«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

jueves, 25 de junio de 2015

Joan Comorera explicando a los obreros cenetistas el porque deben desengañarse del anarquismo

Diversos milicianos antifascista yendo al frente, agosto de 1936

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¿Qué os puede separar del Partido Socialista Unificado de Cataluña a vosotros, queridos camaradas, que muchas veces habéis sido víctimas de las venenosas propagandas de los enemigo de la clase obrera, de los agentes del franco-falangismo y del imperialismo; que alguna vez os han inducido a luchar contra nosotros como partido y como dirigentes? Si nos referimos a las conductas y a la consecuencia combatida y revolucionaria, el pleito está ya juzgado y pronunciado, puesto que la vida ha puesto a la vista de todos y a vosotros antes que a ningún otro, que son los militantes del PSUC, los comunistas, los combatientes de vanguardia inflexibles e incorruptibles de la clase obrera de Cataluña, del pueblo catalán. ¿El apolitismo? La vida ha liquidado tal equivoco. ¿El autoritarismo? La vida ha puesto de manifiesto su inconsistencia. ¿La disciplina? La vida nos dice que es primera virtud de los revolucionarios. ¿Qué os puede pues, separar? ¿La concepción de Estado? He aquí la última trinchera camaradas. Una trinchera, pero enterrada ya por la experiencia y la vida.

La Revolución es un asunto serio. Pero más serio es aún el asunto de consolidarla y desarrollarla. En este asunto no hay cabida desde luego para habladurías sentimentales, los alaridos de un rencor pequeño burgués y negativo, las filosofías baratas sobre el bien y el mal, los moralismos de secano. Y es evidente que no pueden hacer una revolución, aunque hablen por descocido, todos aquellos que, como los faístas, proclaman que «la clase obrera es un mito», que «el Cristo proletario nos ha salido rana», justamente cuando la clase obrera dirige ya la vida de media humanidad y acumula la fuerza necesaria para hacerlo en el resto del mundo; cuando la clase obrera es la vanguardia combatiente, dirigente de los pueblos hispánicos contra el franco-falangismo.

La Revolución plantea a la clase obrera el problema del poder político. El Estado está en manos de las castas y de la gran burguesía. El primer paso de la Revolución es enjuagarla, aniquilar el Estado de los capitalistas. Una vez realizada esta tarea, ¿qué debe hacer la clase obrera? ¿Alguien puede creer que la burguesía derrocada aplicara la máxima cristiana de poner la otra mejilla? La experiencia nos dice que una clase que tiene en manos el Estado se defiende hasta el último extremo y que la nueva clase ascensional debe llevar este combate también, si quiere triunfar, hasta el último extremo. Esto es lo que en España no se ha sabido hacer nunca. En España no se ha podido consolidar y desarrollar la Revolución democrática: por lo que las castas y la burguesía expulsadas del poder regresaron, ya que la clase obrera y las masas populares, conseguida la primera victoria, no tomaron el poder político y lo dejaron en manos enemigas. Una vez conquistado el poder político, no supieron conservarlo. Si no se quiere, pues, repetir de nuevo la trágica experiencia española, es necesario que la clase obrera asimile y realice esta primera verdad: conquistar y conservar en sus manos el poder político, aniquilar el Estado de los capitalistas y construir su propio Estado, el Estado de los proletarios y de las masas populares.

Conservar el poder es también un asunto muy serio. No es una tarea fácil. Ni es tarea que se ha de confiar en charlatanes del «idealismo» y del «humanismo» que acaban por encontrarse como pez en el agua en compañía de los carniceros provocadores de una Tercera Guerra Mundial. No es asunto que se pueda resolver con tartufismos sentimentales. Es un asunto muy serio, porque justamente en el periodo de transición es cuando la lucha de clases se agudiza al máximo y se plantea el dilema de vida o muerte. Esta exigencia histórica, la hemos experimentado.

Si la clase obrera no toma el poder político y no organiza con severidad y rapidez el Estado de los proletarios y las masas populares, podrá lanzarse a acciones más o menos violentas, más o menos heroicas y gloriosas, pero así no hará jamás la Revolución. Será siempre vencida. De un estado de explotación pasará a otro de esclavitud». (Joan ComoreraLa revolución plantea a la clase obrera el problema del poder político; Carta abierta a un grupo de obreros cenetistas de Barcelona, enero de 1949)

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