«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

lunes, 9 de diciembre de 2019

La tendencia a centrar los esfuerzos en la canonizada Asamblea Constituyente como reflejo del legalismo burgués; Equipo de Bitácora (M-L), 2019



«La RAE define constituyente como: «1. adj. Que constituye o establece. 2. adj. Dicho de las Cortes o de otras cámaras o asambleas: Convocadas para elaborar o reformar la Constitución del Estado. 3. m. y f. Persona elegida como miembro de una asamblea constituyente».

El marxismo sobre los «procesos constituyentes» del republicanismo liberal

Karl Marx, analizando el desarrollo de la lucha de clases en Francia, concluiría sobre estos fenómenos históricos:

«Desde las jornadas de Junio, la Asamblea Constituyente, que siguió siendo la representante exclusiva del republicanismo burgués, destacaba tanto más decididamente este aspecto suyo cuanto más se desmoronaba la influencia de los republicanos tricolores fuera de la Asamblea. Si se trataba de afirmar la forma de la república burguesa, disponía de los votos de los republicanos demócratas; si se trataba del contenido, ya ni el lenguaje la separaba de las fracciones burguesas monárquicas, pues los intereses de la burguesía, las condiciones materiales de su dominación de clase y de su explotación de clase, son los que forman precisamente el contenido de la república burguesa. No fue, pues, el monarquismo, sino el republicanismo burgués el que se realizó en la vida y en los hechos de esta Asamblea Constituyente, que a la postre no se murió ni la mataron, sino que acabó pudriéndose». (Karl Marx; La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850, 1850) 

Concluyendo que el republicanismo burgués tampoco solventaba la cuestión social de la emancipación del proletariado:

«Mediante el sufragio universal, otorga la posesión del poder político a las clases cuya esclavitud social debe eternizar: al proletariado, a los campesinos, a los pequeños burgueses. Y a la clase cuyo viejo poder social sanciona, a la burguesía, la priva de las garantías políticas de este poder. Encierra su dominación política en el marco de unas condiciones democráticas que en todo momento son un factor para la victoria de las clases enemigas y ponen en peligro los fundamentos mismos de la sociedad burguesa. Exige de los unos que no avancen, pasando de la emancipación política a la social; y de los otros que no retrocedan, pasando de la restauración social a la política. Estas contradicciones tenían sin cuidado a los republicanos burgueses. A medida que dejaban de ser indispensables y sólo fueron indispensables como campeones de la vieja sociedad contra el proletariado revolucionario, se iban hundiendo y, a las pocas semanas de su victoria, pasaban del nivel de un partido al nivel de una pandilla». (Karl Marx; La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850, 1850) 

Lenin describió en varias de sus obras como opera administrativamente toda la maquinaria burguesa del Estado. Hizo tal descripción en sendas ocasiones para fustigar sin compasión las ilusiones de los republicanos burgueses y pequeño burgueses, los cuales tenían fe en que a través de su pacifismo parlamentario, podrían introducir importantes medidas progresistas en la sociedad:

«Toda la historia de los países de parlamentarismo burgués, y en gran medida de los países burgueses constitucionales, enseña que la sucesión de los ministerios tiene muy poca importancia, puesto que todo el trabajo real de la administración está confiado a un inmenso ejército de funcionarios. Ahora bien, este ejército se halla profundamente penetrado de un espíritu esencialmente antidemocrático. Este ejército de funcionarios se encuentra ligado por millares y millones de lazos a los grandes propietarios agrarios y a la burguesía de los cuales depende en todos los terrenos. Este ejército está sumido en una atmósfera burguesa a la cual le es absolutamente imposible sustraerse. Momificado, paralizado dentro de formas inconmovibles, no tiene la fuerza de arrancarse a este ambiente y no puede modificar en nada su manera de pensar, de sentir y de proceder. Descansa tanto en el principio jerárquico como en ciertos privilegios reservados al «servicio del Estado»; sus cuadros superiores se hallan completamente sometidos, por mediación de los bancos y de las sociedades anónimas, al capital financiero, del cual, en cierta medida, son agentes, defendiendo sus intereses y propagando su influencia. Tratar de efectuar, por medio de este aparato gubernamental, transformaciones sociales tales como la supresión sin indemnización de la gran propiedad agraria o el establecimiento del monopolio de cereales, etc., es caer en una ilusión total y engañar al pueblo. Este aparato puede facilitar a una burguesía republicana la creación de una República que sería una «Monarquía sin monarquía» como la Tercera República francesa; pero es absolutamente incapaz de aplicar reformas que, no digo yo abolir, sino simplemente que limiten de manera más o menos efectiva los derechos del Capital y los derechos de la «sacrosanta propiedad privada». Por esta razón, en todos los ministerios de «coalición» en los que han participado los «socialistas», estos últimos, aun cuando fueran de buena fe, sólo han proporcionado un vano adorno o una portada a los gobiernos burgueses, un pararrayos contra la indignación popular, un instrumento de engaño de las masas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una de las cuestiones fundamentales de la revolución, 1917)

Los revolucionarios del siglo XIX, incluso los no marxistas, entendían claramente lo siguiente en relación a una eventual Asamblea Nacional Constituyente:

«¡Pueblo! Llevas hoy armas y tienes en tu propia mano tus destinos. Asegura de una vez para siempre el triunfo de la libertad, pide para ello garantías. No confíes en esa ni en otra persona; derriba de sus inmerecidos altares a todos tus antiguos ídolos. Tu primera y mas sólida garantía son tus propias armas; exige el armamento universal del pueblo. Tus demás garantías son, no las personas, sino las instituciones; exige la convocación de Cortes Constituyentes elegidas por el voto de todos los ciudadanos sin distinción alguna, es decir, por el sufragio universal». (Francisco Pi y Margall; Reacción y revolución, 1854)

Sobre las figuras de dudoso pasado que aparentaban estar con el pueblo y se sumaban en momentos de cambio político. Pi y Margall advertía:

«¿Cumplirán todos su deber y su palabra? El pueblo debe estar preparado a todas las eventualidades, y no dormir un solo momento sobre sus laureles». (Francisco Pi y Margall; Reacción y revolución, 1854)

Este axioma tan básico, aunque parezca mentira, no ha sido comprendido por algunos, los cuales, pese a llamarse republicanos e incluso comunistas, no le llegan ni a la suela de los zapatos al viejo revolucionario aquí mencionado.

¿Qué nos dice la historia de los «procesos constituyentes»? El caso francés

A lo largo de la historia, incluso cuando son los partidos comunistas los que han intentado hegemonizar ese proceso constitucional constituyente, los revolucionarios se topan con las mismas trabas internas y externas una y otra vez. Veamos el caso del Partido Comunista Francés (PCF) tras las Segunda Guerra Mundial, el cual es bastante paradigmático.

Para poner en contexto al lector con algunos datos, en Francia, el Movimiento Republicano Popular (MRP) obtuvo un 25,6% de votos en las primeras elecciones a la Asamblea Constituyente de 1945. Ellos, junto a ciertos radicales y moderados, deseaban un sistema bicameral que otorgara gran poder al Presidente de la República, convirtiéndolo en una suerte de ente «por encima de los partidos». El jefe de estado, pues, se erige como árbitro entre partidos, eligiendo a sus ministros, ratificando tratados, etc. Una idea autoritaria de «presidencialismo» que, sin lugar a dudas, caracterizaría toda la carrera de De Gaulle.

El Partido Comunista Francés (PCF), fue la lista más votada con 27,1% de los votos, seguido de los socialdemócratas de la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO) con un  24,9%, teniendo entre ambos la mayoría de la asamblea. Comunistas y socialdemócratas deseaban en cambio una representación popular unicameral: dicha asamblea, elegida por sufragio universal directo, no solo votaría las leyes sino que elegiría a un Presidente del Consejo y aprobaría la composición y el programa de su gabinete ministerial. El Presidente de la República, conservaría solo un papel honorario. 

Estos dos últimos partidos creyendo tener el poder en sus manos, propusieron como borrador para la constitución de 1946 lo siguiente –pedimos paciencia al lector con la extensión del siguiente texto, pero queremos que sea comparado con las programas de muchos partidos de «izquierda» de la actualidad–:

«[Francia] Reafirma solemnemente los derechos y libertades del hombre y del ciudadano, consagrados por la Declaración de derechos de 1789, y los principios fundamentales reconocidos por las leyes de la República. (...) La ley garantiza a la mujer, en todos los ámbitos, derechos iguales a los del hombre. (...) Cualquier hombre perseguido a causa de su acción a favor de la libertad goza del derecho de asilo en los territorios de la República. (...) Cada individuo tiene el deber de trabajar y el derecho de obtener un empleo. Nadie puede verse perjudicado en su trabajo o en su empleo a causa de sus orígenes, opiniones o creencias. (...) Cualquier hombre puede defender sus derechos y sus intereses a través de la acción sindical y afiliarse al sindicato de su elección (...) El derecho de huelga se ejerce con arreglo a las leyes que lo reglamentan. (...) Todos los trabajadores participan, a través de sus delegados, en la determinación colectiva de las condiciones laborales, así como en la gestión de las empresas. (...) Cualquier bien o empresa cuya explotación posea o adquiera el carácter de un servicio público nacional o de un monopolio debe pasar a ser propiedad de la colectividad. (...) La Nación garantiza al individuo y a la familia las condiciones necesarias para su desarrollo. (...) Garantiza a todos, y especialmente al niño, a la madre y a los antiguos trabajadores, la protección de la salud, la seguridad material, el descanso y el ocio. Todo ser humano que, debido a su edad, su estado físico o mental o su situación económica, se encuentre incapacitado para trabajar, tiene derecho a obtener de la colectividad los medios de existencia necesarios. (...) La Nación proclama la solidaridad y la igualdad de todos los franceses ante las cargas resultantes de calamidades nacionales. (...) La Nación garantiza la igualdad de acceso del niño y del adulto a la instrucción, a la formación profesional y a la cultura. La organización de la enseñanza pública gratuita y laica en todos los niveles es un deber del Estado. (...) No hará ninguna guerra con fines de conquista y nunca empleará sus fuerzas contra la libertad de ningún pueblo. (...) A condición de que haya reciprocidad, Francia acepta las limitaciones de soberanía necesarias para la organización y la defensa de la paz. (...) Francia forma con los pueblos ultramarinos una Unión basada en la igualdad de derechos y deberes, sin distinciones de raza ni de religión. (...) La Unión francesa se compone de naciones y pueblos que ponen en común o coordinan sus recursos y sus esfuerzos para desarrollar sus respectivas civilizaciones, aumentar su bienestar y garantizar su seguridad. 18. Fiel a su misión tradicional, Francia pretende conducir a los pueblos que tiene a su cargo hasta la libertad de administrarse a sí mismos y de tratar democráticamente sus propios asuntos; rechazando todo sistema de colonización basado en la arbitrariedad, garantiza a todos la igualdad de acceso a las funciones públicas y el ejercicio individual o colectivo de los derechos y libertades anteriormente proclamados o confirmados». (Borrador de la Constitución Francesa de 1946)

Como se ve, aquí se mezclaban ideales liberales con ideas utópicas de «socialismo» reformista que no vamos a analizar de nuevo.

Como sabemos, el referéndum para esta constitución de «izquierda» fue rechazado el 5 de mayo de 1946 por un 53% de los miembros de la Asamblea Constituyente. Esto no acabó de calmar a la burguesía francesa que, animada por su éxito, siguió presionando y deseando más. Para ello no dudó en utilizar –como se haría en las elecciones italianas de 1948– todo tipo de calumnias y provocaciones contra el PCF. El líder de los comunistas –también líder posterior del revisionismo francés Maurice Thorez recogería en su autobiografía «Hijo del pueblo» del año 1960, varias anécdotas de la época. Cómo, por ejemplo, el líder de los socialistas atacaba al PCF acusándolo de estar «al servicio de un nacionalismo extranjero». Por supuesto, la derecha les acusaba de «ser agentes de Moscú», de «querer llevar al país a la guerra civil» y ser por ello «los comunistas unos malos patriotas». El PCF, lejos de responder a estas acusaciones debidamente y desde una óptica marxista, las negaba bajo una óptica liberal.

Así, en las segundas elecciones, celebradas en junio de 1946, el MRP ascendería hasta el 28,33% de votos, el PCF descendería hasta el 26.11% de los votos y el SFIO obtendría el 21.84%. El MRP propondría una constitución que obedecía sus intereses y el de sus aliados. Comunistas y socialistas, sin razón aparentemente lógica y bajo un halo de formalidad, empiezan a difundir tesis cercanas al hecho de que este nuevo borrador «no es tan diferente a lo propuesto anteriormente», que «sin sentido continuar con una guerra sin fin de borradores de uno y otro partido», y que por tanto era «mejor aceptar este nuevo borrador que seguir en el estado de no constitucionalidad». 

En las elecciones de noviembre de 1946 el PCF logra recomponerse, consigue recuperar cierta parte del electorado perdido refutando alguno de los argumentos de la reacción y obtiene su máximo histórico con un 28.26 de los votos, lo que tampoco desactivaba la situación política. Pese al nivel de crispación evidente, estos resultaron fueron el detonante de varias ilusiones parlamentaristas dentro del partido:

«Nos permiten prever para Francia otros caminos al socialismo, diferentes del camino que siguieron hace 30 años los comunistas rusos.  De todos modos, el camino es necesariamente distinto para cada país». (Maurice Thorez; Entrevista en The Times, 18 de noviembre de 1946)

¿Y qué resultó de concentrar todos los esfuerzos del PCF en la lucha por una nueva constitución y unas amplias «alianzas progresistas» que garantizasen el «tránsito pacífico al socialismo»? En este punto, pese a existir una debilidad de la reacción en la posguerra, los explotadores franceses, no solo no habían aceptado rendirse ante los puntos más progresistas que exigían los comunistas y la militancia de base socialista como marco legal para Francia, sino que sabedores de que aún mantenían el mayor número de puestos en el poder ejecutivo y judicial, al no haberse atenuado su influencia entre los cuerpos represivos y económicos, continuó usando todo su poder para reprimir las movilizaciones, protestas y huelgas en Francia en los meses sucesivos, utilizó la intervención militar sin contemplaciones frente a los intentos de liberación de las colonias en zonas como Indochina.

Ante la delicada situación interna y externa, la burguesía francesa temía ciertamente que de seguir profundizándose la situación subiera el número de votos hacia los comunistas, los cuales exigirían más poder y mayores medidas progresistas, lo que sumado a la radicalización de las masas acabaría derivando tarde o temprano en una revolución. Por tanto, se decidió que era hora de cerrar filas entre todos sus partidos políticos sin distinciones –incluyendo a los cabecillas de los socialistas que eran parte fundamental para detener los anhelos revolucionarios de las masas– y así, mediante métodos cuestionables incluso para el democratismo-burgués, sus grupos políticos expulsaron al PCF de todo poder político en mayo de 1947, con el fin de que no obstaculizasen la «normalización» del país. ¿Era esto algo sorpresivo? Para nada:

«El camarada Stalin dice que los comunistas deben tener en cuenta el hecho de que De Gaulle tomará medidas contra los comunistas, incluso si él no quiere hacerlo él mismo, los ingleses y los estadounidenses lo incitarán a crear un gobierno reaccionario en Francia, como en cualquier otro lugar que esto sea posible». (Notas de una charla del camarada Stalin con el Secretario General del CC del Partido Comunista Francés, el Camarada Thorez, 19 de noviembre de 1944)

Stalin le había comentado a Thorez en 1944:

«El camarada Stalin pregunta si las organizaciones de resistencia tienen fuerzas armadas.

El camarada Thorez responde que hay destacamentos armados de la milicia patriótica, que fueron las principales fuerzas de la resistencia durante la ocupación de Francia. Actualmente, estos destacamentos de milicias retienen sus armas

El camarada Stalin dice que hay que tener en cuenta el hecho de que actualmente en Francia hay un gobierno reconocido por las potencias aliadas. En estas condiciones, es difícil para los comunistas tener fuerzas armadas paralelas, ya que hay un ejército regular. Se puede preguntar a los comunistas para qué necesitan destacamentos armados paralelos. Mientras no hubiera un gobierno provisional, mientras no hubiera una zona trasera bajo su mando, la existencia de estos destacamentos tenía un sentido definido. ¿Con qué propósito existen estos destacamentos ahora cuando hay un gobierno con su propio ejército? Tales podrían ser los argumentos de los enemigos de los comunistas. Estos argumentos podrían convencer a la persona francesa promedio. Es por eso que la posición del Partido Comunista de retener sus propias fuerzas armadas parece débil y será débil. Es difícil defender esta posición. Es por eso que es necesario transformar estos destacamentos armados en otra organización, en una organización política, pero las armas deberían estar ocultas». (Notas de una charla del camarada Stalin con el Secretario General del CC del Partido Comunista Francés, el Camarada Thorez, 19 de noviembre de 1944)

Y en 1947 después de la Conferencia de la Kominform, Stalin le repetiría en un tono similar:

«[Entonces Stalin pregunta si los comunistas franceses tienen reservas [depósitos] de armas. Y si ellos consideran necesario tenerlas] Thorez responde que el Comité Central del Partido Comunista Francés autorizó a dos camaradas, uno del Politburó y otro del Comité Central para abordar específicamente ese asunto. Los seleccionados [para la tarea] son Lequeur, quien fuera secretario de la organización del Partido Comunista de París durante la ocupación, y Tillon, el organizador del movimiento guerrillero en Francia. Llevan el trabajo entre antiguos guerrilleros, crean organizaciones de carácter paramilitar. El Partido Comunista Francés se las arregló para ocultar una gran cantidad de depósitos con armamento y munición. El Camarada Stalin dice que uno debe tener armamento y organización si no quiere verse desarmado por el enemigo. Los comunistas pueden ser atacados y entonces tienen que contraatacar. Se puede dar cualquier tipo de situación. El Camarada Stalin dice que nosotros [los soviéticos] tenemos armas y que podemos darlas en caso de que sea necesario. (...) El Camarada Stalin pregunta  si [Jaques] Duclos es un buen asesor para Thorez. El Camarada Stalin dice que el discurso de Duclos en la Cámara [de la Asamblea Nacional] con una declaración de que la clase obrera no será provocada por la insurrección armada... no fue un buen discurso. Uno debe tener presente que el enemigo no perdonará a débiles y desarmados. Thorez responde que Duclos es un muy buen trabajador y se emplea a fondo, pero a veces se toma la libertad de hablar en la Cámara sin suficiente preparación preliminar. Por consiguiente, hay casos en los que lo provocan y no habla lo que planificó». (Acta de la reunión del Camarada Stalin con Thorez, Secretario del Comité Central del Partido Comunista Francés, 18 de noviembre de 1947)

Muy seguramente estas disposiciones y críticas hacia el PCF venían dadas por los reportes habituales de André Marty a la dirección soviética sobre las debilidades del liderazgo –que siempre fueron reprendidas desde la Internacional Comunista–. Especialmente en lo concerniente a las últimas actividades y desviaciones del partido:

«Marty había chocado primero con Thorez en marzo de 1927, criticando de éste último su «electoralismo». Posteriores quejas concernientes con los «métodos burocráticos» de Thorez en 1931, su «pacifismo y oportunismo» en 1933, sus intentos de unirse al gobierno del frente popular en 1936, su falta de urgencia en proveer ayuda a las Brigadas Internacionales y su retraso en apoyar la línea de «guerra imperialista» en 1939. (...) El 7 de octubre de 1946, Marty escribió a Stepanov, ahora miembro del Departamento Internacional en Moscú del PCUS. Ampliamente circulada entre los oficiales soviéticos, la carta fue un asalto sobre el liderazgo de Thorez. Ella criticaba el parlamentarismo del PCF, su tendencia al compromiso mientras se permanecía en el gobierno, su fracaso en apoyar las demandas de los obreros y su renuncia a apoyar la liberación de los movimientos de las colonias. (...) Marty describiría el liderazgo de Thorez como una absoluta monarquía» infundida con un espíritu de «nepotismo» y «autocongratulación». (John Bulatis; Maurice Thorez: Una biografía, 2018)

El delegado soviético Zhdánov, durante la Conferencia de la Kominform abroncó delante de todas las delegaciones la actitud de los dirigentes italianos, los cuales habían sufrido el mismo destino que los franceses y adoptaron la misma reacción, dijo hacia Luigi Longo sin titubeos:

«Quieres ser más parlamentarista que los propios parlamentaristas Ellos fueron los primeros en violar las leyes del parlamento expulsándolos fuera del gobierno, a vosotros, el partido más fuerte. Nosotros no entendemos estas maniobras. Déjame plantearte una pregunta. Con los ataques de la reacción el Comité Central del partido comunista se retira. La reacción gana la expulsión de los comunistas del gobierno, asegurándose un éxito. Esto no es que sea un paso atrás. Es que es un golpe de Estado. ¿Y qué es lo que el partido tiene la intención de hacer? ¿Pasará el partido de la defensa al ataque? ¿Tiene el partido algún plan de ataque? ¿Hasta qué punto quiere el partido retirarse y en qué momento va a pasar a la ofensiva? ¿O tal vez bajo la bandera de evitar «aventuras», se dejará que se prohíba el propio partido comunista? ¿Por cuánto tiempo tiene el partido la intención de seguir en retirada? Todas estas preguntas no pueden dejar de preocupar a la clase obrera mundial». (Andréi Zhdánov; Intervención durante el informe de Luigi Longo, 24 de septiembre de 1947)

Esto nos expone la importancia de que los partidos comunistas sepan no solamente usar las armas para atacar y tomar el poder en el momento oportuno, sino también defenderse de posibles envistes. Instar a que su disciplina y organización interna, por su ligazón evidente con las masas y sus milicias armadas, sean factores disuasorios para que los reaccionarios duden a la hora de suprimirlos, para que en caso de que finalmente se produzcan dichos intentos expulsarlos de los municipios, parlamentos o incluso ilegalizar su prensa y organización, tener fuerza suficientes para contraatacar e incluso pasar luego a una ofensiva.

El PCF después de su expulsión del gobierno de coalición nacional de la posguerra, 
como mínimo debió haber movilizado activamente a toda la población para forzar al gobierno a rectificar tal acto infame, o incluso aprovechar la excusa para preparar la insurrección en breve y tomar el poder –si la dirección lo veía factible–, pero más bien se resigno simplemente a acatar la decisión y quejarse calificándola de injusta. Veamos como lo explicaba todo esto un delegado de la Kominform:

«Los camaradas franceses sufrieron otra derrota en la disputa sobre la nueva constitución. La constitución que los comunistas franceses, junto a los socialistas, presentaron a referéndum no representaba las relaciones sociales en Francia. Francia era un país democrático-burgués, pero la constitución propuesta contenía puntos que excedían los márgenes de la democracia burguesa. En realidad [la constitución] se trataba de un buen programa pero no de una constitución pragmática. En consecuencia, los socialistas franceses, temiendo quedarse aislados de las masas, aunque votasen en el Parlamento a favor de esta constitución, hicieron todo lo posible para hacerla fracasar durante el referéndum. Mediante maniobras parlamentarias ante las cuáles, más adelante, ellos mismos caerían víctimas, los comunistas consiguieron [que se aprobase] una buena constitución. Sin embargo, las esperanzas que los camaradas franceses tenían puestas en el desarrollo de la democracia y el socialismo en Francia gracias a esta constitución resultaron meras ilusiones. Cualquier ser inteligente entendería que la constitución estaba condenada a ser rechazada en el referéndum, porque no se correspondía con el nivel de desarrollo dado de las relaciones sociales [del momento]. Nuestros camaradas franceses pusieron sus esperanzas en engañar a la reacción y pasar a la ofensiva todo en base a la constitución, pero ellos mismos acabaron por ser traicionados por aquella misma maquinaria electoral en cuya infalibilidad creyeron ciegamente. Tras este fracaso, Bidault, Blum y compañía tomaron la ofensiva y adoptaron una constitución a favor de la que los comunistas también votaron, pese a encontrarse en desacuerdo con muchos de sus principios: acordaron votar a su favor simplemente porque creían que daría fin al gobierno provisional. Los reaccionarios de la camarilla Bidault-Blum, que anteriormente se opusieron a liquidar este gobierno provisional para no permitir que los comunistas les forzasen una constitución lejos de su agrado, ahora contemplaban positivamente la posibilidad de acabar con el gobierno provisional, una vez obtuvieron su propia constitución. Los comunistas, por su parte, fueron votados aún más en las elecciones y se convirtieron en el partido más fuerte del parlamento. Sin embargo, los eventos no transcurrieron de la forma esperada. La presión del imperialismo estadounidense se hacía más poderosa por momentos, y la población de las colonias de Francia no estaban dispuestas a esperar a la mayoría absoluta de los comunistas para empezar a legitimar su voz». (Milovan Đilas; Informe en la Iº Conferencia de la Kominform, 25 de septiembre de 1947)

El hecho posterior de que el ponente yugoslavo fuera uno de los padres del revisionismo, más concretamente del conocido como «titoismo», no invalida la crítica aquí emitida, todo lo contrario. Es paradójico que la denuncia del «cretinismo parlamentario» denunciado en 1947 fuese apoyado años después en el PCF por el revisionismo yugoslavo que apoyaba a las organizaciones eurocomunistas en su idea «del tránsito pacífico al socialismo» a través del sistema parlamentarista burgués, lejos de perder peso esta crítica por su autor, refleja, que quién abandona esta posición tarde o temprano suele acabar en el pantano del revisionismo. Si el lector desea más información, véase nuestra obra: «La crítica al revisionismo en la Iº Conferencia de la Kominform de 1947» de 2015.

Como se ve en esta exposición... incluso aunque los comunistas franceses hubiesen podido aprobar una constitución que «excediese» los límites de la democracia burguesa, estas hubieran acabado en papel mojado por razones obvias. Tampoco el hecho de ceder a varias concesiones aceptando una constitución más moderada, y hacer piña con el chovinismo de la burguesía en cuestiones como la colonial, postulándose el PCF como un ridículo mediador en vez de un aliado firme de los pueblos oprimidos, tampoco le reportó al PCF la amabilidad de la burguesía francesa, sino que avivo su fuerza y pasó a la ofensiva, pues la burguesía en caso de ver debilidad en el partido proletario, se aprovecha de ella para lograr sus objetivos. 

El delegado del PCF, Jacques Duclos forzado por las circunstancias de la crítica externa, reconocería ante sus camaradas internacionales que el PCF había sufrido de «tendencias oportunistas en el partido y un respeto excesivo por el legalismo y el parlamentarismo». Pero pese a la lluvia de críticas que fue objeto por parte del movimiento comunista internacional, y pese a las autocríticas de su dirección, el PCF repetiría estos errores una y otra vez en años sucesivos. Es de recordar su postura a la zaga y después poco ambiciosa de los acontecimientos durante la ola de huelgas y protestas de 1947, su misma incapacidad de liderar las enormes huelgas de 1953 o su postura de apoyo total al gobierno de turno en la Guerra de Argelia en 1954. Estos eventos demostraron la diferencia entre un partido que se dice revolucionario, y no que en la práctica demuestra que no lo es. Y que las autocríticas realizadas de cara al exterior, eran más para salir del paso que otra cosa, los Thorez o Duclos, no entendían la necesidad de comprender estas cuestiones, y como se vería años después, su revisionismo se cristalizaría y haría mucho más profundo.

André Marty que había denunciado estas tendencias, criticaría lo absurdo de los pactos parlamentarios sin una lucha de masas, lo absurdo de un programa de gobierno antifascista en la posguerra, sin apoyarse en las movilizaciones y acciones de masas:

«Como manifesté en Alger, simplemente pedí que esa participación ministerial del PCF en el gobierno debía tomar lugar sobre las bases de las decisiones del VIIº Congreso de la Internacional Comunista de 1935. Esto significaba: a través de una acción de masas y basándonos en las masas populares, como expliqué públicamente y constantemente. ¡Recuerden! Esta es la única manera de tomar ventajas decisivas para la clase obrera. Nunca llame a la revolución socialista, sino que llamé para apoyar que los miembros comunistas del gobierno pusiesen en orden la aplicación el programa del Consejo Nacional de Resistencia. Por ejemplo, la toma de las propiedades de los traidores era el primer paso a tomar. Esto hubiera sido suficiente para cambiar nuestra participación en el gabinete; porque estos traidores constituían la mayoría de magnates de los bancos y grandes empresarios. Ahí había algo que hubiera levantado el entusiasmo de las masas populares; ahí habría habido algo verdadero que habría abierto el camino para la creación de la «Nueva Francia» del pueblo. (...) Los obreros fueron llamados a realizar esfuerzos excepcionales para poner en operación las fábricas de ferrocarriles, esto era correcto. Pero el eslogan «¡Producid!, ¡Producid!» fue mantenido y repetido por meses y años; ello llenó los bolsillos de los explotadores y calmaron su miedo, mientras los obreros y sus familiares vivían solo a través del mercado negro, con carne racionada en por las cartillas, la cosa más injusta. Cada movimiento de demandas obreras fue controlado. Ese no era el programa de la Resistencia; ese no era el desarrollo de una política social y democrática y galvanizase la energía del pueblo; eso no era una equidad de sacrificios, ¡y mucho menos el castigo de los traidores!». (André Marty; El Affaire Marty, 1955)

¿A qué se refería exactamente Marty sobre que la formación en la posguerra de un gobierno antifascista inspirado en los lineamientos del VIIº Congreso de la IC?:

«¿Qué sería este gobierno? ¿Y en qué situación pudiera ser posible? Es, ante todo, un gobierno de lucha contra el fascismo y la reacción. Debe ser un gobierno formado como consecuencia del movimiento de frente único y que no limite de ninguna manera la actividad del partido comunista y de las organizaciones de masas de la clase obrera, sino, al contrario, que tome enérgicas disposiciones dirigidas contra los magnates financieros contrarrevolucionarios y sus agentes fascistas. En el momento oportuno, apoyándose sobre el movimiento creciente del frente único, el partido comunista del país en cuestión se manifestará por la creación de semejante gobierno, sobre la base de una plataforma antifascista concreta. ¿Bajo qué condiciones objetivas será posible la formación de un tal gobierno? A esta pregunta puede contestarse de un modo muy general: bajo las condiciones de una crisis política, en que las clases dominantes ya no están en condiciones de acabar con el potente ascenso del movimiento antifascista de masas. Pero esto es sólo una perspectiva general, sin la cual apenas será posible, en la práctica, la formación de un gobierno del frente único. Solamente en presencia de determinadas premisas especiales, puede ponerse al orden del día el problema de la formación de este gobierno como tarea políticamente necesaria. Me parece que en este sentido merecen la mayor atención las siguientes premisas: Primero. Cuando el aparato estatal de la burguesía esté ya lo bastante desorganizado y paralizado para que la burguesía no pueda impedir la formación de un gobierno de lucha contra la reacción y el fascismo. Segundo. Cuando las más extensas masas trabajadoras y en particular los sindicatos de masas se levanten impetuosamente contra el fascismo y la reacción, pero no estén todavía preparados para lanzarse a la insurrección con el fin de luchar bajo la dirección del partido comunista por la conquista del poder soviético. Tercero. Cuando el proceso de diferenciación y radicalización en las filas de la socialdemocracia y de los demás partidos que participan en el frente único, haya conducido a que una parte considerable dentro de ellas exija medidas implacables contra los fascistas y demás reaccionarios, luche del brazo de los comunistas contra el fascismo y se manifieste abiertamente contra el sector reaccionario y hostil al comunismo de su propio partido. (...) Le exigimos que lleve a cabo determinadas reivindicaciones cardinales revolucionarias, congruentes con la situación, como, por ejemplo, el control de la producción, el control sobre los bancos, la disolución de la policía, su sustitución por una milicia obrera armada, etc. (...) En la medida en que este gobierno despliegue una lucha real y verdadera contra los enemigos del pueblo, conceda libertad de acción a la clase obrera y al partido comunista, nosotros, los comunistas, lo apoyaremos por todos los medios y lucharemos en la primera línea de fuego, como soldados de la revolución. Pero les decimos francamente a las masas: este gobierno no traerá la salvación definitiva. Este gobierno no está en condiciones de derrocar la dominación de clase de los explotadores y, por esta razón, no puede tampoco eliminar definitivamente el peligro de la contrarrevolución fascista. ¡Por consiguiente, hay que prepararse para la revolución socialista! ¡Sólo y exclusivamente el poder soviético traerá la salvación!». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo: Informe en el VIIº Congreso de la Internacional Comunista, 2 de agosto de 1935)

Estos reclamos, a su vez venían de las primeras resoluciones de la Internacional Comunista:

«El gobierno obrero –eventualmente el gobierno obrero y campesino– deberá ser empleado en todas partes como una consigna de propaganda general. Pero como consigna de política actual, el gobierno obrero adquiere una mayor importancia en los países donde la situación de la sociedad burguesa es particularmente insegura, donde la relación de fuerzas entre los partidos obreros y la burguesía coloca a la solución del problema del gobierno obrero a la orden del día como una necesidad política. En esos países la consigna del «gobierno obrero» es una consecuencia inevitable de toda la táctica del frente único. (...) El programa más elemental de un gobierno obrero debe consistir en armar al proletariado, en desarmar a las organizaciones burguesas contrarrevolucionarias, en instaurar el control de la producción, en hacer recaer sobre los ricos el mayor peso de los impuestos y en destruir la resistencia de la burguesía contrarrevolucionaria. Un gobierno de este tipo sólo es posible si surge de la lucha de masas, si se apoya en organismos obreros aptos para el combate y creados por los más vastos sectores de las masas obreras oprimidas. Un gobierno obrero surgido de una combinación parlamentaria también puede proporcionar la ocasión de revitalizar el movimiento obrero revolucionario. Pero es evidente que el surgimiento de un gobierno verdaderamente obrero y la existencia de un gobierno que realice una política revolucionaria debe conducir a la lucha más encarnizada y, eventualmente, a la guerra civil contra la burguesía. La sola tentativa del proletariado de formar un gobierno obrero se enfrentará desde un comienzo con la resistencia más violenta de la burguesía. Por lo tanto, la consigna del gobierno obrero es susceptible de concentrar y desencadenar luchas revolucionarias». (Internacional Comunista; Resolución sobre la táctica de la Internacional Comunista en el IVº Congreso de la IC, 1924)

En otra ocasión se recalcó ante posibles malentendidos:

«Es necesario que los comunistas de todos los países tengan claro en sus mentes cuáles son las tácticas del frente único y cuáles no; son tácticas de revolución, no evolución. Así como el gobierno de los trabajadores –y campesinos– no puede ser, para nosotros, una etapa de transición democrática fija, las tácticas de frente unido no son una coalición democrática, una alianza con la socialdemocracia. Son solo un método de agitación y movilización revolucionarias. Rechazamos todas las demás interpretaciones como oportunistas. Debemos tener firmemente presente que las tácticas de frente único solo tienen un significado para la CI si promueven el objetivo de ganar a la mayor parte del proletariado para la lucha revolucionaria por el poder». (Internacional Comunista; Extractos de una declaración de Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista sobre los acontecimientos en Alemania en octubre de 1923, 1924)

En relación al surgimiento de corrientes como el titoismo, se diría en la URSS:

«La gran ley de la dialéctica marxista, que habla de la lucha de los opuestos, de superar las contradicciones, aplicada hábilmente en actividades prácticas, sirve a los partidos comunistas de todos los países como el arma más aguda en su lucha contra la burguesía y sus agentes. (...) El camarada Stalin enseña que sin la derrota de los conciliadores que actúan en las filas del partido de la clase trabajadora y empujan a las capas atrasadas de la clase obrera a los brazos de la burguesía, es imposible, la victoria de la revolución proletaria, la construcción del socialismo». (Partido Comunista de la Unión Soviética; Sobre el materialismo dialéctico, 1953)

¡Esto fue lo que nunca interiorizó el núcleo de los dirigentes del PCF!

Marty señaló que el PCF para finales de los 50 albergaba varios defectos insalvables, como eran las ilusiones parlamentarias –como método de defender sus posiciones políticas–, el no entender movimientos de masas como el Movimiento por la Paz –haciéndole seguidismo a varios de sus líderes no marxistas–, y la tendencia a los pactos por arriba con los jefes de los partidos reaccionarios –para intentar volver al gobierno bajo la excusa de la unidad nacional ante el rearme alemán–, todo ello sin nulas perspectivas revolucionarias:

«El Secretariado del PCF lanzó el Caso Marty-Tillón el 3-4 septiembre de de 1952 durante la sesión del Comité Central, cuando el informe de Duclos presentó la necesidad de «Frente Nacional Único», esto es, la unión de sus explotadores y enemigos –que fue denominada unión sagrada durante la guerra de 1914-18–. (...) La política del grupo dirigente del PCF, es una clara política parlamentaria, basada en acuerdos secretos con el enemigo de clase de los obreros. (...) Se ha desarrollado un hábito desde la Liberación [1944]; continuamente mandando cartas a diputados, para todo y para nada. Pero bajo un régimen capitalista no es el parlamento el que fija los salarios, es el jefe y la asociación de jefes; incluso cuando el gobierno toma una decisión, los empresarios hacen lo que quieren. (...) Joliot-Curie el Presidente del Movimiento Mundial de la Paz, en su informe en el congreso mundial de Viena, ha pedido que el Movimiento por la Paz sea un movimiento de masas real. Pero eso no existe. (...) Ellos publican muchas declaraciones con la firma de Sarte, por ejemplo, ¿pero a quienes representan estas figuras? Siempre hay casi la misma gente. (...) Cuando Daladier habla contra el rearme alemán, está bien. Cuando él participa en el Movimiento por la Paz, lo acepta. Pero después de todo lo que ha hecho desde 1936 a 1940 contra la clase obrera francesa. (...) Es necesario no quitarle ojo. (...) Depositar confianza por un minuto en estos profesionales políticos es una vez más alimentar a una serpiente». (André Marty; El Affaire Marty, 1955)

No sería cosa del azar que André Marty, fuese calumniado y expulsado del PCF en 1952 acusado de «aventurero», «fraccionalista» y otros términos que Duclos-Thorez usarían sin fundamento, hasta el punto de que una vez fuera del partido, se le colgaría el sambenito de haber sido un «agente del imperialismo». Todo ello por oponerse a una línea traidora cada vez más evidentemente, algo que como hemos constatado en otras experiencias, no es nada nuevo. Como advirtió Zhdánov, la calumnia es el recurso favorito del oportunismo para combatir a los revolucionarios honestos:

«Los nuevos métodos en las actividades subversivas practicados por los elementos hostiles en las filas del partido es el doble-juego, enmascarando sus actividades subversivas por una demostración externa de que estaban de acuerdo con la línea del partido, fingiendo una preparación para luchar en favor de sus decisiones. Sabemos que los elementos hostiles hicieron un amplio empleo de demostraciones ruidosas, actividades simuladas, practicaron el servilismo, los discursos pomposos, grandes saludos etcétera para engañar y hacer bajar la vigilancia de nuestros líderes. (...) La difamación de personas honestas con el pretexto de la «vigilancia», es en la actualidad el método más difundido utilizado para enmascarar y proteger sus propias actividades hostiles. Si uno quiere descubrir los nidos de avispas enemigas todavía no expuestos, hay que buscarlos sobre todo entre los calumniadores». (Andréi Zhdánov; Modificaciones en el reglamento del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética: Informe en el XVIIº Congreso del PC (b) de la URSS, 18 de marzo de 1939) 

Lo hemos visto en varios casos de la época como con el de Joan Comorera. Crímenes y atropellos que los oportunistas creían poder solventar con diversas campañas de propaganda, pero que hoy con el tiempo le daría la razón a Marty sobre el camino errado que estaba tomando el PCF, y expondría a Thorez y sus propuestas políticas, como las de un revisionismo reformista cada vez más encallado en el PCF. 

Este tipo de defectos legalistas y parlamentaristas, eran la consecuencia de una postura errónea en otros campos como la cuestión nacional y colonial, en las tácticas de frente versus la socialdemocracia, etc. Como hemos visto en el presente documento, generalmente el ser condescendiente con un error, abre la puerta a otro inmediatamente después. En pocos años, y sobre todo tras el advenimiento del jruschovismo, estos defectos antimarxistas fueron la marca y seña de los antiguos partidos comunistas: 

«La dirección del PCI presenta a la Constitución italiana como si fuera totalmente diferente de otras constituciones burguesas, pretendiendo que si no es todavía una constitución socialista perfecta, contiene al menos muchos principios socialistas, pero que «desgraciadamente», no son aplicados por los actuales gobernantes italianos. Es por esto que se orienta y concentra toda la atención, toda la lucha de clases obrera y el partido comunista a la aplicación de la Constitución y las reformas que prevé. ¡Y dicen que de esta manera van a pasar al socialismo!

No queremos de ninguna manera subestimar la importancia que presenta para el PCI y para los trabajadores italianos la lucha por la salvaguardia y el desarrollo de los derechos y de las libertades democráticas que prevé la Constitución italiana. Es verdad que es una constitución democrática, que apareció en consecuencia de la lucha de clase obrera y el PCI contra el fascismo, que contiene algunas reivindicaciones bastante avanzadas para el mundo capitalista y que van en interés de la clase obrera y las masas trabajadoras. Y desde luego, la lucha por la aplicación de estas reivindicaciones tiene gran importancia.

Mas todo esto no debe ser sobrestimado y exagerado. De hecho, la Constitución italiana actual es una constitución democrático-burguesa, que no rebosa en absoluto el marco de otras constituciones burguesas, que derivan sobre todo de la lucha contra el fascismo. Por consiguiente, crear ilusiones sobre la Constitución italiana y limitar la lucha de los trabajadores y del partido comunista a las reivindicaciones y aplicación de la Constitución es muy perjudicial y significa, de hecho, la renuncia a la revolución socialista y el mantenimiento dentro del orden capitalista. En realidad, lo que prevé la Constitución italiana son libertades y derechos puramente formales, que en realidad son violados cada día, algo que está admitido hasta por los dirigentes del PCI. Por ejemplo, se prevé una limitación de la propiedad privada o el derecho al trabajo, pero de hecho hubo y no hay ninguna limitación efectiva de la propiedad monopolista de los capitalistas; al contrario, la mayor concentración de capital en menos manos se ha logrado a ritmos más rápidos; o, a pesar de la proclamación general del derecho a trabajar, Italia se caracteriza por un desempleo masivo crónico, etc. Además, recordemos los intentos de las clases dominantes en Italia para limitar la democracia italiana, ni podemos olvidar que en algunos países de Europa como en Francia, ya han logrado este objetivo. Por lo tanto, la creación de ilusiones de todo tipo en la «democracia» burguesa, sobre el parlamentarismo burgués, causan un grave perjuicio a la clase obrera y el socialismo». (Zëri i Popullit; A propósito de las tesis concernientes al Xº Congreso del Partido Comunista Italiano, 18 de noviembre de 1962)

Los comunistas no rechazan las reformas: pero como es sabido dichas reformas deben de estar enfocadas a reforzar la revolución, y su militancia así debe de saberlo, o mejor dicho, los jefes y todo el partido debe hacérselo saber.

Los comunistas albaneses exponían así a las tesis de los revisionistas italianos que juraban no ser unos reformistas aunque su teoría y praxis así lo indicase:

«Los dirigentes del PCI se esfuerzan por justificar estas contradicciones refiriéndose a las afirmaciones de Lenin, a saber, que entre la democracia y el socialismo no hay una muralla china, utilizando pues, como argumento el enlace existente entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo. Bien entendido, esta es una tesis justa, pero hay que considerarla de modo dialéctico y no unilateral. Todo el asunto reside aquí en que sólo se destaca manera unilateral la conexión entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo, pero no se dice nada en que se distinguen las dos luchas, ya que, como hacen ellos, limitan la lucha por el socialismo a la lucha por la democracia. Pero esto significa, de hecho, permanecer en el cuadro del orden existente capitalista. En general los revisionistas no admiten la subordinación de las tareas democráticas a las tareas socialistas, sino que hacen lo contrario. De hecho es lo que hacen los dirigentes actuales del PCI. Los dirigentes del PCI se apartan de las enseñanzas del marxismo-leninismo sobre las relación entre las reformas y la revolución. Según ellos, de hecho, pareciese que la revolución socialista no es más que el conjunto de unas reformas estructurales. Mientras que los revolucionarios piensan en las reformas en las condiciones del capitalismo, tal como enseña Lenin, como el producto secundario de la revolución y las utilizan para el desarrollo y la extensión de la lucha de clases, subordinan las reformas a la realización de las tareas revolucionarias radicales. Aunque Toglitatti en su artículo: «El comunismo y el reformismo» publicado en «Rinascita» el 28 de julio de 1962, critica a los reformistas diciendo que, en interés de las reformas, olvidan el objetivo del derrocamiento del capitalismo y el establecimiento de relaciones socialista, Togliatti en persona y sus compañeros de hecho actúan precisamente de ese modo cuando concentran toda la atención del partido y de la clase obrera solamente en la lucha por las reformas que están previstas en la Constitución italiana y dicen que así es como se pasara al socialismo en las condiciones de Italia. ¿En qué consiste su diferencia de los reformistas? (...) No tenemos la intención de ninguna manera de decir que el partido comunista en las condiciones de la orden capitalista y concretamente en Italia, no debe luchar por reformas a favor de los intereses de la clase obrera y de todos trabajadores. Tal actitud rígida y «izquierdista» no puede tener nada común con marxismo-leninismo revolucionario. Pero es absolutamente necesario no olvidar en la lucha por las reformas, dos enseñanzas importantes del marxismo, que han sido confirmadas y son confirmadas cada día por la vida y por la experiencia del movimiento revolucionario de la clase obrera desde varias decenas de años. En primer lugar, no hay que sobrestimar el rol de las reformas en las condiciones del capitalismo, de ningún modo hay que crear en la clase obrera y las masas trabajadoras ilusiones del tipo que por medio de las reformas se pueden resolver los problemas vitales de los trabajadores, asegurar el mejoramiento radical de sus condiciones de trabajo y vida. Marx argumentó de modo científico en su obra «El Capital» que la acumulación de la pobreza en un polo y de la riqueza en  el otro polo era una ley de desarrollo del capital, que la lucha de la clase obrera y los mejoramientos parciales que arranca al capital podían frenar y limitar temporalmente el efecto de la acción de esta ley, pero no pueden destruirla sin haber destruido el capitalismo mismo. Esta tesis se pone en evidencia con los hechos actuales. Por ejemplo durante la última década, Italia ha ampliado aún más la brecha entre el rendimiento del trabajo que ha aumentado dos veces más que los salarios reales de los trabajadores: de hecho, durante los últimos diez años hemos notado la tendencia a mantener, e incluso disminuir la parte de la renta nacional que está destinada a los trabajadores. Si el programa de reformas se separa, se aísla, y se convierte en algo independiente de la lucha general por el derrocamiento por el derrocamiento del capitalismo y el triunfo del socialismo, sobre todo cuando la lucha de reformas se presenta como la vía al socialismo, como es el hecho de la actual dirigencia del PCI, esto lleva a posiciones oportunistas y reformistas del «economismo» de Bernstein, desorienta la lucha de clases obrera, con el pretexto de algunas mejoras y reformas parciales, desviando el objetivo principal: la lucha para derrocar al capitalismo. En segundo lugar, en la lucha por las reformas no hay que olvidar tampoco la importante enseñanza de Lenin según el cual hay reformas y reformas. Hay unas reformas que los trabajadores, bajo la dirección del partido revolucionario, arrancan por su lucha al capital, lo obligan a batirse en retirada, a hacer concesiones, que son ciertamente reformas en interés de las masas trabajadoras y es por ello que por tales reformas hay que pelear. Pero también existen reformas engañosas que son emprendidas por las clases explotadoras en el poder, a fin de desviar a los trabajadores de la revolución». (Zëri i Popullit; A propósito de las tesis concernientes al Xº Congreso del Partido Comunista Italiano, 18 de noviembre de 1962)

Cuando el PCE de Carrillo-Ibárruri apostaba por el «proceso constituyente»

El Partido Comunista de España (PCE) bajo Carrillo-Ibárruri promovía ardientemente la consigna del proceso constituyente como estrategia estrella, creyendo que era la vía perfecta para pasar del franquismo a una verdadera «democracia», y de ahí al «socialismo»:

«La alternativa democrática se está articulando en torno a un programa básico: gobierno provisional de amplia coalición, amnistía, libertades democráticas sin discriminación, elecciones a constituyentes que decidirán sobre el régimen social del Estado español». (Partido Comunista de España; Comunicado del VIIIº Congreso del PCE, 1972)

El antiguo Partido Comunista de España (marxista-leninista) le respondió al PCE en una ocasión con una cita muy acertada:

«El pensamiento de una pacífica sumisión de la mayoría de los explotados ante los capitalistas y de una evolución apacible hacia el socialismo no es solamente un signo de mediocridad burguesa sino también un engaño, la disimulación de la esclavitud del asalariado, la deformación de la verdad a los ojos de los trabajadores. La verdad es que la burguesía más ilustrada, la más democrática, no retrocede ante la masacre de millones de obreros y campesinos con el único fin de salvar la propiedad privada de los medios de producción. La liquidación de la burguesía por medio de la violencia, la confiscación de sus propiedades, la destrucción de sus mecanismos de estado, parlamentario, judicial, militar, burocrático, administrativo, municipal, etc. hasta el exilio o la reclusión de todos los explotadores más peligrosos y obstinados, sin excepción, el ejercicio de una estricta vigilancia para reprimir los intentos, que no faltarán, de restaurar la esclavitud capitalista, tales son las medidas que pueden asegurar el sometimiento real de toda la clase de explotadores». (Internacional Comunista; Tareas fundamentales de la Internacional Comunista, 1920)

Y añadía con sorna:

«Como vemos la contradicción entre la posición de Lenin y la del renegado Carrillo es total. Mientras Carrillo preconiza «elecciones a cortes constituyentes», Lenin insiste una y otra vez en que el único camino para que el proletariado se libre de la esclavitud asalariada es el de la revolución violenta. Y eso incluso cuando se enfrenta con la burguesía más «instruida y democrática». ¿Qué diría Lenin frente a una oligarquía como la que domina España, feroz, asesina, salvaje y cuya «instrucción» es la del espadón y su «democracia» la de los cementerios?». (Vanguardia Obrera; Nº85, 1973)

El PCE (m-l denunciaba sin pelos en la lengua lo necio que era hablar de un proceso constituyente sin desmontar todo el entramado del sistema burgués que rodea el ambiente político, sea éste bajo una democracia burguesa o fascista:

«Propugnar cortes constituyentes que decidirán el futuro del régimen de España, es una superchería, pues mientras no se deshaga el aparato terrorista policiaco-militar del régimen, más sus refuerzos yanquis, ni el pueblo podrá expresarse libremente ni las cortes constituyentes podrán constituir realmente nada. (…) Un servilismo semejante muestra palmariamente su empecinamiento en aliarse a toda costa con sectores de la reacción y llevar al pueblo a remolque de semejante conciliábulo. Tal política tiene un nombre: traición». (Acción; Comité Pro-Frente Revolucionario Antifascista y Patriota, Nº3, enero, 1972)

Más adelante esto se volvía a repetir refutando las ilusiones de Carrillo y otros, conectando con la idea de que, mientras exista la dominación del capital, dicho proceso constituyente será siempre hegemonizado por la burguesía, supervisando que, incluso en el caso de verse forzada a realizar concesiones, todo sea manejado hacia sus intereses, por tanto, todo proceso de este tipo, frenará o desarrollará reformas constitucionales hacia esa protección de los intereses de clase:

«–Incurre en la ilusión de creer que alguna vez la clase dominante en España respeta las normas del juego democrático. La experiencia demuestra la falsedad de esta ilusión ya que lo hacen sólo cuando les interesa.

–En segundo lugar, se basa en la deliberada ignorancia de que bajo el yugo de la oligarquía, aún con formas «democráticas» de poder, las clases oprimidas no tienen posibilidades de organización y de expresión ni remotamente comparables a las de la oligarquía y de la burguesía en general; que las clases populares sólo pueden acceder a los más amplios y mejores medios de organización y de expresión a través de la lucha contra sus opresores.

–En tercer lugar, que es «lucha» parece desconocer el hecho de que, bajo el yugo de la oligarquía, con no importa qué formas de poder, esa clase opresora y antinacional, puede controlar y amañar totalmente cualquier elección o referéndum, teniendo en sus manos el aparato estatal». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Esbozo de la historia el PCE (m-l), 1985)

El PCE (m-l) hablaba en el sentido de que los males del capitalismo y la única salida posible a ellos en la etapa imperialista del capitalismo son a través de la concienciación de las masas trabajadoras, su organización y su participación en la revolución proletaria, que como se ha demostrado, no tiene otra vía que mediante la combinación de los métodos pacíficos con el uso de la violencia revolucionaria de las masas bajo la dirección del partido marxista-leninista:

«Es esta una de las cuestiones de principio más importantes que separa hoy de manera irreconciliable a los marxista-leninistas de los revisionistas jruschovistas, y de todos los socialreformistas y pseudomarxistas. Para los marxista-leninistas, para todo revolucionario honrado y consciente, sigue siendo válido, de manera general, el principio de la revolución violenta como ley universal de la revolución proletaria, así como el reconocimiento de la necesidad de destruir el viejo aparato estatal con objeto de sustituir la dictadura de la burguesía por la del proletariado. Nuestra reafirmación absoluta de este principio se basa no sólo en las enseñanzas de nuestros clásicos y en su lucha intransigente contra el pacifismo y el evolucionismo, sino además en las lecciones históricas de las revoluciones populares de nuestra época, y en el análisis concreto de la situación actual en nuestro propio país. Basándose en una apreciación anticientífica de la situación actual en el mundo, los revisionistas modernos pretenden, por su parte, y ello pese a los hechos irrefutables y evidentes, que la teoría marxista-leninista de la lucha de clases, como motor de la historia, ya está anticuada y que las condiciones internacionales permiten hoy prever que el socialismo puede implantarse a través del camino parlamentario y de la transición pacífica». (Elena Ódena; Sobre algunas cuestiones de principio del marxismo-leninismo, 1967)

Elena Ódena siempre habló del establecimiento de una democracia popular bajo la dictadura del proletariado en alianza con el resto de trabajadores para reprimir los intentos de las clases derrocadas de restaurar el poder, y sobre esta base dar inicio a la construcción económica socialista:

«En la lucha contra el oportunismo y el revisionismo Lenin señaló en todo momento que lo fundamental de la revolución proletaria es conquistar el poder y destruir el aparato estatal burgués por la violencia, para implantar la dictadura del proletariado. Lenin se basaba para tal afirmación no sólo en su dilatada y riquísima experiencia y capacidad de análisis y síntesis de la historia y los hechos, sino también en los análisis de Marx, el cual ya en 1875 en su obra filosófica «Crítica al Programa de Gotha» [lo] afirma. (...) Actualmente los revisionistas modernos, tras haber traicionado en toda la línea la política de clase del proletariado, se esfuerzan por enterrar y falsificar los principios fundamentales del marxismo-leninismo, que son el arma decisiva con la que cuenta la clase obrera y todas las masas oprimidas y explotadas de la humanidad para orientarse en su lucha liberadora». (Elena Ódena; La dictadura del proletariado, una cuestión fundamental del marxismo-leninismo 16 de febrero de 1976)

Así mismo se explicaba la función de la dictadura del proletariado en la revolución:

«Negar la necesidad de la implantación de un Gobierno de dictadura del proletariado es condenar pura y simplemente al fracaso cualquier intento de implantar un poder auténticamente popular y revolucionario. La dictadura del proletariado tiene, pues, como función esencial durante todo un prolongado período histórico defender por todos los medios el poder revolucionario del pueblo contra los ataques del capitalismo y del imperialismo, es decir, de las clases explotadoras de dentro y fuera y contra sectores de las clases medias y otros enemigos del pueblo que se oponen a la revolución y se unen a los explotadores». (Elena Ódena; La dictadura del proletariado, democracia de tipo superior para el pueblo, 29 de febrero de 1976)

Incluso para satisfacer las consignas y tareas de soberanía nacional, se anotaba en aquella época que era necesario la sustitución de la burguesía nacional voluble y miedosa ante el imperialismo extranjero por el proletariado, única clase consecuentemente antiimperialista:

«Los comunistas debemos estar preparados, en su momento oportuno, relevar a la burguesía y encabezar la lucha de independencia nacional, transformándola en una lucha de liberación social, es decir, en revolución». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IVº Congreso del PCE (m-l), 1984)

El actual PCE (m-l) ofrece para los problemas sociales una utópica receta liberal ya superada

En cambio, el actual PCE (m-l) refundado, pese algún artículo sobre la lucha de clases donde utiliza alguna vez el término «dictadura del proletariado», no tiene un programa ni una perspectiva encaminada a ello. Es más, mantiene desde hace años una posición análoga a otras viejas organizaciones marxista-leninistas ahora socialdemócratizadas como Bandera Roja, el Partido Comunista de Colombia Marxista-Leninista, el Partido Comunista de Chile (Acción Proletaria), el Partido Comunista de México Marxista-Leninista, y muchos que parlotean sobre el supuesto «tránsito hacia el socialismo», pero basando toda su estrategia en la formación de una anhelada Asamblea Nacional Constituyente, como se refleja en sus programas y eslóganes. Esta vía –que es considera la panacea para todos los problemas– también se puede observar en organizaciones totalmente ajenas a un origen marxista-leninista presente o pasado como ocurre con las FARC-EP o el Ejército de Liberación Nacional que también reivindican dicha estrategia. En América de hecho, tanto los líderes del «socialismo del siglo XXI» –Evo Morales en Bolivia– como de la derecha más tradicional –Piñera en Chile– han optado por esta salida cuando se han visto abocados a realizar cambios en su forma de gobernar, o querían desactivar movilizaciones. Y el PCE (m-l) les sigue por este sendero de vender que este es el camino del cambio real:

«Cada vez son más las voces que piden el inicio de un proceso constituyente, a las que desde su constitución se suma esta Asamblea Ciudadana Pro-Referéndum de Segovia, que pone el acento en la reivindicación de la república como la mejor forma de gobierno para España y la ruptura con el régimen monárquico consagrado por la Constitución del 78». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); SEGOVIA: Iniciativa pro referéndum de Asamblea Ciudadana, 2015)

El actual PCE (m-l) en su artículo: «¿Proceso constituyente?» de A. Bagauda, critica que la visión del «proceso constituyente» de organizaciones como Podemos o Izquierda Unida se limita a que «no se salen de los marcos de la Constitución del 78»:

«Hablar de «proceso constituyente» desde la asunción de la Constitución del 78, partiendo de ella, sin romper con ella, es un despropósito político, es desvirtuar el concepto «proceso constituyente». (...) Un proceso que se inicia necesariamente con la formación de un gobierno provisional –llámese como se llame y del que nada dicen [Unidos Podemos] porque no tienen necesidad de él–, resultado de la lucha política por la ruptura con el régimen precedente, con la constitución precedente, por la república, conformado por aquellas fuerzas que han batallado y expresión de la voluntad popular; un gobierno provisional, de carácter temporal, que dirigirá y garantizará que dicho proceso se desarrolle en condiciones realmente democráticas, y que convocará una Asamblea o Cortes Constituyentes, que reflejará la nueva correlación de fuerzas, encargada de elaborar la nueva constitución republicana». (Octubre; Órgano de expresión del PCE (m-l); Nº89, 2016)

¿Pero acaso el PCE (m-l) con sus propuestas se sale de los  marcos del legalismo burgués?  Para nada. 

Pokrovski en su artículo: «80º aniversario del triunfo del Frente Popular en España», nos ofrece desde el actual PCE (m-l) la típica imagen de alguien que se cree revolucionario pero acaba en los mismos dogmas reformistas:

«Las recetas económicas y sociales aplicadas en los ayuntamientos controlados por PODEMOS tampoco son la solución. Chocan con la realidad de una legislación, de un marco jurídico que ahoga y pulveriza cualquier proyecto de cambio real. No negamos la buena voluntad de algunos alcaldes y concejales de la formación liderada por Pablo Iglesias, pero, si son honestos, pronto comprenderán que el muro de la Constitución y la monarquía no ofrece resquicios para sus reformas. Solo un nuevo marco jurídico, un nuevo orden constitucional y una nueva legislación permitirán afrontar los graves retos que tiene nuestro país». (Octubre; Órgano de expresión del PCE (m-l); Nº90, 2016)

¡¿En qué se diferencia el discurso del PCE (m-l) respecto a Podemos/IU?! En ocasiones es indiferenciable.

La historia ha demostrado el fiasco de las ilusiones de los reformistas «moderados» –IU/Podemos– y de los reformistas algo más «radicales» –el actual PCE (m-l)–. Los «ayuntamientos del cambio» liderados por Podemos y aliados han fracasado estrepitosamente en su intento de transformación de la realidad –véase como culmen de su fracaso la pérdida de alcaldías en las municipales de 2019–. Mientras que por otro lado, como veremos al final del documento, la historia como ha certificado que no es posible una resolución de los problemas sociales por un «nuevo marco jurídico» y un nuevo «cambio constitucional» mientras exista la dictadura del capital, el orden burgués. Así habla un reformista no un revolucionario.

Precisamente el PCE (m-l) imita a esas organizaciones y líderes reformistas que tanto critica, que también proponen de vez en cuando, la receta de un «proceso constituyente para lograr una «república federal» que solucione los problemas del país:

«El histórico dirigente de IU y fundador del Frente Cívico Somos Mayoría (FCSM), Julio Anguita, ha propuesto este viernes, al inaugurar en Córdoba las Jornadas 'Volver a mirarnos. Nuevos acuerdos para la España que somos', organizadas por Podemos, implicar a la sociedad española en su conjunto en un «proceso constituyente» que lleve a que España se convierta en una «república federal, plurinacional y solidaria». (El diario.es; Anguita propone un «proceso constituyente» hacia una «república federal, plurinacional y solidaria», 24 de noviembre de 2011)

Si miramos a los nuevos líderes reformistas de Podemos, dicen lo mismo:

«Apertura de un proceso constituyente democrático que garantice que los derechos sociales y culturales tengan el mismo estatuto que los derechos civiles y políticos, esto es, que sean consustanciales a la condición de ciudadanía». (Podemos; Programa para las elecciones europeas, 2014)

Desde IU hace décadas que lleva siempre su eslogan predilecto:

«En primer lugar, la ruptura democrática es una estrategia encaminada a construir unas instituciones político-jurídicas distintas a las actuales, que provienen de 1978. Es la estrategia que conduce a un proceso constituyente dirigido desde abajo, es decir, democrático y participativo». (Salvador López Arnal; Organización, unidad y lucha Una conversación con Alberto Garzón, 2016)

Un año después Garzón proclamaba un discurso clavado al de Raúl Marco: 

«Izquierda Unida ha apostado de forma histórica por iniciar un proceso constituyente que condujera a España a convertirse en una República Federal. Un proceso que sirviera, por un lado, para redefinir los equilibrios territoriales. Y, por otro, para modificar la forma de Estado y afianzar su carácter social». (El diario.es; Alberto Garzón lanza un proceso abierto para redactar una «Constitución Federal», 2017)

Mientras se opere bajo los lineamientos de la democracia burguesa, no habrá emancipación social posible

Históricamente se ha demostrado que el problema de los «procesos de regeneración democrática» como le llaman algunos, no es solamente partir de la constitución precedente, sino que este proceso reformista es en sí limitado y profundamente hipócrita, una cortina de humo para que todo siga igual. Se ha visto que la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente ha sido una consigna histórica del liberalismo moderado y radical para elegir una nueva constitución burguesa, la cual no resuelve los problemas inherentes al sistema, y que las decisiones tomadas en ella no siempre se respetan. Veamos el ejemplo histórico de Colombia:

«En 1990 la mayoría del brazo armado del PC de C-ML: el EPL, empezaron a hablar de nuevo sobre buscar «una solución política global al conflicto armado», de «interés y voluntad de buscar vías diferentes a la confrontación militar, cuyo propósito en último término sirviera de base a una gran movilización por la democracia contra la dictadura de Estado y por el reconocimiento al pueblo como constituyente primario, expresado a través de una Asamblea Nacional Constituyente» como venía indicándose desde los 80 con toda la buena fe. Es decir se decía que dejando las armas, reintegrándose en el movimiento político legal y convocando una Asamblea Constituyente, los problemas en Colombia podrían ser resueltos «democráticamente» y «pacíficamente» siempre confiando a ciegas que el gobierno garantizase mantener su promesa. Con ese objetivo el 90% de los miembros del EPL crearon el movimiento Esperanza, Paz y Libertad, mientras que por otro lado el PC de C-ML se quedó sin su brazo armado, que en realidad debido a sus conocidas acciones de autodefensa en el campo, era el único motivo de cierto prestigio entre la población. Una parte ínfima del ELP se quedó en activo como guerrilla, ocupando algunas zonas en el Norte de Santander. En 1991 en Colombia se convocó una Asamblea Nacional Constituyente que vio nacer una nueva constitución. Pero más allá de las promesas en dicho país siguieron existiendo uno de los mayores niveles de latifundio de la región, un nivel de asesinatos políticos superior al de muchas abiertas dictaduras fascistas, y otros problemas que todos conocemos. La línea de una convocatoria para la Asamblea Nacional Constituyente promovida por muchos grupos de izquierda no sirvió para solucionar nada de peso, porque una nueva Constitución no sirve cuando la burguesía está en el poder, a lo sumo que sirve es para desgajar migajas, migajas que pueden ser suprimidas cuando la burguesía vea que es el momento preciso para lanzar los cuerpos y fuerzas represivas del Estado. (...) Se ve que no aprendieron nada de la misma estrategia de la «búsqueda de una convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente» de los 80 que acabó con la represión y asesinato de su propio Secretario General!». (Equipo de Bitácora (M-L); Una reflexión necesaria sobre las FARC-EP, los acuerdos de paz y la historia de las guerrillas en Colombia, 2016)

¿A qué conclusión llegamos? Obviamente, los comunistas en determinadas ocasiones, si se ven envueltos en un proceso constituyente como tal y no pueden oponer forma superiores, pueden utilizar tal reivindicación y eslogan, pero de forma revolucionaria, jamás vendiendo a la gente que ese es el camino al socialismo, que resolverá definitivamente la cuestión nacional sin problemas, o ilusiones absurdas de ese tipo. Esta cuestión de la Asamblea Nacional Constituyente está íntimamente ligada con la actitud de los comunistas hacia las instituciones burguesas:

«Los parlamentos burgueses, que constituyen uno de los principales aparatos de la maquinaria gubernamental de la burguesía, no pueden ser conquistados por el proletariado en mayor medida que el estado burgués en general. La tarea del proletariado consiste en romper la maquinaria gubernamental de la burguesía, en destruirla, incluidas las instituciones parlamentarias, ya sea las de las repúblicas o las de las monarquías constitucionales. (…) La tribuna del parlamento burgués es uno de esos puntos de apoyo secundarios. No es posible invocar contra la acción parlamentaria la condición burguesa de esa institución. El partido comunista entra en ella no para dedicarse a una acción orgánica sino para sabotear desde adentro la maquinaria gubernamental y el parlamento. Ejemplo de ello son la acción de Liebknecht en Alemania, la de los bolcheviques en la Duma del zar, en la «Conferencia Democrática» y en el «pre-parlamento» de Kerensky, en la Asamblea Constituyente, en las municipalidades y también la acción de los comunistas búlgaros». (Internacional Comunista; El partido comunista y el parlamentarismo; IIº Congreso de la Internacional Comunista, 1920)

Siempre se deberá explicar que con una Asamblea Nacional Constituyente, las instituciones, leyes y demás que emanen de ella, siempre que sea todavía dentro de una democracia burguesa, muy seguramente todas estas cosas, más temprano que tarde, serán manipuladas o vulneradas por la burguesía en cuanto vayan en contra de sus intereses, ¡como ocurre normalmente con cualquier ley que emana de las constituciones burguesa o de un proceso constituyente bajo la dominación del capital! Por lo tanto, el partido revolucionario debe centrar sus esfuerzos en ganarse la confianza de las masas para defender cada derecho que se consiga gracias o no en la Asamblea Nacional Constituyente, para poder oponer oposición en caso de que la burguesía intente derogar esos derechos y contraatacar con fiabilidad, ligando estas luchas defensivas a otras ofensivas, que incluirán cuestiones popularizar el programa del partido comunista, las nuevas formas de poder popular:

«La consigna de «Todo el poder a los Soviets» significa una transformación radical de todo el antiguo aparato gubernamental, de ese aparato burocrático que entorpece la iniciativa democrática; implica la supresión de este aparato y su sustitución por un nuevo aparato popular auténticamente democrático, el de los soviets, esto es, de la mayoría organizada y armada del pueblo de los obreros, los soldados y los campesinos; significa la libertad de iniciativa y de acción independiente de la mayoría del pueblo, no sólo en la elección de los diputados, sino asimismo en la administración del Estado, en la aplicación de las reformas y la realización de las transformaciones sociales». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una de las cuestiones fundamentales de la revolución, 1917)

Este es el mejor medio para la revolución. 


Sobra decir que todas las agrupaciones oportunistas en cuanto logran convocar una Asamblea Nacional Constituyente y crear una nueva carta magna, hayan tenido más influencia en su creación o menos, se vuelven automáticamente los máximos defensores del legalismo burgués de su país, y se dedican a rogar a las élites que respeten lo prometido, mientras se pisotean las teóricas conquistas logradas y se reprime al movimiento popular». (Equipo de Bitácora (M-L)Ensayo sobre el auge y caída del Partido Comunista de España (marxista-leninista), 2019)

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Los evidentes errores en la línea y programa serían:



El miedo del PCE (m-l) a exponer al público las divergencias con otros partidos; Equipo de Bitácora (M-L), 2019

El seguidismo, formalismo y doctrinarismo hacia mitos aún no refutados en el PCE (m-l) [Vietnam]; Equipo de Bitácora (M-L), 2019

La falta de investigaciones históricas sobre el movimiento obrero nacional e internacional en el PCE (m-l); Equipo de Bitácora (M-L), 2019

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La progresiva degeneración del PCE (m-l):



De la oposición al apoyo del PCE (m-l) a la Comunidad Económica Europea –actual Unión Europea–; Equipo de Bitácora (M-L), 2019

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