«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

sábado, 15 de febrero de 2014

¿En qué sentido puede hablarse de la importancia internacional de la revolución rusa?; Lenin, 1920


En los primeros meses que siguieron a la conquista del poder político por el proletariado en Rusia –25/X-7/XI de 1917– podía pensarse que, debido a las inmensas diferencias existentes entre la Rusia atrasada y los países avanzados de Europa Occidental, la revolución proletaria en estos últimos se parecería muy poco a la nuestra. Hoy tenemos ya una experiencia internacional bastante grande, la cual demuestra con absoluta claridad que algunos de los rasgos fundamentales de nuestra revolución tienen una importancia no local, particularmente nacional, sólo rusa, sino internacional. Y cuando hablo de importancia internacional no lo hago en el sentido amplio de la palabra: no son sólo algunos, sino todos los rasgos fundamentales, y muchos secundarios, de nuestra revolución los que tienen importancia internacional desde el punto de vista de la influencia de aquélla en todos los países. No; hablo en el sentido más estrecho de la palabra, es decir, entendiendo por importancia internacional su trascendencia mundial o la inevitabilidad histórica de que se repita a escala universal lo ocurrido en nuestro país. Y debe reconocerse que algunos rasgos fundamentales de nuestra revolución tienen esa importancia.

Está claro que sería un tremendo error exagerar esta verdad, no limitarse a aplicarla a algunos rasgos fundamentales de nuestra revolución. Sería erróneo, asimismo, perder de vista que después de triunfar la revolución proletaria, aunque no sea más que en uno de los países avanzados, se producirá, probablemente, un cambio radical, es decir: Rusia se convertirá poco después de esto no en un país modelo, sino de nuevo en un país atrasado –en el sentido «soviético» y socialista–.

Pero en el presente momento histórico se trata precisamente de que el ejemplo ruso muestra a todos los países algo, y algo muy sustancial, de su futuro próximo e ineluctable. Los obreros avanzados de todos los países hace ya mucho que lo han comprendido y, con mayor frecuencia, más que comprenderlo, lo han captado, lo han sentido con su instinto de clase revolucionaria. De aquí «la importancia» internacional –en el sentido estrecho de la palabra– del Poder soviético y de los fundamentos de la teoría y la táctica bolcheviques. Esto no lo han comprendido los jefes «revolucionarios» de la II Internacional, como Kautsky en Alemania y Otto Bauer y Federico Adler en Austria, que se han convertido por ello en reaccionarios, en defensores del peor de los oportunismos y de la socialtraición. Digamos de paso que el folleto anónimo «La revolución mundial» –Weltrevolution–, aparecido en 1919 en Viena –Sozialistische Biicherei, Heft 11; Ignaz Brand–, muestra con claridad singular todo el proceso discursivo y todo el conjunto de reflexiones, más exactamente, todo ese abismo de irreflexión, pedantería, vileza y traición a los intereses de la clase obrera, sazonado, además, con «la defensa» de la idea de «la revolución mundial».

Pero tendremos que dejar para otra ocasión ocuparnos con mayor detenimiento de este folleto. Consignemos aquí sólo una cosa más: en los tiempos, ya bien lejanos, en que Kautsky era todavía marxista, y no un apóstata, al abordar la cuestión como historiador preveía la posibilidad de una situación en la que el espíritu revolucionario del proletariado ruso serviría de modelo a Europa Occidental. Eso fue en 1902, cuando Kautsky publicó en la Iskra revolucionaria [2] el artículo «Los eslavos y la revolución». En él decía:

«En la actualidad» –al contrario que en 1848– «se puede creer que los eslavos no sólo se han incorporado a las filas de los pueblos revolucionarios, sino que el centro de gravedad del pensamiento revolucionario y de la obra revolucionaria se desplaza cada día más hacia los eslavos. El centro revolucionario se traslada de Occidente a Oriente. En la primera mitad del siglo XIX se hallaba en Francia y, en algunos momentos, en Inglaterra. En 1848, también Alemania se incorporó a las filas de las naciones revolucionarias. El nuevo siglo empieza con acontecimientos que sugieren la idea de que marchamos hacia un nuevo desplazamiento del centro revolucionario, concretamente: de su traslado a Rusia. Es posible que Rusia, que tanta iniciativa revolucionaria ha asimilado de Occidente, esté hoy preparada ella misma para servirle de fuente de energía revolucionaria. El creciente movimiento revolucionario ruso resultará, quizá, el medio más poderoso para desarraigar ese espíritu de filisteísmo fláccido y de politiquería circunspecta que empieza a difundirse en nuestras filas y hará surgir de nuevo la llama viva del anhelo de lucha y la fidelidad apasionada a nuestros grandes ideales. Hace ya mucho que Rusia ha dejado de ser para Europa Occidental un simple baluarte de la reacción y del absolutismo. En la actualidad ocurre, quizá, todo lo contrario. Europa Occidental se convierte en el baluarte de la reacción y del absolutismo en Rusia. Es posible que los revolucionarios rusos hubieran acabado hace ya mucho con el zar si no tuviesen que luchar al mismo tiempo contra el aliado de éste: el capital europeo. Esperemos que esta vez conseguirán vencer a ambos enemigos y que la nueva «Santa Alianza» se derrumbará con mayor rapidez que sus predecesoras. Pero sea cual fuere el resultado de la lucha actual en Rusia, la sangre y los sufrimientos de los mártires que esta lucha engendrará –por desgracia, más de lo necesario– no serán vanos, sino que abonarán los gérmenes de la revolución social en todo el mundo civilizado y los harán crecer de un modo más esplendoroso y rápido. En 1848, los eslavos eran una helada horrible que abrasaba las flores de la primavera popular. Es posible que ahora estén llamados a ser la tormenta que rompa el hielo de la reacción y traiga consigo irresistiblemente una nueva y feliz primavera para los pueblos». (Karl Kautsky; Los eslavos y la revolución, artículo publicado en Iskra, periódico revolucionario de la socialdemocracia rusa, núm.18, 10 de marzo de 1902)

¡No escribía mal Karl Kautsky hace 18 años!

Notas

[1] Lenin escribió el libro «La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo» en vísperas del II Congreso de la Internacional Comunista –Komintern–. El trabajo principal lo efectuó en abril de 1920 –el manuscrito quedó terminado el 27 de dicho mes–; el Anexo lo escribió el 12 de mayo, cuando se estaban corrigiendo ya las galeradas. Lenin controló personalmente los plazos de composición e impresión del libro, a fin de que su aparición coincidiera con el comienzo del II Congreso de la Komintern. El libro vio la luz el 12 de junio de 1920 y casi al mismo tiempo, en julio, se editó en la Rusia Soviética en francés e inglés. La obra «La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo» –cuyas tesis y conclusiones principales sirvieron de base a los acuerdos del II Congreso de la Komintern– fue distribuida entre los delegados al congreso. Este libro ha alcanzado gran difusión, habiéndose editado en numerosos países.

[2] Iskra –«La Chispa»–: primer periódico marxista clandestino para toda Rusia, fundado por Lenin en diciembre de 1900. Se publicó en el extranjero, siendo enviado ilegalmente a Rusia. Desempeñó un magno papel en la cohesión ideológica de los socialdemócratas rusos y en los preparativos para unificar en un partido marxista revolucionario las organizaciones socialdemócratas dispersas. Después de la escisión del partido en bolcheviques y mencheviques, producida en el II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia –POSDR– de 1903, Iskra pasó a manos de los mencheviques –a partir del número 52– y empezó a denominarse «nueva» Iskra para diferenciarse de la «vieja» Iskra, la leninista. La nueva Iskra dejó de ser un combativo órgano del marxismo revolucionario: los mencheviques transformaron el periódico en un órgano de lucha contra el marxismo y contra el partido, en una tribuna del oportunismo.

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