«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

martes, 12 de marzo de 2019

El auge del PCE (m-l) y las acciones armadas del FRAP de 1973-1975; Equipo de Bitácora (M-L), 2019

Logotipo del FRAP en el periódico Cambio 16

«Para entender el punto álgido del Partido Comunista de España (marxista-leninista) debemos entender algunos puntos.

El FRAP como frente de masas

La formación del FRAP (Frente Republicano Antifascista Patriótico) en 1971 tenía como fin, según sus autores:

«Elena Ódena: El FRAP surge porque está escrito también en la línea del partido que para organizar al pueblo hace falta un frente unido. Un frente revolucionario. El partido no puede en modo alguno incorporar a sus filas a la inmensa mayoría del pueblo, eso supone la aceptación de una disciplina, de una ideología y de unos principios». (Elena Ódena; Entrevista realizada para «Interviú» por el periodista José Dalmau, 17 de febrero de 1977)

Sus puntos eran:

«1.– Derrocar la dictadura fascista y expulsar al imperialismo yanqui mediante la lucha revolucionaria.

2.– Establecimiento de una República Popular y Federativa, que garantice las libertades democráticas para el pueblo y los derechos para las minorías nacionales.

3.– Nacionalización de los bienes monopolísticos extranjeros y confiscación de los bienes de la oligarquía.

4.– Profunda reforma agraria, sobre la base de la confiscación de los grandes latifundios.

5.– Liquidación de los restos del colonialismo español.

6.– Formación de un Ejército al servicio del pueblo». (Comunicado sobre la constitución del Comité Coordinador Pro FRAP y extractos de una resolución del mismo, 1971)

El heroísmo y trabajo abnegado del PCE (m-l) entre las masas dio sus frutos. Pese a las duras condiciones represivas bajo el franquismo, y bajo la hegemonía del jruschovismo en el movimiento obrero, logró constituirse a principios de los 70 como segunda fuerza política dentro del espectro de los grupos que se autodenominaban marxistas, solo por detrás del PCE de Carrillo, que contaba con grandes métodos de financiación y un amplio aparato de propaganda comparado con cualquier otra organización que se reclamara de izquierda. Cierto que este estatus se perdería durante esta década pero no deja de ser un logro formidable. Los informes franquistas abalaban con temor de esto que decimos:

«El PCE (m-l) se encuentra extendido por casi todo el territorio nacional y entre los emigrantes de Europa Occidental, pudiendo estimarse un número máximo de 1.500 militantes y el doble número de simpatizantes, siendo particularmente numerosos los estudiantes. Sus relaciones con otros grupos se caracterizan por la hostilidad y el aislamiento. (…) Dentro del sector comunista, el PCE (m-l) es el grupo más numeroso después del PCE. (…) El PCE (m-l) mantiene un elevado número de publicaciones periódicas, sólo superado entre los grupos clandestinos por el PCE. (…) El FRAP es hoy, entre los grupos revolucionarios de acción violenta el más agresivo, aguerrido y peligroso extendido por todo el país». (Informe del SECED Sobre el Partido Comunista de España (marxista-leninista), Grupos subversivos, julio de 1974)

Si miramos el factor objetivo: había unas obvias tareas antifascistas y antiimperialistas de la revolución que obligaban a una especial atención a las alianzas. Si miramos la perspectivas del factor subjetivo: como veremos en otros capítulos, el PCE (m-l) pese a tener gran peso entre los estudiantes y ciertos intelectuales, nunca arrebató al revisionismo su influencia sobre la clase obrera, el no haber penetrado y trabajado como se debería en los sindicatos amarillos, el no tener prácticamente influencia entre el campesinado, hacía más importante si cabe la necesidad de forjar alianzas, pero esto nunca se logró.

Cierto es que pese a los esfuerzos de aunar a varias fuerzas, los éxitos fueron mínimos, si de hecho algo se puede criticar de la política del PCE (m-l) con el FRAP y sucesivos frentes posteriores como la Convención Republicana, fue el excesivo tono triunfalista que se podía leer en sus medios, que distaba de la realidad. El mismo FRAP que se mantuvo activo durante 1971-1978 no logró agrupar a fuerzas de renombre ni influencia bajo dicho frente, la mayoría de organizaciones eran ramas suyas o simpatizantes afines al partido. Cuando no era así, y se lograban atraer o incluso disolver las agrupaciones dentro del PCE (m-l), eran organizaciones marginales de nula incidencia. Esto era en parte normal si tenemos en cuenta que la línea del PCE (m-l) era inaceptable para partidos como el PCE u otros que se negaban a aceptar los puntos programáticos del frente porque habían degenerado ideológicamente en extremo. Pero no justifica todo, ya que en otros casos las organizaciones que simpatizaban con las propuestas del FRAP desconfiaban de la pretendida fuerza e influencia que quería aparentar el PCE (m-l) como para pensar que se tenía oportunidad real de poder llevar a cabo una lucha por esas tareas, por lo cual creían que era mejor seguir su camino solos o aliándose en conjunto con otras organizaciones donde se iba a poder llevar un mejor desempeño de dichos puntos de lucha. En otros casos las organizaciones no simpatizaban ni por asomo con el PCE (m-l) como era el caso del PSOE o el PCE, pero el propio PCE (m-l) jamás desplegó una lucha diaria y efectiva para desenmascarar a los líderes reaccionarios de estas agrupaciones predicando con el ejemplo, por lo que las militancias se mantuvieron en su sitio sin moverse, como era normal.

Hay que comentar que este es un defecto, que las nuevas organizaciones revisionistas repitieron y repiten simultáneamente. Nos referimos al hecho de aparecer bajo diferentes siglas y organizaciones satélites para a continuación proclamar que «se ha logrado aunar a un frente revolucionario de lucha a variadas organizaciones». Esto es desvirtuar la realidad, esconder la fuerza real del partido para tapar la incapacidad de tejer alianzas, y es en resumidas cuentas entorpecer el trabajo real de con las masas y minar la posibilidad real de crear las necesarias alianzas coyunturales con otras fuerzas en temas comunes. 

La concepción de la violencia revolucionaria y su puesta en práctica

Uno de los hechos más famosos fueron los eventos acaecidos durante el 1 de mayo de 1973 en la manifestación convocada por el PCE (m-l) que acabó con la muerte de un miembro de la brigada político-social:

«Las manifestaciones del 1 de mayo de 73, especialmente la de Madrid, fueron muy importantes por su combatividad y por su carácter ofensivo. Los manifestantes no adoptaron una actitud de defensa, dándose a la fuga ante la aparición de la policía, sino que hicieron valer su voluntad de manifestarse sin abandonarse la calle, enfrentándose con los agentes que se concentraban en la zona con el fin de impedir la manifestación. (...) La manifestación tomó la forma de «saltos» de grupos dispersos de manifestantes que iban surgiendo por todas partes y que se fueron concentrando hacia las calles de Atocha y Santa Isabel. En algunos puntos la policía se vio obligada a retroceder hacia Antón Martín. En ese momento algunos jeeps quedaron embotellados en medio de los manifestantes y aislados del resto de fuerzas de la policía. Los agentes intentaron abrirse paso con las armas y los manifestantes reaccionaron con su armamento improvisado. Algunos llevaban navajas. Durante los enfrentamientos sucedió el episodio que marcó toda la jornada. Un subinspector de la brigada político-social, del servicio de información en la universidad, fue acuchillado y murió». (Riccardo Gualino; FRAP: una temporada en España, 2010)

A principios de los años 70 el PCE (m-l) observaba los fenómenos sociales que oponían resistencia al régimen, los cuales iban en aumento:

«De hecho, la intranquilidad del franquismo en estos años seguía traduciéndose en una dura política de orden público para tratar de frenar una conflictividad político-social creciente, una medida de contención que a su vez generaba más disenso y despertaba la solidaridad con los actos de oposición, que si bien continuaban siendo obra de una minoría activista también es verdad que ésta era cada vez más numerosa. La coyuntura de crisis económica y la fragilidad física de Franco agravaron la situación para la dictadura, que tuvo que hacer frente a una persistencia de la conflictividad laboral durante los primeros meses de 1975, en los que se desarrollaron importantes huelgas obreras y estudiantiles e inusitadas protestas como la del gremio de actores de teatro en Madrid. (…) Huelgas generalizadas –sobre todo en los primeros meses de 1975–, protestas estudiantiles, e incipiente desarrollo del movimiento vecinal. A ello se añadían las disidencias «internas» de la Iglesia –el tenso caso Añoveros– y, en mucha menor medida, del Ejército –aparición de la Unión Militar Democrática–. El fracaso aperturista se agudizaba con los efectos de la crisis económica de 1973 y con el espectro surgido a raíz de las caídas de las dictaduras griega y portuguesa, que dejaban a la española en una posición singular en el ámbito europeo mediterráneo». (Ana Domínguez Rama; La «Guerra Popular» en la lucha antifranquista: Una aproximación a la historia del FRAP, 2009)

La idea del PCE (m-l) fue extender la organización de la llamada violencia revolucionaria en esta etapa:

«Si bien es cierto que aún la forma principal de lucha del FRAP es la lucha de masas política, sin embargo, ya hay manifestaciones del cambio cualitativo que se está produciendo, como son los enfrentamientos violentos con las fuerzas represivas, el cubrir las manifestaciones con grupos de protección armados, los comandos contra instituciones fascistas y yanquis, etc., que son en realidad formas embrionarias de lucha armada, las cuales tenemos que, no sólo popularizar y generalizar, sino desarrollar hacia formas superiores de lucha armada, para así ir avanzando por el camino de la guerra popular, en la que el FRAP alcanzará su pleno desarrollo agrupando y dirigiendo a la inmensa mayoría del pueblo español hacia su liberación social y nacional». (Revolución Española; Forjemos el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota para derrocar al yanqui-franquismo, Nº 6, 1973)

El analizar las sucesivas acciones armadas del FRAP de 1973-1975 es de importancia cardinal para entender el desarrollo del propio PCE (m-l), ya que el resultado de ellas, va a propiciar poco después la escisión de 1976.

Ante la pregunta sobre las acciones armadas del FRAP en el tardofranquismo, y en especial las del verano de 1975, Elena Ódena respondía en 1977 a algunas de las incógnitas del público general. La primera petición del periodista era que se explicase porqué del concepto de lucha armada:

«–José Dalmau: Después de ese proceso, el PCE (m-l) sigue una evolución hasta llegar a 1975, en que el FRAP emerge con la lucha armada, ¿cuándo se decidió seguir este camino?

–Elena Ódena: La lucha armada, en lo que al partido se refiere, está decidida desde el primer día. En la línea política del partido está escrito que la violencia revolucionaria, la lucha armada y la guerra popular, era el único medio para derrocar al capitalismo y a la dictadura franquista en aquella época, y para implantar un régimen de democracia popular y socialismo. O sea que no es nada nuevo». (Elena Ódena; Entrevista realizada para «Interviú» por el periodista José Dalmau, 17 de febrero de 1977)

Esto como vemos es una exposición coherente: como revolucionario, el PCE (m-l) concebía la necesidad de la violencia revolucionaria para derrocar al régimen burgués. En este caso hacia uno de naturaleza fascista llegado el momento oportuno. Pero hubo un momento concreto cuando se empieza a materialidad la idea desde la dirección de que es posible aplicar esta teoría en la praxis. Hasta ahí se sigue una lógica, ¿pero ¿cuál fue el momento que el PCE (m-l) eligió? ¿Cumplía las condiciones objetivas y subjetivas?

La evaluación de las condiciones objetivas y subjetivas para al lucha armada

Sabemos que a los revisionistas no les gusta demasiado la historia, es excavar en sus errores, y recordar los axiomas que atraviesan el marxismo-leninismo del que constantemente hablan. Queda demostrado históricamente, que ni siquiera con unas condiciones objetivas de franca crisis del sistema, se puede utilizar la violencia sin tener en cuenta las condiciones subjetivas de la organización revolucionaria que la lleva a cabo. Los comunistas criticaban así en 1933 los intentos del anarquismo de «hacer la revolución»:

«España entraba en el nuevo año 1933, cuando el impulso revolucionario se acentuaba cada vez más en la ciudad y en el campo. En esta atmósfera estallaron los acontecimientos del 8 y 9 de enero en Madrid y Barcelona, acontecimientos que tuvieron repercusiones y una prolongación en otras regiones del país. En Barcelona, el 8 de enero, un grupo armado de bombas y de revólveres, atacó el cuartel de San Agustín, hirió a un centinela y disparó sobre el edificio. Al mismo tiempo se produjeron choques armados en diversos puntos de la ciudad. La policía detuvo, en varios lugares, automóviles cuyos ocupantes eran portadores de bombas y de armas de fuego. Algunos de ellos hicieron resistencia. En la estación se oyeron disparos. En algunas calles se disparó contra los agentes de la policía. Un tiroteo especialmente nutrido partió del balcón del inmueble ocupado por el Sindicato de Empleados de la Industria Hotelera. La policía sitió la casa y la tomó por asalto. Análogos acontecimientos se produjeron en Madrid el 9 de enero. Se hicieron ataques contra los cuarteles de María Cristina, la Montaña y Cuatro Vientos. El tiroteo fue especialmente vivo en las proximidades de este último cuartel. Se dispararon centenares de tiros. Los soldados y la policía rechazaron el ataque. La completa absurdidad de estos ataques armados, resalta sin necesidad de demostrarla especialmente. Fueron realizados al margen del movimiento de las masas, sin su apoyo. Iban dirigidos especialmente contra los cuarteles, contra los soldados, sin haber hecho el menor intento de sublevar al menos una parte, contra el mando. Semejantes acciones no pueden tener una significación revolucionaria positiva. Al contrario, revisten un carácter objetivo de provocación, separan a los soldados de la revolución y ayudan al Gobierno a acentuar la represión. (…) La idea del golpe de sorpresa, efectuado por un grupo de valientes, es presentada por los anarquistas como una receta mágica para hacer la revolución. (…) Hay que diferenciar también el movimiento de masas, digno de admiración, de la dirección anarquista que las lleva al fracaso. (…) No se trata de falta de valor ni de abnegación por la causa, de los jefes anarquistas. La verdad es que el contenido del anarquismo, de su ideología, de su táctica de lucha, hace que desempeñe un papel objetivamente contrarrevolucionario, a pesar de su valor personal». (J. Dornier; El desenvolvimiento de la revolución en España y la lucha contra el anarco-sindicalismo, 1933)

Los comunistas de aquella época al esgrimir esta crítica no pueden ser tachados ni mucho menos de cobardes para defender al pueblo con las armas y de haber caído en el reformismo, como muchos anarquistas pretenderán alegar tras haber leído esto. El Partido Comunista de España (PCE) se destacaría como la organización que más firme resistencia armada opondría al fascismo durante los sucesos de 1934 y durante la Guerra Civil  1936-1939 arrebatando la hegemonía precisamente al anarquismo. Igualmente aquí no se niega la importancia de la lucha armada, sino de saber llevarla a buen puerto con una ligazón de masas, y una estrategia y táctica correctas. Los fracasos armados del anarquismo del Alto Llobregat en enero de 1932, en enero de 1933 y en diciembre de 1933, fueron experiencias que demostraban a donde llevaban a los trabajadores el aventurerismo y el terrorismo en aquel tiempo.  Yendo más allá, si repasamos España estuvo repleta de experiencias armadas: los bakuninistas en 1873, la efervescencia del pistolerismo y bombas tanto de anarquistas como socialistas en los años 20, de los fallidos intentos de revolución del anarquismo en 1932-1933, la resistencia antifascista de octubre de 1934, de la guerra civil antifascista de 1936-1939 o la lucha guerrilla antifranquista de 1940-1948. Estas lecciones no fueron tenidas en cuenta por los revolucionarios de los años 60, precisamente porque hubo una ausencia de análisis de los errores y méritos, por tanto se volverían a repetir dichos errores en muchos campos.

¿Qué esquema siguió el FRAP?:

«–José Dalmau: Pero insisto, ¿en qué momento se decide de manera inmediata?

–Elena Ódena: Se decide en la Reunión Ampliada del FRAP que se celebró en el mes de abril de 1975, presidida por Álvarez del Vayo. En aquel momento se decide que ya existían síntomas en la lucha de masas, especialmente en las luchas obreras, que ponían de manifiesto que el movimiento de masas estaba en un callejón sin salida. La represión seguía siendo el arma que frenaba para pasar a una fase superior de la lucha y, en esa coyuntura, sólo existía una salida: teníamos que darla rompiendo esos esquemas. Ante la maniobra pseudoliberalizante, con la que pretendían ocultar la dictadura incluso durante la vida de Franco, era necesario poner de manifiesto cuál era la naturaleza de la dictadura y  cómo si la clase obrera y las clases populares se defendían, la represión iba a caer. Solamente en la medida en que prevalecía una línea colaboracionista la dictadura podía jugar la fase pseudoliberalizante. Había que manifestar su libertad, sus derechos y particularmente la clase obrera, se ponía de manifiesto cuál era la naturaleza de la dictadura». (Elena Ódena; Entrevista realizada para «Interviú» por el periodista José Dalmau, 17 de febrero de 1977)

Aquí ya vemos que la intención del FRAP era ampliar la lucha armada como complemento a la situación aguda de la lucha de clases en España, algo indudable como mostraban las grandes huelgas y manifestaciones de entonces, a su vez se tenía el fin de demostrar que el régimen seguía siendo en su seno reaccionario, que no iba a cambiar –añadiendo además la idea que la burguesía no puede cambiar de régimen político fascista a democrático-burgués lo cual como se ha visto no es cierto–. Se decía que por tanto, si se deseaban obtener libertades y derechos, cuanto más se avanzase, más se reprimiría al movimiento, siendo el enfrentamiento armado, inevitable para los trabajadores si deseaban lograr su emancipación frente a un régimen antipopular:

«Se alternaban acciones clásicas –manifestaciones, huelgas, asambleas– y simbólicas –ataques a instituciones representativas del poder franquista o estadounidense– con otras de baja intensidad –servicios de protección en saltos, manifestaciones y repartos de propaganda–; lanzamientos de cócteles molotov a sucursales bancarias, hasta alcanzar mayores cotas de agitación y «activismo armado» –expropiaciones económicas y técnicas, robo de armas, y alguna agresión a personas relacionadas con conflictos laborales y/o significadas con su adscripción al régimen–. La línea ascendente del radicalismo de sus acciones estaba en concordancia con el incremento de la movilización social y de la conflictividad laboral durante los últimos años del franquismo, una situación que alcanzaría su punto culminante en 1975, apareciendo con la coyuntura propicia, según el PCE (m-l), para que el FRAP iniciase la «lucha armada». (Ana Domínguez Rama; La «violencia revolucionaria» del FRAP durante el tardofranquismo, 2010)

Son particularmente valiosos los escritos de Elena Ódena advirtiendo sobre el revolucionarismo pequeño burgués y sus errores:

«No podemos dejar, en modo alguno, de tener presente que el revolucionarismo pequeño burgués, el izquierdismo, puede en determinados momentos causar graves daños a la causa de la revolución y al pueblo en general. El desencadenamiento de acciones prematuras, para las cuales no existen condiciones ni para realizarlas ni para hacer frente a lo esencial de sus consecuencias, el llevar a cabo actos de terrorismo, fuera del contexto de la lucha revolucionaria de masas. (...) El izquierdismo pequeño burgués que desvía a ciertos sectores de la lucha auténticamente revolucionaria, es el complemento natural del revisionismo moderno, ya que al no apoyarse en la lucha de masas, acaba siempre en los fracasos a que inevitablemente conduce el revolucionarismo y activismo pequeño burgueses, en un plazo más o menos corto, cayendo en compromisos sin principios con el revisionismo o abandonando la lucha». (Elena Ódena; Los revisionistas apoyan el izquierdismo y calumnian la política de principios de los marxista- leninistas, 1973)

La insistencia en no caer en aventuras y en el sectarismo se puede ver en todos los documentos relevantes del El PCE (m-l)/FRAP:

«El FRAP no es sectario, no lo ha sido nunca, admite la colaboración incluso con aquellos que nos han criticado o que no han creído en el porvenir del FRAP. (…) El crecimiento del FRAP justifica ya la creación de lo que podríamos llamar una rama militar. Una rama militar que no es el terrorismo a ciegas, sino el empleo de las posibilidades inmediatas en España para acciones complementarias a las huelgas. (…) Ya no basta compañeros, con promover acciones huelguísticas; ya no basta con organizar e impulsar la violencia de las masas, elevar cada vez más esa violencia que, por venir de las masas y estar orientada contra el fascismo es revolucionaria. No se trata de caer en el aventurerismo, ni en el terrorismo desligado de las masas; se trata de canalizar el ardor popular que se manifiesta cada vez más para, de forma organizada, golpear más y más a la dictadura». (Álvarez del Vayo; Discurso en la reunión del Comité Permanente (ampliado) del FRAP, 29 de marzo de 1975)

¿Se cumplieron estas advertencias? Como veremos, el FRAP no pudo escapar a esto que rechazaba y en lo que temía caer.

El carácter de las acciones llevadas a cabo

Pero ciertamente, las acciones desempeñadas en el verano de 1975 tienen cierto componente de este tipo. Léase al respecto el propio documento de la cúpula del PCE (m-l): «Grupo Edelvec; FRAP, 27 de septiembre de 1975» de 1985 para darse cuenta de que las acciones no tenían un fin en sí, ni como se vería luego, se tenía la capacidad de aguantar la respuesta del gobierno a tales acciones. Hay varios documentos que recogen dichas acciones:

«En Madrid, uno de los grupos de combate entraría en acción el día 14, matando a Lucio Rodríguez Martín, un miembro de la Policía Armada que prestaba un servicio de vigilancia en el Centro de Programación de la compañía aérea «Iberia». Setenta y dos horas más tarde, otro «comando» agredía a José Miguel Otaolarruchi Fernández, director de la Residencia Sanitaria «Príncipes de España» de Bellvitge –en Hospitalet–, un ataque que se enmarca en el conflicto que atravesaban los Médicos Interinos Residentes (MIR) en Barcelona. A la mañana siguiente, también en Barcelona, una nueva agresión tuvo lugar: esta vez contra otro Policía Armado que actuaba de centinela en la comisaría de Collblanc, el cual fue socorrido por otros policías produciéndose un intercambio de disparos con los asaltantes frapistas, siendo uno de ellos herido de bala y posteriormente detenido. Además del lanzamiento de «cócteles molotov» contra el edificio, los miembros del «comando» tuvieron tiempo de dejar en la comisaría una bandera republicana con las siglas del FRAP. Ampliando el listado de víctimas de la ofensiva frentista durante el mes de julio, el día 19 fue herido de gravedad nuevamente otro miembro de la Policía Armada, Armando Justo Pozo Cuadrado. Sobre las nueve de la mañana varios miembros del FRAP le dispararon en la madrileña calle Gómez Ortega, siendo trasladado de urgencia al Hospital Francisco Franco, donde se le practicó una larga operación quirúrgica que consiguió salvarle la vida. Aunque el FRAP no reivindicó de forma inmediata el atentado, las Fuerzas de Orden Público emprendieron una discreta operación general de búsqueda y captura de militantes del FRAP, que conllevaría una serie de importantes «caídas» de la organización. En realidad, desde el día siguiente a la muerte del Policía Armado Lucio Rodríguez la policía llevaba a cabo un proceso de detenciones en la capital, optando por apresar al mayor número posible de militantes del FRAP, muchos de los cuales eran ya conocidos por anteriores detenciones y estaban siendo vigilados desde hacía algún tiempo por la BPS. Se trataba de una exhaustiva campaña policial contra el Frente, como denotaba el título de la portada del semanario Cambio 16 de finales de mes: «Guerra al FRAP». (…) A pesar de las detenciones, el FRAP proseguía su escalada de violencia contra agentes de las FOP. Esta vez el tiroteado sería un Guardia Civil, Prudencio Martínez Sánchez, que realizaba un servicio a las puertas de la Prisión Provincial de Mujeres de Valencia, causándole heridas que no revistieron mucha gravedad. Ocurría unos días antes de que se hiciese pública la petición fiscal de varias penas de muerte para militantes del FRAP –que recaía sobre cinco de los catorce acusados de participar en la acción del día 14– y se anunciase la elaboración de una nueva Ley Anti-Terrorismo. El Frente, que no parecía amedrentarse ante el futuro próximo, procedió a realizar nuevos atentados. El 16 de agosto era asesinado el teniente de la Guardia Civil Antonio Pose Rodríguez en el barrio madrileño de El Batán, donde el grupo de autodefensa y combate del FRAP arrojó octavillas reivindicando el hecho, una autoría que –según algunos periódicos españoles– fue confirmada públicamente durante un mitin en París celebrado en la tarde del día siguiente. Unos días después, dos ataques más se sucedieron en Valencia. El 18 un «comando» compuesto por cuatro activistas asaltó el cuartel de Artillería de Paterna, arrebatándole a un centinela un fusil de asalto «Cetme», antes de que una patrulla disparase al coche robado en que viajaban los frapistas, y en el que sin embargo consiguieron huir 35. En la segunda acción, efectuada en la noche del día 21, el mismo grupo realizó dos disparos de pistola desde un turismo, uno de los cuales alcanzó la pierna de un soldado norteamericano, Donald A. Croswaye, marino de la tripulación del buque «Fainfaxs Country», que venía de una sala de fiestas situada en las cercanías de los poblados marítimos de Valencia. Al día siguiente, en una llamada telefónica al diario Las Provincias se reivindicaba el ataque en nombre del FRAP». (Ana Domínguez Rama; La «Guerra Popular» en la lucha antifranquista: Una aproximación a la historia del FRAP, 2009)

El juicio a los frapistas

No podemos seguir sin hacer un inciso. Entre estos sucesos cabe citar la detención, juicio farsa y posterior fusilamiento de tres miembros del FRAP: Ramón García Sanz, José Luis Sánchez Bravo y Humberto Baena como ya comentamos anteriormente, convirtiéndose en los últimos fusilados del franquismo y en símbolos del antifascismo español. En una de las últimas cartas de Baena diría sobre su proceso y el objetivo de su militancia:

«El 22 de julio, fui detenido de una manera violenta con la pistola en la sien, luego me llevaron a la Dirección General de Seguridad, y después de pasar más de 72 horas que dicen que son las reglamentarias, me trasladaron a la cárcel de Carabanchel, donde estuvimos 36 días sin salir de las celdas de castigo, excepto para hablar con nuestros abogados. A partir del 15, no sé exactamente el día, nos enteramos de que nos acusaban de la muerte de un policía, por la jurisdicción militar, y que las peticiones fiscales eran de pena de muerte de cinco compañeros. Tuvimos el juicio el 11 y 12 de ese mes, un juicio que fue una farsa desde el momento en que no admitieron ninguna prueba de la defensa, pruebas tan fundamentales como la solicitud de las huellas dactilares de un revolver que decían que había sido utilizado, o pruebas como las testificales, pues decían que habíamos sido vistos por otras personas y sin embargo no las llamaron a declarar.

Yo creo que lo ocurrido en nuestro juicio es normal para un Estado fascista, para un gobierno que ha asesinado tantas vidas de personas basado incluso en la muerte de un millón y que sigue oprimiendo, no puede hacer un juicio normal con militantes de una organización. Nuestro juicio fue una farsa total y por supuesto ya estábamos condenados antes del juicio. Además, a algunos familiares nuestros, en concreto a mi familia, no la han dejado pasar.

Las penas que nos han impuesto son debidas a que las luchas populares cada vez son mayores y la oligarquía sólo puede reaccionar de una forma dura. No se puede esperar que el fascismo tenga mano blanda con nosotros, por supuesto es una venganza que toman contra los primeros militantes del Frente que han encontrado». (Carta de Xosé Humerto Baena días antes de ser fusilado, 1975)

Y de cara a los revolucionarios del mundo diría:

«Creo que para que el pueblo llegue a una democracia sólo es viable en una República Popular y Federativa. Para conseguir eso, sólo lo podemos hacer de una manera violenta, ya que los que gobiernan, no van a dejar el poder por las buenas, durante cuarenta años han dado prueba de ello. Sería absurdo que cuando nos apalean pusiésemos la otra mejilla para que nos sigan apaleando, que cuando nos despiden de las fábricas y nos echan a las cárceles, siguiésemos bendiciéndolos. Que si protestamos por cosas elementales, como el agua, como pasó en Carmona, nos peguen un tiro. Entonces llega el momento en que el pueblo se hace la pregunta y ve necesario contestar con sus propias armas, contestar a la violencia fascista con la violencia revolucionaria». (Carta de Xosé Humerto Baena días antes de ser fusilado, 1975)

Las consecuencias más inmediatas de las acciones armadas

Lo más significativo de todas estas acciones del FRAP fueron la muerte de tres miembros de los cuerpos represivos y varios heridos, a cambio el PCE (m-l)/FRAP sufriría de una serie de detecciones que desangrarían a la organización en todo el ámbito nacional. Por lo que la experiencia armada del FRAP sin duda la salió muy cara a la organización que la dirigía: el PCE (m-l):

«–José Dalmau: Sin embargo los costes fueron muy elevados para vosotros.

–Elena Ódena: Por supuesto pero no hay batallas sin pérdidas. Quizá fueron algo mayores de lo que cabía esperar. (…) El conjunto de militancia del partido eran camaradas inexpertos y con escaso encuadramiento». (Elena Ódena; Entrevista realizada para «Interviú» por el periodista José Dalmau, 17 de febrero de 1977)

Ya que no solo tendría que enfrentar la represión del gobierno causándole un número enorme de bajas, sino que a la postre el PCE (m-l) sufriría una escisión en verano de 1976 que ponía en tela de juicio toda la línea política del partido, un episodio que será comentado en el siguiente capítulo.

Con el paso de los años tanto los afines a la vieja dirección de entonces como los que se acabarían oponiendo a ella, reconocen una serie de errores en las acciones armadas. Uno de los líderes de la escisión de verano de 1976 diría:

«El PCE (m-l) camuflándose en las siglas del FRAP, inicia en verano de 1975 acciones armadas individuales que no tendrán ninguna continuidad pocos meses después. Una nula preparación técnica, una falta total de infraestructura para resguardarse de las acciones de la policía, una absoluta negligencia en la preparación de la retaguardia, una desligazón total del movimiento de masas, son las características principales de aquellas acciones». (Alejandro Diz; La sombra del FRAP; Génesis y mito de un partido, 1977)

Felipe Moreno, militante del PCE (m-l) y del FRAP durante 1971-1976 comentaría que la razón de su salida fue un desacuerdo con la dirección del partido en Cataluña, al respecto de las formas y consecuencias de las primeras acciones armadas, su testimonio no tiene desperdicio:

«Felipe Moreno: Hubo muchas cosas que no se hicieron bien. Hubo acciones digámoslas así, muy aventureras, que no contaban con suficiente planificación, suficiente estructura para organizar un aparato y una cobertura de seguridad, no había un esquema de organización realmente estructurado en el FRAP a determinados niveles, lo que entiendo que tuvo que ver en muchas caída que sufrimos. Otro aspecto con el que siempre fui muy crítico, y esa fue precisamente la cuestión que motivó mi enfrentamiento posterior con la dirección del PCE (m-l), es que muchos de los responsables de llevar a cabo determinadas acciones, sobre todo aquellos que tenían que ejecutar acciones de comandos armados, no tenían suficiente formación política ni un nivel de concienciación ideológica realmente desarrollado.

Yo siempre he pensado que cuando se toma la decisión de llevar la lucha a una fase cualitativamente más avanzada como es la de provocar enfrentamientos directo con el régimen a base de acciones armadas, es necesario un nivel de preparación ideológica, unos fundamentos ideológicos muy arraigados que le hagan a la persona que adquiere esta responsabilidad tener la suficiente fortaleza psicológica para resistir interrogatorios policiales, para saber mantener la disciplina en las medidas de seguridad, un sentido de la organización, en fin, muchas cosas que solo se adquieren mediante un conocimiento profundo a nivel ideológico de las razones y los objetivos de la lucha. Aquí en Cataluña me consta que había gente que entraba al FRAP y que a los tres meses ya se le encomendaban acciones de una responsabilidad enorme, que era una temeridad dejar en manos de alguien que ni siquiera sabíamos qué base tenía, qué grado de identificación real tenía con la organización». (Mariano Muniesa; FRAP: memoria oral de la resistencia antifranquista, 2015)

En aquellos momentos la dirección del partido juzgaba como derechismo toda reticencia a una mejor preparación de las acciones:

«El derechismo se manifiesta asimismo, en quien argumenta que las fuerzas revolucionarias no deben lanzarse al combate hasta tener un mínimo de esto y otro mínimo de aquello, hasta completar tal requisito o reunir tal condición. Quien así razona no comprende que, en la fase actual, pretender acumular y generar nuevas fuerzas sin desplegar en la lucha de masas las ya existentes es la mejor manera de perderlo todo, de quedarse al margen de las masas». (Vanguardia Obrera; Reproducido por el Comité de Madrid del PCE ml, Nº106, mayo de 1975)

Algo de lo que aunque fuese parcialmente, tuvieron que retractarse meses después ante la evidencia de los resultados.

En una serie de testimonios recogidos años después para rememorar la andadura del FRAP, Riccardo Gualino afín a la dirección histórica, analizaría con total sinceridad los fallos según su perceptiva, de aquellas acciones:

«Riccardo Gualino: La decisión de usar las armas en nuestras acciones y de dar a las mismas acciones armadas un ritmo sistemático no fue fácil. En realidad ya las habíamos utilizado. A menudo nuestros cuadros iban armados. El primero de mayo de 1973 un grupo del partido había matado a un agente de la Brigada Político-Social. Con frecuencia la pegada de carteles del partido y las acciones de propaganda las protegían camaradas armados. (...) Como muchos han observado después, acusándonos de aventurerismo, nosotros no estábamos preparados para dar ese paso. Eso hace que dicha acusación sea exacta, por lo menos en parte. No teníamos la mínima preparación, no teníamos una infraestructura adecuada, no teníamos casi armas, todo ello era verdad. (...) Tampoco había tiempo para prepararnos y que «preocuparnos», la idea de que al comienzo de la acción armada tuviera que antecederla una fase de «preparación» a la misma, nos parecía una manera de paralizarnos. (...) Pensábamos en cómo había iniciado la resistencia francesa, con el homicidio de un soldado alemán en el metro de París, y estábamos convencidos de que el conflicto armado empezaría de la misma manera, o de forma análoga. (...) Las armas progresivamente llegarían, se crearía la organización, la práctica nos daría conocimientos y capacidades insospechadas. Todo ello puede parecer ingenuo. (...) Pero esto no fue nuestro mayor error. El error fue que juzgamos equívocamente el momento político. Estábamos convencidos de que nos encontrábamos en una fase revolucionaria, pensábamos que nos acercábamos a una crisis definitiva del sistema imperialista y que España sería el punto de ruptura del sistema». (Mariano Muniesa; FRAP: memoria oral de la resistencia antifranquista, 2015)

Ya comentamos brevemente en una ocasión sobre las experiencias armadas de los partidos marxista-leninistas de los 70 y sus deficiencias:

«Entre las filas de los partidos marxista-leninistas nacidos en los 60 también hubo varias experiencias armadas de grandes aciertos e hitos pero también en la mayoría de ocasiones con sendos defectos ligados a cuestiones muy parecidas a la que estamos viendo: 1) exagerar la crisis del gobierno, su debilidad y su posible capacidad de respuesta ante un levantamiento popular; 2) exagerar la influencia y capacidad de la organización proletaria entre las masas; 3) tendencia hacia la unilateralidad en el trabajo –queriendo solo trabajar y actuar en el campo o solo en la ciudad–; 4) falta de infraestructuras para llevar a cabo acciones de gran calado; 5) descuidados en cuestiones de seguridad, careciendo de una red para salir indemnes de acciones armadas o no armadas; 6) falta de entrenamiento y experiencia para acciones de gran envergadura; 7) una selección de blancos indiscriminada; 8) una falta de perspectiva de para qué estaban destinadas dichas acciones; 9) no saber leer los acontecimientos y por tanto no saber replegarse a tiempo; 10) falta de un análisis autocrítico sobre los resultados de las acciones fuesen acertadas en su mayoría o no; etc. Algunos de estos rasgos estaban claramente derivados de la gran influencia que el castrismo-maoísmo tenía todavía entre sus filas en la cuestión armada. Por tanto no se debe creer que estos defectos fueron exclusivos de las bandas claramente eclécticas y basadas netamente sus actividades en acciones armadas de terrorismo individual, sino que se hizo extensible a gran parte de los teóricos partidos de vanguardia, aunque ha de decirse que a diferente de las bandas seminarquistas en su mayoría no mantuvieron una vía militarista a todo costa, sino que supieron replegarse y reorganizarse a tiempo, para no malgastar energías y recursos.

Muchos grupos obtuvieron gran prestigio y en algunos casos dichas acciones armadas forzaron la concesión política de sus respectivos gobiernos, pero ningún dispositivo de este tipo tuvo la madurez ni adquirió la relevancia como para lograr luchar por la toma de poder. En el caso de las acciones armadas prematuras fuesen del tipo que fuesen, dichas organizaciones sufrieron una sangría de detenciones y muertes de militantes como contrarespuesta gubernamental, que no compensó lo desempeñado. En el caso de las acciones armadas que sí tenían un objetivo claro y fueron supeditadas a una lucha de masas y siendo conscientes de sus posibilidades, pese a las pérdidas sufridas en el desempeño de las mismas, sirvieron para seguir ligando y templando a las organizaciones con los trabajadores.

Hay que añadir que la gran mayoría de los partidos marxista-leninistas degeneraron a finales de los 80 [entre ellos el propio PCE (m-l)] en grupos socialdemócratas que no solo  predicaron una colaboración de clases, una reconciliación con las corrientes revisionistas y todo tipo de cuestiones que les trajo la ruina, convirtiéndolos en sombras de lo que fueron a nivel de militancia e influencia, sino que aceptaron de jure o de facto la lucha parlamentaria como única vía posible para la toma de poder, se convirtieron en grandes pacifistas incluso en cuestiones como las luchas antiimperialistas de otros pueblos». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE(r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 30 de junio de 2017)

La falta de autocrítica y la idealización de los sucesos dirigidos por el partido

Como se ha visto a lo largo de la historia del movimiento comunista. A los líderes de los partidos comunistas les ha costado horrores reconocer los errores cometidos, y se trata de justificar por esto o aquello las faltas, cuando no se trata de minimizar la gravedad de los errores, y normalmente, se evita asumir responsabilidades o se busca un cabeza de turco para salir del paso. Lo normal es que si bien hay que lanzarse con arrojo a señalar los errores ajenos, se debe de ser igual de severo con los errores de la propia organización, pues cuanto antes de reconozca y se pongan remedio, antes se superarán, pero el idealismo, el sentimentalismo y especialmente el ego, hacen su aparición estelar en estos casos.

Se quiera o no existe pues, una interrelación existente entre las condiciones objetivas y subjetivas para desencadenar la revolución:

«La primera obligación de una partido de vanguardia proletaria es la organización del proletariado; así el objetivo estratégico fundamental en ese fin –y que pasa por la acumulación de fuerzas– no es aunar un buen número de votantes fieles para un mero «contraataque» electoral ni una política de «resistencia» armada como preconizan algunos románticos del guerrillerismo-terrorismo con sus atentados, pues ni ese reformismo ni ese terrorismo llevan al partido a la acumulación real de fuerzas ni a la revolución, sino que nos referimos a trabajar para hacer coincidir las «condiciones objetivas» –que no dependen de nuestra voluntad– con las «subjetivas» para un proceso revolucionario al socialismo; y estas son el fruto de un partido marxista-leninista sólido en pensamiento y acción, con una línea política correcta, que mediante una actividad de trabajo de masas, logre el aumento del nivel ideológico de las masas y llegue hasta el punto de lograr el autoconvencimiento de esas masas por su propia experiencia de la correcta línea del partido y sus acciones, se vaya viendo una mayor promoción de cuadros probados cada vez con más experiencia y formación, se acumulen y encabecen luchas y experiencias contra las instituciones y sus fuerzas, choques de carácter violento y no violento, y en resumidas cuentas toda una serie de condiciones que puedan hacer desencadenar finalmente la toma de poder y la revolución. Vale decir que el desarrollo de las condiciones subjetivas por tanto, ha de darse también cuando las condiciones objetivas no son propicias, y así estar preparados organizativamente hablando para cuando las condiciones objetivas acaben dándose. De hecho este retraso en la acumulación de fuerzas, esa desorganización del proletariado, es lo que hace que no se avance ni siquiera en luchas menores, lo que ha permitido al capital en crisis, desarrollar todo un enjambre de políticas encaminadas a vaciar de contenido el derecho laboral. Es por ello, que aislando al partido de estos sucesos no puede cumplir la misión de vanguardia, que como organizador de los elementos obreros más conscientes debe ocupar, y se acaba zozobrando en una autosatisfacción de meras consignas». (Equipo de Bitácora (M-L); Crítica al documento: «El PCPE explica el porqué de no participar en la Marcha de la Dignidad», 25 de marzo de 2014)

El propio Enver Hoxha diría sobre este tipo de falsas concepciones:

«La lucha armada de un grupo de revolucionarios profesionales sólo puede ejercer influencia en el ímpetu de las masas cuando se coordina con otros objetivos políticos, sociales, psicológicos que determinan el surgimiento de la situación revolucionaria y cuando se apoya en las amplias masas del pueblo y goza de su simpatía y respaldo activos. De lo contrario, como demuestra la dolorosa experiencia en algunos países de Latinoamérica, la acción de la minoría armada, por heroica y abnegada que sea, choca con la incomprensión de las masas, se aísla de ellas y sufre derrotas. Las revoluciones maduran en la situación misma, en tanto que su victoria o su derrota depende, de la situación y del papel del factor subjetivo. Este factor no puede representarlo un solo grupo, por más consciente que sea de la necesidad de la revolución. La revolución es obra de las masas. Sin su convencimiento, preparación, movilización y organización, ninguna revolución podrá triunfar. El factor subjetivo no se prepara únicamente mediante las acciones de un «foco» guerrillero, ni tampoco tan sólo con agitación y propaganda. Para ello, como nos enseña Lenin y la vida misma, es indispensable que las masas se convenzan a través de su experiencia práctica. (…) Sobrestiman y absolutizan el papel de la «actividad subjetiva», y piensan que la situación revolucionaria, como condición para el estallido de la revolución, puede ser creada artificialmente por las «acciones enérgicas» de un grupo de combatientes que sirve como «pequeño motor» que pone en movimiento al «gran motor» de las masas». (Enver Hoxha; Informe en el VIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1 de noviembre de 1971)

El PCE (m-l) por tanto comprendió que efectivamente había unas condiciones objetivas que precipitaban el fin del régimen, pero en cambio no valoro correctamente el hecho de que no existían unas condiciones subjetivas reales para llevar a cabo acciones armadas, ni mucho menos para ampliarlas como en sus medios repetían que tenían intención de hacer. Esto básicamente lo decimos porque el PCE (m-l) en ningún momento sobrepasó al PCE en la disputa por ganarse a los elementos autodenominados comunistas, sin este requisito previo, entonces mucho menos podemos hablar que el PCE (m-l) tuviese la influencia entre la clase obrera, y es que sin ganarse a la mayoría de la clase obrera, es imposible cualquier revolución, no hay más debate que justifique esto. En el caso del PCE (m-l) sin una experiencia militar previa reseñable y sin presencia prácticamente en el ámbito rural como ellos mismos reconocían en varios de sus documentos, las posibilidades de que esas acciones armadas cosecharan resultados positivos eran ínfimas. A diferencia de otros partidos, el PCE (m-l) jamás realizó una autocrítica profunda de estas acciones como debiera haber ocurrido, al menos no hay constancia público, lo que es lo mismo para las masas, y que de existir se ligaría a otro defecto: al miedo a la autocrítica ante el pueblo. Por otro lado, sus líderes solo promulgaron en todo momento que esas acciones fueron positivas, que eran necesarias, y que ayudaron al fin del franquismo, fin de la historia, que los errores fueron menores.

«En aquellos momentos se daban en España prácticamente todas las condiciones objetivas para ese tipo de acciones armadas. Faltaban algunas subjetivas como era –luego lo hemos visto– la insuficiente preparación del Partido y del FRAP». (Raúl Marco; Discurso en la IIº Conferencia del PCE (m-l), julio de 1976)

El ahora renegado Raúl Marco, daba muestras de esta postura falta de autocrítica:

«Los fallos, errores y deficiencias –inevitables hasta cierto punto– que se dieron entonces, son de orden organizativo, propagandístico, de control, pero de ninguna manera fueron fallos ideológicos ni políticos». (Vanguardia Obrera; Nº164, 19-25 de diciembre de 1976)

Incluso se pueden leer declaraciones todavía peores:

«Esas acciones eran justas y correctas en lo esencial. La situación objetiva del país lo exigía, y las masas populares, en diverso grado, también. La conclusión que se impone –incluso analizando la situación de hoy después de la muerte de Franco– es que deberíamos hacernos lanzado con más fuerza». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Central Ejecutivo en la IIº Conferencia Nacional, 1976)  

Incluso se pueden leer declaraciones todavía peores:

«Esas acciones eran justas y correctas en lo esencial. La situación objetiva del país lo exigía, y las masas populares, en diverso grado, también. La conclusión que se impone –incluso analizando la situación de hoy después de la muerte de Franco– es que deberíamos hacernos lanzado con más fuerza». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Central Ejecutivo en la IIº Conferencia Nacional, 1976)  

Esta postura intransigente también puede ser vista en los escritos de Elena Ódena y de todos los líderes de aquel entonces, tanto los que formarían parte de la fracción de 1976 como los que se enzarzarían en una lucha contra ellos.

De hecho en el IIº Congreso del PCE (m-l) se recoge que inicialmente la reacción inmediata de alguno de los líderes que en 1976 fue la misma que la de la dirección oficial. ¡Es decir para ellos el error era el no haber llevado a cabo más intensidad en las acciones armadas!

«Hablando del asalto fracasado al YA; escribe: 

«El fallo fue no cargarse al vigilante y así haber impedido que diese la voz de alarma».

Y cuando ingresaron en Carabanchel los camaradas que después serían condenados a muerte, este mismo elemento escribió:

«Independientemente de estas caídas dolorosas, queremos dar un fuerte ¡bravo!, por las acciones armadas en sí, y volver a repetir que la organización de aquí está totalmente compenetrada con la línea general de ir hacia formas superiores y violentas de lucha». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIº Congreso del PCE (m-l), 1977)


El insistir en que se debería haber lanzado con más arrojo o haber preparado más acciones de mayor calado, cuando se ha estado a la altura para salir bien parado de las acciones menores sí cometidas, es un signo de subjetivismo.

Esta postura intransigente también puede ser vista en los escritos de Elena Ódena y de todos los líderes de aquel entonces.

En el siguiente congreso, la dirección general del PCE (m-l) justificaba las acciones como positivas pese a los costes:

«Dentro de la actividad del partido en este periodo, debemos señalar la enorme campaña llevada a cabo para tratar de salvar a nuestros camaradas condenados a muerte y, después, como protesta por el asesinato de Xosé Humberto Baena, Ramón García Sanz, José Luis Sánchez-Bravo y los dos antifascistas vascos. Todo el partido, todas sus organizaciones, todos sus militantes se movilizaron admirablemente, encabezaron manifestaciones, organizaron mítines, etc., y la voz del partido y del FRAP llegó a todos los rincones del mundo –con la excepción de algún país «hermano» que boicoteó vergonzosamente aquella campaña y que se limitó a escribir que en España habían sido «fusilados cinco militantes de organizaciones de masas»–. El partido y el FRAP adquirieron un gran prestigio internacional, y en aquellas movilizaciones de millones de seres en el mundo, los auténticos marxista-leninistas se reforzaron. Fue, de rechazo, un golpe para el revisionismo que hasta entonces monopolizaba prácticamente el movimiento de masas a nivel internacional ya que, de repente, gracias a la acción de nuestro partido y del FRAP, gracias al heroísmo de nuestros inolvidables camaradas, las masas se lanzaron a la calle y los mismos gerifaltes revisionistas se vieron obligados a manifestarse para así tratar de no ser desbordados por sus propias bases». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIº Congreso del PCE (m-l), 1977)

Incluso se propagó la idea de que el PCE (m-l) seguía pensando que la tendencia general era hacia la lucha armada y se preparaba para ello:

«En cuanto a las perspectivas del desarrollo general de la violencia revolucionaria de las masas, la insurrección armada y la guerra popular, mantenemos que es hacia estas formas altas de lucha política hacia donde apunta la tendencia principal de los acontecimientos, sin que podamos ahora profetizar sobre los ritmos y los plazos. (...) Los grupos de combate han de cumplir, en esta fase, el papel de destacamentos avanzados del movimiento de masas en las manifestaciones, las huelgas, los asaltos a supermercados, almacenes u oficinas por parte de los desempleados, las marchas sobre cortijos y ciudades de los jornaleros y campesinos pobres, los asaltos a comisarías y coches celulares para liberar a los prisioneros, las ocupaciones de fábricas, ayuntamientos, terrenos, etc. Todas ellas son hoy acciones que se proponen las masas y para cuya realización deben contar con los grupos de combate capaces de planificar los aspectos militares de las acciones, organizar los piquetes y distribuirlos, encabezar los enfrentamientos con la policía o la guardia civil, organizar la fabricación de botellas molotov, su distribución y utilización, orientar a las masas en las luchas de barricadas, recoger las múltiples experiencias de las masas que, necesitando armarse, crean instrumentos y artefactos útiles para la lucha y de fácil fabricación, etc. (...) El C.C., del Partido deberá establecer las medidas a tomar y los instrumentos idóneos a crear en cada organización del Partido a fin de llevar adelante estas tareas». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIº Congreso del PCE (m-l), 1977)

En la práctica no se llevó a cabo ninguna acción armada de renombre, ni mucho menos actos parecidos a los de 1973-1975, por lo que parece que esta anunciación fue de clara a la galería, de hecho los únicos grupos de combate, clandestinos, fueron desarticulados durante 1978, sin haber entrado en grandes acciones salvo algunas de las que se relata aquí, como asalto a supermercados o bancos para subsanar la carestía económica del partido y teóricamente preparar mayores acciones. Véase el testimonio directo del ahora anarquista Tomás Pellicer: «FRAP: Grupo armado» de 2009.

Anótese, que en muchas ocasiones, algunos de los grupos armados clandestinos de cualquier partido pueden entran en esta espiral de que: hay una necesidad de obtener dinero para financiar próximas acciones, hay que cometer acciones para obtener el dinero y plantear acciones de mayor calado de las cuales se necesita mayor inversión, y así se vuelve cíclico en un activismo armado incontrolado. También es normal que muchos de estos grupos sino son controlados férreamente por el partido, puedan caer fácilmente en el bandolerismo como forma de vida o sus acciones derivan en terrorismo, provocando muchas veces una tendencia militarista, que puede derivar fácil en una escisión.

Pero también existe otro factor a tener en cuenta. El FRAP fue acusado mediante un provocador que se había identificado como miembro del FRAP y autor del atentado del incendio de la Sala de Fiesta «Scala», Barcelona, el 15 de enero de 1978. Con el resultado de la muerte de cuatro trabajadores, afiliados a la Confederación Nacional de Trabajo (CNT) de carácter anarco-sindicalista. Varios medios de entonces como «Hoja oficial» o «Mediterráneo» dieron por hecho dicha autoría en su prensa. Finalmente el FRAP tuvo que desmentir esta acusación. Tiempo después fueron arrestados y condenados unos tres jóvenes anarquistas por el acto. Por aquel entonces, la CNT se había negado a aceptar –como el FRAP– el Pacto de la Moncloa urdido por los partidos y sindicatos colaboracionistas, y precisamente estaba movilizando a las masas contra él. Así mismo denunció que los autores del atentado eran infiltrados de la policía. Los jóvenes negaron en el juicio de 1980 la acusación y señalaron la incongruencia de la de la versión del fiscal, señalando que todo era un montaje, siendo Joaquín Gambín el principal señalado. Pocos años después, en 1983 durante un doble juicio, Gambín confiesa su actuación como confidente policial, señala a quien le reclutó para infiltrarse en el movimiento anarquista y señala quien fue el autor del montaje policial de 1978. Esto es un ejemplo de las calumnias y el uso de provocadores para desprestigiar a los grupos revolucionarios.

Alguna de estas proclamas del PCE (m-l) sobre la lucha armada fueron recogidas por el periódico «El País», que a través de un informante que asistió al congreso de 1977, comentó que allí se afirmó que las acciones armadas seguirían, y que las nuevas organizaciones armadas que surgían y podían hacerle la competencia eran un mero instrumento del fascismo:

«Habrá acciones armadas –afirmó el dirigente del PCE (M-L) – en tanto sean necesarias para seguir avanzando». Respecto a los GRAPO, el dirigente del partido denunció a este grupo como «provocador, dirigido por el fascismo, que actúa contra la política de nuestro partido y busca desprestigiar la lucha armada y alejar a las masas de ella». El informante dijo que tenían datos para hablar así, y que el hecho de que hubiera «militantes en el GRAPO que sean honrados no significa nada», ya que sirven intereses fascistas. Denunció también su «repentina irrupción en el campo republicano», calificándolo de «quintacolumnista y contrarrevolucionario». (El País; El FRAP anuncia nuevas acciones armadas, 20 de julio de 1977)

Obviamente como sabemos, el GRAPO tuvo en su seno grandes infiltraciones policiales como se reveló después, incluso entre los infiltrados se denunció la falta de contundencia para desarticular a toda la banda, igualmente fueron notorias las ideas semianarquistas entre sus miembros de la cúpula como hemos analizado en nuestro documento. Pero este simplismo para explicar el nacimiento y operación de un grupo, es inadmisible para un partido que se dice marxista-leninista, pues era imposible convence a nadie con dichas breves explicaciones.

Los líderes del PCE (m-l) dirían de nuevo en 1985 rememorando aquellos días:

«El FRAP] No pudo cumplir plenamente sus objetivos. Mas logró impedir que la maniobra de la transición se llevase a cabo tal y como la habían planeado el dictador y sus colaboradores». (Grupo Edelvec; FRAP, 27 de septiembre de 1975)

Ante las acusaciones de cometer diversos errores, se limitaron a nombrar que pudo haber errores, pero no especificaban cuales, con ejemplos concretos, sonando a un mero formalismo, que quiérase o no, el militante medio no podía comprender, mucho menos un revolucionario que leyese el informe años después y quisiera entender dicha experiencia histórica:

«Dejando de lado a estos individuos, insistimos en que dentro de la actividad del partido desde el Iº Congreso de 1973, las acciones armadas han desempeñado un papel altamente positivo, lo cual no excluye el que se cometieran errores y fallos, errores y fallos de los que debemos sacar experiencias y lecciones para prepararnos mejor, ya que, como hemos dicho infinidad de veces, el partido no renuncia a la lucha armada. Esta es una cuestión de principios, una línea de demarcación entre marxista-leninistas y revisionistas y oportunistas de todo tipo». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIº Congreso del PCE (m-l), 1977)

Se puede decir que la forma de encarar los problemas en algo tan relevante como un congreso –que es el evento más importante para el partido y los militantes del mismo– solo daba munición para los fraccionalistas de 1976 que todavía tuvieran apoyos dentro del partido, o para reforzar los argumentos de su salida, ya que en un evento así hubiese sido menester hacer un análisis completo de las acciones armadas, sus virtudes y defectos, ver la relación con la salida de ciertos militantes, tuviesen razón o no en sus postulados, inclusive había que pedir responsabilidades por los defectos ocurridos.

Esta era la postura de Raúl Marco, que siguió manteniendo hasta la actualidad.

«¿Qué cometimos errores y tuvimos fallos y carencias? Cierto, pero aparte de inexperiencia, de escasez de medios materiales, a pesar del alto precio pagado, fue necesario». (Raúl Marco; Ráfagas y retazos de la historia del PCE (m-l) y el FRAP, 2018)

Décadas después, uno de los máximos inspiradores de aquellas acciones y encargados de su supervisión, sigue sin explicar a sus militantes y ex militantes, cuáles son esos errores. Y estamos seguros que este rufián se irá a la tumba sin soltar prenda de todo lo que sabe. Lo lamentable es que nadie pidiera cuentas a la alta dirección por estos errores de cálculo. En cualquier partido comunista, el propio Marco habría sido degradado, cuando no expulsado por su negligencia. Y si alguien cree que exageramos, ahora están disponibles tanto en español como sobre todo en inglés los documentos de la Internacional Comunista sobre varios líderes comunistas como Heinrich Brandler, Béla Kún, Bohumír Šmeral o el propio José Bullejos, para así observar las criticas que sufrieron y su destino por sus negligencias manifiestas, incluyendo en algunos de tales fallos la mala planificación o cobardía en las insurrecciones, aunque no hace falta irse a casos de eventos tan determinantes.  

Toda esta actitud de falta de autocrítica de la dirección del PCE (m-l) se derivan de dos posibles opciones: 

1) realmente creían que no habían equivocado en nada relevante; 

o 2) pretendían ocultar al público las autocríticas realizadas. 

El primero es prueba de una miopía política imperdonable, y en el segundo caso una actitud no comunista:

«La autocrítica es indicio de fuerza, y no de debilidad de nuestro partido. Sólo un partido fuerte, arraigado en la vida y que marcha hacia la victoria, se puede permitir la crítica implacable de sus propios defectos que nuestro partido ha hecho y hará siempre ante los ojos de todo el pueblo. El partido que oculta la verdad al pueblo, que teme la luz y la crítica, no es un partido, sino un hatajo de embusteros condenados a hundirse. Los señores burgueses nos miden con su propio rasero. Temen la luz y ocultan celosamente la verdad al pueblo, encubriendo sus defectos con un rótulo de aparente bonanza. Y piensan que nosotros, los comunistas, también debemos de ocultar la verdad al pueblo. Ellos temen la luz, porque sería suficiente que admitiesen una autocrítica más o menos seria, una crítica de sus propios defectos, más o menos libre, para que del régimen burgués no quedase piedra sobre piedra. Y piensan que si nosotros, los comunistas, toleramos la autocrítica, eso es indicio de que estamos cercados y debatiéndonos en el aire. Los honorables burgueses y socialdemócratas nos miden con su propio rasero. Sólo los partidos que van siendo cosa del pasado y están condenados a hundirse, pueden temer la luz y la crítica. Nosotros no tememos ni lo uno ni lo otro, y no lo tememos porque somos un partido ascendente, que marcha hacia la victoria. Por eso, la autocrítica que se viene practicando desde hace ya unos meses es indicio de la fuerza ingente de nuestro Partido, y no de debilidad, un medio para su fortalecimiento, y no para su descomposición». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Los resultados de los trabajos de la XIVº Conferencia del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, 1925)

Es de destacar el documento reflexivo y autocrítico de los marxista-leninistas brasileños del Partido Comunista de Brasil (PC do B) sobre el uso de la violencia armada en su obra: «Estudio crítico acerca del principio de la violencia revolucionaria» de 1983. Allí se analiza su propia experiencia y sus errores, también resaltan en algunos puntos la influencia de teorías militares ajenas a la concepción marxista como la guerra popular prolongada del maoísmo o el foquismo guevarista, que como el lector habrá podido detectar, también influenciaron en mayor o menor medida al PCE (m-l).

¿Qué aspectos de la GPP vemos reflejados en los errores del PCE (m-l)?:

«Se apela a que en sus movimientos defensivos iniciales, las masas se sumen a la revolución a partir de sus acciones, esperando que este destacamento de «héroes» guerrilleros cree la chispa que «prenda toda la pradera» y haga participar a toda la población con sus acciones». (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Qué fue de la «Revolución Popular Sandinista»?: Un análisis de la historia del FSLN y sus procesos, 19 de julio del 2015)

¿Qué aspectos del foquismo vemos reflejados en los errores del PCE (m-l)?:

«No se toma en cuenta [bien] las condiciones objetivas ni subjetivas para el desencadenamiento de la toma de poder». (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Qué fue de la «Revolución Popular Sandinista»?: Un análisis de la historia del FSLN y sus procesos, 19 de julio del 2015)

Una de las acusaciones que se levantó desde la bancada escisioncita de 1976 fue que las acciones habían sido tomadas sin consultar, o que no todos la aprobaban:

«–José Dalmau: Los miembros de la escisión del pasado verano indican como principal ataque la unilateralidad de la decisión sobre la lucha armada y el sectarismo de la dirección.

–Elena Ódena: Esto es un análisis puramente subjetivo. No solamente hubo la conferencia de abril de 1975, sino que hubo un Pleno del Comité Central en julio de 1975 donde se ratificó. No había habido ningún síntoma de división. Algunos militantes lloraban de alegría cuando se decidió la formación de grupos armados, incluso entre los que ahora están en la fracción de la manera más repugnante. La fracción tiene dos causas: subjetivas –son los elementos que pensaban que la lucha era fácil y victoriosa desde el principio– y objetiva –habían venido al partido porque era la única barricada contra la dictadura y contra el imperialismo yanqui, pero no asumieron la ideología marxista-leninista–». (Elena Ódena; Entrevista realizada para «Interviú» por el periodista José Dalmau, 17 de febrero de 1977)

El líder de la facción de 1976 reconocía que ellos mismos habían aprobado estas acciones, aunque supuestamente manifestaban dudas internas:

«Los militantes del FRAP en la cárcel de Carabanchel aprobamos formalmente las acciones armadas, aunque en casi todos había ya gérmenes de dudas». (Alejandro Diz; La sombra del FRAP; Génesis y mito de un partido, 1977) 

Años después, concretamente a inicios de la década de los 90, el grupo forjado alrededor de Manuel Chivite derrocaría al Secretario General Raúl Marco y al núcleo de fieles que había agrupado bajo su mando. Ambas líneas, revisionistas a todas luces, habían hecho degenerar el PCE (m-l) en la década anterior, y de hecho estuvieron de acuerdo en muchos de los cambios políticos que iremos viendo durante el documento. Chivite aprovechando el nuevo control de la cúpula consiguió la expulsión de Raúl Marco y los de su camarilla en 1991. Con el control del nuevo aparato se intentó esbozar toda una serie de revisiones históricas sobre el partido para precisamente justificar la postura pasada de Chivite y la de otras figuras de importancia como Pablo Mayoral, en especial sobre todo lo que rodeaba las acciones armadas de 1975, así como el apoyo de ambos y muchos otros a las posturas más intransigentes de la dirección frente a las dudas y las críticas que surgieron tanto por parte tanto de miembros de base como de la cúpula durante 1976, que acabaría con la consiguiente sangría de militantes. Tras la disolución oficial del PCE (m-l) en 1992, los colectivos que quedarían a su paso favorables a la línea de Chivite seguirían esta senda de la revisión histórica. El llamado Colectivo Libertad Siete, publicaba un texto en el que se decía sobre aquellos días:

«Con motivo del VIº Congreso se inició la labor de elaborar una historia y una reflexión histórica sobre la trayectoria del partido. (…) Hoy los colectivos Libertad Siete o por un Nuevo Proyecto Revolucionario, de alguna manera podrían continuar tal tarea. (…) En estas fechas, con motivo del dieciocho aniversario del 27 de septiembre de 1975, queremos aportar algunos apuntes para nuestra historia. (…) Respecto al comportamiento de la dirección máxima del partido, en concreto Julio Manuel López (Raúl Marco) y Benita Ganuza (Elena Ódena), y sobre todo el primero por la responsabilidad que había adquirido como vicepresidente del FRAP, es preciso que dejó mucho que desear. Él era responsable, entre otras cosas, de pasar armamento para los comandos del FRAP que en condiciones de alucinante precariedad se formaron en España. Pues bien, del exterior, donde estuvo todo este tiempo R. M., no llegó ni una mala pistola. El escasísimo y elemental armamento de los comandos se consiguió íntegramente por los propios militantes del PCE (m-l) y del FRAP en el interior. Del exterior, de la dirección máxima, sólo llegaban órdenes y prisas, jamás preparación, medios o armas. Respecto a las labores de movilización y solidaridad tampoco Raúl Marco ni Elena Ódena destacaron por su diligencia. Dieron órdenes pero no dieron la cara». (Colectivo Libertad Siete Madrid; Sobre 1975; VIº Congreso del PCE (m-l), 1992) 

Por lo que hemos visto en libros de fuentes directas como el de Riccardo Gualino: «FRAP: una temporada en España» de 2010 o el libro de Mariano Muniesa: «FRAP: memoria oral de la resistencia antifranquista» de 2015 y otros citados, parece ser que todos coinciden en que uno de los defectos de las acciones del FRAP fueron la falta de armas o su precariedad. Por lo que aquí parece el PCE (m-l), un partido que vivía en un país de corte fascista, cuyas relaciones hasta inicio de los años 70 fueron notables con China, y que a partir de entonces tendría excelentes relaciones con Albania, aparte de tener contactos con varios movimientos de liberación nacional, no tenía en su seno ninguna arma aunque fuese como métodos para la autodefensa de sus militantes ante los cuerpos represivos o las bandas fascistas, lo cual de ser cierto, es un error manifiesto de la dirección, no hablemos ya de cuando la misma se propone a desarrollar tales acciones. De igual modo, es inexplicable que los cuadros intermedios no criticasen o directamente se negasen a empezar a realizar esas acciones frente a un cuerpo represivo como el franquista, que sin ser la flor y nata de los ejércitos europeos lo cierto es que estaba dotado directamente con las armas estadounidenses desde los convenios hispano-estadounidenses de 1953. Seguramente este relato sea exagerado y fuese una estratagema del renegado y adulador Manuel Chivite para denigrar la imagen del viejo PCE (m-l) y sobre todo de la figura de Elena Ódena, pudiendo así rehacer el partido en base a sus percepciones, en realidad tan viejas como su oportunismo mismo. Riccardo Gualino relata como precisamente Elena Ódena hizo todo lo posible para apoyar las acciones del interior y una vez capturados varios militantes, por obtener la ayuda internacional ante la imposición indiscriminada del franquismo de emitir varias penas de muerte, con lo que algunos de ellos fueron indultados a cumplir solamente penas de cárcel, entre ellos el propio Chivite. ¡Pero así es como esta gente agradece a sus camaradas los servicios prestados!

«Un capítulo que merece la pena apuntar es el relativo a la confusión entre las acciones armadas del FRAP y las del GRAPO en toda una fase. A lo largo de los meses de julio, agosto, septiembre y octubre de 1975 comienzan a producirse diversas acciones armadas paralelas al FRAP, que Raúl y Elena tienen confirmación no han sido realizadas por el FRAP y que sin embargo en ningún momento niegan o toman postura para distanciarse de ellas. Se trata de acciones armadas espectaculares, la más conocida la del 1 de octubre –que daría luego nombre a los GRAPO–, aunque previamente ya se habían realizado otras que incluso fueron públicamente reivindicadas como del FRAP sin serlo. Desde la dirección máxima del PCE (m-l) y del FRAP en ningún momento se desmienten ante la opinión pública estas acciones reivindicadas en falso, y de hecho de una u otra forma se asume sin informar a la militancia, sin aclarar su desconocido origen político ni deslindar campos. Este nefasto silencio creó después notable confusión y la respuesta dada, a posteriori, por el PCE (m-l) realizada en Paris en junio de 1976 se sigue sin aclarar la falsedad de estas acciones, sin desmentir nuestra participación, y lo que es igual de grave, sin informar a los camaradas de ello. El porqué se mantuvo la señalada confusión GRAPO-FRAP, que luego se pretendió resolver únicamente denunciando al presunto carácter parapolocial de os GRAPO queda por parte de Raúl Marco sin explicarse». (Colectivo Libertad Siete Madrid; Sobre 1975; VIº Congreso del PCE (m-l), 1992)

Obviamente la crítica que aquí se hace al partido por no desmarcarse de las acciones del GRAPO en 1975 –al que luego tanto criticarían como provocador por sus acciones– es del todo correcta. ¿Por qué se hizo eso desde la dirección máxima? Ciertamente hay dos opciones. La primera es que ciertamente la dirección dudó de la autoría de dichas acciones armadas a causa de que sabia que sus grupos armados no estaban bien controlados por ella. La otra opción es que por entonces el partido estaba en una demencial carrera por cometer cuantos más muertos mejor para aparecer ante las masas como el «grupo verdaderamente revolucionario ante el franquismo», por tanto no hacia remilgos a adjudicarse cualquier muerte de «cualquier esbirro del sistema».

Sobre la idoneidad o no de la ejecución de una política militar indiscriminada contra las fuerzas del orden

Otro punto a analizar sin duda, fue el excesivo activismo armado, que combinado a las deficiencias ya citadas, se juntaba con una predisposición a no seleccionar los blancos adecuadamente, sino a un ejercicio indiscriminado:

«[El FRAP parece] haber iniciado una escalada contra la policía de forma indiscriminada, y, al contrario que el otro grupo armado que funciona en el país, ETA (Frente Militar), sus acciones no son cuidadosamente preparadas ni están relacionadas con determinados elementos de las fuerzas de Orden público, sino que van dirigidas contra cualquier persona uniformada al servicio del Estado español». (Cambio 16; Nº 190, 28 de julio de 1975)

Ojo a lo que aquí se comenta. Se consideraba desde las tribunas reaccionarias de 1975 al FRAP como un grupo armado más indiscriminado en sus ataques que a la propia ETA (militar), la cual sería la rama de ETA más dura durante la próxima década, llegando no solo a atentar contra civiles, sino como sabemos, a ajustar cuentas a los jefes de ETA (político-militar) y en general a cualquiera que desertara de la organización, convirtiéndose en una verdadera mafia terrorista.

En el IIº Congreso del PCE (m-l) de 1977, se habló que algunos miembros de lo que a la postre sería la fracción de 1976 que incluso llegarían a renunciar a la violencia revolucionaria como tal. En 1975 habían apoyado las acciones armadas, se lamentaban de no haber propuesto mayor énfasis en ellas, e incluso algunos en su momento propusieron liquidar a algunos altos cargos de la dictadura franquista:

«Pues bien, camaradas, los hechos siguen dando la razón al Partido, tanto en lo que se refiere a la justeza de las acciones armadas de 1975 como a la calificación de los que las critican. Uno de estos elementos –sobre cuya actitud hay abierta una investigación, ya que existen puntos muy oscuros sobre su comportamiento ante la policía y ciertas concomitancias–, que ahora ataca furibundamente a las acciones armadas, llegó a decir que él siempre estuvo en contra de tales acciones y que las condenó enérgicamente. Por desgracia para este más que dudoso individuo, se conservan en los archivos cartas escritas de su puño y letra, de las que sacamos los siguientes párrafos:

«Propongo que el próximo «afortunado» sea Billy el Niño». [Se refiere a su ejecución]». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIº Congreso del PCE (m-l), 1977)


El haber preferido en la selección de blancos a los más significados del régimen en vez de funcionarios anónimos, podría haber granjeado unas mayores simpatías entre la población antifascista y desechar esa idea de que el FRAP simplemente deseaba poner muertos sobre la mesa, incluso podría haber profundizado su popularidad nacional e internacionalmente, aunque ciertamente su fama ya era notoria. Pero tampoco hubiera borrado el hecho de que eran acciones para las que el partido no estaba preparado, por cuestiones de logística, del apoyo de las masas, y de varios factores ya comentados, por no comentar que la revolución no se realiza eliminando a las cabezas visibles del régimen, ya que serán sustituidas por otras mientras el sistema se queda intacto, la revolución es un acto en que los explotados se levantan contra los explotadores, y es un acto popular, de masas.

Cuando el entrevistador José Dalmau pasa a analizar el tipo de acciones que el FRAP cometió, destaca que no hubo demasiada selección en sus blancos y pregunta a Elena Ódena si esto era cosa del partido o no:

«–José Dalmau: Los comandos que realizaban la lucha armada, ¿dependían directamente del Comité Central? ¿Tenían autonomía?

–Elena Ódena: Tenían autonomía. Pero naturalmente el partido, a través de los comités del FRAP y los comités del partido, tenía un papel de dirección en esos grupos.

–José Dalmau: ¿Entonces cómo se explican que hubiera asesinatos gratuitos?

–Elena Ódena: Nosotros lo llamábamos ajusticiamientos o ejecuciones. Hay una cuestión de importancia: al analizar que el aparato represivo era el instrumento principal del gobierno de la dictadura en aquellos momentos, era evidente que designar a tal o cual personalidad, como objetivo de la violencia revolucionaria, era personalizar. En cambio, al considerar al conjunto del aparato represivo como tal, se creó un gran caos: todo elemento conocido como miembro podría ser objeto de un ataque». (Elena Ódena; Entrevista realizada para «Interviú» por el periodista José Dalmau, 17 de febrero de 1977)

Aquí Elena Ódena patina estrepitosamente en su planteamiento: si un partido obrero no es selectivo en su propaganda y en sus objetivos –en este caso militares–, máxime hablando directamente de «ajusticiamientos» –que solo son recomendables en situaciones preinsurrecionales pues si no se convierten en actos de venganza estériles–, si no distingue entre «peces pequeños» y «peces gordos», amplia entonces el radio de acción –como ella misma dice– a toda persona perteneciente a los «cuerpos de represión», que en el caso español incluían desde el ejército, legión, guardia civil, brigada político-social, etc.

En un artículo del FRAP, Julio Arroyo decía en el mismo sentido:

«Todo policía por el mero hecho de serlo, en los momentos actuales es un instrumento consciente de sus amos; es así, que para ningún policía, verde, gris, o negro social, puede haber clemencia, ningún en estas condiciones, puede escapar a la justicia social. Hacer distinciones entre esta carroña de la sociedad, es olvidar que no hay uno, que no esté voluntariamente al lado de los opresores del pueblo». (Emancipación Europa, nº14, octubre de 1975)

Declarar que todo miembro de la Policía o el Ejército están allí voluntariamente, como si se fuesen reaccionarios convencidos, es similar a declarar que todo trabajador que disfruta de un trabajo precario lo hace por voluntad propia, que toda prostituta desea serlo, o que todo delincuente vulgar ha decidido sin más serlo. En este caso es entender muy poco la desesperación precisamente de las capas más bajas del pueblo, que en su ignorancia, históricamente han ido a parar a estos destinos como la Guardia Civil, como forma de escapar a la miseria, y de obtener un estatus social. Qué popular fueron en los años del franquismo el intento de inocular en la visión popular la idea de que entre el campesino pobre de los pequeños pueblos para asegurarse un futuro lo más fácil era integrarse en estos cuerpos represivos. No por casualidad, para las próximas oposiciones a Guardia Civil de 2022, se ha anunciado que por primera vez será obligatorio el bachillerato para entrar en dicho cuerpo, lo que da a entender que desde siempre ha sido más prioritario la obediencia que el razonar o tener dotes intelectuales/culturales para formar parte del mismo.

Politzer explicaba con el ejemplo de un «elemento fascista trabajador» el error que sería no tratar de entender las contradicciones inherentes en dicho caso particular:

«Prácticamente, pues, la dialéctica nos obliga a considerar siempre no un lado de las cosas, sino sus dos lados: no considerar nunca la verdad sin el error, la ciencia sin la ignorancia. El gran error de la metafísica, consiste justamente en no considerar más que un lado de las cosas, en juzgar en forma unilateral y, si cometemos muchos errores, es siempre en la medida en que no vemos sino un lado de las cosas, es porque a menudo tenemos razonamientos unilaterales. (...) Si encontramos un adversario perteneciente a una organización reaccionaria, lo juzgamos según sus jefes. Y sin embargo, tal vez se trata simplemente de un empleadito agriado, descontento, y no debemos juzgarlo como a un gran patrón fascista. Del mismo modo se puede aplicar este razonamiento a los patrones, y comprender que si nos parecen malos, a menudo es porque ellos mismos están dominados por la estructura de la sociedad, y que, en otras condiciones sociales, quizás serían diferentes. Si pensamos en la unidad de los contrarios, consideraremos las cosas en sus múltiples aspectos. Veremos, pues, que este reaccionario es reaccionario por un lado, pero que del otro es un trabajador y que en él hay una contradicción. Se investigará y se descubrirá por qué ha adherido a ésta organización, y al mismo tiempo se investigará por qué no hubiera debido adherir a ella. Y entonces juzgaremos y discutiremos así en forma menos sectaria». (Georges Politzer; Principios elementales de la filosofía, 1949)

Si Carrillo o Líster hacían el completo ridículo y pecaban de traidores cuando emitían manifiestos alabando a los cuerpos represivos como el ejército y diciendo que debían de ser unas de las bases para un «tránsito democrático», igual de erróneo era creer que dentro de los cuerpos represivos era un todo homogéneo ultrareaccionario, donde no existen elementos del pueblo con unas mínimas inclinaciones progresistas, o peor aún que en el caso de ser unos reaccionarios todos y cada uno de ellos: que no se debe realizar un trabajo entre ellos para desmoralizarlos y neutralizarlos y que por tanto había que abandonar toda agitación entre ellos.

¡De igual modo como hemos dicho: no se trata de discernir tanto de que si son elementos reaccionarios conscientes o no, sino de si los comunistas deben trabajar entre los elementos de dichos cuerpos!

¿No es una máxima del leninismo el realizar trabajo de agitación entre estos cuerpos represivos?

«Donde los bolcheviques realizaban la labor más intensa era en el seno del ejército. Por todas partes comenzaron a crearse organizaciones militares. Los bolcheviques trabajaban incansablemente en los frentes y en la retaguardia por organizar a los soldados y a los marinos. A la obra de revolucionarización de los soldados contribuyó en sumo grado un periódico destinado al frente que publicaban los bolcheviques con el título de «Okopnaia Pravda» [«Pravda de las Trincheras»].

Gracias a esta labor de propaganda y agitación de los bolcheviques, se consiguió que ya en los primeros meses de la revolución los obreros de muchas ciudades procediesen a reelegir a los Soviets, en particular los de distrito, expulsando de ellos a los mencheviques y socialrevolucionarios y sustituyéndolos por afiliados al Partido bolchevique». (Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética; Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, 1938)

¿No ha demostrado la historia que ejército del proletariado no tiene ninguna posibilidad de vencer a todo el aparato represivo burgués sino inutiliza a parte del mismo? ¿No se ha visto ya que la pretendida revolución no dura ni dos días y triunfa la contrarrevolución y la consiguiente represión si estos cuerpos del Estado burgués no están en plena descomposición y desmoralizados?

El revolucionario albanés Enver Hoxha, analizaría profundamente este tema en su magnífica obra «Eurocomunismo es anticomunismo» de 1980:

«El gran número de efectivos de los ejércitos en los países capitalistas podría hacer creer que, en tales circunstancias, la revolución y la destrucción del Estado opresor y explotador resultan imposibles. Estos puntos de vista son propagados y pregonados sobre todo por los eurocomunistas, quienes no golpean al ejército burgués ni siquiera con plumones. La cantidad de los efectivos del ejército no cambia gran cosa para la revolución, mientras que para la burguesía representa un problema preocupante. El que el ejército sea ampliado con numerosos elementos procedentes de las diversas capas de la población, crea condiciones más favorables para desmoralizarlo y hacer que se vuelva contra la propia burguesía.

De este modo, la revolución tiene ante sí dos grandes problemas. Por un lado, debe ganarse a la clase obrera y a las masas trabajadoras sin las cuales no se puede ir a la revolución, y, por el otro, debe desmoralizar y desintegrar al ejército burgués, que reprime la revolución. Si para alcanzar sus fines la burguesía utiliza la aristocracia obrera en los sindicatos, en el ejército se vale de la casta de oficiales, que en este medio cumplen las mismas funciones que los bonzos sindicalistas en los sindicatos.

Los principios, las leyes y las estructuras organizativas de los ejércitos burgueses son de tal índole que permiten a la burguesía ejercer su control sobre ellos, mantenerlos en pie y prepararlos como instrumentos de represión de la revolución y de los pueblos. Esto es testimonio del acentuado carácter clasista y reaccionario del ejército burgués desenmascara los esfuerzos por presentarlo como si estuviera «por encima de las clases», como «nacional», «ajeno a la política», que «respeta la democracia», etc. El ejército burgués de cualquier país, independientemente de sus «tradiciones democráticas», es un ejército antipopular y está destinado a defender la dominación de la burguesía, a realizar sus objetivos expansionistas.

Sin embargo, el ejército burgués no constituye una masa compacta en él no existe ni puede existir la unidad. Las contradicciones antagónicas entre la burguesía capitalista y revisionista por un lado, y el proletariado y demás masas trabajadoras, por el otro, se reflejan también en los ejércitos de estos países. La masa de soldados, que está constituida de hijos de obreros y de campesinos, tiene intereses diametralmente opuestos al carácter y la misión que encomienda la burguesía a su ejército. Esta masa está interesada, al igual que los obreros y demás trabajadores, en derrocar el régimen explotador, por eso la burguesía la mantiene encerrada en los cuarteles, apartada del pueblo, transformando el ejército, como señalaba Lenin, en «prisión» para las masas de millones de soldados.

Aquí tiene su origen el conflicto que se va profundizando continuamente entre los soldados; que son hijos del pueblo, y los mandos, los oficiales; que son los ejecutores de las órdenes de la burguesía capitalista, y han sido preparados y educados para servir celosamente a los intereses del capital. La labor del partido marxista-leninista tiende a que el soldado se rebele contra el oficial, no cumpla las órdenes, la disciplina, las leyes de la burguesía, sabotee las armas para que no sean utilizadas contra el pueblo. Lenin ha dicho:

«Sin «desorganización» del ejército no se ha producido ni puede producirse ninguna gran revolución. Porque el ejército es el instrumento más fosilizado en que se apoya el viejo régimen, el baluarte más pétreo de la disciplina burguesa y de la dominación del capital, del mantenimiento y la formación de la mansedumbre servil y la sumisión de los trabajadores ante el capital». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)

Naturalmente los métodos, las formas y las tácticas que se utilizan para desorganizar y desintegrar el ejército, son numerosos y variados, y están en función de las condiciones concretas. Actualmente las condiciones no son idénticas en cada país, por eso también las tácticas de los marxistas-leninistas varían de un país a otro. Hay países donde la dictadura fascista y el terror se ejercen abiertamente, hay otros donde se puede y se debe aprovechar también las limitadas formas legales de democracia burguesa. Pero, en general, el trabajo individual con cada soldado tanto dentro como fuera del cuartel, la encarnizada lucha de los obreros, las continuas huelgas, las manifestaciones, los mítines, las protestas, etc., desempeñan un importante papel tanto en la movilización de las masas, como en la desorganización del ejército burgués:

«Todas estas batallas y escaramuzas de prueba, por decirlo así, incorporan inevitablemente al ejército a la vida política, y por consiguiente, al círculo de los problemas revolucionarios. La experiencia de la lucha alecciona con mayor rapidez y profundidad que años enteros de propaganda en condiciones distintas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Huelga política y lucha callejera en Moscú, 1905)

Con el soldado, hijo del pueblo, hay que trabajar antes de que se aliste en el ejército, luego durante el servicio militar, que es una fase más decisiva, y finalmente después que se ha licenciado y pasa a la situación de reserva. Tampoco debe descartarse el trabajo con los oficiales de escalafón inferior para apartarlos de la casta de oficiales de alta graduación y persuadirles de que no levanten la mano contra el pueblo.

No cabe duda de que el trabajo político en el ejército es tan importante como peligroso. Mientras en el seno de los sindicatos, la máxima sanción por actividad y propaganda política es el despido del trabajo, en el ejército, donde la actividad y la propaganda políticas están rigurosamente prohibidas, la condena puede llegar hasta el fusilamiento. Pero a los comunistas revolucionarios jamás les ha faltado el espíritu de sacrificio, ni la convicción de que, sin trabajar en este sector, no puede abrirse el camino a la revolución». (Enver Hoxha; Eurocomunismo es anticomunismo, 1980)

Léase también la entrevista de Stalin con los comunistas indios del 9 de febrero de 1951 donde recomienda exactamente lo mismo apoyándose el histórico trabajo de los bolcheviques en el ejército y sus grandes resultados.

Posteriormente se justificaron las acciones bajo la necia idea de que golpeando al régimen fascista se iba a lograr demostrar su falsa transición de la burguesía hacia una democracia burguesa:

«Es preciso recordar a algunos que, tal vez de buena fe, no comprenderán aún el determinante papel que han desempañado las justas acciones violentas del FRAP, ejecuciones de esbirros, etc., que han sido precisamente esas acciones las que han permitido arrancar la máscara liberalizante al franquismo cuando éste trataba, mediante una campaña de mistificación, demostrar lo contrario». (Elena Ódena; La lucha revolucionaria de las masas contra las castas reaccionarias en el poder, ha de basarse inevitablemente en la violencia popular, 1976)

¿Pero es que acaso cualquier régimen, bien sea fascista o democrático-burgués no iba a desatar una feroz represión contra un grupo armado que se dedica a la «ejecución de esbirros»?  Por otro lado, como no nos cansaremos de repetir, los franquistas y toda la burguesía en su mayoría se reciclaron en demócrata-burgueses, no acertando el PCE (m-l) en tal análisis.

En otra ocasión se dijo:

«Es claro que el valeroso ejemplo de los militantes del FRAP, de sus primeros grupos armados que empuñaron las armas en la primavera, puso de manifiesto la vulnerabilidad de las fuerzas represivas». (Elena Ódena; La política y las tareas actuales del FRAP (II), 1976)

Que pequeños comandos lleven a cabo la ejecución de cualquier «esbirro del régimen» sin importancia, no demuestra «la debilidad de las fuerzas represivas» del mismo. Eso es una ilusión peligrosa. Prácticamente cualquier persona es capaz de ejecutar un atentado contra un elemento de las fuerzas de seguridad, pero eso no significa ni que se esté actuando de forma revolucionaria ni que las fuerzas del orden burgués sean débiles, ya que las fuerzas de seguridad estatales no prueban su consistencia contra inesperados y esporádicos atentados de grupos políticos o de cualquier elemento inestable, su fiabilidad se prueba en guerras convencionales contra otro ejército extranjero o en su defecto contra motines, revueltas, guerrillas o insurrecciones populares de calado. Precisamente el PCE (m-l) resaltaba en sus primeros documentos la instrucción recibida por el ejército franquista y sus cuerpos represivos en técnicas impartidas por el ejército y los servicios secretos estadounidenses, por no contar con su apoyo logístico y armamentístico, por lo tanto sobrestimar de esa forma era muy aventurero.

Lenin aconsejó a los revolucionarios suizos que según la experiencia de los bolcheviques la lucha por el socialismo debía emitirse en una propaganda que combatiera sistemáticamente tanto el pacifismo de los oportunistas como el terrorismo de los aventureros anarquistas, que se debía educar a las masas en el uso de la violencia revolucionaria, pero siempre involucrando al pueblo en ese desempeño, para llegado el momento, poder ejercer una insurrección armada llevada a cabo por las amplias masas concienciadas, algo que es muy diferente a los pequeños comandos terroristas que actúan a su libre albedrío, fuera de la lucha de las masas y alejados del grado de concienciación:

«Estamos convencidos de que la experiencia de la revolución y contrarrevolución en Rusia confirmó lo acertad de la lucha de más de veinte años de nuestro partido contra el terrorismo como táctica. No debemos olvidar, sin embargo, que esta lucha estuvo estrechamente vinculada con una lucha despiadada contra el oportunismo, que se inclinaba a repudiar el empleo de toda violencia por parte de las clases oprimidas contra sus opresores. Nosotros siempre estuvimos por el empleo de la violencia en la lucha de masas y con respecto a ella. En segundo lugar, hemos vinculado la lucha contra el terrorismo con muchos años de propaganda, iniciada mucho antes de diciembre de 1905, en favor de una insurrección armada. Considerábamos la insurrección armada no sólo la mejor respuesta del proletariado a la política del gobierno, sino también el resultado inevitable del desarrollo de la lucha de clases por el socialismo y la democracia. En tercer lugar, no nos hemos limitado a aceptar la violencia como principio ni a hacer propaganda en favor de la insurrección armada. Así por ejemplo, cuatro años, antes de la revolución, apoyamos el empleo de la violencia por las masas contra sus opresores, especialmente en las manifestaciones callejeras. Hemos tratado de que la lección dada por cada manifestación de este tipo fuera asimilada por todo el país. Comenzamos a prestar cada vez mayor atención a la organización de una resistencia sistemáticamente y sostenida de las masas contra la policía y el ejército, a traer, mediante esa resistencia, la mayor parte posible del ejército al lado del proletariado en su lucha contra el gobierno, a inducir al campesinado y al ejército a que participasen con conciencia de esa lucha. Esta es la táctica que hemos aplicado en la lucha contra el terrorismo y estamos profundamente convencidos de que fue coronada con éxito». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Discurso en el Congreso del Partido Socialdemócrata Suizo, 4 de noviembre de 1916)

El revisionismo clamando contra las acciones del FRAP

Elena Ódena dijo con nitidez sobre la violencia:

«Tras haber empleado, en el pasado no tan lejano, todo tipo de violencia para derrocar a las castas feudales –ejecuciones en masa, aniquilación de familias enteras, etc., etc.–, las castas burguesas que actualmente detentan el poder económico, político y militar, llevan a cabo una incesante labor de intoxicación y condicionamiento para condenar y presentar la violencia revolucionaria como algo nunca visto, como algo que ha de ser condenado y reprimido a sangre y fuego, tildando de asesinos y criminales a los revolucionarios y patriotas que utilizan la violencia revolucionaria para defender sus derechos, su país y sus ideales en el marco de luchas populares de amplios sectores de las masas. (...) La violencia más brutal la ha empleado en todo momento el capitalismo naciente y la burguesía colonialista contra sus propios pueblos y contra los pueblos de otros países para someterlos y saquearlos y la siguen empleando contra los distintos pueblos del mundo que se levantan contra los regímenes coloniales o semicoloniales. Las distintas castas burguesas han utilizado incluso la violencia entre sí –durante el pasado y presente siglo, en varias ocasiones, para repartirse el mundo–. Y actualmente la burguesía de todo el mundo se mantiene en el poder esencialmente gracias a sus engaños, a sus fuerzas armadas, policiales y judiciales». (Elena Ódena; Una necesidad ineluctable para todos los pueblos; organizar y ampliar la violencia popular, 1975)

Esto es una verdad histórica y presente incontestable.

«El cinismo de las castas en el poder es tal que cuando las masas revolucionarias, encabezadas por el FRAP, deciden iniciar una nueva fase de la lucha, aplicando formas de lucha armada y llamando a las masas a la violencia contra la dictadura, todas ellas, en todo el mundo, levantan los brazos al cielo para tildar de terrorismo y de criminal esta justa violencia contra la tiranía. Todo ello está dentro de la lógica y forma parte de las armas que el capitalismo utiliza para mantener a los pueblos inmóviles, bajo su dominio y su explotación. Ahora bien, lo que es menos lógico es que fuerzas y grupos políticos que pretenden servir intereses populares, se sumen a la reacción para condenar la violencia revolucionaria del pueblo. Son estos más fariseos y más cínicos aún que las mismas castas oligárquicas, ya que éstas defienden por lo menos sus intereses, mientras que los otros son unos miserables vendidos que, a cambio de un plato de lentejas, engañan al pueblo para que no luche de la única manera por la que pude derrocar a la dictadura fascista y a cualquier Estado reaccionario». (Elena Ódena; Una necesidad ineluctable para todos los pueblos; organizar y ampliar la violencia popular, 1975)

Esto ya no es justo. La burguesía y la reacción en general, tienen un interés obvio en condenar toda violencia que no ejerza ella misma. Pero los hechos son los hechos, si el FRAP se desvió del concepto de lucha armada, si esa violencia no llegó a ser una «violencia popular» dirigida por un grupo sino una violencia esporádica y puntual de un grupo que se pretendía vanguardia de ese pueblo, lo que digan los liberales, fascistas o revisionistas, nos es indiferente. Que la violencia revolucionaria es la única forma de derribar al régimen burgués es cierto, pero eso no significa que los marxistas estén a favor de utilizar cualquier acción armada más allá de su contexto y fin. Por tanto, no se le puede exigir a los demás individuos y organizaciones la aceptación de estos actos y la negación de la crítica. Ese modo de pensar es precisamente el que han utilizado todas las bandas que exigían una sumisión absoluta a los patrones de pensamiento filoterroristas.

De nuevo se volvía a decir:

«Al igual que los servicios policiacos y los reaccionarios y fascistas, estos pretendidos líderes de la «unidad» de la oposición antifranquista autodenominados algunos socialistas y comunistas, tildan de terrorismo individual a los que emplean la violencia contra la más feroz violencia fascista de la dictadura –que no ha cesado desde hace más de 35 años contra el pueblo–. (...) En vez de apoyar y respaldar las acciones de los que responden con la única respuesta posible a esa violencia, se dediquen a denigrar, atacar e injuriar, tildándoles de «terroristas individuales» e incluso difundiendo abiertamente calumnias y viles acusaciones contra los partidos y organizaciones de los que van a ser asesinados por la dictadura. ¿A quién sirven esas calumnias y esas acusaciones? A los verdugos de los luchadores antifranquistas y revolucionarios. Objetivamente le están incitando a perpetrar sus asesinatos y a continuar por ese camino. Resulta, además, grotesco que en el comunicado que comentamos en el que ni una sola vez aparece la palabra «lucha» se lucubre sobre la apertura de «período constituyente», «consultas populares», y se insista en la necesidad de acabar por «vía pacífica con la dictadura» como única salida a la actual situación». (Elena Ódena; ¿Quién manipula y a quién sirven la junta carrillista y la convergencia social carlista?, 1975)

Aquí se exponen argumentos similares e insistimos en lo mismo. Que un régimen sea represor y que «la violencia no haya cesado jamás» en un gobierno fascista, no justica el sacrificar la pretendida «vanguardia» aventurándose a acciones armadas esporádicas, sin coordinación ni fin concreto alguno, y mucho menos sin tener el apoyo de la mayoría de la clase obrera, ni un plan correcto de repliegue, que también es responsabilidad de la organización de «vanguardia». Las ideas pacifistas, las concesiones, pactos y prebendas que los revisionistas cierren con la burguesía en el poder para mantener el régimen fascista a flote o para transformarlo en una democracia burguesa, es una cuestión indiferente que nada tiene que ver con el carácter de las acciones armadas a desarrollar por el FRAP.

Por supuesto desde las tribunas del revisionismo, el carácter rudimentario, descoordinado e indiscriminado de las acciones armadas llevadas a cabo por el FRAP, fue algo que los líderes revisionistas del Partido Comunista de España (PCE) no dejaron pasar, de hecho aprovecharon para montar una campaña general contra el PCE (m-l)/FRAP.

En una entrevista llamada «Declaraciones de Santiago Carrillo a M.O.» se comentaba:

«-¿Cuál es la posición de los comunistas ante el terrorismo individual? 

-Yo creo que es hora de decir, sin ninguna concesión, que el terrorismo individual no es el camino. Y menos aún los atentados indiscriminados de los que parece reclamar la responsabilidad el FRAP. Tenemos que condenar sin ninguna vacilación ese terrorismo que les viene a la medida a los «ultras» para intensificar el terrorismo oficial. Hay que empezar a preguntarse seriamente quién manipula, quién está en realidad detrás de atentados que políticamente sirven, sobre todo, al régimen». (Mundo Obrero; Órgano del Comité Central del Partido Comunista de España,  Nº27,  septiembre, 1975)

Por supuesto ante acciones armadas de confuso fin, se aprovechaba para calificar a los adversarios de grupo parapolicial por si se acertaba, táctica que el PCE (m-l) haría al mismo tiempo con el GRAPO, en vez de analizar y criticar desde una óptica marxista el origen del grupo y las posibles razones de tal proceder, dejando a la historia confirmar más adelante si estos grupos estaban infectados o manipulados por agentes policiales, como luego se comprobó en el caso de los GRAPO.

En el artículo «Los comunistas y el terrorismo», la sección catalana del PCE decía:

«La escalada de violencia terrorista durante las últimas semanas por parte principalmente del régimen pero también de algunos grupos de oposición, inquieta a la opinión pública y reclama un esfuerzo de esclarecimiento político. (…) No es nada claro el sentido de la violencia desenfrenada por algunos grupos que últimamente han adquirido formas gratuitas y provocativas –las cuales hacen pensar en auténticos provocaciones policiales–. (…) El ministro de gobernación García Hernández ha acusado calumniosamente al PCE, con motivo del enterramiento de una supuesta víctima del FRAP, de ser culpable de la muerte de guardias civiles. Se ha hablado también se instigadores ideológicos». García Hernández sabe tan bien como los sabemos nosotros y como saben los aliados antifranquistas del PCE y el PSUC que nuestra política es decididamente contraria e incompatible al terrorismo. Y eso no es nuevo en el movimiento comunista. El socialismo marxista ha condenado siempre la violencia individual, el atentado personal y el terrorismo, como instrumento político no constructivo, que difícilmente suscita la acción revolucionaria de las masas y les ayuda a liberarse de su pasividad ni a sentirse protagonistas de la lucha política». (Treball; editado por la delegación del Comité Central del Partido Socialista Unificado de Cataluña, Nº 420, 2 de septiembre de 1975)

La intención de Ibárruri-Carrillo era claro: con estas acciones no solo se pretendía condenar al terrorismo, sino se intentaba desligar de los trabajadores la idea de la violencia revolucionaria en todas sus formas. Como sabemos, el PCE cesó la actividad de sus grupos guerrilleros en 1948. Tras la muerte de muchos cuadros, incluyendo su Secretario General José Díaz, hubo una cruenta lucha interna entre diferentes figuras, para imponerse en la dirección, Ibárruri, Antón y Carrillo utilizaron todo tipo de métodos terroristas para eliminar a sus competidores. A partir de entonces, sin oposición interna y coincidiendo con la muerte de Stalin en la URSS y el ascenso del revisionismo, en el PCE se comenzaron las teorizaciones sobre que el régimen franquista no sería derrotado por la revolución, sino a través de la huelga nacional pacífica, lo que en la práctica fue un gran fiasco de derrotas sucesivas. Para 1975, el PCE hacía tiempo que había venido criminalizando todo tipo de lucha armada, incluso se sentía incómodo al tener que defender a los movimientos de liberación nacional que luchaban contra el imperialismo y el socialimperialismo porque él mismo hacía tiempo que trataba de entenderse con ambos, aunque de vez en cuando salía en su defensa para aparentar una pose revolucionaria y antiimperialista, pero eso empezó a desaparecer. 

En el anterior artículo se aprovecha las acciones del FRAP para decir lo siguiente: 

«Los comunistas, es más, tenemos varios motivos para rechazar el terrorismo y para tener una actitud más cauta que antes frente a la violencia en general. Las experiencias revolucionarias han revelado falsas las ilusiones según las cuales la revolución ha de comenzar por destruirlo todo, por hacer tabla rasa, y construir sobre ruinas, una sociedad nueva y flamante. La historia ha mostrado que los hábitos y vicios engendrados durante el proceso revolucionario se incrustan de manera persistente en las costumbres de la nueva sociedad y tienen larga vida. Esto pasa también con el uso y abuso de la violencia. (…) Hemos aprendido que las revoluciones más exitosas, más populares, más democráticas, son las que consiguen incorporar a las grandes masas, y no solo las del proletariado, a la acción política, a través de la explicación, el trabajo de convencimiento (también de posibles adversarios) a fin de reducir al mínimo inevitable la aplicación de la violencia y de la coerción. Vietnam ha dado una lección clara en este sentido». (Treball; editado por la delegación del Comité Central del Partido Socialista Unificado de Cataluña, Nº 420, 2 de septiembre de 1975)

Esta parte era reproducir de forma muy sutil toda la propaganda anticomunista y antistalinista contra las experiencias históricas socialistas de 191-1953. No se diferencian en nada de los epítetos socialdemócratas, trotskistas, titotistas, maoístas o jruschovistas. En cambio el artículo pone en alza las teorías vietnamitas de: a)  apreciación de la unión y alianza entre explotados y explotadores en la «construcción del socialismo»; b)  alabanzas a la «integración pacífica de los explotadores en el socialismo»; c) la orgullosa expresión de asociación y expresión de la burguesía nacional; d) la «reeducación socialista» de los explotadores de modo «pacífico» a través de concesiones donde se permitía a la extracción de plusvalía «razonable»; e) incluso la permisión de la penetración económica de imperialismos extranjeros. Todo esto es lo que se plasmó en la Vietnam de Hồ Chí Minh y Lê Duẩn, y rápido se vieron sus resultados, los cuales hoy son innegables. Ello no es sino consecuencia de la influencia de las ideas maoístas en Vietnam, las cuales Carrillo y el PCE venían alabando desde 1956 en sus medios. Véase nuestro documento: «Una breve glosa sobre la influencia del revisionismo chino en la conformación del revisionismo eurocomunista» de 2015.

Las concepciones sobre la violencia en la historia que  Carrillo emitía no son casuales, son el clásico pensamiento entre los oportunistas o degenerados y como vemos tiene ramificaciones y profundas consecuencias a la hora de plantear otros temas relacionados, como es inevitable en la dialéctica circundante:

«No levantan un dedo cuando al pueblo se les niega los derechos fundamentales de expresión, asociación y demás y hablan de que «la ley es la ley», que todo se puede discutir con reformas y que todo eso es mejor que volver a una agudización social interna donde «haya excesos de las dos partes». Algunos hasta se vuelven unos pacifistas pequeño burgueses, de esos que estarían dispuestos a ver que los tanques pisoteen a los obreros en las huelgas con tal de no perder los principios del pacifismo, incluso no ven con buenos ojos la justificación del la violencia revolucionaria de los pueblos que son invadidos y luchan justamente contra sus agresores. Sobre los diversos acontecimientos políticos se suelen lamentar del desempleo, del tráfico de influencias, del fraude fiscal, de la falta de equidad en la justicia, de la falta de libertades y la represión del movimiento obrero, de este suceso u otro y de sus consecuencias que azotan al país, pero admiten que llegados a este punto de «reconversión ideológica» al que llegaron, el respetar la legalidad burguesa y no salirse de los marcos constitucionales para ellos es lo primordial, lo consideran como un «principio elemental de la democracia» a respetar, cuando en realidad, históricamente ni la democracia liberal de la burguesía se ha constituido a base de pacifismo, ni desde luego la democracia socialista del proletariado ha caminado ese sendero». (Equipo de Bitácora (M-L); Una reflexión necesaria sobre las FARC-EP, los acuerdos de paz y la historia de las guerrillas en Colombia, 2016)

Las acciones armadas de grupos como ETA, el FRAP y luego el GRAPO, fueron el pretexto perfecto para la dirección del PCE para que pudiera presentarse ante los incautos como un grupo que no caía en provocaciones, como alguien que se atenía  los principios marxistas de que el terrorismo individual no era el camino, pero esto no era real, ya que por otro lado ponía sobre la mesa su visión reformista y pacifista de lucha contra el régimen, lo cual tampoco es marxista ni revolucionario. Más cínico es que aún que figuras como Ibárruri o Carrillo hablen contra el terrorismo cuando ellos mismos llevaron a cabo una política de calumnias y liquidación física de los cuadros revolucionarios opuestos a su dirección. 

Enrique Líster, miembro carrillista del PCE hasta los 70 –cuando se escindió para crear su propio partido brézhnevista–, comentó una confesión que Vicente Uribe le relató muchos años después sobre un plan fallido de atentado contra Joan Comorera a inicios de los 50, cuando el revolucionario catalán cruzó la frontera franco-española, y como ante el fallido intento, la nueva táctica de Carrillo contra Comorera fue la pura calumnia mediante los medios de comunicación del PCE:

«El examen y decisión sobre las eliminaciones físicas se hicieron siempre en el Secretariado, y el encargado de asegurar su ejecución era Carrillo, quien tenía los ejecutores en su aparato. Alguna vez la ejecución fallaba. Tomemos, por ejemplo, el caso Comorera. Tú conoces toda la parte política del problema. Pues bien, Carrillo y Antón propusieron al Secretariado la liquidación física de Comorera. La propuesta fue aceptada y Carrillo, encargado de organizar la liquidación. Carrillo designó dos camaradas para llevarla a cabo; pero Comorera decidió marcharse del país. A través del informador que tenía entre la gente de Comorera, Carrillo conoció la decisión de aquél y luego el lugar de su paso por la frontera y su fecha. Carrillo envió a sus hombres a ese lugar para liquidar a Comorera al ir a cruzar la frontera. Pero éste, que se sentía en peligro y vivía con una gran desconfianza, a última hora cambió el lugar del paso. Supimos que había cruzado la frontera cuando ya llevaba quince días en Barcelona. En 1971 y después de leer mi libro ¡Basta!, uno de los componentes del equipo que debía liquidar a Comorera me completó la información que me había hecho Uribe. El equipo lo componían seis, entre ellos el jefe del sector de pasos por donde Comorera debía cruzar la frontera. Este miembro del equipo me dio los nombres de los restantes componentes del mismo. Dos siguen con Carrillo, tres han roto con él, incluido el responsable del sector de pasos, y el sexto no sé lo que fue de él. Me dijo también que el tiempo que estuvieron en la montaña esperando el paso de Comorera fue de tres semanas. Ante la imposibilidad de la liquidación física, Carrillo, como buen especialista de las acusaciones y denuncias del más puro estilo policíaco y provocador, se dedicó a la destrucción moral por medio de calumnias infames. Dirigida por él, se abrió en nuestras publicaciones y en nuestra radio una ofensiva de chivatería denunciando la presencia de Comorera en Barcelona». (Enrique Líster; Así destruyó Carrillo el PCE, 1982)

¿Qué legitimidad tenía el PCE para clamar contra las desviaciones terroristas de otros grupos? Ninguna. Sobre todo si tenemos en cuenta que no fueron métodos para luchar contra el régimen explotador, fruto de una mala asimilación del marxismo o de la inexperiencia, sino algo premeditado por presuntos comunistas veteranos para imponerse dentro de un partido comunista. 

Esto no quita que los dirigentes del FRAP como Elena Ódena o Raúl Marco no analizaron el fondo de los comentarios y críticas tanto del PCE como de otros grupos por la enemistad política evidente y por miedo a verse débiles. Simplemente calificaron los comentarios del PCE y otros de «oportunismo», «cobardía», «doctrinarismo», de «hacerle el juego al régimen», no supieron ver que su concepción de la lucha armada y sobre todo su praxis no estaba en consonancia con los axiomas del marxismo-leninismo. No vieron o no quisieron reconocer abiertamente que sus errores estaban reforzando a los pacifistas como Carrillo para montar una campaña contra el uso de la violencia revolucionaria, confundiendo a las masas, y haciendo más difícil que en un futuro cercano se elevase el nivel de revolucionarización de las mismas por las connotaciones negativas de la violencia que estaban empezando a calar entre ellas. Tampoco cayeron en las cuentas de que con esta metodología los medios, los grupos políticos y las masas empezaría a confundir el FRAP con los grupos como ETA o los GRAPO, ambos muy repudiados precisamente por el PCE (m-l) por su militarismo intransigente.

¿Se puede considerar al FRAP como un grupo terrorista como se ha dicho generalmente?

El propio Muniesa pese a su bagaje ideológico bastante alejado del marxismo, en su análisis sobre lo que fue el FRAP analiza de forma interesante su trayectoria y finaliza con una reflexión que es cierta:

«Debido a la decisión que la dirección del FRAP tomó en un momento determinado en relación con la creación de grupos específicos para llevar a cabo acciones armadas contra las instancias del poder del franquismo, se ha tratado de reducir toda su actividad y todo lo que fue la historia de la organización a las por otra parte muy escasas acciones que el FRAP llevó a cabo en este sentido.

Esta tergiversación, obviamente subordinada a la estrategia diseñada desde el poder de criminalización de todo discurso disidente del oficial en cuanto a los problemas políticos del país, ha tratado en todo momento de introducir en el imaginario colectivo la idea de que el FRAP fue un grupo «terrorista».

Tal aseveración es simplemente una falacia. En un contexto de durísima represión, con centenares de represaliados, encarcelados, torturados, respondiendo el régimen a la contestación popular que el FRAP potenciaba con un grado máximo de violencia, el FRAP empleó por un tiempo muy limitado una respuesta a esa represión en esa misma dirección, siendo esta medida fuertemente contestada por amplios sectores de la organización y sobre la cual muchos de sus militantes piensas que fue un error desde el punto de vista táctico y estratégico. Desde los sectores mediáticos más directamente vinculados al poder, la falacia de que el FRAP era un grupo terrorista se ha repetido hasta la saciedad, en la confianza quizá de aquello que en cierta ocasión se dijo que si una mentira se repetía mil y una veces, acababa por convertirse en una verdad.

Pero tal argumentación no se sostiene. El FRAP fue una organización de lucha contra el franquismo, un frente de masas por supuesto muy activo, que logró tener una incidencia real en la España de aquel momento, que se destacó en el movimiento obrero y sindical, en el mundo del campo, en la cultura, en los movimientos sociales y ciertamente formó en la recta final de su trayectoria grupos armados dentro de esa circunstancia excepcional  de la historia de España contemporánea para defenderse y responder contundentemente a un régimen asesino que solo utilizaba la violencia contra cualquier clase de oposición.

Pero NUNCA un grupo «terrorista». (Mariano Muniesa; FRAP: memoria oral de la resistencia antifranquista, 2015)

Puede concluirse que el FRAP conformó brevemente comandos para ejecutar una serie de acciones armadas durante 1973-1975, los cuales se convirtieron algunos de ellos por su forma de operar y concepción en atentados de terrorismo individual contra diversos individuos de los cuerpos represivos. Según la interpretación oficial del PCE (m-l) en diferentes épocas y dependiendo de la figura que hablase lo justificaba como «acciones-respuesta a la represión», y en otros casos, lo citan como «una primera oleada de acciones que debían dar lugar a otras de mayor grosor», lo que obviamente no se consiguió. Sea como sea por su fisonomía el FRAP se aleja bastante de los rasgos de las clásicas bandas terroristas de años posteriores por varias razones.

Dígase de paso, que es absurdo, como han hecho algunos, comparar como similar al PCE (m-l)/FRAP con el PCE (r)/GRAPO por infinitas razones.

a) El FRAP no fue una organización fundada con meros objetivos armados que se ejecutaran desde el principio. El FRAP fue un frente antifascista y patriota fundado en 1971 con ramificaciones socio-políticas de diversa índole, un frente que solo en 1973-75 realizó acciones armadas ya que lo consideraba necesario, acciones si bien es cierto sin claras perspectivas ni preparación. El FRAP insistió al menos hasta 1978 en que se podían avecinar nuevas acciones armadas pero no las llevó a cabo porque no creía poder asegurar un resultado diferente al de 1975, a diferencia de los grupos terroristas, que nacen, se desarrollan y mueren bajo un aspecto predominantemente militar en su línea y actividad política, de hecho no pueden concebir su existencia sin tales acciones. El PCE (r) por ejemplo, se fundó como pretendido partido en 1975 y en ese mismo año fundó su frente armado el GRAPO, lanzándose a las acciones armadas y ello a pesar de ellos siendo prácticamente unos desconocidos entre las masas.

b) El PCE (m-l) a diferencia del PCE (r) sí tuvo una influencia real entre las masas cuando ejerció las acciones armadas, siendo en aquella época la segunda organización tras el PCE, con más influencia dentro de los autodenominados grupos «comunistas» de entonces, pero no tenía la hegemonía entre la clase obrera y mucho menos entre otros sectores, por lo que no pudo lograr que la violencia revolucionaria fuese extendida a todas las masas sino que se quedó en acciones esporádicas. El PCE (r) nunca pasó de ser un grupo marginal, incluso dentro del maoísmo nacional, teniendo su mayor influencia ideológica entre los grupos maoístas una vez el GRAPO estaba desarticulado.

c) El PCE (m-l) a diferencia del PCE (r) no ejerció acciones armadas de forma sistemática y permanente cuando vio que los resultados indicaban que no podían mantener los objetivos a alcanzar y que estaban teniendo graves pérdidas, supo replegarse a tiempo aunque con grandes pérdidas. El PCE (r)/GRAPO jamás cesó los atentados, ni siquiera en las peores épocas en que su militancia era desangrada y en que no tenía capacidad de actuación, esto fue así hasta la total desarticulación de la cúpula a inicios del siglo XXI.

d) El PCE (m-l) a diferencia del PCE (r) rectificó sus concepciones maoístas en lo militar y en lo general, incluso antes de la crítica general al maoísmo. El PCE (r) siempre reivindicó la Guerra Popular Prolongada (GPP) la cual mezclaba con nociones del guevarismo y diversas experiencias de guerrilla urbana latinoamericanas.

e) El PCE (m-l) a diferencia del PCE (r) rectificó –aunque ya tarde– su teoría metafísica de que el «fascismo no podía «reformarse» en democracia burguesa» influyendo en su línea política como era normal. El PCE (r) y sus restos siguen manteniendo tesis absurdas entre las que cabe citar que consideran a España y a todos los países imperialistas como países fascistas.

f) El PCE (m-l) a diferencia del PCE (r) abogaba por aprovechar los cauces legales tanto en el franquismo como en el postfranquismo.  El PCE (r) en un alarde de anarquismo ciego siempre se negó a participar en elecciones sindicales, a municipios, parlamento o similares por considerarlos instrumentos del fascismo.

g) El PCE (m-l) a diferencia del PCE (r) no fue complaciente precisamente con la ideología nacionalista y pequeño burguesa del terrorismo de ETA. El PCE (r) en cambio simpatizaba con su causa y pedía el voto para sus organizaciones legales como Herri Batasuna. 

Véase de nuevo nuestro documento: «Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE(r) y las prácticas terroristas de los GRAPO» de 2017 para entender estas importantes diferencias.

La posición marxista sobre el terror 

Desde el PCE (m-l) se quejaba que la dirección del PCE de Carrillo-Ibárruri los tachaba de «aventureros» que practicaban el «terrorismo individual». Ciertamente algunas de las acciones del FRAP lejos de favorecer al arraigamiento entre las masas de la violencia revolucionaria, consiguieron que entre parte de las masas se comenzase a tener un concepto negativo de la misma, triunfando entre los trabajadores las tesis oportunistas y pacifistas de tanto del PCE como el PSOE. Y esto no podía ser de otro modo, ya que las masas veían que las acciones armadas tanto del FRAP como de otras organizaciones armadas lejos de traer la revolución como prometían, no veían claro el fin de acciones, las cuales eran a veces rocambolescas, otras indiscriminadas incluso contra los civiles, por tanto las masas en muchas ocasiones solo veían un caos y un aumento de la represión generalizada, y la propia descomposición de dichas organizaciones debido al mal uso de la violencia revolucionaria, a su prematura ejecución o directamente por sus métodos cercanos o afines al terrorismo.

El propio PCE (m-l) aunque sin hacer una autocrítica a los propios defectos del FRAP durante los 70, se caracterizó por criticar fuertemente a las agrupaciones de un fuerte corte militarista como ETA o el GRAPO. Ciertamente había hondas diferencias en la cuestión armada con estas bandas, pero suponemos también que dichas críticas también estaban influenciadas en el fondo por su propia experiencia en la lucha armada. 

Si leemos el artículo de M. Serrada «Terrorismo, manipulación y demagogia», se decía:

«El problema de fondo hoy en España es la ausencia de democracia real, para el pueblo, y la acumulación y organización de fuerzas orientadas hacia la consecución de este objetivo. (…) Es evidente que las últimas acciones armadas de ETA, muy particularmente, no van en esta dirección y contienen una alta dosis de aventurismo típicamente pequeño burgués. Aunque el radicalismo pequeño burgués pueda encontrar fácil justificación a sus acciones en el indudable carácter reaccionario y hasta canallesco del régimen, el camino de la revolución tiene sus ineludibles exigencias y los últimos atentados de la citada organización nacionalista, entrecruzados además con los del policiaco GRAPO están instigando objetivamente las aspiraciones golpistas del ejército, están sirviendo en bandeja la coartada para toda una serie de medidas y leyes de carácter fascista dirigidas contra el conjunto de la clase obrera y el pueblo y posibilitando la recuperación coyuntural y demagógica de la monarquía y el colaboracionismo, están facilitando la movilización del poder de sectores atrasados y están poniendo, mediante la confusión que  producen diversas trabas al proceso de unidad popular y antifascista. (…) El objetivo de la lucha revolucionaria hoy es ampliar, mediante la unidad y la lucha las pocas y recortadísimas cuotas de libertades conseguidas, lucha que de dirigirse, en las actuales circunstancias, muy fundamentalmente a la acumulación y organización de fuerzas para la revolución y no al desgaste, dispersión y confusión de las mismas. (…) Avanzar y atacar al enemigo en función del nivel de esa acumulación y organización revolucionaria y en función del estado de ánimo y nivel de comprensión de las masas, sin pretender forzar, mediante el aventurismo o el terror individual o grupo, ese avance, al precio de dificultarlo y de facilitar al enemigo todo tipo de engañosas justificaciones para sus brutalidades». (Vanguardia Obrera; Nº 362, 1981)

Por tanto, nadie puede aludir con este presente documento que las críticas a los defectos del FRAP son una muestra de nuestro «derechismo», de «un deslizamiento hacia posiciones pacifistas», sino precisamente una crítica en pos de comprender debidamente las tareas revolucionarias fuera de desviaciones. Es más es triste que nadie cercano al PCE (m-l) ni tampoco sus enemigos hayan pretendido analizar esta cuestión con algo de profundidad.

A partir de 1986, cuando PCE (m-l) empezaba a adolecer cada vez más de una claridad ideológica, se volvió a la noción izquierdista del todo idealista de que no se puede criticar a un grupo armado que lucha contra un régimen opresor. En un artículo titulado: «A propósito de la situación en Chile. La violencia revolucionaria y los marxista-leninistas», el líder del partido Raúl Marco promulgaba erróneamente lo siguiente:

«Si uno se dedica a lucubrar sobre el carácter confuso de tal o cual grupo armado, o a sonreír con desprecio ante la «inconveniencia» de tal o cual acción, todo indica que el veneno del oportunismo está corrompiendo el cerebro de quien lo hace. O que la cobardía le nubla la vista». (Vanguardia Obrera, Nº 561, 1986)

Precisamente este tipo de teorías son las que han contribuido a que no se criticase como se debiese a grupos armados chilenos como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), grupo guevarista-trotskista que propagó entre el movimiento obrero chileno e internacional varias teorías antistalinistas sacadas del manual del maoísmo, jruschovismo y el titoismo, por no hablar de sus propias concepciones tercermundistas sobre política internacional o su celo con el terrorismo individual como concepto de revolución. ¿Qué dijo precisamente Enver Hoxha de elemento como el Ché Guevara? Que nadie dudaba de su valentía en la lucha armada, pero que había que decir bien alto sus erradas concepciones ideológicas, incluyendo su idealismo en cuestiones militares, de otro modo estaríamos vanagloriando a una figura con ideas antimarxistas, en coro con los revisionistas que posan tanto a la izquierda como a la derecha.

Esto que proponía Raúl Marco de no criticar la lucha armada de un grupo porque al menos se batía con arrojo, era un error tan viejo como oportunista que ya hemos refutado varias veces:

«El hecho de tomar las armas como sabemos no significa ser representante de la clase obrera, marxista-leninista, ni siquiera revolucionario. Pero la teoría de que al ser marxista-leninistas o al menos verdaderos revolucionarios hay que perdonar ciertas desviaciones del proceso, como dando a entender que «es lo mejor que hay», es lo más patético que puede escucharse, es la teoría del «mal menor». Los verdaderos marxista-leninistas no hacemos «la vista gorda» cuando vemos que un camarada o un partido hermano incurre en un error, no aludimos a su carácter marxista-leninista para pasarle uno, dos o más errores, al revés el perdonar o ser condescendientes con las desviaciones es lo que podría hacer perder el carácter revolucionario y marxista-leninista a nuestro camarada o partido hermano, por lo que jamás transigimos con ello, lo criticamos con educación y paciencia. Del mismo modo el internacionalismo proletario está reñido con el sentimentalismo, el compadrazgo, él no permite sino que presupone la crítica a todas las variantes antimarxistas del panorama internacional, usen las armas o no. (...) Sobre la acusación de que señalar las desviaciones antimarxistas de un movimiento político que se reivindica como marxista es caer en el teoricismo, el doctrinarismo y que no ayuda a nada, es un despropósito. De lo que se deberían preocupar estos elementos es de tener el suficiente nivel ideológico como para saber discernir si las críticas emitidas tienen algo de sentido, ya que de ser ciertas, el movimiento político que está siendo criticado está usando la bandera de una doctrina a la que está ensuciando. De hecho, de lo que adolece el movimiento marxista-leninista de hoy en día es de verdaderos teóricos que analicen los movimientos locales e internacionales, históricos o presentes, pues la inoperancia predomina por doquier, y lo que prima es el seguidismo y el sentimentalismo, que muchas veces conduce a apoyar a grupos y figuras antimarxistas. Además los conocimientos teóricos son necesarios para que en la práctica de la estrategia militar de toma de poder no se caiga en desviaciones como el aventurismo o el terrorismo, o para que una organización armada que llegue al poder no sea usurpada por elementos oportunistas debido al bajo nivel teórico y que usen la victoria militar para implantar un régimen capitalista-revisionista. Hay que empezar a considerar de una vez por todas el marxismo-leninismo como una ciencia, y como dijeron los clásicos, respetarla estudiándola concienzudamente. Así que lo sentimos, pero la formación teórica no es que sea importante sino que es  primordial, y criticar las desviaciones antimarxistas no es un pasatiempo, no es un capricho, es necesidad viva, ya que si el agricultor necesita separar el trigo de la paja para un buen resultado, los marxista-leninistas necesitamos separar el marxismo-leninismo del revisionismo para que la revolución llegue a buen cauce». (Equipo de Bitácora (M-L); Una reflexión necesaria sobre las FARC-EP, los acuerdos de paz y la historia de las guerrillas en Colombia, 2016)

¿Cuál es la posición marxista frente al terror?:

«El terror puntual desatado por un partido proletariado con amplia influencia entre el proletariado, que cuenta con la aprobación de los trabajadores para aplicar esas medidas y que se encuentra generalmente en mitad de una lucha de clases aguda frente a la resistencia violenta de las clases explotadoras como ocurrió con los bolcheviques en la guerra civil de 1918-1922, no es comparable a la política terrorismo que ocupa la mayoría de la actividad de los pequeños grupos sin influencia con las masas y que actúan en su nombre, sin tener en cuenta las condiciones para el desencadenamiento de cualquier acción armada, como han realizado históricamente los grupos anarquistas y semianarquistas. Por eso el terror en el primer caso es aprobado e incluso propuesto por el pueblo y ayuda a mantener o impulsar una causa en un momento temporal y determinado, mientras que en el segundo caso es contraproducente y causa el rechazo del pueblo». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE(r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 30 de junio de 2017)

Esto queda claro». (Equipo de Bitácora (M-L)Ensayo sobre el auge y caída del Partido Comunista de España (marxista-leninista), 2019)

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