«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

domingo, 23 de febrero de 2014

¿Debe participarse en los parlamentos burgueses?; Lenin, 1920

«La actitud de un partido político ante sus errores es uno de los criterios más importantes y más seguros para juzgar la seriedad de ese partido y del cumplimiento efectivo de sus deberes para con su clase y para con las masas trabajadoras. Reconocer abiertamente un error, poner al desnudo sus causas, analizar la situación que lo ha engendrado y discutir atentamente los medios de corregirlo: eso es lo que caracteriza a un partido serio; en eso consiste el cumplimiento de sus deberes; eso es educar e instruir a la clase y, después, a las masas. Al no cumplir ese deber ni estudiar con extraordinaria atención, minuciosidad y prudencia su error manifiesto, los «izquierdistas» de Alemania –y de Holanda– muestran precisamente que no son el partido de la clase, sino un círculo, que no son el partido de las masas, sino un grupo de intelectuales y de un reducido número de obreros que imitan los peores rasgos de los intelectualoides». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, 1920)


Los comunistas «de izquierda» alemanes responden a esta pregunta, con el mayor desprecio –y la mayor irreflexión–, negativamente. ¿Sus argumentos? En la cita reproducida más arriba leemos:

«... rechazar del modo más categórico todo retorno a los métodos de lucha parlamentarios –los cuales han caducado ya histórica y políticamente–...»

Está dicho en un tono ridículamente presuntuoso y es una falsedad evidente. ¡«Retorno» al parlamentarismo! ¿Acaso existe ya en Alemania una república soviética? ¡Parece que no! ¿Cómo puede hablarse, entonces, de «retorno»? ¿No es eso una frase vacía?

El parlamentarismo «ha caducado históricamente». Esto es cierto desde el punto de vista de la propaganda. Pero nadie ignora que de ahí a su superación práctica hay una distancia inmensa. Hace ya muchos decenios que podía decirse con entera razón que el capitalismo había «caducado históricamente»; mas esto no suprime en modo alguno la necesidad de sostener una lucha muy prolongada y muy tenaz sobre el terreno del capitalismo. El parlamentarismo «ha caducado históricamente» desde el punto de vista histórico universal, es decir, la época del parlamentarismo burgués ha terminado, la época de la dictadura del proletariado ha empezado. Esto es indiscutible. Pero en la historia universal se cuenta por décadas. Desde su punto de vista, diez o veinte años más o menos no tienen importancia, son una pequeñez imposible de apreciar incluso aproximadamente. De ahí que recurrir a la escala de la historia universal en un problema de política práctica constituya el error teórico más escandaloso.

¿Que el parlamentarismo «ha caducado políticamente»? Eso es ya otra cuestión. Si fuera cierto, la posición de los «izquierdistas» sería firme. Pero eso hay que demostrarlo con un análisis muy serio, y los «izquierdistas» ni siquiera saben abordarlo. También es malísimo, como veremos, el análisis que se hace en las «Tesis acerca del parlamentarismo», publicadas en el nº1 del Boletín de la Oficina Provisional de Ámsterdam de la Komintern –Bulletin of the Provisional Bureau in Amsterdam of the Communist International, February 1920–, las cuales expresan claramente las tendencias izquierdistas de los holandeses o las tendencias holandesas de los izquierdistas.

En primer lugar, los «izquierdistas» alemanes, como se sabe, consideraban ya en enero de 1919 que el parlamentarismo había «caducado políticamente», a despecho de la opinión de dirigentes políticos tan destacados como Rose Luxemburgo y Karl Liebknecht [37]. Es sabido que los «izquierdistas» se equivocaron. Este hecho basta para aniquilar de golpe y de raíz la tesis de que el parlamentarismo «ha caducado políticamente». Los «izquierdistas» están en el deber de demostrar por qué su indiscutible error de entonces ha dejado de serlo hoy. Pero no aportan, ni pueden aportar, la menor sombra de prueba. La actitud de un partido político ante sus errores es uno de los criterios más importantes y más seguros para juzgar la seriedad de ese partido y del cumplimiento efectivo de sus deberes para con su clase y para con las masas trabajadoras. Reconocer abiertamente un error, poner al desnudo sus causas, analizar la situación que lo ha engendrado y discutir atentamente los medios de corregirlo: eso es lo que caracteriza a un partido serio; en eso consiste el cumplimiento de sus deberes; eso es educar e instruir a la clase y, después, a las masas. Al no cumplir ese deber ni estudiar con extraordinaria atención, minuciosidad y prudencia su error manifiesto, los «izquierdistas» de Alemania –y de Holanda– muestran precisamente que no son el partido de la clase, sino un círculo, que no son el partido de las masas, sino un grupo de intelectuales y de un reducido número de obreros que imitan los peores rasgos de los intelectualoides.

En segundo lugar, en el mismo folleto del grupo «de izquierda» de Fráncfort, del que hemos reproducido antes citas detalladas, leemos:

«... los millones de obreros que siguen todavía la política del centro» –del partido católico del «centro»– «son contrarrevolucionarios. Los proletarios del campo forman las legiones de los ejércitos contrarrevolucionarios» (pág.3 del folleto)

Todo indica que eso está dicho con una ampulosidad y una exageración excesivas. Pero el hecho fundamental aquí expuesto es indiscutible y su reconocimiento por los «izquierdistas» patentiza su error con fuerza singular. En efecto, ¡cómo se puede decir que «el parlamentarismo ha caducado políticamente», si «millones» y «legiones» de proletarios son todavía no sólo partidarios del parlamentarismo en general, sino incluso francamente «contrarrevolucionarios»? Es evidente que el parlamentarismo en Alemania no ha caducado aún políticamente. Es evidente que los «izquierdistas» de Alemania han tomado su deseo, su actitud política e ideológica, por una realidad objetiva. Este error es el más peligroso para los revolucionarios. En Rusia, donde el yugo del zarismo, salvaje y feroz en extremo, engendró durante un período muy largo y en formas variadísimas revolucionarios de todos los matices, revolucionarios de abnegación, entusiasmo, heroísmo y fuerza de voluntad asombrosos, hemos podido observar muy de cerca, estudiar con singular atención y conocer al detalle este error de los revolucionarios. Y por eso lo vemos con especial claridad en los demás. Por supuesto, el parlamentarismo «ha caducado políticamente» para los comunistas de Alemania; pero se trata precisamente de no creer que lo caduco para nosotros haya caducado para la clase, para la masa. Una vez más vemos aquí que los «izquierdistas» no saben razonar, no saben comportarse como el partido de la clase, como el partido de las masas. Tenéis el deber de no descender al nivel de las masas, al nivel de los sectores atrasados de la clase. Esto es indiscutible. Tenéis la obligación de decirles la amarga verdad; de decirles que sus prejuicios democráticos burgueses y parlamentarios son eso: prejuicios. Pero, al mismo tiempo, tenéis la obligación de observar con serenidad el estado verdadero de conciencia y de preparación precisamente de toda la clase –y no sólo de su vanguardia comunista–, de toda la masa trabajadora –y no sólo de sus elementos avanzados–.

Aunque no fueran «millones» y «legiones», sino una simple minoría bastante considerable de obreros industriales la que siguiese a los curas católicos, y de obreros agrícolas la que siguiese a los terratenientes y campesinos ricos –Grossbauern–, podría asegurarse ya sin vacilar que el parlamentarismo en Alemania no ha caducado todavía políticamente; que la participación del partido del proletariado revolucionario en las elecciones parlamentarias y en la lucha desde la tribuna del parlamento es obligatoria precisamente para educar a los sectores atrasados de su clase, precisamente para despertar e instruir a la masa aldeana inculta, oprimida e ignorante. Mientras no tengáis fuerza para disolver el parlamento burgués y las instituciones reaccionarias de otro tipo, cualesquiera que sean, tenéis la obligación de actuar en ellas precisamente porque allí hay todavía obreros idiotizados por el clero y por la vida en los más perdidos rincones rurales. De lo contrario corréis el riesgo de convertiros en simples charlatanes.

En tercer lugar, los comunistas «de izquierda» nos colman de elogios a los bolcheviques. A veces dan ganas de decirles: ¡alabadnos menos, pero compenetraos más con la táctica de los bolcheviques, familiarizaos más con ella! Participamos en las elecciones al parlamento burgués de Rusia, a la Asamblea Constituyente, de septiembre a noviembre de 1917. ¿Fue acertada nuestra táctica o no? Si no lo fue, hay que decirlo con claridad y demostrarlo: es indispensable para que el comunismo internacional trace una táctica justa. Si lo fue, deben sacarse de ello las conclusiones pertinentes. Está claro que no puede ni hablarse de equiparar las condiciones de Rusia a las de Europa Occidental. Pero cuando se trata de manera especial del significado que tiene la idea «el parlamentarismo ha caducado políticamente», es obligatorio tomar en consideración con exactitud nuestra experiencia, pues sin tener en cuenta la experiencia concreta, esas ideas se convierten con excesiva facilidad en frases hueras. ¿Es que nosotros, los bolcheviques rusos, no teníamos de septiembre a noviembre de 1917 más derecho que todos los comunistas de Occidente a considerar que el parlamentarismo había caducado políticamente en Rusia? Lo teníamos, claro está, pues la cuestión no estriba en si los parlamentos burgueses existen desde hace mucho tiempo o poco, sino en qué medida las grandes masas trabajadoras están preparadas –ideológica, política y prácticamente– para aceptar el régimen soviético y disolver el parlamento democrático burgués –o permitir su disolución–. Es un hecho histórico plenamente establecido y absolutamente indiscutible que en septiembre, octubre y noviembre de 1917, en virtud de una serie de condiciones particulares, la clase obrera de las ciudades, los soldados y los campesinos de Rusia estaban preparados de un modo excepcional para aceptar el régimen soviético y disolver el parlamento burgués más democrático. Y pese a ello, los bolcheviques no boicotearon la Asamblea Constituyente, sino que participaron en las elecciones, tanto antes como después de la conquista del poder político por el proletariado. Que dichas elecciones dieron resultados políticos de extraordinario valor –y de suma utilidad para el proletariado– es un hecho que creo haber demostrado en el artículo antes mencionado, en el que analizo con todo detalle los resultados de las elecciones a la Asamblea Constituyente de Rusia.

La conclusión que de ello se deduce es absolutamente indiscutible: está demostrado que, incluso unas semanas antes de la victoria de la República Soviética, e incluso después de esta victoria, la participación en un parlamento democrático burgués, lejos de perjudicar al proletariado revolucionario, le permite demostrar con mayor facilidad a las masas atrasadas por qué semejantes parlamentos merecen ser disueltos, facilita el éxito de su disolución, facilita «la caducidad política» del parlamentarismo burgués. No tener en cuenta esta experiencia y pretender, al mismo tiempo, pertenecer a la Komintern, que debe elaborar internacionalmente su táctica –no una táctica de carácter nacional estrecho o unilateral, sino justamente una táctica internacional–, significa incurrir en el más profundo de los errores y precisamente apartarse de hecho del internacionalismo, aunque se le reconozca de palabra.

Examinemos ahora los argumentos «izquierdistas holandeses» a favor de la no participación en los parlamentos. He aquí la tesis 4ª, la más importante de las tesis «holandesas» antes mencionadas, traducida del inglés:

«Cuando el sistema capitalista de producción es destrozado y la sociedad atraviesa un período revolucionario, la acción parlamentaria pierde gradualmente su valor en comparación con la acción de las propias masas. Cuando, en estas condiciones, el parlamento se convierte en el centro y el órgano de la contrarrevolución, y, por otra parte, la clase obrera crea los instrumentos de su poder en forma de Soviets, puede resultar incluso necesario renunciar a toda participación en la acción parlamentaria».

La primera frase es errónea a todas luces, pues la acción de las masas –por ejemplo, una gran huelga– es siempre más importante que la acción parlamentaria, y no sólo durante la revolución o en una situación revolucionaria. Este argumento, a todas luces infundado y falso histórica y políticamente, no hace sino mostrar con claridad singular que los autores desprecian por completo la experiencia de toda Europa –de Francia en vísperas de las revoluciones de 1848 y 1870, de Alemania entre 1878 y 1890, etc– y de Rusia –véase más arriba– respecto a la importancia que tiene combinar la lucha legal con la ilegal. Esta cuestión reviste la mayor trascendencia, tanto en general como en particular, porque en todos los países civilizados y avanzados se acerca a grandes pasos la época en que dicha combinación será cada día más obligatoria –y lo es ya en parte– para el partido del proletariado revolucionario. Será obligatoria en virtud de la maduración y la proximidad de la guerra civil del proletariado contra la burguesía, en virtud de las feroces persecuciones de los comunistas por los gobiernos republicanos y, en general, burgueses, los cuales violan por todos los medios la legalidad –bastará con citar el ejemplo de Norteamérica–, etc. Los holandeses y los izquierdistas en general no comprenden en absoluto esta cuestión esencialísima.

La segunda frase es, en primer lugar, errónea desde el punto de vista histórico. Los bolcheviques hemos actuado en los parlamentos más contrarrevolucionarios y la experiencia ha demostrado que semejante participación ha sido no sólo útil, sino necesaria para el partido del proletariado revolucionario precisamente después de la primera revolución burguesa en Rusia –1905– a fin de preparar la segunda revolución burguesa –febrero de 1917– y, luego, la revolución socialista –octubre de 1917–. En segundo lugar, dicha frase es de un ilogismo sorprendente. De que el parlamento se convierta en el órgano y «el centro» de la contrarrevolución –dicho sea de pasada, jamás ha sido ni ha podido ser en realidad «el centro»– y de que los obreros creen los instrumentos de su poder en forma de Soviets, se deduce que los trabajadores deben prepararse ideológica, política y técnicamente para la lucha de los Soviets contra el parlamento, para la disolución del parlamento por los Soviets. Pero de ahí no se desprende en modo alguno que semejante disolución sea obstaculizada, o no sea facilitada, por la presencia de una oposición soviética dentro del parlamento contrarrevolucionario. Jamás hemos notado durante nuestra lucha victoriosa contra Denikin y Kolchak que la existencia de una oposición proletaria, soviética, en la zona ocupada por ellos fuera indiferente para nuestros triunfos. Sabemos muy bien que la disolución de la Constituyente, efectuada por nosotros el 5 de enero de 1918, lejos de ser dificultada, se vio facilitada por la presencia en la Constituyente contrarrevolucionaria que disolvíamos tanto de una oposición soviética consecuente, la bolchevique, como de una oposición soviética inconsecuente, la de los eseristas de izquierda.

Los autores de la tesis se han hecho un lío completo y han olvidado la experiencia de una serie de revoluciones, si no de todas, que acredita la singular utilidad de combinar, en tiempos de revolución, la acción de masas fuera del parlamento reaccionario con una oposición simpatizante de la revolución –o mejor aún, que la apoya francamente– dentro de ese parlamento. Los holandeses y los «izquierdistas» en general razonan en este caso como doctrinarios de la revolución que jamás han participado en una verdadera revolución y reflexionado sobre la historia de las revoluciones, o que toman ingenuamente «la negación» subjetiva de cierta institución reaccionaria por su destrucción efectiva con las fuerzas mancomunadas de toda una serie de factores objetivos. El medio más seguro de desacreditar una nueva idea política –y no sólo política– y de perjudicarla es llevarla hasta el absurdo con el pretexto de defenderla. Porque toda verdad, si se la hace «exorbitante» –como decía Dietzgen padre–, si se la exagera y extiende más allá de los límites en los que es realmente aplicable, puede ser llevada al absurdo y, en las condiciones señaladas, se convierte de manera infalible en un absurdo. Tal es el flaco servicio que prestan los izquierdistas de Holanda y Alemania a la nueva verdad de la superioridad del Poder Soviético sobre los parlamentos democráticos burgueses. Por supuesto, estaría en un error quien siguiera sosteniendo de un modo general la vieja afirmación de que abstenerse de participar en los parlamentos burgueses es inadmisible en todas las circunstancias. Me es imposible tratar de formular aquí las condiciones en que es útil el boicot, pues este folleto persigue objetivos mucho más modestos: analizar la experiencia rusa en relación con algunos problemas actuales de la táctica comunista internacional. La experiencia rusa nos brinda una aplicación feliz y acertada –1905– y otra equivocada –1906– del boicot por los bolcheviques. Al analizar el primer caso vemos: los bolcheviques consiguieron impedir la convocación del parlamento reaccionario por el poder reaccionario en un momento en que la acción revolucionaria extra parlamentaria de las masas –en particular las huelgas– crecía con rapidez excepcional, en que ni un solo sector del proletariado y del campesinado podía apoyar en modo alguno el poder reaccionario, en que el proletariado revolucionario se aseguraba su influencia entre las grandes masas atrasadas por medio de la lucha huelguística y del movimiento agrario. Es evidente a todas luces que esta experiencia no puede aplicarse a las condiciones europeas actuales. Y es también evidente a todas luces –en virtud de los argumentos expuestos más arriba– que la defensa, incluso convencional, de la renuncia a participar en los parlamentos, hecha por los holandeses y los «izquierdistas», es profundamente errónea y nociva para la causa del proletariado revolucionario.

En Europa Occidental y en los Estados Unidos, el parlamento se ha hecho odioso en extremo a la vanguardia revolucionaria de la clase obrera. Esto es indiscutible. Y se comprende perfectamente, pues resulta difícil imaginarse mayor vileza, abyección y felonía que la conducta de la mayoría abrumadora de los diputados socialistas y socialdemócratas en el parlamento durante la guerra y después de ella. Pero sería no sólo insensato, sino francamente criminal dejarse llevar por estos sentimientos al decidir cómo se debe combatir el mal reconocido por todos. Puede decirse que, en muchos países de Europa Occidental, el espíritu revolucionario es hoy una «novedad» o una «rareza», esperada demasiado tiempo, en vano y con impaciencia, debido a lo cual, quizá, se cede ante ella con tanta facilidad. Como es natural, sin un estado de ánimo revolucionario de las masas y sin condiciones que favorezcan su desarrollo, la táctica revolucionaria no se transformará en acción; pero en Rusia, una experiencia demasiado larga, dura y sangrienta nos ha convencido de que es imposible basar la táctica revolucionaria exclusivamente en el estado de ánimo revolucionario. La táctica debe ser trazada tomando en consideración con serenidad y estricta objetividad todas las fuerzas de clase del Estado de que se trate –y de los Estados que le rodean y de todos los Estados a escala mundial–, así como la experiencia de los movimientos revolucionarios. Es facilísimo dar pruebas de «revolucionarismo» sólo con insultos al oportunismo parlamentario, sólo condenando la participación en los parlamentos; pero, precisamente por ser demasiado fácil, no es la solución de un problema difícil, dificilísimo. En los parlamentos europeos es mucho más difícil que en Rusia formar una minoría parlamentaria verdaderamente revolucionaria. Desde luego. Mas eso no es sino una expresión parcial de la verdad general de que, en la situación concreta de 1917 , original en extremo desde el punto de vista histórico, a Rusia le fue fácil empezar la revolución socialista, pero continuarla y llevarla a feliz término le será más difícil que a los países europeos. A comienzos de 1918 hube ya de indicar esta circunstancia, y la experiencia de los dos años transcurridos desde entonces ha venido a confirmar por entero la justedad de semejante consideración. En Europa Occidental no existen hoy condiciones específicas como fueron:

1. la posibilidad de conjugar la revolución soviética con la terminación, gracias a ella, de la guerra imperialista, que había extenuado hasta lo indecible a los obreros y los campesinos;

2. la posibilidad de sacar provecho, durante cierto tiempo, de la lucha a muerte en que estaban enzarzados los dos grupos más poderosos del mundo de tiburones imperialistas, que no podían coligarse contra el enemigo soviético;

3. la posibilidad de soportar una guerra civil relativamente larga, en parte por la extensión gigantesca del país y por sus malas comunicaciones;

4. la existencia entre los campesinos de un movimiento revolucionario democrático burgués tan profundo que el partido del proletariado hizo suyas las reivindicaciones revolucionarias del partido de los campesinos –los socialrevolucionarios, un partido profundamente hostil, en su mayoría, al bolchevismo– y las realizó en el acto gracias a la conquista del poder político por el proletariado [38].

Esas condiciones específicas no se dan hoy en Europa Occidental, y su repetición, o la de otras análogas, no es nada fácil. Por ello, entre otras razones, a Europa Occidental le es más difícil que a nosotros comenzar la revolución socialista. Tratar de «eludir» esta dificultad «saltándose» el arduo problema de utilizar con fines revolucionarios los parlamentos reaccionarios es puro infantilismo. ¡Queréis crear una sociedad nueva y teméis la dificultad de formar una buena minoría parlamentaria de comunistas convencidos, abnegados y heroicos en un parlamento reaccionario? ¿No es eso, acaso, infantilismo? Si Karl Liebknecht en Alemania y Karl Höglung en Suecia han sabido, incluso sin el apoyo de las masas desde abajo, dar un ejemplo de utilización realmente revolucionaria de los parlamentos reaccionarios, ¡cómo es posible que un partido revolucionario de masas que crece con rapidez no pueda, en medio de las desilusiones y la exasperación de posguerra de las masas, forjar una minoría comunista en los peores parlamentos? Precisamente porque las masas atrasadas de obreros y –con mayor motivo– de pequeños campesinos están mucho más imbuidas en Europa Occidental que en Rusia de prejuicios democráticos burgueses y parlamentarios, precisamente por eso, sólo en el seno de instituciones como los parlamentos burgueses pueden –y deben– los comunistas sostener una lucha prolongada y tenaz, sin retroceder ante ninguna dificultad, para denunciar, desvanecer y superar dichos prejuicios.

Los «izquierdistas» alemanes se quejan de los malos «jefes» de su partido y caen en la desesperación, llegando a la ridiculez de «negar» a «los jefes». Pero en circunstancias que obligan con frecuencia a mantener a estos últimos en la clandestinidad, la formación de «jefes» buenos, seguros, probados y prestigiosos resulta particularmente difícil, y es imposible vencer con éxito semejantes dificultades sin combinar la labor legal con la ilegal, sin hacer pasar a «los jefes», entre otras pruebas, también por la del parlamento. La crítica –la más violenta, implacable e intransigente– no debe dirigirse contra el parlamentarismo o la acción parlamentaria, sino contra los jefes que no saben –y, tanto más, contra los que no quieren– utilizar las elecciones parlamentarias y la tribuna del parlamento a la manera revolucionaria, a la manera comunista. Sólo esta crítica –unida, como es natural, a la expulsión de los jefes incapaces y a su sustitución por otros capaces– constituirá una labor revolucionaria provechosa y fecunda, que educará simultáneamente a «los jefes», para que sean dignos de la clase obrera y de las masas trabajadoras, y a las masas, para que aprendan a orientarse como es debido en la situación política y a comprender las tareas, a menudo complejas y embrolladas en extremo, que se deducen de semejante situación*.

[*Han sido demasiado escasas las posibilidades que he tenido de conocer el comunismo «de izquierda» en Italia. Es indudable que el camarada Bordiga y su fracción de «comunistas boícoteadores» –Comunista abstencionista– se equivocan al defender la no participación en el parlamento. Pero hay un punto en el que, a mi juicio, tiene razón, por lo que puedo juzgar ateniéndome a dos números de su periódico «Il Soviet» [39] (núms.3 y 4 del 18/1 y del 1/11 de 1920), a cuatro números de la excelente revista del camarada Serrati «Comunismo» [40] (núms.1-4, 1/X-30/XI de 1919) ya números sueltos de periódicos burgueses italianos que he podido ver. El camarada Bordiga y su fracción tienen razón, precisamente, cuando atacan a Turati y sus partidarios, los cuales pertenecen a un partido que reconoce el Poder de los Soviets y la dictadura del proletariado, continúan siendo miembros del parlamento y prosiguen su vieja y nociva política oportunista. Como es natural, al tolerar esto, el camarada Serrati y todo el Partido Socialista Italiano [41] incurren en un error preñado de tan grandes perjuicios y peligros como en Hungría, donde los señores Turati húngaros sabotearon desde dentro el partido y el Poder de los Soviets [42]. Esa actitud errónea, inconsecuente o timorata con respecto a los parlamentarios oportunistas, de una parte, engendra el comunismo «de izquierda» y, de otra, justifica hasta cierto punto su existencia. Es evidente que el camarada Serrati no tiene razón al acusar de «inconsecuencia» al diputado Turati –Comunismo, núm.3–, pues el inconsecuente es precisamente el Partido Socialista Italiano, que tolera en su seno a parlamentarios oportunistas como Turati y compañía.]

Notas

[37] En el Congreso del Partido Comunista de Alemania se discutió, el 30 de diciembre de 1918, si debía participarse en las elecciones a la Asamblea Nacional. Karl Liebknecht y Rose Luxemburgo se pronunciaron a favor de la participación y demostraron la necesidad de utilizar la tribuna parlamentaria para divulgar entre las masas las consignas revolucionarias. Pero la mayoría del congreso se pronunció en contra de la participación, aprobando la correspondiente resolución.

[38] El II Congreso de los Soviets de toda Rusia aprobó el 26 de octubre –8 de noviembre– de 1917 el «Decreto sobre la tierra», que suprimió la gran propiedad agraria y dispuso la entrega de la tierra a los campesinos. En este decreto se incluyó el «Mandato campesino acerca de la tierra», redactado sobre la base de 242 mandatos campesinos, en el que figuraba la consigna eserista de «usufructo igualitario laboral de la tierra».

[39] Il Soviet: periódico del Partido Socialista Italiano, que se publicó en Nápoles desde 1918 hasta 1922; a partir de 1920 apareció como órgano de la fracción de comunistas-abstencionistas del Partido Socialista Italiano.

[40] Comunismo: revista quincenal del Partido Socialista Italiano; se publicó en Milán desde 1919 hasta 1922, bajo la dirección de Jacinto Menotti Serrati.

[41] El Partido Socialista Italiano se fundó en 1892. Desde el primer momento se entabló en su seno una dura lucha ideológica entre dos corrientes: la oportunista y la revolucionaria. En el Congreso de Reggio Emilia –1912–, bajo la presión de los izquierdistas fueron expulsados del partido los reformistas más patentes –I. Bonomi, L. Bissolati y otros–, que eran partidarios de la guerra y de la colaboración con el gobierno y la burguesía. Al empezar la primera conflagración universal, y antes de que Italia entrase en ella, el PSI se manifestó en contra y lanzó la consigna de «¡Contra la guerra, por la neutralidad!» En diciembre de 1914 se expulsó del partido a un grupo de renegados –Benito Mussolini y otros–, que defendía la política imperialista de la burguesía y apoyaba la guerra. Con motivo de la entrada de Italia en la contienda al lado de la Entente –mayo de 1915– en el PSI se definieron claramente tres tendencias: 1. la derechista, que ayudó a la burguesía a hacer la guerra; 2. la centrista, que agrupó a la mayoría de los militantes del partido bajo la consigna de «No participar en la guerra y no sabotear», y 3. la izquierdista, que adoptó una posición antibélica más resuelta, pero no supo organizar una lucha consecuente contra la conflagración. Los izquierdistas no comprendían la necesidad de transformar la guerra imperialista en guerra civil ni de romper resueltamente con los reformistas.

Después de la Revolución Socialista de Octubre en Rusia, en el PSI se robusteció el ala izquierda. El XV Congreso del partido, celebrado en Bolonia del 5 al 8 de octubre de 1919, acordó adherirse a la Komintern. Representantes del PSI participaron en el II Congreso de la Komintern. El jefe de la delegación italiana, Jacinto Serrati, que sustentaba una posición centrista, se pronunció después del congreso contra el rompimiento con los reformistas. En el XVII Congreso del PSI –Liorna, enero de 1921–, los centristas, que estaban en mayoría, se negaron a romper con los reformistas y a aceptar íntegramente las condiciones de ingreso en la Komintern. El 21 de enero de 1921, los delegados de izquierda abandonaron el congreso y fundaron el Partido Comunista de Italia.

[42] El Poder de los Soviets –de los Consejos– se proclamó en Hungría el 21 de marzo de 1919. La revolución socialista en dicho país tuvo carácter pacífico. La burguesía húngara no pudo oponer resistencia a las masas populares; impotente para afrontar las dificultades interiores y exteriores, decidió entregar temporalmente el poder a los socialdemócratas de derecha, a fin de impedir el desarrollo de la revolución. Sin embargo, el gran prestigio de que gozaba el Partido Comunista de Hungría entre las masas, unido a las enérgicas demandas de los socialdemócratas de filas de que se concertara una alianza con los comunistas, obligaron a los dirigentes del Partido Socialdemócrata a proponer a los dirigentes del Partido Comunista, que se encontraban en la cárcel, la formación de un gobierno conjunto. Los líderes socialdemócratas tuvieron que aceptar las condiciones presentadas por los comunistas durante las negociaciones: formación de un Gobierno de los Soviets, desarme de la burguesía, creación del Ejército Rojo y de la Milicia Popular, confiscación de las tierras de los latifundistas, nacionalización de la industria, conclusión de una alianza con la Rusia Soviética, etc. Al mismo tiempo se firmó un acuerdo de unificación de ambos partidos para constituir el Partido Socialista de Hungría. Durante la unificación se cometieron errores, que se dejaron sentir con posterioridad; la unificación se efectuó mediante la fusión mecánica, sin separar a los elementos reformistas.

Los imperialistas de la Entente acogieron con hostilidad la instauración de la dictadura del proletariado en Hungría. Bloquearon económicamente a la República Soviética Húngara y organizaron la intervención militar contra ella. La ofensiva de las tropas intervencionistas activó a la contrarrevolución húngara. La traición de los socialdemócratas de derecha, que se aliaron con el imperialismo internacional, fue otra de las causas que condujeron a la muerte de la República Soviética Húngara. El 1 de agosto de 1919, como resultado de las acciones mancomunadas de la intervención imperialista exterior y de la contrarrevolución interior, en Hungría fue derrocado el Poder de los Soviets.

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