«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

martes, 18 de febrero de 2014

Etapas principales de la historia del bolchevismo; Lenin, 1920

[Debemos procurar la transformación de la] «huelga económica en política y de la huelga política en insurrección».(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, 1920)


Años de preparación de la revolución –1903 a 1905–. Presagios de gran tormenta por doquier. Efervescencia y preparativos en todas las clases. En el extranjero, la prensa de la emigración plantea teóricamente todos los problemas esenciales de la revolución. Los representantes de las tres clases fundamentales, de las tres corrientes políticas principales –la liberal burguesa, la democrática pequeño burguesa, encubierta con los rótulos de las tendencias «socialdemócrata» y «socialrevolucionaria» [3], y la proletaria revolucionaria– anticipan y preparan, con una encarnizada lucha de concepciones programáticas y tácticas, la futura lucha de clases abierta. Todos los problemas que motivaron la lucha armada de las masas en 1905-1907 y en 1917-1920 pueden –y deben– observarse, en forma embrionaria, en la prensa de aquella época. Está claro que entre estas tres tendencias principales hay todas las formaciones intermedias, de transición, híbridas que se quiera. Más exactamente: en la lucha entre los órganos de prensa, los partidos, las fracciones y los grupos van cristalizando las tendencias ideológicas y políticas clasistas de verdad; las clases se forjan una arma ideológica y política adecuada para las batallas futuras.

Años de revolución –1905 a 1907–. Todas las clases actúan abiertamente. Todas las concepciones programáticas y tácticas son contrastadas por la acción de las masas. Lucha huelguística sin precedente en el mundo por su amplitud y dureza. Transformación de la huelga económica en política y de la huelga política en insurrección. Comprobación en la práctica de las relaciones posibles entre el proletariado dirigente y los campesinos dirigidos, vacilantes e inestables. Nacimiento, en el desarrollo espontáneo de la lucha, de la forma soviética de organización. Las disputas sostenidas entonces acerca del papel de los Soviets son un anticipo de la gran lucha de –1917 a 1920–. La sucesión de las formas de lucha parlamentarias y no parlamentarias, de la táctica de boicot del parlamento y de participación en él y de las formas legales e ilegales de lucha, así como la correlación y los vínculos existentes entre ellas, se distinguen por una asombrosa riqueza de contenido. Desde el punto de vista del aprendizaje de los fundamentos de la ciencia política –por las masas y los jefes, por las clases y los partidos–, cada mes de este período equivale a un año de desenvolvimiento «pacífico» y «constitucional». Sin «el ensayo general» de 1905 habría sido imposible la victoria de la Revolución de Octubre de 1917.

Años de reacción –1907 a 1910–. El zarismo ha triunfado. Han sido aplastados todos los partidos revolucionarios y de oposición. Abatimiento, desmoralización, escisiones, dispersión, apostasías y pornografía en vez de política. Reforzamiento de la inclinación hacia el idealismo filosófico; misticismo como disfraz de las tendencias contrarrevolucionarias. Pero, al mismo tiempo, justamente la gran derrota da a los partidos revolucionarios y a la clase revolucionaria una verdadera lección en extremo provechosa, una lección de dialéctica histórica, de la comprensión, la destreza y el arte necesarios para sostener la lucha política. Los amigos se conocen en la desgracia. Los ejércitos derrotados pasan por una buena escuela.

El zarismo victorioso se ve obligado a destruir apresuradamente los restos del modo de vida preburgués, patriarcal, en Rusia. El desarrollo burgués del país progresa con extraordinaria rapidez. Las ilusiones al margen y por encima de las clases, las ilusiones sobre la posibilidad de evitar el capitalismo, se desvanecen. La lucha de clases se manifiesta de un modo nuevo por completo y con mayor relieve.

Los partidos revolucionarios deben completar su instrucción. Han aprendido a desplegar la ofensiva. Ahora deben comprender que esta ciencia hay que completarla con la de saber replegarse acertadamente. Hay que comprender –y la clase revolucionaria aprende a comprenderlo por su propia y amarga experiencia– que no se puede triunfar sin saber atacar y replegarse con acierto. De todos los partidos revolucionarios y de oposición derrotados, fueron los bolcheviques los que se replegaron con mayor orden, con menos quebranto de su «ejército» y conservando mejor su núcleo central; con las escisiones menos profundas e irreparables, con menos desmoralización y con mayor capacidad para reanudar la acción de un modo más amplio, acertado y enérgico. Y si los bolcheviques obtuvieron este resultado, fue exclusivamente porque desenmascararon y expulsaron sin piedad a los revolucionarios de palabra, obstinados en no querer comprender que es necesario replegarse, que es preciso saber replegarse, que es obligatorio aprender a actuar legalmente en los parlamentos más reaccionarios y en las organizaciones sindicales, cooperativas, de seguros y otras semejantes, por muy reaccionarias que sean.

Años de movimiento ascensional –1910 a 1914–. Al principio, el ascenso fue de una lentitud inverosímil; luego, después de los sucesos del Lena de 1912 [4], algo más rápido. Venciendo dificultades inauditas, los bolcheviques hicieron replegarse a los mencheviques, cuyo papel como agentes burgueses en el movimiento obrero fue admirablemente comprendido después de 1905 por toda la burguesía y a los cuales, por eso mismo, sostenía de mil maneras contra los bolcheviques. Pero éstos jamás habrían logrado desplazarles si no hubiesen aplicado una táctica acertada, combinando la labor ilegal con el aprovechamiento obligatorio de «las posibilidades legales». En la más reaccionaria de las Dumas [5], los bolcheviques conquistaron toda la curia obrera.

Primera guerra imperialista mundial –1914 a 1917–. El parlamentarismo legal, con un «parlamento» ultrareaccionario, presta los mayores servicios al partido del proletariado revolucionario, a los bolcheviques. Los diputados bolcheviques son deportados a Siberia [6]. En la prensa de la emigración rusa se manifiestan plenamente todos los matices de las concepciones del socialimperialismo, del socialchovinismo, del socialpatriotismo, del internacionalismo inconsecuente y consecuente, del pacifismo y de la negación revolucionaria de las ilusiones pacifistas. Las eminencias estúpidas y las viejas comadres de la II Internacional, que fruncían el ceño con desdén y soberbia ante la abundancia de «fracciones» en el socialismo ruso y ante la encarnizada lucha de éstas entre sí, fueron incapaces, cuando la guerra suprimió en todos los países adelantados la cacareada «legalidad»; de organizar, aunque no fuera más que aproximadamente, un intercambio libre –ilegal– de ideas y una elaboración libre –ilegal– de concepciones justas, semejantes a los que organizaron los revolucionarios rusos en Suiza y otros países. A ello se debe, precisamente, que los socialpatriotas declarados y los «kautskianos» de todos los países hayan resultado ser los peores traidores al proletariado. Y si el bolchevismo pudo triunfar en 1917-1920, una de las causas fundamentales de esta victoria reside en que ya desde finales de 1914 denunció sin piedad la villanía, la infamia y la abyección del socialchovinismo y del «kautskismo» –al cual corresponden el longuetismo [7] en Francia, las ideas de los jefes del Partido Laborista Independiente [8] y de los fabianos [9] en Inglaterra, de Turati en Italia, etc– y en que las masas se fueron convenciendo después cada vez más, por experiencia propia, de que las concepciones de los bolcheviques eran justas.

Segunda revolución rusa –febrero a octubre de 1917–. El grado inverosímil de decrepitud y caducidad del zarismo suscitó contra él –con el concurso de los reveses y sufrimientos de una guerra infinitamente penosa– una inusitada fuerza destructora. En pocos días, Rusia se convirtió en una república democrática burguesa más libre –en las condiciones de la guerra– que cualquier otro país. Los jefes de los partidos de oposición y revolucionarios comenzaron a formar gobierno –como en las repúblicas del «más puro parlamentarismo»–, y el título de jefe de un partido de oposición en el Parlamento, hasta en el más reaccionario, facilitó el papel futuro de semejante jefe en la revolución.

En pocas semanas, los mencheviques y los «socialrevolucionarios» dominaron a la perfección todos los procedimientos y modales, argumentos y sofismas de los «héroes» europeos de la II Internacional, de los ministerialistas [10] y de toda la chusma oportunista. Todo lo que leemos hoy acerca de los Scheidemann y los Noske, Kautsky e Hilferding, Renner y Austerlitz, Otto Bauer y Federico Adler, Turati y Longuet; acerca de los fabianos y los jefes del Partido Laborista Independiente de Inglaterra nos parece –y lo es en realidad– una aburrida repetición de un motivo antiguo y conocido. Todo ello lo habíamos visto ya en los mencheviques. La historia les ha jugado una mala pasada, obligando a los oportunistas de un país atrasado a adelantarse a los oportunistas de una serie de países avanzados.

Si todos los «héroes» de la II Internacional han fracasado y se han cubierto de oprobio en la cuestión del papel e importancia de los Soviets y del Poder Soviético; si se han cubierto de ignominia con «brillantez» singular y se han embrollado en esta cuestión los jefes de los tres grandes partidos que se han separado ahora de la II Internacional –el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania [11], el Partido Longuetista de Francia y el Partido Laborista Independiente de Inglaterra–; si todos ellos han resultado esclavos de los prejuicios de la democracia pequeñoburguesa –exactamente al modo de los pequeños burgueses de 1848, que se llamaban «socialdemócratas»–, también es cierto que todo eso lo hemos visto ya en el ejemplo de los mencheviques. La historia ha hecho esta jugarreta: los Soviets nacieron en Rusia en 1905, fueron falsificados de febrero a octubre de 1917 por los mencheviques, que fracasaron por no haber sabido comprender el papel y la importancia de los mismos, y hoy ha surgido en el mundo entero la idea del Poder Soviético, una idea que se extiende con rapidez inusitada entre el proletariado de todos los países. Mientras tanto, los viejos «héroes» de la II Internacional fracasan también en todas partes por no haber sabido comprender, igual que nuestros mencheviques, el papel y la importancia de los Soviets. La experiencia ha demostrado que, en algunas cuestiones muy esenciales de la revolución proletaria, todos los países pasarán inevitablemente por lo mismo que ha pasado Rusia.

Los bolcheviques empezaron su lucha victoriosa contra la república parlamentaria –de hecho– burguesa y contra los mencheviques con suma prudencia y no la prepararon, ni mucho menos, con la sencillez que se imaginan hoy a menudo en Europa y América. Al comienzo del período mencionado no incitamos a derribar el gobierno, sino que explicamos la imposibilidad de hacerlo sin modificar previamente la composición y el estado de ánimo de los Soviets. No declaramos el boicot al parlamento burgués, a la constituyente, sino que dijimos –a partir de la conferencia de abril de 1917 de nuestro partido lo dijimos oficialmente en nombre de éste– que una república burguesa con una constituyente era preferible a la misma república sin constituyente; pero que la república «obrera y campesina» soviética es mejor que cualquier república democrática burguesa, parlamentaria. Sin esta preparación prudente, minuciosa, circunspecta y prolongada no hubiésemos podido alcanzar ni mantener la victoria de Octubre de 1917.

Notas

[3] Lenin alude a los mencheviques y eseristas –socialistas revolucionarios–.

Mencheviques: adeptos de una corriente oportunista pequeñoburguesa en la socialdemocracia rusa. En el II congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia los oportunistas quedaron en minoría –«menshinstvó»–. Ese es el origen de las denominaciones de «bolcheviques» –mayoritarios– y «mencheviques» –minoritarios–.

Durante la revolución de 1905-1907 los mencheviques se pronunciaron contra la hegemonía de la clase obrera en la revolución y contra la alianza de la clase obrera con el campesinado, exigiendo que se concertase un acuerdo con la burguesía liberal. En los años de reacción –1907 a 1910– que siguieron a la derrota de la revolución, la mayoría de los mencheviques se hicieron liquidadores. Al triunfar la revolución democrática burguesa de febrero de 1917, los mencheviques y los eseristas –socialrevolucionarios– formaron parte del gobierno provisional burgués, apoyaron su política imperialista y lucharon contra la creciente revolución socialista.

A raíz de la Revolución Socialista de Octubre, los mencheviques se convirtieron en un partido abiertamente contrarrevolucionario, organizador de complots y levantamientos encaminados a derrocar el Poder Soviético.

Socialistas-revolucionarios o socialrevolucionarios –eseristas, s. r.–: partido de demócratas pequeñoburgueses formado a fines de 1901 y comienzos de 1902 mediante la unificación de diversos grupos y círculos populistas. En los años de la primera guerra mundial, la mayoría de los eseristas sustentó posiciones socialchovinistas. Al triunfar la revolución democrática burguesa de febrero de 1917, los eseristas, junto con los mencheviques y los democonstitucionalistas –demócratas-constitucionalistas–, fueron el apoyo principal del gobierno provisional burgués, del que formaron parte los líderes de dicho partido. Después de la Revolución Socialista de Octubre, los eseristas lucharon activamente contra el Poder Soviético.

[4] Lenin se refiere al ametrallamiento, el 4 (17) de abril de 1912, de los obreros inermes en los placeres auríferos del Lena –Siberia–. La noticia del sangriento drama del Lena conmovió a la clase obrera de Rusia. Por todo el país se extendió una ola de manifestaciones callejeras, mítines y huelgas de protesta.

[5] Duma de Estado: institución representativa que el gobierno zarista se vio obligado a convocar como resultado de los acontecimientos revolucionarios de 1905. Formalmente, la Duma de Estado era un organismo legislativo; pero, en la práctica, carecía de todo poder efectivo. Las elecciones a la Duma no eran ni directas, ni iguales, ni generales. Los derechos electorales de las clases trabajadoras y de las naciones no rusas que poblaban Rusia se hallaban fuertemente restringidos, y una parte considerable de los obreros y campesinos carecían de todo derecho electoral. La I Duma de Estado –abril a julio de 1906– y la II –febrero a junio de 1907– fueron disueltas por el gobierno zarista. El 3 de junio de 1907, el gobierno dio un golpe de Estado y promulgó una nueva ley electoral que restringió más aún los derechos de los obreros, de los campesinos y de la pequeña burguesía urbana y aseguró el dominio pleno del bloque reaccionario de los latifundistas y los grandes capitalistas tanto en la III Duma de Estado –1907 a 1912– como en la IV –1912 a 1917–.

[6] En la sesión de la Duma del 26 de julio –8 de agosto– de 1914, en la que los representantes de todos los grupos burgueses y terratenientes aprobaron la entrada de la Rusia zarista en la guerra imperialista, la minoría bolchevique expresó su enérgica protesta, se negó a votar los créditos de guerra e hizo propaganda revolucionaria entre las masas. En noviembre de 1914, los diputados bolcheviques fueron detenidos, juzgados y confinados a perpetuidad en Siberia Oriental. Los valientes discursos de los miembros de la minoría bolchevique durante la vista de la causa, en los que denunciaron a la autocracia, desempeñaron un importante papel en la propaganda antimilitarista y en la radicalización de las masas trabajadoras.

[7] Longuetismo: corriente centrista en el Partido Socialista Francés, encabezada por Juan Longuet. Durante la primera guerra mundial –1914 a 1918–, los longuetistas aplicaron una política de conciliación con los socialchovinistas, rechazaron la lucha revolucionaria y propugnaron «la defensa de la patria» en la guerra imperialista. Lenin los calificó de nacionalistas pequeñoburgueses. Después de triunfar la Revolución Socialista de Octubre, los longuetistas se declararon de palabra partidarios de la dictadura del proletariado, pero, de hecho, siguieron siendo enemigos suyos. En diciembre de 1920, junto con los reformistas manifiestos, abandonaron el partido y se adhirieron a la llamada Internacional II y 1/2.

[8] Partido Laborista Independiente de Inglaterra –Independent Labour Party, ILP–: organización reformista fundada en 1893, a cuyo frente figuraban Reir Hardie y Ramsay MacDonald. Desde que surgió, el ILP adoptó una posición reformista burguesa, prestando atención principal a la forma parlamentaria de lucha y a las componendas parlamentarias con el Partido Liberal. Al estallar la primera guerra mundial, el ILP publicó un manifiesto antibélico, pero poco después adoptó una posición socialchovinista. En 1920, el ILP abandonó la II Internacional y se adhirió a la llamada Internacional II y 1/2.

[9] Fabianos: miembros de la Sociedad Fabiana, organización reformista inglesa fundada en 1884. Tomó esta denominación del nombre del caudillo romano Fabio Máximo, llamado Cunctátor, «el Contemporizador» –s. III a. n. e.–, por su táctica expectante, que consistía en eludir los combates decisivos en la guerra contra Aníbal. Formaban parte de la Sociedad Fabiana, principalmente, intelectuales burgueses: hombres de ciencia, escritores y políticos –como los esposos Sidney y Beatriz Webb, Ramsay MacDonald, Bernardo Shaw y otros–. Los fabianos negaban la necesidad de la lucha de clase del proletariado y de la revolución socialista, afirmando que la transición del capitalismo al socialismo sólo sería posible por medio de reformas y de transformaciones paulatinas de la sociedad. En 1900, la Sociedad Fabiana ingresó en el Partido Laborista.

[10] Ministerialismo –«socialismo ministerial» o «millerandismo»–; táctica oportunista de participación de los socialistas en gobiernos burgueses reaccionarios. Este término surgió en 1899, cuando el socialista francés Millerand colaboró en el gobierno burgués presidido por Waldeck-Rousseau.

[11] Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania: partido centrista fundado en abril de 1917, en el congreso de constitución celebrado en Gotha. Los «independientes» propugnaban la «unidad» con los socialchovinistas y llegaron a abjurar de la lucha de clases. Al fundarse la Internacional Comunista –Komintern– en 1919, los «independientes» abandonaron la II Internacional. En octubre de 1920, el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania se escindió en su congreso de Halle; en diciembre del mismo año, una parte considerable de sus militantes se unificó con el Partido Comunista de Alemania. Los elementos derechistas se agruparon en otro partido, que adoptó la vieja denominación de Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania y existió hasta 1922.

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