«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

martes, 25 de febrero de 2014

¿Ningún compromiso?; Lenin, 1920

«En los problemas prácticos de la política de cada momento particular o específico de la historia es importante saber distinguir aquellos en que se manifiestan los compromisos de la especie más inadmisible, los compromisos de traición que encarnan un oportunismo funesto para la clase revolucionaria y consagrar todos los esfuerzos a explicar su sentido y a combatirlos. Durante la guerra imperialista de 1914 a 1918 entre dos grupos de países igualmente bandidescos y rapaces, el oportunismo principal y fundamental fue el que adoptó la forma de socialchovinismo, es decir, el apoyo de «la defensa de la patria», lo cual equivalía de hecho, en aquella guerra, a defender los intereses de rapiña de la burguesía «propia». Después de la guerra fue la defensa de la expoliadora «Sociedad de Naciones» [45], la defensa de las alianzas directas o indirectas con la burguesía del propio país contra el proletariado revolucionario y el movimiento «soviético» y la defensa de la democracia y del parlamentarismo burgueses frente al «Poder de los Soviets». Tales fueron las manifestaciones principales de estos compromisos inadmisibles y alevosos, que, en suma, han terminado en un oportunismo funesto para el proletariado revolucionario y para su causa». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, 1920)


En la cita del folleto de Fráncfort hemos visto la energía con que los «izquierdistas» plantean esta consigna. Es triste ver cómo hombres que, indudablemente, se consideran marxistas y quieren serlo han olvidado las verdades fundamentales del marxismo. Engels –que, como Marx, pertenece a esa rarísima categoría de escritores cada una de cuyas frases de sus obras importantes tiene una asombrosa profundidad de contenido– escribía en 1874 lo siguiente contra el Manifiesto de los treinta y tres blanquistas [43] miembros de la Comuna:

«... Somos comunistas» –decían en su manifiesto los comuneros blanquistas– «porque queremos llegar a nuestra meta sin detenernos en paradas intermedias, sin aceptar compromisos, que no hacen más que alejar el día de la victoria y prolongar la esclavitud».

«Los comunistas alemanes son comunistas porque, a través de todas las paradas intermedias y los compromisos creados por la marcha del desarrollo histórico, y no por ellos, ven con claridad y persiguen sin cesar la meta final: la supresión de las clases y la creación de una sociedad en la que no habrá lugar para la propiedad privada de la tierra y de todos los medios de producción. Los treinta y tres blanquistas se figuran que son comunistas porque, desde el momento en que su deseo es saltarse las paradas intermedias y los compromisos, la cosa está hecha, y que si «comienza» uno de estos días –de lo cual están firmemente seguros– y el poder cae en sus manos, pasado mañana «será instaurado el comunismo». Por consiguiente, si no se puede hacer eso en el acto, no son comunistas.

«¡Que ingenuidad pueril presentar la propia impaciencia como argumento teórico!» (Friedrich Engels. El programa de los emigrados blanquistas de la Comuna, del periódico socialdemócrata alemán Der Volksstaat [44], 1874, núm.73, incluido en la recopilación Artículos de 1871-1875, traducción rusa, Petrogrado, 1919, págs.52-53).

Engels expresa en ese mismo artículo su profundo respeto por Vaillant y habla del «mérito incontestable» de éste –que fue, como Guesde, uno de los jefes más destacados del socialismo internacional antes de su traición al socialismo en agosto de 1914–. Pero Engels no deja de analizar con todo detalle el error manifiesto. Está claro que a los revolucionarios muy jóvenes e inexpertos, lo mismo que a los revolucionarios pequeñoburgueses, incluso de edad muy respetable y con gran experiencia, les parece extraordinariamente «peligroso», incomprensible y erróneo «autorizar los compromisos». Y muchos sofistas –como politicastros «superexpertos» o excesivamente «experimentados»– razonan del mismo modo que los jefes del oportunismo inglés mencionados por el camarada Lansbury: «Si los bolcheviques se permiten tal o cual compromiso, ¿por qué no hemos de permitirnos nosotros cualquier compromiso?» Pero los proletarios educados por repetidas huelgas –para no considerar más que esta manifestación de la lucha de clases– asimilan de ordinario magníficamente la profundísima verdad –filosófica, histórica, política y psicológica– enunciada por Engels. Todo proletario conoce huelgas, conoce «compromisos» con los odiados opresores y explotadores, después de los cuales los obreros han tenido que reintegrarse al trabajo sin haber logrado nada o accediendo a una satisfacción parcial de sus reivindicaciones. El ambiente de lucha de masas y de brusco enconamiento de los antagonismos de clase en que vive permiten a cada proletario observar la diferencia existente entre compromisos de dos tipos. De una parte, un compromiso impuesto por condiciones objetivas –pobreza de la caja de los huelguistas, que carecen de apoyo, padecen hambre y están extenuados hasta lo indecible–, compromiso que en nada disminuye la abnegación revolucionaria de los obreros que lo han contraído ni su disposición a continuar la lucha. De otra parte, un compromiso de traidores que achacan a causas objetivas su vil egoísmo –¡también los esquiroles conciertan «compromisos»!–, su cobardía, su deseo de ganarse la buena disposición de los capitalistas, su falta de firmeza ante las amenazas y, a veces, ante las exhortaciones, las limosnas o los halagos de los capitalistas –estos compromisos de traidores abundan especialmente en la historia del movimiento obrero inglés por parte de los jefes de las tradeuniones, aunque, en una forma o en otra, casi todos los obreros de los demás países han podido observar fenómenos análogos–.

Por supuesto, se dan casos aislados difíciles y complejos en extremo en los que sólo realizando los mayores esfuerzos se logra determinar con exactitud el verdadero carácter de tal o cual «compromiso», de la misma manera que hay casos de homicidio en los que no es nada fácil decidir si éste era absolutamente justo e incluso obligatorio –por ejemplo, en caso de legítima defensa–, o bien resultado de una imprudencia imperdonable o incluso de un plan perverso ejecutado con habilidad. Es indudable que en política, donde se trata a veces de relaciones muy complejas –nacionales e internacionales– entre las clases y los partidos, se registrarán numerosos casos mucho más difíciles que la cuestión de saber si un «compromiso» contraído con motivo de una huelga es legítimo o se trata de una alevosía de un esquirol, de un jefe traidor, etc. Es absurdo preparar una receta o una regla general –¡«ningún compromiso»!– para todos los casos. Hay que tener la cabeza sobre los hombros para saber orientarse en cada caso concreto. La importancia de poseer una organización de partido y jefes del mismo dignos de este nombre consiste precisamente, entre otras cosas, en llegar –mediante un trabajo largo, tenaz, múltiple y variado de todos los representantes de una clase determinada capaces de pensar*– a adquirir los conocimientos y la experiencia necesarios y, además de los conocimientos y la experiencia, la perspicacia política indispensable para resolver pronto y bien los problemas políticos complejos.

[*Hasta en el país más culto, toda clase, aun la más avanzada y con mayor florecimiento excepcional de todas sus fuerzas espirituales en virtud de las circunstancias del momento, cuenta –y contará sin falta mientras las clases subsistan y la sociedad sin clases no esté afianzada, consolidada y desarrollada por completo sobre su propia base– con representantes que no piensan y que son incapaces de pensar. Si no ocurriera así, el capitalismo dejaría de ser el capitalismo opresor de las masas.]

Las personas ingenuas y totalmente inexpertas se figuran que basta con admitir los compromisos en general para que desaparezca toda línea divisoria entre el oportunismo –contra el que sostenemos y debemos sostener una lucha sin cuartel– y el marxismo revolucionario o comunismo. Pero a esas personas, si ignoran aún que todas las líneas divisorias en la naturaleza y en la sociedad son mutables y hasta cierto punto convencionales, se les puede ayudar sólo por medio de la instrucción, la formación, la ilustración y la experiencia política y práctica prolongadas. En los problemas prácticos de la política de cada momento particular o específico de la historia es importante saber distinguir aquellos en que se manifiestan los compromisos de la especie más inadmisible, los compromisos de traición que encarnan un oportunismo funesto para la clase revolucionaria y consagrar todos los esfuerzos a explicar su sentido y a combatirlos. Durante la guerra imperialista de 1914 a 1918 entre dos grupos de países igualmente bandidescos y rapaces, el oportunismo principal y fundamental fue el que adoptó la forma de socialchovinismo, es decir, el apoyo de «la defensa de la patria», lo cual equivalía de hecho, en aquella guerra, a defender los intereses de rapiña de la burguesía «propia». Después de la guerra fue la defensa de la expoliadora «Sociedad de Naciones» [45], la defensa de las alianzas directas o indirectas con la burguesía del propio país contra el proletariado revolucionario y el movimiento «soviético» y la defensa de la democracia y del parlamentarismo burgueses frente al «Poder de los Soviets». Tales fueron las manifestaciones principales de estos compromisos inadmisibles y alevosos, que, en suma, han terminado en un oportunismo funesto para el proletariado revolucionario y para su causa.

«... Rechazar del modo más categórico todo compromiso con los demás partidos... toda política de maniobra y conciliación», dicen los izquierdistas de Alemania en el folleto de Fráncfort.

¡Es sorprendente que, con semejantes ideas, esos izquierdistas no condenen categóricamente el bolchevismo! ¡Los izquierdistas alemanes no pueden ignorar que toda la historia del bolchevismo, antes y después de la Revolución de Octubre, está llena de casos de maniobras, de acuerdos y compromisos con otros partidos, incluidos los partidos burgueses!

Hacer la guerra para derrocar a la burguesía internacional –una guerra cien veces más difícil, larga y compleja que la más encarnizada de las guerras corrientes entre Estados– y renunciar de antemano a toda maniobra, a explotar los antagonismos de intereses –aunque sólo sean pasajeros– que dividen a nuestros enemigos, renunciar a acuerdos y compromisos con posibles aliados –aunque sean temporales, inestables, vacilantes, convencionales–, ¿no es, acaso, algo infinitamente ridículo? ¿No viene a ser eso como si en la difícil ascensión a una montaña inexplorada, en la que nadie hubiera puesto la planta, se renunciase de antemano a hacer a veces zigzags, a desandar a veces lo andado, a abandonar la dirección elegida al principio para probar otras direcciones? ¡Y gente tan inconsciente e inexperta –y menos mal si la causa de ello es la juventud, autorizada por la providencia para decir semejantes tonterías durante cierto tiempo– ha podido ser sostenida directa o indirectamente, franca o encubiertamente, íntegra o parcialmente, poco importa cómo, por algunos miembros del Partido Comunista Holandés!

Después de triunfar la primera revolución socialista del proletariado, después de ser derrocada la burguesía en un país, su proletariado sigue siendo durante mucho tiempo más débil que la burguesía. Se debe ello, simplemente, a las inmensas relaciones internacionales de ésta y, además, a la restauración, al renacimiento espontáneo y continuo del capitalismo y de la burguesía por los pequeños productores de mercancías del país donde esta última ha sido derrocada. Sólo se puede vencer a un enemigo más poderoso poniendo en tensión todas las fuerzas y aprovechando obligatoriamente –con el mayor celo, minuciosidad, prudencia y habilidad– la menor «grieta» entre los enemigos, toda contradicción de intereses entre la burguesía de los distintos países y entre los diferentes grupos o categorías de la burguesía en cada país. Hay que aprovechar, asimismo, las menores posibilidades de lograr un aliado de masas, aunque sea temporal, vacilante, inestable, poco seguro y convencional. Quien no haya comprendido esto, no ha comprendido ni una palabra de marxismo ni de socialismo científico, contemporáneo, en general. Quien no haya demostrado en la práctica, durante un período bastante considerable y en situaciones políticas bastante variadas, su habilidad para aplicar esta verdad, no ha aprendido aún a ayudar a la clase revolucionaria en su lucha por liberar de explotadores a toda la humanidad trabajadora. Y lo dicho es aplicable por igual tanto al período anterior a la conquista del poder político por el proletariado como al posterior.

Nuestra teoría no es un dogma, sino una guía para la acción, decían Marx y Engels [46]. Y el gran error, el inmenso crimen de marxistas «patentados» como Karl Kautsky, Otto Bauer y otros consiste en no haber entendido esto, en no haber sabido aplicarlo en los momentos más importantes de la revolución proletaria. «La acción política no es una acera de la avenida Nevski» –la acera limpia, ancha y lisa de la calle principal de San Petersburgo, absolutamente recta–, decía ya N. G. Chernyshevski [47], el gran socialista ruso del período premarxista. Desde los tiempos de Chernyshevski, los revolucionarios rusos han pagado con innumerables víctimas el desconocimiento u olvido de esta verdad. Hay que conseguir a toda costa que los comunistas de izquierda y los revolucionarios de Europa Occidental y de América fieles a la clase obrera paguen menos cara que los atrasados rusos la asimilación de esta verdad.

Los socialdemócratas revolucionarios de Rusia aprovecharon en repetidas ocasiones antes de la caída del zarismo los servicios de los liberales burgueses, es decir, concluyeron con ellos innumerables compromisos prácticos. Y en 1901 y 1902, antes incluso de que naciera el bolchevismo, la antigua Redacción de Iskra –de la que formábamos parte Plejánov, Axelrod, Zasúlich, Mártov, Potrésov y yo– concertó –es cierto que no por mucho tiempo– una alianza política formal con Struve, jefe político del liberalismo burgués, sin dejar de sostener a la vez la lucha ideológica y política más implacable contra el liberalismo burgués y contra las más mínimas manifestaciones de su influencia en el seno del movimiento obrero. Los bolcheviques aplicaron siempre esa misma política. Desde 1905 defendieron sistemáticamente la alianza de la clase obrera con el campesinado contra la burguesía liberal y el zarismo, sin negarse nunca, al mismo tiempo, a apoyar a la burguesía contra el zarismo –por ejemplo, en la segunda etapa de las elecciones o en las segundas vueltas electorales– y sin interrumpir la lucha ideológica y política más intransigente contra el partido campesino revolucionario burgués, los «socialrevolucionarios», desenmascarándolos como demócratas pequeñoburgueses que se incluían falsamente entre los socialistas. En 1907, los bolcheviques constituyeron, por poco tiempo, un bloque político formal con los «socialrevolucionarios» para las elecciones a la Duma. Con los mencheviques hemos estado formalmente durante varios años, desde 1903 hasta 1912, en un partido socialdemócrata único, sin interrumpir jamás la lucha ideológica y política contra ellos como vehículos de la influencia burguesa en el seno del proletariado y como oportunistas. Durante la guerra concertamos una especie de compromiso con los «kautskianos», los mencheviques de izquierda –Mártov– y una parte de los «socialrevolucionarios» –Chernov, Natansón–. Asistimos con ellos a las conferencias de Zimmerwald y Kienthal [48] y publicamos manifiestos conjuntos, pero jamás interrumpimos ni atenuamos la lucha política e ideológica contra los «kautskianos», contra Mártov y Chernov –Natansón murió en 1919 siendo un «comunista revolucionario» [49] «populista», muy afín a nosotros y casi solidario nuestro–. En el momento mismo de la Revolución de Octubre concertamos un bloque político, no formal, pero muy importante –y muy eficaz– con el campesinado pequeñoburgués, aceptando íntegro, sin el menor cambio, el programa agrario eserista, es decir, contrajimos un compromiso indudable para demostrar a los campesinos que no queríamos aprovecharnos de su mayoría de votos, sino llegar a un acuerdo con ellos. Al mismo tiempo, propusimos a los «eseristas de izquierda» [50] –y poco después lo realizamos– un bloque político formal, con participación en el gobierno, bloque que ellos rompieron después de la Paz de Brest, llegando en julio de 1918 a la insurrección armada y, más tarde, a la lucha armada contra nosotros.

Es comprensible, por ello, que los ataques de los izquierdistas alemanes al Comité Central del Partido Comunista de Alemania por admitir la idea de un bloque con los «independientes» –con el «Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania», los kautskianos– nos parezcan carentes de seriedad y veamos en ellos una demostración evidente de la posición errónea de los «izquierdistas». En Rusia había también mencheviques de derecha –que colaboraron en el Gobierno Kerenski–, equivalentes a los Scheidemann de Alemania, y mencheviques de izquierda –Mártov–, que se hallaban en oposición a los mencheviques de derecha y equivalían a los kautskianos alemanes. En 1917 observamos con claridad que las masas obreras se separaban paulatinamente de los mencheviques para sumarse a los bolcheviques. En el I Congreso de los Soviets de toda Rusia, celebrado en junio de dicho año, tuvimos sólo un 13 % de los votos. La mayoría perteneció a los eseristas y a los mencheviques. En el II Congreso de los Soviets –25 de octubre de 1917, según el viejo calendario– tuvimos el 51 % de los sufragios. ¿Por qué en Alemania una tendencia igual, completamente análoga, de los obreros a pasar de la derecha a la izquierda ha conducido al fortalecimiento inmediato no de los comunistas, sino, al principio, del partido intermedio de los «independientes», aunque este partido jamás haya tenido ninguna idea política independiente y ninguna política independiente y se haya limitado a vacilar entre los Scheidemann y los comunistas?

Una de las causas ha sido, sin duda, la táctica errónea de los comunistas alemanes, los cuales deben reconocer ese error honradamente y sin temor y aprender a corregirlo. El error ha consistido en negarse a participar en el parlamento reaccionario, burgués, y en los sindicatos reaccionarios; el error ha consistido en múltiples manifestaciones de esa enfermedad infantil del «izquierdismo» que se ha exteriorizado ahora y que, gracias a ello, será curada mejor, más pronto y con mayor provecho para el organismo.

Es evidente que el «Partido Socialdemócrata Independiente» alemán carece de homogeneidad: al lado de los antiguos jefes oportunistas –Kautsky, Hilferding y, por lo que se ve, en gran parte Crispien, Ledebour y otros–, que han demostrado su incapacidad para comprender la significación del Poder soviético y de la dictadura del proletariado y para dirigir la lucha revolucionaria de este último, en dicho partido se ha formado y crece con rapidez singular una ala izquierda, proletaria. Cientos de miles de miembros de este partido –que tiene, al parecer, unos 750.000 afiliados– son proletarios que se alejan de Scheidemann y caminan con rapidez hacia el comunismo. Esta ala proletaria propuso ya en el Congreso de los independientes, celebrado en Leipzig en 1919, la adhesión inmediata e incondicional a la Komintern. Temer un «compromiso» con dicha ala es sencillamente ridículo. Al contrario, para los comunistas es obligatorio buscar y encontrar una forma adecuada de compromiso con ella, que permita, por una parte, facilitar y acelerar la fusión completa y necesaria con la misma y, por otra, que no cohíba en nada a los comunistas en su lucha ideológica y política contra el ala derecha, oportunista, de los «independientes». Es probable que no resulte fácil concebir una forma adecuada de compromiso, pero sólo un charlatán podría prometer a los obreros y a los comunistas alemanes un camino «fácil» para alcanzar la victoria.

El capitalismo dejaría de ser capitalismo si el proletariado «puro» no estuviese rodeado de una masa abigarradísima de elementos que personifican la transición del proletario al semiproletario –el que obtiene la mitad de sus medios de existencia vendiendo su fuerza de trabajo–, del semiproletario al pequeño campesino –y al pequeño artesano, al obrero a domicilio y al pequeño patrono en general–, del pequeño campesino al campesino medio, etc., y si en el seno mismo del proletariado no hubiera sectores de un desarrollo mayor o menor, divisiones de carácter territorial, profesional, a veces religioso, etc. De todo eso se deduce la necesidad –una necesidad imperiosa para la vanguardia del proletariado, para su parte consciente, para el partido comunista– de recurrir a la maniobra, a los acuerdos, a los compromisos con los diversos grupos proletarios y con los diversos partidos de obreros y de pequeños patronos. El quid de la cuestión está en saber aplicar esta táctica para elevar, y no para rebajar, el nivel general de conciencia del proletariado, su espíritu revolucionario y su capacidad de lucha y de victoria. Es preciso advertir, entre otras cosas, que la victoria de los bolcheviques sobre los mencheviques requirió, no sólo antes de la Revolución de Octubre de 1917, sino también después de ella, aplicar una táctica de maniobras, acuerdos y compromisos, aunque de tal naturaleza, claro está, que facilitaban y aceleraban la victoria de los bolcheviques y consolidaban y fortalecían a éstos a costa de los mencheviques. Los demócratas pequeñoburgueses –incluidos los mencheviques– vacilan de manera inevitable entre la burguesía y el proletariado, entre la democracia burguesa y el régimen soviético, entre el reformismo y el revolucionarismo, entre el amor a los obreros y el miedo a la dictadura del proletariado, etc. La táctica acertada de los comunistas debe consistir en aprovechar esas vacilaciones y no, en modo alguno, en desdeñarlas. Y para aprovecharlas hay que hacer concesiones a los elementos que se inclinan al proletariado –en los casos y en la medida exacta en que lo hagan– y, al mismo tiempo, luchar contra los que se inclinan a la burguesía. Debido a que aplicamos una táctica acertada, el menchevismo se ha ido descomponiendo y se descompone más y más en nuestro país. Dicha táctica ha ido aislando a los jefes obstinados en el oportunismo y atrayendo a nuestro campo a los mejores obreros y a los mejores elementos de la democracia pequeñoburguesa. Es un proceso largo, y las «soluciones» irreflexivas, como «ningún compromiso, ninguna maniobra», sólo pueden dificultar el crecimiento de la influencia del proletariado revolucionario y el aumento de sus fuerzas.

Por último, es un error indudable de los «izquierdistas» de Alemania su insistencia rectilínea en no reconocer el «Tratado de Paz de Versalles» [51]. Cuanto mayores son «el aplomo» y «la importancia», el tono «categórico» y sin apelación con que formula este punto de vista, por ejemplo, K. Horner, tanto menos inteligente resulta. No basta con renegar de las flagrantes estupideces del «bolchevismo nacional» –Laufenberg y otros–, que, en las condiciones actuales de la revolución proletaria internacional, ha llegado a hablar de la formación de un bloque con la burguesía alemana para hacer la guerra a la Entente. Debe comprenderse que es errónea por completo la táctica que niega la obligación de la Alemania Soviética –si surgiese pronto una república soviética alemana– de reconocer por cierto tiempo el Tratado de Versalles y someterse a él. De esto no se deduce que los «independientes» tuvieran razón al reclamar la firma del Tratado de Versalles en las condiciones existentes entonces, cuando se hallaban en el gobierno los Scheidemann, cuando no había sido derribado todavía el Poder soviético en Hungría y no estaba excluida aún la posibilidad de una ayuda de la revolución soviética en Viena para apoyar a la Hungría Soviética. Entonces, los «independientes» maniobraron muy mal, pues asumieron una responsabilidad mayor o menor por los traidores tipo Scheidemann y se apartaron más o menos del punto de vista de la lucha de clases implacable –y reflexiva en grado sumo– contra los Scheidemann para situarse «al margen» y «por encima» de las clases.

Pero la situación es hoy tal que los comunistas alemanes no deben atarse las manos y prometer la renuncia obligatoria e indefectible al Tratado de Versalles en caso de triunfar el comunismo. Eso sería una tontería. Hay que decir: los Scheidemann y los kautskianos han cometido una serie de traiciones que han dificultado –y, en parte, hecho fracasar– la alianza con la Rusia Soviética y con la Hungría Soviética. Nosotros, los comunistas, procuraremos por todos los medios facilitar y preparar esa alianza; en cuanto a la Paz de Versalles, no estamos obligados en modo alguno a rechazarla a toda costa y, además, sin demora. La posibilidad de rechazarla con eficacia depende de los éxitos del movimiento soviético no sólo en Alemania, sino también a escala internacional. Este movimiento ha sido obstaculizado por los Scheidemann y los kautskianos; nosotros lo favorecemos. Ahí está el fondo de la cuestión, la diferencia cardinal. Y si nuestros enemigos de clase, los explotadores, y sus lacayos, los Scheidemann y los kautskianos, han dejado escapar una serie de posibilidades de fortalecer el movimiento soviético alemán e internacional y la revolución soviética alemana e internacional, la culpa es de ellos. La revolución soviética en Alemania vigorizará el movimiento soviético internacional, que es el baluarte más fuerte –y el único seguro, invencible y de potencia universal– contra el Tratado de Versalles y contra el imperialismo mundial en general. Colocar sin falta en primer plano, a toda costa y en seguida, la liberación del Tratado de Versalles, antes que el problema de liberar del yugo imperialista a los demás países oprimidos por el imperialismo, es una manifestación de nacionalismo pequeñoburgués –digno de los Kautsky, los Hilferding, los Otto Bauer y cía.–, pero no de internacionalismo revolucionario. El derrocamiento de la burguesía en cualquiera de los grandes países europeos, incluida Alemania, es un hecho tan favorable para la revolución internacional que, en aras de él, se puede y se debe aceptar, si es necesario, una existencia más prolongada del Tratado de Versalles. Si Rusia ha podido resistir sola durante varios meses con provecho para la revolución la Paz de Brest, no es ningún imposible que la Alemania Soviética, aliada con la Rusia Soviética, pueda soportar por más tiempo con provecho para la revolución el Tratado de Versalles.

Los imperialistas de Francia, Inglaterra, etc., provocan a los comunistas alemanes, tendiéndoles esta trampa: «Decid que no firmaréis el Tratado de Versalles». Y los comunistas «de izquierda» caen como niños en la trampa que les han tendido, en vez de maniobrar con destreza contra un enemigo pérfido y, en el momento actual, más fuerte, en vez de decirle: «Ahora firmaremos el Tratado de Versalles». Atarnos las manos con antelación, declarar públicamente al enemigo, hoy mejor armado que nosotros, si vamos a luchar contra él y en qué momento, es una tontería y no tiene nada de revolucionario. Aceptar el combate cuando es ventajoso a todas luces para el enemigo, y no para nosotros, constituye un crimen. Y los políticos de la clase revolucionaria que no saben «maniobrar», que no saben concertar «acuerdos y compromisos» a fin de rehuir un combate desfavorable a ciencia cierta, no sirven para nada.

Notas

[43] Blanquistas: partidarios de una corriente en el movimiento socialista francés encabezada por Luis Augusto Blanqui –1805 a 1881–, eminente revolucionario y destacado representante del comunismo utópico francés. Los blanquistas, como señalara Lenin, esperaban que «la humanidad se liberaría de la esclavitud asalariada no por medio de la lucha de clase del proletariado, sino por medio de un complot de una pequeña minoría de intelectuales». Los blanquistas que sustituían la actividad del partido revolucionario con las acciones de un puñado de conspiradores, menospreciaban los vínculos con las masas y no comprendían la necesidad del movimiento revolucionario de masas.

[44] Der Wolksstaat –«El Estado Popular»–: órgano central de la socialdemocracia alemana –partido de los eisenacheanos–; se publicó en Leipzig, bajo la dirección de Guillermo Liebknecht, desde 1869 hasta 1876.

[45] Sociedad de Naciones: organización internacional que existió durante el período comprendido entre la primera y la segunda guerras mundiales. Constituida en 1919, en la Conferencia de la Paz que celebraron en París los países vencedores en la primera conflagración universal, empezó a actuar en 1920. La Carta de la S. de N. formaba parte del Tratado de Paz de Versalles de 1919, siendo firmada por 44 Estados. En 1920 y 1921, la Sociedad de Naciones fue uno de los centros organizadores de la intervención armada contra el Estado Soviético.

[46] Lenin recuerda un pasaje de la carta que Friedrich Engels envió a F. Sorge el 29 de noviembre de 1886. En ella, al criticar el carácter sectario de la labor de los socialdemócratas alemanes emigrados en Norteamérica, Engels dice que, para ellos, la teoría «es un dogma y no una guía para la acción».

[47] En una reseña del libro «Cartas político-económicas al Presidente de los Estados Unidos de América», del economista norteamericano H. Ch. Carey, N. Chernyshevski dijo: «El camino de la historia no es una acera de la Avenida Nevski; pasa plenamente por campos ora polvorientos, ora fangosos, ora por pantanos, ora por bosques espesos. Quien tema cubrirse de polvo y manchar las botas, que no se dedique a la actividad social».

[48] Se alude a las conferencias socialistas internacionales de Zimmerwald y Kienthal –Suiza–. La Conferencia de Zimmerwald, o Primera Conferencia Socialista Internacional, se celebró del 5 al 8 de septiembre de 1915. La Conferencia de Kienthal, o Segunda Conferencia Socialista Internacional. Las conferencias de Zimmerwald y Kienthal contribuyeron a agrupar, sobre la base ideológica del marxismo-leninismo, a los elementos de izquierda de la socialdemocracia internacional. Más tarde, estos elementos desempeñaron un papel activo en la lucha orientada a formar partidos comunistas en sus países respectivos y fundar la III Internacional, la Internacional Comunista o Komintern.

[49] «Comunistas revolucionarios»: grupo que se separó de los eseristas de izquierda después del levantamiento organizado por dicho partido en julio de 1918. En septiembre de 1918, el grupo formó el llamado Partido del Comunismo Revolucionario, que se manifestó en pro de la colaboración con el PC(b) de Rusia y declaró que apoyaría el Poder Soviético. Aun reconociendo que el Poder de los Soviets creaba las premisas necesarias para establecer el régimen socialista, los «comunistas revolucionarios» negaban la necesidad de la dictadura del proletariado en el período de transición del capitalismo al socialismo. Cuando el II Congreso de la Komintern acordó que en cada país debía haber un solo Partido Comunista, el Partido del Comunismo Revolucionario decidió, en septiembre de 1920, ingresar en el PC(b) de Rusia.

[50] «Eseristas de izquierda»: partido de los socialrevolucionarios de izquierda; tomó forma orgánica en su I Congreso de toda Rusia, celebrado del 19 al 28 de noviembre –2 al 11 de diciembre– de 1917. Con anterioridad, estos socialistas revolucionarios constituyeron el ala izquierda del partido eserista. En el II Congreso de los Soviets de toda Rusia, los eseristas de izquierda votaron con los bolcheviques al decidirse los problemas más importantes que figuraban en el orden del día; sin embargo, rechazaron la propuesta de los bolcheviques de que colaborasen en el Gobierno Soviético. Tras largas vacilaciones, y movidos por el deseo de conservar su influencia entre los campesinos, los eseristas de izquierda accedieron a colaborar con los bolcheviques y formaron parte de varios organismos colegiados de los comisariados del pueblo. A pesar de haber aceptado la colaboración con los bolcheviques, los eseristas de izquierda discrepaban de ellos en cuestiones cardinales de la edificación del socialismo y rechazaban la dictadura del proletariado. En enero y febrero de 1918, el CC de los eseristas de izquierda emprendió la lucha contra la conclusión del «Tratado de Paz de Brest-Litovsk», y cuando éste fue firmado y ratificado por el IV Congreso de los Soviets –marzo de 1918–, abandonaron el Consejo de Comisarios del Pueblo, pero siguieron formando parte de los organismos colegiados de los comisariados del pueblo y de los órganos locales de poder. A medida que avanzaba la revolución socialista en el campo, entre los eseristas de izquierda fueron acentuándose las tendencias antisoviéticas. En julio de 1918, el CC de los eseristas de izquierda organizó en Moscú el asesinato del embajador alemán con el propósito de provocar una guerra entre la Rusia Soviética y Alemania y, al mismo tiempo, un levantamiento armado contra el Poder Soviético. Con este motivo, el V Congreso de los Soviets de toda Rusia, una vez sofocado el motín, acordó expulsar de los Soviets a los eseristas de izquierda que compartían las opiniones de su camarilla dirigente.

[51] Tratado de Paz de Versalles: tratado imperialista que la Entente impuso a Alemania, derrotada en la primera guerra mundial –1914 a 1918–. Fue firmado el 28 de junio de 1919 en Versalles.

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