«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

jueves, 20 de febrero de 2014

¿Deben actuar los revolucionarios en los sindicatos reaccionarios?; Lenin, 1920

«No actuar en los sindicatos reaccionarios significa abandonar a las masas obreras insuficientemente desarrolladas o atrasadas a la influencia de los líderes reaccionarios, de los agentes de la burguesía, de los obreros aristócratas u «obreros aburguesados».» (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, 1920)


Los «izquierdistas» alemanes consideran que pueden responder con una negativa absoluta a esta pregunta. A su juicio, las soflamas y los gritos de cólera contra los sindicatos «reaccionarios» y «contrarrevolucionarios» –K. Horner se distingue por «el aplomo» y la necedad con que hace esto– bastan para «demostrar» la inutilidad e incluso la inadmisibilidad de que los revolucionarios, los comunistas, actúen en los sindicatos contrarrevolucionarios, en los sindicatos amarillos, socialchovinistas y conciliadores dirigidos por los Legien.

Pero por muy convencidos que estén los «izquierdistas» alemanes del carácter revolucionario de semejante táctica, ésta es, en realidad, profundamente errónea y no contiene más que frases hueras.

Para aclararlo partiré de nuestra propia experiencia, conforme al plan general del presente folleto, que tiene por objeto aplicar a Europa Occidental lo que la historia y la táctica actual del bolchevismo contienen de aplicable, importante y obligatorio en todas partes. La correlación entre jefes, partido, clase y masa y, a la vez, la actitud de la dictadura del proletariado y de su partido ante los sindicatos aparece actualmente entre nosotros en la siguiente forma concreta: la dictadura la ejerce el proletariado organizado en los Soviets y dirigido por el Partido Comunista Bolchevique, que, según los datos del último Congreso –abril de 1920–, cuenta con 611.000 miembros. El número de militantes ha oscilado mucho tanto antes como después de la Revolución de Octubre y ha sido considerablemente menor incluso en 1918 y 1919 [29]. Tememos ampliar con exceso el partido porque los arribistas y truhanes, que sólo merecen ser fusilados, tratan infaliblemente de infiltrarse en el partido gobernante. La última vez que abrimos de par en par las puertas del partido –sólo para los obreros y los campesinos– fue en los días –invierno de 1919– en que Yudénich se encontraba a algunas verstas de Petrogrado y Denikin estaba en Oriol –a unas trescientas cincuenta verstas de Moscú–, es decir, cuando la República Soviética se veía ante un peligro terrible, mortal, y los aventureros, los arribistas, los truhanes y, en general, los elementos inestables no podían contar en modo alguno con hacer una carrera ventajosa –sino más bien con la horca y las torturas– si se adherían a los comunistas [30]. El partido, que celebra congresos anuales –en el último, la representación fue de un delegado por cada mil militantes–, lo dirige un Comité Central de 19 miembros, elegido por el congreso; la gestión de los asuntos corrientes la ejercen en Moscú dos organismos aún más restringidos, denominados «Buró de Organización» y «Buró Político», que se eligen en sesiones plenarias del Comité Central y cada uno de los cuales está compuesto de cinco miembros de éste. Nos hallamos, pues, ante una verdadera «oligarquía». En nuestra República, ninguna institución del Estado resuelve problemas políticos o de organización importantes, cualesquiera que sean, sin las directrices del Comité Central del partido.

En su labor, el partido se apoya directamente en los sindicatos, que tienen ahora, según datos del último congreso –abril de 1920–, más de cuatro millones de afiliados y que en el aspecto formal son sin partido. De hecho, todos los organismos dirigentes de la inmensa mayoría de los sindicatos, y en primer término, como es natural, la institución central o buró sindical de toda Rusia –Consejo Central de los Sindicatos de toda Rusia–, se componen de comunistas y aplican todas las directrices del partido. Se obtiene, en conjunto, un mecanismo proletario, no comunista en el aspecto formal, flexible y relativamente amplio, potentísimo, por medio del cual el partido está ligado de manera estrecha a la clase y a las masas y a través del cual se ejerce, bajo la dirección del partido, la dictadura de la clase. Por supuesto, nos hubiera sido imposible gobernar el país y ejercer la dictadura, no ya dos años y medio, sino ni siquiera dos meses y medio, sin la más estrecha ligazón con los sindicatos, sin su fervoroso apoyo, sin su abnegadísima labor tanto en la organización económica como en la militar. Está claro que esta estrechísima ligazón significa, en la práctica, una labor de propaganda y agitación muy compleja y variada, reuniones oportunas y frecuentes no sólo con los dirigentes, sino, en general, con los militantes sindicales influyentes y una lucha sin cuartel contra los mencheviques, que tienen todavía cierto número de partidarios –muy pequeño, en verdad–, a los que inician en todas las malas artes de la contrarrevolución, desde la defensa ideológica de la democracia –burguesa– y la prédica de «la independencia» de los sindicatos –independencia... ¡respecto del poder estatal proletario!– hasta el sabotaje de la disciplina proletaria, etc, etc.

Reconocemos que el contacto con «las masas» por conducto de los sindicatos es insuficiente. En el curso de la revolución se ha creado en nuestro país, en la práctica, un organismo que procuramos por todos los medios mantener, desarrollar y ampliar: las conferencias de obreros y campesinos sin partido. Este organismo nos permite observar el estado de ánimo de las masas, acercarnos a ellas, responder a sus demandas, promover a cargos del Estado a sus mejores elementos, etc. Un decreto reciente sobre la transformación del Comisariado del Pueblo de Control del Estado en «Inspección Obrera y Campesina» confiere a estas conferencias sin partido el derecho de elegir miembros del Control del Estado para las funciones más diversas de revisión, etc.

Además, como es natural, toda la labor del partido se efectúa a través de los Soviets, que agrupan a las masas trabajadoras sin distinción de oficio. Los congresos distritales de los Soviets son una institución democrática jamás vista en las mejores repúblicas democráticas del mundo burgués. Por medio de estos congresos –cuya labor procura seguir el partido con la mayor atención posible–, así como por la comisión constante de los obreros más conscientes para desempeñar cargos diversos en las poblaciones rurales, el proletariado ejerce su función dirigente con respecto al campesinado, se realiza la dictadura del proletariado urbano, la lucha sistemática contra los campesinos ricos, burgueses, explotadores y especuladores, etc.

Tal es el mecanismo general de poder del Estado proletario examinado «desde arriba», desde el punto de vista de la realización práctica de la dictadura. Es de esperar que el lector comprenderá por qué el bolchevique ruso, que conoce este mecanismo y lo ha visto nacer de los pequeños círculos ilegales y clandestinos en el transcurso de veinticinco años, no puede por menos de hallar ridículo, pueril y absurdo todo ese palabreo sobre la dictadura «desde arriba» o «desde abajo», la dictadura de los jefes o la dictadura de las masas, etc, como lo sería una disputa acerca de qué le es más útil al hombre: la pierna izquierda o el brazo derecho.

Tampoco pueden dejar de parecernos un absurdo ridículo y pueril las disquisiciones pomposas, muy sabias y terriblemente revolucionarias de los izquierdistas alemanes, quienes afirman que los comunistas no pueden ni deben actuar en los sindicatos reaccionarios, que es permisible renunciar a semejante actividad, que es preciso abandonar los sindicatos y organizar sin falta una «unión obrera», completamente nueva y pura, inventada por comunistas muy simpáticos –y en la mayoría de los casos, probablemente, muy jóvenes–, etc, etc.

El capitalismo lega inevitablemente al socialismo, de una parte, las viejas diferencias de profesión y de oficio entre los obreros, formadas en el transcurso de los siglos, y, de otra, los sindicatos, que sólo con gran lentitud, a lo largo de años y años, pueden transformarse y se transformarán en sindicatos de industria más amplios, menos corporativos –que engloben a industrias enteras y no sólo a corporaciones, oficios y profesiones–. Después, a través de estos sindicatos de industria, se pasará a suprimir la división del trabajo entre los individuos; a educar, instruir y formar hombres universalmente desarrollados y universalmente preparados, hombres que sabrán hacerlo todo. Hacia eso marcha, debe marchar y llegará el comunismo, pero sólo dentro de muchos años. Intentar hoy anticiparse en la práctica a ese resultado futuro de un comunismo llegado a la plenitud de su desarrollo, solidez y formación, de su íntegra realización y de su madurez, es lo mismo que querer enseñar matemáticas superiores a un niño de cuatro años.

Podemos –y debemos– emprender la edificación del socialismo no con un material humano fantástico ni especialmente creado por nosotros, sino con el que nos ha dejado como herencia el capitalismo. Esto es, sin duda, muy «difícil»; pero cualquier otro modo de enfocar el problema es tan poco serio que no merece la pena hablar de ello.

Los sindicatos representaron un progreso gigantesco de la clase obrera al iniciarse el desarrollo del capitalismo, pues significaban el paso de la dispersión y la impotencia de los obreros a los rudimentos de su unión como clase. Cuando comenzó a extenderse la forma superior de unión clasista de los proletarios, el partido revolucionario del proletariado –que será indigno de este nombre mientras no sepa agrupar a los líderes con la clase y las masas en un todo único e indisoluble–, en los sindicatos empezaron a manifestarse fatalmente ciertos rasgos reaccionarios, cierta estrechez gremial, cierta tendencia al apoliticismo, cierto espíritu rutinario, etc. Pero el proletariado no se ha desarrollado, ni podía desarrollarse, en ningún país por otro medio que no fueran los sindicatos y su cooperación con el partido de la clase obrera. La conquista del poder político por el proletariado representa un gigantesco paso adelante de este último como clase. Y el partido debe consagrarse más, de un modo nuevo y no sólo por los procedimientos antiguos, a educar y dirigir a los sindicatos; sin olvidar, a la vez, que éstos son y serán durante mucho tiempo una necesaria «escuela de comunismo», una escuela preparatoria de los proletarios para ejercer su dictadura, una asociación indispensable de los obreros para que la dirección de toda la economía del país pase gradualmente a manos de la clase obrera –y no de unas u otras profesiones–, primero, y de todos los trabajadores, después.

Con la dictadura del proletariado es inevitable cierto «reaccionarismo» de los sindicatos en el sentido indicado. No comprender esto significa no comprender en absoluto las condiciones fundamentales de la transición del capitalismo al socialismo. Temer este «reaccionarismo», intentar prescindir de él, saltar por encima de él, es una inmensa tontería, pues equivale a temer el papel de la vanguardia proletaria, que consiste en instruir, ilustrar y educar a los sectores y las masas más atrasados de la clase obrera y del campesinado e incorporarlos a la vida nueva. Por otro lado, aplazar la dictadura del proletariado hasta que no quede ni un solo obrero de estrecho espíritu profesional, ni un solo obrero Con prejuicios tradeunionistas y gremiales, sería un error aún más profundo. El arte del político –y la comprensión acertada de sus tareas por el comunista– consiste precisamente en saber valorar con exactitud las condiciones y el momento en que la vanguardia del proletariado puede tomar victoriosamente el poder; en que puede, durante la toma del poder y después de ella, conseguir un apoyo suficiente de sectores bastante amplios de la clase obrera y de las masas laboriosas no proletarias; en que puede, una vez obtenido dicho apoyo, mantener, afianzar y extender su dominación, educando, instruyendo y atrayéndose a masas cada vez más amplias de trabajadores.

Prosigamos. En países más adelantados que Rusia se ha hecho sentir, y debía hacerse sentir con mucha mayor fuerza, sin duda, que en el nuestro, cierto espíritu reaccionario de los sindicatos. En Rusia, los mencheviques tenían apoyo entre los sindicatos –y, en parte, siguen teniéndolo en un número pequeñísimo de éstos– gracias precisamente a la estrechez corporativa, al egoísmo profesional y al oportunismo. En Occidente, sus mencheviques se han «atrincherado» mucho más sólidamente en los sindicatos; allí se ha destacado un sector mucho más fuerte que en nuestro país de «aristocracia obrera» profesional, mezquina, egoísta, insensible, codiciosa, pequeñoburguesa, de espíritu imperialista, comprada y corrompida por el imperialismo. Esto es indiscutible. La lucha contra los Gompers, contra los señores Jouhaux, Henderson, Merrheim, Legien y cía. en Europa Occidental es mucho más difícil que la lucha contra nuestros mencheviques, que representan un tipo social y político completamente homogéneo. Hay que sostener esta lucha de manera implacable y llevarla sin falta, como hemos hecho nosotros, hasta poner en la picota y expulsar de los sindicatos a todos los jefes incorregibles del oportunismo y del socialchovinismo. Es imposible conquistar el poder político –y no debe intentarse tomarlo– mientras esta lucha no haya alcanzado cierto grado; este «cierto grado» no es idéntico en todos los países ni en todas las condiciones, y sólo dirigentes políticos del proletariado reflexivos, experimentados y competentes pueden determinarlo con acierto en cada país. –En Rusia nos dieron la medida del éxito en esta lucha, entre otras cosas, las elecciones de noviembre de 1917 a la Asamblea Constituyente [31], pocos días después de la revolución proletaria del 25 de octubre de 1917. En dichas elecciones, los mencheviques sufrieron una espantosa derrota, obteniendo 700.000 votos –1.400.000 si agregamos los de Transcaucasia– frente a 9.000.000 logrados por los bolcheviques. Véase mi artículo «Las elecciones a la Asamblea Constituyente y la dictadura del proletariado», en el número 7-8 de «La Internacional Comunista» [32]–.

Pero la lucha contra «la aristocracia obrera» la sostenemos en nombre de las masas obreras y para ponerlas de nuestra parte; la lucha contra los jefes oportunistas y socialchovinistas la sostenemos para ganarnos a la clase obrera. Sería estúpido olvidar esta verdad elementalísima y más que evidente. Pero tal es, precisamente, la estupidez en que incurren los comunistas alemanes «de izquierda», los cuales deducen del carácter reaccionario y contrarrevolucionario de los cabecillas sindicales la conclusión de que es preciso... ¡salir de los sindicatos!, ¡renunciar a actuar en ellos!, ¡crear formas de organización obrera nuevas, inventadas! Una estupidez tan imperdonable que equivale al mejor servicio que los comunistas pueden prestar a la burguesía. Porque nuestros mencheviques, como todos los líderes sindicales oportunistas, socialchovinistas y kautskianos, no son otra cosa que «agentes de la burguesía en el movimiento obrero» –como hemos dicho siempre refiriéndonos a los mencheviques– o, en otros términos, «lugartenientes obreros de la clase capitalista» –labor lieutenants of the capitalist class–, según la magnífica expresión, profundamente exacta, de los discípulos de Daniel de León en los Estados Unidos. No actuar en los sindicatos reaccionarios significa abandonar a las masas obreras insuficientemente desarrolladas o atrasadas a la influencia de los líderes reaccionarios, de los agentes de la burguesía, de los obreros aristócratas u «obreros aburguesados» –véase la carta de Engels a Marx, en 1858, acerca de los obreros ingleses [33]–.

Precisamente la absurda «teoría» de la no participación de los comunistas en los sindicatos reaccionarios prueba del modo más patente con qué irreflexión abordan estos comunistas «de izquierda» el problema de la influencia entre «las masas» y cómo abusan de su griterío acerca de éstas. Para saber ayudar a «las masas» y conquistar su simpatía, su adhesión y su apoyo no hay que temer las dificultades, las cicaterías, las zancadillas, los insultos y las persecuciones por «los jefes» –que, siendo oportunistas y socialchovinistas, están en la mayor parte de los casos relacionados directa o indirectamente con la burguesía y la policía– y se debe actuar sin falta allá donde estén las masas. Hay que saber hacer toda clase de sacrificios y vencer los mayores obstáculos para efectuar una propaganda y una agitación sistemáticas, tenaces, perseverantes y pacientes precisamente en las instituciones, sociedades y asociaciones, por reaccionarias que sean, donde haya masas proletarias o semiproletarias.

Y los sindicatos y las cooperativas obreras –estas últimas, por lo menos, en algunos casos– son cabalmente las organizaciones donde están las masas. En Inglaterra, según datos hechos públicos por el periódico sueco Folkets Dagblad Politiken [34] el 10 de marzo de 1920, el total de afiliados a las tradeuniones, que a finales de 1917 era de 5.500.000, se elevó a finales de 1918 a 6.600.000, es decir, aumentó en un 19%. Y se calcula que a fines de 1919 ascendían a 7.500.000. No tengo a mano las cifras correspondientes a Francia y Alemania; pero algunos hechos, indiscutibles por completo y conocidos de todos, muestran un gran incremento del número de miembros de los sindicatos también en esos países.

Estos hechos prueban con entera claridad lo que confirman otros mil síntomas: el crecimiento del grado de conciencia y de los anhelos de organización precisamente entre las masas proletarias, en sus «sectores inferiores», atrasados. En Inglaterra, Francia y Alemania, millones de obreros pasan por vez primera de la completa desorganización a la forma de organización más elemental e inferior, más simple y accesible –para los que se hallan todavía impregnados hasta la médula de prejuicios democráticos burgueses–: los sindicatos. Y los comunistas de izquierda, revolucionarios, pero insensatos, se quedan a un lado, gritan: «¡Masa!», «¡Masa!», y ¡se niegan a actuar en los sindicatos!, ¡So pretexto de su «reaccionarismo»!, inventan una «unión obrera» nuevecita, pura, exenta de todo prejuicio democrático burgués, de todo pecado gremial y de toda estrechez profesional, que será –¡será!– amplia, según dicen, y para ingresar en la cual se exige solamente –¡solamente!– ¡«reconocer el sistema de los Soviets y la dictadura» –véase la cita transcrita más arriba–!

¡Es inconcebible mayor insensatez, mayor daño causado a la revolución por los revolucionarios «de izquierda»! Si hoy, en Rusia, después de dos años y medio de triunfos sin precedente sobre la burguesía de Rusia y la de la Entente [35], estableciéramos como condición para ingresar en los sindicatos «reconocer la dictadura», haríamos una tontería, mal lograríamos nuestra influencia entre las masas y ayudaríamos a los mencheviques. Porque la tarea de los comunistas consiste en saber convencer a los elementos atrasados, en saber actuar entre ellos y no en aislarse de ellos con consignas puerilmente «izquierdistas» sacadas de la cabeza.

Es indudable que los señores Gompers, Henderson, Jouhaux y Legien estarán muy reconocidos a esos revolucionarios «de izquierda», que, como los de la oposición «de principio» alemana –¡Dios nos libre de semejantes «principios»– o algunos revolucionarios de la organización norteamericana «Obreros Industriales del Mundo» [36], predican la salida de los sindicatos reaccionarios y la renuncia a actuar en ellos. No dudamos de que los señores «jefes» del oportunismo recurrirán a todas las artimañas de la diplomacia burguesa, a la ayuda de los gobiernos burgueses, de los curas, de la policía y de los tribunales para impedir la entrada de los comunistas en los sindicatos, para expulsarlos de ellos por todos los medios y hacer lo más desagradable posible su labor en los mismos, para ofenderles, acosarles y perseguirles. Hay que saber afrontar todo eso, estar dispuestos a todos los sacrificios, recurrir incluso –en caso de necesidad– a todas las estratagemas, astucias y procedimientos ilegales, silenciar y ocultar la verdad con tal de penetrar en los sindicatos, permanecer en ellos y efectuar allí , cueste lo que cueste, una labor comunista. Bajo el régimen zarista, hasta 1905, no tuvimos ninguna «posibilidad legal»; pero cuando el policía Zubátov organizó sus asambleas y asociaciones obreras ultrareaccionarias con objeto de cazar a los revolucionarios y luchar contra ellos, enviamos allí a miembros de nuestro partido –recuerdo entre ellos al camarada Bábushkin, destacado obrero petersburgués, fusilado en 1906 por los generales zaristas–, que establecieron contacto con las masas, se las ingeniaron para hacer su agitación y arrancar a los obreros de la influencia de los zubatovistas [37]. Está claro que actuar así resulta más difícil en los países de Europa Occidental, particularmente impregnados de prejuicios legalistas, constitucionales y democráticos burgueses de singular arraigo. Pero se puede y se debe actuar, y de modo sistemático.

El Comité Ejecutivo de la Komintern debe, a mi juicio, condenar públicamente y proponer al próximo Congreso de la Komintern que condene en general la política de no participación en los sindicatos reaccionarios –motivando de manera detallada la insensatez que representa esta no participación y el gravísimo daño que causa a la revolución proletaria– y, en particular, la línea de conducta de algunos miembros del Partido Comunista Holandés, que –de modo directo o indirecto, abierto o encubierto, total o parcial, lo mismo da– han apoyado esta política errónea. La Komintern debe romper con la táctica de la II y no eludir ni ocultar los problemas espinosos, sino plantearlos a rajatabla. Hemos dicho cara a cara toda la verdad a los «independientes» –Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania–; hay que decírsela del mismo modo a los comunistas «de izquierda».

Notas

[29] Durante el período comprendido entre la revolución democrática burguesa de febrero de 1917 y el año de 1919, inclusive, el número de militantes del partido se modificó del modo siguiente: cuando se celebró la VII Conferencia –Conferencia de Abril de 1917– del POSD –bolchevique– de Rusia, el partido tenía 80.000 miembros; al celebrarse el VI Congreso –julio a agosto de 1917–, alrededor de 240.000; al comenzar el VII Congreso del PC(b) de Rusia –marzo de 1918–, no menos de 300.000, y en vísperas del VIII Congreso –marzo de 1919–, 313.766.

[30] Lenin alude a la Semana del Partido, campaña de reclutamiento de nuevos militantes efectuada en sus organizaciones, por acuerdo del VIII Congreso del PC(b) de Rusia, de agosto a noviembre de 1919, en un período de intensa lucha del pueblo soviético frente a la intervención militar extranjera y la contrarrevolución interior. Como resultado de la Semana del Partido, sólo en 38 provincias de la parte europea de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia –RSFSR– ingresaron en el PC(b) de Rusia más de 200.000 hombres y mujeres, más de la mitad de los cuales eran obreros. En los frentes se concedió el ingreso en el partido a cerca del 25% de los efectivos del ejército y de la marina. Lenin dijo que los obreros y los campesinos venidos al partido en un momento tan grave «son los cuadros mejores y más seguros de dirigentes del proletariado revolucionario y de la parte no explotadora del campesinado».

[31] Las elecciones a la Asamblea Constituyente se celebraron, después de triunfar la Revolución Socialista de Octubre, en la fecha que había sido señalada antes: el 12 (25) de noviembre de 1917. Se efectuaron de acuerdo con las listas confeccionadas antes de la Revolución Socialista de Octubre, y con el reglamento aprobado por el gobierno provisional, en momentos en que una parte considerable del pueblo no podía comprender aún el significado de la revolución socialista. De ello se aprovecharon los eseristas de derecha para conquistar la mayoría en las provincias y regiones alejadas de la capital y de los centros industriales. El Gobierno soviético convocó la Asamblea Constituyente, que se reunió en Petrogrado el 5 (18) de enero de 1918. La mayoría contrarrevolucionaria de dicha Asamblea rechazó la declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado, propuesta por el CEC de toda Rusia, y se negó a ratificar los decretos del II Congreso de los Soviets acerca de la paz, la tierra, y el paso del poder a los Soviets. En vista de ello fue disuelta por decreto del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia el 6 (19) de enero de 1918.

[32] La Internacional Comunista: revista, órgano del Comité Ejecutivo de la Komintern; se publicó desde 1919 hasta 1943 en ruso, alemán, francés, inglés, español y chino.

[33] Véase la carta de Friedrich Engels a Karl Marx del 7 de octubre de 1858.

[34] Folkets Dagblad Politiken –«Diario Político Popular»–: periódico de los socialdemócratas de izquierda suecos, que en 1917 formaron el Partido Socialdemócrata de Izquierda de Suecia; empezó a publicarse en abril de 1916, en Estocolmo. En 1921, dicho partido ingresó en la Komintern y adoptó el nombre de Partido Comunista. El periódico pasó a ser órgano suyo. Pero en octubre de 1929, al escindirse el Partido Comunista de Suecia, cayó en manos de su ala derecha. Dejó de aparecer en mayo de 1945.

[35] Entente: bloque de potencias imperialistas –Inglaterra, Francia y Rusia– que se formó definitivamente en 1907. Estaba enfilado contra los imperialistas de la Triple Alianza –Alemania, Austria, Hungría e Italia–. Su nombre procede de la «Entente cordiale», acuerdo anglo-francés firmado en 1904. Durante la primera guerra mundial «1914 a 1918– se sumaron a la Entente los EEUU, el Japón y otros países. Cuando triunfó la Revolución Socialista de Octubre, los principales componentes de este bloque –Inglaterra, Francia, los EEUU y el Japón– fueron inspiradores, organizadores y partícipes de la intervención contra el País de los Soviets.

[36] Obreros Industriales del Mundo –Industrial Workers of the World, IWW–: organización obrera de los EEUU fundada en 1905; agrupaba principalmente a obreros de oficios varios, poco calificados y mal retribuidos. Los Obreros Industriales del Mundo sostuvieron con éxito una serie de huelgas masivas y combatieron la política de colaboración de clases practicada por los líderes reformistas de la Federación Americana del Trabajo y por los socialistas de derecha. Durante la primera guerra mundial se efectuaron, con participación de los IWW, varias acciones antibélicas masivas de la clase obrera norteamericana. Algunos dirigentes de esta organización –W. Haywood y otros– aplaudieron la Revolución Socialista de Octubre e ingresaron en el Partido Comunista de los EEUU. Los Obreros Industriales del Mundo revelaron en su actividad rasgos anarcosindicalistas: negaban la necesidad de la lucha política del proletariado, renunciaban a actuar entre los militantes de los sindicatos adheridos a la FAT, etc. Con posterioridad, esta organización adquirió un carácter sectario y perdió su influencia en el movimiento obrero.

[37] Los Gompers, los Henderson, los Jouhaux y los Legien no son sino los Zubátov de allí, que se distinguen del nuestro por su traje europeo, su porte elegante y los refinados procedimientos, aparentemente democráticos y civilizados, que emplean para aplicar su canallesca política.

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