estado tardíamente, tras la derrota de la última guerra carlista fueron forzados a pactar un nuevo acuerdo menos ventajoso pero que mantenía parte de su independía, así en 1878 crearon su propio «Concordato económico», incluso estuvieron exentos de constituir con hombres para el ejército nacional hasta la Guerra de África de 1859. Véase la obra de Tomás de Montagut Estragués e Isabel Sánchez de Movellán Torent: «Historia del pensamiento jurídico» de 2013.

Durante la II República los vascos ampliarían ciertos derechos con el llamado Estatuto Vasco de Autonomía de 1936 activado durante la guerra. Tras el franquismo, fue derogado dicho estatuto, en cambio la región de Navarra y la provincia vasca de Álava, territorios fieles al alzamiento fascista desde un principio, obtuvieron el mantenimiento de un régimen económico especial. Tras el fin del franquismo con el nuevo régimen autonómico construido en la Constitución de 1978, ambas zonas no solo recuperaron parte de los derechos perdidos, sino que ampliaron su autonomía mucho más notablemente que durante la II República, aunque debido al carácter de la propia constitución tienen absolutamente prohibido el derecho de secesión, lo que ha hecho que dicha cuestión nunca se apague. Por otro lado, el Estado mantiene un «Concierto económico» especial con la Comunidad Autónoma del País Vasco, que se puede considerar como una herencia de los viejos fueros y del acuerdo de 1878. Anótese que por ejemplo la actual constitución reconoce los pactos entre el Estado y Navarra de 1841. Incluso existe una cláusula constitucional que permite la unificación entre la Comunidad Autónoma del País Vasco y la Comunidad Foral de Navarra, la llamada «Disposición transitoria cuarta», única fórmula contemplada en la constitución de fusión entre dos comunidades autónomas. 

Con estos datos… estamos seguros de que el lector habrá podido resolver algunas dudas sobre la llamada cuestión nacional vasca. Datos históricos que normalmente se ocultan de uno y otro lado.

Al igual que Marx en su momento, Vilar pese a no haber nacido en España, llegó a ser un gran estudioso y conocedor de la historia de España y de su evolución:

«Cada país acabó por adquirir y conservar el orgullo de sus títulos y de sus combates, la desconfianza para con sus vecinos. Señores aventureros y municipalidades libres contribuyeron a aumentar este espíritu particularista. (...) Por un lado la tendencia al particularismo, a, los vínculos que podríamos llamar infranacionales; por otro lado la tendencia al universalismo, a las pasiones ideales supranacionales. Entre las dos, no se definirá sin dificultad la conciencia del grupo español: y es un fenómeno que dura todavía. (...) A la muerte de la reina, los nobles castellanos expulsaron a Fernando, que sólo pudo ejercer de nuevo la regencia a causa de la locura de su hija. Aragón había conservado su vieja administración; Aragón, es decir, en realidad una federación de estados, donde Cataluña, Baleares y Valencia conservaban preciosamente sus fueros, cortes, aduanas, monedas, tributos y medidas. Incluso, cuando reinando Carlos I de España –el emperador Carlos V– ya no había más que un solo soberano, fue preciso mantener virreyes en las antiguas capitales. Jamás los antiguos reinos aceptarán con buenos ojos a los funcionarios y soldados «extranjeros», es decir, venidos de Castilla. Para que semejante espíritu fuese a la larga compatible con la unidad, hubiese sido necesario que el poder central se mostrase a la vez poco exigente y de un prestigio por encima de toda crítica. Esto se logró bajo Carlos V y, parcialmente, bajo Felipe II, que no supieron, sin embargo, aprovecharlo para minar las viejas instituciones, ni para asegurarse el mando efectivo. España no tuvo a tiempo su Richelieu ni su Luis XIV. A las primeras intromisiones de Felipe II, Aragón le recordó con dureza sus viejas prerrogativas. La primera tentativa enérgica de centralización fue la de Olivares, en el siglo XVII, cuando ya se agotaba la fuerza económica y militar del centro español. Era ya demasiado tarde para ser brutal. Portugal se sublevó. Y Cataluña se ofreció a Francia. Con este doble incidente, el año 1640 evidencia uno de los defectos de construcción del edificio español. La unidad orgánica entre las provincias no podrá obtenerse, cuando ya la decadencia siembra los gérmenes de descontento. (...) En efecto, es curioso observar que el movimiento de «las nacionalidades» ha tenido consecuencias perniciosas en un edificio tan viejo y glorioso como el de la unidad española. Pero sabemos que la monarquía de los Habsburgo no desempeñó la función unificadora de la monarquía francesa, ni las Cortes de Cádiz la de la Revolución de 1789. El carlismo a la derecha y el federalismo a la izquierda atestiguan el fenómeno centrífugo en el siglo XIX. Pero hubo más: a finales de siglo, las regiones adquieren espíritu de grupo hasta afirmarse como «naciones». (...) La Constitución de 1931 fue creada sobre el modelo de la de Weimar, la más democrática en Europa. España fue proclamada «República de trabajadores», no sin producir sonrisas. (…) Las regiones podían pedir un Estatuto de autonomía, pero la palabra «federalismo» no apareció por ninguna parte. (…) De todas formas, los problemas fundamentales de España no han sido resueltos: ni la crisis social, ni la crisis nacional, ni la crisis espiritual. Saber que un conflicto permanente se oculta bajo la unidad de España oficialmente proclamada, sirve en cierto sentido al orden establecido. Éste, tanto dentro como fuera del país, se basa, no en vano, en el bloque instintivo de los conservadores. (...) En cuanto a las estructuras nacionales, España debe hallar otras fórmulas de relación entre sus regiones, distintas de la autoridad mal soportada. Espiritualmente, debe reconocer que su genio, sin perder su originalidad, es más complejo e innovador que como pretende definirlo un nacionalismo y una religión puramente superficial». (Pierre Vilar; La historia de España, 1978)

Ahora se entiende la razón de que dicha obra llegarse a ser prohibida por el franquismo, y el porqué de algunos revisionistas de la actualidad en no reconocer el valor de su obra.

Cuando finalmente la burguesía centralista española logra por fin ir estableciendo un Estado liberal basado en consolidar un sistema financiero, un cierto tejido industrial, desarrollar las vías de ferrocarril, una fuerte expansión del correo y todo tipo de vías de comunicaciones… condiciones económicas que los otros países habían ido necesitando en Europa para solidificar su Estado y su nación, dicho momento sucede en España cuando el nacionalismo catalán, vasco, y en mucha menor medida el gallego, ya han irrumpido o están irrumpiendo con fuerza en lo político-cultural, siendo su avance ya imparable. En lo económico los dos primeros son una pieza clave de la economía global del Estado Español, lo que les dará un empujón extra para constituirse en lo político con más fuerza, pero todos ellos irán logrando a lo largo del siglo XX sus mayores cuotas de autogobierno, sin ignorar el notable auge cultural propio. Es imposible hablar de una plena nación española y sin fisuras, porque el desarrollo histórico así lo niega. Idea, que solo puede estar en la mente de un nacionalista español, de un falangista, bien de camisa azul, que sostiene una rosa o que se engalana con una hoz y martillo. Pierre Vilar, en su nueva edición de 1978 de un clásico suyo como «La historia de España», nos dice:

«Unamuno pide para su patria el primer puesto en esa reacción contra el cientificismo y contra la fe en el progreso, que se dibuja un poco en todas partes por la misma época. Se complace en pulverizar las fórmulas rutinarias, en proponer la hispanización de Europa y en presentar al Quijote como modelo. (…) El «nacionalismo» del campo adverso fue muy diferente: unitario ante todo, también se proclamaba expansivo. Falange y las JONS confiesan tomar del fascismo la mística de la unidad. Pero la unidad se entiende sobre todo, en España, contra los nacionalismos locales. «Todo separatismo es un crimen que no perdonaremos», dijo la Falange, esperando cristalizar así el único temor verdadero del cuerpo español: la disociación. Sin embargo, para condenar a catalanes y vascos, hace falta eliminar de la palabra «nación» el sentido romántico, el sentido mistraliano de comunidad espontáneamente sentida. Como la grandeza de España reside en la historia, la nación será, pues, una «unidad histórica». A condición –puesto que «histórica» podría significar «cambiante»– de atribuirle una «finalidad», una «unidad de destino», «permanente, transcendente, suprema». Su garantía será el orgullo de casta, equivalente español al orgullo de raza nazi. El español hidalgo y caballero cristiano vale por su «estilo de vida», que dicta el «imperativo poético». He aquí otra de las conclusiones de las corrientes literarias de rehabilitación del Quijote, y del «casticismo» místico y guerrero». (Pierre Vilar; La historia de España, 1947)

Varios historiadores apuntan correctamente que la conformación del discurso nacionalista español en el siglo XIX se basó en cuestiones muy concretas que le diferenciaban de otros nacionalismos europeos:

«Si la idea de España como unidad administrativa es una creación del siglo XVIII y de la política uniformadora de los Borbones, la legitimización de la idea de España y de la nación española, es un producto intelectual del siglo XIX, que corre paralelo a la construcción del Estado liberal, pero que alcanza sus frutos más logrados, sobre todo en el plano historiográfico, a mediados de siglo, es decir, pasado el esfuerzo uniformizador, centralista y reformista que a lo largo de los años 30 y 40 las élites políticas llevan adelante con respecto al Estado. El grueso del discurso nacionalista es, pues, posterior, a los momentos cenitales de la construcción del Estado liberal. La construcción del discurso nacional español estaría ubicada en el grupo de países ya unificados territorialmente a principios del siglo XIX y por tanto sin una difusión explícita y emocional encaminada a la agitación popular para la constitución de su Estado-nación. Mientras intelectuales alemanes e italianos en sus más diversas formas de difusión –filósofos, historiadores, literatos o músicos– se lanzar a articular un discurso nacionalista apoyándose en ingredientes étnicos o lingüísticos que desemboquen en la creación de sus Estados, en España la articulación coherente de un discurso nacionalista se enfoca a la legitimación de la organización del Estado. Sus soportes eran la unidad territorial, la uniformación legislativa y política y la unidad religiosa». (Ángel Bahamonde Magro y Jesús A. Martínez; Historia de España siglo XIX, 2005)

Y nos explica cuales fueron los puntos de referencia para articular su discurso nacionalista, pero también sus obvias limitaciones dadas las condiciones del país:

«El campo de interés en la búsqueda del pasado nacional se centró en la Edad Media, y temáticamente en la historia jurídico-institucional, ya que el derecho era la expresión de la constitución de la nación española. (…) El discurso nacionalista destaca, pues, el papel de Castilla como aglutinante del conjunto y se expresa en lengua castellana. (…) El Estado liberal intentó culminar el proceso utilizando entre otros elementos, la escuela como punto nodal para la difusión del castellano y de las primeras nociones de España. (…) El problema reside en que la difusión de la conciencia nacional a partir de la escuela no tuvo la misma intensidad que en otros países europeos sencillamente por el fracaso de la política educativa a lo largo del siglo XIX. La escuela no pudo cumplir enteramente este papel porque los niveles de escolarización siempre fueron muy débiles. (…) Los doce millones de analfabetos que poblaban la España de la segunda mitad del siglo XIX no tuvieron ocasión de aprender a leer y escribir en castellano ni en ninguna otra lengua, ni tampoco conocer los rudimentos de la historia nacional que los planes de enseñanza habían asignado a la educación primaria». (Ángel Bahamonde Magro y Jesús A. Martínez; Historia de España siglo XIX, 2005)

Con este panorama y circunstancias, se entiende el surgimiento de choques regionales respecto al centro, y la resistencia al unitarismo a ultranza que Castilla bajo la marca España llevó a cabo en el resto de territorios.

Por todo esto, Pierre Vilar consideraba que los políticos castellanos habían errado estrepitosamente a la hora de analizar Cataluña y entender la cuestión nacional:

«En realidad, los políticos castellanos juzgan mucho a Catalunya a través de los políticos catalanes; y imaginan que el catalanismo es un producto de los políticos catalanes. Pero cuando uno ha vivido años entre los intelectuales catalanes, entre los estudiantes, entre los jóvenes; cuando uno ha recorrido el campo catalán, ha leído los diarios, escuchado los coros, etc, etc, uno se siente obligado a admitir que hay no obstante alguna cosa más profunda, y que probablemente los políticos catalanes son un producto del catalanismo, y no al revés». (Rosa Congost; El joven Pierre Vilar, 1924-1939: Las lecciones de historia, 2018)

De forma magnífica, Vilar comenta, como atizar la catalanofobia ha sido una válvula de escape de la burguesía castellana ante el desafió del problema nacional:

«Le confesaré que una de las razones que me hacen considerar a Catalunya como una nación es el hecho de que sea detestada como nación por sus vecinos; basta con tomar el tren entre Barcelona y Madrid para oír a los castellanos hablar de los catalanes como los franceses hablan de los alemanes durante la guerra». (Rosa Congost; El joven Pierre Vilar, 1924-1939: Las lecciones de historia, 2018)

De hecho hace no muchos años con la cuestión nacional vasca y el recrudecimiento del conflicto con el terrorismo de ETA, la vascofobia estaba a la orden del día entre los gobiernos y aparatos de comunicación españoles, en un nivel mucho mayor que la cuestión catalana que en comparación no tenía tanto peso. Por supuesto, eso no quita que el nacionalismo catalán o vasco no haya promovido la castellanofobia, la cual la tienen de serie en sus creadores –Sabino Arana o Valentín Almirall–, como también vemos hoy con un discurso exaltado chovinista, incluso racista, pero esto entre burguesías constituye un clásico. 

Vilar nos habla de la visión general entre nación oprimida versus nación opresora, y de cómo afecta en este caso a la población española el crear un «sentimiento de grandeza», creyendo que se tiene derecho a retener y forzar a otros territorios a ser y sentirse de forma distinta a la que se sienten realmente. Pero este falso «sentimiento de grandeza» es algo en lo que las clases trabajadoras no deben de estar interesadas, y en caso de los crédulos que sigan ese discurso, deben saber que eso no elimina la cuestión nacional de fondo: que un pueblo no puede ser libre si oprime a otro.

Vilar acabaría dando golpe demoledor a todos aquellos nacionalistas españoles, de izquierda o derecha, que de una manera u otra seguían teniendo la fe y la ilusión en la ilusa unidad innegociable e indestructible de España:

«Queda por explicar el catalanismo. (…) Desde que llegué a Cataluña me he planteado tratar de explicar –y no de justificar o de criticar– el movimiento catalán. Porque si no existe separatismo bretón o marsellés, tampoco existe catalanismo francés, pese a que se hable catalán en todos los Pirineos Orientales; por tanto, cabe que haya, entre ambos lados de los Pirineos, diferencias en la evolución histórica que expliquen el surgimiento de un particularismo en España, y su no-existencia en Francia. Ahora bien, Ud. mismo aporta la solución del problema: la estupidez de los gobernantes españoles desde el siglo XVI a nuestros días, y la debilidad de España. Sin embargo, permítame que sea menos severo que usted, en primer lugar la «estupidez» no ha sido continua, y en segundo lugar no puedo admitir que una estupidez de tres siglos sea un fenómeno fortuito. Solo podría explicarse por una incapacidad fundamental de los castellanos para gobernar; esta es la explicación de los patriotas catalanes, y hay que reconocer que la fórmula que Ud. utiliza les proporcionaría una fantástica ocasión para alegrarse. A mi juicio, cabe buscar la explicación al margen del valor mayor o menor de los hombres; en este sentido, el materialismo histórico es útil y muy consolador: permite mirar a los hechos –incluidos los desagradables– de frente, sin sentirse vejado en los sentimientos personales o en las susceptibilidades nacionales. Creo, sinceramente, que solo el retraso económico del conjunto español –debido sin duda a la decadencia que siguió a las conquistas coloniales– ha impedido que España evolucione como la mayoría de las otras naciones europeas, es decir, hacia una unidad nacional en el sentido del siglo XIX. Y los intereses castellanos-catalanes se han visto confrontados. Al cabo de cincuenta años de discusiones muy ásperas –en las que los castellanos han solido ser más violentos en sus expresiones despreciativas que los catalanes– no puede hablarse ya de unidad española, y en consecuencia –para aquellos que no tengan miedo de las palabras– los problemas ya no son «regionales», sino «nacionales». (Rosa Congost; El joven Pierre Vilar, 1924-1939: Las lecciones de historia, 2018)

Pierre Vilar fue reconocido por alabar las medidas en la URSS y la concepción nacional de Lenin y Stalin. De éste último diría que:

«En 1962, yo dediqué tres volúmenes, gordos, demasiado gordos, a ciertos aspectos de la historia de Cataluña. En el prefacio, resumiendo las teorías, los análisis que se habían hecho, a través de la historia, sobre naciones y nacionalidades, yo señalaba que las obras de Stalin, en este dominio, eran, al mismo tiempo, las más claras y las más profundas para elucidar el valor de estas palabras y los hechos que podían designar. Mucha gente, desde entonces, ha interpretado mi posición, sea como si yo, partiendo de las frases de Stalin, las hubiera aplicado al caso catalán, como si fuesen un dogma; sea como si yo las hubiera citado porque, en los años en que preparaba mi libro, la referencia a Stalin «era de moda». Interpretación disparatada. ¿Podía yo, tratándose de un problema de «nacionalidad», ignorar las obras del que Lenin, en 1917, había designado como «Comisario para las Nacionalidades», y que, desde ese puesto, había construido una federación de nacionalidades de tipo absolutamente nuevo? ¿Cómo no me hubiera interesado el pensamiento que le había permitido llegar a semejante construcción? Y como encontré en la expresión de este pensamiento, líneas teóricas fundamentales, las cité. Fue una sencilla manifestación de honradez intelectual. Muy recientemente, acabo de leer un librito, de lo más superficial sobre el tema catalán, que se atreve a escribir: «El bolchevique georgiano no había hecho en 1913 sino una poco brillante abstracción de los elementos comunes de las grandes naciones-Estados europeos, formadas en los siglos XVIII y XIX bajo hegemonía burguesa». Es exactamente como si el autor de un manual de tercera fila para principiantes en Física, se permitiera escribir que Newton, o Einstein, no habían hecho sino una «poco brillante abstracción» de los conocimientos en Física de su tiempo. (...) Es precisamente porque el georgiano Stalin fue el especialista reconocido de la cuestión nacional en el pensamiento leninista y bolchevique, que la historiografía especializada, allí, en el antibolchevismo, le quiere quitar importancia y no duda, para hacerlo, en deformar la realidad». (Pierre Vilar; Palabras de presentación a la edición en España de las obras de Stalin; Club Internacional de Prensa, Madrid, 17 de diciembre de 1984)

Comorera a mediados del siglo XX concebía ya a Cataluña no como una nación en formación, sino como una nación de pleno derecho como reflejaban los hechos. En su obra: «El problema de las nacionalidades en España» de 1942, explica hondamente los cuatro rasgos por los que hay que considerar a:

«Cataluña, Euskadi y Galicia son naciones, porque tienen un idioma propio, un territorio común, una economía suya, una psicología característica manifestada en una comunidad de cultura, porque son comunidades estables, históricamente formadas». (Joan Comorera; El problema de las nacionalidades en España, 1942)

Esto, como decía Comorera, hoy parece más indiscutible que nunca para el caso catalán y vasco, pero también insistía en tener en cuenta la cuestión gallega de la siguiente forma:

«En general existe una comprensión satisfactoria referente a Cataluña y Euskadi. (…) No sucede lo mismo con Galicia. Son muchos los que creen que el caso de Galicia, es artificial, que no existe semejante nación gallega, que no existe un problema nacional gallego. Entre estos muchos, no hay pocos compañeros y no pocos gallegos. Este criterio no es justo. De las tres naciones oprimidas Galicia es la menos avanzada. Eso es todo. (…) Esta existe, estaba en marcha, plebiscitada ya su primer proyecto de Estatuto [1936] y es seguro que cuando sea liquidado el régimen franquista resurgirá». (Joan Comorera; El problema de las nacionalidades en España, 1942)

Sobre la vida económica y cultura, se subrayaba:

«Existen los idiomas catalán y gallego, de mayor pureza greco-latina que el castellano, por haber sido de menor duración e intensidad la ocupación e influencia árabe en sus respectivos territorios. Y tienen una vida secular y se formaron en un período histórico durante el cual la expansión castellana, para producirse, habría de tardar unos siglos, hasta el punto que en catalán se escribieron las primeras poesías y novelas, las primeras recopilaciones de usos y costumbres, esto es, de leyes, en el mundo mediterráneo y en el ciclo de formación y uso de las lenguas vulgares. Existen las economías catalana, gallega y vasca, una vida económica propia, formada históricamente en cada una de estas nacionalidades. El minifundio gallego en oposición al latifundio castellano; las normas contractuales agrarias para la explotación de pequeños trozos, en oposición al campesino asalariado en el conjunto castellano y también de gabellas propias y en cuyo origen radica su antigua existencia independiente; la industrialización de los productos del mar en contraste con la vida a espaldas del mar llevada por Castilla: son los rasgos característicos de la vida económica gallega. (…) Existen las culturas catalana, vasca y gallega. Sus canciones y danzas, cuyo origen se confunde con los primeros vestigios de civilización y de historia oral y escrita... su poesía, su cultura, su música, su filosofía, sus predilecciones científicas, su manera de hacer y de reaccionar frente a los hechos y los problemas, su propia mística religiosa saturada de sensualismo pagano». (Joan Comorera; El problema de las nacionalidades en España, 1942)

A esto debemos hacer unos apuntes. Sin duda existe una falta de estudio y profundización del caso gallego y sus particularidades. 

Primero veamos qué fue el movimiento conocido como «Rexurdimiento»:

«Las élites del dinero habían abandonado desde los siglos anteriores la práctica de la lengua gallega, patrimonio, sin embargo, del campesinado. Como corolario, la decadencia de la producción literaria gallega desde hacía siglos era evidente. Las dificultades de la integración de la economía gallega en un espacio coherente, la falta de cohesión social, y la propia dispersión del hábitat, fueron valores añadidos de corte negativo que retrasaron el renacimiento cultural particular, cuantitativamente y cualitativamente, con respeto a Cataluña y el País Vasco. El rechazo de las élites de las élites urbanas hacia la enseñanza en gallego en las escuelas primarias goza de múltiples testimonios en los que se concibe la lengua gallega como subsidiaria de la castellana. El uso del gallego en la escuela quedaba reservada a una mera función asimilista, para asegurar la penetración del castellano en los medios rurales. Entre 1850 y 1890 el galleguismo cultural alcanzó sus rasgos definitorios, sin que ello se concretara a medio plazo en un proyecto político nacionalista mayoritariamente asumido. (…) Se situó en el centro la recuperación, sistematización y divulgación, a través de una doble dimensión, historiográfica y literaria. (…) Alfredo Brañas ofrecería el primer contenido político al regionalismo gallego. (…) Basado en la idea de las dos patrias, la patria española común y la patria gallega, sistematizó una noción regionalista más apoyada en la descentralización administrativa del Estado que en el nacionalismo. (…) Con una fuerte carga católica y tradicionalista». (Ángel Bahamonde Magro y Jesús A. Martínez; Historia de España siglo XIX, 2005)

Este «Rexurdimiento» no solo se formó como una reacción tardía del romanticismo o a imitación snobista de lo que ocurría en Cataluña con la «Renaixença» como creen algunos, sino fundamentalmente porque es una época en que el Estado pretende instalar una uniformidad político-administrativa, lingüística y económica que por supuesto, es combinada con una mayor propagación de los mitos del nacionalismo castellano. A tal desafío, las élites en Galicia responden por un lado contraponiendo sus propios mitos, pero también con reivindicaciones históricas, lingüísticas, administrativas, económicas y jurídicas con cierto respaldo pasado o presente: 

«Este movimiento trató, con el paso del tiempo, de dotar a la cultura gallega de su propio perímetro político; esto es, conseguir la autonomía y el autogobierno. Se intentaba romper el proceso de centralización, de uniformidad y de cultura homogénea que la revolución liberal había provocado en España en el siglo XIX con la aparición de una identidad nacional propia que, desde el Estado, se cuidó de resaltar mediante la imposición –entre otras medidas– de un sistema educativo único con una lengua primordial: el castellano, y la recreación, por parte de los historiadores, de los mitos –Numancia, Sagunto, Covadonga, Guerra de la Independencia, etc– propios y necesarios para dar sustento a la nacionalidad. (…) Se favoreció, pues, la interpretación castellanista de la historia y la creación del mito castellano como fundamental de la nacionalidad española. La generación del 98 coadyuvó al crecimiento y expansión de estos principios». (Carlos A. Antuña Souto; El nacionalismo gallego (1916-1936). Una madurez inconclusa, 2000)

Como ya vimos en otro capítulo, la mayoría de autores de la generación modernista como Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, o de la generación del 98 como Azorín, Ortega y Gasset, Unamuno, etc. eran una suma ecléctica de distintos autores con corrientes ideológicas dispares. La mayoría estaban influenciados por personajes nefastos: desde el existencialismo de Kierkegaard, el vitalismo espiritualista de Bergson, la presuntuosidad intelectual de Schopenhauer, el chovinismo expansionista e irracional de Nietzsche hasta el decadentismo y misoginia de Oscar Wilde. El sincretismo de estos modelos a la española, daría como resultado que políticamente se presentasen como anarquistas, mañana como carlistas y pasado como fascistas, por lo que sus ideas para «renegar España» salvo raras excepciones, dudosamente podían ser útiles desde un punto de vista progresista. Entre sus ideas y reivindicaciones estaba la vuelta a unas «tradiciones» en muchas ocasiones del todo retrógradas como el respaldo de la superioridad del hombre sobre la mujer, la tauromaquia, el lenguaje elitista, el militarismo o el idealismo y misticismo religioso. Sabiendo esto, es normal que la mayoría no pudieran tener tacto ni sensibilidad alguna con estos movimientos nacionales de la periferia. Incluso los más progresistas como Antonio Machado no solo favorecieron los mitos del nacionalismo castellano cayendo presos de esta idea de España y sus pueblos. 

Tampoco vale la pena volver a repasar los argumentos de los teóricos del galleguismo; teorías raciales y nociones culturales que en muchas ocasiones proponían pensamientos ultrarreacionarios, como fue el caso de Alfredo Brañas o Vicente Risco. 

Más allá de eso cabe destacar que ambos procesos de renovación cultural e ideológica se dieron a la par tanto en el nacionalismo gallego, como en el nacionalismo castellano:

«En «La novela de España. Los intelectuales y el problema español», Javier Várela nos sumerge en las ideas e ideales de los intelectuales españoles que actuaron a modo de «levadura» en la recuperación del ideal colectivo de la nación española y que desempeñaron una misión esencial: la de redimir a España de su incultura y del atraso económico. Pensamos que esta labor no está alejada de la que desempeñó la minoría dirigente galleguista. (...) La minoría dirigente galleguista intentó crear en el pueblo la conciencia de que Galicia constituía una nación». (Carlos A. Antuña Souto; El nacionalismo gallego (1916-1936). Una madurez inconclusa, 2000)

La maraña de contradicciones ideológicas entre las propias figuras del galleguismo derivó a un fraccionalismo extremo donde se han dinamitado toda posibilidad de articular un proyecto serio. Precisamente una de las razones por las que el nacionalismo gallego no ha podido avanzar y consolidarse es ciertamente por la debilidad histórica de las clases explotadoras gallegas, pero no es el único factor, y sería simplista reducirlo a eso. Como uno de los factores nos gustaría destacar algo que normalmente se olvida. A falta de un partido proletario y marxista con influencia, las masas gallegas siempre han estado expuestas a todo tipo de teorías nacionalistas pseudohistóricas de un lado y del otro. El galleguismo con algo de influencia, bien en su desarrollo regionalista o nacionalista, jamás ha salido de corrientes idealistas, reaccionarias y pseudocientíficas, lo que ha dificultado una explicación racional de la cuestión nacional en Galicia, a eso súmese que en muchos otros casos ha adoptado –como todo nacionalismo–, posiciones xenófobas que tampoco eran aceptadas ni comprendidas por las masas gallegas. ¿Significa eso que el galleguismo hubiera tenido otro desarrollo si no hubiera sido un nacionalismo tan conservador? Tampoco podemos afirmar categóricamente eso: sabemos que el nacionalismo de izquierda también cae de igual manera o mayor en subjetivismos, irracionalismos y relatos carentes de veracidad histórica como se puede ver en el nacionalismo catalán mismamente.

La xenofobia irracional lo mismo que a veces es un ingrediente para convencer a los más crédulos y pasionales, se puede volver en su contra cuando tiene que dar explicaciones profundas sobre los problemas sociales de la región como le ocurre a todos movimientos nacionalistas, he ahí que depende mucho de la audacia de los líderes del nacionalismo para poder despistar eficazmente a las masas de la cuestión social aludiendo solamente a la cuestión nacional. En otros casos, cuando la reivindicación de una cuestión es ciega y adolece de suficientes respaldos, aunque se pueden afirmar cosas ciertas, no se convence. De ahí que digamos que la falta de teóricos marxistas que se destaquen dentro del galleguismo puede ser un factor a tener en cuenta, como ocurre en otros lugares.

Los hechos demuestran que pese a la nula influencia de movimientos nacionalistas de gran poder, la mayoría de gallegos se sienten más gallegos que españoles, o directamente solo gallegos:

«Pregunta 23: ¿Con cuál de las siguientes frases se identifica Ud. en mayor medida? 
Se siente únicamente español/a 5,6 
Se siente más español/a que gallego/a 4,0 
Se siente tan español/a como gallego/a 68,2 
Se siente más gallego/a que español/a 16,3 
Se siente únicamente gallego/a 4,6 
N.S. 0,6 
N.C. 0,8 
(N) (3.454)». (Centro de Investigaciones Sociales; Preelectoral de Galicia. Elecciones autónomas de 2016)

Hay que recordar como curiosidad que en algunas de las provincias de Galicia el referéndum de Constitución del 6 de diciembre de 1978 fue recibido de forma muy peculiar. La abstención se expresó en ocasiones con más vehemencia que en algunas provincias de Cataluña o Euskadi. En la provincia de Lugo hubo un 41% de participación, en A Coruña un 54,4%, en Ourense un 39,4% y en Pontevedra un 55,2%. En Euskadi tenemos a provincias como Álava con un 59,2% y a Vizcaya un 42,5%, en Cataluña tenemos a la provincia de Barcelona con 67,6%, Tarragona con 67% como ejemplos.

En cuanto a participación total de toda Galicia hubo un 50,2%, en Euskadi en total un 44,7% y en Cataluña un 67,9%. Dentro de dicha participación Galicia dijo NO a la constitución con un 5%, Euskadi con un 23,5 %, Cataluña con un 4,6%. Los motivos de la abstención o del NO son variados. En algunos casos como Madrid la participación fue del 72,2%, la mayoría de organizaciones no pedían la abstención, pero sí un voto por el NO, con lo que se logró un 10,1% de votos negativos. Tengamos en cuenta que en Euskadi un partido hegemónico como el nacionalista el PNV pidió a abstención mientras que otros secundarios como Herri Batasuna pidieron el voto por el NO, en cambio en Galicia los regionalistas/nacionalistas no tenían dicha capacidad de convocatoria ni para una cosa ni para otra, pero igualmente, Galicia dejaría datos muy significativos, dignos de estudio.

Algunos analistas dicen que de estos datos no pueden concluir nada ni siquiera aproximado, porque en las elecciones regionales de 1979 hubo una participación más baja aún, y que ello no deslegitima nada. Así lo expresan Pedro Fernández Barbadillo y Carlos Ruíz Miguel en su trabajo: «¿Aprobaron los vascos la constitución?» de 2003. Lo primero que habría que decir es que para los pueblos no supone un evento de misma transcendencia el voto en referéndum sobre una constitución tras cuarenta años de fascismo que unas elecciones municipales. Segundo, se ha visto que cualquier referéndum en España ha tenido un porcentaje de participación mayor a cualquier elección municipal o nacional. Tercero, como ya explicamos, hablar de elecciones «libres» y «legítimas» bajo el sistema electoral burgués supone una broma de mal gusto, pero mucho más en el contexto de aquel entonces como ya explicamos:

«Algunos ponen el foco en la idea de que la Constitución de 1978 fue elaborada sin participación de las masas, como efectivamente es una evidencia que denunciaron los marxista-leninistas de aquel entonces. (...) ¿Cuál fue su proceso si tuviéramos que explicarlo de forma resumida? En un principio el gobierno de Suárez intentó llevar a cabo su propio proyecto constitucional, pero la oposición externa burguesa y pequeño burguesa le obligó a crear una ponencia conjunta con algunos de los partidos de mayor influencia de la época. (...) La constitución que salió de aquellas reuniones fue posteriormente sometida a referéndum como en efecto se hizo el 6 de diciembre de 1978. Esto indica que la oposición revolucionaria no tuvo la suficiente fuerza para boicotear la Constitución y luchar por imponer una constitución popular o al menos para influir y presionar para que se introdujesen términos más progresistas y beneficiosos para las masas trabajadoras en dicha Constitución. Ahora: si los métodos que hubo en la elaboración de la Constitución de 1978 se toman como una muestra para tipificar que España es un Estado autoritario o fascista, es que el que dice eso desconoce absolutamente todo lo relacionado con el constitucionalismo democrático-burgués, pues la mayoría de constituciones burguesas se han establecido de modos similares: bien sin participación alguna de las masas, o, en el caso en que estas han podido participar en su elaboración, sus organizaciones y sus peticiones ha tenido un papel meramente secundario, casi testimonial, llegando a lo sumo a lograr establecer artículos que en la práctica no se cumplen». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

Volviendo a la cuestión gallega. En cuestiones como el idioma, la evidencia de su particularidad es mucho mayor:

«Pregunta 27: Podría Ud. decirme, ¿cuál es su lengua materna? 
El español (castellano) 30,7 
El gallego 44,7 
Ambas por igual 23,6 
Otra 0,9 
N.C. 0,2 
(N) (3.454)». (Centro de Investigaciones Sociales; Preelectoral de Galicia. Elecciones autónomas de 2016)

Según esta encuesta del CIS, el 97% de gallegos declararon entender el gallego, el 84% hablarlo con fluidez, el 88% lo sabe leer, el 63% lo escribe correctamente. Esto no podemos encontrarlo ni siquiera en Cataluña o Euskadi. Esto se puede explicar ya que Cataluña y Euskadi han sido zonas con ciudades que han recibido oleadas de inmigración, mientras Galicia ha sido en los últimos siglos una región de emigrantes. El gallego es un idioma que deriva del latín como el castellano o el catalán, por lo que el castellano o el gallego es hasta cierto punto fácil de aprender para sus habitantes. En cambio en Euskadi el idioma vasco no tiene ligazón con el latín, y los únicos lazos que ha establecido con el castellano a lo largo de los siglos han sido ciertos préstamos o influencias, pero sin tener una raíz común lingüística, lo que dificulta el aprendizaje del bilingüismo castellano/vasco o viceversa. 

Stalin expone como del tronco común lejano de las lenguas eslavas, pronto existió una bifurcación entre la lengua rusa y ucraniana:

«Los dialectos locales –«territoriales»– sirven, por el contrario, a las masas populares y tienen su propia estructura gramatical y su propio caudal de voces básico. A ello se debe que algunos dialectos locales, en el proceso de formación de las naciones, puedan servir de base a las lenguas nacionales y desarrollarse hasta llegar a ser lenguas nacionales independientes. Ese fue el caso, por ejemplo, del dialecto de Kursk-Orel –el «habla» de Kursk-Orel– de la lengua rusa, que constituyó la base de la lengua nacional rusa. Lo mismo cabe decir del dialecto de Poltava-Kíev de la lengua ucraniana, que fue la base de la lengua nacional ucraniana. En cuanto a los demás dialectos de esas lenguas, pierden su originalidad, se funden con esas lenguas y se diluyen en ellas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Acerca del marxismo y la lingüística, 1950)

Tomando el ejemplo de los diversos pueblos balcánicos –con lenguas diferentes entre sí: el búlgaro, el albanés, el serbo-croata, el macedonio–, se aclaraba por qué la lengua nacional de esos pueblos resultaba tan difícil de suprimir para el ocupante otomano, la razón de su resistencia:

«A diferencia de la superestructura, que no está ligada a la producción directamente, sino a través de la economía, la lengua está directamente ligada a la actividad productora del hombre, lo mismo que a todas sus demás actividades en todas las esferas de su trabajo, sin excepción. A ello se debe que el vocabulario, por ser lo más susceptible de cambiar, se encuentra en un estado de transformación casi incesante; al mismo tiempo, la lengua, a diferencia de la superestructura, no tiene que esperar a que la base sea liquidada e introduce modificaciones en su vocabulario antes de la liquidación de la base e independientemente del estado de la base.

Sin embargo, el vocabulario de una lengua no cambia como la superestructura, es decir, aboliendo lo viejo y construyendo lo nuevo, sino enriqueciendo el vocabulario existente con nuevas palabras, surgidas en relación con los cambios en el régimen social, con el desarrollo de la producción, el progreso de la cultura, de la ciencia, etc. Además, aunque cierto número de palabras anticuadas desaparece habitualmente del vocabulario, a él se suma un número mucho mayor de palabras nuevas. Por lo que respecta al caudal básico, se conserva en todo lo que tiene de esencial y es usado como base del vocabulario de la lengua.

Eso es comprensible. No hay ninguna necesidad de destruir el léxico básico cuando puede ser utilizado eficazmente en el transcurso de varios períodos históricos, sin hablar ya de que la destrucción del caudal básico, acumulado durante siglos, vista la imposibilidad de crear un nuevo vocabulario básico en plazo breve, conduciría a la parálisis de la lengua, a la desorganización total de las relaciones entre los hombres.

La estructura gramatical de una lengua cambia aún más lentamente que su caudal de voces básico. La estructura gramatical, elaborada a lo largo de varias épocas, y siendo como es carne de la carne y sangre de la sangre de la lengua, cambia más lentamente todavía que el caudal básico. Naturalmente, sufre cambios con el curso del tiempo, se perfecciona, mejora y precisa sus reglas, se enriquece con nuevas reglas, pero las bases de la estructura gramatical subsisten durante un período muy largo, ya que, como lo demuestra la historia, pueden servir eficazmente a la sociedad en el transcurso de muchas épocas.

Por lo tanto, la estructura gramatical y el caudal básico constituyen la base de la lengua y la esencia de su carácter específico.

La historia demuestra que la lengua posee gran estabilidad y una colosal capacidad de resistencia a la asimilación forzosa. Algunos historiadores, en lugar de explicar este fenómeno, se limitan a manifestar su asombro. Pero aquí no hay ninguna razón para asombrarse. La lengua debe su estabilidad a la estabilidad de su estructura gramatical y de su caudal básico. Los asimiladores turcos se esforzaron durante siglos por mutilar, destruir y aniquilar las lenguas de los pueblos balcánicos. En este período, el vocabulario de las lenguas balcánicas sufrió cambios considerables, fueron adoptadas no pocas palabras y expresiones turcas, hubo «convergencias» y «divergencias», pero las lenguas balcánicas resistieron y han perdurado. ¿Por qué? Porque la estructura gramatical y el léxico básico de estas lenguas se han mantenido en lo fundamental». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Aerca del marxismo y la lingüística, 1950)

A su vez, la importancia del idioma común –no la del Estado– fue algo subrayado por Stalin en su obra magna sobre la cuestión nacional:

«Una comunidad nacional es inconcebible sin un idioma común, mientras que para un Estado no es obligatorio que haya un idioma común. La nación checa, en Austria, y la polaca, en Rusia, no serían posibles sin un idioma común para cada una de ellas, mientras que para la integridad de Rusia y de Austria no es un obstáculo el que dentro de sus fronteras existan varios idiomas. Y al decir esto, nos referimos, naturalmente, a los idiomas que habla el pueblo y no al idioma oficial de cancillería». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

En conclusión, el paso de las décadas ha demostrado que pese a sus particularidades innegables, el llamado movimiento nacional gallego no logró desarrollar un potente movimiento político, lo que en parte ha lastrado esa identidad nacional entre su pueblo como sí ha hecho efectivo el movimiento nacional vasco o catalán, de aspiraciones mucho más profundas. Se puede decir que el galleguismo es bastante inmaduro aún, pero no puede descartarse que en un futuro cobre peso y posibilite la forja de un poderoso movimiento nacional que arrastre a las masas. Así lo advirtió Stalin analizando la cuestión yugoslava:

«Partiendo del hecho de que en el movimiento presente no existe un serio movimiento popular por la independencia entre los croatas y eslovenos, Semic llega a la conclusión de que el problema del derecho de las naciones a la separación es una cuestión académica. Naturalmente, eso es erróneo. Aun admitiendo que ese problema no sea de actualidad en el momento presente, sin embargo, puede convertirse en un problema de mucha actualidad. (…) En 1912, cuando nosotros, los marxistas rusos estábamos trazando el primer proyecto de programa nacional, todavía no teníamos en ninguna de las regiones periféricas del imperio ruso un movimiento importante en favor de la independencia. (…) Nosotros no teníamos solo en cuenta en aquel entonces lo presente, sino también lo futuro. Y sabíamos que si cualquier nacionalidad exigía la separación, los marxistas rusos lucharían por conseguir que se le asegurase el derecho a la separación. (…) En determinadas condiciones, como resultado del triunfo de la revolución soviética en Yugoslavia, es bien posible que ciertas nacionalidades, como ha ocurrido aquí en Rusia, no deseen separarse. Se comprende que, en previsión de tales casos, es preciso tener en el programa un punto referente a la autonomía, con vistas a la transformación del Estado yugoslavo en una federación de Estados nacionales autónomos, sobre la base del régimen soviético». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; En torno a la cuestión nacional en Yugoslavia, 1925)

Este escrito echaba abajo a todos los que durante años reclamaban que la cuestión catalana no era seria ya que la mayoría del catalanismo pedían mayor autonomía pero no la demanda de la completa independencia. O aquellos que todavía se ponen a hacer números para calcular si se debe tomar en cuenta o no la cuestión nacional, cuando la realidad muestra que es una cuestión pendiente sin discusión que cubre toda la política española. Esta cita, a su vez, sirve para condenar a todos aquellos que hoy tachan el estudio pormenorizado de la cuestión nacional como algo académico. 

Otra cuestión compleja de estudio ha sido la del movimiento canario con particularidades reseñables, movimiento con relativa repercusión todavía que actualmente son de tendencia regionalista y no independentista en su mayoría. 

Existen otros movimientos que se postulaban como nacionalistas pero jamás llegaron a madurar como tal, o que han tenido más éxito político en su versión regionalista, hablamos del caso andaluz o cántabro. Como se puede ver, históricamente los problemas relacionados con el regionalismo y el nacionalismo son consecuencia de la división del trabajo manifestada también entre regiones, creándose diferentes desigualdades y problemas derivados. Los movimientos nacionales, en sus inicios, cuando son embrionarios y faltos de apoyos, objetivamente hablando débiles en influencia, tienden a reivindicaciones clásicas del regionalismo, es decir se inclinan a reivindicar cierta identidad, a reclamar mayor atención, ayudas, autonomía o competencias, pero sin entrar en confrontaciones que impliquen reivindicar su zona como una nación de facto y su inmediato derecho a disponer de su estatus –aunque siempre existirán intelectuales idealistas que denominan a cualquier región con particularidades como nación–. Este proceso final de conformación de nación y consciencia del pueblo, solamente ocurre cuando el movimiento evoluciona –lo cual responde a factores políticos, económicos y culturales siempre en desarrollo–. El movimiento nacional –incluido la clase obrera y el resto de los trabajadores– toma conciencia de sí mismo, de su fuerza y de los cambios producidos en la fisonomía de su región, y es en ese punto cuando normalmente el movimiento –si es dirigido por los explotadores– torna de regionalista a nacionalista e independentista. Pero no hay que engañarse: mientras estos movimientos nacionales sean liderados por la burguesía o pequeña burguesía, la cuestión nacional será una mercancía con la que traficar, sus movimientos llevarán a la palestra indiscriminadamente reivindicaciones y propuestas de carácter regionalista o independentistas según sus intereses de clase, traicionarán a su nación si su bolsillo así lo demanda. De igual forma, que sobra decir que la clase obrera de estas regiones, cuando es pertrechada por el marxismo, sabe que nunca se debe ser independentista per se, en la problemática nacional, conoce que la reivindicación a abanderar puede pasar por una federación igualitaria con otros pueblos o la completa separación para solucionar sus demandas nacionales, cosa que depende del contexto nacional e internacional, situación en la cual siempre debe primar la cuestión social a la nacional. He ahí la gran diferencia.

Lenin nos legó unas palabras que son la base para encarar correctamente la cuestión nacional:

«La teoría marxista exige de un modo absoluto que, para analizar cualquier problema social, se le encuadre en un marco histórico determinado, y después, si se trata de un solo país –por ejemplo, de un programa nacional para un país determinado–, que se tenga en cuenta las particularidades concretas que distinguen a este país de los otros en una misma época histórica». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

Con la existencia temporal de un movimiento político catalán menos activo durante los años del franquismo, duramente golpeado por el mismo, se podían sacar conclusiones aventuradas, pero tenían los precedentes de todo el siglo XX, donde el catalanismo se alzó victorioso desplazando a los partidos tradicionales, donde pese a la dictadura de Primo de Rivera, luego en la II República el catalanismo recobró sus posiciones, pero para finales de los 70, con el catalanismo de nuevo al galope, era difícil no entender la conclusión de Comorera de que Cataluña era de facto una nación con conciencia nacional entre sus ciudadanos. Hoy, con el «despertar» del movimiento nacional catalán en el postfranquismo y a inicios del siglo XXI, con su poderío y ligazón con las masas, resulta innegable. El catalanismo como cultura y movimiento político no es una ficción como decían algunos, en la actualidad el catalanismo no solo se ha ganado la hegemonía frente a los partidos tradicionales del resto de España, sino que además se ha vuelto independentista en todas sus variantes de importancia. Pero esto es solo un factor, de hecho, el error en 1969 fue no fijarse más que en ese factor político-cultural y no prestar la necesaria atención al desarrollo histórico-económico.

El comunista catalán Joan Comorera, en una de sus mejores obras: «Carta abierta a Reyes Bertal» de 1948, proponía que se ejerciera la libertad de decidir su futuro a estas naciones, incluyendo el derecho a separarse como Estado independiente si así lo decidían, lo cual no significa que fuera la postura por la que abogaba él ya que «Cataluña tiene derecho a la separación. El reconocimiento del derecho, sin embargo, no supone la aplicación automática, obligatoria». Resaltando que «el ejercicio mecánico del derecho de separación no resolvería el problema nacional, pues no lo podemos ni debemos desatarlo del problema general de la revolución democrática española. Dejando claro que «la separación por la separación es una idea reaccionaria ya que, en nuestro caso concreto, Cataluña, constituyéndose en Estado independiente, saldría de una órbita de explotación nacional para caer dentro de otra igual o peor». Pues «una tal «genial solución» ya ha asomado la oreja varias veces». 

Comorera defendería que Cataluña era una nación, que debía respetarse su idiosincrasia, su soberanía nacional, pero en cada ocasión declaraba que la mejor solución para Cataluña era pasar a formar parte libre y voluntariamente de una República Federal de Pueblos Hispánicos:

«Cataluña es una nación. Pero Cataluña no puede aislarse. La tesis de que Cataluña puede resolver su problema nacional como un caso particular, desentendiéndose y hasta en oposición al problema general del imperialismo y de la lucha del proletariado, es reaccionaria. Por este camino se va a la exageración negativa de las peculiaridades nacionales, a un nacionalismo local obtuso. ¡Por este camino no se va hacia la liberación social y nacional, sino a una mayor opresión y vejación! (...) Por tanto, camaradas, el camino a seguir para Cataluña no ofrece dudas. Únicamente la República Popular de España dirigida por la clase obrera permitirá a Cataluña el pleno y libre ejercicio de su derecho de autodeterminación. Únicamente la República Popular de España dirigida por la clase obrera, garantizará el respeto estricto y absoluto a la expresión de su voluntad soberana. (…) Y esta República Popular dirigida por la clase obrera, sólo la podrá conseguir Cataluña luchando en fraternal unión con los otros pueblos hispánicos». (Joan Comorera; Contra la guerra imperialista y por la liberación social y nacional de Cataluña, 1940)

Este artículo apareció en «Nuestra Bandera» Nº4 de 1940, que era el periódico del PCE liderado por José Díaz, por lo tanto se da a entender, que al menos buena parte del PCE coincidía con las tesis de Comorera sobre Cataluña.

Lejos de ser, como presentarían a Comorera luego el binomio revisionista Ibárruri y Carrillo, un vulgar nacionalista, el político catalán fue un crítico abierto del titoísmo pero también del nacionalismo catalán burgués y pequeño burgués, al cual dedicó ríos de tinta por jugar con la cuestión nacional:

«El interés de clase prima por encima de cualquier otro interés. Y todos los elementos que intervienen en la vida colectiva son utilizados con el objetivo único de asegurar el dominio de clase, el monopolio del Estado, instrumento de la clase dominante. Para la burguesía el problema nacional, allí donde éste existe, es materia especulativa; se sirve de ella si así conviene momentáneamente a su interés de clase o se reniega de ella cuando lo pone en peligro. Y como el interés de clase capitalista es incompatible con el interés nacional la burguesía termina siempre por traicionar a la nación. (…) Como clase y castas gobernantes que continúan la tradición de la guerra: para mantener sus privilegios han convertido en moneda de cambio la independencia y la soberanía nacional. Y como políticos e «ideólogos» inventan filosofías y teorías, cuyo único objetivo es sembrar la confusión en las masas populares, dividir la clase obrera y movilizar a la opinión contra los partidos comunistas. (...) Con las patrañas hipócritas de las terceras fuerzas y principios puros y conductas impuras no se va más que al deshonor y a nuevas derrotas». (Joan Comorera; Carta abierta a Reyes Bertal, 1948)

Advirtió siempre al proletariado catalán sobre aquellas posturas «marxistas» que anteponen la cuestión nacional a la cuestión de clase:

«No siempre la defensa de la nación imperialista o no soberana coincide con los intereses fundamentales de la clase obrera. En este caso, compañeros, y esto debe quedar bien claro, prima siempre el derecho de la clase obrera. Para Marx no ofrecía ninguna duda esta subordinación del problema nacional al problema obrero. Olvidar esto nos llevaría fácilmente al campo del nacionalismo pequeño burgués, a la aceptación de la tesis de la «comunidad de destino», tesis apreciada por los nacionalistas y por muchos sectores socialdemócratas. No existe una «comunidad de destino» en la nación, ya sea esta soberana o dependiente. Puede existir una coincidencia momentánea para la consecución de un objetivo común. Pero, nada más, pues «en cada nación moderna hay dos naciones», nos ha dicho Lenin. La nación burguesa que históricamente desaparecerá y la nación proletaria que históricamente debe ascender al poder político y económico, el ejercicio de su propia dictadura para forjar el mundo nuevo en el que sí que habrá una «comunidad de destino». La burguesía de cada país se basó en el problema nacional con el fin de engañar a los obreros, para embrutecer a los campesinos, para envenenar a la pequeña burguesía. La clase obrera de cada país se basa en el problema nacional para llevar adelante la revolución, para resolver conjuntamente con el problema nacional el de su dictadura. (…) Es natural y necesario, pues, que el derecho de la clase obrera tenga preferencia sobre el derecho nacional, cuando la opción nos sea planteada de manera objetiva y concreta». (Joan Comorera; Carta abierta a Reyes Bertal, 1948)

Reconocer esto no excluye que olvidemos los límites de la II República de 1931-1936 ni los diversos gobiernos de coalición antifascista que hubo durante la guerra de 1936-1939, donde pese a que hubo un avance, como advertía Comorera, no se solucionaron los problemas de la cuestión nacional:

«¿Hay que esperar un retorno puro y simple del Estatuto? La experiencia histórica nos demuestra que no. (…) El Estatuto suprimido por los fascistas, está superado, como lo está la Mancomunidad, disuelta por Primo de Rivera. La experiencia del Estatuto ha sido, además, negativa. Un año de enorme apasionamiento político acabó con un estatuto inferior al convenido en el Pacto de San Sebastián. Aprobado en el año 1932, el estatuto no podía todavía aplicarse íntegramente hasta el año 1939. La burocracia centralista con la benevolencia más o menos disimulada de todos los gobiernos centrales, saboteó con éxito el traspaso de los servicios y la financiación. Servicios fundamentales ya traspasados que fueron retomados por el Estado Central con pretexto o sin él. Y en contraste manifiesto, durante la guerra, las claúsulas lingüísticas, culturales y económicas del Estatuto iban a ser ampliadas por iniciativa de la clase obrera y por imposición del conjunto de las masas catalana. El Estatuto va a ser la expresión de un periodo de hegemonía republicano-socialista en España, y republicano-anarquista en Cataluña». (Joan Comorera; La línea nacional del PSUC; Ponencia presentada en el Comité Central del PSUC, que se aprobó en la reunión de finales de abril de 1939. En junio era también aprobada por el Secretariado de la Internacional Comunista, 1939)

¿Cuál debe de ser la postura de los comunistas catalanes y de los comunistas castellanos? La misma que ya expuso Comorera y aprobó la Internacional Comunista:

«Es justo que el PCE defienda de manera resuelta y pública el derecho de Cataluña a separarse totalmente de España. Es justo que el PSUC diga que en la reivindicación y ejecución de sus derechos nacionales, Cataluña ha de reafirmar su unión con los otros pueblos de España. (… ) La madurez se dará ahora, pues las etapas del movimiento nacional catalán son bien claras. Solidaritat Catalana, Mancomunidad, Estatuto, República catalana. El PSUC por consiguiente, opina que su línea nacional será formulada de este modo: Cataluña lucha por una República Catalana, por una República Española creada por la unión libre de las Repúblicas, iguales en derechos». (Joan Comorera. La línea nacional del PSUC; Ponencia presentada en el Comité Central del PSUC, que se aprobó en la reunión de finales de abril de 1939. En junio era también aprobada por el Secretariado de la Internacional Comunista, 1939)

Esta postura es singularmente cómica para aquellos «comunistas» que siempre necesitan el «sello de aprobación» con el argumento de autoridad de alguna figura o institución para posicionarse, defecto que demuestra que no saben pensar solos y que deben recurrir a otros que ya trataron de resolver el problema antes que ellos.

Y puesto que ambos subyacen bajo un régimen capitalista, no debemos olvidar tanto entre los obreros de la nación oprimida como entre los obreros de la nación opresora que:

«Como decía Comorera hay que barrer esta psicología de la aristocracia obrera de venderse a la oligarquía nacionalista por unas migajas y conformarse con un par de cambios superficiales que pretendan decir que luchan por la soberanía nacional, hay que apartar a los monaguillos revisionistas que van haciendo publicidad de las asociaciones oportunistas, pseudopatrióticas y proimperialistas». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

Pasemos ahora a la cuestión del PCE (m-l)». (Equipo de Bitácora (M-L)Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

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