«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

martes, 21 de abril de 2015

El centralismo democrático, la crítica y la autocrítica; Equipo de Bitácora (M-L), 2013


«¿Cómo podríamos resumir qué es el centralismo democrático en un partido comunista para el lector novel? De tal forma:

«El principio esencial sobre el que se edifica un partido revolucionario, un partido marxista-leninista, es el del centralismo democrático. Centralismo democrático significa: 1) Todos los órganos dirigentes del partido se eligen democráticamente de abajo arriba y no son nombrados o cooptados. 2) Los órganos dirigentes tienen la obligación de rendir cuentas periódicamente de su actividad ante los miembros que los han elegido y de crear todas las posibilidades para que no se obstaculice la participación de estos miembros en los debates y en la adopción de las decisiones. 3) El centralismo exige necesariamente una disciplina férrea, pero consciente, de manera que la minoría se someta a la mayoría. La disciplina férrea implica necesariamente la discusión, la confrontación de opiniones. 4) Las decisiones de los órganos superiores del partido son obligatorias para los órganos inferiores». (Enver Hoxha; Informe presentado ante la Conferencia de activistas del partido de Tirana sobre los análisis y las conclusiones del XIº Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Albania, 1948)

Pero los revisionistas, y en general, todos los movimientos pseudomarxistas, han negado el centralismo democrático, o han hablado en su nombre para usurparlo y distorsionarlo para finalmente reemplazarlo por el centralismo burocrático:

«Con el fin de rechazar las enseñanzas del marxismo-leninismo sobre el papel y la importancia de la organización del partido, los enemigos de la clase obrera y del marxismo-leninismo, los oportunistas y revisionistas, antiguos y nuevos, niegan el principio del centralismo democrático, considerándolo como innecesario, como un principio que hace al partido burocrático, que marchita la iniciativa de la masas de los miembros del partido y evita su participación en la solución de problemas. Bajo el pretexto de la supuesta democracia y la libertad de opinión, algunos revisionistas, que toman el punto de vista liberal-anarquista, niegan la necesidad de que el centralismo en el partido y se oponen al principio de que todo el trabajo y la actividad del partido deben estar centralizadas y llevadas a cabo bajo el liderazgo de un solo centro. De acuerdo con estos revisionistas, la concentración del liderazgo en un solo centro niega los órganos inferiores, inhibe su iniciativa, y así sucesivamente. Por lo tanto, dicen, los órganos inferiores deben trabajar de forma independiente del centro y ser completamente autónomos. Por otro lado, consideran que la disciplina dentro del partido, y la aplicación obligatoria de las decisiones, como requisito irrazonable y contrario a la democracia, lo que impide la iniciativa de las masas y los coloca bajo el dictado de los órganos superiores o la minoría. Ellos niegan la necesidad de la participación de todos los miembros del partido, sin excepción, en una de las organizaciones de base, y describen el requisito obligatorio de rendir cuentas de las funciones que desempeñan como ultra-democracia, es decir, una distorsión de la democracia. La base ideológica y de clase de estos puntos de vista y teorías revisionistas que niegan el principio del centralismo democrático y sus requisitos, hay que buscarla en la ideología burguesa y pequeño burguesa; en el intelectualismo burgués, el liberalismo y el anarquismo». (Petro Ciruna y Pandi Tase; La degeneración organizativa de los partidos revisionistas y sus consecuencias, 1978)

Y junto a esta posición frente al centralismo democrático marxista-leninista, existe otra posición; la de hablar en nombre del respeto y aceptación del centralismo democrático para aplicar el centralismo burocrático que convierte al partido en un régimen guerrillero, sin democracia interna; veamos:

«Mientras se luchaba contra las ideas liberales anarquistas, el Partido del Trabajo de Albania siempre ha luchado también contra los puntos de vista y prácticas burocráticas de los revisionistas modernos en relación con el principio del centralismo democrático. Los revisionistas modernos que están en el poder, encabezados por los revisionistas soviéticos, hablan mucho acerca de la democracia dentro del partido y se jactan de que aplican los principios leninistas sobre el partido. Pero esto está lejos de la verdad. En esos partidos, el centralismo democrático se ha transformado en el centralismo burocrático. Los miembros del partido que se oponen a su línea y la política antiproletaria son sometidos a represalias, el destierro y la cárcel. La línea de los partidos revisionistas no es el fruto de la participación de la masa de los miembros del partido y las clases trabajadoras, sino el trabajo de las camarillas gobernantes. La disciplina del partido se ha convertido en una disciplina mecánica y la masa de los miembros del partido se someten a las decisiones de la dirección desde el miedo». (Petro Ciruna y Pandi Tase; La degeneración organizativa de los partidos revisionistas y sus consecuencias, 1978)

De una forma u otra, todos los partidos revisionistas, usan una de las dos versiones contrarias al centralismo democrático, a veces combinando sus dos antítesis. Es sabido que muchos partidos por ejemplo usan métodos de descentralización en el partido, que no somete a los órganos superiores o inferiores a ninguna supervisión ni crítica, y a la vez usan métodos de expulsión a quién ejerza su derecho de crítica sobre la dirigencia. El fin de estas formas de organización no marxista es legitimar a la dirigencia.

El centralismo democrático no es el punto fuerte de las organizaciones bañadas en el «socialismo del siglo XXI», pese a que algunas incluso reconozcan la necesidad formal del centralismo democrático –algo que sólo les suena de lejos pero que no tienen comprensión de qué es–, expresan lo mismo en otros temas fundamentales del marxismo-leninismo, pero lo cierto es que casi todas las organizaciones respecto al centralismo democrático lo presentan casi siempre como otro tema «dogma a superar» del marxismo-leninismo. En este caso se dan dos variantes. La primera es la clásica del oportunismo; abogar por la «autonomización» de la organización y tildar de burocrático y antidemocrático el «centralismo democrático» como hemos visto con la cita de los albaneses. Iósif Stalin ya contestó a los renegados del marxismo sobre el centralismo democrático:

«No significa, naturalmente, que por ello quede excluida la posibilidad de una lucha de opiniones dentro del partido. Al revés: la disciplina férrea no excluye, sino que presupone la crítica y la lucha de opiniones dentro del partido. (…) Pero una vez terminada la lucha de opiniones, agotada la crítica y adoptado un acuerdo, la unidad de voluntad y la unidad de acción de todos los miembros del partido es condición indispensable sin la cual no se concibe ni un partido unido ni una disciplina férrea dentro del partido». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Fundamentos del leninismo, 1924)

Esta es una batalla que desde temprano Lenin tuvo que lidiar contra los mencheviques agrupados en la «Nueva Iskra»:

«En conexión inseparable con el girondismo y el anarquismo señorial se halla una última particularidad característica de la posición de la nueva Iskra en cuestiones de organización: la defensa del autonomismo contra el centralismo. Este es precisamente el sentido de principios que tienen –si es que tienen alguno– los clamores contra el burocratismo y la autocracia, las lamentaciones a propósito del «desdén inmerecido de que se hace objeto a los no iskristas» –que defendieron el autonomismo en el Congreso–, los cómicos gritos de que se exige «una sumisión absoluta», las amargas quejas sobre «absolutismo», etc., etc. El ala oportunista de cualquier partido defiende y justifica siempre todo lo atrasado, en materia de programa, de táctica y de organización. La defensa de las ideas atrasadas de la nueva Iskra en materia de organización –seguidismo– está estrechamente ligada a la defensa del autonomismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Un paso adelante, dos pasos hacia tras, 1904)

La segunda variante, es la que se deriva del uso de métodos de mando militar-guerrilleros dentro de partidos resultantes de movimientos político-militares surgidos de un conflicto armado, lo que debido a las circunstancias impide organizar al partido bajo un pleno centralismo democrático, es decir, se desarrolla un método militar de organización dentro del partido que si bien es hasta cierto punto lógico bajo un conflicto armado por evidentes motivos, una vez pasado ese periodo, tal método debe de desaparecer:

«Claro está que el régimen de ilegalidad, en que vivía el partido bajo la autocracia zarista, no permitía a sus organizaciones, en aquellos momentos, estructurarse sobre el principio de la elección desde abajo, por cuya razón el partido se veía obligado a mantener un carácter estrictamente conspirativo. Pero Lenin entendía que esto era, en la vida de nuestro partido, una situación pasajera, que desaparecería al día siguiente de ser derribado el zarismo, y entonces el partido empezaría a actuar abiertamente dentro de la legalidad, y sus organizaciones se estructurarían sobre la base de la elección democrática, sobre la base del centralismo democrático». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, 1938)

En ausencia del centralismo democrático, el partido estará bajo un régimen de partido antidemocrático y antimarxista; y cuando este método se emplea conscientemente en el partido, siempre se hace con el objeto de defender a los que seguramente se podría definir como una «camarilla» que ha usurpado el poder o que pretende hacerlo en breve, para ello se desarrollará para tal propósito un estrangulamiento de la necesarias crítica y autocrítica bolcheviques y en especial una clara ausencia de la posibilidad de crítica hacía tal grupo dirigente que rehúsa someterse a las reglas de partido, demostrándose así el carácter pequeño burgués y antimarxista de dicha dirigencia que preside el partido:

«Si el partido, en su actuación práctica, quiere conservar la unidad de sus filas, tiene que mantener una disciplina proletaria única, que obligue por igual a todos los miembros del Partido, tanto a los dirigentes como a los militantes de filas. Por eso, en el partido no pueden hacerse distinciones entre gente «selecta», a la que no obliga la disciplina del Partido, y gente «del montón», obligada a someterse a ella. Sin una disciplina única e igual para todos, no se podrá mantener la integridad del partido y la unidad dentro de sus filas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, 1938)

Poco después se dice en ese mismo documento citando a Lenin:

«A la carencia total de argumentos razonables contra la redacción nombrada por el Congreso, por parte de Mártov y cía., la ilustra mejor que nada su frasecilla de «nosotros no somos siervos». En esta frase se trasluce con notable nitidez la psicología del intelectual burgués, que cree estar por encima de la organización y la disciplina de las masas, que se consideran un «espíritu selecto». (...) Para el individualismo intelectual toda organización y toda disciplina proletarias son un avasallamiento feudal». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Un paso adelante, dos pasos hacia tras, 1904)

Se observa además, que cuando una dirigencia de tal tipo existe, todas las decisiones son legitimadas desde la figura de una dirigencia y líderes con caracteres mesiánicos; de hecho, este es el método organizativo optado por las organizaciones bajo la estela del «socialismo del siglo XXI». En este sentido el trabajo de Iósif Stalin contra el revisionismo yugoslavo puso de relieve esta tendencia, que cercena cualquier ápice de democracia interna:

«Bastó, por ejemplo, que el camarada Zujovich expresara su desacuerdo, en la reunión del Comité Central del Partido Comunista de Yugoslavia, con el proyecto de respuesta del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de Yugoslavia a la Carta del Comité Central del Partido Comunista Bolchevique de la Unión Soviética, para que inmediatamente fuese excluido del Comité Central. Al parecer el Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de Yugoslavia considera al partido no como un organismo en el que se tiene el derecho de expresar la propia opinión, sino como un destacamento guerrillero, cuyos miembros no tienen el derecho a opinar sobre las diferentes cuestiones, y que sin discutir deben traducir en actos todos los deseos del «jefe». Esto se llama en nuestro país cultivar los métodos militares en el partido, lo que es enteramente incompatible con los principios de la democracia interna de un partido marxista. Como se sabe, también Trotski intentó en su tiempo implantar en el partido bolchevique los métodos militares de dirección, pero fue desenmascarado y condenado por el partido con Lenin a la cabeza, los métodos militares fueron rechazados, y la democracia interna en el partido fue mantenida como el más importante principio de la edificación del partido». (Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética; Carta del CC del PC (b) de la US dirigida al CC del PCY, 4 de mayo de 1948)

Cierto es que el centralismo democrático carece de importancia si no se practica íntimamente ligado a la crítica y autocrítica bolchevique dentro de la organización marxista-leninista. Quién rechaza esta máxima como dice Stalin no puede durar mucho tiempo como un partido sano [1], proletario, y se corroerá y autoliquidara desde dentro hasta su destrucción más absoluta. A falta de estas características es normal que en los partidos de las llamadas «izquierdas» se ejerza un liberalismo atroz de tendencias políticas, por eso a la hora de verdad la poca crítica y la autocrítica que pueda albergar no tienen conexión con lo que debería ser un partido marxista-leninista, pues la crítica y la autocrítica es mutilada o extinguida en beneficio de la cúpula al uso de cualquier partido burgués:

«La autocrítica es un signo de fortaleza de nuestro partido y no de su debilidad. Sólo un partido fuerte, que tiene sus raíces en la vida y marcha hacia la victoria puede permitirse la crítica despiadada de sus propios defectos que ha permitido, y siempre que lo permitan delante de todo el pueblo. Un partido que oculta la verdad al pueblo, que teme las luces de las críticas luz y se atemorice no es un partido, sino una pandilla de farsantes cuyo destino está sellado. Los señores burgueses nos miden en su vara de medir. Ellos temen toda crítica y por ello asiduamente ocultan la verdad al pueblo, encubriendo sus defectos con ostentosas proclamaciones de bienestar. Se imaginan que nosotros los comunistas, debemos esconder la verdad al pueblo: ellos temen la luz de las críticas porque creen les bastaría con abandonarse a una autocrítica a poco que sea seria, para que se desencadene una libre crítica y caiga su régimen burgués. Así se figuran que si nosotros, comunistas, toleramos la autocrítica, somos la prueba que estamos acorralados y desamparados. Esos señores honorables, los burgueses y socialdemócratas, les decimos que no nos midan con sus conceptos. Los únicos, los partidos llamados a desaparecer de la escena pueden temer la luz y la crítica. No tememos ninguna de las dos cosas, porque somos un partido en auge, en el camino para la victoria. Es por ello que la autocrítica que ya lleva desde hace varios meses es un síntoma de potencia y no de debilidad, un medio para consolidar todavía más nuestro partido y no de disgregarlo». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Los resultados de los trabajos de la XIVº Conferencia del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, 1925)

Además, como decían los marxista-leninistas albaneses, la crítica y la autocrítica es el mejor medidor para fortalecer el partido, ya que sirve para saber para:

1) saber si la vida interna del partido es saludable, y;

2) conocer si la lucha de clases es aplicada allí mismo contra las influencias ideológicas del enemigo:

«La crítica y la autocrítica es un buen indicador para evaluar cómo se desarrolla la lucha de clases en el partido. Donde hay una crítica y autocrítica correcta, basada en principios, y severa, sin miedo ni vacilación, no echan raíces los males que amenazan al partido, no puede progresar el trabajo del enemigo, y están garantizadas la aplicación de las decisiones y las directrices, el papel de vanguardia de los comunistas, el liderazgo de la organización de base del partido y del pleno del comité del partido. (...) El choque de opiniones nunca es perjudicial cuando se basa en la política y los intereses del partido, de la clase obrera y del socialismo. Por el contrario, es necesario y útil, porque refuerza el carácter militante y revolucionario de la unidad, porque hace que sea más fácil descubrir y combatir los errores y las deficiencias, las infracciones y las distorsiones de la línea, y porque ayuda a tomar las decisiones más correctas». (Ndreçi Plasari; La lucha de clases en el seno del partido: Una garantía de que el partido seguirá siendo siempre un partido revolucionario de la clase obrera, 1978)

Como ya habíamos comentado: el reconocimiento de los errores dentro del partido es algo de lo que carecen este tipo de nuevas organizaciones debido a su «mesianismo guerrillero», y de la sobreexplotación emocional del los militantes vinculados a ellas, se trata de organizaciones bajo el dominio burgués; esto se observa por el reiterado uso del cierre de todos los vehículos de expresión de la militancia para que no haya posibilidad de que el resto de militantes se aproximen a estas críticas. Este tipo de sabotajes, clásico de los partidos socialdemócratas, lo hacen acorde a sus intereses de clase, es normal que paralelo al empleo de la «técnica de desproletarización del partido», se usen otras técnicas para sabotear cualquier intento de influencia comunista, en consecuencia no es raro ver como se cierran no sólo los vehículos de expresión para denuncia de los órganos superiores, sino también como se valen de cerrar los círculos formativos ideológicos para mantener a la base en la inopia ideológica sobre marxismo, el cual resulta un truco recurrente en los entornos y contornos de organizaciones burguesas de toda índole para que los militantes no tengan el mínimo conocimiento para juzgar sus acciones. Además de la ya comentada evasión de toda autocrítica de estos elementos y de la negación a la militancia de un vehículo para poder expresar sus críticas, suelen existir unos rasgos claros de permisiones conscientes de los errores entre los miembros de la camarilla:

«El desarrollo de la crítica y autocrítica concreta y constante en el partido, y el descubrimiento de las insuficiencias en nuestro trabajo, tienen que ser también nuestra preocupación constante y primordial después del congreso, en todos los eslabones del partido, de abajo a arriba, y de arriba a abajo. No debemos olvidar nunca que la mayor sabiduría para el verdadero comunista es reconocer y comprender oportuna, honrada y sinceramente el error cometido, descubrir con audacia las causas que engendraron el error, y tener la voluntad inquebrantable de eliminarlo y corregirlo rápida y despiadadamente. En el partido y en todos los dominios de nuestra vida debemos liberarnos de modo definitivo de la costumbre nociva de no señalar concretamente los errores por temor a alterar nuestras relaciones de amistad o parentesco, causar fastidio a alguien o crearnos disgustos personales. Tenemos que fustigar implacablemente todo espíritu de familiaridad al resolver problemas del partido y del Estado. Los intereses del partido, de la clase obrera, del pueblo, tienen que colocarse por encima de toda clase de consideraciones y prejuicios pequeño burgueses». (Georgi Dimitrov; Informe en el Vº Partido Obrero (comunista) Búlgaro, 18 de diciembre de 1948)

La creación por tanto, de un régimen de compadrazgo, nepotismo, favoritismo, la blandenguería, y acomodo, es la nota común aquí. En las organizaciones del «socialismo del siglo XXI», es común ver estos desmanes de nepotismo entre las actuales dirigencias, muestra de ello, es que las familias de los altos cargos del partido ocupan siempre diferentes cargos de distinta importancia, esto llega al punto de que e incluso el cónyuge, los hermanos o los hijos acaban sucediendo siempre al cabeza de familia en el máximo cargo del partido aunque estos no hayan mostrado nunca excesiva importancia por la política previamente, o pese a que todo el mundo sepa que dicho sucesor muestra una falta de preparación política para tal cargo. Esto como es sabido, es una de las características del revisionismo coreano:

«La distribución de los cuadros sobre la base de la amistad y del nepotismo constituye una práctica muy nociva. Esta práctica, en abierta contradicción con todas las directrices del partido, vicia a los cuadros y perjudica gravemente el trabajo. En un ambiente de tan nociva familiaridad no existe crítica ni autocrítica, por consiguiente no hay una lucha por mejorar el trabajo. Estos ambientes son terreno abonado para las adulaciones, la vanagloria y la sumisión al «jefe de la familia». Y detrás de todo esto, vienen los abusos y los robos. El partido debe mostrarse cuidadoso y permanecer vigilante para destruir toda manifestación, por embrionaria que sea, de ello, ya que afecta gravemente al trabajo. No podemos permitir de ninguna manera que nuestros centros de producción, nuestras empresas de servicios y nuestras oficinas, se transformen en «familiares». (Enver Hoxha; Informe ante el IIIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1956)

Sobre decir, y entrelazando con lo anterior, que a la hora de elegir los puestos del partido, la técnica más usada es la pura cooptación de los puestos, o dicho de otro modo en vez de que cada puesto sea elegido por los órganos del partido y sus miembros de modo democrático en un congreso, son colocados en tales puestos a dedo; esta operación se encamina enteramente a mantener el poder e influencia de esa dirigencia concentrada en la defensa de sus propios intereses de clase, una práctica profundamente extendida, pero claro es un despropósito tan evidente que los revisionistas a veces tratan de cubrirse las espaldas sobre estas acciones incluso tratando de manipular la historia para intentar pasar desapercibido este tipo de prácticas:

«El Partido Comunista de Yugoslavia se mantiene todavía en una condición de semiclandestinidad no obstante el hecho de que hace ya tres años y medio que está en el poder; dentro del partido no hay democracia, ni elecciones, ni crítica y autocrítica, y el Comité Central del Partido Comunista de Yugoslavia se compone en su mayor parte de miembros no elegidos, sino cooptados. (…) Como puede verse en los archivos de la Komintern, en el Vº Congreso del PCY fue celebrado en octubre y no en diciembre de 1940, no fueron elegidos treinta y uno miembros del Comité Central del PCY y diez candidatos, sino que fueron un total de veintidós miembros al Comité Central y seis candidatos. (…) Si, de veintidós miembros, diez fallecieron, esto nos deja doce miembros electos. Si dos fueron expulsados, esto nos deja diez. Tito y Kardelj dicen que ahora hay veintiséis miembros del Comité Central del PCY; entonces, si de estos sustraemos los diez por las causas antes comentadas, esto nos deja un total de dieciséis miembros cooptados en el presente Comité Central del PCY. Con esto se deduce que la mayoría de miembros del Comité Central del PCY han sido cooptados». (Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética; Carta del CC del PC (b) de la US dirigida al CC del PCY, 4 de mayo de 1948)

Como el lector ya habrá deducido la ausencia del centralismo democrático, de la crítica y la autocrítica, de la elección de todos y cada de los miembros del partido en puestos de dirección, conducen a la extinción de la democracia interna. Tan es así que las dirigencias se eligen así mismas, un procedimiento desarrollado por el poder para el poder y para mantener ese poder que garantiza los intereses de clase de la dirigencia.

Unas líneas que nos arrojan una idea clara al respecto del funcionamiento del centralismo democrático y la democracia interna en organizaciones marxistas-leninistas, en este caso el Partido del Trabajo de Albania:

«Una de las medidas más eficaces para prevenir la degeneración burocrática y la transformación de los cuadros de servidores del pueblo a dominadores sobre los obreros y el pueblo, es poner los cuadros bajo la subordinación y el control de las dos direcciones; desde arriba, mediante la implementación del centralismo proletario, y desde abajo, directamente de las masas obreras. Esto es de vital importancia. La subordinación unilateral de los cuadros desde arriba, es lo que constituye uno de los defectos fundamentales en la Unión Soviética [2], lo que trajo consecuencias muy negativas: se despierta en los cuadros el espíritu de independencia, soberbia, prepotencia, desprecio y autoritarismo hacia las masas obreras, es decir, la burocratización y degeneración de los cuadros». (Partido del Trabajo de Albania; Albania Today; 5#, 1976) (Equipo de Bitácora (M-L)El revisionismo del «socialismo del siglo XXI», 2013)

Notas

[1] Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Fundamentos del leninismo, 1924.

[2] Se refiere al periodo «revisionista» ocurrido en la Unión Soviética e iniciado con el «jruschovismo» desde 1953 y progresado tras la oficialización en el XXº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1956, esa revisión significó la «atenuación de la lucha de clases», la «liquidación de la dictadura del proletariado», la «reactivación de la ley del valor», la «profundización de la diferenciación entre el trabajo intelectual y manual —físico—», etc. En conjunto significó el punto de inflexión sobre el cual se reprodujeron la base social de la burguesía —incluso dentro del Partido Comunista de la Unión Soviética— que posibilitaron la restauración del capitalismo.

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