domingo, 12 de mayo de 2019

Los «mencheviques sarnosos», la fracción que desangró al PCE (m-l) en 1981; Equipo de Bitácora (M-L), 2019


«Seguramente la facción que más daño hizo al PCE (m-l) fue la fracción de 1981.

Lorenzo Peña, quien desertó del PCE (m-l) en 1972 –y que en la actualidad es un abierto socialdemócrata–, en su obra donde pretende analizar la deriva del PCE (m-l) y su experiencia personal en él, analizaría la expulsión de la fracción de 1981 –aunque para entonces hacía más de una década que ya no estaba dentro de la organización–. Allí diría sobre los presuntos objetivos de la fracción de 1981 en un tono favorable y condescendiente que no pudo disimular:

«La crisis estalla en el pleno del comité central del sábado 31 de enero de 1981, que continuó todo ese fin de semana. La dirección presenta un informe denunciando una campaña de rumores de los disidentes. En esa reunión vienen expulsados 17 miembros del comité central –de un total de 50–. Se los tilda de «mencheviques sarnosos». Los expulsados forman un «PCEml auténtico», que publica «La Causa» –del cual, creo, sólo salió un número–. Arrastran a la mayoría de las organizaciones de Levante y Aragón y una parte de las de Madrid y Cataluña.

Tres semanas después de esa escisión tiene lugar el fallido golpe de Estado militar, siendo Valencia tomada por los tanques. Ese acontecimiento sin duda influyó también en la evolución de esa embrionaria formación, que se deshace en seguida por disensiones internas. En el mes de julio se producen abandonos en Madrid, con ocasión de la asamblea provincial, creándose la Montaña de La Causa, escisión dentro de la escisión. Al llegar el otoño se va disgregando esa organización, que no cumplirá un año de existencia. Sus protagonistas evolucionan con celeridad para integrarse en seguida en la clase política de la monarquía. Sin duda pensaban que, agotada la vía revolucionaria, había que optar por el posibilismo. Hemos visto más arriba que tal evolución ya estaba, de algún modo, prefigurada en sus posiciones cuando aún militaban en el PCEml». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria, 2010)

Desde la historia oficial del PCE (m-l) dice:

«La lucha de clases se agudizó en el seno del partido en aquellos momentos. La presión y las dificultades incidieron fundamentalmente en elementos con marcadas características arribistas e individualistas y en elementos ideológicamente débiles, incapaces de enfrentarse consecuentemente a los problemas. Estos elementos, en parte, cayeron en el pesimismo y en el abandono y en parte en el aventurerismo político y en la búsqueda de salidas fáciles». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IVº Congreso del PCE (m-l), 1984)

El destino de algunos de ellos es de sobra conocido.

Rafael Blasco Castany, alias Víctor Roig, era uno de los jefes más importantes del PCE (m-l), al incorporarse al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) gracias a la influencia de su hermano, es salpicado por casos de corrupción, aunque sale airoso, en 1994 se acerca al Partido Popular (PP) confirmando aún más su bajeza ideológica, y desde 2014 ha sido condenado por el Tribunal Superior de Justicia de Valencia por corrupción en el Caso de la cooperación.  Tanto Vicente Pérez Plaza, alias Venancio Vega, autor habitual en «Vanguardia Obrera» hasta su abandono del PCE (m-l), también acabaría sus días en el PSOE de Felipe González tras fracasar la experiencia del PCE (m-l) paralelo y disidente de 1981. José Gares Crespo, alias Pablo y Cárcer, fue otro cuadro importante, pues fue un cuadro que procedía del Movimiento Comunista de España (MCE) y había ingresado junto con su fracción disidente en el PCE (m-l) en 1973, teniendo cierta relevancia, ya que se le ve en las fotos de 1978 cuando el partido solicitó formalmente ser legalizado, pero a inicios de los 80 decidiría ingresar probar fortuna con el socialdemocratismo del PSOE. 

Ojo, esto no quiere decir que los que se quedan de por vida en los partidos comunistas son menos revisionistas o menos reaccionarios, de hecho el propio Raúl Marco y su comparsa, pese a quedarse en el PCE (m-l) durante 1981-1991, se destaparía como un elemento igual de dañino que estos cabecillas oportunistas y lograría conseguir lo que estos no consiguieron, destruir al partido legando un PCE (m-l) desnaturalizado al que solo le faltaba el acta de defunción en 1992. Existen muchos elementos que por cuestiones económicas, de apariencia y demás, permanecen toda su vida en el mismo partido revisionista o en ese partido antaño comunista que ellos han hecho degenerar. Algunos tienen una capacidad extraordinaria de fundar un nuevo chiringuito con el que continuar su farsa, precisamente valiéndose del prestigio de unas siglas ya mancilladas y de la inocencia de muchos comunistas tan honrados como necios.

Ni siquiera hace falta ver las cosas «a toro pasado» para darse cuenta de la catadura de este grupo de 1981. Con ver los planteamientos de dicho grupo disidente en sus medios de expresión de 1981-82, nos percataremos rápido de que no eran precisamente los «salvadores de la pureza revolucionaria del partido», sino un grupo oportunista, de tantos que surgen.

Volviendo al tema, debemos apuntar una vez más, que como con la cuestión de la fracción de 1976, la dirección del PCE (m-l) pecaría en exceso de mucha verborrea y poca explicación del problema ideológico-práctico en sí. En los artículos de «Vanguardia Obrera» encontramos artículos como: «Los sarnosos mencheviques o un puñado de trotskos iluminados»:

«La actividad de un puñado de mencheviques sarnosos, complotadores y fraccionalistas expulsados del partido hace unos meses, ha quedado ya prácticamente reducida a la de agentes difusores de rancias y rebasadas «teorías» trotskistas y aventureras –a veces con tintes de «izquierdistas», pero la más de las veces oportunistas y derechistas–». (Vanguardia Obrera; Nº 364, 1981)

Dicho artículo no ocupa mucho más de cuatro párrafos llenos de insultos. ¿Qué podemos decir de él? Que sufre de un excesivo visceralismo en el lenguaje, rozando lo ridículo, donde –y esto es lo importante– no se llega a explicar en ningún momento ni una sola de dichas teorías de los fraccionalistas de 1981, dejando al lector en la inopia y debiendo sobreponer su apoyo a un «acto de fe» sobre la existencia de desviaciones en dichos elementos ante tal falta de exposición de pruebas o su debilidad, muchas veces por culpa de no saber explicar la cuestión de fondo y convertirlo en una cuestión personal para alguno de los líderes. Se convierte pues en un clarísimo ejemplo de cómo no debe ser abordado un tema de esta índole.

¿Qué demuestra esto? Una vez más que la dirección principal del PCE (m-l) liderada por Elena Ódena, Raúl Marco, Pablo Mayoral, Manuel Chivite y otros no tenían en su conjunto –salvo excepciones individuales como Ódena– el suficiente nivel teórico para enfrentar los debates teóricos que al partido le surgían: con lo cual que ante estos debates provocados por los cismas se intentaba cubrir es deficiencia con ese lenguaje agresivo. El bajo nivel teórico o de expresión de algún miembro de la dirección es permisible si alberga otras virtudes, lo más grave es pues, que la dirección deje al elemento menos preparado explicar el cisma ideológico producido, y todavía peor es, que en conjunto, la dirección aprobase el lanzamiento de este tipo de artículos zafios e infantiles en sus medios de expresión.

Raúl Marco diría del cisma de aquellos años:

«Mencheviques sarnosos». Con este nombre calificamos a los autores de una peligrosa fracción, abortada en 1981, que encabezaron dos miembros del CE y algunos del CC. El calificativo lo tomé de un texto de Stalin contra los oportunistas que en el PCUS trataron de desviar a aquel partido de su justa línea». (Raúl Marco; Ráfagas y retazos de la historia del PCE (m-l) y el FRAP, 2018)

Con estos paralelismos históricos Marco intenta cubrir su podredumbre ideológica. La cuestión no es tanto que se viertan un par de insultos o descalificativos durante un texto en que se explican las divergencias ideológicas, incluso que se utilicen «homenajes lingüísticos», eso entra dentro de lo normal. Lo terrible es que la labor ideológica en un artículo se resuma a eso como en el citado en cuestión, el cual, por desgracia, no fue el único de ese estilo reproducido en las páginas de «Vanguardia Obrera» como hemos venimos exponiendo.

De hecho en el libro de Raúl Marco ya citado, concretamente en el capítulo XXV que se centra en el tema en cuestión, lejos de explicar claramente cuáles fueron las diferentes ideológicas entre él –que era parte de la dirección de aquel entonces–, y los elementos desertores, se pierde –como en el resto de capítulos de su libro– en una interminable maraña de testimonios, en detalles sobre la actitud de diversos elementos en las reuniones, sobre la biografía de los desviacionistas, les colma de complotadores, fraccionalistas, traidores, de elementos sinvergüenza. Nos cuenta lo decepcionante y duro que fue para él etcétera, pero sin explicar al lector de forma sencilla y clara las diferencias en aquel entonces entre ambos bandos, dejando en consecuencia un documento totalmente inútil para el análisis de aquella etapa. Además nos revela una vez más que el autor tiene serias limitaciones teórico-ideológicas a la hora de abordar y exponer contradicciones ideológicas.

También como anécdota de su cinismo atroz, suelta:

«Algunos de ellos, concretamente Rafael Basco, «Víctor», fue acusado de estar en contacto con el Ministerio del Interior; Manuel Pardo y Baylo con tramas policiales; «Venancio» con grupos prorusos y anticomunistas. No se pudo probar nada de eso pese a algún que otro dato. (…) Personalmente creo que hay mucha exageración en esas acusaciones». (Raúl Marco; Ráfagas y retazos de la historia del PCE (m-l) y el FRAP, 2018)

Esto se dice, cuando si miramos sus discursos de aquella época, se nos advierte que «se han abierto investigaciones para aclarar estos turbios vínculos». Es decir Raúl Marco se queja en 2018 de lo que Raúl Marco escribió o permitió en 1981, pero sin reconocer su culpa, como de costumbre. Y dígase de paso, es el mismo procedimiento que en 1976: mismas historias sin demostrar que llegó a barajar contra los cabecillas de la fracción de 1976 para difamarlos ante su nula capacidad de desmontarlos ideológicamente con firmeza como se vio en el IIº Congreso del PCE (m-l) de 1977 acusándolos de agentes de la ORT y a su vez de los socialimperialistas chinos, y también como se hizo torpemente contra los oportunistas del GRAPO que se les tacha sin más de grupo parapolicial sin que creyese necesario analizar de cara a las masas nada concreto de sus errores y su posible origen. Esto contribuye a acostumbrar a la militancia a no templarse con la lucha ideológica concreta sino a centrarse en acusaciones muchas veces fantasmagóricas, más cercanas al arsenal del revisionismo carrillista de los años 50 que a acusaciones marxistas con fundamento científico. Lo triste en el caso de Raúl Marco, es que tenía material ideológico de sobra en el que centrarse en todos estos casos, pero prefería montar guiones de película para intentar causar el rechazo de las masas sobre sus contrincantes.

Analicemos punto por punto las divergencias entre la dirección y la escisión del PCE (m-l) en 1981, y veamos quién tenía razón o quién al menos estaba más cerca de la realidad en cada caso.

a) La cuestión de la caracterización del Estado

Una vez más los errores en las tesis sobre la imposibilidad de que la burguesía renunciase al fascismo como forma de dominación política, fue un error que pese haber sido aceptado en conjunto, en el momento determinado siempre era utilizado como baza por los elementos antipartido para desacreditar a la dirección:

«Proclamar dogmáticamente que era imposible el paso de la dictadura franquista a un régimen parlamentario». (Vanguardia Obrera; Órgano del Comité Central del Partido Comunista de España (Marxista-leninista), Nº356, 15-30 de marzo de 1981)

Las declaraciones de la dirección oficial PCE (m-l) en este aspecto todavía eran confusas, se declaraba que la burguesía se había obligado a dar más concesiones de las esperadas. A esas alturas era claro que pese a tener restricciones democrático-burguesas mayores que en cualquier país de Europa, en España había una mayor libertad de afiliación sindical, mayor nivel de expresión, mayor nivel de asociación –de hecho el PCE (m-l) fue reconocido unas semanas después como partido legal–, que en los años previos, unos derechos incomparablemente mayores a los vividos en 1939-1975. Pero pese a estos obvios cambios respecto al franquismo, se seguía dando a entender en muchas publicaciones del partido que España seguía siendo un país fascista, que nada había cambiado. En otros artículos se daba a entender que no era así pero que se estaba dejando la vía libre para el golpismo y una vuelta al fascismo. Declaraciones altamente contradictorias. Efectivamente como ya hemos recalcado, el PCE (m-l) –y dentro de él también los jefes de ésta fracción de 1981– se equivocaron de cabo a rabo en pronosticar desde los años 60 aquella teoría de que «La burguesía es imposible que se recicle del fascismo a la democracia burguesa». Un error que el PCE (m-l) reconocerían más o menos tras la expulsión de la fracción de 1981, en el IVº Congreso de 1984, aunque solo de forma parcial.

¿Pero acaso era culpa solo del dúo Marco-Ódena como dirían luego los líderes de la fracción de 1981? Si analizamos las cosas sin hooliganismo, con objetividad, las responsabilidades recaen sobre toda la dirección de 1964 a 1981. Por ejemplo, Venancio Vega del Comité Ejecutivo, futuro fraccionalista en 1981, en su artículo: «Contra el engendro constitucional de la monarquía» diría que en España la constitución no suponía la institucionalización de un modelo democrático-burgués sino del status quo franquista. Incluso ponía más ejemplos de países donde según él, por mucho que la prensa afín de estos gobiernos afirmase lo contrario, no se iban a abandonar las formas fascistas de poder:

«En los últimos tiempos, ha surgido en la arena internacional, un fenómeno curioso: dictadores y regímenes reaccionarios y fascistas enfeudados al imperialismo y aupados al poder mediante golpes de Estado o mediante guerras civiles, han comenzado a celebrar «elecciones» y «democratizarse» y a elaborar «constituciones». (…) Hasta el propio Pinochet, que tras un siniestro aquelarre electorero ha comenzado también el lenguaje de la «institucionalización» y a sustituir a parte de los militares del gobierno por fascistas civiles. (…) Salvando las distancias propias de cada situación concreta, la maniobra pseudodemocratizante de la monarquía juancarlista se inserta en esta nueva táctica del imperialismo. (…) Tras 40 años de feroz dictadura fascista no se ha procedido a una ruptura con el viejo régimen, no se ha abierto un periodo de libertad política para todas las fuerzas antifascistas sin para el pueblo. (…) La «constitución» monárquica viene pues a sancionar el «status quo» vigente. (…) Sin acceder a auténticas libertades democráticas». (Vanguardia Obrera; Nº 232, 1978)

He aquí un análisis que no concuerda con la realidad vista en años siguientes:

«En Chile: desde el sangriento golpe militar de 1973 el régimen de Pinochet suprimió cualquier garantía constitucional y desató una fuerte represión. Intentó sin éxito aplicar una política económica eficiente, Chile fue publicitado en el mundo capitalista como ejemplo de las nuevas políticas del llamado neoliberalismo, en especial la llamada Escuela de Chicago de Milton Friedman. El propio Rockefeller alabaría a Chile como hizo con Argentina en los medios de comunicación de todo el mundo, un modelo económico que en sus palabras prometía grandes éxitos a largo plazo. Finalmente los frutos de la política del Fondo Monetario Internacional (FMI) nunca llegaron, desesperados por las crecientes protestas, el régimen fascista intentó legitimar su régimen con el Plebiscito Nacional de 1988 para decidir si Augusto Pinochet seguía o no en el poder hasta 1997. El pueblo respondió pese a la represión y amenazas, y votó NO con un 55,99 %, lo que supuso un hito en mitad de una represión evidente, estos resultados causaron la desmoralización de los militares fascistas y el abandono del gobierno por Pinochet. Para 1989 se celebrarían las primeras elecciones presidenciales que conformarían la llamada transición hacia una democracia burguesa con separación de poderes, pero la cual pese a todo, dejaría intactas muchas de las leyes del antiguo periodo. Tampoco se respetaron los derechos de los pueblos indígenas como el caso de los mapuches, los cuales serían reprimidos en años posteriores con las leyes antiterroristas de Pinochet». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE(r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 30 de junio de 2017)

Lo que indica, como hemos explicado varias ocasiones, que el régimen político puede variar de represivo a más liberal, de fascista a democrático-burgués y viceversa, lo que no excluye la utilización de leyes o personas del antiguo régimen. Quien dice lo contrario no solo es un metafísico, sino un pobre estudioso del proceso histórico.

En conclusión, la línea del PCE (m-l) sobre la caracterización del Estado no era correcta, insistiendo en hablar de un status quo como si nada hubiese cambiado tras la muerte de Franco, pero en esgrimir dicha idea fueron copartícipes todos, incluyendo los elementos que formarían la fracción de 1981. Los intentos posteriores de rectificar esta postura fueron tardíos, y una vez el PCE (m-l) había entrado en franca decandencia.

El PCE (m-l) refundado en 2006 por Raúl Marco, ha retomado la tesis de que vivimos en el fascismo, como pudimos ver en las declaraciones de sus células catalanas en octubre de 2018 o en los discurso de sus juventudes murcianas en abril de 2019.

b) La nueva propuesta sindical

«El cuarto problema se relacionaba con el movimiento sindical: los disidentes pensaban que los militantes del PCEml debían integrarse en CC.OO., en lugar de proponer candidaturas bajo las siglas de la AOA –Asociación Obrera Asamblearia, al parecer heredera de la periclitada OSO la cual, nunca muy próspera, daba claros signos de agotamiento, con lo cual esas candidaturas, condenadas al fracaso en general, sólo suscitaban entre los trabajadores una sensación de divisionismo–». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria, 2010)

En el IVº Congreso del PCE (m-l) de 1984, se explicaría también alguno de los defectos y causas de los desviacionistas y fraccionalistas de 1981 en relación al trabajo sindical:

«[Escisión de 1981] Se manifestaron y actuaron contra la puesta en pie del PCE (m-l) de una línea sindical revolucionaria, tanto dentro de las centrales colaboracionistas, como fuera, en torno a la AOA. Caracterizaron las centrales colaboracionistas como sindicatos de clase, pasando por alto el carácter oportunista de su dirección y de su política, así como que los intereses que representan son los de la aristocracia obrera, a cuyo a través introduce la oligarquía y el imperialismo su influencia en las filas del proletariado. En consecuencia, los fraccionalistas propugnaron la liquidación de todo trabajo sindical revolucionario, y sobre todo, el ocultamiento del partido, que no debía manifestarse ni organizarse en las fábricas y sindicatos como tal. (...) En el terreno de la táctica del partido de cara al movimiento obrero y sindical, las posiciones fraccionalistas mostraban con especial claridad su derechismo y liquidacionismo. Atacaron la política de penetración del partido en grandes fábricas, llegando a decir que se trataba de «obrerismo». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IVº Congreso del PCE (m-l), 1984)

Pero esto no es cierto, la postura de la escisión fue clara al menos en sus primeras publicaciones:

«La verdadera izquierda está siempre donde están los obreros. Afirmar que es falso que no haya más salida para los revolucionarios, mas dilema que el de «venderse a los bonzos» o abandonar los sindicatos. La verdad es que hay una línea, la de luchar dentro de las organizaciones obreras de masas, sin abandonarlas, para combatir desde las mismas la ideología, la práctica, la burocracia conciliadoras y colaboracionistas, con la mirada puesta en el objetivo de ganar a la mayoría de la clase obrera. (…) Defender la línea de que la aceptación global del Plan de Solidaridad Nacional contra el paro y la crisis y de la filosofía que lo promueve en el seno de CCOO, llevaría al sindicalismo a un mayor debilitamiento y descredito. (…) Presupone por tanto una posición clara de rechazo y denuncia del reformismo inherente al plan». (La Causa; Publicación comunista, Nº0, julio 1981)

Reivindicar la necesidad de participación en los sindicatos mayoritarios sin conciliar con la dirección de los jefes sindicalistas amarillistas. Esta era una política aceptada por el PCE (m-l). La fracción de 1981 amplió la reivindicación hasta plantear la disolución del sindicato del partido y su integración a CCOO, algo que la dirección del PCE (m-l) rechazó como una traición pero que se vería obligado a replantarse en 1983 debido a la falta de apoyos hacia el sindicato del partido. Ciertamente no ha habido en la historia un partido comunista que sin gran influencia entre la clase obrera haya podido crear un sindicato alternativo a los sindicatos amarillos tradicionales ni tampoco que los haya podido ganar desde dentro, ya que precisamente los sindicatos al ser organizaciones de masas, muy diferentes al partido en sí, arrastran a elementos de diverso carácter de madurez ideológica, razón por la cual la Internacional Comunista advirtió contra las teorías infantiles en el tema de salirse de ellos por reaccionarios o de tratar de disputar su influencia sin un arduo  y paciente trabajo.

«Los comunistas «de izquierda» alemanes creen que pueden responder resueltamente a esta cuestión con la negativa. En su opinión el vocerío y los gritos de cólera contra los sindicatos «reaccionarios» y «contrarrevolucionarios». (...) Pero por convencidos que estén los comunistas «de izquierda» alemanes del carácter revolucionario de semejante táctica, ésta es radicalmente errónea y no contiene más que frases vacías. (…) Tampoco pueden no parecernos ridículas, pueriles y absurdas las muy sabias, importantes y terriblemente revolucionarias disquisiciones de los comunistas de izquierda alemanes sobre este tema, a saber: que los comunistas no pueden ni deben militar en los sindicatos reaccionarios, que es lícito renunciar a semejante acción, que hay que salir de los sindicatos y organizar sin falta «uniones obreras» nuevecitas, completamente puras, inventadas por comunistas muy simpáticos –y en la mayoría de los casos, probablemente muy jóvenes–, etc., etc. Los sindicatos representaban un progreso gigantesco de la clase obrera en los primeros tiempos del desarrollo del capitalismo, por cuanto significaban el paso de la división y de la impotencia de los obreros a los embriones de unión de clase. Cuando empezó a desarrollarse la forma superior de unión de clase de los proletarios, el partido revolucionario del proletariado –que no merecerá este nombre mientras no sepa ligar a los líderes con la clase y las masas en un todo único, indisoluble–, los sindicatos empezaron a manifestar fatalmente ciertos rasgos reaccionarios, cierta estrechez corporativa, cierta tendencia al apoliticismo, cierto espíritu rutinario, etc. Pero el desarrollo del proletariado no se ha efectuado ni ha podido efectuarse en ningún país de otro modo que por los sindicatos y por su acción concertada con el partido de la clase obrera. (…) Temer este «espíritu reaccionario», esforzarse por prescindir de él, por saltar por encima de él, es una inmensa tontería, pues equivale a temer el papel de vanguardia del proletariado, que consiste en educar, instruir, preparar, traer a una vida nueva a los sectores más atrasados de las masas obreras y campesinas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, 1920) 

Si miramos las publicaciones de la dirección, hubo una serie de acusaciones muy graves:

«Al principio solo criticaban: trabamos muy poco en CC.OO de UGT se olvidaban, aceptaban la existencia del sindicalismo revolucionario, la AOA. Los resultados obtenidos en las candidaturas de unidad de clase les parecían pocos, tan pocos que ni siquiera supieron ver el avance que suponía para nuestra posición en el movimiento obrero. Hoy ya ha quedado claro que buscan: intentar destruir el sindicato: su alternativa al problema de la unidad es la «unidad sindical»: es decir, la unidad en bloque con CC.OO con la AOA y después todos juntos con la UGT, o sea la unidad por arriba, la unidad con los Camacho y Rendondo, la unidad con los traidores a la clase obrera. Algunos fraccionalistas en Sta.Coloma intentaron entrar en bloque en CC.OO el entrar en bloque tiene como objetivo no el trabajo con la base sino el asegurar una poltrona a uno de ellos en la Unión Local de CC.OO de Sta. Coloma. (…) Nuestros fraccionalistas tienen ante sí una larga y negra trayectoria de robos de bienes y denuncias policiacas. Tres en Valencia y dos en Madrid, se encuentran en la cárcel gracias a la labor policiaca de estos elementos. (…) La labor de estos elementos es claramente provocadora y policiaca y va a continuar en otros lugares, especialmente en CC.OO». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Cté. De Cataluña del PCE (m-l); A la clase obrera y al pueblo catalán, 1981)

Aquí se acusa a los fraccionalistas de intentar hacer entrar en bloque al sindicato del PCE (m-l): la AOA dentro de CC.OO, el sindicato ligado al PCE revisionista, a lo que añaden que se intenta hacer «desde arriba», esto es, a través de actos entre direcciones, sin tener en cuenta a los militantes, y con fines de asegurarse puestos de poder. ¿No fue este paso el mismo que llevó a cabo dos años después? ¿No se disolvió la AOA en 1983 sin dar un análisis a la militancia de las causas de su fracaso? En el texto de 1981 se acusa a los fraccionalistas de tener una «larga y negra trayectoria» de robo de bienes, en caso de ser verdad: ¿y por qué se dieron cuenta ahora? Se les acusa incluso de realizar labores de denuncia en favor de la policía, en caso de ser verdad: ¿no tendría que reflexionar el propio Comité de Cataluña por haber dado el carnet a estos elementos y dejar que manipule al resto? Como vemos el PCE (m-l) adolecía de una fuerte falta de autocrítica, incluyendo en el tema sindical, de lo cual, sus enemigos internos y externos se alimentaban.

Todo esto será abordado más adelante cuando veamos la sección titulada: «La línea sindical y la tardanza en corregir los reflejos sectarios».

Pese a que en estos dos primeros puntos la escisión parecía tener la razón de su parte en muchos puntos, en el resto como veremos adelante, la escisión mostraría un franco desviacionismo izquierdista pero sobre todo derechista de lo más aberrante, muy en conexión con varias de las propuestas de la escisión de 1976.

Esto será abordado más adelante cuando veamos la sección titulada: «La línea sindical y la tardanza en corregir los reflejos sectarios».

Pese a que en estos dos primeros puntos la escisión parecía tener la razón de su parte en muchos puntos, en el resto como veremos adelante, la escisión mostraría un franco desviacionismo izquierdista pero sobre todo derechista de lo más aberrante, muy en conexión con varias de las propuestas de la escisión de 1976.

c) La cuestión republicana

«Ese problema se planteaba desde dos posturas diversas, más coincidentes: la de Vicente Pérez Plaza [Venancio Vega] y la de Rafael Blasco Castany [Víctor Roig], ambos miembros del comité ejecutivo. Para el segundo, había que rebasar el marco de esa convención para buscar una política de alianzas más flexible, adaptada a la realidad, teniendo en cuenta las mentalidades de las masas populares y la existencia efectiva de unas u otras fuerzas políticas, porque de nada valía aferrarse al señuelo de una alianza con fuerzas inexistentes. Para Venancio, se trataba, más bien, de que la lucha por la república encerraba de suyo un enfoque superado, pues significaba combatir por un objetivo no-proletario, no-socialista, por un cambio de forma de Estado; y, de hecho, el discurso de la convención había sido –o se había interpretado como si fuera– una reivindicación de la II República. Venancio pensaba, al parecer, que, habiéndose desvanecido la coyuntura que había justificado esa táctica, había que retomar como único objetivo la lucha por el socialismo. La confluencia entre esas dos posturas venía dada por el hecho de que, para efectos prácticos, se desembocaba en conclusiones muy similares, o quizá iguales. Desde una u otra de esas dos posiciones convergentes se criticaba la reivindicación de una república a secas, sin el calificativo –cuya repetición se exigía– de «popular y federativa». Un paso ulterior en ese planteamiento sería omitir lo de «república». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria, 2010)

Más allá de las diferencias internas dentro de la escisión de 1981 –que darían pie a los pocos meses a una escisión dentro de la escisión–, lo que tenían claro sus cabecillas era en rechazar la cuestión republicana y en condenar la línea oficial del PCE (m-l) y sus líderes:

«Ódena y Marco han falsificado también la historia de la II Republica borrando su carácter de clase y presentando a los comunistas como defensores desde el principio de la república, sin especificar de cual, como unos republicanos más». (La Causa, Documentos, Octubre 1981)

Y que por tanto:

«La camarilla Odena-Marco, sesenta años después, ha encontrado en el republicanismo burgués la vía para abandonar el marxismo en la cuestión del Estado, sin que durante mucho tiempo se notara demasiado». (La Causa; Publicación comunista, Nº0, julio 1981)

Efectivamente, el PCE (m-l) acabaría naufragando en un republicanismo pequeño burgués que se hizo innegable a partir de 1986 gracias a la influencia directa de Raúl Marco y sus planteamientos públicos, esto no es ningún secreto. Se puede constatar aquella degeneración con los rastros que ha dejado hoy en el nuevo y artificial PCE (m-l) refundado por Marco en 2006 y sus planteamientos republicanos actuales. Pero hablando de aquel PCE (m-l) de 1981 no podemos decir que esto fuese verdad ni mucho menos. Elena Ódena exponiendo las acusaciones y tendencias de derecha e izquierda de los futuros escisionistas justo antes de desatarse la polémica, diría:

«Frente al poder monárquico impuesto por la dictadura franquista y por la oligarquía continuadora, con el apoyo de los partidos colaboracionistas, la lucha por la república se convertía en una bandera común de lucha y organización para la inmensa mayoría de nuestro pueblo, como la lucha contra el franquismo lo había sido en el pasado. (…) Algunos camaradas con tendencias derechistas siguen pensando que la cuestión de la república es algo que no debe plantearse hoy, renunciando así a la táctica unitaria sobre la base de la república, adoptada en el IIIº Congreso de 1979, y dejando al partido ante la alternativa de, o bien pasar ya directamente a plantear los objetivos estratégicos del partido, el socialismo o bien adoptar otra táctica –a la zaga del oportunismo–, de participar en la lucha política sin objetivos políticos propios en esta fase. Por otra parte también han surgido planteamientos «izquierdistas» acerca de la inutilidad de la táctica republicana, ya que lo que se trata actualmente es de plantear ya a las amplias masas la lucha por el socialismo como cuestión inmediata. Como vemos, aunque partiendo de posiciones aparentemente opuestas, ambos puntos de vista coinciden en oponerse más o menos abiertamente a la táctica del partido». (Elena Ódena; La táctica del partido y la lucha por la república, 1980)

Como se puede leer en el último congreso, en el cual fueron participe tanto los líderes de la dirección como los miembros de la futura escisión –entre los cuales había grandes cargos de la dirección de entonces–, en la cuestión republicana se fue muy claro:

«Nuestro partido tiene una táctica y una estrategia. La táctica es la de luchar contra la monarquía, contra el fascismo, por los derechos democráticos y por la República. La estrategia es la revolución, el socialismo, el comunismo. Pero entre ambas no existe ninguna muralla de China. La experiencia revolucionaria muestra que en el proceso mismo de la lucha ambas se funden, pues las tareas democráticas antiimperialistas, antifascistas, se entrelazan con las de la revolución socialista. Una de las claves para acelerar el proceso revolucionario en nuestro país radica en establecer hoy una táctica adecuada para poder ampliar y reforzar la más amplia unidad antifascista y republicana, es decir, concretar nuestra política de alianzas en objetivos concretos de la lucha antifascista y antiimperialista». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIIº Congreso del PCE (m-l), 1979)

Por supuesto en la España monárquica, régimen además designado por el fascista Franco, la cuestión republicana es una cuestión pendiente que no se puede olvidar, que siempre es de actualidad. La diferencia entre los marxistas y los oportunistas es como se plantea dicha cuestión de la lucha por la república, desde una perspectiva de clase:

«El Partido no puede dejar en ningún caso ni lugar, por muchas condiciones específicas que haya que tener en consideración, de ligar las reivindicaciones concretas de cualquier índole que sean, a las posiciones de clase y perspectivas de lucha contra el poder reaccionario y por el socialismo. De lo contrario, estamos limitando y rebajando el papel del Partido al de cualquier otra fuerza política: revisionista, socialdemócrata o burguesa y oportunista. (…) O nos colocamos a la zaga del oportunismo y la burguesía; o defendemos las posturas de clase de nuestro partido». (Elena Ódena; El partido que necesitamos, 1984)

De hecho, desde el PCE (m-l), se atacaba la concepción republicana reformista y pequeño burguesa, abordando el concepto de republicanismo desde una óptica abstracta, romántica e idealista:

«Más al enarbolar estos colores, el partido no lo hace para identificarse con las fuerzas republicanas, ni con los gobiernos republicanos que ha tenido España. No cae en el error de hacer un mito de la república, no pretender hacer volver hacia atrás la historia. Sabemos que las crisis revolucionarias, siempre que la dirección del movimiento ha recaído en manos de la burguesía reformista, han acabado en pseudorevoluciones que, a su vez, han abierto paso a la contrarrevolución. Por ello el partido vincula en todo momento la consigna republicana con las tareas fundamentales de la revolución. No coloca la lucha de la república en un cajón y la lucha contra la oligarquía como clase en otro. No separa la cuestión de la república de la lucha por la independencia nacional, por el derecho de autodeterminación de las nacionalidades, por las conquistas revolucionarias que el proletariado y las masas pobres del campo anhelan y, en definitiva, por el socialismo. (…) En España en el momento actual, la política de Frente Unido que se concretiza en su sentido más amplio, en la lucha por la república que el partido la sitúa en la perspectiva revolucionaria y entendiendo por república, no sólo e incluso no tanto, la forma de gobierno, como el conjunto de transformaciones que la unen a un contenido de clase determinado». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIIº Congreso del PCE (m-l), 1979)

Sobre las alianzas a contraer en los frentes, sobre los defectos que se habían detectado y las repercusiones que podían llegar a tener, se decía:

«La Convención Republicana de los Pueblos de España, en los últimos meses, no ha respondido suficientemente a las necesidades objetivas del movimiento popular y republicano. En general se ha venido repitiendo el mismo desenfoque: actividad febril durante unos días o semanas, especialmente agitativa, cada vez que hay una campaña o surge una lucha, y cuando ésta cede, un estancamiento y desinterés, por las cuestiones organizativas así como por las políticas y prácticas. Este activismo, reduce dichas actuaciones a puros actos testimoniales sin ningún peso organizativo en el movimiento de masas. El complemento a este desenfoque es el subjetivismo y el triunfalismo, consistente en enmascarar los errores diciendo que el pueblo es republicano. Esta afirmación desligada de un trabajo político cotidiano que se enfrente con los problemas concretos de las masas, no pasa de ser una actitud estéril, que aisla». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIIº Congreso del PCE (m-l), 1979)

En relación a los fraccionalistas, se decía en 1981:

«Todos ellos –desde los oportunistas hasta los socialdemócratas– sostienen que no hay que reivindicar por medio de la lucha revolucionaria hasta el fin de los postulados democráticos, que se debe prescindir de la consigna de luchar por la República y no ponerla en primer plano, o que no debemos poner en primer plano la lucha contra el fascismo, o que debemos apoyar la constitución y el régimen monárquico, etc. (…) Es en este sentido que se deben interpretar las referencias unitarias por parte de algunos camaradas respecto al Movimiento Comunista de España (MCE), a grupos nacionalistas burgueses y a otros oportunistas, las referencias en este punto a la necesidad de combatir el sectarismo y a las posibilidades de un amplio trabajo conjunto, cuando el problema actual de la Convención Republicana son las amplias masas y no los grupúsculos. (…) El replanteamiento de la política de alianzas del partido hacia el que algunos quisieran ir, acarrearía automáticamente el abandono de la lucha consecuente por la República y contra el imperialismo ruso. Y esto es totalmente inaceptable para el PCE (m-l). Otra cosa es el atraernos y trabajar sin sectarismo con miembros honrados de la base de esos grupos y partidos. Sobre estos problemas concretos –lucha contra la OTAN, o contra las bases yanquis– podemos coincidir parcialmente con ellos. En ese caso, nuestra política debe consistir en plantear nuestras iniciativas sin colocarnos a la zaga de las posiciones de esos grupos, planteándolas claramente y defendiéndolas para intentar que se recojan en los acuerdos que puedan adoptarse. Si esto no fuera posible, se puede llegar a un compromiso que sea lo más favorable a nuestras posiciones. Pero en todo momento se debe garantizar nuestra libertad de acción para poder intervenir con todas nuestras posiciones y debemos colocar en primer plano nuestra labor de cara a las amplias masas». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Comité Ejecutivo al Pleno del Comité Central, febrero de 1981)

Incluso se recordaba las consecuencias de caer en los errores que el antiguo y glorioso Partido Comunista de España (PCE) había cometido en el pasado:

«En el caso de España, tenemos también nuestras propias experiencias, siendo la más importante la del Frente Popular antes y durante nuestra Guerra Nacional Revolucionaria (1936-1939), que fue un Frente Unido que agrupó a todos los revolucionarios, demócratas y patriotas contra el fascismo y la intervención extranjera. Esta experiencia debemos tenerla muy presente, pues en este periodo aparte de los indudables avances que se consiguieron para las masas populares, el PCE cometió errores de oportunismo y falta de visión que le impidieron ejercer la dirección del Frente Popular, así como mantener consecuentemente una política independiente en algunas cuestiones de vital importancia, lo cual condujo a que dicho Frente no desempeñara su verdadero papel, se resquebrajara y finalmente fuera roto». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIIº Congreso del PCE (m-l), 1979)

Por tanto: 

« 1. Que la unidad antifascista ha de efectuarse con aquéllos que, de un modo u otro, desde una u otra plataforma, se oponen al fascismo y la reacción, y no se compinchan en modo alguno con él en ningún terreno.

2. Que para lograr la unidad antifascista y republicana, es preciso denunciar y asilar a aquéllos que, desde el terreno de la izquierda, con demagogia y doble juego, pretender llevar al pueblo a unirse con sus propios enemigos, es decir, con la derecha reaccionaria de todo pelaje». (Elena Ódena; Por encima de una izquierda monarquizada: Con claridad y audacia, forjemos la unidad antifascista y republicana, 1979)

Por tanto: que los líderes de la escisión de 1981 acusasen de promulgar ilusiones republicanas pequeñoburguesas a la dirección del PCE (m-l) no era justo, pero que se quejasen de la táctica del partido sobre tal cuestión, cuando ellos mismos habían aprobado tal táctica en 1979, era además una actuación ridícula.

En el informe del Comité Ejecutivo al Comité Central de febrero de 1981. Precisamente se señalaban las distorsiones sobre el frente en la cuestión republicana. Distorsiones que son muy clásicas como el lector podrá comprobar:

«La Convención Republicana (CR) está en una situación organizativa desde hace tiempo y viene arrastrando una serie de problemas de acción, de organización, de funcionamiento y de dirección política que obligan a un análisis en profundidad de los mismos. (…) El largo periodo de inactividad y estancamiento de la CR. (…) Se dan diversos problemas entre camaradas del partido en relación con CR. Estos son de tres tipos: confundir el partido y la CR; considerar que la tarea de levantar la CR no concierne a todo el partido; y considerar que Convención Republicana es una organización totalmente independiente del partido.  El primero es peligroso pues conduce, bien a liquidar la CR como tal y a hacer de ella una prolongación del partido, bien a difuminar y diluir el partido en la CR –aunque actualmente esto no se da–.  El segundo es decir, considerar que la tarea de levantar CR no concierne a todo el partido, es fruto de la confusión que se da entre camaradas al entender que esta tarea, impulsar la unidad popular republicana, les corresponde únicamente a quienes componen una comisión o un activo designado a esta tarea específica. Este desenfoque, de persistir, conduce a que la política de unidad republicana no llegue a todas las masas a las que llega el partido, y por tanto que la CR crezca a cuentagotas. (…) Tercero, considerar que la CR es una organización totalmente independiente es tan peligroso como su opuesto. Ello conduce inexorablemente a dejar la CR sin la dirección del partido de la clase obrera y por lo tanto a ponerla bajo la dirección de otra ideología y de otra clase». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Comité Ejecutivo al Pleno del Comité Central, febrero de 1981)

Como apunte: en los escritos de Elena Ódena durante 1976-1985 precisamente hace hincapié en que el partido no puede basar todos sus esfuerzos de alianzas en el republicanismo, sino que se debe prestar atención a las luchas antiimperialistas, a la cuestión de la CEE, al desempleo, a los problemas juveniles, etc. Unas advertencias que a partir de 1986 serían abandonadas como incluso denunciarían varias organizaciones desde el exterior.

d) Política de alianzas y trato al resto de organizaciones

Conectando con lo anterior, en el IIIº Congreso del PCE (m-l) de 1979, se decía sobre las alianzas, el rol y las tareas del partido:

«Los marxista-leninistas a la hora de formar alianzas con otros partidos u organizaciones debemos tener presente cuales son los intereses de la clase obrera y cuál es el objetivo final de la lucha revolucionaria, así como quién asegura el papel dirigente en la alianza. En ningún caso el partido del proletariado puede disolverse en la alianza. Por el contrario, debe asegurar, conservar e imponer en todo momento su independencia ideológica, política y organizativa, así como la libertad de actuar también por cuenta propia, lo cual no entra en contradicciones con desarrollar una paciente labor de orientación y educación hacia nuestros aliados, así como el hacer continuos esfuerzos por conservarles y hacerles avanzar en el marco de la influencia de nuestra política». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIIº Congreso del PCE (m-l), 1979)

Los líderes de la fracción de 1981 se levantaron en contra de la concepción del PCE (m-l) sobre la postura a tomar hacia el resto de otras organizaciones:

«El PCEml había auspiciado en la transición una Convención Republicana, que momentáneamente alcanzó alguna vitalidad y atrajo a algunos grupos políticos del residual republicanismo burgués. En 1980, tras el plebiscito constitucional, se desmoronó. Vino a ser un duplicado más del propio PCEml. Estaba claro que esa política de alianzas ya no funcionaba. Había que proponer otra. ¿Cuál? (…) Relacionado con el anterior era el de decidir qué postura habría que adoptar frente a otras formaciones a la izquierda del PCE, como la LCR y el MC. Los disidentes proponían llegar a acuerdos con ellos, principalmente en el movimiento antiimperialista y anti-NATO. Estábamos en los prolegómenos de la gran movilización de años posteriores contra el ingreso en la alianza atlántica del Reino de España». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria, 2010)

De igual modo el renegado Raúl Marco recuerda:

«Estos elementos pretendían revisar y modificar la línea adoptada en el IIIº Congreso del PCE (m-l) de 1979. Pero en vez de plantear sus opiniones en sus organismos y allí discutirlas, cosa que está perfectamente contemplado en el partido, prefirieron actuar a la «chita callando», como suele decirse, pues sus problemas, sus objetivos iban más allá de la crítica partidaria. Objetivos que, naturalmente, no se atrevían a plantear: pretendían la liquidación del trabajo revolucionario frentista, todos ellos participaban en diferente grado en la Convención Republicana, ocultación o dejación del partido, para lograr la «unidad» con otras fuerzas». (Raúl Marco; Ráfagas y retazos de la historia del PCE (m-l) y el FRAP, 2018)

Ya que Raúl Marco no da pruebas concretas lo haremos nosotros. En concreto la postura de la escisión de 1981 fue un acercamiento al Movimiento Comunista (MC) y a Herri Batasuna (HB):

«Personalmente creo que el MC, junto con Herri Batasuna. (…) Es el grupo más importante hoy a la izquierda del PCE y se reclama del comunismo, (…) El MC destaca por su indefinición ideológica: se consideran y definen marxistas, radicales y nacionalistas a la vez, rechazan el término marxista-leninista y en algunos textos atacan a Stalin». (La Causa; marzo 1982)

En otra ocasión la escisión proclamaba nada más y nada menos, ¡que no veía contradicciones entre ETA y el marxismo-leninismo!:

«Por lo que yo conozco no puedo decir en que la estrategia de ETA, el programa del KAS o la política de Herri Batasuna es criticable desde el punto de vista marxista-leninista». (La Causa; marzo 1982)

He aquí el bajo nivel teórico de estos pretendidos «líderes marxistas» que querían rescatar al PCE (m-l).

Sobre el carácter ideológico de ETA: sin un partido bajo una unidad ideológica y de acción monolítica, pese a la parafernalia lingüística para aparentar ser revolucionarios y tener influencia marxista, no existía una cohesión ideológica en este tipo de grupos; el extremo faccionalismo y las escisiones era el pan de cada día, ya que ni siquiera oficialmente se seguía una línea ideológica clara ni se regían por el centralismo democrático para garantizarlo. En el caso ideológico de ETA, si observamos su progreso ideológico desde sus inicios: hubo tendencias desde el nacionalismo burgués, pasando por el trotskismo, el maoísmo, el anarquismo, el tercermundismo hasta el actual socialdemocratismo han estado presentes en toda su teórica y actuar que queda corroborado en su estrategia y táctica, en todas las corrientes oficiales expulsadas a lo largo de su historia que evidencian las luchan internas en cuadradas en estas ideologías reaccionarias, en la deriva actual tanto de ETA como de la izquierda abertzale que en algún momento han sido afines a ETA. Esto también lo vemos en el caso de otras bandas armadas análogas de la época como podrían ser las Brigadas Rojas de Italia, con una mezcolanza ideológica atroz.

En ETA tenemos un caso de extremo fraccionalismo a causa de una mezcolanza ideológica no definida, facilitando la infiltración de elementos de todo tipo, tanto de antimarxistas como provocadores. Esta debilidad en el ámbito ideológico, hacía muy común las pugnas arribistas por interés fraccionales y personales, facilitaba además que los servicios secretos de los países donde operaban se infiltraran en la organización –véase casos como el de Mikel Lejarza alias Lobo– logrando o bien vender a sus dirigentes a la policía o utilizar a los elementos más volubles para azuzar desde dentro a que se cometieran actos aventureros para interés de los gobiernos de turno u de otras fuerzas burguesas. Recordemos que el terrorismo ha jugado una baza fundamental en los gobiernos de Italia, España, Alemania para desviar la atención pública de los problemas del capitalismo, criminalizar a los verdaderos marxista-leninistas y fortalecer la unidad de las fuerzas políticas burguesas en conjunto con el uso y abuso de la fuerza y leyes represivas.

Sobre la estructura sin partido de ETA: como en casi todos los casos de banda armada y agrupaciones guevaristas o filoguevaristas europeas, no existía ni partido ni centralismo democrático que dirigiera a estas «guerrillas urbanas», algunos decían que estaban pensando en la creación del partido comunista, o en el mejor de los casos si existían estos partidos pero no eran tenían ninguna labor en sus brazos armados, siendo estos últimos autónomos o bien eran estos los que dirigían al partido; y es que, y como hemos reiterado en nuestros documentos, lo normal en estas organizaciones es que las «guerrillas urbanas» dirigieran la política del resto de organizaciones con las que estaban conectadas, incluyendo organizaciones de masas y partidos. En estos casos, el eclecticismo ideológico se reflejaba también en el terreno de las ramas organizativas –la rama política, sindical, asociaciones juveniles, etc.–, dándose una rivalidad y cada vez una mayor independencia de pensamiento y acción en sus diferentes estructuras, por ejemplo: el caso de la misma ETA en que primero se dividió para luego dar lugar al establecimiento de organizaciones separadas, ETA (militar) y ETA (político-militar).

El carácter terrorista de sus acciones: ETA se manejaba bajo: a) una repetición de la tesis anarquista de que «la historia la hacen los héroes», es decir un grupo reducido y conspirativo no las masas; b) no toma en cuenta las condiciones objetivas ni subjetivas para el desencadenamiento de la violencia, ni siquiera se tiene una perspectiva clara de cómo se tomará el poder; c), se incita a la pasividad de las masas , que deben esperar a las prácticas terroristas de estos «grupos de héroes» para cambiar la situación política, y solo se concibe esta forma de lucha para que la masa, la «muchedumbre» no sufra las consecuencias de la contrarrevolución; d) se niega al proletariado como clase de vanguardia, fundiéndolo con la llamada masa, ya que como a otras clases sociales tampoco le encuentran potencial para iniciar la revolución a diferencia de los llamados «héroes» de distintas clases sociales que conforman la «guerrilla urbana». Esta forma de pensar se reflejaba en una metodología de: secuestros, bombas en embajadas, asesinatos selectivos o coches-bomba, la muerte de más civiles que de sus «objetivos» en los atentados que fueron un clásico en la historia de ETA y chocaban con la incomprensión de las masas y su rechazo.

He aquí lo que nos dice de las relaciones ETA-PCE (m-l) de la época un testigo directo:

«Respecto a la crítica del PCE (m-l) a ETA en sus comienzos, sí que se hacían, sobre todo a ETA (militar), con ETA (político-militar) había una mejor relación, inclusive en la cárcel de Carabanchel, había un trato afable, con los «poli-milis», no así con los «militares». Éstos últimos eran unos seres extrañísimos. Tu observabas a las otras organizaciones: fueran anarquistas, el propio PCE revisionista, trotskistas, nosotros el PCE (m-l)/FRAP, y veías la «Unitaria», la comuna donde se reunían, y prácticamente todos sus componentes leían, debatían, discrepaban, jugaban al dominó, etc., pero los militares se dedicaban más a la gimnasia y a prepararse militarmente, en todo caso jugaban al dominó y bebían vino –que estaba prohibido, era ilegal, pero como eran ETA... aunque todo sea dicho a nosotros también nos servían vino en la mesa, como éramos los «guapos» nos permitían eso, cosa que a los presos comunes no–. ¡Y esta gente no leía nada, no discrepaba nada! Todo era a piñón fijo, eran nacionalistas, se creían mejor que nadie, y se acabó. A mi uno de ETA al preguntarme de donde era dije que era aragonés, me dijo con una sonrisa como vanidosa «¡Hostia, casi vasco!». Fíjate de que palo van. El nacionalismo en general en el PCE (m-l) lo teníamos arraigado como enemigo del comunismo». (Comentarios y reflexiones de José Luis López Omedes a Bitácora (M-L), 2019)

La escisión de 1981 pretendía adoptar una postura conciliadora con los grupos trotskistas, jruschovistas y maoístas, tenderles la mano sin condiciones, estos líderes pretendían aprovechar que se podían coincidir en ciertos temas –como la oposición a la OTAN–, para tranzar alianzas a largo plazo incluso en temas en los que era imposible que se coincidiera –como el apoyo al Pacto de Varsovia de los jruschovistas, la «revolución permanente» de los trotskistas o la visión tercermundista de los maoístas–, obligar al partido a una «tregua ideológica» por dichas coincidencias temporales, y de cara al futuro, tras acercarse y «tender puentes», plantear a la dirección la «necesidad histórica» de consumar la fusión con alguna de dichas organizaciones. Exactamente lo mismo que ya habían intentado los disidentes de 1976 por ejemplo. Era un indicio claro de liquidacionismo, por supuesto para llegar a la liquidación en lo organizativo se necesita antes liquidar el componente ideológico.

Para los integrantes de la escisión de 1981 incluso proclamaban que la irrupción de los nuevos feminismos, los nuevos nacionalismos, eran la savia nueva para la revolución:

«Contrastando con este panorama aparecen y cobran nueva dimensión una serie de movimientos sociales que vienen a surtir de una nueva savia revolucionaria, aunque sea de forma parcial, a la izquierda europea. El ecologismo, los movimientos pacifistas, el nacionalismo revolucionario, el feminismo, etc. Son fenómenos nuevos y no nacidos precisamente de la ortodoxia comunista, sino más bien al contrario, de la disidencia y de unas convenciones mucho más amplias de miras que las que sustentas las diferentes fracciones ideológicas en las que se halla dividido la actualidad del movimiento comunista internacional». (La Causa; marzo 1982)

Creo que ningún individuo en su sano juicio se atrevería a decir esto sin tener miedo a quedar desacreditado, a no ser que se trate de un pseudomarxista que en su ceguera se cree marxista como tal y piensa que estas afirmaciones con conjugables con un respeto a los principios marxistas. Si vemos en la actualidad la deriva que han tenido tanto el nacionalismo como el feminismo, podemos afirmar que en general, y en España en concreto, suponen dos de los obstáculos para los autodenominados comunistas, ya que se han fundido con las teorías y praxis idealistas de ambas corrientes, siendo cada elemento y sobre todo cara grupo comunista una caricatura ante las masas, no siendo por tanto, tomados en serio como una alternativa a sus problemas cotidianos ni tampoco como alternativa al capitalismo para los revolucionarios más ilustrados.

Como consecuencia de estas concepciones, aparte de dividirse la escisión de 1981 en varios grupos, muchos de ellos se reintegraron de forma meteórica en los partidos reformistas de entonces. De nuevo al igual que hicieron muchos de los líderes de la escisión de 1976:

«Apenas un año después de su expulsión del Partido por el Comité Central, casi todos los cabecillas de la fracción y el complot han ingresado en CC.OO., o en el PSOE, o el MCE, y ocupan incluso algunos puestos remunerados en ayuntamientos donde el alcalde es «socialista», por ejemplo, Alcira y Algemesi». (Elena Ódena; Situación y tareas del partido ante nuestra IIIº Conferencia Nacional, 1982)

e) La cuestión de la URSS revisionista y socialimperialista

Desde la dirección oficial del PCE (m-l), sobre esta cuestión, se decía:

«En el plano ideológico, la URSS, transformada hoy en un país imperialista, utiliza el prestigio de la Revolución de Octubre de 1917, de Lenin y Stalin, para intentar conservar su influencia entre la clase obrera y las masas trabajadoras en todo el mundo. Se sirve no sólo de sectores de los partidos revisionistas, sino también de grupos oportunistas, aventureros y de algunos elementos inestables e inseguros en el seno del mismo movimiento marxista-leninista». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Comité Ejecutivo al Pleno del Comité Central, febrero de 1981)

Denunciando el rebote de grupos afines al revisionismo soviético, se decía:

«En el terreno político, los hechos no han venido más que a confirmar la intensificación de la actividad y el surgimiento de nuevos grupos prorusos. (…) Por otro lado hemos asistido a la operación de transformismo político del Movimiento Comunista de España (MCE) que ha dado un acrobático viaje en su ya larga carrera oportunista, cambiando sus furibundos ataques al socialimperialismo soviético en el tono de «superpotencia ascendente y más peligrosa que los yanquis», «enemigo principal», etc., tal como les dictaban desde China los artífices de la nefasta «teoría de los tres mundos», por veladas alabanzas y descaradas alianzas con los grupos más claramente prorusos, a los que hacen coro en la negativa a denunciar el Pacto de Varsovia, todo ello convenientemente aderezado con supuestas «habilidades» tácticas para encubrir la verdadera naturaleza de sus posiciones prorusas». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Comité Ejecutivo al Pleno del Comité Central, febrero de 1981)

Y en relación a la actividad del grupo fraccionalista, que proponía reconsiderar la cuestión de la URSS y acercarse precisamente a los grupos como el MCE que estaban mudando a posiciones prosoviéticas, se comentaba: 

«Hay que decir que algunos camaradas no siempre han mantenido la necesaria vigilancia ideológica frente a sus intentos de penetrar no ya en nuestro partido sino en el área de influencia de masas de nuestro partido. Es esa una forma oportunista, simplista y derechista de concebir nuestra política de alianzas, por cuanto que estos grupúsculos o individuos no sólo no representan en nuestro país ninguna corriente de opinión de importancia, ni a corto ni a medio plazo, sino que además su objetivo fundamental suele ser atacar las posiciones y actividad de nuestro partido». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Comité Ejecutivo al Pleno del Comité Central, febrero de 1981)

Como apunte, el MCE acabaría fusionándose en 1991 con la que fue seguramente la organización trotskista más famosa de la época franquista: la Liga Comunista Revolucionaria (LCR). La postura del MCE sobre la URSS en 1981 era la misma que viejos partidos maoístas habían empezado a reconsiderar como el Partido Comunista de España (Reconstituido) en 1978. Era una táctica destinada para acercarse al público más inmaduro ideológicamente hablando, el cual mantenía ilusiones sobre la URSS, con el fin claro de atraerlos a la militancia y tratar de salvar así su ruina en cuestión de influencia y militancia.

Este repunte del jruschovismo también tuvo su influencia directa en la deserción de algunos grupos y partidos marxista-leninistas:

«En el terreno internacional nuestro partido ha mantenido una estricta vigilancia al respecto y ha sostenido una actitud vigilante y de combate ideológico contra las corrientes maoístas y prosrusas, que larvadamente se han venido manifestando en algunos partidos y organizaciones marxista-leninistas, en especial en los que se refiere en Chile y en Italia respectivamente». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Comité Ejecutivo al Pleno del Comité Central, febrero de 1981) 

Sonadas fueron las deserciones del Partido Comunista de Gran Bretaña (Marxista-Leninista) encabezado por Reg abedul, o el Partido Comunista de Italia (marxista-leninista) liderado por Fosco Dinucci convirtiéndose ambos en abiertos defensores del revisionismo soviético. Este fue un problema al que Enver Hoxha dedicó  varias de sus reflexiones en 1978 y 1979 como puede verse en sus obras completas.

Por último el Comité Ejecutivo del PCE (m-l) pasó a criticar los errores en la táctica a adoptar hacia el socialimperialismo soviético en relación con el trabajo de masas:

«Debemos tener en cuenta, en este trabajo, que el desenmascaramiento de la verdadera naturaleza del socialimperialismo, dista mucho de ser algo ya logrado y que existe una confusión al respecto entre nuestro pueblo y en particular entre la clase obrera. Es por tanto imprescindible intensificar nuestra denuncia en todos los terrenos del socialimperialismo ruso, promoviendo incluso actos en que denunciemos sus actividades imperialistas agresivas. (…) Estemos vigilantes para no cometer dos tipos de errores que en algunos casos se han dado. Por un lado, el consistente en ignorar o no participar en los comités, o mesas de fuerza o como quieran llamarse, promotores de iniciativas antiimperialistas, donde estén presentes los grupos prorusos. O bien otra variante, también errónea, consistente en estar presente, pero aceptando sin más: sin librar batalla en torno a que en las actividades antiimperialistas debe denunciarse a la otra superpotencia. Nuestra táctica debe consistir en estar presente en toda iniciativa que vaya dirigida contra el imperialismo yanqui, buscando, por nuestra parte, que en ellas participen los más amplios sectores de masas posibles y librando batalla para que la lucha contra el imperialismo yanqui vaya unida a la denuncia de la otra superpotencia». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Comité Ejecutivo al Pleno del Comité Central, febrero de 1981)

Si miramos como describen el problema otros antimarxistas afines a la escisión de 1981, exactamente veremos que estos fueron los puntos cardinales de este tema concreto referido a la URSS:

«Un tercer problema –relacionado con el que acabo de mencionar– era el del presunto socialimperialismo ruso «la otra superpotencia» en la terminología tardo-maoísta, a la que se atenía con frenesí el PCEml, a pesar de haber repudiado poco antes el pensamiento de Mao Zedong. El MC, que había desbordado en delirio pro-chino al propio PCEml, ahora se daba cuenta de que tal discurso lo alejaba del sentir de las masas –y, sobre todo, de los sectores de las masas susceptibles de movilizarse contra el imperialismo yanqui y sus aliados atlánticos–; conque, dando un bandazo, pasó a cesar sus ataques al Pacto de Varsovia y al bloque soviético. Si, en el movimiento antibelicista y antiimperialista, quería el PCEml llegar a algún entendimiento con otras sensibilidades, tenía que arrinconar –o al menos rebajar– la grotesca retórica antirrusa que mantenía siguiendo la batuta del declinante líder albanés Enver Hoxha». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria, 2010)

En honor a la verdad, si consultamos los documentos de entonces, no todos los líderes de la escisión de 1981 pretendían rehabilitar al revisionismo soviético, no todos pretendían adoptar las tesis de los socialimperialistas soviéticos sobre que la URSS de los jruschovistas y sucesores seguía siendo «internacionalista» y «socialista», pero gran parte de las publicaciones podemos ver opiniones favorables y ruegos para reconsiderar la unificación con los grupos prosoviéticos. Dentro de la escisión de 1981 hubo disputas como se pueden ver en las publicaciones de «La Causa», ya que otros rechazaban que la URSS de Jruschov, Brézhnev y comparsa fuese socialista, pero a su vez también negaban que la de la época de Stalin también lo fuese.

Esta es una táctica mezquina que da a entender que a las dirigencias de estos grupos les importa más la cantidad que la calidad, no importándoles que los nuevos integrantes sean férreos eclécticos. Una vez rehabilitada esta corriente, el castrismo, el maoísmo, el trotskismo, el eurocomunismo y cualquier otra, también serían bienvenidas si a la cúpula oportunista le conviene. No nos pararemos a explicar punto por punto porqué la URSS posterior a 1953 se convirtió en un país capitalista y de tipo socialimperialista ya que ha sido expuesto en varias de nuestras obras. Véase nuestra obra: «Algunas cuestiones económicas sobre la restauración del capitalismo en la Unión Soviética y su carácter socialimperialista» de 2016.

f) La cuestión de Stalin

La escisión de 1981 calificaba al dúo Marco-Ódena de «maoístas» –pese a ser los principales culpables de la desmaoización del PCE (m-l)– a modo de insulto. El elegir este calificativo se debía seguramente al hecho de que se quería aprovechar el descrédito general que estaba sufriendo el maoísmo desde finales de los 70, siendo una corriente totalmente desprestigiada ante las masas trabajadoras y ante los revolucionarios. Con ello se intentaba desprestigiar a la dirección del PCE (m-l) acusando a sus dirigentes de tener rasgos de una corriente en decadencia. Pero lo cierto es que los líderes de la escisión de 1981 eran los que realmente tenían concepciones maoístas, especialmente sobre Stalin:

«La concepción defendida por Stalin –y su consiguiente materialización– acerca de la extinción de la lucha de clases en la URSS, entendido, por tanto, que la misma ha dejado de ser el motor de la historia en una «patria socialista», para pasar a ocupar su papel como generador del proceso de consolidación del socialismo en la URSS y «el desarrollo de las fuerzas productivas» o, «más claramente el puro desarrollo económico, industrial y armamentístico, con el consiguiente rechazo a la lucha ideológica y política en el seno de la URSS». (La Causa; marzo 1982)

Invenciones al más puro estilo trotskista que lanzan la calumnia de que Stalin jamás trató las contradicciones en la sociedad socialista, o que en 1936 oficializó «la abolición de las clases» y dio por «suspendida la lucha de clases». Tesis esgrimidas por Mao:

«En 1936 Stalin habló sobre la eliminación de la lucha de clases, pero en 1939 se llevó a cabo otra purga de contrarrevolucionarios. ¿No era esto lucha de clases también?». (Mao Zedong; Conversación en el informe de reunión, 24 de octubre, 1966)

Igual que la acusación de que Stalin no prestaba atención a la lucha ideológica y la revolución cultural:

«En fin, Stalin no destaca más que tecnología y los cuadros técnicos. Sólo quiere la técnica y los cuadros. Ignora la política y las masas. También aquí camina con una sola pierna. En el dominio de la industria pone el acento sobre la industria pesada y descuida la industria liviana. De nuevo camina con una sola pierna». (Mao Zedong; Acerca de los «Problemas económicos del socialismo en la Unión Soviética» de Stalin, 1958)

¿Pero esto fue así?:

«Denunciando la teoría oportunista de la «extinción» de la lucha de clases a medida de nuestros éxitos, el camarada Stalin añadió:

«No solamente es una teoría oportunista, sino también es una teoría peligrosa, pues ella adormece a nuestras gentes, las empuja hacía una trampa, mientras ofrece al enemigo de clase la posibilidad de recuperar sus fuerzas y luchar contra el poder soviético». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Sobre los defectos del trabajo del partido y sobre las medidas para liquidar a los elementos trotskistas y demás elementos de doble cara; Informe y discurso de clausura en el Pleno del Comité Central del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, 3 y 5 de marzo de 1937)

En la Unión Soviética, las clases explotadoras fueron deshechas y eliminadas, pero aún subsisten vestigios de la ideología burguesa, vestigios de la psicología y de la moral de la propiedad privada; subsisten los partidarios de los puntos de vista y de la moral burguesa, personas que viven encubiertos en nuestro pueblo». («Pravda»; Espías y cobardes asesinos bajo la máscara de médicos y profesores, 13 de enero de 1953)

En este magnífico artículo, el autor anónimo –Vicent Gouysse afirma que seguramente se trata de Stalin–, ataca la falta de vigilancia y autosatisfacción de los cuadros:

«El camarada Stalin ha advertido numerosas veces que nuestros éxitos tienen asimismo su aspecto negativo, que engendran en muchos de nuestros militantes responsables un estado de ánimo de placidez y cándido optimismo. Entre nosotros encontramos aún bastantes despreocupados. Precisamente esta despreocupación de nuestras gentes constituye el terreno favorable para el sabotaje criminal.  Las relaciones socialistas dominan completamente en la Unión Soviética. En la gran guerra patria el pueblo soviético ha obtenido una victoria sin par en la historia. En un plazo extraordinariamente corto, las graves consecuencias de la guerra han sido reparadas. En todos los sectores de la edificación económica y cultural, obtenemos éxitos. De estos hechos algunos sacan la conclusión de que el peligro del sabotaje, de la diversión, del espionaje se encuentra ya actualmente descartado: que los magnates del mundo capitalista pueden renunciar a sus intentos de realizar una actividad de zapa contra la Unión Soviética. Pero sólo oportunistas de derecha, gentes que se atienen al punto de vista antimarxista de la «extinción» de la lucha de clases, pueden pensar y razonar de esa manera. No comprenden o no pueden comprender que nuestros éxitos conducen, no a la extinción de la lucha, sino a su agravación, que cuanto más progresemos con éxito más aguda será la lucha de los enemigos del pueblo, condenados a perecer, abocados a la desesperación». («Pravda»; Espías y cobardes asesinos bajo la máscara de médicos y profesores, 13 de enero de 1953)

El proclamar que Stalin no tuvo interés en la cuestión ideológica y en la cultura solo pueden decirlo los que ignoran la obra del bolchevique y concretamente sus últimas obras. Es cierto que muchos de los últimos discursos y artículos de Stalin –años cuarenta y cincuenta– no son bien conocidas entre el público debido a que la compilación y traducción a otros idiomas de sus obras fue paralizada a la llegada de los jruschovistas. Pero en la era del internet se puede encontrar una gran cantidad de sus obras en español, en inglés y ruso sobre este último periodo que desmontan estos mitos del revisionismo. Si se miran obras generales del Partido Comunista de la Unión Soviética como «Materialismo histórico» de 1950, se podrá comprobar que esto que aquí se afirma es una soberana estupidez, fruto de calumnias maoístas, que pretendían erigir a Mao como un genio que comprendía dialécticamente la lucha de clases como nadie, y que dejaba a Stalin como un torpe metafísico que descuidó la lucha en este campo:

«Bajo el socialismo todavía hay una diferencia en el grado de conciencia socialista entre el partido comunista, la vanguardia de los trabajadores y las grandes masas de trabajadores. En vista de esto, sigue existiendo la necesidad de elevar a amplios sectores de la gente trabajadora al nivel de conciencia de la vanguardia. (...) La conciencia del pueblo soviético, así como la conciencia pública de la gente de otras épocas, se está retrasando peculiarmente en el desarrollo de las condiciones de la vida material de la sociedad. Este retraso de la conciencia se expresa en el hecho de que las viejas, obsoletas ideas, actitudes, hábitos y tradiciones continúan viviendo incluso cuando las condiciones que las originaron ya han cambiado radicalmente. (...) La conciencia del pueblo soviético todavía no está libre de las marcas de nacimiento de la vieja sociedad. Tales remanentes de propiedad privada siguen vivos, como la actitud no comunista en el trabajo de la parte atrasada de los trabajadores, la actitud negligente hacia el bien público, los remanentes de burocracia, la servidumbre, el interés propio, los supervivencias nacionalistas, las supersticiones religiosas, etc. Uno de los remanentes más dañinos que pertenecen a la parte posterior de la intelectualidad soviética, son las ideas del cosmopolitismo, el servilismo hacia el Occidente burgués, la no extrañeza, sino la admiración por la cultura burguesa decadente. Estos restos reaccionarios del capitalismo son mantenidos y revividos en nuestro país por los países capitalistas que nos son hostiles a través de la prensa, la radio y otros instrumentos de propaganda burguesa. Teorías y puntos de vista erróneos y dañinos contribuyeron a la preservación y revitalización de las supervivencias del capitalismo en la mente del pueblo soviético. Esos restos dañinos de la ideología burguesa, como la falta de comprensión, el apolitismo, el objetivismo y el cosmopolitismo en el campo de la literatura, la crítica literaria, el cine, el teatro, la música, la filosofía, la ciencia, dificultan el desarrollo de la cultura soviética. Un serio impedimento para el desarrollo de la ciencia biológica fue la teoría idealista de los weisman-morganistas y la teoría antimarxista de Marr en lingüística. (...) La unidad moral-política no es algo congelado, dado de una vez por todas. Se está vuelve más fuerte año tras año, haciéndose cada vez más profunda. A medida que se superan los contrastes entre la ciudad y el país, entre el trabajo mental y el físico, se eliminan los remanentes de las fronteras y las contradicciones entre los grupos sociales existentes, al igual que los remanentes del capitalismo en la mente de los trabajadores, la unidad moral y política de la sociedad soviética crece y se desarrolla constantemente, cada vez se vuelve más monolítica. (...)  La crítica y la autocrítica bolchevique sirven en manos del partido como un medio poderoso para detectar deficiencias en la esfera económica, en el aparato estatal, en la ciencia, en la literatura y en el arte, en todas las esferas de la vida y las actividades de la sociedad socialista. La autocrítica es un medio poderoso para involucrar a las masas en la gestión de la economía, el estado, un medio poderoso para influir conscientemente en las personas en el curso del desarrollo social. La crítica bolchevique y la autocrítica aumentan la vigilancia en las filas del partido y en el pueblo soviético, elevan la actividad política del pueblo trabajador, desarrollan en ellos un sentido de dominio del país y contribuyen a la capacitación del pueblo soviético en la gobernabilidad del país». (Academia de las Ciencias de la URSS; Materialismo histórico, 1950)

En nuestro medio nos hemos esforzado por popularizar la lucha ideológica que en el Partido Comunista de la Unión Soviética se desató en el campo cultural en los últimos años de Stalin, en muchos casos protagonizados por él mismo.

g) El concepto de partido

«El quinto problema se refería a la necesidad de hallar un nuevo estilo de organización y de militancia, porque ya muchos camaradas se ahogaban en los rígidos moldes del partido monolítico, que habían soportado en un período de auge o, al menos, de esperanza revolucionaria. Estando claro que la monarquía estaba consolidada y que, en un tiempo previsible, no habría revolución en España, resultaba difícil aguantar la férrea disciplina de una organización donde –por la prohibición de fracciones, entendida además muy a rajatabla– estaba vedado hacer críticas a la dirección fuera de los cauces orgánicos o expresar, en público o en privado, opiniones discrepantes de la política del partido como no fuera en la reunión de célula –y aun eso en la práctica se hacía difícil o imposible. Y, si muchos afiliados ya se sentían asfixiados en esos duros y estrechos moldes, muchos otros, fuera de la organización, eran repelidos por ese estilo de militancia. Lo cual contribuía al aislamiento y a la pérdida de influencia del partido». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria, 2010)

Bajo la excusa de «falta de democracia» promover la idea de un «partido multitendencia», de varias fracciones y líneas ideológicas, al estilo maoísta o trotskista, renunciar al «partido monolítico» y al concepto de «partido de vanguardia», teorizar sobre la posibilidad incluso de «varios partidos en el socialismo». Esto puede ser visto en sus medios y de nuevo nos retrotrae a los planteamientos que los líderes de la fracción de 1976 plantearon, por lo que no profundizaremos más.

Otro de los puntos donde la escisión de 1981 puso énfasis fue en la cuestión de la formación ideológica:

«Los reflejos antiteóricos han sido tan profundamente inculcados por una práctica colectiva anterior basada en el cultivo de la ignorancia y de la inutilidad teórica. (…) En cuanto al estudio, lo nuevo está en querer poner el acento en el esfuerzo personal, individual e intransferible, que no se puede suplir con el sistema de lo que el PCE ml llamaba «discusión política». (La Causa, Documentos, octubre 1981)

Aquí podemos decir que abiertamente se estaba calumniando a la dirección oficial del PCE (m-l), ya que sus líderes siempre fueron muy claros en esta cuestión, planteando lo mismo que ellos demandaban:

«Nuestras actividades de estudio se llevan a cabo mediante dos procedimientos: el estudio colectivo, en grupos del partido, las reuniones de estudio de las células, y el estudio individual que efectúa voluntariamente cada camarada. Si bien estos dos métodos deben combinarse, el estudio individual constituye el método esencial para el estudio del marxismo-leninismo.

El marxismo-leninismo es una ciencia de la ley del desarrollo de la naturaleza y de la sociedad que se basa en la asimilación de todos los conocimientos científicos acumulados hasta el presente a lo largo de la historia. Es la ciencia de la liberación de la clase obrera y del pueblo; es la ciencia de la victoria del socialismo y del comunismo.

Estudiamos el marxismo-leninismo para conocer las teorías básicas, las posiciones y los puntos de vista del marxismo-leninismo así como sus métodos, para hacer de ellos nuestras armas ideológicas para transformar nuestro pensamiento, para elevar nuestra comprensión avanzar en nuestro trabajo de resolver los problemas concretos que tenemos planteados, y combinar así la teoría con la práctica. Así pues, de este modo al estudiar el marxismo-leninismo hemos de hacerlo por iniciativa propia, esforzándonos por ahondar en nuestras ideas y esforzar nuestra inteligencia. Hemos de acumular al mismo tiempo nuestras experiencias personales en el trabajo práctico. En este aspecto no podemos depender de los demás.

Lenin señalaba con razón que para buscar la verdad hemos de ser capaces de pensar de manera independiente. «Si somos capaces de llevar a cabo en cierta medida una labor independiente, no podremos descubrir la verdad acerca de ningún problema que nos planteemos». Así pues, el estudio individual significa que debemos estudiar y aprender por nosotros mismos.

El estudio colectivo, particularmente el curso del partido, es indispensable para los camaradas que no tienen costumbre ni experiencia de estudiar por sí solos, para desarrollar en ellos el deseo de estudiar y orientarlos cómo hacerlo. Asimismo, los que ya tienen la costumbre y la experiencia de estudiar, pueden hacer progresos gracias a conferencias y charlas que les permitan profundizar y ampliar sus conocimientos teóricos e ideológicos y comprender mejor los problemas mediante la discusión. Pero en definitiva lo que decide de los resultados en el estudio, es el esfuerzo constante, individual de cada militante.

Las obras que han de seleccionarse para el estudio individual corresponden a tres categorías:

1) Documentos de nuestro Partido y la Historia del movimiento obrero español. 2) Documentos sobre el Movimiento Comunista Internacional. 3) Escritos sobre la teoría marxista-leninista.

Es un deber sagrado de todos los marxista-leninistas librar una lucha de principios en el plano ideológico y teórico contra las tendencias internacionales del revisionismo moderno, considerado como el principal peligro para el desarrollo del Movimiento Comunista y de la clase obrera». (Elena Ódena; ¿Por qué todos los militantes deben adquirir el hábito del estudio individual?, 1966)

Habría que ver entonces, si siendo estas las disposiciones oficiales, los resultados negativos no vendrían más bien de no acatar estas directrices o no saber ejecutarlas, pero desde luego jamás de no tener tal concepción ni de insistir en ella. De hecho uno de los problemas cardinales en las militancias comunistas, es el aceptar sobre el papel axiomas generales como la necesidad de mantener una formación ideológica continua. Muchos militantes aceptan en la teoría esto, pero en la práctica intentan escabullirse de dicha obligación como militante. En la dirección cabe la culpa de no ejercer un control sobre este tema, o de no sancionar o expulsar a los elementos que no son capaces de aceptar dicha regla básica, sin la cual jamás se puede llegar a ser un comunista.

Desde la dirección del PCE (m-l) se recordaba:

«Sin duda, una de las ideas más atacadas por la ideología burguesa y por todas las corrientes revisionistas y socialdemócratas hoy, es la idea de partido, considerando como la organización de vanguardia del proletariado, como al organización centralizada, monolítica, disciplinada de la clase más revolucionaria, cuyo objetivo es, hacer la revolución. El partido es ideología, es político y es organización. (…) La ofensiva que por todos los medios, y de todas las formas desarrolla la burguesía contra el marxismo-leninismo y nuestro partido abarca también a los aspectos organizativos internos, a los aspectos de funcionamiento orgánico, estatuario, leninista. No se trata pues, tan sólo de ideas o de opiniones. El carácter de estas ideas y opiniones reflejarán también a niveles de funcionamiento organizativo, a niveles orgánicos. «Las ideas en todo caso, en toda forma y modo que adopten, están acompañadas de una forma de organización, de coordinación y de ordenamiento». (Enver Hoxha) La organización, en efecto, los métodos y formas que adopte, estará en consonancia con una u otra determinada concepción ideológica y política». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Comité Ejecutivo al Pleno del Comité Central, febrero de 1981)

¿Qué denunciaban desde la dirección sobre los disidentes? Su total desprecio hacia las normas más básicas del partido. Hablando de la formación de ideas fuera de los cauces del partido y la consiguiente formación de plataformas ideológicas paralelas a los órganos del partido:

«El centralismo democrático en materia de organización presupone la centralización de la dirección política de manera permanente, previsto por los estatutos, así como la disciplina férrea que «presupone la crítica y la lucha de opiniones» (Stalin). La lucha de opiniones, que no significa existencia de tendencias con tesis o plataformas políticas diferenciadas, ni su actividad orgánica o inorgánica que pueda derivar en corrientes o fracciones organizadas. (…) La existencia de diversas opiniones y su discusión orgánica es un factor de fortalecimiento y de unidad del partido, su circulación sistemática de manera inorgánica, incluso banalizada y frívola muchas veces, va debilitando al partido, deformando y subjetivizando su político y preparando el terreno, ya no para la discusión de opiniones diversas, sino para la formulación de posiciones políticas divergentes, que manipulan la línea política y minan la moral y la confianza de los militantes». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Comité Ejecutivo al Pleno del Comité Central, febrero de 1981)

Se hace especial hincapié en el cinismo de los disidentes a la hora de tratar con los estatutos, que son las normas del partido aprobadas previamente por la militancia en un congreso. Se alega que para los oportunistas al no ser de su agrado intentan cínicamente de interpretar los a su gusto las reglas de los estatutos para conseguir sus fines:

«Mil argumentaciones e interpretaciones personalistas de los estatutos. ¿Acaso no se puede hablar? Se dice. ¿Acaso no se pueden tener opiniones y discutirlas con los camaradas? ¿Acaso no se pueden tener preocupaciones y dudas? Todo eso es normal, se argumenta; mientras, con estos métodos de silencio en los organismos y expresión de «opiniones», «dudas» y «preocupaciones» inorgánicamente, se encubre, eso sí, con doblez y falta de sinceridad el planteamiento progresivo de formulaciones contrarias a la política, línea y táctica del partido. «Las murmuraciones son características propias de la pequeña burguesía, son manifestaciones de la ideología burguesa. Son producto del subjetivismo y no tienen nada en común con la crítica sana, realista, constructiva. Las murmuraciones no tienen nunca por fin corregir al sujeto, ni mucho menos al colectivo, sino que, por el contrario, dañan seriamente tanto a la persona como al colectivo». (Enver Hoxha) (…) Todo ello, acompañado de actitudes liberales, de querer reducirlo todo a opiniones y preocupaciones completamente normales, queriendo normalizar incluso la división y las divergencias políticas en el partido, negando las actitudes y comportamientos antiestatuarios, forma el mejor caldo de cultivo para que prosperen las posiciones erróneas, la formación de camarillas y para que surja el espíritu de faccionalista». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Informe del Comité Ejecutivo al Pleno del Comité Central, febrero de 1981)

La razón para adoptar esta postura es clara. Los disidentes sabían de sobra que exponiendo abiertamente por los cauces pertinentes toda la serie de propuestas sobre las alianzas, sobre su postura sobre la URSS, sobre sus referentes filosóficos, y demás, habría sido ir contra la línea política del partido y su historia, sabían que la aplastante mayoría de la militancia habría rechazados y seguramente degradados de sus puestos por iniciativas tan antimarxistas. En cambio pretendían trabajar larvadamente, ir atrayendo a su seno, a sus grupos de confianza, a cada vez más militantes con dudas o descontentos para formarles en sus opiniones, entre tanto se negaría el estar formando tal grupo fraccionario, se esperaría hasta el momento preciso para que cuando fuese menester, en plena crisis partidaria, pudieran hacerse con la dirección del partido e implantar sus ideas revisionistas.

h) Las influencias filosóficas

En un artículo llamado «Leyendo a Jean Paul Sartre», se llega al punto de renunciar al marxismo para proclamar la superioridad del existencialismo (sic) por entender mejor al ser humano:

«Tras un comienzo fulminante, el psicoanálisis se ha estancado. Los conocimientos de detalles son numerosos, pero falta la base. En cuanto al marxismo, tiene fundamentos teóricos, abarca toda la actividad humana, pero ya no sabe nada: sus conceptos sin diktats, su fin no es adquirir conocimientos, sino constituirse a priori en saber absoluto. Frente a esta doble ignorancia, el existencialismo ha podido renacer y mantenerse porque seguía afirmando la realidad de los hombres. (…) El existencialismo y el marxismo pretenden alcanzar el mismo objetivo, pero el segundo ha reabsorbido al hombre en la idea y el primero lo busca dondequiera». (La Causa; marzo 1982)

Por si el lector no está familiarizado con el existencialismo. Recomendamos que eche un ojo a nuestra obra: «El existencialismo, Jean-Paul Sartre, y su pluma al servicio de la cultura burguesa» de 2015.

En las publicaciones de «La Causa» se puede ver como se citan a autores antimarxistas como Garaudy o Lukács, tan influyentes entre la «izquierda» antistalinista. Véase nuestra obra: «Las sandeces de Kohan y Lukács sobre la figura de Hegel y su evaluación de la filosofía de la URSS» de 2018.

Lorenzo Peña, diría que todos estos problemas fueron afrontados por Elena Ódena, que fue esta la responsable de «parar los pies» a la fracción y sus objetivos:

«Frente a todas esas cuestiones, la postura mayoritaria fue la de la camarada Elena Ódena, que optó por mantener a machamartillo, erre que erre, exactamente las mismas tesis oficiales de los años precedentes. Frente a la acusación de Venancio de postergar la lucha por el socialismo al afirmar la lucha por la república, insistió en que la república era meramente un objetivo táctico, no estratégico, y que de ningún modo se trataba de reivindicar el pasado ni de restaurar una república burguesa. Las deficiencias, insuficiencias y debilidades del partido sólo venían, a su juicio, de la inacción de los propios disidentes y de haber atenuado la denuncia de grupos revisionistas como el MC». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria, 2010)

Si bien, como reconoce el renegado Lorenzo Peña, Elena Ódena paró en seco las aspiraciones de estos liquidacionistas, desgraciadamente, en mayor o menor medida, todas las aspiraciones de la fracción de 1981 fueron completadas a partir de 1985 por el dúo Marco-Chivite como veremos.

La salida de los hermanos Campillo 

Un caso paradigmático de las deserciones de esta época fue el caso de Ángel Campillo y su hermana Maite Campillo. Aunque sus salidas se encuentran cronologicamente un poco después de los sucesos de febrero de 1981, en realidad sus posiciones políticas son análogas a cualquier escisión previa.

En la Feria del Libro «Marxista» presentada por Reconstrucción Comunista (RC) y sus amigos revisionistas del Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE) y el Partido Comunista Obrero de España (PCOE), publicitaron a bombo y platillo la publicación del libro de Ángel Campillo «Incomunicado» de 2017. RC lo hizo en sus medios como ejemplo de «Un necesario trabajo de recordar y brindar honor a la memoria del PCE (m-l)/FRAP y de Elena Ódena».

¿En serio? Veamos que decía Ángel Campillo de su paso por el PCE (m-l):

«Uno de los fallos de la creación del PCE (m-l) fue que se hizo por arriba y a los seis meses no quedaba ni la mitad del CC recién estrenado. (…) Siempre se hablaba de proletizarse pero siempre subían los listos. Un señor veterinario que viene de Colombia [Valera], una funcionaria de la OMS [Ódena]. (…) Se hacen los Estatutos, se sientan las bases de la línea política, pero en el grupo de una veintena o así de Ginebra hay desde el principio dos partidos y dos líneas. Allí no se consolidó La Chispa sino la pareja «Marco-Ódena». (Comentario de Ángel Campillo citado en la obra de José Catalán Deus; «Del FRAP a Podemos» de 2015)

Alguno puede decir, bueno… sabemos que en la actualidad el propio José Catalán Deus es un renegado y un abierto neofranquista, no es una fuente fiable. Bien. ¿Qué dice el propio Ángel Campillo en su obra que RC promociona con afán en su feria?:

«Cuyas bases ya se habían asentado para el «tercer mundo» en la conferencia de Bandung de 1955, en Indonesia, la cual reunió a 29 naciones de África y Asia, cuya esencia de la misma fue la unidad de todos estos pueblos en su lucha contra la ocupación colonial e imperialista, y las burguesías respectivas aborígenes o autóctonas, las cuales cumplían un papel quintacolumnista a favor, o vendidas al colonialismo camuflado o neocolonialismo y seguir explotando a los mismos pueblos. (...) Fidel Castro, el cual fue dando pasos desde aquellas posiciones revolucionarias al inicio de la insurrección guerrillera hacia posiciones comunistas, marxista-leninistas, las cuales motivaron que el movimiento 26 de julio, dirigido por Fidel se acercara a la URSS, el PCUS y el viejo Partido Comunista Cubano dirigido por Blas Roca. (…) De esa unidad en la acción nacería el Partido Comunista de Cuba. (...) La Gran Revolución Cultural Proletaria toma sus raíces y avanza en sentido dialéctico, materialista». (...) La prensa, estos días, no cesa de hablar del Frente Único Antiimperialista y Antifascista de la Cuba revolucionaria de Fidel, con la Venezuela de Chávez y la Bolivia de Evo Morales, que sin duda alguna, será un primer paso hacia nuevas primaveras más brillantes para los oprimidos y explotados». (Ángel Campillo; Incomunicado, 2017)

¡Magnifico cuadro! ¡He aquí a RC promocionando un libro antimarxista de un renegado y oportunista que propaga a los cuatro vientos tesis tercermundistas con rasgos castristas, maoístas y hasta chavistas sin un mínimo de filtro crítico! De todas formas es entendible ya que uno de los mayores defectos que sufrió el antiguo PCE (m-l) fue la falta de formación ideológica, el compadrazgo, el sentimentalismo y el seguidismo que Ódena se esforzó en criticar para evitar que penetrara y cristalizase en el partido. Por tanto, no es raro ver comentarios de exmilitantes como el expuesto, otros incluso han acabado sus días en las filas de IU/Podemos y otros que al menos simpatizando con su línea política mientras se declaran folclóricamente «seguidores y reivindicadores del viejo legado del PCE (m-l)». Lo más ridículo es que Ángel Campillo durante todo su libro se hincha el pecho diciendo que durante su «dilatada carrera política» nunca «jamás traicionó los principios marxistas», que siempre «se mantuvo firme en las convicciones revolucionarias». ¿Es que acaso el PCE (m-l) de 1983 no combatía este tipo de mitos inoculados por la propaganda de las diferentes corrientes revisionistas? ¿Es que no salió por patas de ese partido precisamente por manifestar e insistir en idioteces como la que acabamos de leer, que deben de estar superadas para un cuadro que se autodenomine marxista-leninista? ¿De qué nos sirven las «dilatadas militancias» de la que tanto presumen algunos si en lugar de avanzar ideológicamente nos encontramos que han sufrido un injustificable retroceso en sus posiciones? 

Pero, ¿qué nos dice Ángel Campillo sobre la figura de Elena Ódena? Ahorraremos citar las partes más surrealistas de su libro, pero si el lector quiere, puede acudir al documento y perder su tiempo, allí encontrará todo tipo de improperios hacia ella: la califica desde «intransigente», «arrogante», «sectaria», «egocéntrica», hasta incluso se atreve a especular sin una sola prueba con que fuese una «infiltrada» como hizo en su día el infame Diz o Arenas. ¿De verdad va a hablarnos de infiltrados un hombre que nos viene con estas ideas políticas? 

Pues damas y caballeros, ni más ni menos que esta es la figura que RC y su líder Roberto Vaquero nos traen para que leamos sus libros y sus ideas. Eso sí, mientras se le llenan la boca de hablar de «¡La necesidad de defender el legado de Ódena y el PCE (m-l)!». Completamente esperpéntico. ¿¡Qué pensaría la propia Elena Ódena si pudiera ver este circo!? 

RC nos presenta los libros de estas «veteranas figuras revolucionarias» e incluso quiere validarse con ellas, pero lo cierto es que Ángel Campillo fue apartado de la dirección del PCE (m-l) en 1979 hasta su definitiva expulsión en 1983, y su hermana Maite Campillo, autora de la edición del libro, salió de él en 1981 para convertirse en una apologista ridícula del castrismo y sus clichés. Ninguno de los dos tienen autoridad para hablar de consecuencia «sobre principios», salvo si entendemos fidelidad a los principios de una manera tan flexible como la hace RC, que lo mismo pone «una vela a Dios que al Diablo». Nuestro caricaturesco Roberto intenta probar trayendo a este tipo de revisionistas añejos u otros, que se separa de la deriva actual del PCE (m-l) encabezado por el renegado Raúl Marco, que RC estaría reivindicando las luchas del viejo PCE (m-l) de 1964-1985 de forma consecuente. Con justeza volvemos a afirmar categóricamente que todas las reivindicaciones que hacen sobre Cipriano Martos, Hunberto Baena, García Sánchez o Sánchez Bravo, es pura pose ventajista para intentar ganarse la simpatía de los viejos militantes del PCE (m-l). 


Señores, menos formalismo y más coherencia ideológica es lo que necesita el marxismo-leninismo y su movimiento». (Equipo de Bitácora (M-L)Ensayo sobre el auge y caída del Partido Comunista de España (marxista-leninista), 2019)

3 comentarios:

  1. En la historia de España ha habido experiencias amargas de democracia burguesa y la negación de tal cuando les conviene, no voy a repasar el pasado porque es conocido por muchos. En mi parecer la sospecha de pasar del gobierno de dictadura militar al gobierno de democracia parlamentaria estaba muy justificada: el exterminio y el exilio de decenas de miles de demócratas de varias tendencias así lo demuestran, finalizado el conflicto civil en 1939 el general felón Franco siguió fusilando.
    La no depuración formal del Estado fascista y la renuncia de revisar judicialmente las sentencias impuestas por la dictadura militar, tenía la sospecha tan socorrida en la famosa frase lampedusiana:
    ''Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie.''*

    (*Se vogliamo che tutto rimanga com'è, bisogna che tutto cambi)

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  2. No tengo clara la referencia que citais de La Causa de marzo de 1982.Creo que por esas fechas el grupo ya se había disuelto y había dejado de publicar el periódico.

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  3. Algunos de los periódicos consultados, extrañamente no ponían el número ni la fecha, solo ponía el año. No sé si en 1982 resultaría ya una escisión de la escisión como decían algunos, no hemos podido comprobar esto. Pero el tono en que hablaban era desde luego como los "disidentes" de la dirección del PCE ml de 1981. Eso sin dudas. Aparte del nombre del periódico que es el mismo.

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«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»