[Post publicado originalmente en 2022. Reeditado en 2026]
«Los subcapítulos a exponer en la siguiente publicación serán los siguientes:
a) Los revisionistas y sus antecedentes históricos para intentar revisar la «ortodoxia»;
b) Entonces, ¿existe eso que se le llama «ortodoxia» o es un mito?;
c) ¿Por qué hay elementos vacilantes que adoptan el marxismo por bandera, por qué otros degeneran?;
d) Efectivamente, la teoría científica necesita de un factor humano que la tramite y actualice;
e) ¿Cómo los «reconstitucionalistas» derriban la «ortodoxia marxista-leninista» para introducir su «heterodoxia»?;
f) ¿Cómo los «reconstitucionalistas» manipulan el concepto de «vanguardia»?;
g) ¿Qué es eso de que «el marxismo-leninismo está podrido de revisionismo»?;
h) ¿De verdad alguien puede tomar a Althusser como un representante de la «ortodoxia marxista»?;
i) Entonces, ¿es serio o justo achacar al marxismo-leninismo los fracasos ajenos?
Los revisionistas y sus antecedentes históricos para intentar revisar la «ortodoxia»
Los conservadores, liberales, socialdemócratas y tantos otros llevan repitiendo durante siglos la misma retahíla sobre el «fiasco objetivo del marxismo», argumentos que a todos nos resultan muy familiares. Suelen recurrir a dos variantes: a) «Dado que su movimiento político no está en su mejor momento... habríamos de reflexionar sobre si esto es fruto de unas bases doctrinales ya de por sí utópicas»; b) «Dado que el marxismo se ha equivocado en ciertas cosas, ¿no habría que desconfiar de todo y dejar en suspenso sus supuestos axiomas?».
¿Qué contestar a esto? Incluso aceptando sus premisas −algo que los críticos rara vez pueden corroborar, porque cuando lo intentan, suele ser a través de reduccionismos que nada ayudan a identificar un supuesto fallo−, ambas sugerencias presentan muchísimas lagunas. Nos explicamos.
Esta forma de proceder equivaldría en el mundo de la arquitectura a que cuando haya una grieta, una gotera o una columna se muestre débil, los «expertos» decretasen automáticamente que hay que tirar abajo todo el edificio «por el bien de la seguridad de sus habitantes» −sin más estudio de si esta estructura estaba mal diseñada desde un principio o si sus elementos se han resentido con el paso de los años−, ¿y qué puede ocurrir? Que quizás este edificio no solo sea habitable, sino que aun con todo sigue siendo el más seguro de la manzana gracias al resto de los mecanismos bien conocidos que se usaron para distribuir correctamente el peso y resistir el paso del tiempo.
Entiéndase, que para refutar de forma inmediata este infantilismo acusatorio, lo mejor sería preguntarse: ¿qué movimiento nace, crece y se desarrolla sin incurrir en falsos pronósticos, teorías inexactas o fracasos políticos? En honor a la verdad, nosotros no conocemos a ninguno que bajo este mundo terrenal no se haya visto obligado −tarde o temprano− a rectificar o matizar sus planteamientos, que no haya cosechado derrotas y que tampoco se haya visto necesitado de estudiarlas para reformularse y fortalecerse. Ahora, nada de esto significa que dicho movimiento deba abjurar de los aciertos de su pasado, ni que todas sus creencias sean automáticamente falsas, ni mucho menos que no se pueda distinguir una «ortodoxia» reconocible −que es ya el colmo de la palabrería o relativismo intelectual−.
En realidad, estos debates son tan antiguos como el marxismo mismo, y existen multitud de ejemplos históricos que vale la pena rescatar.
En España el movimiento revolucionario cometió el lamentable error de aceptar a un intelectual como Miguel de Unamuno (1864-1936), una figura que debido a su pensamiento relativista todavía se sigue enseñando en la educación oficial como «un gran filósofo a estudiar», siendo en realidad una variante muy poco original del idealismo filosófico. Este en 1894 celebró su adhesión al PSOE declarando al marxismo como «la religión de la humanidad» (sic). Y cuando a este señor se le dejó claro que esta cosmovisión del mundo no podía ser más que el fruto de una terrible equivocación, muy seguramente fruto de su enorme desconocimiento, no tuvo otra que desertar, no sin antes dejarnos una colección de todo tipo de jeremiadas:
«Yo también tengo mis tendencias místicas, pero éstas van encarnando en el ideal socialista, tal cual lo abrigo. Sueño con que el socialismo sea una verdadera reforma religiosa cuando se marchite el dogmatismo marxiano y se vea algo más que lo puramente económico». (Miguel de Unamuno; Carta a Clarín, 31 de mayo de 1895)
¿A dónde condujo su visión «no dogmática» de las cosas? Dos años después, en 1896 Unamuno ya proclamaba la unión de:
«Socialistas colectivistas; libertarios, socialistas anarquistas; socialistas cristianos; evangélicos; católicos, sindicalistas; societarios etc., etc. Cuantos más, mejor». (Miguel de Unamuno; Signo de vida, 1896)
Para entender el destino de un intelectual tan inestable como Unamuno el lector bien puede repasar las obras de Pablo Iglesias Posse «Programa socialista» (1886) o «Falsos revolucionarios» (1889), en donde se anticipaban el comportamiento de estos breves compañeros de viaje que siempre uno se va encontrando, especialmente si no toma medidas preventivas. El resto es conocido por todos: Unamuno acabaría en las filas de la reacción, sus ideas serían clave en lo sucesivo para inspirar al fascismo español y terminó apoyando y financiado el apoyando el golpe del 16 de julio de 1936. Véase la obra de Bitácora (M-L): «El fascismo español, ¿una «tercera vía» entre capitalismo y comunismo?» (2014).
En Alemania, la figura que más dio que hablar en esos días fue Eduard Bernstein (1850-1932). Aunque hubo multitud de precedentes, este bien se merece ser llamado el «padre del revisionismo» ya que, como veremos en capítulos siguientes, sentó las bases ideológicas de lo que todos los revisores del marxismo harían en lo sucesivo. Lo característico de Bernstein es que adoptó una estratagema que se haría muy común: en primer lugar, partiendo de las propias filas marxistas, lanzó teorías de dudosa credibilidad que siempre justificó reivindicándose como un veterano «ortodoxo», solo que, a diferencia de otros, él creía contar con la capacidad para interpretar mejor que nadie los textos de los «maestros», incluso corregir sus errores. En segundo lugar, cuando abandonó ya sin disimulos los fundamentos del marxismo, pasó a considerar que todos los «ortodoxos» que continuaban defendiendo el marxismo eran personas «utópicas» y «dogmáticas». ¿Les suena?
Ante la pregunta: «¿Es posible el socialismo científico?», en sus investigaciones Bernstein llegó a la conclusión de que no, pues, según él, ningún «ismo» puede ser una «ciencia». En cualquier caso, leamos al protagonista para tratar de entenderle:
«Ismo denota una visión del mundo, una tendencia, un sistema de pensamientos o requisitos, y no ciencia en absoluto. La base de cualquier ciencia verdadera es la experiencia; construye su edificio sobre el conocimiento acumulado. El socialismo, en cambio, es la doctrina del orden social futuro, y precisamente por eso su rasgo más característico no puede establecerse científicamente». (Eduard Bernstein; Conferencia pronunciada para la Unión de Estudiantes de Berlín para el Estudio de las Ciencias Sociales, 1901)
Esto de calificar al marxismo como una «ideología», «visión del mundo» o «sistema de pensamiento» incompatible con los lineamientos científicos, por desgracia, ha sido algo muy común. Este ha sido y sigue siendo uno de los argumentos más utilizados por los antimarxistas de cualquier signo, quienes presentándose como «hombres de ciencia» se enredan en sus propios galimatías lingüísticos, creando problemas donde no los hay. Desde Rusia, el marxista «ortodoxo» Plejánov contestó muy correctamente a todo este tipo de especulaciones y ataques hacia el marxismo, explicando que cualquier aporte científico indiscutible −como el darwinismo− no deja de ser tampoco un «sistema de pensamiento» mediatizado y comprobado a través de una «experiencia» acumulada por varias generaciones.
Por tanto, si Bernstein hubiera reflexionado vería que el debate sobre «la imposibilidad de la existencia del socialismo científico» sólo puede probarse si «la imposibilidad de la previsión científica de los fenómenos sociales se hace evidente». Es decir, que antes de resolver la cuestión de la posibilidad del socialismo científico, debe resolverse primero la cuestión de la posibilidad de la ciencia social en general:
«En primer lugar, hablemos de la relación entre «ismos» y ciencia. Si el Sr. Bernstein tenía razón al decir que ningún «ismo» puede ser una ciencia, entonces está claro que, por ejemplo, el darwinismo tampoco es una «ciencia». Pero entonces, ¿qué es el darwinismo? Si queremos permanecer fieles a la teoría de Bernstein, entonces tendremos que clasificar esta enseñanza como un «sistema de pensamiento». Pero acaso el sistema de los pensamientos no puede ser ciencia, y ¿no es la ciencia un sistema de pensamientos? El Sr. Bernstein obviamente piensa que no. Pero él piensa tan simplemente por un malentendido, simplemente porque un terrible lío reina en su propio «sistema de pensamientos». Que la ciencia construye su edificio sobre la base de la experiencia es ahora conocido por todo escolar sensato. Pero ese no es el punto en absoluto. Consiste en: ¿qué construye exactamente la ciencia a partir de la experiencia? Y solo una respuesta es posible a esto: sobre la base de la experiencia, la ciencia construye ciertas generalizaciones −«sistemas de pensamiento»−, que a su vez forman la base de una cierta previsión de los fenómenos. Pero la previsión se refiere al tiempo futuro. Por lo tanto, no toda consideración sobre el futuro está desprovista de base científica. Si la vieja idea de que el presente está preñado de futuro es cierta, entonces el estudio científico del presente debería permitirnos juzgar el futuro no sobre la base de algunas profecías misteriosas o algún razonamiento arbitrario y abstracto, sino precisamente sobre la base de la «experiencia», sobre la base del conocimiento acumulado por la ciencia». (Gueorgui Plejánov; Prefacio a la traducción de la obra de Friedrich Engels «Del socialismo científico al socialismo científico» (1880), 1901)
Como demostró aquí Plejánov, tratar de refutar el carácter científico del marxismo porque este propone «un orden social futuro» es negar lo elemental de las ciencias sociales. Sí, el marxismo usa la experiencia pasada para entender la evolución a futuro de las sociedades e impulsar cambios en ellas, y es que el interés de toda ciencia no es solo entender el pasado, sino también estar prevenido a futuro, tener la posibilidad de modificar el acontecer con la implementación de sus avances y descubrimientos. Y sí, toda ciencia se nutre de un sistema de pensamientos que la vuelven operativa. Negar todo esto, es negar la posibilidad de generar y aprovechar cualquier conocimiento científico en las ciencias sociales. De hecho, es rechazar la posibilidad de cualquier cambio social sobre premisas objetivas, científicas. Un disparate que, por desgracia, caló hondo −y sigue haciéndolo hoy en día− en la mente de diversas personalidades influyentes incluso del marxismo, motivo por el cuál se tuvo que dedicar más esfuerzos de la cuenta para contrarrestar su pésima influencia. Véase el subcapítulo de Bitácora (M-L): «Eduard Bernstein y la polémica sobre el revisionismo (1896-1899)» (2022).
En la Rusia de finales del siglo XIX, los «marxistas legalistas» como Peter Struve (1870-1944) se habían agrupado para recibir y estudiar las últimas «innovaciones ideológicas» de Alemania, donde el revisionista Eduard Bernstein y los suyos llevaban unos años azotando esta polémica desde 1896-98. El resultado fueron obras de Struve como «La teoría marxista del desarrollo social. Experiencia crítica» (1899). Y bien, ¿aportaban algo nuevo estas «investigaciones críticas»? En absoluto, es más, no solo eran una repetición de lo ya dicho por Bernstein, sino que lo que no cubrían con esto era salvado pidiendo actos de fe y una promesa de futuras investigaciones que, por supuesto, nunca llegaban −¿no les resulta familiar a lo que los «reconstitucionalistas» llevan prometiendo los últimos 30 años?−:
«Struve lleva mucho tiempo practicando la «crítica» de Marx. Pero hasta hace poco, sus ejercicios «críticos» no eran sistemáticos: se limitaba, en su mayor parte, a breves declaraciones orgullosas de que él, el señor Struve, no estaba infectado de «ortodoxia» y estaba bajo el signo de «crítica», o comentarios lacónicos sobre el tema de que en tal o cual cuestión los seguidores «ortodoxos» de Marx se equivocan, mientras que los marxistas «críticos» dicen la verdad. Pero tales breves comentarios y declaraciones lacónicas no explicaron exactamente en qué estaban arraigados los errores de los marxistas «ortodoxos» y cómo exactamente los señores «críticos» iban a superarlos. Uno solo podría especular sobre esto. Lo más probable de ello parecía ser que Marx y sus seguidores «ortodoxos» estaban equivocados porque no fueron eclipsados por la gracia de la llamada filosofía crítica, que trae una luz brillante a la visión del mundo del Sr. P. Struve y su gente «crítica» de ideas afines». (Gueorgui Plejánov; El señor Struve como crítico de la teoría del desarrollo social de Marx, 1901)
En resumen, los «marxistas legales» de Struve señalaron con el dedo acusatorio a los «marxistas ortodoxos» de Plejánov o Lenin como unos «dogmáticos» cegados por la «tradición». En cambio, el señor Struve declaró orgulloso que él y los suyos estaban ya explorando «nuevos horizontes» −el neokantismo− y cultivando los futuros éxitos, aunque lo único que en verdad preparaban era su deserción al campo de los liberales −de nuevo los «reconstitucionalistas» han procedido aquí del igual modo, proclamando con el paso de los años que debido a su desconfianza hacia el «marxismo ortodoxo» han acudido a fuentes «heterodoxas» como el «marxismo occidental»−:
«Hablando de la literatura marxista, Struve formula la siguiente observación general: «Las paráfrasis ortodoxas continúan dominando, pero no pueden ahogar la nueva corriente crítica, porque en los problemas científicos la verdadera fuerza está siempre de parte de la crítica, y no de la fe». De acuerdo con lo expuesto, nos hemos convencido de que «la nueva corriente crítica» no nos asegura contra la repetición de viejos errores. (...) No creamos que la ortodoxia significa aceptar todo como artículo de fe, excluir las metamorfosis críticas y el desarrollo ulterior, que la ortodoxia permite encubrir los problemas históricos con esquemas abstractos. Si existen discípulos ortodoxos incursos en estos pecados de verdadera gravedad, la culpa recae totalmente sobre ellos, y no sobre la ortodoxia, que se distingue por cualidades diametralmente opuestas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Algo más sobre la teoría de la realización, 1899)
El lector puede repasar cómo acabar sus días el señor Struve. En «El sentido de la Revolución Rusa» (1918), este «crítico» hizo pública su renuncia total al marxismo al proclamar: «Los rusos instruidos deben, en primer lugar, liberarse espiritualmente de ese falso ideal, cuyo impacto destructivo sobre el espíritu y la vida nacional ha sido plenamente reconocido. Este es el socialismo internacionalista de base clasista». Más tarde, en «Pasado, presente y futuro» (1922) ya directamente adoptó un discurso místico y clerical, considerando que «el colapso del zarismo» y «el triunfo del socialismo» en Rusia era el reflejo de un «choque externo entre dos fuerzas y dos órdenes revela, en esencia, la lucha interna entre dos órdenes espirituales», donde «Dios y el diablo luchan por el hombre en la humanidad y en su historia».
En 1900, el pensador y activista francés George Sorel (1847-1922) propuso la cuestionable idea de que habrían sido Engels, Bebel y otros los que, según él, habrían distorsionado a Marx convirtiendo sus trabajos en verdades cerradas e incontestables, y que este era el motivo real por el cual los partidos socialdemócratas como el francés o el alemán habían comenzado a entrar en barrena:
«En el fondo, ¿el materialismo histórico no sería un capricho de Engels? Marx habría indicado un camino, y Engels habría pretendido transformar esta indicación en teoría, y lo ha hecho con el dogmatismo pedante y a veces burlesco del escolar: luego ha venido Bebel, el cual ha elevado la pedantería a la altura de un principio». (Georges Sorel; Carta a Benedetto Croce, 19 de octubre de 1900)
Poco después, en 1907-08, también se propuso liberar a la humanidad de las «utopías» de Marx con su «sindicalismo revolucionario», que básicamente era no solo volver a Proudhon y abrazar a Bergson, sino caer en su noción mística del «mito» que elevaba la «huelga general» como la «fuerza motriz más poderosa».
Hay que entender todo esto en el contexto europeo de aquel entonces: en algunos casos el notable incremento de membresía entre los partidos revolucionarios condujo a un espíritu de autosatisfacción que invadió a las cúpulas dirigentes. Esto redujo la vigilancia y aumentó el desdén por las cuestiones teóricas, primando el practicismo y el aumento de prestigio y filas a cualquier coste. En otras ocasiones las derrotas aplastantes del movimiento, las bajas, la censura y la clandestinidad agudizaban el pesimismo y el arribismo entre los militantes, lo que era aprovechado por elementos ajenos. Véase el capítulo de Bitácora (M-L): «¿Revitalizó Sorel el marxismo como proclamó Mariátegui?» (2021).
¿Existe eso que se le llama «ortodoxia» o es un mito?
Según la RAE por «ortodoxo» debemos entender en su segunda acepción: «Conforme con la doctrina fundamental de un sistema político, filosófico». ¿Y bien? No hace falta mencionar que quienes bajo el relativismo y el escepticismo aseguran que el marxismo-leninismo −con la andadura que tiene a estas alturas− no tiene paradigma a seguir, que no puede saber qué le es inherente y qué no, qué tesis están dentro de sus patrones y cuáles no, son unos charlatanes redomados. El pensamiento y actuar de este tipo de sujetos jamás será consecuente, por la sencilla razón de que no estudian y toman esta doctrina bajo lineamientos constatables, en consecuencia, su sistematización de los conocimientos siempre será arbitraria: creen estar por encima de las sentencias de la historia, de la realidad objetiva, que pueden coger lo que les guste de esta y aquella experiencia.
Los portadores de ese «marxismo creador y heterodoxo» no están sino confesando que su teoría y práctica opera bajo coordenadas bastante alejadas de los cánones que se le presuponen; es más, si realmente fuesen hombres de ciencia habrían comprendido ya que, para que esta no se estanque, debe siempre de ser «creadora» ante los retos que enfrenta cada día, a cada hora, pero jamás en el sentido que le dan estos caballeros. Para cualquier corrección o derribo de los axiomas, las hipótesis planteadas deben comprobarse. No basta con articular deseos e implementar voluntarismos de todo tipo, como acostumbran estos seres. De no cumplirse con estos requisitos básicos para tener un criterio riguroso de «estudio» y «actualización», la ideología que se portará será un dogma, entendiéndose este como un planteamiento indiscutible que se acepta exclusivamente por actos de fe o traición. Por esta razón el revisionismo suele ser sinónimo de laxitud, ambigüedad y eclecticismo, dado que se abandonan las razones científicas, no existen límites para especular y decorar a gusto de uno la ideología que se sigue.
Por este motivo, si uno quiere ser consecuente a la hora de «revolucionar» cualquier doctrina o cualquier estructura partidista no puede eludir responsabilidades intelectuales, no puede darle la espalda a la historia ni jugar a dejar para otro día los análisis que hoy son más que urgentes. Esta actitud que venimos comentando, y que se niega a asumir tal responsabilidad, llega a extremos surrealistas, como querer reunir a figuras con un desempeño tan dispar como Marx y Proudhon, Engels y Bakunin, Lenin y Luxemburgo, Stalin y Trotski, o Hoxha y Mao. Y es que ponerlos a todos sobre la misma base alegando que «todos eran grandes revolucionarios» de los que «se pueden extraer cosas buenas y malas», es infantil, ridículo. Por supuesto, toda figura, famosa o no, está condicionada por unas limitaciones históricas que se manifiestan en su tiempo y que hicieron imposible que acertase en todo y haya previsto todo de forma impecable. Pero no se puede partir de medias verdades, de falacias como que «todos tuvieron errores» para acabar equiparando los presuntos fallos cometidos por los primeros con los de los segundos; ya que mientras en el primer bloque podemos hablar de equivocaciones −incluso algunas de ellas muy severas y no corregidas en vida−, en el segundo caso los tropiezos no fueron casuales ni esporádicos, sino continuos y sumamente graves, hasta el punto de violar de forma reiterada y con alevosía los fundamentos más elementales del socialismo científico. ¿Se entiende la enorme diferencia? En unos los errores fueron el accidente, en otros fueron la voz cantante de su actuar político.
Esto no quiere, decir, faltaría más, que el materialismo histórico abogue por una idolatría hacia sus «figuras inmaculadas», por un desapego hacia la investigación porque «todo está dado» o un reduccionismo de los fenómenos históricos para «ir tirando», y ni mucho menos pretende vulgarizar la exposición de sus sólidas conclusiones. En este sentido hay infinidad de autores marxistas que fueron muy explícitos respecto a estos problemas y peligros. Si hubo un pensador especialmente preocupado porque la doctrina de Marx y Engels no cayera en una dolorosa esclerosis a causa de la simple devoción y canonización de todo lo que dijesen ellos −por ser ellos−, ese fue sin duda Antonio Labriola, que fustigaba a todo aquel que operase así. ¿Por qué? Porque, en realidad, esto significaba que estos «marxistas» de pacotilla no habían comprendido lo más básico del espíritu y esencia que rodeó toda la actividad de estos dos representantes. ¿Qué contestó a los clichés, incomprensiones y obstáculos que encontró a su paso?
En primer lugar, aclaró que nadie en su sano juicio consideraría que todos los descubrimientos o méritos del materialismo histórico, generalmente condensados en su literatura referencial, son una colección de libros sapienciales acabados, que contienen todas las verdades de la humanidad de ayer, hoy y mañana:
«El socialismo no es ni una iglesia ni una secta a la que falta un dogma y una fórmula fija. (…) No hay expresión más insípida y más ridícula que llamar a «El Capital» (1867) la Biblia del socialismo. Por otra parte, la Biblia, que es un conjunto de libros religiosos y de obras teológicas, ha sido hecha por los siglos. Y de ser aquel una Biblia, ¡el socialismo solo no daría a los socialistas toda la ciencia! (…) Son los fragmentos de una ciencia y de una política que están en perpetuo devenir, y que otros −no digo que esto sea el trabajo de cualquiera− deben y pueden continuar. Luego, para comprenderlos completamente es necesario relacionarlos a la vida misma de sus autores; y en esta biografía está como el rasgo y el surco, y a veces el índice y el reflejo, de la génesis del socialismo moderno. (…) Aquellos que no siguen esta génesis buscarán en estos fragmentos lo que no se encuentra y lo que no debe encontrarse, por ejemplo: respuesta a todos los problemas que la ciencia histórica y la ciencia social pueden ofrecer en su desenvolvimiento y en su variedad empírica, o una solución sumaria de los problemas prácticos de todos los tiempos y de todos los lugares». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1897)
En segundo lugar, recomendó que para corregir o ampliar la gama de saberes positivos lo primero era tener un conocimiento riguroso de sus fuentes −responsabilidad que antaño se enfrentaba a colosales dificultades, pero que hoy día están más que superadas por los avances tecnológicos, la abundancia de traducciones y las grandes recopilaciones existentes−:
«Para que aquellos que en este primer comienzo deseen ocuparse de la doctrina en cuestión con pleno conocimiento de causa puedan hacerlo con la menor dificultad posible y en posesión de las fuentes, me parece que sería el deber del partido alemán darnos una edición completa y crítica de todos los escritos de Marx y de Engels; −espero una edición acompañada de prefacios explicativos, de referencias, de notas y de indicaciones−. Esto sería ya una obra tan meritoria como la de evitar a los viejos libreros la posibilidad de hacer especulaciones indecentes −de esto sé algunas cosas−. (…) Es así solamente que los escritores de otros países podrán tener a su disposición todas las fuentes que, conocidas en otras condiciones, por reproducciones dudosas o por vagos recuerdos, han producido este extraño fenómeno: que no había sobre marxismo, hasta hace poco tiempo, casi ningún trabajo en otra lengua que en alemán que fuera el resultado de una crítica documentada, sobre todo si salían de la pluma de escritores de otros partidos revolucionarios o de otras escuelas socialistas». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1897)
En tercer lugar, recordó que aun con la mayor difusión de los textos conocidos −tarea necesaria−, tal labor nunca es suficiente para despertar y poner en marcha a un movimiento que sea consciente de su situación y sus objetivos −a lo sumo sirve para prepararlo, para desperezarse−. Por tal motivo, este debe aprender a producir sus propias reflexiones para atender a los problemas particulares −que surgen en relación a un tiempo y espacio determinados−, algo en lo que por ejemplo los italianos iban muy a la zaga en comparación con sus homólogos europeos. Por todo esto y mucho más, los revolucionarios y sus agrupaciones deben buscar el tiempo y la manera de organizarse para trabajar, máxime teniendo en cuenta sus particularidades, ya que jamás van a contar con la protección y financiación de sus enemigos:
«Pensar es producir. Aprender es producir reproduciendo. (...) Hay, pues, dificultades más íntimas, de más grande alcance y de mayor peso. Aún si sucediera que los editores y libreros, hábiles y diligentes, se dieran por tarea propalar, no solamente en Francia, sino por todo país civilizado, las traducciones de todas las obras escritas sobre materialismo histórico, esto serviría solamente para estimular, pero no para formar y constituir en cada una de esas naciones las energías activas que producen y tienen despierta una corriente de pensamiento. Nosotros no sabemos bien y ciertamente qué es lo que somos nosotros mismos capaces de producir, pensando, trabajando, ensayando y experimentando, siempre en medio de las fuerzas que nos pertenecen como propias, sobre el terreno social y en el ángulo visual en el que nos hallamos. (...) En nuestras filas son muy raras las fuerzas intelectuales. (…) En el conjunto de lo que ha sido escrito en serio y correcto sobre este particular, no hay aún una teoría que haya salido del estado de primera formación. (...) Los socialistas, por las razones ya expuestas y por otras muchas aún, no han podido dedicar el tiempo, los cuidados y los estudios necesarios para que tal tendencia mental adquiera la amplitud de desenvolvimiento y la madurez de escuela, como la que alcanzan las disciplinas que, protegidas o al menos no combatidas por el mundo oficial, crecen y prosperan por la cooperación constante de numerosos colaboradores. ¿El diagnóstico del mal no es casi un consuelo?». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1897)
En cuarto lugar, advirtió al público −y recurriendo a Engels para ello− de la insuficiencia en cuanto a los esfuerzos teóricos del movimiento revolucionario, de que la doctrina, en comparación a otras de la época como el darwinismo, iba a la zaga en cuanto a «desarrollo intensivo y extensivo», a «la cantidad de materiales», a «la multiplicidad de los agregados con otros estudios», a las «diversas correcciones metódicas» y a la «interminable crítica que le ha sido hecha por partidarios y adversarios». En cambio:
«Es necesario tener en cuenta todavía una circunstancia grave. En todas partes de la Europa civilizada, los talentos −verdaderos o falsos− tienen muchas posibilidades de ser ocupados en los servicios del Estado y en lo que puede ofrecerles de ventajoso y prominente la burguesía, cuya muerte no está tan cercana, como creen algunos amables fabricantes de extravagantes profecías. No es necesario asombrarse si Engels [Prefacio al tercer volumen de «El Capital» (1894)] escribía: «Como en el siglo XVI, lo mismo en nuestra época tan agitada, no hay, en el dominio de los intereses públicos, teóricos puros más que del lado de la reacción». Estas palabras tan claras como graves bastan por sí solas para tapar la boca a los que gritan que toda inteligencia ha pasado a nuestro lado, y que la burguesía baja actualmente las armas». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1897)
En quinto lugar, ¿cuál era una de las diferencias decisivas entre el nuevo socialismo científico y el viejo socialismo utópico? Pues que en el socialismo científico ya no se estilan las discusiones bizarras entre sus miembros a partir de las meras preferencias y apetencias personales de cada uno, sino que, las cuestiones urgentes y los debates de interés deben emerger a partir de fórmulas bien estudiadas y extraídas directamente de la práctica viva, necesitando su debida justificación, máxime si eso implica movilizar al colectivo para solucionarlo. Esto no significa que estén descartado que el individuo o un grupo ahonde en sus fetiches personales y se dedique a ello, pero siempre dentro de un equilibrio, según las circunstancias y las demandas del momento, porque, como entenderá el lector, un individuo que solo se presta a sus apetencias personales no puede formar parte de ningún colectivo ni de ningún proceso transformador.
Respecto a esto, no cabe duda que mantenerse apartado de la palabrería estéril y el practicismo ciego es una virtud que muy pocos han logrado a lo largo de la historia. Pero, ¿con aspiración a qué se debate? No para satisfacer la vanidad personal o para cumplir con una «misión divina», sino para intentar que el movimiento emancipador supere las formas anquilosadas que sus miembros han detectado, o, en su defecto, para que se perfeccionen las que aún son válidas. A esto último, el italiano lo calificó como «divergencias útiles», porque estimulaban una competencia sana en pro de la mejora. Además, enfatizó el hecho de que el movimiento de cada país tiene que tener tareas que, por inercia de la época, muchas veces serán semejantes a las de sus vecinos, por lo que, en muchas cuestiones programáticas, los revolucionarios de los diferentes países tomaran poco a poco una «tendencia común». Todo esto cerraba el paso a la libre especulación −o mejor dicho lo acotaba notablemente−:
«Ante esta experiencia intuitiva de la política del socialismo, lo que es lo mismo decir de la política del proletariado, han caído las viejas divergencias de escuela, de las cuales algunas eran en verdad variedades y mescolanzas de vanidad literaria, para dar lugar a las divergencias útiles que nacen espontáneamente de las diferentes maneras por las que se tratan los problemas prácticos. (...) Significa que en adelante nadie puede ser socialista si no se pregunta a cada instante: ¿qué es necesario pensar, decir o hacer en interés del proletariado? Ya no hay más lugar para los «dialécticos», que en realidad son sofistas, como lo fue Proudhon, ni para los inventores de sistemas sociales subjetivos, ni para los fabricantes de revoluciones privadas. La indicación práctica de lo que es factible es dado por la condición del proletariado, y esta condición puede ser apreciada y medida precisamente porque está la medida del marxismo −hablo aquí de la cosa real y no del símbolo− como doctrina progresiva. (...) Mientras los contornos del socialismo como acción práctica se van precisando, todas las ideologías y todas las «poesías» antiguas se evaporan, no dejando tras de sí más que un simple recuerdo de palabrerías. (...) Como en materia de actividad intelectual no hay sugestión posible, y como el pensamiento no va mecánicamente de un cerebro a otro, los grandes sistemas no se expanden más que a consecuencia de la similitud de las condiciones sociales de que disponen, arrastrando consigo muchos espíritus al mismo tiempo. El materialismo histórico se expandirá, se precisará y tendrá también una historia. Según los países, será su «colorido» y modalidad diversas. Esto no acarreará ningún mal siempre que no se desvirtúe el núcleo filosófico, por así decir, que hay en el fondo». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1897)
En último lugar, estas palabras eran un claro ataque hacia las tendencias de escuelas como la «historicista» y similares. Estas, basándose en «condiciones concretas muy específicas» e «irrepetibles», aún mantienen hoy que determinados procesos no pueden ser englobados ni equiparados a ninguna otra experiencia y, por tanto, no son susceptibles de ser verificables, como si simplemente estos fenómenos históricos simplemente «sucediesen» y hay que «entenderlos a su manera». Huelga decir que, bajo tal nihilismo a cuestas, la cuestión de conocer las causas y evaluar las posibles equivocaciones son imposibles, lo que a su vez impide todo avance para implementar posibles correcciones:
«Todos esos trabajos tienen un fondo común, el materialismo histórico, entendido en el triple sentido: de tendencia filosófica, en la concepción general de la vida y del mundo; de crítica de la economía, que por su esencia no puede ser reducida a leyes sino en tanto representen una fase histórica determinada; y de interpretación política, sobre todo de la que es necesaria y sirve para la dirección del movimiento obrero hacia el socialismo. (...) Como esta doctrina es en sí la crítica, no puede ser continuada, aplicada y corregida si no lo es críticamente. (...) De ahí que este libro [«El capital» (1867)], que nunca es dogmático, precisamente porque es crítico, y crítico no en el sentido subjetivo de la palabra, sino porque presenta la crítica en su forma antitética y, por lo tanto, mostrando la contradicción de las cosas mismas, no se extravía jamás, ni aún en la descripción histórica, en el «historicismo vulgaris», cuyo secreto consiste en renunciar a la investigación de las leyes de los cambios y en pegar, sobre estos cambios simplemente enumerados y descritos, la etiqueta de procesos históricos, de desenvolvimiento y de evolución». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1897)
¿Por qué hay elementos vacilantes que adoptan el marxismo por bandera, por qué otros degeneran?
«Se proclaman discípulos de las teorías marxistas, pero tomando por auténtico el marxismo más o menos inventado por los adversarios. (...) El caso más paradójico de todo este equívoco es que los que van a las conclusiones fáciles, como sucede aún hoy con los nuevos llegados. (...) [Hay] un gran número de escritores, sobre todo entre los publicistas, haya tenido la tentación de extraer de las críticas de los adversarios, de las citas hechas por otros, o de las deducciones apresuradas, sacadas de ciertos pasajes o de recuerdos vagos, elementos que les permiten construir un marxismo de su cosecha y a su gusto. (...) Usted sabe bien que hoy por hoy el materialismo histórico es considerado en Francia, por algunos escritores que pertenecen al ala izquierda de los partidos revolucionarios, no como un producto del espíritu científico, sobre el que la ciencia tiene en verdad incontrastable derecho de crítica, sino como las tesis personales de dos escritores, que por grandes y notables que hayan sido, ¡no son nunca más que dos entre todos los otros jefes de escuela del socialismo, por ejemplo, entre los X del universo! (…) Las teorías de Marx y de Engels eran consideradas como opiniones de compañeros de lucha, y apreciados, por lo tanto, de acuerdo a los sentimientos de simpatía o antipatía que despertaran estos compañeros. (…) ¿Por qué siendo imperfecto el conocimiento y la elaboración del marxismo, tanta gente se ha preocupado en completarlo, ya con Spencer, ya con el positivismo en general, ya con Darwin, ya con no importa qué otro ingrediente, mostrando así que quieren, o bien italianizar, o bien afrancesar o bien rusificar el materialismo histórico? Es decir, mostrando que olvidan dos cosas: que esta doctrina lleva en sí misma las condiciones y los modos de su propia filosofía, y que ella es, en su origen como en su substancia, esencialmente internacional». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1897)
Entonces, ¿por qué hay elementos vacilantes que adoptan el marxismo por bandera, por qué otros degeneran? Los propios Marx y Engels comprendieron perfectamente las posibles motivaciones de estas maniobras dudosas, modismos y destinos variopintos: cuando una corriente de pensamiento y/o movimiento político cogen gran fuerza, −y pocas doctrinas y movimientos como el marxismo ha habido que hayan tenido tanto impacto en la historia, economía, política, y filosofía moderna−, es natural que a mucha gente le produzca una atracción casi irresistible.
El problema es que a veces, llevados por la euforia del momento, se pierde de vista que mucha gente lo asume profesando una ingenua y torpe comprensión, siendo más sentimentalismo, idolatría o conveniencia que otra cosa. Del mismo modo, siempre aparecen tarde o temprano todo tipo de demagogos que por practicismo intentan abanderar el proceso para concentrar en sí mismos la atención y el prestigio que se ha generado en torno a esta etiqueta. Otras personas, ciertamente, fueron en un momento determinado sus mejores valedores, pero pasados los años −por comodidad o derrotismo− dejaron de defender por más tiempo la «validez del marxismo», colaborando ahora en suprimir arbitrariamente sus valores y propósitos por todos los medios posibles. En todos estos supuestos anteriormente citados, los sujetos tienen que intervenir para poner orden y claridad so pena de perder a los elementos salvables para la causa −y puede que a riesgo de dejar extraviar también a la propia organización colectiva donde operan y el proceso histórico en el que participan, estén en el poder o aún no−.
Si este panorama desolador no fuese posible salvo en la imaginación de los más catastróficos, ¿por qué Kautsky se vio obligador a lanzarse a polemizar contra su amigo Bernstein cuando este, siendo ya reincidente, volvió a tratar de revisar el marxismo arbitrariamente? ¿Por qué unos cuantos años después Lenin acusó −con razón− a Kautsky o Plejánov de haberse convertido en lo que juró destruir? Dudar que estos episodios pueden producirse dentro o fuera de una estructura partidista es perderse en imágenes idílicas de «armonías entre compañeros» y tener fe en que el «triunfo de la causa» será un proceso totalmente lineal e indoloro; un mundo ideal de fantasías que jamás ha existido ni existirá. Negar que estos complejos conflictos pueden darse, y seguramente se darán −los intentos de destruir una ideología desde sus propias filas−, es enterrar la dialéctica y la lucha de contrarios, es ignorar lo que ha sido la propia historia del movimiento y sus otrora protagonistas. Compréndase por qué esto reafirma que, aunque la ideología sea recogida y moldeada por las personas, siempre tendrá una importancia superior a las vicisitudes temporales de unas cuantas personalidades de renombre, que lo mismo hoy pueden ser de lo más valiosas con sus aportaciones, que mañana pueden hundir el movimiento por un capricho repentino, amiguismos, arribismos, corruptelas o líos de faldas.
Para quien no lo crea, ahí están los ejemplos históricos de los «representantes del marxismo» a principios del siglo XX: los Guesde, Sorel, Lafargue, Vandervelde, Labriola, Turati, Pablo Iglesias Posse, Jaime Vera, Plejánov, Vera Zasúlich, Lenin, Mehring, Liebknecht, Bebel, Luxemburgo, Kautsky, Bernstein, Volmar, Schmidt, Adler y muchos otros. Efectivamente, en algún momento de la historia todos fueron, para bien o para mal, escritores, secretarios, oradores o sindicalistas de grandes responsabilidades, unos más conocidos y respetados, otros apenas conocidos pero muy importantes, algunos otros participaron por poco tiempo, aunque muy activamente.
Por tanto, todos −en mayor o menor medida− formaron parte de la difusión y organización del movimiento revolucionario después de Marx y Engels, en unos casos porque eran lo mejor que había y en otros porque no había nada mejor. La mayoría empezaron realizando labores de compilación y educación en un contexto muy determinado de atraso cultural y desconocimiento político en sus respectivas zonas −lo que sin duda les honraba−; los más valientes se lanzaron a la tarea de traer nuevas investigaciones de valor para la causa −y muchas veces lo lograron−; pero en otras ocasiones sus acciones sembraron un mal precedente −volviendo a nociones ya superadas−; y también los hubo, cómo no, que intentaron salir de las dudas y dificultades con un pragmatismo y eclecticismo repugnante −del cual ya nunca pudieron escapar−.
Hoy, como ayer, podemos evaluar cuales fueron las verdaderas luces y sombras de estos personajes clave, y hasta qué punto su creatividad se ceñía a la ortodoxia −que debe ser siempre un reflejo de la realidad−. Pero definir cada personaje −y cada acierto o error en cada tema concreto− es una tarea que solo se puede resolver a través del estudio pormenorizado de los posicionamientos y metodologías de los implicados. No vale exculparlos por las «circunstancias del momento» ni meter a todos en el mismo saco como parte de la «prehistoria» del marxismo para luego ser condescendientes con sus actuaciones −un vicio muy extendido entre quienes parecen que necesitan referentes pulcros de toda equivocación−. Aunque hoy sepamos que en muchos casos estas figuras acabaron degenerando, y que solo en muy pocas excepciones acabaron manteniéndose firmes ante la adversidad −e incluimos aquí, la terrible tesitura que supone enfrentarse a la traición manifiesta de tus mentores y compañeros−, este análisis no sería justo.
Como dijo Antonio Labriola en una de sus cartas de «Filosofía y socialismo» (1897): «La tradición es la que nos ata a la historia», es decir, aquella es la que nos sirve de espejo para calibrar si estamos mejor o peor que ayer, la que nos hace conscientes no solo de los avances alcanzados hasta ahora, sino también la que nos sirve para ver «qué es lo que nos sujeta a las condiciones penosamente adquiridas», por eso jamás podemos dejar que sea un lastre para superarnos, ni mucho menos hemos de caer en un «objeto de culto» y «veneración estúpida» hacia ella. El problema es que este trabajo −deber más bien− de verificación ha sido abandonado o postergado «ad infinitum» por los «marxistas» de pacotilla, quienes creen que pueden encarar el futuro y sus retos sin analizar y comprender las lecciones del pasado, o peor, proponiendo como «evaluación histórica» sus filias y fobias personales.
Efectivamente, la teoría científica necesita de un factor humano que la tramite y actualice
Lejos de lo que nos acusó el señor Akira, un «reconstitucionalista» furibundo, nosotros no concebimos la teoría marxista como una «una luminaria que está ahí», es pura por sí misma, y si uno quiere ser revolucionario «sólo tiene que abanderarla». (Akira; Twitter, 7 de mayo de 2021)
¿Por qué no? Porque no es eterna. Por la sencilla razón de que toda doctrina, sea verdadera o no, se enfrenta cada día a nuevas tesituras en cada hora y lugar. Por lo que, de no actualizarse debidamente, queda a la zaga de sus necesidades. ¿Se logra siempre llevar a cabo debidamente esta actualización? No, ojalá fuese tan sencilla. Esta, entre otros condicionantes, es una de las razones por las que muchas veces el movimiento revolucionario más avanzado ha hecho un acopio de una guía teórica como arma y brújula, pero no le ha sido suficiente para triunfar en sus propósitos. ¿Por qué? Por el estado en que ha recogido la doctrina, sin reflexionar ni verificar, por emplearla mecánicamente y haber dedicado poco trabajo a adaptarla y revigorizarla a sus circunstancias concretas. ¿Consecuencias? De este modo, solo pudo satisfacer una parte de las necesidades de las tareas de su tiempo, pero no todos sus anhelos y necesidades.
Un ejemplo explicativo de esto, que nos vendría como anillo al dedo, sería el caso del viejo Partido Comunista de España (marxista-leninista), el cual retomó parte de los axiomas abandonados por el Partido Comunista de España (PCE) y se dedicó a sacar en claro algunas conclusiones importantes sobre el peligro del revisionismo moderno. Por desgracia, esto no le impidió conciliar inicialmente con todo tipo de expresiones políticas que de alguna manera u otra eran la expresión de un tercermundismo ideológico −castrismo, guevarismo y maoísmo−, en aquel entonces muy de moda entre las nuevas organizaciones antijruschovistas. Poco más tarde, cuando el PCE (m-l) intentó deshacerse de estas desviaciones limitantes, resultó que su dirección política tampoco tuvo la capacidad de atender a los cambios y evidencias de su tiempo, por lo que también acabó proclamando dogmas metafísicos como aquel que afirmaba que: «La burguesía no puede abandonar el fascismo como método de gobierno», pese a que la historia dictaminara varios ejemplos de lo contrario. Véase la obra de Bitácora (M-L): «Ensayo sobre el auge y caída del Partido Comunista de España (marxista-leninista)» (2020).
La historia no utiliza a los hombres para cumplir su designio, sino que los hombres hacen la historia, y esta no es otra cosa que el hombre persiguiendo sus objetivos. Llegados a cierto punto, para poder cumplir tales propósitos el hombre necesita guiarse, y ahí aparece la teoría, que no es otra cosa que el recoger los frutos de su actividad −la práctica−, de la experiencia acumulada. La teoría, obviamente, necesita de un factor humano que la «tramite» y «actualice» para los suyos, de nuevo: no basta con que los hechos se den y su transcendencia aparezca ante nosotros instigándonos a que nos fijemos en ellos por su evidente importancia. Dicho de otra manera: la historia no va a descender y darnos sus conclusiones, debemos sacarlas nosotros. Pero yendo a lo importante, ¿acaso los cambios importantes siempre han sido tan «evidentes» para el hombre? No. Y mejor aún, ¿ha estado el hombre en posesión de sacar las pertinentes conclusiones una vez se da cuenta de cómo va mutando el mundo a su alrededor? A veces tampoco, dado que su tiempo es limitado, sus técnicas son rudimentarias, o sus conocimientos son aún tan unilaterales que no hacen posible que esta tarea pueda ser resuelta correctamente.
En resumen, claro que la «teoría revolucionaria» existe, pero existe como generalización de las experiencias de los seres humanos, en tanto que es social, en un espacio y un tiempo dado, por eso va cambiando históricamente, por eso solo es progresista aquella teoría que apunta hacia la superación de las circunstancias presentes a partir de las bases reales de la experiencia. No es ni puede ser ningún ente autónomo, separado de la propia esencia humana. Desde luego si el planeta fuese arrasado y junto a él la vida humana, no habría quien se adhiriera a tal o cual doctrina, ni asistiríamos a una pugna en el campo político o filosófico por clarificar quién se acerca a la verdad objetiva y quién es un charlatán del tres al cuarto con ínfulas de sabio.
Quizás como consecuencia del gris engranaje de la sociedad capitalista y todos sus métodos de alienación, no son pocos los que mantienen por costumbre un carácter derrotista, creyendo que entre tanta confusión siempre resultará casi «imposible» distinguir entre ideología revolucionaria y contrarrevolucionaria. Por eso, entre reflexión improductiva y sollozos estériles, acostumbramos a encontrarlos identificando con demasiada regularidad a nuestros referentes con los del enemigo, confundiendo la bancarrota del revisionismo con «la bancarrota del marxismo-leninismo». Por ello, no es extraño que acaben abrazándose a sus enemigos para «superar el marxismo y sus limitaciones», como le ocurría al señor Althusser:
«No existe un «modelo único» para el socialismo. Se trata de una comprobación y no de una respuesta a la pregunta de las masas. En realidad, ya no se puede pensar la situación actual contentándose con decir que «hay diversas vías hacia el socialismo». Pues en últimas, es imposible evadir este interrogante: ¿quién garantiza que «el socialismo de las otras vías» no conduzca al mismo resultado? Una circunstancia particular hace todavía más grave la crisis que vivimos». (Louis Althusser; Dos o tres palabras −brutales− sobre Marx y Lenin, 1977)
¿Qué hacer con estos especímenes? Estos seres tienen mucho trabajo que hacer, pues antes de ponerse a «reconstituir» nada, deberían empezar por construir algo en el inmenso vacío de sus cabezas huecas. No podemos hacernos cargo del estadio retardatario del pensamiento que arrastran unos, ni comulgar con el franco pesimismo de otros. Solo podemos recordarles lo obvio −lo que se presupone que deberían saber como «reconstituyentes» que dicen ser de la ideología−: que el marxismo-leninismo no equivale al revisionismo, como la ciencia no equivale a la religión, ¡y puede que ni aun así lográsemos nada! Pero quién sabe, ¡quizás algún día cederán a la tozuda realidad!
Todo lo dicho hasta aquí, no excusa la clásica frase «la historia está por construirse» que los historiadores mediocres −y también brillantes− tienden a repetir una y otra vez hasta la extenuación para disculpar su pobre rendimiento. Esta tautología debe de ser superada porque es una obviedad tal como soltar «la materia está en movimiento», y muchas veces este tipo de declaraciones solo esconden la debilidad metodológica y los miedos de aquel que le teme a equivocarse y al escarnio público. La ciencia histórica puede y debe sistematizar sus conocimientos siendo rigurosa, siendo consciente de sus limitaciones y del papel que cumple cada sujeto en un proceso tan amplio de procesamiento y refinación del conocimiento:
«[Nuestra actividad] No es más que una pequeña cosa en el engranaje complicado de los mecanismos sociales, por lo que debemos llegar a esta convicción: que las resoluciones y los esfuerzos subjetivos de cada uno de nosotros chocan casi siempre con la resistencia de la red enmarañada de la vida, de suerte que, o bien no dejan ningún rastro de su paso, o bien dejan uno muy diferente del fin originario, porque éste es alterado y transformado por las condiciones concomitantes; mas, debemos reconocer la verdad de esta fórmula: que nosotros somos vividos por la historia, y que nuestra contribución personal a ella, bien que indispensable, es siempre un hato minúsculo en el entrecruzamiento de las fuerzas que se combinan, se completan y se destruyen recíprocamente; no obstante, ¡todas estas maneras de ver son verdaderamente inoportunas para todos aquellos que tienen necesidad de confinar el universo entero al campo de su visión individual!». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1897)
Esto, la imperiosa necesidad de sistematizar los conocimientos, no solo fue comprendido a la perfección por autores marxistas como Labriola, sino que fue una máxima de cualquiera de los discípulos de Marx y Engels. En su momento, Joseph Dietzgen, otro alumno aventajado de la pareja, también insistió una y otra vez sobre este aspecto en su famosa obra: «La esencia del trabajo intelectual del hombre» (1869), llegando a afirmar que: «La forma absolutamente relativa y fugaz del mundo de los sentidos sirve a nuestra actividad cerebral como material destinado a ser sistematizado, ordenado o reglamentado por nuestra conciencia, por abstracción, según el criterio de lo idéntico o de lo general». A lo que añadiría muy correctamente: «La ciencia no se propone otra cosa que ordenar y sistematizar para nuestro cerebro los objetos del mundo». De hecho, por si a alguien le quedan dudas, en su «Carta a Karl Marx» (7 de noviembre de 1867), le dijo a su admirado mentor: «Mi objeto fue desde muy tempranamente una filosofía sistemática; Ludwig Feuerbach me mostró el camino a tal efecto». Ante lo cual comentaría también en su «Carta a Karl Marx» (20 de mayo de 1868): «En mis horas libres me ocupo ahora con la exposición de que el conocimiento del intelecto humano, el conocimiento y el pensamiento en general consisten en desarrollar a partir del dato sensible, de lo particular, lo general; que esta ciencia contiene el manantial de la concepción sistemática del universo buscada en vano desde hace tanto tiempo por la filosofía especulativa». Por ende, queda claro que no hay nada más ridículo o sospechoso que un pretendido «marxista» con alergia a los intentos de sistematización.
¿Cómo los «reconstitucionalistas» derriban la «ortodoxia marxista-leninista» para introducir su «heterodoxia»?
Lo visto hasta aquí es muy diferente, y no tiene que ver, con las barrabasadas a las que llegaron los «reconstitucionalistas», quienes resulta que un buen día de 2005 llegaron directamente a la conclusión de que en el marxismo-leninismo no existe una «ortodoxia» como tal para orientar la línea política del movimiento revolucionario:
«Tras el fracaso del Ciclo de Octubre no ha quedado en pie nada que pueda servir de base teórica a la formulación de una línea política revolucionaria acabada de inmediata aplicación. (…) No existe ortodoxia posible cuando la doctrina debe ser reconstituida». (Partido Comunista Revolucionario (Estado Español); La Forja; Nº32, 2005)
¡Esto sin duda constituye el mayor hito de la «Línea de Reconstitución» (LR) dentro de su competición por entrar de cabeza en los anales de la majadería! ¿Y qué deducen de tal conclusión revelada por sus sabios? Que lamentablemente, hoy por hoy, no podemos identificar una «ortodoxia»; por tanto, no hemos logrado condensar aún una guía con suficientes garantías como para poder iluminar nuestra actividad con paso seguro. ¡Vaya! Sí, aunque el lector se quede perplejo, al parecer este es el «gran servicio» de la LR tras casi tres décadas de existencia... ¡introducirnos en la ciénaga del relativismo para luego intentar que caminemos sobre las arenas movedizas del eclecticismo! Y, bajo tales preceptos, ¿quién se negaría a seguirles en esta aventura de la «incógnita perpetua»? Al parecer, estamos condenados a vagar sin rumbo, al menos hasta que nuestros eruditos «reconstitucionalistas» vengan a revelarnos las tablas de los «diez mandamientos» de la LR y nos obliguen a renegar de «adorar» a ese «becerro de oro» llamado marxismo-leninismo.
En sus publicaciones precedentes, los «reconstitucionalistas» ya nos hablaban de la impotencia del «marxismo para transformar el mundo» (sic):
«Lo que está en el origen de la crisis del marxismo no es su incapacidad para conocer el mundo, sino el grado de impotencia, debido al desgaste sufrido durante el desarrollo del Ciclo revolucionario, a que se ha visto reducido para transformarlo». (Movimiento Anti-Imperialista; Alrededor de la ciencia y la praxis revolucionaria, 2013)
En las publicaciones contemporáneos, sus sucesores no han cambiado el tono, solo que han añadido ciertos matices para atacar a sus competidores dentro de la LR:
«No es posible hablar de alternativa política cuando hay clarísimas y necesarias tareas ideológicas que abordar previamente, debates que no pueden eludirse, y un paradigma teórico heredado de más de 150 años de historia de comunismo que es totalmente inoperativo para relanzar la Revolución hoy». (Adelante; Por dónde (no) empezar la construcción de un movimiento revolucionario, 2024)
Para hablarnos de «la caducidad del marxismo» los «reconstitucionalistas» siempre traen a colación, cómo no, los fracasos de las experiencias del «Ciclo de Octubre», abierto en 1917. Inexplicablemente, miran a los «vulgares marxistas» por encima del hombro, como si ellos hubieran inaugurado un «nuevo ciclo» coronado con aportaciones teóricas de interés, constataciones prácticas irrefutables, épicas victorias políticas y una amplia influencia fruto de todo lo anterior. Pero resulta que, por el momento, no hay rastro de todo esto, como algunas voces ya han reconocido directa o indirectamente:
«@CamaradaLuca: Que la Línea de Reconstitución está en crisis desde hace ya tiempo es algo que no pillará por sorpresa a los comunistas que, por amigos o enemigos, prestan atención a su evolución y a sus conquistas». (Twitter/X; Luca., 20 jul. 2024)
En efecto, si el marxismo-leninismo está «anticuado», si no ha resistido la prueba del tiempo porque ha sufrido severos «fracasos», ¿qué abríamos de decir entonces sobre el movimiento «reconstitucionalista»?
Esto cobra mayores cuotas humorísticas cuando su última escisión, «Adelante» nos reconoció que tras más de 30 años la LR no ha podido llevar a cabo el gran «balance». Desde luego, queda claro que no han llevado a cabo ni un «balance externo» porque −pese a toda la documentación y testimonios liberados− siguen con los mismos referentes como Lukács Mao, Mariátegui o Gonzalo, ni tampoco un «balance interno» de sus falsos pronósticos y múltiples tropiezos:
«La contradicción resultaba evidente, al tiempo que propugnábamos −justamente− la necesidad del Balance del Ciclo de Octubre como tarea fundamental en la preparación del nuevo ciclo revolucionario, estábamos dejando a un lado el necesario balance de nuestra propia trayectoria, aquel que nos habría servido para comprender los problemas que arrastrábamos». (Adelante; Nº1, 2025)
Imagine el lector, ¡los adalides del antipositivismo olvidaron durante años el papel del observador en el proceso! ¿Y qué hacer ahora? No os asustéis, el nuevo comité de sabios tendrá que reunirse para dirimir sobre cuestiones como «¿qué partido necesitamos hoy en día para relanzar la revolución?» o «¿es necesario actualizar la teoría del imperialismo que hemos heredado del siglo pasado?», siendo estos «dos ejes tácticos que la vanguardia debe abordar de manera inmediata para seguir avanzando en el plan de reconstitución». (Adelante; Nº1, 2025). Seguramente, una vez hecho el nuevo «balance» −en el 2050−, se reevaluará los extenuantes planes de formación y se podrá dar a su militancia más de lo mismo, pero bajo otro barniz disimulado. ¡Gracias por nada! Años o décadas después vendrán con que el «balance no fue suficientemente completo» y vuelta a empezar.
Si la flamante «Línea de Reconstitución», fundada en 1994, se hundió estrepitosamente en 2006 sin haber cogido impulso ni cumplir ninguno de sus ambiciosos objetivos, en 2016 volvió a reagruparse y de inmediato sufrió una primera escisión, algo que en lo sucesivo se coronó con otras tantas −como la que asistimos reciente en 2025 con «Adelante»−. Entonces, ¿en qué lugar les deja a cualquier de estos grupos «reconstitucionalistas» que tanto parlotean de la «crisis del marxismo-leninismo» pero no tienen ni la mitad de solidez ni transcendencia para competirle? Los elementos más fanáticos, totalmente ofendidos nos contestarán: «¡Pero no seáis mezquinos, ahora hemos logrado reagruparnos definitivamente!». ¡Ya! ¡Por supuesto! Han resurgido como el Ave Fénix, estamos asistiendo a la segunda, tercera o cuarta era del movimiento de la «reconstitución» −¡sintámonos afortunados!−, pero sus protagonistas no deben haber aprendido mucho, ya que en lo fundamental no han superado la misma barrera de la primera etapa.
Si bien esto ya les pasó con «La Forja» en los años 90, en la actualidad siguen sin ser capaces de sostener siquiera sus proyectos más modestos. Su revista política, «Línea Proletaria», apenas logra salir adelante con una periodicidad cercana a una publicación anual −cuando lo hace−, y con frecuencia recurre a textos de terceros −como Ludo Martens, Bob Avakian y otros− cuyo contenido resulta en ocasiones contradictorio entre sí, en un intento evidente de suplir la escasez de elaboración propia. En cuanto a temáticas no salen de sota, caballo y rey, siempre a la zaga de las evidencias, sosteniendo mitos ya superados, incluso reintroduciendo historiografía trotskista y anarquista.
Lo mismo con su escisión «Adelante», donde repiten lo mismo proclamado ya mil veces por los clásicos del revisionismo maoísta. En pleno 2025 insisten a su parroquia con que «la vanguardia debe conocer la experiencia del Partido Comunista del Perú» por «disputar de tú a tú el poder político al Estado peruano a partir un proceso de reconstitución de más de una década, en la cual se enfatizó el aspecto subjetivo de la revolución y la lucha de dos líneas», a lo que puede añadirse una fobia por los sindicatos y las elecciones, así como llamar positivismo a cualquier cosa. (Adelante; Nº1, 2025). Es decir, vienen a asegurarnos que las certezas de Lenin −modelo de partido o teoría del imperialismo− no son tal, en cambio, el camino son las conclusiones del Pensamiento Gonzalo. ¡Genial! Estamos seguros que en esto tendrán mucho que debatir y consensuar con el Movimiento Socialista y otros.
Esta realidad totalmente alternada no les impide proclamar que la todopoderosísima «LR ha demostrado» −que por supuesto solo ellos representan− y «ha sido capaz de responder a los interrogantes que la revolución hoy tenía encima de la mesa e ir organizando de manera paulatina un incipiente movimiento de vanguardia». ¡Por supuesto, muchachos! ¡A la vista está!
Pero, ¿dónde está su presunta autoridad para vanagloriarse de esto y aquello si no cumplen ni una mínima producción regular y original en sus órganos de expresión? ¿Cómo van a darnos sermones sobre la necesidad de preparar una GPP si toman referencias que dependían de ayuda externa o ni siquiera tomaron el poder? ¿Por qué proclaman la no vitalidad de otros grupos o doctrinas si ellos mismos no se ponen de acuerdo, cada poco sufren una escisión nueva y no han logrado consolidarse como partido? Y más importante incluso, ¿cómo van a pretender los redactores de «Adelante» que nos tomemos en serio que ellos van a «separar el grano de la paja» si aún siguen en pañales, recurriendo directa o indirectamente en sus artículos a Mao, Mariátegui, Korsch, Lukács o Gonzalo, como autores de referencia, exactamente como hacen su contraparte de la que se escindieron −«Línea Proletaria»−?
No sabemos si los libros de historia hablarán mañana de un «nuevo ciclo» revolucionario; pero si así es, desde luego será por otras razones de índole cronológica, política y demás. Llamadnos escépticos, pero no tenemos mucha confianza en que este «nuevo ciclo» se abra ante nosotros gracias a las «cruciales aportaciones» de los «reconstitucionalistas», cuya carta de presentación ha sido recuperar los trapos de la vieja filosofía idealista −como ese bochorno de la «filosofía de la «autoconciencia», el cual promete superar la «gnoseológica marxista» de «corte burgués» (La Forja, Nº33, 2005), a base de impresiones subjetivistas, como veremos en los siguientes capítulos−.
¿Cómo los «reconstitucionalistas» manipulan el concepto de «vanguardia»?
En su artículo: «Alrededor de la ciencia y la praxis revolucionaria» (2013), después de separar mecánicamente la «vanguardia teórica» y la «vanguardia práctica», los miembros del MAI llegaban a otra serie de conclusiones confusas:
«La vanguardia teórica, esto es, aquellos sectores que cuestionan el capitalismo y que buscan una salida a su crisis histórica, y que se plantean los requisitos e implicaciones de esta salida. Es este sector el que elabora las ideas y concepciones que alimentan los movimientos de masas. Este campo lo compone el revisionismo, así como toda una serie de teorías pequeñoburguesas que van del anarquismo al neoizquierdismo, pasando por todo el espectro de teorías posmodernas radicales. (...) La vanguardia práctica, que es, justamente, el sector más avanzado de las masas; los que, aún sin plantearse el cambio global del sistema, más consecuentes son en la lucha de resistencia de las masas, más críticos se muestran con los mecanismos institucionales de resolución de conflictos, y cuya honestidad hace que sean los dirigentes naturales de las grandes masas, en quienes éstas depositan su confianza». (Movimiento Anti-Imperialista; Alrededor de la ciencia y la praxis revolucionaria, 2013)
Absolutamente ridículo. Es decir, si se lleva esta consideración populista y pragmática hasta sus últimas consecuencias, se podría considerar lo siguiente: tanto los jefes de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) de los años 30, como los cabecillas del Partido Comunista de España (PCE) en los años 60, habrían sido por aquellos entonces la verdadera «vanguardia teórica» y la «vanguardia práctica» del mundo comunista, ¿la razón? Ya lo han leído: sus «ideas y concepciones alimentaban los movimientos de masas», mientras a su vez eran «los que, aún sin plantearse el cambio global del sistema», podían ser los «más consecuentes en la lucha de resistencia de las masas», los que «más críticos se muestran con los mecanismos institucionales de resolución de conflictos».
En verdad, la idea «reconstitucionalista» de la «vanguardia teórica» y la «vanguardia práctica» hace aguas por sí misma, ya que como reconocen en ciertas ocasiones no hay consenso entre esos supuestos destacamentos de vanguardia:
«Este Balance no puede ser resultado exclusivo de la elaboración de un único destacamento de vanguardia, exponiendo al final de su trabajo interno los resultados ideológicos obtenidos y tomándolos por concluidos». (Adelante; Nº0, 2024)
Esto se resumió en la cómica expresión del «reconstitucionalista» Dietzgen, de que él, tras darnos el sermón, no se pronunciaba definitivamente sobre nada:
«@_Dietzgen: Yo no afirmo nada categóricamente. Será la lucha de clases teóricas, la lucha de dos líneas, la que demuestre a los marxistas». (Comunista; Twitter, 16 de junio de 2020)
¡Como si la verdad se obtuviese porque un grupo de guardias rojos ganen en la «lucha de dos líneas» a otra fracción o por número de papeletas en una votación! Este es el nivel en la teoría del conocimiento maoísta. Proclamar que no hay certezas de nada importante; que la interminable lucha fraccional −que según Mao durará más de 10.000 años− proclamará «X» como cierto, pero puede que al rato venga otro grupo intrigante y proclame ahora «Y» lo es. Es decir, tanto clamar contra el positivismo desde la LR para acabar en que lo real es el oficialismo del momento o lo que el comité de sabios decida.
Más recientemente, en 2025, una de las tantas escisiones del mundo «reconstitucionalista» anunció un secreto a voces:
«Es fácilmente apreciable que esta necesidad de investigar en las experiencias revolucionarias pasadas del proletariado, no es interpretada de la misma manera por los distintos sectores de la Vanguardia Teórica (VT). En algunos casos, se trata de una desfiguración de los elementos de la tarea de Balance del Ciclo propuesta por la LR que termina por desvirtuarla; en otros casos, se trata de una propuesta totalmente distinta, tanto en objetivos como en el objeto materia de análisis, la cual discierne totalmente de aquella». (Adelante; Nº1, 2025)
Entiéndase que si hay una graduación tan amplia entre la supuesta «vanguardia» hasta el punto que «desvirtúan» las tareas del momento y en otros «destacamentos» de la misma directamente «se trata de una propuesta totalmente distinta»; esto significa simple y llanamente que no todos esos grupos o personas son vanguardia, fin. Por ende, aquí la actuación de los «reconstitucionalistas» con el dichoso término «vanguardia» es muy claro: a) o bien se dejan deslumbrar por los conocimientos y triunfos parciales del resto de competidores; b) o bien ofrecen hipócritamente ese epíteto para agasajar a la misma gente con la que compiten y quieren absorber −justo como hoy Adelante está haciendo con el MS−. Esta última es una táctica de engatusamiento que ya Raúl Marco, jefe del PCE (m-l) utilizó para acercarse al PCPE en los 80 y 00, algo que esgrimió así en sus memorias «Ráfagas y retazos de la historia del PCE (m-l) y el FRAP» (2018) al afirmar: «Ningún partido puede pretender seriamente tener todas las verdades, la verdad absoluta. Esa actitud conlleva un empecinamiento nefasto y hasta reaccionario».
Si tomamos al marxismo-leninismo como una ciencia −algo que como veremos los «reconstitucionalistas» cuestionan con frecuencia−, la famosa idea de que: «Ningún partido puede pretender seriamente tener todas las verdades, la verdad absoluta», no hace sino reafirmar una postura relativista en la comprensión del mundo, especialmente en las cuestiones fundamentales. Esta idea implica, de manera indirecta, la ingenua noción de que los distintos grupos revisionistas contemporáneos podrían estar en posesión de la verdad objetiva, al menos en «algunos aspectos». Tal planteamiento resulta insostenible. No solo porque el revisionismo de estas organizaciones se fundamenta precisamente en la distorsión o carencia respecto a la concepción marxista del conocimiento, sino también porque, en los pocos casos en que sus direcciones logran formular correctamente alguna cuestión, suelen hacerlo sin una comprensión profunda, movidos por el seguidismo a los clásicos, por el entorno ideológico dominante o por simples modas, cuando no por puro azar. Por tanto, esto no es para nada suficiente para reclamar o asumir un papel de vanguardia, dado que carecen de una comprensión global y coherente de los fenómenos que pretenden analizar. Aún más cuestionable resulta atribuir a estos grupos una supuesta «comprensión del marxismo» si tenemos en cuenta el bajo nivel formativo que, por lo general, presentan: planes de estudio arcaicos y mecanicistas, posicionamientos determinados por tendencias dominantes dentro del propio revisionismo y una evidente falta de esfuerzo por investigar y fundamentar sus propias conclusiones. En no pocas ocasiones, incluso, generan nuevas teorías cada vez más inconsistentes y alejadas del rigor. Se entiende entonces, que:
«La dialéctica materialista de Marx y Engels comprende ciertamente el relativismo, pero no se reduce a él, es decir, reconoce la relatividad de todos nuestros conocimientos, no en el sentido de la negación de la verdad objetiva, sino en el sentido de la condicionalidad histórica de los límites de la aproximación de nuestros conocimientos a esta verdad. (...) En realidad, el único planteamiento teóricamente justo de la cuestión del relativismo es el hecho por la dialéctica materialista de Marx y de Engels, y el desconocer ésta conducirá indefectiblemente del relativismo al idealismo filosófico». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1908)
Evidentemente, nadie puede conocer todo en todo momento, pero esta afirmación es una verdad a medias, porque el desconocimiento parcial de una agrupación o persona no significa que la que está enfrente sí tenga las respuestas o mejores soluciones, ni que a nivel macro tenga mejor rendimiento. Los bolcheviques pudieron tener un saber y destreza no del todo correcto, con todo, en cuestiones como la educativa, filosófica, militar o nacional demostraron más conocimiento y más audacia a la hora de resolver las tareas de su tiempo respecto a sus homólogos. Evidentemente, el revisionismo, más allá de arrebatos personales y ego de algunos individuos, es consciente y a veces reconoce en público y sobre todo en privado su debilidad en materia −sea en cuestión histórica, organizativa, económica o artística−. Ahora bien, nunca puede proclamar esto muy alto ni muy seguido, porque si ofrece un producto tan mediocre y similar al de sus vecinos, esto puede impulsar la deserción de sus filas y el cierre del negocio. Por tanto, la táctica que siempre consideran el mal menor es autoadularse públicamente para generar confianza en su proyecto, pero, cuando detectan un potencial grupo aliado que puede ser absorbido en un futuro cercano, rápidamente empiezan a aplaudir de forma exagerada cualquier mínimo acto suyo como un gran avance hacia sus propias posiciones, brindándole la mano y ofreciéndoles seguir acercando posturas, todo, a fin de que tarde o temprano se rindan y reintegren sin hacer demasiadas preguntas ni poner demasiados peros.
Esto se observa bien en el posicionamiento «reconstitucionalista» respecto a la creación de otra organización, Movimiento Socialista (MS), a la cual también calificó como «vanguardia» (sic), pese a provenir de los desperdicios de la de la «izquierda abertzale», el feminismo y el tercermundismo, valga la redundancia, −y con lo que eso implica a nivel de conceptos y vicios a cuestas−:
«Sin duda, lo más destacado del surgimiento del MS ha sido la difusión de proclamas revolucionarias, incluso con ciertos elementos de profundidad y coherencia, a una escala no vista en décadas dentro de la política radical. Desde el punto de vista de la vanguardia marxista-leninista, lo más relevante es que la incorporación de nuestras tesis dentro del MS ha llevado a extender el debate sobre las formas de organizar la Revolución, planteando esta pregunta clave a sectores muy amplios de la juventud radical. Así, en un corto periodo de tiempo, el MS ha logrado conformar una red en la que convergen, a una escala considerable, tanto núcleos de vanguardia teórica interesados en el marxismo como cosmovisión y en la rearticulación práctica del comunismo». (Adelante; Nº0, 2024)
Compárese esto con el concepto de vanguardia que majearon siempre los marxista-leninistas:
«El Partido tiene que estar pertrechado con una teoría revolucionaria, con el conocimiento de las leyes del movimiento, con el conocimiento de las leyes de la revolución. De otra manera, no puede dirigir la lucha del proletariado, no puede llevar al proletariado tras de sí. El Partido no puede ser un verdadero partido si se limita simplemente a registrar lo que siente y piensa la masa de la clase obrera, si se arrastra a la zaga del movimiento espontáneo de ésta, si no sabe vencer la inercia y la indiferencia política del movimiento espontáneo, si no sabe situarse por encima de los intereses momentáneos del proletariado». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Fundamentos del leninismo, 1924)
¿Qué tiene que ver este concepto de vanguardia con una idea vaga de varios círculos o partidos que elaboran acuerdos para repartirse los puestos de poder bajo una ideología mínima que sea consensuada por la mayoría para cooperar sin protestas? ¿Qué tiene que ver esto con la idea maoísta de la «línea de masas» donde justificándolo todo en base al ensayo y error −y dependiendo de la fracción al mando− proclaman una línea para a continuación proclamar la contraria? No nos extenderemos más ya que esto se correlaciona con el concepto maoísta heredado por los «reconstitucionalistas» sobre cómo articular la organización con la famosa «línea de masas» de carácter totalmente espontaneísta y populista. Véase el capítulo de Bitácora (M-L): «El culto a la organización y el practicismo tampoco son la panacea para solucionar las insuficiencias» (2022).
¿De verdad alguien puede tomar a Althusser como un representante de la «ortodoxia marxista»?
Entiéndase que esta forma de pensar de los «reconstitucionalistas» se vuelve aún más insostenible, sobre todo, cuando se tienen las pretensiones de lanzar a los cuatro vientos la conclusión fatalista de que: «¡No existe ortodoxia!» −lo cual siempre oculta que en verdad al sujeto no le gusta la «ortodoxia» que tiene delante, y le gustaría remplazarla con un poco de esto y otro poco de aquello−; pero a la vez intentan convencernos de que la «ortodoxia marxista» existe pero es igualmente «falsa, porque en sus planteamientos es indistinguible del revisionismo».
Párrafos como el que sigue son un ejemplo perfecto de la distorsión de la realidad a la que tienen que recurrir para sostener su cuento:
«[Althusser] recoge una larga tradición ortodoxa del marxismo, que es la de la comprensión cientifista-positivista. (…) Enlaza a su vez con las modas académicas de la Francia del momento, marcadas por el auge del estructuralismo. (…) Al mismo tiempo, permanecía encuadrado en la corriente prosoviética mayoritaria del [Movimiento Comunista Internacional] MCI, no abandonando el [Partido Comunista Francés] PCF, y, aún como «enfant terrible», asumiendo la mayoría de sus posiciones. Todo este posicionamiento ambiguo, en la intersección de varias corrientes ideológicas y políticas, es lo que le catapultó a ser durante un cierto tiempo el filósofo de moda del marxismo, seguido a la vez por corrientes enfrentadas entre sí. (…) En definitiva, el Althusser militante comunista de los 60 y 70 del siglo pasado sólo representa el último intento ortodoxo −en el sentido señalado de imbricación en la corriente positivista dominante en el marxismo desde la II Internacional− de rescatar el marxismo de su crisis. (…) El francés no era más que la última y más estirada expresión, quedó en bancarrota con los estertores del Ciclo de Octubre. (…) El rígido objetivismo althusseriano mutó, de modo lógico y necesario, en su perfecto opuesto: un subjetivismo desenfrenado, pues no otra cosa es ese materialismo aleatorio que el francés enarboló en sus últimos años. (…) Se adaptó perfectamente a los nuevos tiempos intelectuales de la posmodernidad». (Movimiento Anti-Imperialista; Alrededor de la ciencia y la praxis revolucionaria, 2013)
Dejemos por ahora a un lado la tesis «reconstitucionalista» de que el marxismo, ya desde sus comienzos, fue poco menos que una variante del positivismo −algo que repetirían en su «Línea Proletaria Nº3» (2018)−, una aberración que será pulverizada en siguientes capítulos sin demasiado esfuerzo. Véase el capítulo de Bitácora (M-L): «Marxismo y positivismo» (2022).
En cualquier caso, ¿quién en su sano juicio tomaría hoy al señor Althusser como un «representante ortodoxo del marxismo» o como «filósofo marxista de moda» −salvo uno de sus discípulos o un académico burgués sin remota idea de estos temas de «rojos»−? Pues por lo visto unos «reconstitucionalistas» igualmente desorientados o con muy mala fe. Estos caballeros se han olvidado de un par de «detalles» biográficos, ya que si por algo destacó el señor Althusser no fue solo con su fuerte impronta estructuralista, por todos conocida; sino que, como él mismo confesó en 1980, desde que comenzó sus andanzas siempre estuvo influenciado por su mentor, el filósofo católico Jean Guitton. De hecho, Althusser comentó haberse «convertido al comunismo» del PCF sin dejar por ello sus creencias católicas (sic). Llegó hasta el punto de pronunciar, según Guitton, que la humanidad «está atravesando una de las mayores crisis de su historia y que existe un solo hombre actualmente capaz de salvarla: Juan Pablo II». En los años 60, el señor Althusser también fue conocido por adherirse −como Jean-Paul Sartre y tantos otros intelectuales veletas− a la moda maoísta. Véase su artículo: «Sobre la Revolución Cultural» (Cahiers Marxistes-Léninistes, n°14, 1966).
En los setenta, como dejó patente en su «Para una crítica de la práctica teórica» (1973), Althusser no había salido de esa moda estructuralista que presentaba los conocimientos científicos como: «Resultado histórico de un proceso dialéctico, sin sujeto ni fines», como indicaba el MAI. Pero a su vez, este declaraba en su artículo de 2013 que esto es: «Algo que hemos visto elocuentemente expresado por Althusser, y que domina mayoritariamente al movimiento comunista, siendo la expresión más evidente de su derrota e impotencia» (sic). Valiente tontería.
¿Acaso el movimiento comunista no había criticado estas ideas mucho antes? ¡Por supuesto! Era justamente de lo que Engels se quejaba cuando repasaba las ideas de Dühring en su carta «Respuesta a Mr. Paul Ernst» (1 de octubre de 1890), cuando este le intentaba persuadir de seguir tal camino −por lo que acabaría expulsado del partido alemán−. Es decir, Engels repudió siempre la noción de que: «La historia se realiza de manera bastante automática, sin la cooperación de los seres humanos −¡que después de todo la están haciendo!−»… como si estos seres humanos «fueran movidos como simples piezas ajedrez por las condiciones económicas −¡que son la obra de los hombres mismos!−».
Incluso Labriola ya había descrito en «Filosofía y socialismo» (1897) cual era el «desliz» en el que incurrían los pensadores tipo Althusser, los cuales se deslizaban: «En las vulgarizaciones de la sociología marxista, las condiciones, las relaciones, las correlatividades de coexistencia económica se transforman −quizá a veces por pobreza de expresión− en alguna cosa existiendo imaginariamente por encima de nosotros». Pero, insistimos, según el MAI, hemos de ver en el señor Althusser a un representante de la «ortodoxia marxista», y tomar la crítica que le dedican a sus postulados infantiles como una «ruptura con las antiguas limitaciones del marxismo». Sobran los comentarios.
Hasta el historiador francés de la Escuela de los Annales, Pierre Vilar, quien estaba libre de toda sospecha de tener alguna animadversión hacia Louis Althusser, no pudo evitar polemizar con él en artículos como «Althusser, método histórico e historicismo» (1972) o «Historia marxista, historia en construcción» (1973). Estos artículos de Vilar cuentan también con varias lagunas y puntos ciegos. Una vez más por motivos de extensión dejaremos para otra ocasión la exposición de cómo estos son fruto de la influencia directa de la Escuela de los Annales en la que se formó −entre cuyos vicios está aquella forma de tomarse la polémica de manera «diplomática» y «corporativista»−. En todo caso, por si al lector le interesa esto, le recomendamos echar un ojo a la obra de Claire Pascal «Un pasado al que suscribirse: rol y métodos de la historia» (1990), donde se expusieron las debilidades de dicha corriente histórica que tuvo una transcendencia mundial, sobre todo a través de los autores de las primeras generaciones como Lucien Febvre y Marc Bloch.
En todo caso, vale rescatar algunos puntos de dicha polémica, donde el historiador francés de la Escuela de los Annales, bastante más cercano al marxismo que el estructuralista, dio una buena docena de varapalos hacia los conceptos históricos althusserianos. En primer lugar, Althusser veía de forma metafísica a un Marx: «alabado como primer descubridor de los principios científicos de estas disciplinas», refiriéndose a la ciencia económica y a la ciencia histórica, mientras para Vilar, más en la línea de lo expresado por Marx en su «Contribución a la Crítica de la Economía Política» (1859), consideraba que él «buscaba apasionadamente, en lo más lejano del pasado, los menores gérmenes de su propio descubrimiento» y «no subordinaba a sus propios descubrimientos la posibilidad de desarrollos científicos preparatorios o parciales». Esto demostró una vez más que el ser un gran simpatizante, traductor o estudioso de la obra de «X» autor −en este caso Marx−, no te garantiza respetar su espíritu, entenderla, ni que tus conclusiones «originales» no sean igualmente antagónicas al autor en cuestión. Si el lector duda de esto último, puede cotejar cómo los David Riazánov o Manuel Sacristán fueron ejemplo de perfecto de esto mismo, pretendidos «estudiosos y divulgadores de Marx» que no se abstuvieron de soltar verdaderas barbaridades.
Esto debió haberlo tenido en cuenta el mismo Vilar antes de regalarle según qué piropos a Althusser, ya que él mismo escribió en las primeras páginas de su obra contra una tendencia falsa en el campo histórico que precisamente había protagonizado gente como él:
«El comercio de la historia tiene en común con el comercio de los detergentes el empeño en hacer pasar la novedad por la innovación. La diferencia estriba en que sus marcas están muy mal protegidas. Todo el mundo puede llamarse historiador. Todo el mundo puede añadir «marxista». Todo el mundo puede calificar de «marxista» a cualquier cosa. Sin embargo, nada es más difícil y más raro que ser historiador, por no decir historiador marxista, ya que esta palabra debería implicar la estricta aplicación de un modo de análisis teóricamente elaborado a la más compleja de las materias de la ciencia: las relaciones sociales entre los hombres y las modalidades de sus cambios». (Pierre Vilar; Historia marxista, historia en construcción, 1973)
En segundo lugar, Vilar se atuvo siempre a la siguiente noción de Marx y Engels desarrollada en «La ideología alemana» (1846): «Reconocemos solamente una ciencia, la ciencia de la historia. La historia, considerada desde dos puntos de vista, puede dividirse en la historia de la naturaleza y la historia de los hombres. Ambos aspectos, con todo, no son separables: mientras existan hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionarán recíprocamente». Por ello, confesaba estar estupefacto por la pretensión de Althusser de: «Regresar a la división de la historia en «diversas» historias», donde los especialistas «cada uno a su nivel» volverían al peligroso «para ti la economía, para ti la política, para ti la filosofía». Una queja legítima que también se expresaría en su obra «Iniciación al vocabulario del análisis histórico» (1980).
De hecho, el primer paso de la filosofía althusseriana fue declarar su absoluto desprecio al estudio e investigación histórica, dejándolo a merced de las especulaciones y las paparruchas de iluminados y aventureros. Un ejemplo de a dónde condujo a los althusserianos sus experimentos y especulaciones, fueron las increíbles declaraciones de B. Hindess y P. Q. Hirst:
«El marxismo, como práctica teórica y política, no gana nada asociándose con la literatura histórica y la investigación histórica. El estudio de la historia no sólo carece de sentido desde el punto de vista científico, sino también desde el político». (B. Hindess y P. Q. Hirst; Modos de producción precapitalistas, 1975)
En los próximos capítulos indagaremos sobre una cuestión anexa: el hecho inequívoco de que, en cualquier época, el filósofo nunca ha podido abstraerse de la opinión y mitos religiosos imperantes; el artista igualmente ha dependido del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas; el militar nunca ha podido evadirse de la gestión de los recursos y todo lo que implica la logística; mientras el tecnócrata tampoco ha podido saltar por encima de la educación y la costumbre recibida o de los intereses políticos partidistas que había de satisfacer.
En tercer lugar, y no por ello menos importante, nos gustaría rescatar un concepto clave que tira abajo toda conexión entre Marx y Althusser:
«En este sentido, Vilar manifestaba su disconformidad con el inmovilismo implícito que presentaba la concepción estructuralista de los modos de producción de acuerdo con la perspectiva althusseriana, puesto que, al afirmar que no podían contenerse en ellos a un mismo tiempo tanto sus mecanismos de reproducción como sus factores de no reproducción obturaba la posibilidad de pensar la transición entre un modo de producción y otro. La explicitación de este bloqueo detectado por Vilar en la concepción del estructuralismo marxista puede hallarse en la contribución realizada por Étienne Balibar en «Para leer «El Capital», donde se afirma la necesidad de elaborar el concepto de un modo de producción específicamente transicional para comprender el cambio histórico». (Federico Martín Miliddi Conicet; Pierre Vilar y la construcción de una historia marxista. Notas del debate con Louis Althusser, 2007)
Esta última crítica a los historiadores althusserianos ha de tomarse como un ejemplo de lo que ya abordamos en otras ocasiones. Nos referimos a la tendencia metafísica de aquellos analistas que no saben hallar, o no aceptan, que en una determinada etapa histórica coexisten no solo el sistema de producción dominante y sus distintas formas, sino que este suele arrastrar formas de producción de sistemas pretéritos y a la vez pueden intuirse ya los gérmenes de los siguientes. En este sentido, como contraposición a esta labor estéril, fueron muy interesantes las investigaciones, exposiciones y debates de Pierre Vilar en «Reflexiones sobre la «economía campesina» (1978); o en la recopilación Pierre Vilar, Charles Parain y otros historiadores franceses recogidos en «El feudalismo» (1985). Véase el subcapítulo de Bitácora (M-L): «La tendencia «igualatoria» y la tendencia «particularista» a la hora de abordar la historia» (2021).
Volviendo estrictamente a las declaraciones y extravagancias de Althusser, algunos de sus defensores sostienen que no deberíamos conceder demasiada importancia a ciertas producciones tardías, pues el autor habría terminado «perdiendo la cordura», del mismo modo que muchos nietzscheanos afirman respecto a su propio ídolo de barro. Resultó especialmente célebre la confesión de Althusser de que, cuando en los años sesenta escribió su obra más conocida −en la que distinguía entre un «joven Marx» y un «Marx maduro»−, ni siquiera había leído al autor con la profundidad necesaria para saber realmente de qué estaba hablando. Este reconocimiento provocó la indignación incluso entre las filas gaullistas, tradicionalmente antimarxistas, cuyos miembros conocían suficientemente bien a Marx como para concluir que el trabajo de Althusser era arbitrario:
«[Me sentía como] un filósofo que casi no conocía nada de la historia de la filosofía y casi nada de Marx −del que ciertamente había estudiado de cerca las obras de juventud, pero del que sólo había estudiado seriamente el Libro I de «El Capital» (1867), en el año 1964, en que dirigí aquel seminario que desembocaría en «Para leer El Capital» (1964)−. Me sentía un «filósofo» lanzado a una construcción arbitraria, muy extraña incluso al propio Marx. Raymond Aron no se equivocó totalmente al hablar a propósito de mí y de Sartre de «marxismo imaginario». (...) En pocas palabras, temía exponerme a un desmentido público catastrófico. En mi temor a la catástrofe −o en su deseo: temor y deseo van insidiosamente siempre juntos−, me precipité en la catástrofe, y «caí» en una impresionante depresión. Esta vez fue bastante seria, por lo menos para mí, porque la enfermedad no engañaba a mi analista». (Louis Althusser; El porvenir es largo, 1995)
Para nosotros, más allá de las crisis mentales que sufrió Althusser durante toda su vida, está claro que este no es el detonante más importante, sino que, como tantos otros pensadores «cuerdos», con tal de ser «cool» se limitaba a reproducir las necedades más recurrentes que pululaban por las aulas y cafeterías del mundo intelectual de aquel entonces. Por lo que, en todo caso, sus problemas personales agudizaron lo que ya era un vicio entre los pensadores que él gustosamente adoptó. Un ejemplo de esto son las declaraciones que plasmó en su entrevista «La crisis del marxismo» (1980), con clásicos del tipo: «Marx no entendió nada de la concepción del Estado», «la revolución de hoy será fruto de los comunistas y los católicos» o «la prepotencia de Marx le hizo ser terriblemente injusto con Bakunin». La conjunción de estas viejas y nuevas tendencias −como el psicoanálisis, el existencialismo, el estructuralismo, o el maoísmo− se dieron cita en ese movimiento amorfo e ineficaz que fue el «Mayo del 68». Todas estas formas de pensar y actuar, como era de esperar, causaron el júbilo de los servicios de información imperialistas. Si el lector no nos cree basta ojear el informe de la CIA: «Francia: la defección de los intelectuales de izquierda» (1985). Allí, la CIA declaró muy contenta que estos actores, aun cuando algunos partieron inicialmente del marxismo, en realidad renegaron de él y jugaban por aquel entonces un valioso servicio, enfocado a la «demolición de la influencia marxista en las ciencias sociales». Más claro imposible.
Entonces, ¿hemos de sorprendernos por los «patinazos» antimarxistas de Althusser? Para nada. Esto sería como frustrarnos porque el «marxismo» de Herbert Marcuse está «podrido de freudismo» −¿no me digas?−, clamar porque el «marxismo» de Lukács está «contaminado de hegelianismo» −¡imposible!− o llevarse las manos a la cabeza porque el «marxismo» de Sartre está amalgamado con el existencialismo heideggeriano −¡menuda sorpresa!−. En todo caso, cuando en todos estos casos se analiza con lupa lo que sus versiones −o, más bien, habría que decir revisiones particulares del marxismo− demuestran, es que ellos desviaban, vulgarizaban y falsificaban el tronco central de dicha doctrina −aun cuando tenían sobrados conocimientos sobre sus fundamentos básicos, lo que agrava más si cabe su culpabilidad−. Visto lo visto, ¿se puede afirmar que la «crisis del marxismo» era consecuencia del «desgaste» de las bases fundamentales del marxismo? ¿O más bien de su abandono y trivialización −es decir, de que los intelectuales como el señor Althusser y sus discípulos jugasen a mezclar a Marx con Juan Pablo II, Lévi-Strauss y Mao−?
Entonces, ¿es serio o justo achacar al marxismo-leninismo los fracasos ajenos?
Reconocemos que esta es una forma rebuscada, aunque igualmente efectiva para llevar agua al molino del enemigo. Esta idea falsa y deshonesta de cargar los pecados del revisionismo sobre el marxismo, tiene conexión directa con la broma relativista de proclamar que «el PCE de 1977 estaba podrido de eurocomunismo», pero aun con todo «guardaba muchos puntos en común con el marxismo», como todavía hoy sostienen algunos que tienen la cándida esperanza de «reconducir» el PCE «desde dentro», especialmente a través de sus organizaciones juveniles. Cuando hablamos de un proceso de degeneración completado en todos los campos, no de un oportunismo esporádico −cosa que aquí no fue el caso−, esto jamás puede ser así. Muy por el contrario, lo que hemos de sentenciar es que el PCE fue en esencia eurocomunista, con todo lo que eso implica. Ni siquiera el hecho de utilizar categorías marxistas significa que uno las esté aplicando correctamente, pues como siempre, la práctica es la prueba de algodón. De hecho, si uno rastrea la historia de esta organización verá que el PCE no era marxista en sus axiomas obligatoriamente requeridos desde muchísimas décadas antes, por lo tanto, no es que el PCE de Carillo nos ofreciera en 1977 constancia del «fracaso del marxismo», sino la bancarrota propia de cuando se abandona este, ni más ni menos. Véase el capítulo de Bitácora (M-L): «La desmemoria o el sentimentalismo de algunos sobre los dirigentes históricos del PCE» (2019).
Centrémonos en un representante histórico del revisionismo castizo, Santiago Carrillo, para explicarlo mejor. Uno puede constatar cómo en sus inicios, como jefe de las juventudes socialistas, tuvo un déficit de comprensión ideológica del marxismo −él mismo reconocería su larga simpatía hacia el trotskismo en los primeros años−. Más tarde, una vez asumido en 1936 −por convicción o arribismo− que en su tiempo los comunistas eran los verdaderos representantes del marxismo y habiendo conseguido un puesto de responsabilidad política en sus filas, no dejaría nunca de cosechar patinazos con desviaciones «izquierdistas» y especialmente «derechistas» durante los años 40 y 50. ¿Y acaso estos tropiezos le sirvieron para avanzar, para superarse? No, todo esto fue el trampolín perfecto para más tarde encabezar la adhesión del PCE al jruschovismo en los 60. Luego, el eurocomunismo de Carrillo en los 70 solo es el coronario de una «vida revolucionaria» más que cuestionable, donde su «marxismo» está más presente en la simbología y fraseología que en sus análisis y prácticas generales. Esto es: mucha forma, pero poco contenido; mucha lógica formal para justificar los bandazos, pero poca lógica dialéctica para presentar una alternativa seria y coherente. Dicho lo cual, sería un tanto sorprendente pretender que estos poetas, escritores y políticos de primera fila, los Alberti, Picasso y compañía, habiendo estado tanto tiempo dentro de estas estructuras, no hubieran aprendido a realizar enunciados que sonasen mínimamente marxistas, ¡faltaría más! Sin mencionar ya, que han existido otros personajes con casos mucho más extremos, cuyas biografías demuestran que apenas habían decidido acercarse al movimiento y metodología marxista y ya estaban desertando y tomando camino a otro totalmente antagónico: como ocurrió con los André Gide, Karl Hofer o Michael Foucault.
Aunque esto a los «reconstitucionalistas» les haga estallar la cabeza, las desviaciones del marxismo-leninismo no son el marxismo-leninismo. Como resulta que Marx y Engels normalmente no son los culpables de las teorizaciones y andanzas posteriores de Bernstein y Jaurés, más bien todo lo contrario, advirtieron contra tales tendencias aun estando en muchas ocasiones en un estado embrionario. Seleccionar oportunamente a tipejos como Marcuse, Lukács, Sartre o Althusser, quienes ni siquiera en sus etapas más «radicales» pasaban de reproducir un par de conceptos y clichés de la literatura y actividad marxista, para después presentarlos como paradigmas de la «ortodoxia» y de su «fracaso», es lo mismo que haría cualquier profesor de universidad sin conocimiento sobre la materia. Esto es confundir de lleno apariencia con esencia.
Dicho en otras palabras: los principios objetivos del mundo no «caducan» o «dejan de operar» porque existan manipuladores que descaradamente los toman y retuercen, ya que los principios no son dogmas, sino verdades conquistadas por la práctica, y deben de conquistarse una y otra vez, de cotejarse y corroborarse continuamente.
Esto es algo que a los seguidores de la «Línea de la Reconstitución» (LR) les cuesta aplicar, por mucho que la palabra «balance» sea para ellos un mantra. Por tanto, y continuando con el ejemplo anterior, tomar a «X» personaje dudoso como «referente del marxismo» −justo como hace el academicismo burgués−, para a continuación acusar o calificar al marxismo de tal o cual cosa, es de lo más zafio que se puede hacer. Implica dejar de lado el análisis preciso de una figura o partido, observando si acaso en sus comienzos habían ensamblado bien las bases de la doctrina que decían reivindicar −o comprobando, por el contrario, si su adhesión fue una pantomima−. Y aquí habría que añadir que todavía en el hipotético caso de que lo primero fuese cierto, quedaría cotejar cómo su pensamiento fue evolucionando con el tiempo −y constatar si llegados a cierto punto se desvió hacia un camino antimarxista de no retorno−. Pero esto, al parecer, resulta un trabajo muy fatigoso para algunos, ¿no?
A los «reconstitucionalistas» como el señor Dietzgen todo esto les da igual. Ellos se empeñan en realizar conexiones forzosas para cuadrar su relato, ¿cómo? Fácil. Relacionando el chasco electoral de 2021 del Partido Comunista Obrero Español (PCOE) o del Partido Comunista de los Trabajadores de España (PCTE) como prueba inequívoca de que el marxismo-leninismo ya «no es operativo» (sic).
«@_Dietzgen: El comunismo lleva décadas en crisis y es evidente que las viejas certezas −ir detrás del sindicato y de todo movimiento espontáneo, «darse a conocer» en las elecciones− han caducado hace mucho. El marxismo-leninismo, tal y como ha llegado a nuestros días, no es operativo». (Comunista; Twitter, 7 de mayo de 2021)
¡Ojo a las vueltas que dan y a las tretas que utilizan para no reconocer abiertamente que niegan una doctrina! ¿¡Qué tienen que ver todos estos grupos con la teoría y práctica del «trabajo parlamentario» o «labor sindical» según los cánones tradicionales de la doctrina marxista-leninista −también llamado a veces socialismo científico−!? Poco o nada, como ellos mismos denuncian. En conclusión, lo que aquí hace este jefecillo «reconstitucionalista» es la clásica falacia del hombre de paja: se inventa algo que no existe para luego atacarlo, creyendo haber desmontando o evidenciado algo. Aquí, la LR y Jiménez Losantos, al parecer, coinciden. ¡El fracaso de Unidas Podemos y Pablo Iglesias es debido a su marxismo, el cual es un sueño que está totalmente desfasado! Véase el capítulo de Bitácora (M-L): «Los grupos semianarquistas y el nulo aprovechamiento de las luchas electorales y sindicales» (2017).
En una carta de 1897, el señor Labriola se preguntaba retóricamente si los reclamos de los sociólogos antimarxistas de Italia tenían su razón de ser, ya que estos parecía que no se habían parado a comprobar tal cosa. Molestia que, por otra parte, sabemos que la mayoría no se suele tomar cuando se lanza eufóricamente a criticar al enemigo:
«En uno de los últimos números de la «Critica Sociale» apareció una especie de mensaje que el señor Antonio De Bella, sociólogo calabrés, dirige contra los socialistas exclusivistas, quienes por toda cuestión y a propósito de cada problema se atienen, según él, a la letra de Marx. El señor De Bella olvida indicarnos si el Marx al que recurren aquellos a los que maltrata es el verdadero Marx, o un Marx, por así decir, desfigurado o completamente inventado, un Marx rubio o qué sé yo». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1897)
Evidentemente, uno puede proclamar libremente −y no ha habido pocos intentos de ello− que el concepto del «Superhombre» de Nietzsche significa que toda la humanidad debe dejar de lado sus diferencias, abrazarse e ir de la mano hacia el camino de la concordia y la paz... pero huelga decir que esto implicaría dos opciones: a) o bien el autor no ha leído «Así habló Zaratustra» (1885); b) o manipula con algún fin determinado el pensamiento mezquino, supremacista, misógino y racista que se contiene en la literatura de su querido Nietzsche. Ergo, si no queremos actuar como esa caricatura que fue Althusser −inventándonos lo que desconocemos y decorando lo que sabemos−, para poder examinar con total fidelidad cualquier tendencia filosófica, económica, política o de cualquier tipo, no quedará otra que conocer su letra y las acciones que desarrollaron sus principales protagonistas −más allá de que nos guste o nos horrorice−.
En lo relativo a los regímenes políticos de pasadas experiencias históricas, ¿existe alguna diferencia? En absoluto, aquí nos enfrentamos al mismo problema. El mezclar churras con merinas es otra baza que acostumbran a utilizar los reaccionarios y charlatanes de todo pelaje. ¿Por qué? Para crear una prueba acusatoria que sostenga su relato sobre el «carácter perenne» de su sistema o fetiche preferido. Nos explicamos. Todos ellos traen a colación el «fatal destino» de todos los movimientos, ideologías y gobiernos que se presentaron como «alternativas al capitalismo». Aquí incluyen experiencias no solo como el anarquismo, sino también otras pseudomarxistas como el mal llamado «socialismo real» de los años 80. Aunque pueda resultar surrealista, se valen justamente del colapso de la Rumania de Ceaușescu o la URSS de Gorbachov para intentar refutar a Marx o Lenin. Una vez más, parten de una falacia, es decir, de una media verdad, ocultan comentar que dichos regímenes, más allá del culto a las siglas y aniversarios, ya habían renunciado de facto a estudiar y aplicar las leyes de transición al comunismo.
Muy por el contrario, la cúpula dirigente admiraba y se inspiraba en las teorías y metodologías de los economistas, filósofos y artistas de los EE.UU., Gran Bretaña, RFA o Francia, como uno puede comprobar leyendo las revistas y libros de sus referentes. En muchos casos, la actitud de rendir pleitesía a los padres del marxismo en ciertas fechas señaladas o sobre ciertos temas menores era más una tradición que otra cosa, una que en mitad de la Guerra Fría debía de mantenerse como una fachada de cara a la galería para obtener simpatías, acuerdos o favores tanto dentro como fuera del país. A su vez, cuando era conveniente estos mismos dirigentes proponían «superar el dogmatismo de Marx y Lenin», presentándose como «marxistas, pero modernos, flexibles e innovadores». Esto último derivó, por ejemplo, en fijar reformas a imagen y semejanza de los países occidentales y en el endeudamiento de la URSS y Rumanía y tantos otros países del bloque soviético con los organismos occidentales como el FMI.
¿Qué significa esto? Que más allá de toda la simbología y fraseología «revolucionaria», «antiimperialista» y «anticapitalista» de estos regímenes y sus dirigentes, era la misma demagogia que podríamos encontrar en la Argentina de Perón o en la Italia de Mussolini en según qué etapas que jugaron a parecer héroes contra la «oligarquía criolla» o el «capital financiero». A fin de cuentas, solo desarrollaron una de tantas variantes de la sociedad capitalista, una con cierto lenguaje, ritos y cultos, pero nada más. Esto no es una exageración nuestra, sino algo que hasta el propio magnate del petróleo David Rockefeller reconoció tras visitar países como China, Zimbabue o Angola a principio de los años 70. Véase la obra de Bitácora (M-L): «El fallecimiento de Rockefeller y la «desmemoria» de los jruschovistas y maoístas» (2017).
Pero ni siquiera haría falta retrotraerse a regímenes tan lejanos en el tiempo o que desaparecieron… bastaría con citar a todo aquel sistema que hoy, de alguna forma u otra, se reivindica como de herencia, influencia o simpatía «marxista-leninista». Así ocurre con China, Vietnam, Cuba o Corea del Corte, que ponen en primer plano sus doctrinales nacionalistas, pero tratando de aderezarlos con unos ligeros toques «marxistoides». ¿Acaso podemos utilizar los fenómenos de estos sistemas para comprobar la validez de las ideas de Marx o Lenin para superar el capitalismo y acercarse a una sociedad sin clases? Desde luego que no, ya que basta con realizar una ojeada rápida a sus discursos, datos económicos y manifestaciones sociales para observar cómo en dichos países la religión, el chovinismo, el nepotismo, la creciente desigualdad social, etcétera son síntomas muy presentes. Esto denota que no se han movido ni un ápice de su viejo eje, y que tales manifestaciones se pueden encontrar de forma calcada o pareja en sistemas vecinos. En resumidas cuentas, no, caballeros, estos procesos lo único que avalan es que el socialismo científico no fracasa, en todo caso se le traiciona, así como los filósofos arriba citados traicionaron los principios más básicos, si es que alguna vez estuvieron cerca de comulgar con ellos.
¿Por qué es importante que esto quede claro de una vez? Porque, precisamente, de esta misma manera han razonado los ideólogos del capital, haciéndonos cargar con unas culpas que no siempre eran las nuestras, máxime cuando no aspiramos a los modelos que ellos consideran marxistas. Además de esto, ellos acostumbran a parlotear sobre los «románticos seguidores de Marx» y su «impotencia constatada» a nivel histórico para llevar a cabo sus planes, lo que, según ellos, nos enseña de la «imposibilidad» categórica de que las clases sociales desaparezcan un buen día −y con esto todos los problemas que de ello se derivan−. Huelga comentar que si los antepasados de los burgueses hubiesen pensado así tras sus primeras derrotas contra la nobleza −donde fueron aplastados y ni siquiera llegaron a tomar el poder−, hubieran tardado muchísimos más siglos en librarse de rendir pleitesía y vasallaje a los señores feudales, pero no se amilanaron ni se desmoralizaron, o si lo hicieron fue temporalmente, hasta lanzarse de nuevo a la batalla.
Entonces, el lector pudiera preguntarse: «¿Por qué los burgueses de hoy hablan así, si esto es un prejuicioso y un pensamiento metafísico que congela y decreta que ya está escrito el porvenir histórico?». La respuesta es sencilla: como guerra psicológica, para desmoralizar toda alternativa seria y razonada. De nuevo, nuestro lector continuará: «Ya, ¿pero por qué infravaloran a los proletarios y sus movimientos aun cuando hace no mucho temblaban con la propagación del «fantasma rojo»? ¿Acaso en el siglo XX el comunismo no ha dado pruebas de gestas y logros encomiables frente al mundo burgués? ¿No puede reponerse en un futuro de los golpes recibidos?». Las clases dominantes tienen muchos defectos, pero no son idiotas, son conscientes de esa posibilidad −aunque ahora se vea remota−, simplemente no quieren dejar ningún atisbo de esperanza para los desposeídos, y para ello utilizan el mayor número de estratagemas posibles, entre las cuales se encuentra achacar al marxismo todo tipo de males y responsabilidades que no tiene −como si este no tuviera suficiente con autoevaluarse en lo que sí le corresponde−.
Dicho esto, pasemos al siguiente capítulo para observar los delirios de la LR en materia lingüística». (Equipo de Bitácora (M-L); Sobre la nueva corriente maoísta de moda:los «reconstitucionalistas», 2022)


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