«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

domingo, 8 de septiembre de 2019

Un deslizamiento hacia las clásicas desviaciones basadas en un republicanismo pequeño burgués; Equipo de Bitácora (M-L), 2019


«Ya que no nos gusta hablar por hablar, para demostrar el cambio significativo en la línea política del Partido Comunista de España (marxista-leninista) sobre todo a partir de 1986. En este apartado compararemos las ideas políticas de Joan Comorera, líder del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) durante 1936-1949 con el liderazgo de Elena Ódena en el Partido Comunista de España (marxista-leninista) durante 1964-1985, para comprobar una síntesis en muchas de las cuestiones.

Joan Comorera, esgrimiría tesis criticando a los autores de especulaciones ambiguas sobre la «república» y la «democracia», pedía una aclaración en torno a la dirección de las fuerzas que debía dirigir el nuevo régimen, así como sus bases político-económicas en lo programático:

«Nosotros, los obreros revolucionarios, los campesinos, los pequeños burgueses, los intelectuales progresistas, todos los patriotas, somos una parte integrante del campo antiimperialista y democrático, y nuestro deber es luchar para liberar al Estado español de las castas y las clases que lo monopolizan, hemos de dar término a la revolución democrática española. (...) Y entendamos, porque hoy, hasta Franco se califica de demócrata, no podemos dejarnos deslumbrar por la democracia formal. Debemos querer la forma y el contenido de la democracia. Hemos de arrancar las raíces de las castas parásitas, tenemos que dejar fuera del territorio al capital monopolista extranjero, tenemos que liquidar a los monopolios [nacionales] internos, que son sus cómplices e instrumentos. Debemos nacionalizar el suelo, el subsuelo, tenemos que nacionalizar bancos y seguros, transportes y otros servicios públicos, la gran industria y el comercio. Hemos de liquidar el parasitismo terrateniente y entregar la tierra a los campesinos que la trabajan, hemos de asegurar una vida digna y libre de la opresión económica explotadora a la pequeña burguesía y los campesinos medios. Debemos crear un verdadero Ejército Popular, un auténtico orden público popular, un régimen de igualdad absoluta entre los sexos y que asegure a la juventud y a la infancia una perspectiva ilimitada de progreso y bienestar. Debemos limpiar el Estado de los agentes y de los instrumentos de las castas y los capitalistas. Debemos reestructurar el Estado español, para que en la línea federativa, obtengan la realización plena los derechos nacionales Cataluña, Euskadi y Galicia. Y para consolidar la revolución democrática, desarrollar y marchar hacia el socialismo, debemos exigir que el nuevo Estado español, surgido de la revolución española, sea dirigido por la clase obrera y las masas populares». (Joan Comorera; Nuestro problema no comienza ni acaba en la persona de Franco; Carta Abierta a J. Navarro i Costabella, noviembre de 1948)

En el antiguo PCE (m-l), ante la especulación y calumnia de ciertos grupos maoístas como el PCE (r) o de distintos grupos trotskistas que acusaban al PCE (m-l) de derechismo, o ante las especulaciones sobre el programa que algún renegado que había abandonado el partido había realizado. La jefa del PCE (m-l) Elena Ódena salió al paso para aclarar algunas cosas. Dilucidando el carácter socialista que debía adquirir la república por la que luchaba el PCE (m-l):

«Es innegable que dado el papel dirigente que ha de desempeñar la clase obrera en alianza con el campesinado así como con otras capas populares, bajo la dirección de su partido de vanguardia en la lucha actual contra la dictadura y la dominación yanqui, el carácter de dicha república ha de ser en gran medida de contenido socialista y ello no puede ser de otro modo dado que la mayor parte de la industria, las finanzas, las materias primas, la energía, los transportes, la mejor parte de la tierra, etc., están en manos de oligarcas o de yanquis u otros inversionistas extranjeros y que todo ello deberá ser confiscado y socializado por el Estado popular con arreglo a las modalidades y formas que establezca el nuevo poder revolucionario. Queda entendido, claro está, que en esta primera fase se mantendrá la propiedad privada de la tierra de los campesinos no latifundistas, así como la del artesanado y empresas de menor importancia. (...) También hay asustadizos, pequeños burgueses librescos, que durante años se han hecho pasar por marxista-leninistas, a quienes de pronto ofusca el que al desmenuzar y aclarar con mayor detalle el contenido de la república que preconizamos, pretenden que nos estamos deslizando hacia posiciones trotskistas, sin pensar en el ridículo con que se cubren al tratar de justificar así su actitud ante las realidades, ya que o bien no habían comprendido en modo alguno nuestra línea política establecida ya a fines de 1964, o bien pretendían darle ellos mismos, en su momento, un sentido nacionalista y pequeño burgués. De cualquier modo, si bien no podemos entrar en una serie de detalles concretos sobre esta cuestión, de lo que no puede existir duda alguna es del contenido predominantemente socialista de la república por la que luchamos. El resto dependerá del grado y modo en el que las demás fuerzas intermedias participen en la lucha y se sumen al pueblo, así como también de la fuerza objetiva del nuevo Estado Popular». (Elena Ódena; Por una República Democrática, Federal, Popular y Federativa, 1972)

Comorera se opuso a la línea que Ibárruri-Carrillo empezaban a dibujar en el Partido Comunista de España (PCE), ya que Comorera daba por hecho por las circunstancias nacionales e internacionales el descabezamiento de la burguesía nacional, incluso la no necesidad de su alianza para derrotar al franquismo, y que dicha revolución debía ir más allá de una simple revolución democrático-burguesa de viejo tipo como consideraban algunas figuras dentro del PCE, las cuales serían responsables–tanto Dolores como Uribe– una vez eliminasen a Comorera y otros del giro reformista que ya se deja ver en el Vº Congreso del PCE de 1954:

«Si manteníamos –yo consideraba que sí– el programa de la camarada Dolores Ibárruri, no podíamos afirmar que luchábamos por la revolución democrático-burguesa por cuanto este programa va más allá, ya que se demanda decapitar a la burguesía de su fuerza dirigente; que mantener el programa de la camarada Dolores Ibárruri y, al mismo tiempo, emplear la formulación revolución democrática-burguesa era oportunismo; que pretender aquietar a la burguesía y así conseguir que esta ingresara en la unidad nacional combatiente contra el franco-falangismo era un absurdo teórico y práctico siempre y, mucho más, en el periodo de presencia de los dos campos y de la agudización de la lucha de clases, y que marchando por este camino, nos alejaríamos de la clase obrera y facilitaríamos la demagogia de los elementos faístas, trotskistas y socialdemócratas; que el programa de Dolores Ibárruri correspondía al primer periodo de las democracias populares; que si no consideraba adecuado hacer la formulación de revolución democrática-popular, desde que teóricamente se ha definido que ejerce las funciones de la dictadura del proletariado, habíamos que emplear simplemente la formulación de revolución democrática española y su desarrollo hacia el socialismo». (Joan Comorera; Declaración de Joan Comorera: Secretario General del Partido Socialista Unificado de Cataluña, 14 de noviembre de 1949)

Desde el PCE (m-l) de 1964-1985, se fustigaba la táctica oportunista basada en la disolución de la línea y del partido como fin para agradar y atraer a los oportunistas:

«El ocultar al partido, el rebajar su política o desdibujarla para «hacemos aliados», es una falsa política de alianzas y un reflejo de oportunismo y derechismo; es no tener confianza en nuestros principios, ni en el partido, ni en las masas, que en su mayor parte quieren hacer la revolución y se sienten atraídas por el marxismo-leninismo, por nuestra ideología, por nuestra política y por el socialismo. Ocultar al partido y su política es dejar el terreno libre al enemigo en el plano ideológico y político y permitir que los falsos revolucionarios disfrazados de marxistas-leninistas –revisionistas, ORT, PTE, etc.–, efectúen con toda facilidad una labor de proselitismo enarbolando con toda libertad su falsa bandera de marxista-leninista, bandera que corresponde a nuestro partido levantar hoy en todos los lugares con el vigor y la firmeza que exige nuestra justa y valiente posición de defensa del marxismo-leninismo y nuestra política de defensa de los intereses del proletariado, de todo el pueblo y de la revolución». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIº Congreso del PCE (m-l), 1977)

El PCE de José Díaz durante la posguerra realizó varios análisis sobre lo que había sido la II República de 1931-1936 y sus limitaciones, así como el periodo revolucionario de la guerra durante 1936-1939. Esto puede verse en artículos como: «Las enseñanzas de Stalin, guía luminoso para los comunistas españoles» de 1940, «La burguesía no representa a la nación» de 1940, «Lecciones de la Guerra del Pueblo Español (193936-1939)» de 1940.

Esta tendencia de crítica y autocrítica de los comunistas hacia lo que fue la II República puede verse en publicaciones varias como la de «España Popular», Nº9 del 11 de abril de 1940. En dicho número se contienen varios artículos: «Lo que el pueblo español esperaba de la República y la política contrarrevolucionaria de la coalición republicano-socialista», «Cómo se dejó intacto el ejército de la monarquía», «Cómo se dejó sin resolver el problema de la tierra», «Porqué se frustró el 14 de abril», «Tendremos un nuevo 14 de abril: el de la República Popular», «La clase obrera y la república». Como se deduce, en ellos se explican el fracaso de dicha república, y en dicho proceso se señalan la responsabilidad de republicanos-socialistas, anarquistas y trotskistas, así como la imposibilidad de los comunistas de hegemonizar dicho proceso republicano debido a la poca influencia que todavía tenían entre las masas en 1931-1936. Dicho surtido de textos explicaba a los comunistas errores propios y ajenos a no volver a permitir. Entre otras cosas se insta a que la clase obrera debe estar preparada para asumir el protagonismo en la toma de poder para que no se vuelvan a vivir dichos trágicos eventos:

«Con toda su experiencia a cuestas, el nuevo 14 de abril significará la iniciación de su camino hacia un régimen de paz y bienestar. Será un nuevo 14 de abril del Frente Popular, del Frente Único Obrero, de los españoles honrados, unidos sin cobardes ni traidores. Será el 14 de abril de la República Popular que por su contenido y objetivos no se parecerá en nada al 14 de abril de 1931». (España Popular; Nº9, 11 de abril de 1940)

Pero estas conclusiones lógicas… para los disidentes y ex militantes del PCE (m-l) como el socialdemócrata Lorenzo Peña no eran lecciones sobre la hegemonía del proletariado a tener en cuenta. Él incluso ve un error del PCE (m-l) en los 60 y 70 el ¡no reivindicar una restauración de la legalidad republicana burguesa de 1931-1936!:

«La línea política diseñada en ese III Pleno de 1978 encerraba una ambigüedad en lo tocante al crucial problema de la restauración de la legalidad republicana: si, de un lado, se esgrimía –contra el poder de la dinastía borbónica implantado por la sucesión del Caudillo– la legitimidad republicana de 1931, no sólo no se decía, en absoluto, que el objetivo de la lucha era restaurar aquella República de trabajadores de toda clase ni se invocaba su constitución progresista, sino que se afirmaba [lo contrario]. (...) Se busca[ba] un nuevo tipo de ordenamiento que rompa radicalmente con todo el pasado, incluyendo en él la juridicidad republicana de 1931». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria, 2010) 

Más bien el PCE (m-l) no tenía ninguna ambigüedad: efectivamente clamaba por algo opuesto a la mera restauración de la legalidad de 1931:

«La burguesía monopolista puede hacer muchas leyes, pero el proletariado, con sus luchas, impondrá su legalidad que en nada se parece a la de sus enemigos irreconciliables de clase» (Vanguardia Obrera, Nº 235, 1978)

Y esto fue más que correcto. Realizar lo contrario era ir a remolque de la burguesía liberal republicana, el deber del PCE (m-l) era plantear su propia legalidad, lograrlo a través de un trabajo serio que posibilitase la toma de poder. Además, el representante de dicha legalidad republica era el Gobierno Republicano en el Exilio 1939-1977, el cual asistió a una riñas internas que acabaron desde 1943 con la imposición de las figuras más anticomunistas que de hecho excluyeron a los comunistas como a los sectores negristas favorables a colaborar con los comunistas. En la evolución posterior un PCE ya degenerado aceptaría ser copartícipe de los organismos de dicho gobierno de iure desde 1946. Posteriormente los carrillistas se desligarían de dicho gobierno creando sus propios frentes y alianzas y renegando de reconocer sus organismos que ya cumplían un papel testimonial, más la salida de nacionalistas y anarquistas, solamente quedarían los republicanos. Esto sumado a su pérdida de influencia y su triste final claudicador del gobierno en el exilio en 1977, la historia demuestra lo oportunista que hubiera sido la propuesta de Peña.

En la cuestión de las alianzas... el PSUC tras analizar y explicar extensamente las recientes claudicaciones y traiciones de las diferentes tendencias políticas a la causa popular como la socialdemocracia, nacionalistas, republicanos de izquierda, anarquistas y trotskistas durante la Guerra Civil (1936-1939), formuló a través de Comorera una nueva concepción de frente popular acorde a la nueva dialéctica que traían los últimos acontecimientos, concluyendo que el frente popular debía formarse no con sus jefes de las formaciones que habían demostrado su carácter antipopular y poco fiable –estando muchos de ellos en el exilio bajo el paraguas del imperialismo occidental–, sino con la base de los restos de estas organizaciones:

«¿Cómo ha de ser el Frente Popular? ¿Con quienes podemos y debemos hacer el Frente Popular en la nueva situación que nos plantea la política internacional y la reconquista de nuestro país? El Frente Popular de hoy no puede ser una copia del de ayer (1936-1939). El antiguo Frente Popular cambió ya su misión histórica. Fue en todo, aquel período precioso instrumento de lucha. Su repetición actual será contraproducente, un error incomprensible. (…) ¿Podemos hacer el Frente Popular con la socialdemocracia española –afortunadamente no hay socialdemocracia catalana– aliada a la FAI en la conspiración preparatoria de la traición Casado-Miaja Mera-Besteiro de 1939? ¿Con la socialdemocracia, agencia asalariada del imperialismo, vanguardia en la lucha contra la Unión Soviética, que recogió del fango la bandera antiKomintern? «Nuestra misión es desenmascarar –nos dice con plena razón el camarada Dimitrov– ante las masas, el papel traidor de la socialdemocracia, levantar la indignación, el odio de las masas contra ella. Luchar implacablemente contra el socialdemocratismo, es una condición indispensable para el éxito de la lucha de los trabajadores contra la guerra imperialista y la reacción capitalista. Por eso, la liquidación del soeialdemocratismo en las filas del movimiento obrero es una tarea, no solamente de la vanguardia comunista, sino también de todos los militantes honrados del movimiento obrero, una tarea de toda la clase obrera». ¿Podemos hacer el Frente Popular con los líderes de los partidos nacionalistas pequeños burgueses? En primer lugar, habría que saber en dónde están los partidos nacionalistas pequeños burgueses. Ya durante la guerra eran unas formaciones esqueléticas. Después de la guerra, han desaparecido. (…) Hemos de aprovechar, camaradas, la experiencia de la guerra para liquidar de una vez el anarquismo y el faismo en Cataluña y en España. Los faistas, dueños de la calle en el primer momento y por abandono total del poder por parte de Companys y de sus líderes de Esquerra Republicana; dueños de las fábricas y de la fuerza armada, pudieron ensayar a placer sus «teorías». No habréis olvidado los resultados. De seguro Cataluña no los olvidará nunca. Arruinaron la economía, saquearon a la pequeña burguesía, especularon indignamente con el terror perdonando vidas o segándolas según factura, sabotearon la formación del Ejército Popular, abrieron los frentes en cada ofensiva enemiga, hicieron la guerra en la retaguardia y no en el frente, desmoralizando y convirtiendo en enemigas a amplias capas campesinas, se aprovecharon de la industria de guerra para servirse de ella y no servir a los combatientes de los frentes, organizaron con los bandidos trotsquistas el putsch contrarrevolucionario de mayo de 1937, sabotearon la unidad sindical e hicieron lo imposible por romper nuestra unidad política, sabotearon el Frente Popular y consiguieron esterilizarlo en la hora culminante, hicieron en Cataluña el ensayo general del «golpe» que más tarde habían de dar en la Zona Centro-Sur, recurriendo a todos sus medios para provocar la crisis de la Generalidad en plena ofensiva de la vanguardia enemiga, acabaron su misión de agentes provocadores, de agentes de la reacción mundial y de avanzada de Falange en nuestras filas, organizando la traición de Casado-Miaja-Besteiro. En la emigración siguen su vida aventurera, y los que de entre ellos son «doctrinarios» hacen la apología de Falange, cantan himnos al patriotismo de José Antonio Primo de Rivera comprueban la identidad «ideológica» entre la FAI y Falange, lamentan la fatalidad histórica que estorbó el deseado entendimiento entre la FAI y Falange ya antes de la guerra. Hemos de luchar, camaradas, sin misericordia contra estos aventureros del movimiento obrero, contra el retorno de estos aventureros a Cataluña. (…) ¡Hagamos el Frente Popular con el pueblo, por la base! Un frente robusto, triunfante».  (Joan Comorera; Contra la guerra imperialista y por la liberación nacional y social de Cataluña; Discurso pronunciado ante la comunidad catalana de la ciudad de México, 8 de septiembre de 1940)

¿Qué régimen había de surgir? ¿Por qué república habrían de luchar los comunistas?:

«La segunda condición es instaurar un régimen, en sustitución del franquismo liquidado, que sea para Cataluña una garantía indiscutible. ¿Podemos plantearnos el problema de una Cataluña aislada en la península y en el mundo, librándose de Franco por su propio esfuerzo? No. ¿Podemos plantearnos el problema de una Cataluña bastante fuerte para arrojar a Franco de su seno, sin que Franco dejase de ser el dictador de España? No. ¿Podemos plantearnos el problema de una monarquía restaurada que garantizara a Cataluña el derecho de la autodeterminación? La experiencia histórica nos dice que no. ¿Podemos plantearnos el problema de que en una Europa colonizada por Hitler o Mussolini, Cataluña recobraría su personalidad? Por absurdo, no. ¿Podemos plantearnos el problema de que una restauración de la república del 31 resolvería la cuestión? No. Hemos hecho ya la experiencia y no queremos repetirla. Bajo la república del 31, Cataluña no pudo ejercer el derecho a la autodeterminación. El Estatuto no fue la expresión de la voluntad de los catalanes, sino del precario buen deseo de las Cortes Constituyentes Españolas. ¿Podemos plantearnos el problema de que Cataluña, por su solo esfuerzo, puede derrotar a Franco en Cataluña y en España e imponer a los pueblos hispánicos el régimen político que asegure sus derechos a la autodeterminación? No. Entonces, sólo un camino se abre ante Cataluña: ligarse estrechamente con todos los pueblos hispánicos para hundir a Franco y proclamar, juntos, una República Popular, dirigida por la clase obrera. La experiencia histórica nos demuestra que las clases feudales aristocráticas no resuelven los problemas nacionales. La experiencia histórica nos demuestra que una república dirigida por la burguesía, no resuelve los problemas nacionales. La experiencia de nuestra guerra nos demuestra que la burguesía del país agresor suprime las débiles concesiones hechas, en cuanto ven en ellas un peligro para sus intereses de clase. La experiencia de nuestra guerra nos demuestra que la burguesía catalana, la grande y mediana, con los líderes de los partidos nacionalistas pequeñoburgueses, se pasan en masa al enemigo antes de admitir una Cataluña libre social y nacionalmente». (Joan Comorera; Contra la guerra imperialista y por la liberación social y nacional de Cataluña, 8 de septiembre de 1940)

El PCE (m-l) durante los años 60 recalcó en torno a la cuestión de la república, que había que denunciar a aquellos que colaboraban de una forma u otra con el sistema monárquico-parlamentario:

«Actualmente, la unidad antifascista que todos los pueblos de España están urgentemente necesitando, es la unidad de todos aquellos, que son millones, que quieren acabar con el franquismo en todos los terrenos y lugares, y no sólo de palabra. Y esa unidad sólo es posible hoy mediante una labor de esclarecimiento, y con la necesaria audacia para llamar al pan, pan y al vino, vino. Esto es para decir que los que hoy son puntales y cómplices del poder reaccionario y de la Monarquía, pese a que se cubran con etiquetas de socialistas o comunistas, e invoquen un pasado que no les pertenece ya, pues no forman parte del campo de la izquierda sino del de la derecha. (...) Ambos partidos, el P«C»E y el PSOE –sus direc­ciones, entendemos– han renunciado a la lucha por la República, han elaborado e impuesto, junto con toda la derecha monárquica, y bajo la batuta de la reacción in­ternacional, mediante un grotesco referéndum, pese a más de diez millones de abstenciones y dos millones de votos en contra, una Constitución reaccionaria y antipo­pular para legalizar a la ilegal y franquista Monarquía; han urdido el pacto antiobrero de la Moncloa, a espaldas de la clase obrera; aceptan la dominación yanqui sobre España; propugnan el reforzamiento del reaccionario y fascista Ejército y de los cuerpos represivos, etc., etc. Y no sólo aceptan y apoyan, sino que incluso elogian a los mismos cuerpos y mandos militares, policíacos, inclui­dos los de la BPS que son directamente responsables de miles de asesinatos, de torturas, de encarcelamientos ar­bitrarios durante el franquismo..., en vez de propugnar y exigir su castigo y el de los máximos responsables de los mismos, es decir, de los ministros franquistas que dicta­ban las órdenes, hoy sus correligionarios en las Cortes y salones. No exigen medida alguna contra los grupos y ban­das fascistas armadas, ni contra los grupos paralelos poli­cíacos, contra los somatenes, contra los turbios manejos y utilización del «terrorismo» por parte de la misma po­licía para poder promulgar leyes «antiterroristas» desti­nadas a reprimir a la clase obrera, a los nacionalistas y a los consecuentes defensores de la República, de la demo­cracia y del socialismo». (Elena Ódena; Por encima de una izquierda monarquizada: Con claridad y audacia, forjemos la unidad antifascista y republicana, 1979)

Sobre la cuestión de las diversas tareas vinculadas con el amplio frente unido republicano, antiimperialista y antifascista, se esgrimía con total claridad que «La lucha contra la monarquía, contra el fascismo, por los derechos democráticos y por la república. La estrategia es la revolución, el socialismo y el comunismo. Pero entre ambas no existe ninguna muralla China». Y que «La experiencia revolucionaria muestra que en el proceso mismo de la lucha ambas se funden, pues las tareas democráticas antiimperialistas, antifascistas, se entrelazan con las de la revolución socialista». Véase  los Documentos del IIIº Congreso del PCE (m-l), 1979 sobre la cuestión republicana.

En dicho congreso se citaba a Enver Hoxha:

«Para que triunfe la causa de la liberación y la revolución, es preciso que el partido marxista-leninista una bajo su dirección a todas las fuerzas revolucionarias en un amplio frente popular. En la creación de amplios frentes populares, el partido comunista marxista-leninista en modo alguno debe cifrar todas sus esperanzas y concentrar todos sus esfuerzos en las alianzas y la colaboración con los jefes de los partidos y las diversas organizaciones políticas. El partido, sin descuidar este trabajo, tiene la tarea de consagrar toda su atención y todas sus energías a la lucha por crear la unión del pueblo a partir de la base, a través de un gran trabajo de esclarecimiento y persuasión entre las masas, sobre todo organizando acciones concretas, bien preparadas y reflexionadas». (Enver Hoxha; Sobre las tareas y el papel del Frente Democrático de Albania; Extractos del informe presentado en el VIº Congreso del Frente Democrático en Albania, 14 de septiembre de 1967)

Se advertía del error de considerar los frentes de masas con otros partidos republicanos como el único cauce de actuación y de movilización de masas para el PCE (m-l):

«Si bien sigue siendo justa nuestra política de unidad de acción antiimperialista, antifascista y republicana, es un hecho objetivo que Convención Republicana no puede ni debe ser en la actual coyuntura el único cauce para movilizar y organizar a las amplias masas. (…) Debemos también trabajar dentro mismo de los distintos organismos o núcleos organizados y actuar de acuerdo con su naturaleza y objetivos populares, esforzándonos también por otra parte, allá donde existan condiciones, para promover nosotros mismos desde el principio de nuestra actividad, juntas o plataformas populares republicanas, antifascistas y antiimperialistas, las cuales deberán también organizar iniciativas de lucha en tomo a problemas concretos. En este sentido, Convención Republicana y las Juntas Republicanas deben formar parte del conjunto del trabajo de frente unido y de unidad popular, sin ser el único cauce a través del cual pase toda nuestra actividad y nuestros esfuerzos, que configuran nuestra política de frente unido y de unidad popular». (Elena Ódena; Nuestra actividad en el movimiento de masas en la actual coyuntura, 27 de mayo de 1982)

En la cuestión republicana, como se dijo en el IIIº Congreso del PCE (m-l) de 1979 en varias ocasiones: los comunistas no deben hacer un mito de la II República como ya vimos anteriormente en el capítulo sobre la fracción de 1981,muy por el contrario, para los comunistas debía quedar claro que la historia ya había puesto de manifiesto que no se puede luchar por una democracia burguesa al uso, aunque sea esta en forma republicana:

«Nuestro Partido, recogiendo el sentir y defendiendo los intereses, no sólo de las masas trabajadoras de la ciudad y el campo, de la juventud revolucionaria y patriota, sino de todos los sectores del pueblo, propugna y lucha por una República Popular y Federativa que siente las bases de la nueva sociedad socialista, único medio para dar solución a los apremiantes y cruciales problemas que tienen planteados los pueblos de España. Estamos además convencidos de que todos los republicanos que deseen acabar de una vez para siempre con el fascismo y con la dominación de las castas reaccionarias en nuestra patria, coincidirán en que actualmente, en la actual coyuntura histórica de descomposición y crisis del conjunto del sistema capitalista, no puede darse marcha atrás a la rueda de la historia y soñar con volver a una república burguesa, liberal y capitalista». (Elena Ódena; ¡Abajo la monarquía borbónica aliada del fascismo!, 1974)

Los comunistas deben reconocer los méritos y sus limitaciones de las repúblicas burguesas, como siempre hicieron comunistas como José Díaz, Joan Comorera o Elena Ódena. Todo intento romántico de idealizar la república, es un inútil intento como lo es cuando se trata de glorificar conceptos como el de libertad o democracia.

Por supuesto Comorera subrayaba a cada momento, la importancia del rol de la clase obrera y su partido:

«En virtud de esta polarización es como todos hemos podido observar que en el desorden general solo se mantienen formas, homogéneas, solo acentúan la personalidad de su personalidad dirigente, la clase obrera, y sus destacamentos de vanguardia: el PCE y el PSUC. Son los obreros, son los comunistas, los que más abnegadamente dan batalla». (Joan Comorera; Nuestro problema no comienza ni acaba en la persona de Franco; Carta Abierta a J. Navarro i Costabella, noviembre de 1948)

Ódena también dejó claro que rechazaba las nociones que negaban el concepto de partido de vanguardia:

«Rechazamos totalmente esa idea de partido, así como la noción de que ya no es necesario disponer de un partido de temple leninista, vanguardia de la clase obrera y Estado Mayor de la revolución». (Elena Ódena; Sobre algunas cuestiones de principio del marxismo-leninismo, 1967)

En especial durante los últimos años de vida de Elena Ódena hubo varias advertencias sobre no caer en lenguaje basado en un republicanismo abstracto,  ni basar todo el trabajo en frentes sobre la cuestión republicana, ni propagar en cualquier frente ilusiones sobre la II República de 1931 y sus limitaciones. Algo que como vimos, en lo general el PCE (m-l) cumplió correctamente de 1964-1985 sobre la cuestión republicana. Pero a partir de 1986 la dirección del PCE (m-l) viró completamente hacia tal desfiladero oportunista en dicha cuestión.

De nuevo los rasgos desviacionistas del PCE (m-l) empezaron a ser tan evidentes que varios grupos y partidos internacionales se empezaron a hacer eco de las posturas derechistas con las que desfilaba el PCE (m-l):

«Si hay algo por lo que se conoce al PCE (m-l), es la orientación republicana para la lucha de la clase obrera española. Los lemas fundamentales de PCE (m-l) son «Mañana España será republicana» y «El futuro es la república». Estos eslóganes republicanos son solo unos de muchos eslóganes similares. El PCE (m-l) no flanquea este lema con otros que proclaman «Mañana España tendrá una revolución socialista», «Mañana la clase obrera será la clase dominante», etc. No, el lema republicano es el lema. En mítines y manifestaciones, el PCE (m-l) ondea la bandera tricolor de la república de los años treinta. Y en sus propuestas para la unidad, busca reunir a los trabajadores españoles y las diversas fuerzas políticas en torno a la lucha por la república como el tema central. Por ejemplo, en la reciente campaña electoral, trató de construir una «Unidad popular republicana». (...) Pero, de hecho, sea cual sea la formulación particular, parece que el PCE (m-l) ha hecho de la lucha por la república una etapa de la revolución española. (...) El eje básico de la lucha de clases en España es entre el proletariado y la burguesía. Es el proletariado urbano y rural que forma el núcleo de la mayoría explotada, mientras que es la burguesía capitalista la que posee las riendas del poder. El objetivo de la lucha de clases no puede ser otra cosa que la revolución socialista. Ciertamente, está claro que debido a la forma en que se cambió la tiranía [el franquismo], no a través de la revolución sino con cambios graduales desde arriba, muchas instituciones reaccionarias del antiguo régimen fueron trasladadas. Sin embargo, esto no significa que la tiranía todavía exista, sino que varias instituciones reaccionarias del pasado se han incorporado al régimen actual. La democracia burguesa es siempre más o menos restringida, falsa e hipócrita, la libertad de los ricos y una dictadura de los ricos sobre los explotados. La lucha contra los remanentes del antiguo régimen no es el foco de la lucha de clases en la España actual; más bien se ha convertido en parte de la lucha de clases contra el orden constitucional democrático-burgués. Es el dominio de la clase obrera y el socialismo, no la utopía mítica de un orden burgués-democrático refinado, lo que debe sostenerse como la perspectiva para el movimiento proletario de los marxistas-leninistas. (...) La toma del republicanismo como la política central del PCE (m-l) no solo afecta las perspectivas futuras. Afecta su política actual, particularmente porque el PCE (m-l) a menudo presenta el republicanismo como su característica política distintiva. Por lo tanto, el republicanismo se convierte en uno de los temas principales del trabajo independiente del PCE (m-l), por así decirlo. Pero el PCE (m-l) considera al republicanismo como una plataforma que puede unir a la clase obrera con otras «clases y estratos populares» no especificados. De hecho, el republicanismo se convierte en un fundamento ideológico para la política de proponer tareas democráticas y nacionalistas pequeño burguesas en lugar de las tareas revolucionarias proletarias». (The Workers' Advocate Supplement; Vol. 2 #8, 1986)

Más allá de las desproporciones y errores a la hora de analizar ciertos sucesos por parte de este grupo estadounidense de tendencia «thalmanniana» sobre ciertos temas. En este caso, y en este análisis particular sobre el PCE (m-l): esto no eran exageraciones, resume muy bien la degeneración del PCE (m-l) como se puede ver en la documentación de la época.

Ya durante 1986 se empezaba a utilizar un lenguaje ambiguo sobre la búsqueda de una mayor «democracia» sin especificar bajo qué carácter de clase, con reivindicaciones generales sobre las luchas de «los de arriba y los de abajo» sin mencionar el papel de la clase obrera. Frases muy recurrentes entre el republicanismo pequeño burgués que hoy todavía utilizan ciertas formaciones reformistas como Podemos o Izquierda Unida:

«Para nosotros la república es venidera; no miramos hacia el pasado, miramos hacia adelante, al futuro, pues solo en un marco republicano se abrirán perspectivas de desarrollo democrático, de progreso, de independencia nacional. (…) La lucha por conseguir un gobierno republicano, que nosotros queremos popular y federativo, es de plena actualidad. (…) Repetimos, en esta lucha que habrá de tomar diversas formas, hasta la más sublime, la gran fiesta de los explotados y oprimidos, corresponde un papel de primerísima importancia». (Raúl Marco; Discurso en un mitin republicano celebrado en Madrid, 13 de abril de 1986)

En 1989 dentro del artículo de R. Sánchez llamado «La república y los comunistas», desde el PCE (m-l) se llegaron a emitir teorías tan rocambolescas como que ¡el fin de la monarquía supone el fin del poder oligárquico!

«Se pude objetar que la forma del Estado republicano no determina el carácter de clase de dicho Estado, que existen infinidad de repúblicas reaccionarias, etc. (…) Pero de lo que se trata aquí y ahora, es de quebrar el poder político de la oligarquía española, y para lograrlo hay que destruir la forma concreta en que ese poder se organiza a escala estatal. En cuanto al carácter de la futura república los comunistas la queremos Popular y Federativa, que abra paso a la edificación del socialismo. Mas, en estos momentos y en aras del logro de unas alianzas lo más amplias posibles contra el régimen monárquico actual, no hacemos una condición sine qua non de ello». (Revolución Española; Revista ideológica del Partido Comunista de España (marxista-leninista), Nº18, 1989)

Con ello el PCE (m-l) reconocía que la lucha por una República Popular y Federativa «que abra paso a la edificación del socialismo», una frase ambigua que hoy todavía utilizan muchos oportunistas que desean dejar la revolución y la edificación del socialismo para las calendas griegas, es decir para nunca. Porque con esta declaración estaba claro que se renunciaba como partido de vanguardia del proletariado a popularizar su programa y a ganarse a las masas para una visión y sistema republicano de democracia proletaria. En cambio, se empezaba coquetear con una especie de híbrido entre ideas y medidas socialistas en mitad de una república liberal democrático-burguesa, satisfaciendo los sueños de los pequeño burgueses que creen que esto es posible. Para colofón el PCE (m-l) de 1989 confiesa que siendo según él la lucha contra la monarquía la prioridad del momento se sacrificará todo «en aras del logro de unas alianzas lo más amplias posibles». Y así es como un partido que sobre el plano se autodenomina comunista y representante del proletariado, se acaba fundiendo finalmente con un republicanismo abstracto y amorfo, se vuelve el furgón de cola de causas idealizadas y románticas que no conducen a ningún lado. Pues como sabemos este tipo de republicanismo cuando llega al poder, no resuelve los problemas de la clase obrera y los trabajadores, e incluso el republicanismo de este tipo, puede ser utilizado por la burguesía para acometer un lavado de cara y salvar su poder, como denunciaba el viejo PCE (m-l) de los 70. Es un republicanismo que puede ser utilizado por distintas clases y capas sociales, así como sus agrupaciones, y donde normalmente los revisionistas al confundirse con otras organizaciones no logran la hegemonía y acaban simplemente cumpliendo un papel testimonial de comparsa de dichas ilusiones.

No nos  engañemos esta tesis republicana sobre que el fin de la monarquía es el fin del sistema en su totalidad ya fue propagada por otros grupos en el pasado. Y en la actualidad se sigue repitiendo por otras agrupaciones pseudocomunistas bien conocidas por sus desviaciones a izquierda y derecha. De hecho la línea general que se expone en el artículo del PCE (m-l) de 1989 sobre superar la cuestión monárquica es similar a la que ahora planteaban los miembros y simpatizantes del infausto Partido Comunista de España (reconstituido). Por si el lector no conoce la trayectoria de este grupo, fue una agrupación maoísta, que después evolucionó a brézhnevista sin abandonar su maoísmo, en un acto de eclecticismo atrozmente ridículo, transcribiendo varias tesis revisionistas que hoy todavía resuenan, entre otras cosas porque eran copias de mitos del revisionismo internacional. Los restos actuales, y simpatizantes, del PCE (r), a la vez que se afanan por calificar a todo país de «fascista» –bajo la absurda teoría de que todo país imperialista es conducido al fascismo–, tienden a idealizar y embellecer la república democrático-burguesa en sus discursos, afirmando, como hace Hásel, que «en todo caso una democracia burguesa sería Venezuela, donde un comunista no está perseguido» –cosa que no solo no es cierta y mucho menos en los países del «socialismo del siglo XXI»–. O si no, postulando alegremente como hace Olarieta, que en España el fin de la monarquía sería el fin del sistema capitalista en sí:

«El Estado no es un meccano, es decir tú no puedes coger una pieza de Estado y poner otra. Que es lo que piensa mucha gente, se cree bueno claro quitas al Rey pones a una República y todo continua igual. Es que eso no existe, eso no funciona así. Esto es un castillo de naipes, si tú quitas una pieza todo se viene abajo». (¿Es posible otra república burguesa en España? Respuesta de Olarieta y Rebeca Quintans, 20 de abril de 2017)

A esto ya contestamos:

«¿Cómo un presunto comunista –que domina el materialismo dialéctico e histórico– se puede atrever a decir que en caso de que la burguesía pierda al Rey su sistema político se viene abajo? ¿No ha habido casos de transiciones convulsas o relativamente pacíficas en que la monarquía se ha abolido en favor de un republicanismo y el capitalismo se ha consolidado? ¿No es la Revolución Francesa del siglo XVIII el mejor ejemplo de ello? [¿No lo fue la instauración de la II República (1848-1852), la III (1870-1940), la IV (1946-1958) o la actual V República Francesa (1958-actualidad) en dicho país, la corroboración de que dicho axioma no ha cambiado y se repite una y otra vez]? Cualquier Estado burgués cuando se vea forzado por motivos económicos de crisis, por la fuerza de la clase obrera o por el motivo determinante que sea, sacrificará a su Rey si es necesario con tal de darle un lavado de cara a su dominación política. Cuando Olarieta piensa que el Estado burgués está atado al Rey, y que su caída sería la caída de todo el sistema político-económico, reproduce el mismo pensamiento idealista que cuando pensaban los GRAPO que «hacían la revolución» por intentar asesinar a las figuras clave del régimen, no entendiendo en ambos casos, que para hacer la revolución, para que haya una verdadera transformación de un sistema político-económico, la cuestión no depende de quitar o matar personalidades, por muy influyentes o famosas que sean, pues dichas figuras no dejan de ser representantes de un sistema sustentado por unas clases explotadoras.

Cualquier marxista con un poco de conocimientos sabe que si bien las personalidades son importantes, las masas son las que hacen la historia:

«La doctrina del marxismo-leninismo sobre las leyes que rigen el desarrollo social y sobre el papel de la personalidad, de los partidos, y de las clases en este desarrollo es opuesta tanto al fatalismo, como al subjetivismo que reduce todo el desarrollo social a la acción de los «héroes», de las personalidades Ilustres. La doctrina del marxismo-leninismo sobre la necesidad histórica en el desarrollo social no menoscaba, ni mucho menos, el papel de la personalidad en la historia. El marxismo-leninismo parte del criterio de que son los hombres los que hacen la historia, pero que su actuación está condicionada y determinada por las necesidades del desarrollo de la vida material de la sociedad». (Mark Rosental y Pavel Yudin; Diccionario filosófico marxista, 1946)

Al apunte republicano de Olarieta, ha de decirse, que el republicanismo a secas es una cuestión que no existe, y que si lo que se refiere es un republicanismo democrático-burgués su progresismo depende del momento histórico. Pero como decíamos, incluso aunque hablemos de una etapa democrático-burguesa en un país subdesarrollado que no es el caso español, el republicanismo debe ser enfocado por los comunistas en vistas no tanto a la forma que debe adoptar, sino al contenido de la república a proclamar, de igual forma en las alianzas con esos republicanos de izquierda, no deben de contentarse con formar una alianza republicana, sino explicarles sobre todo a la base porqué la república tiene que tener el contenido que demandan los marxistas, de otra manera, el partido marxista, se perderá en ilusiones pequeño burguesas sobre un republicanismo abstracto, que de llegar a materializarse, mantendrá los problemas que heredó del antiguo régimen, como hemos visto en diversos casos históricos. No olvidemos que actualmente son repúblicas gran parte de los países imperialistas. Por eso hablamos que el republicanismo sin sello de clase es un arma que bien puede ser utilizado por la propia reacción, incluso aunque la burguesía no tenga tradiciones republicanas». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE(r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 30 de junio de 2017)

¿Acaso la historia demuestra que con el fin de la monarquía se deduce el fin de la oligarquía? ¡Como vemos es todo lo contrario! Solo un necio republicano pequeño burgués hablaría así. Pero indaguemos históricamente un poco más.

La historia ha mostrado que la oligarquía y la burguesía han sabido adaptarse a los ropajes republicanos-liberales sin perder su poder económico.

«Y se cree haber dado un paso enormemente audaz con librarse de la fe en la monarquía hereditaria y entusiasmarse por la república democrática. En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la república democrática que bajo la monarquía». (Karl Marx; La guerra civil en Francia, 1871)

Engels diría también que la república democrática burguesa pese a sus avances en comparación con otras formas políticas del pasado, no deja de albergar evidentes diferencias entre las clases explotadoras y explotadas mediante diferentes mecanismos. Ante esto, cuando el proletariado, adquiera conciencia de su desventaja y explotación se organizará de forma independiente, elegirá a sus representantes en los organismos del Estado, aunque nunca se le permita llegar a gobernar los destinos del país, ya que la burguesía no cederá el poder de su maquinaria estatal. Por ello el proletariado cuando se dé cuenta de las limitaciones del sistema que está diseñado para perpetuar política, económica y culturalmente a la burguesía, mandará dicha «república democrática» al basurero de la historia:

«La forma más elevada del Estado, la república democrática, que en nuestras condiciones sociales modernas se va haciendo una necesidad cada vez más ineludible, y que es la única forma de Estado bajo la cual puede darse la batalla última y definitiva entre el proletariado y la burguesía, no reconoce oficialmente diferencias de fortuna. En ella la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero por ello mismo de un modo más seguro. De una parte, bajo la forma de corrupción directa de los funcionarios, de lo cual es América un modelo clásico, y, de otra parte, bajo la forma de alianza entre el gobierno y la Bolsa. Esta alianza se realiza con tanta mayor facilidad, cuanto más crecen las deudas del Estado y más van concentrando en sus manos las sociedades por acciones, no sólo el transporte, sino también la producción misma, haciendo de la Bolsa su centro. Fuera de América, la nueva república francesa es un patente ejemplo de ello, y la buena vieja Suiza también ha hecho su aportación en este terreno. Pero que la república democrática no es imprescindible para esa unión fraternal entre la Bolsa y el gobierno, lo prueba, además de Inglaterra, el nuevo imperio alemán, donde no puede decirse a quién ha elevado más arriba el sufragio universal, si a Bismarck o a Bleichrder. Y, por último, la clase poseedora impera de un modo directo por medio del sufragio universal. Mientras la clase oprimida –en nuestro caso el proletariado– no está madura para libertarse ella misma, su mayoría reconoce el orden social de hoy como el único posible, y políticamente forma la cola de la clase capitalista, su extrema izquierda. Pero a medida que va madurando para emanciparse ella misma, se constituye como un partido independiente, elige sus propios representantes y no los de los capitalistas. El sufragio universal es, de esta suerte, el índice de la madurez de la clase obrera. No puede llegar ni llegará nunca a más en el Estado actual, pero esto es bastante. El día en que el termómetro del sufragio universal marque para los trabajadores el punto de ebullición, ellos sabrán, lo mismo que los capitalistas, qué deben hacer». (Friedrich Engels; El origen de la familia, de la propiedad privada y el Estado, 1884)

En sus análisis sobre Italia, Engels sacaba a flote el hecho de que si llegase el republicanismo liberal al poder podría dar cierto cobijo para que los comunistas tuviesen más libertad de agitación y demás lo cual era positivo, pero no había que caer en sus ilusiones reformistas sino popularizar y plantear su propia plataforma, pues la república en manos burguesas no garantizaba al proletariado su emancipación, no significaba sino el paso de que los republicanos de aliados temporales en la lucha contra la monarquía, ahora dicha alianza llegaba a su término –téngase en cuenta que siempre parte de la vieja monarquía y nobleza también aceptan volverse «republicanos» para adecuarse al nuevo régimen y los nuevos tiempos–, pues ponía sobre la mesa a los comunistas en palabras de Engels, como la «oposición progresista» al gobierno republicano:

«En caso de éxito más o menos pacífico habrá un simple cambio de ministerio, llegarán al poder los republicanos resellados Cavalotti y Cía; en caso de revolución surgirá la república burguesa. ¿Cuál ha de ser, pues, el papel del partido socialista ante esas eventualidades? (...) Los socialistas toman, por tanto, una parte activa en cada fase de evolución por la que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, sin perder jamás de vista que esas fases no son otra cosa que etapas que llevan al gran objetivo principal: a la conquista del poder político por el proletariado, como medio de reorganización social. Su lugar está entre los combatientes por cualquier éxito inmediato en beneficio de la clase obrera; y ven en estos éxitos políticos o económicos nada más que un pago de cuentas por partes. Por eso consideran que todo movimiento progresista o revolucionario es un paso en la dirección de su propia marcha; su misión especial es estimular a los otros partidos revolucionarios y, en caso de victoria de uno de ellos, salvaguardar los intereses del proletariado. Esta táctica, que jamás pierde de vista el gran objetivo, preserva a los socialistas contra las desilusiones a que están sujetos infaliblemente los otros partidos, menos clarividentes, ya sean los republicanos puros, ya los socialistas sentimentales, que toman una simple etapa como meta final del movimiento. (...) La victoria de la burguesía en desintegración y de los campesinos llevará posiblemente a un ministerio de republicanos resellados. Eso nos dará el sufragio universal y una libertad de movimiento –libertad de prensa, de reunión, de asociación, abolición de la vigilancia policíaca, etc.– mucho más considerable, es decir, nuevas armas que no se deben despreciar. (...) Nosotros debemos proclamarlo abiertamente, que tomamos parte como partido independiente, aliado por el momento a los radicales o los republicanos, pero completamente distinto de ellos; que no nos hacemos ilusiones acerca del resultado de la lucha en caso de victoria; que ese resultado, lejos de satisfacernos, no será para nosotros más que una etapa lograda, una nueva base de operaciones para nuevas conquistas; que, el día mismo de la victoria, nuestros caminos se separarán y que, a partir de ese día, formaremos frente al nuevo gobierno la nueva oposición, no la oposición reaccionaria, sino progresista, la oposición de la extrema izquierda, la oposición que impulsará hacia el logro de nuevas conquistas rebasando el terreno ya ganado». (Friedrich Engels; La venidera revolución italiana y el partido socialista, 1894)

Lenin también comentaría sobre la estructura de las flamantes repúblicas democrático-burguesas de la época y la evidente mentira de que dicho sistema era igualitario en cualquier campo que se analizase:

«La historia de los siglos XIX y XX nos ha mostrado ya antes de la guerra qué es de hecho la cacareada «democracia pura» bajo el capitalismo. Los marxistas siempre han dicho que cuanto más desarrollada y más «pura» es la democracia, tanto más franca, aguda e implacable se hace la lucha de clases, tanto más «puras» se manifiestan la opresión por el capital y la dictadura de la burguesía. El asunto Dreyfus en la Francia republicana, las sangrientas represalias de los destacamentos mercenarios, armados por los capitalistas, contra los huelguistas en la libre y democrática República de Norteamérica, estos hechos y miles de otros análogos demuestran la verdad que la burguesía trata en vano de ocultar, o sea, que en las repúblicas más democráticas imperan de hecho el terror y la dictadura de la burguesía, que se manifiestan abiertamente en cuanto a los explotadores les parece que el poder del capital se tambalea. (...) Por otra parte, los obreros saben perfectamente que la «libertad de reunión» es, incluso en la república burguesa más democrática, una frase vacía, ya que los ricos poseen todos los mejores locales sociales y privados, así como bastante tiempo libre para sus reuniones, que son protegidas por el aparato burgués de poder. Los proletarios de la ciudad y el campo, así como los pequeños campesinos, es decir, la mayoría gigantesca de la población, no cuentan con nada de eso. Mientras las cosas sigan así, la «igualdad», es decir, la «democracia pura», sería un engaño. Para conquistar la verdadera igualdad, para dar vida a la democracia para los trabajadores, hay que quitar primero a los explotadores todos los locales sociales y sus lujosas casas privadas, hay que dar primero tiempo libre a los trabajadores, es necesario que la libertad de sus reuniones la defiendan los obreros armados, y no señoritos de la nobleza ni oficiales hijos de capitalistas mandando a soldados que son instrumentos ciegos. Sólo después de tal cambio se podrá hablar de libertad de reunión e igualdad sin mofarse de los obreros, de los trabajadores, de los pobres. Pero ese cambio sólo puede realizarlo la vanguardia de los trabajadores, el proletariado, que derroca a los explotadores, a la burguesía. (...) El ejército ha sido un aparato de opresión no sólo en las monarquías. Sigue siéndolo también en todas las repúblicas burguesas, incluso en las más democráticas. Sólo el Poder soviético, organización estatal permanente precisamente de las clases oprimidas antes por el capitalismo, está en condiciones de acabar con la subordinación del ejército al mando burgués y de fundir efectivamente al proletariado con el ejército, de llevar efectivamente a cabo el armamento del proletariado y el desarme de la burguesía, sin lo que es imposible la victoria del socialismo».  (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Tesis e informe sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado, 1919)

Dejemos hablar a los propios comunistas españoles sobre su experiencia de la II República en España durante 1931-1936 en sus primeros días y meses. Manuel Hurtado en su artículo: «El P. C. de España en la revolución española; Discurso del delegado español en el XII Pleno de la I. C.» nos decía:

«Vino el 14 de abril, que trajo la caída de la monarquía y la instauración de una República burguesa, en cuyo gobierno, los puestos de Presidente y ministro de Gobernación, pertenecían a dos viejos monárquicos: Alcalá Zamora y Miguel Maura, los cuales, de completo acuerdo con el resto del Gobierno, incluso los socialistas, se plantearon como tarea principal la salvación del aparato del Estado y de la base social de la monarquía y la salvación de los latifundistas en general.

La burguesía ha creado una leyenda alrededor del 14 de abril, intentando presentarlo como un idilio de armonía de clases y de un cambio de régimen sin efusión de sangre y sin luchas, con un completo acuerdo de todos.

El Partido y los hechos desenmascaran esta leyenda burguesa. La caída de la monarquía del 14 de abril fue preparada por el empuje revolucionario de los obreros, de los campesinos y de una capa de la pequeña burguesía de la ciudad.

El rey se vio obligado a abandonar el país para evitar males mayores. Bajo la presión de las masas, las clases dominantes realizaron una maniobra para aplazar la revolución. El bloque latifundista burguésmonárquico se transformó en bloque burgués-latifundista republicano. El sentido y fin de esta maniobra consistía en engañar a las masas revolucionarias con el nombre de la República, con ilusiones democráticas, con promesas demagógicas, y evitar de este modo el desenlace de la revolución.

Pero la realidad ha demostrado muy pronto toda la justeza de la teoría marxista-leninista de la lucha de clases. La revolución empezó y no termino con el 14 de abril. El Gobierno republicano ha demostrado su carácter contrarrevolucionario desde sus primeros días. El mismo 14 y 15 de abril ametralló en Sevilla y otros lugares a obreros revolucionarios.

El Gobierno se opuso directamente al desarrollo de la revolución agraria, [100] a la liberación nacional, a la disolución de las órdenes religiosas, a la destrucción del aparato del Estado monárquico, a la disolución de la guardia civil, etc. Las masas revolucionarias por su parte, a pesar de sus ilusiones democráticas, han demostrado un deseo sincero e insistente de luchar por la realización de las tareas fundamentales de la revolución». (Internacional Comunista, Nº7, 1932)

Incluso la propia Elena Ódena en sus notas y reflexiones sobre lo que fue la II República, nos expone similares conclusiones. Demostrando que las palabras y previsiones de Marx y Engels se hicieron realidad en diversas experiencias históricas a posteriori como en el caso español:

«Aunque la revolución democrático-burguesa duró más de seis años, las tareas básicas concernientes a la revolución permanecieron sin resolverse, en primer lugar la cuestión agraria. De los 4.000.000 de campesinos pobres y obreros del campo, solamente 150.000 recibieron tierras y esto de una manera insuficiente, sin los necesarios aparejos e instrumentos de cultivo. La Iglesia fue separada formalmente del Estado, pero conservó sus bienes materiales y por lo tanto una parte considerable de su influencia en la vida política. El Ejército siguió siendo lo que era: el viejo Ejército reaccionario dominado por el espíritu de casta, un nido de la contrarrevolución. Las condiciones de la clase trabajadora no habían cambiado. La clase obrera y las masas campesinas reaccionaron ante el sabotaje de los capitalistas y terratenientes con huelgas combativas y otros métodos de lucha, sin recibir, sin embargo, el, apoyo necesario del gobierno integrado por representantes de los partidos republicanos, para liquidar las maquinaciones contrarrevolucionarias de la burguesía, de los terratenientes y de los militares que preparaban secretamente un levantamiento. (...) Este fin podía solamente alcanzarse transformando la república democrático-burguesa en una república democrática de nuevo tipo, en una república sin grandes capitalistas y terratenientes, una república del pueblo en la que el poder no estuviera en manos del bloque de la burguesía y los terratenientes, como en la República establecida el 14 de abril de 1931, sino en manos del bloque de la clase obrera, los campesinos, la pequeña burguesía de la ciudad, las minorías nacionales: un bloque en el que el proletariado estaba destinado a jugar un papel dirigente». (Elena Ódena; Notas para la escuela del partido, 1981)

¿Es realmente el «republicanismo» la síntesis donde se concentra la táctica principal que deben adoptar los comunistas frente a las masas como pretenden algunos?:

«La defensa de la «república en general» ante la monarquía parlamentaria de Juan Carlos I y Felipe VI se ha convertido en una norma de las «gentes de izquierdas» en estas tierras. Pero, ¿qué se esconde tras esta pretendida lucha republicana contra el régimen político actual? ¿Tiene algún sentido que la lucha contra los holgazanes «representantes» del «pueblo» tome la forma de una lucha por la «república en general»? El régimen actual une lo parlamentario de una república «en general», y lo hereditario de la monarquía «en general». ¿Qué deben de hacer los trabajadores al respecto del Estado actual que los exprime con leyes que impiden que pueda expresarse libremente y que defienden la integridad de quienes les arrancan su salario o su trabajo cada día, cada hora? ¿Por qué deben luchar? Está claro que lo que de verdad importa en la cuestión no es una lucha pretendida entre un parlamento republicano y otro monárquico; el parlamento, que es lo que hasta hace unos decenios marcaba la distinción entre la república y la monarquía, ya está hoy constituido. ¿Entonces? Lo curioso es que sobre éste parlamento se asientan hoy unas figuras reales totalmente inútiles –¡lo dice la misma Constitución española de 1978 cuando trata los deberes del Rey!– que sólo chupan dinero de los trabajadores para aumentar sus arcas, las cuáles se han comenzado a inflar mediante la participación de estos señores en trapicheos y corruptelas, y en la dirección de empresas –cuyo beneficio proviene del trabajo que os extraen a vosotros, trabajadores– o compra de acciones de las mismas –¡quién no sabe ya relacionar a los ex-políticos españoles con su «alma máter»!–. Los republicanos «en general» pretenden acabar con ese problema de la explotación del trabajo por el capital manteniendo las bases de la economía tal y como hoy están –es decir, la propiedad de vuestros destinos en las manos de los capitalistas–. Esto está «muy bien», pero, ¿podrá acabarse con la base de la usura que hemos citado sólo cambiándose lo «menos fundamental» del sistema político –la corona–? Es decir, ¿mientras haya capitalistas, no importará poco si estos explotadores –que roban el trabajo de los obreros y se benefician de salarios paupérrimos de los funcionarios de bajo rango, de los impuestos con que arruinan a los pequeños propietarios poco pudientes, etc. llevan corona o no? Desde la OCTE está claro que con eso no basta. El problema de la explotación de vuestro trabajo por el capital quedaría sin resolver si nos limitásemos a esa «solución» republicana. (...) Sin preguntarse sobre todas estas cuestiones, «nuestros» republicanos «en general», cuando buscan la tercera república, olvidan de hecho el carácter de clase de la segunda y, desde luego, tampoco hacen mucho por esclarecer el de esa tercera. Necesitan una breve clase de historia. La II República surgió como solución de las masas ante sus tareas inmediatas que, tras el Directorio militar establecido con la caída del general filofascista Miguel Primo de Rivera, eran de tener un parlamento con sufragio universal, etc. La II República les permitió a las masas, por primera vez, además de votar, que la clase obrera tuviese un partido que no estuviese perseguido por la ilegalidad. Se trataba entonces del P.C.E. –hoy carcomido por la carroña de los demagogos anticomunistas–, que desde 1921 hasta 1931 había sido clandestino. Aun así, la II República no tuvo un carácter verdaderamente popular hasta el triunfo, en 1936, del Frente Popular de España. Y los burgueses, que hasta entonces en el bienio negro (1934-1936) habían gobernado con la CEDA de forma tan republicana y legal, haciendo medidas republicanas en contra del pueblo, cogieron las bayonetas y se levantaron contra lo que era una posibilidad tremenda de los comunistas de ser escuchados por las amplias masas populares y de que éstas se levantasen contra los explotadores. Como sabemos, esto devino en la Guerra Civil. (...) En la II República se dieron cita, bajo unas relaciones de producción efectivamente capitalistas, todo tipo de traidores populistas como Alejandro Lerroux, Gil Robles, Indalecio Prieto, Julián Besteiro, etc. De manera que nosotros no defendemos ni el capitalismo, ni a esos traidores. Nosotros defendemos el carácter progresista que un sistema parlamentario tenía después de no haber ninguno en España, y a los héroes que no se quedaron ahí parados, a mitad de camino, sino que pretendían conseguir la liberación efectiva de las masas explotadas. Dentro del campo de éstos héroes, tenemos a José Díaz, Pedro Checa, Joan Comorera, y un largo etc. Los comunistas y la OCTE sabemos que la lucha no es por la república capitalista, sino por el socialismo, por la dictadura del proletariado, que es el régimen más democrático que cualquier dictadura –democrática o fascista– de la burguesía, de los capitalistas, pues es el único garante de la destrucción de los explotadores como clase y de su poder estatal. Sólo en la medida de nuestras fuerzas podremos transformar el movimiento republicano en un movimiento por la dictadura del proletariado, pero en vistas a la situación parlamentaria actual comprendemos que el tema del republicanismo sea una cuestión más bien intelectual antes que una lucha prendida en las masas trabajadoras y el proletariado. (...) Pero los partidos republicanistas –entre ellos «nuestros» revisionistas– tienen la república como fin estratégico, ya sea confundiéndolo interesadamente con una táctica –como hace el Partido del Trabajo Democrático, partido socialdemócrata disfrazado de comunista sin mucha habilidad– para conseguir unas «condiciones para luchar por el socialismo» –como si la explotación del trabajo por el capital no fuese suficiente–, o bien ya sea porque expresan que su fin es la república en general. Dentro de los partidos «republicanistas en general» tenemos a un viejo conocido de los comunistas españoles: el P.C.E. (m-l), que con esto culmina la caída en el pozo del revisionismo de Raúl Marco, su secretario general –del que sospechamos que nunca jamás ha salido–. La decepción tremenda que nos llevamos los marxistas-leninistas cuando del congreso de refundación del P.C.E. (m-l) salió una línea con la que el partido parecía creer vivir en la época de Franco, no fue menor que la magnitud de las tesis revisionistas que se esgrimieron, recordando a la fase socialdemócrata del ex-P.C.E. (m-l), desde finales de los años 80». (Organización Comunista del Trabajo de España; El republicanismo en España, 2017)

Creemos que estas viejas palabras de los compañeros de la OCTE resumen la cuestión bastante bien». (Equipo de Bitácora (M-L)Ensayo sobre el auge y caída del Partido Comunista de España (marxista-leninista), 2019)

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La progresiva degeneración del PCE (m-l):

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